CAPÍTULO XVI
EL PARTIDO Y
LA BUROCRACIA
Durante veinte años
los procesos de Moscú sólo han sido una pequeña ventana entreabierta sobre la
realidad de la U.R.S.S., un aspecto ínfimo de la gigantesca depuración del
partido y del Estado que conmovió los propios cimientos de la U.R.S.S. entre
1936 y 1938. Desde entonces otras ventanas se han abierto, sobre todo con el
XXII Congreso, cuando los dirigentes del partido revelaron los detalles de las
grandes «purgas» para trasladar su responsabilidad sobre aquellos que
constituían durante el periodo de 1936‑38 la guardia pretoriana de Stalin
y que habían de convertirse tras su. muerte en el «grupo antipartido».
Chelepin,
presidente del Comité de Seguridad del Estado, relata: «Durante este período se
adoptó una serie de leyes penales excepcionales. Con ellas se podía
desacreditar y exterminar a los dirigentes honestos, consagrados al servicio
del partido y del pueblo. También hicieron su aparición numerosos organismos
extra‑judiciales. Se ha demostrado que fueron creados a instancia
personales del propio Kaganóvich (...) Mólotov, Kaganóvich y Malenkov (...)
decidían de un plumazo la suerte de muchos hombres. (...) También ha quedado
probado con documentos que Kaganóvich, sin esperar el fin de los debates
judiciales acerca de muchos asuntos, redactaba por si mismo los proyectos de
sentencia introduciendo en ellos arbitrariamente los cambios que consideraba
necesarios. (...) Estos hombres (...) deben estar perseguidos por sus
pesadillas, deben oír los sollozos y las maldiciones de las madres, las mujeres
y los hijos de los camaradas inocentes que fueron ejecutados». [1]
Spiridonov, secretario del partido en Leningrado, afirma: «Durante cuatro años
una ola incesante de medidas represivas cayó sobre unos hombres honrados que no
habían cometido falta alguna. En numerosas ocasiones ser destinado a un cargo
de responsable equivalía a dar un paso hacia el abismo. Muchos fueron
exterminados sin juicio ni investigación. previa, en base a unas acusaciones
fabricadas sobre la marcha. De la represión eran víctimas no solamente los
propios trabajadores, sino también sus familias incluso los niños absolutamente
inocentes, cuya vida por ello quedaba afectada desde el principio» [2].
La vieja militante Lazurkina, miembro del partido desde 1902 explica: «El daño
enorme causado por Stalin no se debía solamente al hecho de que muchos de
nuestros mejores elementos hubiesen perecido, a que imperase la arbitrariedad o
a que los inocentes fueran encarcelados (...) El miedo cundía. Nos calumniábamos
unos a otros, no teníamos confianza, llegábamos incluso a calumniarnos nosotros
mismos. Nos pegaban para obligarnos a calumniar. Nos presentaban listas, nos
obligaban a firmarlas, nos prometían soltarnos, nos amenazaban: Si no firmáis
os mataremos» [3]. Por último
Chvernik, su compañero de armas, cita respecto a Malenkov, Kaganóvich y Mólotov
una serie de hechos concretos que ratifican las acusaciones emitidas por la
oposición de izquierda: «Cada desplazamiento de Malenkov provoca la detención
de los secretarios de los comités regionales del partido y de un gran número de
dirigentes. (...) Kaganóvich, conseguía mediante el chantaje y la provocación
la detención de muchos militantes. Tras su nombramiento como Comisario del
Pueblo para las vías de comunicación, se inició una ola de detenciones masivas
en los transportes ferroviarios. Sin ningún motivo consistente fueron detenidos
los suplentes de Kaganóvich, casi todos los jefes de línea, los jefes de las
secciones políticas y otros dirigentes de los transportes. En la actualidad han
sido rehabilitados, muchos de ellos a titulo póstumo. (...) Bajo la égida de
Mólotov se introdujo el método ilegal de condena por listas (...). Él
personalmente era el que disponía de la suerte de las personas detenidas» [4].
Margarete Buber –Neúmann [5]‑ que más adelante será detenida por la GPU y deportada a Siberia antes de ser entregada a la Gestapo y deportada de nuevo, esta vez a Neuengamme ‑ nos refiere el chiste que hacía furor en Moscú en 1938 cuando la guerra de España estaba entrando en una fase crítica: « ¡Han cogido Teruel! ‑¿Y a su mujer también?» Ni la amplitud real de la depuración, ni el número de detenciones y ejecuciones han sido nunca revelados oficialmente. Alejandro Weissberg habla de siete millones de personas detenidas, Dalin y Nicolaievsky opinan que entre siete y doce millones de rusos fueron condenados a trabajos forzados. Estas evaluaciones, a pesar de su imposible verificación, no parecen totalmente inverosímiles: en todo caso, los sucesores de Stalin han tomado infinitas precauciones para escamotear el número exacto de detenciones arbitrarias que ellos mismos estaban denunciando. Sobre este total ¿cuántos fueron ejecutados? En el XX Congreso, Jruschov cita 7.679 rehabilitaciones, la mayoría a titulo póstumo, atribuyendo a Beria la responsabilidad de varias decenas de miles de ejecuciones, también afirma que Stalin dio su conformidad a 383 listas de personas que iban a ser ejecutadas sin juicio por la NKVD incluyendo éstas «varios miles de nombres». Pijade, dirigente yugoslavo, ha evaluado en tres millones el número de víctimas. Las intervenciones de Clívernik, Chelepin, Spiridonov y otros en el XXII Congreso, sugieren que las cifras reales fueron muy elevadas; al parecer no fueron millares sino centenares de miles: ciertamente fue un auténtico baño de sangre. ¿Se levantará algún día el velo, como consecuencia, por ejemplo de la realización del proyecto de monumento a la memoria de las víctimas de Stalin del que tanto se habló tras el XXII Congreso? En cualquier caso, resulta curiosa la abundancia de precauciones con las que, todavía en la actualidad, suelen rodearse las rehabilitaciones, y asimismo la discreción con la que se va levantando la discriminación que, desde hace más de 25 años, pesa sobre las familias y sobre todo sobre los hijos de las víctimas.
La exterminación de los
bolcheviques
Si bien las,
verdaderas dimensiones de las «purgas» permanecen aun en el terreno de las
meras hipótesis, no sucede lo mismo con su significación. La gran purga se abatió
muy concretamente sobre la Vieja Guardia bolchevique, los supervivientes del
partido de Lenin, sobre aquellos que reaparecen hoy unos tras otros en los
apéndices biográficos que acompañan a las obra de Lenin con la mención: «Cayó
víctima de las calumnias de los enemigos».
El establecimiento
de una lista completa de los militantes y dirigentes bolcheviques, de los
cuadros de la revolución y el Estado soviético en tiempos de Lenin, que fueron
ejecutados durante el gran terror constituye en la actualidad una empresa
irrealizable. Sin embargo, se impone la necesidad de una simple enumeración que
resulta ya terriblemente significativa. Los más conocidos entre los viejos
bolcheviques, Zinóviev, Kámenev y Bujarin, han desaparecido, fueron ejecutados
tras sus respectivos procesos: junto con Stalin y Trotsky eran los
supervivientes del Politburó de los tiempos de Lenin. También hemos visto que
los otros condenados de los grandes procesos se contaban entre los más
representativos de la Vieja Guardia: Bakáiev dirigía la Cheka, Rakovsky, Iván
Smirnov, Serebriakov y Piatakov eran miembros del Comité Central durante la
guerra civil: salvo Stalin y Trotsky todos los hombres citados en el testamento
de Lenin fueron ejecutados por traición. Respecto a los hombres que desaparecieron
en la cárcel, a los que fueron juzgados a «puerta cerrada» y a los que fueron
eliminados sin proceso, nos limitaremos a enumerar los nombres de los
principales bolcheviques citados en este trabajo: los ex trotskistas como
Smilgá, Preobrazhensky, Beloborodov, Saprónov, Y. Kossior, V. Ivanov,
Sosnovsky, Kotziubinsky: los ex zinovievistas como Kayúrov, Safárov, Vardin,
Zalutsky, Kuklin, Vuyovich; los veteranos de la oposición obrera como
Shliapnikov y Medvédiev; los antiguos «derechistas» como Uglanov, Riutin,
Slepkov, Schmidt, Maretsky, Eichenwald; los diferentes oposicionistas Riazánov,
Miliutin, Lómov, Krilenko, Teodorovich, Syrtsov, Lominadze, Chatskin, Tchaplin,
los hombres que, desde un principio habían sido «compañeros de armas.» de
Stalin como S. Kossior, Rudzutak, Postishev, Chubar, Eíje, Solz, Garnarník,
Unschlichit, Mezhlauk, Gúsev; los supervivientes de la época prebolchevique
Steklov y Nevsky, éste último antiguo presidente de la Sociedad de Viejos‑bolcheviques.
