CAPITULO
XIII
Tras varios años de lucha,
durante los cuales la dirección estaliniana había acusado continuamente a la
oposición de intentar romper la alianza entre obreros y campesinos con el pretexto
de luchar contra el kulak, y de desarrollar unas tesis utópicas acerca de la
super‑industrialización mediante la planificación, es precisamente la
dirección la que decide iniciar el «gran viraje», la colectivización y la
industrialización, preparando y realizando a tales efectos el primer plan
quinquenal. Evidentemente, existe la tentación de no ver en esta operación más
que una nueva jugada política si la pugna de los años 1923 a 1929 ha sido
caracterizada como una lucha por el poder: con esta nueva estrategia la
dirección desarma a la oposición apoderándose de su programa para aplicarlo a
su manera. De esta forma, en 1921, Zinóviev se había convertido en el campeón
de la democracia y así, en primavera, la parte esencial de las reivindicaciones
económicas de los campesinos había ocupado su lugar en el programa de la NEP;
igualmente la resolución del día 5 de diciembre de 1923 había proclamado el
«nuevo curso» que hasta entonces exigía la oposición de los 46.
Resulta indudable que muchos de
los pasos llevados a cabo en la vía de la planificación, de la colectivización
y de la industrialización, fueron dados no ya por la presión directa ejercida
por la oposición, sino por el hecho de constituir un medio para separarla de la
base de que disponía en el partido dado el eco suscitado por su programa: nada
más característico a este respecto que el manifiesto del Comité Central de
octubre de 1927, destinado a aislar a la oposición y a arrinconarla en el
preciso momento en que acaba de decidirse su eliminación inmediata. No
obstante, seria un error reducir a este simple factor de lucha política interna
la constelación de causas del «gran viraje»; en realidad, éste fue iniciado
bajo la dura presión de unas circunstancias dramáticas y sobre todo de la
alteración de las relaciones de fuerzas campesinas que se hace favorable a los
kulaks y que a partir del invierno de 1927‑28 constituye un hecho
evidente. Asimismo, resulta excesivamente simplista trazar entre los diferentes
grupos y tendencias del partido el signo igual, como suelen hacer los
historiadores de inspiración «occidental», alegando para ello como único
pretexto, que fue el programa de la oposición o mejor dicho el que había sido
expuesto por Preobrazhensky en su teoría de la «acumulación socialista originaria»,
el aplicado por Stalin durante el periodo del plan quinquenal.
En las discusiones
entabladas acerca de la NEP, el problema campesino había sido el núcleo
central, la manzana de la discordia. Sin embargo, ninguno de los protagonistas
había puesto en duda el fin último que se proponía el régimen, a saber, la
desaparición de la explotación privada y la sociaización de la agricultura, ni
tampoco las vías que debía adoptar esta transformación materializadas en el
fomento de las explotaciones cooperativas. De hecho, las divergencias se
referían a los ritmos y el centro del desacuerdo estaba constituido por los
problemas de industrialización. Por todo ello, el primer plan de
colectivización, en la época en que aún pesaban los recuerdos del «ritmo de
tortuga», no preveía para el año 1932 más que la colectivización del 12 por 100
de la superficie cultivada. La razón era evidente: el partido seguía
compartiendo la opinión que Lenin manifestó en 1919: «El campesinado medio no
entrará en nuestras filas en la sociedad comunista hasta que no hayamos
aliviado y mejorado las condiciones económicas de su existencia. Si el día de
mañana pudiésemos producir cien mil tractores de primera calidad,
suministrarlos de gasolina y proveerlos de mecánicos (bien sabéis que se trata
de una utopía), el campesino medio diría: «Estoy a favor de la Comuna». Mas,
para que esto ocurra es preciso vencer primero a la burguesía internacional,
hay que obligarla a que nos suministre esos tractores o, en lugar de esto elevar
nuestra productividad laboral de forma que podamos fabricarlos nosotros mismos»
[1].
A este respecto, la política de
mantenimiento de la NEP a corto plazo no habría mejorado en nada la situación.
