CAPÍTULO XV
LOS PROCESOS DE MOSCÚ
Todo parece indicar que durante
el año 1935 se inició la preparación de los grandes procesos contra la Vieja
Guardia. Los archivos de la Sociedad de Viejos Bolcheviques y los de la
Asociación de Antiguos Forzados son examinados cuidadosamente por las
comisiones que encabezan Yezhov y Malenkov. Algunos de los hombres que pronto
serán condenados como Zinóviev, Kámenev, Yenukidze y Smirnov, se encuentran
desde hace cierto tiempo en manos de la NKVD. La Pravda del. 5 de junio de 1936 abre el nuevo período con el
siguiente propósito: «Con mano firme seguiremos destruyendo a los enemigos del
pueblo, a los monstruos y furias trotskistas, sea cual fuere el hábil
camuflaje con que se escondan». El día 29 de julio, el secretariado envía a
todos los organismos locales una circular cuyo texto aún nos es desconocido
pero cuyo titulo figura en los archivos de Smolensk; se refiere a «la actividad
terrorista del bloque trotskista‑zinovievista contrarrevolucionario» [1].
La maquinaria ha entrado en
funcionamiento y, a partir 1 de agosto, la prensa aparece repleta de
informaciones que narran la desarticulación de todo tipo de complots y de
«conspiraciones contrarrevolucionarias, todos ellos de carácter trotskista‑zinovievista»,
así como, la detención, en todas las repúblicas de la U.R.S.S., de estudiantes,
periodistas, jóvenes comunistas y obreros, como el grupo de «trotskistas»
acusado de haberse apoderado de la organización del partido en el célebre radio
de Vyborg, en Leningrado. El día 14, toda la prensa publica simultáneamente la
información de que se va a iniciar un nuevo proceso contra Zinóviev y un
decreto que parece reconsiderar las drásticas medidas de la ley de diciembre de
1934, puesto que restablece la publicidad de las audiencias, la asistencia de
abogados y la posibilidad de un recurso ante el Ejecutivo contra las sentencias
durante los tres días siguientes a la emisión del veredicto. El día 19 se
inicia el «proceso de los Dieciséis», el primero de los «procesos de Moscú».
El proceso de los Dieciséis
El acta de acusación se publica
el mismo día y es presentada por el fiscal Vishinsky ante el tribunal militar
de la Suprema Corte de la U.R.S.S., integrado por tres jueces militantes y
presidido por Ulrich. A primera vista, los dieciséis acusados forman un
conjunto un tanto heterogéneo. Entre ellos se encuentran cuatro de los más
distinguidos de la Vieja Guardia, los antiguos dirigentes de la «Nueva
Oposición», Zinóviev, Kámenev, Evdokímov y Bakáiev que ya han sido condenados
varias veces, una de ellas por complicidad en el asesinato de Kírov; a su grupo
pueden asimilarse también las personalidades menos conocidas de algunos
veteranos responsables como Pickel, antiguo secretario de Zinóviev, y Reingold,
colaborador de Sokólnikov en finanzas, ya que ambos fueron miembros de la
oposición conjunta. Los antiguos trotskistas de la oposición de 1923 y de la
oposición conjunta integran un segundo grupo: Iván Nikitich Smirnov y Sergio
Mrachkovsky, antiguos dirigentes de la oposición que renunciaron a la lucha en
1928‑29. Dreitser fue oficial del Ejército Rojo e íntimo colaborador de
Trotsky al que apoyó durante la lucha de 1926‑27 y por último Ter‑Vaganián
es un escritor y. periodista perteneciente a la joven generación; ambos
capitularon en la misma época. Golzman es un alto funcionario que ha visitado a
Trotsky durante su período de deportación y que, a pesar de sus simpatías por
la oposición, no ha llegado a integrarse en ella. El último grupo de acusados
está integrado por desconocidos cuyo pasado tortuoso será revelado en el curso
del interrogatorio; ellos son: Olberg, Berman‑Yurin, Fritz David y Moisés
y Nathan Lurie. Todos estos hombres anuncian su propósito de declararse
culpables declinando su derecho a ser defendidos por un abogado. La tesis de la
acusación afirma que, hacia el final de 1932, Smirnov, Mrachkovsky y Ter‑Vaganián,
«extrotskistas reintegrados», constituyeron con Zinóviev y Kámenev un «centro»
con el fin de preparar y ejecutar atentados terroristas contra los dirigentes
del partido y del Estado. Con este fin, Trotsky y Sedov enviaron a la U.R.S.S.
un cierto número de terroristas, los seis desconocidos del banquillo de los
acusados, provistos de pasaportes y visados suministrados por la Gestapo. El
centro transmitió, por medio de Zinóviev, la orden dada por Trotsky de matar a
Kírov. No hay pruebas materiales: el acta de acusación se apoya únicamente en
las declaraciones de los acusados que parecen haber sido obtenidas
recientemente ya que Kámenev no ha declarado hasta el 13 de Julio, Mrachkovsky
hasta el 20, Hickel hasta el 23 y los demás en vísperas del juicio como
Evdokímov que lo ha hecho el 12 de agosto, Smirnov el 13 y Ter‑Vaganián,
el 14.
Los contactos del centro con
Trotsky son ratificados por Golzman que afirma haber sostenido en noviembre de
1932 una entrevista con Sedov en el Hotel Bristol de Copenhague y, más
adelante, con el propio Trotsky en la misma ciudad, recibiendo de él
instrucciones para fomentar el terrorismo. Mrachkovsky declara que, en
diciembre de 1934, recibió, por mediación de Dreitser que había visto a Sedov
en Berlín, una carta de Trotsky escrita con tinta simpática en la que se
determinaba el objetivo fundamental, a saber «el asesinato de Stalin y de
Voroshílov». Moisés Lurie confiesa haber recibido en marzo de 1933, en Berlín,
instrucciones de Trotsky por boca de Ruth Fischer y Maslow. Bakáiev se acusa de
haber supervisado los preparativos del asesinato de Kírov. Otros acusados
declaran haber preparado atentados contra diversas personalidades como Stalin,
Voroshílov, Kaganóvich, Zhdánov, Ordzhonikidze, Kossior y Postishev. Los
dirigentes reconocen haber participado personalmente en la organización de
tales crímenes. «Ardíamos en el odio» [2],
afirma Zinóviev después de la explicación de Kámenev: «Lo que nos ha guiado es
un odio sin límites contra la dirección del partido y el país, la sed de poder»
[3].
El fiscal Vishinsky solicita la
pena de muerte para «estos payasos, estos pigmeos», «estos aventureros que, con
sus pies llenos de barro, han intentado pisotear las flores más perfumadas de
nuestro jardín socialista» [4]:
«Hay que fusilar a estos perros rabiosos». La prensa corea la requisitoria con
idéntico estilo; el 23 de agosto,
Izvestia escribe: «No tienen en el alma más que un odio bestial, que ha ido
madurando durante diez años contra nuestro sol Stalin, y el genio victorioso de
la impureza contrarrevolucionaria». El día 24 todos los acusados son declarados
culpables y condenados a muerte. Izvestia
entona las alabanzas del «único humanismo (...) la defensa del régimen que,
bajo la égida del gran Stalin, asegura una vida nueva, una vida libre a
millones de hombres». El día 25, los dieciséis reos son ejecutados. Pravda escribe: «Desde que ocurrió, se
respira mejor, el aire es más puro, nuestros músculos adquieren nueva vida,
nuestras máquinas funcionan con más alegría, nuestras manos son más diestras».
Los problemas planteados por las declaraciones de los dieciséis
A pesar de que la versión
oficial del proceso y la tesis de la acusación solo hayan sido admitidas con
reservas entre los partidarios de Stalin y los «amigos de la U.R.S.S.» en el
mundo entero, la mera lectura atenta de los documentos oficiales, revela una
serie de contradicciones y de imposibilidades, prescindiendo de todos los datos
que podrían considerarse dudosos, que nos autorizan a considerar este proceso
como una de las falsificaciones judiciales peor montadas de todos los tiempos.
En primer lugar se plantea el
problema de los ausentes. Vishinsky alude a doce acusados que están siendo
objeto de una instrucción particular: ninguno de ellos aparecerá jamás ante un
tribunal. Entre otros, Vishinsky cita a Dímitri Schmidt, uno de los jefes del
Ejército Rojo, legendario partisano de la guerra civil y responsable, según la
acusación, de la organización de grupos terroristas, otro de ellos es el viejo
bolchevique Guertik, que ya había sido condenado en enero de 1935 bajo la
acusación de haber participado, junto con Matorin,, otro de los secretarios de
Zinóviev, en la preparación del asesinato de Kírov; Gaven, un comunista letón
amigo de Smilgá al que se acusa de haber servido de enlace transmitiéndole a
Smirnov en 1932 las «directrices terroristas» de Trotsky. Todos estos hombres
han muerto ya o morirán más adelante sin haber sido procesados y sin confesar.
La acusación no parece
preocuparse demasiado por hacer coincidir su tesis con la que había mantenido
en el proceso de enero de 1935, pues sólo cuatro acusados, de los diecinueve
que fueron condenados en aquella ocasión, responden una vez mas del asesinato
de Kírov. Aunque sería normal, no se hace ninguna alusión a los procesos
anteriores relacionados con el asunto, como el de los jefes de la NKVD
leningradense o el segundo juicio contra Kámenev. Tampoco se menciona a
Bisseneks, el cónsul de Letonia del que se supone que entregó en 1934, 5.000
rublos a Nikoláiev, ofreciéndose asimismo a ponerle en contacto con Trotsky.
De hecho cualquier persona
honrada que leyese en 1936 las actas taquigráficas del proceso de los
Dieciséis, sin necesidad de esperar las «revelaciones» de Jruschov en 1956,
podía llegar a la conclusión de que todos los acusados eran inocentes del
asesinato de Kírov.
Por otra parte, las propias
declaraciones están repletas de contradicciones en cuanto se refiere a los
actos terroristas y a las instrucciones. Dreitser confiesa haber hecho visible
el mensaje de Trotsky, escrito con tinta simpática, antes de transmitírselo a
Mrachkovsky. Pero este último también declara haberlo recibido y hecho visible.
