Vermilion Sands
J.G. Ballard
(Comentario de Luis Bolaños)
Durante
tres lustros JG Ballard se dedicó a describir una ribera oceánica
interminable, probablemente atemporal “que se extiende sin interrupción
en todas direcciones, mezclándose con las playas vecinas, extensiones
de las mentes crepusculares de sus habitantes”, cuyos personajes y peripecias
transcurren en un universo paralelo aparentemente encallado en las doradas
décadas de los 60’ y 70´. Las peripecias y conversaciones aluden
a personajes que oscilan desde Marilyn Monroe hasta el Sha Reza Pahlevi de
Irán pasando por Giacometti o Le Corbusier, no obstante los mismos
se encuentran drenados en cierta forma de su vitalidad histórica,
despojados de sus atributos y mutados en iconos. Vermilion Sands es como
un brote casi congelado, hermoso y surreal, en un rango que no admite repeticiones,
ya que Ballard es cuidadoso en el manejo de las situaciones, pero si variaciones
casi infinitas, algunas de las cuales se nos presentan como los mitos que
acontecen en ese litoral intemporal.
Hay semejanzas estructurales
y tratamientos metodológicos, además de procesos conductuales
en los personajes, que conectan los relatos unos a otros hasta tornar sus
vínculos tan borrosos como esa misma playa donde se despliegan sus
avatares, no obstante discernibles como las nervaduras de una hoja cuando
el resto de su sustancia ha desaparecido triturado por los avatares. El punto
en el cual se separan el tempo narrativo del tempo histórico se enlaza
fuertemente con la decisión de Ballard de convertirse en un escritor
de New Worlds, igualmente en estos relatos podemos rastrear quizás
más fácilmente que en sus novelas su evolución hacia
la exploración del universo interior que lo caracterizará posteriormente.
Es probable que el plan de trabajo
estuviera claro en su mente desde antes de escribir la obra, no obstante
la plasmación de la idea no se expreso de igual forma en la implementación
editorial sujeta a diversos vaivenes. Para corroborarlo transcribiré
los títulos originales, la revista donde se publicaron y la fecha
de edición, las conclusiones que pueden extraerse son diversas pero
no comprometen lo que he preferido exponer sobre las múltiples vinculaciones
encontradas entre ecosistemas, locura y relaciones de pareja en el conjunto
de los relatos.
Orden Cronológico
de Publicación / Orden de Presentación de la recopilación
Prima Belladona: Science
Fantasy 20 / 1956 Los escultores de nubes de Coral D
Mobile or Venus Smile:
Science-Fantasy 26 / 1957 Prima Belladona
Studio5, the Stars: Science-Fantasy
45 / 1961 El Juego de los Biombos
The Thousand Dreams of
Stellavista: Amazing / March62 Las Estatuas Cantantes
The Singing Statues: Fantastic
/ July62 Grito de esperanza, grito de furia
The Screen Game: Fantastic
/ Octuber63 Venus sonríe
Cry Hope, Cry Fury: The
Magazine of Fantasy & Science Fiction / Octuber67 Dile adiós al
viento
The Cloud-Sculptors of
Coral B: The Magazine of Fantasy & Science Fiction / Dic67 Estudio 5,
las Estrellas
Say Goodbye to the Wind:
Fantastic / Agosto70 Los mil sueños de Stellavista
Uno quisiera decir: Los primeros
proporcionan las bases sustentadoras de ese universo paralelo, bizarro y
preñado de extraños procesos tecnológicos, los centrales
se enfocan en la desintegración de la pareja, los último cierran
magistralmente el periplo, pese a que utilicé tal tamiz con afán
esclarecedor no fue posible reducirlos a ese esquema, lo que si observé
es que el conjunto va enlazando ese meandro alternativo de la playa intemporal
con reflexiones emanadas de “Rascacielos” o de “Mitos de un futuro cercano”.
Sin ser bucles que se retroalimentan mantienen coherencia y conectes abundantes
entre si, tanto como para proporcionar pistas de la evolución del
pensamiento ballardiano como de sus mutaciones estilísticas.
