CAPITULO XIII

 

EL GRAN VIRAJE

 

Tras varios años de lucha, durante los cuales la dirección estaliniana había acusado continuamente a la oposición de intentar romper la alianza entre obreros y campesinos con el pretexto de luchar contra el kulak, y de desarrollar unas tesis utópicas acerca de la super‑industrialización mediante la planificación, es precisamente la dirección la que decide iniciar el «gran viraje», la colectivización y la industrialización, preparando y realizando a tales efectos el primer plan quinquenal. Evidentemente, existe la tentación de no ver en esta operación más que una nueva jugada política si la pugna de los años 1923 a 1929 ha sido caracterizada como una lucha por el poder: con esta nueva estrategia la dirección desarma a la oposición apoderándose de su programa para aplicarlo a su manera. De esta forma, en 1921, Zinóviev se había convertido en el campeón de la democracia y así, en primavera, la parte esencial de las reivindicaciones económicas de los campesinos había ocupado su lugar en el programa de la NEP; igualmente la resolución del día 5 de diciembre de 1923 había proclamado el «nuevo curso» que hasta entonces exigía la oposición de los 46.

Resulta indudable que muchos de los pasos llevados a cabo en la vía de la planificación, de la colectivización y de la industrialización, fueron dados no ya por la presión directa ejercida por la oposición, sino por el hecho de constituir un medio para separarla de la base de que disponía en el partido dado el eco suscitado por su programa: nada más característico a este respecto que el manifiesto del Comité Central de octubre de 1927, destinado a aislar a la oposición y a arrinconarla en el preciso momento en que acaba de decidirse su eliminación inmediata. No obstante, seria un error reducir a este simple factor de lucha política interna la constelación de causas del «gran viraje»; en realidad, éste fue iniciado bajo la dura presión de unas circunstancias dramáticas y sobre todo de la alteración de las relaciones de fuerzas campesinas que se hace favorable a los kulaks y que a partir del invierno de 1927‑28 constituye un hecho evidente. Asimismo, resulta excesivamente simplista trazar entre los diferentes grupos y tendencias del partido el signo igual, como suelen hacer los historiadores de inspiración «occidental», alegando para ello como único pretexto, que fue el programa de la oposición o mejor dicho el que había sido expuesto por Preobrazhensky en su teoría de la «acumulación socialista originaria», el aplicado por Stalin durante el periodo del plan quinquenal.

 

 

La colectivización

 

En las discusiones entabladas acerca de la NEP, el problema campesino había sido el núcleo central, la manzana de la discordia. Sin embargo, ninguno de los protagonistas había puesto en duda el fin último que se proponía el régimen, a saber, la desaparición de la explotación privada y la sociaización de la agricultura, ni tampoco las vías que debía adoptar esta transformación materializadas en el fomento de las explotaciones cooperativas. De hecho, las divergencias se referían a los ritmos y el centro del desacuerdo estaba constituido por los problemas de industrialización. Por todo ello, el primer plan de colectivización, en la época en que aún pesaban los recuerdos del «ritmo de tortuga», no preveía para el año 1932 más que la colectivización del 12 por 100 de la superficie cultivada. La razón era evidente: el partido seguía compartiendo la opinión que Lenin manifestó en 1919: «El campesinado medio no entrará en nuestras filas en la sociedad comunista hasta que no hayamos aliviado y mejorado las condiciones económicas de su existencia. Si el día de mañana pudiésemos producir cien mil tractores de primera calidad, suministrarlos de gasolina y proveerlos de mecánicos (bien sabéis que se trata de una utopía), el campesino medio diría: «Estoy a favor de la Comuna». Mas, para que esto ocurra es preciso vencer primero a la burguesía internacional, hay que obligarla a que nos suministre esos tractores o, en lugar de esto elevar nuestra productividad laboral de forma que podamos fabricarlos nosotros mismos» [1].

A este respecto, la política de mantenimiento de la NEP a corto plazo no habría mejorado en nada la situación. Mientras que las necesidades de tractores para la agricultura se estiman por el propio Stalin en 250.000, el número de tractores utilizables en el campo soviético sólo llega a 7.000 a prin­cipios de 1929. Hacia el final de este mismo año, su número asciende a 30.000 lo que sigue siendo una cantidad ridícula [2]; a pesar de ello, Stalin promete 60.000 tractores en 1930, 100.000 en 1931 y 250.000 en 1932, en cuya fecha la colectivización sería ya por tanto realizable desde el aspecto técnico de la mecanización, a condición naturalmente que pudiesen suministrarse también gasolina, los medios de transporte y la energía eléctrica necesarias . Ahora bien, si en octubre de 1929, sólo un 4,1 por 100 de las familias campesinas están integradas en los koljoses, seis meses después, en marzo de 1930 lo estará un 58,1 por 100, pero la mayor parte de las explotaciones no cuenta con maquinaria ni con tractores.

Bastarían estos datos para confirmar la afirmación, recogida a menudo después de los historiadores oficiales, de que la colectivización había constituido un proceso previsto y organizado, una etapa de la construcción socialista posterior a la pura reconstrucción. En realidad, la colectivización apareció, en las condiciones en que fue realizada, como la consecuencia directa de la huida hacia adelante de los dirigentes ante la crisis del trigo que se había originado con el desarrollo de las contradicciones de clase en el campo. Las «medidas de urgencia» adoptadas al principio de 1928 permiten, inmediatamente, abastecer a las ciudades en la medida que los destacamentos enviados a las zonas rurales incautan los stocks de trigo acumulados por los kulaks. La aplicación del articulo 127 también permite, según la expresión de Stalin, «introducir la lucha de clases en el campo», asimismo autoriza al poder soviético para apoyarse en los campesinos pobres, directamente implicados en la lucha contra el kulak y el acaparamiento del trigo. No obstante, resulta evidente que tales medidas no pueden producir un efecto concreto, sino durante un período muy breve: la porción de grano recibida por las ciudades queda disminuida en la parte detraída en beneficio del campesino pobre ‑lo que explica que numerosos destacamentos de obreros comunistas hayan confiscado el grano deliberadamente sin aplicar el artículo 127‑ y tienen el efecto de disminuir considerablemente la producción ya que el kulak puede continuar la lucha disminuyendo la cantidad sembrada o cambiando de cultivo; de hecho, las encuestas llevadas a cabo en el otoño de 1927 revelan efectivamente una importante disminución de los sembrados.

Este es el dilema que refleja la política de Stalin entre febrero y julio de 1928. El alza de un 20 por 100 en el precio del trigo, en julio de 1928, demuestra que el Comité Central aún busca una solución a la crisis por medio de la conciliación y no de la eliminación del kulak. Pero no se pueden «cazar moscas con vinagre»: mientras siga siendo el principal productor de trigo, el kulak seguirá teniendo la iniciativa y sobre todo seguirá siendo aquel de quien todo depende, puesto que en 1928, a pesar de ciertas restricciones, tiene derecho a alquilar las tierras y a contratar mano de obra asalariada. La solución que consistiría en apoyarse contra él, en el campesino pobre y, siempre que ello fuera posible, en el campesino medio, señala la única forma de posible debilitamiento de la hegemonía del kulak en la aldea: su yugo es tanto más pesado cuanto que a la vez es patrón y usurero. En consecuencia, existe una fuerte tentación de apoyarse en los campesinos pobres y medios: no obstante, en el cuadro diseñado por la NEP, esta es una solución puramente política ya que los dieciocho millones de campesinos medios no pueden colmar con su propia producción el déficit creado en el país por el sabotaje de los kulaks.