Nadie parece preocuparse por esta contradicción. En cuanto a los demás atentados puede decirse que, como mucho, se
trata de «crímenes de intención»: Berman‑Yurin confiesa haber deseado
matar a Stalin en la XVIII Asamblea plenaria del Ejecutivo de la Komintern,
pero no pudo entrar en la sala. Fritz David sí pudo hacerlo, mas le resultó
imposible acercarse a Stalin. Vishinsky, al aludir a estas dos declaraciones
sostiene su perfecta armonía. con el momento histórico puesto que fue en 1927
cuando Trotsky elaboró su famosa «tesis Clemenceau».
Asimismo, Nathan Lurie quiso
hacer fuego sobre Voroshílov pero su automóvil pasó demasiado lejos; al parecer
también pensó asesinar a Kaganóvich y a Ordzhonikidze en una reunión que se iba
a celebrar en Cheliabinsk, pero finalmente no se decidió a acudir a ella.
Las «pruebas materiales»
aportadas por la acusación son tan poco consistentes como las declaraciones. El
hecho de que Olberg, ciudadano letón, tuviese un pasaporte de Honduras,
evidentemente no prueba nada salvo si se obstina uno en creer que sólo la
Gestapo podría proveer de tales pasaportes. Vishinsky aduce, como cuerpo del
delito, una carta de Trotsky que, según él, ha sido hallada en un doble fondo
de la maleta de Golzman y en la cual el jefe de la oposición afirma que hay que «suprimir a Stalin». En realidad
se trata de una carta abierta, publicada en el mundo entero en 1932, y que
contiene la siguiente frase: «Por último es preciso llevar a la práctica el
vehemente consejo póstumo de Lenin: apartar a Stalin», ello prueba, cuando
menos, que, si Trotsky efectivamente se dedicaba a propagar consignas
terroristas, se hallaba en buena compañía. El fiscal experimenta muchas
dificultades al intentar coordinar los datos suministrados por las
declaraciones y hacerlos coincidir con su argumentación. El acta sostiene que
el centro ha venido funcionando desde 1932 hasta 1936; pero Zinóviev y Kámenev
que, según propia confesión, estuvieron exiliados de 1932 a 1933, fueron
detenidos en diciembre de 1934 y, desde entonces, no salieron de la cárcel.
Mrachkovsky, otro de los supuestos miembros del centro, se encontraba durante
este período en el Kazajstán. En cuanto a Smirnov, desde el 1 de enero de 1933
no había salido de la cárcel. A la luz de estos hechos, Vishinsky deduce que
«si el centro funcionaba era porque tenía un sistema de enlaces bien
organizados que permitieron incluso a los que no estaban en libertad (...),
participar en su dirección» [5];
pero no aporta ninguna indicación sobre la naturaleza de tales «enlaces».
Las «actas taquigráficas», sin duda, fueron objeto de importantes cortes: la requisitoria de Vishinsky considera inadmisibles, las comparaciones establecidas por los acusados con el terrorismo antizarista del siglo XIX, cuando en el texto no consta ninguna de estas comparaciones. La propia tesis de las «confesiones» parece estar a punto de venirse abajo cuando se leen los pasajes «resumidos» de las actas. Al parecer, Ter‑Vaganián intentó la astucia de sustituir (en las instrucciones de Trotsky) la palabra «terror» por la frase «lucha enérgica contra los dirigentes del partido comunista». No obstante, más tarde tuvo que admitir que se trataba de instrucciones cuyo «contenido era el terrorismo, sólo el terrorismo» [6] Asimismo, «Smirnov niega su participación directa en las actividades terroristas. (...) El acusado no confiesa sino después de haber sido confundido por la acusación con pruebas irrefutables» [7]. El interrogatorio de Smirnov duró tres horas: un breve fragmento del diálogo muestra que no confesó puesto que, en él, niega haber formado parte del centro:
Vishinsky: ¿Entonces cuando abandonó Vd. el centro?:
Smirnov:
No tenía intención alguna de abandonarlo, no había donde irse.
Vishinsky: ¿Existía el centro?
Smirnov ¿Acaso
era aquello un centro? [8].
En su informe final, Vishinsky
vuelve a referirse a la resistencia de Smirnov que ha terminado por confesar en
tono de broma, ofreciéndose a sus compañeros de banquillo como jefe ya que
parecen insistir en ello. Con anterioridad a la vista, había negado durante
varios meses: «Todo su interrogatorio desde el 20 de mayo puede resumirse en
las siguientes palabras: «Niego, esto, sigo negándolo, niego todo» [9].
Los acusados más dóciles también
exteriorizan ciertas veleidades de resistencia empleando un lenguaje de doble
sentido que termina por sembrar la duda acerca de la autenticidad de sus
declaraciones. ¿Qué otra significación pueden tener las siguientes
declaraciones de Evdokímov que ha reconocido todos los cargos que se le
hacían?: « ¿Quién podrá creer ni una sola de nuestras palabras? ¿Quién nos
creerá a nosotros, que comparecemos ante el tribunal como una
contrarrevolucionaria cuadrilla de bandidos, como aliados del fascismo y de la
Gestapo? » [10]. En boca de
Kámenev que durante sus últimos años ha estudiado a Maquiavelo y a Loyola,
algunas réplicas despiertan curiosas resonancias; así, después de haber
contestado dócilmente, como lo desea Vishinsky, que ha sido el ansia de poder
lo que le ha conducido a las filas de la contrarrevolución, manifestación que el
fiscal traduce inmediatamente por «combatir el socialismo», el acusado precisa
rápidamente: «Saca Vd. la conclusión de un historiador y de un fiscal» [11].
Incluso un hombre destrozado como Zinóviev, se atreve a manifestar un resabio
de dignidad cuando expresa el sufrimiento que supone para él compartir el
banquillo de los acusados con hombres de la catadura de Olberg y Nathan Lurie,
lo cual no tendría ningún sentido si se admite, como afirma la acusación, que
él es su jefe.
El frágil tinglado no tarda en derrumbarse cuando se inician las investigaciones de aquellos que tratan de comprobar los hechos susceptibles de serlo. Así se descubre en Dinamarca que el Hotel Bristol, en el que Golzman afirma haberse entrevistado con Sedov a finales de diciembre de 1935, ha sido derribado en 1917 y que en todo Copenhague no existe hotel alguno con ese nombre. Por otra parte, Sedov demuestra con testigos y con los visados que le fueron concedidos en la epoca aludida, que nunca había estado en Copenhague. Las declaraciones de los últimos días serán modificadas con arreglo a estas informaciones, Berman‑Yurin y Fritz David, en lo sucesivo dejan de referirse a la presencia de Sedov en Copenhague y Olberg aporta de improviso una versión en la que la mujer de Sedov sustituye a su marido que no pudo acudir a la cita.
El objetivo político de este
proceso surge entre las líneas de la argumentación del fiscal Vishinsky,
adversario político inmemorial de los acusados por haber sido menchevique antes
de convertirse en estalinista. Esta es la razón de que vuelva a referirise al
juicio de 1935 para obligar a Zinóviev a hacer declaraciones suficientes en
esta ocasión: «Zinóviev tuvo incluso el cinismo de pretender que él y sus quince
cómplices eran subjetivamente leales a la clase obrera y no querían emprender
la vía contrarrevolucionaria, pero que, objetivamente las cosas hablan
cambiado. (...) Me gustaría que, en su defensa, Zinóviev nos explicase cómo ha
podido ocurrir que, si era subjetivamente leal a la clase obrera, se desviase
objetivamente hacia el otro camino. (...) Tales cosas no suceden. (...) Si
objetivamente las cosas han tomado este cariz, ello se debe a que su lealtad
subjetiva a la revolución, acusado Zinóviev, era falsa y estaba corrompida. Le
pido que nos hable también de eso» [12].
En efecto, a aquel «anciano hundido» que Anton Ciliga vislumbró descalzo en el
patio de una prisión durante el año 1935, se le pide que acabe de condenarse
arrastrando con él a toda la oposición, que la deshonre y se deshonre él mismo,
que ayude a Stalin a acabar con Trotsky y que con su humillación y su muerte
sirva de ejemplo y de advertencia a todos los adversarios de Stalin.
Los nombres de todos los hombres
comprometidos por las declaraciones de los acusados del proceso de agosto son
los de la élite del partido bolchevique, «todos los miembros supervivientes del
Comité Central del que surgió Octubre», como apuntó en su día León Sedov:
Bujarin, Rikov, Tornsky, Shliapníkov, Sokólnikov, Serebriakov, Smilgá,
Piatakov, Karl Rádek, los generales de la guerra civil Putna, Schmidt y otros.
Con ellos, a través de ellos, todos los oposicionistas del pasado se ven
amenazados, incluso si desde entonces han renunciado a la lucha abandonando las
armas, de hecho con ellos cae toda oposición virtual, toda posible dirección.
Por otra parte, entre los acusados no figura ningún miembro de la oposición de
izquierda; todos ellos han roto con Trotsky desde hace tiempo, aceptando
desempeñar contra él el papel de acusadores por cuenta de Stalin, desde antes
del XV Congreso en el caso de Picke1, y desde enero de 1928 en el de Zinóviev,
Kámenev y Evdokímov. El procedimiento de amalgama que pronto será rutinario,
consiste en presentar a los acusados como oposicionistas, procesándoles junto
con otros hombres de pasado muy sospechoso que les acusan. Moisés Luria era,
desde hacía algunos años, el especialista en artículos antitrotskistas de Correspondencia
Internacional, donde firmaba con el nombre de Emel. En 1931 Olberg había
intentado convertirse en secretario
de Trotsky y no había sido aceptado precisamente por su dudosa personalidad.
Fritz David había sido secretario de Wilhelm Pieck y, por ello, se había visto
implicado en todas las luchas internas del partido alemán. Todos estos
hombres, poco conocidos, dóciles instrumentos en manos de la acusación y
aparentemente relacionados con la GPU o chantajeados por ella, parecen haber
sido escogidos en medios próximos al partido comunista alemán para poder
acreditar la tesis de sus relaciones con la Gestapo.
Para que los argumentos de la
acusación adquieran un significado político, es preciso evidentemente que los
propios traidores ensalcen a Stalin y alaben su victoria. Así lo hacen
efectivamente. Reingold declara: «Zinoviev decía: «Stalin concentra en si mismo
la fuerza y la firmeza de la dirección. Por tanto es preciso eliminarle» [13].
Mrachkovsky afirma: «Hay que abandonar toda esperanza de provocar el derrumbamiento
de la política del partido»[14].
