CAPÍTULO XVII
EL PARTIDO Y LA GUERRA
La historia de la segunda guerra mundial aún no está escrita ni lo estará
antes de que pase cierto tiempo; en particular la del «frente ruso» es todavía
más oscura que la de los demás frentes. La distancia y la dificultad de las
comunicaciones en tiempo de guerra, el fortalecimiento de la censura y de los
imperativos políticos de todo tipo han contribuido a dar de ella una imagen
exageradamente convencional. El historiador inglés Sir Bernard Pares, en 1944,
veía en la historia del frente ruso la explicación de todo cuanto había hecho
Stalin con anterioridad ‑inclusive de la depuración‑, así como la
prueba de «la prudencia de una política de defensa militar meditada desde hacía
tiempo contra una invasión prevista también desde hacía tiempo » [1].
A este respecto, Isaac Deutscher ha parecido estar de acuerdo con la historiografía
estaliniana oficial al escribir su biografía de Stalin, editada en 1949; en
ella relata como él mismo tomaba todas las decisiones importantes,
describiéndole como «un prodigio de paciencia, de tenacidad y de vigilancia,
casi omnipresente, casi omnisciente [2]
Las investigaciones de los historiadores y las declaraciones de los
dirigentes rusos durante los últimos años nos sugieren una imagen completamente
diferente de Stalin. Jruschov, confirmando los pronósticos que hizo Trotsky en
1927 acerca de los peligros que acecharían a la U.R.S.S. en caso de guerra si
Stalin detentaba la dirección, nos muestra al todopoderoso dictador
desmoralizado tras las primeras derrotas, interrumpiendo por completo su
actividad durante varias semanas e interviniendodespués de forma «nerviosa e
histérica» en la dirección de las operaciones militares, sin tener en cuenta la
situación real, estudiando las operaciones de envergadura sobre un globo terráqueo
y a pesar o tal vez precisamente a causa de esta incapacidad y del alto precio
con que la pagaron los soldados rusos «esforzándose en difundir en el pueblo
ruso la versión según la cual todas las victorias conseguidas por la nación
soviética durante la “gran guerra patria”, se debían al valor, a la audacia y
al genio de Stalin y a nadie más» [3].
Once años después del final de la guerra, Jruschov afirma ante el XX Congreso,
en medio de las aclamaciones: «El papel principal y el mérito de la victoriosa
conclusión de la lucha corresponden a nuestro partido comunista, a las fuerzas
armadas de la Unión Soviética y a las decenas de millares de hombres entrenados
por el partido» [4].
No obstante, esta última versión dada por los dirigentes rusos dista
mucho de ser completamente satisfactoria. Si bien contradice aquella que habla
de la «prudencia» del dirigente «omnisciente», no por ello deja de tener un
cierto tono hagiográfico en la medida que atribuye al partido y, en definitiva,
al aparato, unos méritos que no nos incita a reconocerles el examen de la
situación en vísperas de la guerra, caracterizada por la absoluta sumisión a
Stalin, ni el auténtico eclipse que experimentan durante bastantes meses.
Las primeras derrotas y su significado
De todos es conocida la importancia de las victorias conseguidas
durante la primera ofensiva alemana: en unos pocos meses, entre junio y
octubre, no sólo desaparece el «glacis» edificado en Polonia y en los países
bálticos durante la vigencia del pacto con Alemania, sino que además la
Wehrmacht penetra profundamente en el territorio ruso ocupado toda Bielorrusia
y la mayor parte de Ucrania llegando hasta las puertas de Leningrado, a menos
de cien Kilómetros de Moscú, y ocupando la mayor parte de la cuenca del Donetz
y el norte de Crimea. Durante el otoño de 1941, tras pocos meses de B1itzkrieg [5]
el territorio ocupado por los alemanes equivale a una importante amputación
de las disponibilidades de la U.R.S.S. puesto que englobaba el 40 por 100 de su
población y suministraba en vísperas de la guerra la parte más importante de su
producción y de su equipo industrial y agrícola, el 65 por 100 del carbón, el
68 por 100 del hierro, el 58 por 100 del acero, el 60 por 100 del aluminio, el
41 por 100 del equipo ferroviario, el 38 por 100 de los cereales y el 84 por
100 del azúcar [6]. El aspecto
más espectacular de la retirada rusa es sin duda el número extraordinariamente
alto de prisioneros que caen en manos de los ejércitos alemanes ‑2.053.000,
antes del 1 de noviembre de 1941, según un documento secreto de Alfred
Rosenberg‑, la mayoría de ellos fueron apresados por centenares de miles
en las «bolsas» creadas por la ofensiva alemana: Bialistok y Minsk a principios
de julio, más tarde Smolensk, Uman en agosto, Kiev en septiembre y Briansk y
Viazma en octubre [7].
Las enormes dimensiones cobradas por la derrota de los rusos
suscitaron ya en aquella época diversas interpretaciones. Toda una escuela de
periodistas e historiadores vio en ella una manifestación de derrotismo; según
ellos, la población rusa había acogido inicialmente a los alemanes como a sus
liberadores. Boris Shub «especialista» americano en cuestiones rusas, explica
las victorias hitlerianas por el hecho de que «los millones de soldados rusos,
pertrechados con todo el arsenal que exige la guerra moderna, se negaban a
luchar por Stalin y esperaban una rápida derrota que destruyera su régimen» [8].
En realidad, esta explicación que corresponde a algunos de los primeros
análisis alemanes, no ha sido verificada ni por la posterior evolución de la
situación ni por los numerosos hechos evidentes que se produjeron durante las
primeras semanas de guerra. Alexander Dallin apunta razonablemente que la
imagen dada por los corresponsales de guerra neutrales de la acogida dispensada
por la población a la Wehrmacht en las regiones recientemente incorporadas a la
U.R.S.S., no difiere demasiado de las correspondientes a la ocupación de los
países occidentales como Holanda, Bélgica y Francia. También subraya la notable
diferencia existente entre la acogida de la población de estos territorios y la
de las zonas pertenecientes a la U.R.S.S. desde la revolución. Por otra parte
muchos destacamentos rusos, cuando se encuentran en situación de combatir,
luchan y lo hacen bien; muchas unidades, rodeadas desde un principio,
combatirán durante semanas enteras para alcanzar sus líneas aún cuando saben
las explicaciones que tendrán que dar y la suerte que les amenaza una vez allí.
George Fischer, el historiador del movimiento Vlassov, explica la
amplitud del fenómeno de desorganización del Ejército Rojo y de las rendiciones
en masa, consecuencia de la domesticación de las masas por el aparato: tras el
primer choque, el ejército fue incapaz de reaccionar por falta de directrices;
ello se debía sin duda al hecho de que el conjunto del aparato estaba
acostumbrado a no tomar ninguna iniciativa y a esperar las consignas que le
llegaban de arriba. También opina que la primera ola de desorganización
producida por el ataque había creado un caos total, mucho más profundo que si
hubiese resultado únicamente de los factores militares; en cierto modo, este
era el fruto de la dictadura ejercida por el aparato. Tal explicación debe ser
tenida en cuenta, incluso si se admite, con Stalin, la tesis de la «sorpresa»,
recogida por algunos historiadores americanos como Schuman, y la de la
«ceguera» de Stalin, desarrollada hace algunos años por Jruschov y, tras él,
por los historiadores militares rusos.
Por otra parte estas tesis no son contradictorias si se admite que el
error cometido por Stalin (que no creía que se produjese un ataque alemán y
esperó hasta el final una negociación para llegar a un nuevo compromiso), dada
la estructura politica de Rusia y la inercia engendrada por la omnipotencia del
aparato y el temor a la NKVD, podía traducirse en un efecto de sorpresa todos
los niveles del aparato del partido y del Estado.
Según Harry Hopkins enviado personal de Roosevelt, Stalin reconoció,
en julio de 1941 «que el ejército ruso había tenido que hacer frente a un
ataque por sorpresa y que él mismo había estado persuadido de que Alemania no
atacaría» [9].
Este era también el contenido implícito de su alocución radiofónica del 7 de
julio, en la que había declarado que, para hacer frente al asalto de las 170
divisiones alemanas estacionadas a lo largo de la frontera, «las tropas
soviéticas habían sido puestas en estado de alerta y trasladadas hacia la
frontera». A partir de 1941, el especialista en cuestiones rusas del partido
trotskista americano, John G. Wright, había puesto de relieve las responsabilidades
del Secretario General y del aparato del partido comunista de la U.R.S.S.,
haciendo hincapié en alguno de los puntos que Jruschov, años más tarde,
trataría ante el XX Congreso.
En la actualidad, parece haberse demostrado que el ataque contra la
U.R.S.S. estaba decidido desde el 5 de diciembre de 1940, con el nombre de
«Operación Otto», rebautizada el 18 de diciembre como «Operación Barbarroja».
Es muy probable que esta decisión llegase a oídos de Moscú con las revelaciones
obtenidas en Tokio por el célebre espía Sorge. Jruschov recordó también otras
advertencias hechas a Stalin: el 3 de abril de 1941 un mensaje de Churchill,
trasmitido por Sir Stafford Cripps al que siguió un telegrama de idéntico
contenido fechado el 18 de abril; una información del 6 de mayo por parte de un
agregado militar en Berlín de nombre Vorontsov, según la cual la fecha del
ataque había sido fijada para el 14 de mayo; otro informe del 22 de mayo cuyo
autor era el agregado Jlopov, según el cual la fecha había sido aplazada hasta
el 15 de junio; un telegrama de la embajada rusa en Londres fechado el 18 de
junio y en el que se indicaba que, según Cripps, ya se hablan concentrado 147
divisiones alemanas; por último la llegada a la U.R.S.S., horas antes del
ataque, de un soldado alemán, llamado Alfred Liskov, que había desertado,
franqueando el río Pruth a nado; este hombre declaró que su unidad había
recibido la orden de atacar durante la noche del 22 de junio, a las tres de la
madrugada. Acerca de este último caso Jruschov añade; «Stalin fue informado de
ello personalmente pero la advertencia no se tomó en consideración,» [10].