Con ellos desaparecen también sus familiares: el segundo hijo de Trotsky,
Sergio Sedov, a pesar de su apoliticismo, sus dos yernos, veteranos ambos de la
guerra civil, Man Nevelson y Platón Volkov, su primera mujer Alejandra
Bronstein, las mujeres de Kámenev y Tujachevsky, sus hermanas, la hija de
Bujarin, la esposa de Solnzev, la mujer y el hijo de Yoffe.
Los militantes
desaparecen por ramas enteras. Así, de una sola vez todos los comunistas rusos,
técnicos o diplomáticos que desempeñaron cualquier tipo de función en España:
Antónov‑Ovseienko, Rosenberg, el general Berzin, Stachevsky, al igual que
Mijail Koltsov, el enviado especial de Pravda.
La represión afecta a casi todos los comunistas extranjeros refugiados en
Moscú. De esta forma desaparecen los alemanes Heinz Neumann, Remmele, Fritz
Heckert, veterano espartarquista, el especialista en cuestiones militares
Kiepenberger y otros menos conocidos; lo mismo ocurre prácticamente en su
totalidad con la Vieja Guardia del partido comunista polaco, Warski, el amigo
de Rosa Luxemburgo, Wera Kostrzewa, citada anteriormente, Lensky y Brouski,
combatientes de la Revolución rusa; todos los húngaros cuya lista se incluye
hoy al final de la reedición de las obras de Bela Kun y, sobre todo, el propio
Bela Kun.
En su alocución
ante el Comité Central de la Liga Comunista de Yugoslavia, el día 19 de abril
de 1959, Tito habla de «más de cien auténticos comunistas (...) que hallaron la
muerte en las cárceles y en campos de concentración de Stalin»: el propio Tito,
único superviviente o casi, de una purga que le permitió tomar la sucesión de
Gorkitch, ejecutado sin juicio, a la cabeza del partido comunista yugoslavo,
tiene buen cuidado en dosificar cuidadosamente sus rehabilitaciones,
silenciando incluso el nombre de Voya Vuyovich en su enumeración de los
militantes ejecutados.
Un análisis por
sectores del origen político de las víctimas de las purgas, revela claramente,
no sólo el hecho de que todos los mandos de origen revolucionario fueron
exterminados, sino también el de que la mayoría de los no‑bolcheviques
que se uncieron al carro del vencedor, no sólo, se salvaron,sino, que. Se
beneficiaron de la gigantesca operación de, exterminio. Si nos fijamos en los
economistas. por ejemplo, podemos observar que Bujarin, Smilgá, Preobrazhensky
y Bazarov fueron eliminados, sin embargo, el antiguo menchevique Strumilin,
colaborador del gobierno zarista durante la guerra, se convierte en el teórico
oficial. Los diplomáticos de origen revolucionario como Krestinsky, Yuréniev,
Karaján, Antónov‑Ovseienko y Kotziubinsky, son pasados por las armas,
mientras que los ex mencheviques Maisky, Troyanovsky y el antiguo demócrata
burgués Potemkin, afiliados todos ellos de última hora, sobreviven y escalan
puestos en la jerarquía. Todos los chekistas del primer momento, como los
famosos letones Peters, Latsis y Peterson, los primeros colaboradores de
Dzherzhinsky, Agranov, Pauker, Kedrov, Messing y Trilísser, son eliminados tras
el advenimiento de Yezhov, mientras Zakovsky, afiliado después de la guerra
civil, se salva y pasa a dirigir los interrogatorios. Sosnovsky, la conciencia
de la Pravda revolucionaria, es eliminado mientras Zaslawsky, uno de los
que acusaba a Lenin de ser un «agente alemán», pasa a dirigir la crónica de
tribunales del órgano oficial, injuriando desde ella a sus adversarios de
siempre, como en ese mismo momento está haciéndolo Andrei Vishinsky, cuya
carrera transcurre paralelamente a la suya. Análogamente, en el Ejercito Rojo,
muchos de cuyos jefes, bolcheviques veteranos y oposicionistas como Murálov y Mrachkovsky
se habían encontrado entre las primeras víctimas, la mayor parte de los
desaparecidos son viejos militantes: Muklevich, bolchevique desde 1906,
Dybenko, desde 1910, Primakov y Putna desde 1914, Eideman, Kork y Yakir desde
.1917 y Tujachevsky, desde su vuelta a Rusia en 1918. Los supervivientes, con
excepción del pequeño grupo de Tsaritsin, los hombres como Voroshilov, Budiony
y Timoshenko, que siempre han sido aliados de Stalin, son antiguos oficiales
zaristas, como Shaposhnikov ‑que no se afilió al partido hasta 1929- o
Gorvorov que no lo hará hasta 1942.
El cotejo de las
listas de ejecutados con la de miembros de los órganos dirigentes resulta
igualmente instructivo: una cifra superior a la mayoría absoluta de los
miembros del. Comité Central de 1917 a 1923, los tres secretarios del partido
entre 1919 y 1921, la mayoría del Politburó entre 1919 y 1924 han sido
eliminados. Entre 1924 y 1934 nos vemos obligados a interrumpir la comparación
por falta de datos. En cualquier caso, de los 139 titulares o suplentes que el
Congreso de l934 eligió para formar parte del Comité Central, por lo menos diez
se encontraban ya en prisión durante la primavera de 1937, otros 98 fueron
detenidos y ejecutados durante el bienio de 1937‑1938, 90 de ellos entre
el segundo y tercer proceso de Moscú. Sólo 22 miembros, es decir, menos de la
sexta parte, volverán a encontrarse en el Comité Central designado en 1939: la
inmensa mayoría de los ausentes, ya han sido ejecutados por estas fechas.
Tales hechos han
infligido al partido un choque terrible que, a su vez, ha provocado una honda
transformación: el número total de expulsados puede cifrarse en unos 850.000
los que equivale a un 36 por 100 de los efectivos anteriores. Esta vez el
aparato también ha sufrido intensamente la represión. Brzezinsky ha estudiado
de cerca los nombramientos de los nuevos responsables reveladores del profundo
alcance de la depuración. Considera que de los 100.000 a 150.000 cuadros
subalternos ‑a los que Stalin llamaba los «suboficiales»‑ entre un
50 por 100 y un 65 por 100 fueron sustituidos en 1937 y entre un 30 por 100 y
un 40 por 100 en 1938, lo que equivale a un porcentaje que oscila entre el 70
por 100 y el 75 por 100 para ambos años. Los «oficiales» ‑entre 30.000 y
40.0000 según Stalin‑ secretarios de las ciudades-distrito y jefes de
sección de los comités de distrito son renovados aproximadamente en un 80 por
100. En cuanto al «alto mando» ‑3.000 o 4.000 responsables nacionales o
regionales‑, se puede decir que es el sector más afectado como lo demuestra
la masacre de la mayoría de los miembros del Comité Central y la desaparición
entre 1937 y 1938 de todos los secretarios regionales menos dos. El examen de
la carrera de los depurados demuestra una vez más que la generación
revolucionaria ha sido la más diezmada. De los 55 miembros titulares del Comité
Central eliminados entre 1936 y 1939, Brzezinsky señala que 47 eran viejos
bolcheviques auténticos, ingresados en el partido antes de 1917, los otros
siete se habían adherido antes de 1920 y sólo uno con posterioridad a la guerra
civil. El mismo fenómeno aparece al comparar la veteranía en el partido de los
delegados del XVII Congreso en 1938. En el XVII Congreso, un 2,6 por 100 de los
delegados eran miembros de afiliación posterior a 1929; sin embargo, en el
XVIII Congreso, estos mismos integran el 43 por 100; un 75 por 100 de los
delegados de 1934 eran veteranos de la guerra civil: en 1939 estos últimos sólo
ascendían al 8,1 por 100 de los asistentes. Sobre un total de 1.966 delegados
en 1934 ‑un 60 por 100 de los cuales era de origen obrero‑ 1.108
fueron detenidos entre ambos congresos por «crímenes contrarrevolucionarios» [6].
