Desinterés
Francisco José Súñer
Iglesias
Hace poco acompañé
a un amiguete a Miraguano (una conocida librería madrileña)
Él tenía la intención de comprarse unos cuantos libros
y yo, ya que estaba por allí, pensé que algo también
me llevaría.
Pero no fue así, entré
con las manos en los bolsillos y salí exactamente como había
entrado, habiendo hojeado apenas un par de curiosidades, de las que ya disponía
de ediciones más curiosas aún, y algunas novedades de precio
desorbitado, que no estaba dispuesto a pagar en la incertidumbre de si su
contenido iba a hacerme olvidar las decenas de euros que me pedían
por ellas.
Mi amiguete, por el contrario,
salió cargado de libros y algunas revistas, después de dejarse
cerca de doscientos euros. Baste comprobar la diferencia entre el entusiasmo
de uno y la indiferencia del otro, aquí, el que suscribe. Aquello
fue una sorpresa total para mi amiguete ¿Cómo? ¿No
te llevas nada? Pues no, no me llevaba nada, sólo la sensación
de que, entre lo visto, ningún libro, ninguna revista, nada que no
tuviera ya en casa, me había despertado la curiosidad ni el interés.
Ciertamente es algo que me dejó
bastante preocupado durante unos momentos. Yo he sido de esos compradores
compulsivos que salía de las librerías cargado y sin saber
muy bien por donde empezar a digerir la impresionante pila de libros con
la que había hecho tener sueños húmedos a las dependientas
pensando en la comisión que aquella venta les iba a reportar. Sin
embargo, ahí me veía, cruzando la calle de Alcalá bostezando
de aburrimiento y sin el menor cargo de conciencia por haber estado en uno
de los templos de la literatura fantástica en Madrid y no haberme
llevado ni un marcapáginas.
No voy a echar las culpas exclusivamente
al precio de algunos libros, no todos están rondando esas cuatro mil
antiguas pesetas (si, eso son veinticuatro Euros al cambio), tampoco a la
falta de novedades interesantes, creo que la falta de querencia que poco
a poco he ido desarrollando viene dada más bien por la vaguedad en
la que poco a poco está entrando la ciencia-ficción. Cada vez
se publica menos ciencia-ficción pura (si es que alguna vez
ha existido eso), los autores están virando hacia una zona gris en
la que la fantasía pura y dura (esta vez si) ha aposentado sus reales
y resulta cada vez más frecuente encontrarse con una mezcla bastante
poco satisfactoria de géneros, en el que la tecnología más
refinada tiene que compartir páginas en desigual lucha con las patas
de conejo y los símbolos rúnicos.
Ni siquiera las puestas en escena
más tecnificadas se libran de ello, el ciberpunk es más fantasía
que ciencia-ficción, los technotrillers abandonan la simple
aventura por la novela detectivesca con los mismos tics y carencias christianas,
el tan de moda steampunk no deja de ser fantasía vestida al
estilo victoriano, tan alejada de los supuestos homenajeados (Wells y Verne)
que la referencia a los mismos es puro chiste, y las novelas de a duro contemporáneas
(warhamers y demás) son un simple ejercicio de espada y brujería
maquillados con el uso intensivo del buscar y sustituir del procesador
de textos de turno, por no hablar de los modelos más literarios que
se clasifican como ciencia-ficción por clasificarlos de alguna forma.
En definitiva, este innegable
giro comercial que está experimentando la ciencia-ficción hacia
esa cosa tan inasible que es el fantástico ha logrado que me
desinterese por la actualidad del género, y esto no es un reproche
hacia autores y editores, comprendo que la fantasía vende mucho mejor
que la ciencia-ficción, y el negocio es el negocio, ahí están
Sapkowki y George R. R. Martin, arrasando con una fórmula tan vieja
como la literatura, es sólo la constatación de que algo se
muere y algo no tan nuevo nace.
(c) Francisco José
Súñer Iglesias, 6 de abril de 2004