CAPÍTULO XII
EL PARTIDO ESTALINISTA EN
SUS COMIENZOS
La autocrítica de Bujarin, Rikov
y Tomsky cierra todo un capítulo de la historia del partido. En su seno, nunca más
volverá a desarrollarse una discusión pública: Los Congresos no serán en lo
sucesivo sino grandes paradas cuyas actas traducirán muy deformadamente las
discusiones o los desacuerdos internos. El Comité Central se ha convertido en
un organismo puramente decorativo pero su peso cada vez es mayor, pasando de
los 40 miembros de 1923 a 52 en 1924 y a 71 en 1927. Las diferencias
manifestadas por los derechistas en el Politburó fueron, durante cerca de
treinta años, las últimas en trascender al exterior. Las divergencias políticas
‑que siempre existen‑ en lo sucesivo se arreglarán en el núcleo del
aparato y en los cenáculos dirigentes. Ciertamente han desaparecido las
tendencias y facciones, pero ocupan su lugar clanes y camarillas, vínculos de
interés personal en lugar de afinidades políticas; ya no se producen
discusiones políticas, sino meros arreglos de cuentas.
Puede uno preguntarse si los viejos bolcheviques Ríkov, Tomsky y Bujarin, al tiempo que «confesaban» sus errores, habían medido el alcance del último acto político de su carrera y valorado en sus justas proporciones la hondura del cambio sobrevenido en la propia naturaleza del partido que les exigía esta claudicación, es decir, un verdadero suicidio moral. Arthur Rosenberg sugiere que, con independencia de su voluntad, se habían convertido en los virtuales líderes de una oposición organizada de los elementos neo‑burgueses: una franca resistencia por su parte hubiera representado un impulso a la lucha para todas las capas pro‑capitalistas que aún eran numerosas y fuertes en la sociedad rusa y, de esta forma, ellos mismos habrían puesto en marcha la marea contrarrevolucionaria fomentada por la política de Stalin [1]. Trotsky se aproxima mucho a esta interpretación de su actitud cuando escribe en octubre de 1928: «De grado o por fuerza los derechistas no tiene más remedio que meterse en el agua fría; es decir, intentar solventar su polémica con Stalin más allá del aparato (...) Para enfrentarse seriamente con el centro, tendrían que haber clamado, con toda la fuerza de sus pulmones, con un tono ultra‑reaccionario, es decir, con un tono de Thermidor. Pero para obrar así le falta estómago a Bujarin. Ha metido el pie en el agua fría, pero tiene miedo de sumergirse en ella. Permanece inmóvil y tiembla.... de valor. Tras él, Ríkov y Tomsky, contemplan lo que está ocurriendo, dispuestos a hundirse en la maleza en cualquier momento» [2]. En definitiva, durante el mes siguiente, Bujarin, Rikov y Tomsky se niegan a sumergirse en el agua fría, como habían hecho un año antes al negarse a la alianza con el diablo Trotsky en el infierno de un «bloque» en favor de la democracia. Hay que resignarse a no poder responder a la cuestión de saber si han comprendido o no que, con este proceder, confirmaban su propio destino y el del partido bolchevique sucumbiendo bajo el peso de sus contradicciones.
El historiador del partido se da cuenta enseguida de que en realidad la cuestión es otra: la cantidad se ha convertido en calidad, el objeto de su investigación ha cambiado de naturaleza. La historia oficial se vuelve prácticamente inservible, pues cada giro le da una nueva forma y el pasado se presenta en función de las necesidades políticas inmediatas: a partir de 1931, Yaroslavsky, el historiador oficial de los años de lucha contra la oposición, es acusado por Stalin de haber cometido «errores de orden doctrinal e histórico» y ninguno de sus sucesores disfrutará de mejor suerte ya que los amos del momento quieren borrar hasta el nombre de sus adversarios; el hecho de cubrirles de injurias no será ya una excusa del crimen que supone haberlos citado. Por otra parte Stalin da buena prueba de su concepción de la historia al exclamar ‑en su diatriba contra el desdichado Slutsky que ha osado afirmar que Lenin nunca había «desenmascarado» antes de 1914 a los social‑demócratas alemanes, basándose en la inexistencia de documentos que así lo prueben: «¿Quién sino un burócrata incurable puede fiarse de los meros papeles llamados documentos?» [3].
La prensa suministra algunos
elementos de información sobre el partido incluyendo las actas levantadas
acerca de las sesiones del Comité Central por los secretarios regionales. Pero
estas informaciones sólo ofrecen aquellos datos que la dirección quiere poner
en conocimiento de los miembros del partido con su publicación. Los
corresponsales extranjeros, a los que se mantiene al margen y que suelen
carecer de la formación necesaria, suplantan la descripción o el análisis por
la ficción. Durante años el único material fiable con que cuenta el
investigador es el aportado por el Correo Socialista que publica el menchevique
Nikolaievsky y por el Boletín de la
Oposición que publican Trotsky y su hijo León Sedov en el exilio y que
recibe informaciones sólidas y contiene los puntos de vista y los análisis de
los documentos oficiales que lleva a cabo el jefe de la oposición. Algunos años
más tarde empezarán a publicarse los relatos de los extranjeros escapados de
Siberia, Víctor Serge, Antón Ciliga, las revelaciones del hombre que firma «El
viejo bolchevique» y asimismo las de Walter Krivitsky. Se hace posible el colmo
de algunas lagunas, no obstante, hay que desconfiar de las «memorias» cuya
edición se multiplica en Occidente, pues algunas de ellas no reflejan sino el
mero afán de explotación comercial de una curiosidad perfectamente legítima,
presentando todas las características de este tipo de literatura, entre las
cuales destacan la búsqueda del sensacionalismo y el gusto por lo escandaloso.
Los laboratorios especializados, dirigidos generalmente por competentes tránsfugas,
suelen estar demasiado obviamente animados por una sistemática hostilidad como
para poder aportar a la investigación una contribución que pueda ser utilizada
sin grandes precauciones.
Será preciso esperar el fin de
la guerra para que el material que se encuentra a disposición de los estudiosos
se enriquezca sustancialmente: numerosas «personas desplazadas» pueden así
aportar su testimonio acerca de ciertos períodos oscuros o hechos inciertos. No
obstante, habrá que tener en cuenta el hecho de que los emigrados suelen
intentar justificarse, sobre todo ante si mismos, y, al mismo tiempo, complacer
al investigador o al público. Los servicios americanos que se dedican a la
investigación del material, cuentan ciertamente con colaboradores competentes y
honestos, pero su deseo de probar determinados extremos y de «ser útiles» suele
falsear la objetividad general de sus investigaciones desde la elección misma
de las cuestiones y de los polos de interés. En medio de este material poco
fiable, existe empero una excepción de gran importancia: los archivos del
comité regional de Smolensk que cayeron en manos de los alemanes en 1942.
