CAPÍTULO XXI
RENACIMIENTO DEL BOLCHEVISMO
Los años sesenta iban a demostrar que la crisis final del estalinismo,
iniciada tras la muerte de Stalin, quedaría marcada por el renacimiento del
bolchevismo en la propia Unión Soviética. En efecto, durante este decenio se
restablece la continuidad. histórica entre la oposición en el seno de la
sociedad rusa posestalinista y la tradición revolucionaria de octubre de 1917.
El hilo de la historia, cortado por la degeneración del partido y del Estado
Obrero soviético, parece reanudarse.
La «Primavera de Praga» -trágicamente interrumpida por la entrada de
los tanques rusos en Checoslovaquia y por el comienzo de la «normalización»- ha
supuesto para este resurgir una etapa decisiva [1].
No solamente por el hecho de que, tras la revolución húngara y polaca de 1956,
el estallido checo restituyera en 1968 su vigor y empuje a todas las hondas
aspiraciones democráticas que incubaba el socialismo, no solamente porque el
despertar de la juventud y de la clase obrera checa demostrara que en todos los
países dominados por la burocracia, la clase obrera intenta reconquistar sus
derechos y libertades democráticas ‑inclusive el más fundamental, el de
asumir el destino de toda la sociedad‑, sino también porque los
militantes de vanguardia entre los comunistas checos cobran conciencia del
significado y, alcance de sus acciones sobre la propia Unión Soviética y saben
que su mensaje es recibido y trasmitido allí también.
En el momento en que hasta
los comentaristas más suspicaces consideran
inexistente el peligro de intervención rusa, el periodista comunista checo Jiri
Hochman escribe en Reporter: «No hemos cometido ninguno de los pecados
de que se nos acusa, en modo alguno hemos iniciado una sobernada liquidación
del socialismo, tampoco tenemos la intención de terminar con las relaciones que
sostenemos con nuestros aliados, pasándonos al otro bando. Sin embargo, estamos
tratando de introducir en escena un elemento que no puede constituir un simple
aspecto de una línea propagandística puesto que en realidad es el núcleo mismo
de la cuestión. Hemos introducido el espectro de la liquidación del poder
absoluto detentado por la casta burocrática, esa casta que a su vez fue
introducida en. la escena internacional por el “socialismo” estalinista. Objetivamente,
es una etapa de la historia que todo país conoce, pero la burocracia, a pesar
de no tener todavía las dimensiones de una clase, revela sus rasgos
característicos en todo cuanto concierne al ejercicio del poder. Adopta una
serie de medidas preventivas para defenderse y así continuaría hasta su trágico
final. (...) Estamos aproximándonos al momento en que se destruiría el poder de
esta casta que, en la actualidad, es casi hereditaria y se aferra por mil
vínculos de corrupción e intereses creados a sus equivalentes del extranjero.
Esta es la verdadera dimensión de nuestro pecado. No ponemos en peligro al
socialismo, sino todo lo contrario. A quien amenazamos en realidad es a la
burocracia que, de forma lenta pero segura, está enterrando al socialismo a
escala mundial. Esta es la razón por la que no podemos aspirar a una
cooperación y una fraternal comprensión por parte de la burocracia» [2].
Durante los meses posteriores, los comunistas Frantisek Samalik y
Karel Bartosek subrayan el vínculo real que une el octubre ruso de 1917 con la
revolución checa, interrumpida brutalmente el día 21 de agosto de 1.968 [3],
desde las columnas de Politika, semanario del P.C.Ch. fundado tras el
«congreso clandestino» [4]
celebrado bajo la protección de los obreros de Praga en las mismas barbas de
las fuerzas de ocupación. Precisamente en este mismo año de 1968, nos llegan de
la Unión Soviética voces que demuestran que el eco del mensaje ha sido captado
allí. Por primera vez desde la victoria de Stalin sobre la oposición, una serie
de comunistas rusos han expresado ante el mundo entero su solidaridad con los
comunistas reprimidos por la burocracia de los países satélites. Por primera
vez también, y haciendo caso omiso de los riesgos en que incurren, afirman que
están de acuerdo con Hochman y sus compañeros en la idea de que el escenario
del combate decisivo contra la burocracia y por el socialismo será la Unión
Soviética.
No es en modo alguno fortuito que el año 1968 haya presenciado también
la huelga general revolucionaria de Francia, la Primavera de Praga, las
manifestaciones estudiantiles de Polonia y Yugoslavia, al mismo tiempo que la
aparición en la Unión Soviética de una oposición comunista franca y pública, el
auge de la literatura clandestina en forma de Samizdat [5]
y el resurgir de las manifestaciones callejeras de la oposición. El
estalinismo, engendrado por el confinamiento de la revolución en un solo país
atrasado, y alimentado por las, sucesivas derrotas de las primeras olas de la
revolución mundial, sufre el profundo impacto del temporal que conmueve al
mundo entero, alimentando las esperanzas y sirviendo de apoyo a la acción de
unos hombres que conciben el estalinismo como la encarnación de una auténtica
contrarrevolución.
Los hombres
La nueva oposición comunista en la Unión Soviética no debe su nacimiento únicamente a los acontecimientos checoslovacos, aunque estos la dieron ocasión de organizar sus primeras iniciativas públicas, obligándola a romper con la absoluta clandestinidad de los pequeños grupos de iniciados. Por otra parte, la tradición en la que se apoya es muy antigua, puesto que se remonta al propio bolchevismo.
En el centro del núcleo que la constituye y la inspira se encuentra un
hombre que simboliza esta continuidad, un veterano del bolchevismo, superviviente
de los campos estalinianos: Alexis Kosterin. Este hombre, nacido en 1895, fue
militante obrero desde 1911, miembro del partido bolchevique desde 1916,
ex-combatiente de la guerra civil y más tarde periodista. Kosterin, detenido en
la época de las grandes purgas, pasó por diferentes campos de concentración
hasta 1955. Su apellido es conocido por todos los rusos ya que el diario de
guerra de su hija, Nina Kosterina, se convirtió en una especie de «best- seller
» de la época del deshielo. Reintegrado en el partido tras su liberación, fue
expulsado por segunda vez en 1957, readmitido de nuevo, y expulsado por tercera
vez en 1968. Días antes de su muerte, poco después de la intervención de
Checoslovaquia, redactó una carta de dimisión en la que afirmaba: «Con el
carnet del partido, o sin él, he sido, soy y seguiré siendo marxista‑leninista,
comunista y bolchevique. Así ha sido mi vida, desde la juventud hasta la tumba»
[6].
La oposición comunista que surge a la luz de 1968 se constituye en
torno a este hombre; está integrada por hombres de todas las generaciones y de
la más diversa condición pero todos ellos están marcados por su fidelidad al
bolchevismo y a la tradición
revolucionaria de Octubre.