Todos estos hechos prueban que no hubo «sorpresa», al menos en el
sentido que Stalin quiso darle posteriormente: los dirigentes rusos,
ampliamente informados de los preparativos alemanes, no temieron un peligro
inmediato porque hasta el final conservaron la esperanza de desviar la ofensiva
con nuevas concesiones. Tras haber empleado todas sus fuerzas en el intento de
convertir el pacto Hitler‑Stalin en algo tolerable para la opinión, se
mostraron incapaces de poner a tiempo en marcha atrás la pesada maquinaria para
luchar contra aquel al que presentaban como un fiel aliado, codo con codo con
aquellos que, según la propaganda, no eran más que fabricantes de guerras. El
14 de junio de 1941, todos los periódicos de la U.R.S.S. publicaron un
comunicado en el que se ratificaba la vigencia, por ambas partes, del pacto de
no agresión germano‑ soviético, «rechazando como faltos de fundamento
todos los rumores que se refieren a las intenciones alemanas de romper el pacto
y atacar a la U.R.S.S.», y afirmando que «las concentraciones de tropas
alemanas al norte y al nordeste no tienen nada que ver con las relaciones
germano‑soviéticas». El 16 de junio ante unos comunistas extranjeros que
le preguntan por la autenticidad de un peligro de ataque alemán, Ulbricht
responde: «Sólo son rumores que se divulgan para sembrar la inquietud. No habrá
guerra» [11].
Hasta el ataque alemán, acaecido durante las primeras horas del 22 de
junio, el enorme aparato estaliniano habrá de adoptar en su totalidad la
dirección que Stalin le estaba imprimiendo desde 1939, la de la paz con
Alemania: su enorme inercia le hace continuar así incluso después de la
ofensiva, y los primeros bombardeos alemanes no encuentran ninguna resistencia
ya que Moscú había cursado la orden de no replicar, como quedó demostrado a la
sazón por los documentos alemanes que reproducían las informaciones de sus
estaciones de escucha y, más adelante, por las declaraciones de Jruschov ante
el XX Congreso: «A pesar de la evidencia de los hechos, Stalin opinaba que la
guerra aún no había comenzado, que sólo se trataba de una provocación por parte
de algunos sectores indisciplinados del ejército alemán y que una reacción cualquiera
por nuestra parte les daría a los alemanes un motivo para iniciar realmente la
guerra» [12]. El diario
del general Halder confirma que, nueve horas después del comienzo de la
ofensiva alemana, el gobierno de Stalin había solicitado la mediación japonesa declarándose
dispuesto a no romper sus relaciones con la Wilhelmstrasse. William L. Shirer,
el historiador del nazismo, escribe: «La agresión alemana cogió al Ejército
Rojo por sorpresa a todo lo largo del frente (...) Todos los puentes fueron
tomados intactos y en casi toda la frontera el enemigo pudo penetrar bastante
lejos en territorio ruso sin que se organizara defensa alguna. Centenares de
aviones, soviéticos fueron destruidos en tierra» [13].
La conclusión de Jruschov es que la ceguera de Stalin fue la responsable de la
catástrofe inicial: «El resultado fue que, durante las primeras horas y los
primeros días, el enemigo había destruido (...) gran parte de nuestras fuerzas
aéreas y de nuestra artillería y otros equipos militares; había aniquilado a un
gran número de nuestros cuadros militares y desorganizado por completo nuestro
estado mayor. (...) No podíamos impedirle penetrar profundamente en nuestro
país» [14].
Hubo que esperar la aparición de la gran novela de Constantin Simonov Los
vivos y los muertos para poder conocer «la tragedia de aquellos muchachos
que morían bajo las bombas o que eran hechos prisioneros sin haber podido
siquiera llegar a su centro de movilización» [15].
De momento la máquina burocrática sigue su curso ciego: Ilya Elirenburg revela
en sus memorias que el antiguo encargado de negocios en París, Nicolás Ivanov,
que había sido detenido a principios de año, era condenado en septiembre de
1941 a cinco años de cárcel por el delito de «actitud anti‑alemana»,
precisamente en el momento en que los tanques nazis llegaban a las puertas de
la capital [16].
Stalin y sus fieles historiadores, al igual que algunos estudiosos
benévolos corno Sir Bernard Pares, han afirmado que la tregua conseguida por la
U.R.S.S. gracias al pacto germano‑soviético, había permitido llevar a
cabo una mejor preparación del Ejército Rojo y un considerable acopio de
armamento. Este hecho, de por si, tendría ya poca importancia si se relacionara
con la cantidad de fuerzas humanas y materiales que habían sido destruidas por
el ataque sorpresa; pero además, esta afirmación es muy discutible. Ya en 1942,
en la revista trotskista Fourth
Internacional, James Cadman citaba una serie de cifras que probaban que,
precisamente entre 1939 y 1941, la relación material de fuerzas se había invertido
en favor de la Wehrmacht, tanto en lo referente al número de carros de combate
como al de aviones. Una vez más, esta opinión ha sido confirmada por Jruschov
revelando la debilidad del armamento ruso en 1941, sobre todo en lo referente a
artillería anti‑aérea y anti‑tanque: por añadidura se le había
retirado al Ejército Rojo el material viejo y todavía no se había terminado de
recibir el nuevo cuando se produjo el ataque. No sólo faltaban carros, cañones
y aviones, sino también fusiles; además Stalin, so pretexto de «evitar las
provocaciones», había prohibido la edificación de fortificaciones en la región
de Kiev, denegando la solicitud que en este sentido, había cursado el jefe
militar de la zona general Kirponos [17].
Existe un aspecto más en el que se observa una notoria correlación
entre los críticos trotskistas de 1941‑42 y el análisis de Jruschov y los
estudios rusos posteriores a la muerte de Stalin. Mientras que durante el
intervalo, un gran número de historiadores, periodistas, y hombres políticos
habían creído que una de las causas de las victorias rusas de 1942 había sido
la depuración del ejército que tuvo lugar antes de la guerra, considerada como
la eliminación de una especie de «quinta columna», Jruschov y sus epígonos la
denuncian como una de las razones fundamentales de la desorganización y de las
derrotas sufridas. John G. Wright ya había subrayado el hecho de que la total
eliminación del estado mayor, la ejecución de su cerebro Tujachevsky y la
liquidación del 90 por 100 de los cuadros superiores unida a su sustitución en
los cargos de responsabilidad por una serie de carreristas e incompetentes,
había equivalido a una aplastante victoria del ejército hitleriano. El
novelista Simonov atribuye a un general de aviación de reciente promoción la
conciencia amarga de que «las estrellas de general no habían traído consigo la
ciencia de mandar millones de hombres y centenares de aviones» [18].
Uno de los protagonistas de su novela, el general Serpilin, ha salido del campo
de concentración al día siguiente de haberse producido la ofensiva alemana: su
heroica conducta contrasta con la cobardía de su antiguo condiscípulo, el
general Baranov, carrerista preocupado antes que nada por «complacer a los de
arriba» y que hasta entonces parece haberlo conseguido. En 1956, Jruschov se
refiere a las «desastrosas consecuencias» de la depuración de 1937‑1938,
a la sistemática liquidación de todos los cuadros superiores poseedores de una
experiencia militar vivida en España y en Extremo Oriente. Nadie puede discutir
en la actualidad la evidencia de que la depuración del Ejército Rojo, en lugar
de liberarlo de una supuesta «quinta columna», sólo había conseguido
decapitarlo, privándolo de sus elementos más capacitados técnicamente y, muy
probablemente, de los más abnegados en la defensa de su país en cuanto al
aspecto político.
La resistencia
No trataremos en modo alguno de disminuir la importancia de la batalla
de Stalingrado que, sin lugar a dudas, fue la tumba de los ejércitos alemanes
durante el invierno de 1942. No obstante, es preciso subrayar que el momento en
que la situación militar comenzó a modificarse debe ser situado un año antes,
en el comienzo del invierno de 1941. Durante el otoño de este año, las tropas
alemanas se habían detenido ante Leningrado y Moscú. Fue en las calles de
Rostov y de Sebastopol donde chocaron por primera vez con una encarnizada
resistencia, casa por casa, calle por calle, produciéndose el tipo de lucha
casi cuerpo a cuerpo que había de dar a los rusos su victoria mas espectacular
en Stalingrado. Este es igualmente el periodo en que se forman los primeros
grupos de partisanos cuya acción posterior habrá de cobrar enorme importancia,
tanto en el plano moral como en el estrictamente estratégico, como lo
reconocieron numerosos jefes militares alemanes.
Al referirse a la resistencia en las ciudades obreras como Moscú,
Leningrado, Rostov y Sebastopol, Henri Michel relata que «verdaderas masas
humanas trabajaron en las improvisadas fortificaciones» [19].
También algunos corresponsales de guerra, tan permeables a la propaganda
oficial como el americano Lesueur, han resaltado la participación en la defensa
de destacamentos obreros armados. El general Von Blumentritt ha relatado la
forma en que los soldados alemanes de la 2580 división, tras conseguir penetrar
en los suburbios de Moscú, fueron detenidos allí por una auténtica muralla
humana compuesta fundamentalmente de obreros armados con martillos y otras
herramientas [20]. El
periodista australiano Geoffroy Blunden también ha dedicado una novela, Room on the Route, a un hecho confirmado
por diversos testimonios: la constitución de una serie de unidades de choque ‑una
división de guardias del pueblo‑ reclutadas entre los detenidos y presos
políticos que aceptaron desempeñar misiones suicidas en el frente de Moscú. Al
tiempo que resalta que en octubre de 1941 la mayoría de la población de Moscú
permaneció inerte y pasiva, al menos durante los primeros días, en el momento
en que el gobierno había evacuado la capital llevándose consigo todos los
efectivos de policía, Schapiro señala que la voluntad de resistir a cualquier
precio se originó entre una minoría «que comprendía fundamentalmente a gente
joven de las fábricas» [21].
Era una pequeña vanguardia obrera, tan entusiasta como la que acogió
clamorosamente el primer plan quinquenal, y cuya acción sustituyó eficazmente a
la del desfallecido partido. A partir del mes de agosto, se organizan en
Leningrado ‑cuya defensa a ultranza como «ciudad de la revolución de
Octubre» ha sido solicitada al pueblo por Voroshílov‑ unas milicias
obreras que no sólo patrullan los barrios y se entrenan con regularidad, sino
que además asumen la defensa de determinados sectores del frente.