Durante la retirada nazi, los americanos se hicieron con ellos y el
investigador Merle Fainsod pudo entresacar de los archivos una documentación de
primerísima calidad, sin equivalente hasta la fecha, en la cual se incluían
informes secretos de la G.P.U., actas de las discusiones de los comités,
declaraciones ante las comisiones de depuración, correspondencia entre cargos
oficiales, peticiones obreras, cartas dirigidas a los periódicos, etc... Por
fin, a partir de 1953, las primeras informaciones acerca de la U.R.S.S.
referentes incluso al período estalinista, son suministradas por los nuevos
dirigentes. El informe de Jrúschov al XX Congreso, sus nuevas «revelaciones»
ante el XXII Congreso y asimismo, las de los delegados, periódicos y revistas,
permiten comprobar las hipótesis: las informaciones de Trotsky, Serge y
Krivitsky se confirmarán en lo esencial y en algunos casos serán completadas
sin que por ello se pueda tener la seguridad de que otros secretos,
precisamente por el hecho de estar mejor custodiados, no duerman aún en los
archivos del Kremlin o en la memoria de Jruschov y de sus colaboradores
personales. No obstante, un esbozo general
empieza a ser factible.
Stalin, dueño de la situación
El hecho indudable, a partir de
1930, es que Stalin ha pasado a dominar en solitario la escena política
convirtiéndose en dueño y señor del partido. El oscuro komitetchik de Bakú no era en tiempos de Lenin un personaje
secundario; sin embargo tampoco era una figura de primer plano. Como escritor
es enormemente gris, su oratoria es pesada, adora los silogismos y las
repeticiones y hace gala de un gusto manifiesto por las letanías, éstas son las
razones de que ninguna de las brillantes personalidades que rodean a Lenin le
preste demasiado interés. Su carácter rencoroso le ha deparado innumerables
adversarios; pero se trata también de un hombre trabajador, organizador y tenaz
que sabe cómo utilizar a los demás. Primero opta por la oscuridad y el trabajo
poco espectacular: al igual que Ebert, con quien ha sido comparado muchas veces
después de que Trotsky lo hiciera, se instala en el partido como la araña en el
centro de su tela. Como militante práctico, carente de ideas generales, se
apresura a rectificar sus errores tras la vuelta de Lenin en abril sin
apartarse en lo sucesivo ni un ápice de las posturas del líder en sus
intervenciones públicas hasta la muerte de aquél. Su máxima preocupación es la
eficacia: entre los bolcheviques dirigentes este viejo‑bolchevique
aparece en seguida como indispensable. Es de los que «trabajan» cuando otros
polemizan o adoptan poses cara a la posteridad, de los que «construyen».
Los conflictos con Trotsky
durante la guerra civil no corren el riesgo de apartarle de la mayoría de los
viejos bolcheviques sino, todo lo contrario. En 1917 preconiza la conciliación,
la unidad, protege a Zinóviev y Kámenev, minimiza los desacuerdos. Cuando en
1922 se convierte en Secretario General, es Lenin el que apoya su candidatura,
afirmando que el gran mérito de Svérdlov había sido que, durante el tiempo en
que había ostentado este cargo, no se había producido ningún conflicto digno de
mención. Es modesto, rinde pleitesía a Trotsky, «Organizador de la victoria» y,
en el período de 1923‑24, parece constituirse en el elemento moderado de
la troika. Son Zinóviev y Kámenev los que hacen a Trotsky objeto de los ataques
mas violentos. Al mismo tiempo que se refugia tras la postura del Comité
Central que condena a la oposición como «anarco‑menchevique», Stalin
insiste en precisar que, en cuanto a él se refiere, ni un momento ha pensado en
colocar a Trotsky entre los mencheviques. También se opone a sus aliados cuando
estos pretenden expulsar a Trotsky denunciándoles posteriormente por haber
«reclamado sangre». Por un momento parece verse seriamente amenazado por la
ruptura de Lenin con el pero le salva la recaída del enfermo; no discute los
cargos que contra él constan en el «testamento», presenta su dimisión que no
retira hasta que no se le ruega que lo haga, prometiendo entonces corregir su
brutalidad.
Cuando la troika se desintegra,
él no se encuentra entre las figuras de
primera fila, pero se introduce en la contienda, en primer lugar para defender
a Bujarin cuya «sangre» exigen, según él,
los leningradenses. Se presenta siempre como la viva encarnación de las
decisiones del partido, portavoz de su voluntad y mantenedor de la unidad. No obstante, con este proceder da
firmeza a su postura: cuenta con toda una serie de adláteres como Mólotov,
Kaganóvich, Rudzutak y Kirov que son los
primeros en cantar sus alabanzas. A Kámenev, que denuncia el «culto al jefe»,
le replica que el partido no conoce sino la dirección colectiva. De esta forma
va emergiendo paulatinamente a medida que desaparecen sus rivales: él es el enemigo número uno en opinión
de Zinóviev y Kámenev, aquel a quien Trotsky estigmatizaba como «sepulturero de
la revolución», el mismo en quien Bujarin ve al «nuevo Gengis Khan». Cuando
Krúpskaya capitula, circula el rumor de que, con respecto a ella, ha utilizado
unos procedimientos innobles; se rumoreaba que había empleado unas
informaciones policíacas sobre la vida privada de Lenin para amenazarla con
«fabricar otra viuda de Lenin». Ello no es de todo punto inverosímil si se
tiene en cuenta que fue precisamente la grosería de Stalin respecto a Krúpskaya
la que provocó en su momento la carta de ruptura de aquél. Mas éstos son meros
rumores, elementos de una «reputación amenazadora». Como dice Pierre Naville,
joven comunista que llega a Moscú en 1927 y que ha visto a Stalin revestido de
la «bonachona apariencia de dueño clandestino de la situación» afirmando
también: «A menudo se le atribuía, además de la energía, un cierto sentido común
a falta de genialidad» [4].
