CAPÍTULO XII

 

EL PARTIDO ESTALINISTA EN SUS COMIENZOS

 

La autocrítica de Bujarin, Rikov y Tomsky cierra todo un capítulo de la historia del partido. En su seno, nunca más volverá a desarrollarse una discusión pública: Los Congresos no serán en lo sucesivo sino grandes paradas cuyas actas traducirán muy deformadamente las discusiones o los desacuerdos internos. El Comité Central se ha convertido en un organismo puramente decorativo pero su peso cada vez es mayor, pasando de los 40 miembros de 1923 a 52 en 1924 y a 71 en 1927. Las diferencias manifestadas por los derechistas en el Politburó fueron, durante cerca de treinta años, las últimas en trascender al exterior. Las divergencias políticas ‑que siempre existen‑ en lo sucesivo se arreglarán en el núcleo del aparato y en los cenáculos dirigentes. Ciertamente han desaparecido las tendencias y facciones, pero ocupan su lugar clanes y camarillas, vínculos de interés personal en lugar de afinidades políticas; ya no se producen discusiones políticas, sino meros arreglos de cuentas.

Puede uno preguntarse si los viejos bolcheviques Ríkov, Tomsky y Bujarin, al tiempo que «confesaban» sus errores, habían medido el alcance del último acto político de su carrera y valorado en sus justas proporciones la hondura del cambio sobrevenido en la propia naturaleza del partido que les exigía esta claudicación, es decir, un verdadero suicidio moral. Arthur Rosenberg sugiere que, con independencia de su voluntad, se habían convertido en los virtuales líderes de una oposición organizada de los elementos neo‑burgueses: una franca resistencia por su parte hubiera representado un impulso a la lucha para todas las capas pro‑capitalistas que aún eran numerosas y fuertes en la sociedad rusa y, de esta forma, ellos mismos habrían puesto en marcha la marea contrarrevolucionaria fomentada por la política de Stalin [1]. Trotsky se aproxima mucho a esta interpretación de su actitud cuando escribe en octubre de 1928: «De grado o por fuerza los derechistas no tiene más remedio que meterse en el agua fría; es decir, intentar solventar su polémica con Stalin más allá del aparato (...) Para enfrentarse seriamente con el centro, tendrían que haber clamado, con toda la fuerza de sus pul­mones, con un tono ultra‑reaccionario, es decir, con un tono de Thermidor. Pero para obrar así le falta estómago a Bujarin. Ha metido el pie en el agua fría, pero tiene miedo de sumergirse en ella. Permanece inmóvil y tiembla.... de valor. Tras él, Ríkov y Tomsky, contemplan lo que está ocurriendo, dispuestos a hundirse en la maleza en cualquier momento» [2]. En definitiva, durante el mes siguiente, Bujarin, Rikov y Tomsky se niegan a sumergirse en el agua fría, como habían hecho un año antes al negarse a la alianza con el diablo Trotsky en el infierno de un «bloque» en favor de la democracia. Hay que resignarse a no poder responder a la cuestión de saber si han comprendido o no que, con este proceder, con­firmaban su propio destino y el del partido bolchevique sucumbiendo bajo el peso de sus contradicciones.

El historiador del partido se da cuenta enseguida de que en realidad la cuestión es otra: la cantidad se ha convertido en calidad, el objeto de su investigación ha cambiado de natu­raleza. La historia oficial se vuelve prácticamente inservible, pues cada giro le da una nueva forma y el pasado se presenta en función de las necesidades políticas inmediatas: a partir de 1931, Yaroslavsky, el historiador oficial de los años de lucha contra la oposición, es acusado por Stalin de haber cometido «errores de orden doctrinal e histórico» y ninguno de sus sucesores disfrutará de mejor suerte ya que los amos del momento quieren borrar hasta el nombre de sus adversarios; el hecho de cubrirles de injurias no será ya una excusa del crimen que supone haberlos citado. Por otra parte Stalin da buena prueba de su concepción de la historia al exclamar ‑en su diatriba contra el desdichado Slutsky que ha osado afirmar que Lenin nunca había «desenmascarado» antes de 1914 a los social‑demócratas alemanes, basándose en la inexistencia de documentos que así lo prueben: «¿Quién sino un burócrata incurable puede fiarse de los meros papeles llamados documentos?» [3].

La prensa suministra algunos elementos de información sobre el partido incluyendo las actas levantadas acerca de las sesiones del Comité Central por los secretarios regionales. Pero estas informaciones sólo ofrecen aquellos datos que la dirección quiere poner en conocimiento de los miembros del partido con su publicación. Los corresponsales extranjeros, a los que se mantiene al margen y que suelen carecer de la formación necesaria, suplantan la descripción o el análisis por la ficción. Durante años el único material fiable con que cuenta el investigador es el aportado por el Correo Socialista que publica el menchevique Nikolaievsky y por el Boletín de la Oposición que publican Trotsky y su hijo León Sedov en el exilio y que recibe informaciones sólidas y contiene los puntos de vista y los análisis de los documentos oficiales que lleva a cabo el jefe de la oposición. Algunos años más tarde empezarán a publicarse los relatos de los extranjeros escapados de Siberia, Víctor Serge, Antón Ciliga, las revelaciones del hombre que firma «El viejo bolchevique» y asimismo las de Walter Krivitsky. Se hace posible el colmo de algunas lagunas, no obstante, hay que desconfiar de las «memorias» cuya edición se multiplica en Occidente, pues algunas de ellas no reflejan sino el mero afán de explotación comercial de una curiosidad perfectamente legítima, presentando todas las características de este tipo de literatura, entre las cuales destacan la búsqueda del sensacionalismo y el gusto por lo escandaloso. Los laboratorios especializados, dirigidos generalmente por competentes tránsfugas, suelen estar demasiado obviamente animados por una sistemática hostilidad como para poder aportar a la investigación una contribución que pueda ser utilizada sin grandes precauciones.

