Autores peruanos
A donde van las almas
Giancarlo Stagnaro
Cada vez que alguien comienza
un relato, de la dimensión que sea, está tomando posición,
es decir, se sitúa en una perspectiva determinada. Digamos que ello
a primera vista resulta decisivo para los fines del relato; en este caso —y
espero que no lo tome a mal— hallar esa posibilidad quizás no merezca
mayor importancia. En realidad, encontrar una perspectiva para lo que voy
a contar puede ser tan relevante como no. Puede sonar a indiferencia, pero
creo justamente que en esa irrelevancia está el secreto de lo que voy
a contarle, o lo que sea más parecido a él.
Debo confesar que esta experiencia
resulta nueva en todo sentido para mí. Esta piel, este lenguaje. Toda
mi vida —incluso en la anterior a la presente— he contado historias. Las he
narrado de todos los modos posibles, incluso la misma historia, en muchos
antros no tan higiénicos como éste.
En fin, estamos en esta situación.
Yo le cuento y usted me escucha. Usted pensará: pero qué disparates
me está diciendo este tipo. Y yo seguiré relatando, no importan
sus objeciones o apuntes. No me impresionan sus observaciones y tampoco espero
que le atormente mi experiencia. Trataré de ser lo más sincero
posible, porque siento que ya es momento de que cuente lo que he visto y lo
que sé.
Ahora, supongo que en su calidad
de profesional, iniciar esta clase de relatos implica un grado de confianza.
Algo que no sé si funcione en este caso, que bien podemos ambos tener.
Sin embargo, hasta la mente más perspicaz debe referirse a mis antecedentes.
Y usted no creerá del todo mi testimonio, porque sus archivos no se
refieren a mí en términos en los que la ciencia médica
define como sanidad. Francamente lo dudo.
No: su compromiso ético
se lo impide. Jamás se dejaría seducir por el testimonio de
un desquiciado, entonces, ¿por qué escucharme? Seguro sus camaradas
ya le habrán comentado las historias que relato. Perturbadoras. Por
eso soy interesante, porque soy un caso único aquí, en medio
del resto de maniáticos que apenas pueden balbucear unas cuantas vocales.
A todos nos seducen las historias,
no se crea que ustedes son los únicos. ¿Sabe por qué?
Gracias a ellas nos diferenciamos de los demás objetos. Una nube en
forma de conejo no puede contar su historia, no sabe por qué tiene
esa forma. Pero nosotros sí podemos especular. Unas ruinas o una enana
roja poseen una historia detrás que nuestra curiosidad no puede resistir.
Por favor, le agradecería que me invite esa bebida que ustedes llaman
café.
Me recuerda los días
en que cumplíamos misiones en el sistema de Andragkar, cuando llevábamos
mercadería de contrabando. Pobres seres, cuánto soportaban por
la paga que les ofrecíamos. Una minucia. Se drogaban para mantenerse
en sueños que los volvían inmortales. Habían conectado
sus mentes a un sistema que los devolvía a un pasado esplendoroso,
más allá del tiempo y del espacio, cuando dominaban aquel sector
los poderosos emperadores habertianos, que tenían la costumbre de empezar
sus rituales con una bebida muy semejante en textura y sabor a la que acabo
de probar. Sus descendientes, que encontraron la decadencia, habían
compuesto odas a aquella ambrosía de la cual no podían gozar
más.
Pude alcanzar a probar el néctar
de manera virtual y definitivamente entendí por qué había
caído aquella civilización esplendorosa. Cada vez que arribo
a un mundo diferente suelo conocer sus secretos, las razones de su cultura.
No sé, es como una intuición que surge inexplicablemente, como
si todo me fuera dado de golpe.
Pobre raza los habertianos,
envueltos en sus enredadas interfases neuronales y añorando un pasado
inexistente. Después no les fue bien en sus tratos con la Hermandad
y fueron exterminados como moscas. Mencioné que mi trabajo era comerciante.
En realidad, me desempeñaba como piloto de segunda clase a sueldo.