En cualquier caso, en 1928 son sus discursos los que indican los virajes. Su
interpretación de las resoluciones es la que prevalece. Poco a poco, emerge
públicamente en el papel que desempeña realmente desde hace años: sus fotos
aparecen en la prensa, el país entero celebra su cumpleaños. Enseguida se
convertirá en un icono viviente pero, en el ínterin, se contenta con el papel
de sumo sacerdote.
Una ideología oficial: el leninismo
Kámenev ha sido el primero en referirse
al «leninismo» en un articulo fechado en marzo de 1923. Todo el partido le
imita. El «leninismo» sirve para ser enfrentado con el «trotskismo». En 1924,
Stalin publica Los problemas del
leninismo; en 1926, como réplica al Leninismo
de Zinóviev, Las cuestiones del
leninismo, donde expone una serie de proposiciones dogmáticas apoyadas en
citas del maestro. Seis años antes, durante el IV Congreso de los Soviets,
Lenin seguía repitiendo que la victoria de la Revolución rusa no se debía «a
los méritos particulares» del pueblo ruso, ni a una «predestinación histórica»,
sino a todo un «concurso de circunstancias». También afirmaba: «Sé
perfectamente que esta bandera está en manos débiles, que los obreros del país
más atrasado no la conservarán si los obreros de los países avanzados no acuden
en su ayuda. Las transformaciones socialistas que hemos llevado a cabo en
muchos aspectos son imperfectas, débiles e insuficientes: han de servir de
indicación a los obreros avanzados de Europa occidental que se dirán: Los rusos
no han comenzado en buena forma, todo lo que tenían que hacer» [5].
A la sazón, Stalin afirma que la U.R.S.S. es la «patria de la teoría y de la
táctica de la revolución proletaria» y «Lenin el creador de esta teoría y de
esta táctica y el jefe indiscutible del proletariado internacional» [6].
Su articulo de «réplica a los trabajadores koljosianos». inserto en la Pravda
del 30 de julio de 1930, no contiene menos de diecinueve citas de Lenin y desde
luego no constituye ninguna excepción a este respecto.
La insistencia sobre la calidad
de dogma perfectamente elaborado que se atribuye al leninismo permite acentuar
la noción de «desviación». La palabra apareció en marzo de 1921 y fue empleada
por Lenin respecto a la oposición obrera, definiéndola entonces como una
tendencia inacabada que aún puede corregirse. A partir de 1924, todas las
divergencias se convierten en «desviaciones» que alejan «objetivamente» a sus
mantenedores del leninismo tal como lo define el Comité Central. En efecto, en
boca de Stalin, que a su vez
recoge la expresión de Zinóviev, el partido debe ser «monolítico», la
unanimidad y la fuerza son la «característica de los comunistas»: el partido
está «fundido en una sola pieza», es «macizo», «férreo», de «acero»
«completamente tenso». «Resulta casi innecesario, escribe Stalin, demostrar que
la existencia de facciones provoca la formación de varios centros lo cual
supone la ausencia de un centro común en el partido, la fragmentación de la
voluntad única» [7].
Atacar a la dirección del
partido y a su aparato significa pues atacar al propio partido, «romper su
columna vertebral» y «debilitar su disciplina», es decir «minar los fundamentos
de su dictadura». Para que una discusión estalle, es preciso que haya sido
«introducida a la fuerza» y el deber de los dirigentes es precisamente
«resistir el asalto», ya que «durante la construcción del socialismo, el
partido está rodeado de enemigos, precisamente cuando cuenta con un número
enorme de tareas prácticas en el campo de la actividad creadora y es por ello
incapaz de concentrar en cada ocasión su atención sobre las divergencias de
opinión en el seno del partido. El partido «no necesita en modo alguno
polémicas prefabricadas, ni tampoco tiene por qué transformarse en un club de
discusión, por el contrario debe convertir su trabajo constructivo en algo
general (...). La teoría según la cual se puede “vencer” a los elementos
oportunistas mediante una lucha ideológica en el seno del partido y asimismo,
“superar” a dichos elementos en el ámbito de un partido único, es una teoría
podrida y peligrosa que amenaza con condenar al partido a la parálisis» [8].
Esta es la razón de que las diferentes oposiciones, sea cual fuere su tesis y
el momento de su aparición, aportan como único resultado la revitalización de
los «enemigos de la revolución y del proletariado», «abriéndoles la puerta» y
«trazando su camino». Los oposicionistas les hacen «objetivamente» el juego a
los guardias blancos: no obstante, si una vez amonestados por el partido
insisten, ello supone que la «lógica de su enfrentamiento» «les arrastra» al
bando de los reaccionarios y de los imperialistas. Y si el historiador Slutsky
afirma que no se poseen documentos que prueben que Lenin había «desenmascarado»
con anterioridad a 1914 el «centrismo» de Kautsky, si finge creer que «la
existencia de papeles o documentos basta para demostrar el verdadero espíritu
revolucionario y la auténtica intransigencia bolchevique», debe ser porque
pretende «pasar su contrabando antileninista»... A partir del momento en que «el
trotskismo se configura como un destacamento de vanguardia de la burguesía
contrarrevolucionaria », «el liberalismo respecto al trotskismo, incluso
después de haber sido vencido y haberse camuflado convenientemente, no es sino
una pura imbecilidad que aboca al crimen y a la traición en. detrimento de la
clase obrera» [9].
La única justificación que
Stalin puede ofrecer a estas afirmaciones, a estos procedimientos
intelectuales, defectuosos desde el punto de vista de la mera lógica formal y
antagónicos al conjunto de la obra de Lenin, la única prueba del carácter
«leninista» de su concepción del partido es la condena de las fracciones
emitida en 1921. Aquella medida excepcional, adoptada en pleno retroceso, en el
momento de mayor peligro, aquel «estado de sitio», constituye en su opinión el
régimen normal, la regla impuesta por Lenin. Después del XV Congreso,
completará el edificio con la generalización de la práctica de la «crítica y la
autocrítica», afirmando que pertenecen a la propia «naturaleza del partido
bolchevique» y constituyen «la base de la dictadura del proletariado». «Si
nuestro país, afirma en presencia de una asamblea de funcionarios moscovitas
del partido, es un país de dictadura del proletariado y si la dictadura es
encabezada por un partido, el partido comunista, que no comparte ni puede
compartir el poder con ningún otro partido, está claro que somos nosotros
mismos los que debemos desvelar, denunciar y corregir nuestros errores si
querernos ir hacia adelante, pues resulta evidente que nadie mas puede desvelar
o corregir nuestras faltas» [10].
