CAPITULO XIV
LA CRISIS POLITICA
Todavía hoy resulta imposible describir un panorama preciso de las condiciones políticas de la U.R.S.S. durante el período del primer plan quinquenal. Carecemos de datos. No obstante, de las breves indicaciones de la prensa y de los relatos entresacados de un lado y otro se desprende una impresión de crisis de excepcional gravedad: de hecho, durante estos años la U.R.S.S. se ha encontrado en varias ocasiones al borde mismo de la catástrofe, del hambre, del hundimiento económico y del caos general. El impulso de los primeros meses de la colectivización y de la industrialización no consigue superar los obstáculos que surgen continuamente ni las dificultades que padece la inmensa mayoría de los trabajadores para subsistir ni el miedo general al futuro.
Entre los oposicionistas
reintegrados inicialmente por estar
convencidos de que la política «izquierdista» inaugurada en 1928 acarrearía por
si misma el renacimiento de la democracia obrera, cunden la desilusión y las
lamentaciones. Kámenev escribe en su
diario intimo que Zinóviev y él han cometido un enorme error al romper con
Trotsky después del XV Congreso.
Zinóviev confiesa: «El mayor error político de mi vida fue abandonar a Trotsky
en 1927.» Iván Smirnov, que capituló en 1929, se encuentra con León Sedov en
julio de 1931 en Berlín y acepta enviar informaciones para el
Boletín de la Oposición. El ejemplar correspondiente al mes de
noviembre de 1932 incluye un estudio de la situación económica de la U.R.S.S.
basado en datos exactos, conocidos únicamente por los Comisarios del Pueblo. Su
autor es Smirnov; el artículo, firmado con pseudónimo, concluye con la
siguiente afirmación: «Dada la incapacidad de la dirección actual para salir
del callejón sin salida económico y político, aumenta nuestra convicción de la
necesidad de reemplazar la dirección del partido» [1].
Otro corresponsal del Boletín de la
Oposición escribe en 1933, refiriéndose al estado de ánimo de gran parte de
los dirigentes: «Todos ellos hablan del aislamiento de Stalin, del odio
universal de que es objeto», pero añaden: «Si no fuera por éste (omitimos su
vigoroso epíteto) a estas horas todo se habría derrumbado. El es quien mantiene
la cohesión del conjunto.»
¿Se trata acaso de un inventario de justificaciones para la diaria capitulación o es la conclusión de un serio análisis de la situación real? La segunda hipótesis nos parece más verosímil en la medida que los «oposicionistas de corazón» que se encuentran en el país están de acuerdo sobre este punto con Trotsky que, desde su exilio, escribe en 1933: «En la actualidad, la ruptura del equilibrio burocrático en la Unión Soviética, sería sin lugar a dudas utilizado por las fuerzas contrarrevolucionarias» [2]. En tales condiciones puede afirmarse que, durante el periodo de 1930 a 1932 se ha producido una especie de tregua por parte de los numerosos adversarios de la política estaliniana instalados en el propio seno del aparato y que Stalin ha sido aceptado entre ellos como un mal menor. Tampoco puede despreciarse el hecho de que la U.R.S.S. se protegió hasta cierto punto de las amenazas exteriores concretas que durante años se habían cernido sobre ella por el hecho de que, a partir de 1929, el mundo capitalista se enfrentaba con las consecuencias de la crisis económica sin precedentes que marcó el periodo de entreguerra.
A falta de oposición abierta,
imposible a partir de la derrota de la oposición de izquierda, parece como si en
la cumbre del aparato se hubieran delineado algunos intentos de reagrupamiento
por parte de los adversarios de Stalin, instigados por los responsables que le
debían su carrera, pero que consideraban que su línea política conducía a la
U.R.S.S. a la debacle.
Conocemos al menos dos de estos
intentos: el «affaire» Syrtsov‑Lominadze de 1931 y el «affaire» Riutin de
1932.
El primero resulta aún harto
misterioso. Asociaba a dos personajes pertenecientes a la joven generación del
aparato: Syrtsov, al que se atribuía una gran simpatía por las ideas de
Bujarin, había sido elegido miembro suplente del Comité Central en 1924 y
titular en 1927. Su promoción, en mayo de 1929, al cargo de presidente de la
RSFSR a la que siguió su designación como suplente del Politburó durante el XVI
Congreso, indicaban al menos que, durante la eliminación de los derechistas,
debió ofrecerle a Stalin ciertas pruebas de lealtad. También era presidente del
Consejo de la RSFSR. El
georgiano Lominadze, con reputación de hombre duro dentro del Komsomol en los
comienzos de su carrera, era considerado como un partidario incondicional de
Stalin; de hecho el Secretario General le habla enviado a China en 1927. Era
secretario regional del partido en Transcaucasia y, junto con Sten,
perteneciente a la Comisión Central de Control y Chatskin, secretario del
Komsomol, había sido considerado durante el periodo 1928‑29 como un
crítico «de izquierda» de Stalin al que reprochó al parecer sus vacilaciones y
contemporizaciones en la liquidación de la derecha [3].
Syrtsov y Lominadze son
expulsados del Comité Central por haber constituido «un bloque antipartido de
la derecha y de la izquierda». A pesar de las dos páginas dedicadas a este
asunto por Knorin, historiador oficial en 1935, se dispone de muy poca información
respecto a las posiciones que adoptaron y a sus actividades [4].
Parece ser que habían puesto en circulación entre los medios dirigentes, tal
vez con la finalidad de provocar una «revolución palaciega», una severa
requisitoria contra Stalin, basándose en las criticas emitidas anteriormente
por las oposiciones de derecha y de izquierda. Según Ciliga, Syrtsov afirmaba:
«El país ha entrado en un peligroso terreno económico. La iniciativa de los
obreros ha sido aniquilada». Por su parte Lominadze acusaba: «La administración
del partido maneja los intereses de los obreros y campesinos a la manera de los
barines» [5].
Nada sabemos de las condiciones en que este grupo heterogéneo en un principio,
había llegado a cobrar auge: por las acusaciones proferidas durante el IX
Congreso contra Chatskin y, sobre todo, contra Nicolás Tchaplin, que había
encabezado la lucha de los «jóvenes estalinistas» contra la oposición conjunta,
podemos deducir que el grupo había conseguido reclutar partidarios en las filas
del Komsomol. Sus nombres, unidos a los de Syrtsov, Lominadze y Sten van
acompañados ritualmente del epíteto «agentes del bloque de las oposiciones» [6].
Tampoco se sabe si fueron detenidos. Knorin indica que los miembros del grupo
fueron expulsados del partido y Syrtsov, Lominadze y Sten de los órganos
dirigentes: los dos primeros, al menos, fueron reintegrados en 1935.
Respecto al «affaire» Riutin
contamos con más información. Este apparatchik
de Moscú había sido el brazo derecho de Uglanov durante la lucha contra la
oposición conjunta llevada a cabo en la capital. En 1928, tras ser acusado de
manifestar tendencias conciliadoras, había sido uno de los primeros derechistas
depurados, pero también fue el primero en llevar a cabo su autocrítica antes
incluso de la caída de Uglanov, conservando gracias a ello sus funciones en el
aparato de Moscú. Convencido de que la dirección estalinista estaba conduciendo
al país a un desastre, redacta durante el año 1932, un texto de 200 páginas
aproximadamente de cuyo contenido sólo tenemos testimonios directos o
indirectos. En este documento afirma: «los derechistas han tenido razón en
cuanto se refiere a la economía y Trotsky ha estado acertado en su crítica del
régimen del partido» [7].
Propone una retirada en lo económico que habría de llevarse a cabo mediante la
reducción de las inversiones en la industria y la liberación de los campesinos,
autorizándoles para abandonar los koljoses. También ataca ferozmente a Bujarin
por su capitulación y, como primera medida tendente a restaurar la democracia
del partido, propone la inmediata reintegración de todos los expulsados,
incluido Trotsky. Por último, en unas cincuenta páginas llenas de vigor, pasa a
analizar la personalidad de Stalin y su papel pretérito y presente. Le describe
como «el genio del mal de la Revolución rusa (...) impulsado por su sed de
venganza y sus ansias de poder». Al afirmar que había conducido al país «al
borde del abismo», añade, comparando a Stalin con el agente provocador Azev que
había dirigido por orden de la policía la organización terrorista S.R. a
principios de siglo. «Podría uno preguntarse si todo esto no es producto de una
inmensa provocación consciente» [8].
Tales puntos de vista servían para justificar su opinión de que «no podía haber
un restablecimiento en el partido ni en el país» sin un previo derrocamiento de
Stalin.
Este programa de aproximación
entre la derecha y la izquierda, similar al propuesto por Syrtsov y Lominadze y
que parecía reconsiderar la alianza que se proyectó efímeramente en 1928 entre
Bujarin y Trotsky, se basaba tal vez en unas posibilidades reales puesto que,
al mismo tiempo, en los campos de concentración, en los penales y en los
lugares de deportación, la mayoría de los partidarios de la oposición de
izquierda pensaban, como Rakovsky y Solnzev, que era necesario orientarse hacia
un programa económico de vuelta a la NEP aditado con la restauración de la
democracia interna [9]. Los
vínculos personales de Riutin permitirían a todas luces la realización de la
operación. El núcleo primitivo constituido por él y Galkin, que también era un antiguo derechista, se había abierto
a la izquierda incluyendo al viejo obrero bolchevique de Leningrado Kayúrov,
así como a unos cuantos antiguos «trotskistas»; por la derecha parecía haber
asimilado a los intelectuales del grupo de profesores rojos, Slepkov, Maretsky,
Astrov y Eichenwald. La «plataforma Riutin». reproducida clandestinamente,
pasará entre las manos de los antiguos oposicionistas arrepentidos oficialmente,
entre los que se cuentan Zinóviev, Kámenev, Sten y Uglanov, llegando al parecer
a ser difundida clandestinamente entre los obreros de las fábricas de Moscú.
