CAPÍTULO XIX
LA DESESTALINIZA CION Y EL MOVIMIENTO
REVOLUCIONARIO DE 1956‑1957
Días antes de su asesinato, Trotsky
afirmaba en la conclusión de su obra sobre Stalin: «Una explicación histórica
no es una justificación. También Nerón fue un producto de su tiempo. Sin
embargo, cuando desapareció sus estatuas fueron destruidas y su nombre borrado
por doquier. La venganza de la Historia es más terrible que la del más poderoso
Secretario General. Me atrevo a pensar que ello puede servir de consuelo» [1].
Tres años después de la muerte
de Stalin, el XX Congreso del partido, oye a sus sucesores ‑que habían
sido sus colaboradores‑ denunciar el «culto a la personalidad» y
«revelar» una serie de crímenes que eran ya conocidos y habían sido denunciados
por otros. No obstante, esta «desestalinización» oficial tiene desde un
principio unos limites bien determinados. Aquellos que, a partir de 1956,
denuncian los asesinatos masivos, bautizados como «violaciones de la
legalidad», han sido durante un buen número de años «fieles discípulos» y
«compañeros de armas de Stalin. Han compartido con él las
responsabilidades del poder, han ejecutado sus órdenes y oficiado en su culto;
por ello corren el riesgo de ser acusados de complicidad y temen fundadamente
que les salpiquen las «revelaciones» inoportunas. Por otra parte, resulta
difícil descubrir el momento en el que la desestalinización oficial se
convierte en algo más que un arreglo de cuentas entre grupos rivales,
transformándose en una medida política destinada a realizar desde arriba y en
un ambiente de orden lo que parece inevitable y en otro caso sería impuesto por
un movimiento revolucionario espontáneo. De hecho, por prolongada que fuera la
dictadura de Stalin y cualquiera que fuese la marca impresa al régimen por la
personalidad del georgiano, esta forma de gobierno no había sido más que la
primera forma histórica adoptada por la dictadura de la burocracia y, gracias a
ella, por el aparato del partido comunista. Por tanto, analizar sus verdaderos
orígenes históricos equivaldría para los dirigentes a poner en cuestión no sólo
su propia existencia, sino los fundamentos mismos del régimen. En este sentido,
Stalin muerto, desempeña un papel de chivo expiatorio en cuanto a la represión,
al igual que Bujarin, una vez eliminado, lo hizo en lo referente a las
concesiones al campesinado y como el propio Yezhov pagó con la responsabilidad
absoluta de los aspectos más demenciales de la gran purga.
El discurso secreto de Jruschov
ante el XX Congreso determina por tanto los límites con que los dirigentes
están dispuestos a acotar la desestalinización. Los crímenes de Stalin se
imputan a su personalidad, a sus ansias de poder, a su morbosa desconfianza y a
su crueldad; no obstante, su actividad política en el período de lucha contra
la oposición es justificada e incluso engrandecida. En realidad, los auténticos
crímenes no se inician hasta 1934, ésta es la razón de que los rehabilitados,
de 1956 sean todos leales estalinistas, eliminados durante la represión
posterior al asesinato de Kírov como Rudzutak, Eije, Chubar, S. Kossior,
Postishev y algunos asimilados como Antónov‑Ovseienko. Tras ellos, vendrán
los jefes militares: en realidad, todos los que no tenían un verdadero programa
político oposicionista. Evidentemente era más difícil rehabilitar a la
oposición sin revelar el verdadero contenido de su programa a saber: la
destrucción del monopolio del poder. Ahora bien, exponer ante los rusos de 1956
los argumentos políticos utilizados por Trotsky contra Stalin implicaba un
riesgo considerable para los dirigentes, en la medida misma que todos los
soviéticos sabían por experiencia lo que significaban los argumentos de Stalin
y cual era su consecuencia lógica, añadiéndose a ello el hecho de que la
orientación revolucionaria de los oposicionistas que hundía sus raíces en la
revolución de 1917, se dirigiría a través de los años no ya a una falange
gastada y envejecida de antiguos combatientes en un período de reacción, sino a
una joven generación activa, que había alcanzado un elevado nivel cultural y
técnico y que parecía decidida a pensar por sí misma.
No obstante, a pesar de
limitarse a la rehabilitación de los «buenos estalinistas» asesinados por
Stalin y a la denuncia del «culto a la personalidad», la desestalinización no
podía menos que tener inconmesurables consecuencias al contribuir a la
destrucción del cúmulo de mentiras levantado por la propaganda estaliniana.
Hacer de Beria y de Stalin los responsables de la ruptura con Tito implica
evidentemente el descargo de todas las acusaciones infamantes lanzadas contra
él. Pero, para la rehabilitación de Tito, es imprescindible que se produzca
previamente la de Rajk, esta última a su vez, exigiría a corto o largo plazo la
condena de sus asesinos, Rakosi y los otros estalinistas húngaros. Así mismo,
la rehabilitación de Postishev, Eíje, Chubar, Rudzutak y otros, confesos o no,
suscita indefectiblemente el problema de las otras ejecuciones y sobre todo de
las de los oposicionistas arrepentidos que se habían alineado políticamente con
ellos. A partir del momento en que Jruschov sugiere veladamente que Kírov pudo
ser asesinado por orden de Stalin o con su complicidad, plantea inevitablemente
la cuestión de saber por qué los viejos bolcheviques fueron acusados de este
crimen y por qué Stalin necesitaba desembarazarse de ellos y por qué necesitaba
este enorme tinglado de supuestos crímenes y de confesiones infamantes para
atacar a Trotsky mediante los procesos de Moscú. La rehabilitación de los
médicos del Kremlin con la consiguiente proclamación de la inocencia de los
«asesinos de bata blanca» cuya detención constituía el preludio de una nueva
represión, era necesaria para los sucesores de Stalin puesto que la
culpabilidad de los médicos tenía precisamente por objeto el de confundirles y
eliminarles. Este descargo constituyó el primer eslabón de un proceso
irreversible: la madeja de las mentiras comenzó a devanarse. En el bloque del
mito estaliniano, se ha abierto una brecha y por ella van a encauzarse todas
las ideas nuevas y antiguas, todas las fuerzas sociales reprimidas hasta la
fecha por el mecanismo totalitario del aparato.
En Europa oriental ‑el más
débil sector del mundo soviético‑, la desestalinización habrá de
convertirse en un movimiento revolucionario: la caída de la estatua de Stalin,
tirada abajo por los jóvenes obreros y estudiantes de Budapest en 1956, se
produce unos meses después de las revelaciones de Jruschov en el XX Congreso y
precede en cinco años la retirada del cadáver de Stalin del mausoleo de la
Plaza Roja. Los obreros revolucionarios de Sztalinvaros cambiaron el nombre de
su ciudad seis años antes de que el partido comunista ruso lo hiciese con
Stalingrado, Stalinabad, Stalínogorsk, Stalino, Stalinsk y otras. A partir de
1953, los acontecimientos que se producen en el mundo soviético, desde la
huelga de los forzados de Vorkuta, la huelga de los obreros de Berlín‑Este
del 18 de junio y la insurrección de Alemania Oriental hasta la «primavera de
octubre» de Polonia y la revolución de los consejos obreros húngaros de 1956,
pasando por la aparición de un pensamiento crítico en la joven generación
comunista checa, rusa, alemana y china, constituyen diferentes manifestaciones
de un mismo fenómeno profundo, una desestalinización real y revolucionaria que
desvela la verdadera faz de la sociedad y de la burocracia dominante en una
búsqueda de explicaciones serias y científicas, de un verdadero socialismo,
sentado por último las bases de un programa revolucionario. La venganza de la
historia adopta en este caso una forma particularmente reconfortante: tras
treinta años de régimen estaliniano, unos jóvenes comunistas que no han
conocido otro redescubren, a veces palabra por palabra, el pensamiento y la
acción revolucionarias de los bolcheviques de la Revolución y de la oposición.
La antecrítica yugoslava
El papel desempeñado por la
polémica entre el partido comunista ruso y el partido comunista yugoslavo ha
sido bastante esclarecedor en cuanto a todos estos extremos. Obligados a
movilizar a los cuadros del partido para defender a su régimen de la ofensiva
de Stalin, los dirigentes yugoslavos no tenían mas remedio que aportar
explicaciones válidas en lenguaje marxista a unos hombres formados en la pura
ortodoxia estaliniana y que hasta aquel momento no habían tenido ocasión de
experimentar la contradicción entre su acción militante y las exigencias de
Moscú. No obstante, a menos de volver a poner en cuestión su propio régimen,
caracterizado por el monopolio del partido y de su aparato, les era imposible
sobrepasar ciertos límites en la explicación, ya que no en la crítica.
Fue durante el VI Congreso,
durante el periodo de máxima tensión, tras la pérdida de todas sus ilusiones,
cuando los dirigentes yugoslavos llegaron más lejos en su denuncia del mito del
socialismo estaliniano. En esta ocasión Tito declara: «Hoy, treinta y cinco
años después de la Revolución de Octubre y veinticuatro después de la colectivización
agraria, se imponen a los koljoses unos directores designados por el Estado
mientras que sus miembros abandonan estas cooperativas. Treinta y cinco años
después de la Revolución de Octubre, los obreros trabajan como esclavos en las
fábricas y en las empresas y se ven sometidos a la arbitrariedad de unos
directores burocratizados. ¿Dónde están las conquistas del socialismo y de la
gran Revolución de Octubre para los obreros? Los directores tienen derecho a
condenar a trabajos forzados a los obreros que cometan alguna falta. ¿Acaso no
es la situación de los obreros allí mucho peor que en los países capitalistas
del tipo más retrógrado? Los dirigentes de la Unión Soviética se llenan la boca
de palabras al evocar esa transición del socialismo al comunismo que, según
dicen, se está operando, cuando en las fábricas están trabajando unos
asalariados que no poseen derecho alguno de control sobre la administración de
la empresa y cuyas ganancias son insuficientes para garantizarles un nivel de
vida mínimo, por no hablar del nivel de vida de un hombre civilizado. Estos
dirigentes afirman que el socialismo ya está construido y que se ha emprendido
la marcha hacia el comunismo precisamente cuando millones de ciudadanos
soviéticos se hacinan en los campos de la muerte, obligados a realizar trabajos
forzados, cuando millones de ciudadanos no rusos carecen de todo derecho, son
deportados a las estepas siberianas y, una vez allí, son exterminados. Hablan
del paso al comunismo cuando los campesinos tienen que apuntalar sus chozas que
se hunden y calzan zuecos de rafia» [2].
Sin embargo la crítica yugoslava
no llegará a convertirse en explicación: Pijade que, al hablar del proceso de
Raik, alude a los procesos de Moscú, es el dirigente que más se adentra en el
análisis al referirse a un «centralismo burocrático (...) basado
fundamentalmente en un sistema de castas (...) que excluye a la clase obrera y
al campesinado de toda participación en el poder». Por otra parte los
dirigentes yugoslavos, en el punto álgido de su conflicto con Stalin, siguen
atacando de vez en cuando al «trotskismo». «condenado justamente desde el punto
de vista ideológico como nocivo» y se contentan con deplorar la masacre «de
comunistas inocentes que han perecido como trotskistas, a pesar de no tener nada
en común con esta ideología», según un discurso de Tito pronunciado el 4 de
octubre de 1949.
Algunos representantes de la
joven generación comunista yugoslava han hecho no obstante, un esfuerzo más
serio. Así en 1949, Kommunist publicó un artículo del joven comunista
dálmata Maxo Batché, antiguo dirigente de los partidos eslovenos, consagrado a
«La crítica y la autocrítica en la U.R.S.S. ». A partir de la idea de que la
política exterior de la U.R.S.S. ‑que obligó a los yugoslavos a
plantearse el problema del estalinismo‑ debe ser explicada por sus
contradicciones internas, se dedica a comprobar, estudiando exclusivamente las
fuentes rusas y examinando sucesivamente el campo de la filosofía, la economía
política, las ciencias naturales, la música y la vida del partido, la
declaración de Zhdánov según la cual la crítica y la autocrítica constituyen la
ley de desarrollo de la sociedad socialista. De esta forma, llega a la
conclusión de que en cada esfera ideológica existe un verdadero monopolio
controlado por un hombre o un grupo situado allí por el partido: la
consiguiente esterilidad del trabajo científico es la consecuencia directa del
miedo a los «errores» y a sus consecuencias materiales destitución, detención y
de la obsesión por complacer a los «jefes monopolizadores». En el partido la
situación es todavía peor: el capítulo de la «vida del partido» indica que el
funcionamiento de éste en la región de Dniepropetrovsk es un fiel exponente de
«el miedo a la crítica»; que en el Uzbekistán se han fomentado «costumbres de
adulación, de pelotilleo y de carrera en pos de los favores»; que los
dirigentes de la región de Sverdlovsk constituyen «un círculo pequeño‑burgués
cerrado (...), en una atmósfera de falta de consideración por el exterior y de
mutua complacencia ante las faltas comunes» que comprenden desde la embriaguez
hasta la corrupción [3].