Mientras que las necesidades de tractores para la agricultura se estiman por el
propio Stalin en 250.000, el número de tractores utilizables en el campo
soviético sólo llega a 7.000 a principios de 1929. Hacia el final de este
mismo año, su número asciende a 30.000 lo que sigue siendo una cantidad
ridícula [2];
a pesar de ello, Stalin promete 60.000 tractores en 1930, 100.000 en 1931 y
250.000 en 1932, en cuya fecha la colectivización sería ya por tanto realizable
desde el aspecto técnico de la mecanización, a condición naturalmente que
pudiesen suministrarse también gasolina, los medios de transporte y la energía
eléctrica necesarias . Ahora bien, si en octubre de 1929, sólo un 4,1 por 100
de las familias campesinas están integradas en los koljoses, seis meses
después, en marzo de 1930 lo estará un 58,1 por 100, pero la mayor parte de las
explotaciones no cuenta con maquinaria ni con tractores.
Bastarían estos datos para
confirmar la afirmación, recogida a menudo después de los historiadores
oficiales, de que la colectivización había constituido un proceso previsto y
organizado, una etapa de la construcción socialista posterior a la pura
reconstrucción. En realidad, la colectivización apareció, en las condiciones en
que fue realizada, como la consecuencia directa de la huida hacia adelante de
los dirigentes ante la crisis del trigo que se había originado con el
desarrollo de las contradicciones de clase en el campo. Las «medidas de
urgencia» adoptadas al principio de 1928 permiten, inmediatamente, abastecer a
las ciudades en la medida que los destacamentos enviados a las zonas rurales
incautan los stocks de trigo acumulados por los kulaks. La aplicación del
articulo 127 también permite, según la expresión de Stalin, «introducir la
lucha de clases en el campo», asimismo autoriza al poder soviético para
apoyarse en los campesinos pobres, directamente implicados en la lucha contra
el kulak y el acaparamiento del trigo. No obstante, resulta evidente que tales
medidas no pueden producir un efecto concreto, sino durante un período muy
breve: la porción de grano recibida por las ciudades queda disminuida en la
parte detraída en beneficio del campesino pobre ‑lo que explica que
numerosos destacamentos de obreros comunistas hayan confiscado el grano
deliberadamente sin aplicar el artículo 127‑ y tienen el efecto de
disminuir considerablemente la producción ya que el kulak puede continuar la
lucha disminuyendo la cantidad sembrada o cambiando de cultivo; de hecho, las
encuestas llevadas a cabo en el otoño de 1927 revelan efectivamente una
importante disminución de los sembrados.
Este es el dilema que refleja la
política de Stalin entre febrero y julio de 1928. El alza de un 20 por 100 en
el precio del trigo, en julio de 1928, demuestra que el Comité Central aún
busca una solución a la crisis por medio de la conciliación y no de la eliminación
del kulak. Pero no se pueden «cazar moscas con vinagre»: mientras siga siendo
el principal productor de trigo, el kulak seguirá teniendo la iniciativa y
sobre todo seguirá siendo aquel de quien todo depende, puesto que en 1928, a
pesar de ciertas restricciones, tiene derecho a alquilar las tierras y a
contratar mano de obra asalariada. La solución que consistiría en apoyarse
contra él, en el campesino pobre y, siempre que ello fuera posible, en el
campesino medio, señala la única forma de posible debilitamiento de la
hegemonía del kulak en la aldea: su yugo es tanto más pesado cuanto que a la
vez es patrón y usurero. En consecuencia, existe una fuerte tentación de
apoyarse en los campesinos pobres y medios: no obstante, en el cuadro diseñado
por la NEP, esta es una solución puramente política ya que los dieciocho
millones de campesinos medios no pueden colmar con su propia producción el
déficit creado en el país por el sabotaje de los kulaks.
No obstante, ésta es la solución
que prevalece durante la segunda mitad del año 1929. Sin embargo, dada la fase
en que se encuentra el desarrollo de la producción de las tierras de los
campesinos pobres y medios, no es una operación rentable desde el punto de
vista técnico: la colectivización carece de todo sentido cuando se refiere a
cinco millones de campesinos que siguen trabajando la tierra con arado y útiles
de madera. Además todavía no permite abastecer a las ciudades, mientras el
kulak sigue siendo el dueño de la tierra que suministra la mayor parte dela producción
comercializable. De esta forma, inevitablemente se llega a la «eliminación del
kulak»: los bienes del kulak, tierras y material, son confiscados y transferido
al koljos. Tanto él como su familia son excluidos del koljos, pues se teme que
trate de..recuperar allí su influencia. En lo sucesivo, al ser cultivadas las
tierras del kulak por el koljosiano, puede esperarse, basándose en simples
cifras, que la producción seguirá siendo la mismo con este cambio en el modo de
explotación quedando de esta forma asegurado el abastecimiento a corto plazo.