Entre ellos se encuentran Pavel Litvínov, que cuenta por entonces
veintiocho años, nieto de viejo bolchevique y profesor de física; Pedro Yakir,
de cuarenta y cinco años, hijo del héroe de la guerra civil, fusilado junto con
Tujachevsky, internado en un campo de concentración desde 1937 -cuando tenía
catorce años- hasta 1954, reintegrado en el partido desde su liberación y que
desde entonces trabaja como investigador en el Instituto de Historia de la
Academia de Ciencias, Pedro Grigorenko, de cincuenta y nueve años, militar de
carrera, ex combatiente de la segunda guerra mundial, general de brigada,
profesor de cibernética, que fue sancionado por Jruschov en 1961, detenido e
internado en un «hospital psiquiátrico» en 1954, liberado más tarde, y que
trabajó lo primero de ingeniero y luego de estibador; Iván Yajmovich, de
treinta y ocho años, ex presidente de un koljos modelo en Letonia, fue durante
mucho tiempo una figura ejemplar para la propaganda oficial y se unió a la
oposición a principios de 1968; Anatol Martchenko, estibador de muelle, autor
de un valioso relato [7]
acerca de los campos de concentración posestalinianos en los que pasó más de
seis años. Hay también entre ellos mujeres como Larissa Bogoraz, profesora,
compañera del escritor Yuli Daniel, como la poetisa Natalia Gorbaeyskaia, o
como las estudiantes de veinte años, Olga Yoffe, Arina Yakir, Valena
Novovosdrkaia, Irina Belgorodskaia e liina Kaplan. El nuevo movimiento
comprende hombres de todas las capas sociales; los matemáticos Pavlintchuk [8],
Pisarev y Pinienov; los profésores Yuli Kin e Ilya Gabal; el estudiante y preso
político Vladimir Bukovsky; los estudiantes Ponomarev, Kapranov, Zhiltsov; los
obreros Borisov, Guerchurri, Dzhemilev y Vorobiev; los historiadores Alexie
Snegov y Leónidas Petrovsky, nieto del viejo bolchevique, o Ray Medvedev, al
que Jruschov encargó la elaboración de un «balance del estalinismo» que sólo
pudo circular en forma de Samizdat, a
estos se añaden centenares de nombres que en muchos casos nos son desconocidos.
Todos estos hombres y mujeres, cuyo enlace y mentor político fue Kosterin,
han sabido a su vez conquistar y educar nuevos discípulos que van apareciendo
para ocupar las vacantes dejadas por los militantes detenidos y encarcelados.
Las etapas
En la actualidad es posible localizar en el pasado las fases por las
que pasó la constitución de esta oposición, remontándose hasta el período de la
desestalinización que siguió al discurso pronunciado por Jruschov ante el XX
Congreso. La época del «deshielo», caracterizada según los disidentes de la
burocracia, por una voluntad de «liberalización», limitada y estrechamente
controlada, dejaba en efecto una posibilidad a la denuncia prudente de los
crímenes del estalinismo que se atribuían a la «desviación» del «culto a la
personalidad» y a los chivos expiatorios como Beria y los componentes del grupo
«anti‑partido». No obstante, a la sazón, un cierto número de escritores
se esforzó en dilatar la parcela de libertad de expresión así tolerada para dar
testimonio e interrogar a las gentes: desde este enfoque debe comprenderse, por
ejemplo, la publicación de la célebre obra de Alejandro Solzhenitsyn, Un día de la vida de Iván Denisovich.
Dentro de este cuadro limitado comienzan a expresarse, en forma de
preguntas, no sólo una critica, tímida aún, de las explicaciones oficiales,
concretamente de las referentes a las grandes purgas y a los procesos, sino
también una puesta en cuestión de la información, un intento de dar respuesta a
los interrogantes planteados por la sociedad soviética: dificultades provocadas
por la reforma económica, brotes de violencia y delincuencia juvenil, y
«supervivencias» del estalinismo. No hace falta decir que se trataba de una
critica y una puesta en cuestión inequívocamente peligrosas en el clima
político y social suscitado por el muy difícil momento que atravesaba la
economía.
El proceso emprendido contra el poeta Stanislas Brodski, que fue
condenado en 1964 a cinco años de cárcel por «vagancia» y «parasitismo social»
constituye el primer intento oficial de intimidar a una oposición que por
entonces aún camina a ciegas; no obstante contribuye también a impulsar a los
más jóvenes elementos de la intelligentsia
en su búsqueda de unas formas clandestinas de expresión y por ende de
organización. Todo indica que, coincidiendo con la caída de Jruschov, se creó
en la clandestinidad la «Unión de Comuneros» ‑que cuenta con más de
doscientos miembros en diferentes grandes ciudades‑ empezando a aparecer
los primeros números de unas publicaciones también clandestinas como Kolokol
y Cuadernos de la democracia socialista. Al
mismo tiempo, los manuscritos literarios rechazados por las editoriales
circulan de mano en mano por todo el país y cada vez son más numerosos los que
emprenden el camino del extranjero. En septiembre de 1965 son detenidos Andrei
Sinyavsky y Yuli Daniel: se les acusa de haber remitido al extranjero unos
manuscritos, publicados bajo seudónimo, que contienen ataques contra el
régimen. Las autoridades tratan de hacer un escarmiento mediante estos dos
hombres que son presentados como agentes del imperialismo y adversarios del
socialismo. No obstante, la operación es un fracaso, no sólo por la poca
consistencia de la acusación, sino también por la desesperada resistencia de
los reos que obliga al Tribunal a juzgar a puerta cerrada un caso que se quería
convertir en una demostración espectacular [9].
Por otra parte, dos hechos permiten organizar acciones de solidaridad: la
defensa presenta testigos de descargo y las primeras reacciones de los partidos
comunistas extranjeros resultan alentadoras para aquellos que piensan en
organizar una resistencia. De hecho, la oposición parece haberse constituido a
raíz del proceso de Sinyavsky y Daniel, cuando en todo el país se toma
conciencia del eco que encuentra la lucha en favor de los derechos y libertades
democráticas, de las posibilidades reales de tal acción y de las fuerzas
susceptibles de ser movilizadas. Al parecer, fue este el momento en que
comenzaron a agruparse en torno a Kosterin los mejores elementos, dispuestos a
asumir los riesgos que implicaba tomar la defensa de los escritores y unidos
por la común decisión de «volver a Lenin» y al «Bolchevismo‑leninismo».
El Samizdat debe a la influencia de todos ellos su evolución gradual
desde un carácter puramente literario a un matiz cada vez más abiertamente
político.