Será preciso esperar el fin de la guerra para que el material que se encuentra a disposición de los estudiosos se enriquezca sustancialmente: numerosas «personas desplazadas» pueden así aportar su testimonio acerca de ciertos períodos oscuros o hechos inciertos. No obstante, habrá que tener en cuenta el hecho de que los emigrados suelen intentar justificarse, sobre todo ante si mismos, y, al mismo tiempo, complacer al investigador o al público. Los servicios americanos que se dedican a la investigación del material, cuentan ciertamente con colaboradores competentes y honestos, pero su deseo de probar determinados extremos y de «ser útiles» suele falsear la objetividad general de sus investigaciones desde la elección misma de las cuestiones y de los polos de interés. En medio de este material poco fiable, existe empero una excepción de gran importancia: los archivos del comité regional de Smolensk que cayeron en manos de los alemanes en 1942. Durante la retirada nazi, los americanos se hicieron con ellos y el investigador Merle Fainsod pudo entresacar de los archivos una documentación de primerísima calidad, sin equivalente hasta la fecha, en la cual se incluían informes secretos de la G.P.U., actas de las discusiones de los comités, declaraciones ante las comisiones de depuración, correspondencia entre cargos oficiales, peticiones obreras, cartas dirigidas a los periódicos, etc... Por fin, a partir de 1953, las primeras informaciones acerca de la U.R.S.S. referentes incluso al período estalinista, son suministradas por los nuevos dirigentes. El informe de Jrúschov al XX Congreso, sus nuevas «revelaciones» ante el XXII Congreso y asimismo, las de los delegados, periódicos y revistas, permiten comprobar las hipótesis: las informaciones de Trotsky, Serge y Krivitsky se confirmarán en lo esencial y en algunos casos serán completadas sin que por ello se pueda tener la seguridad de que otros secretos, precisamente por el hecho de estar mejor custodiados, no duerman aún en los archivos del Kremlin o en la memoria de Jruschov y de sus colaboradores personales.  No obstante, un esbozo general empieza a ser factible.

 

 

Stalin, dueño de la situación

 

El hecho indudable, a partir de 1930, es que Stalin ha pasado a dominar en solitario la escena política convirtiéndose en dueño y señor del partido. El oscuro komitetchik de Bakú no era en tiempos de Lenin un personaje secundario; sin embargo tampoco era una figura de primer plano. Como escritor es enormemente gris, su oratoria es pesada, adora los silogismos y las repeticiones y hace gala de un gusto manifiesto por las letanías, éstas son las razones de que ninguna de las brillantes personalidades que rodean a Lenin le preste demasiado interés. Su carácter rencoroso le ha deparado innumerables adversarios; pero se trata también de un hombre trabajador, organizador y tenaz que sabe cómo utilizar a los demás. Primero opta por la oscuridad y el trabajo poco espectacular: al igual que Ebert, con quien ha sido comparado muchas veces después de que Trotsky lo hiciera, se instala en el partido como la araña en el centro de su tela. Como militante práctico, carente de ideas generales, se apresura a rectificar sus errores tras la vuelta de Lenin en abril sin apartarse en lo sucesivo ni un ápice de las posturas del líder en sus intervenciones públicas hasta la muerte de aquél. Su máxi­ma preocupación es la eficacia: entre los bolcheviques diri­gentes este viejo‑bolchevique aparece en seguida como indis­pensable. Es de los que «trabajan» cuando otros polemizan o adoptan poses cara a la posteridad, de los que «construyen».

Los conflictos con Trotsky durante la guerra civil no corren el riesgo de apartarle de la mayoría de los viejos bolcheviques sino, todo lo contrario. En 1917 preconiza la conciliación, la unidad, protege a Zinóviev y Kámenev, minimiza los desacuerdos. Cuando en 1922 se convierte en Secretario General, es Lenin el que apoya su candidatura, afirmando que el gran mérito de Svérdlov había sido que, durante el tiempo en que había ostentado este cargo, no se había producido ningún conflicto digno de mención. Es modesto, rinde pleitesía a Trotsky, «Organizador de la victoria» y, en el período de 1923‑24, parece constituirse en el elemento moderado de la troika. Son Zinóviev y Kámenev los que hacen a Trotsky objeto de los ataques mas violentos. Al mismo tiempo que se refugia tras la postura del Comité Central que condena a la oposición como «anarco‑menchevique», Stalin insiste en precisar que, en cuanto a él se refiere, ni un momento ha pensado en colocar a Trotsky entre los mencheviques. También se opone a sus aliados cuando estos pretenden expulsar a Trotsky denunciándoles posteriormente por haber «reclamado sangre». Por un momento parece verse seriamente amenazado por la ruptura de Lenin con el pero le salva la recaída del enfermo; no discute los cargos que contra él constan en el «testamento», presenta su dimisión que no retira hasta que no se le ruega que lo haga, prometiendo entonces corregir su brutalidad.

Cuando la troika se desintegra, él no se encuentra entre las figuras de primera fila, pero se introduce en la contienda, en primer lugar para defender a Bujarin cuya «sangre» exigen, según él, los leningradenses. Se presenta siempre como la viva encarnación de las decisiones del partido, portavoz    de su voluntad y  mantenedor de la unidad. No obstante, con este proceder da firmeza a su postura: cuenta con toda una serie de adláteres como Mólotov, Kaganóvich, Rudzutak y Kirov que son los primeros en cantar sus alabanzas. A Kámenev, que denuncia el «culto al jefe», le replica que el partido no conoce sino la dirección colectiva. De esta forma va emergiendo paulatinamente a medida que desaparecen sus rivales: él es el enemigo número uno en opinión de Zinóviev y Kámenev, aquel a quien Trotsky estigmatizaba como «sepulturero de la revolución», el mismo en quien Bujarin ve al «nuevo Gengis Khan». Cuando Krúpskaya capitula, circula el rumor de que, con respecto a ella, ha utilizado unos procedimientos innobles; se rumoreaba que había empleado unas informaciones policíacas sobre la vida privada de Lenin para amenazarla con «fabricar otra viuda de Lenin». Ello no es de todo punto inverosímil si se tiene en cuenta que fue precisamente la grosería de Stalin respecto a Krúpskaya la que provocó en su momento la carta de ruptura de aquél. Mas éstos son meros rumores, elementos de una «reputación amenazadora». Como dice Pierre Naville, joven comunista que llega a Moscú en 1927 y que ha visto a Stalin revestido de la «bonachona apariencia de dueño clandestino de la situación» afirmando también: «A menudo se le atribuía, además de la energía, un cierto sentido común a falta de genialidad» [4]. En cualquier caso, en 1928 son sus discursos los que indican los virajes. Su interpretación de las resoluciones es la que prevalece. Poco a poco, emerge públicamente en el papel que desempeña realmente desde hace años: sus fotos aparecen en la prensa, el país entero celebra su cumpleaños. Enseguida se convertirá en un icono viviente pero, en el ínterin, se contenta con el papel de sumo sacerdote.

