Con el
sol naciente en el horizonte, el tenue manto que divide a la noche del día
desaparecía mientras los rayos de luz emergentes de la moribunda estrella
llegaban a la atmósfera del desértico planeta. Pero no solo
arena y roca era lo que iluminaba, sino también la obra propia del
ser que vive y piensa.
Al igual que en el resto del
hemisferio, el velo de oscuridad que en el Templo existía cedía
su paso a la luz del nuevo día, penetrando por los pequeños
tragaluces del techo y formando haces entrecruzados de luz y sombra en el
piso.
Sin embargo, ese era todo el
cambio que ocurría. Ni el menor de los ruidos, ni la evidencia de
algo vivo se manifestaban en el enorme edificio. Era el vivo reflejo de todo
el planeta. El calor que el nuevo día traía ya comenzaba ha
hacer efecto en la temperatura del Templo cuando un leve crujido estremeció
el silencio reinante, dando paso al fuerte aullido del viento que penetraba
por la puerta recién abierta.
Pero no fue solo el viento el
que decidió entrar, también lo hicieron la arena y el polvo,
decididos a no regresar jamás al desértico paraje que rodeaba al Templo. Llevados por un
nuevo aire, realizaron un ballet en espiral en la entrada para luego reunirse
con el suelo, a la vez que la fuerza del viento disminuía conforme
la puerta se cerraba. Una vez ahí, uno podía darse cuenta que
no eran los primeros ni serían los últimos.
Después de aquella interrupción,
el silencio se sintió, otra vez, dueño de sus dominios. Y ni
bien ya se había asentado cuando volvió a ceder su sitio al
ruido, esta vez el ruido de pasos, pasos de dos pies, pasos de un ser inteligente.
¿Y como era el ser?
De frente y de perfil no se
lograba ver nada que pudiera dar una descripción detallada de su rostro
o su cuerpo. Todo él se hallaba cubierto de un envejecido y agujereado
ropaje que al parecer reflejaba restos de brillantes colores, propios de
tiempos mejores. Caminaba lento,murmurando, siempre mirando al piso, siempre
con los brazos cruzados.
Se hallaba
ya a diez metros del pilar central cuando se detuvo y levantó el rostro,
aun cubierto por sus ropas.
-Dioses del cielo eterno, ustedes
que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.
Dichas sus palabras se acercó
más al pilar para luego arrodillarse sobre una marca en el suelo.
Posó sus manos también sobre otras marcas, levantó ligeramente
la cabeza e inició su rezo.
Desde fuera, el mundo que ante
sus ojos aparecía era como muchos otros que había visto, un
grano de arena en la inmensidad del espacio. Una vez dentro seguiría
siendo igual a los demás, solo arena. Pero éste tenia que ser
diferente, debía serlo, porque aquí era donde todo debió
empezar, millones de años atrás. El lugar de donde vinieron
los Omnipotentes, la cuna de tierra y fuego de donde nacieron.
El pecho le oprimía fuertemente
pues la expectativa tras décadas de búsqueda era demasiado para él. Tenía
que ser aquí y ahora donde debía enterarse de la verdad. La
expectativa de lo que podía encontrar era lo que lo había mantenido
con vida en los últimos
años, de no encontrar nada, la vida perdería sentido, la vida
en él moriría.
Aún cuando los datos
extraídos por los sensores le mostraban un planeta muerto y sin una
estructura en pie, él sabía que si algo podía sobrevivir
tal destrucción debían ser los Omnipotentes, pues ellos eran
el Todo que lo rodeaba, no existía ni existiría otra verdad
para él.
Las horas de búsqueda
se hacían eternas en su mente mientras la computadora descifraba la
información de los sensores, siempre afectados por la extraña
interferencia que encontraba en todos los sistemas en los que había
estado.
Usando
una serie de arreglos distribuidos a lo largo de su envejecida nave, había
logrado aumentar la capacidad de detectar estructuras artificiales mediante
años de experimentación en otros sistemas.
Habían pasado ya dos
días desde su llegada al planeta y la desesperación ya había
hecho presa de su cuerpo, por lo que decidió aplicarse una dosis de
sedantes. Se inclinó sobre la compuerta que tenía a su derecha
y tras abrirla
un viejo recordatorio le vino
a su mente: solo le quedaba una dosis.
