CAPÍTULO XX
EL PARTIDO DESPUES DE
STALIN:
LA ERA DE JRUSCHOV
El ritmo desigual adoptado por la desestalinización oficial así como
las vacilaciones, los retrocesos y las brutales aceleraciones que concurrieron
en ella descartan la utilización de cualquier tipo de análisis estático sobre
un periodo demasiado breve aún y explican las refutaciones infligidas por la
realidad a unos especialistas, cualificados ciertamente, pero suficientemente
imprudentes también como para creer que podían apreciar desde el exterior la
evolución de unas fuerzas sólo parcialmente conscientes de sí misma. En la
actualidad, la U.R.S.S presencia el
desenvolvimiento de una dialéctica de lucha de clases: tan insensata era la
pretensión de que los acontecimientos posteriores a la muerte de Stalin no habían
alterado en absoluto la estructura de la sociedad soviética como el
convencimiento de que este acontecimiento suprimió los hechos sociales en que
se basaba su poder y la opinión de que un aparato despótico, una vez
«ilustrados» sus dirigentes, podía emprender una evolución democratizante.
Las contradicciones de la
economía
En la actualidad nadie duda ya de la importancia del éxito conseguido
en el plano del desarrollo económico por las estructuras de tipo socialista implantadas
por la revolución de 1917. La U.R.S.S. es hoy la segunda potencia industrial
del mundo. En 1953, duplicó su parque de máquinas‑herramientas respecto a
la cifra de ante‑guerra, con ello sobrepasaba ampliamente a la Gran
Bretaña y era precedida en cuanto a equipo industrial únicamente por el
capitalismo norteamericano. Este fantástico desarrollo sólo comparable con el
experimentado por los países avanzados durante la Iª revolución industrial, es
ciertamente el único en haber tenido por escenario . en la era imperialista, un
país que hace sólo cincuenta años padecía un atraso considerable. Este es un
hecho irrefutable al que no pueden afectar en modo alguno las reiteradas
afirmaciones de los anticomunistas viscerales según las cuales tales éxitos sólo
se deben a la coacción ejercida sobre unos trabajadores reducidos a una
condición cuasiservil. Para estar de acuerdo con ellos y admitir la
superioridad del régimen capitalista tendrían que haber demostrado que el
imperialismo fue un patrón más benigno cuando de sus esclavos coloniales o de
sus trabajadores en minas o plantaciones se trataba, o bien suministrar alguna
prueba de que el imperio de la sociedad general de la United Fruit o cualquier otra sociedad capitalista habría podido
crear durante el mismo período una sociedad industrial moderna en alguno de los
países sometidos a su yugo. En 1930, al redactar las últimas líneas de su Historia de la Revolución Rusa, Trotsky
analizaba la calidad de las palabras rusas asimiladas por el lenguaje
internacional antes y después de 1917: «Si bien la cultura de la nobleza ha
introducido en el vocabulario universal barbarismos como zar, pogrom y nagaika, Octubre ha internacionalizado palabras como bolshevik, soviet y piatitletka» [1].
Y cuando la palabra piatitletka ‑plan
quinquenal‑ ha terminado por ser traducida a todos los idiomas, el celo
con que los partidarios del «mundo libre» y de la economía capitalista se
esfuerzan por parchear un sistema basado en el lucro con un aparato
planificador, ilustraría por sí solo la victoria de ‑un principio que
hasta entonces se había considerado como una verdadera herejía.
No obstante, dadas las realidades cotidianas y las cifras generales,
sería imprudente apresurarse en cantar la victoria del socialismo. A pesar de
sus clamorosos éxitos en el plano cósmico ‑los de mayor impacto sobre la
imaginación‑ la U.R.S.S. dista mucho de haber recuperado todo su retraso,
como lo prueba la comparación de sus cifras de producción con su población. En
1960, la producción de acero por habitante de la U.R.S.S., que se eleva a 350
kilos, es muy inferior no sólo a la correspondiente de Estados Unidos (820),
sino también a la del Benelux (1.300) y a la de Alemania federal (650). La de
electricidad (1.300 kwh) está muy atrás de la de los EE. UU. (4.670), de Gran
Bretaña (2.490) y de la República Federal Alemana (2.055), en este campo se
sitúa inmediatamente después de Francia (1.590) sobrepasando por una pequeña
diferencia a la de Italia (1. 100). El retraso es todavía mas importante sobre
todo si se refiere a un país que se autodenomina socialista, cuando se comparan
las cifras de consumo privado medio: la U.R.S.S. consume 38 kilos de carne por
habitante y año contra los 73 de los EE. UU. y los 64 de Francia; 26 kilos de
azúcar contra los 240 de USA y los 25 de Francia; 6,5 kilos de huevos frente a
los 22,4 de los EE.UU. y los 11 de Francia; 28 metros de tejido de algodón
frente a los 54,3 de los EE. UU. y los 30 de Francia; 1,84 metros cuadrados de
tejido de lana contra 2,7 en EE. UU. y 3,9 en Francia; 1,9 prendas de ropa
interior contra 11,6 en EE. UU.; 1,7 pares de zapatos de cuero contra 3,5 en
los EE. UU. Las fábricas americanas de automóviles fabrican 10 vehículos por
cada uno que se produce en Rusia. En 1960, por cada 1.000 habitantes, los Estados
Unidos contaban con 1.030 aparatos de radio, el Canadá con 600, la Gran Bretaña
y Alemania Occidental con 300 Francia con 250 y la U.R.S.S. con 240. La
densidad de ocupación de las viviendas constituye tal vez una de las más
espectaculares facetas de este retraso puesto que en 1956 arroja en la U.R.S.S.
una media de 1,6 habitantes por habitación mientras que Francia e Italia cuya
«crisis» en este aspecto es particularmente aguda, presentan densidades
respectivas de 1 y 1,5 en el mismo año. Las destrucciones ocasionadas por la
guerra generalmente aducidas por los propagandistas no bastan para explicar
este retraso relativo pues la superficie habitable por habitante era en la
U.R.S.S. de 1940 de 6. 9 metros cuadrados cuando en 1913 alcanzaba 7,3 metros cuadrados.
Esta última cifra sólo fue alcanzada en 1950, llegando en 1955 a 7,7 m en las
zonas urbanas [2].
Los varsovianos ‑primeros productores mundiales de chistes sobre
Rusia‑ solían contar que, al ser entrevistados, los hijos de Gagarin les
dijeron a los periodistas: «Papá está en el cosmos, volverá dentro de veinte
minutos. Mamá está en la cola de la carne, tardará cinco horas». En efecto, en
la U.R.S.S. la industrialización se ha realizado a expensas del nivel de
consumo de masas. Entre 1928 y 1937, mientras las producciones de hulla, hierro
colado y acero aumentaban en un 400 por 100 y la de electricidad en un 700 por
100, la de hilaturas de lana sólo se incrementaba en un 10 Por 100 y la de
algodón en un 20 por 100. Entre 1937 y 1950, las producciones de hulla y de
electricidad aumentaron en un 200 por 100, las de hierro colado y acero en un
50 y 60 por 100 respectivamente, mientras que la de hilaturas de lana conseguía
incrementarse en un 60 por 100 y la de algodón sólo en un 10 por 100 [3].
Ahora bien, esta desigualdad en el crecimiento de las diferentes ramas
industriales y en la sistemática prioridad dada al desarrollo de la industria
pesada y de medios de producción, es el resultado de la no menos sistemática
política de los dirigentes del partido. No se trata simplemente de producir en
primer lugar los bienes de capital y posteriormente los de consumo, sino de
acumular los bienes de capital frenando simultáneamente la producción destinada
al consumo con el convencimiento de que las desigualdades en la distribución y
la existencia de privilegios constituyen el mejor de los estímulos a la
productividad. Tales paradojas no pueden comprenderse más que a partir del
momento en que se toma conciencia de la contradicción básica de la U.R.S.S.
entre el modo de producción de carácter no‑capitalista o, si se prefiere,
fundamentalmente socialista y el sistema de distribución que sigue siendo
típicamente burgués. Sobre esta casi absoluta carestía se ha desarrollado como
hemos visto, una burocracia que ha sabido cómo defender e incrementar sus
privilegios durante toda la fase de expansión económica.
Tal contradicción vuelve a aparecer en la producción industrial. En las condiciones de colectivización de los medios de producción y de economía planificada, el bajo nivel técnico y cultural exigía obviamente la utilización de los estímulos materiales concretados en los privilegios. No obstante, el monopolio político de los burócratas y la utilización de su interés particular como motor esencial del incremento de la producción terminan por amenazar seriamente a los imperativos generales de la producción. La introducción de la noción de rentabilidad industrial, como consecuencia de esta concepción burocrática de la producción, sirve para explicar la práctica, frecuentemente denunciada por la prensa, que consiste en producir lo que se denomina «bienes indeterminados» no previstos por el plan y destinados a facilitar a los administradores su ajuste con el plan financiero de la empresa: así, algunas fábricas de accesorios eléctricos suministran quincallería mientras el betún y los productos de mercería se venden en las farmacias, compitiendo en el terreno de la producción las fábricas con los laboratorios destinados en un principio a la investigación. La necesidad que experimenta el burócrata de cubrir los objetivos fijados por el plan le obliga a descuidar la calidad de su producción, a constituir reservas de materias primas superiores a sus verdaderas necesidades y a encubrir sistemáticamente la capacidad productiva de su empresa con el fin de poder suministrar los mínimos previstos ‑e incluso superarlos‑ por muy mal que vayan las cosas. Los directores frenan toda investigación y toda nueva producción que pueda reducir el fondo asignado administrativamente, esforzándose por prolongar indefinidamente la fabricación de los mismos modelos.
Una de las consecuencias de este tipo burocrático de gestión es el
despilfarro de una parte sustancial del equipo productivo. Aristov revela en el
XXI Congreso que 60.000 fresadoras y 15.000 prensas mecánicas «permanecen
inactivas en los almacenes o se enmohecen en los patios»; otra fuente rusa cita
el ejemplo de una fábrica en la que 50 máquinas-herramientas no son utilizadas,
algunas desde 1939 y otras desde 1945. El mercado negro, azote de la economía
soviética, es otro de los corolarios de la planificación burocrática. No sólo
opera con bienes de consumo cuya producción es insuficiente, sino también con
bienes de producción y con materias primas. Todas las empresas tienen su tolkach u organizador, de estatuto más o menos legal, que se encarga del
suministro de los pedidos por medio del soborno, el blat «más fuerte que Stalin» como dice el pueblo.