También Smirnov aporta su grano de arena: «Nuestro país no tiene otro camino
que el que ha emprendido y no puede haber otra dirección que la que nos ha sido
dada por la Historia» [15].
A su vez Kámenev afirma: «La política del partido, la política de su dirección
ha triunfado precisamente en el único sentido en que la victoria del socialismo
es posible» [16] y añade en
su declaración final: «Les pido fervientemente a mis hijos que consagren su
vida a la defensa del gran Stalin» [17].
La glorificación de Stalin va
acompañada de la consabida letanía contra Trotsky, «el hombre que me ha
empujado al crimen» dice David [18],
«el alma, el organizador del bloque terrorista », dice Bakáiev [19].
Mrachkovsky le acusa de haberle «obligado a emprender el camino de la
contrarrevolución »; su viejo amigo Smirnov dice de él que es un «enemigo (...)
del otro lado de la barricada» [20].
Zinóviev afirma sentenciosamente: «El trotskismo es una variedad del fascismo y
el zinovievismo es una variedad del trotskismo» [21].
Todo esto es algo más que un ritual, algo más que una operación de uso interno
destinada a desacreditar a Trotsky ante los ojos de los restos de la vanguardia
obrera en la U.R.S.S. y en todo el mundo.
El 18 de julio de 1936, el
levantamiento de los militares españoles ha desencadenado una revolución obrera
y campesina en la zona republicana que está encabezada por una serie de
irreconciliables adversarios de Stalin: los sindicalistas revolucionarios de la
CNT y los comunistas disidentes que dirige el ex trotskista Andrés Nin. La
revolución española constituye una amenaza directa para el statu quo europeo y
un obstáculo en la búsqueda de aliados
burgueses que ha iniciado la U. R. S. S., pues asusta a los medios políticos
capitalistas de Inglaterra y Francia más aún que la posible ampliación de la
zona de influencia alemana e italiana en el Mediterráneo. Stalin que durante
las primeras semanas del conflicto se había alineado con la política de no‑intervención
recomendada por Francia y exigida por Inglaterra, termina no obstante por pasar
a la acción en España. La ayuda militar rusa que permitirá al ejército
republicano resistir el embate durante los últimos meses de 1936, supone una
retirada en el plano político puesto que los consejeros rusos apoyan en el
bando republicano a las fuerzas moderadas, permitiéndoles frenar primero y
detener más tarde la ola revolucionaria. Stalin mata dos pájaros de un tiro
pues convierte a los comunistas en paladines del antifascismo, concebido como
una alianza de «todos los demócratas» contra los fascistas, lo cual viene a
ser, en cada país, el reflejo de la coalición que aspira a formar en Europa,
alineando a la U.R.S.S. con las democracias occidentales y contra el eje Roma‑Berlín.
La lucha contra los elementos revolucionarios españoles constituye por tanto
una garantía que se ofrece a los futuros aliados desde el punto de vista del
conservadurismo social y político, pero también representa una faceta más de la
lucha de la burocracia rusa para preservar su monopolio sobre los sectores
obreros avanzados.
A partir del mes de septiembre
de 1936, empiezan a llegar a España los consejeros militares y políticos y los
especialistas de la NKVD que van a emprender la liquidación de todos los
elementos revolucionarios extremistas. Considerado desde este punto de vista,
el proceso de los Dieciséis es una operación encaminada a facilitar la nueva
política extranjera de Stalin y, al mismo tiempo, una preparación psicológica
para la guerra contra el fascismo en el bando de las democracias capitalistas;
una perspectiva que no sólo excluye la revolución sino que obliga a combatirla
por suponer una amenaza directa contra el sistema de alianzas de la U. R. S. S.
[22].
El proceso no es por tanto sino el aspecto más espectacular de una amplia campaña política. En la U.R.S.S. constituye el pretexto y la cobertura de una nueva campana de depuración del partido que se inicia con el pliego de instrucciones secretas del 29 de julio. Como ya no quedan oposicionistas encubiertos a quien poder desenmascarar, empiezan a verse expulsados todos aquellos que hayan tenido cualquier tipo de relación, por tenue que fuese, con un trotskista o un zinovievista. Por ejemplo: En Kosalzk, uno de los radios del área de Smolensk, se expulsa a un militante que, en 1927, había tenido en sus manos la plataforma de la oposición, a otro que «había dado una descripción favorable de un trotskista», o a un tercero que se había limitado a acudir como alumno al Instituto de profesores rojos. Todas las reuniones se cierran con un homenaje a «la vigilancia y sagacidad del jefe bienamado, el camarada Stalin» [23].
No obstante resulta evidente que
el proceso de los Dieciséis, ha fallado su blanco. Kámenev y Zinoviev, al
confesar que su móvil no había sido más que el ansia de poder le han hecho a
Stalin un favor envenenado: al negar el hecho de haber tenido un programa
diferente del suyo, dejan ver claramente que por una y otra parte sólo era
cuestión de hacerse con el poder. La Pravda
del día 12 de septiembre de 1936 acusa el golpe e indica la dirección a seguir
por los próximos procesos: «Los acusados se han esforzado en disimular los
verdaderos objetivos de su acción. Han contestado que no tenían programa
alguno. No obstante, sí que lo tenían, era la destrucción del socialismo y la
restauración del capitalismo». En el curso del siguiente proceso los acusados reconocerán haber tenido un
«programa».
Existe cierta base para pensar
que las condiciones en que se llevó a cabo el primer proceso provocaron en los
medios dirigentes, inclusive en los más cercanos a Stalin, un cierto número de
resistencias y vacilaciones de las que apenas tenemos información. Tras haber
sido comprometidos Bujarin, Ríkov y Tomsky por las declaraciones de los
acusados, se abre una investigación sobre ellos. Vishinsky, al anunciarla ante
el tribunal, pone en marcha simultáneamente la tradicional avalancha de
resoluciones y mensajes que exigen su castigo. Tomsky, acorralado, presintiendo
la suerte que le espera, pone fin a su vida el día 23 de agosto. Sin embargo,
el 10 de septiembre, un comunicado que aparece en Pravda, anuncia que la investigación acerca de Bujarin y Ríkov se
ha cerrado con un sobreseimiento ya que no ha podido establecerse «ninguna base
legal» de acusación contra ellos. La mayoría de los historiadores suponen,
razonablemente al parecer, que esta conclusión de la instrucción judicial
suponía un retroceso respecto a los proyectos iniciales. De momento, debemos
renunciar a conocer las peripecias que motivaron la súbita detención de la
represión que, por estas fechas, parecía apuntar inequívocamente a los
derechistas.
Schapiro opina que, en cualquier
caso, fue este sobreseimiento referente a los dos antiguos dirigentes del ala
derecha, la causa de una violenta reacción de Stalin con la consiguiente
agravación de la crisis. Esta tesis se apoya en las declaraciones de Jruschov
que sitúa hacia el final del mes de septiembre el comienzo de lo que llama la
«represión en masa». Fue precisamente el 25 de septiembre, según él, cuando
Stalin y Zhdanov, que pasaban sus vacaciones en Sorchi, a orillas del Mar
Negro, telegrafiaron a «Kaganóvich, Mólotov y otros miembros del Politburó» que
era «necesario y urgente nombrar a Yezhov comisario del pueblo para Asuntos
Interiores» (NKVD), comentando también: «Yágoda ha demostrado su absoluta
incapacidad para desenmascarar el bloque trotskista‑zinovievista. La GPU
lleva cuatro años de retraso »[24].
La designación de Ejov aparece
en la Pravda del 27. Tras ser
transferido a «Correos y Telecomunicaciones », Yágoda será procesado a su vez
meses más tarde. Aparentemente éste es el periodo en el que la dirección de la
NKVD comienza a reorganizarse bajo la férrea supervisión de Yezhov,
desapareciendo de sus filas los antiguos chekistas que la dirigían desde la
guerra civil como Pauker, Trilisser, Agranov y otros; Zakovsky, el único
superviviente de los tres adjuntos de Yagoda cuya responsabilidad en la
fabricación de confesiones para los procesos, fue desvelada por Jruschov en
1956, es igualmente el único cuyos primeros servicios en la policía política
son posteriores a la guerra civil, escapando de esta forma a la sospecha de
simpatizar con los viejos bolcheviques. En el interin se multiplican las
detenciones de estos últimos, a pesar de que sólo llegue a figurar una reducida
representación de ellos en el segundo proceso. Habrá que contentarse con
apuntar que un cierto número de insistentes rumores indican que, por entonces,
Ordzhonikidze hacia grandes esfuerzos para amortiguar los golpes que amenazaban
a la Vieja Guardia y, sobre todo, para proteger a su adjunto Piatakov, cuyo
pasado oposicionista le condenaba a desempeñar un destacado papel en el proceso
siguiente. También estos rumores fueron confirmados parcialmente por Jruschov
ante el XXII Congreso, donde reveló que Sergo Ordzhonikidze, cuya muerte se
anunció el 18 de febrero de 1937, en realidad se había suicidado para «no tener
nada que ver con Stalin y dejar de compartir con él la responsabilidad de sus
abusos de poder» [25]
Tampoco
contamos con informaciones precisas sobre el juicio por sabotaje y terrorismo,
celebrado en Novosibirsk del 19 al 22 de noviembre de 1936, y en el que, de
nueve acusados calificados como «trotskistas», seis fueron condenados a muerte
y ejecutados. El hecho de que todos ellos hayan sido presentados como agentes
de Piatakov, en cuyo cargo se aportó el testimonio de su amigo Drobnis, nos
permite vislumbrar empero una puesta en escena análoga a la de julio de 1935
contra Kámenev, encaminada como aquella a acabar con su resistencia, arrancando
sus confesiones a un hombre que veía como se estrechaba el cerco a su alrededor
a partir de la detención
de su mujer acaecida ocho meses antes. Según el informe presentado en su juicio
no consintió en declarar hasta el mes de diciembre de 1936.