La gran batalla política posterior se inicia en torno a unas cuestiones puramente históricas. La discusión que mantienen los historiadores acerca de dos publicaciones: el último volumen de la Historia del P.C.U.S. y la obra de Alejandro Nekritch sobre la ofensiva alemana de junio de 1941 [10]. En ambos casos se debate la misma cuestión histórica, la de las responsabilidades de Stalin y del régimen burocrático y, en consecuencia, la más fundamental aún, de la verdad histórica y el sentido de la historia de la Unión Soviética después de la revolución. Los más violentos adversarios de Stalin, los descendientes de los viejos bolcheviques, como Yakir, Petrovsky y Snegov que proclama orgullosamente que es «del campo de Kolyma» [11], plantean simultáneamente dos problemas: el de Stalin, cuya rehabilitación combaten vehementemente, incluso cuando se opera de modo indirecto, y el de la tradición revolucionaria internacionalista de octubre de 1917; Slezkin pone en cuestión, no ya el pacto germano‑soviético de 1939 en sí, sino la «detención de la lucha contra el fascismo» que originó [12]; Petrovsky estigmatiza la responsabilidad de Stalin y de su teoría que convertía a la socialdemocracia en el enemigo principal, en la victoria sin lucha de Hitler en Alemania; Snegov recuerda la traición a la revolución española y el reparto de Polonia con Hitler tras el exterminio masivo de los dirigentes comunistas polacos. La lucha contra la amenaza de rehabilitación de Stalin se transforma en una auténtica batalla donde lo que se ventila es la reanudación del hilo de la continuidad histórica; el concepto de reconquista de la Historia utilizado por los comunistas rusos, abarca, no sólo la comprensión de todo el pasado, incluido el estalinismo, sino también la recuperación del legado bolchevique. A esta campaña se deben algunos de los más importantes documentos elaborados por la oposición como la carta de los hijos de viejos bolcheviques asesinados por Stalin [13], los estudios de Medvedev [14] y Yakir [15] acerca de los crímenes de Stalin y el libro de Grigorenko, Stalin y la Segunda Guerra Mundial [16].
La burocracia intenta cerrar el debate con la condena del libro de
Nekritch y la expulsión de su autor [17].
No obstante su contraataque va a caer, no ya sobre las polémicas históricas,
sino sobre la actividad clandestina de los jóvenes intelectuales, Yuri
Galanskov, autor de la antología Fenix
66, y Alejandro Guinzburg, que recogió los documentos
que integran el Libro Blanco sobre el
caso Sínyavsky ‑ Daniel. [18]
Esta ofensiva brutal va a cerrarse con un rotundo fracaso político. El K.G.B., reanudando las tradiciones políticas de la era de Stalin, realizó un considerable esfuerzo de preparación para poder demostrar la existencia de una relación entre Guinzburg y Galariskov por un lado y los agentes, en Rusia y en el extranjero, de la organización blanca de extrema derecha N.T.S., por otro. Sólo uno de los acusados, el cristiano Dobrovolsky, se presta a colaborar con la acusación; los otros acusados se defienden encarnizadamente. De esta forma, el proceso, que se lleva a cabo en un ambiente salvaje de parodia de la justicia y de caza de brujas, no consigue realizar sus objetivos. Litvinov, Larissa Bogoraz y otros manifiestan ante el tribunal su voluntad de luchar para que les sean otorgadas a los acusados las garantías estipuladas en la constitución. Apenas se hace público el veredicto, aparece un «Llamamiento a la opinión pública mundial y a la «opinión soviética» [19], firmado -se trata de un hecho sin precedentes- con los nombres y domicilios de sus autores. El acto de valor de Pavel Litvinov y Larissa Bogoraz, que han seguido paso a paso las incidencias del proceso y recopilado sistemáticamente todos los documentos que incluye el llamamiento, halla una gran resonancia, como lo prueban el gran número de adhesiones recibidas por Litvínov [20] y las iniciativas posteriores. Desde su koljos de Letonia, Iván Yajmovítch envía a los dirigentes rusos una carta abierta con resonancia de ultimátum; «Vivo en una provincia donde, por cada casa que dispone de electricidad, hay diez que no la tienen, donde los autobuses no pueden circular en invierno y donde el correo se recibe con demoras de varias semanas. Si estas informaciones han llegado hasta nosotros de forma exhaustiva, podrán ustedes hacerse una idea de lo que han hecho, de la simiente que han sembrado en el país. Tengan el valor de corregir estos errores, ahora que los obreros y campesinos aún no han tomado parte en este asunto» [21].
Durante la semana siguiente, la protesta se extiende y amplifica:
carta contra los procesos firmada por 139 intelectuales y trabajadores de Kiev,
en febrero [22], carta de
l1ya Gabai, Pedro Yakir y Yuli Kim contra la «Restauración del estalinismo» [23],
llamamiento de marzo de 1968 a la Conferencia de Partidos Comunistas de
Budapest, firmado, entre otros, por Grigorenko, Yakit, Gabai, Kim, Litvinov,
Larissa Bogoraz y Alexis Kosterin [24],
carta del matemático Pliuchtch a la Komsomolskaya
Pravda sobre los «Termidorianos y el affaire Guinzburg‑Galanskov» [25].
El movimiento así iniciado es impulsado decisivamente por los sucesos
de Checoslovaquia. En lo ocurrido en Praga, los oposicionistas creen distinguir
un eco y un impulso para su propia lucha; al mismo tiempo, comprenden que los
dirigentes rusos tienen conciencia de que estos movimientos suponen una
amenaza para su existencia y que hay que esperar reacciones violentas por su
parte. El 29 de junio, Grigorenko, Yajimovitch, Kosterin, Pisarev y Pavlintchuk
dirigen su «carta de cinco comunistas» a los comunistas y ciudadanos checos,
insistiendo en su condena de la «manera unilateral y absolutamente poco
objetiva» con que la prensa rusa informa a sus lectores [26].
En una carta dirigida el 22 de julio a los principales periódicos comunistas
rusos y checoslovacos, a L’Humanité y a Unitá, el antiguo
deportado Anatol Martchenko afirma su solidaridad con la consigna general de
«socialismo democrático» lanzada en Checoslovaquia, explicando la proyección
que tal programa podría tener en la Unión Soviética: «Si Checoslovaquia
consigue organizar de manera efectiva un socialismo democrático, tal vez no
pueda seguir justificándose la falta de libertades democráticas en nuestro
propio país; tal vez sería posible entonces que nuestros obreros, nuestros
campesinos y nuestros intelectuales deseasen esa libertad en la práctica y no
sobre el papel» [27]. Como el
checo Jiri Hochman, el militante ruso parece haber comprendido exactamente lo
que se está ventilando en Praga, y añade: «Me avergüenzo de mi país que de
nuevo adopta el infamante papel de gendarme de Europa» [28].
A la luz de estas
afirmaciones, su detención, el día 29 de julio, reviste un significado
alarmante. Los «cinco» firman nuevos textos, donde denuncian, al mismo tiempo
que la detención de Martchenko, los preparativos de la intervención contra
Checoslovaquia [29]. Poco
después, Grigorenko y Yajimovitch, escoltados por una serie de jóvenes, acuden
a la embajada checa en Moscú para expresar directamente al representante de la
república hermana los sentimientos de solidaridad que ya habían consignado por
escrito [30]: este es un
gesto que no perdonarán los que se disponen ya a utilizar los tanques. La
policía interviene para impedir la organización de la protesta, arrestando en
Leningrado al abogado Yuri Guendler y a los ingenieros Studentkov y Kvachensky,
convictos de la redacción de un panfleto en contra de
la inminente intervención [31].