Simultáneamente aparecen dichas formaciones en Rostov y en Moscú. No obstante,
el decreto que prescribe la instrucción militar obligatoria para los
comprendidos entre los dieciséis y los cincuenta años no es firmado hasta el
mes de septiembre, más de un mes después de que esta medida haya sido puesta en
practica y, como excepción a una sólida tradición del régimen, sin haber sido
precedida por una campaña de prensa y de reuniones. John G. Wright subraya que,
durante un largo período de la historia de la U.R.S.S., fue probablemente la
única medida cuya puesta en vigor no dio ocasión a denunciar los defectos, lo
que contribuye a confirmar la tesis según la cual se trató de la aplicación de
una iniciativa espontánea, tomada con independencia del aparato, que parece
haber vacilado considerablemente antes de decidirse a sancionarla cuando era ya
un hecho consumado [22].
En las regiones ocupadas por los alemanes parece haberse iniciado un
proceso idéntico. Henri Michel escribe: «La desorganización es evidente Las
poblaciones ocupadas son prácticamente abandonadas a su suerte. Se forman
espontáneamente una serie de grupos sin plan de conjunto, ni directiva alguna
(...). A menudo, la iniciativa proviene de algunos sin‑partido que se
descubren almas de caudillos» [23].
Armstrong. estudioso de los movimientos de partisanos en Ucrania, deduce la
misma conclusión: los «planes» que preveían su organización existían tal vez,
mas no se puso en marcha el dispositivo inicial. Los responsables del partido
que desempeñaron una función en ellos siempre fueron hombres de los niveles
inferiores del aparato que solían actuar por propia iniciativa; en cualquier
caso, los miembros del partido nunca llegaron a integrar más del 7 por 100 de
los efectivos totales de los grupos [24].
El día 16 de enero de 1942, Pravda publica un acta del comité del
partido en una región no especificada, referente a los territorios
reconquistados a los alemanes durante las últimas semanas: «El Comité Regional
ha decidido que, ante todo, es preciso reunir los cuadros de activistas y
restablecer los órganos de poder soviético en las localidades liberadas. Todos
ellos no volverán a sus antiguos cargos. Entre ellos los ha habido que, en el
momento critico, han desvelado sus almas de corrompidos, cobardes y traidores
(...). Se han formado nuevos cuadros de bolcheviques,
afiliados al partido e independientes». El artículo muestra con toda
claridad este doble fenómeno, insuficientemente valorado por los historiadores
del partido durante la guerra, a saber la objetiva desaparición del partido,
incluso en la clandestinidad ‑ en lugar de su pretendido «aletargamiento»‑
durante la agresión alemana, la ínfima calidad de los cuadros del aparato, uno
de cuyos sectores se ha acobardado irremisiblemente y también la voluntad, por
parte de la dirección, de reconstruirlo al menos desde arriba, cuando el
Ejército Rojo inicia la reconquista.
En ciertos aspectos, todo transcurre como si, a diferentes niveles
pero de una forma generalizada, el partido, a la hora de la verdad, demostrase
no ser más que un caparazón vacío. La resistencia real le es ajena tanto en las
regiones amenazadas como en las perdidas. El 18 de enero de 1942, Pravda
se refiere a la situación del partido en Rostov: En esta ciudad de la que las
tropas alemanas han sido expulsadas por el Ejército Rojo y por la población
civil en armas, tras una serie de encarnizados encuentros, el partido no cuenta
más que con 5.000 miembros sobre una población de 500.000 personas. El día 29
de septiembre en Moscú Chtsherbakov, secretario regional y miembro suplente del
Politburó, declara ante el comité regional que «cierto número de organizaciones
del partido, (...) en vez de reforzar el trabajo político del partido lo han
debilitado (...). Han dejado de convocar reuniones del partido y descuidado la
agitación política entre las masas» [25].
El comité regional habrá de votar una resolución que «obliga a los dirigentes
del partido de la ciudad y provincia a acudir a las reuniones obreras y
presentar en ellas los informes correspondientes». La Pravda del día 27,
se quejaba ya de la falta de vigilancia de ciertos miembros del partido que
permitían expresarse en público a una serie de «agentes provocadores»,
divulgadores de «noticias falsas» que provocaban la «desmoralización». No sólo
en estos primeros meses el partido no es el dirigente de la resistencia, sino
que tiende a debilitarse respecto a ella: sólo la siguiente etapa de 1942 y
1943, una vez reconstruidos los mandos del aparato, le permitirá aprovechar el
empuje popular por el ensanchamiento de su base de reclutamiento, pasando a
controlar de manera efectiva, por medio de la NKVD, a la mayoría de los grupos
de partisanos.
Los objetivos alemanes
Como hemos visto el ataque alemán era perfectamente previsible y hasta
cierto punto era incluso inevitable; estaba inscrito objetivamente en las
necesidades del imperialismo alemán en cuanto a mercados, materias primas y
productos agrícolas, y también en el
contenido de la ideología nacional-socialista que hablaba de cruzada contra el
«bolchevismo» y el «judaísmo» y de lucha contra toda actividad revolucionaria.
Desde hacia años, el sueño ruso, volvía una y otra vez en las palabras de
Hitler, bajo la forma de la «India de Alemania», una inmensa colonia cuya
explotación permitiría el cumplimiento de las promesas hechas por el nacional‑socialismo
a los obreros alemanes, convirtiéndoles en una aristocracia obrera de
privilegiados e instaurando así un verdadero «orden» que eliminaría para
siempre el peligro de una revolución. Desde 1936, Hitler gritaba: «Si
tuviésemos a nuestro disposición el Ural, con su incalculable riqueza en
materias primas, y los bosques de Siberia, y si los infinitos campos de trigo
de Ucrania perteneciesen a Alemania, nuestro país nadaría en la abundancia» [26].
Al mismo tiempo, la U.R.S.S. representaba por su pasado y por su ideología, por
su prestigio ante los obreros y por su estructura socioeconómica, la amenaza
nata de la gran Alemania, la negación de la teoría de la raza, la revuelta de
los siervos contra los señores, el «cosmopolitismo» internacionalista y
judaico, en una palabra el monstruo de la revolución y el bolchevismo, el
adversario número uno del nacional‑socialismo. El propio nombre de
Operación Barbarroja [27]
dado a la campaña de 1941, sirve para desvelar aún más el carácter de cruzada y
de lucha despiadada que quisieron conferir los jefes hitlerianos a esta guerra
de cuya inminencia, a diferencia de Stalin, nunca habían dudado.
No es difícil comprender el significado real de la resistencia de los
rusos a la invasión alemana, su carácter inicial de lucha de vanguardia y de
clase y el carácter masivo que tomó a partir de 1942: contra la Wehrmacht, la
población soviética emprendió una lucha por la supervivencia, en la medida que
la victoria alemana hubiera significado la muerte a corto plazo para millares
de ellos y, en cualquier caso, una esclavitud y una regresión histórica tal
que, comparado con ellas el régimen estaliniano habría aparecido como una
verdadera edad de oro. Lo que sabia una pequeña minoría ‑en la que se
encontraban probablemente los oposicionistas que se sacrificaron a las puertas
de Moscú‑ durante los primeros meses de 1941, al resto de la población
terminará por enseñárselo la experiencia a partir de esta fecha. La conquista
alemana significaba históricamente, no sólo la destrucción del régimen
estaliniano, sino también la destrucción de todas las realizaciones económicas,
de todas las «conquistas de Octubre» y de una parte importante de las fuerzas
productivas, la reintegración del espacio y de los recursos en el sistema
capitalista y, sobre todo, su adaptación forzosa a las necesidades y exigencias
del imperialismo alemán. En un país profundamente transformado por la
revolución, por el periodo de reconstrucción y por el de «edificación», ello
suponía evidentemente una vuelta atrás y, con independencia de los buenos o malos
sentimientos de los lideres nazis, de sus métodos y de sus intenciones, la
aniquilación por violencia directa o por hambre de millones de rusos. En
efecto, su existencia cotidiana quedaba asegurada en lo sucesivo ‑aún
cuando a veces sólo fuese precariamente‑ por una economía basada en la
nacionalización de los medios de producción, incluida la tierra, en el
monopolio del comercio exterior y en la dirección planificada de la economía.
La función asignada a los pueblos de la U.R.S.S. en el futuro por una Alemania
imperialista, era el de meras colonias que ofreciesen un mercado a los
productos de su industria, el de. enorme almacén de productos agrícolas y
materias primas. Los planes de organización económica diseñados con
anterioridad a 1941 preveían la «naturalización» o «desindustrialización» de
Rusia, no dejando sino los campos y las minas. Esta transformación no podía ser
en modo alguno una restauración: a pesar del entusiasmo manifestado ante la
«cruzada» por los últimos restos de los Blancos de la Guerra Civil, como el
jefe cosaco Skoropadsky, Chandruk el antiguo jefe del estado mayor de Petliura,
Banderskys antiguo lugarteniente de Kolchak o el general cosaco Krasnov, parece
estar probado que los nazis jamás tuvieron la intención ‑contrariamente a
lo afirmado por la propaganda soviétiva‑ de restablecer a los antiguos pomiechtchiki o de devolver sus tierras a los barines, en tanto en cuanto por un lado la explicitación de este
propósito les habría atraído de inmediato el odio general y por otra parte no
entraba en sus cálculos trabajar por cuenta de otros que no fuesen los
dirigentes de la clase poseedora alemana. A este respecto, Hitler ha de
solicitar personalmente a sus funcionarios que cuiden de que ningún ruso pueda
convertirse en gran propietario en los territorios del Este.
Tal colonización de Rusia implicaba para los dirigentes alemanes la
necesidad de eliminar a cualquier elemento susceptible de desempeñar un papel
en la resistencia a la dominación nazi, como podrían ser la clase obrera
organizada o no, y la intelligentsia. Una
orden del estado mayor económico de Goering, fechada el 23 de mayo de 1941,
prescribe la destrucción de todos los sectores industriales en los territorios
conquistados, precisando: «Prohibición absoluta de intentar salvar a la
población de la muerte por inanición». Este mismo objetivo explica los
desesperados esfuerzos de la Wehrmacht para apoderarse antes del invierno de
1941 de Moscú y Leningrado, «ciudades santas del comunismo» y la orden personal
de Hítler de arrasar Leningrado con la artillería sin tener en cuenta a la
población, ni siquiera a una parte de ella» [28].
Esta necesidad tan política como económica y social, sirve para explicar la
«consigna comisario» de mayo de 1941, en la que se disponía la inmediata
liquidación de todos los responsables y comisarios políticos, fuera cual fuese
su nivel en la jerarquía, a partir del momento de su detención o, como mucho,
después de su traslado a un campo de tránsito [29].