A partir de 1953, los dirigentes del partido ruso intentaron superar
tales contradicciones mediante la modernización de la economía, esforzándose en
simplificar el aparato administrativo y en suprimir las más aberrantes
características de la centralización estaliniana. En 1953, Malenkov anuncia en
nombre de la nueva dirección el abandono de la política de prioridad de la
industria pesada y el inicio de un esfuerzo de desarrollo en la producción de
bienes de consumo para poder responder así «a las crecientes necesidades del
pueblo soviético». En este sentido, se prevén aumentos dos y tres veces
superiores en la producción textil y en la de ropa. Sin embargo, tales
propósitos entran en contradicción con los de explotación de las «tierras
vírgenes», carentes de maquinaria, y también con la apremiante necesidad de
suministrar a China el equipo industrial que necesita. El día 24 de enero de
1955, Shepilov recuerda en Pravda que
la industria pesada es la «base granítica sobre la que reposa la economía
soviética»; al mismo tiempo Jruschov tacha de «desviacionistas de derecha» a
los defensores del aumento de la producción de bienes de consumo. En su carta
de dimisión, fechada el día 8 de febrero, Malenkov lleva a cabo su autocrítica
y reconoce la necesidad de dar prioridad a la industria pesada.
Se inicia entonces una nueva etapa con la discusión acerca de la
modernización que se desarrolla a partir del mes de abril y termina en la
sesión del Comité Central correspondiente a julio. El informe de Bulganin,
considerablemente sincero, admite el retraso técnico de la agricultura rusa
atribuyéndolo a su «aislacionismo» que la mantiene a la zaga de los progresos
occidentales, y a su excesiva centralización. También subraya que los baremos
de productividad en vez de suponer un estímulo, sólo son un medio para mantener
los salarios a un nivel determinado lo cual impide todo aumento serio de los
rendimientos. Tras todas estas deliberaciones, se emite una circular que amplía
las facultades y la iniciativa de los Jefes de empresa y que les exhorta a
«tener en cuenta las necesidades de los trabajadores»; sin embargo, reconocida
la contradicción no por ello queda superada. Esto es lo que se deduce de todas
las «insuficiencias» denunciadas por Jruschov en la sesión del Comité Central
de febrero de 1957: la gran Comisión de Planificación instituida en diciembre y
dirigida por Pervujin, va a ser suprimida. Simultáneamente se emprende una
resuelta descentralización del aparato económico, muchos ministerios centrales
son eliminados y la parte más esencial de.la dirección económica es transferida
a los consejos regionales o sovnarjoses. De
hecho el control burocrático se ha limitado a cambiar de forma: los problemas
siguen sin ser resueltos.
La prensa rusa de 1962 ofrece interesantes informaciones acerca de
esta persistencia. En mayo se divulga la noticia del descubrimiento en Carelia
de un asunto de tráfico de madera metal y productos manufacturados de
gigantescas proporciones. El periódico Sovietskaia
Russia revela que existían ramificaciones incluso en los servicios
ministeriales de Georgia y que «trenes enteros de mercancías ilícitas atravesaban
la Unión de parte a parte». El partido parece haber asistido a este espectáculo
con indiferencia. En el mes de Junio, tres dirigentes de un almacén de.
Dniepropetrovsk son condenados a muerte por «dilapidación». En julio, Izvestia anuncia la condena a muerte de
cuatro empleados de una fábrica de Frunze, convictos de haber vendido en el
mercado negro productos fabricados con materias primas obtenidas
fraudulentamente. El periódico añade que estos cuatro «empleados» ‑no
precisa sus funciones‑ poseían chalets, coches y artículos de lujo cuyo
valor ascendía a seis millones de francos de 1963 [4],
confiscándoseles además 320 kilos de oro y 30 de plata. Las rentables
operaciones de Carelia habían contribuido a llenar los hoteles de Petrozavodsk
de prósperos hombres de negocios. Así, a espaldas de la propia economía
planificada y merced a sus contradicciones, renacen una producción y una
actividad comercial sobre factores de producción paralelas a la oficiales que a
su vez suscitan la aparición de una serie de grupos sociales de tipo
capitalista que la burocracia no consigue eliminar ni siquiera con la amenaza
de la pena capital. Durante el otoño de 1962 se ponen en cuestión los propios
principios de la planificación burocrática. El día 4 de octubre, Pravda afirma: «Nuestro país ha perdido
centenares de miles de rublos con esta política» y concluye: «El sistema de
planificación es tan deficiente que, en este momento, la U.R.S.S. carece de
bienes de primera necesidad como calcetines, ropa interior y calzado, mientras
que los almacenes están abarrotados de objetos tan feos y de tan mala calidad
que nadie los comprará».
La muerte de Stalin también permitió desvelar. otro secreto de Polichinela: la gravedad de la crisis agrícola que desde la época de la colectivización no había llegado a superarse. La política de Malenkov, basada en la mejora del nivel de vida, exigía en primer lugar un aumento de la producción agrícola. En su discurso de septiembre de 1953, Jruschov revela las verdaderas proporciones del atraso agrícola: la producción por habitante es inferior a la de antes de la revolución. La productividad media del trabajo agrícola sigue siendo ridículamente baja: siete veces inferior a la norteamericana en el cultivo del trigo y seis en el de la remolacha azucarera. La U.R.S.S. tiene menos tractores por unidad de superficie cultivada que U.S.A., el Reino Unido y Alemania Federal. Sólo un koljos de cada cuatro dispone de fluido eléctrico.
La nueva política inaugurada en agosto‑septiembre de 1953 tiene
por objeto basarse en el interés de los koljosianos para alcanzar una cifra de
producción global que pueda cubrir las necesidades del país. Se elevan los
precios pagados por los suministros obligatorios y contraactuales, se cancelan
los impuestos atrasados sobre las parcelas individuales cuyas dimensiones han
sido reducidas; se promete a los ko1josianos el suministro de productos
industriales. También se procede a reforzar el aparato del partido en las
estaciones de maquinaria y tractores para afianzar la aplicación de esta nueva
política. Unos pocos meses bastan, sin embargo, para que los objetivos
asignados a la producción agrícola se revelen inaccesibles, en el Comité
Central de febrero de 1955, Jruschov lanza la campaña de roturación de tierras
vírgenes que se propone cultivar: 13 millones de hectáreas en dos años y de la
que se espera una producción de 18 millones de toneladas de grano. Los
resultados son decepcionantes: durante el mes de julio de 1957 los suministros
obligatorios que se desprenden de la tenencia de parcelas individuales quedan
suprimidos.
En enero de 1958, Jruschov vuelve a emitir la propuesta, rechazada por
Stalin seis años antes, en la que recomendaba la liquidación de las estaciones
de maquinaria y tractores procediéndose a la venta de éstos a los koljoses; en
esta ocasión el plan es adoptado por la sesión de febrero del Comité Central
poniéndose en práctica con gran rapidez merced a la premura de que hacen gala
los koljosianos; no obstante, la operación se lleva a cabo en muy malas
condiciones económicas, a pesar de un intento de suspensión por parte del
Comité Central, preocupado por los bajos precios a los que se venden las
máquinas y por la desaparición de las condiciones materiales indispensables
para el mantenimiento de los talleres de reparaciones. En julio de 1958 se
otorga a los koljosianos otra importante concesión al suprimirse por completo
los suministros obligatorios a los koljoses, pasando las correspondientes
cantidades directamente al mercado. Liberado del peso de las estaciones, el sector
cooperativo koljosiano refuerza su posición mientras que las tendencias
centrífugas que se hacen notar respecto a la economía planificada agudizan las
diferencias entre los koljoses pobres y los «millonarios». El alza generalizada
en los precios de los productos alimenticios de julio de 1962, un 30 por 100 de
subida en la carne y un 20 por 100 en la mantequilla reflejan el reforzamiento
de la presión ejercida por los campesinos que conduce al partido a romper una
vez más las promesas hechas al consumidor, en este caso las del XXII Congreso.
Por otra parte, un nuevo viraje parece esbozarse con la aparición, el
día 28 de julio de 1962 en la Pravda
Ukrainy y mas tarde en toda la prensa, de la carta de la koljosiana
Nadezhda Zaglada en donde propone la supresión del sistema de equipos y
brigadas y la asignación a cada koljosiano, de una parcela de tierra
perteneciente al koljos para su cultivo personal, obligándole así a realizarlo
convenientemente para poder consagrarse luego a su propia parcela. La propuesta
concluye así: «este método elevaría el sentido de la responsabilidad y
despertaría la conciencia». La economía de la U.R.S.S., tras varios años de
reformas jruschovianas, no ha sido modificada en modo alguno en el sentido de
un reforzamiento del «sector socialista»; no ha resuelto ni mucho menos
ninguna. de sus contradicciones.
Las contradicciones de la
sociedad
Este sistema burocrático que
compromete gravemente el funcionamiento de la economía se basa en la existencia
de una pirámide de privilegiados que las estadísticas y los estudios
supuestamente «sociológicos» se esfuerzan en disimular, pero que primero la
prensa, en sus criticas e informaciones sobre la vida cotidiana, y más tarde la
literatura, contribuyen a desvelar tras la muerte de Stalin. En 1953 el abanico
de los salarios es aproximadamente el mismo que en 1935 y sus extremos se
encuentran en la proporción de uno a veinte. Un obrero cualificado gana entre
siete y ocho veces más que su compañero no cualificado. La campaña iniciada
contra la «juventud dorada» revela la existencia de los hijos de los
privilegiados que reciben para sus gastos mil rublos al mes, cantidad
equivalente al salario medio de un obrero. Los burócratas se niegan a ocupar
puestos alejados de las grandes ciudades Y se incrustan sistemáticamente en los
servicios donde se encuentran. De vez en cuando, la prensa denuncia la abusiva
utilización de los «coches de servicio». La datcha
que suele servir de residencia privada al alto burócrata, cuesta centenares
de miles de rublos; a menudo su venta permite al heredero vivir sin trabajar.
El status que convierte al burócrata en un ser por encima de lo común se
refleja en una crítica publicada en Pravda
acerca de cierto pasaje de una novela de ambiente bélico donde unos partisanos
llaman al jefe por su apodo: «Resulta muy difícil creer que unos hombres de la
ciudad hayan osado llamar “Gavrik” a un hombre considerable, miembro importante
del partido». Trud escribe que «un gran número de altos funcionarios económicos
pisotean con absoluta insolencia los derechos de los ciudadanos». El relato de
Parjomov nos muestra a un burócrata que ostenta el principio de no recibir en
su casa a «personas que se encuentren a sus órdenes» y la Komsomolskaya Pravda denuncia al escritor Virta [5] que ha ordenado la
construcción de una datcha con pista
de patinaje privada para los jóvenes comunistas de la región en la que se le
conoce como «el baríne», La novela Las Estaciones de Vera Panova, pone en
escena a una serie de burócratas del partido de glorioso pasado,que, para
disfrutar de sus privilegios, no vacilan en rodearse de una completa red de
influencias y chantajes. En Los invitados,
una obra de teatro que fue prohibida durante el invierno de 1953‑54 tras
las primeras representaciones, Leónidas Zorin describe el conflicto que se
desarrolla entre un alto funcionario, su padre, un viejo‑bolchevique que
le llama «bonzo ahíto», y, su hermana Varvara que le
trata de burgués y afirma experimentar hacia él y sus semejantes, los miembros
de «las capas superiores», algo que no es odio pero «que recuerda mucho a un
sentimiento de clase». El periodista Turbin, uno de los personajes simpáticos,
habla de una «clase dirigente» nacida «de la maldad, la concupiscencia y la
ambición, de su ineptitud y de nuestra tolerancia». La voluntad de los
privilegiados de trasmitir tales prerrogativas a sus herederos es revelada por
la importante disminución del porcentaje de estudiantes hijos de obreros que
había pasado entre 1931 y 1938 de 44,6 por 100 al 33,9 por 100: el académico
Kolgorov declara en 1958 que el número de estudiantes oriundos de la intelligentsia crece continuamente en la
Universidad y en las Escuelas Técnicas Superiores.