La angustia no le duró
mucho pues sabía que de no encontrar nada, igual iba a morir, así
que resignado cogió el inyector, y ya se lo iba a colocar cuando la
computadora detectó algo.
Pero si ese fue el caso, jamás
supo que detectó porque una fuerte sacudida estremeció la nave,
y ni siquiera se había recuperado de ésta cuando todo se volvió
oscuro y el ruido cesó.
El desierto era uno solo con
el planeta, estrechándose en el horizonte como un mar sin fin, un
mar marrón y sin vida. Pero un mar con corrientes, olas y mareas.
Fuertes y huracanados vientos movían enormes masas de arena las cuales
arrasaban con todo a su paso, pero como no había nada que arrasar
mas que arena, su aparente ira no se descargaba en nada.
Tras cientos
de años de fuertes cambios, el clima del planeta se había ido
volviendo más hostil, con vientos cada vez más fuertes y temperaturas
más extremas. Si algún edificio sobrevivió al desastre
inicial, el clima se había
encargado de él hacía
mucho tiempo. Ahora solo quedaba la arena y el Templo. Desafiante ante los
caprichos de la naturaleza muerta que lo rodeaba, el Templo se levantaba
majestuoso en el medio de la nada, siempre resistiendo los embates del viento
y la arena.
Pero este día el viento
y la arena parecían estar decididos a vengarse, como si pensaran que
el Templo era el culpable de lo ocurrido, la razón por la cual el
planeta lleno de vida que una vez ocuparon había desaparecido para
dejar paso al reflejo
mismo de la muerte. Una increíble cantidad de energía era la
que se hallaba almacenada en el viento, pasiva pero esperando el momento
para salir al encuentro
del odiado objeto. Para el mediodía las condiciones eran perfectas,
la luz del sol, las corrientes magnéticas, la atracción gravitacional,
todas las variables del universo se hallaban dispuestas a colaborar con el
gran evento.
Con la palabra destrucción
escrita en ellos, los últimos elementos restantes, aire y tierra salieron
en busca de su última misión y destino antes que todo acabara.
Como uno
solo, viento y arena a velocidades supersónicas se acercaban al Templo
con toda la fuerza destructiva
que la naturaleza podía otorgarles, y un poco más. Nada los
paraba, no había nadie que los detuviera, la roca misma del desierto
daba paso o se unía ante tal fuerza, deseosa de participar. Pero lo
que la naturaleza puede, sus creaciones con pensamiento lo pueden hacer mejor.
Haciendo uso de la energía
misma que lo rodeaba, el sistema de contención del Templo activó
un campo de protección ideado para casos como este, casos en los cuales
la naturaleza decidiera que era ya hora de retomar el reino que alguna vez
fue de ella.
Así, la tecnología de sus propios hijos se vio una vez mas
enfrentada con la fuerza de su furia, pero contrario a la constante normal
del universo, la tecnología
ganó, haciendo uso de la propia energía que la naturaleza usaba
como vida. Pero no interesaba, llegaría el momento para otro ataque,
un ataque del orden estelar, y entonces nada la detendría.
Todo el
espectáculo no había pasado desapercibido para el ser encapuchado.
Sabía de antemano de
las fuerzas que se reunían en las afueras del Templo, y no hizo sino
esperar a que éstas se disiparan para seguir su camino.
“Sí”, pensó, “Esta
vez ganamos, pero la próxima perderemos. Es el orden de las cosas”.
Así,
tras esa fría cavilación aun fresca en su mente, siguió
caminando al lugar del siniestro. Para cuando llego no había mucho
que ver. Las defensas, a pesar de tener miles de años de antigüedad,
habían hecho un buen trabajo en deshabilitar la nave. Sin embargo,
tras examinarla un rato no se sintió ya tan complacido. La nave misma era quizá
tan vieja como las armas mismas que la derribaron. “Una pena, para ambos”,
pensó. Y es que tenia la esperanza que la nave representara el regreso
de sus Dioses, aquellos por los que tanto había rezado. Pero los Dioses no podían
ser derribados por sus propias armas, eso nunca pasaría. Confirmados
sus temores, decidió hacer un examen final, más por aburrimiento
que por curiosidad. Sabía que no encontraría nada, los disparos
habían colapsado la maquinaria propulsora y no se detectaba ningún
tipo de fluctuación
neural o cualquier tipo de control computacional que fuese capaz de mover
tal armatoste. Pero aun así decidió efectuar el análisis.