Maxo Batché concluye: «En todos
los aspectos de la vida de la U.R.S.S., hemos encontrado un síntoma dominante
inconcebible en una sociedad socialista, un fenómeno que, como ellos mismos
afirman, no es fortuito ni aislado, y que ellos mismos, con Zhdánov a la
cabeza, denominan monopolio. (...) Cuando los filósofos deberían protestar, se
dedican a alabar; en el momento en que el proletariado internacional espera de
ellos actividad, ellos se hunden en la escolástica; en lugar de defender la
libertad de la ciencia, los científicos soviéticos se calumnian mutuamente
expulsándose unos a otros de la Universidad. En provincias enteras, como
verdaderos señores independientes, los secretarios del partido ahogan toda vida
normal en el pueblo así como, el propio desarrollo económico; en distritos
enteros los secretarios de radio persiguen a los críticos (...) y lo peor, dice
Zhdánov, es que los de abajo dominados por el miedo, por su cobardía, se
acostumbran a todo esto y pierden el espíritu militante». «El monopolio,
monstruosa excrecencia del organismo socialista, hace imposible a la vez la
crítica y la autocrítica», ya que significa «exigir continuamente la
«autocrítica» de los demás, es decir, la sumisión y el reconocimiento del
monopolio» [4]. Batché
afirma: «En todos los aspectos que hemos examinado (...), casi siempre son el
partido comunista de la U.R.S.S. y el propio Stalin los que, no sólo comienzan
e inauguran la crítica y, por ende, la autocrítica, sino que también la ordenan
de forma categórica» [5].
Por tanto, se trata no ya de casos aislados y fortuitos ni de la
responsabilidad de un individuo determinado, sino «de un sistema que, con una
fuerza elemental, extiende más y más su dominio sobre la vida de la U.R.S.S. ».
El análisis del joven comunista dálmata concluye con su exhortación al estudio
del «cómo ello ha ocurrido, de si ello tenía que suceder
indefectiblemente, de cuáles son sus causas objetivas» [6].
De hecho, ni la critica ni los análisis de los comunistas yugoslavos responderán al anhelo de Maxo Batché. Sólo después de los acontecimientos revolucionarios de Hungría y Polonia en 1956, algunos jóvenes teóricos como Mita Hadjivassilev y Ljubo Taditch, emprenderán una ofensiva, de forma casi abstracta, contra la teoría estaliniana del desarrollo del Estado como tapadera de la burocracia. Taditch aborda el problema de fondo en términos velados al escribir que «el mecanismo político de la clase que ostenta el poder puede, en condiciones favorables, adquirir autonomía, separarse de la sociedad y convertirse en una excrecencia parasitaria». El proletariado que detenta el poder se ve amenazado por su propio aparato burocrático»: «Al concentrar en sus manos un enorme poder económico y político, la burocracia de Estado se esfuerza en perpetuar este poder bajo unas nuevas condiciones. De esta forma, se constituye un tipo especial de sistema económico y político que obstaculiza prácticamente cualquier desarrollo hacia el socialismo». Taditch precisa: «En un sistema como éste (...), el problema del desarrollo posterior, se reduce en primer lugar a la lucha de la clase obrera para obtener el control de la política de Estado y ello incluso mediante los procedimientos revolucionarios clásicos» [7].
Sin embargo, la antecrítica
yugoslava llegó con estos análisis al límite tolerable. En efecto, Taditch
tiene buen cuidado en precisar que esta perspectiva es válida solamente para
los países que han adoptado «el modelo estaliniano». Sin entrar ni desde el
punto de vista histórico ni desde el sociológico, en la discusión del problema
del monopolio del partido, se contenta con citar a Kardelj para afirmar que el
sistema pluripartidista está tan «desfasado» como el de partido único y que la
vía de la democratización pasa por la multiplicación de los consejos obreros de
empresa y por la «atrofia del partido único», lo cual constituye una toma de
postura dictada evidentemente por los imperativos del momento del aparato
yugoslavo, en el que la supuesta voluntad de «atrofia» no está clara en
absoluto.
El libro del antiguo dirigente
yugoslavo Milovan Djilas La nueva clase se
beneficiará de una gran publicidad en Occidente. El autor, ex lugarteniente de
Tito, ha tomado postura en favor de un sistema de varios partidos. No obstante,
su crítica está marcada por la filosofía del apparatchik lo que en definitiva le obliga a preconizar soluciones
«a la occidental». Su análisis histórico del estalinismo es muy poco
consistente: en su opinión, la «nueva clase» se identifica con el partido
comunista con anterioridad a la toma del poder. Las ideas de Lenin y Trotsky
quedan barridas como «utópicas» al igual que toda la historia de la U.R.S.S.
entre 1917 y 1927; también justifica al estalinismo como una necesidad
histórica, dictada por unas condiciones objetivas, como la única vía posible
para industrializar a los países atrasados. En su opinión, la revolución no
tiene razón de ser en los países capitalistas y el régimen estaliniano está
abocado a desaparecer con el éxito de la industrialización, en la medida en
que, de esta forma, habrá cumplido su misión histórica, a saber, la
recuperación del retraso acumulado respecto a los países avanzados. La
discusión suscitada en torno a su libro y las condenas que habrán de acumularse
sobre él, son una prueba suficiente del hecho que la burocracia yugoslava no
puede tolerar una crítica de la U.R.S.S. que la ponga en cuestión a ella misma.
El contenido de su obra demuestra que los ataques decisivos contra el régimen
del aparato no se originarán nunca en el propio aparato. Por el contrario,
habrán de surgir entre las jóvenes generaciones, comunistas o no, a partir del
momento en que las nuevas condiciones permitan la realización de las
reivindicaciones de las masas y en cuanto la «liberalización» posibilite la
libre confrontación de ideas.
Los acontecimientos de 1953
El primer signo de ruina que
ofreció el edificio estaliniano fue la insurrección de Berlín‑Este en
junio de 1953, a la que se unió la mayor parte de Europa Oriental; este movimiento
fue la primera ofensiva de masas iniciada por los obreros contra el régimen.
Los trabajos de Benno Sarel y otros, han contribuido a esclarecer la génesis de
este movimiento que se inició con una huelga contra la introducción de nuevas
normas de trabajo, transformándose posteriormente primero en manifestación y
mas adelante en un verdadero alzamiento. En Halle, Merseburg y Bitterfeld,
corazón de lo que durante años había sido la Alemania roja, una serie de
comités de huelga electos ocupan el lugar de la administración y asumen «el
poder», encargándose del abastecimiento y de las informaciones, de la apertura
controlada de las cárceles y de las detenciones. El comité central de huelga de
Bitterfeld exige la constitución de un gobierno de obreros, el delegado de los
obreros de las siderurgias de Henningsdorf, en el curso de un gran mitin de
huelguistas celebrado en el estadio de Berlín, solicita la formación de un
«gobierno de obreros del metal». De esta forma, pasados los años, renacen los
verdaderos soviets. La conclusión de Benno Sarel es que: «La tendencia obrera,
ampliamente mayoritaria el 17 de junio, había conseguido ciertamente la
sustitución del sistema que detentaba el poder por un régimen de consejos
obreros» [8].
El movimiento se extingue, reflejando así su impotencia frente al Ejército Rojo
cuyos tanques restauran el orden en Berlín. No obstante, a su vez, se
transforma en un factor de agravación de la crisis latente: los obreros
alemanes han demostrado que la lucha era posible.
Aparentemente,
la primera consecuencia de estos acontecimientos fue la explosión en la
U.R.S.S. del primer movimiento de masas que se constituía desde el triunfo de
Stalin sobre la oposición: la huelga de julio de 1953 de los prisioneros del
campo de Vorkuta. Este suceso, desconocido durante bastante tiempo, fue
revelado por numerosos testimonios personales y sobre todo, por los prestados
por los antiguos militantes comunistas alemanes detenidos por aquella época y
posteriormente liberados. La agitación se inició en el campo de concentración a
raíz de la muerte de Stalin y alcanzó su punto álgido con la llegada de
noticias acerca de la insurrección de Berlín. Fue preparada por los grupos
clandestinos de Vorkuta y sobre todo, por el de estudiantes «leninistas» [9]:
el comité de huelga clandestino que había centralizado los preparativos fue
detenido la víspera del día previsto para el comienzo de la acción. No
obstante, el movimiento comenzado el día 21 de julio implicó cuando menos a
10.000 trabajadores ‑algunos testigos hablan de 30.000. Su dirección
estuvo en manos de un comité compuesto por delegados de los detenidos, cuya
autoridad terminó por extenderse a todo el campo superando las dificultades
creadas por el miedo a la represión. Según el americano Noble, los portavoces
de los huelguistas eran dos antiguos miembros del partido, un antiguo profesor
de historia de Leningrado y un ex diplomático llamado Gurevich. La huelga
concluyó el día 29 de julio con la intervención de las fuerzas de seguridad.
Noble habla de 110 muertos y 7.000 detenciones, entre las que se encuentran las
de los miembros del comité de huelga [10].
Al igual que los de Karaganda y Norilsk en 1953 y el de Kinguin en 1954 [11],
el movimiento tuvo una enorme influencia sobre la decisión de los dirigentes rusos
de disolver los campos. Lo más importante era que la insurrección de los
forzados, el sector más miserable del mundo del trabajo en la U.R.S.S., probaba
inequívocamente el advenimiento de una nueva era en la cual la burocracia había
dejado de ser todopoderosa.
Un tumultuoso renacimiento
Los primeros en emprender la
batalla ideológica fueron los intelectuales comunistas polacos. Durante el
verano de 1955, Adam Wazyk, poeta colmado de honores, publica su célebre «Poema
para adultos» que constituye una apasionada defensa de la verdad. Tanto el
texto como los ataques de que es objeto, suscitan por doquier una verdadera
fiebre polémica. Unos tras otros, los poetas, los periodistas, los escritores y
los científicos van entrando en la batalla. El joven estudiante comunista
Eligiusz Lasota decide entonces convertir su periódico estudiantil Pro
Prostu en un órgano que refleje el momento por el que atraviesa el país. Se
rodea de colaboradores de su edad, decididos a reflejar la sociedad tal cual
es, a exponer los problemas tal como se plantean a todos y a ayudar al lector a
pensar. En unos pocos meses su éxito adquiere tales proporciones que el
semanario estudiantil llega a tirar más de 90.000 ejemplares sin poder ampliar
aún más la edición y satisfacer la demanda por falta de papel; el periódico
adquiere un precio altísimo en el mercado negro. Entonces se produce el shock del XX Congreso con la revelación
de los crímenes de Stalin, iniciándose la rehabilitación de los dirigentes
comunistas polacos fusilados en la U.R.S.S. durante las grandes purgas y a la
que sigue la de los resistentes no comunistas. Con el impulso de los
periodistas, toda la prensa polaca emprende el camino de Pro Prostu: los
lectores comienzan a participar en la gran polémica. El joven comunista
Stanislawski escribe en Pro Prostu: «Ya no hay autoridades. Sólo hay
hombres. Ellos tienen cuentas pendientes con otros hombres». [12]
Ningún orden de la vida social se les escapa a los jóvenes reporteros de Pro
Prostu cuyos artículos exploran las diferentes facetas de la sociedad
burocratizada, infringen todos los tabús y se refieren abiertamente a todos los
escándalos. Un movimiento revolucionario está naciendo.