No obstante, ésta es la solución que prevalece durante la segunda mitad del año 1929. Sin embargo, dada la fase en que se encuentra el desarrollo de la producción de las tierras de los campesinos pobres y medios, no es una operación rentable desde el punto de vista técnico: la colectivización carece de todo sentido cuando se refiere a cinco millones de campesinos que siguen trabajando la tierra con arado y útiles de madera. Además todavía no permite abastecer a las ciudades, mientras el kulak sigue siendo el dueño de la tierra que suministra la mayor parte dela producción comercializable. De esta forma, inevitablemente se llega a la «eliminación del kulak»: los bienes del kulak, tierras y material, son confiscados y transferido al koljos. Tanto él como su familia son excluidos del koljos, pues se teme que trate de..recuperar allí su influencia. En lo sucesivo, al ser cultivadas las tierras del kulak por el koljosiano, puede esperarse, basándose en simples cifras, que la producción seguirá siendo la mismo con este cambio en el modo de explotación quedando de esta forma asegurado el abastecimiento a corto plazo. De hecho, la colectivización se desarrolla de forma menos esquemática y sobre todo menos lineal. Provoca un entusiasmo indudable entre las capas más pobres de los campesinos que de esta forma se ven obligados a reemprender, en una forma original, la secular lucha por la tierra de aquel al que consideran como un explotador; en este sentido ha podido hablarse de aquella etapa como de un verdadero «Octubre campesino». También sirve a la movilización de una serie de jóvenes capas obreras que parten al «frente» campesino con la esperanza de acceder a un mundo nuevo, de vencer al desgraciado pasado del usurero y del individualismo rural y de construir un mañana de producción colectiva e igualitaria. No obstante, el campesino ruso ‑como todos los campesinos del mundo‑ no cree más que en aquello que se presenta ante sus ojos. Lenin estaba en lo cierto cuando suponía que la llegada al campo de tractores, mecánicos y material de todo tipo, solidarizaría al campesino con el sistema colectivista, sin embargo, aún sería necesario que se diese cuenta, con sus propios ojos, de la superioridad del sistema y de la realidad de las promesas. No obstante, el poder no tiene tractores que puedan ser enviados y el koljos no puede esperar más tiempo su constitución. El campesino medio no está convencido, la única solución parece ser la fuerza.

El régimen emprende este camino tanto más fácilmente cuanto la pirámide burocrática del aparato da instrucciones que son verdaderas órdenes y cuya no ejecución amenaza con hacer caer sobre el responsable subalterno la acusación de «falta de confianza», «desviación derechista» e incluso la de «sabotaje» o de «traición favorable al kulak». Para algunos lo esencial ‑en palabras del propio Stalin‑ es adoptar «una enorme cantidad de resoluciones jactanciosas», perseguir un elevado porcentaje de colectivización», con el «celo administrativo» propio de un espíritu de burócrata [3]. De esta forma, la colectivización se desarrolla en una atmósfera de violencia, absurda desde el momento en que muchos pueblos cierran filas en torno a los kulaks debiendo ser tomados por asalto, y dado que cada organización, conforme al plan establecido, debe aislar un número determinado de kulaks, parte de los cuales deben ser detenidos inmediatamente, mientras que los restantes deben ser concentrados para ser deportados posteriormente.

Al menos diez millones de personas son así apartadas de sus hogares en calidad de «kulaks» y «contra‑revolucionarios», siendo posteriormente agrupados por la GPU en distintos centros y enviados a Siberia en donde habrán de constituir los primeros destacamentos de trabajos forzados. Al ser la forma de colectivización prevista el llamado artel, caracterizado por la puesta en común de las tierras e instrumentos de trabajo, y por los responsables activos que se le asignan ‑quintaesencia del aparato puesto que para este cometido se escoge en cada radio una terna integrada por el primer secretario del partido, el presidente del ejecutivo de los soviets y el jefe de la GPU‑, que han recibido la orden de colectivizar «cuanto antes», contando con quince días para entregar el inventario completo de las propiedades de los kulaks de su circunscripción, «colectivizan» igualmente las viviendas, el ganado y las aves. Los informes de la GPU de Smolensk citan una serie de casos precisos en que los kulaks, los campesinos medios considerados como kulaks e incluso los campesinos pobres y los miembros de sus familias, han sido despojados de sus zapatos, de sus prendas de vestir e incluso de su ropa interior; también se refiere otro caso en el que se llegaron a «colectivizar» las gafas. Un informe fechado en 28 de febrero señala que la «deskulakización» se materia­liza en expropiaciones y rapiñas en gran escala: «Comamos y bebamos, todo es nuestro», parece ser la consigna de algunas brigadas [4]. Víctor Serge cita el caso de algunas regiones cuya población, considerada «kulak» en su totalidad, es deportada en masa: las mujeres de una aldea del Kubán serán embarcadas desnudas en vagones de ganado por haber pensado éstas que nadie se atrevería a hacerlas salir de esta guisa [5].

Antes de la llegada de los hombres de la GPU, los campesinos ‑los kulaks por supuesto, pero los otros también- queman los muebles, las granjas, las isbas, degüellan al ganado y, cuando pueden, eliminan también a los comunistas. El 2 de marzo de 1930, en un artículo de Pravda titulado «El vértigo del éxito», Stalin denuncia parte de estos excesos que «no aprovechan, sino a los enemigos» y «comprometen la alianza con las masas», y cuya responsabilidad arroja entera y exclusivamente sobre los ejecutores y sus abusos de celo.

Un veterano comunista ruso refiere así la colectivización en un pueblo: «Cuando nos hablaron de colectivización la idea me gustó; así ocurrió con otras gentes del pueblo, hombres que como yo habían trabajado en la ciudad y servido en el Ejército Rojo. El resto del pueblo permanecía decididamente hostil: ni siquiera me escucharon. Mis amigos y yo decidimos entonces poner en marcha una pequeña granja cooperativa colectivizando tierras y aperos. Ya conocéis a nuestros campesinos, de nada sirve hablarles con planos o figuras, es preciso ofrecerles resultados que puedan convencerles. Sabíamos que si lográbamos demostrarles que ahora conseguíamos un beneficio mayor que antes eso les gustaría y que seguirían nuestro ejemplo, (...) Un día llegó del comité de Klin la orden de ingresar cien familias más en nuestro koljos. Habíamos llegado a albergar hasta una docena. Verdaderamente no era fácil... No había forma de acoger ni una familia más. Fui a Klin a explicar la situación al partido. Les pedí que nos dejasen seguir como antes prometiéndoles que en tal caso, todo el pueblo estaría integrado en el koljos en el plazo de un año. No me escuchaban, tenían listas, largas listas, que decían cuántos koljoses y cuántos miembros de ellos debían figurar en sus informes. Eso era todo. Me dijeron que estaba saboteando la colectivización y que si no hacía lo que se me orde­naba sería expulsado del partido. Sabía que no podía atraer a nadie salvo llevando a cabo lo que había oído que los otros hacían, forzando a la gente Convoqué entonces, una asamblea en el pueblo y les dije a todos que debían unirse al koljos, que esas eran las órdenes de Moscú y que si no lo hacían serían deportados y sus propiedades serían confiscadas. Esa misma tarde firmaron todos, (...) y durante la noche empezaron a hacer lo que hacían todos los campesinos de la U.R.S.S. cuando se veían obligados a entrar en los koljoses: sacrificar su ganado (...) Tomé, pues, la lista de los nuevos miembros, la llevé al comité de Klin y, en esta ocasión, se mostraron muy satisfechos conmigo. Cuando les hablé del sacrificio del ganado y les conté que los campesinos se sentían como si estuviesen en la cárcel no les interesó en absoluto. Ya tenían su lista y podían enviarla a Moscú: esto era todo lo que les preocupaba. Yo no podía censurarles por ello, tenían órdenes, como yo» [6].

