PUESTO QUE LA CONCLUSION SE IMPONE
Epílogo a la edición de 1963
La cuestión del futuro inmediato se plantea inseparablemente de las
perspectivas lejanas ¿Adónde va la U.R.S.S.? Entre la presión de los Estados Unidos
de cuya determinación ha dado buena prueba la crisis del Caribe, sus propias
contradicciones, la inquietud de las masas y las aspiraciones democráticas de
millones de soviéticos, el margen de maniobra del aparato se ve reducido
considerablemente.
Las preocupaciones de los
dirigentes americanos se reflejan en las investigaciones de sus especialistas
en cuestiones rusas los «sovietólogos», de inspiración obviamente interesada.
¿Existe un método diferente del utilizado por Hitler, a saber la guerra de conquista
disfrazada de cruzada del «mundo libre» contra el «totalitarismo», para
integrar el tercer mundo en el mercado capitalista mundial y borrar para
siempre las conquistas de Octubre? ¿pueden los occidentales aspirar a encontrar
en la U.R.S.S. un punto de apoyo para sus fines distinto del que constituirían
unos burócratas preocupados únicamente por la conservación y el acrecentamiento
de sus privilegios? El interés que los investigadores prestan al movimiento
Vlassov y a los «errores» hitlerianos son un fiel reflejo de esta permanente
preocupación.
De hecho, desde hace tiempo, los especialistas serios han descartado
todos los sueños de los emigrados acerca de una restauración pacífica del
capitalismo. El economista Naum Jasny condena con claridad la irresponsabilidad
de aquellos que pretenden que una descolectivización no tendría forzosamente
que suponer «una calamidad gigantesca, una catástrofe inmensa» [1].
A propósito de la economía koljosiana, Isaac Deutscher apunta gráficamente:
«Una granja colectiva no puede fragmentarse en un centenar de pequeñas
explotaciones privadas de la misma manera que un gran trasatlántico no puede
dividirse en barquitos de vela»[2].
También George Fischer ha llamado la atención acerca de los enormes errores que
los paladines de la cruzada se
preparan a cometer cuando se imaginan que una propaganda «made in U.S.A. »
podría tener algún tipo de impacto sobre las masas soviéticas. Por otra parte,
Vlassov parece haberse encargado involuntaria mente de formular las claves del
futuro soviético. En vísperas de su captura, según el relato de Deutscher,
confió a sus amigos los oficiales nazis «que sólo había un método de ganarse la
confianza del pueblo soviético: decirle que Stalin había deformado y
falsificado las enseñanzas de Lenin y que había llegado el momento de restaurar
la auténtica república de obreros y campesinos tal como éste la concebía». Ante
lo cual Deutscher comenta: «En el descabellado consejo de Vlassov se oculta una
gran verdad, pues en el espíritu del pueblo soviético sigue viviendo la
esperanza de un renacimiento de la revolución, alimentada por los remotos
recuerdos de la época leninista. »
Desde las fechas inmediatamente posteriores al final de la guerra, «el
partido que goza de mayor popularidad entre los refugiados con amplia
diferencia sobre los demás, es el llamado “partido de Lenin”
que preconiza el retorno a los orígenes democráticos de la revolución»[3].
Las informaciones que nos llegan cada vez con, mayor abundancia, confirman esta
tendencia. El inglés William. Just
que, en 1956, interrogó a muchos estudiantes rusos acerca del futuro de su
país, aporta buen número de respuestas significativas: «Pensamos que
terminaremos por disfrutar de una verdadera democracia obrera en la que todos
los trabajadores podrán formar libremente su propia organización política (...)
Queremos que se presente más de un candidato para cada cargo. (..:) Todos los
grupos obreros deberían poder presentar sus propios candidatos» [4].
