Perder las ganas de ser hombre, la verdad es que no las he perdido. Pero ahí dentro, entre las hojas será todo tan fácil; estará todo tan simplificado; sólo tendré que dejar abiertos mis sentidos y permitir que la vida pase a través de mi cuerpo, se cuele por mis poros, participe de la agitada respiración de mis pulmones, del ajetreo constante de mi sangre, sea pájaro libre en la catarata constante de mis pensamientos y salga fuera de mi por el sudor, sin esfuerzo, con el aire exhalado, sin pensar, como si nada hubiera sucedido y sea cierto que nada, NADA, ha sucedido. Sólo tendremos que volver la página hacia atrás y ahí estoy yo en el instante justo de vestirme de palabras, de arrojar de mí las amenazadoras ganas de llorar o, las de arrojarme al río o de cerrar los ojos para no ver y sí oír, sí notar, sí oler, sí gustar del aire ese limpio y nuevo, irreal. En el instante antes justo de olvidarme de mí y de la vida aquí, en

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