Tanto la crítica como la autocrítica deben entenderse en el contexto de la
«línea» fijada por el partido y se refieren a su aplicación. La crítica tiene
por objeto desarrollar la autocrítica, motor de los progresos y de la mejora
del partido: una y otra constituyen de
hecho un látigo en manos de una dirección que es la única en poder afirmar la
existencia de una falta y que siempre desvelará los errores de aplicación de la
línea por parte de los funcionarios, por ser ella misma quien la determina e
interpreta y dado que nadie puede criticarla so pena de exponerse a la
acusación de «desviarse de la línea» y de «reflejar objetivamente» la presión
de las «fuerzas contrarrevolucionarias».
La pirámide burocrática del aparato
Los diferentes oposicionistas y
en alguna ocasión el propio, Stalin, se complacieron en comparar al funcionario
medio de la Unión Soviética con Pompadour, el administrador-reyezuelo y
burócrata que puso en escena Scherdrin en una de sus famosas sátiras. Una
concepción de la vida política, tal y como fue definida por Stalin y como
aparece al trasluz de su recreación del leninismo, no podía nacer y
desarrollarse más que en un medio social marcado por el espíritu burocrático
que en definitiva, constituye un rasgo distintivo de la sociedad rusa desde los
tiempos de Pedro el Grande, comprimido durante un instante por el auge
revolucionario pero que se impone de nuevo con el periodo de reacción que sigue
a la guerra civil y que pronto termina por dominar el partido. Resulta
indudable que, en las diferentes cumbres del aparato, los hombres siguen siendo
en su mayoría los mismos que encuadraban a los obreros y campesinos de 1917: de
los 121 miembros del Comité Central elegidos en el XV Congreso, 111 eran ya
bolcheviques antes de 1917. La proporción es menor en los comités centrales de
las repúblicas donde ascienden a un 22,6 por 100, mientras que en los comités
regionales es de un 12,1 por 100 y en
los comités provinciales sólo representan un 11,9 por 100 [11].
Cierto número de historiadores ha llegado a la conclusión de que existía una
vinculación directa entre los apparatchiki
de los años 30 y los komitetchiki de
antes de 1917.
Se trata por
supuesto de una afirmación defendible pero contra la que parecen atentar
ciertos hechos. Por ejemplo, es
indudable que hay más antiguos «clandestinos» del partido en las prisiones y
lugares de deportación o en los cargos subalternos que en el propio Comité
Central. Lo más importante es que los bolcheviques veteranos han cambiado de
mentalidad desde la época en que su vida estaba marcada por las huelgas, las
manifestaciones y las estancias en prisión o en los campos de deportación. Al
establecer la génesis de los burócratas que se han originado en las filas de
los bolcheviques, Sosnovsky ha subrayado el papel de ciertos factores como el
que denomina humorísticamente «auto‑harem». Los viejos bolcheviques que
ocupan los cargos responsables no son ya militantes, combatientes clandestinos,
difusores de octavillas, encubridores, oradores de asambleas‑relámpago o
agitadores: ante todo son funcionarios que como tales tienen que enfrentarse
con importantes tareas materiales, responsables ante los superiores jerárquicos
que deciden sobre el curso de su carrera y que disponen de una gran autoridad
sobre la masa de militantes de base y más aún sobre los sin‑partido,
gozando además de una serie de privilegios, de hecho y de derecho, que hace que
se les trate como jefes, designándoseles con los mismos nombres que se
utilizaban en tiempos del zar: tchinovniki
o ziachaltziki. Son por ejemplo, viejos bolcheviques los
que provocan con su conducta, digna de barines
del antiguo régimen, el escándalo de Smolensk, descubierto y denunciado en mayo
de 1928. Los responsables regionales del partido y de los soviets son acusados
de «corrupción», de «embriaguez» y de «excesos sexuales». La investigación que
se inicia en Moscú será silenciada para no soliviantar a la oposición obrera.
Mas no resulta menos cierto que el informe secreto de Yakovlev señala que, en
una factoría cercana a Smolensk, donde el 50 por 100 de los trabajadores son
miembros del partido, los funcionarios responsables han podido abusar
impunemente de las jóvenes obreras, precisamente por la importancia de sus
funciones y por el peligro que suponía para ellas resistirse a su capricho [12].
Todos estos
hombres tienen diez años más que cuando se produjo la revolución; los años de
lucha y de padecimientos parecen justificar los privilegios de que disfrutan
así como, una autoridad que, en muchos casos, les proporciona una total inmunidad. Además, los
viejos bolcheviques del aparato permanecen sumisos a quien les. proporciona su
cargo, pues su pasado no les hace automáticamente acreedores a los privilegios
o a la benevolencia: para ello deben situarse políticamente dentro de la línea
oficial. Los militantes cuya carrera se ha iniciado en tiempos de la guerra
civil son, por su pasado y por el régimen que han conocido, cuadros más
disciplinados y todavía más sumisos: en el Comité Central sólo hay diez de
ellos, pero integran el 57,2 por 100 de los miembros de los comités centrales
de las repúblicas y el 63,9 por 100 de los comités regionales, no obstante,
menos de la mitad de los responsables de los organismos de base pertenecen a
esta generación. Una proporción importante de los miembros de los comités
regionales y provinciales y el 50,9 por 100 de los secretarios locales o de
fábrica están integrados por personas que se han afiliado en 1924 o más tarde,
es decir que son gentes que deben sus funciones y su permanencia en ellas a su
fidelidad a la disciplina del Comité Central y a su lucha contra las diferentes
oposiciones, son militantes para los que la era revolucionaria, sobrepasada
hace tiempo, parece pertenecer a otro mundo.
Al ser expulsado Tomsky del
Politburó en junio de 1930 y Ríkov en diciembre del mismo año, tal órgano queda
integrado exclusivamente por apparatchiki,
por hombres cuya carrera ha discurrido paralelamente a la de Stalin y con
el cual colaboran estrechamente cuando menos desde 1921: Voroshílov, Kalinin,
Kaganóvich, Kirov, Kossior, Kuíbyshev, Ordzhonikidzé y Rudzutak. El Secretario
General controla por completo el Politburó: no existe ya la menor posibilidad
de que la omnipotencia del secretariado vaya a ser discutida, ni siquiera por
el Comité Central o incluso por el Congreso, pues un 75 por 100 de sus
delegados son funcionarios permanentes del partido en 1927. Según Mólotov, se
puede estimar en 25.000 el número total de los miembros del aparato, es decir
que éstos se encuentran en la proporción aproximada de uno por cada cuarenta
miembros del partido.