La crisis es tan grave ‑en todas partes se producen enfrentamientos, las reservas de víveres se han agotado‑ que el artículo de Stalin, editado en forma de panfleto, será difundido en 19 millones de ejemplares; además, un cierto número de responsables locales de la GPU será fusilado para dar ejemplo. El decreto del 15 de marzo autoriza a los campesinos a abandonar el koljos; la respuesta es inmediata: la mayoría de los campesinos se van durante las siguientes semanas. En junio de 1930, sólo un 23,6 por 100 de las familias campesinas está integrado en los koljoses en lugar del 58,1 por 100 de tres meses antes. En la región de las tierras negras ucranianas, donde el 28 por 100 de los campesinos había ingresado en los koljoses durante el mes de marzo, sólo queda un 18 por 100 en mayo. Este retroceso es sólo temporal: los medios de presión han sido revisados, el koljosiano se beneficia de una total exención de impuestos, de la concesión de créditos y de toda una serie de promesas mientras el campesino independiente es gravado intensamente. Tras el desastre de principios del año 1930, ya no cuenta con medios para resistir y muy a menudo ya no tiene nada que salvar; en consecuencia, cede, adaptando su resistencia a las nuevas condiciones. En pleno 1931, el 51,7 por 100 de los hogares campesinos se encuentra en los koljoses, en 1932 la proporción pasa al 61,5 por 100; 25 millones de pequeñas explotaciones han cedido su lugar a 240.000 koljoses y 4.000 sovjoses.

Las pérdidas son incalculables; las estadísticas oficiales confiesan que, entre 1929 y 1934, han desaparecido el 55 por 100 de las caballerías (19 millones de cabezas), el 40 por 100 de los bovinos (11 millones) el 55 por 100 de los cerdos y el 66 por 100 de las ovejas. Las pérdidas humanas no constan. A esta trágica aventura se añade una segunda, la que consiste en encuadrar técnicamente a los 25 millones de familias campesinas que han sido colectivizadas con estos procedimientos. Mientras que en 1930, en las condiciones ya conocidas, la cosecha había ascendido a 835 millones de quintales de cerea­les, en 1931, es solamente de 700.

En su informe sobre el primer plan quinquenal, Stalin afirma que la cantidad de trigo almacenada por el mercado se ha duplicado desde 1927. Ello se debe fundamentalmente al hecho de que el Gobierno obliga a los campesinos a firmar unos «contratos» draconianos cuya gestión se halla también en manos de los funcionarios locales ansiosos de «resultados»: se trata de garantizar al mismo tiempo el avituallamiento mínimo de las ciudades y las exportaciones de trigo que financian parcialmente la industrialización. Las zonas rurales padecen en 1932‑33 una terrible ola de hambre: las estimaciones del número de campesinos muertos de hambre oscilan entre uno y varios millones. La represión es dura, se aplica la pena de muerte a los ladrones de cereales. Una nueva ola de detenciones en el campo será detenida el día 8 de mayo de 1933 por una circular secreta de Stalin y Mólotov en la que se habla de «saturnales de detenciones» y se fijan para algunas regiones, los porcentajes máximos de deportación [7]. En las ciudades se instaura el racionamiento; sin embargo la cartilla no siempre permite conseguir pan. En la primavera de 1932, el secretario regional de Smolensk notifica a las organizaciones subordinadas a él que ya no será posible asegurar el suministro de las raciones de los miembros de las células fabriles y del Ejército Rojo que hasta entonces se habían repartido contra viento y marea. En el mes de julio, con cartilla o sin ella, el pan desaparece por completo; un informe de la GPU cita el caso de una enfermera que gana 40 rublos mensuales y que consigue pan a más de 3 rublos el kilo [8].

 

 

La industrialización

 

La industrialización a ultranza constituye el segundo hecho decisivo del «gran viraje». Los datos han sido citados en repetidas ocasiones y el balance resulta impresionante. Jean Bru­hat escribe: «En la industria, el número de obreros ha aumentado (11.599.000 en 1928 y 22.962.800 en 1932). Los antiguos centros han sido reorganizados y se han creado otros nuevos (Dnieprostroi, Stalinsk). El Ural y el Kuznetzsk han comenzado a ser explotados. La producción de carbón y de hierro se ha duplicado, la potencia de las centrales eléctricas se ha quintuplicado y se han sentado las bases de la industria química (superfosfatos: en 1928, 182.000 toneladas; en 1932, 612.000). Se han abierto nuevas vías de comunicación (como el canal de Stalin que une a Moscú con el mar Blanco y el turk‑sib terminado a principios de 1930) [9]. La U.R.S.S. se transforma en un país industrial: el hecho es tanto más chocante cuanto, en los mismos años, de resultas de la crisis mun­dial, la economía capitalista comienza a declinar. Mientras la producción industrial de los Estados Unidos disminuye en un 25 por 100 y el Japón, no obstante encontrarse en plena fase de rearme, no consigue aumentar la suya mas que en un 40 por 100, el producto industrial de la U.R.S.S. aumenta en un 250 Por 100. Trotsky ha glosado «el hecho indestructible de que sólo la revolución proletaria ha permitido que un país atrasado obtenga, en menos de veinte años, resultados sin precedentes en la Historia (...) el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no ya en las páginas de El Capital sino en una arena económica que cubre la sexta parte del mundo» [10].

Sin embargo una vez más, nada parecía haber sido previsto. El XV Congreso celebrado en diciembre de 1927, todavía subrayaba «el peligro consistente en comprometer demasiado capital en la gran edificación industrial. El plan adoptado preveía un aumento anual decreciente desde un 9 por 100 a un 4 por 100 en cinco años, y el Politburó, un año después corregía esta previsión para fijar una tasa de crecimiento anual del 9 por 100. Las tasas de 15 a 18 por 100 propuestas, con muchas reservas, por la oposición, eran simultáneamente condenadas como meras especulaciones y como expresión de una objetiva voluntad de sabotaje. De hecho, aquí también se impuso la necesidad: tras haberse negado a preparar la aceleración de la industrialización simultánea­mente con la lucha para disminuir la influencia del kulak, la dirección del partido se veía arrastrada a la colectivización por su necesidad de abastecer a las ciudades mientras que el paso de la colectivización a la industrialización se debía a un imperioso instinto de conservación. Para mejorar la catastrófica situación de la agricultura era preciso fabricar trac­tores, máquinas, producir gasolina y abonos. Era necesario fabricar máquinas‑herramientas y, para ello, extraer carbón,  producir acero y hierro colado y, como dice Stalin, «crear (...) una industria capaz de reequipar y reorganizar, no solamente la industria en su totalidad, sino también los transportes y la agricultura» [11].