El segundo proceso tiene lugar
entre el 23 y el 30 de enero de 1937 ante el mismo tribunal: el presidente
Urich, y el fiscal Vishinsky. Los dieciocho acusados han sido seleccionados
según el método habitual ya de la amalgama. Piatakov y Karl Rádek son las
principales figuras del grupo de viejos bolcheviques: el primero de ellos
todavía era miembro del Comité Central y el otro redactor de Izvestia y coautor
de la nueva constitución algunas semanas antes. Serebriakov, antiguo secretario
del partido, oposicionista redento y administrador de los ferrocarriles, así
como Sokólnikov, vice‑comisario de la industria forestal y suplente del
Comité Central, pertenecen igualmente a la Vieja Guardia. Los viejos
bolcheviques y antiguos decemistas Drobnis y Boguslavsky también habían
renunciado a sus ideas al igual que Livschitz, antiguo miembro de la oposición
conjunta, ocupando todos ellos puestos importantes en la administración
económica. Nicolás Murálov, el viejo amigo de Trotsky, es el único de los
antiguos oposicionistas que no ha firmado declaración alguna de arrepentimiento
con anterioridad a su última detención. El segundo grupo de acusados está
compuesto por una serie de responsables de la economía, Kniazev y Turok de los
ferrocarriles, Ratetchak y Chestov de la industria química; todos ellos son
comunistas veteranos; Norkin y Pushin, de más reciente afiliación e importantes
cargos en la administración y Stroilov, ingeniero‑jefe del trust
carbonífero del Kuznetsk. Por último Arnold, «chófer» no perteneciente al
partido y hombre de múltiples identidades y Hrasche al que se presenta como
«profesor» y «espía», integran el grupo indispensable de personajes extraños
aparentemente abocados a desempeñar el papel de delatores.
El esquema general del proceso
no difiere en nada del anterior. Piatakov y sus compañeros son acusados de
haber organizado un «centro de reserva», una especie de dirección suplente
destinada a tomar, si llegaba el caso, el relevo del «centro trotskista‑zinovievista»
que había sido desmantelado en el primer proceso. Así lo reconocen todos ellos
y suministran un verdadero aluvión de detalles sobre sus relaciones con los
dirigentes del primer «centro» y con Trotsky. Un antiguo corresponsal de
Izvestia, de nombre Romm, declara haberse entrevistado con Trotsky en Paris
hacia finales de julio de 1933, recibiendo de su mano una serie de directrices
por escrito que habla transmitido posteriormente a Rádek. Rádek declara haber
destruido los textos pero explica su contenido: derrotismo y terrorismo, esas
eran las instrucciones de Trotsky. Piatakov declara que, en el mes de diciembre
de 1935, se había trasladado desde Berlín, donde desempeñaba una misión
oficial, a Oslo, entrevistándose con Trotsky en su casa: Trotsky le dio
directrices para el sabotaje y el terrorismo y le puso al corriente de sus
conversaciones con Rudolf Hess, el ministro y lugarteniente del Hitler, así
como de los acuerdos a que hablan llegado respecto a su lucha común contra la
U.R.S.S. Además de esto, Piatakov y Rádek reconocen su responsabilidad directa
en todos los actos terroristas, realizados o no, que se imputan a los grupos de
acción dependientes de uno u otro centro desde la muerte de Kirov hasta los
meramente proyectados contra las personas de Stalin, Voroshilov, Mólotov,
Kaganóvich, Zhdánov, Kossior, Postishev, Eije, Chubar y otros personajes de
menor importancia. Los funcionarios de la administración económica, desde
Serebriakov, el viejo bolchevique, a Stroilov, el sin‑partido, se hacen
responsables de una impresionante lista de sabotajes que oscilan entre la
sistemática fijación de mínimos productivos muy bajos para los ferroviarios,
hasta la organización de descarrilamientos, pasando por una serie de planes
destinados a disminuir en un 80 por 100 la producción de carbón, a provocar
explosiones en las minas con la finalidad de matar al mayor número posible de
obreros estajanovistas, y a la realización de «intoxicaciones» o
«envenenamientos masivos»; la dilapidación de fondos públicos, la sistemática
demora (de hasta tres meses) en el pago de los salarios a los obreros, la
retirada de la circulación de locomotoras en buen estado para sustituirlas por
máquinas no reparadas, etc. Kniazev por si solo se hace responsable de la
organización de quince graves accidentes ferroviarios y mil seiscientas
averías. Todos ellos declaran haber aplicado en esta campaña de sabotaje las
directrices dadas por Trotsky. Los acusados menos conocidos confiesan haber
trabajado para los servicios de información de diversas potencias extranjeras:
Stroilov para Alemania, Kniazev para el Japón y Ratetchak, según Vishinsky, «es
un espía tal vez polaco, tal vez alemán» [26],
Hrasche al parecer también es un agente múltiple.
Tras este increíble inventario
de infamias Vishinsky emprende en su requisitoria la tarea de demostrar,
remontándose a la actividad de Trotsky antes de la Revolución, hasta que punto
la oposición se veía abocada al sabotaje y a la traición. Trece acusados son
condenados a muerte: Piatakov, Murálov, Serebriakov, Boguslavsky y Drobnis.
Arnold y Stroilov son condenados a diez y cinco años de cárcel respectivamente.
Dos de las «estrellas» del proceso, Sokólnikov y Rádek, son perdonados
limitándose su condena a diez años de cárcel. Como sucedió tras el primer
proceso, antes y después de la ejecución de las sentencias, la prensa entona el
coro de los vituperios de Vishinsky contra los condenados, «criminales
profesionales con una sangre fría propia de víboras» [27].
Tal vez el segundo proceso no ha
sido preparado por los mismos hombres; sin duda lo ha sido en los mismos
despachos, por especialistas formados en la misma escuela. En este caso también
parece quedar claro que en el juicio no comparecen todos los que han declarado:
todos los expedientes llevan un número de orden y el de Arnold es el número 36,
ello nos autoriza a suponer que hay por lo menos diecinueve ausentes. Por otra
parte sus nombres son citados en los interrogatorios tanto si son responsables
como si se trata de simples miembros: Rádek alude a Preobrazhensky como miembro
del centro y también Beloborodov, Budu Mdivani y Kotziubinsky, por citar
solamente a los más conocidos, son mencionados en numerosas ocasiones. Ninguno
de ellos llegará nunca a comparecer en un juicio público. La acusación intenta
en sucesivas ocasiones que los acusados confirmen las declaraciones de los
condenados en el primer proceso, sobre todo en lo referente al asesinato de
Kírov. Sin embargo, el cambio de orientación y la. mayor amplitud de la gama de
crímenes «confesados» obligan al fiscal a poner en tela de juicio las declaraciones
de 1936, exclamando en determinado momento: «Cuando hemos comenzado a devanar
progresivamente la abyecta madeja de sus monstruosos crímenes, hemos
descubierto a cada paso la capacidad de mentira y de duplicidad de unos hombres
que tenían ya un pie en la sepultura» [28].
Ninguno de los acusados adopta
la actitud de resistencia que intentó mantener Smirnov. No obstante, algunos
niegan ciertas acusaciones y llevan a cabo declaraciones ambiguas. Piatakov se
niega a admitir que «al principio de su actividad trotskista» ya supiera que
ésta le arrastraría a la traición y de esta forma destruye la tesis que
pretende convertir al trotskismo en una traición consciente. Asimismo
niega todo tipo de participación en un supuesto atentado contra Stalin hasta el
momento en que se aducen tal cantidad de declaraciones en su contra que no
puede seguir negando sin demoler el edificio entero. Muy pronto va a saberse a
ciencia cierta que dos de los testimonios más importantes son falsos: la
entrevista de Oslo no pudo llegar a celebrarse por la sencilla razón de que, en
el período indicado, ningún viajero extranjero llegó a Noruega por avión y,
además, porque las circunstancias que rodeaban la estancia de Trotsky en dicho
país hacían de todo punto inimaginable que hubiera podido recibir en secreto
una visita. de tal importancia. Por otra parte, en la .época en que Romm afirma
haberle visto en París, el líder de la oposición estaba sometido en Saint‑Palais a la atenta vigilancia
de la policía francesa. No obstante, el cuestionario redactado por Trotsky para
esclarecer el testimonio de Piatakov, por supuesto no le será sometido por el
tribunal: como temía Trotsky, Piatakov es ejecutado el 1 de febrero, sin dar
tiempo a que la opinión mundial pudiera ejercer una presión suficiente para que
fuese interrogado de nuevo.
De hecho, en la
actualidad ninguna de las acusaciones y confesiones del segundo proceso puede
sostenerse. El «viaje a Oslo» tiene tan poca consistencia como el Hotel
Bristol. Cuando años más tarde, el fiscal ruso se encuentra cara a cara durante
el proceso de Nuremberg con los principales dirigentes de la Alemania nazi y, sobre todo con
Rudolf Hess, no hace ningún intento por
esclarecer las supuestas entrevistas sostenidas entre éste y Trotsky, fundamento
de la acusación de traición del proceso de 1937, a pesar de las numerosas
protestas de Natalia Sedova y de los amigos políticos de Trotsky. Este
silencio, así como la inexistencia en los archivos alemanes de cualquier tipo
de datos a este respecto, dejan el fraude completamente al descubierto. En
enero de 1937, Murálov, el viejo bolchevique, y Arnold, el aventurero, habían
confesado la realización, en 1934, de un intento fallido de atentado contra el coche de Mólotov en la
localidad de Prokopievsk. Murálov fue ejecutado. Durante el XXII Congreso,
Chevernik, presidente de la Comisión de Control, declara, al referirse al
«cinismo» de Mólotov: «Con ocasión de un viaje a Prokopievsk, en 1934, las
ruedas del lado derecho de su auto resbalaron en la cuneta. Ninguno de los
pasajeros resultó herido. Este episodio sirvió más tarde de pretexto para el
montaje de un “atentado” contra la persona de Mólotov y un grupo de inocentes
fue condenado por ello» [29]
De hecho, la clave del proceso se encuentra en las propias actas taquigráficas oficiales y, sobre todo, en el interrogatorio y las declaraciones de Karl Rádek, verdadero representante de la acusación en el banquillo de los acusados, que fue también uno de los escasísimos supervivientes de los procesos, indultado aparentemente por el papel desempeñado en ellos. Su capacidad intelectual hace de Rádek una de las más destacadas figuras de su generación; durante los años que mediaron entre 1923 y 1926 había simpatizado con la oposición pasando de 1926 a 1928 a convertirse en miembro activo de ella y abandonando sus filas en 1929; a partir de este momento se convertirá en el blanco de los ataques de Trotsky que le acusa de haber denunciado a Blumkin a la GPU y de haberse vuelto un verdadero delator. Rádek, con modales de gran comediante, parece hallarse a sus anchas ante el tribunal y frente a Vishinsky al que algunas veces pone en su lugar con sequedad. Denuncia desenvueltamente a todos los componentes del centro y a Bujarin y Ríkov, sobreseídos cuatro meses antes, levantando asimismo sospechas contra Putna, colaborador de Tujachevsky, para disiparlas al día siguiente. La parte más notable de su intervención es su alegato final donde cita, humorísticamente algunos detalles acerca de la investigación al tiempo que da al proceso todo su verdadero significado político.