Un mar fósil recorrido
por yates de arena con ruedas, estatuas sónicas con hélices
(tanto cultivadas como silvestres), rayas de arena voladoras y una parafernalia
de animales mutados, ojos enjoyados (¿chips-bits o piedras preciosas
incrustadas en las órbitas?), lagos de sílice fundidos (¿relacionados
con bombas atómicas o de otro tipo que provocaron ese marasmo temporal
y esa costa imperecedera?), flores cantantes, personas “mejoradas” por ingeniería
genética, mansiones vivientes que se expanden de acuerdo a los diseños
fabulados por sus propietarios, esculturas que abandonadas a si mismas pueden
terminar por devorarlo todo, locales ruinosos y preñados de recuerdos
melancólicos por doquier, emergen en un torrente efervescente de las
páginas, asombrando o demoliendo rechazos previos.
La tendencia de los objetos
a flotar o a tener vida propia lo acercan a los mundos ingrávidos
de los surrealistas y de ciertos comics (Jodorowsky y Moebius), y podemos
imaginar a los protagonistas gozando del paisaje columbrado desde sus terrazas,
recostados en long chaises, rodeados de medusas que pulsan en una gama de
tenues colores, mientras las propias copas de vino anuncian la cantidad de
licor trasegado y algún comentario salaz sobre las neumáticas
y globulosas esculturas que yacen alineadas bajo los parasoles en la arena.
La ingeniería genética
juega un papel primordial en el peculiar bosquejo de semejante mundo, aunque
también surge de inmediato la estampa del chip incorporado en el cristal
para convertirlo en utensilio inteligente y sensores empotrados en los adornos
o en las telas para captar los datos del ambiente y elaborar frases para
el usuario.
La tecnología no explicada
se encuentra tan presente como si le dedicarán dilatadas explicaciones
o referencias permanentes y es allí donde surge la sensación
de maravilla, en la intersección entre tecnología presentida,
ambiente surreal, referencias sociales y relaciones de pareja complejas que
pueden ser catalogadas como postmodernas, aunque el instante de su surgimiento
como movimiento y corriente se encuentre en lontananza para el autor.
No todo es felicidad: el sistema
económico tiene sus parias: artistas, escultores de nubes, marginales
románticos y poetas, vinculados con sus prósperos mecenas o
con negocios extraños siempre al borde lo insólito pero con
la suficiente potencia para extraer peculio o recursos del entorno.
La especial belleza de algunas
líneas demuestra el intento de experimentar con la forma y el ritmo,
con los perfiles y los escorzos, para lograr poemas en prosa con arco argumental,
y nutrir la pretensión de crear sitios: Lagoon West, Red Beach, Ciraquito,
Stellavista, con la suficiente coherencia para que la panoplia de biotipos
y biocenosis entregadas al lector sean un constituyente importante del ecosistema,
más con la libertad requerida para que al interior de esos parámetros
se oculte la sorpresa. Reglas laxas siempre actuantes, aunque sea en sordina,
aportan tegumento sustentador y una cierta articulación con las peripecias
(ambiente y cadencia, ensueño y premonición) le proporciona
el andamiaje preciso de CF que solicitamos.
Pasemos a los relatos sin vulnerar
el orden de publicación del tomo y sin acogernos a la tentación
cronológica, que deviene circunstancial:
a.