La aplicación del genocidio exigía que sus ejecutores estuviesen
persuadidos del carácter sagrado de su misión: la teoría racial del Untermensch
‑ de los sub‑hombres de razas no germánicas, eslavas y
«mongoloides» de la U.R.S.S.-que había sido inculcada a los S.S., a los
asesinos especializados y, siempre que ello había sido posible, a todos los
militares alemanes, formaba, como apunta Alexander Dallin, «parte integrante de
la óptica nazi» [30] y había
sido traducida por Goebbels en la fórmula lapidaria: «No son hombres sino un
conglomerado de animales.»
La inesperada resistencia del pueblo ruso y la prolongación de la
guerra dificultaron la aplicación integral de un programa cuyos puntos
fundamentales, la destrucción de la industria y la «reprivatización» de la
agricultura exigían como condición sine
qua non el final de toda resistencia militar. No obstante, los primeros
meses de guerra permitieron a la población rusa hacerse una idea bastante clara
de lo que les esperaba. Los Einsatzgruppen, comandos de exterminio de
«judíos y comunistas», ejercieron desde un principio su sangrienta actividad.
El que encabeza Ohlendorf eliminará «por razones ideológicas» como dice, a
90.000 personas en un año, de las cuales 33.771 perecieron en dos días, el 29 y
el 30 de septiembre de 1941, en Kiev. El grupo de Stahleker reivindica el 1 de
enero de 1942 otros 229.052 asesinatos [31].
La «consigna comisario» se aplica tanto en el ejército como en los campos: de
los cinco millones de prisioneros de guerra rusos, sólo un millón llegará al
final de la guerra. De los millones de personas ingresadas en los campos tras
la campaña de 1941, más de la mitad perecerán como consecuencia del hambre, el
frío y las torturas. Las autoridades alemanes cierran sistemáticamente las
escuelas. Hitler dice: «Enseñar a leer a los rusos, a los ucranianos y a los kirguizios,
terminaría por volverse contra nosotros. La educación daría a los más
inteligentes de ellos la ocasión de conocer la Historia, de adquirir un sentido
histórico y desarrollar unas ideas políticas que sólo podrían ser hostiles a
nuestros. intereses» [32].
«En numerosas ocasiones la Historia ha probado que las gentes que poseen una
educación mayor de la que corresponde a su posición, suelen convertirse en los
pioneros de los movimientos revolucionarios» [33].
Y si en cambio accede al retorno de los popes, reclamado por un gran número de
campesinos, ello se debe a su convicción de que son necesarios para mantener a
los pueblos sumisos «en su estupidez y embrutecimiento» y para «que les hagan
permanecer tranquilos» [34].
A pesar de sus principios «ideológicos» de libertad de empresa y de
iniciativa y de su defensa del derecho de propiedad, a pesar de su proclamada
hostilidad al «régimen de esclavos judeo‑bolchevique», los dirigentes
nazis se niegan por otra parte a disolver los koljoses e incluso ‑salvo
rarísimas excepciones‑ a dejarlos disolverse por sí mismos cuando sus
componentes expresan este deseo. Los técnicos en economía alemanes reconocen
que la «descolectivizacíón», incluso si se realizase según un plan organizado
por las autoridades alemanas, provocaría una fuerte baja de la producción e
«incalculables daños materiales» en palabras de Alfred Rosenberg,
materializados probablemente en una ola de hambre general y, con toda
seguridad, en la imposibilidad de utilizar los recursos agrícolas de las
regiones conquistadas para el abastecimiento del ejército y de las ciudades
alemanas [35]. En un
principio se mantendrá pues el statu quo: los koljoses siguen funcionando bajo
control alemán obligados a suministrar enormes pedidos, sometidos a toda suerte
de humillaciones políticas y militares y, poco después, a los castigos
corporales, tras el restablecimiento oficial de la pena de látigo.
Al igual que la «descolectivización», la «desindustrialización» será demorada
hasta el final de las hostilidades. Algunas fábricas son desmanteladas, como la
siderúrgica electrificada de Mariupol, entregada a la casa Krupp y enviada a
Breslau. Las grandes empresas que han podido salvaguardarse durante el avance
son, o bien confiadas a compañías estatales, controladas por los representantes
de las grandes sociedades capitalistas privadas o bien entregadas a las
empresas alemanas en régimen de usufructo duradero hasta el final de la guerra
en cuya fecha habían de pasar a ser de su propiedad: la fábrica de aluminio de
Zaporozhé es entregada al trust Vereinigte Aluminiumwerke. El Flick Konzern y
los Reichswerke Hermann Gocring se apoderan de las plantas siderúrgicas del
Donetz dentro del ámbito de una sociedad financiada por los bancos más
poderosos. El I.G.Farben organiza dos filiales, la Siegener Maschinenbau se
hace con las fábricas Voroshilov de Dniepropetrovsk y Krupp con dos fábricas en
Mariupol, dos en Kramatorskaía y una en Dniepropetrovsk [36].
El gauleiter Sauckel empieza a
organizar enseguida una verdadera caza de mano de obra suministrando millones
de proletarios a las grandes empresas alemanas e incorporando a ellas por
decreto incluso a los niños de diez años. Ya sea en la Rusia ocupada o en
Alemania, los obreros que aseguran los beneficios de Krupp, Reichswerke Hermann
Goering, I.G.Farben y otras empresas, conocerán las condiciones de vida
miserables e infamantes que les depara su condición de sub‑hombres «el
hambre, los golpes, las enfermedades, el frío dentro de las casamatas sin
fuego, vestidos de ligeros andrajos, (...) las interminables horas de trabajo
cuyo único limite era su capacidad para mantenerse en pie». Así ha descrito
William Shirer su infierno [37].
Esta experiencia, difundida espontáneamente a un lado y otro del
frente, por el pueblo ruso y más adelante, de forma sistemática y con los
métodos más modernos por las autoridades, explica el unánime alzamiento de la
población y la decisión con la que, tras la vanguardia obrera de las grandes
ciudades, todos los sectores de la sociedad rusa lucharon contra el ejército
nazi.
A partir de 1942, algunos sectores dirigentes alemanes consideraron la
posibilidad de una política más flexible que permitiese ganar para su causa a
ciertos grupos sociales sobre todo campesinos. La ley agraria de febrero de
1942 otorga a los koljosianos la propiedad de su parcela individual,
permitiéndose también su ampliación; el koljós que de esta forma se convierte
en un tipo de «economía comunal» y la formación de «cooperativas agrícolas» deben
suponer una transición en la vuelta a la propiedad individual [38].
Pero para ello ya es demasiado tarde. El campesinado, única clase en
la que podía encontrar un apoyo eventual una política de restauración del
capitalismo, ha pasado masivamente al bando enemigo, sobre todo como réplica al
ciclo infernal de represión organizado por la Wehrmacht en sus ansias de
exterminar a los partisanos a cualquier precio.
No obstante, al final de 1942, los esfuerzos de algunos altos
oficiales y políticos alemanes, especialistas en cuestiones rusas, abocarán en
el nacimiento de un movimiento de colaboración apoyado oficialmente durante
cierto tiempo. Es interesante apuntar que las personalidades que constituyeron
el llamado «movimiento Vlassov» eran burócratas miembros del partido. Andrei
Vlassov, de familia campesina y combatiente del Ejército Rojo en 1919, había
permanecido en sus filas como oficial. Se había afiliado al partido en 1930,
beneficiándose posteriormente de una rapidísima promoción durante el periodo de
la victoria de Stalin. En 1938 había sido consejero militar de Chiang Kai‑shek,
en 1939 mandaba una división y en 1941 estaba al frente del 4º cuerpo blindado,
combatiendo ante Kiev y Kursk y asumiendo, ante Moscú, el mando del 20º
Ejército. Tras todas estas campañas había sido nombrado teniente general ‑cuando
sólo contaba cuarenta y un años‑, y condecorado con la orden de Lenin.
Eva Curie y Sulzberger, que le entrevistaron por aquellas fechas, hacen
hincapié en sus declaraciones de lealtad a Stalin. En marzo de 1942, cuando era
lugarteniente del general Meretzkov en el frente del Voljov, es copado junto
con sus tropas cayendo en manos de los alemanes. En septiembre de 1942, desde
el campo de concentración de Vinnitza donde se encuentra, lleva a cabo la
declaración fundacional de lo que será el «Comité Ruso de Liberación» y cuyo
estado mayor comprende otros tres oficiales superiores, los mayores‑generales
Malichkin, Blagovech-tchensky y Trujin. George Fischer, siguiendo las huellas
de otros investigadores, ha estudiado cuidadosamente la personalidad del hombre
al que se considera la eminencia gris del movimiento, conocido por el nombre de
Milenti Zykov y dotado según todos los testimonios de excepcionales cualidades;
no obstante, el misterio que le rodea sigue sin esclarecerse por completo. Todo
indica no obstante, que era judío y parece ser que había desempeñado
importantes funciones en la prensa comunista, sobre todo en Izvestia.
Tras haber sido detenido como derechista y liberado posteriormente, Zykov ocupó
antes de su captura las funciones de comisario‑adjunto de división, si
nos atenemos a sus propias declaraciones que, según Fischer, debían de adolecer
de cierto exceso de modestia. El grupo de los colaboracionistas rusos
comprendía también a otro apparatchik, Jorge Zhilenkov, antiguo
secretario del partido en un importante distrito de Moscú y más tarde comisario
político del 24º Ejército de Asalto; según los testimonios reunidos a su
respecto que se refieren al lujo de que se rodeaba, a su arrogancia frente a. sus
subordinados y a su cinismo, Fischer dice que era el tipo perfecto de «barin soviético». La historia del
movimiento Vlassov no entra en el cuadro de este estudio; el historiador del
partido debe contentarse con observar que los que han aceptado desempeñar el
papel de colaboradores en la. cruzada nazi han sido burócratas del ejército y
del aparato, auténticos cuadros estalinianos. También hay que resaltar que, en
su esfuerzo por conseguir partidarios, los «vlassovistas» tuvieron que tener en
cuenta las transformaciones reales acaecidas en Rusia desde la revolución de
Octubre, acentuando en su propaganda una serie de consignas difícilmente compatibles
con su verdadero papel de fantoches en manos de los nazis: rechazo de los
«proyectos reaccionarios que supusiesen una limitación de los derechos del
pueblo», reducción de la propiedad a lo que hubiera sido «ganado con el
trabajo», libertad de conciencia, de reunión, de prensa, ausencia de todo tipo
de condena de la revolución de Octubre y por último, insistencia en el papel
desempeñado por sus jefes durante la guerra civil contra los blancos y contra
la Wehrmacht antes de su captura [39].