Klaus Mehnert, que no disimula en absoluto sus simpatías por la
democracia occidental, escribe a propósito del movimiento en favor de la
democratización: «El punto concreto de inserción de las reflexiones políticas
reside fundamentalmente en la institución que da su nombre al Estado soviético
y a la que puede aludirse públicamente: los soviets (consejos)». Por ello,
considera probable que «las fuerzas deseosas de una democratización no aspiren
a la elaboración de una constitución del tipo francés o americano, sino a la
liberación de los consejos de la situación humillante en que los sume su papel
de meros aprobadores pasivos, confiriéndoles así una auténtica existencia
política». [5] El ya citado
grupo clandestino de «leninistas», partidario de la restauración democrática de
los soviets, escribía ya en 1954 que la consigna de los epígonos de Stalin en
política exterior era la de instituir «la era de la coexistencia pacífica entre
Malenkov y Eisenhower a expensas del proletariado internacional».
En consecuencia, las ilusiones de ambos bandos son escasas: el
imperialismo no tiene esperanza alguna de encontrar aliados en las corrientes
oposicionistas de la U.R.S.S. y, desde luego, los componentes de éstas saben
que Kennedy será su peor enemigo. Como en el periodo 1943‑45, la
burocracia sigue manifestando su miedo habitual a los procesos revolucionarios;
por su parte, las empresas americanas cifran sus esperanzas de éxito ‑eliminación
de la amenaza que en el propio corazón de su imperio supone la revolución
cubana y reintegración de la tercera parte de la Humanidad al mercado capitalista‑
en su política conservadora y en su voluntad de compromiso mediante un «pacto
en la cumbre».
En 1938, al diseñar el programa de la revolución política que preveía
y trataba de fomentar en la U.R.S.S., Trotsky fijaba como tarea principal el
restablecimiento de los verdaderos soviets con su pleno contenido democrático
mediante la eliminación de la burocracia y de la nueva aristocracia. Con
dieciocho años de antelación respecto a la joven generación que, habiendo
descubierto este programa por sus propios medios, se disponía a aplicarlo,
Trotsky escribía: «La democratización de los soviets resulta inconcebible sin
una. previa legalización de los partidos soviéticos. Los propios obreros y
campesinos, con su libre sufragio, mostrarán cuáles son los partidos
soviéticos» [6]. Durante
mucho tiempo, estas líneas proféticas han suscitado la sonrisa escéptica de los
especialistas políticos «realistas». No obstante, a partir de 1953, vuelven a
estar a la orden del día, al igual que su autor, el escritor maldito al que la
llamada «desestalinización». como una verdadera revancha de la Historia, ha
transformado en resucitado gigante del pensamiento socialista. Sin embargo,
estas líneas no fueron escritas por un especialista en cuestiones de la
U.R.S.S., sino por un dirigente revolucionario que las insertó en un programa
de revolución mundial. En efecto, al igual que en1918 o en 1938, el futuro de
la U.R.S.S. es inseparable de la lucha a escala mundial por el derrocamiento
del capitalismo. En este sentido, la perspectiva de la victoria del socialismo
en el mundo se opone a la de la coexistencia pacifica, es decir a la
supervivencia simultánea de capitalismo y burocracia.
A la luz de esta perspectiva, la mayoría de las discusiones acerca del
bolchevismo se convierten en puro bizantinismo ¿Se encontraban en el komitetchik
los gérmenes del apparatchik? ¿Pudo
el pensamiento dialéctico de Lenin engendrar la escolástica de Stalin? ¿Es el
bolchevismo el padre legítimo del estalinismo? Para poder contestar a todas estas
preguntas sin duda la rueda de la historia tendría que haber dejado de girar y
ciertamente las respuestas más categóricas pertenecen a aquellos que piensan
que, efectivamente se ha detenido al mismo tiempo que ellos. En realidad, en
cualquiera de sus etapas, la historia está preñada de virtualidades
contradictorias.. Indudablemente, en el fenómeno histórico llamado
«bolchevismo». se encontraban en embrión no sólo Stalin y sus gigantescos
retratos, sus burócratas y sus policías, sus letanías y sus crímenes, las
confesiones ignominiosas, las torturas, el tiro en la nuca y el cadáver que se
derrumba en los sótanos de la Lubianka, sino también los intrépidos forzados de
los penales del zar, los infatigables militantes clandestinos, los combatientes
de la guerra civil que se encadenaban a sus ametralladoras, los «santos» de la
Cheka a los que alude Victor Serge, los constructores de futuro, los
edificadores de fábricas y de ferrocarriles en Siberia, los viejos bolcheviques
irreductibles y los jóvenes que murieron apaleados por defender sus
convicciones. En la Revolución estaban implícitos los procesos de Moscú, pero
también el Octubre polaco y húngaro; los veteranos militantes acusándose
mutuamente de los peores crímenes y los jóvenes que, pasados cuarenta años,
descubren los consejos obreros y con ellos un camino que se creía perdido.