No obstante no es ésta la menor de las contradicciones de la U.R.S.S. bajo Stalin: la super‑industrialización propuesta por la oposición, había sido descartada por el aparato dirigente por ser realizable únicamente a expensas de la explotación y el despojo del campesinado. Resulta empero, que tal explotación y pillaje, realizados con el apelativo de colectivización, son los factores que obligan a recurrir a ellos en las mas ínfimas condiciones, en plena etapa de caos económico y trastornos sociales. Ya que, como en los tiempos del comunismo de guerra, la guerra civil que se desarrolla en el campo perturba el funcionamiento normal de la industria. No sólo las materias primas no llegan de forma regular a las factorías, sino que, además, el mercado de tipo capitalista que constituía la base de la NEP y servía de motor al edificio económico desde 1921, queda suprimido de un plumazo. Los obreros que poseen una pequeña parcela de tierra en el campo ‑el 30 por 100 de los mineros según Trud, el órgano de los sindicatos- abandonan la ciudad y su puesto de trabajo para no ser expropiados. En general, el racionamiento, la desnutrición y las catastróficas condiciones de vida provocadas por la crisis de la agricultura, influyen sobre la estabilidad de la mano de obra y sobre rendimiento y la calidad de la fabricación. La colectivización, en opinión de los marxistas, exigía como condición previa la industrialización. La inversión de este proceso condena al régimen a una industrialización forzada en las peores condiciones. El hecho de que, a pesar de todo, tras el callejón sin salida en el que los sucesivos zig‑zags de su dirección hablan introducido al partido,  la industrialización haya ofrecido los resultados previstos, prueba inequívocamentee que Preobrazhensky tenía razón al menos cuando afirmaba que el sistema económico en conjunto, la nacionalización de los instrumentos de crédito y de los medios de producción e intercambio y el monopolio del comercio exterior, constituían en si mismos un decisivo elemento de progreso, susceptible de imponerse, a pesar de los errores y de la acción negativa de dirigentes y responsables.

En realidad, como se ha venido señalando en numerosas ocasiones, el esquema de Preobrazhensky fue precisamente el que pareció imponerse en la concepción estaliniana de la planificación y de la construcción socialista. No obstante, entre ésta y la tesis del economista y técnico de la oposición,        existe la diferencia de que Preobrazhensky, consciente de las contradicciones creadas por el desarrollo industrial, había considerado el libre juego de la democracia interna, el normal funcionamiento de los sindicatos y el derecho de huelga, así como la democracia dentro del partido, como medios para     corregir las implicaciones sociales de la «dura ley del bronce de la acumulación socialista originaria». En contraposición a esta tesis, la industrialización de la era estaliniana se lleva a cabo dentro de la máxima atención ejercida por el Estado en favor del libre juego de la ley de acumulación, para reducir todas las contradicciones, y, particularmente, aquellas que nacen de las necesidades materiales y culturales de los trabajadores. Por una curiosa inversión de los términos, los teóricos de la industrialización estalinista, caracterizada por el sometimiento máximo de los hombres a las leyes económicas          de la sociedad de transición, son los mismos que afirman la función «teleológica», incluso voluntarista de la economía. Uno de ellos, Strumilin es el autor de una fórmula, popularizada por Stalin, en la que afirma: «Nuestra tarea no es estudiar la economía sino transformarla. No estamos atados por ninguna ley. No hay fortaleza que los bolcheviques no puedan tomar. La cuestión de las tasas de crecimiento depende de los seres humanos» [12].

Dos juicios importantes servirán para fijar las posiciones de los comunistas que habían condenado el ritmo demasiado alto de industrialización: junto al historiador menchevique Sujánov y al viejo marxólogo Riazánov son condenados, en el «proceso de los mencheviques» de marzo de 1931, todos aquellos que piensen que «no todo es posible ni siquiera cuando el Comité Central lo quiere». Este acontecimiento sirve igualmente de aviso a los escasos técnicos de origen burgués: de hecho, las principales realizaciones técnicas de esta época han sido llevadas a cabo bajo la dirección de ingenieros extranjeros, como el americano Hugh L. Cooper en el Niágara, los ingenieros de Austin y Henry Ford en la fábrica de automóviles de Nijni‑Novgorod y el americano Clader en la fábrica de tractores de Stalingrado.

 

 

La condición obrera

 

La primera característica económica de la política de industrialización es el retorno a una política financiera de inflación. Desde los 1,7 mil millones de rublos de principios de 1928 la suma total de los billetes en circulación aumenta hasta dos mil millones en. 1929, a 2,8 mil millones en 1930 a 4,3 mil millones en 1931, a 5,5 mil millones en 1932, a 8,4 mil millones en 1933 y vuelve a bajar a 7,7 en 1934 para ascender de nuevo a 7,9 mil millones en 1935: el rublo en este año sólo alcanza la cuarta parte de su valor de 1924, en la Bolsa de Paris. Para colmar los enormes déficits presupuestarios provocados por los gastos de la industrialización -cinco mil millones de rublos en 1.929&##8209;1930 frente a los mil millones del bienio 1926‑27 y los 85.000 millones de rublos de inversión total previstos en el primer plan quinquenal‑ la inflación, como había previsto Preobrazhensky, detrae de hecho un gravoso impuesto     sobre el trabajo de los obreros y campesinos, pero también, como había anunciado Bujarin, al sustituir los valores ficticios por valores reales, priva a la planificación de cualquier tipo de contabilidad exacta al mismo tiempo que da la impresión de que el «manejo del rublo» es el único medio de que se dispone para dirigir la economía.

La «ley del bronce de la acumulación socialista originaria», dentro del ámbito del poder absoluto del aparato y de la dictadura del Secretario General, se traduce por tanto en una baja de salarios reales que se puede cifrar en un 40 por 100. No obstante, las necesidades de la industrialización a marchas forzadas implican igualmente una lucha contra la nivelación de los salarios que habla prevalecido hasta 1927 a través de todos los avatares y cuyo último defensor oficial habla sido Tomsky desde los sindicatos. En su conferencia del día 4 de febrero de 1931, Stalin traza las nuevas directivas para los dirigentes de la industria: «En una serie de empresas las tasas de salarios están fijados de forma tal, que casi desaparece la diferencia entre el trabajo cualificado y el no‑cualificado, entre el trabajo penoso y el fácil (...) No se puede tolerar que un especialista de la siderurgia perciba el mismo salario que un barrendero. No se puede tolerar que un mecánico de ferrocarril gane lo mismo que un copista» [13].