El deseo manifestado por estos colaboracionistas de hacer las cosas con
seriedad, les llevaba a unos extremos que pronto dejaron de ser aceptables para
los dirigentes nazis; así el blanco Krasnov acusará a Vlassov de ser un
«bolchevique» y de pretender «vender Rusia» a los judíos. Zykov, sospechoso
ante los S.S. de ser un agente secreto ruso, desaparece en 1944 sin dejar
rastro. A partir de 1943, Hitler pone coto a las actividades del movimiento
Vlassov, limitándolas a las de asesoramiento militar y prohibiendo a sus
componentes el acceso a las tierras rusas que han sido conquistadas. La
propaganda de Vlassov sirvió sobre todo para reclutar, con uniforme alemán a
decenas de millares de desgraciados convencidos por el estímulo de la paga o
por las posibles rapiñas, preferibles, dada su situación, a una muerte lenta.
La «Gran Guerra Patria»
El ataque del ejército alemán es notificado al pueblo ruso por un
discurso de Mólotov retransmitido por radio el 22 de junio; por primera vez
desde hace dos años se utiliza en él la palabra «fascista» que desde 1939 había
sido borrada del léxico oficial. La alocución se cierra con un llamamiento a
«cerrar filas en torno a nuestro glorioso partido bolchevique, a nuestro
gobierno, a la Unión Soviética y a nuestro jefe el camarada Stalin». La guerra
se convierte oficialmente en «la gran guerra patria». Stalin que, por primera
vez en la historia del régimen, reúne las funciones de Secretario General del
partido y de presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, guarda silencio y
se abstiene de aparecer en público durante las siguientes semanas en las que, a
la amargura de la derrota, se añade el choque moral de informarse por la radio
alemana de la captura de su hijo Yakov así como de las declaraciones
derrotistas hechas por éste a la radio y prensa nazis. El día 30 de Junio se
constituye un Comité de Defensa del Estado que detenta todos los poderes; está
integrado por Stalin, Voroshilov, Mólotov, Beria y Malenkov. Durante el resto
de la guerra será el organismo supremo de la U.R.S.S., llevándose a cabo dos
reajustes en él: el ingreso de Kaganovich, Mikoyán y Voznesensky en febrero de
1942 y la sustitución de Voroshílov por Bulganin en 1944.
Por fin, el día 3 de julio, más de diez días después del ataque,
Stalin dirige al pueblo ruso su famoso llamamiento radiofónico: los rusos deben
emplear la táctica de tierra quemada contra un «enemigo cruel e implacable»
para que éste no pueda aprovechar nada. También recuerda la derrota de
Napoleón, exaltando el recuerdo de la «guerra patriótica nacional» que había
llevado a cabo el pueblo contra él. También alude ‑y ésta es una
reminiscencia más significativa‑ a la victoria de las «fuerzas, anglo‑francesas»
sobre el ejército de Guillermo II. Stalin confinado en el Kremlin, no saldrá de
él hasta el día 6 de noviembre en que se celebra, en el metro de la capital,
una asamblea ampliada del Soviet de Moscú. También comparecerá en el desfile de
tropas conmemorativo de la Revolución que se celebra en la Plaza Roja,
saludando a los soldados que se encaminan al frente con un llamamiento a la
resistencia hasta el final en nombre de los «insignes antepasados» Alexandre
Nevsky, Suvórov y Kutúzov.
Una vez evacuados de Moscú todos los servicios gubernamentales, Stalin
es el único dirigente que permanece en la capital: este gesto de fuerza ha de
contribuir decisivamente a la leyenda del hombre de hierro, inspirador impávido
de la resistencia a ultranza. Sin embargo, Jruschov ha recordado el comentario
que se le escapó en público: «Todo lo que Lenin ha hecho lo hemos perdido para
siempre.» Esta misma leyenda es la que recoge Isaac Deutscher al escribir:
«Desde su escritorio, en contacto permanente y directo con los mandos de los
diversos frentes, él observaba y dirigía las campañas» [40].
Jruschov por su parte, se dedica a destruir el mito al afirmar: «Stalin en
realidad no comprendía demasiado la situación tal como ésta se desarrollaba en
el frente. Era natural puesto que, durante toda la guerra patriótica, jamás
visitó ni un sector del frente, ni una ciudad liberada, a excepción de un breve
paseo por las calles de Mozhaisk durante un período de estabilización. (...) Al
mismo tiempo tomaba parte en las operaciones y daba órdenes que no tenían
relación alguna con la situación real en un determinado sector del frente y no
podían ocasionar más que graves perdidas en vidas humanas» [41].
No obstante, parece que poco a poco los jefes militares más
inteligentes consiguen imponerse instaurando concepciones más serias que las de
aquel que se ha autodesignado «comandante en jefe». En lugar de los ataques
frontales exigidos por él hasta finales de 1941, comienzan a elaborar una
táctica más flexible de «embolsamiento» mediante el ataque de los salientes del
frente enemigo. No obstante este cambio de táctica debió acompañarse de muchos
problemas. En el mes de junio es detenido y ejecutado junto con todo su estado
mayor el general Pavlov, especialista en blindados; con ello paga las
consecuencias de la derrota y de la ineptitud del régimen que había puesto bajo
su mando el frente del Oeste. Sin embargo Voroshílov y Budionny, de notoria
incompetencia e incultura, pero vinculados con Stalin por una larga complicidad
que se remonta hasta la guerra civil. permanecen, junto con Timoshenko, al
mando de los tres grandes sectores del frente. No obstante ya no es el momento
de mantener, sin hacer caso omiso de un peligro mortal, el exclusivo criterio
burocrático basado en los vínculos de clan o en la solidaridad del aparato
cuando se trata de decidir la asignación de los hombres o su ascenso. Se
necesitan talentos, técnicos y jefes capacitados y, por tanto, se acude en su
busca a las cárceles y a los campos de concentración: tal es el caso del polaco
Rokossovsky, antiguo oficial de enlace de Tujachevsky, como Podlas y Meretzkov.
Los nuevos jefes también son seleccionados en el propio frente, entre aquellos
que destacan, demostrando unas dotes de iniciativa que hasta el momento habían
sido perseguidas despiadadamente. A partir del otoño de 1941, Voroshílov y
Budionny son apartados de todo mando efectivo y con mayor fortuna que Pavlov,
conservan sus títulos, sus honores y sobre todo sus vidas. Su lugar queda
ocupado por verdaderos técnicos y militares de carrera que son miembros del
partido por su rango de oficiales y no al revés; estos son los hombres como
Zhúkov y Vasilevsky. Los ascensos suelen ser frecuentes y recompensan el
talento y el éxito en vez de las prácticas delatoras o la capacidad de maniobra
dentro del aparato: entre los nuevos generales hay hombres muy jóvenes,
Rodímtsev que en el frente de Madrid, en 1937, era capitán y sobre todo
Cherniajovsky, el joven judío, que pasó de comandante en 1941 a general con
mando de ejército en 1944, muriendo en 1945 a la edad de treinta y nueve años.
Los restantes sectores de la vida soviética presencian un fenómeno
análogo: Hasta cierto punto, el férreo control del aparato se ablanda y no es
casual que Voznesensky, el único dirigente del partido que es un verdadero
técnico y cuya carrera se ha desarrollado en parte al margen del aparato, sea
situado a la cabeza del sistema económico. El gravísimo peligro que se cierne
sobre el país contribuye a aliviar la opresión burocrática. Korneitchuk, el
sochantre de Stalin, intenta presentar, en El
Frente, a estas nuevas promociones como un mérito más del «jefe genial» que
sabe cuando ha llegado el momento de sustituir a la vieja generación
revolucionaria por una serie de jóvenes capacitados, cuando en realidad es la
propia necesidad la que los impone. Ya no se habla de los traidores y espías
«trotskistas» y «bujarinistas», aunque se los cite de vez en cuando sobre todo
para asociarlos con Vlassov, no obstante haber sido éste un estalinista
modélico antes de servir a Hitler.
Se libera discretamente a algunos condenados y, aunque el fenómeno no
parezca haber tenido las dimensiones que le atribuye Deutscher, por afectar
sobre todo a especialistas que en realidad nunca habían sido auténticos
oposicionistas, el silencio acerca de las pretéritas acusaciones constituye una
especie de rehabilitación tácita. Se trata en suma de una auténtica tregua,
exigida por las necesidades de defensa y en la que se llegará incluso a acoger,
cuando es necesario, a los jefes de los grupos armados que han apoyado a los
alemanes cuando abandonaban la mala causa y vuelven al bando de los
«patriotas».
De hecho, Stalin se esfuerza en crear una especie de unión sagrada en
las filas de la resistencia nacional y lo consigue. Los obreros constituyen su
vanguardia: la reconstrucción de las industrias de guerra en el este bate todos
los récords de rapidez y los mínimos quedan ampliamente sobrepasados, todo ello
en medio de unas condiciones de vida y trabajo excepcionalmente adversas. En
todas las ciudades los voluntarios obreros acuden desde los suburbios para
integrarse en las milicias populares o en los batallones de trabajadores ‑integrados
mayoritariamente por mujeres‑ que cavan las trincheras y construyen las
líneas defensivas. El campesino debe ser ganado a la causa pues de él depende
el abastecimiento del ejército y de la población urbana. La pérdida de las
ricas provincias agrícolas del oeste provoca una rápida subida de precios. Para
estimular la producción y hacer frente a las necesidades más perentorias, el
Gobierno multiplica las concesiones y autoriza el desarrollo de los mercados
koljosianos de venta libre: su proporción en el comercio al por menor pasa
desde un 15,9 por 100 en 1939 a un 44,5 por 100 en 1942‑43, proceso que
Ernest Mandel denomina «revancha generalizada del campo sobre la ciudad». Ya
que, si bien los obreros hacen enormes sacrificios, algunos koljosianos, en
contrapartida, consiguen pingües beneficios. La guerra provoca el surgimiento
de los koljosianos millonarios: nuevos kulaks acaparan tierras, a pesar de que
estas sigan siendo de propiedad colectiva, por un total superior al millón de
hectáreas como se sabrá después de la guerra.
La burocracia asiste a la defensa y consolidación de sus privilegios.