Me gradué en la academia
con honores, no con los que hubiera querido, pero me gradué, al fin
y al cabo, y eso es lo que importa. ¿Se imagina manejar esos cargueros
inmensos, cubrir la distancia entre Matkaeria y Loghar en menos de 20 años
luz? ¿Marcar un récord de navegación entre el noveno
sector y el decimosegundo? Necesitas lo que se llama precisión, el
cálculo adecuado entre salto y salto. Si me equivocaba un ápice,
podía chocar con un quásar o un asteroide y quedar convertido
en polvo interestelar para siempre.
No se puede fallar así.
Era un buen piloto, eso decían mis papeles, pero no era un gran piloto,
como hubieran querido mis parientes rombusianos. Ese mundo sí es cuna
de grandes navegantes interestelares. Con decirle que ahí se concibió
al gran Tarmekharqueriondos hace ya más de dos milenios y medio. Por
eso son tan exigentes.
Está bien, no más
rodeos ni referencias que no conoce. Voy directo al grano. El hecho es que
a mi tercera década —en la segunda había tenido experiencia
de contrabandista— ya era piloto de uno de las rutas más importantes
de toda la Galaxia, la ruta del vigésimo quinto al duodécimo
sector. Qué ruta para sencilla, sin cinturones de asteroides o nebulosas
de hidrógeno. A veces los capitanes te hacían unas pequeñas
correcciones, pero eran mínimas, sólo ajustes en el curso de
la nave. El salto para mí era cosa simple; no demandaba demasiados
riesgos. Los capitanes eran bonachones y cuando llegábamos al sistema
solían compartir el contrabando, sobre todo de bebidas, con nosotros.
Algunos bajaban con mascarillas de metanol; como sabrás, nosotros los
rombusianos somos resistentes a cualquier atmósfera que incluya dos
átomos de oxígeno por lo menos. Si no, apelamos a la mascarilla
o, en todo caso, nos quedamos en las naves apostando o alguna otra tontería
de a bordo.
Entonces, que me lleve el gran
hoyo negro, nos solicitan. No sé por qué ni cómo habían
oído hablar de mí, de mis notas en la academia, de mi trabajo.
Yo ganaba lo suficiente, algo así de 500 por ruta. Para ser navegante
de un carguero que transporta sustancias atenuantes de conciencia, que no
se ha comprometido aún y que no aspira sino a trabajar para que otros
puedan vivir placenteramente, no me puedo quejar.
De repente me convocaron. Hasta
ahora no sé la razón, no me puedo explicar cómo ni cuándo...
Lo cierto es que la Hermandad sabía todo sobre mí, absolutamente.
La Hermandad deambula por ahí, no blasfeme ni piense mal de ella. Ellos
están ahí, atentos y vigilantes. Tenga sumo cuidado de lo que
haga y diga. Ellos no son inmortales, son la eternidad misma.
Son muy meticulosos en sus
asuntos. Sus agentes, los visibles, me condujeron hacia un planeta desierto,
no recuerdo bien en qué sector. Allí sólo había
hangares, los más numerosos que haya visto en un puerto espacial.
Me asignaron un crucero gigantesco. Nunca había visto uno de tales
proporciones. Su color plateado intenso indicaba que pertenecía a
otra jerarquía de transporte espacial. Por dentro, era un sueño.
Nunca había visto una cabina así. Luces intermitentes por todos
lados; los sistemas de navegación parecían vivos; la computadora
parecía fácil de maniobrar. Si uno tiene una nave así,
puede jubilarse anticipadamente. Si la cabina era fabulosa, uno puede figurarse
lo que era la nave por dentro. Una maravilla en milenios de navegación
hiperespacial. Qué buena esta bebida, realmente a uno lo pone en otra
cosa. Salud.
Cuando vuelvo sobre mis pasos
para seguir recorriendo la nave un poco más, me encuentro con ella.
Era uno de esos seres que controlan la mente... A veces se me aparece en sueños,
como un fantasma. Se les conocía como las damas Ekhtar. Una de ellas.