Tras la muerte de
Stalin, Jruschov, para explicar la «gran purga», aludiría a la personalidad del
Secretario General, a su «manía persecutoria», a su carácter que cada vez era
mas «caprichoso, irritable y brutal», y a la influencia de Beria, que utilizaba
estas «debilidades» y le impulsaba a «sostener con todos los métodos posibles
la glorificación de su propia persona». Veinte años antes, Trotsky había
escrito acerca de él un análisis más satisfactorio que esta
explicación psicológica: «Los medios dirigentes eliminan a todo aquel que les
recuerde el pasado revolucionario, los principios del socialismo, la libertad,
la igualdad, la fraternidad, las tareas pendientes de la revolución mundial. La
ferocidad de la represión da buena prueba del odio que la casta privilegiada
siente por los revolucionarios. En este sentido, la depuración aumenta la
homogeneidad de las esferas dirigentes y efectivamente parece robustecer el
poder de Stalin» [7]. En efecto,
los cuadros que vienen a sustituir a los veteranos bolcheviques han sido
formados dentro del molde uniforme del partido estaliniano.
Una nueva promoción
Un informe dirigido
al XVIII Congreso revela que, en 1938, el 31 por 100 de los miembros de los
comités locales, el 41 por 100 de los miembros de los comités de distrito y el
60 por 1.00 de los miembros de los comités regionales son elegidos por primera
vez. De un total de 333 secretarios del partido de las Repúblicas y de las
regiones, el 80,5 por 100 han entrado en el partido tras la muerte de Lenin, un
91 por 100 cuenta menos de cuarenta años y no ha participado ni en la
Revolución de Octubre ni en la guerra civil como militantes comunistas. De los
10.902 secretarios de los comités de distrito y locales, el 92. por 100 tiene
menos de cuarenta años, un 93,5 por 100 de ellos ha entrado en el partido
después de 1924. Stalin declara con satisfacción que durante los tres años que
duró la purga, 500.000 «Jóvenes bolcheviques» han ascendido a cargos de
responsabilidad [8]. De hecho, el partido ha experimentado una completa renovación con esta efusión
de sangre seguida de transfusión. La generación revolucionaria ha sido
exterminada.
La nueva generación
es completamente diferente. Ya sabemos que la adhesión al partido no tenía el
mismo sentido en 1924 que en las fechas anteriores e inmediatamente posteriores
a 1917. En el XVIII Congreso, el nuevo jefe de la administración política del
ejército, León Mejlis, antiguo secretario de Stalin, canta la victoria del
arribismo y servilismo de la nueva promoción de cuadros, revela con tranquilo
cinismo el llamamiento del régimen a los más egoístas instintos de ascenso
individual y, de paso, celebra la derrota de su predecesor Gamarnik y su
«pandilla» de comisarios de la época de la guerra civil: «Para los cargos más
importantes ellos nombraron a una serie de enemigos del pueblo, incompetentes,
degenerados hasta la médula, que habían vendido hasta su alma a los agentes
extranjeros. Ellos oprimían a los mejores
comisarios y trabajadores políticos, a las personas capacitadas y hábiles
que permanecían leales al partido de Lenin y Stalin, manteniéndolos en los estratos inferiores en cargos relativamente poco
importantes. Ahora, bajo la dirección . del Comité Central del partido y de
los camaradas Stalin y Voroshilov, han sido nombrados millares de
maravillosos bolcheviques, discípulos del leninismo‑stalinismo. ( ... ) Para
ellos constituye un acto de amor divulgar entre las masas las palabras de Lenin
y Stalin» [9].
De hecho, el aparato del partido rebosa de plazas libres, lo mismo
ocurre con el de los soviets, la administración económica, el ejército y la
NKVD. Prácticamente todos los diplomáticos rusos destinados en el extranjero
han sido depurados. Entre 1937 y 1938, siete vicecomisarios de defensa, tres
mariscales, 13 de los 15 jefes del ejército, 30 de los 58 comandantes de cuerpo, 110 de los
195 generales de división, y 15 ó 20.000 oficiales son destituidos y detenidos [10].
En el XVIII Congreso, Kaganóvich afirma que «los años 1936 y 1937 presenciaron
grandes renovaciones entre los cuadros dirigentes de las industrias pesadas,
particularmente en las de carburante, y en los ferrocarriles » [11].
Muchos recién llegados fueron ocupando los puestos vacantes: de los 70.000
especialistas empleados bajo el control
del Comisario del Pueblo para la industria de carburante, 54.000 habían
terminado sus estudios después de 1929. Son «cuadros que se pliegan a todas las
directrices del partido, del Comité Central del poder soviético y a todas las
consignas del camarada Stalin» [12].
Para comprender lo que representaban los
recién incorporados y su estado de ánimo, es preciso referirse a las
condiciones de la depuración tal y como ésta fue presentada por la prensa
durante la campaña de «vigilancia» que la precedió, la explicó y la
desencadenó, y de la cual los archivos de Smolensk, nos ofrecen una imagen
precisa. Las reuniones se desarrollan en medio de un fuego cruzado de denuncias
recíprocas, la NKVD se ve completamente desbordada. Las razones para denunciar
son el arreglo de cuentas, el deseo de que determinado cargo quede vacante para
ocuparlo, el de hacer méritos para poder ascender y para no ser acusado de
tibieza o de liberalismo en la lucha contra los saboteadores, los terroristas y
los espías. La histeria delatora llegará a un grado tal que una resolución del
Comité Central, publicada en Pravda el 19 de enero de 1938, citará como
ejemplo al secretario regional de Kiev ‑depurado ya‑ que sospechaba
de todo comunista que no hubiera denunciado a nadie.
En tal atmósfera
los hombres que «suben» pertenecen al una categoría diferente a la de los
burócratas de la primera época estaliniana que eran rígidos y brutales pero
entroncados con el «pueblo». Un universitario anglosajón, resumiendo sobre este
punto las observaciones de las «personas desplazadas», dice que el nuevo
administrador soviético es «el fanático intrigante y frío, maestro en el arte
de la dialéctica que se suele impartir en la academia del comunismo, un
“perfecto gentleman” que se limita a imitar lo que antaño había sido auténtica
inspiración revolucionaria». [13].
Los técnicos y especialistas se reclutan entre los sectores más instruidos. En
1940, un 50,4 por 100 de ellos pertenecen a familias que, antes de 1917 no eran
obreros ni campesinas. Una proporción superior al 70 por 100 de los nuevos
reclutas del partido. después de 1938, pertenecen a la nueva inteliguentsia: en lo sucesivo tendrán
cada vez mayor peso especifico entre los cuadros. En 1934, el 21 por 100 de los
delegados del Congreso habla cursado estudios superiores o secundarios, las
respectivas proporciones en la totalidad del partido eran de un 4,4 por 100 y
un 15,7. Más del 54 por 100 de los delegados del XVIII Congreso, han cursado
estudios superiores o secundarios y de la carencia de datos estadísticos acerca
de la composición social del Congreso de 1939, puede deducirse que, la
proporción de obreros y campesinos vinculados con la producción, referida al
total de delegados siguió decreciendo [14].
Este aflujo de sangre fresca al aparato no modifica en absoluto su
naturaleza ni la composición del núcleo dirigente, compuesto por los hombres
más cercanos a Stalin, que son los que manejan los mandos. Este grupo de
supervivientes de las purgas, a cuyo respecto Merle Fainsod sugiere «que tal
vez no sería fantástico suponer» que coincide con el de los «verdugos‑jefes»
[15],
es el resultado de una larga selección. Tras las sucesivas desapariciones de
Kírov, Kuíbyshev y Ordzhonikidze, todavía quedan los componentes de la vieja
generación estaliniana, los hombres de los primeros tiempos, los leales de la
lucha contra la oposición: Mólotov, Kaganóvich, Kalinin, Mikoyán, Andreiev y
Chvernik. Tras los grandes procesos y la depuración en masa, a ellos se unen,
en la cumbre del aparato, los líderes de una nueva generación, unos hombres
cuya ascensión se ha iniciado, como mucho, durante la lucha contra la oposición
de 1923, son estos Zhdánov, Beria, Malenkov, Jruschov, Bulganin, Mejlis y Voznesensky;
se encuentran en el secretariado del Comité Central o en el Consejo de
Comisarios del Pueblo, en el Politburó o en el Buró de Organización: su carrera
es un fiel exponente del
control ejercido por los permanentes sobre los diferentes sectores de la vida
del país.