En cualquier caso, atribuir a la mera ideología de los bolcheviques
tan extremas y diversas consecuencias sería dar prueba de una considerable
miopía o de una obstinada parcialidad. Como hombre y como fenómeno histórico,
Stalin es producto en igual medida del seminario ortodoxo de Tiflis y del
comité obrero de Bakú, y de forma análoga la burocratización del partido
bolchevique puede explicarse por el estado de atraso e incultura de una
sociedad de mujíks sometidos a
una secular esclavitud mejor que por las concepciones centralistas de Lenin.
Los escritores, ‑la práctica totalidad de los especialistas occidentales‑
que atacan al bolchevismo y le colocan en la picota como responsable de todos
los crímenes de la época estaliniana, se equivocan al exigir a un partido
político que «someta y elimine los mucho más densos factores de masa y de clase
que le son hostiles» [7].
La generación venidera los descartará sin duda al igual que a los hagiógrafos
que convierten al partido bolchevique en un instrumento omnipotente capaz de
violar el conjunto de las leyes del desarrollo social.
El partido bolchevique no merece ni tal exceso de honor ni tanta
indignidad. Ha sido única, sencillamente, un partido obrero, es decir un
instrumento histórico. Como tal ha realizado los objetivos que se habla fijado:
destruir la autocracia y crear un Estado obrero que, en determinadas
condiciones, pudiera convertirse en la vanguardia de la revolución socialista mundial.
Los caracteres específicos de Rusia explican en parte, no sólo su ideología y
su estructura, sino también la relativa facilidad de su éxito inicial,
concretado en la toma del poder por el proletariado ruso de 1917, esa
«maravilla de la historia». Sin embargo, estas condiciones terminan por
volverse contra él Y contra sus objetivos finales. De manera análoga, la
revolución industrial alemana había creado el primer partido social-demócrata
de masas del mundo, poderoso, rico, sólidamente organizado, había sido el
educador de toda una generación socialista; sin embargo, fue este mismo éxito
el que engendró su incapacidad para romper con una burguesía a la que había
arrancado tantas conquistas que temía perderlo todo si se separaba de ella: el
«reformismo» y el «social‑chovinismo» no acechan en cierto modo mas que a
los partidos cuyo pasado está repleto de grandes victorias parciales. En ambos
casos, la degeneración del instrumento revolucionario le transforma en un
factor que pasa a actuar históricamente en dirección opuesta. Los socialistas
alemanes, en alianza con la aristocracia, la alta burguesía y los generales,
comprometen toda su enorme maquinaria en la lucha contra los consejos obreros
de 1918‑19 y la etiqueta de «social‑demócrata» se convierte entonces
en una «camisa sucia». El estalinismo, engendrado por el, cansancio y
alimentado por las sucesivas derrotas de la revolución después de la primera
guerra mundial, fomenta a su vez las derrotas, el cansancio y el escepticismo
de otras generaciones. Si bien el espectáculo que ha ofrecido al mundo ha
dejado intactas las ilusiones de millones de hombres que sólo creen en el
paraíso socialista porque no pueden verlo, también ha ensuciado para otros
muchos el rostro del «socialismo» y del «comunismo», permitiendo a los
defensores del capitalismo, a pesar de los horrores de las guerras mundiales y
del nazismo, erigirse en paladines de la libertad y de la «civilización»
prolongando así su imperio condenado a muerte.