Su rostro sin cabello y estirado hacia atrás, con atuendos luminosos
de tonalidades púrpuras y rosáceas... y sus ojos, su mirada
impregnada de designios insondables. Mirar en ese par era como ser observado
por un abismo infinito. Definitivamente, no me la esperaba ahí, no
aún. Nunca los había visto, es decir, me habían hablado
infinidad de cosas que ocurren en el espacio —los verdaderos navegantes interplanetarios,
cuando se ponen a beber bebidas más fuertes que ésta, inventan
inmensidad de cosas—, pero jamás me había enfrentado a algo
así. Esa cosa era inmensa y no abrió la boca una sola vez,
en absoluto, ni una palabra. Sólo me dio una especie de llave que
activaba el ordenador central del crucero. Ya me habían advertido
algunos colegas. Yo pensaba: ¿qué tal si esta "dama" se enfurece y se le ocurre,
en medio del salto, dejarme como basura hiperespacial? Debo confesar que
los nervios me traicionaban.
Sólo atiné a
respirar hondo, pero casi destruyo el sistema principal cuando ingreso el
código (lo erré a la primera). La computadora me dio las instrucciones:
quincuagésimo sector, sistema noveno, estrella unitaria, tercer planeta.
Civilización prehiperespacial. Los datos de una cultura ínfimamente
primitiva se desparramaban por la pantalla. Demonios —me decía—, vamos
a observar a unos chiquilines... Pero con la dama Ekhtar detrás mío,
siguiéndome, respirando en mi nuca, controlando mis movimientos por
más inocentes que fueran, no podía creer que se trataba de
mera rutina. Debía ser sumamente importante, tanto que no podía
decirlo; si sacaba a relucir mi miedo seguramente me reduciría en
miserables partículas de hidrógeno.
El viaje fue espeluznante,
en serio. El mejor y el peor que he realizado. Hubo tres saltos, todos calculados
con precisión micrométrica. Nunca me había concentrado
tanto en ellos. Nunca los había hecho mejor. Pero la sensación
de que me iban a hacer añicos no me dejaba tranquilo.
Arribamos, pues, luego de algunos
momentos de tensión. El cinturón de asteroides no fue problema,
tengo experiencia en esos menesteres. En realidad, para pasar esa franja hay
que comportarse como si fuera una de esas rocas infames, ése es el
secreto.
Al aproximarnos a la órbita
del tercer planeta, me llevé un sobresalto. Tenía un satélite
de un sexto de su tamaño. ¡Un sexto!, ¿lo puede creer?
Era inmenso. Las lecturas de la computadora no erraban. Hice rápidamente
unos cálculos; los otros planetas tenían satélites más
"normales". El planeta se parecía mucho al mío, aunque era más
azul... Rombusia tiene dos lunas, pero aquel satélite me parecía
un exceso. A veces la Hermandad tiene unas cosas.
Entonces escuché una
voz. Era ella obviamente. Era, cómo le explico, candorosa, pero a la
vez sibilina. Definitivamente yo era un subnormal a su lado. Escuché
un susurro: "Aproxímate al satélite". Cambié a control
manual y suavemente desplacé el crucero hacia el extraño planetoide.
Era muy feo: los meteoritos, el gas de los cometas y la luz de la estrella
(el resplandor era muy fuerte, por lo que acentué la intensidad de
los paneles antisolares) habían destrozado su superficie. Era un contraste
con el planeta, que parecía adornar el horizonte con su intenso color
azul. "Ahora espera un momento", volvió a susurrar la voz. De pronto
vi que un contenedor aparecía ante nosotros y rápidamente se
movía en nuestra dirección. Yo estaba como inmovilizado.
Presentí que el contenedor
había ingresado a la nave y sabía que la dama Ekhtar lo había
dirigido mediante algún truco telepático. "Ven aquí,
vas a querer ver esto", me dijo. Curioso, pero a la vez preocupado por mi
suerte, salí de la cabina cautelosamente. Cuando bajé al primer
nivel, el contenedor rezumaba vapor frío. La dama Ekhtar no movía
un labio, pero yo sentía sus palabras en mi mente. Me tranquilizó.
"Nosotros necesitamos pilotos como tú. Esto demanda mucha energía
de nuestra parte". "Discúlpeme, pero yo no creo que sea...". "Sólo
observa y escucha", me dijo, reprendiéndome con dulzura, como lo haría
un adulto con un infante. "Muy pocos seres materiales saben lo que es la Hermandad.