Los viejos títulos vuelven a desempolvarse: a partir de 1941 los diplomáticos
son «embajadores» y «ministros». Quedan fijadas las normas de clasificación y
ascenso; a cada grado le corresponde un título y un uniforme. Se trata de
aumentar la autoridad de los funcionarios civiles; así el «escalafón» de la
administración judicial consta de un «cuadro de asimilación» con los grados
militares: Alf Edeen puede así escribir sin exageración que «el ciclo de
desarrollo ruso ha sido completado» con el restablecimiento de la clasificación
por rangos de los tiempos de Pedro el Grande [42].
La casta militar es favorecida de manera especial. Los comunicados y
circulares vuelven a poner en vigor la distinción entre «oficiales» y
«soldados» abolida en 1917. Se restablece igualmente el saludo militar fuera
del servicio y con carácter obligatorio, incluso del soldado al cabo o
suboficial. El comisario político que había sido introducido de nuevo en 1941,
durante la debacle, es suprimido posteriormente, integrándose los miembros de
dicho cuerpo en el de oficiales. En 1942, coincidiendo con el XXV aniversario
de la revolución, se vuelve al uso de las charreteras que habían sido
suprimidas «por ser un símbolo de la opresión de clase». Se restablecen con sus
antiguos nombres y con una serie de privilegios y paga superior, las unidades
selectas de la guardia. En 1943, las escuelas de cadetes que habían
desaparecido durante la revolución son restauradas: pueden ingresar en ellas
los hijos de oficiales desde los ocho o nueve años de edad, lo cual constituye
un paso hacia la herencia de los privilegios y funciones sociales, es decir, un
factor de considerable importancia en la consolidación de la casta. Asimismo,
fueron instituidas antiguas órdenes militares, bajo el patrocinio de los grandes
generales de la Rusia zarista como Suvorov y Kutúzov. Los oficiales tienen
acceso a una serie de clubs especiales y tanto los oficiales superiores como
los subalternos disponen de residencias y salas particulares.
Tal política de unión sagrada no puede ir aparejada con una ideología
de clase. Desde su primera alocución, Stalin se esfuerza en despertar el
patriotismo ancestral recurriendo a la ideología del viejo pasado ruso cuyos
elementos son el jnacionalismo, la religión, la tradición, el militarismo y el
culto por los antepasados. Para mayor alegría de los escritores reaccionarios
(como Michel Garder que saluda «el abandono de los temas pasados de moda del
internacionalismo proletario y la lucha de clases» sustituidos por «un lenguaje
que se dirige al corazón con la violenta pasión y el amor irracional por el
solar patrio».) Stalin se convierte en el bardo de la Rusia eterna [43].
El 3 de julio, en efecto, no se dirige a sus «camaradas» ni a los «ciudadanos»
sino a todos sus «hermanos y hermanar». Asimismo, el día 7 de noviembre invoca
a toda una galería de santos y guerreros, de archiduques y generales para que
inspiren, junto con Lenin, la lucha del pueblo ruso.
Las atrocidades alemanas han provocado un reflejo de defensa. La
teoría racista, que trata a los eslavos como subhombres, provoca elementales
reacciones de dignidad y orgullo nacional. La propaganda se esfuerza en
conferirles una forma patriótica y lo consigue sin grandes dificultades. Los
rusos van a cobrar rápidamente conciencia de ser los únicos en soportar el peso
de una guerra cuyo resultado tiene idéntica importancia para todos los pueblos,
esclavizados o no. Entre el patriotismo y el nacionalismo, o incluso el
mesianismo, no hay más que un paso y éste se da rápidamente. Eugene Tarlé debe
rehacer la historia de la guerra napoleónica para describirla como una lucha
puramente nacional y patriótica, un modelo y un precedente; para ello debe
abandonar su análisis marxista, el análisis de clase que le había sugerido la
afirmación de que, como déspota burgués, Napoleón había renunciado a la
victoria de consecuencias inciertas que le habría deparado la liberación de los
siervos. Todos los elementos emocionales tradicionales del pasado ruso son
resucitados, resaltados y desarrollados de manera que sirvan para movilizar y
galvanizar la resistencia con preferencia a los motivos de clase. No volverá a
repetirse el llamamiento de Voroshílov a la defensa de Leningrado, ciudad de la
revolución de Octubre: en lo sucesivo, lo que se debe preservar es la sagrada
tierra de los antepasados y el glorioso pasado nacional. También la religión es
movilizada en apoyo del régimen: no sólo se tolera de nuevo la iglesia
ortodoxa, sino, que se fomenta oficialmente el culto. Stalin recibe al
metropolita Sergio que entona sus alabanzas, se restablece el Santo Sínodo de
forma solemne: en sus plegarias, los fieles añaden el nombre de Stalin a todos
aquellos para los que solicitan la protección divina.
Durante las primeras semanas de julio de 1941, el invasor se había
convertido de nuevo en «fascista». Meses después se trata del «alemán»: los
escasos comunistas alemanes que han sobrevivido a la depuración son utilizados
para explicar la victoria del nazismo, no ya por medio de conceptos
pertenecientes a un análisis de las fuerzas de clase, sino, por una serie de
características nacionales propias de la nación alemana. Se describe el
imperialismo alemán como «excepcionalmente agresivo, brutal y degenerado», no
ya por el hecho de las relaciones de clase que han originado el nazismo sino
como consecuencia «del desarrollo histórico particular de la nación alemana»:
Lassalle, al que se identifica con el «reformismo». se convierte en «la sombra
de Bismarck sobre el movimiento obrero», el imperialismo alemán se transforma
en responsable único de la primera guerra mundial y, por último se afirma que
el pueblo alemán ‑incluido el proletariado‑ debe responsabilizarse
colectivamente de los crímenes nazis «por su pasividad y silencio» [44].
Esta nueva interpretación de la Historia permite también exaltar el «amplio
espíritu social» del capitalismo inglés, así como, los méritos históricos del
pueblo‑mesías que ha sabido liberarse a tiempo de esos mismos dominadores
cuya memoria se está glorificando simultáneamente. El carácter nacional de la
resistencia rusa viene marcado por el abandono de la Internacional como himno
oficial y por la adopción en su lugar de un canto patriótico.
Durante los primeros meses de la contienda, parece hacerse el silencio
no sólo sobre el partido sino, sobre los propios soviets pues los organismos
que así se denominan dejan de reunirse. No obstante, poco a poco y con una
cierta prudencia, terminan por imponerse los mismos hombres si bien, esta vez,
hablan un nuevo lenguaje. El partido se presenta como una especie de vasto
«frente nacional» que reúne a la elite de los combatientes, de los
responsables, de los administradores y de los técnicos. Sus puertas se abren al
paso de las nuevas promociones, de los talentos que se han revelado, de los
jefes desconocidos meses antes, de todos aquellos a los que la propaganda
bautiza como «bolcheviques sin partido» y para los cuales, a partir de un
cierto grado de notoriedad y responsabilidad, el acceso al carnet de miembro
constituye casi una obligación moral, aunque ello no implique, por supuesto, la
participación real en la vida de una organización que sigue dominada por el
aparato. Las cifras son elocuentes: desde el principio de la guerra hasta el
final de 1941, el partido recluta 145.000 personas. Tras superar, gracias a la
tensión creada por la campaña de resistencia a utranza, la crisis de 1941, el
partido se va transformando en una amplia organización de masa de los cuadros
económicos y técnicos del país, difundiendo, por vez primera en la U.R.S.S., el
tipo de ideología de «frente popular» que les parece a sus
dirigentes más eficaz para movilizar a los rusos, dadas las necesidades de una
lucha llevada al lado de las potencias, antes imperialistas, que se han
convertido en los «grandes aliados».
La santa alianza contra la
revolución mundial
Al enterarse de la declaración de guerra, el embajador francés
Coulondre, le había sugerido a Hitler que tal vez había liberado unas fuerzas
que los barrerían a todos y que amenazaban con dejar vía libre a «Monsieur
Trotsky», lo cual, para este diplomático, era una forma de afirmar que la
segunda guerra mundial, al igual que la primera, pero tal vez de forma más
grave, podía ser el preludio de una revolución mundial. En 1934, ante el XVII
Congreso, Stalin había afirmado: «Sin lugar a dudas, la segunda guerra contra
la U.R.S.S. supondría la derrota total de los agresores y el estallido de la
revolución en varios países de Europa» [45].
La conciencia de esta amenaza jamás abandonará a los dirigentes del bloque
aliado durante la guerra y así Churchill tras la ofensiva alemana del 21 de
junio proclama a los cuatro vientos que no se trata de una «guerra de clases»
mientras los líderes de los partidos comunistas se dedican a explicar, en Gran
Bretaña, en Estados Unidos, en América Latina y en otros países, que la
presencia de la U.R.S.S. en el bando aliado ha convertido en guerra nacional
justa la guerra imperialista comenzada anteriormente. A este respecto, la
marginación por el aparato estaliniano, de la Internacional Comunista, habida
cuenta de las tareas que le correspondían en caso de guerra como consecuencia
de sus tesis y posiciones anteriores, no es un hecho fortuito dentro del cuadro
general de la Política de Stalin durante la guerra: la unión sagrada de la
U.R.S.S., la lucha nacional y la tregua en la lucha de clases de los países
aliados, constituyen diferentes aspectos de la defensa de un régimen que ‑como
demostró la experiencia española‑ teme por igual a la acción
revolucionaria espontánea y a la del enemigo de clase El muy oficioso New York Times, el día 20 de diciembre
de 1942, expresa la satisfacción de los capitalistas americanos ante la nueva
orientación usa: «Las consignas de Stalin (...) no son consignas marxistas que
impulsen a la unión de los proletarios del mundo, sino llamamientos al
patriotismo, a la libertad y a la defensa de la Patria» También afirma que la
Alemania hitleriana todavía podría convencer a un gran número de simpatizantes
de la necesidad de encabezar con ella la «cruzada» de clase contra la U.R.S.S.
si persistiera «una Internacional Comunista inspirada por la tesis trotskista
de revolución Proletaria a escala mundial». No obstante, prosigue, existen
desde hace varios años numerosos elementos tranquilizadores a este respecto en
la política rusa como «la liquidación de los trotskistas en Rusia» y la de «los
tontos útiles comunistas de otros países a los que Moscú despreciaba por
tratarse de meros instrumentos».