Comienza con
una protesta contra algunos de los calificativos que el fiscal aplica a los
acusados, recordando que la totalidad del proceso está basada en las «confesiones»,
«El proceso, dice, tiene dos puntos fundamentales. Ha servido para desvelar la
preparación de la guerra mostrando asimismo que la
organización trotskista se ha convertido en la central de las fuerzas que están
preparando la nueva guerra mundial. ¿Qué pruebas tenemos de ello? Las pruebas
con las declaraciones de dos hombres: la mía, en la que confieso haber recibido
directrices y cartas ‑que he quemado desgraciadamente- de Trotsky, y la
de Piatakov que ha hablado con Trotsky. Todas las demás están basadas en las
nuestras. Si os encontráis frente a simples delincuentes comunes, a meros
delatores: ¿como podéis estar seguros de que cuanto hemos dicho es la verdad,
la verdad inconmovible? Naturalmente, el fiscal y el tribunal que conocen
perfectamente la historia del trotskismo, que nos conocen no tienen razón
alguna para sospechar que nosotros, los que arrastramos la pesada bola de
hierro del terrorismo, hayamos añadido por placer el delito de traición al
Estado. Es inútil tratar de persuadiros, pero sí hay que intentar persuadir, en
primer término, a los elementos trotskistas dispersos repartidos por todo el
país y que todavía no han bajado sus armas, de que son peligrosos y de que
deben comprender que nosotros, aquí y ahora, decimos con profunda emoción la
verdad y sólo la verdad». Esta verdad que, según él, Zinoviev, Kámenev y
Mrachkovsky han encubierto puesto que «Kámenev ha preferido morir como un
rufián, sin programa político»[30]
En consecuencia, Rádek trata de
demostrar cómo el trotskismo conduce a la traición dado que el poder de Stalin
es demasiado fuerte. «Los viejos trotskistas, afirma, sostenían que era imposible edificar el socialismo en un
sólo país» esta era la razón por la cual debía acelerarse el proceso
revolucionario en Occidente. He aquí el programa que se les ofrece: en
Occidente no es posible la revolución por ello es preciso que destruyáis el
socialismo en la U.R.S.S. Que el socialismo ha sido edificado en nuestro país
es un hecho del que nadie puede dudar», Rádek argumenta que, si no denunció la
conspiración cuando supo de la alianza entre Trotsky y Hitler, ello se debió
por una parte a que «la justicia soviética no es una máquina de picar carne» y,
en segundo lugar, al hecho de que «existía un importante sector de gentes
atraído por nosotros a esta forma de lucha que no conocían los, digamos, principios
esenciales de la organización, que erraban en las tinieblas.» También confiesa
no sin cierto toque de humor negro: «Debo decir, que no he sido yo el torturado
sino más bien los investigadores los torturados por mí al obligarles a llevar a
cabo una labor inútil. Durante dos meses y medio he obligado al juez de
instrucción, con incesantes interrogatorios y careos de mis declaraciones con
las de los restantes acusados, a desvelarme el cuadro completo para poder saber quién había
confesado y quién no, y hasta qué punto habían llegado las confesiones de cada
uno». De esta forma, prosigue, él «ha confesado todo» en último lugar,
convirtiéndose así en el director del espectáculo. Según Krivitsky, fue una
entrevista personal con Stalin la que le decidió a «proseguir el acopio de
pruebas contra si mismo»[31]
La conclusión de Rádek,
constituye un llamamiento político para la consecución de una unión sagrada
cuya finalidad debe ser desarmar a toda oposición virtual: «En este país
existen trotskistas a medias, trotskistas en una cuarta parte, trotskistas en
una octava parte, personas que nos han
ayudado ignorando la existencia de la organización terrorista y gentes que han
simpatizado con nosotros y que por liberalismo o por mero espíritu de rebeldía
frente al partido, nos han ayudado. A todas estas personas les decimos: cuando
en la masa de un inmenso martillo se desliza una paja, el peligro todavía no
tiene grandes proporciones, mas, si la paja se aloja en una hélice, ello puede
provocar una catástrofe. Nos hallamos en un periodo de enorme tensión, en un
período de ante‑guerra. A todos estos elementos les decimos: aquel que
sienta el menor deterioro de su confianza en las relaciones con el partido debe
saber que el día de mañana puede convertirse en un desviacionista, en un
traidor si no se dedica inmediatamente a reparar esa avería con una total
sinceridad hacia el partido. En segundo lugar, a los elementos trotskistas de
Francia, de España y de los demás países ‑tales elementos existen‑,
debemos decirles que la experiencia de la Revolución rusa ha demostrado
sobradamente que el trotskismo es el saboteador del movimiento obrero. Debemos
avisarles de que pagarán con su cabeza si no aprovechan nuestra experiencia.
Por último, debemos decirle al mundo entero, a todos aquellos que luchan por la
paz, que el trotskismo es un instrumento en manos de los fabricantes de
guerras» .[32]
Rádek, estalinista por puro
cinismo, no le hace a Stalin favores gratuitos. Aspira inequívocamente a
recibir una contrapartida y, para ello, subraya el valor de sus propios
servicios: «Cuando Nicolás Ivanóvich Murálov, al que creía capaz de morir en
prisión sin pronunciar ni una sola palabra, cuando este hombre, pues, firmó sus
declaraciones, justificándose al decir que no quería morir con la idea de que
su nombre pudiese servir de bandera a toda la canalla contrarrevolucionaria, he
aquí que expresó el más profundo resultado de este proceso» [33].
En sus palabras se materializa
la necesidad que se impone a Stalin si pretende defender su amenazado régimen:
es preciso aniquilar la difusa oposición interior, hay que asegurarse de que
los partidos comunistas de Francia, España y otros países monopolicen a sus
respectivas bases obreras, es necesario conseguir una alianza con las potencias
occidentales para asegurar la paz y mantener el statu quo. Condición previa de
esta victoria es sin duda la destrucción de la oposición,trotskista, de la
organización que prepara la IV Internacional; hay que acabar con ella porque
amenaza a la dictadura de la burocracia tanto en el interior como extramuros de
la Unión Soviética: esta es la razón de que la «confesión» de Murálov se
convierta en «el más profundo resultado del proceso», pues ella, sólo ella
constituye una verdadera derrota para Trotsky.
No obstante, también en este
caso el resultado se reduce a unas dimensiones mínimas con el paso del tiempo:
en España y en Francia los agentes de la NKVD se empeñan en una labor de
sistemática liquidación de los partidarios de Trotsky y, en general, de todos
los revolucionarios anti‑estalinistas, asesinando en Francia al checo
Klement, al polaco Reiss [34]
y más tarde al propio León Sedov: en España al líder del POUM Andrés Nin, al
austríaco Kurt Landau, al checo Erwin Wolff, al alemán Moulin y a muchos más.
Inevitablemente, la represión se ve obligada a golpear también en la U.R.S.S. y esta vez tiene como
blanco a un número de personas que sobrepasa ampliamente el pequeño núcleo de
«trotskistas». su objetivo, a partir de entonces, es toda la Vieja Guardia de
los bolcheviques y comunistas extranjeros residentes en el U.R.S.S., es decir
los propios cuadros del partido y la Internacional.
Al proceso de
Piatakov sigue inmediatamente una oleada de detenciones. Al parecer este es el
momento en que son detenidos Bujarin y Ríkov, al igual que el jurista
Pachukanis, atacado por Pravda el 20
de enero. El suicidio de Ordzhonikidze el día 18 de febrero constituye un nuevo
aspecto de la lucha que se desarrolla dentro del aparato, otro de cuyos
episodios es la asamblea plenaria del Comité Central que tiene lugar entre el
23 de febrero y el 5 de marzo. El comunicado de la Pravda
del 6 de marzo dice que «se ha examinado la cuestión de la actividad anti‑partido
de Bujarin y Ríkov, decidiéndose expulsar a ambos del mismo. Krivitsky y los
autores de Stalintern afirman que
Bujarin y Ríkov fueron excarcelados, asistiendo a la asamblea y declarándose en
ella inocentes de los cargos que se les hacían sin conseguir convencer a los
delegados. El informe redactado a la sazón por Jruschov para Moscú, publicado
en la Pravda del 17 de marzo, parece
confirmar la presencia de ambos en el Comité Central: «Han acudido a la
asamblea para tratar de engañarla, (...) no han emprendido la senda del
arrepentimiento» y, por ello, deben ser considerados como «enemigos del partido
y de la clase obrera».
En su informe al XX Congreso,
Jrúschov dice que, en este momento, cuando «el terror estaba dirigido no ya
contra los restos de las antiguas clases explotadoras sino contra los honrados
trabajadores del partido y el Estado», a los que se acusaba de «doble juego»,
«espionaje», «sabotaje y complots», «numerosos miembros del Comité Central
pusieron en cuestión la justeza de la línea de represión en masa que se
practicaba con el pretexto de luchar contra los hombres de dos caras» [35].
Según el mismo Jruschov, Postischev, primer secretario de Ucrania, se alzó como
portavoz de los nuevos oposicionistas que fueron derrotados al parecer, ya que
el Comité Central adoptó un informe de Yezhov acerca de la peligrosidad de las
operaciones de diversión, sabotaje y espionaje cuyos autores, según asegura
Mólotoy en el curso de la discusión, «se definen como comunistas y vehementes
partidiarios del poder soviético» [36]
La crisis adquiere tales
proporciones de gravedad que, durante cierto tiempo, dejarán de celebrarse
procesos públicos e incluso procesos de cualquier tipo. El Ejército Rojo es
decapitado: el día 31 de mayo se suicida Gamarnik, jefe político del ejército y
fiel estalinista. El 11 de junio un breve comunicado anuncia la detención e
inmediato proceso de un grupo de generales que comprende a Tujachevsky, Yakir,
Uboréjvich, Feldmann, jefe de los cuadros, Eideman, Kork y Primakov y Putna, estos
últimos encarcelados desde 1936. Según las revelaciones del XXII Congreso,
estos hombres estaban prácticamente condenados a muerte y tal vez habían sido
ejecutados ya. A pesar de las afirmaciones oficiales no parece haber existido
un verdadero proceso en este caso, pues algunos de los jueces cuyos nombres han
sido publicados posteriormente, como Alksnis, ya habían sido detenidos por
estas fechas. Si nos atenemos a las revelaciones de Chelepin, en el mes de
noviembre fueron detenidos numerosas personalidades importantes, «militantes
del partido, hombres de Estado e influyentes militares», entre ellos cita a
Postishev, Kossior, Eíje, Rudzutak, Chubar, Bubnov, Unslicht y Krilenko [37]
Casi todos ellos serán fuii1ados en diferentes fechas; según Jruschov, Eije lo
fue el día 2 de febrero de 1940, cuando ya se le consideraba definitivamente
desaparecido. El día 16 de diciembre, una lacónica nota anuncia el juicio a
puerta cerrada, la condena por alta traición y la consiguiente ejecución de
Avelli Yenukidze, expulsado desde 1935.