Y vaya sorpresa. El analizador
detectaba una forma de vida, y lo más extraño es que el aparato
la reconocía. Pero más extraño aun era que tenía
toda la información sobre el ser que se hallaba atrapado entre los
restos: rango, edad, especialidades,
área de servicio, condecoraciones, etc. Era increíble, pero
su asombro se transformó en temor, miedo. ¿Cómo era
posible que dudase de la capacidad de los Dioses? ¿Acaso las escrituras
no mencionan que ellos con sus herramientas eran capaces de saberlo todo? Temeroso
aún, consultó al aparato qué medidas tomar, pero éste se limitó
a seguir mostrando la misma información, nada más, así
que siguió ahí parado, pensando. El calor y la arena lo rodeaban
pero no le importaba, sabía que poco efecto causarían en su
cuerpo por más horas que ahí pasara, pero tenía que
tomar una decisión, regresar al Templo para seguir rezando o averiguar
de que se trataba este misterio. Seguir ahí o regresar a rezar...
rezar.
¡Los
Dioses! ¡Hay que invocarlos¡ ¡Pedir que regresen¡
Pero eso no se puede hacer en la mitad del desierto ¡Hay que hacerlo
adentro! ¡En el Templo! ¡Frente al Pilar! ¿Que había
que hacer ahí? Esos metales y fierros retorcidos no representaban
el sentido de los deseos de los Dioses. De poca relevancia era para él y para ellos lo que a otros
les ocurre. Lo principal era que regresen y vuelvan todo a como era antes.
El encapuchado cruzó sus manos y se regresó, rezando. Atrás,
tras su espalda, dejaba el ruido y la música del viento que bailaba
entre la nave destrozada y que sería la nueva victima del desierto.
Poco o nada ya se acordaba de ella cuando llegó frente al Pilar y
empezó:
-Dioses del cielo eterno, ustedes
que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.
La sangre
le corría por la boca mientras trataba de ver algo, pero todo era
oscuro. Aunque los sistemas de la nave y su armadura lo habían protegido
del golpe, el daño en su cuerpo era demasiado como para poder salir.
El dolor y el cosquilleo
le recorrían la piel y los huesos, sintiendo primero el calor de que
algo se estaba arreglando para luego tornarse frio. No estaba seguro de cuanto
pasó ya que su sistema interno se hallaba apagado, pero debieron ser
varias horas hasta que pudo sentirse con fuerzas para ver su situación.
Con el
sistema encendido, realizo una serie de lecturas en todos los anchos de banda,
buscando alguna forma fácil de salir sin tener que realizar mucho
esfuerzo. Eran muchas las fracturas en la estructura de la nave, pero había
una que con una pequeña
explosión le permitiría salir al exterior.
Preparó
el detonante, determinó el área y fuerza de explosión,
los efectos en la estructura y tras encender su escudo, todo en fracciones
de segundo, lo disparó.
Al principio
todo pareció estar bien, pero alguna variable debió escapársele.
Los gemidos de las paredes de la cabina hicieron notarle que algo había
salido mal y que el detonante había hecho mucho mas que hacer un hueco
en una pared de la nave.
Ese error
le iba a costar caro, puesto que la estructura de la nave comenzaba a ceder
ante una fuerza externa y pronto le caería encima, atrapándolo
en vida dentro de los restos. Sabiendo que ya poca energía le quedaba,
activó sus propulsores de emergencia, y como un resorte, salió
disparado por la apertura, golpeándose las extremidades pero liberándose
de su prisión, que ya había cedido y que caía sobre
su propio peso.
Mientras
la nave colapsaba, su cuerpo salía volando por el aire, subiendo varios
metros hasta que la gravedad hizo lo suyo y cayó sin que nada pudiese
hacer.
El golpe fue bastante fuerte.