En “Los escultores de nubes
de Coral D” se parte de un “Love Story” y se llega a un “Bitter Moon” ambos
signados por el “Amour Fou”. Quizás para escamotear el fracaso que
no desea aceptar, cultivar el retrato (algo fijo ya terminado y no mejorable)
que su amante le dedico, se convierte para Leonora Chanel (¿evocación
de Coco Chanel?) bella, rica y demente en un sustituto de la vida, cada momento
más extraño que el anterior demanda un esfuerzo creciente y
los intervalos se encuentran asolados por un duermevela donde la conciencia
naufraga, la ecuanimidad se disipa y la cordura se canibaliza. Nolan aún
aceptándola como zombí mantiene una reserva de esperanza, sin
embargo, ella se propone doblegarlo... y cree que las esculturas que brotarán
de sus incursiones creativas en las nubes (efímeras, tan rápidamente
cambiantes que las variaciones se siguen ipso facto y que hasta en sus momentos
de decadencia y disolución a merced del viento pueden volver a resplandecer
con hermosura) le proporcionarán la ocasión para hu
millarlo. En su soberbia no
cuenta con que una Némesis particular surgida desde la naturaleza
como desagravio por la ruptura de la armonía de la pareja, guiará
a las nubes de tormenta para que la aniquilen a ella, demostrando que aquellos
seres que se obsesionan por mantenerse idénticos a si mismos perecen
ante la inevitable transformación del ecosistema.
Algo frecuente es que los personajes
cuestionables tengan problemas con la ecología, mientras que los de
estatura ética elevada sean armónicos con ella. El paisaje
es de una variedad suculenta, en las cabezas de las torres de coral se amontonan
los cúmulos bañados con la luminosidad del verano y simultáneamente
los vientos barren las dunas donde resuenan las estatuas cantantes.
El grupo de pintores constituido
por Nolan: un artista doliente cuyo sufrir lo estimula (Ballard como creador
abstracto) y propietario del lugar donde surge la aventura, un enano jorobado
(Petit Manuel no es acaso una perífrasis del propio Ballard como un
niño caprichoso y deforme, refugiado de un campo de concentración
en Shangai), un glamoroso y musculoso atleta con diversas habilidades pero
con voluntad retorcida (otro reflejo físico de Ballard adulto interpretado
por Charles van Eyck) son apoyados por un piloto retirado de espíritu
libre y romántico cuya decisión de construir los planeadores
precipita la historia y una secretaria bonita y eficiente, con un particular
vibrar pragmático que salvará la vida sentimental del piloto
(pareja asimétrica con la de Nolan-Chanel, donde se aglutina la felicidad
drenada desde la otra, la homeostasis vibrando). Quizás esta sea la
parte tópica, la de una “soft story” que por su continuidad enlaza
las incidentes edulcorando a la tragedia griega de fondo.
b.
En “Prima Belladona” la vida
transcurre tranquila, sin sobresaltos, plagada de “Tecnología Bizarra”,
con un sistema macroeconómico que funciona sin sobresaltos y acorde
con mixturas aún por descubrirse, el goce de habitar en una vacación
perenne sin las molestias del stress, la competencia o la insatisfacción
permiten esquivar el terrible panorama de los océanos secándose
(acaso como una versión optimista de “La Sequía” o un instante
temprano de la misma, Ballard constantemente se autorreferencia y se autorreconstruye),
la ciencia parece haber logrado éxitos espectaculares pero no para
evadir la crisis ambiental sino para alcanzar la vida muelle, quizás
por eso a pesar de las dificultades el agua no falta, y el planeta se desliza
por la cuesta sin fin de la irresponsabilidad opulentamente vivida, sin que
aparentemente nadie tenga que preocuparse de cultivar o producir bienes o
servicios (es inevitable recordar a los moradores de “Rascacielos” abandonados
a si mismos, lo cual demuestra nuevamente el proceso de
autopoiesis a que Ballard se
somete).
Los personajes encabezados por
Parker, el dueño de una coroflorería o tienda de música
“vegetal” que atiende a sus flores cantantes y las afina paseándose
entre las macetas, enamorado de Jane Cyracylides, una hermosa cantante cuya
genética profundamente alterada por la bioingeniería se expresa
en una espléndida piel dorada, un cuerpo macizo y espectacular donde
la imaginación puede resbalar y deleitarse sin prisas, una voz estupenda
que le consiente vivir de ella y unos ojos de insecto multifacetados que
le permiten seguramente observar el entorno total, y los dos rodeados de
sus amigos: Tony Miles, vendedor de cerámica y Harry Devine, arquitecto,
habituales de Vermillion Sands y cuyas circunstancias se enlazaran con otras
de los relatos presentados en la recopilación.