Esta fecha marca el comienzo de
la sucesiva desaparición de los supervivientes de la oposición de izquierda. Un
antiguo preso político ha aportado en fecha reciente una serie de detalles
inéditos sobre la liquidación de los trotskistas en el campo de concentración
de Vorkuta [38]. Al
parecer, en 1936, se encontraban allí varios millares de ellos, agrupados por
barracas y muy organizados pues se negaban a trabajar más de ocho horas
diarias. Sus jefes eran: el armenio Sócrates Guevorkian, el letón Melnais,
antiguo miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas y antiguo
dirigente de la oposición en la Universidad de Moscú, los viejos bolcheviques
Vladimir Ivanov y Vladimir Kossior, así como el antiguo secretario de Trotsky,
Posnansky con quien Ciliga había coincidido en Verjne‑Uralsk. Durante el
invierno 1936-1937, consiguieron mediante una huelga de hambre de 132 días una
mejora de sus condiciones de trabajo. Sin embargo, durante el verano de 1937
sale de Vorkuta una primera expedición en la que se encuentran el antiguo
miembro del Comité Central V. Ivanov, Y. Kossior y Sergio Sedov, el menor de
los hijos de Trotsky, a su llegada a Moscú todos ellos serán fusilados. A
finales de marzo de 1938, Guevorkian y otros veinte hombres son fusilados en
los alrededores del campo. Las ejecuciones prosiguen al ritmo de unas cuarenta
personas una o dos veces por semana, hasta el final de 1938. Ya no quedan más
que unos pocos supervivientes cuando cesan los «convoyes» tras la sustitución
de Yezhov por Beria. En realidad, Stalin no liquida sólo a los bolcheviques que
han entrado en conflicto con el aparato,
sino prácticamente la totalidad de la Vieja Guardia, en cuyas filas se
encuentran también los hombres que, durante los años veinte hicieron posible su
triunfo sobre la oposición. Las ejecuciones de 1937 sólo constituyen el prólogo
de la gigantesca purga que los rusos
bautizaron con el nombre de yezhovtchina,
por el nombre del jefe de la NKVD que la puso en marcha. La parte más
importante se desarrolló en silencio, sin publicidad alguna. Cuando empieza a
remitir, tras el triunfo definitivo del terror generalizado, se desarrolla el
último juicio, el de Bujarin, conocido como el proceso del «bloque de
derechistas y trotskistas».
Los veintiún acusados del tercer
proceso de Moscú son juzgados entre el 2 y el 13 de marzo. En torno a Bujarin y
Ríkov, los antiguos derechistas, a Christian Rakovsky, antiguo dirigente de la
oposición de izquierda, a Krestinsky, ex‑secretario del partido, y a una
serie de viejos bolcheviques, responsables y altos funcionarios del partido y
el Estado, se encuentran Yágoda, antiguo jefe de la NKVD, los ex comisarios del
pueblo Grinko, Chernov, Rozengolz y algunos ex-miembros del Comité Central como
Jodiaev, Ikramov, Zelensky, y otros funcionarios y tres médicos. La acusación
les reprocha haber agrupado bajo el nombre de «bloque de derechistas y
trotskistas» a los elementos de una
conspiración que reúne, además de algunos mencheviques y socialistas-revolucionarios,
a un cierto número de nacionalistas burgueses de Ucrania, de Bielorrusia, de
Georgia, del Azerbaiyán y del Asia Central y de haber actuado «por orden de los
servicios de espionaje de naciones extranjeras enemigas de la U.R.S.S.», como
consecuencia de un pacto, gestionado por Trotsky, cuya contrapartida había de
ser el apoyo armado de dichas potencias con vistas a un derrocamiento del poder
soviético y a la desintegración de la U.R.S.S.
La lista de sus «crímenes» es
impresionante: Krestinsky, siguiendo «instrucciones directas del enemigo del
pueblo Trotsky, agente de los servicios de espionaje alemanes e ingleses»,
informa a los alemanes desde 1921, Rozengolz es agente alemán desde 1923 e
inglés desde 1926; Rakovsky es espía del Intelligence
Service desde 1924 y en 1934 decide informar igualmente a los japoneses,
Grinko trabaja por cuenta de Alemania y Polonia desde 1932. También se les
acusa de actos de sabotaje en la agricultura, los transportes, las finanzas y
la industria Además, siguiendo el acta de la acusación, han participado en
numerosos atentados terroristas, intentando asesinar a Stalin, Mólotov,
Kaganóvich y Voroshílov, contribuyendo a la realización del asesinato de Kírov
y participando activamente, por medio de su colaboración con Yágoda y con los
médicos, en la muerte de Máximo Gorki y de
su hijo Pechkov. También han asesinado a Menzhinsky, sucesor de Dzerzhinsky en
la jefatura de la GPU, y a Kuíbyshev, intentado envenenar a Yezohv. Por último,
Bujarin ve unirse a todos estos cargos la acusación de haber preparado en 1918
un complot con los S. R. de izquierda para detener y eliminar a Lenin. Como
colofón, tres de los acusados son presentados como agentes de la Ojrana antes de la revolución.
En definitiva nada nuevo, salvo
que esta vez al asesinato de Kírov pueden añadirse otras muertes en los cargos
de la acusación y que los delitos de espionaje se prodigan a manos llenas. Sin
embargo todo ello era previsible: varios meses antes, el autor anónimo de la Carta de un viejo
bolchevique había pronosticado que la muerte de Gorki, envenenado por orden
de Stalin (sic), sería uno de los cargos fundamentales de la acusación en un futuro proceso.
A su vez Trotsky, el 16 de abril de 1937, había anunciado no solamente que
Yagoda sería acusado de envenenamientos criminales, sino también que Rakovsky
era enviado al Japón para poder justificar posteriormente una acusación de espionaje contra
él. También se producen las no menos previsibles acusaciones contra Tujachevsky
y los otros generales para poder confirmar su traición a posteriori. Las ya
habituales entrevistas con Trotsky figuran también entre los documentos de la
acusación que sigue haciendo gala de su tradicional falta de información: en
efecto, Besonov, confiesa haber recibido a finales de diciembre de 1936 una carta de Trotsky, cuando éste, que se
encontraba en Noruega desde el mes de septiembre, había zarpado hacia México
precisamente el día 18 de diciembre; Krestinsky afirma haberse entrevistado con
él en los Alpes italianos alrededor
del 10 de octubre de 1933, cuando es notorio que, en aquellas fechas, se
encontraba en Barbizon, sometido a la estrecha vigilancia de la policía
francesa. El único elemento original de este proceso ha de buscarse en el
banquillo de los acusados que hacen gala de una resistencia franca o velada, de
una fruicción demasiado ostensible en algunas confesiones, en la desenvoltura
de gran señor que adopta Bujarin frente a Vishinsky, en una especie de deseo de forzar la caricatura
por parte de ciertos reos; todos estos son rasgos que coexisten con la
desgarrada manifestación de una desesperación apenas reprimida de vez en
cuando, por una especie de guiño al espectador, presente o futuro, que pueda un
día comprender, explicar...
La primera sesión queda marcada por un incidente insólito, el acusado Krestinsky ‑que según refiere el propio Vishinsky, ha resistido nueve meses de interrogatorios sin ceder- declara que sus confesiones durante la instrucción son rigurosamente falsas afirmando: «Nunca he sido miembro del bloque de derechistas y trotskistas cuya existencia ignoraba. No he cometido ninguno de los crímenes de los que se me acusa a titulo personal; en particular me declaro inocente de la acusación de haber mantenido relaciones con el servicio de información alemán» (38). También exclama: «Antes de mi detención era miembro del partido comunista de la U.R.S.S. y sigo siéndolo». Durante todo su primer interrogatorio, insiste en negar todo valor a los testimonios de los otros acusados y afirma que ha confesado simplemente para poder comparecer en un proceso público y negar todos sus cargos, lo cual no habría sido posible si no hubiese declarado previamente en la instrucción. Por la tarde insiste en sus negativas y no accede a ratificar sus primitivas «confesiones» hasta dos días después. No obstante sigue negándose a reconocer haber percibido ciertas cantidades de dinero del general Von Seeckt entre 1920 y 1921, admitiéndolo únicamente a partir de 1922. En su declaración final afirma que sólo la cárcel pudo «convencerle de la vanidad de sus esperanzas y del carácter desesperado y criminal de la lucha» [39].
Los demás
acusados también manifiestan claramente su voluntad de resistencia. Rikov es el
que más lejos llega en la confesión de una actividad terrorista. No obstante, niega
haber impulsado a Chernov a utilizar sus funciones de Comisario de Agricultura
para llevar a cabo sabotajes, mas, al confirmar este último la acusación,
responde: «Probablemente ha contestado como debía. Sin duda debo haber hecho,
lo que él dice» [40]. Al
presionarle Vishinsky para que reconozca su calidad de espía, guarda silencio
y, a la pregunta en la que se inquiere sobre la forma en que organizaba el
espionaje replica: «Yo no valía ya mucho más que un espía» [41].
Se niega a admitir cualquier tipo de responsabilidad en el asesinato de Kírov
aunque reconoce haber «discutido la cuestión del terrorismo», dándole a su
secretario la orden de vigilar el paso de los automóviles pertenecientes a los
miembros del gobierno, no obstante, insiste: «Nunca hemos tomado una decisión
concreta de matar a uno u otro» [42].