Apenas si existen datos acerca
del desarrollo, los objetivos inmediatos y el propio descubrimiento del
«complot»; tampoco se cuenta con información sobre sus posibles relaciones con
el grupo Syrtsov‑Lominadze. Al parecer, una vez detenido, Riutin fue
condenado a muerte por el tribunal secreto de la GPU bajo la acusación de
preparar el asesinato de Stalin. No obstante, la mayoría del Politburó obligó,
según parece, a Stalin a renunciar a su ejecución: desde entonces se desconoce
el paradero de Riutin en las prisiones tras su paso por Verjne‑Uralsk
donde fue visto por Ciliga.
La consecuencia más inmediata del asunto es la segunda expulsión de Zinóviev y Kámenev, que son acusados de haber leído el texto de Riutin sin denunciar a los conspiradores. Seguirá una nueva redada de los responsables vinculados con Riutin y de otras personas que no parecen haber mantenido relación alguna con él. Hacia el final de 1932 y los comienzos de 1933, son detenidos de nuevo y condenados sin ningún tipo de explicación pública los antiguos miembros de la oposición Smilgá, Ter‑Vaganián, Mrachkovsky e Iván Smirnov. Este último que, tras su readmisión, ocupaba la dirección de la fábrica de automóviles de Gorki, es detenido el 1 de enero de 1933, condenado a diez años de cárcel y confinado en el «aislador» de Suzdal. Smilgá, que es condenado a cinco años, es enviado, junto con Mrachkovsky a Verjne‑Uralsk, unas semanas antes. Stalin se había lamentado ante este último de estar rodeado de imbéciles. Por esta misma época, el 5 de noviembre de 1932, muere la joven esposa de Stalin, Nadiejda Alilúyeva: según los rumores, imposibles de verificar, que circularon a la sazón en los medios dirigentes, se había suicidado tras una violenta disputa con su marido, al que consideraba responsable de la catastrófica situación del país.
Como estudiante, Nadja
Alilúyeva, había tenido sin duda ocasión de tomar conciencia del nuevo estado
de ánimo imperante entre una parte de la juventud. A partir del fin del periodo
1932‑33, algunas breves reseñas oficiales confirman las indicaciones de
la prensa de la oposición: desesperados por la apatía obrera y educados en la
atmósfera de miedo y odio que inspira Stalin, los jóvenes generalmente
encuadrados en las Juventudes Comunistas, acarician proyectos de terrorismo
individual, se inclinan sobre el movimiento revolucionario del siglo XIX,
exaltan a sus héroes y suenan con ser ellos los llamados a liberar al partido y
al país del tirano. Zhdánov llevará a cabo más adelante una depuración de las
bibliotecas poniendo fuera de la ley todos aquellos libros que glorifican la
acción terrorista. En mayo de 1933, Zinóviev y Kámenev vuelven a ser traídos de
Siberia para repetir su confesión. Trotsky escribe por entonces que Stalin
«hace recolección de almas muertas» a falta de las pertenecientes a los vivos.
En el Boletín de la Oposición, advierte
el peligro del terrorismo: «Dentro y fuera del partido cada vez se oye más la
consigna 'Abajo Stalin'. (...) Pensamos que esto, es erróneo. No nos preocupa
la expulsión de un individuo, sino el cambio del sistema» [10].
El ascenso de los nazis al poder en Alemania plantea el problema de unos
términos más urgentes todavía.
La crisis alemana
El mundo capitalista parece
debatirse entre un cúmulo de problemas propios. La gran crisis provocada por el
«crac» de Wall Street va a confirmar el análisis que Trotsky incluyó en su
crítica dirigida al VI Congreso: la estabilización cede su lugar a un nuevo
periodo de convulsiones sociales, sobre todo en el país clave de Europa,
Alemania, mientras que el partido comunista alemán muestra su incapacidad para
detener el auge del nazismo; Hitler alcanza el poder sin que la clase obrera
haya hecho nada para impedirlo. El mundo capitalista emprende fatalmente el
camino de la segunda guerra mundial.
La historia del
partido comunista alemán desde 1923 es la de una larga lucha encabezada por los
emisarios de la Internacional para tratar de conseguir una «bolchevización» que
lo convierte en dócil instrumento de los dirigentes rusos, quitándole
definitivamente la posibilidad de desempeñar el papel de dirección
revolucionaria al que siempre había aspirado. Sin tener en cuenta las
tradiciones nacionales, ni el apego del núcleo comunista a la democracia
interna ‑la liga Spartacus había nacido en franca oposición con el
partido centralizado y burocratizado de Ebert‑, sin preocuparse por la
coyuntura política, el Ejecutivo de la Internacional se dedica a crear su
propia fracción, destinada a hacerse con el control del partido eliminando de
la dirección a todos aquellos elementos que amenacen con simpatizar con alguna
de las oposiciones rusas,
de derecha o de izquierda, y reorganizando el partido de forma que el aparato
se haga independiente a cualquier presión de las masas, precaviéndose al mismo
tiempo contra el desarrollo de una oposición interna que podría atacarlo sobre
el propio campo de la lucha de clases. Al proyectar mecánicamente sobre
Alemania las inquietudes del grupo dirigente ruso, la facción estalinista se ve
obligada a destruir lo que habla dado su fuerza al partido comunista alemán, a
saber, la Vieja Guardia espartaquista de la que Lenin decía: «No los veo tragar
fuego en la feria de la palabrería revolucionaria. No sé si constituirán una
fuerza de choque; pero de algo si estoy seguro: gentes como ellos son los que
integran las columnas de prietas filas del proletariado revolucionario» [11].
El affaire Thaelmann‑Witorf
suministrará el pretexto necesario para la eliminación de aquellos a los que se
denomina «derechistas» por haber recomendado durante un periodo de
estabilización el frente único con los social‑demócratas. En la asamblea
plenaria de diciembre de 1928, Stalin denuncia su actividad fraccional:
Walcher, Froelich, Boettcher y Hausen son expulsados al igual que Brandler y
Thalheimer. En una Carta abierta la
asamblea afirma: «Cada paso dado hacia la estabilización del imperialismo
internacional supone también un paso en dirección a la descomposición de tal
estabilización» [12]. El
partido, en donde las asambleas generales ‑antigua tradición democrática‑
han sido prohibidas, es ahora reorganizado por entero, en lo sucesivo todos los
«funcionarios» deben ser «camaradas situados en la línea del partido»: toda
reunión en que hayan tomado la palabra los «liquidadores» se considera anulada.
El partido es domesticado definitivamente: Thaelmann, salvado por Moscú, será
hasta el final su domador contando para ello con la colaboración de Walter
Ulbricht.
La X Asamblea de la
Internacional celebrada en julio de 1929, termina por precisar la línea que
había sido esbozada en el VI Congreso con la elaboración de la teoría del
socialfascismo que convierte a la social‑democracia en el enemigo numero
uno de los comunistas. Manuilsky, que ha pasado a presidir la Komintern, afirma
en su informe: «La socialdemocracia irá quitándole progresivamente a la
burguesía la iniciativa de la represión contra la clase obrera. (...). Se hará
fascista. Este proceso de conversión de la social‑democracia en social‑fascismo
ha empezado ya» [13]. Bela Kun
pretende demostrar «la necesidad de la transformación de la social‑democracia
en fascismo» [14]. Mólotov
acentúa la necesidad de luchar sobre todo contra el ala izquierda de la social‑democracia,
«la más innoble y astuta a la hora de engañar a los obreros» [15].
De esta forma y bajo el pabellón del «frente único en la base», se va
delineando la vuelta a una política de aislamiento sistemático. «La aplicación
de la táctica del frente único, dice Ulbricht, consiste fundamentalmente en la
creación de órganos independientes de lucha (...), en unir a las grandes masas
obreras bajo la dirección comunista» [16].
Manuilsky esboza, sin la menor vacilación, un esquema que convierte la victoria
del fascismo en una etapa necesaria: «En muchos países capitalistas
intensamente desarrollados el fascismo será la última fase del capitalismo,
previa a la revolución social» [17].
La crisis estalla en 1930. Un
sinnúmero de empresas quiebra. Cunde el paro. En 1932 existen 5.400.000 parados
oficiales, cinco millones de parados parciales y dos millones de parados no
inscritos; la totalidad de los jóvenes se encuentra en paro no oficial. Las
clases medias se ven afectadas en igual medida que el proletariado: ancianos
con sombrero hongo piden limosna en la puerta de las estaciones de metro. Para
decenas de millones de alemanes, es decir para el conjunto de los trabajadores,
la crisis plantea en los términos más crudos el problema de la estructura
económica y social. La sociedad capitalista ha quebrado, el individualismo
pequeño‑burgués ha perdido toda vigencia, Simone Weil escribe entonces:
«El joven alemán, obrero o pequeño‑burgués, no conserva ni una parcela de
su vida privada que no esté afectada por la crisis. Para él las perspectivas,
buenas o malas, que pueden referirse incluso a los aspectos más íntimos de su
propia existencia, se formulan inmediatamente como una serie de perspectivas
que se refieren a la propia estructura de la sociedad. No puede ni siquiera
imaginarse un esfuerzo a realizar para volver a ser dueño de su destino que no
revista la forma de acción política» [18];
de esta forma, entre 1930 y 1933, se crea una situación profundamente
revolucionaria. La burguesía se divide: a partir de 1930, amplios sectores de la
industria pesada y algunos estamentos del ejército otorgan su apoyo al
movimiento nacional‑socialista que encabeza Adolf Hitler.