Beria, nacido en
1899, ingresó en el partido en 1917. En 1921 era chekista , trabajó en la GPU
hasta 1931 y en esta fecha ascendió al cargo de Secretario regional. Cuando
Yezhov, sacrificado al odio general, desaparece en 1938 ‑se rumorea que
en un manicomio‑, pasa a sustituirle en la jefatura de la NKVD y se
convierte en miembro suplente del Politburó, Bulganin se adhirió en 1917,
cuando contaba 22 años, también fue chekista. Más tarde desarrolló su carrera
de administrador industrial entre 1922 y 1938, y pasó entonces a ostentar la
jefatura de la Banca del Estado ocupando el lugar de un viejo bolchevique
fusilado. En 1939 forma parte del Comité Central y del Consejo de Comisarios.
Zhdánov ha hecho toda su carrera dentro del aparato del partido: en 1939, es ya
miembro del Politburó, del Buró de Organización y sigue ocupando la secretaria
en Leningrado donde había tomado la sucesión de Kírov. Jruschov ingresó en el
partido a los veintidós años, en 1918. Como estudiante de la universidad obrera
de Jarkov se distinguió en la lucha contra la posición de 1923; en el aparato
fue, al parecer, un protegido de Kaganóvich. Tras su nombramiento para el
puesto clave de primer secretario de Moscú en vísperas de los grandes procesos,
fue trasladado como primer secretario a Ucrania, en enero de 1938, cuando
Kossior fue destituido; en aquel momento se estaba operando la liquidación de
todos los cuadros ucranianos del partido y de las juventudes. Malenkov no ocupó
el primer plano hasta 1934, detrás de él se extendía ya una carrera bien
aprovechada que se había desarrollado en su totalidad dentro del aparato. Como
miembro del secretariado personal de Stalin, habla sido uno de los responsables
de la Sección de Organización e Instrucción y, a partir de 1934, había ascendido
a la jefatura de la Dirección de Cuadros perteneciente al secretariado del
Comité Central. En 1939, ya es secretario del Comité Central y miembro del Buró
de Organización: al parecer compartió con Yezhov, desde la sombra, la
organización de la represión contra los viejos bolcheviques. Mejlis es también
un antiguo secretario de Stalin: es miembro del Buró de Organización y jefe de
los servicios políticos del ejército. Voznesensky se afilió al partido a los
dieciséis años, en 1922. Primero fue apparatchik y más adelante técnico
de la industria, también fue profesor primero y director en 1931 del Instituto
de profesores rojos. Más adelante fue presidente de la comisión del Plan en
Leningrado, cargo muy vinculado con Zhdánov, por último, en 19391 fue nombrado
Comisario del Pueblo y presidente del Gosplan.
No obstante ninguno de estos hombres todopoderosos parece ser algo más que un simple engranaje del
aparato, una criatura sumisa y dedicada por entero a la persona que ha presidido su carrera, que le protege y le
amenaza, a un deus ex machina al que
todos ellos sirven y temen: el «jefe genial»
los ha hecho, pero también puede destruirlos. Postishev también era uno de
ellos y, según Jruschov, pagó con su
vida una réplica insolente y un intento de oposición [16].
Otros dos más, por estas fechas ‑si nos atenemos a lo que Bulganin aludió y Jruschov relató‑
admiten en una con versación privada
no saber, cuando van a ver a Stalin, si al salir volverán a su casa o serán
encarcelados [17]. El temor que inspiran no es pues sino un reflejo del
que ellos mismos experimentan. Desde la cumbre hasta la base de la pirámide burocrática fluye una cascada de miedo y odio.
De la base a la cumbre asciende una oleada de adulación, de alabanzas y de ruegos: «Stalin nuestra esperanza, Stalin
nuestra espera, Stalin diácono de la humanidad progresista, Stalin nuestra bandera, Stalin nuestra voluntad, Stalin
nuestra victoria»; Stalin, tras la
condena de Piatakov, nombra primer secretario de Moscú a Nikita Jruschov, que
fustiga despiadadamente a los «infames
abortos» y a las «manos asesinas» [18].
Transcurridos casi veinte años, convertido en omnipotente primer secretario, el mismo hombre habrá de confesar
públicamente que tanto él como sus compañeros temían por su vida si, para su desgracia, Stalin opinaba que su
«mirada era huidiza» [19].
En comparación con los hombres de hierro
que habían constituido la pequeña falange revolucionaria en vida de
Lenin y habida cuenta de su poder y de su autoridad de administradores incontrolados,
los lugartenientes de Stalin parecen, en muchos aspectos, hombres
insignificantes y pusilánimes. No obstante esta es posiblemente la razón de que
conservaran su vida y su poder y de que siguieran cantando a voz en grito las
alabanzas de aquel que podía disponer de sus existencias a su capricho. Tras su
muerte todos ellos contribuirían a la demolición de su imagen.
La burocracia
Tal era la
contradicción en la que vivía inmersa Rusia desde hacía quince años. Por una parte,
sus estructuras económicas eran las más progresivas del mundo, las más aptas al
desarrollo de las fuerzas productivas, al progreso de la ciencia y la técnica y
de la cultura en general, sólo con su ayuda pudo convertirse un país primitivo
en una nación moderna. Pero por otra parte, el atraso de la economía y de la
sociedad en 1917 y el aislamiento de la revolución, acabaron con las formas
políticas progresivas encarnadas en los soviets, engendrando, con el ascenso de
la burocracia y del aparato de un partido monolítico y centralizado, la
estructura política más retrógrada que imaginarse pueda, primer obstáculo y
verdadera causa del «sabotaje» contra el que claman incesantemente los
dirigentes y reflejo harto elocuente del callejón sin salida que conduce la
pretensión de dirigir desde arriba una
economía moderna, sin la menor participación autónoma de las masas
comprometidas en la producción. El artículo 126 de la «estaliniana»
Constitución de 1936 reconoce explícitamente el papel «constitucional» que desempeña
el partido único. y declara: «Los ciudadanos más conscientes y activos de la
clase obrera y de los otros sectores productivos se unen en el partido
comunista de la U.R.S.S., vanguardia de los trabajadores en su lucha por el
robustecimiento y desarrollo del régimen socialista y representante del núcleo
dirigente de todas las organizaciones de trabajadores sociales o estatales.»
Ahora bien, en 1939
y durante los años siguientes, se agudiza al máximo. el hecho de que el partido
no tiene más significación que la que le confiere su aparato, cerebro y columna
vertebral, núcleo dirigente formado por «trabajadores responsables». En 1934,
una vez más, Kaganóvich le había recordado al XVII Congreso la obligación en
que se encontraban los miembros del partido de recibir una formación política,
para conocer su propio programa y su constitución. Los estatutos del partido
son revisados en 1939 y dividen a sus miembros en dos categorías, los que
«aceptan» y los que «conocen» el programa del partido, los dirigidos y los
dirigentes, es decir aquellos a los que Stalin llama los «sectores dirigentes
del partido» y que, en esta época, ascienden a 133.000 permanentes
aproximadamente, es decir uno por cada diecisiete miembros, cuando, según
Mólotov, esta misma proporción en 1925 era de uno por cuarenta. Estos
permanentes del aparato central constituyen la base de poco menos de la mitad
de los miembros del Comité Central, otro tercio está integrado por dirigentes
del partido o del Gobierno de las Repúblicas y una quinta parte por los mandos
superiores del ejército y la policía. El sistema de nomenklatura a da a
cada responsable, tanto a los de radio como a los regionales, un derecho de
nombramiento que, en total, cubre varios millares de puestos. Más que nunca, el
secretariado dispone de una autoridad exclusiva sobre los nombramientos
referentes a los puestos clave; la circular de marzo de 1937 acerca de la
libertad de discusión de las candidaturas y del restablecimiento del voto
secreto sólo tuvo, en pleno baño de sangre, unas irrisorias y efímeras
consecuencias, puesto que fue abolida en marzo de 1938.
Durante el XVIII
Congreso, Stalin declara: «En la actualidad nuestra tarea es concentrar el
trabajo de selección de los cuadros desde arriba, en manos de un organismo
único» [20].