Un reglamento del 20 de septiembre del mismo año eleva a ocho, en lugar de siete, las categorías de los obreros de la industria, y aumenta el coeficiente de jerarquización desde 2,8 a 3,7. El discurso de Stalin del 23 de junio de 1931, rehabilita a la «intelligentsia» y a los cuadros técnicos. En 1932 se generaliza la práctica de un salario a destajo con una prima progresiva para aquellos que sobrepasen las medias previstas. En 1933, el 75 por 100 de los obreros son pagados a destajo; allí donde no puede aplicarse este sistema, una serie de primas, administradas por los capataces, desempeñan el papel de suplementos progresivos. Según Maurice Dobb, por estas fechas el 20 por 100 de los asalariados reciben, el 40,3 por 100 del total de salarios [14]. En principio la gama cubre desde un 1 a un 3,13, mas las primas ofrecidas a los trabajadores de primera fila pueden representar salarios tres o cuatro veces superiores al máximo percibido por los obreros especializados corrientes. El «movimiento Stajanov» de los héroes del trabajo, está orientado a aumentar el rendimiento mediante la «emulación socialista» y la superación de los récords productivos, se refleja en una nueva diferenciación de los salarios. El informe elevado por Kuíbysliev a la comisión del plan en enero de 15,135, indica que el salario medio asciende a 149 rublos y 3 kopeks mensuales. No obstante, muchas mujeres ganan de 70 a 90 rublos, los peones perciben entre 100 y 120, los especialistas entre 150 y 200, los profesionales de 250 a 400 rublos, los salarios de los stajanovistas varían entre 500 y 2.000 rublos. Los sueldos de los ingenieros oscilan entre 400 y 800 rublos y los de los altos funcionarios o administradores entre 5.000 y 10.000. Los especialistas más privilegiados pueden ganar entre ochenta y cien veces más que un peón. Por estas fechas, el precio de la carne de vaca es de 6 a 8 rublos el kilo, el cerdo cuesta entre 9 y 12 rublos, la mantequilla oscila entre 14 y 18 y el café entre 40 y 50. La inmensa mayoría de los trabajadores se ve así obligada a trabajar a un ritmo que se acelera continuamente (ya que los récords de producción de los stajanovistas, realizados en condiciones óptimas, sirven de pretexto para aumentar los baremos de productividad exigidos) contentándose con un salario muy bajo. Simultáneamente, empieza a desgajarse de la masa una aristocracia obre­ra que ostenta una posición privilegiada por los salarios que percibe y por la consideración de que disfruta.

Al mismo tiempo, la ley se hace extremadamente rigurosa para el ámbito de lo que se conoce como «disciplina del trabajo». El Código del Trabajo de 1922 prescribía en el caso de          rescisión del contrato de trabajo, una notificación anticipada     de siete días para los sueldos mensuales o bimensuales y de veinticuatro horas en el caso de los salarios pagados por semanas. Un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo del 6 de septiembre de 1930, equipara la rescisión a una ruptura unilateral, es decir una infracción de la disciplina. Una circular del día 23 de septiembre castiga al infractor con el retiro       definitivo de todo seguro de paro y, en caso de reincidencia, con la retención de la cartilla de racionamiento. Un cierto        número de nuevos decretos, en el mes de diciembre, prohíbe la concesión de cualquier tipo de trabajo a los «perturbadores» obreros que hayan abandonado la empresa en la que trabajan sin notificación previa y a los que hayan rescindido un contrato más de una vez en doce meses o hayan sido despedidos por «ausencia injustificada». A este concepto de «ausencia injustificada» se le dará un sentido cada vez más amplio. Según el Código de Trabajo, ésta se producía en el caso de ausencia no justificada, de tres días consecutivos o bien de seis días en total durante un mes. Un decreto del día 15 de noviembre de 1932, obliga al director a despedir a un obrero por un solo día de ausencia no justificada, con retirada accesoria de la cartilla de racionamiento y expulsión de la vivienda si ésta pertenece a la empresa; una circular de aplicación del decreto con fecha de 26 de noviembre precisa además que la expulsión de la familia del responsable debe llevarse a cabo incluso cuando no exista la posibilidad de ser instalada en otra parte, «en cualquier época del año» y «sin provisión alguna de medios de transporte». Por su parte, la ley del 27 de junio de 1933 extiende la expulsión de la vivienda ocupada a cualquier obrero delincuente que ocupe una casa propiedad de cualquier tipo de cooperativa de construcción o de vivienda diferente de la empresa en la que trabaja.

Sólo le faltaba a este cuadro de normas la creación de la carta obligatoria de trabajo que ya había sido propuesta en distintas ocasiones. Por fin, se decide su institución con un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo y del Ejecutivo de los Soviets fechado el 27 de diciembre de 1932: en primer lugar, su obligatoriedad se refiere a las «personas que no participan en la producción», pero se extiende posteriormente a todos los asalariados que en lo sucesivo quedan obligados a presentarla en el momento de la contratación. Por su parte, la dirección de la empresa debe consignar en ella todas las faltas cometidas por el titular y las sanciones adoptadas contra él. No da derecho a residir más que en la localidad en que ha sido extendida. La comisión que la otorga puede también denegar su concesión, es decir oponerse a cualquier tipo de desplazamiento. Al producirse en un momento en el que la dirección de la fábrica dispone de poderes prácticamente ilimitados para sancionar las ausencias y en el que las raciones alimenticias son pagadas en especie, como parte del salario, la institución de la carta de trabajo remata el proceso de encadenamiento del obrero a la empresa, sometiéndole a una estructura administrativa que, a su vez, se ve estrechamente vinculada al aparato del partido. La sujeción es tan fuerte que, en 1935, se niega a los sindicatos sometidos también a un intenso control, el derecho. de discusión de las normas de trabajo fijadas por las direcciones de las empresas [15].

 

 

El partido ante el gran viraje

 

Naturalmente, resulta difícil saber cuales fueron las reacciones de los miembros del partido ante una línea política en cuya elaboración no habían participado, pero que todos ellos estaban obligados a defender pública o privadamente. Muchos oposicionistas guardan silencio sin duda por prudencia. No se manifiesta ninguna discrepancia públicamente y por ello resulta imprescindible recurrir al testimonio único que constituyen los archivos de Smolensk para recobrar la huella de las corrientes de opinión divergentes expresadas en las células o ante las Comisiones de Control, en particular cuando se inició, tras la XVI Conferencia del partido celebrada en abril de 1929, la sistemática depuración de los desviacionistas de derecha. En la región rural y primitiva de Smolensk, donde la industrialización apenas si ha comenzado, los documentos disponibles traducen una verdadera oposición por parte de los militantes, exponente indudable de un descontento aún mayor en el conjunto de la estructura social.

Las propias células de fábrica reflejan efectivamente el descontento reinante en el campo. En una fábrica de Duminit­chy, un responsable sindical, organizador de los obreros agrícolas, ha constituido en el partido un grupo clandestino de catorce miembros cuyo programa está basado en «la defensa de los campesinos» [16]. Un comunista que trabaja como obrero en una fábrica de Liudinovsk, parece haber afirmado estar de acuerdo con Bujarin: «No hay que acelerar la colectivización, lo que hay que hacer es dejar medrar al kulak para quitarle después sus excedentes de cereales» [17]. Otros se lamentan de que los koljoses y los sovjoses no producen apenas, pero cuestan mucho, reclamando simultáneamente la libertad de mercado. La Comisión de Control explica: «Un numero importante de obreros y campesinos que poseen explotaciones de tipo kulak en el campo, están introduciendo en la industria una mentalidad pequeño‑burguesa y kulak» [18]. Los signos de malestar son más numerosos aun en las células rurales. La comisión afirma que «en muchos casos los comunistas no participan en la construcción de los koljoses y que los miembros del partido adoptan a veces una aptitud negativa» [19]. En Dubrovsk algunos miembros del partido opinan que resulta prematuro crear koljoses pues nada ha sido preparado: se encuentran a la expectativa de la actitud que adopten los campesinos. Otros dicen que los koljoses no son más que «batallones disciplinarios». En el pueblo de Zolyi, los campesinos pobres han creado un koljos en el que no ha ingresado ningún comunista y al que el secretario de la célula local ha negado su apoyo. Un campesino comunista ha respondido a la Comisión de Control que «sin el partido todo marcharía mucho mejor» [20]. Naturalmente, la Comisión deduce que los comunistas de las zonas rurales «sufren la influencia de elementos kulaks y pequeño‑burgueses deslizándose con frecuencia hacia las posiciones de los desviacionistas de derecha» [21].