Los
intelectuales húngaros se pusieron en movimiento mas tardíamente. Su primera
batalla fue la librada a raíz de la muerte de Stalin: la «liberalización»
introducida por el primer gobierno lmre Nagy ofreció un cauce a las
aspiraciones comprimidas hasta la fecha. La destitución del ministro y la
vuelta al régimen absolutista del apparatchik
Rakosi, provocaron resistencias considerables, entre las cuales destacaba
la animada desde el periódico Szabad Nep,
por un brillante intelectual amigo de Nagy de nombre Málos Gimes. Toda una
generación de jóvenes intelectuales, movilizada por las medidas de desestalinización
que siguieron a la rehabilitación de los médicos del Kremlin pasa a poner en
cuestión el régimen. Las barreras levantadas por el aparato se hunden tras las
revelaciones del XX Congreso. Al evocar meses más tarde este periodo, el veterano comunista
Gyula Hay exclamará: «No he sido yo quien ha arrojado a la juventud en pos de
la libertad, sino ella la que me ha empujado a mí (...). Yo criticaba los
excesos de la burocracia, los privilegios, las distorsiones y, cuanto más
avanzaba por este camino, más impulsado me sentía por una ola de sentimientos y
de afecto. (...) Frente a nosotros, los escritores, surgía un irresistible
deseo de libertad» [13]
El tono de los escritores húngaros está impregnado de un entusiasmo a veces
ingenuamente eufórico. Inmediatamente después del XX Congreso, Tibor Tardos,
antiguo miembro de los FTP franceses, ensalza «el pensamiento humano que vuelve
a levantar el vuelo» y anuncia, con mayúsculas, el nacimiento de un
«Pensamiento Comunista Independiente» [14].
Peter Kucza escribe: «Queremos un socialismo que se parezca a aquel del que nos
hablaban los soñadores y los ingenieros de la historia. Lenin también nos
hablaba a nosotros» [15].
En el XX Congreso, Gyula Hay ensalza «la victoria del hombre, el triunfo de la
dignidad humana» [16].
Los jóvenes intelectuales húngaros reaccionan como lo habían hecho
anteriormente los polacos. En Hungría no hay un Pro Prostu pero sí
existe un círculo de discusión cuya fama pronto será mundial. El círculo
Petöfi, fundado bajo el patrocinio de la Unión de la Juventud Trabajadora ‑la
organización de juventudes comunistas o DISZ‑, por los jóvenes
intelectuales marxistas Gabor Tanczos y Balázs Nagy, está llamado a desempeñar
un papel capital en esta «explosión de verdad», al permitir la celebración de
las primeras discusiones abiertas dentro de una serie de amplias
confrontaciones acerca del XX Congreso, de la economía política, la ciencia
histórica, la filosofía marxista y la prensa, organizando igualmente un debate
entre los jóvenes y los, comunistas de la época clandestina.
Tanto en Polonia como en
Hungría, los intelectuales y los estudiantes son los primeros que se ponen en
acción: su posición dentro de la sociedad que los convierte en privilegiados de
un tipo especial, su mayor acceso a las fuentes de información y un contacto
mayor con la masa de la población que con la pequeña capa de burócratas, son
las motivaciones mas importantes de tal actitud. Ello no obstante, su actuación
se limitó a constituirlos en los primeros portavoces de un movimiento mucho más
profundo. Ante la sorpresa general, en el otoño de 1955, los jóvenes obreros de
Nowa Hutta dan su aprobación expresa al poema de Wazyk que los responsables
locales querían condenar con su refrendo: «Al fin publican los periódicos algo
que valga la pena leerse» [17].
En la fábrica Zeran de Varsovia, a finales de 1955, unos obreros jóvenes
comenzaron a mirar alrededor de ellos «la vida como era», en palabras del joven
secretario del partido en la fábrica Lechoslaw Gozdzik [18].
Tras el XX Congreso, constituyen un pequeño grupo que se reúne para tratar de
profundizar en los problemas del momento. En la víspera de una conferencia del
partido se pasan un día y una noche enteros discutiendo. Al día siguiente en
presencia de los otros responsables, «dicen todo lo que piensan». Cuando se
producen los incidentes de Poznan del mes de junio, en los que los obreros
pasan a manifestarse tras una huelga, chocando violentamente con las fuerzas de
la policía, los trabajadores de Zeran se niegan a confiar en la información que
se les ofrece y eligen una delegación para que lleve a cabo una encuesta en
Poznan. Días más tarde, en la recepción del burócrata Klosiewicz que ha acudido
a una reunión de fábrica, le acosan con preguntas y reproches a lo largo de una
asamblea general que dura siete horas.
Tanto para los obreros como para
los estudiantes que se agrupan en torno a Pro Prostu, el proceso de los
obreros de Poznan se transforma en el del régimen estaliniano. En unas pocas
semanas, Zeran se ha convertido en la punta de lanza de la vanguardia obrera
polaca cuyo estado mayor está constituido por el grupo de militantes que rodean
a Gozdzik. «Los muchachos, escribe este último, habían sido mantenidos al
corriente día a día y podían expresar libremente sus opiniones» [19].
Zeran toma contacto con los trabajadores de las diferentes empresas de Varsovia
utilizando incluso los «mítines relámpago» ante las puertas de las fábricas
cuando el aparato obstaculiza su acción; también envía delegaciones a Lodz,
Nowa Hutta, Gdansk y Szczecin. Los obreros de la fábrica establecen fuertes
vínculos con el equipo de Pro Prostu y ambos, gracias a la cobertura del comité
del partido en Varsovia cuyo secretario Staszewski ha adoptado sus tesis,
organizan en octubre la resistencia ante la creciente amenaza de intervención
rusa; también establecen enlaces con el ejército, reparten armas a los
destacamentos obreros y organizan un sistema de información y movilización masiva
para un caso de emergencia. Más tarde, coincidiendo con la visita relámpago de
los dirigentes rusos a Varsovia, Gozdzik se convertiría en uno de los oradores
más populares del gran mitin organizado en la Universidad politécnica para
apoyar las reivindicaciones de independencia que surgen en todo el país. El es
también uno de los líderes indiscutibles de esta corriente revolucionaria cuyo
origen y fuerza explica con las siguientes palabras: «Los obreros son muy
valerosos; mas, cuando deciden emprender un camino determinado ya han
reflexionado sobre si es justo o no. No resulta fácil arrastrar a los hombres
si no saben bien la razón por la que deben combatir. Transcurrió un largo
período antes de que los hombres conocieran toda la verdad y tomasen la
posición necesaria» [20].
Los obreros húngaros reaccionan
más lentamente. En conjunto permanecen silenciosos después del XX Congreso. El
fresador de Csepel, Erwin Eisner responde no obstante a un llamamiento de los
escritores húngaros: «Todos esos artículos son muy buenos y justos. Sólo tienen
un defecto que ciertamente es bastante grave: los errores se corrigen
lentamente y de una forma bastante poco perceptible como ocurre por ejemplo en
nuestra fábrica. Hay que reconocerlo: por ciertas y justas que sean, los
obreros no creen en las palabras bonitas a menos que sean ratificadas por actos
tangibles» [21]. El herrero
Bela Kiss responde a la misma encuesta: «Quiero que se me considere un adulto
que quiere y sabe pensar. Quiero poder expresar mi pensamiento sin temor y
también quiero ser escuchado» [22].
En el combinado de Csepel comienzan las discusiones: las células de fábrica
exigen oír a los escritores condenados por Rakosi antes de criticarles. Uno de
los obreros, el fresador Laszlo Pál, escribe entonces: «Hasta ahora no hemos
dicho nada. En estos tiempos trágicos hemos aprendido a ser silenciosos, a avanzar
a paso de lobo. Antes, la menos advertencia acarreaba el castigo del obrero y
la pérdida de su pan de todos los días. (...) Tras el XX Congreso, las puertas
se han abierto pero hasta la fecha sólo se alude a los culpables de poca monta
(...) queremos saber la verdad. Estad tranquilos, nosotros también hablaremos» [23].
El día 23 de octubre, en las
manifestaciones que marcan el principio de la revolución húngara, los obreros
jóvenes se unen masivamente a los estudiantes: algunos delegados de la fábrica
de Belojánnis, entre otros, participan en el mitin de la Universidad
Politécnica en la que se decide la ruptura con la DISZ y la constitución de una
organización de jóvenes independientes.
El fin del mito del socialismo
La prensa comunista de Hungría y
Polonia del año 1956 ofrece la más extraordinaria descripción de la sociedad
estaliniana jamás publicada. Ningún aspecto de ella es silenciado. Así, nos
informamos de que un obrero polaco muy cualificado gana 1.500 zlotys mensuales
y de que un obrero no especializado de Poznan traba a desde las 6 de la mañana
hasta medianoche y no puede adquirir un par de zapatos cuyo valor es de 150
zlotys. El periódico Zycie Gospodareze admite
que es imposible vivir con menos de 1.000 zlotys mensuales cuando el Gobierno
acaba de fijar el salario mínimo mensual en 500 zlotys. Klosiewicz, miembro del
Politburó y presidente de los sindicatos, reconoce que gana 5.000 zlotys cuando
en realidad percibe 40.000, dispone de un chalet en el barrio residencial de
Konstancine por cuyo alquiler el Estado paga 140.000 zlotys, y de un Mercedes
con chofer. En Hungría el salario de un agente de seguridad es tres veces mayor
que el de un obrero cualificado. El comunista Bogdan Dorzdowki destruye el mito
de los héroes del trabajo, los stajanovistas, que constituyen una aristocracia
odiada por la masa obrera: «Todo el mundo sabe que muchos de estos héroes del
trabajo eran ayudados por unos «negros» puestos a su disposición por la
dirección de las fábricas (...); en cuanto los obreros aceleran su ritmo de
trabajo en una fábrica, se revisan los baremos salariales, lo que significa no
sólo que no ganan más sino, que su trabajo se hace más penoso» [24].
Los privilegios de los
burócratas se exhiben a la vista de todos. La escritora Judith Mariassy
denuncia la existencia en Hungría de tiendas de lujo, de chalets rodeados de
alambradas y de talleres especiales de sastrería [25].
La prensa polaca habla claramente de las tiendas de «visillos amarillos», donde
se distribuyen los contingentes para privilegiados, y de las «atenciones
médicas y casas de reposo especiales» [26]
Un periódico comunista escribe que «todos los gorriones de Polonia gritan en
los tejados que hay que acabar» con «las vacaciones gratuitas, con la
utilización del coche oficial a todas horas del día y de la noche, con las
tiendas reservadas, con las curas especiales y con los despachos lujosos [27].
Los crímenes de la policía de Seguridad del Estado dejan atónita a la opinión y
los acusados de Poznan gritan su odio hacia ella mientras que el abogado Julian
Wojciak pronuncia una requisitoria general: «Los culpables no se encuentran
aquí: son los burócratas privilegiados».
Toda la prensa polaca
reproducirá la tremenda declaración del joven acusado Suwart: hijo de
comunistas; su padre fue detenido en 1952 como «agente del imperialismo» y su
madre se volvió loca a raíz de ello mientras que su hermano, despedido tras la
detención del padre, se suicidaba. Al quedarse solo con dos hermanas más
jóvenes y sin trabajo, sin amigos, el muchacho había robado y conocido la
cárcel: de hecho fue presentado al tribunal como un «delincuente habitual».
Tras la muerte de Stalin el padre fue liberado y rehabilitado. Cuando se le
pregunta si ha reingresado en el partido contesta: «¿Para qué?». No obstante,
aconseja a su hijo que «confiese todo lo que tenga que confesar» [28].
Con el título «Un problema que no existe», Pro Postu revela la
existencia de 300.000 parados y más adelante, en una serie de contundentes
artículos acerca del «precio del plan», revela el extraordinario desorden de la
economía, el despilfarro y los fraudes, el alcance de la miseria obrera. La
prensa revela igualmente la existencia, en todas las empresas y centros
administrativos, del llamado «expediente personal», uno de esos pequeños
documentos que el interesado no llegará a conocer nunca y que decide su vida,
su ascenso, la asignación de vivienda e incluso la suerte de sus hijos» [29].
El órgano del sindicato de la enseñanza revela que, en doce años, 118.000
profesores polacos, uno de cada dos, han padecido traslados administrativos,
sin que les haya sido dada razón para ello [30].