 

 

Una ideología oficial: el leninismo

 

Kámenev ha sido el primero en referirse al «leninismo» en un articulo fechado en marzo de 1923. Todo el partido le imita. El «leninismo» sirve para ser enfrentado con el «trotskismo». En 1924, Stalin publica Los problemas del leninismo; en 1926, como réplica al Leninismo de Zinóviev, Las cuestiones del leninismo, donde expone una serie de proposiciones dogmáticas apoyadas en citas del maestro. Seis años antes, durante el IV Congreso de los Soviets, Lenin seguía repitiendo que la victoria de la Revolución rusa no se debía «a los méritos particulares» del pueblo ruso, ni a una «predestinación histórica», sino a todo un «concurso de circunstancias». También afirmaba: «Sé perfectamente que esta bandera está en manos débiles, que los obreros del país más atrasado no la conservarán si los obreros de los países avanzados no acuden en su ayuda. Las transformaciones socialistas que hemos llevado a cabo en muchos aspectos son imperfectas, débiles e insuficientes: han de servir de indicación a los obreros avanzados de Europa occidental que se dirán: Los rusos no han comenzado en buena forma, todo lo que tenían que hacer» [5]. A la sazón, Stalin afirma que la U.R.S.S. es la «patria de la teoría y de la táctica de la revolución proletaria» y «Lenin el creador de esta teoría y de esta táctica y el jefe indiscutible del proletariado internacional» [6]. Su articulo de «réplica a los trabajadores koljosianos». inserto en la Pravda del 30 de julio de 1930, no contiene menos de diecinueve citas de Lenin y desde luego no constituye ninguna excepción a este respecto.

La insistencia sobre la calidad de dogma perfectamente elaborado que se atribuye al leninismo permite acentuar la noción de «desviación». La palabra apareció en marzo de 1921 y fue empleada por Lenin respecto a la oposición obrera, definiéndola entonces como una tendencia inacabada que aún puede corregirse. A partir de 1924, todas las divergencias se convierten en «desviaciones» que alejan «objetivamente» a sus mantenedores del leninismo tal como lo define el Comité Central. En efecto, en boca de Stalin, que a su vez recoge la expresión de Zinóviev, el partido debe ser «monolítico», la unanimidad y la fuerza son la «característica de los comunistas»: el partido está «fundido en una sola pieza», es «macizo», «férreo», de «acero» «completamente tenso». «Resulta casi innecesario, escribe Stalin, demostrar que la existencia de facciones provoca la formación de varios centros lo cual supone la ausencia de un centro común en el partido, la fragmentación de la voluntad única» [7].

Atacar a la dirección del partido y a su aparato significa pues atacar al propio partido, «romper su columna vertebral» y «debilitar su disciplina», es decir «minar los fundamentos de su dictadura». Para que una discusión estalle, es preciso que haya sido «introducida a la fuerza» y el deber de los dirigentes es precisamente «resistir el asalto», ya que «durante la construcción del socialismo, el partido está rodeado de enemigos, precisamente cuando cuenta con un número enorme de tareas prácticas en el campo de la actividad creadora y es por ello incapaz de concentrar en cada ocasión su atención sobre las divergencias de opinión en el seno del partido. El partido «no necesita en modo alguno polémicas prefabricadas, ni tampoco tiene por qué transformarse en un club de discusión, por el contrario debe convertir su trabajo constructivo en algo general (...). La teoría según la cual se puede “vencer” a los elementos oportunistas mediante una lucha ideológica en el seno del partido y asimismo, “superar” a dichos elementos en el ámbito de un partido único, es una teoría podrida y peligrosa que amenaza con condenar al partido a la parálisis» [8]. Esta es la razón de que las diferentes oposiciones, sea cual fuere su tesis y el momento de su aparición, aportan como único resultado la revitalización de los «enemigos de la revolución y del proletariado», «abriéndoles la puerta» y «trazando su camino». Los oposicionistas les hacen «objetivamente» el juego a los guardias blancos: no obstante, si una vez amonestados por el partido insisten, ello supone que la «lógica de su enfrentamiento» «les arrastra» al bando de los reaccionarios y de los imperialistas. Y si el historiador Slutsky afirma que no se poseen documentos que prueben que Lenin había «desenmascarado» con anterioridad a 1914 el «centrismo» de Kautsky, si finge creer que «la existencia de papeles o documentos basta para demostrar el verdadero espíritu revolucionario y la auténtica intransigencia bolchevique», debe ser porque pretende «pasar su contrabando antileninista»... A partir del momento en que «el trotskismo se configura como un destacamento de vanguardia de la burguesía contrarrevolucionaria », «el liberalismo respecto al trotskismo, incluso después de haber sido vencido y haberse camuflado convenientemente, no es sino una pura imbecilidad que aboca al crimen y a la traición en. detrimento de la clase obrera» [9].

La única justificación que Stalin puede ofrecer a estas afirmaciones, a estos procedimientos intelectuales, defectuosos desde el punto de vista de la mera lógica formal y antagónicos al conjunto de la obra de Lenin, la única prueba del carácter «leninista» de su concepción del partido es la condena de las fracciones emitida en 1921. Aquella medida excepcional, adoptada en pleno retroceso, en el momento de mayor peligro, aquel «estado de sitio», constituye en su opinión el régimen normal, la regla impuesta por Lenin. Después del XV Congreso, completará el edificio con la generalización de la práctica de la «crítica y la autocrítica», afirmando que pertenecen a la propia «naturaleza del partido bolchevique» y constituyen «la base de la dictadura del proletariado». «Si nuestro país, afirma en presencia de una asamblea de funcionarios moscovitas del partido, es un país de dictadura del proletariado y si la dictadura es encabezada por un partido, el partido comunista, que no comparte ni puede compartir el poder con ningún otro partido, está claro que somos nosotros mismos los que debemos desvelar, denunciar y corregir nuestros errores si querernos ir hacia adelante, pues resulta evidente que nadie mas puede desvelar o corregir nuestras faltas» [10]. Tanto la crítica como la autocrítica deben entenderse en el contexto de la «línea» fijada por el partido y se refieren a su aplicación. La crítica tiene por objeto desarrollar la autocrítica, motor de los progresos y de la mejora del  partido: una y otra constituyen de hecho un látigo en manos de una dirección que es la única en poder afirmar la existencia de una falta y que siempre desvelará los errores de aplicación de la línea por parte de los funcionarios, por ser ella misma quien la determina e interpreta y dado que nadie puede criticarla so pena de exponerse a la acusación de «desviarse de la línea» y de «reflejar objetivamente» la presión de las «fuerzas contrarrevolucionarias».