La depuración pone en evidencia en las células fabriles, vigorosas secuelas de la oposición conjunta. Un obrero de una fábrica textil de Smolensk, vinculado con anterioridad a. la oposición, ha protestado contra el exilio de Trotsky, afirmando: «No siempre puede creerse lo que dice la prensa del partido» [22]. Un ferroviario de Smolensk ataca insisten­temente la teoría de la construcción del socialismo en un solo país [23]. El obrero Parfenov, etiquetado como «trotskista» por los autores del informe, dice que la «condición obrera empeora; los obreros viven en condiciones miserables mientras que sus «superiores» disfrutan de pisos confortables; todas las dificultades provienen de una política incorrecta». La Comisión añade que «durante la encuesta, Parfenov era apoyado por los otros obreros que decían: «Parfenov tiene razón». Como era de esperar todos estos obreros son expul­sados [24].

La depuración de 1929‑30 en la región de Smolensk afectará a 4.804 miembros del partido, un 13 por 100 del total, del cual el 17,6 por 100 está compuesto por campesinos y el 11,4 por 100 por obreros fabriles. Las células rurales sufren la represión más intensamente que las células obreras mientras que las células administrativas apenas. son afectadas. Resulta difícil saber si ésta ha sido la proporción extendida al conjunto del país. Sin embargo, resulta indudable que los archivos de Smolensk dan una idea bastante clara de la forma en que se exteriorizó la resistencia de los campesinos y obreros rusos en el seno del partido y asimismo de la presión a la que este se vio sometido por parte del aparato.

 

 

La repercusión social del gran viraje

 

La colocación de semejante argolla en torno al cuello de la clase obrera ha servido naturalmente como argumento contundente a los adalides de las tesis liberales para afirmar que las realizaciones económicas del régimen no podían explicarse más que como forzosa consecuencia una coacción tan feroz como inhumana, de un sistema totalitario cuyos medios de presión solo eran comparables a los utilizados por los faraones que también lograron levantar inmensas pirámides. Jean Bruhat, tímido defensor del estalinismo recientemente desestalinizado, consigue expresar parte de la verdad al apuntar que la mayoría de los obreros fabriles, recién llegados del campo, «experimentaba ciertas dificultades al adaptarse a la disciplina de la fábrica, es decir a un ritmo de trabajo que no permite negligencias ni fantasías»; sin duda ello puede justificar ciertas prácticas coactivas, que por otra parte no menciona, limitándose a citar el deterioro sufrido por las máquinas en «sus manos inexpertas» y las «sistemáticas campañas emprendidas contra el despilfarro» [25]. Esta era la consecuencia casi inevitable de la voluntad de construir en el más breve plazo posible, una industria moderna con obreros cuya instrucción, estado de ánimo, cultura y capacidad técnicas arrastraban siglos de retraso; resultado también de la teoría del «socialismo en un solo país», de la victoria revolucionaria conseguida en un país atrasado y del fracaso exterior que la condenaba al aislamiento. El drama estribaba menos en la propia coacción que en el hecho de proyectarse ésta sobre millones de hombres para los cuales constituía una norma de vida social inmemorial y a los que apenas había llegado durante su primera infancia el ardiente aliento de Octubre.

No obstante, los comentaristas sistemáticamente anticomunistas se condenan a no comprender en absoluto la pro­fundidad de tales transformaciones económicas y de sus repercusiones sociales a largo plazo ‑con independencia incluso de la propia política de los dirigentes‑ si se limitan a explicarlas por un sistema perfeccionado de pura coacción. Sin temor a la acusación de fabricar paradojas, puede afirmarse que la propia creación de una aristocracia obrera privilegiada constituía un elemento de progreso por las posibilidades de desarrollo cultural que proporcionaba a una minoría cuya aparición, de momento, es decir durante un lapso de varios años, contribuía sin lugar a dudas a dividir al proletariado, pero constituía igualmente un catalizador, naturalmente exiguo, mas enormemente nuevo de actividad y, en definitiva, de conciencia.

Es indudable que tanto la industrialización como la colectivización han ejercido sobre las capas más educadas y progresivas del proletariado y fundamentalmente sobre la joven generación obrera, un fascinante atractivo. Para los miembros del Komsomol que se prestaban voluntariamente a construir koljoses o a sentar las bases de los grandes complejos industriales del Este se trataba de un exaltante aspecto de la lucha para dominar la naturaleza y transformar el mundo, era una prolongación del combate de sus mayores llevada esta vez al terreno concreto de la fabricación de fundición, acero y cemento, de toda una serie de instrumentos de dominio de la naturaleza, suponía un aspecto más del empeño revolucionario cuyo objeto es vencer a las fuerzas hostiles, a lo desconocida, a la ignorancia y a la miseria que mantienen subyugado al hombre para domesticarles mediante la ciencia, la técnica y la máquina. En este sentido, las invitaciones de Stalin a despreciar la «palabrería» y los «chismes» encaminándose decididamente hacia el frente de la edificación» serán bien asimiladas por una vanguardia cuya imaginación y entusiasmo creador se ven inflamados por ellas. La necesidad de abnegación y espíritu de sacrificio, la generosidad y los sueños de la vanguardia obrera de 1917, vuelven a resucitar entre todos los pioneros de la de la construcción socialista ‑incluso entre los miembros jóvenes de la GPU que aceptan su ingrata misión‑; todos ellos parecen unirse para sentar las bases de una sociedad más humana y más fraternal.

Los miembros más conscientes de esta falange, los comunistas de la guerra civil a los que las necesidades y albures de sus destinos han mantenido al margen del aparato y de las luchas internas, también participan de este sentimiento general si bien tal vez lo hacen con mayor lucidez critica. Barmine resume su psicología con las siguientes palabras: «La mano de Stalin gobernaba con dureza. La limitada inteligencia de Stalin costaba cara. Sus métodos autoritarios también. Pero, a pesar de una serie de dificultades que aparentemente resultaban insuperables, a pesar de que cada nueva primavera pareciese conmover los cimientos del régimen, la energía implacable de Stalin suministraba a la U.R.S.S. un nuevo equipo industrial. Tras unos años más de sacrificios los resultados de aquel esfuerzo colosal, a. veces inhumano, se materializarían en un acrecentamiento del bienestar y la riqueza. En nuestra adhesión a Stalin existía pues, a pesar, de todo, un firme entusiasmo del que a veces llegaban a participar los elementos oposicionistas» [26]. Trotsky confiere idéntico sentido a su análisis sobre este período concluyendo que la burocracia sólo ha podido vencer «gracias al apoyo del proletariado», pero que esta victoria «no podía aumentar el peso específico del proleta­riado» [27]. Una vez más, los socialistas habrían de enfrentarse al problema. de distinguir lo que se hacía del cómo se hacía.

El año 1929, primero del gran viraje, determina también el comienzo del crecimiento de la GPU. Ésta, que ha nacido de la extensión de la checa, especializada en la represión de las acciones contrarrevolucionarias y en la vigilancia de las fronteras, al conjunto de la Unión Soviética, cuenta con sus propios destacamentos militares, con el derecho de registro y detención y con el de conservar a los detenidos durante un máximo de tres meses. No obstante, hasta 1929, su papel es bastante limitado, a pesar de su creciente intervención en la vida interna del partido. Durante el periodo de la NEP su campo de acción apenas sobrepasa la vigilancia de las antiguas oposiciones, reducidas en número. Sin embargo, a partir de los años 30 todo cambia pues la lucha contra la derecha convierte a todos los elementos independientes de tipo capi­talista en contrarrevolucionarios en potencia. La GPU debe vigilar a los nepistas y a los centenares de miles de pequeñas empresas industriales y comerciales cuya liquidación definitiva se está gestando. Pero fundamentalmente debe en­frentarse a la ingente tarea de dirección práctica de la llamada «deskulakización».