No obstante, el estalinismo sólo ha sido un paréntesis histórico, una
especie de excrecencia. Al igual que el capitalismo no ha conseguido hacer
creer a los súbditos de un imperio que se extiende de los Andes a Angola y
desde el sur de los Estados Unidos y la Unión Sudafricana, donde aún se lincha,
a la Europa que en quince años engendró a Mussolini, Hitler y Franco, que era
el «mundo libre» y la «civilización», el estalinismo tampoco ha logrado hacerse
pasar, ni siquiera ante sus propios ojos, por el verdadero socialismo. Como
resultado monstruoso de un equilibrio provisional entre las contradicciones del
mundo en la fase crítica del capitalismo, él mismo queda aprisionado en unas
contradicciones que su aparato tentacular no consigue superar, puesto que, de
grado o por fuerza, sigue difundiendo los ideas, mortales para él, de Marx,
Engels y Lenin, viéndose en el triste brete de hablar de lucha de clases para
poder ahogarla.
El socialismo empero demuestra más que nunca, su necesidad histórica,
no ya la caricatura del socialismo erigida durante treinta años de estalinismo
y desenmascarada en unas pocas semanas por los jóvenes húngaros y polacos, sino
el socialismo a escala de todo el planeta. Ya no es posible hacerse ilusiones:
el siglo XX ha presenciado el resurgimiento de las más bárbaras formas de
opresión, dotadas de unos medios científicos y técnicos sin precedentes, y, con
el nazismo, la más sistemática –y más realista‑ empresa de destrucción de
una parte de la Humanidad que recuerdan los siglos: ha sido como una
premonición de la barbarie, de un castigo reservado por la Historia a la
Humanidad si acaso ésta no fuera a deshacerse a tiempo de las superestructuras
económicas, sociales y políticas que la condenan a la autodestrucción con la
eficacia, que suponen las armas termonucleares. Como escribió Brecht, todavía
es fecundo el vientre de donde salió la cosa inmunda» Al desarrollar como lo ha
hecho los medios de producción, el capitalismo ha sentado igualmente los
cimientos de unas formas superiores de organización económica y social cuya
realización es de todo punto incompatible con su supervivencia. En su era, la
segunda revolución industrial y tecnológica se inicia con la fabricación masiva
de armamentos atómicos; su destrucción es necesaria para permitir el pleno
desarrollo de las fuerzas productivas que se puede esperar de los progresos de
la ciencia y la técnica. La automatización que crea la posibilidad de suprimir
a la vez asalariados y consumidores, mano de obra y mercados, parece
sentenciarlo tan fatalmente como todas sus contradicciones anteriores.
En la actualidad, es de buen tono en ciertos medios que se
autodenominan socialistas, subrayar las características del capitalismo
occidental para extraer de ellas un cierto número de conclusiones generales
acerca de las «nuevas» leyes de desarrollo social, describir «nuevas»
estructuras sociales que pondrían en tela de juicio la existencia de la lucha
de clases y, en consecuencia, afirmar su confianza en las posibilidades, de
«evolución del capitalismo».
Ciertamente es ésta una afirmación sorprendente sobre todo cuando se
debe a un hombre cuyo oficio es escribir y comprender la historia, una historia
que no puede partirse en porciones de uno o varios años y menos aún en el siglo
de las guerras mundiales y de las revoluciones en todo el mundo. Los sectores
privilegiados de los trabajadores y de la pequeña burguesía, originados y
alimentados por el capitalismo, han aspirado siempre a una «evolución»
precisamente porque la posibilidad de un movimiento socialista, de obvio
carácter nivelador, les asusta, les hace retroceder. Hace más de cincuenta
años, los marxistas caracterizaron ya la creación de una aristocracia obrera
como un fenómeno de auto‑defensa de la burguesía, análogo a la
utilización de la expansión imperialista cuyo objeto no es sino el
robustecimiento de este escudo protector de los intereses de la clase
dominante.