 

 

La pirámide burocrática del aparato

 

Los diferentes oposicionistas y en alguna ocasión el propio, Stalin, se complacieron en comparar al funcionario medio de la Unión Soviética con Pompadour, el administrador-reyezuelo y burócrata que puso en escena Scherdrin en una de sus famosas sátiras. Una concepción de la vida política, tal y como fue definida por Stalin y como aparece al trasluz de su recreación del leninismo, no podía nacer y desarrollarse más que en un medio social marcado por el espíritu burocrático que en definitiva, constituye un rasgo distintivo de la sociedad rusa desde los tiempos de Pedro el Grande, comprimido durante un instante por el auge revolucionario pero que se impone de nuevo con el periodo de reacción que sigue a la guerra civil y que pronto termina por dominar el partido. Resulta indudable que, en las diferentes cumbres del aparato, los hombres siguen siendo en su mayoría los mismos que encuadraban a los obreros y campesinos de 1917: de los 121 miembros del Comité Central elegidos en el XV Congreso, 111 eran ya bolcheviques antes de 1917. La proporción es menor en los comités centrales de las repúblicas donde ascienden a un 22,6 por 100, mientras que en los comités regionales es de un 12,1 por  100 y en los comités provinciales sólo representan un 11,9 por 100 [11]. Cierto número de historiadores ha llegado a la conclusión de que existía una vinculación directa entre los apparatchiki de los años 30 y los komitetchiki de antes de 1917.

Se trata por supuesto de una afirmación defendible pero contra la que parecen atentar ciertos hechos. Por ejemplo, es indudable que hay más antiguos «clandestinos» del partido en las prisiones y lugares de deportación o en los cargos subalternos que en el propio Comité Central. Lo más importante es que los bolcheviques veteranos han cambiado de mentalidad desde la época en que su vida estaba marcada por las huelgas, las manifestaciones y las estancias en prisión o en los campos de deportación. Al establecer la génesis de los burócratas que se han originado en las filas de los bolcheviques, Sosnovsky ha subrayado el papel de ciertos factores como el que denomina humorísticamente «auto‑harem». Los viejos bolcheviques que ocupan los cargos responsables no son ya militantes, combatientes clandestinos, difusores de octavillas, encubridores, oradores de asambleas‑relámpago o agitadores: ante todo son funcionarios que como tales tienen que enfrentarse con importantes tareas materiales, responsables ante los superiores jerárquicos que deciden sobre el curso de su carrera y que disponen de una gran autoridad sobre la masa de militantes de base y más aún sobre los sin‑partido, gozando además de una serie de privilegios, de hecho y de derecho, que hace que se les trate como jefes, designándoseles con los mismos nombres que se utilizaban en tiempos del zar: tchinovniki o ziachaltziki. Son por ejemplo, viejos bolcheviques los que provocan con su conducta, digna de barines del antiguo régimen, el escándalo de Smolensk, descubierto y denunciado en mayo de 1928. Los responsables regionales del partido y de los soviets son acusados de «corrupción», de «embriaguez» y de «excesos sexuales». La investigación que se inicia en Moscú será silenciada para no soliviantar a la oposición obrera. Mas no resulta menos cierto que el informe secreto de Yakovlev señala que, en una factoría cercana a Smolensk, donde el 50 por 100 de los trabajadores son miembros del partido, los funcionarios responsables han podido abusar impunemente de las jóvenes obreras, precisamente por la importancia de sus funciones y por el peligro que suponía para ellas resistirse a su capricho [12].

Todos estos hombres tienen diez años más que cuando se produjo la revolución; los años de lucha y de padecimientos parecen justificar los privilegios de que disfrutan así como, una autoridad que, en muchos casos, les proporciona una total inmunidad. Además, los viejos bolcheviques del aparato permanecen sumisos a quien les. proporciona su cargo, pues su pasado no les hace automáticamente acreedores a los privilegios o a la benevolencia: para ello deben situarse políticamente dentro de la línea oficial. Los militantes cuya carrera se ha iniciado en tiempos de la guerra civil son, por su pasado y por el régimen que han conocido, cuadros más disciplinados y todavía más sumisos: en el Comité Central sólo hay diez de ellos, pero integran el 57,2 por 100 de los miembros de los comités centrales de las repúblicas y el 63,9 por 100 de los comités regionales, no obstante, menos de la mitad de los responsables de los organismos de base pertenecen a esta generación. Una proporción importante de los miembros de los comités regionales y provinciales y el 50,9 por 100 de los secretarios locales o de fábrica están integrados por personas que se han afiliado en 1924 o más tarde, es decir que son gentes que deben sus funciones y su permanencia en ellas a su fidelidad a la disciplina del Comité Central y a su lucha contra las diferentes oposiciones, son militantes para los que la era revolucionaria, sobrepasada hace tiempo, parece pertenecer a otro mundo.

Al ser expulsado Tomsky del Politburó en junio de 1930 y Ríkov en diciembre del mismo año, tal órgano queda inte­grado exclusivamente por apparatchiki, por hombres cuya carrera ha discurrido paralelamente a la de Stalin y con el cual colaboran estrechamente cuando menos desde 1921: Voroshílov, Kalinin, Kaganóvich, Kirov, Kossior, Kuíbyshev, Ordzhonikidzé y Rudzutak. El Secretario General controla por completo el Politburó: no existe ya la menor posibilidad de que la omnipotencia del secretariado vaya a ser discutida, ni siquiera por el Comité Central o incluso por el Congreso, pues un 75 por 100 de sus delegados son funcionarios permanentes del partido en 1927. Según Mólotov, se puede estimar en 25.000 el número total de los miembros del aparato, es decir que éstos se encuentran en la proporción aproximada de uno por cada cuarenta miembros del partido.