Hasta 1930 el organismo
fundamental del secretariado es el Orgaspred, constituido en 1924 por la fusión de la sección de Organización,
la de Instrucción y el Departamento de Asignación. A partir de esta fecha, su
actividad se extiende al nombramiento de todos los responsables del partido en
los diferentes niveles, partido, soviets, sindicatos y administración
económica, así como, a su formación y control, mediante el envío de
instructores y directivas y la
celebración de conferencias y de viajes de inspección. Al disponer de un
fichero extremadamente detallado, este órgano nombra, sustituye y decide las
promociones y sanciones de todos aquellos que ocupan los puestos clave. Entre
1928 y 1929, lleva a cabo, 8.761 nombramientos y más de 11.000 entre 1929 y
1930. Por estas fechas es reorganizado y dividido en dos secciones: el servicio
de instrucción y organización, revitalizado y concentrado exclusivamente en los
nombramientos para los puestos del aparato del partido, y el de los
nombramientos que destina y traslada a los miembros del partido dentro de la
organización económica y administrativa. Además de estas secciones existen otros
cuatro servicios de los cuales el más importante ‑y el menos conocido‑
es el «servicio especial», dirigido por Poskrébyshev, jefe del secretariado
personal de Stalin y en el que se ha iniciado, a partir de 1925, la carrera de
apparatchick de un joven muy prometedor, Jorge Malenkov ingresado en el partido
en 1920, y que será el responsable de la organización e instrucción para la
región de Moscú desde 1930a 1934.
La omnipotencia de este aparato
central que dispone de unos 800 miembros permanentes al principio de la década
de los treinta, no debe crear la imagen de una centralización total y directa.
El aparato es una pirámide: la autoridad de los departamentos centrales se
extiende hasta los comités regionales que, más allá de una zona en la que
comparten su poder de designación con el secretariado, tienen a su disposición
un campo de acción en el que su soberanía en este aspecto se hace absoluta de
hecho ya que no de derecho. Los archivos del comité regional de Smolensk
revelan claramente esta jerarquización de la autoridad, así como el reparto entre los diferentes niveles de lo
que los rusos llaman la nomenklatura, es
decir la responsabilidad de los nombramientos [13].
El comité regional está dividido en siete secciones que se refieren a la propia
organización del partido, a los transportes y la industria, a la agricultura, a
los asuntos soviéticos, a la agitación y a la propaganda, a la enseñanza, al
trabajo cultural y educativo. Cada una de ellas está encabezada por un director
auxiliado por un número variable de instructores, por ejemplo, ocho en la
sección «partido» y once en «agricultura» en esta región de carácter
marcadamente rural. En total los siete directores cuentan con 35 instructores y
proveen 2.763 puestos. El trabajo de la primera división consiste en controlar
la actividad de los 80 radios ‑circunscripción administrativa que se
extiende por lo general alrededor de un pueblo‑mercado‑ y del
propio Smolensk, así como, la organización regional de los jóvenes comunistas.
Su nomenklatura comprende 596 puestos,
pero 83 primeros secretarios de radio y 52 segundos deben ser confirmados por
el Comité Central. La segunda división cuenta con 322 puestos en su nomenklatura, pero los directores de
fábrica y los administradores designados por ella son propuestos por los
correspondientes Comisariados del Pueblo, disponiendo por otra parte las
autoridades locales de la facultad de nombrar a los secretarios de los comités
de fábrica del partido y de los pertenecientes a las secciones sindicales. La
tercera división debe tener en consideración las propuestas del comisariado de
agricultura para los directores de sovjoses y de M. T.S. [14],
pero cuenta con autonomía para el nombramiento de los presidentes de koljoses.
De esta forma, cada división tiene dentro de su ámbito de nomenklatura unas designaciones que le pertenecen en exclusiva al
lado de otras que comparte.
El comité regional, que tan de
cerca controla todos los sectores de la vida de la región de Smolensk y que a
su vez guarda estrecha dependencia con el Secretariado General que le nombra ‑y
que puede destituirlo a su capricho‑, es la única autoridad regional.
Desde 1931 a 1937, la región de Smolensk es dirigida exclusivamente, aunque se
opere el control directo del Secretariado General, por un grupo de tres hombres:
Rumiantsev y Chilman, primer y segundo secretario del partido respectivamente,
y Rakitov que ostenta al mismo tiempo el Cargo de presidente del Comité Ejecutivo de
los soviets de la región, y por tanto de representante de la autoridad
soviética, pero que tiene el mismo ascendiente frente a Rumiantsev que Kalinin,
presidente del ejecutivo, pan‑ruso, respecto de Stalin. Las órdenes y
directrices llegan por medio de los organismos del partido, por este canal de
secretario a secretario. El comité regional del partido es el encargado de
designar el comité ejecutivo del soviet de radio así como, su presidente y
vicepresidente. A este respecto, Merle Fainsod ha encontrado en los archivos de
Smolensk una circular del segundo secretario regional Chilman en la que
protesta contra el hecho de que las elecciones para el congreso regional hayan
sido realizadas en una reunión del partido sin que el comité regional
haya sido debidamente avisado: precisa que las candidaturas para el Congreso de
los soviets deben dirigirse con anterioridad al comité regional del partido y
que la elección formal de un candidato no puede tener lugar sino más tarde,
cuando ya ha sido «aprobado» [15].
La misma jerarquización estricta
se encuentra a nivel del radio, cuyos principales responsables son designados
con la aprobación del comité regional o bien directamente por él; no obstante,
éstos disponen igualmente de una nomenklatura
que incluye los responsables adjuntos a su nivel y se extiende hasta los
responsables al nivel de las organizaciones locales y de los soviets de los
pueblos. De esta forma concluye el encuadramiento de una región que, en la
fecha de su formación, el 15 de marzo de 1929 contaba con seis millones y medio
de habitantes y cada uno de cuyos radios incluía a una media de cincuenta a
setenta y cinco mil habitantes.