El odio y la desilusión
aportan su cuota, el primero irónicamente con la competencia entre
las divas (Jane y las flores) y el segundo con la erosión de la relación
amorosa, que aquí no alcanza a cuajar por una especie de castigo emanado
desde la coroflorería. Una vez más se entremezclan ecología
y relaciones de pareja, aunque aquí sin mediaciones que la alteren.
El enfrentamiento es poderoso y de consecuencias dolorosas para los amantes.
La intromisión de la humana con ADN alterado o con prótesis
provenientes de la manipulación del proteoma empuja a un final quizás
doloroso.
c.
El Juego de los Biombos: Transcurre
en medio de las colosales ruinas óseas de Lagoon West, donde la arquitectura
de la mansión, mezcla de Piranesi y Escher, enmarca la desventura
de una mujer con los desplazamientos de insectos enjoyados y el complejo
edípico de un aristócrata con las veleidades propias de un
mecenazgo a la producción cinematográfica esperpéntica
y costosa.
En flashback retornamos al drama
gracias a los efluvios decadentes del sempiterno verano que se agregan a
las agresiones del paisaje natural y artificial: mientras una continua amenaza
parece emanar de las galerías de arrecifes colgantes, la descomposición
de la tecnosfera es rauda, tan sólo de un año para otro se
ha deteriorado la infraestructura y hasta las estatuas sónicas dejan
de vibrar en consonancia con los visitantes para emitir trémolos sin
sentido o permanecer mustias y silenciosas, generándose, no obstante,
por tales motivos otros espacios de dispersión y propagación,
tanto para las faenas de los protagonistas como para los habitats de distintas
especies desérticas. Con las rayas voladoras de arena y los escorpiones
enjoyados más activos que en pasados veranos, con el delirio rondando
a los protagonistas y con una producción cinematográfica en
marcha, un plato con profundo sabor a duna marina, celuloide terapeútico
y tragedia griega está servido.
Paisaje y fatalidad de nuevo
entrelazados como las fibras de una alfombra. Y para la evolución
de la una se requiere la filmación de una película mediante
una combinación de decorado laberíntico de biombos casi etéreos
en medio de las jorobas desérticas y las agujas de arena y que intenta
repetirlas, develándolas y ocultándolas simultáneamente
(¿el arte copia a la naturaleza?), apoyándose en airados guiones
futuristas que derivan hacia visiones terroríficas. Un panorama que
incluye una caricatura de Orson Welles, un pintor (Golding) que calca algunos
aspectos de Nolan y una mujer desdichada que no lograra remontar las cascadas
de su infortunio. Ya tenemos servidos los nervios abiertos de las semejanzas
y a pesar de los distintos compases con que la melodía particular
del relato se instalará en nuestros oídos, tampoco renunciamos
a reconocer arpegios comunes.
La figura de Emeralda, domadora
de insectos y arácnidos mutados capaces de incorporar diamantes, zafiros
o rubíes en su quitina y de obedecer órdenes de liquidar a
alguien específico, obsesa y sensible, condensa en su perfil de actriz
la posibilidad de reproducir el pasado para borrar culpas y reengancharse
con el mundo que ha extraviado, de explicarse una pretérita relación
disuelta en la violencia del asesinato y de tender puentes para la salvación
de Charles van Stratten, el mecenas del mastodonte fílmico. Mientras
juega el ritual de perderse y recobrarse entre los biombos de cartón
con una alfombra de invertebrados embellecidos a sus pies, teje como Ariadna
con su danza que replica la de la vida (y claro está, la de la muerte,
acaso no son simétricas y mutuamente necesarias), el sendero aciago
que cerrará el episodio, pautado por las notas de las estatuas sónicas
resucitadas.
d.