También revela que más de. 130.000 jóvenes, comprendidos entre los catorce y
los dieciocho años, no están escolarizados ni asalariados: son los componentes
del «ejército de la calle», del fenómeno social de los hooligans o gamberros urbanos [31].
A este respecto, el profesor Rymsza escribe: «Los verdaderos valores humanos
eran castigados con la cárcel y calumniados por la prensa. Se amordazaba la
libertad de pensamiento y la libertad de palabra al mismo tiempo. que se
declamaba sobre el respeto que les era debido. Todos los días la hipocresía y
la mentira se extendían por doquier. Esta escuela de cinismo fue la cuna de los
delincuentes juveniles, el verdadero origen de su actitud ante la vida. (...)
El fenómeno de los gamberros proviene no ya de una plaga inherente a la
juventud, sino del auténtico malestar creado por la, estructura de nuestra vida
pública en la que se pisoteaba la dignidad humana invocando las necesidades
políticas» [32]. El poeta
comunista Mieczyslaw. Jastrun afirma: «En el reciente período, la palabra
libertad quería decir servidumbre, soberanía significaba sumisión y rectitud
equivalía a abyección [33]
Ninguna descripción de la
realidad social y política esta llamada a cobrar mayor significación que el
texto en forma de prosa poética titulado « ¿Qué es el socialismo? » escrito por
Leszek Kolakowski para Pro Prostu, expuesto por los estudiantes
revolucionarios de la Universidad en los tablones de anuncios tras haber sido
prohibido por la censura. Este joven filósofo ‑nacido en 1928‑ que
fue uno de los pioneros del movimiento comunista estudiantil tras una juventud
difícil, cursó estudios de marxismo‑leninismo en Moscú, donde era
considerado como «esperanza del partido»; su poema describe exhaustivamente lo
que no es el socialismo. Todo habitante de Polonia o de la U.R.S.S. sabe que
Kolakowski no hace sino describir la realidad circundante, «una sociedad que es
la tristeza misma», «un sistema de castas» en la que los dirigentes se autodesignan
y condenan sin juzgar, en donde hay «más espías que nodrizas», «más personas en
la cárcel que en los hospitales», un lugar en el que se fabrican «excelentes
aviones a reacción y zapatos malísimos», un país en el que existen salarios
cuarenta veces superiores a otros. Los temas de las antiguas discusiones
parecen cobrar nueva vida cuando
afirma, por ejemplo, que el socialismo no nace automáticamente de la
«liquidación de la propiedad privada de los medios de producción» y que sería
inimaginable en «un Estado único, aislado» o en «un grupo de países atrasados».
La burocracia
Los comunistas polacos y
húngaros no se contentan con describir; también explican. En su artículo acerca
de los «visillos amarillos», Skulska afirma que la existencia de los privilegios
no puede ser un «producto del azar, de las circunstancias burocráticas: fue un
elemento inherente al sistema de gobierno característico del período anterior» [34].
En Pro Prostu, Kuczynski analiza como una consecuencia del «divorcio en
el orden existente entre productor y producto», «el nacimiento de una nueva
capa social sustituta de la de los capitalistas expulsados ‑la
omnipotente capa de los Administradores Políticos» [35].
Kryzstof Toeplitz esclarece su génesis: «la revolución nos ha proporcionado un
completo aparato de gobierno. Ha cubierto con él todo el país, colocando en su
seno a millares de personas, unidas por el común interés de salvaguardarle y
reforzarle. Este aparato que nunca puede ser controlado por las masas pues
enseguida supo eliminar hábilmente cualquier medio de control, ha degenerado:
ha formulado sus propios principios y definido sus propios objetivos; se ha
rodeado de una policía interesada en la defensa de los intereses de la casta
oficial, ha creado su propia mitología en torno a una fe y un jefe infalible;
ha formado sus propias alianzas de clase por medio de una serie de
combinaciones entre la casta oficial y las profesiones privilegiadas; ha
deducido su propia estética de la tesis zhdanoviana del realismo socialista.
Esta casta se ha constituido en elemento opuesto al progreso y sus intereses
han entrado en contradicción con los. trabajadores» [36].
Kolakowski afirma que «el partido degenera si queda soldado al aparato de Estado
y se convierte en la práctica en uno de sus elementos constitutivos en lugar de
ser inspirador y educador social» [37].
J. J. Lipski demuestra hasta que punto la burocracia generada por el aparato
manifiesta una clara tendencia a convertirse en clase: «Esta nueva clase, si
hubiera logrado cristalizar no habría sido equivalente a la burguesía. No
habría anulado la nacionalización de la industria y de la tierra. Al tiempo que
conservaría las características formales de nuestro sistema, habría sabido como
aniquilar su contenido, habría sabido consolidar sus privilegios, separarse del
resto de la nación por un muro de instituciones aislantes y elitistas. (...) Ni
los hombres ni el grupo social. que se movía en esta dirección son hoy fáciles
de desenmascarar. Utilizaban los slogans revolucionarios y, lo que es más, eran
odiados por la burguesía como si fueran auténticos revolucionarios. Nada nos
impedía pensar que, ya que compartíamos con ellos los enemigos, también
podíamos tener objetivos comunes» [38].
El viejo comunista Gyula Hay,
veterano de la revolución húngara de 1920, lleva a cabo un análisis de la
burocracia, personificada en el «camarada Kucsera», rigurosamente idéntico al
elaborado por Trotsky en la Revolución
Traicionada: Al criticar a la burocracia muchas gentes no piensan más que
en el vals de los puestos oficiales, en las rutinas inoperantes, es decir, en
defectos fácilmente subsanables. En mi opinión se trata de algo mucho más
grave: la cuestión que se plantea es la de saber para quien funciona la sociedad.
En modo alguno pueden coexistir varias cracias ¿Es el demos quien gobierna o el buró?
Entre ambos existen incompatibilidades, a la vez en el terreno de los
principios y en el puramente práctico. Si deseamos construir la democracia, el
socialismo, el comunismo, debemos deshacernos de Kucsera. ¿De qué vive, pues,
Kucsera? Sin lugar a dudas de la apropiación de la plusvalía. Subsiste gracias
al hecho de que, en nuestra sociedad, una parte importante de la plusvalía no
se destina a las realizaciones de interés público como pueden ser las escuelas,
hospitales, inversiones productivas, mantenimiento del orden, financiación de
los organismos de dirección indispensables, ciencias, arte, ocios o
investigaciones ideológicas, sino a Kucsera. Se alimenta el dilettantismo y
arribismo de Kucsera y, cuando no basta con la plusvalía para satisfacer las
exigencias kucserianas, hay que aumentarla sea cual fuere el esfuerzo que con
ello se exija a los trabajadores productivos. Pues Kucsera no se contenta con
comer, beber, vestirse, tener una vivienda y demás; Kucsera pone buen cuidado
en convertir el camino recto de nuestro desarrollo en laberinto inextricable e
impracticable pues ésta es precisamente la razón de su existencia. Kucsera
erige ciudades, fábricas, palacios y metros que canten sus alabanzas (...)
Kucsera se inventa unos datos fantásticos y los sostiene incluso cuando van en
detrimento de su propia grandeza pues, efectivamente, parece opinar que estas
cifras proclaman su propia grandeza. (...) No obstante Kucsera no es aquel
faraón por el que morían millares de esclavos. Tampoco es un burgués. . Kucsera
no posee una situación de clase ya que la sociedad de clases que le asignaría
un lugar propio no llega a realizarse, y ello porque nuestro socialismo sigue edificándose
a pesar de todo. Sin embargo, su inexistente orden social obstaculiza y retrasa
la realización del socialismo. Kucsera y nosotros no podemos entrar a formar
parte del mismo proceso histórico. Es preciso elegir: o Kucsera o la Humanidad.
(...) Kucsera da a las cosas diferente nombre que nosotros y juzga los hechos
según una moral completamente diferente a la nuestra que enfoca los fenómenos
en función de la construcción del socialismo. Para Kucsera, la mentira no es
mentira, el asesinato no es asesinato, el derecho no es el derecho y el hombre
no es un hombre. Kucsera pronuncia la palabra socialismo y por ello entiende
algo que, al mismo tiempo, obstaculiza la construcción del socialismo y le
permite vivir. a él. Cuando dice «unidad» entiende por ello su propia persona y
el puñado de individuos de su catadura que se oponen a la unidad de centenares
de millones de hombres, Cuando habla de «democracia» entiende que se trata de
su propio reino. Cuando alude a la «producción» está pensando en ese estéril
rigodón que asegura su propia existencia» [39].
El partido estaliniano
El polaco Brodzki, otro
superviviente de la época preestaliniana, publica en el órgano oficial del
partido polaco un análisis correcto de lo que era en realidad el partido
bolchevique: «Lenin habla fundado un partido problemático, no sólo en lo
referente a sus tareas, únicas en la Historia, sino también en cuanto a su
estructura. El partido, creado para la correcta interpretación del desarrollo
dialéctico de las contradicciones: en la sociedad humana y para su utilización
con objeto de transformar dicha sociedad, se caracterizó él mismo por la unidad
estructural dada a las contradicciones: centralismo y democracia, disciplina
férrea y libertad de discusión, intercambio dé diversas opiniones y unidad de
acción». También demuestra la oposición fundamental que existe entre este tipo
de partido y el partido estaliniano que se considera su heredero pero cuya
característica fundamental es la división «entre los que creen, piensan y
determinan la política a seguir y los que sólo tienen que ejecutar las órdenes,
y obedecer» [40]. Roman
Jurys, un comunista de la misma generación, se refiere a la «quiebra de una
concepción del partido que suele atribuirse, erróneamente y atentando contra la
verdad histórica, a Lenin, cuando en realidad forma parte integrante del
régimen estaliniano»: es aquélla que pretende «edificar el socialismo contra,
las leyes objetivas, es decir, contra el desarrollo de la conciencia política
de las masas» [41]. El
profesor y militante sindicalista Rajkiewicz explica también la transformación
y degeneración del partido: «La época estaliniana se caracteriza por el intento
de fomentar la apatía entre las masas. (...) La apatía y la ausencia de
responsabilidades fueron los principales factores que permitieron modelar a las
masas a voluntad, manteniéndolas en la obediencia y en el servilismo respecto a
los usufructuarios de la infalibilidad» [42].
En lo sucesivo los jóvenes
comunistas establecen la misma distinción que Lasota y Turski, entre el partido
al que denominan marxista y el «partido de tipo estaliniano» [43].
Woroszylski a su vuelta de la U.R.S.S., compara el militante bolchevique,
«relacionado con un campo de acción muy concreto, nacido, no en una sección de
cuadros y por una instancia determinada, sino entre los hombres que le conocen
y aprecian», con el «militante del aparato» que suele engendrar el partido
estaliniano, «educado en el sistema del aparato estaliniano de poder, carente
de todo pasado político, aislado de su ambiente de origen, dejándose trasladar
sin una protesta de Kielce a Wroclaw y del sindicato de modistos para señoras a
la sociedad de amigos de los bomberos, con los ojos siempre fijos en la cumbre
y nunca en la base», es decir, el militante‑funcionario, el militante
«descartado de la acción» [44].
Por su parte, Gozdzik resume de esta forma el papel de los sindicatos en el
régimen estalinista: «Hemos sido los que registraban, ejecutaban y comentaban
los decretos del Estado, nunca hemos sido lo que debíamos: los defensores de
las masas trabajadoras. (...) Nadie nos ha preguntado nunca lo que queríamos o
lo que pensábamos, pero se nos disfrazaba a la fuerza de trabajadores de choque
o de racionalizadores de los esquemas periodísticos. Los sindicatos tenían la
pretensión de enseñarnos a gobernar: sólo nos enseñaron a obedecer» [45].
De esta forma cuarenta años
después de la revolución de Octubre, frente aquellos estalinistas o
anticomunistas que identifican el leninismo con el estalinismo y el régimen de
los soviets con la burocracia, una nueva generación de comunistas, formada por
obreros e intelectuales, redescubre el pensamiento de la oposición y el genuino
espíritu del bolchevismo. En su análisis del estalinismo, el comunista Bibrowki
escribe en Nowa Kultura: «No pienso
ni por un momento en identificarlo con la estructura soviética de la sociedad.