Estas contradicciones se admiten por primera vez tras la muerte de
Stalin, incluso cuando aquellos que las han denunciado son condenados de manera
oficial por haberse excedido en su crítica. Las primeras medidas de la era
Malenkov son una serie de concesiones a las aspiraciones de las masas populares
que se beneficiarán en lo sucesivo de varias disminuciones en los precios al
por menor. A partir de 1955, se
adopta una serie de disposiciones que modifican profundamente las condiciones
generales de la vida social. El informe de Bulganin ante el Comité Central de
julio, censura a los responsables que no tienen en cuenta las aspiraciones
obreras. La vida del partido se
refiere a una circular en la que se condena severamente a los sindicatos que
«aprueban todas las decisiones de la dirección por el hecho de ser las fábricas
empresas del Estado» [6].
El 29 de noviembre de 1955 queda
abolido el decreto sobre el aborto. Uno de los temas del XX Congreso es el
aumento de los salarios más bajos; Kaganóvich que parece oponer cierta
resistencia es sustituido en la comisión de salarios. Esta vez se cumplirá al
menos una parte de las promesas. El día 8 de marzo de 1956 la jornada de trabajo queda reducida a seis horas las vísperas de
fiesta. El día 10 se decide que los koljosianos reciban anticipos mensuales sin
esperar la fijación del total que se les adeude según el número de horas
trabajadas. El día 28 de marzo la duración del permiso de maternidad se amplía
a 112 días en lugar de los 77 que se concedían anteriormente. El día 25 de
abril es una fecha importante para los obreros de la U.R.S.S.: queda abolido el
decreto de 26 de junio de 1940 sobre disciplina laboral, ausencias
injustificadas y retrasos, comprometiéndose el gobierno a revisar todas las
sentencias basadas en las disposiciones derogadas. El día 9 de mayo la duración
de la jornada de trabajo para los jóvenes comprendidos entre los dieciséis y
los dieciocho años pasa de ocho a seis horas, las pensiones son actualizadas
fijándose un mínimo de 300 rublos y un máximo de 1.200. El día 9 de junio las
tasas universitarias instauradas en 1940 son suprimidas de nuevo. A primeros de
septiembre, los salarios bajos se incrementan en un 33 por 100 de media; su
importe mínimo se fija en 300 rublos en las áreas urbanas y en 270 en el campo.
Asimismo, los salarios de los mineros son aumentados considerablemente en
noviembre. De forma general, las prerrogativas de control de los sindicatos son
restauradas parcialmente en materia de productividad, contratación y despido.
Simultáneamente se denuncian algunos abusos. Queda prohibida la compra
de más de un coche en tres años. La prensa emprende una campaña contra los
hijos de burócratas que parecen tener aversión al trabajo. La reforma escolar
se plantea el objetivo de ofrecer una rigurosa igualdad de oportunidades a
todos los jóvenes: no obstante los privilegiados terminarán por restarle
eficiencia al conseguir que no se apliquen algunas de sus cláusulas llegando
incluso a hacer caso omiso de sus disposiciones. La prensa observa un discreto
silencio en lo referente al nuevo abanico de salarios a pesar de emitir
numerosas críticas sobre el sistema en general. En 1961, según Philippe Ben, un
obrero cualificado de Jarkov percibe 90 rublos nuevos, pero hay muchos
trabajadores que sólo ganan 60 rublos y las mujeres de la limpieza sólo llegan a 40. Algunos obreros llegan a ganar hasta
150 rublos. Los ingenieros empiezan percibiendo 90 y los médicos 60. El
burócrata que ofrece estos datos omitió al parecer indicar cual era su sueldo.
En vísperas del XXII Congreso se vuelve a hablar mucho de la datcha y los coches pues el nivel de
vida de las masas se ha convertido por entonces en el tema de mayor actualidad.
No obstante, el alza de precios de junio de 1962 representa un grave retroceso.
El 24 de septiembre se anuncia que los impuestos personales sobre los salarios
comprendidos entre 60 y 80 nuevos rublos, cuya supresión estaba prevista para
el 1 de octubre, se mantienen provisionalmente; se trata de un nuevo indicio de
las dificultades por las que atraviesa la política social reformista de
Jruschov y que son inseparables de las contradicciones económicas y políticas.
Días más tarde, la prensa anuncia que, en el curso de una reunión del partido
en Leningrado, el secretario del comité de la ciudad ha dicho que, en 1961 «se
habían perdido dos millones y medio de jornadas de trabajo en las empresas industriales
de Leningrado como consecuencia de las ausencias injustificadas y de los
retrasos de los obreros». En efecto, la clase obrera manifiesta como puede su
alienación respecto al aparato económico y la supresión del régimen de terror
no basta para inspirarle el entusiasmo que solo podría producir una
participación real y auténtica en la gestión de la economía, que precisamente,
la burocracia no puede consentir.
El esquema de fuerzas
sociales
En la actualidad parece haberse
probado que la política encarnada por Jruschov chocó con una fuerte resistencia
en el seno del aparato y de la burocracia pues para estos sectores representaba
un serio peligro en muchos aspectos. Klaus Mehnert, al referir una conversación
con dos privilegiados del régimen que tuvo lugar a finales de 1956, escribe:
«Ambos opinaban que los campesinos abandonarían los colectivos si llegaban a
conseguir su libertad; las ciudades quedarían entonces sin abastecimiento y los
obreros exigirían el derecho de huelga y querrían influir en la gestión de las
empresas» [7]. Tras la perspectiva de
liberación, los burócratas creen llegado el fin de sus privilegios: la
democracia obrera que se imaginan como un verdadero caos. No obstante, sería
erróneo suponer que la mayoría de ellos permanecieron fieles a los métodos de
la era estaliniana. Al menos a los más ilustrados les pareció evidente, en el
momento que Jruschov eligió para derruir el mito, que, como dice Philippc Ben,
«el obstáculo mayor con que tropezaba la mejora del nivel científico y técnico de la U.R.S.S. ‑condición indispensable de
todo progreso material‑ era el dogmatismo estalinista que cargaba de
cadenas a la filosofía y a las ciencias físicas y matemáticas, a la biología, a
la economía política y a casi todos los demás campos del conocimiento [8]»
[9].
Todo paso hacia adelante que trate de superar, al menos provisionalmente, las
contradicciones de la sociedad soviética exige pues, la previa destrucción de
los mitos estalinianos.
En este caso el interés general coincidía con los sentimientos
personales de los burócratas: la atmósfera de preparación de una purga que
imperaba en vísperas de la muerte de Stalin les devolvía una sensación de
inseguridad, la conciencia del carácter precario no sólo de la situación, sino
también de su propia existencia, bases ambas sobre las que durante años se
había apoyado la autoridad del amo del Kremlin. Las garantías de respeto de la
legalidad, la limitación de los poderes de la policía política y las propias
rehabilitaciones, estaban encaminadas en primer lugar a devolver la confianza a
los propios privilegiados al tiempo que las reformas administrativas y
económicas, tendentes a la nacionalización y a la descentralización, debían
permitir a estos hombres, engranajes esenciales de la sociedad burocrática,
trabajar en unas condiciones normales. Klaus Mehnert subraya la mentalidad
conservadora, muy alejada de todo espíritu de rebeldía, de los «colocados» que
constituyen la capa privilegiada de la U.R.S.S., analizando igualmente las
bases de su conformidad con la política de Jruschov, al escribir: «Cuando el
Estado ha garantizado a sus funcionarios unos ingresos elevados, una formación
profesional, una promoción social, un amplio prestigio y un cierto grado de
seguridad personal; cuando no les abruma por un exceso intolerable de
arbitrariedad administrativa y, además, mantiene sujetas a las masas que habían
sido movilizadas en nombre de la igualdad durante la revolución, la mayor parte
de la clase dirigente se muestra satisfecha al menos provisionalmente. Por lo
menos durante todo el tiempo en que el Estado parezca poderoso y estable» [10].
Sin embargo., éste no es más que un aspecto íntimo de las relaciones
sociales subyacentes en la política de los dirigentes del partido ruso con
posterioridad a 1953. En 1957, desde Varsovia, ciudad especialmente rica en
informaciones de primera mano acerca de la U.R.S.S., Philippe Ben describe el
fenómeno que denomina como «la gran revolución de la era posestaliniana»: «El
gran cambio estriba en el hecho de que las grandes masas obreras y campesinas,
animadas por la desaparición del déspota y por el fin del terror implantado por
la policía secreta han comenzado a manifestar su deseo de vivir mejor».
Indudablemente fueron sus viajes por todo el país ‑un nuevo cambio
radical respecto a Stalin que permanecía encerrado en el Kremlin‑ los que
propiciaron en Jruschov su toma de conciencia de la necesidad patente, si
quería resolver la crisis agrícola, de ceder a las reivindicaciones de los
ko1josianos acerca de los impuestos sobre sus parcelas, de los suministros
forzosos y de la modificación del sistema de ko1joses. El hecho original es que
estas reivindicaciones se hayan expresado. «El temor animal se disipa, escribe
Ben, los esclavos comienzan a levantar la cabeza. Ya no están satisfechos con
el pan negro que antaño les parecía el más valioso de los bienes. Comienzan a
experimentar. otras necesidades y quieren satisfacerlas» [11].
El fenómeno adquiere unas proporciones particularmente importantes en las
empresas de un país que se ha convertido en la segunda potencia industrial
mundial y donde los obreros constituyen con mucho la fuerza social
numéricamente más importante y más concentrada. Inmediatamente después del
final de la guerra, el obrero ruso empieza a tomar conciencia de sí mismo y a
elaborar su nueva «conciencia de clase». Como apunta Klaus Mehnert, «hubo un
tiempo, hacia 1930, en el que se podía movilizar' en los pueblos a los
campesinos ignorantes, metiéndoles a la fuerza en los primitivos talleres y
fábricas del primer plan quinquenal. Actualmente, al nivel técnico cuyo
exponente son los comienzos de la automación, semejante procedimiento ha dejado
de ser rentable. (...) La industria moderna exige, a un ritmo cada vez más
acelerado, hombres de elevada cualificación profesional con plena conciencia de
sus responsabilidades. (...) Incluso desde el punto de vista cuantitativo, el
problema de los trabajos suplementarios ha dejado de poderse resolver por el
reclutamiento de mano de obra perteneciente a la población rural. Las reservas
humanas se agotan: por pequeño que sea, un aumento de la producción global de
la Unión Soviética, no podrá llegar a obtenerse si no se produce el
correspondiente incremento de la producción industrial (...que...) no podrá
realizarse más que en la medida que el obrero (sobre todo el obrero
cualificado) aporte su buena voluntad» [12].