También es cierto que los trabajadores de Norteamérica y Europa
occidental constituyen globalmente una especie de aristocracia obrera que se
sitúa por encima de la masa mundial de trabajadores subalimentados, de los
mineros bolivianos o katangueños, de los guajiros cubanos y de los coolies de
todo el mundo. Pero, a partir de 1917, el hecho histórico más importante es
precisamente que la conmoción revolucionaria que agita a los pueblos,
antiguamente colonizados, vuelve a poner en entredicho ese relativo privilegio,
comprometiendo decisivamente un equilibrio bautizado con demasiada premura como
«evolución». La revolución americana se ha iniciado en las sierras de Cuba, en
las plantaciones y en las fábricas azucareras, pero su batalla decisiva se
reñirá sin duda tarde o temprano en las metrópolis industriales del Nuevo
Continente como Detroit o Pittsburg,
una vez que los obreros y
campesinos cubanos, chilenos, peruanos, brasileños y argentinos hayan zapado
definitivamente los cimientos del imperialismo yanqui en sus propios países. No
menos cierto es que, en los países capitalistas avanzados, los partidos y
sindicatos obreros han desarrollado unos aparatos conservadores que
obstaculizan con un peso enorme una toma de conciencia fatalmente
revolucionaria, conjugando sus esfuerzos con los de las clases dominantes cuyos
medios de difusión y modernas técnicas publicitarias -cine, radio y televisión-
se emplean profusamente para anestesiar y confundir a los trabajadores. El
«panem et circenses» no es desde luego, un procedimiento original, mas lo que
servía en el caso de una plebe romana ociosa y desarrapada, no puede en modo
alguno aplicarse al obrero de nuestros días.
Ciertamente, resulta infinitamente más difícil construir un movimiento
obrero revolucionario en los países avanzados de lo que fue a principios de
siglo en la Rusia zarista, pero la dificultad de una empresa no nos autoriza a
dudar de su necesidad. Los bolcheviques, conscientes de ella -el propio Lenin
la acentuó en infinidad de ocasiones‑ terminaron sin embargo por
subestimarla puesto que, en definitiva, en ningún lugar llegó a constituirse un
partido parecido al suyo y menos aún el partido mundial que creyeron erigir al
fundar la Internacional Comunista. Para todos aquellos que pretendan tomar su
relevo, la agudización de la crisis del capitalismo y de la burocracia
constituyen en la actualidad poderosos factores favorables, los únicos «nuevos»
en el esquema, de fuerzas mundial. Esta es la razón de que la revolución
socialista mundial -salvo para los estúpidos, los ignorantes o los
malintencionados nunca ha podido limitarse a la «gran noche»‑ siga siendo
una consigna de absoluta actualidad, inclusive cuándo exige el inmenso esfuerzo
previo de construcción del partido mundial que constituiría su instrumento
histórico. A este respecto, la historia ha confirmado la lección de 1917
añadiéndole este importante factor: la experiencia de estos decenios ha
introducido en el ánimo de millones de trabajadores la simple convicción de
que, como decía la joven china cuyo pensamiento se desarrolló durante el
período de las Cien Flores, el verdadero socialismo sólo puede ser muy
democrático y su realización sólo es concebible si se hace por todos y para
todos, a escala mundial.
Las perspectivas abiertas a la humanidad por los presentes hallazgos
científicos sobrepasan incluso nuestra capacidad de ensueño; pero, para
conquistar el futuro, es preciso dominar el presente.
[1] ) Courrier socialiste, enero de 1953, citado por Deutscher en Rusia después de Stalin, pág. 82
[2] Deutscher, ibídem, pág. 81
[3] Ibídem, pág. 118.
[4] Observer. octubre‑noviembre de 1956, citado por Leonhard, Kremlin, pág. 217.
[5] Mehnert, op. cit., pág. 316
[6] Trotsky, La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional (Programa de transición), pág. 32.
[7] Trotsky, Stalin, pág. 522