Este proyecto fue realizado con la creación del directorio de cuadros,
encargado de la selección, traslado y ascenso de los cuadros en todas las ramas
de la actividad y cuya dirección fue ocupada por Malenkov. A su lado, el
directorio de agitación y propaganda, el agit‑prop, confiado a
Zhdánov, controla todos los medios de información y cultura, la prensa, la
radio y las publicaciones, convirtiendo a su jefe en el supervisor de
científicos, filósofos, escritores y artistas. Aún quedan antiguos departamentos
como el de las escuelas, el de agricultura y el siempre discreto «departamento
especial» de Poskrebyshev. El Departamento de Organización e Instrucción, que
se ha vuelto a organizar, está encargado de la inspección y del control de
funcionamiento de las organizaciones locales.
Todos estos
organismos confieren al aparato una estructura de capas concéntricas. En torno
a Stalin se encuentran los catorce miembros del Politburó, más lejos los
setenta y un miembros del Comité Central, sobre todo, un numero que oscila
entre trescientos y quinientos funcionarios superiores del secretariado del
Comité Central, y más allá los trescientos treinta y tres secretarios de las
Repúblicas y de los territorios, así como su Estado Mayor, los 10.902
secretarios de las organizaciones inferiores; ellos son los mandos de la
pirámide que extiende su papel dirigente a todos los sectores de la vida del
país por medio de unos hombres a los que nombra, controla, dirige, recompensa o
castiga y que, a su vez, dirigen a la masa informe de los simples afiliados y
de los independientes.
En 1939, resulta
difícil evaluar las dimensiones de la capa social conocida como «burocracia»,
dado el carácter cada vez menos preciso de las estadísticas oficiales,
reveladoras empero de determinadas tendencias sociales precisamente por su
empeño en encubrirlas. Las indicaciones operativas deben buscarse sobre
todo en el apartado que los documentos oficiales denominan «nueva intelligentsia
soviética» desde 1934, fenómeno original e inédito en la Historia según los
teóricos del régimen. Los fundamentos de la división en categorías sociales son
explicados en contadas ocasiones, resultando por ejemplo imposible saber a qué
categoría pertenecen los innumerables inspectores de la productividad o
del plan, que naturalmente podrían incluirse, como empleados, o asalariados,
entre los trabajadores de la industria.
En 1939, Mólotov cifra la intelligentsia en unas 9.500.000 personas comprendiendo 1.750.000
directores y otros jefes de empresas, instituciones, departamentos fabriles,
sovjoses y koljoses. Los técnicos, ingenieros y otras profesiones, representan
1.060.000 individuos, cinco veces más que en 1926 en cuya fecha sólo eran
225.000 [21].
Este enorme incremento es consecuencia de la industrialización: resulta claramente
superior al de médicos, profesores y estudiantes. El fenómeno más sorprendente sin duda es el
crecimiento de la categoría denominada «otros grupos», integrada por los que no
son profesores, ni médicos, ni investigadores científicos, ni trabajadores culturales,
ni contables, ni jueces, ni estudiantes, es decir muy probablemente por los
diversos apparatchiki y
cuadros del ejército y de la policía que, durante el mismo período, pasaron de
375.000 a 1.550.000 individuos. Otros datos nos permiten perfilar el carácter
burocrático de esta intelligentsia: el
86 por 100 de los cuadros técnicos que han recibido educación secundaria son
empleados en el sector «servicios»: un 12 por 100 solamente en la industria y
un 2 por 100 en la agricultura. Entre los que poseen una instrucción
secundaria, el 81 por 100 se encuentra en los «servicios», el 18 por 100 en la
industria y el 1 por 100 en la agricultura [22].
La corriente que suscita la formación de una enorme capa de funcionarios y
técnicos empleados en los despachos, a expensa de su asignación al proceso
productivo, no parece interrumpirse a pesar de los esfuerzos oficiales. La
consigna «reducción de la máquina» resulta ineficaz. En el mes de agosto de
1940, una orden del Comité Central de lo Sindicatos revela que la fábrica de
automóviles de Moscú tiene 931 empleados retribuidos de los sindicatos y la de
Gorki, 648; solamente el sindicato de empleados en el Comisariado de Comercio
cuenta ya, en 1938, con 2.807 permanentes; tras una reorganización, los seis
sindicatos que lo sustituyen llegarán a tener 3.546. En 1940, el sindicato
cuenta con 742 funcionarios permanentes mientras que en 1938 sólo tenía 444 [23].
No menos
significativo resulta el hecho de que, a partir de 1938, se abran de par en par
las puertas del partido, sobre todo ante los representantes de esta nueva
burocracia, administrativa o económica, de una intelligentsia en la que se encuentran una mayoría de hombres cuya
familia pertenecía a la intelligentsia pre‑revolucionaria
y cuya formación individual se ha realizado bajo la férula estalinista. No se
da ninguna cifra para el conjunto de la U.R.S.S.; no obstante sabemos que, en
1941, en la provincia de Cheliabinsk, el partido admitió a 903 obreros, 399
koljosianos y 2.025 «empleados». Merle Fainsod comenta: «tras la eliminación de
los viejos bolcheviques durante la gran purga de 1936‑38, el partido se
repuso y robusteció mediante la admisión de cuadros más jóvenes, de burócratas,
ingenieros, directores de fábrica, presidentes de koljoses, capataces y
stajanovistas. Durante este proceso se dio un paso importante, al menos al
nivel de personal, para realizar la fusión del partido con la administración» [24].
El partido comunista de la U.R.S.S. ha dejado de ser un partido obrero para
convertirse en un partido de administradores y jefes. La importancia que se
confiere al reclutamiento de miembros de la nueva intelligentsia corre parejo con el abandono de toda acción que
tienda a aumentar la proporción de obreros; en consecuencia, el proletariado
suministra fundamentalmente al partido sus propios cuadros y su aristocracia de
jefes de taller, capataces y stajanovistas. Desde el principio de la década de
los 30, las estadísticas oficiales del partido dejan de indicar la verdadera
actividad profesional de sus miembros. No obstante, algunos datos de detalle
resultan reveladores: ya en 1934, sobre un total de 700.000 obreros empleados
en 85 empresas que se encontraban entre las mayores del país, sólo 94.000, es
decir un porcentaje inferior al 14 por 100, eran miembros del partido. En 1937
la organización del partido cuenta con 1.076 miembros sobre un total de 10.000
obreros empleados en una empresa metalúrgica de Leningrado; dado que 170 de
ellos habían cursado estudios superiores y 277 estudios secundarios,. puede
deducirse legítimamente que la proporción de miembros del partido entre los
obreros que trabajaban efectivamente en los talleres no sobrepasaba un
porcentaje del 6 al 7 por 100 [25].
La creciente diferenciación
Como ya hemos
dicho, las estadísticas resultan tan interesantes por lo que ocultan como por
lo que revelan. Esta es la razón de que hayamos tenido que esperar desde 1934
hasta 1957 para enterarnos de que el salario del secretario de una organización
de base del partido es de 1.400 rublos mensuales, lo que equivale aproximadamente
al doble del salario medio de un obrero fabril. Análogamente, las estadísticas
parecen eliminar una serie de categorías sociales cuya existencia e incremento
numérico resultan altamente significativos. Antes de 1917 se estimaba que
existían 1.500.000 criados en el imperio de los zares. Esta cantidad se reduce
prácticamente a cero durante los años posteriores a la revolución, pero pasa a
150.000 en 1923‑24 y a 339.000 en 1927. El primer plan quinquenal prevé
398.000 en 1928 y 406.000 en 1932. Llegado a este punto, los criados
desaparecen de las estadísticas, precisamente en el momento en que las
necesidades de la nueva oligarquía parecen haber multiplicado su número.
La gama de salarios
es enormemente amplia, no solamente entre la masa de trabajadores y el grupo de
burócratas sino también en el seno de dicho grupo. El fenómeno no es nuevo mas
tampoco deja de agudizarse ya que los mandos perciben mejoras adicionales en
forma de pensiones y primas, de derechos especiales de herencia, de exención del
tipo progresivo que les correspondería en el impuesto sobre la renta, de
indemnizaciones complementarias y de diferentes subvenciones. A todo esto se
añaden pagos en especie como el derecho a viviendas más espaciosas, acceso a
tiendas especiales, precios más bajos y mercancías de superior calidad, derecho
a transportes especiales, desde el autocar de los funcionarios hasta el coche
con chófer a disposición del «amo», todo esto sin contar el enorme, privilegio
que supone la utilización absolutamente prioritaria de las casas de reposo de
Crimea o el Cáucaso. Una evaluación de toda esta gama de prebendas destinada a
calcular los ingresos efectivos de un burócrata que ostentaba el cargo de
redactor‑jefe de un periódico húngaro, arrojó una cifra impresionante,
treinta y cinco veces superior al salario de un funcionario subalterno;
seguramente esta proporción es fiel exponente del grado de diferenciación
general.