Aunque cayó sobre solo arena, la altura no le había ayudado
mucho. El sistema, al ver la poca energía que había, se apagó
y comenzó el proceso de carga haciendo uso de la energía del
sol, un proceso lento
y largo pero que lo mantendría con vida. Por otro lado, largos pero
pequeños tentáculos se metían por la arena, buscando
alguna reserva orgánica que pudiese alimentarlo. Él sabía
de todo lo que pasaba, sin mucho que hacer más que esperar que el
sistema de supervivencia de la armadura se recuperara por completo. Miles
de millones de seres trabajan fuera y dentro de su cuerpo para poder curarlo,
pero el trabajo era lento y pesado.
Los tentáculos
habían encontrado un pozo subterráneo, pero el agua estaba
muy contaminada por lo
que se hacía necesario purificarla, un proceso que requería
tiempo y mucha energía. Con toda esa información en su mente,
sabía que pasaría sed y hambre hasta que la armadura estuviese
en condiciones de alimentarlo.
Cerro los
ojos y durmió, pensando en si no seria mejor acabar con todo y morir,
solo, en el desierto. Grande el sol y el océano de arena ante él,
pero más grande era su ser. Días, semanas tirado en la arena,
viviendo y alimentándose de los elementos para sanar su dañado
cuerpo. Pero ahora estaba como antes, fuerte y consciente de sus acciones,
su sistema siempre en alerta ante el enemigo. Y ahora, la emoción
se salía como un torrente por su pecho, ante él, el Templo
de los Omnipotentes se erigía. Grandioso, desafiante ante un planeta
sin vida.
Todo lo que él era, todo
lo que había sido se hallaba ante sus ojos, esperándolo. Impaciente,
corrió hacia la entrada y sin pensar abrió las puertas con
ambas manos con la cabeza en alto mientras desactivaba el casco de su armadura.
Quería
ver a sus Amos con sus propios ojos como miles de años antes lo había
hecho. Pero no solo entró él, sino también el sol, el
viento y la arena, no en las cantidades de siempre, sino con la fuerza propia
del odio con el que rodeaba al Templo.
Los sistemas del Templo, al
detectar la imprudencia del guerrero, cerró las puertas y limpió
el suelo, hasta dejarlo como antes. Y ahí, ante sus ojos, estaba su
Amo.
No tenía
que ver las lecturas de su sistema para saber que lo era, simplemente lo
sentía, esa sensación de seguridad que su especie tenía
cuando tenía a uno de los Creadores cerca. ¿Se debía
acercar? ¿Decir que estaba ahí? Pero se dio cuenta de lo sacrílego
que serían esas acciones. Tanto tiempo buscando le había hecho olvidar el modo de
comportarse ante sus Dioses, es más, quizá no debía
estar adentro, sino afuera, haciendo guardia. Retrocedió sin hacer
ruido pero la puerta poseía algún mecanismo oculto. La salida
sería imposible.
Se volteó
y miró al Omnipotente. Seguía arrodillado ante el pilar, murmurando.
La emoción aun
le corría el cuerpo, pero sabía que tenía que ordenar
sus pensamientos.
Cerró
los ojos y se serenó. Era obvio que el Amo sabía de su llegada,
y por lo tanto lo había dejado entrar, pero, ¿Por qué?
¿Para protegerlo? Hasta ahora nunca había tenido que ejercer
tal honor, es más, más de una vez había sido salvado
por poderes propios de los Dioses. ¿Y qué tenía que
ver el hecho que lo hubiesen
derribado con todo esto? Su mente seguía confusa, y se dio cuenta
que ante tales hechos
le sería difícil hallar una respuesta en poco tiempo. Una cosa
era clara, estaba adentro porque así había querido el Amo y
si no lo dejaba salir era para que se quedara adentro.
Eso era lo más lógico.
Sintiendo
que esa debía ser la razón, se paró al lado de la puerta,
en guardia frente a una estatua parecida a él, pensando. ¿Algún
ruido? Siguió con su rezo pero ya no tan concentrado, sino esperaba,
buscando escuchar algún nuevo sonido que le indicase algo, pero nada
sonaba, solo el silencio.
¿Había
que preocuparse? ¿De qué? Solo el rezo importaba, y así
siguió, concentrado, implorando a que regresaran. La puerta se abrió
y el Amo entró, caminando
lento pero con paso seguro e inclinándose nuevamente sobre las marcas
del piso y murmurando de nuevo. Más de cuarenta días habían
pasado, y todo los días era lo mismo. Entraba el Amo, el viento y
la arena, el primero seguía su paso y se arrodillaba en lo suyo. El
viento bailaba como jugando y la arena era sacada.