Del leninismo al estalinismo
La pirámide
burocrática así erigida en el seno del Estado, primero desde dentro y más tarde
por encima de unos soviets a los que termina por quitar todo significado, no ha
sido concebida ni deseada deliberadamente. Es el fruto de las circunstancias,
de los esfuerzos del aparato para reemplazar la desfallecida iniciativa de las
masas obreras y campesinas durante la guerra civil y después de ella, y
asimismo, de su conservador reflejo de defensa contra la discusión, las criticas
y la acción espontánea prácticas que, en su opinión, ponen en entredicho la
aplicación de las directrices y la realización de los cometidos prácticos,
terminando, como afirmaba francamente Kalinin, por complicar el trabajo de los
responsables. En esta autodefensa los funcionarios del partido, llevados por la
rutina que surge de la aplicación de los mismos métodos, unidos por una
comunidad de preocupaciones y mas tarde de intereses vinculados por su inclusión
en una rígida estructura, animados por la convicción de constituir una
vanguardia consciente encargada de «ilustrar», si ello es posible, o en
cualquier caso, de guiar y dirigir a las masas incultas, primitivas o
simplemente cansadas, poco conscientes en definitiva, han comenzado por
encarnar un espíritu
«activista» en el seno de una sociedad completamente relajada de la tensión
anterior. Al subrayar las condiciones en que se operó este desarrollo inicial
el oposicionista Christian Rakovsky escribe: «Cuando los campesinos medianos y
pobres del país en que se ha llevado a cabo una giantesca revolución dicen,
como indica Pravda: “El poder lo quiere, no se puede ir contra el
Poder”, este aforismo sí denota un estado de las masas infinitamente más
peligroso que el robo o la violencia ejercidos por los funcionarios. Thermidor
y Brumario irrumpen por la puerta de la indiferencia política de las masas» [16].
El escándalo de Smolensk inspira
a Sosnovsky parecidas reflexiones cuando escribe: «A la cabeza de este distrito
se hallaban auténticos bandidos. Ni una voz se ha elevado de la base para
denunciar a esta cuadrilla. (...) Millares de encubridores taciturnos, con su
carnet del partido en el bolsillo (a propósito, los sin‑partido,
asqueados, le llaman el carnet del pan) y, por encima de ellos, toda una nube
de instructores, inspectores y revisores que acuden para inspeccionar, revisar
y dar instrucciones a todo el departamento, cada uno en su especialidad. (...)
Toda esta plaga de langosta, instructores inspectores y revisores no han visto
nada y han estampado su firma al pie de unas actas que siempre consignaban el
perfecto estado en que se encontraban todos los asuntos» [17].
El nuevo sistema en su totalidad se opone al espíritu que animó la organización
de los soviets. En 1924, el comunista húngaro Giorgy Lukacs escribía: «El
sistema de consejos intenta fundamentalmente vincular la actividad de los
hombres a todos los problemas generales del Estado, de la economía, de la
cultura y demás, oponiéndose simultáneamente a que la administración de todas
estas cuestiones se convierta en el privilegio de una capa cerrada, aislada de
la vida social» [18]. Después de
haber «construido» su aparato e iniciado su «trabajo» al margen de cualquier
tipo de control, los funcionarios del partido no conciben ya que pueda obrarse
de otra forma. Pasados los años, Stalin, para justificar no solamente el
monopolio del poder en manos del partido, sino, también el del partido en manos
del aparato, parece replicar a Lenin, que denunciaba las tendencias al
burocratismo e indicaba, como único remedio la «participación de todos los
miembros de los soviets en la dirección de los asuntos» [19]:
« ¿Acaso podemos llevar a la calle la discusión sobre la guerra y la paz?
Discutir un determinado asunto en las reuniones de veinte mil células significa
llevarla a la calle. (...) Hay que recordar que (...) mientras permanezcamos
rodeados de enemigos, todo puede decidirse por un golpe asestado de pronto por
nosotros, por una maniobra inesperada, por la rapidez» [20].
De esta forma se veía realizada la sardónica predicción de Bujarin: los
«comisarios» tomaban efectivamente el puesto de las cocineras para dirigir el
Estado.
En la etapa posterior, el
funcionario consciente de su originalidad, de su papel, de su carácter
insustituible, organiza su trabajo e intenta modelar el mundo a su imagen. El apparatchiki ignora la suerte que
aceptaba el militante: se suprime el «máximo comunista», el número de prebendas
materiales que acompaña al ejercicio de las funciones públicas aumenta: en su
opinión se trata de una justa recompensa.
El privilegio adquirido de esta forma debe ser defendido: un «trabajador» político que pierde su puesto debe volver a la fábrica o al campo. El X Congreso ha vuelto a repetirlo solemnemente. No obstante, sólo seguirán esta suerte aquellos que han estado vinculados a una oposición. Los demás conservan sus cargos, ascienden en el escalafón si son dóciles: Pavliuchenko, el responsable principal del «affaire» de Smolensk es trasladado como única sanción. El hecho de pertenecer al aparato constituye una seria protección, una superioridad social, una conquista que no es cuestión de dejar discutir a los advenedizos: las decisiones de los congresos no volverán a implantar la práctica de la elección de los responsables, a la que todos oponen un frente compacto. Las elecciones seguirán siendo puras formalidades, confirmaciones a mano alzada de una decisión anterior. Desde que este sistema se ha impuesto ya no son los hombres que «no creen a nadie por su palabra y que se niegan a pronunciar una sola palabra contraria a su conciencia», tal como los concebía Lenin, los que «trepan» dentro del aparato, ni los hombres «inteligentes pero poco disciplinados», ni los rebeldes, los combativos, los apóstoles que conferían su grandeza a la cohorte bolchevique, sino los «imbéciles disciplinados», los carreristas, los oportunistas, los escépticos, los conservadores: en una palabra, todos aquellos que, como dice cl poeta Evtushenko, adoran el poder soviético por ser el poder a secas, contándose, además, entre ellos muchos renegados del otro bando de la guerra civil. En 1928, Preobrazhensky, Mrachkovsky y Smirnov, entre otros muchos, son deportados de nuevo, en contrapartida los antiguos mencheviques Martinov, Vishinsky, Strumilin e incluso Maisky son rehabilitados ocupando desde entonces puestos importantes.
En 1918, Lenin reconocía como
una derrota la vuelta ‑acaecida bajo la presión de las circunstancias‑
«al antiguo procedimiento burgués» consistente «en pagar a un precio muy
elevado los servicios de los grandes especialistas burgueses». Afirmaba: «Esta
medida supone un compromiso, un abandono de los principios de la Comuna de
Paris y de todo poder proletario, que exigen que los honorarios se reduzcan al
salario de un obrero medio y que el arribismo sea combatido con actos y no con
palabras. (...) Este es un paso atrás de nuestro poder de Estado Socialista
Soviético que, desde un principio, ha aplicado una política tendente a reducir
los honorarios cuantiosos al nivel del salario de un obrero medio» [21].