De hecho, la colectivización se desarrolla de forma menos esquemática y sobre
todo menos lineal. Provoca un entusiasmo indudable entre las capas más pobres
de los campesinos que de esta forma se ven obligados a reemprender, en una
forma original, la secular lucha por la tierra de aquel al que consideran como
un explotador; en este sentido ha podido hablarse de aquella etapa como de un
verdadero «Octubre campesino». También sirve a la movilización de una serie de
jóvenes capas obreras que parten al «frente» campesino con la esperanza de
acceder a un mundo nuevo, de vencer al desgraciado pasado del usurero y del
individualismo rural y de construir un mañana de producción colectiva e
igualitaria. No obstante, el campesino ruso ‑como todos los campesinos
del mundo‑ no cree más que en aquello que se presenta ante sus ojos.
Lenin estaba en lo cierto cuando suponía que la llegada al campo de tractores,
mecánicos y material de todo tipo, solidarizaría al campesino con el sistema
colectivista, sin embargo, aún sería necesario que se diese cuenta, con sus
propios ojos, de la superioridad del sistema y de la realidad de las promesas.
No obstante, el poder no tiene tractores que puedan ser enviados y el koljos no
puede esperar más tiempo su constitución. El campesino medio no está
convencido, la única solución parece ser la fuerza.
El régimen emprende este camino tanto más fácilmente cuanto la pirámide burocrática del aparato da instrucciones que son verdaderas órdenes y cuya no ejecución amenaza con hacer caer sobre el responsable subalterno la acusación de «falta de confianza», «desviación derechista» e incluso la de «sabotaje» o de «traición favorable al kulak». Para algunos lo esencial ‑en palabras del propio Stalin‑ es adoptar «una enorme cantidad de resoluciones jactanciosas», perseguir un elevado porcentaje de colectivización», con el «celo administrativo» propio de un espíritu de burócrata [3]. De esta forma, la colectivización se desarrolla en una atmósfera de violencia, absurda desde el momento en que muchos pueblos cierran filas en torno a los kulaks debiendo ser tomados por asalto, y dado que cada organización, conforme al plan establecido, debe aislar un número determinado de kulaks, parte de los cuales deben ser detenidos inmediatamente, mientras que los restantes deben ser concentrados para ser deportados posteriormente.
Al menos diez millones de
personas son así apartadas de sus hogares en calidad de «kulaks» y «contra‑revolucionarios»,
siendo posteriormente agrupados por la GPU en distintos centros y enviados a
Siberia en donde habrán de constituir los primeros destacamentos de trabajos
forzados. Al ser la forma de colectivización prevista el llamado artel,
caracterizado por la puesta en común de las tierras e instrumentos de trabajo,
y por los responsables activos que se le asignan ‑quintaesencia del
aparato puesto que para este cometido se escoge en cada radio una terna
integrada por el primer secretario del partido, el presidente del ejecutivo de
los soviets y el jefe de la GPU‑, que han recibido la orden de
colectivizar «cuanto antes», contando con quince días para entregar el
inventario completo de las propiedades de los kulaks de su circunscripción,
«colectivizan» igualmente las viviendas, el ganado y las aves. Los informes de
la GPU de Smolensk citan una serie de casos precisos en que los kulaks, los
campesinos medios considerados como kulaks e incluso los campesinos pobres y
los miembros de sus familias, han sido despojados de sus zapatos, de sus
prendas de vestir e incluso de su ropa interior; también se refiere otro caso
en el que se llegaron a «colectivizar» las gafas. Un informe fechado en 28 de
febrero señala que la «deskulakización» se materializa en expropiaciones y
rapiñas en gran escala: «Comamos y bebamos, todo es nuestro», parece ser la
consigna de algunas brigadas [4].
Víctor Serge cita el caso de algunas regiones cuya población, considerada
«kulak» en su totalidad, es deportada en masa: las mujeres de una aldea del
Kubán serán embarcadas desnudas en vagones de ganado por haber pensado éstas
que nadie se atrevería a hacerlas salir de esta guisa [5].
Antes de la llegada de los
hombres de la GPU, los campesinos ‑los kulaks por supuesto, pero los
otros también- queman los muebles, las granjas, las isbas, degüellan al ganado
y, cuando pueden, eliminan también a los comunistas. El 2 de marzo de 1930, en
un artículo de Pravda titulado «El vértigo del éxito», Stalin denuncia
parte de estos excesos que «no aprovechan, sino a los enemigos» y «comprometen
la alianza con las masas», y cuya responsabilidad arroja entera y
exclusivamente sobre los ejecutores y sus abusos de celo.