¿Qué
hacia el Amo? ¿Pasaba algo que lo obligase a hacer lo mismo cada día?
¿Cuánto
tiempo había estado haciéndolo? El Templo no le daba respuestas,
el acceso estaba totalmente cerrado para él, solo recibía ordenes
nocturnas sobre patrones de patrulla, cada día diferente. Era lo único
que le hacia sentir que servía
para algo. Siguió mirando al frente, en guardia.
Al salir
de su cámara de regeneración se dio cuenta que algo estaba
mal, la furia del viento había crecido, el cielo estaba de otro color
y nubes de forma extraña lo recorrían. No dio ni tres pasos
cuando sintió un fuerte temblor. ¿Sería que habían
llegado? El rezar tanto tiempo le había hecho olvidar la ansiedad de que llegaran, ¿pero
como saberlo? Nunca pudo hacer que todos los sistemas del Templo le hicieran
caso, al parecer algún tipo de interfase le faltaba y era la llave
a todo. Recordó la nave que había caído hacía
tanto, quizá adentro
hubiese algo que le ayudase, pero ¿cuanto tiempo había pasado?
Lo más
probable era que el viento hubiese tomado su presa. Regresó a la cámara,
decidido a hacer un último intento de desesperación. Sacó
los aparatos que sí había logrado hacer que funcionen y salió
corriendo hacia el Templo.
Algo debía
estar mal, un fuerte temblor había recorrido todo el edificio, tumbando
adornos y varias estatuas, rompiéndolos. Pero nada pasaba. Al parecer
ese tipo de mantenimiento había dejado de funcionar hacia mucho. Pero
¿cómo era posible? Cientos de días habían pasado
y la sospecha de que algo raro pasaba crecía en su mente.
Pensaba
en ello cuando, de pronto, la puerta se abrió de par en par, el Amo,
el viento y la arena entrando como uno solo pero con una extraña aura,
diferente a como lo habían hecho durante meses desde su llegada. El
viento no era el mismo, traía renovada fuerza en su interior y no
se aplacó tan rápido, recorrió aquellas esquinas a las
que nunca había llegado, hizo remolinos en el techo del Templo y extendió
sus brazos hasta el fondo del gran salón, todo esto mientras saboreaba
la presa que ya sentía a su alrededor.
Pero como
si no fuese suficiente ofensa, acompañado de él venia la arena,
el aspecto físico de la trasgresión que se posaba por todo
aquel lugar que nunca había llegado y que pronto sería suyo.
Miles de granos se posaron dentro de la gran estructura vaticinando su gran final. La entrada
del Amo también fue extraña. Traía consigo una bolsa
y algunos aparatos entre sus brazos, deteniéndose ante la terminal
que el soldado usaba en sus rondas nocturnas (es más, la única
que funcionaba sin dar problemas) Sin embargo, no pasaron sino unos segundos
cuando el Amo soltó aquello que cargaba y giró hacia atrás
empuñando una pequeña arma. Con voz nerviosa grito algo.
El soldado
no sabía qué hacer. No entendía nada de esa extraña
lengua y menos aun del comportamiento de su Dios. ¿Qué lo había
asustado? ¿Había algo que asustase a uno de los Omnipotentes?
Si era así poco o nada podría hacer él. Sus armas y
experiencia en combate no podían compararse con el poder destructivo
de sus Creadores.
Con todos
esos pensamientos, sintió que era mejor morir luchando que ver a su
Amo ser destruido por un poder más grande. Salió de su posición
frente a la otra estatua y se dirigió ante su Señor, pero mientras
caminaba hacia él éste retrocedió asustado, algo detrás
del guerrero lo había asustado.
Sus sensores
no detectaban nada pero aun así giró sobre si mismo, calculó
la posición del extraño de acuerdo a la mirada de su Dios y
disparó su arma. Una gran explosión retumbó dentro del
edificio, arena y polvo caían del techo
mientras un gran hueco aparecía
por una de las paredes dejando entrar sol, viento y arena.