La Hermandad ha creado y dirigido esta Galaxia y muchas otras. Ellos conocen
el ciclo de la vida y de la muerte, del movimiento y de lo inerte, porque
nuestros cuerpos no sólo son vehículos de nuestro espíritu,
como esta nave que nos cobija o este contenedor aquí a nuestro lado.
Nuestros cuerpos nos permiten conocer el cosmos y sus más profundos secretos. La Hermandad
nos protege y nos cuida, nos enseña a crecer más como seres
inmateriales. Por eso a veces solemos reprender a aquellas criaturas que
creen ser más que nosotros, pues ello genera un disturbio en el ciclo
natural de las cosas". Recordé a los pobres habertianos y su bebida
fabulosa. La dama Ekhtar prosiguió: "Lo que ves aquí son los
corpúsculos inmateriales de los habitantes de ese planeta. Ellos los
llaman de una manera singular: almas". Interesante definición. Ella
extrajo del contenedor un recipiente ovalado que cargó suspendido en
sus brazos. "Si yo toco esto con mis manos, los corpúsculos pueden
desvanecerse y quedar atrapados en la materia para siempre", dijo suspirando.
"Ahora, acompáñame", ordenó. Cuál sería
mi asombro cuando ascendimos hasta el tercer nivel de la nave de un impulso.
Ella había usado su telepatía una vez más, mientras yo
contenía la respiración. Imaginé que me iba a estrellar
contra las paredes.
"A esta parte nunca ha llegado
ningún ser material", dijo. "No permitimos a los de tu clase llegar
hasta aquí. Ellos sólo conducen las naves". "Entonces, ¿por
qué me deja venir con usted?", le pregunté. Cuando esperaba
una mirada fulminante de su parte, ella respondió: "No te preocupes
ni por el pasado ni por el futuro". Intrigado por su respuesta, no obstante,
seguimos caminando. El silencio se volvía impenetrable y la luz comenzaba
a desaparecer. Yo sólo sentía el ruido de mis pasos en el suelo
metálico. La dama Ekhtar jamás tocaba el suelo. Avanzamos por
un largo y oscuro túnel, iluminados tan sólo por la luz que
emanaba del recipiente. ¿Cuántos corpúsculos cabrían
allí?, me preguntaba. "Hay millones", contestó la dama Ekhtar,
"pero sólo uno". Después de eso ya no quise pensar y puse mi
mente en blanco. "Sólo observa y escucha", respondió la entidad
que caminaba delante mío.
"Aquí es donde vienen
a parar las almas, los seres inmateriales", me dijo, y un inmenso resplandor
nos iluminó de repente. Era una máquina tremenda. Con razón
tenía esas dimensiones, me decía yo. "Esta es la puerta que
une el mundo material con el inmaterial", dijo Ekhtar, "a la Hermandad con
su creación". Por alguna razón ya no tenía miedo. Sólo
estaba asombrado terriblemente de lo que veía ante mis ojos. De la
máquina salía una música formidable, parecía tocada
por seres divinos o algo así. Ni las puestas de los tres soles en
Bakura se parecían a algo semejante.
"Nuestra labor es recolectar
todos los seres inmateriales de esta Galaxia y llevarlas ante esta puerta
cósmica", explicó la dama Ekhtar. "Por eso tenemos, gracias
a la Hermandad, estos dones especiales, que demandan mucha energía
de nuestra parte". "¿Y qué hacen exactamente con los incorpóreos?",
pregunté, aún anonadado por el espectáculo. "Los colocamos
en la máquina y le otorgan su energía a la Hermandad. Durante
sus vidas materiales, estas criaturas vivieron de acuerdo con las leyes del
bien y del mal, del deseo y del dolor. La Hermandad creó esas leyes
para controlar sus existencias. La Hermandad los hizo limitados en carne,
pero infinitos en espíritu. Algunos creyeron que eran más una
cosa que otra, pero todos desearon por igual. Son estos deseos los que, al
momento de dejar la existencia carnal, se depositan en sus almas. Son estos
deseos los que finalmente permitan que la Hermandad continúe con su
labor ordenadora del cosmos. La Hermandad los ha creado con la finalidad de
vivir nosotros eternamente".