Ciertamente sería
erróneo considerar que la mayoría de los burócratas disfrutan un nivel de vida
comparable al de un obrero especialista americano. No obstante su grupo social
se diferencia claramente de los demás. David Dallin escribe: «La distinción
entre el funcionario y el hombre “ordinario” ha llegado a un grado
inimaginable. El origen burgués e intelectual de algunos, el esnobismo de los
otros ‑advenedizos hijos de campesinos y obreros‑, el cansancio
resultante de varios años de privaciones y de un empobrecimiento impuesto al
que siguió, en la mitad del decenio de los 30, el consejo gubernamental de
«vivir alegremente»; todo eso ha provocado el desarrollo de unas formas
jerárquicas conocidas solamente en la sociedad feudal de la Edad Media. No
codearse con «el pueblo», tener ropa bonita y hermosos muebles, poseer un
fonógrafo y un aparato de radio, circular en los tranvías «suaves» dedicados
exclusivamente a los funcionarios, pasar las vacaciones en las “casas de
reposo” diferentes de los lugares frecuentados por los obreros. comer en
restaurantes reservados, (...) todo ello se suma para darles un claro
sentimiento de superioridad» [26].
La proliferación de grados y títulos responde al mismo furioso anhelo de
arribismo y consolidación de privilegios: existen más de doscientos en la
categoría de funcionarios civiles. Lo mismo ocurre con. las condecoraciones y
medallas: el régimen troquela a los hombres con su propia imagen. Los nuevos
notables constituyen una elite cuya ascensión se manifiesta forzosamente en una
serie de signos externos: el «éxito» personal es el principal estimulante de la
producción y de la disciplina, su búsqueda constituye el motor del progreso.
La reacción organizada
La literatura
soviética hace sólo unos años que ha empezado a dar ejemplos concretos de la
mentalidad burguesa que emana abiertamente de las filas de la burocracia. Dudintsev,
al que se critica por haber acentuado «Únicamente los aspectos negativos». no
ha dejado por ello de criticar la señorial arrogancia de los nuevos ricos: para
poder instalar a la mujer de un director en una habitación individual, se sacan
al pasillo las camas de diez enfermos. A partir de 1935, la reaparición de
tendencias típicamente burguesas tiene su reflejo en las leyes, sobre todo en
cuanto se refiere al fenómeno al que Klaus Mehnert. llama jocosamente la
«contrarrevolución familiar» [27].
El divorcio es obstaculizado por la fijación de tasas, 50 rublos si es el
primero, 150 para el segundo y 300 para el tercero. En el ambiente del partido
está mal visto. El aborto es puesto fuera de la ley en 1936 ‑estaba
autorizado desde 1917‑, castigándose con penas de prisión. Sin embargo,
tales sanciones suelen caer más a menudo sobre las mujeres de los trabajadores
que sobre las pertenecientes a las clases privilegiadas. En el nuevo culto a la
familia los dirigentes creen ver el restablecimiento de unas relaciones
sociales estables; los privilegiados lo consideran como un orden necesario sin
que su libertad personal, que se basa en una gran disponibilidad de medios, se
vea realmente afectada.
En 1940, el
restablecimiento de los derechos de matricula y de los costes de enseñanza a
partir del octavo año, es decir para toda la enseñanza superior y parte de la
secundaria, parece. tener idéntico significado: tal medida no afecta en
absoluto a las familias acomodadas pero aparta de los estudios a muchos niños
que pertenecen a sectores sociales más bajos. Klaus Mehnert escribe: «El pueblo
entendió estas medidas como un método de los nuevos sectores privilegiados para
reservar el acceso a la enseñanza superior a sus propios hijos» [28].
Tal medida muestra con claridad una cierta tendencia de la casta burocrática a
cerrarse sobre sí misma y a perpetuar su existencia, es decir a convertirse en
clase social.
Tras
el periodo de las «grandes purgas», la normativa laboral constituye un fiel
exponente de la reacción. En primer lugar, los sindicatos son depurados
concienzudamente. Según Moskatov, el secretario del Consejo Central pan‑ruso
de los sindicatos, la influencia de «los enemigos del socialismo y de la clase
obrera, los mencheviques y los traidores trotskistas y bujarinistas», había
conseguido «aislar de las masas a los organismos sindicales dirigentes», el 90
por 100 de los miembros de los Comités Centrales, el 55 por 100 de los
presidentes y el 85 por 100 de los
secretarios fueron elegidos por primera vez durante este año [29].
Como era de
esperar, los nuevos «dirigentes» no oponen ni la más pequeña resistencia a las
medidas introducidas hacia el fnal de la gran purga: el día 20 de diciembre de
1938, la carta de trabajo es declarada obligatoria; su expedición queda
asignada a la empresa y ésta la conserva durante todo el tiempo que el
trabajador pasa a su servicio [30].
El día 28 de diciembre una nueva serie de decretos contribuyen a erosionar lo
que aún queda del Código de Trabajo; la notificación previa de despido
voluntario debe llevarse a cabo no ya una semana antes sino un mes. Aún en el
caso de que se respete su decisión, el trabajador que ha rescindido su contrato
pierde todo derecho al seguro de enfermedad y a los permisos por maternidad
hasta tanto no pase otros seis meses consecutivos en un nuevo trabajo. Los
retrasos, las salidas prematuras y las distracciones en el trabajo deben
sancionarse obligatoriamente con una serie de medidas que van desde la
advertencia y la nota de censura hasta el traslado o despido. Cuatro sanciones
en dos meses acarrean el despido inmediato con expulsión de la vivienda y
pérdida de derecho a cualquier tipo de subvención [31].
Una circular del 8 de enero de 1939 puntualiza que cualquier retraso superior a
veinte minutos debe ser asimilado a una ausencia injustificada» [32].
Una información de Pravda fechada el 26 de enero en la que se anuncia la
condena a ocho meses de cárcel de un jefe de taller convicto de no haber
despedido ipso‑facto a unos obreros que habían incurrido en ausencia
injustificada, da buena prueba de la intención del legislador de aplicar la
nueva ordenación con todo rigor. La angustia del despido se convierte en una
amenaza permanente. Simultáneamente, la reorganización del sistema de seguridad
social intensifica la ofensiva contra la «fluidez de la mano de obra»: el
seguro de enfermedad de monto igual al salario sólo se concede a aquellos
obreros sindicados que lleven seis años en la misma empresa. Los que sólo
llevan tres, cuatro o cinco años tienen derecho al 80 por 100, los que llevan
dos o tres años perciben el 60 por 100 y cuando llevan menos de dos años sólo
tienen derecho al 50 por 100 de su salario [33].
Las disposiciones
del 26 de junio de 1940, «reclamadas» oficialmente por los sindicatos, llegarán
más lejos aún: la jornada de siete horas ‑con semana de seis días‑
que en realidad nunca había sido instaurada de hecho desde que se aplicó
“políticamente” en 1927, queda abolida, sustituyéndose por la jornada de ocho
horas durante siete días. Se prohíbe a los obreros y empleados que abandonen su
trabajo voluntariamente, castigándose la infracción con penas que oscilan entre
dos y cuatro meses de cárcel. La ausencia injustificada ‑cuyo amplio
sentido ya ha sido comentado‑, en lo sucesivo puede castigarse con seis
meses de «trabajo correctivo» en la empresa, más una multa por valor del 25 por
100 del salario [34] Un
reglamento, aprobado el 18 de enero de 1941, asimilará más adelante a la
ausencia injustificada la negativa a trabajar en día de fiesta y a hacer horas
extraordinarias, aunque éstas hayan sido solicitadas ilegalmente por la
dirección [35].