Sin embargo, a partir de la muerte de Stalin, los obreros empiezan a
dar pruebas de inquietud. A este respecto Philippe Ben escribe: «En las
fábricas, en las reuniones de célula y en los sindicatos, los obreros dejan de
tener miedo a las peticiones de elevación de salarios, de reducción de las
cuotas mínimas de productividad, de aplicación de la legislación social y de
puesta en vigor de normas de seguridad en el trabajo, aspecto este que se había
marginado por completo hasta entonces; de hecho llegan incluso a solicitar unas
bonificaciones o gratificaciones extraordinarias que no habían sido previstas
por la ley. (...) Por un lado y otro, en las minas como en las factorías, las
recriminaciones provocadas por el impago de las primas a la producción (cuando
no se han cubierto los objetivos de los planes mensuales o bien cuando la
dirección no ha proporcionado a los obreros que realizan trabajos peligrosos
las máscaras o la protección corporal adecuada) culminan en paros laborales de
una hora o dos que integran una especie de pequeña “huelga intermitente”» [13].
Este tipo de acontecimientos, absolutamente inimaginable en tiempos de Stalin ‑el
último conflicto laboral había tenido lugar en Briansk en 1935‑, se
produce, no sólo en la región de Moscú, sino también en el Ural, en el Donbass,
en Jarkov, Leningrado, Odesa, Ivanovo y los centros industriales siberianos.
Este movimiento se expresará más claramente que nunca en el XXII
Congreso, donde la obrera Rozhneva solicita la supresión del 3 X 8 para las
mujeres y en el que se presentan reivindicaciones como las tres semanas de
vacaciones pagadas, la supresión del trabajo nocturno para las mujeres, la unificación
de salarios en las diferentes ramas de la industria, la reducción del abanico
de salarios y la limitación del derecho de propiedad sobre las datchas. Durante el verano de 1961, la
huelga de los obreros de los astilleros navales y las manifestaciones obreras
de Novotcherkask en junio de 1962 contra las elevaciones de precios,
constituyen nuevos indicios de esta toma de conciencia de los obreros que se
convierte así en el acontecimiento decisivo del período posestaliniano. Cuando
Malenkov todavía parecía el incuestionable sucesor de Stalin, Isaac Deutscher
escribía: «Uno cree oírle ya argumentar en el santuario del Kremlin: Es
preferible abolir los aspectos peores del estalinismo desde arriba que
tergiversar hasta que lleguen a ser abolidos desde abajo» [14].
La política del partido respecto a los escritores es un buen exponente
de esta preocupación por conservar permanentemente el control de la vida
intelectual y por tanto de la política. El «deshielo» de 1953 queda marcado por
la publicación de las novelas de Ehrenburg y de Vera Panova, por las posturas
adoptadas por Pomerantsev en Novy Mir, en favor de la libertad de expresión y
por la ya citada obra de Zorin. Pero ésta última es prohibida casi
inmediatamente y la Pravda emprende
el contraataque en nombre del «realismo socialista». Los redactores‑jefes
de las revistas Octubre y Novy Mir, Panflorov
y Tvardovski, son destituidos durante el verano de 1954. En diciembre del mismo
año, el II Congreso de escritores ratifica su adhesión a la línea del partido.
Pero en 1956 se produce una nueva ofensiva de los escritores de
izquierda: la novela de Dudintsev, el poema de Krisanov acerca de los
burócratas que «necesitan corazones de hierro que hagan lo que se les ordena»,
la antología de Literaturnaya Moskva donde
A. Kron denuncia el «culto», «extraño a las tradiciones democráticas
revolucionarias» y creador de «la jerarquía de sus propios servidores»,
constituyen los hitos principales de esta campaña. Jruschov pasa a encabezar
oficialmente la reacción y acusa a los autores de pesimismo y de falta de
espíritu comunista. De hecho la crítica de los escritores cobra, como en
Polonia y Hungría, acentos verdaderamente revolucionarios. En La palanca de Yashin, unos jóvenes
comunistas abren las ventanas de la habitación donde los responsables se
asfixian con sus mentiras y sus chantajes. En Opinión privada, Daniel Granin describe una reunión del partido
donde la base, encarnada por el «héroe positivo» Borisov, hace fracasar los
planes de unos burócratas que habían decidido no sólo quién tenía que salir
elegido, sino también quienes eran los que iban a presentar a sus candidatos.
Ningún texto consigue expresar mejor, a través del nacimiento de lo que Mehnert
llama una «democracia en pequeño», la profunda necesidad de democracia,
concebida como la participación de todos sin excepción en el ejercicio de las
responsabilidades y por tanto, del poder, que surgió en Hungría, en Polonia y
en Checoslovaquia, en la U.R.S.S., en China y en otros países por la misma
época. La escena descrita por Granin constituye ciertamente el primer paso, un
primer paso decisivo puesto que se trata de una toma de conciencia, a nivel de
base, de la posibilidad de que las masas hagan que su voz se oiga y de que sean
comprendidas y, por ende, de la necesidad de iniciar una lucha contra el
aparato.
La juventud y los poetas
A este respecto, los estudiantes y los jóvenes intelectuales
constituyen indudablemente una especie de barómetro de la opinión pública cuyas
opciones deben ser tenidas en cuenta por el partido cada vez con mayor
frecuencia. Como en Polonia, Hungría, Checoslovaquia y China, se trata
indudablemente de unos sectores privilegiados a los que sus necesidades
intelectuales y las exigencias de su trabajo hacen particularmente sensibles a
las influencias que ejercen desde fuera del aparato unos sectores sociales que
hasta ahora habían estado oprimidos. El fin del estalinismo supone para ellos
la aparición de una relativa libertad de información y de expresión: de todos
los privilegiados, son los únicos que pueden buscar tanto psicológicamente, al
hacer caso omiso del pasado, como prácticamente, por el hecho de necesitar una
audiencia, la aprobación de una opinión pública obrera en formación. Educados
en la asfixiante atmósfera del estalinismo, han presenciado el amontonamiento
de amenazas a partir de 1952 y más tarde la súbita efervescencia y la
proliferación de intercambios y confrontaciones. El estalinismo no ha tenido
tiempo de derrotarlos pero desde la época de opresión han conservado un ansia
vehemente de libertad.
A este respecto el caso de Evtushenko es absolutamente típico. A la
muerte de Stalin cuenta veinte años y, por entonces, la revista Octubre publica un poema autobiográfico
suyo cargado de alusiones políticas: él lo explica por su necesidad de hallar
por sí mismo la respuesta a todos sus problemas, y sobre todo al de la
inocencia de los médicos que hasta entonces habían sido considerados culpables:
«Pensaba en lo verdadero y en lo falso y también en esto: cómo lo verdadero se
vuelve falso. Todos nosotros somos culpables del escándalo de las grandes
“pequeñeces”, de los versos hueros, de la superabundancia de citas, de los
clichés con que se cierran los discursos». Durante el mes del alzamiento
húngaro apenas se toma el cuidado de dulcificar su crítica del informe de
Jruschov: «Me niego a justificar la impotencia y a excusar a los hombres que
explican los errores de Rusia con mezquinos chismorreos». En lo sucesivo se
convierte en el «joven ruso airado» con quien se identifican las jóvenes
generaciones. Primero es advertido, más tarde sufre las críticas de la prensa
oficial y por último es expulsado de las Juventudes Comunistas a finales de
1957. Posteriormente canta a la revolución cubana: Cementerio americano en Cuba, Un mitin en la Habana, y más adelante, en septiembre de 1961 lanza su bomba, el célebre poema Babi‑yar que concluye con la frase
«La Internacional volverá a resonar cuando se entierre para siempre al último
antisemita de la tierra». La prensa oficial reacciona violentamente ante este
poema ‑fuertemente censurado por otra parte‑ que constituye una
crítica abierta del antisemitismo existente en la U.R.S.S.: el órgano de los
escritores le acusa entonces de «adoptar las posturas de la ideología
burguesa», de ser «hostil al leninismo» y de laborar en contra de «la sólida y
monolítica amistad de los pueblos de la U.R.S.S.». Unos días más tarde, su
presencia es exigida por los estudiantes concentrados en la plaza Mayakovsky
para celebrar el «Día de la poesía» de cuyas celebraciones ha sido apartado;
allí lee un nuevo poema «contra los lacayos y contra los que no piensan en el
poder soviético sino en el poder a secas». En diciembre, en contestación a las
numerosas felicitaciones que ha merecido su poema, publica en un periódico
polaco su respuesta: «Llegará un día en que nuestros hijos avergonzados
recuerden los extraños tiempos en que a la más simple honradez se la llamaba
valor». El día 21 de octubre de 1962, Pravda
publica «Los herederos de Stalin»: «A los que antaño fueron pilares, no parece
complacerles el tiempo en que los campos de concentración están vacíos y llenas
las salas donde se escuchan recitales poéticos. Algunos herederos jubilados
podan sus rosales pero, en secreto, piensan que su retiro es sólo provisional,
otros llegan incluso a atacar a Stalin desde lo alto de las tribunas pero estos
mismos por la noche evocan con nostalgia los tiempos pasados».
Evtushenko, autor de otros feroces poemas satíricos contra la
burocracia como El pillo en su baño o
El camarada Mosovochtorg en París y
cuya popularidad tiene indudablemente un fundamento político, es elegido en
abril de 1962, junto con su amigo el poeta Voznesensky, miembro del comité
directivo de la Unión de escritores de Moscú. Por la misma fecha una
confrontación de los estudiantes de Moscú con Ilya Ehrenburg, con ocasión de la
publicación de sus memorias, da lugar a una discusión que, según el
corresponsal de Le Monde revela
«hasta qué punto la llamada tendencia de izquierda, ávida de progreso y aire
fresco, es preponderante entre las jóvenes generaciones». Un estudiante de 9
historia declara: «También a nosotros nos serán pedidas cuentas de nuestro
pasado. Nos preguntarán lo que hemos hecho para luchar contra las secuelas del
culto a la personalidad». Y el 20 de abril de 1962, será un estudiante de
filosofía el encargado de hacer la primera alusión pública a la liquidación de
los viejos bolcheviques al declarar: «lo más bello que hizo la antigua
generación fue darnos la vida. Por ello les debemos gratitud, pero es lamentable
que de esa generación no hayan
sobrevivido los que más lo merecían» [15]
.