A medida que transcurren los meses de guerra, afirmándose la
inevitabilidad de la derrota alemana a largo plazo, la preocupación dominante
de la posguerra ‑miedo a la revolución mundial y obsesión por el
surgimiento de nuevos movimientos revolucionarios‑ se manifiesta cada vez
más en las negociaciones entre los Grandes que sirven de preparación al arreglo
de cuentas final. El día 14 de febrero de 1943, el New York Times
levanta una esquina del velo que tapa las negociaciones secretas, la
preocupación de los Aliados y las garantías que exigen, al escribir: «Lenta e
inexorablemente los ejércitos rusos prosiguen su avance hacia el oeste. (...)
Planteando a bastantes personas unas preguntas (...) que sin duda abonarán el
terreno para la propaganda nazi que sigue agitando el espantajo de la
dominación de Europa por los bolcheviques». Al recordar la adhesión de la
U.R.S.S. a los principios de la Carta del Atlántico, el periódico americano
protesta contra la negativa rusa a discutir con sus aliados la libre
determinación de los territorios anexionados entre 1939 y 1941: «Esta adhesión
fue para Gran Bretaña y América la base sobre la cual aceptaron aumentar su
ayuda material y de otro tipo a Rusia (...) En tales condiciones resulta
evidente la necesidad de nuevos acuerdos más explícitos que confieran a la
Carta del Atlántico un significado concreto».
El 22 de febrero de 1943 aparece en la prensa rusa la primera mención
a la Internacional Comunista desde el 22 de junio de 1941. En U.S.A. catorce
meses después, se publica la noticia de la ejecución de dos socialistas
polacos: Erlich, lider del Bund y Alter, dirigente de los sindicatos. Ambos
habían sido detenidos en 1939 bajo la acusación de espionaje, siendo condenados
a muerte y conmutándoseles la pena por la de diez años de cárcel. Tras la
ofensiva alemana son puestos en libertad y se les encarga del reclutamiento de
voluntarios entre los prisioneros polacos; pero entonces, son acusados de
«propaganda derrotista», condenados y ejecutados el 23 de diciembre de 1941. El
9 de marzo de 1943, el vicepresidente Wallace manifiesta veladamente su
inquietud con una frase cargada de amenazas: «La guerra sería inevitable si
Rusia adoptase de nuevo la tesis trotskista de fomento de la revolución a
escala mundial».
Sin duda, el 16 de mayo marca la consecución de un acuerdo en las
negociaciones pues Stalin paga el precio exigido disolviendo la Internacional
Comunista, cuyo Ejecutivo proclama haber «cumplido su función histórica»
afirmando igualmente que su existencia «constituye un obstáculo para la
formación de los partidos obreros nacionales» ya que la guerra ha marcado una
profunda línea de demarcación entre los países aliados de Alemania y «los
pueblos amantes de la libertad unidos en una estrecha coalición contra Hitler».
La prensa americana no oculta su alborozo: «¡Triunfo diplomático de un alcance
muy superior al de las victorias de Stalingrado y del cabo de Bon! (...) ¡El
mundo respira, la vieja locura de Trotsky ha sido abandonada! El sueño de Marx
ha concluido». El Chicago Tribune saluda
la decisión en estos términos: «Stalin ha matado a los derviches de la fe
marxista. Ha ejecutado a los bolcheviques cuyo reino era el mundo y que
aspiraban a la revolución universal». El New
York Times, con más
realismo, enumera las condiciones que contribuirán a hacer del resultado final
algo más interesante: el abandono por parte de Moscú de la Unión de Patriotas
polacos, el reconocimiento por parte de los guerrilleros yugoslavos del
Gobierno emigrado de Londres y la participación de los comunistas franceses en
una «unificación verdadera» [46].
El acuerdo se ratifica en Moscú con la Declaración de los Cuatro
firmada el 1 de noviembre de 1943, «para el mantenimiento de la paz y de la
seguridad» en el mundo entero tras la victoria común. La política americana
cuyo objetivo es el apoyo sistemático a las fuerzas burguesas más reaccionarias
por temor de que una «liberación» provoque movimientos sociales incontrolables,
y que se concreta en la ayuda ofrecida simultáneamente a España, a Salazar en
Portugal, a Darlan en Africa del Norte y al mariscal Badoglio en Italia,
obtiene un triunfo resonante con la acepción por parte de los Cuatro de la
perspectiva de «capitulación incondicional» de Alemania que excluye todo tipo
de acuerdo de los Occidentales con un Gobierno de tipo semi‑nazi o
militar, pero que, tal y como la plantea el secretario de Estado, Cordell Hull,
descarta igualmente toda perspectiva de paz con un Gobierno socialista
originado por un hipotético alzamiento popular en Alemania. El hecho de que los
negociadores rusos comprendieron los objetivos de la diplomacia americana,
aceptando sus propósitos, quedó perfectamente probado por una crónica de C. L.
Sulzberger publicada por el New York
Times el 31 de octubre: «Muchos rusos, con los que el autor ha conversado
francamente, discutían acerca de los peligros que plantearía una Alemania
«comunizada». Pensaban que podría inclinarse eventualmente hacia el trotsksimo
acarreando así un cúmulo de amenazas a la Unión, Soviética, posibilidad que
debe ser apartada a cualquier precio».
Cuando los tres Grandes, Roosevelt, Churchill y Stalin se encuentran
en Teherán en diciembre de 1943, Roosevelt propone el establecimiento durante
la posguerra, de «cuatro policías»: Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia y
China. La puerta queda abierta a la demarcación de zonas de influencia; en
junio de 1944, a propuesta británica, se determina que Rumania y Bulgaria se
integren en la «zona rusa» y Grecia en la «zona británica»; en octubre,
coincidiendo con la visita a Moscú de Eden y Churchill, se decide que los rusos
y los ingleses compartan sus influencias en Yugoslavia, precisándose que
ninguno de los firmantes podrá intervenir si el otro debe emplear la fuerza
para detener algún tipo de disturbio en su zona. A partir del mes de diciembre,
las tropas inglesas se empeñan en la reconquista de Grecia que está dominada
por los partisanos procomunistas del ELAS. Stalin cumple su palabra y no
interviene. En 1945, tras la capitulacion del Japón, tampoco tendrá el menor
escrúpulo en presentarla como la revancha de la guerra ruso‑japonesa de
1904‑1905 escribiendo en Bolchevik:
«Durante cuarenta años, nosotros, los pertenecientes a la vieja generación,
hemos esperado que llegase este día» [47].
Posteriormente, Stalin retira en Postdam su apoyo a los comunistas chinos que
se enfrentan con Chiang Kai‑shek, llegando incluso a afirmar que el gobierno
Kuomintang es la única fuerza capacitada para gobernar en China.
Las revelaciones de los dirigentes comunistas yugoslavos han arrojado
bastante luz como para iluminar con crudeza la política exterior del partido
comunista de la U.R.S.S. durante la «gran guerra patria». Antes y después de la
disolución de la Internacional y de los acuerdos de reparto en zonas de
influencia, los dirigentes rusos utilizaron toda la autoridad y los chantajes
que les permitían sus medios materiales para impedir que la lucha de masas,
emprendida por los comunistas yugoslavos por medio de su ejército de
partisanos, no tomase características de clase y, por ende, revolucionarias
peligro indudable puesto que, desde 1942, la prensa trotskista americana, como The Militant y Fourth International, estaba
comparando el carácter revolucionario de la política llevada por los yugoslavos
con la de otros partidos comunistas. A principios de 1942, piden a los
yugoslavos que anulen el llamamiento dirigido a la resistencia europea y al «alzamiento
de todos los pueblos esclavos de Europa contra sus invasores» [48].
Asimismo, multiplican sus presiones para que los partisanos reconozcan la
autoridad del gobierno monárquico, refugiado en Londres, e intentan imponerles
un pacto con los chetniks del general Mihailovich, al
que, desde un principio combatían encarnizadamente: la acción militar de los
partisanos reviste todas las características de una lucha social con claro
sentido revolucionario mientras que el conservadurismo de los chetniks les llevará incluso a pactar
con el ocupante. Durante el otoño de 1942, a instancias de los dirigentes del
partido comunista ruso cuyo consenso les resulta indispensable para los
suministros de armas, los comunistas yugoslavos renuncian a la designación de
un gobierno provisional por el Consejo Antifascista de Liberación Nacional,
integrado por representantes de los combatientes y de las poblaciones
liberadas. Por la misma época, el mando ruso se declara técnicamente incapaz de
suministrar a los partisanos armas y municiones cuando su gobierno está
ofreciéndoselas bajo cuerda a los chetniks.
Cuando los partisanos yugoslavos crean, en noviembre de 1943, el Comité
Nacional que preside el comunista Tito, Moscú les acusa de haber saboteado la
conferencia de Teherán proclamando el derrocamiento del rey Pedro y la
prohibición de su entrada en el territorio nacional. Finalmente, el partido
yugoslavo se inclinará ante las «recomendaciones» de la conferencia de Yalta,
aceptando la institución de un gobierno provisional con participación de los
ministros del gabinete monárquico.
Idéntica influencia conservadora, contrarrevolucionaria en el sentido
estricto de la palabra, será la ejercida por el gobierno ruso y la dirección
del partido durante el desarrollo de los acontecimientos en Italia. Los
Aliados, con preferencia a la Resistencia en la que se manifiestan las
reivindicaciones políticas, económicas y sociales de los obreros y campesinos,
apoyan a la monarquía y al gobierno de los dignatarios fascistas que han
intentado salvarse de la quema con el sacrificio de Mussolini. La monarquía y
el gobierno del mariscal Badoglio, desacreditado por la Resistencia, serán
salvados por la llegada de Moscú del secretario del partido italiano Ercoli‑Togliatti,
que propone aplazar el arreglo de la cuestión monárquica hasta el final de la
guerra, anunciando, asimismo, el apoyo comunista al gobierno Badoglio, en el
que entrará personalmente como ministro. El abandono por los alemanes del norte
de Italia, donde ha nacido un poderoso movimiento obrero, crea una situación
auténticamente revolucionaria. «En las provincias, escribe Henri Michel, en las
ciudades y en las fábricas se constituyen comités de liberación clandestinos de
clara inspiración revolucionaria. A medida que los alemanes los iban evacuando,
los valles se erigían en efímeras repúblicas de partisanos cuyos comités de
liberación electos se ocupaban a veces de la administración, preparaban
proyectos de ley para el futuro e incluso decidían reformas inmediatas en lo
referente a la. instrucción pública, la fijación de precios y los impuestos» [49].