Pasaron
unos segundos y nada pasaba. Si algo había estado ahí ya no
existía, de eso estaba casi seguro, cuando sintió que algo
lo abrazaba por las piernas. Miro hacia abajo y el gran guerrero sintió
un vació a su alrededor, el mundo dejó de existir mientras
su mente giraba sin control y se sentía caer.
¿Qué era todo
esto? ¿Una ilusión, un truco? Acaso seguía en el desierto, delirando. Pero
no, era real. El ser que era su Dios estaba colgado de él mientras
repetía sollozando:
-A mi llamado, por fin, oh gran
Señor has venido.
El ser levantó su rostro
ante el del guerrero y siguió hablándole mientras soltaba las
piernas del soldado.
-No sé
cuanto tiempo llevo acá mi gran Señor Todopoderoso, pero he
hecho lo mejor para mantener el Templo y su Pilar, su gran Pilar para el
día en que regresara y lo arreglara todo.
El ser se paró y fue
hacia el Pilar, tocándolo con una mano mientras la otra llamaba al
guerrero a acercarse.
-Vea que lo he mantenido para
su Gracia Divina mi Señor, solo dígame que debo hacer y lo
haré.
El guerrero
podía pensar claro de nuevo. ¿Qué pasó con el
Dios que había pensado que el ser era? No era sino una miserable criatura,
una más entre los millones que había visto, una mas entre las
miles que había matado. Era un engaño, una ofensa a la estructura
que representaba el poder de sus Creadores.
¿Como
era posible que algo tan repugnante hubiese entrado? Casi loco por la furia
apuntó su arma y le pregunto quien era. El ser no entendió
la pregunta la primera vez, ni la segunda, pero a la tercera comprendió
que algo estaba mal, ese no era ningún Dios suyo, era un extraño,
un saqueador que había entrado al Templo de alguna forma y que osaba amenazarlo.
Entendió
que debía actuar rápido y así lo hizo. Tras décadas
activó su red neural y encendió el sistema de defensa interior
del templo.
El guerrero sabía lo
que había pasado y le extrañó que una criatura tal pudiera
manipular los sistemas del Templo más de lo que él podía.
Disparó pero la energía
se disipó en un campo de rayos multicolores. El ser, con la quijada
desencajada, rió por el intento y se inclino ante el Pilar, rezando:
-Dioses del cielo eterno, ustedes
que todo lo saben y todo lo ven, escuchen mi rezo.
El soldado estaba loco de furia,
tiro su arma y se acercó al campo, comprobando que podía pasarlo.
Inadvertida, la criatura no sabía que él podía atravesarlo.
Silencioso,
se fue acercando de a pocos mientras extendía la hoja cortante de
su brazo, deteniéndose a unos pasos del hereje.
El ser
siguió su rezo por un momento cuando se detuvo y giró la cabeza
con temor creciente para
darse cuenta, horrorizado, del cuadro que se le presentaba. Creador y creación
se miraron a los ojos, uno con furia el otro con el mayor de los miedos,
pero el encuentro no duró mucho, pues un giro del desesperado soldado
acabó con la vida del ser, la criatura que lo había engañado.
Respiraba
hondo sin entender todo lo que pasaba. El viento y la arena seguían
entrando por el hueco en la pared que su arma había hecho, pero no
le importaba, ya no sabia que hacer.
Con el pie pateo el cuerpo sin
cabeza, girándolo. Retrajo la hoja sangrante mientras se inclinaba
para ver si encontraba algo que lo ayudara. Abrió las ropas para ver
el cuerpo, pero algo lo hizo retroceder, horrorizado.
La criatura, el ser, sí
era un Omnipotente. La marca sobre su pecho descubierto lo mostraba así.
¿Acaso era otro engaño?
¿Y por que había sentido esa emoción cuando lo vio por
primera vez? ¿Se había equivocado? ¿Qué era lo
que pasaba? No podía respirar, todo se volvía oscuro y la pena
y la depresión atacaban su alma.
¡No
podía mas!
Desesperado, tomo su arma, la
colocó en su sien y disparó.
El viento
corría con fuerza mientras esperaba. Algo había pasado adentro,
el Templo había cedido a una fuerza interna y se había rendido
a la naturaleza.
¿Importaba?
Ya no, pues arriba, a lo lejos,
la solución final se acercaba, imparable. Del planeta nada quedaría,
solo la muerte y el frío del espacio.