En 1929 este
último, paralelamente a la acción del partido comunista y en contra de la
coalición de los partidos burgueses con los social‑demócratas, ha llevado
a cabo una campaña contra el plan Young de amistad con Occidente; también
invoca sentimientos patrióticos y revanchistas contra el tratado de Versalles.
A partir de 1930 los nazis, que disponen de una enorme cantidad de fondos y
medios materiales y de toda una red de cómplices en el ejército y en la
policía, se dedican a explotar la desesperación de las clases medias
empobrecidas, la frustración de los jóvenes desesperanzados y el
anticapitalismo latente que tratan de transformar en antisemitismo; multiplican
sus esfuerzos para desarticular a las organizaciones obreras, atacan sus
locales, sus permanencias, sus puestos de periódicos, alternando la utilización
de la violencia física contra los militantes con el exacerbamiento del rencor
de los obreros contra los aparatos burocratizados mediante la denuncia de los
«bonzos». Tras de su demagogia nacionalista y de su fraseología pseudo‑socialista,
en realidad se limitan a servir a sus socios capitalistas los magnates del Ruhr
que han optado por sobrevivir destruyendo todas las organizaciones obreras y
orientando definitivamente a la economía hacia la producción armamentística
basada en los pedidos del Estado y en último término hacia la guerra que habría
de permitirles la conquista de nuevos mercados. El nazismo, faceta alemana del
fascismo, último dique de contención de la revolución cuando la democracia
parlamentaria se muestra de todo punto incapaz de garantizar el orden social,
no dejará de aumentar su influencia hasta 1932. Los nacional‑ socialistas habían reunido
809.000 votos y 13 diputados en 1928, en 1930 contaban ya con 6.401.000 votos y
105 diputados, que en las elecciones presidenciales de abril de 1932,
aumentaron hasta 13.417.000 votos, consiguiendo 12.732.000 y 230 diputados en
julio del mismo año.
El éxito de los nazis se nutre
de la impotencia de las organizaciones obreras. El partido social‑demócrata
conserva en la competición electoral, la parte esencial de sus votos. Durante
el período de estabilización ha conseguido consolidar su poder merced al
aparato de los «sindicatos libres», a la prosperidad y a la colaboración de
clase: durante la crisis se apoya fundamentalmente sobre los obreros activos
que se han vuelto prudentes por temor a ser despedidos, esforzándose, mediante
una política conservadora en lo social, en apoyar todas las soluciones
burguesas que no sean fascistas (pues un triunfo nazi pondría en peligro las
privilegiadas posiciones de sus burócratas), y en oponerse a un frente único
que le abriría a la clase obrera una serie de perspectivas revolucionarias que
no está dispuesta a apoyar. De esta forma, por temor a la guerra civil o a la
proscripción del partido, rendirá sin lucha el último bastión de su poder
político, el gobierno prusiano de Braun y Severing, depuesto el día 20 de julio
de 1932 por el gobierno de Von Papen. A partir de esta fecha se inicia además
un movimiento de descontento que en un principio se reduce a una vanguardia,
pero que más adelante se extiende rápidamente a todos sus efectivos, en
particular a los sectores mas jóvenes que desean combatir al nazismo pues
comprenden que esta lucha pone en cuestión al propio régimen.
El partido comunista alemán y la crisis
De hecho la crisis alemana
supone para el partido comunista la prueba del fuego, la definitiva
confirmación, equivalente en significación a lo que la de 1917 supuso para los
bolcheviques rusos. El país más desarrollado de Europa padece la más profunda
crisis económica y social conocida por el capitalismo. Se desvanecen todas las
ilusiones acerca de la república democrática y parlamentaria. Las clases
medias, exasperadas por la situación, buscan una salida y el gran capital les
ofrece una: un Estado fascista en manos de los nazis, la guerra y las
conquistas imperialistas y, al mismo tiempo, el aplastamiento del movimiento
obrero organizado y la supresión de todas las libertades democráticas. Los
comunistas alemanes, según la concepción marxista, deben ofrecerles la
alternativa de la revolución socialista. Ellos se benefician de no estar
aprisionados entre las masas organizadas tras los aparatos social‑demócratas
de partidos y sindicatos y los destacamentos contrarrevolucionarios nazis que
extraen su fuerza de la pasividad de las masas; también tienen la posibilidad
de imponerse como dirigentes de la clase obrera ‑la mitad del país‑
tanto por la denuncia de las contradicciones en que incurre la propaganda
hitleriana y del carácter contrarrevolucionario y antiobrero de su acción, como
arrastrando tras ellos, en nombre a unos objetivos limitados de defensa, a las
organizaciones socialdemócratas cuyos dirigentes se verían absolutamente
desacreditados si se opusiesen a acciones de este tipo.
En la conferencia de Berlín, el
2 de agosto de 1922, Karl Rádek, representante del partido ruso, se había
dirigido a la delegación socialdemócrata para proponerle el «frente único»:
«Nos sentamos con vosotros en la misma mesa, queremos luchar con vosotros y
esta lucha será la que decida si se trata de una maniobra en beneficio de la
Internacional Comunista, como pretendéis, o bien de un torrente que reunirá a
la clase obrera. Si lucháis con nosotros y con el proletariado de todos los
países ‑no ya por la dictadura, no pedimos tanto‑ sino, por el
trozo de pan, y contra la decadencia del mundo, el proletariado cerrará sus
filas en la lucha y entonces podremos juzgaros no ya en base a un pasado
terrible, sino refiriéndonos a unas acciones completamente nuevas. (...)
Intentaremos luchar juntos, no ya por amor hacia vosotros, sino por la
inflexible urgencia del momento que nos está impulsado y que os obliga a
negociar en esta sala con los mismos comunistas de carne y hueso que os han
llamado criminales» [19].
Sin embargo, no volverá a
repetirse en Alemania tal búsqueda de un acuerdo de dirección a dirección para
luchar conjuntamente por una serie de puntos concretos: el partido comunista
alemán nunca volverá a emplear este lenguaje ni llegará a desempeñar el papel
que se esperaba de él. Su régimen interno, la depuración de los viejos
responsables arraigados en las empresas y los meandros que describe su política
desde 1923 apartan de él a los elementos más estables y más sólidos de la clase
obrera. Una política sindical absurda ha conducido a la creación de unos
fantasmales «sindicatos rojos» al lado de los sindicatos «libres» que agrupan a
la mayoría de los obreros, pero en cuyo seno la influencia comunista es
prácticamente inexistente. Por tanto durante el comienzo de la crisis el
partido comunista se encontrará en las peores condiciones, dada la política que
había practicado anteriormente bajo la dirección de la Internacional. La
inmensa mayoría de sus miembros son jóvenes que se encuentran en él sólo de
paso: en 1932, más del 50 por 100 de los afiliados lleva menos de un año
militando, una proporción superior al 80 por 100 lleva menos de dos años. En
sus filas entre el 80 y el 90 por 100 son parados. Como ha apuntado Simone
Weil, «la única vanguardia susceptible de llevar a cabo la revolución con la
que cuenta el proletariado alemán es la constituida por una serie de parados
privados de toda función productiva, arrojados fuera del sistema económico,
parásitos y carentes, además, tanto de experiencia como de cultura política. Un
partido así puede, en todo caso, propagar sentimientos de rebeldía, mas en
ningún caso puede proponerse hacer la revolución» [20].
Tal debilidad intrínseca y la falta de relación con los obreros fabriles,
suponen un enorme handicap para el partido comunista alemán en su lucha por la
dirección de la clase obrera. La política dictada por la Internacional y
aplicada por el grupo de Thaelmann se encargará del resto.
Toda la
política del partido comunista alemán consistirá durante este período en una
polémica verbal extraordinariamente vigorosa, dirigida exclusivamente contra
los dirigentes social‑demócratas, que obstaculiza toda posible
realización de un frente único entre comunistas y no‑comunistas, mientras
que en lo referente a los nazis suele practicar un frente único de hecho,
competitivo incluso sobre el propio terreno de su adversario. En abril de 1931,
en Prusia, el partido comunista se alía con los nazis en un referéndum
organizado por instigación
de estos últimos contra el gobierno social‑demócrata local. En julio de
1931, durante la XI Asamblea plenaria, Manuilsky afirma: «Los social‑demócratas,
con el fin de engañar a las masas, proclaman al fascismo como principal enemigo
de la clase obrera» [21].
Al criticar, en noviembre de 1931, las «tendencias liberales que pretenden
enfrentar a la democracia burguesa con el fascismo y al partido hitleriano con
el social‑fascismo», Thaelmann justifica la alianza con los nazis con la
refutación de la tesis que afirma que un gobierno socialista constituye un mal
menor comparado con el gobierno de Hitler. Invita a los comunistas a difundir
la consigna «revolución popular», es decir, la misma que utilizan los nazis con
el pretexto de que es «sinónimo de la consigna proletaria de revolución
socialista» [22]. El partido
organiza asimismo una ruidosa campaña en torno a la consigna de «liberación
nacional», convierte al teniente Scheringen, que ha pasado del nazismo al
comunismo, en una especie de héroe nacional y le ofrece todo tipo de apoyo para
la creación de un grupo que pide a los nacionalistas alemanes que apoyen a los
comunistas por ser la alianza con los rusos la única que puede garantizar la
independencia nacional de Alemania. Los comunistas guardan silencio cuando la
destitución del gobierno prusiano agita a los obreros social‑demócratas y
después, con veinticuatro horas de retraso, lanzan sin preparación alguna una
consigna de huelga general que naturalmente cae en el vacío.