Yágoda dice que se convirtió en conspirador cuando en 1929, de acuerdo con
Bujarin y Rikov, ocultó su oposición a la dirección que tomaba el partido: en
la mañana del 3 de marzo niega su participación en el asesinato de Menzhinsky
para reconocer en la tarde del mismo día haberlo llevado a cabo efectivamente
por orden de Yenukidze, juzgado a puerta cerrada y ejecutado tres meses antes.
A la cuestión que trata de esclarecer si realmente dio órdenes para que la NKVD
no impidiese el asesinato de Kirov, responde: «Si... No era eso... pero no
tiene importancia» [43].
Al doctor Levin que le acusa de haberle ordenado asesinar a Gorki le replica.
«Exagera, pero no tiene importancia» [44].
En determinado momento puntualiza que le da al tribunal solo la información que
considera necesaria» [45].
Por último rechaza la acusación de espionaje: «No soy un espía y nunca lo he
sido»[46]
, apuntando cáusticamente que en caso de haberlo sido efectivamente, habría
provocado sin duda el paro de todos los agentes secretos extranjeros,
consiguiendo así poner en ridículo a la acusación en lo referente a este punto
concreto.
Bujarin es el acusado que resiste con mayor tenacidad y, aparentemente con más método. Se refiere, como de paso, al problema jurídico de fondo y declara: «La confesión de los acusados en un principio propio de la Edad Media» [47]. En diferentes ocasiones sale al paso del fiscal colocando varias replicas afortunadas ‑«Yo también puedo ser ingenioso» [48]‑, o bien, en una ocasión en que al cabo de una serie de preguntas el fiscal ha conseguido «arrancarle» determinados detalles acerca de sus crímenes, para cerrar su propio interrogatorio: «Esto era precisamente lo que quería saber» [49]. Admite haber querido organizar una «lucha abierta» contra Stalin en 1928, pero corrige violentamente a Vishinsky cuando éste cree poder traducir este término por el de «insurrección armada», cerrando asimismo el asalto con el comentario de que «el incidente ha concluido» [50]. También se niega a admitir haber estado al servicio del espionaje extranjero y pone punto final al diálogo afirmando: «Durante el año que pasé en prisión nadie me lo propuso» [51]. Al esforzarse Vishinsky en demostrar una remota complicidad en un determinado caso de terrorismo, responde sarcásticamente: «Así que, al parecer, yo sabía algo de lo que se podría deducir algo» [52]. En diferentes ocasiones consigue echar por tierra el argumento de la acusación o el testimonio concreto que se le opone, más se detiene tras ello sin aprovechar la baza que acaba de ganar, como si esta actitud tuviera que mantenerse dentro de ciertos limites. Sus preguntas terminan por confundir al testigo Maximov y tras ello vuelve a guardar silencio. También declara enfáticamente su participación en la elaboración de la Plataforma Riutin y haber conspirado ilegalmente. Vishinsky, apresuradamente, comete la torpeza de interrumpirle: «No dice usted nada de sus crímenes», ante lo cual Bujarin replica: «¿Así que usted no considera como crimen una organización ilegal ni la elaboración de la Plataforma Riutin?» [53]. Cuando el fiscal, visiblemente turbado por tan temible adversario y obviamente desprovisto de argumentos, intenta hacerle reconocer que sería «más correcto» por su parte admitir su condición de espía, el acusado replica secamente: «Esa es tal vez su opinión la mía es diferente» [54].
De hecho, Bujarin niega todas
las acusaciones concretas, todo aquello que no constituye una responsabilidad
política general. A pesar de la comparecencia de testigos como Osinsky, niega
rotundamente haber intentado asesinar a Lenin en 1918, no admite la acusación
de derrotismo y espionaje, desmiente categóricamente el hecho de que los
generales Tujachevsky y Kork hubiesen proyectado «abrir el frente» a las tropas
alemanas en caso de guerra, se niega a admitir ni siquiera una remota
complicidad en los asesinatos de Kirov, Menzhinsky, Kuibyshev, Gorky y Pechkov,
afirmando que es la primera vez que ve a algunos de sus companeros de
banquillo, que nunca ha hablado «de temas contrarrevolucionarios» con la
mayoría de los restantes y que, para formar la «banda», a la que se refiere el
fiscal, es preciso «al menos conocerse y estar en contacto unos con otros» [55].
Incluso el desgraciado Rakovsky,
anciano que evidentemente se ha visto abrumado por las condiciones de su
encarcelamiento, alza su cabeza con dignidad entre las confesiones más
inverosímiles, refiriéndose en distintas ocasiones a la oposición, tema que
Vishinsky no puede tolerar, y confesando que ha dirigido al Intelligence Service «un análisis de la
nueva Constitución» [56].
También afirma que se ha enterado de los «crímenes del bloque en el tribunal» y
destruye en la misma frase la confesión que acaba de hacer: «En 1934, nos
habíamos convertido en una escuela de espionaje, sabotaje, traición y
terrorismo. No obstante, existía aún una especie de relación interna con
nuestro pasado» [57] ‑un
pasado cuyo carácter revolucionario recuerda en numerosas ocasiones: «Pienso
que nadie puede colocar el signo igual entre nosotros y los fascistas. Ello
supondría deformar todo el panorama, (...) atentar contra la verdad. (...) Toda
nuestra política era puro aventurerismo; lo que hacíamos era juzgarnos el todo
por el todo, mas cuando una aventura arriesgada se ve coronada por el éxito,
los aventureros se convierten en grandes hombres de Estado» [58].
Las consecuencias de las confesiones
En definitiva ‑a pesar de
que no siempre sea posible explicarlas detalladamente de manera satisfactoria‑
las confesiones de los acusados en el proceso de Bujarin tienen una honda
significación en cuanto al auténtico estado de la sociedad soviética de la que
revelan algunos aspectos verdaderamente escandalosos; por tanto, los procesos
desempeñan un papel secundario consistente en suministrar a una opinión pública
poco crítica toda una serie de prácticos chivos expiatorios.
Zelensky, ex‑responsable
de la cooperativa de comercio al por menor, «confiesa» haber lanzado al mercado
la mantequilla más cara, obstaculizando la distribución de otros tipos más
baratos, también reconoce haber introducido en los paquetes de mantequilla
cristales rotos, clavos y conchas de caracol. Grinko relata como retenía
sistemáticamente los salarios de los obreros y privaba de créditos a las
empresas. Chernov confiesa sus esfuerzos para extender las epizootias y
destruir la riqueza ganadera del país. Faisullah Jodiaev declara que ordenaba
arrancar las moreras y acusaba a los que protestaban por este despilfarro de
«oponerse a la mecanización y de ser unos oportunistas antipartido». Todos los
acusados parecen cargar sobre sus espaldas como «sabotaje» la incapacidad
burocrática y la estupidez administrativa. No obstante, confesamos nuestra
impotencia para comprender por qué Zelensky se niega a admitir, como le exige
Vishinsky, que ha introducido conchas de caracol en los huevos que enviaba al
mercado, cuando ya ha reconocido haber hecho esta misma operación de manera
sistemática en los paquetes de mantequilla Dentro de todo este alud de declaraciones bufas, el premio
le corresponde indiscutiblemente a lkramov que pone en boca de Bujarin las
siguientes palabras dirigidas a unos saboteadores temerosos de ser
descubiertos: «Verdaderamente sois gentes extrañas si creéis que se va a hablar
de lo que hacéis. Lo único que tenéis que contestar en cada ocasión es que ésa
es la línea del Gobierno; de esta forma será el gobierno el objeto de las
críticas» [59].
Las declaraciones impuestas constituyen un tremendo espejo de la sociedad y el régimen que las dicta: en particular, las del doctor Levin son abrumadoras y ofrecen una imagen tan cruel del despotismo de la policía en el régimen estaliniano que muchos dudarían de ella si no hubiese sido expuesta en Moscú y en presencia de un tribunal. El desventurado médico refiere ‑como si ello fuera lo más normal del mundo‑ la visita del jefe de la policía que le ordena asesinar a su ilustre paciente (Gorky), poniendo en su boca las siguientes amenazas: «No olvide usted que no puede desobedecerme, que no puede escaparse. No puede decir nada. A mi me creerán pero no a usted». En un testimonio que, auténtico o impuesto, constituye una verdadera injuria para el régimen, el ilustre profesional, tratando de salvar su vida, añade: «Me repitió que mi negativa a llevar a cabo cuanto se me había ordenado supondría mi ruina y la de mi familia. Dejó bien patente que mi única salida era someterme a él. Si se considera la forma en que el todopoderoso Yágoda compareció ante mi, sin‑partido, puede comprenderse hasta que punto era difícil hacer caso omiso de sus amenazas y de sus órdenes» [60].
Sólo este ambiente general permite comprender las confesiones de los viejos bolcheviques que no se explican por las especulaciones en torno a la «psicología del bolchevique» o el «alma eslava» prodigadas en numerosos ensayos de literatura pseudo‑histórica. Los asertos de los acusados ‑sobre todo los de Rakovsky y Bujarin‑ iluminan mejor que en los anteriores procesos, las motivaciones de estos hombres que, tras haber sido audaces revolucionarios, tan valerosos en lo moral como en lo físico, han luchado muchas veces, sin comprender realmente lo que estaba ocurriendo, contra la asfixia de su propio partido y contra la dictadura del aparato gobernado por Stalin. Por estas fechas ya están vencidos, han renunciado definitivamente a la lucha. En diferentes ocasiones han podido comprender que no era una sociedad socialista lo que se estaba edificando ante sus ojos y que la revolución estaba degenerando. Bujarin, por ejemplo, evoca ante sus jueces la época en que contemplaba «encogiéndome de hombros, con ironía e incluso con cierto rencor en el fondo, el crecimiento de aquellas fábricas gigantescas, como monstruosos abscesos que contribuían a la carestía de muchos bienes de consumo y representaban en cierto modo un peligro» [61]. Contra este peligro yirtual, lucharon con diferentes métodos, intentando analizarlo con las categorías de su pensamiento marxista, con sus instrumentos de militantes. Fueron derrotados, Bujarin antes de haber iniciado el combate, por miedo a abrir los diques a la reacción y Rakovsky tras varios años de durísima lucha. A partir de entonces, comenzaron a abatirse innumerables golpes y humillaciones sobre estos hombres que ya estaban envejeciendo, que habían dejado caer sus armas, Bujarin, tragándose su vergüenza, se humilló en público. ¿Para qué luchar? Había nacido un nuevo sistema social que no era el socialismo. Rakovsky soportó durante seis años el despiadado clima de Barnaul y el sentimiento de soledad y derrota terminó por apoderarse también de él tras su fallida evasión: «Para nosotros ya no existía un porvenir político» [62]. Ello no obstante, fueron encarcelados de nuevo y ‑ambos lo dicen‑ sólo esta vez consistieron en «hablar», en interpretar públicamente el último acto de su tragedia.