Incluso los
sindicatos depurados manifestarán su resistencia a la aceptación de tales
medidas. Pravda acusa a algunos de los responsables de haber intentado
proteger a los vagos: en consecuencia son destituidos, de un total de 203.821,
128.000 funcionarios sindicales. Al mismo tiempo, el día 2 de octubre de 1940,
una orden del Presidium del Soviet Supremo organiza la «formación profesional
obligatoria» para los jóvenes de catorce a diecisiete años, los de catorce y
quince, quedan sometidos a dos años de enseñanza profesional y los de dieciséis
y diecisiete años a seis meses de formación acelerada; además todos ellos deben
prestar cuatro años de trabajo asalariado bajo el control de una nueva dirección
general de Reservas de mano de obra del Estado. Sólo se eximen de la formación
profesional y de los cuatro años de servicio civil a aquellos que estén
cursando estudios de grado medio o superior, ciclos cuya gratuidad acaba de ser
suprimida [36].
Al comentar estas
medidas en la Pravda del 30 de octubre de 1940, el veterano Kalinin
escribe: «La lucha de clases adopta una nueva dirección. La lucha por la más
alta productividad laboral, tal es, en nuestros días, uno de los principales
frentes de la lucha de clases. » La joven clase obrera rusa ‑la mitad de
cuyos veinte millones de obreros fabriles, de los transportes y de la
construcción cuenta por entonces menos de treinta años‑ se ve aherrojada
con unos grilletes más terribles que los que ningún estado capitalista
construyó jamás; desde la infancia queda encerrada en una trampa, rodeada por
la amenaza continua de la detención y el encarcelamiento. Las actas de los
tribunales, mejor que cualquier análisis, nos sirven para reflejar una imagen
fiel de las nuevas relaciones sociales: en septiembre de 1940, el jefe del
departamento político del ferrocarril de Gorki, Yorobiev y su cómplice Romanov,
jefe del servicio de «pasajeros», son procesados bajo la acusación de haber
«tolerado» en dos meses 1.572 casos de violaciones de la disciplina y 145
«despidos voluntarios». Por añadidura, Vorobiev ha utilizado para su servicio
personal a una empleada de los ferrocarriles como cocinera y a un secretario
como ayuda de cámara. Al glosar este suceso, la Pravda del día 24 de
septiembre, revela asimismo que todas las autoridades políticas y
administrativas conocían la actividad de Vorobiev que era imitado al parecer
por sus subordinados. El acusado Romanov confiesa: «Me he comportado como un
cobarde ante Vorobiev. No quería buscarme complicaciones». Vorobiev es
condenado a dos años de cárcel, Romanov a un año de trabajos forzados ‑en
su mismo destino‑ y a una multa equivalente al 20 por 100 de su salario.
Ninguno de los responsables que conocían los actos reprochados a Vorobiev ni de
los subordinados que le imitaban fue castigado.
Los obreros
convictos de «pequeño hurto», como el de algunos trozos de azúcar, tortas o
candados, o bien de escándalo callejero, embriaguez en un autobús o de haber
pronunciado «palabras que no se pueden reproducir públicamente», son condenados
a un año de cárcel. El 27 de agosto, Izvestia refiere la condena a tres
años de cárcel de un obrero que había organizado un escándalo en una clínica
donde le era negado el certificado médico que solicitaba para evitar una
sanción por «ausencia injustificada». De hecho la lucha de clases parece
continuar enfrentando a los obreros con la burocracia: las leyes drásticas y
las repetidas proscripciones constituyen una prueba de ello.
El fin del «antifascismo»
A partir del 23 de agosto de 1939, se ha producido una nueva inflexión: Stalin ha firmado con la Alemania de Hitler el pacto de no‑agresión, conocido igualmente por el nombre de «Pacto Hitler‑Stalin», que. parece tocar a vísperas de la segunda guerra mundial. En realidad, su historia aún no ha sido escrita si se nos concede que ni las requisitorias ni las apologías tienen nada que ver con la historia. Seguramente un futuro historiador sabrá analizar la tensa partida de póquer que durante los dos años anteriores habían estado jugando el bloque franco‑inglés, el eje Roma‑Berlín y la U.R.S.S. El pacto de Munich indicaba sin lugar a dudas que las democracias occidentales estaban dispuestas a otorgar importantes concesiones, incluyéndose entre ellas la renuncia a sus anteriores compromisos diplomáticos, para evitar la conflagración a cualquier precio. La guerra de España había servido para demostrar cuál era el alcance real de su «antifascismo» y cómo ocupaba este lugar secundario respecto a sus sentimientos de clase. La diplomacia de Stalin siempre había buscado la alianza con Alemania, inclusive después de 1933, con la esperanza de mantener a la U.R.S.S. al margen de la guerra que se estaba fraguando. Al parecer, Stalin nunca llegó a renunciar por completo a estos esfuerzos, ni siquiera en la época de más sonoro antifascismo, durante el primer año de la guerra de España. A partir de 1937 abundan los indicios que parecen demostrar que Stalin piensa, en forma cada vez mas precisa, aproximarse a Hitler: como algunos han opinado, resultaría verosímil que las condenas de Rádek y Tujachevsky, estuvieran en realidad destinadas a borrar las huellas de unas negociaciones que habían sido emprendidas con su consentimiento. En el proceso de Bujarin, muchos acusados son presentados como agentes de Inglaterra mientras que otros en segundo término, aparecen como informadores de Alemania; según esta hipótesis, tal montaje había servido para conservar íntegras todas las oportunidades ante una alianza que todavía no ha sido concertada.
De todas formas en
esta ocasión, lo que afecta trascendentalmente a la historia del partido, es
que el pacto germano-soviético, un pacto de no‑agresión al que se añade
una partición de la Europa oriental en zonas de influencia, ha supuesto un
viraje radical en el campo de la propaganda y de la ideología ya que el partido
se ve obligado a arrojar por la borda, sin explicación alguna, todas las
afirmaciones del período anterior sobre la lucha por la paz, concebida como un statu
quo, y sobre la ofensiva contra el fascismo bajo todas las formas que este
pueda adoptar. Wolfgang Leonhard, estudiante de la Universidad de Moscú, ha
descrito con vivacidad el giro de 900 que experimentó la enseñanza en 1939 [37].
la victoria alcanzada en 1242 por Nevsky sobre los caballeros teutónicos en el
lago Peipus, deja de ser un acontecimiento fundamental en la historia rusa y no
merece ni una simple cita. Por el contrario, comienza a acentuarse de forma
especial la política exterior de Pedro el Grande, así como su apoyo a la constitución
del Estado Prusiano en 1701. Los periódicos «emigrados» alemanes y las novelas
de los antifascistas desaparecen como por ensalmo de la biblioteca de
literatura extranjera. A partir del 23 de agosto por la tarde, se retiran de
todos los cines y teatros las películas u obras antifascistas. La propia
palabra «fascistas» desaparece por completo de las columnas de la prensa que
días más tarde, analizará con un tono «objetivo» el estallido de la guerra
entre imperialistas el 1 de septiembre de 1939. La «alianza» llegará aún más
lejos: la NKVD ejecuta a la mayoría de los dirigentes comunistas alemanes
exiliados en la U.R.S.S., como Hugo Eberlein, delegado en el Congreso
fundacional de la Internacional, Hans Kiepenberger, antiguo responsable de la
organización militar, Pfeiffer, ex‑secretario del partido en Berlín,
Susskind, redactor‑jefe del diario de Chemnitz, Hermann Remmele, Heínz
Neumann y Fritz Heckert, veterano de la liga Spartacus. Un grupo de militantes
comunistas alemanes, entre los que se encuentra la viuda de Neumann, Margarete
Buber, que hasta aquel momento estaban encarcelados dentro de la U.R.S.S.,
fueron expulsados, es decir puestos por la NKVD en manos de la Gestapo, que los
envió a los campos de exterminio.
Idéntico desprecio por la opinión, destruida como consecuencia de la
purga, se manifiesta en la presentación que se hace de los acontecimientos de Finlandia. Este país, apoyado
discretamente por los occidentales, se niega a firmar el tratado de asistencia
mutua y las rectificaciones fronterizas que exige la U.R.S.S., envalentonada
por los acuerdos secretos firmados en Alemania. El día 29 de noviembre, el
ejército ruso pasa a la ofensiva: en cuanto cae la primera ciudad finlandesa,
se instaura con gran despliegue propagandístico un gobierno popular presidido por el veterano
comunista Kuusinen. Cuando, tras cuatro meses de violentos combates que
constituyen un ruidoso fracaso para el Ejército Rojo, se firma el 12 de marzo
de 1940 la paz con Finlandia, no se hace mención alguna del gobierno Kuusinen,
cuya disolución ha de anunciarse un tanto anecdóticamente algunos días más
tarde.