Por el contrario, opino que es la antitesis de la sociedad soviética, a pesar
de haber vivido adosado a ella alimentándose de ella como un parásito. Un
hombre que padece un cáncer constituye un todo con él, mas ese todo se
desarrolla así: o bien el hombre vence a la enfermedad y se cura o bien el
cáncer termina por devorarle. Lenin había advertido (...) el peligro que
amenazaba al desarrollo del socialismo en Rusia: el ínfimo nivel cultural de
las masas que, unido al carácter rural del país, podía engendrar un crecimiento
parasitario de la burocracia. El estalinismo se nutre del organismo vivo del
sistema soviético, el sistema más progresivo en los anales de la Historia, y
comienza a invadirlo como un cáncer» [46].
La búsqueda de las raíces
La brevedad del período de
libertad de expresión en Polonia y en Hungría no permitió a la joven generación
comunista inclinarse sobre el pasado con la misma intensidad que sobre el
presente: los textos más perspicaces, como el de Bibrawski, sólo señalan a la
investigación unas vías un tanto esquemáticas. No obstante, es preciso señalar
una excepción: el trabajo llevado a cabo en la clandestinidad, tras la derrota
de la revolución húngara, por un grupo de jóvenes comunistas, entre los cuales
se encontraba el economista Hegedüs, uno de los fundadores del círculo Petöfi,
el Psicólogo Merey, ex presidente del comité revolucionario estudiantil, el
historiador Litvan que fue el primero en atacar abiertamente a Rakosi acerca
del asunto Rajk y por último Sandor Fekete, periodista que acababa de regresar
de la U.R.S.S. Si nos atenemos a la acusación de que fueron objeto
posteriormente, sus conclusiones fueron redactadas por Sandor Fekete en el
documento conocido como Brochure
Hungaricus, que constituye un verdadero intento de explicar, a la luz del
marxismo, los acontecimientos de la historia soviética a partir de 1917.
En su opinión, Lenin tuvo razón
al hacerse con el poder contando con una revolución europea que, sin embargo,
no llegó a producirse. Los problemas empiezan a surgir con el enfrentamiento de
Stalin y Trotsky. Los jóvenes húngaros piensan que la oposición tenla razón
cuando se proponía, no ya construir el socialismo, sino «crear una sociedad de
transición que habla de durar tanto tiempo como necesitase la revolución para
triunfar en otros países, es decir, durante todo el periodo que tardasen en
crearse las condiciones del socialismo en la U.R.S.S..» [47].
La experiencia húngara de los primeros años demuestra, según ellos, que este
tipo de construcción era posible. Por ello Stalin estaba equivocado en su
enfrentamiento con Bujarin. Fekete concluye sobre este punto: « ¿Qué habría
ocurrido si las tesis de Trotsky o, más adelante, las de Bujarin, se hubiesen
impuesto? Lo ignoramos (...) pero lo que si conocemos es el resultado, la
victoria de Stalin: la miseria, el terror, el alud de falsedades, en resumen,
todo cuanto Jruschov había de denunciar con tanta pasión durante el XX Congreso
y muchas otras cosas de las que no habló » [48].
Sin embargo, resulta
perfectamente injusto arrastrar a Stalin por el lodo al mismo tiempo que se
aprueba su politica como hace Jruschov. En realidad «ha sido el estado de
atraso del país o, si se prefiere, la base económica, el factor determinante de
la evolución. Para mantenerse en medio de la masa popular y edificar
rápidamente un socialismo que los campesinos no deseaban, los estalinistas
optaron por la violencia, organizaron un aparato coercitivo y establecieron
todo un sistema de embustes destinado a camuflar precisamente el reino de la
violencia». Los «burócratas‑comunistas» a los que aludía Lenin, bastante
incultos y poco aptos para el trabajo que parecía exigirles el triunfo sobre la
oposición, se identificaron con el aparato que la combatía. Más adelante,
Fekete resume el proceso de «construcción del socialismo» por el aparato de
Estado estaliniano: «Cada nuevo acto de violencia disminuía aún más el escaso
entusiasmo que quedaba. El número de aquellos a los que habla que silenciar o
eliminar aumentaba incesantemente. Había que reforzar continuamente al Estado
que prescribía todo, reglamentaba todo. Simultáneamente, la actividad
espontánea del pueblo disminuía y ello acarreaba un aumento aún mayor de la
centralización del sistema. A la postre, se imponía ante todos la presencia de
un Estado‑mamut. Este circulo vicioso abocó en una serie de empresas
donde el número de inspectores improductivos era mucho más elevado que en
cualquier otro tipo de sociedad. (...) Su última consecuencia fue la
sorprendente teoría elaborada por Stalin que afirmaba que, bajo la dictadura
del proletariado, la lucha de clases se intensifica progresivamente y que, en
consecuencia, el papel del Estado no debe dejar de evolucionar». Fue «la
evolución de Rusia la que creó la necesidad de las diferentes teorías
estalinianas» [49]. «Lenin
esperaba que una serie de revoluciones en los países occidentales “proveerían a
Rusia, país fundamentalmente campesino, de una base proletaria”, Stalin,
consciente o inconscientemente, disminuía continuamente esta “base proletaria”
al edificar el socialismo mediante el aparato estatal, privando con ello a las
masas de toda iniciativa». En su conclusión acerca de «la venganza de la
historia por la violación de las leyes sociales», el joven teórico afirma:
«Rusia tiene tanto de marxista como de romanos tenían los germanos en tiempo
del Sacro‑Imperio Romano Germánico» [50].
Contra Jruschov que le reprocha
a Stalin unos asesinatos ejecutados «cuando ya no eran necesarios» (?), Fekete
explica que «Stalin no asesinaba por sadismo (...) defendía el régimen, su
poder absoluto y las bases de la dictadura del partido»: «el régimen necesitaba
procesos prefabricados» un terror físico y psicológico que en lo sucesivo
resultaría indispensable para su supervivencia. «A partir de un cierto punto
los crímenes y mentiras destinadas a camuflarlos hablan llegado a constituir un
tinglado tan complejo que el esclarecimiento de uno solo de ellos podía
derrumbarlo: toda discusión seria, toda crítica que no fuese formulada con
prudencia por el vértice del aparato podía agitar peligrosamente su base. Por
tanto, era preciso desanimar a todos aquellos que pretendiesen formular
críticas. Esto se había convertido en el postulado fundamental» [51].
El terror parecía estar preñado
de su propio fracaso: «Decenas de miles de trotskistas fueron apaleados
salvajemente en las cárceles, pero, diez años después del exilio de Trotsky, se
seguían descubriendo otros nuevos» [52].
Sin embargo, fueron «precisamente la aniquilación de la oposición y el terror
intelectual y físico que la acompañó, los que convirtieron a los comunistas en
marionetas» que terminaron por «corromperse intelectual y moralmente» [53].
El aparato del partido terminó
por engendrar a la burocracia «capa bastante cerrada de dirigentes medios y
superiores del partido y del Estado que, en la mayoría de los casos, no tenía
más relación con el trabajo productivo que su función de supervisión mediante
unas instrucciones que contenían difusas generalizaciones formuladas sin ningún
conocimiento técnico». La conclusión de Sandor Fekete es: «Este sistema de
casta socialista es un producto especifico del comunismo soviético (...),
corolario inevitable de una evolución que, en un plazo de ocho a diez años
edificó el socialismo en un país de características asiáticas, recién salido de
la Edad Media: el reino de la burocracia es independiente de las intenciones de
los dirigentes » [54].
El programa de la revolución
El movimiento que, en pocos meses,
arrastra a la mayoría de los jóvenes obreros y estudiantes polacos y húngaros,
la «primavera en octubre» como la llama Radio Varsovia., constituye
indudablemente un movimiento revolucionario en el sentido estricto del término
pues pone en acción de manera consciente, a las amplias masas marginadas hasta
entonces de la vida política y de toda actividad militante. Su hondura fue
tanto más grande cuanto que la «crítica de las armas» había sido preparada por
las «armas de la crítica» y que sus participantes eran conscientes de impulsar
un proceso históricamente necesario. Efectivamente, en opinión de Pro Prostu,
el estalinismo no podía ser derrocado más que en el supuesto de que las masas
estuviesen «dispuestas a recurrir a la violencia física». Lasota y Turski
señalan el abismo que separa a este movimiento de masas de aquel que, en el
partido, se inclina por una «liberalización». A este respecto escriben: «Los
mantenedores de este programa se pronunciaban ciertamente a favor de una
liberalización, mas única y exclusivamente de una liberalización. Reconocían
que era necesario reformar el modelo existente, mas sólo reformarle sin llegar
a transformarlo nunca de forma revolucionaria, con una consecuente óptica
socialista. El carácter centrista de dicho programa se reflejaba igualmente en
el convencimiento ‑que tal vez constituía su rasgo esencial‑ de que
la liberación debía operarse desde arriba, por “iluminación” podríamos decir,
merced a la iniciativa exclusiva y a las únicas fuerzas de la dirección sabia y
omnipotente» [55].
Durante la
tarde del 23 de octubre, en un Budapest enfebrecido, los jóvenes manifestantes
abuchean al «liberal» Peter Erdoess que les promete que, en lo sucesivo, la
radio sólo dirá la verdad: Ellos piden más, quieren «un micro en la calle».
Gozdzik, en el mitin de la Universidad Politécnica, lanza con gran éxito la
consigna «democracia socialista en la práctica». Centenares de miembros del
partido que hasta entonces no hablan hecho uso de su «derecho», acuden a las
asambleas generales y destituyen a los responsables locales o regionales del
partido como ocurrió en Cracovia. Varios centenares de delegados elegidos en
las fábricas y escuelas constituyen, tras el llamamiento emitido por Pro
Prostu, la Unión de la Juventud Revolucionaria que se escinde de la vieja
organización burocrática. En la asamblea plenaria de noviembre de los
sindicatos polacos, la sala, prevista para la reunión ritual de los ciento
veinte funcionarios designados por el aparato, es invadida por un millar de
delegados elegidos en las empresas. En Hungría los jóvenes convocan asambleas
de la D.I.S.Z. en las que los revolucionarios gozan de una mayoría
absoluta haciéndose cargo de la dirección o bien
declarando la disolución. Por doquier se manifiestan las tendencias del programa
mínimo de la izquierda comunista, un poco confuso aún, pero apoyado
vehementemente por millares de jóvenes. En febrero de 1957. Kolakowsky habla de
resumirlo así: «supresión de los privilegios, de la desigualdad, de la
discriminación y de la explotación de ciertos países por otros, lucha contra
las limitaciones de la libertad de expresión y de palabra, condena del racismo,
lucha contra todas las formas de oscurantismo, (...) por la victoria del
pensamiento racional» [56].
La democracia que todos reclaman constituye en su opinión una condición
indispensable para la victoria del socialismo: «El único medio de luchar contra
las irracionales tendencias conservadoras, añade Kolakowsky, es ofrecerle a la
población un objetivo político, a través de una libre discusión socialista. Si
la crítica es ahogada, podrán constituirse verdaderas fuerzas reaccionarias
cuya cristalización suscitará a su vez una represión policíaca cada vez más
vigorosa» [57].
En cuanto a la forma concreta de
realizar el objetivo de «socialismo democrático», abundan las contradicciones
en las declaraciones y esbozos de programa de los revolucionarios de 1956. No
obstante, se señala con bastante claridad una tendencia constante: la de la
toma del poder por unos consejos obreros electos, la posibilidad de crear un
poder de tipo «soviético». Al comentar los estatutos del Consejo obrero de
Zeran, Ryszard Tursky escribe: «Todo esto sobrepasa obviamente el ámbito
puramente económico. (...) Se trata sencillamente de Política pura (...): lo
que se ventila es el problema del poder. La clase obrera, reprimida durante la
era estaliniana por el aparato burocrático que había llegado a alienarse de la
sociedad, exige ahora una participación directa en el poder, tiende hacia él la
mano como hacia algo que le pertenece y lo toma, como lo marca su destino
histórico» [58].