Las Estatuas Cantantes: A medio
camino entre mecanismo y organismo, anexando capacidad de reproducción
por esqueje y unidad central de control de sonido, turgentes y tentadoras
en ocasiones, punzantes y rechazadoras en otras, son entes que recuerdan
a la serie de Vasari sobre Sodoma y Gomorra o a los torturados de Palencar
en su serie de los Mitos Lovecraftianos chillando desde la cárcel
de su cuerpo, donde músculos castigados e instrumento atormentador
conforman un único artilugio. Extiendan su uso a la mayoría
de las plazas y mansiones del planeta y tendrán una pesadilla estruendosa
en marcha y rumien las consecuencias prácticas para una formación
socioeconómica concreta que posee una miríada de ingenios semejantes,
con una legión de diseñadores, constructores, reparadores y
vendedores alborotando entre sus diapasones.
Ballard, profundamente visual
(de allí la tentación de graficar su pensamiento) sugiere con
una potencia extraordinaria y crea ecosistemas poblados de criaturas fantásticas
con habilidad portentosa; si le añadimos interlocutores vitales que
se vinculan múltiplemente y que erigen ágilmente (aún
recostados en sus hamacas) andamiajes multidimensionales, su lectura se torna
un lance lúcido, una aventura perspicaz donde se hace presente la
macroeconomía mediante un dato que desnuda la relación entre
el artista y su agente: se lleva el 90% de comisión sobre el valor
de la obra.
Lunora, la mecenas melancólica
y desfigurada y Milton el escultor de efigies sónicas quedaran enmarcados
por el encanto repelente que se desprende de tales artefactos vivientes,
preparados para captar un suspiro y tornarlo una melodía abstracta
en consonancia con la persona que lo emita. La oportunidad para Milton, tararear
un estribillo, surgida del azar como dependencia sensitiva de las condiciones
iniciales será el acontecimiento desencadenador, aún con su
ligero gustillo a estafa, que llevará a ligarlo con Lunora. Lo que
deviene luego: las visitas furtivas para mantener el engaño, la observación
de la durmiente mientras el enamoramiento se abate sobre el voyeur, el síndrome
de Narciso y el rechazo del amante por la orate, culmina con la precisión
quirúrgica de un cronómetro en un párrafo que si tuviera
un adjetivo más sería cursi, pero que posee el gemido del desencanto
y la fragilidad dolorosa del enamorado impugnado.
e.
Grito de esperanza, grito de
furia: Navíos espectrales que trazan periplos sobre dorados océanos
arenosos, terceros que narran una desgraciada historia de amor, pseudohéroes
que surcan rutas para cazar rayas voladoras entre arrecifes impulsados por
corrientes termales (con escasa diferencia podría ser una viñeta
de Milo Manara si coexistiesen en lo gozoso) y altozanos ondulantes bajo
el espejo del sol nos dibujan la atmósfera donde se mezclan una vez
más ecosistema fantástico, relaciones de pareja en degradación
y obsesiones que rozan lo patológico.
El azar flamante y ramificado:
a una llanta desinflada se aúna el casual golpe de aleta de una raya
moribunda (amaestrada para atraer a ciertos elegidos), mezclará los
hilos vitales de los actores, por que siempre toda narración de Ballard
posee una veta teatral briosa y exaltada, Hope que se inviste con las características
de Circe, Robert que reúne los impulsos de un Argonauta fortuito con
los de un aciago Oberón accidental, Foyle que queda señalado
como un Hamlet raquítico, Barbara como una esfinge fea y aburrida
y Charles como una amasijo de Ulises y Holandés Errante logrando una
especie de pantomima escabrosa con regusto macabro.
Capítulo aparte merecen
los pigmentos fotosensibles que por su funcionamiento consiguen efectos similares
a los alcanzados por Marcel Duchamp en “Desnudo bajando una escalera” y que
barajan incansable los multiyoes de la persona que posa en los breves momentos
de exposición hasta alcanzar una especie de síntesis mística,
en la que apenas interviene el pintor o el modelo, y que va emergiendo desde
los colores elegidos bosquejando un rostro asombroso por el parecido pero
virado hasta el paroxismo por las pasiones apenas entrevistas y que van delatando
la auténtica imbricación y superposición de las personalidades
que acechan en cada una de nuestras máscaras. Táctica mecánica-psicológica
que acude en ayuda del argumento con elegancia y madurez, ya que su manipulación
permitirá desatar los odios e iras acumulados en el elenco genuino.
f.