Hasta 1930 el organismo fundamental del secretariado es el Orgaspred, constituido en 1924 por la fusión de la sección de Organización, la de Instrucción y el Departamento de Asignación. A partir de esta fecha, su actividad se extiende al nombramiento de todos los responsables del partido en los diferentes niveles, partido, soviets, sindicatos y administración económica, así como, a su formación y control, mediante el envío de instructores y  directivas y la celebración de conferencias y de viajes de inspección. Al disponer de un fichero extremadamente detallado, este órgano nombra, sustituye y decide las promociones y sanciones de todos aquellos que ocupan los puestos clave. Entre 1928 y 1929, lleva a cabo, 8.761 nombramientos y más de 11.000 entre 1929 y 1930. Por estas fechas es reorganizado y dividido en dos secciones: el servicio de instrucción y organización, revitalizado y concentrado exclusivamente en los nombramientos para los puestos del aparato del partido, y el de los nombramientos que destina y traslada a los miembros del partido dentro de la organización económica y administrativa. Además de estas secciones existen otros cuatro servicios de los cuales el más importante ‑y el menos conocido‑ es el «servicio especial», dirigido por Poskrébyshev, jefe del secretariado personal de Stalin y en el que se ha iniciado, a partir de 1925, la carrera de apparatchick de un joven muy prometedor, Jorge Malenkov ingresado en el partido en 1920, y que será el responsable de la organización e instrucción para la región de Moscú desde 1930a 1934.

La omnipotencia de este aparato central que dispone de unos 800 miembros permanentes al principio de la década de los treinta, no debe crear la imagen de una centralización total y directa. El aparato es una pirámide: la autoridad de los departamentos centrales se extiende hasta los comités regionales que, más allá de una zona en la que comparten su poder de designación con el secretariado, tienen a su disposición un campo de acción en el que su soberanía en este aspecto se hace absoluta de hecho ya que no de derecho. Los archivos del comité regional de Smolensk revelan claramente esta jerarquización de la autoridad, así como el  reparto entre los diferentes niveles de lo que los rusos llaman la nomenklatura, es decir la responsabilidad de los nombramientos [13]. El comité regional está dividido en siete secciones que se refieren a la propia organización del partido, a los transportes y la industria, a la agricultura, a los asuntos soviéticos, a la agitación y a la propaganda, a la enseñanza, al trabajo cultural y educativo. Cada una de ellas está encabezada por un director auxiliado por un número variable de instructores, por ejemplo, ocho en la sección «partido» y once en «agricultura» en esta región de carácter marcadamente rural. En total los siete directores cuentan con 35 instructores y proveen 2.763 puestos. El trabajo de la primera división consiste en controlar la actividad de los 80 radios ‑circunscripción administrativa que se extiende por lo general alrededor de un pueblo‑mercado‑ y del propio Smolensk, así como, la organización regional de los jóvenes comunistas. Su nomenklatura comprende 596 puestos, pero 83 primeros secretarios de radio y 52 segundos deben ser confirmados por el Comité Central. La segunda división cuenta con 322 puestos en su nomenklatura, pero los directores de fábrica y los administradores designados por ella son propuestos por los correspondientes Comisariados del Pueblo, disponiendo por otra parte las autoridades locales de la facultad de nombrar a los secretarios de los comités de fábrica del partido y de los pertenecientes a las secciones sindicales. La tercera división debe tener en consideración las propuestas del comisariado de agricultura para los directores de sovjoses y de M. T.S. [14], pero cuenta con autonomía para el nombramiento de los presidentes de koljoses. De esta forma, cada división tiene dentro de su ámbito de nomenklatura unas designaciones que le pertenecen en exclusiva al lado de otras que comparte.

El comité regional, que tan de cerca controla todos los sectores de la vida de la región de Smolensk y que a su vez guarda estrecha dependencia con el Secretariado General que le nombra ‑y que puede destituirlo a su capricho‑, es la única autoridad regional. Desde 1931 a 1937, la región de Smolensk es dirigida exclusivamente, aunque se opere el control directo del Secretariado General, por un grupo de tres hombres: Rumiantsev y Chilman, primer y segundo secretario del partido respectivamente, y Rakitov que ostenta al mismo tiempo el Cargo de presidente del Comité Ejecutivo de los soviets de la región, y por tanto de representante de la autoridad soviética, pero que tiene el mismo ascendiente frente a Rumiantsev que Kalinin, presidente del ejecutivo, pan‑ruso, respecto de Stalin. Las órdenes y directrices llegan por medio de los organismos del partido, por este canal de secretario a secretario. El comité regional del partido es el encargado de designar el comité ejecutivo del soviet de radio así como, su presidente y vicepresidente. A este respecto, Merle Fainsod ha encontrado en los archivos de Smolensk una circular del segundo secretario regional Chilman en la que protesta contra el hecho de que las elecciones para el congreso regional hayan sido realizadas en una reunión del partido sin que el comité regional haya sido debidamente avisado: precisa que las candidaturas para el Congreso de los soviets deben dirigirse con anterioridad al comité regional del partido y que la elección formal de un candidato no puede tener lugar sino más tarde, cuando ya ha sido «aprobado» [15].

La misma jerarquización estricta se encuentra a nivel del radio, cuyos principales responsables son designados con la aprobación del comité regional o bien directamente por él; no obstante, éstos disponen igualmente de una nomenklatura que incluye los responsables adjuntos a su nivel y se extiende hasta los responsables al nivel de las organizaciones locales y de los soviets de los pueblos. De esta forma concluye el encuadramiento de una región que, en la fecha de su formación, el 15 de marzo de 1929 contaba con seis millones y medio de habitantes y cada uno de cuyos radios incluía a una media de cincuenta a setenta y cinco mil habitantes.