Los comités
revolucionarios que se formaron en Polonia durante las jornadas de Octubre no
sobrevivieron a la victoria de Gomulka, encarnación de la burocracia liberal,
pero los consejos obreros cuya existencia, como escribe Gozdzik, «es incompatible con la de la
burocracia», conseguirían resistir más tiempo. Pro Prostu ha de
convertirse en su defensor incondicional. Convencidos de que el movimiento de
Octubre «estaba dirigido contra el absolutismo del aparato burocrático en
Polonia» Y de que representaba una «manifestación de la lucha de clases de las
masas populares contra el nuevo grupo social en formación, el grupo de los
“managers” o elite gobernante del país» [59],
los jóvenes revolucionarios serán acusados por el partido de haber querido
destruir el aparato del Estado popular con la consigna «Todo el poder a los
soviets» [60]. El órgano
oficial del partido polaco, Tribuna Ludu,
justificará en estos
términos la prohibición del periódico estudiantil: «Este llamamiento demagógico
que incitaba a la revuelta, recogía en forma completamente deformada la
consigna histórica de la Revolución de Octubre y de hecho se dirigía contra el
poder popular uniéndose al llamado de la reacción. (...) A las consignas lanzadas
por el partido a favor de la democracia socialista (...)Pro Prostu
enfrenta la consigna anarquista de destrucción del aparato del Estado Popular» [61].
Por su parte, la Revolución
húngara pudo propiciar los comienzos de la realización del programa que los revolucionarios
polacos sólo llegaron a formular. Durante la primera fase y hasta la segunda
intervención rusa, en las ciudades y sobre todo en las aglomeraciones obreras,
el poder pasa por completo a manos de los comités revolucionarios que el
periodista Thomas Schreiber describe así: «Los comités revolucionarios se
dividían provincial o localmente en ocho o diez subsecciones: en las fábricas
se habían constituido consejos obreros. Unos y otros funcionaban
democráticamente. En la mayoría de los casos los dirigentes habían sido
elegidos por sufragio universal. Algunas veces los acontecimientos locales
obligaron a crear rápidamente un comité revolucionario y, en ese caso, los
dirigentes fueron designados en reuniones públicas que solían celebrarse ante
el Ayuntamiento o en la sede del antiguo consejo local. Pero, incluso durante
estas reuniones públicas, los participantes tenían derecho a revocar al
candidato que no era aprobado por la mayoría de los asistentes. Estos consejos
obreros procedían por tanto de un verdadero sistema de democracia directa.» [62].
El comunista inglés Peter Fryer,
enviado especial del Daily Worker, ofrece
un testimonio análogo: «Estos comités se autodenominaban indistintamente “nacionales”
o “revolucionarios”. Su origen espontáneo, su composición, su sentido de la
responsabilidad, la eficacia de su organización de abastecimiento y orden
público, el control ejercido sobre los elementos más “salvajes” de la juventud,
la prudencia con la que abordaron la mayoría de ellos el problema de las tropas
soviéticas y, lo que no es poco, su semejanza con los soviets o consejos de
obreros, de campesinos y soldados que surgieron en Rusia, primero en la
revolución de 1905 y más tarde en febrero de 1917, contribuían a homogeneizar
considerablemente a estos órganos cuya red se extendía a la sazón por toda
Hungría. Ante todo eran órganos propios de la insurrección ‑reunión de
delegados elegidos en fábricas y universidades, en minas y en unidades militares
e instrumentos de autogobierno del pueblo que disfrutaban de su confianza en un
momento en que la población se hallaba en pie de guerra. Por su propio
funcionamiento se beneficiaron de una autoridad enorme y no resulta exagerado
afirmar que, hasta el ataque soviético del 4 de noviembre, el verdadero poder
dentro del país se encontraba en sus manos» [63].
A pesar de que todos los comités
y consejos húngaros cedieran el primer lugar en sus reivindicaciones políticas ‑la
prensa occidental no dejó de subrayarlo‑ a la elección de un parlamento
por sufragio universal directo, la mayoría de ellos se pronunciaron por un
poder de los consejos de tipo soviético, análogo al defendido por los
bolcheviques en 1917. El consejo de Sopron, elegido por escrutinio secreto en
las fábricas, exige el día 29 de octubre un «nuevo Parlamento formado por los
representantes de los Consejos Nacionales y de las ciudades y pueblos». Tanto
el consejo obrero de Borsod‑Miskolc, en la zona minera, como el Consejo
Nacional de Transdanubia, basado en el consejo obrero de Gyoer, se constituyen
a partir de los consejos fabriles y urbanos. El día 2 de noviembre, el
presidente del consejo de Borsod, un minero llamado Sandor Burgics, solicita la
elección de un comité revolucionario nacional basado en los comités locales:
los de Borsod, Trasndanubia y Csepel, el baluarte obrero de Budapest, llegan a
un acuerdo para constituirlo. Mientras los partidos se reconstruyen, el consejo
obrero de Miskolc se pronuncia en contra de la restauración de los «partidos
burgueses» mientras que los consejos de la fábrica Belojannis y del distrito 11
de Budapest proponen no admitir en las elecciones más que a los partidos que
«reconocen y han reconocido siempre el orden socialista basado en el principio
de la propiedad social de los medios de producción».
Después de haber destruido la segunda intervención rusa la primera red nacional de comités y consejos, la resistencia de los trabajadores se concentra en los consejos obreros de fábrica, elegidos democráticamente y revocables en cualquier momento. El consejo obrero central del Gran Budapest constituido el 13 de noviembre de 1956, se convertirá en la verdadera dirección de las luchas obreras, hasta la detención, en diciembre, de sus dirigentes, los obreros Sandor Rácz y Sandor Bali [64]. Él es quien dirige la huelga, decide la vuelta al trabajo, gestiona con los rusos y con el gobierno Kadar la negociación de su programa que exige la retirada de las tropas rusas, la distribución de armas a los obreros y la publicación de un periódico del Consejo Central. También convoca el 21 de noviembre la reunión del Consejo Obrero Nacional que será prohibida; el 29 de noviembre proclama: «Los intereses auténticos de la clase obrera están representados en Hungría por los consejos obreros y en la actualidad no existe poder político superior al que ellos ostentan». De hecho, al mismo tiempo que lucha en favor del robustecimiento del poder obrero, el Consejo Obrero Central de Budapest no lo reclamará para sí: no obstante, su disolución se justificará por el «propósito contrarrevolucionario» de haber intentado transformarse en «órgano central ejecutivo de poder». Como en Polonia, la burocracia dice «no» al poder de los soviets. Al refutar el día 9 de diciembre la analogía establecida por Kardelj entre las reivindicaciones del consejo y la consigna de Lenin «Todo el poder, a los soviets», Kadar afirma: «Hoy en día, en diciembre de 1956, existe en Hungría un poder de Estado proletario. Pedir que este poder decline sus prerrogativas y sus funciones en favor de los consejos obreros es erróneo en cuanto a los principios y más erróneo aún en el plano político. La reivindicación del Consejo Central de Budapest era contrarrevolucionaria» [65].
El problema de la Internacional
Al comentar, en febrero de 1957,
el fracaso de la izquierda revolucionaria en Polonia, Leszek Kolakowsky opina
que su causa fundamental radicó en su falta de organización, en el hecho de no
ser más que «una conciencia negativa, difusa y brumosa», y en las
«circunstancias regresivas de la situación internacional». El joven comunista
polaco Roman Zimand había planteado el problema de Pro Prostu: «En
Polonia no podrá conseguirse un renacimiento victorioso del socialismo sin
extirpar antes el estalinismo. El estalinismo no puede ser derrotado
definitivamente en Polonia sin que le sea librada una batalla general en el
movimiento obrero internacional» [66].
Este análisis se apoya sobre el de la situación internacional: «El
mantenimiento del estalinismo en nuestras filas es la garantía más segura de
los éxitos del imperialismo: basta con observar la correlación existente entre
la intervención del ejército soviético en Hungría y la agresión contra Egipto» [67].
Balázs Nagy sugiere que, aparentemente, fueron a la vez la situación
internacional y el aislamiento de los obreros húngaros los que disuadieron al
Consejo Obrero de Budapest ‑en el momento en que se imponía la retirada‑
de reclamar el poder para los consejos cuando ésta era la reivindicación fundamental
en la que abocaba toda la política de Rácz, Bali y sus companeros [68].
Sandor Fekete escribe que la oposición comunista húngara, aunque Justíficada
por la historia, tambien ha sido juzgada con mucha severidad «pues no ha
sabido mostrarse verdaderamente fiel a su causa al organizarse como una fuerza
independiente», sin intentar «dirigirse al pueblo, a la clase obrera en primer
lugar» [69].
La carencia de una verdadera organización de revolucionarios y el aislamiento
de los movimientos dentro de un cuadro nacional, fueron considerados por los
propios revolucionarios como las causas fundamentales de su fracaso.
No obstante la agitación no se
limitó a Polonia y Hungría. En Checoslovaquia las primeras señales de crisis se
manifiestan a partir del mes de junio de 1956 cuando, en una conferencia de la
Unión de Escritores celebrada en Praga, un orador de nombre Josef Rybak
protesta contra «el culto a la personalidad» en el campo literario. En octubre
y en diciembre, la discusión se intensifica en los periódicos eslovacos. El XX
Congreso da un nuevo impulso a los comentarios; los escritores Frantisek Hrubin
y Jaroslav Seifert defienden la libertad de expresión, los estudiantes de Praga
se lanzan a una agitación que se prolonga durante varias semanas. En todas las
universidades y escuelas superiores del país se celebran asambleas generales de
estudiantes que delimitan sus reivindicaciones y designan comités de acción: se
establecen contactos de centro a centro, de ciudad a ciudad; en Presburg los
delegados de los estudiantes checos se reúnen con los de los eslovacos. El
programa común que resulta de esta larga serie de reuniones es entregado el día
12 de mayo al ministro de Cultura. A pesar de que el texto nos sea desconocido,
las críticas de que es objeto permiten reconstruir a grosso modo sus puntos
fundamentales: al parecer, los estudiantes reclamaron «la democratización de la
vida pública». una información completa, el «respeto a la legalidad
socialista», el fin de la rusificación y la libertad de discusión.. El Comité
Central responderá más adelante denunciando «la acción provocadora del enemigo
de clase»: El 12 de mayo en Presburg y el día 20 en Praga, los estudiantes
exhiben una serie de pancartas humorísticas durante su desfile tradicional. Sin
embargo el día 15 de junio, en la conferencia del partido celebrada en Praga,
Novotny se muestra rotundo: no habrá libertad de crítica, el partido liquidará
sin vacilaciones todas las tentativas de los estudiantes encaminadas a
continuar por la vía que han emprendido [70].
Con el mes de octubre vuelve a
surgir la agitación. El novelista Karel Josef Bénes escribe que la «tragedia
húngara», precio de los «errores» de Rakosi, es una lección para todos; la
poetisa Jana Stroblova ensalza «la gran lucha contra la mentira». En una
conferencia del partido en la capital se permite votar a favor de una
resolución que exige la convocatoria de un congreso extraordinario, buena
prueba de que la agitación sobrepasaba con mucho las fronteras del mundo
intelectual. El ministro Bacilek denunciará de nuevo entre los estudiantes,
«algunos errores en cuanto al sentido de la libertad y la democracia».
condenando «las tendencias intolerables análogas a las que se han manifestado
en Polonia y en Hungría»... El profesor Pavlik, miembro del Comité Central del
partido eslovaco, es expulsado en abril de 1957 por supuesta «actividad
fraccional y desviacionista». Por esta fecha la marea revolucionaria retrocede:
el movimiento checoslovaco no llegará a sobrepasar este punto.
En Alemania Oriental la
discusión también fue intensa en el ambiente intelectual tras las jornadas de
junio de 1953. Después del XX Congreso vuelve a iniciarse con renovada fuerza
con ocasión de la controversia en torno a los poemas del joven comunista Arnim
Müller,, paladín de la independencia del escritor, y de los artículos críticos
del semanario Sonntag, órgano de la
Unión de Escritores. Las jornadas revolucionarias de Polonia y Hungría provocan
una intensa efervescencia en las universidades donde los estudiantes preguntan,
interrumpen y llegan incluso a abuchear a las autoridades del partido. Destaca
la formación, bajo la influencia de los movimientos revolucionarios exteriores,
de un grupo clandestino que intentará dar a conocer el programa que ha
elaborado, colocándose así a la cabeza de una oposición que busca, sus cauces.