En las elecciones del 30 de
julio de 1932, consiguen 5.277.000 votos y 100 escaños, menos de la mitad de
los conseguidos por los nazis; no obstante, Bolshevik
publica en sus titulares que el partido comunista alemán se halla a punto
de conseguir la mayoría en el Reichstag. Los grupos de militantes del Frente
Rojo, organizado en 1930‑31 para hacer frente a los nazis, son disueltos
sin resistencia, entretanto la XII Asamblea plenaria de la Komintern afirma;
«Las secciones de la Internacional Comunista deben dirigir sus golpes contra la
social‑democracia, pues su aislamiento del proletariado es una condición
previa a la conquista de la mayoría del proletariado, a la victoria sobre el
fascismo y al derrocamiento de la burguesía» [23].
Cuando a pesar de los sindicatos libres, los sindicatos rojos consiguen
desencadenar una huelga de transportes contra la disminución del 20 por 100 de
los salarios, las tropas nazis luchan en la calle contra la policía, apoyan las
acciones de los huelguistas y terminan por imponer la vuelta al trabajo, a
pesar de la oposición de los comunistas, mostrándose así capaces de quitarles,
durante la acción, la dirección de un movimiento espontáneo de superación
de los dirigentes sindicales. Algunos
días más tarde, el dirigente comunista Remmele declara: «El partido comunista
se aproxima gradualmente al objetivo que se ha propuesto, la conquista de la
mayoría de la clase obrera» [24].
A principios de 1932, el partido
comunista lleva a cabo un llamamiento a la lucha contra un nuevo partido
formado por social‑demócratas de izquierda y antiguos oposicionistas
comunistas. El S.A.P., cuya dirección va a ser encabezada por Walter y
Froelich. El llamamiento proclama la necesidad de iniciar la ofensiva contra
«la variante de izquierda del socialfascismo, encarnación del más peligroso
enemigo de la clase obrera». Igualmente denuncia, como si se tratase de una
maniobra, la participación de los social‑demócratas en las huelgas, «su
supuesta lucha por la paz o contra el fascismo» [25].
Cuando los nazis, en vísperas del ascenso de Hitler a la cancillería, preparan
un desfile armado ante la Casa Karl Liebknecht, sede del partido comunista alemán,
los dirigentes lanzan la consigna de solicitar de las autoridades la
prohibición de la manifestación.
Una vez instalado Hitler en el
poder, Karl Rádek, portavoz de la Internacional, escribe: «No se puede destruir
un partido que ha recibido millones de votos, un partido vinculado con toda la
historia de la lucha de la clase obrera alemana. No se le puede destruir ni por
una decisión administrativa que le declara ilegal ni con un terror sangriento
puesto que el terror habrá de dirigirse entonces contra la clase obrera» [26].
Cuando la represión golpea, cuando los nazis están ya metiendo en la cárcel,
torturando y masacrando a los militantes y destruyendo el movimiento obrero, el
Presidium del Ejecutivo de la Internacional decide adoptar por unanimidad, el
día 1 de abril, una resolución en la que se declara que, «la política que lleva
a cabo la dirección del partido comunista alemán, encabezado por el camarada
Thaelmann, era absolutamente correcta antes y durante la toma del poder por el
fascismo» [27]. El historiador
R. T. Clark concluye su estudio sobre el fin de la república de Weimar con esta
opinión: «Resulta imposible leer las publicaciones comunistas de esta época sin
un escalofrío ante el abismo en el que la resistencia a utilizar su
inteligencia de forma independiente puede arrastrar a unos hombres
inteligentes» [28].
Las consecuencias de la crisis
Simone Weil concluye su análisis
de la política del partido comunista alemán con una explicación más
satisfactoria: «La impotencia de que hace gala un partido que dice ser la
vanguardia del proletariado alemán podría obligarnos a deducir la impotencia
del propio proletariado. Pero es que el partido comunista alemán no es la
organización de los obreros alemanes dispuestos a preparar la transformación
del régimen, a pesar de que estos sean o hayan sido en su mayoría miembros de
él; de hecho, constituye una organización de propaganda en manos de la
burocracia estatal rusa, ésta es la razón de que sus errores puedan explicarse
con facilidad. Se comprende sin esfuerzos que el partido comunista alemán,
armado por el interés de la burocracia rusa, con la teoría del «socialismo en
un sólo país», se encuentre en difícil posición para luchar contra el partido
hitleriano que se autodenomina «partido de la revolución alemana». De forma más
general, está claro que los intereses de la burocracia de Estado rusa, no
coinciden con los de los obreros alemanes. Lo que para estos tiene un interés vital es detener a la reacción
fascista o militar: para el Estado ruso, lo importante es sencillamente impedir
que Alemania, sea cual fuere su régimen interior, se vuelva contra Rusia al
aliarse con Francia. Análogamente, una revolución abriría amplias perspectivas
a los obreros alemanes mas sólo podría perturbar la construcción de la gran industria
rusa; y además, un movimiento revolucionario serio aportaría necesariamente a
la oposición rusa un apoyo considerable en su lucha contra la dictadura
burocrática. Resulta, pues, bastante natural que la burocracia rusa, inclusive
en este trágico momento, lo supedite todo a su propósito de conservar su
absoluto control del movimiento revolucionario alemán» [29].
Esta nueva derrota del
proletariado alemán, que va a durar varios decenios, inicia en la historia del
partido comunista y en la de la U.R.S.S. un período completamente nuevo. La
tregua que la crisis ha provocado en la U.R.S.S. toca a su fin. El imperialismo
alemán prepara la segunda guerra mundial. La burocracia cambia su chaleco en
política exterior: en adelante, todos sus esfuerzos tenderán a impedir la
coalición general contra ella de las potencias capitalistas. El gobierno de
Stalin, que en un principio estaba unido con Francia y tenía la esperanza de
ingresar en una alianza defensiva con Occidente y contra Alemania en favor del
statu quo europeo ‑leitmotiv que va a sustituir al de lucha contra la
imposición del Tratado de Versalles‑, terminará por firmar con la
Alemania de Hitler el pacto que ha de permitir a esta última iniciar la segunda
guerra mundial en un sólo frente. La «defensa de la U.R.S.S.» exige la búsqueda
de aliados en los países capitalistas: los partidos comunistas de cada país
subordinan toda su acción a este imperativo y abandonan toda política de clase
basada en el análisis de las relaciones sociales para servir exclusivamente
como punto de apoyo a la diplomacia rusa. Por tanto, dejan ipso facto de
situarse en el terreno de la lucha de clases, justificando las previsiones de
Trotsky acerca de las implicaciones de la teoría del «socialismo en un solo
país». En 1937, Dimitrov explicará: «La línea histórica de demarcación entre
las fuerzas del fascismo, de la guerra y del capitalismo por un lado y las
fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo por otro, viene dada cada vez
más claramente por la actitud hacia la
Unión Soviética y no la actitud formal que se adopta hacia el poder
soviético en general, sino la que se adopta ante una Unión Soviética que ha
proseguido su existencia real desde hace casi treinta años, luchando infatigablemente»
[30].
En lo sucesivo, la razón de ser de los partidos comunistas no es la lucha por
el comunismo, sino como escribe Max Beloff, «el apoyo a los esfuerzos de la
diplomacia soviética y del Ejército Rojo» [31].
No obstante, la lucha de clases no se detiene: los acontecimientos de Francia y
de España van a demostrarlo enseguida. Por tanto, una lógica implacable va a
llevar a los partidos comunistas a luchar fundamentalmente por el control de
los movimientos obreros en beneficio de la burocracia rusa, combatiendo
despiadadamente todo movimiento revolucionario.
Una vez fijada la trayectoria,
el adversario número uno, a partir de 1934, es la organización revolucionaria
internacional cuya construcción ha sido emprendida por León Trotsky. Desde 1931
hasta 1933, este último ha concentrado toda su atención como polemista y como
teórico en la situación alemana. Sin duda su producción nunca ha sido tan
brillante y tan rica como entonces: la defensa de la política de frente único
en Y ahora, los análisis del nazismo y la crítica de la teoría del
social‑fascismo reiterada en infinidad de artículos y folletos, bastarían
por sí solos para situar a su autor entre los más importantes políticos de la
época contemporánea. No obstante, una vez más, de nada le sirve a Trotsky tener
razón puesto que la derrota alemana posterga durante decenios la victoria
revolucionaria que puede darle la razón. Tras la victoria de Hitler el super‑wrangel,
al que considera como la punta de lanza del imperialismo en su lucha contra la
clase obrera y contra la U.R.S.S., Trotsky escribe en marzo de 1938 en La tragedia del proletariado alemán: «La clase
obrera alemana podrá volverse a levantar pero el estalinismo jamás lo hará» [32].
En su opinión el estalinismo ha quebrado en Alemania, frente a Hitler, de
manera análoga a lo ocurrido con la social‑democracia el día 4 de agosto
de 1914. Por tanto, se trata de reconstruir una nueva organización
internacional y extender a todos los países, incluida la U.R.S.S., una serie de
nuevos partidos.
Una conferencia de la oposición
de izquierda internacional, reunida en Paris en el mes de agosto de 1933,
decide transformarse en movimiento tendente a la creación de la IV
Internacional, la Liga Comunista Internacional (bolchevique‑leninista).