 

 

Del leninismo al estalinismo

 

La pirámide burocrática así erigida en el seno del Estado, primero desde dentro y más tarde por encima de unos soviets a los que termina por quitar todo significado, no ha sido concebida ni deseada deliberadamente. Es el fruto de las circunstancias, de los esfuerzos del aparato para reemplazar la desfallecida iniciativa de las masas obreras y campesinas durante la guerra civil y después de ella, y asimismo, de su conservador reflejo de defensa contra la discusión, las criti­cas y la acción espontánea prácticas que, en su opinión, ponen en entredicho la aplicación de las directrices y la realización de los cometidos prácticos, terminando, como afirmaba francamente Kalinin, por complicar el trabajo de los responsables. En esta autodefensa los funcionarios del partido, llevados por la rutina que surge de la aplicación de los mismos métodos, unidos por una comunidad de preocupaciones y mas tarde de intereses vinculados por su inclusión en una rígida estructura, animados por la convicción de constituir una vanguardia consciente encargada de «ilustrar», si ello es posible, o en cualquier caso, de guiar y dirigir a las masas incultas, primitivas o simplemente cansadas, poco conscientes en definitiva, han comenzado por encarnar un espíritu «activista» en el seno de una sociedad completamente relajada de la tensión anterior. Al subrayar las condiciones en que se operó este desarrollo inicial el oposicionista Christian Rakovsky escribe: «Cuando los campesinos medianos y pobres del país en que se ha llevado a cabo una giantesca revolución dicen, como indica Pravda: “El poder lo quiere, no se puede ir contra el Poder”, este aforismo sí denota un estado de las masas infinitamente más peligroso que el robo o la violencia ejercidos por los funcionarios. Thermidor y Brumario irrumpen por la puerta de la indife­rencia política de las masas» [16].

El escándalo de Smolensk inspira a Sosnovsky parecidas reflexiones cuando escribe: «A la cabeza de este distrito se hallaban auténticos bandidos. Ni una voz se ha elevado de la base para denunciar a esta cuadrilla. (...) Millares de encubridores taciturnos, con su carnet del partido en el bolsillo (a propósito, los sin‑partido, asqueados, le llaman el carnet del pan) y, por encima de ellos, toda una nube de instructores, inspectores y revisores que acuden para inspeccionar, revisar y dar instrucciones a todo el departamento, cada uno en su especialidad. (...) Toda esta plaga de langosta, instructores inspectores y revisores no han visto nada y han estampado su firma al pie de unas actas que siempre consignaban el perfecto estado en que se encontraban todos los asuntos» [17]. El nuevo sistema en su totalidad se opone al espíritu que animó la organización de los soviets. En 1924, el comunista húngaro Giorgy Lukacs escribía: «El sistema de consejos intenta fundamentalmente vincular la actividad de los hombres a todos los problemas generales del Estado, de la economía, de la cultura y demás, oponiéndose simul­táneamente a que la administración de todas estas cuestiones se convierta en el privilegio de una capa cerrada, aislada de la vida social» [18]. Después de haber «construido» su aparato e iniciado su «trabajo» al margen de cualquier tipo de control, los funcionarios del partido no conciben ya que pueda obrarse de otra forma. Pasados los años, Stalin, para justi­ficar no solamente el monopolio del poder en manos del partido, sino, también el del partido en manos del aparato, parece replicar a Lenin, que denunciaba las tendencias al burocratismo e indicaba, como único remedio la «participa­ción de todos los miembros de los soviets en la dirección de los asuntos» [19]: « ¿Acaso podemos llevar a la calle la discusión sobre la guerra y la paz? Discutir un determinado asunto en las reuniones de veinte mil células significa llevarla a la calle. (...) Hay que recordar que (...) mientras permanezcamos rodeados de enemigos, todo puede decidirse por un golpe asestado de pronto por nosotros, por una maniobra inesperada, por la rapidez» [20]. De esta forma se veía realizada la sardónica predicción de Bujarin: los «comisarios» tomaban efectivamente el puesto de las cocineras para dirigir el Estado.

En la etapa posterior, el funcionario consciente de su originalidad, de su papel, de su carácter insustituible, orga­niza su trabajo e intenta modelar el mundo a su imagen. El apparatchiki ignora la suerte que aceptaba el militante: se suprime el «máximo comunista», el número de prebendas materiales que acompaña al ejercicio de las funciones públicas aumenta: en su opinión se trata de una justa recompensa.

El privilegio adquirido de esta forma debe ser defendido: un «trabajador» político que pierde su puesto debe volver a la fábrica o al campo. El X Congreso ha vuelto a repetirlo solemnemente. No obstante, sólo seguirán esta suerte aquellos que han estado vinculados a una oposición. Los demás conservan sus cargos, ascienden en el escalafón si son dóciles: Pavliuchenko, el responsable principal del «affaire» de Smolensk es trasladado como única sanción. El hecho de pertenecer al aparato constituye una seria protección, una superioridad social, una conquista que no es cuestión de dejar discutir a los advenedizos: las decisiones de los congresos no volverán a implantar la práctica de la elección de los responsables, a la que todos oponen un frente compacto. Las elecciones seguirán siendo puras formalidades, confirmaciones a mano alzada de una decisión anterior. Desde que este sistema se ha impuesto ya no son los hombres que «no creen a nadie por su palabra y que se niegan a pronunciar una sola palabra contraria a su conciencia», tal como los concebía Lenin, los que «trepan» dentro del aparato, ni los hombres «inteligentes pero poco disciplinados», ni los rebeldes, los combativos, los apóstoles que conferían su grandeza a la cohorte bolchevique, sino los «imbéciles disciplinados», los carreristas, los oportunistas, los escépticos, los conservadores: en una palabra, todos aquellos que, como dice cl poeta Evtushenko, adoran el poder soviético por ser el poder a secas, contándose, además, entre ellos muchos renegados del otro bando de la guerra civil. En 1928, Preobrazhensky, Mrachkovsky y Smirnov, entre otros muchos, son deportados de nuevo, en contrapartida los antiguos mencheviques Martinov, Vishinsky, Strumilin e incluso Maisky son rehabilitados ocupando desde entonces puestos importantes.