En la noche del 21 al 22 de agosto, es detenido asimismo un joven de veinte
años llamado Buguslavsky, por haber pintado letreros contrarios a la
intervención [32]. Se
realizan numerosas distribuciones de panfletos y, al menos en Moscú y Gorki, se
descubren nuevas «pintadas». Por último, el día 25 de agosto, se produce el acontecimiento
inédito desde hace cuarenta años: la primera manifestación pública contra la
política gubernamental. Pavel Litvinov, Larissa Bogoraz Víctor Fainberg,
Konstantin Babitsky, Vadim Delaunay, Vladimir Dremliuga y Natalia Gorbanevskaia
despliegan en la Plaza Roja una serie de pancartas en la que se denuncia la
intervención. [33]. Ni la
inmediata detención de los manifestantes, ni las advertencias a sus amigos y
conocidos, ni las largas condenas que les son impuestas en el proceso del mes
de octubre consiguen interrumpir el movimiento, sino que parecen contribuir a
su ampliación, organizándolo e inspirándole nuevas fuerzas. Yajimovitch redacta
entonces un texto cuya conclusión resume la línea de los oposicionistas: «
¡Leninismo, si! ¡Estalinismo, no!» [34].
Con ocasión del entierro de Kosterin, el día 14 de noviembre, los
oposicionistas consiguen organizar una manifestación, a pesar de las
precauciones tomadas por las autoridades y de las trampas de la policía:
Grigorenko, Yakir, Jakobson y algunos representantes de los tártaros de Crimea,
toman la palabra pronunciando verdaderos discursos políticos [35].
En el mes de febrero de 1969, Grigorenko y Yajmovich distribuyen ellos mismos
en Moscú unos panfletos en los que se denuncia la normalización en
Checoslovaquia y se recuerda el reciente suicidio del estudiante de Praga, Jan
Palach [36].
Los dirigentes, decididos a reprimir, no corren sin embargo el riesgo
de organizar un nuevo proceso público y ni siquiera se atreven a detener a
Grigorenko en la capital, aprovechando para hacerlo un viaje realizado por este
a Tachkent, donde se ha trasladado para tomar una vez más la defensa de los
tártaros de Crimea [37].
En lo sucesivo, los oposicionistas dejan de ser juzgados, internándoseles en
unos supuestos «hospitales psiquiátricos», llamados spetzbolnitsa, en los que unos psiquiatras‑policías tratan de
quebrar su voluntad. Grigorenko y Yajmovích son los primeros en ser sometidos a
este nuevo procedimiento; el diario que Grigorenko consiguió transmitir a su
mujer y que ésta a su vez, envió al extranjero, revela las nuevas técnicas
empleadas para incapacitar a los lideres de la nueva oposición [38].
Este es el contexto en el que el día 20 de mayo de 1969, Pedro Yakir
hace pública la fundación de un «Grupo de iniciativa para la defensa de los
derechos cívicos»: obreros, ingenieros, profesores, economistas e
investigadores de todas las generaciones firman con él el texto sencillo y
explosivo a la vez [39].
La mayoría de los firmantes sufrirán, como el obrero Borisov, el internamiento
en un «hospital psiquiátrico». Tal iniciativa es secundada entonces por la
fundación de un «Comité para la defensa de los derechos del hombre», encabezado
por el físico Sajarov, oposicionista «de derechas», partidario de una
«verdadera coexistencia pacifica». Los esfuerzos de todos ellos consiguen al
menos arrancar de las manos de los agentes de la K.G.B. disfrazados de
psiquiatras al biólogo Jaurés Medvdev, hermano del historiador del mismo nombre
[40].
La lucha clandestina y semi‑clandestina y la difusión de los samizdat
prosiguen.
Las experiencias de la
oposición
Por primera vez desde la derrota de la oposición de izquierda en 1927.
unos textos elaborados en la propia Unión Soviética y llegados a Europa
Occidental, nos permiten hacernos una idea bastante precisa de la fisonomía
política de la oposición, de sus experiencias y realizaciones, al igual que de
sus fallos y debilidades.
En primer lugar, puede
afirmarse que en gran medida la oposición ha iniciado un arduo trabajo de
reconquista de la historia de la Unión Soviética, a pesar de todos los años de
falsificaciones y mentiras y de los intentos de imponer tina versión del pasado
acorde con los intereses de los hombres que detentan el poder. Los
historiadores -y entre ellos los muchos que fueron víctimas del estalinismo-
tuvieron acceso, durante el breve periodo del «deshielo» a unos documentos que
hasta entonces hablan estado prohibidos, pudiendo incluso, como Roy Medvedev,
interrogar a los supervivientes. No disponemos de la Summa de más de
1.000 páginas, escritas por este último a petición de Jruschov, pero esta obra
fundamental -que pronto será publicada en Francia- ha sido sin duda estudiada
en los ambientes cercanos a la oposición y seguramente ha contribuido a
cimentar sus análisis: En particular, Sajarov apunta que está escrita con un
«enfoque marxista» y que se opone a sus propias concepciones [41]. La carta de Roy Medvedev a
Kommunist [42], la
de Grigorenko a Cuestiones de la Historia
del P.C.U.S. [43]
y la de Yakir a Kommunist, solicitando todas ellas
un procesamiento póstumo de Stalin, no sólo aportan una serie de confirmaciones
y precisiones a la información que ya había sido suministrada por la oposición
de izquierda durante la fase ascendente del estalinismo, sino que también la
completan en muchos aspectos, dando una idea mucho más precisa y una
descripción más detallada, por ejemplo, de los
casos de represión colectiva o familiar. Por otra parte, resulta significativo
que los textos de la oposición comunista de la actualidad recojan, como si
fuese algo natural, la requisitoria elaborada antaño por Trotsky contra los
«crímenes de Stalin».
En conjunto, los textos de la oposición denuncian a la burocracia como
un sector privilegiado, apoyado y segregado por el aparato del partido y
culpable de haber usurpado en su propio beneficio el poder político, utilizando
para su conservación la actividad de su policía política y, en general, unos
métodos opuestos, no sólo al espíritu del comunismo sino a la propia letra de
la Constitución Soviética. Los oposicionistas se dedican a denunciar la
incapacidad de esta burocracia para satisfacer las necesidades de la sociedad
soviética y desarrollar las conquistas de la revolución de Octubre,
caracterizándola como «pequeño‑burguesa» y «anti-socialista». A lo que
denominan «leninismo», es decir, un régimen socialista orgánicamente
democrático, enfrentan el estalinismo, monstruosa caricatura, que en muchos
aspectos parece convertirse en lo opuesto al primero. En consecuencia, su
objetivo principal es lo que llaman un «retorno a Lenin» y la burocracia
aparece como su adversario principal. Kosterin explica que la única opción que
se puede oponer al capitalismo y al estalinismo es el «socialismo marxista‑leninista,
limpio de fango, regenerado y capaz de desarrollarse en plena libertad», y que
para el comunista la tarea más importante ha de ser la destrucción de la
maquinaria de funcionarios y burócratas, es decir del aparato estaliniano [44].