Algunas semanas más tarde, cuatro organizaciones entre las que se encuentran,
el partido obrero socialista alemán de Walcher y Froelich, el partido socialista independiente y el partido
socialista revolucionario holandés, encabezado por el veterano comunista y
sindicalista Sneevliet, junto con la Liga Comunista, publican una declaración
conjunta «acerca de la necesidad de una nueva Internacional y sus principios».
Las tesis de Trotsky acerca de la construcción de nuevos partidos y de una
nueva Internacional aparecen en el Boletín
de la Oposición en Octubre de 1933 con la firma G. Gurov. La oposición de
izquierda deja de comportarse como tal para definirse como una organización
totalmente independiente: fiel a su concepción de la defensa de la U.R.S.S. y
de las conquistas de la revolución por medio «de las organizaciones auténticamente
revolucionarias, independientes de la burocracia y apoyadas por las masas», la
nueva organización va a intentar ganarse a «los elementos auténticamente
comunistas que todavía no se han decidido a romper con el estalinismo» [33]
y sobre todo a las nuevas generaciones obreras.
Tal nuevo enfoque constituye a partir de entonces un peligro mortal para la burocracia, en efecto, desde su punto de vista la defensa de la U.R.S.S. exige un sistema diplomático de alianzas contra terceros con los países capitalistas, en cuya consecución los partidos comunistas nacionales desempeñan un papel que es a la vez de medio de presión y de instrumento de intercambio. Una nueva organización revolucionaria que disputa su monopolio de la vanguardia obrera, debilita su posición. Análogamente, la agitación revolucionaria, al asustar a la burguesía amenaza con provocar el aislamiento de la U.R.S.S. La lucha contra el «trotskismo» se convierte más que nunca en un imperativo de la política estaliniana que se identificará con la que van a encabezar los partidos comunistas contra todo movimiento obrero independiente y contra todo proceso revolucionario. Por ello, la capitulación sucesiva de Christian Rakovsky y de León Sosnovsky se convierte en una baza de incalculable valor para Stalin, en la lucha que comienza. Tanto uno como otro aluden al peligro de guerra, pero Rakovsky, al parecer, se había evadido siendo herido de gravedad y su capitulación, cuando fue detenido, sólo se produjo tras una temporada pasada en un «hospital» del Kremlin [34]. La mayoría de los observadores parecen estar de acuerdo, no obstante, en opinar que, frente a los peligros inmediatos, el Politburó se esfuerza en promover una especie de reconciliación con el fin de constituir la «unión sagrada» frente a la amenaza alemana. Las concesiones de que han sido objeto los campesinos y la readmisión de un número apreciable de antiguos oposicionistas constituyen dos aspectos de la misma política cuyo objetivo es conseguir aislar mejor a los partidarios de Trotsky a los que en lo sucesivo se denuncia como los únicos agentes de la división, pasados definitivamente al servicio del imperialismo.
El XVII Congreso
La atmósfera
del XVII Congreso sugiere efectivamente una cierta tendencia conciliadora que se
produce poco antes de la rehabilitación de Rakovsky. Por primera vez desde hace
años, los antiguos dirigentes de las diferentes oposiciones como Zinóviev y
Kámenev, Bujarin, Rikov y Tomsky, Piátakov, Preobrazhensky y Rádek y Lominadze,
pueden tomar la palabra sin ser objeto de las risas e insultos de los
congresistas. A pesar de sus alusiones a Stalin, su autocrítica conserva una
dignidad formal casi nueva. En su alocución, Stalin celebra su victoria en unos
términos que son perfectamente aceptables para todos aquellos que han
abandonado a Trotsky manifestando que su único deseo es que se les permita
volver al trabajo: «El presente Congreso se celebra bajo el pabellón de la
completa victoria del leninismo, bajo la enseña de la liquidación de los restos
de grupos anti‑leninistas. El grupo trotskista antileninista ha sido
desarticulado y dispersado. Sus organizadores habrán de ser buscados en lo sucesivo
en las reboticas de los partidos burgueses. El grupo antileninista de los
desviacionistas de derecha ha sido igualmente desarticulado y dispersado. Sus
organizadores han renunciado desde hace tiempo a sus opiniones y en la
actualidad intentan de distintas maneras expiar las faltas que han cometido
contra el partido. Hay que
reconocer que el partido está más unido que nunca» [35].
Por vez primera desde el comienzo de la era de Stalin, todas las figuras de
primer plano de la oposición son aceptadas de hecho: sólo Trotsky parece
soportar el anatema mientras Stalin hace el papel de hombre bueno.
En realidad, muchos rumores ‑única
fuente desde entonces de las informaciones políticas‑ hablan de
divergencias en el Politburó donde un grupo de «liberales» parece inclinarse en
favor de una cierta distensión en la que se ponga fin a las persecuciones de
los oposicionistas y se trate de conseguir una tregua en el campo. Voroshílov
parece ser el portavoz de esta tendencia: al parecer había admitido en un
informe de los jefes militares, encabezados por Blücher, que la divergencia
entre el régimen y los campesinos amenazaba con dañar gravemente a la moral del
ejército. También se rumorea que Kírov, irritado por la omnipotencia de la GPU,
había tomado la iniciativa de poner coto a la acción de sus jefes en su feudo
de Leningrado. El grupo de «liberales» del Politburó se completaba al parecer
con Rudzutak y Kalinin; también se dice que, como ocurrió en tiempos de la
plataforma Riutin, todos ellos habían conseguido detener la represión que
Zhdánov, Mólotov y Kaganóvich estaban ya dispuestos a desencadenar contra los
jóvenes comunistas a los que se atribuían proyectos terroristas.
Deutscher opina que esta
división interna del Politburó tuvo su reflejo en ciertas vacilaciones de
Stalin durante el año 1934 [36].
Pero ¿vaciló realmente Stalin? Es indudable que, en las grandes decisiones de 1934,
los contemporáneos creyeron adivinar medidas contradictorias, no obstante,
resulta poco probable que así fuese en realidad. Es más plausible la opinión de
que, al confiar en el clima de unión sagrada creado por el XVII Congreso, los
observadores no supieron darse cuenta de las nuevas medidas represivas y de la
promoción de los hombres destinados a manejarlas. Durante el XVII Congreso, del
aparato surge un hombre: Yezhov, miembro ya del Comité Central, ingresa en el
Buró de Organización y en la Comisión de Control presidida por Kaganóvich. El
joven Malenkov pasa a ocupar el cargo de responsable de la sección de cuadros
del Secretariado. Estos son, junto con Poskrebyshev que encabeza la sección
especial del Secretariado, los hombres que habrán de constituirse más adelante
en el trío de depuradores del partido. Cuando el día 10 de julio de 1934, se
reorganiza la GPU dentro de un Comisariado del Pueblo para asuntos interiores,
ampliado y bautizado con el nuevo nombre de N.K.V.D., la opinión general es que
van a limitarse sus prerrogativas: su consejo o tribunal judicial queda
suprimido y en lo sucesivo todos los asuntos deberán ser enviados a los
tribunales ordinarios. El Fiscal general Vishínsky queda encargado de la
supervisión de su actividad, lo cual, en la actualidad, nos induce a pensar que
tal reorganización respondió a un prurito de control más directo de su
funcionamiento. El año 1934, por otra parte, señala el comienzo de la
distensión en lo referente a la política campesina: los kulaks se benefician de
una amnistía parcial, el Comité Central de noviembre pone fin al racionamiento
de pan y adopta un nuevo modelo de estatuto para los koljoses en el que se
autoriza el aumento de la superficie de las parcelas privadas de cada
koljosiano y también la libre disposición del producto de sus cosechas. No
obstante, esta normalización se va a ver interrumpida poco tiempo después por
un atentado terrorista.
El asesinato de Kírov
Sergio Kírov muere a
consecuencia de una serie de disparos de revólver el 1 de diciembre de 1934, a
manos de un joven comunista llamado Nikoláiev; su calidad de miembro del
partido le ha permitido aproximarse al primer secretario de Leningrado que por
otra parte no iba acompañado de sus guardias personales de la NKVD. Estos son
los únicos datos fehacientes de que disponemos acerca del asesinato en sí; los
móviles de Nikoláiev sólo han podido ser objeto de hipótesis, actualmente
imposibles de comprobar, ya que las circunstancias que rodearon el drama no
parecen aclararse sino muy lentamente.
El mismo día 1 de diciembre un
decreto del Ejecutivo de los Soviets priva a los acusados de crímenes de
terrorismo del derecho ordinario a la defensa: por iniciativa personal de
Stalin, que, según Jruschov [37], no
va a ser ratificada por el Politburó hasta dos días más tarde, aparece una
orden firmada por Yenukidze, secretario del Ejecutivo, en la que se dispone la
aceleración de las diligencias de investigación, la supresión de todo recurso o
petición de indulto y la ejecución de las sentencias de muerte inmediatamente
después de la emisión del veredicto.