El hombre que emprende esta iniciativa es Wolfgang Harich, profesor de
Filosofía de la Universidad de Berlín considerado como uno de los más
brillantes intelectuales de su generación. Antes era un sumiso estalinista,
pero ti‑as la insurrección de junio de 1953 se había pasado decididamente
a las filas de los más severos críticos del régimen. Muy probablemente, su
decisión de lanzarse a la acción clandestina fue tomada después de un viaje a
Polonia en 1956. El núcleo del «grupo Harich» comprendía una serie de comunistas
de muy diversas edades y experiencias: un veterano, Walter Janka ex comandante
de un regimiento de las brigadas internacionales de España, Gustav Just,
secretario de la Unión de Escritores y redactor jefe de Sonntag, Bernhardt Steinberger, que se hizo comunista muy joven y
emigró a Suiza durante la segunda guerra mundial, fue condenado por sus
relaciones personales con uno de los acusados del proceso Rajk a veinticinco
años de trabajos forzados, deportado a Vorkuta y liberado tras la muerte de Stalin,
Richard Wolf, editorialista en la radio y otros más. Entre sus «contactos»
figuran probablemente el veterano comunista Franz Daffien y, sobre todo,
Bertolt Brecht que ya había apoyado a Harich en sus criticas públicas de 1953.
La plataforma del grupo tal como fue difundida en Occidente, colocada su
actividad bajo el patrocinio de Liebknecht «que rompió la disciplina para
salvar al partido». En los acontecimientos polacos y húngaros saludaba «la
expresión de la lucha de clases revolucionaria de las masas populares contra el
partido estaliniano y el aparato gubernamental», caracterizando al XX Congreso
como una «tentativa de apropiarse y canalizar desde arriba la revolución que
amenaza desde abajo». Asimismo, llamaba a la lucha por un marxismo‑leninismo
enriquecido con la aportación de Rosa Luxemburgo, Trotsky y Bujarin y contra el
estalinismo, ofreciendo un programa para «acabar con la dominación de los
miembros del partido por su propio aparato» [71].
No obstante, parece que Wolfgang Harich no fue excesivamente hábil en sus
iniciativas de «conspirador»: los miembros del grupo son detenidos en marzo y
condenados a diversas penas de prisión, Harich lo es a diez años. Durante los
meses siguientes, son depuradas las redacciones de los periódicos y las
universidades de todos los elementos sospechosos de simpatizar con las ideas
revolucionarias.
Estas dos experiencias subrayan
las debilidades fundamentales del movimiento de 1956‑57 y la ausencia de
una dirección revolucionaria internacional que hubiera revestido una
importancia decisiva. Este problema ha sido reconsiderado en diferentes
ocasiones por los propios revolucionarios: varios testimonios parecen probar
inequívocamente que el periodista húngaro Miklos Gimes, uno de los primeros
oposicionistas, luchó contra el enfoque de Imre Nagy, consistente en canalizar
el movimiento por los cauces de la legalidad del aparato, intentando convencer
a la oposición de la necesidad de organizarse de forma independiente. No
obstante, no dejó ninguna exposición de sus puntos de vista. A este respecto.,
fue el polaco Zimand el que rompió más claramente con el punto de vista de
simple «oposición» que sustentaban numerosos comunistas húngaros y polacos, al
afirmar la imposibilidad de reformar el aparato estaliniano y la consiguiente necesidad
de construir un «nuevo partido comunista» en Polonia y en el mundo entero. Al
evocar la ruptura de bolcheviques y espartaquistas con la II Internacional, Pro
Prostu escribe que «el movimiento obrero internacional se encuentra en una
situación semejante en cierto modo a la de la época en que Lenin emprendió la
ofensiva contra la II Internacional: contra las tradiciones y por la defensa de
la verdad; contra la mayoría de las direcciones de partido de aquella época y
por la defensa del proletariado» [72].
Esta es en definitiva, una conclusión semejante ‑la misma que había
conducido a Trotsky a fijarse la empresa de construir la IV Internacional‑
a la de los jóvenes comunistas húngaros que parecen expresarse con la pluma de
Sandor Fekete cuando éste escribe: «Desearía vivir lo bastante como para poder
ver la renovación interior de la Unión Soviética. Hasta entonces propongo dar
la vuelta a la tesis de Stalin. La piedra de toque del internacionalismo
proletario debe ser para todos el espíritu de continuidad con el que luchar
contra toda supervivencia de un régimen que se ha convertido en reaccionario
por donde quiera que se tome, contra las ideologías embusteras y contra las
directivas brutales que comprometen al socialismo internacional, y para poder
trabajar en favor de la democratización del régimen soviético » [73].
Los neo‑bolcheviques de la U. R. S. S.
El internacionalismo de la
perspectiva revolucionaria de los húngaros y polacos implica de hecho la extensión
de su movimiento a la U.R.S.S. Fekete, que excluye toda hipótesis de
derrocamiento de la burocracia soviética en beneficio de un régimen burgués,
escribe: «El futuro ya no depende de uno o dos dirigentes. Las presentes
condiciones objetivas de Rusia permiten nuevos progresos a esta gran nación.
Las bases objetivas de la supresión del régimen del aparato y de la
democratización de una economía centralizada existen ya. Las fuerzas subjetivas
aumentarán también y los individuos deseosos de cambiar las cosas llegarán sin
duda a imponer la idea de sentar las bases de una democracia política» [74].
La propaganda iniciada por los consejos en Hungría en el sentido de la confraternización con los soldados rusos y el elevado número de deserciones registradas en el Ejército Rojo constituyen una buena prueba de la justeza de esta afirmación. Las informaciones que se filtran a través de las fronteras indican un renacimiento del movimiento obrero y revolucionario en la U.R.S.S. cuyos exponentes son la huelga de Vorkuta de 1953 y la de la fábrica de rodamientos Kaganóvich de Moscú en 1956.
Durante el año 1956 se
desarrolla en los ambientes estudiantiles un proceso paralelo al que ya han
protagonizado los estudiantes húngaros, polacos, alemanes y checos. Un exiliado
reciente, David Burg, que siguió los acontecimientos desde Moscú, ha
suministrado una serie de valiosos detalles acerca de la aparición entre los
estudiantes rusos, de una corriente ideológica que se opone radicalmente a su
mentalidad de demócrata liberal; se trata de los «neo‑leninistas» o «neo‑bolcheviques»
que se autodenominan orgullosamente «auténticos leninistas», según H. Kersten.
«Los neo‑bolcheviques, relata Burg, atacan el régimen por su fracaso en
el intento de llevar a la práctica los objetivos de 1917 y particularmente por
su incapacidad para crear la sociedad igualitaria esbozada por Lenin en El Estado y la revolución y en Las tareas fundamentales del poder de los soviets» [75].
En su opinión, la sociedad rusa no es el socialismo pero tampoco constituye una
forma especial de capitalismo; el abandono de los objetivos socialistas se
explica por la victoria de «la burocracia del partido que ha eliminado a los
antiguos dirigentes de la revolución socialista. Los neo‑bolcheviques
creen que el testamento de Lenin debe ser realizado y que debe eliminarse la
dominación burocrática» [76].
Su programa comprende la entrega del poder «a unos soviets elegidos
democráticamente y verdaderamente representativos» donde el partido se verla
obligado a «luchar continuamente por el apoyo popular», la transformación de
los koljoses en auténticas cooperativas administradas democráticamente, así
como el control obrero de la industria planificada. David Burg subraya la
hostilidad de los neo‑bolcheviques hacia el occidente capitalista y su
convencimiento del carácter progresivo de la estructura económica de la
U.R.S.S.». Al mismo tiempo que, desde su punto de vista demócrata‑burgués,
considera que su «inconsistente» programa representa «un ideal primitivo», la
vuelta a «la utopía marxista» y la quintaesencia de la «ingenuidad social»,
admite que estas ideas encuentran amplia difusión en una juventud que se
considera a si misma como la heredera de las tradiciones bolcheviques de la
época revolucionaria.
Su acción clandestina justifica
la agitación de las universidades en el momento de la intervención en Hungría,
agitación que se prolonga entre las filas de las Juventudes Comunistas durante
todo el año 1957. Se empiezan a difundir toda una serie de periódicos
clandestinos: La Flor Azul en la
Universidad de Leningrado, La campana ‑reminiscencia
de Herzen- en la de Moscú, Hoja de Parra en
Vilna y Cultura, Voces frescas y Herejía en
otros Institutos y Escuelas Superiores. Los estudiantes las exponen en los
tablones de anuncios y las ponen en circulación al igual que los poemas. En
Moscú se reparten unos panfletos impresos en multicopista y firmados por «El
verdadero partido comunista». En diversas organizaciones los dirigentes son
sustituidos por unas votaciones con papeletas secretas que el aparato se niega
a reconocer prolongándose la pugna durante varios meses. Del anonimato empiezan
a surgir una serie de grupos clandestinos como el denunciado por Izvestia el día 6 de septiembre de
1959. Burg describe la actividad de uno de ellos: una decena de estudiantes del
Instituto de Historia de Moscú «imprimen y difunden unos panfletos en los que
se ataca personalmente a Jruschov y a la dictadura del partido en general,
reclamando al propio tiempo el establecimiento de una democracia soviética y la
vuelta a una «línea leninista» [77].
Al ser descubiertos, los responsables son expulsados de la Universidad y
condenados a varios años de prisión.
La segunda revolución
Entre las tareas de la IV
Internacional, Trotsky habla incluido la consigna de «revolución política en la
U.R.S.S. » formulando desde 1934 su programa: no se trataba de cambiar «a una
camarilla dirigente por otra», sino de «alterar los propios métodos de
dirección económica y cultural», «la revisión radical de los planes en interés
de los trabajadores», «la libre discusión de las cuestiones económicas». «una
política exterior consecuente con la tradición del internacionalismo
proletario» y por último «el derecho para la juventud de respirar libremente,
equivocarse y madurar» [78].
Sin embargo, entre el pensamiento de Trotsky y la acción de las jóvenes
generaciones que actúan en 1956 y 1957, existe una relación muy remota: Miklos
Gimes, por ejemplo, había comprado La
revolución traicionada en Paris, llevando un ejemplar a Hungría donde el
libro pasó por algunas manos [79];
asimismo, durante el otoño del 56 unos jóvenes estudiantes polacos traducen
algunos artículos sobre Hungría del periódico trotskista francés La Verité para difundirlos posteriormente como panfletos. De
hecho, el programa de Trotsky es recogido, desarrollado y puesto en práctica
parcialmente por una generación que no sólo no le había leído, sino que además
había sido sometida a un increíble lavado de cerebro a su respecto. Las
consecuencias programáticas deducidas del análisis de las fuerzas de clase de
la U.R.S.S. en vísperas de la guerra comienzan a aplicarse parcialmente en unas
condiciones que su autor no había podido prever.
La consigna de «segunda
revolución» contra el «Estado de los gendarmes y burócratas», lanzada en la
primavera de 1956 por el veterano Tibor Dery y tras él, por los jóvenes
comunistas húngaros y polacos, no nació, como se ha dicho, solamente de las
condiciones específicas de la dominación burocrática en las democracias
populares a pesar de que su expresión fuera enormemente favorecida por ellas.
La misma corriente revolucionaria se manifiesta en China en 1957 con ocasión
del gran debate conocido como «campaña de las Cien Flores». El profesor
comunista Ko Pei‑chi declara: «Algunos dicen que el nivel de vida se ha
elevado. ¿Para quién se ha elevado? Sin duda para los miembros y cuadros del
partido que antes arrastraban zapatos rotos y que en la actualidad circulan en
coche y llevan uniformes de buena tela. (...) Los miembros del partido
desempeñan el papel de policías de paisano encargados de la vigilancia de las
masas: (...) la responsabilidad corresponde a la propia organización del
partido» [80]. El
comunista Liu‑Pin‑yen denuncia a la «clase privilegiada» que
integra el aparato del partido, con sus «emperadores locales», acusándola de no
haber reclutado desde hace años más que «aduladores, sicofantes y papanatas » [81].
El periodista comunista Tai‑Huang, organizador de una oposición
clandestina, afirma que se está formando una clase privilegiada y condena la
intervención rusa en Hungría [82].