Eso es lo que reveló
la dama Ekhtar. Sus palabras aún me asaltan. Todo esto puede parecer
una quimera, pero no lo es, no proviene de mi imaginación. En esos
instantes, detrás de sus palabras resonó una música estruendosa.
Al principio me invadió una sensación agradable, pero de la
máquina comenzaron a surgir miríadas de luces que pronto cobraron
una violencia desgarradora. Una impotencia desesperante se abatió
sobre mí. Aquella sinfonía del horror me había obligado
a caer y el vértigo se apoderó de mi visión. Sentí
como si me hubieran arrojado a la oscuridad del espacio, en un lugar sin
nombre.
Cuando desperté, el
satélite se cernía ondulante sobre mí. Unas formaciones
puntiagudas interrumpían mi visión del cielo. Podía
respirar sin problemas. Me incorporé, estaba asustado, no sabía
dónde me hallaba... poco a poco recordé. Aún resonaban
los ecos de la melodía infernal, pero me di cuenta que al menos estaba
con vida, en este tercer planeta, con ese ominoso satélite colgando
encima mío. Mis implementos habían desaparecido. Mi garganta
estaba seca.
Comencé a deambular
por el territorio. Se escuchaban numerosos ruidos. Finalmente llegué
a una suerte de arroyo. Palpé el líquido, felizmente tenía
oxígeno suficiente para reanimarme. El planeta no estaba del todo mal,
después de todo. Al parecer podía adaptarme a su ecosistema.
Me acerqué más al arroyo con la intención de refrescarme,
pero al verme reflejado en la corriente me percaté que mi rostro no
era mi rostro y mi piel no era mi piel. El pánico se apoderó
de mí, comencé a correr, a perderme en la espesura. El calor
de la noche era sofocante, la pesadez de mi nuevo cuerpo, mi conciencia desequilibrada,
el sonido que retumbaba entre los árboles, y luego un punto confuso...
—Disculpe, ¿dijo usted
"árboles"?
—¿Cómo?
—Usted dijo que corrió
entre los árboles. Usted sabe lo que son.
—Por supuesto.
—¿Y cómo un ser
que supuestamente viene de otro planeta en una nave espacial impresionante,
después de haber recorrido millares de kilómetros hasta este
apartado rincón del universo, y que recolecta los espíritus
de los muertos para almacenarlos como forma de energía, sabe lo que
es un árbol?
—Intuición, como ya
dije. Nosotros los rombusianos... Oh, eso sería mucho explicar. Cuando
desperté en vuestra superficie, supe que me habían dotado de
una base de datos acerca de cierto conocimiento mínimo de las formas
de vida de este planeta. En otras palabras, antes de adquirir esta apariencia,
me implantaron en alguna parte de mi cuerpo un dispositivo de información
básica. Así puedo recuperar alguna data indispensable. De igual
manera se usa con aquellas naves a las cuales se les hace seguimiento. Se
les coloca un mecanismo que supervisa sus rutas. Igual que a los individuos.
Me parece que, a pesar de su tecnología rudimentaria, estos aparatos
se conocen acá. Así como aquella música infernal, que
está por todos lados.
—¿A qué música
se refiere?
—A esa sinfonía que
ustedes conocen como La canción de la alegría. Irónico,
¿verdad? La que compuso un tal Beethoven. Lo que sonaba en el crucero
de la dama Ekhtar. Infernal ruido, y a eso ustedes lo llaman arte... Desconocen
todo. Ellos, los genios de este mundo, los innombrables, son miembros de
la Hermandad y tanto sus almas como la mía les sirven de alimento.
Es el símbolo de su poder. Quizás la dama Ekhtar me envió
de emisario para contarles esta buena noticia; quizás me castigó
por haber visto demasiado. Lo único que sé es que estoy atrapado
aquí y, al parecer, no tengo salida. ¿Qué me dice, doctor?
¿Le parece verosímil mi historia?
—Usted ha leído y visto
mucha ciencia ficción —sentenció el analista.
Cuando salió, la oscuridad
del sanatorio seguía igual.
* * *
© Giancarlo Stagnaro,
2003
(Publicado originalmente en
El hablador)
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