En realidad las exigencias de la joven generación rusa aumentan sin
cesar. La necesidad de comprender e instruirse y el gusto por la libertad y por
la discusión estallan con una furza tanto mayor cuanto que los jóvenes,
incluidos los privilegiados, se dan cuenta de lo irrisorio del papel que les ha
sido encomendado. El escritor Valentín Ovetchkin escribe: «El Komsomol se
dedica a niñerías como apadrinar a un ternero o recoger chatarra. ¿Qué ocurría
durante la guerra civil, durante los primeros tiempos de la era soviética?
Schors, de veinticuatro años, mandaba una división, Arkadi Gaidar estaba al
frente de un regimiento a los dieciséis años, mientras otros muchos chicos de
veintidós años organizaban comités revolucionarios y ko1joses» [16].
¿Cómo puede contentarse la joven de un país que está conquistando el espacio r
poemas, cuando los propios responsables de sus organizaciones han sobrepasado
ya la cuarentena, treinta y cinco años después de una revolución dirigida por
menores de treinta años y realizada por gentes de su misma edad? En el XX
Congreso, el 80 por 100 de los delegados tenían más de cuarenta años;
los benjamines del Presidium eran la señora Furtseva, de cuarenta y seis años, y
Mujitdinov de treinta y nueve.
En este mismo Congreso, para un país que cuenta con casi un 50 por 100
de obreros, sólo el 10 por 100 de los participantes trabajan en una fábrica. En
estos dos rasgos se manifiestan las contradicciones inherentes a la estructura
burocrática de la sociedad y el sentido en que operan las fuerzas que se
proponen su reforma, integradas fundamentalmente por la juventud obrera y
estudiantil.
El partido tras la muerte
de Stalín
Es demasiado pronto aún para escribir
la historia del partido comunista ruso tras la muerte de Stalin. Faltan
demasiados datos y aquellos de que disponemos suelen ser contradictorios. De
todas formas es posible trazar las grandes líneas. Como escribe Philippe Ben,
«la línea politica del partido
comunista soviético, con sus zig‑zags y sus cambios de personas se
desenvuelve paralelamente a los deseos de vivir mejor» que se observan en todos
los sectores de la sociedad. Este último factor constituye el importante
elemento original de la historia de un partido que, en suma, no ha visto
alterar e en absoluto su naturaleza con la muerte de Stalin y sigue siendo una
organización de burócratas, dirigentes y administradores, gobernado por un
aparato de permanentes. Para todos los ilusos que creyeron en la existencia de
un cambio cualitativo entre la muerte de Stalin y el XX Congreso, las cifras
dadas por Aristov constituyen un oportuno recordatorio de la realidad: en un
partido que cuenta con 6.795.896 miembros y con 449.277 personas sometidas a
prueba, agrupados todos ellos en 350.000 células, sólo hay 90.000 miembros
empleados en las minas de carbón de los cuales sólo 30.000 trabajan en las
galerías, lo cual supone una cifra irrisoria en comparación con la de los
1.877.713 «especialistas» que han cursado estudios superiores.
No obstante, parecía normal que en un partido de tales
características, la desaparición del jefe suscitase una enorme inquietud.. Las
primeras medidas revelaron la preocupación del estado mayor del Kremlin, su
ansiosa necesidad de disimular a1 máximo las primeras divergencias internas.
Formalmente la sucesión está resuelta y Pravda,
el 6 de marzo tributa a Malenkov, primer secretario y presidente del Consejo,
todos los honores debidos al jefe del Estado: el día 8 publica una enorme foto
tomada durante el XIX Congreso: él está en el centro y Stalin, desde uno de los
extremos parece escucharle atentamente. Un primer indicio de cambio reside en
el hecho de que los jerarcas Mólotov, Beria, Kaganóvich y Bulganin, todos ellos
vicepresidentes, disponen de unos poderes personales que parecen equilibrarse
mutuamente. Más tarde se difundía la noticia de las disoluciones del
secretariado privado que dirigía Poskrebyshev y del buró del Presidium
constituido secretamente después de octubre y cuya composición no ha sido
revelada. Es muy probable que, por estas fechas, se esté desarrollando ya una
discusión entre bastidores puesto que el día 11 de marzo, en lugar de citar
solamente a Malenkov, Pravda se
refiere a los dirigentes Malenkov, Beria y Mólotov. El Comité Central se reúne
los días 14 y 15 y sus decisiones serámn publicadas el día 21 de marzo: «a
petición suya»,Malenkov ha sido «liberado» de sus funciones de primer
secretario, conservando únicamente las de Presidente del Consejo . Beria,
Bulganin, Mólotov y Kaganóvich conservan las funciones de vicepresidentes. El
nuevo secretariado comprende a Jruschov, Suslov, Pospelov, Shatalin el
responsable de cuadros e Ignatiev, ministro de la seguridad del esatdo. De
hecho Malenkov como jefe del Estado, Jrushov, a la cabeza del partido y Beria
al frente de todas las policías se reparten los poderes que antes acaparaba
Stalin: este es el contenido del articulo de Pravda que glosa el advenimiento
de la «dirección colegiada».
Todo indica que los nuevos dirigentes decidieron de mutuo acuerdo dar
por terminado el asunto de los médicos del Kremlin, que parecía amenazar
directamente a muchos de ellos. Riumin, viceministro de la Seguridad del Estado
y jefe del servicio de encuestas judiciales es entregado a la justicia, siendo
condenado a muerte y fusilado en el mes de junio de 1954. El ministro Ignatiev,
acusado de negligencia, es sancionado también, mas su carrera no queda
truncada, puesto que, un año más tarde, vuelve a aparecer en el XX Congreso
como primer secretario de Bachkiria para prestar declaración acerca del papel
desempeñado por Stalin en el asunto «de las batas blancas». La rehabilitación
de los médicos constituirá el pretexto de un violento ataque contra la policía
secreta cuyos actos ilegales y arbitrarios son denunciados por Pravda. La nueva dirección promete
«tranquilidad y seguridad» a los ciudadanos que se encuentran bajo su
protección, y respeto de la «legalidad soviética»: la depuración en abril de
los que depuraron Georgia en 1951, Mgueladze y Rujadze, y, en el mismo mes, del
primer secretario del Partido Comunista ucraniano Me1nikov, acusado de haber
cometido graves errores en la política de nacionalidades, parecen ser nuevas
garantías de la sinceridad de las intenciones enunciadas. Dekanozov,
colaborador de Beria, pasa a sustituir a Rujadze
en el ministerio de la Seguridad del Estado para Georgia: la posición del
ministro del Interior no parece haberse deteriorado en absoluto.
El «affaire» Beria
En 1939, al comentar las sucesivas liquidaciones de Yágoda y Yezhov
Trotsky escribía: «¿En quién apoyarse? ¿En Beria? También por él tocarán a
muerto.» El 10 de junio, Beria es citado una vez más en la prensa junto con
Malenkov y Mólotov. No obstante el día 27, Pravda,
al enumerar los dirigentes presentes en la Ópera el día 25, omite su
nombre. El 9 de julio, los principales responsables del partido en las
organizaciones locales son informados en secreto de que Beria, «enemigo del
partido y del Estado», ha sido detenido. Hasta el 9 de agosto, Pravda no confirma la detención de
Beria, dando la fecha del 26 de junio con lo cual desmiente las informaciones
precedentes que situaban el suceso entre el 10 y el 25 del mismo mes. El órgano
oficial publica el informe de Malenkov al Comité Central donde «desenmascara» a
Beria, destituyéndole de todas sus funciones haciéndole comparecer ante el
Tribunal Supremo. Durante los meses siguientes, el georgiano, al que se empieza
a cubrir de denuestos como «enemigo desenmascarado». «renegado burgués»,
«traidor», «agente imperialista», y «espía», se convierte en la cabeza de turco
de todos los ataques de la prensa y de las organizaciones del partido. El día
17 de diciembre se anuncia su juicio ante el Tribunal Supremo donde comparece
acompañado por cinco de sus antiguos colaboradores, Meshik, Dekanozov,
Merkulov, Kobulov y Vlodzimirsky: el proceso habrá de celebrarse a puerta
cerrada pues se aplica la ley adoptada tras el asesinato de Kírov. El día 24 de
diciembre, los periódicos comunican la sentencia de muerte que ha recaído sobre
Beria y sus cómplices ejecutados el mismo día en que se pronuncia su veredicto,
tras haber firmado todos ellos una confesión completa acerca de la actividad
anti‑soviética que habían llevado a cabo a partir de 1919, utilizando
durante los últimos años los puestos clave del Estado. Según Pravda, la acusación fue dirigida por
Rudenko, el nuevo fiscal general. El tribunal, presidido por el mariscal
Koniev, comprendía al mariscal Moskalenko, Luniev, un alto funcionario de la
policía y dos dirigentes, del partido. Chvernik y Mijailov. Esta es la versión
oficial desmentida por unos rumores moscovitas muy insistentes que parecen
provenir en parte del propio Jruschov y que afirman que todo no es más que un
puro montaje: según estas informaciones oficiosas Beria, en realidad, había
sido eliminado o incluso estrangulado por algunos de sus colegas durante una
reunión del Presidium. De hecho, tanto el propio episodio como sus causas
reales permanecen en la sombra.
¿Puede afirmarse que Beria fue la víctima de aquellos que veían con
malos ojos el camino de distensión entre el Este y el Oeste emprendido por el
nuevo gobierno? ¿Fueron acaso sus iniciativas para modificar la dirección del
partido en Alemania oriental la que se volvieron contra él convirtiéndole en
responsable de la insurrección del 18 de junio en Berlín? A este respecto nos
vemos limitados a las puras hipótesis. En cualquier caso sería erróneo suponer
la existencia de un conflicto en torno a la «liberalización»: como señala
Leonhard, el verdadero problema no estribaba ciertamente en las medidas a tomar
sin en saber quien asumiría a la vez su responsabilidad y sus beneficios
potenciales [17]. Al
eliminar a Beria, los otros dirigentes del aparato liquidaron también a los
servicios de seguridad como fuerza autónoma e incontrolable: las sucesivas
depuraciones del partido alemán oriental y norcoreano sólo pueden sugerir la
existencia, en ambos países, de una política de concesiones a Occidente que
pudo haber servido de pretexto a su liquidación. El caso es que la caída de
Beria refuerza la posición de Jruschov que se convierte en primer secretario
del partido, según la reseña de Pravda,
el día 13 de noviembre.
En septiembre de 1955, varios responsables de la Seguridad son
condenados a muerte y ejecutados en Georgia por haber utilizado «métodos
criminales de investigación» y por haber «fabricado acusaciones falsas» contra
Ordzhonikidze y contra el viejo bolchevique Orashelashvili que había sido
ejecutado en 1937 junto con Yenukidze. Baguírov, destituido en 1953, era
fusilado en 1956. El Ministerio del Interior queda desmantelado con la
supresión de los tribunales especiales y la abolición de la ley de 1 de
diciembre de 1934 y la liberación de un gran número de prisioneros internados
en los campos d concentración. Dudorov, un típico apparatchik, pasa a ocupar la cartera del Interior sustituyendo en
ella a Kruglov en vísperas de la celebración del XX Congreso: en lo sucesivo,
el partido parece estar decidido a controlar los servicios de, seguridad y,
hasta la fecha, parece haberlo conseguido. En cualquier caso, el beneficiario
principal de la situación es el primer secretario, citado hasta entonces en
quinta posición, es decir, después de los dirigentes Malenkov, Beria, Molotov y
Voroshílov, que asciende a la sazón al tercer puesto, inmediatamente después de
Malenkov y Mólotov.