Venus sonríe: Cuando
una Municipalidad encarga una escultura sónica, no puede adivinar
la calamidad que liberará al ignorar lo que puede un fractal. Lorraine,
una escultora será su ejecutora. El sarcasmo campea por doquier y
las sonrisas se desdoblan y multiplican desde cualquier ángulo o pliegue
de sus párrafos. Las descripciones destilan gracia y humor, las peripecias
se combinan como los gags de un guión cómico y aunque el desastre
en ciernes sea demoledor el tratamiento no deja de ser irónico. La
relación de pareja aquí será secundaria, entre el miembro
de la Junta de Arte de la Municipalidad y su secretaria, el ecosistema será
en lo fundamental urbana y la locura será algo similar a la represalia
excesiva, pero se dejan percibir.
Crecimiento significa expansión
y cuando sintetiza los originales y sorpresivos resultados de su evolución
con los despliegues sucesivos de las cualidades que yacían escondidas
en su programación y perfeccionamiento podemos presentir el núcleo
de la catástrofe que se avecina y se va a esparcir consistente y devastadora
como un fractal, conservando la homotecia en cada dimensión o escala
aunque la forma sea distinta y la percibamos intuitivamente como algo con
semejanza y discontinuidad sincrónicamente. O lo que es igual, una
estatua sónica programada para vengar la humillación sufrida
por su creadora posee la competencia para estrangular el mundo. El castigo
será desproporcionado al motivo, pero quien será capaz de explicarlo
a una geometría obsesionada con la retaliación.
La performance de un fractal
se repetirá redimiéndose a si mismo en la forma inicial cada
vez que cambie de escala, así que los fragmentos por más diminutos
que sean retornarán a su quehacer apenas queden separados del cuerpo
o masa principal, sólo hay que darles el tiempo necesario para un
nuevo emprendimiento y ya lo tendremos prosperando desaforadamente otra vez.
Las hélices sonoras brotarán dondequiera, los retoños
reproductores de música clásica se entremezclaran con los pimpollos
emisores de rock, los cogollos de canciones folklóricas con las yemas
de ritmos afrocaribes y en la medida que irradie hacia otras regiones se
apoderará de cualquier sonido que capte. En realidad: una de las más
insólitas invasiones, una de las más peligrosas hecatombes
explicadas en un texto de CF. Una salva de cañonazos para Ballard.
g.
Dile adiós al viento:
Una escena inicial cargada con el hálito de la podredumbre de la pobreza,
con la decrepitud de los vagabundos y el sonambulismo de quienes recorren
los pasillos de la locura se liga a la exposición de motivos de los
negocios que germinan de ese verano eterno y de un esclarecimiento sobre
las biotelas (las noticias sobre telas que nos tornan invisibles, que pueden
imitar cualquier textura, que mimetizan eficientemente los soldados, que
emiten sonidos, que se escanean sobre los contornos del usuario, que incorporan
medicamentos para terapias diversas, etc. están apareciendo con frecuencia
y tornando actual esta premonición de Ballard) temperamentales y rutilantes.
Las telas vivas que evaden lo
inerte se combina con la psicobiología de sus compradores y con la
manipulación genética para lograrlas. La sensibilidad en captar
las emociones del usuario y en amoldarse a la silueta del usufructuario le
conceden una innegable destreza que se confunde con la semiconciencia, con
el duermevela de un insomne. Y entonces se precipita con patetismo el desgranar
de los acontecimientos y la desdicha, el retrato del suceso por un observador
azaroso que muta en amante ocasional (Samson), la rica obsesa (Raine Channing)
que desea mantenerse adolescente, las permanente cirugías, el inexorable
devanar del tiempo, las pérdidas que se acumulan y que requieren ser
abordadas; pero también en sordina, Gavin: el diseñador desaparecido.