Stalin en persona acude junto
con Mólotov y Voroshílov a Leningrado para dirigir la investigación en la noche
del 1 al 2 de diciembre. Borisov, uno de los dirigentes de la NKVD de
Leningrado, responsable asimismo de la seguridad de Kírov, que ha sido
convocado en Smolny para ser interrogado, muere durante el recorrido,
oficialmente en un accidente. Jruschov afirmó en 1956 que era ésta una
«circunstancia sospechosa», y, en 1961, durante el XXII Congreso, precisó que
todo parecía indicar que había sido ejecutado por los responsables de la NKVD
que le escoltaban. La Pravda del 4 de diciembre anuncia la destitución y
arresto de varios altos cargos de la NKVD que le escoltaban y la condena a
muerte por el Tribunal Supremo, que opera ya con arreglo a las nuevas normas,
de sesenta y seis acusados «blancos», treinta y siete de Leningrado y
veintinueve de Moscú, que son ejecutados inmediatamente. Los días 28 y 29 de
diciembre, Nikoláiev, autor de los disparos, es juzgado a puerta cerrada junto
con once co‑acusados, miembros como él de las Juventudes Comunistas y
entre los cuales se encuentran Katalinov y Rumiantsev, antiguos miembros del
Comité Central. Una versión oficial nos permite imaginar cuál fue la verdadera
actitud del joven ante. sus jueces: «El acusado Nikolaiev aportó varios
documentos. (un diario, declaraciones dirigidas a diferentes instituciones,
etc.), con los que intentaba describir su crimen como un acto personal de
desesperación y descontento, originado por el empeoramiento de su situación
material, y que había de ser interpretado como una protesta contra la actitud
injusta de ciertos miembros del gobierno hacia una persona viva» [38].
Los doce acusados, a los que se presenta como miembros de un «centro de
Leningrado.» son condenados a muerte y
ejecutados.
Desde el 15 al 18 de enero,
otros diecinueve acusados comparecen a puerta cerrada ante el tribunal militar
de la Corte Suprema: entre ellos se encuentran Zinóviev, Kámenev, Bakáiev,
Evdokímov, Kuklin y Guertik, el núcleo de los antiguos dirigentes de
Leningrado, acusados de haber fundado un «centro moscovita». Según el fiscal
general Vishinsky, los antiguos dirigentes de la oposición reconocen su
responsabilidad moral en el crimen cometido por los jóvenes comunistas que
parecen haberse erigido en discípulos suyos. Parece que Kámenev confesó «no
haber luchado lo bastante activa y enérgicamente contra la degeneración que
había originado la lucha contra el partido, a cuya sombra esta pandilla de
bandidos había podido desarrollarse y cometer su crimen» [39]
Por su parte Zinóviev declaró al parecer: «La mayoría de los crímenes que han
cometido se deben a su confianza en mí. Mi deber es arrepentirme de lo que ya
he comprendido como un error y decirlo para que se acabe de una vez para
siempre con este grupo» [40].
Según la Carta de un viejo bolchevique, los
investigadores exigieron de ellos estas confesiones, equiparables a un
verdadero suicidio político, con el fin de permitir al partido la detención del
desarrollo de las dramáticas consecuencias de la lucha fraccional de la que
habían sido protagonistas durante el período de 1926‑27. Aparentemente,
Zinóviev y Kámenev accedieron a ello con la esperanza de detener la ola de
terrorismo cuya represión corría el riesgo de implicar a todos sus antiguos
amigos. En cualquier caso los acusados son condenados a un total de 137 años de
prisión, Zinóviev a diez años y Kámenev a cinco. Al mismo tiempo, la NKVD
decreta otras cuarenta y nueve condenas de internamiento en un campo durante
cuatro y cinco años y veintinueve más de deportación durante periodos que
oscilan entre dos y cinco años; entre estos condenados se encuentran, el
escritor Ilya Vardin y los viejos bolcheviques, ex‑miembros del Comité
Central, Safárov, Zalutsky y Avilov.
Pronto va a celebrarse un tercer
proceso. Según la ya mencionada Carta, Agranov, uno de los jefes de la
NKVD, había llevado a cabo una investigación que revelaba que los jefes de la
policía de Leningrado conocían perfectamente los proyectos de Nikoláiev, que
solía hablar de ellos en público [41].
Como lo confirmó igualmente Jruschov [42],
Nikoláiev había sido detenido en dos ocasiones mes y medio antes del atentado y
había sido puesto en libertad sin vigilancia. El 23 de enero son procesados los
jefes de la NKVD de Leningrado, Medved, su lugarteniente Zaporozhets y sus
principales colaboradores. Son acusados de haber sido «informados sobre el
atentado que se estaba preparando», y las condenas que recaen sobre ellos van
de dos a diez años de prisión. Según Krivitsky, Medved, condenado a dos años,
fue deportado inmediatamente a un campo de concentración, siendo liberado antes
de la extinción de la condena [43].
No obstante, en 1937, sería fusilado sin juicio junto con sus compañeros de
banquillo. Trotsky y sus amigos desarrollaron atentamente en sus análisis la
hipótesis de las responsabilidades directas de Stalin en el asesinato de Kírov
y, en 1956, Jruschov confirmaría estos puntos al declarar: «Podemos suponer que
fueron fusilados para ocultar el rastro de los organizadores del asesinato de
Kírov» [44].
Asimismo y con ocasión del XXII Congreso precisará que, entre aquellos hombres,
se encontraban los mismos que escoltaban a Borisov cuando ocurrió el accidente
que le había costado la vida [45].
Estos juicios son los únicos a
los que se da publicidad. Pero, a partir del 1 de diciembre, centenares de
comunistas son detenidos Los deportados de Verjne‑Uralsk presencian su
llegada por tandas: entre ellos se encuentra Vuyovich, antiguo secretario de la
Internacional de Juventudes Comunistas, Olga Ravich, colaboradora de Lenin en
Suiza, Yonov, cuñado de Zinóviev, Anyshev, historiador de la guerra civil y
varios centenares de miembros del Komsomol leningradense, conocidos en los
campos de concentración como «los asesinos de Kírov». Víctor Serge y Deutscher
calculan que el número de sospechosos detenidos se elevó a decenas de miles. En
un discurso público Stalin reconocerá más adelante: «Los camaradas no se
contentaban con criticar y llevar a cabo resistencia pasiva, también amenazaban
con provocar una insurrección en el partido contra el Comité Central. Además a
algunos de nosotros nos amenazaban con balas. No hemos tenido más remedio que
tratarlos con dureza» [46].
Durante el XXII Congreso, Jruschov se limitará a decir: «Las represalias
masivas se iniciaron tras el asesinato de Kírov» [47].
La organización del dispositivo del terror
Numerosos historiadores han
considerado que el año 1935‑36 continuó reflejando la oscilación entre la
línea «dura» y la línea «liberal». De hecho, tras los negros años que mediaron
entre 1930 y 1933, surgen determinados elementos de distensión en la situación
política: antiguos oposicionistas arrepentidos siguen ejerciendo funciones
importantes y la conciliación prometida en el XVII Congreso parece llevarse a
cabo. Piatakov es el verdadero responsable de la industria pesada, Rádek es. el
portavoz oficioso de Stalin en cuanto a la política exterior, Bujarin dirige Izvestia; él y Rádek serán los
verdaderos redactores de la nueva constitución promulgada en 1936 y elaborada
durante 1935. La supresión del racionamiento acaecida el 1 de enero de 1935,
corresponde de una verdadera estabilización de la producción agrícola: el alza
de los precios de las mercancías liberadas, no compensada por la subida de los
salarios, supone una importante concesión a la población integrada en los
koljoses. El éxito del movimiento stajanovista es un hecho, a pesar de la
resistencia de los obreros; en consecuencia el número de privilegiados se
amplía.
Pero también se producen muchos
otros fenómenos contradictorios. Todos los miembros de la oposición son
deportados al expirar su pena de cárcel y ello cuando no son condenados de
nuevo. La prensa oficial intenta implicar a Trotsky en los últimos
acontecimientos aduciendo unas declaraciones de Nikoláiev según las cuales éste
había recibido 5.000 rublos en pago del asesinato de Kírov de manos del cónsul
de Letonia, supuesto agente de Trotsky.
Kuibyschev muere el 26 de enero de
1935. El 1 de febrero Mikoyán y Chubar ingresan en el Politburó, Zhdánov y Eije
adquieren la calidad de suplentes. Yezhov sustituye a Kírov en el secretariado
del Comité Central y Kaganóvich lo hace en la presidencia de la Comisión de
Control; éste último va a dedicarse en lo sucesivo a la reorganización de los
transportes. Toda una serie de hombres jóvenes, pertenecientes a la generación
post‑revolucionaria que han ascendido dentro del aparato a la sombra de
Kaganóvich, acceden al primer plano: Zhdánov toma el relevo de Kírov y Nikita
Jruschov es nombrado primer secretario del partido en Moscú el día 9 de marzo.
A posteriori resulta difícil
negar que se había preparado cuidadosamente una ola represiva; este es el caso
si se examinan las medidas legislativas adoptadas durante la primera mitad del
año 1935: un decreto del 30 de marzo castiga con cinco años de cárcel la
tenencia o posesión de un cuchillo o de cualquier tipo de arma blanca.
El día 8 de abril se hace
extensiva la aplicación de las penas de derecho común, incluida la pena de
muerte, a los niños de doce años. El día 9 de junio se castiga con pena de
muerte el espionaje y la salida al extranjero; los miembros de la familia
mayores de edad que no hayan denunciado un crimen son considerados como cómplices
y pueden incurrir en condenas que van de dos a cinco años de cárcel y a las que
se apareja la confiscación de todos sus bienes. Si consiguen probar que
ignoraban la intención del criminal, todavía pueden ser objeto de cinco años de
deportación. De esta forma queda establecida, la responsabilidad familiar
colectiva.