En 1918, Lenin reconocía como una derrota la vuelta ‑acaecida bajo la presión de las circunstancias‑ «al antiguo procedimiento burgués» consistente «en pagar a un precio muy elevado los servicios de los grandes especialistas burgueses». Afirmaba: «Esta medida supone un compromiso, un abandono de los principios de la Comuna de Paris y de todo poder proletario, que exigen que los honorarios se reduzcan al salario de un obrero medio y que el arribismo sea combatido con actos y no con palabras. (...) Este es un paso atrás de nuestro poder de Estado Socialista Soviético que, desde un principio, ha aplicado una política tendente a reducir los honorarios cuantiosos al nivel del salario de un obrero medio» [21]. Stalin, sin embargo, encabeza toda su lucha contra la oposición en nombre de la desigualdad y a partir de 1925 afirma: «No debemos jugar con frases acerca de la igualdad, es jugar con fuego». En 1931 denuncia la  «nivelación izquierdista de los salarios», afirma que es preciso dar a los obreros «la perspectiva de un adelanto, de una continua elevación» [22]. En los antípodas de lo que era el militante bolchevique que condenaba sin remisión el recurso al espíritu pequeño‑burgués de ascensión social individual, celebra, como si de una victoria se tratase, la desaparición de las jerarquías pueblerinas cuando ya están haciendo su aparición los nuevos «notables», condena la «nivelación» como «una estupidez pequeño‑burguesa reaccionaria digna de una secta primitiva de ascetas, mas no de una sociedad socialista organizada en forma marxista» [23]. De esta forma, lo que originariamente fue estado de ánimo se ha ido transformando gradualmente en tendencia y más adelante en capa privilegiada: en lo sucesivo el aparato comenzará a segregar su propia ideología.

El portavoz del aparato, surgido de la burocracia del Estado y del partido y respaldado por la creciente importancia desempeñada por el partido en el Estado, termina por elaborar una nueva teoría del Estado. Como lo había previsto Bujarin, la burocracia deífica al Estado: «Algunos camaradas, dice Stalin, han interpretado la tesis de la supresión de clases, de la creación de una sociedad sin clases y de la posterior eliminación del Estado, como una justificación de la pereza y de la placidez, como una justificación de la teoría contrarrevolucionaria de la extinción de la lucha de clases y del debilitamiento del poder del Estado. (...) Estos son los elementos degenerados o traidores a los que hay que eliminar del partido. La supresión de las clases no puede realizarse por la extinción de la lucha de clases, sino, al contrario, por su exacerbación. El debilitamiento del estado se llevará a cabo no ya por el debilitamiento de su poder, sino por su máximo fortalecimiento, lo que resulta indispensable para acabar con los últimos restos de las clases expirantes y para organizar la defensa contra el cerco capitalista cuya destrucción es aún remota y no se producirá inmediatamente» [24]. «No conviene perder de vista el hecho de que el creciente poderío del Estado soviético aumentará la resistencia de los últimos restos de las clases que están desapareciendo. Precisamente por el hecho de estar expirando y de vivir sus últimos días, pasarán de tales formas de ataque a otras, a formas más violentas, llamando en su auxilio a las capas atrasadas de la población para movilizarlas contra el poder de los soviets» [25].

En el ámbito del partido, este «reforzamiento del Estado» tiene un significado harto preciso, se trata de la intervención de la G.P.U. en la lucha contra la oposición. Tras el episodio del «oficial de Wrangel», acaecido en 1927, se produce el ingreso, en 1928, en las filas de la oposición de izquierda de Leningrado, del provocador Tverskoy que dará un informe completo de sus conversaciones con Bujarin; en 1929‑30 se producen los primeros arreglos de cuentas políticos. Bútov, ex-secretario de Trotsky, muere de resultas de la huelga de hambre que ha emprendido para protestar contra su arresto y los interrogatorios a los que se le somete para intentar comprometer a su antiguo jefe, El ex terrorista social-revolucionario de izquierda Yakov Blumkin, convicto de haber traído desde Estambul a la U.R.S.S. una carta de Trotsky, cuya vigilancia le había sido encomendada, es condenado a muerte por el consejo secreto de la G.P.U. y ejecutado quince días más tarde (por haberle sido concedida esta demora para escribir sus memorias). La G.P.U. se ha convertido definitivamente en uno de los instrumentos de dominio de que dispone el aparato y el Secretario General dentro del propio partido.

 

 

La oposición frente a una situación nueva

 

Christian Rakovsky, desde su exilio siberiano, escribe acerca del XVI Congreso, el primero del que se halla ausente la oposición desde los tiempos de Lenin, es decir, el primer congreso estaliniano: «Resulta difícil decir quienes han perdido en mayor medida el sentimiento de su dignidad, si aquellos que se inclinan humildemente bajo los pitos y los abucheos, dejando pasar los ultrajes con la esperanza de un futuro mejor o bien aquellos que, con idéntica esperanza, profieren tales ultrajes, sabiendo de antemano que el adversario debe ceder» [26]. De esta forma, una de las últimas personalidades de la oposición, tras la capitulación de Preobrazhensky, Rádek, Smilgá y Smirnov, indica el camino recorrido por su pensamiento. En 1928 escribía: «Bajo las condiciones de dictadura del partido, un poder gigantesco se ha concentrado en manos de la dirección, un poder del que ninguna organización política ha dispuesto a lo largo de la Historia. (...) La dirección se ha ido acostumbrando a ampliar la actitud negativa de la dictadura proletaria acerca de la pseudo‑democracia burguesa a aquellas garantías elementales de la democracia consciente sin cuyo apoyo resulta imposible gobernar a la clase obrera y al partido. En vida de Lenin, el aparato del partido no detentaba ni la décima parte del poder con que cuenta en la actualidad y por ende, todo lo que temía Lenin se ha hecho diez veces más peligroso» [27].

En abril de 1930, en su réplica a aquellos de sus camaradas que han solicitado su reintegración en el partido aceptando renegar de la oposición, después del «viraje a la izquierda», Rakovsky insiste sobre la incompatibilidad de esta actitud con las nociones fundamentales del bolchevismo: «Siempre hemos apostado a favor de la iniciativa revolucionaria de las masas y no de la del aparato. Por tanto, no creemos en la supuesta burocracia ilustrada, al igual que nuestros predecesores, los revolucionarios burgueses de finales del siglo XVIII no creyeron en el supuesto «despotismo ilustrado». Toda la sabiduría política de la dirección consiste en ahogar en las masas el sentimiento de independencia política, el sentimiento del orgullo y de la dignidad humanas y en pronunciar y organizar el absolutismo del aparato» [28].