Las declaraciones de Bukovsky y de Pavel Litvinov en su juicio y los
documentos de Grigorenko, Yajmovich y Yakir, contienen los elementos de un
programa político que viene a encarnar la defensa de lo que Pavel Litvinov
llama «el sistema social» de la U.R.S.S. ‑las conquistas de la revolución
de Octubre‑ y cuya base es la reivindicación de una aplicación integral
de la Constitución. Asimismo, en función de la necesidad de «alejar a los
burócratas, a los funcionarios a los dogmáticos y a los estalinistas del
poder», Guennadi Alexeiev -un oficial de marina detenido posteriormente-
propone, basándose en el modelo checo, una serie de reivindicaciones cuyo
objeto es garantizar el respeto efectivo de los derechos y libertades
democráticas que figuran en la Constitución [45].
Incluso cuando se, presenta con una óptica reformista, la naturaleza de la
Unión Soviética y la de la burocracia que la dirige, hacen que las más
elementales reivindicaciones democráticas -la simple aplicación de las
garantías constitucionales- cobren un valor auténticamente revolucionario.
Para luchar en favor de este
programa, la oposición, en efecto, se ve obligada a plantear el problema de su
propia organización. Uno de los lectores de la proclama de Pavel Dhanov
escribe: «Es absolutamente necesario que formemos un segundo partido o, mejor
dicho, que creemos una fuerza capaz de defender todo cuanto sea progresista, de
forma que nadie pueda ser encarcelado por sus convicciones» [46]. También es Guennadi
Alexeiev el que en un texto que evoca el célebre lema de Iskra («De la
chispa saldrá la llama»), hace hincapié en la necesidad de constituir un «centro»
activo, añadiendo en otro lugar que, si los medios de lucha por una serie de
reformas democráticas no triunfan, «el tiempo terminará por imponer la
necesidad de un nuevo partido» [47] Pero, sobre todo, parece
evidente a posteriori que el grupo formado alrededor de Kosterin ha sabido
planificar sus esfuerzos, repartir sus fuerzas y sopesar sus iniciativas,
prever y centralizar, es decir, organizar y organizarse. En general, seria
imposible explicar la actividad de estos hombres y del grupo por ellos constituido,
así como la intensificación de la reproducción y la difusión de su literatura
política clandestina de la que dan una idea indudablemente bastante exacta los
boletines que se publican regularmente en la Crítica de los recientes
acontecimientos como el mero resultado de la suma de una serie de
iniciativas individuales. Ello explica el éxito -se trata de un hecho cuya
novedad justifica su mención- que supone la difusión de los textos esenciales
de la oposición comunista, extramuros de la Unión Soviética y entre los
comunistas occidentales. Al decidirse a recurrir al método de los llamamientos
públicos, firmados y con mención de la dirección del firmante, la oposición ha
llevado a cabo una elección política; se trata de un riesgo calculado que, en
las circunstancias originarias, suponía el primer paso para romper el
aislamiento de los oposicionistas, en un intento de fortalecer ciertos vínculos
entre ellos y a su alrededor e incluso en el de conseguir, por medio de la
publicidad dada a sus actos, una relativa garantía de protección individual.
El hecho de que siete personas consiguieran desplegar pancartas con leyendas
contrarias a la intervención en Checoslovaquia, en plena Plaza Roja, el día 25
de agosto, debe ser interpretado como una iniciativa política, no sólo
calculada, sino preparada con gran cuidado y, en definitiva, coronada por el
éxito.
La comparación entre estas formas de la actividad presente de la
oposición comunista y las utilizadas en tiempos del estalinismo triunfante
revela además una serie de características fundamentales en el análisis de la
relación de fuerzas. En primer lugar, es indudable que los oposicionistas creen
en su propia victoria y, si bien no la imaginan cercana, la conciben como una
perspectiva realista, es decir: no combaten por una serie de principios.
Grigorenko y sus correligionarios no son unos facinerosos y, cuando ello es
necesario, saben resistir a policías y a jueces, inspirándoles suficiente temor
como para que la burocracia lo piense dos veces antes de iniciar un proceso
público; además, por repugnante que sea el procedimiento de los
«internamientos» y de las «atenciones psiquiátricas», no cabe duda de que, para
la burocracia supone una completa confesión de impotencia: evidentemente, ya ha
pasado el tiempo de los grandes montajes cara al público y del espectáculo
ofrecido por unos acusados que confesaban a más y mejor, se inculpaban
mutuamente, y se mostraban dóciles ante los improperios de Vishinsky. Por otra
parte, está claro que la oposición no se ha contentado con elaborar una
táctica. Una serie de alusiones muy concretas ‑sobre todo en el discurso
pronunciado por Pedro Yakir en el entierro de Kosterin‑ demuestran que
sus lideres cuentan con el estallido de un conflicto en el seno del aparato que
enfrenta a los partidarios de la fuerza bruta con los que se inclinan por la
flexibilidad; igualmente obvio es que saben utilizar los matices o las
divergencias del bando enemigo para expresar sus propias opiniones en las
mejores condiciones posibles. En definitiva, la oposición comunista está
resurgiendo, restableciendo a tientas la continuidad con la tradición
bolchevique, precisamente cuando, bajo muy diversas formas, estalla la crisis
final del estalinismo.
La manifestación que organizó la oposición conjunta con ocasión del
entierro de Yoffe en 1927 y los discursos de Rakovsky y Trotsky ante la tumba
de su camarada, habían constituido la última expresión pública de la oposición
comunista al estalinismo triunfante. Cuarenta y un años después, los discursos
de Jakobson, Yakir y Grigorenko sobre la tumba de Alexis Kosterin adquieren el
significado de un renacimiento., determinan el comienzo de una nueva era ante
la tumba de aquél que había sabido preservar la continuidad histórica del
pensamiento revolucionario.
Los límites de la
oposición
Este resurgimiento no constituye un milagro,
sino la mera demostración de la fuerza de las leyes históricas que se impone
una vez más a pesar de los esfuerzos de los apparatchiki.
Pues, si bien la oposición de Grigorenko, Yakir, Yajimovitch, Litvinov y
los demás constituye una fuerza antagónica al régimen de los sucesores de
Stalin, no menos cierto es que está dando sus primeros pasos tras muchos años
de represión y de exterminio de los oposicionistas. Se trata pues de un
auténtico renacimiento, pero en su forma como en su contenido, lleva la marca
del talón de hierro del estalinismo y de las condiciones que propiciaron su
reaparición, el estigma de las fuerzas contrarrevolucionarias contra las que se
erige. Medvedev y Petrovsky hacen hincapié [48] en la aplastante
responsabilidad asumida por Stalin y su política en la toma del poder por las
bandas hitlerianas, así como en la depuración del alto mando del Ejército Rojo
y en las sangrientas purgas de los años treinta. Grigorenko, por su parte, ha
demostrado hasta qué punto Stalin desempeño el papel de «agente provocador», al
debilitar el poder de defensa de la Unión Soviética en vísperas de la ofensiva
de la Alemania nazi. No obstante, la oposición en conjunto no parece haber
percibido el significado mundial del estalinismo ni las consecuencias mundiales
de su victoria en la Rusia Soviética a finales de los años veinte. Sólo
Grigorenko, en una comparación con la situación de la
U.R.S.S. en 1941, parece calibrar el peligro que para la Rusia Soviética
constituye el sistema imperialista mundial [49].