A partir del final de 1929. las circulares del secretariado anuncian un reclutamiento masivo de militantes comunistas por. parte de la policía secreta y encargan a las autoridades regionales y locales la búsqueda de voluntarios aptos para este tipo de trabajo [28]. En consecuencia, sus efectivos van a crecer desmesuradamente al mismo tiempo. que su poderío económico puesto que a su cargo se encuentra el destino de los millones de kulaks, o seudo‑kulaks que han sido deportados junto con sus familias y que son utilizados en trabajos de infraestructura para las grandes obras que, de esta forma, pasan a depender igualmente de ella. La transición al terreno económico del «frente» de. la lucha provoca la ampliación de su campo de acción: la GPU vigila y «aísla» a los contrarrevolucionarios de la industria, desde el ingeniero «saboteador» hasta el obrero «perturbador», incluyendo al administrador liberal que tolera que «se relaje la disciplina»; son también funcionarios de la GPU los que deciden la concesión o denegación de las cartas de trabajo, contribuyendo intensamente la red de la policía. secreta, paralelamente a la estructura del partido (con la que por otra parte suele chocar), a estrechar el cerco en el que toda la sociedad parece verse aprisionada, y ello tanto más cuanto es el Secretario General del partido quien la controla por sí mismo, directamente.

La jurisdicción militar excepcional que se otorga al «tribunal» de la GPU se convierte en un medio para aniquilar a las diferentes oposiciones sin darles una publicidad indeseable; de esta forma la GPU ya no envía a los tribunales mas que a los elementos más insignificantes, recibiendo además la responsabilidad de todos los condenados a más de tres años de cárcel sea cual fuere su delito.

Tanto los métodos empleados como la concentración de la autoridad en manos de unos especialistas cuya función es dirigir y reprimir, contribuyen a fortalecer las tendencias nacidas en estos años de miseria de la pobreza general, Al analizar en un cuadro de conjunto las causas del surgimiento de la burocracia, Trotsky escribe: «La autoridad burocrática se basa en la carestía de los artículos de consumo y en la lucha contra las consecuencias de este fenómeno. Cuando hay mercancías suficientes en los almacenes, los compradores pueden acudir en cualquier momento. Cuando hay pocas mercancías los compradores no tienen más remedio que hacer cola a la puerta. En cuanto la cola se hace demasiado larga, la presencia de un agente de policía es imprescindible para mantener el orden» [29].

Sólo una combinación excepcional de circunstancias históricas puede permitir que un repartidor que dispone de la fuerza se vea obligado a perjudicarse personalmente en la distribución. En la U.R.S.S. de Stalin donde los «cuadros deciden todo», resulta perfectamente evidente que debe concederse prioridad, en lo referente a las necesidades más inmediatas, a aquellos «ciudadanos» que el Estado considere más indispensables para su propio mantenimiento y sus conquistas. Los archivos de Smolensk nos han dado la lista de aquellos que, en los años más negros, recibieron el privilegio desorbitado de no morir en la ola de hambre que se abate sobre todos. Efectivamente, una circular secreta de 1934 incluye la lista de los responsables que deben recibir prioritariamente de los almacenes centrales sus raciones alimenticias y que, por ende, parecen ser los únicos a los que el régimen otorga derecho a existir; ellos son los secretarios e instructores de cada comité de radio, el secretario de las Juventudes Comunistas, el redactor‑jefe del periódico, el director y los instructores de las secciones políticas de los sovjoses y de las estaciones de maquinaria y tractores, el presidente, el vicepresidente y el secretario del consejo de administración del koljos, el presidente de la comisión del Plan, los directores de los departamentos financieros, de agricultura, de sani­dad, de educación, de distribución de víveres para cada circunscripción, el jefe de la sección correspondiente del Comisariado del Pueblo para asuntos interiores, la NKVD (nuevo nombre de la GPU), el fiscal, los inspectores y jueces, el administrador de la Banca del Estado y de la Caja de Ahorros, los agrónomos y veterinarios más antiguos y todas aquellas personas a las que el comité de radio considere igualmente «indispensables» [30].

De esta forma, en torno al «gendarme» que surge de la necesidad de repartir entre un número reducido los productos indispensables de los que carece la mayoría, se consolida una capa de privilegiados. La diferenciación social se injerta definitivamente sobre la diferenciación funcional. El derecho a vivir mejor ‑o menos mal‑ acompaña al de dirigir o mandar. El incremento de la producción, en la medida en que el reparto concierne a una minoría privilegiada e incontrolada, no tiende a la nivelación y al aumento del nivel de vida de todos, por el contrario, profundiza las diferencias entre la masa amorfa, respecto a la cual se da por descontado que la propia necesidad la servirá de estimulo, y el sector de los repartidores. Los almacenes de lujo ‑liuks‑ hacen su aparición en el preciso momento en que la prensa comienza a denunciar diariamente los robos de comestibles y en que se aplica la pena de muerte a todo «hurto que atente contra la propiedad socialista»; naturalmente, no hay lugar para los trabajadores en las casas de reposo que se convierten en el paraíso con el que se recompensa a los privilegiados, funcionarios o stajanovistas.

Klaus Mehnert relata así la forma en que, en 1932, se informó de la supresión del máximo comunista de salarios, por boca de un joven ingeniero comunista al que había conocido cuando era estudiante y vivía en una «comuna». El joven declara: «No puede exigirse nada a unas personas que trabajan día y noche y cargan con pesadas responsabilidades si no se les facilita además la vida exterior dentro de lo posible. (...) Durante toda mi vida me he reventado trabajando. Al mismo tiempo que el trabajo de la fábrica, la escuela de perfeccionamiento para obreros, luego la escuela superior. No hacía otra cosa. Trabajaba dieciocho horas diarias, sin fiestas, sin vacaciones. (...) En la actualidad soy el ingeniero-jefe de la empresa. He realizado un invento que representa un gran ahorro para el Estado: es justo y razonable que yo pueda hacer mis compras en almacenes especiales y que tenga la perspectiva de disfrutar dentro de poco de una vivienda de tres habitaciones en un edificio nuevo». En cuanto a la «comuna», se trata de «una grande y noble idea que ciertamente verá la luz algún día», pero, dadas las condiciones de la economía rusa, resulta «una utopía, un rabioso deseo de nivelación llevado al limite, una desviación izquierdista de inspiración pequeño‑burguesa y trotskista» [31].