Stalin, sin embargo, encabeza toda su lucha contra la oposición en nombre de la
desigualdad y a partir de 1925 afirma: «No debemos jugar con frases acerca de
la igualdad, es jugar con fuego». En 1931 denuncia la «nivelación izquierdista de los salarios», afirma que es preciso
dar a los obreros «la perspectiva de un adelanto, de una continua elevación» [22].
En los antípodas de lo que era el militante bolchevique que condenaba sin
remisión el recurso al espíritu pequeño‑burgués de ascensión social
individual, celebra, como si de una victoria se tratase, la desaparición de las
jerarquías pueblerinas cuando ya están haciendo su aparición los nuevos
«notables», condena la «nivelación» como «una estupidez pequeño‑burguesa
reaccionaria digna de una secta primitiva de ascetas, mas no de una sociedad
socialista organizada en forma marxista» [23].
De esta forma, lo que originariamente fue estado de ánimo se ha ido
transformando gradualmente en tendencia y más adelante en capa privilegiada: en
lo sucesivo el aparato comenzará a segregar su propia ideología.
El portavoz del aparato, surgido
de la burocracia del Estado y del partido y respaldado por la creciente
importancia desempeñada por el partido en el Estado, termina por elaborar una
nueva teoría del Estado. Como lo había previsto Bujarin, la burocracia deífica
al Estado: «Algunos camaradas, dice Stalin, han interpretado la tesis de la
supresión de clases, de la creación de una sociedad sin clases y de la
posterior eliminación del Estado, como una justificación de la pereza y de la
placidez, como una justificación de la teoría contrarrevolucionaria de la
extinción de la lucha de clases y del debilitamiento del poder del Estado.
(...) Estos son los elementos degenerados o traidores a los que hay que
eliminar del partido. La supresión de las clases no puede realizarse por la
extinción de la lucha de clases, sino, al contrario, por su exacerbación. El
debilitamiento del estado se llevará a cabo no ya por el debilitamiento de su
poder, sino por su máximo fortalecimiento, lo que resulta indispensable para
acabar con los últimos restos de las clases expirantes y para organizar la
defensa contra el cerco capitalista cuya destrucción es aún remota y no se
producirá inmediatamente» [24].
«No conviene perder de vista el hecho de que el creciente poderío del Estado
soviético aumentará la resistencia de los últimos restos de las clases que
están desapareciendo. Precisamente por el hecho de estar expirando y de vivir
sus últimos días, pasarán de tales formas de ataque a otras, a formas más
violentas, llamando en su auxilio a las capas atrasadas de la población para
movilizarlas contra el poder de los soviets» [25].
En el ámbito del partido, este
«reforzamiento del Estado» tiene un significado harto preciso, se trata de la
intervención de la G.P.U. en la lucha contra la oposición. Tras el episodio del
«oficial de Wrangel», acaecido en 1927, se produce el ingreso, en 1928, en las
filas de la oposición de izquierda de Leningrado, del provocador Tverskoy que
dará un informe completo de sus conversaciones con Bujarin; en 1929‑30 se
producen los primeros arreglos de cuentas políticos. Bútov, ex-secretario de
Trotsky, muere de resultas de la huelga de hambre que ha emprendido para
protestar contra su arresto y los interrogatorios a los que se le somete para
intentar comprometer a su antiguo jefe, El ex terrorista social-revolucionario
de izquierda Yakov Blumkin, convicto de haber traído desde Estambul a la
U.R.S.S. una carta de Trotsky, cuya vigilancia le había sido encomendada, es
condenado a muerte por el consejo secreto de la G.P.U. y ejecutado quince días
más tarde (por haberle sido concedida esta demora para escribir sus memorias).
La G.P.U. se ha convertido definitivamente en uno de los instrumentos de
dominio de que dispone el aparato y el Secretario General dentro del propio
partido.
La oposición frente a una situación nueva
Christian Rakovsky, desde su
exilio siberiano, escribe acerca del XVI Congreso, el primero del que se halla
ausente la oposición desde los tiempos de Lenin, es decir, el primer congreso
estaliniano: «Resulta difícil decir quienes han perdido en mayor medida el
sentimiento de su dignidad, si aquellos que se inclinan humildemente bajo los
pitos y los abucheos, dejando pasar los ultrajes con la esperanza de un futuro
mejor o bien aquellos que, con idéntica esperanza, profieren tales ultrajes,
sabiendo de antemano que el adversario debe ceder» [26].
De esta forma, una de las últimas personalidades de la oposición, tras la
capitulación de Preobrazhensky, Rádek, Smilgá y Smirnov, indica el camino
recorrido por su pensamiento. En 1928 escribía: «Bajo las condiciones de
dictadura del partido, un poder gigantesco se ha concentrado en manos de la
dirección, un poder del que ninguna organización política ha dispuesto a lo
largo de la Historia. (...) La dirección se ha ido acostumbrando a ampliar la
actitud negativa de la dictadura proletaria acerca de la pseudo‑democracia
burguesa a aquellas garantías elementales de la democracia consciente sin cuyo
apoyo resulta imposible gobernar a la clase obrera y al partido. En vida de
Lenin, el aparato del partido no detentaba ni la décima parte del poder con que
cuenta en la actualidad y por ende, todo lo que temía Lenin se ha hecho diez
veces más peligroso» [27].
En abril de 1930, en su réplica
a aquellos de sus camaradas que han solicitado su reintegración en el partido
aceptando renegar de la oposición, después del «viraje a la izquierda»,
Rakovsky insiste sobre la incompatibilidad de esta actitud con las nociones
fundamentales del bolchevismo: «Siempre hemos apostado a favor de la iniciativa
revolucionaria de las masas y no de la del aparato. Por tanto, no creemos en la
supuesta burocracia ilustrada, al igual que nuestros predecesores, los
revolucionarios burgueses de finales del siglo XVIII no creyeron en el supuesto
«despotismo ilustrado». Toda la sabiduría política de la dirección consiste en
ahogar en las masas el sentimiento de independencia política, el sentimiento
del orgullo y de la dignidad humanas y en pronunciar y organizar el absolutismo
del aparato» [28].