La desestalinización,: el
año decisivo
La armonía reinante entre los vencedores de Beria se revela efímera.
Los primeros indicios de un nuevo conflicto aparecen ya con la eliminación de
Ariutinov, uno de los últimos hombres de Beria, que desempeñaba las funciones
de secretario del partido comunista de Armenia: en noviembre de 1953, Jruschov
preside personalmente en Leningrado la eliminación de Andrianov, sucesor del
equipo de Zhdánov, y su sustitución por Frol Kozlov. Otro de los indicios de
las luchas intestinas que se están produciendo, así como del declive de
Malenkov, es la publicación, en junio de 1954, de los nombres de los dirigentes
por riguroso orden alfabético. Malenkov dimite de la presidencia del Consejo en
1955 aduciendo su «inexperiencia» y admitiendo sus errores en el plano de la
agricultura y de la economía en general. Probablemente no se ha reparado lo
suficiente en la coincidencia de esta dimisión con la sustitución de Imre Nagy
en la presidencia del Consejo húngaro: e1 tumultuoso «deshielo» húngaro
preocupa ya a los dirigentes rusos y es muy posible que Malenkov haya sido
víctima de él puesto que, al haber nombrado a Nagy, hasta cierto punto se había
convertido en su iniciador [18].
Por otra parte, a partir de este momento los problemas planteados por
los países satélites parecen haber adquirido mayor importancia. Por el lado
soviético se busca un acercamiento con Yugoslavia. El americano Noel Field ha
sido liberado en noviembre de 1954 y con su rehabilitación se hunde todo el
montaje de los procesos destinados a comprometer a Tito que costaron la vida a
Rajk, Kostov y Slansky. Jruschov y Malenkov acuden por entonces a la embajada
yugoslava en Moscú para tomar una copa a la salud del «camarada Tito». El día 8
de febrero, en un discurso pronunciado ante el Soviet Supremo, Mólotov intenta
conciliar la nueva actitud con los insultos del pasado arguyendo que, de hecho,
los yugoslavos han emprendido un viraje. Tito replica entonces descaradamente y
el día 12 de marzo Pravda desautoriza
a Mólotov. No obstante, todo indica que aún no se ha decidido una posición
clara como lo confirma el hecho de que, el día 9 de mayo, dos mariscales,
Zhúkov, recientemente nombrado ministro de la guerra, y Sokolovsky, adopten en
la prensa posturas antagónicas respecto a la cuestión yugoslava. El viaje a
Belgrado emprendido por Jruschov y Bulganin no es un éxito ni mucho menos: los
yugoslavos no quedan satisfechos con la versión rusa, que recurre al cómodo
expediente de endosarle todas las c culpas a Beria. Tampoco consienten en
reanudar las relaciones de partido a partido. Se produce entonces un nuevo
conflicto interno entre los rusos: ¿Pueden, deben o no contar con Tito para que
les ayude a conseguir el control de los partido comunistas de Europa oriental?
¿En caso afirmativo, qué precio deben pagar para conseguir su apoyo? Al parecer
Mólotov no confía demasiado en él mientras que Jruschov parece estar dispuesto
a hacer muchas concesiones con tal de llegar a un acuerdo. En definitiva, ambos
dirigentes coinciden cerca del fin pero parecen disentir en cuanto a los
medios.
En la sesión de julio del Comité Central, parece como si Mólotov, e1
primero en atacar, se encontrase solo. Micoyán ha conseguido que se acepte el
principio de abandono de las sociedades mixtas que, entre otros muchos, los
chinos han comenzado a criticar abiertamente. El Presidium. se ha ampliado con
el ingreso de Suslov y de Kiritshenko. Aristov, Beliaev y Chepilov , líder del
ataque contra Malenkov, entran en el secretariado. La derrota de Malenkov queda
confirmada por su autocrítica fechada el 16 de septiembre y publicada en
octubre: ha cometido el error de «olvidar» que, por decisión del partido, el
socialismo ha sido realizado desde hace tiempo y que en la actualidad el país
se encuentra en la fase de «transición al comunismo». Al mismo tiempo, Jruschov
introduce a sus hombres en el aparato: Brezhnev en el Kazajstán, Ignatov en
Gorki, Mujitdínov en el Uzbekistán. Según ciertas informaciones, durante su
viaje de verano a Sofía, Jruschov parece haber hablado ante los dirigentes
búlgaros de los «errores» de Stalin y del asesinato de Voznesensky. El día 21
de diciembre, Pravda publica en
primera página una foto descomunal del jefe difunto, pero el 27 de enero los
dirigentes de los partidos filiales son advertidos de que el XX Congreso va a
emprender la ofensiva contra el «culto a la personalidad».
¿Qué ocurrió entre estas dos fechas? ¿Cuáles fueron las decisiones
tomadas y por quién? ¿Fue preparado de antemano el informe secreto de Jruschov?
¿O tal vez fue considerado necesario como consecuencia de la inquietud
provocada por las primeras y acerbas críticas que pronunciaron Malenkov,
Suslov, la historiadora Pankratova y sobre todo Mikoyán durante el Congreso?
Todas estas son preguntas que, por el momento,, nos tendremos que resignar a
dejar sin respuesta. El XX Congreso dio la señal de la «desestalinización»:
Numerosos condenados fueron rehabilitados oficialmente, los historiadores
anuncian su propósito de reemprender la elaboración de la historia del partido,
cuyas autoridades eran, hacía poco, Stalin, Beria y Baguirov; se publica una
serie de textos desconocidos en la U.R.S.S. y, sobre todo, el famoso testamento
de Lenin cuya existencia había sido desmentida durante tanto tiempo. La opinión
rusa e internacional no se equivoca cuando hace de Jruschov el inspirador de
esta política: el primer secretario ha afianzado considerablemente su control
del partido: junto con Suslov, es el único en pertenecer a la ve al
Secretariado y al Presidium: Brezhnev, Chepilov y Furtsev considerados como sus
hombres de confianza, son al mismo tiempo secretarios y suplentes del
Presidium, es decir, usufructuarios de la más efectiva autoridad sobre el
aparato. Cabe añadir que los primeros ataques contra Stalin han coincidido con
el eclipse de Mólotov, sustituido por Chepilov en la cartera de Asuntos
Exteriores.
No obstante, nada nos permite aún suponer que Mólotov pudiera haberse
opuesto a la desestalinización aunque ello pudiera resultar bastante verosímil.
Por el contrario, parece como si el frenazo dado en la desestalinización se
hubiera producido no ya en octubre, como se ha afirmado en numerosas ocasiones,
sino en junio, como reacción de la dirección rusa ante los sucesos de Poznan,
que el partido polaco se negaba a considerar como resultado de una provocación
de agentes imperialistas. El problema que vuelve a plantearse, con la marejada
que los agita, es el del control de los partidos comunistas de la Europa
oriental. El 2 de julio de 1956 se publica una resolución acerca del «culto a
la personalidad y sus consecuencias», adoptada el 30 de junio: los errores de
Stalin son evidentes pero sus víctimas eran verdaderos enemigos del leninismo.
El partido ruso replica violentamente a Togliatti, que había tachado de
insuficiente una explicación del estalinismo que sólo se basase en la
personalidad de Stalin: se considera herética la afirmación de que el «culto a
la personalidad» ha tenido sus raíces en la sociedad rusa y en la destrucción
de la democracia del partido llevada a cabo por Stalin. El día 6 de julio, Pravda justifica de nuevo la lucha
contra los enemigos el partido y defiende el principio de unidad. Asimismo el 2
de julio se congratula de la «inquebrantable unidad de los países de sistema
socialista» a los que enfrenta con los «revisionistas»; en la misma ocasión el
historiador Burdzhalov es acusado de «nihilismo». La agitación en los partidos
comunistas es frenada mediante todos los medios posibles. Un ejemplo de ello es
la «línea checa»; se elevan los salarios y se hace callar a los estudiantes. En
Hungría, Imre Nagy se convierte
objetivamente en el emblema de la oposición al estalinismo que se intensifica
incesantemente después del XX Congreso alimentada por el empeño de Rakosi y su
equipo en negarse a la rehabilitación de Rajk. Los dirigentes rusos también se
resisten a volver a llamar al anciano fiel y popular al que destituyeron en
1954. Cuando ya es inevitable el sacrificio de Rakosi, éste es sustituido en la
dirección del partido por Geroe, un hombre del aparato tan impopular como él.
Jruschov multiplica los esfuerzos destinados a conseguir un pacto con Tito que
tampoco tiene interés alguno en que la desestalinización adopte derroteros
revolucionarios y en que el movimiento de masas ponga en tela de juicio el
monopolio del partido y los privilegios de los burócratas. Jruschov y Tito
discuten desde el 19 al 27 de septiembre: a este respecto el encuentro de Tito
y Geroe en Yalta parece ratificar el apoyo de los yugoslavos a la solución
preconizada por Jruschov que viene a constituir el último dique de contención
de una desestalinización revolucionaria. No obstante, es precisamente la
arrogancia de un discurso de Geroe que se crece con el apoyo de Tito, la que
provoca las primeras manifestac ones violentas de Budapest.
Una vez más, muchas facetas de la política del partido ruso durante la
crisis revolucionaria distan mucho de haber sido completamente esclarecidas. El
19 de octubre, tras la elección de Gomulka para el secretariado del partido
polaco, todo el estado mayor ruso se encuentra en Varsovia: Jruschov es
entonces el encargado de encarnar la cólera y las amenazas, A pesar de no poder
evitar la destitución de Rokossovsky, nombrado por Stalin y considerado por los
polacos como la encarnación misma de su servidumbre, conseguirá negociar con
éxito un pacto duradero con Gomulka cuya primera consecuencia es la eliminación
de los revolucionarios polacos ¿Fueron verdaderamente, como se rumoreó a la
sazón, Mikoyán y Suslov los que impusieron la vuelta de Irnre Nagy, reclamado
por la calle, apartando simultáneamente a los viejos estalinistas
desacreditados? ¿Fue realmente el ejército el que exigió la segunda
intervención en Hungría? Esta hipótesis, que suele presentarse como un hecho
completamente demostrado, queda aparentemente refutada por la intervención el
general Serov, jefe de la seguridad que, haciendo caso omiso de los militares,
detuvo en pleno transcurso de las negociaciones a los jefes militares húngaros
y sobre todo, al general Maleter, héroe de la insurrección y ministro de
defensa en el gobierno de Irnre Nagy. La explicación que se suele aducir
tradicionalmente afirma que los mariscales rusos obligaron a Jruschov a cargar
la mano pero no parece tomar en consideración la coincidencia entre la
intervención rusa y el desembarco anglo‑francés en Suez cuyas verdaderas
razones siguen siendo oscuras.