Los privilegios y la necesidad que experimentan aquellos que los disfrutan de justificarlos, defenderlos y acrecentarlos, no son fenómenos nuevos: no obstante, en este terreno, la situación evoluciona muy rápidamente con el gran viraje. Es la colectivización, como hemos visto, la que contribuye    en mayor medida a aumentar desmesuradamente las atribuciones y los efectivos de la GPU. El control de los koljoses    requiere centenares de miles de funcionarios, al igual que la distribución de los productos agrícolas por los organismos del Estado y las cooperativas. La industrialización se opera   en el mismo sentido. La acentuación de la necesidad de construir prioritariamente la industria pesada para poder equipar a la agricultura y a las industrias fabricantes de productos de consumo, no es solo un slogan propagandístico, también supone un medio para justificar la apropiación por parte de  la burocracia de la mayor parte de los productos de consumo, así como el reconocimiento del origen de su nuevo poder y de su diversificación: A partir de 1931, comienzan a formarse los cuadros de la nueva intelligentsia soviética. Menos de la mitad de los diplomados del período abarcado por los dos primeros planes quinquenales son de origen obrero y campe       sino; no obstante, en 1936 el partido cuenta en sus filas con el 97 por 100 de los administradores fabriles, el 82 por 100 de los directores de obras y el 40 por 100 de los ingenieros‑jefes del país. El núcleo dirigente del aparato se va consolidando a medida que aumenta el poder del Estado al que controla: se torna más denso tras su alianza con los nuevos privilegiados que extraen su fuerza de las realizaciones y de las conquistas de la construcción. A todos los niveles y en todos los campos la burocracia engendra burocracia. Los ejemplos aportados continuamente por los dirigentes convencen menos de su buena voluntad en la lucha contra las manifestaciones del «burocratismo» que del auge cobrado por un morbo que hunde sus raíces en los métodos arbitrarios e incontrolados de dirección y en la desigualdad del reparto social. Durante el XVII Congreso, Kaganóvich ha de ofrecer una incuestionable prueba de lo dicho al indicar que la fábrica de vagones de Moscú tiene 601 administrativos de los cuales 367 se hallan repartidos en catorce servicios centrales y los 234 restantes trabajan en los diferentes talleres, todo ello referido a una empresa que emplea a 3.832 obreros es decir que la proporción de burócratas asciende en este caso a un 16 por 100 [32].

Las estimaciones se van haciendo cada vez más difíciles, pues las estadísticas oficiales reducen  progresivamente el número de categorías sociales disimulando bajo la etiqueta de «obreros» o «empleados» a los sectores encargados de supervisar y repartir. Basándose en los datos oficiales que arrojan un total de 55.000 personas empleadas en los despachos centrales del partido y del Estado, a los que deben añadirse los funcionarios del ejército, la armada, las repúblicas y sus cuadros políticos y sindicales más 17.000 directores de empresa y 250.000 cuadros administrativos y técnicos ‑que deberán multiplicarse por tres dada la simetría del aparato del partido, el del Estado y la estructura sindical‑, 860.000 «especialistas» de los cuales 480.000 se encuentran en la industria y por último un millón de dirigentes koljosianos, Trotsky evalúa en cinco millones de personas, incluidas las respectivas familias, «la categoría social que ‑sin llevar a cabo ningún tipo de trabajo productivo directo- ordena, administra, dirige y distribuye las recompensas», asimismo, cifra en unos dos millones la «reserva» del partido y los sindicatos y entre cinco y seis millones la aristocracia obrera que comparte con las dos primeras categorías los favores oficiales [33].

Esta capa social, camuflada en las estadísticas, pero portavoz paradójico de todo un pueblo, dista mucho de ser homogénea. En su propio seno existe un abismo entre los obreros de primera fila, a los que sus compañeros de fábrica conocen como los «mil», y los millonarios del régimen ya sean artistas o escritores, técnicos o científicos. Entre aquellos a los que el pueblo llano conoce como tchinoviki y los cada vez más distantes sovbur, los burgueses soviéticos, se levanta toda una pirámide de grados de poder, disponibilidades y consideración social. En resumen: entre el presidente de un soviet campesino o un secretario de comité de radio y los jerarcas del partido o los altos dignatarios del Estado existe la misma distancia social que entre un notable del campo británico y un banquero de la City o un jefe de servicio ministerial. No obstante, unos y otros están vinculados por una fuerte solidaridad: sea cual fuere su origen social, ya sean bolcheviques aburguesados, mencheviques adheridos o simples burgueses, jóvenes lobos de afilados colmillos, tecnócratas de mente cuadriculada o concienzudos chupatintas, todos ellos cierran sus filas y defienden su autoridad y sus privilegios contra todo tipo de control que pueda ejercer la masa «poco consciente» a la que dirigen y administran.

Pero lo fundamental es que a cualquier nivel, sea cual fuere el sector laboral en que se encuentren, su carrera, su seguridad, su propia vida dependen de unos superiores jerárquicos omnipotentes. Los hilos de la pirámide burocrática se reúnen en la cumbre, es decir, en la mano de Stalin, árbitro y jefe supremo cuya autoridad se ha edificado sobre las contradicciones sociales que han ido desgarrando al veterano partido revolucionario. Como jefe de los burócratas, él es el que los castiga, los recompensa y los protege y ésta es precisamente la imagen de «padre del pueblo» que difunden los especialistas del agip‑prop y los instructores políticos por fábricas y koljoses, en periódicos y escuelas. Todavía no se han cumplido los veinte años del triunfo de la revolución sobre la tierra rusa cuando la voz de los obreros y campesinos, que han vuelto a ser menores de edad como en tiempos de los zares «protectores», no puede oírse más que en los «dossiers» secretos y en los informes de la GPU y de las Comisiones de Control. Llegará, sin embargo, a ser suficientemente fuerte como para animar indirectamente, durante varios años, el sueño de nuevos «complots» y «revoluciones palaciegas», obligando por último al régimen a una auténtica matanza de sus cuadros de origen revolucionario que alcanzaría amplitud suficiente para que, incluso los mantenedores de la tesis de la «tercera revolución», no puedan negarle su función de auténtica contrarrevolución.

 

 

Broue CAPÍTULO XIV.htm



[1] Lenin, Oeuvres complétes, t. 29, pág. 215.

[2] Deutscher, Stalin, Ed. Era, pág. 304

[3] Stalin, op. cit., t. II, págs. 11‑19.

[4] Fainsod, Smolensk, págs. 242‑246

[5] Serge, Mémoires., pág. 241

[6] M. Fischer, My lives in Russia, págs. 49‑51.

[7] Fainsod, Smolensk, pág. 263.

[8] Ibídem, págs. 259‑262.

[9] Bruhat, Histoire de l’U.R.S.S., pág. 87.

[10] Trotsky, De la Révolution, pág. 449.

[11] Stalin, op. cit., t. II, pág. 44‑45.

 

[12] Citado por Daniels, Conscíence, pág. 349.

[13] Stalin, op. cit., t. 11, págs. 44‑45

[14] Dobb, El desarrollo de la economía soviética desde 1917, página 456.

[15] Schwarz, Les ouvriers en l’Union Soviétique, págs. 127‑135.

[16] Fainsod, Smolensk, pág. 212.

[17] Ibídem, págs. 211‑212.

[18] Ibídem, pág. 212.

[19] Ibídem, pág. 214.

[20] Ibídem, pág. 212.

[21] Ibídem, pág. 215

[22] Ibídem, pág. 215

[23] Ibídem.

[24] Ibídem

[25] Bruhat, op. cit., pág. 82.

[26] Barmine, op. cit., pág. 268

[27] Trotsky, Stalin, pág. 528.

[28] Faínsod, Smolensk, págs. 158‑161

[29] Trotsky, De la Révolution, pág. 515

[30] Fainsod, Smolensk, pág. 118.

[31] Mebnert, L'homme soviétique, págs. 65‑66.

[32] Fainsod, How Russia, pág. 541.

[33] Trotsky, De la Révolutión, págs. 531‑532.

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