En la actualidad abundan las interpretaciones. Como dice Trotsky, estos hombres, tras diez años de capitulación, habían, llegado a no tener «otra esperanza de salvación que la sumisión absoluta dentro de una postración total». Sin embargo, estas condiciones generales no eran ‑hoy podemos saberlo con certeza‑ sino el idóneo complemento psicológico de las más brutales y cínicas prácticas policíacas. Tras las revelaciones de Weissberg y de Ivanov Razumnik, completadas por las del XX Congreso, conocemos perfectamente los procedimientos con que se preparaban los grandes procesos. «Las confesiones de culpabilidad, declaró Jruschov, habían sido obtenidas por medio de torturas crueles e inhumanas». También ofreció una respuesta a las cuestiones planteadas desde hacía tiempo: «¿Cómo es posible que un hombre confiese crímenes que no ha cometido? Sólo de una forma: por la aplicación de procedimientos físicos, de presiones, de torturas que le lleven a un estado de inconsciencia, de privación del juicio y de abandono de su dignidad humana. Esta era la forma de conseguir las confesiones». Tras haber dicho que Stalin sólo conocía un método «golpear, golpear y golpear más», Jruschov habrá de relatar ante el XXII Congreso: «Algunos de ellos confesaban. Incluso cuando se les eximía de las acusaciones de espionaje, insistían en la validez de sus anteriores confesiones porque pensaban que era preferible ratificar sus falsas declaraciones para acabar cuanto antes con las torturas, para morir cuanto antes» [63].
Tras estas precisiones, el silencio de la mayoría de los bolcheviques asesinados en secreto adquiere una singular grandeza. La divulgada tesis del «último servicio» que se hace al partido en una especie de sacrificio personal que tan elevado número de relatos sensacionales ha deparado a la literatura, queda reducida a sus justos límites. Según las revelaciones de Jruschov, los testimonios de los evadidos de las cárceles húngaras como Paloczi‑Horvath y Justus y la información disponible acerca de la suerte de las familias, se adivinan muchos regateos y chantajes. «La vida a cambio de las confesiones» es un verdadero golpe de suerte, pero Rádek constituye la prueba de que el acusado puede salvar la vida. En muchos casos ‑o al menos en el de Bujarin y en el de Piatakov‑ puede suponerse la existencia de un pacto parecido al que le fue propuesto al húngaro Rajk: la confesión a cambio de la promesa de preservar la vida de la mujer y los hijos. ¿Quién se atrevería a afirmar que un hombre derrotado no puede sentir la tentación de aferrarse a la única posibilidad de salvar a los suyos? ¿Quién puede afirmar, a la luz de los hechos, que las confesiones constituían la lógica consecuencia de la ideología del bolchevique y de su sumisión a la disciplina del partido?
Las propias confesiones adquieren ahora una nueva significación. Los acusados que confiesen cumplen con su compromiso; no obstante, en casi todos ellos aparece su pasado de militante revolucionario, como un patético llamamiento al futuro contra el presente que los aplasta. El viejo militante habla en boca de Rakovsky cuando, tras la prolija exposición de sus «actividades» de espionaje se refiere al peligro de guerra: «Me enteré de todos los febriles preparativos que estaban llevando a cabo los Estados fascistas para desencadenar una nueva guerra mundial. Lo que el lector absorbe en pequeñas dosis, día a día yo lo ingerí de un golpe, fue una gran dosis» [64]. Bujarin, vencido y desesperanzado respecto a toda posible revancha, explica su postrera derrota por una irrisoria fidelidad a lo que queda de la Revolución de Octubre, amenazada a la sazón por la barbarie nazi. Como militante, busca un sustituto que recuerde sus convicciones anteriores, para no morir sólo, inútil ya y consciente de serlo, tras haber identificado durante treinta años su destino personal con el del proletariado: «Cuando uno se pregunta: ¿Si mueres, en nombre de qué lo harás? es cuando aparece con violenta claridad la imagen de un abismo completamente negro. Nada habría por lo que valiese la pena morir si tuviese que hacerlo sin confesar mis errores. Por el contrario, todos los hechos positivos que brillan en la Unión Soviética cobran nuevas proporciones en la conciencia: esto ha sido lo que al fin me ha desarmado, obligándome a arrodillarme ante el partido y ante la nación. Y cuando uno se dice: Bien, supongamos que no mueras, supongamos que por algún milagro consigas vivir una vez más ¿Para qué? Aislado de todos, enemigo del pueblo, en una situación inhumana, lejos de todo cuanto constituye la esencia misma de la vida. (...) El resultado es la completa victoria moral interna de la U.R.S.S. sobre los oposicionistas de hinojos» [65].
Asimismo el viejo Rakovsky afirma: «Por supuesto mi pasado puede ser aniquilado y sin duda será eclipsado por mis malhadados actos, mas, como motivo íntimo nadie puede nada contra él» [66]. Como Bujarin, gritando su fe en el socialismo., ridiculizando al fiscal Vishinsky o negando todas las acusaciones concretas que se le hacen, sigue dando testimonio ante las generaciones venideras de que entre aquellos hombres vencidos, rotos y deshonrados, privados de todo estimulo para seguir luchando o al menos para vivir, todavía quedaba un rescoldo de esperanza en que un día, próximo o lejano, unos camaradas les comprenderían, leerían entre líneas y sabrían.
En definitiva, en estos procesos, cuyo único acusado real era Trotsky, a buen recaudo de jueces y policías, en los que los acusados presentes sólo eran testigos forzosos condenados de antemano, en donde el pasado del bolchevismo era pisoteado y arrastrado por el fango, el testimonio de las víctimas, con su silencio o con sus confesiones, terminó por volverse, años más tarde, contra Stalin y la burocracia. Algunos siglos antes, Galileo también había tenido que confesar que la tierra no giraba y que al afirmarlo había mentido; y sin embargo la tierra gira.
[1] Citado por Fainsod, Smolensk, pág. 233.
[2] Le procés du centre terroriste trostkiste‑zinovieviste, pág.
72.
[3] Ibídem, pág. 65,
[4] Ibídem, pág. 65,
[5] Ibídem, pág. 154
[6] Ibídem, pág. 129
[7] Ibídem, págs. 79‑83
[8] Ibídem, pág. 81
[9] Ibídem, pág. 158.
[10] Ibídem, pág. 166
[11] Ibídem, pág. 69.
[12] Ibídem, pág. 143
[13] Ibídem, pág. 55.
[14] Ibídem, pág. 41
[15] Ibídem, pág. 174
[16] Ibídem. pág. 65.
[17] Ibídem, pág. 175
[18] Ibídem, pág. 176
[19] Ibídem, pág. 169
[20] Ibídem, pág. 174.
[21] Ibídem.
[22] P. Broue y E. Temime, La revolución y la guerra de España.
[23] Fainsod, Smolensk, pág. 236.
[24] Jruschov, A. S. C., pág. 26
[25] Jruschov, informe presentado ante el XXII Congreso, op. cit., pág. 508
[26] Le procés du centre antisoviétique trotskyste, pág. 494.
[27] Ibídem, pág. 482.
[28] XXII Congreso, op. cit., pág. 432
[28] Ibídem, pág. 535.
[29] XXII Congreso, op. cit., pág. 432.
[30] Le procés. C. A. S. T., págs. 565‑566.
[33] Ibídem, pág. 573
[34] El 17 de julio de 1937, el polaco Ignacio Reiss, miembro del partido desde 1917, que había sido, con el nombre de Ludwig, uno de los puntales de log servicios secretos en Europa Occidental, dirigió al Comité Central del partido comunista de la U.R.S.S. una carta abierta en la que denunciaba la política de Stalin y sus crímenes, declarando que volvía a «Lenin, a su doctrina y a su acción» y que pensaba dedicarse por entero a las tareas de construcción de la IV Internacional. Acababa por entonces de entrar en contacto en Holanda con Sneevliet, dirigente sindical y pionero, primero del partido comunista holandés y más tarde de la oposición, advirtiéndole de la decisión tomada por Stalin de eliminar a todos los partidarios extranjeros de la oposición. Su cadáver fue hallado el día 4 de septiembre cerca de Lausana. Estaba citado con Sedov el día 5. Las condiciones en las que un cierto número de personas relacionadas con su asesinato fueron puestas en libertad provisional por la autoridades francesas, lo que las permitió huir, no han sido esclarecidas todavía.
[35] Jruschov, A. S. C., pág. 29.
[36] Mólotov citado por Chvernik, XXII Congreso op. cit., pág. 432.
[37] Ibídem. págs. 259‑264
[38] Ibídem, pág. 413
[38] Courrier socialiste, noviembre‑diciembre de 1961, traducido en IV Internationale, diciembre de 1962: «Les trotskystes á Vorkouta».
[39] Ibídem, pág. 778
[39] Ibídem, pág. 137
[39] Ibídem, pág. 166
[39] Ibídem, pág. 419
[39] Ibídem, pág. 296
[39] Ibídem. págs. 259‑264.
[40] Ibídem, pág. 109
[41] Ibídem, pág. 413.
[42] Ibídem, pág. 170.
[43] Ibídem, pág. 376.
[44] Ibídem, pág. 578.
[45] Ibídem, pág. 175.
[46] Ibídem, pág. 786
[47] Ibídem, pág. 778.
[48] Ibídem, pág. 137
[49] Ibídem, pág. 166.
[50] Ibídem, pág. 130.
[51] Ibídem, pág. 424.
[52] Ibídem, pág. 419
[53] Ibídem, pág. 389.
[54] Ibídem, pág. 432.
[55] Ibídem, pág. 769
[56] Ibídem, pág. 307‑308.
[57] Ibídem, pág. 296..
[58] Ibídem.
[59] Ibídem, pág. 347.
[60] Ibídem, pág. 518
[61] Ibídem, pág. 381
[62] Ibídem, pág. 763
[63] XXII Congreso, op. cit., pág. 507
[64] The case of A. S. B. R. T., págs. 313‑314.
[65] Ibídem, págs. 777‑778
[66] Ibídem, pág. 313