Una vez más encontramos
esa mixtura sui generis de tecnología rara, de obsesión patológica
rayana en la locura y relaciones de pareja quebradas y no cicatrizadas y
un entorno que incorpora elementos novedosos y se adapta a los procesos complejos
soltados desde la moda y los avances tecnológicos realizados aún
sin conocer cuales serán las consecuencias no esperadas de los mismos.
Las biotelas devienen como un reflejo del alma humana, como un paquete de
recuerdos desdichados, como emotividad expresada en prendas de vestir, no
sólo como la piel de la piel, sino como el residuo del alma, como
el espectro oculto de lo que realmente somos cuando rompemos con la esencia
humana y deseamos la destrucción y la muerte del otro, de la pareja
odiada pero que no nos resignamos a abandonar. En ese sentido el relato adquiere
una fuerza tremenda, cuando prefiguramos lo que las biotelas pueden guardar
y hacer (asesinar por ejemplo, si han conservado en sus fibras el resentimiento
para lanzar un ataque), pero no obstante ser incapaces de servir como testigos en un
juicio o en apoyos psicológicos para una terapia reconstructiva.
h.
Estudio 5, las Estrellas: Poemas
flotando como mariposas, enredándose en las barandas, lloviendo sobre
las terrazas, abrazándose a las hojas de las plantas, colgando como
inflorescencias de las ventanas, enroscándose en las cornisas, envolviendo
el paisaje en palabras, creando el mundo desde la metáfora. Muchas
de las imágenes de Ballard traen encastrada la belleza y la potencia
sin menoscabo de la claridad. Una vez más la mujer (de rostro blanco
hasta ser hielo o parecer enharinado como mimo) aparentemente inaccesible,
el probable amante u observador omnisciente (editor de una revista de poemas)
que prepara en una dirección el relato mientras una corriente oculta
lo empuja hacia otro costado y en un momento determinado ambos itinerarios
se conjugan y se explican al unísono; los amigos (que reiteran la
fauna humana permanente de Vermilion Sands) y el chofer (que vira a doctor
o secretaria/o dependiendo de los relatos), semifauno y cómplice de
la bella, aunque frecuentemente su victimario o guardián de sus secretos.
IBM se encarga de hacer el mantenimiento
de las VT (máquinas de producir poemas) y sin embargo los poetas a
pesar de la ayuda o quizás precisamente por eso se dedican a dormitar
en las reposeras de sus terrazas, trasegando licores y debatiendo hasta el
cansancio caprichosos temarios colindantes con el absurdo y el chisme. Descubrimos
las nervaduras comunes, adosamos compartimientos y bosquejamos similitudes,
es Ballard otra vez con el espíritu crítico y golpeando -con
el tercer pie que Prevert prefería apuntar a las posaderas de los
idiotas-, a los intelectuales de opereta. La tarea que se ha impuesto Aurora
Day (el nombre es de una lucidez anonadante) es la de reinventar la poesía
en ese mundo degradado por máquinas que reemplazan la creatividad
humana. Ransom (otro nombre transparente, que colinda con el anterior) será
el evaluador aleatorio de ese intento.