En cualquier caso la solución húngara de la desestalinización,
adoptada por Kadar tras la revolución, se encuentra en la línea de Jruschov; el
aplastamiento de las formas revolucionarias y democráticas encarnadas por los
consejos obreros constituía evidentemente una condición previa a su aplicación.
Sin duda los adversarios personales del primer secretario intentaron explotar
sus dificultades, pero ello en nada altera unas responsabilidades que fueron
sólo suyas, ya que el 17 de junio de 1958, hace ya más de un año que Jruschov
se ha desembarazado tanto del «grupo anti‑partido» como del mariscal
Zhúkov y es ese día cuando se lleva a cabo, con su beneplácito, la ejecución de
Imre Nagy y des us compañeros Maleter, Miklos Gimes y Szilagyi.
Al parecer, Jruschov, que ya había sido acusado tras sus imprudencias
de jugar al aprendiz de brujo, después de los sucesos de octubre se limita a
seguir, tal vez en condiciones más adversas, la política que había emprendido a
principios de julio. Esta misma preocupación por preservar la dominación
burocrática, le conduce, después de haberla iniciado, a frenar la
desestalinización, puesto que su desarrollo ha provocado la aparición de una
serie de peligros mortales. El dia 31 de diciembre, en el discurso de año
nuevo, exclama: «Si se trata de luchar contra el imperialismo, podemos afirmar
que todos nosotros somos estalinistas. (...) Desde este punto de vista me
siento orgulloso de que seamos estalinistas» [19].Esta
declaración no es publicada en la prensa rusa pero el 19 de enero, Pravda publica una declaración parecida,
pronunciada el día 17 en la embajada china: «Como el propio Stalin, el estalinismo
es inseparable del comunismo. Como suele decirse, quiera Dios que cada
comunista luche como Stalin lo hizo.» La sustitución de Chepilov por Grornyko
en la cartera de Asuntos Exteriores constituye tal vez una concesión temporal.
Envalentonado por el apoyo que le presta el partido comunista chino por medio
de Chu En‑lai que a la sazón realiza una gira por Europa y apoyado
probablemente por el ejército, Jruschov presenta al Comité Central, en su
sesión de febrero, sus tesis acerca de la descentralización de la industria.
El «affaire» del grupo
anti‑partido
La prueba de fuerza decisiva
para el partido se desarrolla en el mes de junio, cerrándose entonces el
problema de la su cesión de Stalin que había quedado en suspenso desde
1953. A partir del 18 de junio, a la
vuelta de Jruschov y Bulganin de un viaje a
Finlandia, el Presidium se convierte en escenario de una batalla que
prosigue, entre el 22 y el 28 de junio, en las sesiones de una asamblea
plenaria del Comité Central. Su resultado será publicado el día 4 de julio:
Malenkov, Mólotov y Kaganóvich, acusados de haber
constituido un «grupo anti‑partido», de haberse opuesto a todas las
iniciativas de la dirección y de constituir la viva encarnación del «conservadurismo»,
son expulsados del Presidium y del Comité Central. Chepilov que por mucho
tiempo será llamado «Shepilov‑el‑que‑se‑unió‑a‑ellos»,
es expulsado igualmente del secretariado y del Comité Central.
Abundan las versiones del
episodio, ya sean las trasmitidas por lo periodistas extranjeros, comunistas o
no, verificadas por algunas confidencias hechas por Jruschov a sus visitantes,
o bien las originadas por las «revelaciones» de los dirigentes [20]. En realidad unas y otras
tienen poco en común. Sin embargo es evidente que Jruschov se encontró en
minoría en el Presidium al principio de la citada reunión. Al parecer Mólotov,
que dirigió la ofensiva, le acusó de ser el responsable de todas las
dificultades económicas y políticas por las que atravesaba el país. Propuso que
fuera apartado del secretariado y que se le nombrase ministro de Agricultura.
Malenkov volvería entonces a ocupar la presidencia del Consejo, ascendiend al
propio Mólotov al cargo de primer secretario. Jruschov, que ve su posición debilitada
por la ausencia de Kiritshenko, parece haber intentado ganar tiempo sobre todo
con el poyo de Furtseva, suplente que participa en la reunión pronunciando un
discurso de seis horas. Todo parece indicar que, por último, consiguió que se
convocase el Comité Central para solventar la cuestión. Al parecer esta reunión
fue posible, acudiendo a Moscú los responsables del partido que en su mayoría
eran fieles a Jruschov, gracias a la cooperación de1 mariscal Zhúkov que puso
aviones militares a disposición de todos ellos. Según Trybuna Ludu, en la sesión del Comité Central, sobre un total de
309 asistentes, 215 pidieron la palabra, 60 llegaron a tomarla y los demás
resumieron por escrito sus intervenciones. Como en el Presidium, los primeros
en atacar fueron los oposicionistas pero los «provincianos» inclinaron
enseguida la balanza en favor de Jruschov. Al parecer, el mariscal Zhúkov
intervino vigorosamente contra los tres aliados, recordando su responsabilidad
personal en las purgas de la ante‑guerra y amenazándoles con la
publicación de unos documentos que les cubrirían de oprobio. En esta ocasión la
victoria de Juschov es indudable: sus tres
adversarios principales, al igual que Pervujin y Saburov, abandonan el
Presidium, tomando su lugar, junto con Zhúkov y los supervivientes de la vieja‑guardia
estalinista, Kuusinen y Chvernik, seis de los secretarios del partido, Aristov,
Beliaev, Brezhnev, Ignatov, Kozlov y Furtseva. Chepilov es expulsado del grupo
de suplentes, mientras Pervujin pasa a serlo, los ocho nuevos dirigentes que
han ascendido están vinculados con el primer secretario.
El aspecto más oscuro, no obstante, sigue siendo el de la identidad de
todos aquellos que combatieron a Jruschov y la de los componentes del llamado
«núcleo sano» que le apoyaron. Seguramente se produjo un gran número de cambios
de bando: por ejemplo Chepilov se unió al grupo anti‑partido, pero
Suslov, al que se consideraba como unido a él, apoyó a Jruschov, que parece
haber totalizado por tanto una mayoría de ocho votos contra tres en el
Presidium. Durante el mes de noviembre de 1958, Jruschov añade a la lista de
los «anti‑partido» a Buganin, lo que reduce su mayoría a siete contra
cuatro. El 29 de enero de 1959, Spiridonov, secretario de Leningrado, acusa
formalmente a Pervujin y Saburov de haber formado partedel grupo «anti‑partido»
lo que confiere a este último la mayoría en la sesión del Presidium de junio de
1957 y reduce el «núcleo sano» a sólo cinco miembros; a su vez, la Historia del partido publicado
durante el verano de 1959 excluye de él a Voroshílov con lo cual los
partidarios de Jruschov s quedan en cuatro. Por último Saburov, en su
autocritica, afirma que el «núcleo sano» sólo contaba con tres miembros, a
saber: Jruschov, Mikoyán y Kiritshenko [21].
Es evidente que cada una de estas versiones corresponde a las necesidades del
momento en que fueron divulgadas: el único hecho incuestionable es que la
posición de Jruschov había sido seriamente amenazada. Durante el período
posterior, el partido tuvo que esforzarse enormemente a la hora de dar
explicaciones; por ejemplo la organización de Moscú celebró 8.000 reuniones en
dos días mientras que la de Leningrado se veía obligada a recordar el «affaire
de Leningrado», probablemente con objeto de indisponer a los apparatchiki de la gran ciudad contra
los «anti‑partido». Leonhard sugiere también que la supresión de las
entregas obligatorias con base a las parcelas individuales de los koljosianos
no fue más que un medio para apaciguar a estos últimos, impresionados por la
caída de Malenkov. Este mismo autor refiere que la sorpresa provocó en una
fábrica de aparatos eléctricos de Kursk un paro de una hora en apoyo de la
petición de explicaciones y que hasta el día 24 de julio no aparecieron en la
prensa las declaraciones de los bolcheviques veteranos condenando a los «anti‑Partido»
[22].
Jruschov, dueño del
partido y del país
Después del mes de julio de 1957, la posición de Jruschov se refuerza
sin cesar hasta 1962. Durante el otoño, se deshace de Zhúkov, su aliado del
verano. Es posible que el mariscal se excediese en la denuncia de unos crímenes
que, en definitiva, amenazaban con implicar a otros dirigentes no
pertenecientes al «grupo anti‑partido». La estrella roja, periódico del ejército publica la biografía de
Blücher y critica la política seguida por el partido durante el mes de agosto.
El día 27 de octubre, Pravda anuncia
que el mariscal ha sido relevado de sus funciones. El día 3 de noviembre,
publica su autocrítica. Sobre Zhúkov pesan las acusaciones de haber intentado
debilitar el control del partido sobre el ejército y de haber fomentado el
culto a su propia personalidad. Su compañero de armas, el mariscal Koniev,
dirige contra él la tradicional ofensiva de la prensa.
El día 28 de marzo de 1958, Bulganin dimite de la presidencia del Consejo.
Voroshilov que se propone aceptarla, sugiere que se le sustituya por Jruschov
cuyas funciones de primer secretario acaban de ser ratificadas por el Comité
Central En lo sucesivo, el amo del partido se encuentra también a la cabeza del
aparato del Estado como ocurría en tiempos de Stalin. La caída de Bulganin se
producirá inmediatamente después: en agosto es nombrado presidente del sovnarjos de Stavrool, en noviembre es
denunciado como «anti‑partido» y expulsado del Presidium. La autocrítica
que lleva a cabo ante el Comité Central en diciembre es tachada de insuficiente
por la mayoría de los oradores. Tras la autocrítica de Pervujin y Saburov, la
autoridad de Jruschov es ya indiscutible.
El XXI Congreso parece dar pruebas de un culto incipiente: los diferentes
oradores parecen, como Podgorny, alabar la «titánica labor del secretario
general» subrayando, como hace Beliaev, la «importancia histórica» de sus
tesis. Todos ellos hablan del «Comité Central con Nikita Jruschov a su cabeza»,
del «partido bajo la dirección del Comité Central y de Nikita Jruschov en
persona». No obstante, el imperio de Jrushov dista mucho de parecer estable a
largo plazo. El hecho mismo de que Malenkov, Mólotov y Kaganóvich, sobre los
que ha cargado la responsabilidad de los asesinatos en masa de antes y después
de la guerra, no hayan sido procesados, y ni siquiera expulsados del partido,
prueba, o bien que sus posiciones siguen siendo sólidas dentro del aparato, o
bien que Jruschov teme volver a jugar al aprendiz de brujo al emprender contra
ellos una inculpación en profundidad. El tono de las intervenciones que se
llevan a cabo contra ellos en el XXI Congreso oscila entre la actitud
conciliadora de Mikoyán y las requisitorias de Spiridonov, Podgorny e Ignatiov.