Por su parte, los dos intelectuales comunistas Huang Chen‑lu y Chiang Po‑cheng
denuncian el monopolio del partido, su «osificación» y la victoria del
principio de los nombramientos desde arriba sobre el de elección, solicitando además
la libertad de partidos, de organizaciones y de publicaciones con tal de que
éstos no se opongan al socialismo [83].
Como en Varsovia, en Budapest y
en Moscú, el movimiento estudiantil se manifiesta en China con una serie de
tumultuosas asambleas y una gran proliferación de periódicos convertidos en
verdaderas tribunas de discusión; su portavoz típico puede muy bien ser una
joven de veintiún anos, Lin Hsi‑ling, combatiente desde los dieciséis del
ejército popular y estudiante de la Universidad del Pueblo, cantera de los
cuadros comunistas chinos. El 23 de mayo de 1957, esta muchacha declara en un
mitin de estudiantes en Pekín: «El verdadero socialismo es muy democrático. Sin
embargo, el socialismo que tenemos aquí no es democrático. En mi opinión se trata
de un socialismo construido sobre las bases del feudalismo.» «Ni la Unión
Soviética ni la China son países verdaderamente socialistas.» El partido sólo
comprende a una «minoría de verdaderos bolcheviques». Los rasgos burocráticos
que aparecen en la sociedad china son la expresión de un sistema que genera los
tres «males» denunciados por el partido: «El burocratismo, el subjetivismo y el
sectarismo». La base del sistema se encuentra en el retraso económico de Rusia
y China y en la teoría ‑cuya validez refuta basándose en una cita de
Engels‑ del «socialismo en un solo país». Como Lasota y Pro Prostu,
Lin Hsi-ling también rechaza en su intervención la «burocracia liberal»:
«Debemos considerar insuficiente tanto el movimiento de rectificación del
partido como las medidas reformistas y las pocas concesiones hechas al pueblo
(...) Debemos intentar construir el verdadero socialismo. Yo propongo que se
tomen medidas radicales para transformar de forma revolucionaria el sistema
social existente en la actualidad. Yo no apruebo el reformismo. Lo que
necesitamos ahora es un cambio radical una transformación total.» Para ello,
para «resolver los problemas y vencer las dificultades de forma efectiva»,
«sólo hay un medio: movilizar y levantar a las masas» [84].
A partir de final de mes, Lin,
junto con otros estudiantes de Pekín, constituyen la organización que ha de
publicar más tarde la revista Forum dándose como objetivo la tarea de
demostrar al pueblo que el problema del burocratismo «no se refiere solamente
al estilo de trabajo sino al sistema estatal., también se propone imponer en la
práctica «la libertad de palabra, de publicación, de reunión y de organización»
[85].
La organización de Forum aspira a convertirse en una organización
sólida, «el corazón de las masas integrado en el movimiento». Lin Hsi‑ling
intentará más adelante ampliar la
organización de Pekín tomando contacto, en el plano nacional, con los
diferentes grupos de estudiantes que reconocen su autoridad: su influencia ‑hasta
el momento en que la represión les golpea brutalmente‑ no deja de crecer
dentro de la Liga de las Juventudes Comunistas donde Tung Hsueh‑Loung,
miembro del Comité Central, ha de convertirse a su vez en el abanderado de la
lucha en favor de la información y de la verdad y contra los «papanatas» y los
«robots» [86].
Brutalmente suprimida por el
desencadenamiento de la campaña contra los «derechistas» y el fin de la
discusión, la expresión política de la corriente neo‑bolchevique en China
cierra el proceso de los movimientos de Europa oriental en 1956, confiriéndole
su plena significación y universalidad. Tal vez no resultase excesivamente
aventurada la hipótesis de que los años 1956‑57 supusieran para el mundo
lo que para el imperio ruso supuso la revolución de 1905. Bajo este punto de
vista, el fenómeno de la desestalinización oficial se convierte en una
consecuencia del aumento de la conciencia y combatividad obreras y del
renacimiento del pensamiento socialista y revolucionario. Tras la reacción
provocada por el aislamiento de la U.R.S.S. y alimentada entre las dos guerras
por la represión ejercida por el aparato burocrático, una serie de nuevas
generaciones reanudaron en 1956 y 1957 los vínculos con la tradición, el
pensamiento y la práctica revolucionarios de 1917, enterrados hasta la fecha
por obra de unos comentaristas parciales. Ciertamente las condiciones en que se
produjo el reflujo de Hungría y Polonia durante el año 1957 así como la
reaparición de lo que Ryszard Turski llama «la emigración interior» y «la
psicología obrera de la fatiga política» [87],
es decir el desánimo y el temor al paro que caracterizaron a esta época
posrevolucionaria, recuerdan inequívocamente las circunstancias que rodearon a
la definitiva derrota de la oposición en 1927. No obstante, el contexto es
completamente diferente. En la U.R.S.S., incluso los restos de la generación
bolchevique de la época heroica, se fundieron en los campos de concentración
con los jóvenes miembros de los «verdaderos leninistas» y de la «oposición
obrera.» Claudius conoció poco antes de su liberación a hombres como V. A.
Smirnov, oposicionista de 1947, y a algunos supervivientes de la Vieja Guardia
como Palatnikov, antiguo secretario de Trotsky y Verchblovsky, antiguo redactor‑jefe
de Trud y militante de la oposición, con ellos se encontraban los alemanes
detenidos durante el proceso de Rajk o después de la insurrección de junio de
1951 [88].
A finales de 1962 reaparece públicamente una vieja militante bolchevique que
exige un arreglo de cuentas. Se trata de la historiadora Galina Serebriakova,
que fue compañera de Serebriakov y más tarde de Sokólnikov, que había pasado
mas de veinte años en la cárcel: la violencia de sus ataques contra Ehrenburg
asesta un duro golpe a los «respetuosos» modales adoptados por la
desestalinización. Poco a poco las bocas se van abriendo, la historia se
recompone y el pasado, va cobrando forma: ciertamente todas éstas son
condiciones indispensables en una lucha por el futuro. Los años venideros
probarán hasta qué punto los «núcleos» subterráneos, de cuya existencia dan fe innumerables
indicios, sabrán utilizar en un nuevo 1917 la experiencia del primer combate
obrero librado contra el estalinismo a escala multinacional.
[1] Trotsky, Stalin, pág. 498
[2] Citado en Brochure Hungaricus, págs. 21‑23
[3] ) Maxo Batché, «La critique et l’autocritique en U.R.S.S.», en Questions actuelles du socialisme, nº 5‑6, 1951, págs. 125‑138.
[4] Ibídem, págs. 138‑140
[5] Ibídem, pág. 140
[6] Ibídem, pág. 143
[7] Ljoubo Taditch, «L'Etat et la sociéte», Questions actuelles du socialisme, noviembre‑diciembre de 1957, pág. 32‑35
[8] Benno Sarel, La classe ouvriere d'Allemagne orientale, páginas 165‑166
[9] Brigitte Gerland, «Comment fut preparée la gréve de Vorkouta», La Vérité n.º 347, 7 de enero de 1955.‑«Quand Vorkouta était en gréve», ibídem n.º 347, 28 de enero de 1955.
[10] John H. Noble, New York Times, 7 de abril de 1955.
[11] Barton, L’institution concentrationnalre en U. R. S. S., páginas 321‑341
[12] Pro Prostu, 25 de marzo de 1956.
[13] Entrevista realizada por Bondy, Demain, 8 de noviembre de 1956
[14] Irodalmi Ujsag, 7 de abril de 1956
[15] Ibídem, 28 de abril de 1956
[16] Ibídem, 5 de mayo de 1956
[17] Flora Lewis, A case history of
hope, pág. 88
[18] Nowa Kultura, 20 de octubre de 1957.
[19] Ibídem
[20] Ibídem
[21] Irodalmi Ujsag, 30 de junio de 1956
[22] Ibidem
[23] Ibídem, 20 de octubre de 1956.
[24] Zycie Literackie, 5 de marzo de 1956.
[25] Irodalmi Ujsag, 18 de agosto y 8 de septiembre de 1956
[26] Tribuna Ludu, 4 de octubre de 1956.
[27] Zycie Warszawy, 6 de diciembre de 1956
[28] Flora Lewis, op. cit., págs. 192‑193
[29] Zycie Warszawy, 8 de julio de 1956
[30] Glos. Nauczycielski, 14 de noviembre de 1956.
[31] Ibídem, 28 de octubre de 1956.
[32] Ibidem, 30 de diciembre de 1956.
[33] Nova Kultura, 9 de diciembre de 1956.‑
[34] Tribuna Ludu, 4 de octubre de 1956.
[35] Pro Prostu n,º 49, 1956.
[36] Nowa Kultura, 29 de abril de 1956.
[37] Citado por Gomulka, Cahiers du communisme, junio de 1957, pág. 927
[38] Pro Prostu, 1º de junio de 1956.
[39] «La révolte de la Hongrie», número especial de Les temps modernes, págs. 909‑910.
[40] Tribuna Ludu, 8 de octubre de 1956
[41] Zycie Warszawy, 23 de noviembre de 1956.
[42] Glos Nauczycie1ski, 25 de noviembre de 1956.
[43] Pro Prostu, 28 de octubre de 1956.
[44] Nowa Kultura, 10 de febrero de 1957
[45] Glos Pracy, 17 de noviembre de 1956
[46] Nowa Kultura, 10 de febrero de 1957
[47] Brochure Hungaricus, pág. 44
[48] Ibídem, pág. 52
[49] Ibídem, págs. 57‑58.
[50] Ibídem, pág. 58
[51] Ibídem, pág. 60.
[52] Pro Prostu, 30 de septiembre de 1956.
[53] Ibídem, pág. 70
[54] Ibídem, pág. 74
[55] Pro Prostu, 28 de octubre de 1956
[56] Pro Prostu, 24 de febrero de 1957
[57] Citado por L’Express, 19 de septiembre de 1957.
[58] Pro Prostu, 30 de septiembre de 1956
[59] Pro Prostu 20 de enero de 1956.
[60] Tribuna Ludu 11 de octubre de 1957
[61] Ibídem
[62] Le Monde, 6 de diciembre de 1956
[63] Fryer,
Hungarian tragedy, pág.
51
[64] Balázs Nagy, op, cit,, págs. 74‑76.
[65] L'Humanité, 10 de diciembre de 1956.
[66]Pro Prostu, 4 de noviembre de 1956.
[67] Ibídem
[68] Balázs Nagy, op. cit., págs.
74‑76
[69] Brochure Hungaricus, págs. 5‑6.
[70] Kersten, Aufstand der Intellektuellen, págs. 110‑124
[71] Hildebrandt, «Rebel communists in
East Germany», New Leader, 1
de abril de 1957.
[72] Pro Prostu, 4 de noviembre de 1956.
[73] Brochure Hungaricus, pág. 118
[74] Ibídem,
pág. 117
[75] David Burg, «Observations on soviet
university students», Daedalus, verano
de 1960, pág. 533
[76] Ibídem, pág. 534.
[77] Ibídem, pág. 531
[78] Trotsky, De la Révolution pág. 639
[79] ) Peter Kende ofrece un testimonio de la difusión del libro de Trotsky entre los intelectuales húngaros en Etudes n.º 4, 1962, pág. 102. El autor olvida señalar que esta obra había sido traída de Paris por Miklos Gimes
[80] Renmin Ribao 31 de mayo de 1957, citado por Roderick Mac. Farquhar, The
Hundred Flowers, pág. 87‑88
[81] Renmin Ribao, 20 de julio de 1957, op. cit., págs. 73‑74
[82] New China News agency de Pekín, 7 de agosto de 1957, op. cit., págs. 74‑76
[83] Cotidiano de Chenyang, 11 de junio de 1957, op. cit., páginas 105‑109.
[84] Renmin Ribao, 30 de junio de 1957, op. cit., págs. 140‑141.
[85] Renmin Ribao, 24 de julio de 1957, op. cit., págs. 137‑140
[86] New China News agency, Kunming, 26 de agosto de 1957, op.
cit., págs. 172‑173.
[87] Pro Prostu, 14 de abril de 1957
[88] Claudius, op. cit., págs. 143‑146