Al proseguir su análisis más lejos que sus compañeros de la oposición y al poner en entredicho el análisis basado en los tradicionales criterios de clase, que hasta entonces había constituido la base de la acción de los oposicionistas de cualquier tendencia, plantea la cuestión de saber si la victoria, y más tarde el aislamiento de la revolución proletaria en un país atrasado, no han desembocado en la aparición de una formación social de nuevo cuño. «De Estado proletario con deformaciones burocráticas ‑según la definición dada por Lenin de la forma política de nuestro Estado‑ nos convertimos en un estado burocrático con residuos proletario-comunistas. Ante nuestros ojos se ha formado y sigue formándose una nueva clase de gobernantes cuyas subdivisiones internas no dejan de aumentar y multiplicarse por la vía de la cooptación interna y de la designación directa e indirecta». El fundamento de este proceso en su opinión no es sino «una especie igualmente original, de propiedad privada, a saber, la posesión del poder de Estado», en cuya caracterización invoca la autoridad de Marx: «La burocracia dispone del Estado en régimen de propiedad privada» [29]. Para él, como para sus compañeros de la oposición que, no obstante, protestan afirmando que «la burocracia no es una clase ni lo será jamás», la Historia amenaza con no ofrecer a la revolución rusa, durante varios años, otra alternativa que la de la «vuelta a Lenin» o la restauración del capitalismo: es decir, una sociedad transitoria a mitad de camino entre el socialismo y el capitalismo.
Argumentos semejantes son los
aducidos por Trotsky, en cuya opinión la burocracia no constituye una clase, en
el análisis de la actuación de Stalin que le sirve para explicar el «gran
viraje» de la burocracia que pasa de la conciliación con los kulaks a la
colectivización a ultranza: «La contrarrevolución se instaura cuando la madeja
de las conquistas sociales comienza a devanarse: parece entonces como si no
fuera a acabarse nunca. Sin embargo, siempre subsiste una parte de las
conquistas de la revolución. De esta forma, a pesar de las numerosas
deformaciones burocráticas, la base de clase de la U.R.S.S. sigue siendo
proletaria. (...) El Thermidor ruso seguramente habría inaugurado una nueva era
del reino de la burguesía si tal reino no hubiera resultado ya caduco en todo
el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y la instauración de
muy hondas diferencias sociales, hasta el momento no han podido eliminar la
conciencia socialista de las masas, ni tampoco la nacionalización de la tierra
y medios de producción que constituyen las conquistas socialistas fundamentales
de la revolución. A pesar de haber inferido serios ataques a estas
realizaciones la burocracia no ha podido aventurarse aun a recurrir a la
restauración de la apropiación privada de los medios de producción. Hacia el
final del siglo XVIII, este sistema constituía un factor progresivo altamente
significativo: todavía podía conquistar a Europa y al mundo entero. Pero, en la
actualidad, la propiedad privada de los medios de producción constituye el
mayor obstáculo al normal desarrollo de las fuerzas productivas. A. pesar de
que por la naturaleza de su nuevo modo de vida, por su conservadurismo y por
sus simpatías políticas, la enorme mayoría de la burocracia tienda hacia la
pequeña burguesía, sus raíces económicas se apoyan en gran manera sobre las
nuevas condiciones de propiedad» [30].
En definitiva, para Trotsky, el
desarrollo de las consecuencias sociales de la NEP obligaba a la burocracia a
emprender una lucha de supervivencia: «El crecimiento de las relaciones
burguesas amenazaba no solamente a la base social de la propiedad, sino también
al fundamento social de la burocracia; tal vez hubiera deseado rechazar la
perspectiva socialista de desarrollo en favor de la pequeña‑burguesía,
mas en ningún caso estaba dispuesta a renunciar a sus propios derechos y
privilegios en beneficio de esta misma pequeña-burguesía. Tal fue la
contradicción que condujo al conflicto extremadamente violento que estalló
entre la burocracia y los kulaks» [31].
De este conflicto iba a surgir
un trastorno de las condiciones tan importante que casi todos los
historiadores han aceptado siguiendo a Deutscher, darle el nombre de «tercera
revolución», aunque las masas estrechamente controladas, no manifestasen
ninguna iniciativa en él y fueran mantenidas al margen de las decisiones y de
todo tipo de discusión. De él ha nacido la U.R.S.S. actual, una economía y una
sociedad completamente nuevas que no han podido, sin embargo, escapar a sus
antiguas contradicciones.
[1] Arthur Rosenberg, Histoire du bolchevisme, pág. 300.
[2] Trotsky, «Lettre sur la situation
politique en L’U. R. S. S.», Lutte de
classes n.º 8, febrero de 1929, págs. 220‑221.
[3] Stalin,
Questions, t.
II, pág. 67
[4] Naville, Trotsky vivant,
pág. 30.
[5] Lenin, Oeuvres complétes, t. 27,
pág. 193
[6] Stalin, op. cit., t. 1, pág.
15.
[7] Ibídem,
pág. 82.
[8] Ibídem,
pág, 83.
[9] Ibídem, pág. 69.
[10] Corr.Int. n.º 41, 28 de abril de 1928, pág. 511.
[11] Citado por Schapiro, C. P. S. U. pág. 221.
[12] Faínsod, Smolensk, pág. 49
[13] Ibídem, págs. 63‑67.
[14] Estación de maquinaria y tractores (N. del T.).
[15] Ibídem, pág. 87
[16] Rakovsky,
«Déclaration de l’opposition en avril 1930», Lutte de classes n.º 25‑26, septiembre‑diciembre de
1930, pág. 656.
[17] Trotsky, «Lettres d'exi1», Lutte de classes n.º 17, enero de 1930, págs. 69‑77.
[18] Lukacs, Lenin, pág. 59, citado por Anweiler, op. cit., pág. 305.
[19] Lenin, Oeuvres complétes, t. 27, pág. 283
[20] Stalin, Discurso ante el XII Congreso, Sochineniya, 3.ª ed., vol, V. pág. 255,
[21] Lenin, 0euvres complétes, t. 27, págs. 257‑258.
[22] Stalin, op.
cit., t. II,
pág. 45.
[23] Ibídem, pág. 177
[24] Ibídem, pág. 103.
[25] Ibídem, pág. 104,
[26] Citado por Souvarine, op. cit., pág. 478.
[27] Carta a Trotsky de junio de 1928, Fourth International, julio de 1941, págs. 186‑187.
[28] Declaración de abril de 1930, op. cit., pág. 656.
[29] Ibídem, pág. 657.
[30] Trotsky, Stalin, págs. 525‑526.
[31] Ibídem.