El robustecimiento
de la disciplina posterior a la represión ha sido sin lugar a dudas eficaz: en
la U.R.S.S. ya no se discuten las perspectivas mundiales ni la alianza con los
que ayer aún eran los enemigos del género humano ni el abandono en que se había
dejado al gobierno de la «república hermana» cuando ya se ha emprendido la
«sovietización» de los países bálticos. La nueva reglamentación laboral
suspende sobre la cabeza de todos los obreros la amenaza de la cárcel y de los
trabajos forzados: los acusados de delitos laborales se acumulan en un número
tal que el Presidium decide autorizar a los tribunales para que prescindan de
los asesores.
Este es el momento
que aprovecha en México un agente de la NKVD, infiltrado entre sus amigos, para
asesinar a Trotsky. A pesar de que ninguna prueba material ‑ni confesión
alguna‑ haya podido confirmar esta
interpretación, el crimen está firmado. Stalin no se ha resignado a exilar
a Trotsky en 1929 sino como un mal menor y porque no podía suprimirle como hizo
con Blumkin. En los grandes procesos su objetivo es Trotsky, no ya desde un
punto de vista moral y político, sino desde el muy concreto de intentar
conseguir su extradición. En 1931, había conseguido situar a dos de sus
agentes, los hermanos Sobolevicius, letones a los que se conocía por los
pseudónimos de Senin y Román Well, entre los propios dirigentes de la oposición
internacional. Estos dos hombres que fueron desenmascarados en 1932 y
expulsados de la oposición de izquierda, han de continuar en otros sectores su
actividad de agentes secretos: su detención definitiva tiene lugar en Estados
Unidos durante la posguerra y en la actualidad son más conocidos por sus
nombres americanos de Jack Soble y Robert Soblen. Stalin consigue sustituirlos
colocando al lado de León Sedov a otro de sus agentes, Mark Zborowski, nacido
en Polonia en 1908 y emigrado a Francia en 1928, que bajo el nombre de Etienne,
llegará a ser uno de los dirigentes de la IV Internacional fundada en 1938.
Gracias a su cooperación pudo organizarse el atentado contra los archivos de
Trotsky en París, el asesinato de Reiss y el del propio León Sedov en febrero
de 1938 [38]. Al
parecer, los agentes de Stalin pretendían eliminar al propio Trotsky cuando
asesinaron a sus secretarios Erwin Wolff y Rudolf Klement. Ya en México, un
primer atentado habla sido organizado por el pintor David Alfaro Siqueiros el
día 24 de mayo de 1940; Trotsky salió indemne de él, pero, unos días más tarde,
aparecería el cadáver de uno de sus guardias personales al que los autores
habían secuestrado, era éste el joven trotskista americano Robert Sheldon
Harte. Por último el día 20 de agosto de 1940, el hombre que se habla hecho
pasar por un simpatizante, con el hombre de Jackson, consigue destrozarle el
cráneo con un piolet en el momento en que se inclinaba para leer el manuscrito
que le tendía. Detenido y condenado, este hombre que nunca llegó a confesar su
verdadera identidad ‑al parecer se trata de un español, de nombre Ramón Mercader del Río‑ fue
liberado dieciocho años más tarde marchando inmediatamente a Praga lo cual
puede interpretarse como un reconocimiento tácito de sus vínculos políticos.
El día 24 de agosto
de 1940, la Pravda anuncia la muerte del «espía internacional y asesino
Trotsky». Así queda eliminado el hombre cuyo pensamiento y cuya acción
constituían el único vinculo viviente con el bolchevismo y con la generación
revolucionaria de 1917, el testigo y el luchador cuya desaparición había
supuesto tantos sacrificios para Stalin y sus lugartenientes, probando hasta
que punto estos le temían todavía a pesar de sus afirmaciones de victoria. Un
austriaco refugiado en Moscú le contó a Wolfgang Leonhard que los obreros de su
fábrica, al informarse simultáneamente de la muerte de Trotsky y de la
organización de una fiesta popular en el Palacio de la Cultura, habían opinado
que los dirigentes deseaban que se llevase a cabo este acto de público regocijo
[39].
Los recuerdos de la época revolucionaria y las ideas del bolchevismo de Octubre
todavía viven en la conciencia de algunas individualidades dispersas que han
optado por callarse o, como algunos jóvenes comunistas de Moscú «tomando en
serio las doctrinas de Marx y Lenin», por intentar organizar. una oposición
dada la hostilidad «al poder omnímodo de la NKVD» y a la «purga de los viejos
bolcheviques». De mano en mano circulan los textos que han escrito: «Oda
revolucionaria a la libertad» y los «Viajes de Gulliver al país en que las
paredes oyen» [40]. Estos
jóvenes piensan como Lenin en 1911: «A veces sucede que una chispa minúscula
puede permanecer latente durante años; entonces la pequeña burguesía la declara
inexistente, liquidada, muerta, etc. Pero en realidad subsiste, rechaza todo
espíritu de abandono y de renuncia, y termina por manifestarse de nuevo tras un
largo período» [41]. No
obstante, en 1940, puede decirse, como en el titulo de la novela de Víctor
Serge, que «Es medianoche en el siglo»: el exterminio de la generación
revolucionaria de 1917 se cierra con el asesinato de Trotsky. La agresión
alemana del 21 de junio de 1941, arroja a la segunda guerra mundial a
una Unión Soviética completamente estalinizada: los últimos supervivivientes de
la oposición serán prácticamente en su totalidad ejecutados en los campos o
utilizados en el frente en misiones suicidas.
[1] XXII Congreso, op. cit., págs. 291‑293
[2] Ibídem, pág. 358
[3] Ibídem, pág. 363
[4] Ibídem, pág. 431-432
[5] Margarete Buber‑Neumann, Déportée en Sibérie.
[6] Brzezinski, La purge permanente. págs. 99‑104
[7] Trotsky, Les crimen de Staline, pág. 374
[8] The land of socialism to day and to morrow, págs. 207‑212.
[9] Citado por Brzezinski, op. cit., pág. 205.
[10] Ibídem, pág. 105
[11] Ibídem, págs 90-91
[12] Ibídem, pág.
91
[13] Dicks, Human Relations, pág. 131
[14] Schapiro, C.P.S.U., págs.
437‑348.
[15] Fainsod, How Russia …, pág.
522.
[16] Jruschov,
A.S.C., pág. 40
[17] Ibídem
[18] Pravda, 31 de enero de 1937
[19] Jruschov, A.S.C., pág. 82
[20] The land of socialism, pág. 204‑205.
[21] Labedz, «The soviet
intelligentsia.», Daedalus, verano de 1960, 509
[22] Ibídem, págs. 509‑514.
[23] D. Dallin, La vraie Russie des soviets, pág. 65
[24] Fainsod, How Russia…, pág. 227.
[25] Ibídem, pág. 228.
[26] D. Dalfin, op. cit., págs.
81‑82.
[27] Mehnert, op. cit., págs. 43‑61
[28] Ibídem, pág. 117
[29] Citado por Jolin G. Wright, «The
crisis in the soviet union», Fourth
International, julio de 1941, pág. 18.
[30] Schwarz, op. cit., págs. 136‑137..
[31] Ibídem, pág. 138.
[32]Ibídem, pág. 139
[33]Ibídem .
[34] Ibídem, págs. 142‑144
[35] Ibídem, pág. 146
[36]. Ibídem, págs. 106‑107
[37] Leonhard, Child of the Revolution, págs. 73‑74.
[38] En
cuanto a las confesiones de Zborowski, puede consultarse el acta de la audiencia celebrada por el
Subcommitee to investigate the administration of Internal Security of the
Committee of the judiciary United States Senate, LXXXIV Congreso, 2.ª
sesión, 29 de febrero y 2 de marzo de 1956. Según el semanario trotskista
inglés Newsletter del 27 de octubre de 1962, Zoborowski, tras haber sido
condenado a prisión después de sus revelaciones, parece haber purgado su
pena y ser en la actualidad profesor de Antropología en Harvard. La
magnanimidad de las autoridades americanas en su caso podría explicarse sí se
demuestra, como opina la redacción de esta publicación, que fue Zborowski quien
habla denunciado a la policía las actividades de Jack Soble y Robert Soblen.
[39] Ibidem, pág. 35
[40] Ibídem, págs. 82‑83.
[41] Lenin, en Prolétaire, 22, de
abril de 1911, citado por Leites y Bernaut, Ritual
of Liquidation, pág. 52.