Otras disposiciones sirven igualmente para adivinar qué dirección van a tomar los golpes. El 25 de mayo de 1935 se disuelve la Sociedad de los Viejos bolcheviques. Malenkov es el encargado de la investigación de sus actividades y del exhaustivo examen de sus archivos. Un mes después, se aplica la misma medida a la Sociedad de Antiguos forzados y presos políticos; esta vez es Yezhov el responsable de la investigación. La depuración de las Juventudes Comunistas prosigue en todo el país. El 7 de junio de 1935, a instancias de Yezhov, el Comité Central expulsa de su seno y del partido, como «políticamente degenerado» al viejo bolchevique georgiano Avelii Yenukidze. Zhdánov en Leningrado y Jruschov en Moscú ofrecerán idénticas explicaciones, acusándole de «liberalismo»: parece ser que la verdadera causa fue el hecho de aprovechar su alto cargo de secretario del Ejecutivo de los Soviets para «proteger trotskistas». Todas estas medidas no se ocultan ante la opinión pública pero, en secreto, continúan las detenciones e incluso los juicios: de esta forma es juzgado y condenado, de nuevo, Kámenev, el día 27 de julio de 1935 por un supuesto complot contra Stalin, a cinco años más de detención. Su hermano, el pintor Rosenfeld, ha sido el principal testigo de cargo.
Una serie de nuevas depuraciones
van a conmover el partido después del asesinato de Kírov. Una carta que lleva
por titulo «Lecciones de los acontecimientos relacionados con el asesinato del
camarada Kírov» es enviada por entonces a todas las organizaciones del partido
para ser leída y discutida. Una carta secreta del día 17 de febrero, enviada
por el departamento de cuadros, pide que se lleve a cargo un informe sobre la
discusión, sobre el número de «comunistas desenmascarados como zinovievistas,
trotskistas, elementos de dos caras y extranjeros» [48]:
naturalmente esta carta provoca la expulsión de una nueva remesa de militantes.
Una circular secreta, fechada el 13 de mayo de 1935 [49]
prevé una comprobación, de la calidad de todos los miembros del partido que
habrá de llevarse a cabo en el curso de una serie de reuniones de célula cuya
atmósfera, si nos atenemos a la descripción que de ella dan los documentos de
Smolensk, viene a ser la de histéricas cazas de brujas. En el radio de Smolensk
de 4.100 miembros examinados, 455 son expulsados tras 700 denuncias orales y
200 por escrito: solamente dos de los expulsados pertenecen al aparato del
partido; la mayoría son empleados de la administración soviética, 93; a la
económica pertenecen 145, otros 98 son obreros y 64 estudiantes [50].
Una circular de Chilman, fechada
el 21 de octubre de 1935, revela que los expulsados del partido, en general han
sido despedidos de su trabajo y que no se les autoriza a ejercer una nueva
ocupación. Insiste para que tales medidas sean interrumpidas pues, «amenazan
con suscitar una excesiva animosidad». Sólo deben ser expulsados «los enemigos
desenmascarados de forma inequívoca», a
los que sería conveniente detener o exilar [51].
A principios de 1936, una circular del Comité Central prevé una nueva
depuración con ocasión de la renovación de todos los documentos y carnets del
partido. En Smolensk esta medida tendrá como blanco fundamental a algunos
obreros jóvenes y a ciertos «nuevos oposicionistas desenmascarados» como el
responsable del partido en la central eléctrica, convicto de haber declarado
que «la situación material de los obreros había empeorado» cuando ya había
sufrido anteriormente reprimendas por «sus tendencias izquierdistas» y por
buscar la compañía de un vecino trotskista. En la fábrica Rumiantsev, la NKVD
detiene a un grupo de obreros, calificados como «trotskistas» por el informe
emitido y acusados de «actividad contrarrevolucionaria»: otros muchos obreros
serán expulsados posteriormente por haber tenido relación con ellos [52].
Al comentar, a principios de
1936, las informaciones recibidas desde todas las regiones de la U.R.S.S.
acerca de las detenciones de jóvenes obreros y estudiantes y las declaraciones
de Mólotov al periódico Le Temps acerca
del terrorismo en la U.R.S.S., Trotsky escribe: «En los comienzos del poder de
los soviets, dentro del ambiente de la guerra civil que aun duraba, los
socialistas revolucionarios y los Blancos cometían actos terroristas. Cuando
las antiguas clases dirigentes perdieron toda esperanza, el terrorismo también
desapareció. El terror kulak, del que hoy todavía se aprecian algunos restos,
siempre ha tenido carácter local y constituía un complemento de la guerra de
guerrillas que se llevaba a cabo contra el régimen soviético. Mas esto es no a
lo que se refiere Mólotov. El actual terror no se apoya ni sobre las antiguas
clases dominantes ni sobre el kulak. Los terroristas de estos últimos años se
reclutan exclusivamente entre la juventud soviética, en las filas de las
Juventudes Comunistas y del partido. Absolutamente incapaz de resolver los
problemas que él mismo se asigna, no por ello el terror deja de constituir una
especie de síntoma de considerable importancia puesto que caracteriza la intensidad
del antagonismo existente entre la burocracia y la gran masa del pueblo y en
particular de la joven generación. El terrorismo es el trágico complemento del
bonapartismo. Individualmente, todos los burócratas temen el terror, mas la
burocracia en conjunto lo explota con éxito para justificar su monopolio
político». Trotsky basa en este análisis su descripción de las tareas que
asigna a los revolucionarios de la U.R.S.S.: «El bonapartismo atemoriza a los
jóvenes, hay que agruparlos bajo la bandera de Marx y Lenin. Hay que trasladar
a la vanguardia de la joven generación desde la aventura del terrorismo
individual, método de desesperados, hasta la amplia vía de la revolución. Es
preciso educar nuevos cuadros bolcheviques que tomen el relevo de un régimen
burocrático en avanzado estado de descomposición» [53].
Una oposición generalizada
Numerosos comentaristas han
opinado que estas perspectivas resultaban demasiado optimistas, no obstante,
los archivos de Smolensk han aportado un testimonio irrefutable de la amplitud
cobrada por la hostilidad latente entre los jóvenes y entre una vanguardia
obrera cuya conexión con la corriente de ideas aportadas por la oposición, no
resultaba en absoluto inverosímil en vísperas de 1936, buena prueba de lo cual
era la importancia del precio que había pagado Stalin para impedirla.
El informe elaborado por Kogan,
secretario regional de las Juventudes Comunistas, así como los informes dados
por los responsables sobre la caza de elementos ajenos a la clase obrera dentro
de la organización tras el asesinato de Kírov, arrojan cierta luz sobre el
descontento de la generación joven, menos prudente y más impaciente, que
expresa abiertamente su hostilidad hacia Stalin. Unos estudiantes han
desgarrado su retrato recubriéndole con la inscripción: «El partido se
avergüenza de tus mentiras». Un grupo de jóvenes campesinos ha improvisado unos
versos que dicen: «Cuando mataron a Kírov, liberaron el comercio del pan:
cuando maten a Stalin se repartirán los koljoses». Un director de la escuela de
Juventudes, instructor y responsable, recuerda el testamento de Lenin y su
consejo de eliminar a Stalin. Un maestro de escuela afirma que, con Stalin, el
partido se ha convertido en un gendarme. Un estudiante de diecisiete años dice:
«Han matado a Kírov; que maten a Stalin ahora». Entre las juventudes se habla
de la oposición con simpatía. Un obrero dice: «Ya basta de calumniar a
Zinóviev, ha hecho mucho por la revolución». Un delegado de propaganda se niega
a admitir que Zinóviev tenga algo que ver con el «affaire» Kírov. Un instructor
del comité de radio sostiene los puntos de vista de la oposición conjunta [54].
Tales ideas son expresadas
también por obreros adultos. Así, en la empresa de construcción Medgorosk de
Smolensk, un carpintero llamado Stefan Danin declara con la aprobación de los
hombres de su cuadrilla: «Debemos permitir la existencia de varios partidos
políticos entre nosotros como en los países burgueses; de esta forma estarán
más capacitados para señalarle sus errores al partido comunista. La explotación
no ha sido erradicada entre nosotros: los comunistas y los ingenieros utilizan
y explotan a gente que les sirve de criados. De todas formas, los trotskistas
Zinóviev y Kámenev no serán fusilados ni deben serlo porque son viejos
bolcheviques». Al funcionario que les pregunta quién es, en su opinión, un
viejo bolchevique le contestan: «Trotsky» [55].
Los problemas obreros, las
cuestiones salariales, de vivienda, de abastecimientos y de relaciones con los
responsables revelan la misma situación explosiva a nivel de las empresas. Las
actas de las reuniones del partido en la fábrica de aviación núm. 35 de
Smolensk revelan que, sobre un total de 144 miembros del partido, 90 son udarniki, es decir trabajadores de elite
que se benefician de numerosos privilegios como raciones extra, entradas para
los espectáculos y viviendas más espaciosas [56].
Las reuniones registran la creciente oposición de los obreros ordinarios a los
stajanovistas: no sólo éstos son en su opinión unos privilegiados, sino que
además sus récordes representan una verdadera amenaza puesto que sirven de
argumento a la dirección para aumentar los mínimos y los criterios de
productividad sin aumentar los salarios.
La mayoría de los peones y
obreros especialistas se dirigen a veces, por encima de sus responsables
inmediatos, al secretario regional. Los obreros de la fábrica Rumiantsev.
principal empresa metalúrgica de Smolensk, se quejan ante Rumiantsev,
secretario regional de los cuadros comunistas de la empresa, de Egorov,
secretario del partido y de Metelkova, presidente del comité de fábrica [57].