La actual oposición comunista parece ignorar, o al menos no haber comprendido,
el verdadero sentido del enfrentamiento entre los partidarios de la oposición
conjunta y los mantenedores de la teoría estaliniana del «socialismo en un solo
país». El único texto, consagrado a Trotsky, que ha llegado a nuestras manos, [50]
en forma de samizdat le restituye su papel histórico durante la
revolución de Octubre, sin comprender verdaderamente el significado de la teoría
de la «revolución permanente» ni el empeño con que la burocracia estaliniana
intentó combatirla. Incluso un oposicionista como Alexeiev llega a justificar,
al menos indirectamente, la represión ejercida contra los «trotskistas»,
invocando la necesidad de «luchar contra los enemigos internos» sin parar
mientes en que, con este propósito, se iniciaron las purgas gigantescas y la
matanza de los viejos bolcheviques. En su inmensa mayoría, los otros textos se
preocupan muy poco de este período o no llegan ni a mencionarlo. En definitiva,
todo se desarrolla como si, a pesar de sus esfuerzos de análisis, los
oposicionistas actuales considerasen que la presencia del estalinismo en el
poder no fue sino el resultado de una irresistible fatalidad histórica», en lugar
de un largo, abrupto y sangriento combate. Esta falta de perspectiva histórica
adquiere una importancia tanto mayor cuanto que, al denunciar la oposición a la
burocracia, también se revela incapaz de explicarla, como no sea refiriéndose a
unas condiciones específicamente rusas en una fase histórica dominada por el
imperialismo. La diferenciación entre «leninismo» y «estalinismo», que
constituye su fundamento teórico, parece a veces deducirse de una opción de
tipo moral, dentro de un marco general donde se concibe un «socialismo»
susceptible de adoptar formas diferentes e incluso antagónicas: tal concepción,
al convertir el proceso degenerativo de la revolución, del partido y del
Estado, en un fenómeno puramente ruso, tanto en sus causas como en sus consecuencias,
no constituye en realidad más que una secuela de las teorías estalinianas, y
sobre todo de la del «socialismo en un solo país», en el pensamiento de la
nueva oposición.
Una de las más directas y obvias consecuencias del estado de
atomización social ruso bajo el imperio de la burocracia es también la dificultad -aparente si no
real- que experimentan los intelectuales de la oposición al abordar la
problemática social y sobre todo las reivindicaciones de los trabajadores
soviéticos como tales. Ciertamente, Yajmovich escribe que el obrero Dremliuga,
al participar en la manifestación de la Plaza Roja, ha «salvado el honor de su
clase» [51],
la clase obrera. Pero, al tiempo que los problemas de las nacionalidades
-opresión de las pequeñas comunidades- constituyen el núcleo de las
preocupaciones de la oposición, como lo demostró su batalla en favor de los
tártaros de Crimea, sería inútil buscar entre los textos políticos del samidzat
actual lo que ya se filtra entre líneas en los escritos del samidzat
literario; las consecuencias sociales concretas de la reforma económica, los
despidos arbitrarios, la angustia de los más jóvenes ante la perspectiva del
paro, los problemas salariales, de abastecimientos y de vivienda, constituyen
los puntos clave en torno a los cuales habrá de cristalizarse la oposición de
las masas y que no podrán satisfacer con la lucha por las libertades cívicas y
con un programa democrático mínimo ‑como lo dejó patente el caso
checoslovaco‑ más que en la medida misma en que éste se conciba como un
combate en favor de la libertad de organización del proletariado para la
defensa, en primer lugar, de sus intereses de clase.
La incomprensión que, en su fase actual, manifiesta la oposición respecto
a la importancia del vínculo entre su propia lucha y la de los obreros
soviéticos por una parte, y la de la clase obrera de los países desarrollados,
por otra, constituye también una parte substancial de la herencia de cuarenta
años de dominación estaliniana. En este caso, no se trata ni de una falsa
valoración de la situación real del régimen capitalista ni de una particular
especie de nacionalismo, sino de una auténtica incomprensión de cuanto integra
la base de la unidad mundial de la lucha de clases, y, por ende, del papel que
en ella desempeña, el estalinismo. Todo indica que, hasta la fecha, todavía no
se ha conectado la historia con el presente, ni la política de Stalin, que, en
opinión de Snegov «ha traicionado y vendido a todos los comunistas ha
traicionado a la república española, a Polonia y a todos los comunistas de todo
los países» [52], con la
llamada «línea de coexistencia pacífica» de sus sucesores que ha abocado en las
matanzas masivas de comunistas en Indonesia y Sudán, por no citar más que esos
dos ejemplos.
La oposición frente a su
futuro
A pesar de todas estas limitaciones y lagunas, la oposición comunista
ha recorrido un largo camino en Rusia durante los últimos años. Desde los
pequeños grupos de la Posguerra, a cuyo respecto apenas si contamos con la
información que se filtró desde los campos de concentración, tras varios años y
acontecimientos capitales como la muerte de Stalin, hasta la actividad
desplegada a partir de 1966, los progresos han sido constantes. En 1956, el
grupo estudiantil de Leningrado, dirigido
por Zeliksson, y el de Moscú, encabezado por Krasnopevtsev, esparcieron una
simiente que germinó posteriormente. La transformación capital estriba, no sólo
en la dimensión de las acciones y en su notoriedad, sino también en su
dirección consciente, a saber, la actual búsqueda oposicionista de su conexión
con el pasado bolchevique. En 1967, antes incluso de la gran campaña contra la
intervención en Checoslovaquia, los hombres como Yakir y Petrovsky, hijos de
viejos bolcheviques, consiguieron reunir, en una carta que se oponía a una
eventual rehabilitación de Stalin, los apellidos de los más prestigiosos hijos
de sus víctimas: Antónov‑Ovseienko, Murálov, Serebriakov, Schmidt,
Bujarin, Larin, Karl Rádek, Shliapníkov, Berzin, Yenukidze, Kalinin, Saprónov,
Piatnitsky, Smilgá, [53]...
Por Pedro Yakir sabemos que,
cuando Stalin ponía en marcha contra los oposicionistas reales o imaginarios el
mecanismo represivo que iba a implicar su exterminio tras el affaire Kírov,
Alexis Kosterin, viejo bolchevique, comenzó a experimentar vacilaciones, pero
que sólo cuatro años más tarde, en los campos de la NKVD, llegó a convencerse
de que «el marxismo ‑leninismo había sido sepultado y de que el partido de Lenin habla dejado de existir», según la frase transmitida por
Pedro Yakir [54].