El misterio que se cierne desde
Aurora se expresa en los sueños enojosas, fronterizos con la pesadilla
que acosan a Ransom y en los desperfectos que estropean su salud, una brujería
hermanada con lo sardónico se propaga desde Estudio 5, la casa de
la bruja, un encantamiento letal para la personalidad del editor lo acompaña
y excava el sendero de su derrota; un universo fantástico que bulle
y se derrama desde el misterio de Aurora y su entorno, la obediencia que
las rayas voladoras le muestran, la destreza en operar sobre el entorno,
la maestría en reorganizar la materia le otorgan tanto el papel de
diosa como de musa de la poesía encarnada. Paradójicamente
si bien este es el relato más fantástico del volumen, es también
junto a “Venus sonríe” el mas humorístico, y si aquel era el
que detallaba la mayor amenaza jamás exhibida en el texto (los demás
atañen sólo a los protagonistas) este es el que con mayor enjundia
crítica a los supuestos creadores e intelectuales). La cacería
de rayas obrara como un exorcismo para provocar el ilusorio sacrificio de Tristam
(otro nombre mágico) que supuestamente salvará definitivamente
a la poesía (siguiendo al pie de la letra la leyenda de Melandra y
Coridón), lo cual es simétrico con la contaminación
sónica proveniente de la estatua cantante desintegrada, pero mientras
allá se cuece el infortunio acá se manifiesta la farsa, otro
cuento donde Ballard saca la garra del humor.
i.
Los mil sueños de Stellavista:
Algo que no se puntualiza ha sucedido (el Receso) y las circunstancias han
cambiado, el tiempo denso y repetido se ha diluido y de nuevo funciona hacia
adelante, Vermilion Sands queda atrás, es un recuerdo y nuevas tecnologías
que trastornan el entorno proliferan. La arquitectura contigua en su concepción
y plasmación a Buckmister Fuller o a Lloyd Wright se ajusta a los
modelos psicotrópicos que permiten la incorporación de elementos
a partir de los deseos de los habitantes o ... de sus traumas, gracias a
la multitud de sensores de emociones que proliferan en sus paredes. Bertold
Brecht señaló que “Igual mata una habitación que un
hacha”, en las casas de Stallavista tal afirmación puede convertirse
en literal, pero no por un entorno de pauperización degradante sino
por que acumulan el odio y los impulsos tanáticos de sus moradores.
Las fallidas relaciones de pareja
que estimuladas por el ecosistema artificial de la residencia terminarán
por reproducir la de esposa asesina (actriz) y el esposo asesinado (arquitecto
diseñador de la casa), la crisis rampando sobre las ocurrencias cotidianas
(encajarían en “Crash” sin esfuerzo), retroalimentando el deseo extraviado
y nunca satisfecho del abogado que desplaza al vínculo concreto fundado
en la sexualidad y el compartir emociones. El recuerdo del juicio donde Howard
participó como ayudante del abogado defensor revive la pasión
sofocada por el tiempo y la presencia de la personalidad de la asesina en
la casa precipitan la decisión y a partir de allí la caída
en barrena y el reemplazo de las personalidades, escoltado por agresiones
mortales de las instalaciones y de las habitaciones. El entorno artificial
para la pareja se ha convertido en un horror viviente, les espera la separación
y el divorcio, pero al enamorado le queda una ilusión, capeado el
temporal y expulsada la personalidad del arquitecto: para volver a sentir la de la actriz
“sólo tiene que encender la casa”.
Hay en sus párrafos un
sabor a despedida, a cambio de ciclo logrado con tal desparpajo que cuando
lanzamos nuestra mirada hacia las anteriores narraciones constatamos que
los indicios ya se podían barruntar en algunos, pero los dejamos pasar
(una preocupación por la macroeconomía, la reorganización
de los espacios formales, la pugna entre tecnología y creatividad
humana, etc.); podría relacionarse fácilmente por su tema con
“Casa inteligente” de Kate Wilheim o con Moya, la nave viviente de “Farscape”,
pero el enfoque de Ballard sofoca cualquier liviandad en ese sentido, su
propuesta literaria en el relato de cierre es armónica con el conjunto,
culmina como brillante y amargo colofón de una obra donde se expresa
que el entorno sea natural o artificial y habitualmente surreal plagado de
biotecnologías o animales y plantas mutados, puede atentar contra
las relaciones de pareja, floreciendo la locura y la obsesión como
acólitos endémicos y camaradas de viaje y dejando abierto un
resquicio para reinterpretar a esa luz sus siguientes novelas.
Luis Bolaños (c) junio
de 2003.
(publicado originalmente en Velero 25)
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