Estos auténticos soviets, al igual que los comités de empresa que por aquellas
fechas se apoderaban de las fábricas y las ponían en funcionamiento, dirigían
una depuración de clase que tenía como objeto principal a los magnates de la
industria; no obstante, todos ellos terminarán por ser eliminados ya sea por la
fuerza o progresivamente mediante el control ejercido por los comisarios
regionales del gobierno militar aliado o el apoyo que presta el partido
comunista al gobierno de coalición que coopera con los Aliados participando en
la construcción de un Estado burgués sobre las ruinas del Estado fascista. Los
temores de M. Cordell Hull han de revelarse vanos: no habrá' revolución
italiana y tampoco habrá revolución alemana.
En Francia el partido comunista, en palabras de Isaac Deutscher, «se
alinea tras el general De Gaulle, cuyas pretensiones dictatoriales, actitud
antimarxista y concomitancias clericales, eran obvias desde hacia tiempo» [50].
De nuevo el destino de Europa occidental parece haber quedado determinado para
varios lustros: seguirá siendo capitalista.
A este respecto, es preciso señalar que la lucha contra los grupos
revolucionarios antiestalinistas, trotskistas o no, fue llevada a cabo durante
la guerra por todos los gobiernos beligerantes sin excepción. En los Estados
Unidos, los dirigentes del Socialist Workers
Party y, entre ellos, uno de los fundadores del
partido comunista americano, James P. Cannon, fueron encarcelados en aplicación
del Smith Act. En Europa el número de
víctimas fue considerablemente alto. Entre ellas puede citarse al antiguo
miembro del Comité Central del partido comunista alemán Werner Scholem que, en
tiempos, había organizado la llamada oposición «de Wedding» Y fue ejecutado en
un campo de concentración alemán; su compatriota Marcel Widelin, organizador en
Francia de células clandestinas dentro de la Wehrmacht que fue fusilado por los
colaboradores franceses de la Gestapo; el antiguo secretario de Trotsky, Walter
Held, condenado a muerte en rebeldía en Alemania y raptado durante una estancia
en la U.R.S.S., el antiguo secretario general del partido comunista griego
Pantelis Puliopulos, fusilado en 1942 por el ejército alemán; el antiguo
secretario adjunto del partido comunista italiano y antiguo responsable de la
organización clandestina en la Italia fascista, que se había afiliado al
movimiento trotskista, Pietro Tresso, eliminado por un «maquis» tras su evasión
de la cárcel de Puy donde había sido encerrado por orden del gobierno de Vichy;
el antiguo dirigente del POUM durante la guerra de España Joan Farré, muerto en
circunstancias parecidas; el antiguo miembro del Comité Central del partido
comunista belga y fundador de la oposición belga León Lesoil, muerto durante su
deportación en Alemania; el dirigente estudiantil de Cracovia, Stefan
Szmolewicz, detenido en 1939, deportado a Vorkuta, líder de los trotskistas
allí detenidos y muerto en 1943 de resultas de los malos tratos padecidos;
Sneevliet el veterano comunista holandés, uno de los primeros delegados de la
Komintern en China con el nombre de Maring, fusilado por los alemanes. En Asia
toda una generación de dirigentes revolucionarios fue liquidada: el antiguo
secretario general del partido chino que se había convertido en dirigente
trotskista Chen Tu‑Hsiu, fue ejecutado cuando ya era un anciano por las
tropas de Chiang Kai‑shek mientras los japoneses fusilaban a su sucesor a
la cabeza de la organización trotskista Chen Chi‑chang y las tropas de
Mao Tse‑tung hacían lo propio con
el jefe de los partisanos trotskistas Chu Li‑ming. En Vietnam, el
trotskista Nguyen Ai‑Hau, jefe de las milicias obreras de Cholón, fue
ejecutado por las tropas francesas mientras el fundador del trotskismo
vietnamita, Ta Thu Tau, y el dirigente chino Liu Chia‑liang eran
eliminados por el Vietminh. Gracias a esta nueva «santa alianza» universal la
tan temida revolución mundial parecía quedar apartada definitivamente.
Las esperanzas de una
generación
Este es, en definitiva, el balance histórico del papel desempeñado por
la U.R.S.S. en la conclusión de la segunda guerra mundial, la consecuencia a
largo plazo de las opciones de los años 25‑30 en favor del «socialismo en
un solo país»: el partido comunista de la U.R.S.S. emerge de la segunda guerra
mundial como un poderoso factor de estabilización y conservadurismo sociales,
aureolado por el prestigio que le confieren la revolución de Octubre, el
proceso de construcción del socialismo y la victoria militar sobre la barbarie
hitleriana. Tal prestigio ratifica la autoridad que ejerce sobre millones de
trabajadores por medio de su aparato internacional, seleccionado de forma tan
juiciosa como el interno e integrado por hombres como Gottwald, Ulbricht,
Thorez y Togliatti. Basta con un llamamiento suyo para que estos millones de
hombres dejen sus armas, «se remanguen» y restauren a fuerza de trabajo los
estragos de la guerra donde tantos hermanos suyos perdieron la vida: de esta
forma, proporcionan a la diplomacia rusa una enorme fuerza de apoyo y, creyendo
luchar por el socialismo, sirven en primer lugar a los intereses de la
burocracia.
En la U.R.S.S., como en el resto del mundo, ha hecho su aparición una
nueva generación comunista. La matanza de los viejos bolcheviques y la gran
decepción del pacto germano‑soviético se pierden para ella en un remoto
pasado. El final de la guerra parece el principio de una nueva era en la
historia de la Humanidad: las esperanzas renacen en el momento en que se
desvanece la pesadilla de la dominación nazi. Los jóvenes comunistas rusos
pasan por entonces noches enteras en discusiones apasionadas, febriles y
exaltantes. «Esperábamos, escribe Leonhard, que la victoria sobre el fascismo
traería algo completamente nuevo a Europa Occidental, que se produciría una
gigantesca revolución social. Creíamos en un gran despertar, en un renacimiento
y en la evolución de los nuevos movimientos socialistas» [51].
A partir de 1944 la situación militar deja de ser el único origen de las
preocupaciones: «El interés de las gentes se dirigía cada vez más hacia los
cambios políticos que se avecinaban y que se podían esperar de la posguerra» [52].
En toda Europa, gentes muy jóvenes se lanzan con entusiasmo a la actividad del
partido, como el poeta Woroszylski que más adelante habrá de evocar la época «en
la que el comunismo era la poesía suprema y el esfuerzo cotidiano y la poesía
era el camino hacia el comunismo» [53].
A todos estos jóvenes para los que el comunismo, «juventud del mundo» prepara
«un mañana que cante», el partido comunista ruso iba a ofrecerles, una vez más,
sólo la faceta del estalinismo, la procesión de las purgas, las confesiones,
los procesos y la mentira.
[1] Sir Bernard Pares, A history of Russia, pág. 594
[2] Deutscher, Stalin, pág. 427
[3] Jruschov,
A. S. C., pág. 54
[4] Ibídem, pág. 55
[5] Guerra relámpago (N. del T..).
[6] Citado por Deutscher, Stalin,
pág. 430
[7] Citado por Fischer, Soviet
opposition to Stalin, pág. 470
[8] Shub, The choice., pág. 59.
[9] Sherwood, Roosevell and
Hopkins, pág.
335
[10] Jruschov, A. S. C., págs, 44‑48.
Acerca de la odisea
de Liskov, que Jruschov no menciona, véase Leonbard, op. cit., págs. 121 ‑122
[11] Citado por Leonhard, Child, pág. 108
[12]. Jruschoy, A.
S. C., págs. 47‑48..
[13] Shirer,LeIII
Reich, vol. II,
pág. 233.
[14] Jruschov, A. S. C.,
pág. 48
[15] Simonov, Les Vivants et les morts, pág. 35
[16] Citado en Le Monde, 2 3 de junio de 1962
[17] Jruschov, A. S. C., págs. 46‑47
[18] Simonov, op. cit., pág. 63
[19] Michel, Les mouvements clandestins, pág. 117.
[20] Liddell Hart, On the other side of the hill, pág. 196
[21] Schapiro, C. P. S. U., pág. 497.
[22] JohnG.Wright,«U.S.S.R. in the war»,
Fourth International, enero de 1942, págs. 15‑19
[23] Michel, op. cit., págs. 117‑118
[24] Armstrong, The bureaucratic elite, págs. 128‑131
[25] Pravda, 31 de septiembre de.1941.
[26] Citado por A. Dallin, German rule in Russia, pág. 8
[27] Por el apodo del emperador del Sacro Imperio Federico 1 que participó en la 3ª Cruzada (N. del T.).
[28] Citado por Shirer, op. cit., t. II, pág. 235.
[29] Citado por Dallin, op. cit.,
págs. 30‑31
[30] Ibidem, pág. 70.
[31] Shirer, op. cit., págs. 333‑334
[32] Citado por A. Daffin, op. cit., págs. 30‑31
[33] Ibídem, pág. 461
[34] Citado por Shirer, op. cit., pág. 310
[35] Citado por A. Dallin, op. cit., pág. 321
[36] Mandel, Traité d’économie marxiste, t. II, pág. 229.
[37] Citado por Shírer, op. cit., t. II, pág. 320
[38] Citado por A. Dalfin, op. cit., pág. 334
[39] George Fischer, op. cit.,
págs. 58‑60
[40] Deutscher, Stalin, págs. 426‑227
[41] Jruschov, A. S. C., págs. 50‑51
[42] Alf Edeen, «The civil service», en
la obra de Cyril Black, Transformations of russian society, pág. 287
[43] Garder, Une guerre pas comme les autres, pág. 76.
[44] Recensión de John G. Wright de la publicación mensual editada en Moscú World Survey de marzo de 1942, en Fourth International, julio de 1943
[45] Stalin,
op. cit., t. I. pág, 135
[46] Panorama de la prensa americana tras la disolución de la I.C., por John Wright en Fourth International, julio de 1943
[47] Bolchevik n.º 16, agosto de 1945, citado por Deutscher, Stalin, pag. 480
[48] Dedijer, Tito parle, pág. 189
[49] Michel, op. cit., pág. 48.
[50] Deutscher, Stalin, pág. 472
[51] Leonhart, Child, pág. 269.
[52] Ibídem
[53] Woroszylski, «Matériaux pour une biographie», incluido en «Le socialisme polonais», Les temps modernes, 1957, febrero‑marzo, pág. 1099.