Las razones de su lucha, sus motivaciones de viejo bolchevique, fueron
recogidas por los hombres a los que educó e informó a partir de una experiencia
personal que integraba la revolución de Octubre, pero también la
contrarrevolución estaliniana. Ante su tumba, en nombre de todos sus amigos,
Anatol Jakobson le llama «bolchevique‑leninista», utilizando la misma
palabra con que se autodesignaban durante los años treinta los trotskistas de
la oposición, con cuyos supervivientes coincidió en los campos de
concentración. Eran los mismos hombres a los que Yakir vio morir de hambre tras
la negativa de Stalin a permitirles luchar contra el ejército hitleriano [55].
Es también Jakobson quien escribe que, días antes de su muerte, Kosterin «como
un soldado herido de muerte en el campo de batalla (...) utilizó sus últimas
fuerzas para proyectar su cuerpo de moribundo contra el portalón de la
fortaleza enemiga y ayudar a sus camaradas que estaban iniciando el asalto» [56].
Asimismo el último mensaje de Kosterin confiere su plena significación
a este entierro que, como apunta Grigorenko, fue «el primer mitin libre (...) tras varias décadas de silencio
asfixiante»[57].. «Soy un
soldado del ejército revolucionario leninista, un representante de la
generación que caminó a la zaga de Lenin, y por esta razón, arriesgando mi
vida, hasta mi último suspiro, e incluso después de mi muerte, lucharé por las
ideas y por la doctrina definidas por Marx, Engels y Lenin» [58]
Resulta importantísimo que este hombre, surgido de la generación de
Octubre, haya podido asegurar la transmisión de su experiencia a la joven
generación soviética por medio de unos hombres más jóvenes que, como él, han
pasado más de diez años en los campos de concentración, como Yakir o Snegov,
que afirmaba en 1966: «No es fácil intimidarnos con los campos de
concentración. No dejaremos que nos asusten. Los tiempos han cambiado y el
pasado no volverá» [59].
El encarnizamiento feroz con el que se persigue hoy a los hombres y
mujeres, conocidos o anónimos, que integran la oposición comunista, no refleja
un «renacimiento del estalinismo», sino más bien la admisión por parte de la
burocracia ‑cuya naturaleza social no se ha alterado con la muerte de
Stalin‑ de que estos militantes con su pasado, sus ideas, su voluntad de
lucha y su acción, suponen, en la crisis por la que atraviesa en la actualidad,
un peligro mortal, el enemigo irreductible que Stalin había creído poder
aniquilar pero que resurge en la actualidad más amenazadoramente que nunca.
Anatol Martehenko, que, tras su primera liberación, llevaba tras de si
los seis años de campo que le habían convertido en un luchador, en un militante
político, fue detenido de nuevo en 1968 y en la actualidad acaba de ser puesto
en libertad; este es también el caso de Yuli Daniel y el de Yajmovich, que han
purgado sus respectivas condenas. Simultáneamente, Vladimir Bukovsky era
detenido de nuevo: Borisov y Feinberg emprendían una huelga de hambre en
protesta contra los tratamientos «psiquiátricos» que se les infligia;
Grígorenko, sometido igualmente a la policía psiquiátrica, conseguía escribir su «diario de la detención»
y transmitírselo a su compañera; Jaurés Medvedev, una vez puesto en libertad,
volvía a ocupar su cargo de investigador [60]
y Pedro Yakir dirigía una nueva carta abierta al Congreso del partido [61].
Indudablemente, las leyes de la Historia son mas poderosas que el más perfecto
de los aparatos y que la policía más ducha en la utilización de los
procedimientos llamados «científicos». Desde la primera edición de esta obra,
en 1963, hemos sido testigos de una considerable agitación tanto en el seno
como en la cumbre del aparato; se produjo la eliminación de Nikita Jruschov, el
advenimiento de la nueva dirección «colegiada», el ascenso del tandem Breznev‑Kosyguin
y la creciente hegemonía de Brezhnev. También hemos presenciado la caída en
desgracia de Alejandro Chelepin, la degradación fulminante de Semitchastny, la
desaparición de Stepakov, el ascenso de Andropov, la ascensión seguida de
desaparición de los jerarcas locales como Egoritchev, de Moscú, Tolstikov, de
Leningrado, y el periódico ballet de los responsables de las diferentes
repúblicas. Ante las especulaciones de los «sovietólogos», se abre de nuevo un
amplio campo con la ascensión de Gretchko y sus mariscales o con la creciente
importancia del rústico Chelest. Pero la razón parece estar del lado de los
«amigos y compañeros de ideas» de Kosterin, cuando, como en el texto leído en
su entierro por Jakobson, afirma: «Alexis Kosterin sigue combatiendo y seguirá
haciéndolo con sus obras y con su ejemplo de valor cívico. Su nombre sin duda
no será olvidado como el de muchos que hoy se revuelcan en la gloria» [62].
Poco más de dos años después de la entrada de los tanques rusos en
Praga, y del entierro de Kosterin, los obreros de las grandes ciudades bálticas
de Polonia, como Gdansk, Gdynia y Szczecin, iniciaban una huelga, se lanzaban a
la calle, asaltaban los locales del partido y de la policía política,
organizaban sus propios comités de huelga, y obligaban a Gomulka a dimitir y a
su sucesor, Gierek, a negociar con ellos. Esta es una nueva etapa en el ascenso
de la revolución política en los países de Europa oriental, dominados por la
burocracia estaliniana, un combate cuyas consecuencias no tardarán sin duda en
reflejarse, tanto en la conciencia como en la acción de la oposición comunista
rusa [63].
[1] P. Broue, Le Printemps des peuples commence á Prague. Essai sur la revolution politique en Europe págs. 76 y 139‑141.
[2] Jiri Hochman, «Le luxe des íllusions», Réporter, núm 31, 31 de julio de 1968.
[3] Véanse los artículos de Politika citados por Le Monde, números del 3 y 4 de noviembre de 1968, así como «Apelación a la Historia», en Politika núm. 11, del 7 de, noviembre de 1968.
[4] Véase Le Congrés clandestin. Protocolo secreto y documentos pertenecientes al XIV congreso extraordinario del P.C. checoslovaco (celebrado el 22 de agosto de 1968 en la ciudad ocupada ya por las tropas del Pacto de Varsovia), presentados por Jiri Pelikan
[5] Significa literalmente: «editado por sí mismo», es el término que sirve para designar al conjunto de las publicaciones clandestinas que circulan clandestinamente en la U.R.S.S. por lo general en forma de copias mecanografiadas que van siendo reproducidas por los lectores sucesivos,
[6] Citado por Le Monde, núm. del 15 de noviembre de 1968
[7] A. Martchenko, Mon Témoignage. Les camps en l’U.R.S.S. aprés Staline, Paris, Seuil, 1970, 332 págs.
[8] Valeri Alexeievich Pavlintchuk (1938‑1968), profesor de Físicas en Obninsk y miembro del partido, destituido y expulsado por su participación en la actividad de la oposición, muere a los treinta años como consecuencia de las persecuciones de las que se le hace objeto
[9] Véase L'Affaire Sinyavski‑Daniel, expediente completo establecido por P. y N. Forgues, Paris, Chr. Bourgeois, 1967, 314 págs., con las actas de los pocos minutos de la vista y un anexo documental.
