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¡Colegio, cuánto te quiero!

Colegio

Desde la fundación, el año 45, del Leoncio Prado hasta fines de los 60, en el Perú los colegios militares fueron semilleros paradigmáticos de alturada ciudadanía. Para la constatación de esta que afirmación basta revisar su lista de ex cadetes ilustres que está repleta de nombres de grandes empresarios y figuras de las altas esferas de la política, el conocimiento técnico y científico y el arte.
Naturalmente que esta realidad no fue fruto del azar. En ese lapso para los colegios militares el estado no escatimó recursos humanos y de infraestructura. Había rigor en la selección del alumnado y del profesorado. En la tarea de enseñar los profesores contaban con los medios y recursos necesarios.
Aquí vemos un ejemplo de cómo el idealismo, en este caso el del general José del Carmen Marín, puede nutrir la realidad sólo si los hombres queremos.
El Francisco Bolognesi, en el 2006, está cumpliendo 54 años.
Yo gocé el privilegio de estudiar en este colegio de prestigio ejemplar. Fue una experiencia grata. Estuve rodeado de compañeros que aspiraban con vehemencia a la posesión o disfrute del saber y el conocimiento, que tenían inquietudes y aspiraciones. En esa época el colegio era un crisol donde se amalgamaban explosivamente muchachos de todas las sangres y todos los niveles económicos y provenientes de diversos departamentos, incluso del extranjero. El colegio, a la vez un lugar y una familia, fue para mí un gran campo para el aprendizaje de la naturaleza e ingenio humano. Al ritmo de la corneta que marcaba el fin de una actividad y el comienzo de otra aprendimos a ser metódicos y disciplinados.
Para los 54, algunos ex cadetes llegarán al colegio después de muchos años de ausencia. Me los imagino dirigiéndose a su colegio, sintiendo como va resucitado en ellos ese trecho de la vida que va del final de la infancia al comienzo de la adolescencia, los años felices que pasaron en el Militar, el Francisco Bolognesi, evocando delante de sus ojos la convivencia diaria en las cuadras, los momentos de estudio en la serenidad de las aulas, la biblioteca y los laboratorios, las marchas de campaña, las horas benditas de juego y tantas y tantas cosas. Eso se les va revelando mientras cruzan el patio de honor para ir al comedor, ellos van adelante y yo después pisando en sus rastros, diciendo ¡colegio, cuánto te quiero!
Volver a encontrarse cuando existe tan inquebrantable amistad del colegio es un hecho feliz. A los bolognesinos las solemnidades como el reencuentro de ex cadetes, nos dan un respiro en el caos de la vida diaria y un resplandor de eternidad. Y es que estos rituales son el único medio que disponemos para burlar al más implacable de los oponentes: el tiempo.
Estamos seguros de que este receso del cotidiano ajetreo será también para hacer una gran pausa y reflexionar, sin presión, de la vida caótica posmoderna. Servirá para ordenarle al tiempo que se quede quieto, mientras ponemos en orden nuestros pensamientos y hacemos un examen de conciencia.
Los bolognesinos que han decidido participar en este aniversario, apreciarán la vida como aquel fotógrafo que utiliza una cámara especial para captar al picaflor batiendo las alas. Al igual que el fotógrafo, hoy 6 de junio, contemplarán la visión de la vida en cámara lenta.

JOSÉ ANTONIO CHÁVEZ ZEVALLOS
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