Resulta empero altamente significativo que muchas frases pertenecientes a la
inflamada intervención de Chelepin, transmitidas por Giuseppe Boffa a L’Unitá, fueran eliminadas de la reseña
de Pravda. Las rehabilitaciones
prosiguen con el método y la discreción suficiente para evitar nuevos choques.
Sobre todo el XXI Congreso revelará ampliamente el alcance de las nuevas
contradicciones en que se debaten el partido y la burocracia, precisamente en
el momento en que, no sin ironía, podríamos llamar el «socialismo en varios países
rivales», demostración, por el absurdo, del callejón sin salida al que abocaba
el estalinismo y de sus consecuencias a escala mundial.
Existe sin embargo un punto que los sucesores de Stalin no han
revisado después de su muerte, y es la lucha contra todo movimiento
revolucionario que amenace con escapar a su control. La teoría de la
«coexistencia pacífica» constituye el nuevo fundamento de una política exterior
presidida por la búsqueda continua de un compromiso con los Estados Unidos.
Stalin podía negociar y regatear a expensas de los partidos y de los
movimientos obreros europeos En la
actualidad Jruschov puede hacer lo propio a costa de los movimientos
revolucionarios de África, de América e incluso de Europa, pero choca con la
repugnancia de sus aliados chinos a fraguar un nuevo statu quo mediante un acuerdo en la cumbre. Los revolucionarios
cubanos no tardaran mucho en descubrir lo que significa la alianza con los
paladines de la coexistencia pacífica cuando uno se encuentra en el área
geográfica que Moscú no piensa disputarle a Washington, convirtiéndose por ello
ea una práctica moneda de cambio. El conflicto con China y la polémica con el
partido comunista albanés sólo constituyen el principio de una crisis cuya
velocidad de evolución, imprevisible aún, podría llegar a ser muy grande si se
produjera dentro de poco un acuerdo en la cumbre que volviera a repartir el
mundo entre los dos colosos obligándoles a aliarse más abiertamente en esta
ocasión, contra las aspiraciones revolucionarias que se despiertan por doquier.
Nos contentaremos con apuntar que sería un error convertir el
enfrentamiento entre Jruschov y el grupo «anti‑partido» en una etapa de
la batalla que, a plena luz, habría enfrentado en el aparato a unos hipotéticos
burócratas «liberales» con sus homólogos «estalinistas». Buena prueba de lo
dicho es el caso de Chepilov, al que se condena a la vez por haberse unido al
grupo «anti‑partido» y por haber protegido a los escritores críticos,
permitiendo la difusión del libro de Dudintsev y la edición de los poemas de
Evtushenko. Las luchas intestinas en la cumbre se desarrollan con el telón de
fondo de la toma de conciencia de las masas soviéticas y lo que se ventila no es más que la manera de resolver los
problemas que ésta plantea a la burocracia. La forma que revisten no se
diferencia en nada de la que venían adoptando las luchas del aparato desde
hacia más de veinticinco años, es la misma que en los tiempos del ascenso de
Stalin al poder. Ciertamente, después de Abakumov no ha vuelto a derramarse la
sangre de los burócratas, pero los ataques siguen preparándose en los despachos
de la policía a golpe de antiguos expedientes, mientras las discusiones
restauradas tienen lugar a puerta cerrada y los grupos armados se enfrentan
como hicieron los hombres de Bulganin y los de Zhúkov ante el Kremlin en 1957.
En cuanto a las verdaderas divergencias sólo podemos basarnos en suposiciones:
la única versión de las tesis de Mólotov, el vencido, nos será dada por
Jruschov, su vencedor. En definitiva, el «black‑out» corrido sobre las
posturas realmente sostenidas por los dirigentes del «grupo anti‑partido»
‑si es que existió realmente un «grupo anti‑partido» homogéneo‑.,
es mas opaco que el que, en 1926‑27 ocultó las tesis de Zinóviev y Trotsky.
Como Stalin, Jruschov se adueña de algunas partes del programa de su rival
vencido e intenta endosarle unas responsabilidades que sólo fueron suyas.
Análogamente a la forma en que Stalin hizo desaparecer a los revolucionarios de
la oposición, Jruschov mandó fusilar a los revolucionarios húngaros,
conservando en prisión, en plena desestalinización, a los supervivientes,
intelectuales, como Fekete y Merey, u obreros como Rácz y Bali.
En la lucha que enfrenta a los sucesores de Stalin, el vencedor, junto
con Jruschov, no es sino el aparato del partido, eclipsado como tal durante los
últimos años de Stalin, que de nuevo consigue dictar la ley e imponer su
autoridad a los otros sectores de la burocracia. Sin embargo, del aparato
triunfante emerge como árbitro supremo un hombre que ha conseguido unificarlo
con notable habilidad y energía, sabiendo situar a apparatchiki que se lo deben todo a él en los puestos clave. Estos
últimos son los miembros del Presidium: Brezhnev, Podgorny, Poliansky,
Kirilenko y Mzhavanadze y los secretarios Titov y Rudakov. El jefe de la
Seguridad del Estado Semirchastny, y el fiscal Rudenko han hecho toda su
carrera en Ucrania con él. Por medio del aparato Jruschov controla
personalmente todos los sectores restantes de la administración, de la
economía, de la policía y del ejército. La asamblea plenaria de noviembre de
1962 trata precisamente de encontrar
en el perfeccionamiento de este sistema de control una solución a las
contradicciones que amenazan al poder del partido. De hecho, parece que en la
actualidad el Presidium y el Comité Central disponen, vis a vis del primer
secretario, de un margen de discusión similar a aquel de que disfrutaban los
organismos correspondientes frente a Stalin antes de 1936. No obstante, esta
situación amenaza con modificarse rápidamente. Las contradicciones entre las
diferentes cumbres de la burocracia, que de momento quedan resueltas con la
instalación en los pues os fundamentales de los
apparatchiki adecuados, pueden volverse a producir: tanto Yezhov como Beria
salieron del aparato del partido antes de convertirse en los todopoderosos amos
de la policía política. Por otra parte, la crisis de Cuba ha demostrado que
Jruschov dispone aparentemente de una considerable libertad de movimientos. La
eliminación de Kiritshenko en 1960 y la degradación
de Spiridonov en 1962 también podrían
interpretarse como nuevos ajustes de cuentas entre los vencedores del momento y
como nuevos hitos en el ascenso de un sólo hombre hacia el control absoluto del
aparato.
En resumen, la crisis iniciada en 1953 ha bastado al parecer para
infligir una fuerte conmoción al aparato obligándole a adaptarse y
modernizarse. Sin embargo, no ha sido suficiente para afectarle
sustancialmente. De momento, Jruschov parece haber conseguido, con sus
concesiones y sus promesas, apaciguar los exaltados ánimos campesinos y
encauzar la agitación obrera. Tales éxitos momentáneos han robustecido sin duda
su postura personal. No obstante, nada parece estar decidido ya que la
estabilidad creada de esta forma disimula una contradicción fundamental que no
es nueva: la concentración del poder en manos de un solo hombre es incompatible
con las necesidades reales de la economía, con las tendencias de la sociedad y
con las aspiraciones de las masas. En este sentido, el régimen personalista de
Jruschov contiene el embrión de una nueva exacerbación de todas las
contradicciones que, a falta de solución, ha tenido que contentarse con
marginar, esperando sin duda de la buena voluntad americana, un pacto en la
cumbre que le permitiera, vía una sustancial reducción del esfuerzo
armamentístico, conseguir una nueva y valiosa demora.
Por ceguera, por rutina y por interés político, los comentaristas
occidentales no parecen haber comprendido que, desde 1953, se está gestando un
nuevo estallido revolucionario en la U.R.S.S. El enviado especial en Varsovia
de un semanario parisino, en su comentario de las reacciones de las diversas
tendencias políticas ante los acontecimientos. actuales, escribe: «A pesar de
su desesperanza a corto plazo, unos y, otros se muestran muy optimistas a largo
plazo: todo cambiará en Polonia, todo volverá a ser posible el día en que la revolución estalle en Moscú.
Tal es la afirmación más banal, más
corriente y también la más sorprendente que pueda oírse diariamente en
Varsovia en boca de las personas que creen en el socialismo» [23].
El estupor del testigo no le quita elocuencia a esta información, pues desde
hace varios años los polacos saben por experiencia, no sólo lo que representa
el reino de la burocracia, sino también el cariz que tendrá la revolución que
se prepara contra él.
[1] Trotsky, Histoire de la révolution russe, t. IV, pág. 475.
[2] Mandel, Traité d'économie marxíste, t. II, págs. 222‑224.
[3] Ibídem.
[4] Unos 72 millones de ptas. (N. del T.)
[5] N. Virta: Autor de una apologética vida de Stalin Stalingradskaya Bitva (1947). (N. del T.).
[6] La vie du parti n.º 16, 1955.
[7] Mehnert, op. cit., pág. 251.
[8] En un articulo de la Gaceta económica de 1962, el célebre físico ruso Kapitza, bajo el titulo «Teoria, experiencia y práctica», cita el diccionario filosófico ruso, aparecido en 1954, y concretamente su definición de la cibernética: «Pseudociencia reaccionaria, aparecida en los Estados Unidos tras la segunda guerra mundial y cultivada en gran escala en otros países capitalistas: una especie de moderno mecanicismo ». Su comentario es: «Si en 1954 nuestros sabios hubieran hecho caso de los filósofos y aceptado su decisión como guía para el desarrollo de esta ciencia, puede afirmarse que la conquista del Cosmos de la que tan justamente nos enorgullecemos no habría podido llevarse a cabo, pues resulta absolutamente imposible controlar un ingenio espacial sin máquinas cibernéticas». Todo el mundo sabe que, en la U.R.S.S. de Stalin, las «decisiones» no eran tomadas en modo alguno por los «filósofos»: el científico se expresa aquí con una prudencia que demuestra que, en su opinión, tal vez el peligro no ha desaparecido por completo.
[9] Ph. Ben, «La situation en U.R.S.S. vue de Varsovie», Le Monde, 23 de julio de 1957.
[10] Mehnert, op. cit., págs. 251‑252
[11] Le Monde, 22 de julio de 1957.
[12] Mehnert, op. cit., págs. 248‑249.
[13] Le Monde, 22 de julio de 1957
[14] Deutscher, Rusia después de Stalin, pág. 129.
[15] Le Monde, 21 de abril de 1962
[16] citado por Mehnert, op. cit., pág. 266.
[17] Citado por Leonhard, Kremlin. pág. 68
[18] Pethybridge, A key to soviet politics, págs. 59‑60.
[19] Citado por Leonhard, Krem1in. pág. 232
[20] Sobre todo, cf. Lucki, Trybuna Ludu, 9 de julio de 1957, G. Boffa L'Unitá, 8 de julio.
[21] Leonhard, Kremlin, pág. 172
[22] Ibídem, págs. 250‑251
[23] Staníslas Legier, France‑Observateur, 27 de septiembre de 1962