[10] Alexandre Nekritch, 1941, 22 Iyunia, Moscú, Ed. Nauka, 1965, existe traducción
francesa: 22 juin 1941, L'Armée rouge
assassinée, Paris, Grasset, 1968, 314 págs. La edición francesa, dirigida
por G. Haupt, contiene apéndices entre los que se cuentan algunos de los
debates sostenidos en torno al libro en el Instituto de Marxismo-Leninismo el
día 16 de febrero de 1966, págs. 232‑245.
[11] «Minutes...», Nekritch, op. cit.,
pág. 244.
[12] Ibidem, pág. 241.
[13] «Los hijos e hijas de los viejos bolcheviques asesinados se dirigen a la dirección del P.C.U.S. el 24 de septiembre de 1967», páginas 289‑291, incluido en Samizdat I: La voz de la oposición comunista en la U.R.S.S., Paris, La Verité‑Le Seuil, 1969, 646 págs
[14] Roy Medvedev, Faut‑il
réhabiliter Staline ?, Paris, Seuil, 1969, 90 págs.
[15] Piotr Yakir, «En favor de la apertura de una acción penal contra Stalin», Carta del 2 de marzo de 1969 a la redacción de la revista Communist, en Samizdat I, págs. 292‑302
[16] Piotr Grigorenko, Staline et la deuxiéme guerre mondiale, Carta a la revista Questions d’histoire du P.C.U.S., Paris, Seuil, 1969, 146 págs
[17] ) Le Monde, 8 de julio de 1967
[18] Véase nota 9.
[19] Este texto puede leerse en L'Affaire Guínzbourg‑Galanskov, páginas 83‑85, recopilación de J. J. Marie y Carol Head, París, Seuil, 1969, 200 págs., con el título «A todos los que todavía tienen conciencia».
[20] Véase Nicht geladene Zeugen. Briefe und Telegramme an Pawel M. Litwinov, expediente recopilado y comentado por Karel van Het Reve, Hamburgo, Hoffman‑Campe, 1969, 91 págs.
[21] «Unos procesos que causan un grave daño a la causa del comunismo Carta al C.C. del P.C.U.S. y al camarada Suslov, fechada el 22 de enero de 1968, Samizdat I, Págs. 336‑339.‑
[22] «Estos procesos nos preocupan», Ibídem, págs. 341‑343
[23] «¿Hacia una vuelta al estalinismo?», carta dirigida a los representantes del arte de la ciencia y de la cultura de la Unión Soviética, ibídem, págs. 345‑351.
[24] «Llamamiento a los comunistas» (Al presidium de la conferencia de partidos comunistas de Budapest), marzo de 1968, Ibídem, páginas 352‑353.
[25] «Los Termidorianos y el affaire Guinzburg‑Galanskov», carta a la Konsomolskaya Pravda, ibídem, Págs. 379‑383.
[26] «¡A los comunistas de Checoslovaquia! ¡A todo el pueblo checo!» Carta de cinco comunistas de la, U.R.S.S. del 29 de junio de 1968 ibídem, págs. 408‑409.
[27] A. Martchenko, «¡Viva la democratización en Checoslovaquia!» Carta del 22 de julio de 1968 a Rude Pravo, Literarni Listy, Prace; copia difundida por 1'Humanité, Unitá, The Morning Star, la B. B. C., Ibídem, págs. 398‑403, concretamente pág. 401.
[28] Ibidem, pág. 403.
[29] «Contra la detención de Martchenko», carta dirigida al fiscal del barrio TimiriazeY fechada el 30 de julio de 1968, Ibídem, paginas 404‑405, «Llamamiento a los ciudadanos contra la detención de Martchenko» (30 de julio de 1968), Ibídem, págs. 406‑407.
[30] Natalia Gorbanevskaia, Midi place Rouge, Paris, Robert Laffont, 1970, 318 págs, nuestra cita se encuentra en la pág. 69.
[31] Según la Crónica de los recientes acontecimientos, núm. 4, 31 de octubre de 1968, reproducida en N. Gorbanevskaia, op. cit., página 303
[32] Ibídem, págs. 303‑304.
[33] Toda la información referente a esta manifestación está recopilada en la obra ya citada de N. Gorbanevskaia.
[34] «¡Lenínismo sí! ¡Estalinismo no!», Samizdat I, págs. 423‑426.
[35] «Los funerales de Alexis Kosterin», librito de P. Grigorenko en el que se incluyen gran parte de los discursos pronunciados, traducido en Samizdat I, págs. 437‑480.
[36] «Llamamiento a los ciudadanos de la Unión Soviética: ¡Viva el heroico pueblo checo!» (28 de febrero de 1969), Ibídem, páginas 4217‑428.
[37] El día 7 de marzo de 1969
[38] Los primeros resúmenes fueron publicados en Le Monde del 3 de abril d 1970
[39] «Llamamiento al grupo de iniciativa para la defensa de los derechos cívicos», 20 de mayo de 1969, Samizdat I, págs. 594‑598
[40] Le Monde, 19 de junio de 1970.
[41] El estudio exhaustivo llevado a cabo por Roy Medvedev acerca del estalinismo apareció en los Estados Unidos con el título Let's the History judge. La primera referencia a este trabajo se encuentra en la obra de A. Sakharov, La liberté intellectuelle en U.R.S.S. et la coéxistence, pág. 71.
[42] Véase nota 19.
[43] Véase nota 16.
[44] Véase nota 15. Según Grigorenko, Samizdazt I, pág. 462
[45] 0. Alexeiev, «Carta abierta a los ciudadanos de la U.R.S.S.» (22 de septiembre de 1968), Ibídem, págs. 564‑582
[46] Ibídem, pág. 593.
[47] Ibídem, pág, 581
[48] Medvedev, op. cit., págs. 46‑47 y Petrovski en «Minutes» Naritch, op. cit., pág. 243.
[49] Grigorenko, op. cit., pág. 130.
[50] E. M., «¿Quién mató a Trotsky?», artículo aparecido en el número 8 de los Cahiers de la démocratie socialiste en 1966, Samizdat 1, páginas 303‑307.
[51]
Ibídem, pág. 432
[52] «Minutes ... », Nekritch, op.
cít., pág. 244
[53] Véase nota 13.
[54] Discurso de Yakir, Samizdat I, pág. 468.
[55] Ibidem, pág. 30).
[56] Ibídem, pág. 454
[57] Ibídem, pág. 454
[58] Ibídem, pág. 448.
[59] «Minutes ... ».. Nekritch, op,
cit., pág. 245.
[60] Le Monde, 1‑2 de noviembre de 1970
[61] Extractos de esta «Carta a los miembros del B.P. y a los invitados extranjeros», en Le Monde, 31 de marzo de 1971
[62] Jakobson, Samidzat 1, pág. 454.
[63] Politika de Belgrado, 30 de diciembre de 1970