Al proseguir su análisis más lejos que sus compañeros de la oposición y al poner en entredicho el análisis basado en los tradicionales criterios de clase, que hasta entonces había constituido la base de la acción de los oposicionistas de cualquier tendencia, plantea la cuestión de saber si la victoria, y más tarde el aislamiento de la revolución proletaria en un país atrasado, no han desembocado en la aparición de una formación social de nuevo cuño. «De Estado proletario con deformaciones burocráticas ‑según la definición dada por Lenin de la forma política de nuestro Estado‑ nos convertimos en un estado burocrático con residuos proletario-comunistas. Ante nuestros ojos se ha formado y sigue formándose una nueva clase de gobernantes cuyas subdivisiones internas no dejan de aumentar y multiplicarse por la vía de la cooptación interna y de la designación directa e indirecta». El fundamento de este proceso en su opinión no es sino «una especie igualmente original, de propiedad privada, a saber, la posesión del poder de Estado», en cuya caracterización invoca la autoridad de Marx: «La burocracia dispone del Estado en régimen de propiedad privada» [29]. Para él, como para sus compañeros de la oposición que, no obstante, protestan afirmando que «la burocracia no es una clase ni lo será jamás», la Historia amenaza con no ofrecer a la revolución rusa, durante varios años, otra alternativa que la de la «vuelta a Lenin» o la restauración del capitalismo: es decir, una sociedad transitoria a mitad de camino entre el socialismo y el capitalismo.

Argumentos semejantes son los aducidos por Trotsky, en cuya opinión la burocracia no constituye una clase, en el análisis de la actuación de Stalin que le sirve para explicar el «gran viraje» de la burocracia que pasa de la conciliación con los kulaks a la colectivización a ultranza: «La contrarrevolución se instaura cuando la madeja de las conquistas sociales comienza a devanarse: parece entonces como si no fuera a acabarse nunca. Sin embargo, siempre subsiste una parte de las conquistas de la revolución. De esta forma, a pesar de las numerosas deformaciones burocráticas, la base de clase de la U.R.S.S. sigue siendo proletaria. (...) El Thermidor ruso seguramente habría inaugurado una nueva era del reino de la burguesía si tal reino no hubiera resultado ya caduco en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y la instauración de muy hondas diferencias sociales, hasta el momento no han podido eliminar la conciencia socialista de las masas, ni tampoco la nacionalización de la tierra y medios de producción que constituyen las conquistas socialistas fundamentales de la revolución. A pesar de haber inferido serios ataques a estas realizaciones la burocracia no ha podido aventurarse aun a recurrir a la restauración de la apropiación privada de los medios de pro­ducción. Hacia el final del siglo XVIII, este sistema constituía un factor progresivo altamente significativo: todavía podía conquistar a Europa y al mundo entero. Pero, en la actualidad, la propiedad privada de los medios de producción constituye el mayor obstáculo al normal desarrollo de las fuerzas productivas. A. pesar de que por la naturaleza de su nuevo modo de vida, por su conservadurismo y por sus simpatías políticas, la enorme mayoría de la burocracia tienda hacia la pequeña burguesía, sus raíces económicas se apoyan en gran manera sobre las nuevas condiciones de propiedad» [30].

En definitiva, para Trotsky, el desarrollo de las consecuencias sociales de la NEP obligaba a la burocracia a emprender una lucha de supervivencia: «El crecimiento de las relaciones burguesas amenazaba no solamente a la base social de la propiedad, sino también al fundamento social de la burocracia; tal vez hubiera deseado rechazar la perspec­tiva socialista de desarrollo en favor de la pequeña‑burguesía, mas en ningún caso estaba dispuesta a renunciar a sus pro­pios derechos y privilegios en beneficio de esta misma pequeña-burguesía. Tal fue la contradicción que condujo al conflicto extremadamente violento que estalló entre la burocracia y los kulaks» [31].

De este conflicto iba a surgir un trastorno de las condi­ciones tan importante que casi todos los historiadores han aceptado siguiendo a Deutscher, darle el nombre de «tercera revolución», aunque las masas estrechamente controladas, no manifestasen ninguna iniciativa en él y fueran mantenidas al margen de las decisiones y de todo tipo de discusión. De él ha nacido la U.R.S.S. actual, una economía y una sociedad completamente nuevas que no han podido, sin embargo, escapar a sus antiguas contradicciones.

 

 

 

CAPÍTULO XIII

 

INICIO

 



[1] Arthur Rosenberg, Histoire du bolchevisme, pág. 300.

[2] Trotsky, «Lettre sur la situation politique en L’U. R. S. S.», Lutte de classes n.º 8, febrero de 1929, págs. 220‑221.

[3] Stalin, Questions, t. II, pág. 67

[4] Naville, Trotsky vivant, pág. 30.

[5] Lenin, Oeuvres complétes, t. 27, pág. 193

[6] Stalin, op. cit., t. 1, pág. 15.

[7] Ibídem, pág. 82.

[8] Ibídem, pág, 83.

[9] Ibídem, pág. 69.

[10] Corr.Int. n.º 41, 28 de abril de 1928, pág. 511.

[11] Citado por Schapiro, C. P. S. U. pág. 221.

[12] Faínsod, Smolensk, pág. 49

 

[13] Ibídem, págs. 63‑67.

[14] Estación de maquinaria y tractores (N. del T.).

[15] Ibídem, pág. 87

[16] Rakovsky, «Déclaration de l’opposition en avril 1930», Lutte de classes n.º 25‑26, septiembre‑diciembre de 1930, pág. 656.

[17] Trotsky, «Lettres d'exi1», Lutte de classes n.º 17, enero de 1930, págs. 69‑77.

[18] Lukacs, Lenin, pág. 59, citado por Anweiler, op. cit., pág. 305.

[19] Lenin, Oeuvres complétes, t. 27, pág. 283

[20] Stalin, Discurso ante el XII Congreso, Sochineniya, 3.ª ed., vol, V. pág. 255,

[21] Lenin, 0euvres complétes, t. 27, págs. 257‑258.

[22] Stalin, op. cit., t. II, pág. 45.

[23] Ibídem, pág. 177

[24] Ibídem, pág. 103.

[25] Ibídem, pág. 104,

[26] Citado por Souvarine, op. cit., pág. 478.

[27] Carta a Trotsky de junio de 1928, Fourth International, julio de 1941, págs. 186‑187.

[28]  Declaración de abril de 1930, op. cit., pág. 656.

[29] Ibídem, pág. 657.

[30] Trotsky, Stalin, págs. 525‑526.

[31] Ibídem.

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