Los del taller número 2 escriben: «Si no intercede usted, abandonaremos el
trabajo. No podemos seguir trabajando. Nos sentimos oprimidos. No ganamos nada ‑de
rublo y medio a dos rublos‑ porque los dirigentes no se preocupan más que
de ellos mismos, reciben sus salarios y se conceden asimismo sus primas.
Metelkova se pone de su parte. Para esta gente hay balnearios, casas de reposo
y sanatorios pero para los obreros no hay nada» [58].
Otros obreros de la misma fábrica denuncian en la persona de Metelkova que «ha
cerrado los ojos y los oídos del partido» y en la de Egorov, a los «comunistas
que se han burocratizado, que se han hinchado de vanidad», a los «grandes
magnates que se han separado de las masas y que no quieren mover ni un dedo a
pesar de saber lo que ocurre y de haber sido informado mil veces» [59].
A su vez Metelkova se dirige a Rumiantsev para defenderse y clamar
desesperadamente contra «la acusación de ser una burócrata insensible a las
necesidades de los obreros». Tomando el ejemplo de las viviendas escribe: «Debe
haber muchos descontentos en la fábrica puesto que hemos inspeccionado 843
viviendas obreras descubriendo que existen 143 obreros que necesitan una casa
pues viven en unas condiciones ínfimas y que 205 pisos necesitan reparaciones.
En la actualidad estamos reparando 40 habitaciones, conforme al plan, con un
coste de 10.000 rublos, naturalmente los otros seguirán descontentos. Estos
acuden al comité de fábrica, solicitan reparaciones y viviendas y yo me veo
obligada a negarme a sus peticiones (...) Esta es la razón de que me haya
decidido a escribirle a usted para que (...) no piense que soy una burócrata o
una militante sindical insensible» [60].
Ni Metelkova ni Rumiantsev
pueden hacer nada. Al mismo tiempo que considera que los ataques de los obreros
revelan «el método del enemigo para desacreditar a los dirigentes», Rumiantsev
terminará por atacar a Metelkova en el periódico del partido llamándola ‑cómo
no‑ «burócrata insensible»: el sacrificio de chivos expiatorios sustituye
a las concesiones que estos dirigentes no pueden ni quieren hacer por temor a
poner en peligro sus propias funciones de dirigentes. El descontento de los
obreros no cualificados y semi-cualificados es tan profundo y tan auténtico que
debe ser ahogado por completo no llegando jamás a ser expresado en público en
forma política ni siquiera velada. Ahora bien, en sus posibles iniciativas,
amenaza con unirse a otros elementos, inclusive con las capas inferiores de la
burocracia. Las reacciones del obrero Danin y las de los jóvenes comunistas
demuestran que en 1935‑36 existía el peligro real de una coincidencia
entre una vanguardia obrera que trataba de encontrarse a sí misma y las ideas
de la oposición.
Una circular fechada el 7 de
marzo de 1935, ordena que se retiren de todas las bibliotecas públicas los
libros de Trotsky, Zinóviev y Kámenev; el 21 de junio otra amplia el índice de
autores proscritos incluyendo a Preobrazhensky, Saprónov, Zalutsky y otros más [61].
Entre los oposicionistas, el antiguo marino de Kronstadt Pankratov y el
economista Pevzner, se ven implicados en una misteriosa «conspiración de las
prisiones». Elzear Solnzev, que había sido condenado en 1928 a tres años de
incomunicación y más tarde a dos años de reclusión por decisión administrativa,
siendo deportado de nuevo tras esos cinco años, es detenido de nuevo tras la
muerte de Kírov y condenado, sin juicio, a cinco años de cárcel. Emprende
entonces una huelga de hambre y muere en el hospital de Novosibirsk en enero de
1936. Todos los demás irreconciliables de la oposición como el historiador
Yakovin, el sociólogo Dingelstedt, los hermanos Papermeister, antiguos
partisanos de Siberia, el antiguo presidente del Soviet de Tiflis Lado
Dumbadze, los veteranos Lado Yenukidze y V. Kossior, el obrero curtidor Bykz,
organizador junto con Dingelstedt de la huelga del hambre de Verjne‑Uralsk
en 1934 y los decemistas Saprónov y Vladimir Smirnov, vuelven a ser condenados
de oficio y desaparecen en las cárceles.
De los deportados de la
oposición sólo tres conseguirán llegar al extranjero antes de la Guerra
Mundial: Ciliga, liberado al expirar su condena por ser ciudadano italiano,
Victor Serge, escritor de lengua francesa, que lo fue tras una campaña
organizada entre los intelectuales occidentales y un obrero ruso que firma con
el nombre de Tarov en el Boletín de la
Oposición. Este último, que protagonizó una verdadera proeza al evadirse a
través de la frontera con el Irán, desaparecía años más tarde en Francia
durante la guerra: según algunas informaciones incomprobables, formó parte de
los veintitrés FTP [62]
del grupo mamouchian que fueron fusilados por los nazis en Paris el día 21 de
febrero de 1944. La suerte que corrieron los demás sólo es un avance de los que
había de afectar a decenas de miles de comunistas, oposicionistas arrepentidos
o fieles estalinistas. Pues, en efecto, la ola de terror que están preparando,
desde el affaire Kírov, Stalin y los hombres que ha situado en los puestos
clave como Nicolás Yezhov y Jorge Malenkov fundamentalmente, va a abatirse en
primer lugar sobre los restos de la generación revolucionaria de octubre de
1917.
[1] Bulletin 0ppozitsi, n.º
31 y 36‑37
[2] Ciliga,
Au pays du grand mensonge, pág. 189.
[3] Knorin, Kurze Geschichite der K.P.S.U. (b), págs. 432‑433.
[4] Ibídem, págs. 459‑460.
[5] Ciliga. op. cit., pág. 228.
[6] Fisher, Pattern for soviet youth, pág.
338
[7] Ciliga, op. cit., pág. 228.
[8] Serge, Mémoires, pág. 952
[9] Ciliga, op. Cit., págs. 215‑216.
[10] Trotsky, Bulletin 0ppozitsii
n.º 33, (marzo 1933).
[11] Citado por Clara Zetkin, Souvenirs sur Lénine, pág. 48
[12] Corr. Int., n.º 155, 20 de diciembre de 1918.
[13] Corr. Int. n.º 74, 21 de agosto de 1929, pág. 996.
[14] Ibídem, n.º 87, 22 de agosto de 1929, pág. 1011.
[15] Ibídem, n.º 87, 15 de septiembre de 1929, pág. 1193.
[16] Ibídem, n.º 85,
13 de septiembre de 1929, pág. 1161.
[17] Ibídem, n.º 92, 24 de septiembre de 1929, pág. 1267.
[18] Simone Weil, «Impressions d'Allemagne», La révolution prolétarienne n.º 138, 25 de octubre de .1932, págs. 314‑315.
[19] Lutte de classes n.º 42, septiembre de 1932.
[20] Simone Weil, op. cit., pág.
317.
[21] The C. P. and the crisis of the capitalism, pág. 112.
[22] Thaelmann, «Sur certaines fautes du P. C. allemand» en Cahiers du bolchevisme n.º 1, 1932, págs. 25‑32.
[23] Guide to theXIl Plenum E.C.C.I, septiembre de 1932, pág. 77.
[24] Rote Fahne, 14 de noviembre de 1932
[25] Corr. Int. n.º 7, 27 de enero de 1932, pág. 77
[26] Cahiers
du bolchevisme n.º 10, 15 de
mayo de 1933, págs. 693‑694
[27] Citado por Beloff, The foreign
policy of soviet Russia, t. 1. pág. 68.
[28] R. T. Clark, The fall of german republic, pág.
475.
[29] Simone Weil, op. cit., pág.
319.
[30] Dimitrov, The united front, págs. 2,70‑280.
[31] Beloff, op. cit., pág. 319.
[32] Trotsky, La lucha contra el fascismo. Ed. Fontamara, págs. 285‑293
[33] Traducción
llevada a cabo por John G. Wright, Fourth International, julio de
1943, págs. 215‑218. versión española en la lucha contra... , págs
327-334
[34] Trotsky, The case, pág. 120.
[35] Stalin, op. cit., t. II,
pág. 173.
[36] Deutscher, Stalin, págs. 328‑329
[37] Discurso secreto incluido en AntiStalin Campaign, pág. 25.
[38] The crime of Zinoviev's opposition, pág. 19
[39] Ibídem, pág. 142.
[40] Ibídem.
[41] Letter of an old bolshevik, pág. 32
[42] Jruschov, A. S. C., pág. 26
[43] Krivitsky, Agent de Staline, pág. 222
[44] Jruschov, A. S. C., pág. 26
[45] Discurso de clausura del XXII Congreso, Cahiers du communisme n.º 12, diciembre de 1961, pág, 505
[46] Stalin, op. cit., t. II,
pág. 195.
[47] Discurso de clausura del XXII Congreso, op. cit., pág. 504
[48] Fainsod, Smolensk, pág. 223
[49] Ibídem.
[50] Ibídem, págs, 228‑231
[51] Ibídem, págs. 231‑232
[52] Ibídem, pág. 283
[53] New Militant, 9 de mayo de 1936
[54] Fainsod, Smolensk, pág. 422
[55] Ibídem, pág. 322.
[56] Ibídem, pág. 320
[57] Ibídem, págs. 236‑237.
[58] Ibídem, pág. 231
[59] Ibídem, págs. 236‑237.
[60] Ibídem, pág. 323
[61] Ibídem, pág. 374.
[62] F.T.P.: Francotiradores y partisanos, fracción comunista autónoma de la Resistencia francesa (N. del T