Un veterano comunista ruso refiere así la colectivización en un pueblo: «Cuando nos hablaron de colectivización la idea me gustó; así ocurrió con otras gentes del pueblo, hombres que como yo habían trabajado en la ciudad y servido en el Ejército Rojo. El resto del pueblo permanecía decididamente hostil: ni siquiera me escucharon. Mis amigos y yo decidimos entonces poner en marcha una pequeña granja cooperativa colectivizando tierras y aperos. Ya conocéis a nuestros campesinos, de nada sirve hablarles con planos o figuras, es preciso ofrecerles resultados que puedan convencerles. Sabíamos que si lográbamos demostrarles que ahora conseguíamos un beneficio mayor que antes eso les gustaría y que seguirían nuestro ejemplo, (...) Un día llegó del comité de Klin la orden de ingresar cien familias más en nuestro koljos. Habíamos llegado a albergar hasta una docena. Verdaderamente no era fácil... No había forma de acoger ni una familia más. Fui a Klin a explicar la situación al partido. Les pedí que nos dejasen seguir como antes prometiéndoles que en tal caso, todo el pueblo estaría integrado en el koljos en el plazo de un año. No me escuchaban, tenían listas, largas listas, que decían cuántos koljoses y cuántos miembros de ellos debían figurar en sus informes. Eso era todo. Me dijeron que estaba saboteando la colectivización y que si no hacía lo que se me ordenaba sería expulsado del partido. Sabía que no podía atraer a nadie salvo llevando a cabo lo que había oído que los otros hacían, forzando a la gente Convoqué entonces, una asamblea en el pueblo y les dije a todos que debían unirse al koljos, que esas eran las órdenes de Moscú y que si no lo hacían serían deportados y sus propiedades serían confiscadas. Esa misma tarde firmaron todos, (...) y durante la noche empezaron a hacer lo que hacían todos los campesinos de la U.R.S.S. cuando se veían obligados a entrar en los koljoses: sacrificar su ganado (...) Tomé, pues, la lista de los nuevos miembros, la llevé al comité de Klin y, en esta ocasión, se mostraron muy satisfechos conmigo. Cuando les hablé del sacrificio del ganado y les conté que los campesinos se sentían como si estuviesen en la cárcel no les interesó en absoluto. Ya tenían su lista y podían enviarla a Moscú: esto era todo lo que les preocupaba. Yo no podía censurarles por ello, tenían órdenes, como yo» [6].
La crisis es tan grave ‑en
todas partes se producen enfrentamientos, las reservas de víveres se han
agotado‑ que el artículo de Stalin, editado en forma de panfleto, será
difundido en 19 millones de ejemplares; además, un cierto número de
responsables locales de la GPU será fusilado para dar ejemplo. El decreto del
15 de marzo autoriza a los campesinos a abandonar el koljos; la respuesta es
inmediata: la mayoría de los campesinos se van durante las siguientes semanas.
En junio de 1930, sólo un 23,6 por 100 de las familias campesinas está
integrado en los koljoses en lugar del 58,1 por 100 de tres meses antes. En la
región de las tierras negras ucranianas, donde el 28 por 100 de los campesinos
había ingresado en los koljoses durante el mes de marzo, sólo queda un 18 por
100 en mayo. Este retroceso es sólo temporal: los medios de presión han sido revisados,
el koljosiano se beneficia de una total exención de impuestos, de la concesión
de créditos y de toda una serie de promesas mientras el campesino independiente
es gravado intensamente. Tras el desastre de principios del año 1930, ya no
cuenta con medios para resistir y muy a menudo ya no tiene nada que salvar; en
consecuencia, cede, adaptando su resistencia a las nuevas condiciones. En pleno
1931, el 51,7 por 100 de los hogares campesinos se encuentra en los koljoses,
en 1932 la proporción pasa al 61,5 por 100; 25 millones de pequeñas
explotaciones han cedido su lugar a 240.000 koljoses y 4.000 sovjoses.
Las
pérdidas son incalculables; las estadísticas oficiales confiesan que, entre 1929 y 1934, han desaparecido
el 55 por 100 de las caballerías (19 millones de cabezas), el 40 por 100 de los
bovinos (11 millones) el 55 por 100 de los cerdos y el 66 por 100 de las
ovejas. Las pérdidas humanas no constan. A esta trágica aventura se añade una
segunda, la que consiste en encuadrar técnicamente a los 25 millones de
familias campesinas que han sido colectivizadas con estos procedimientos.
Mientras que en 1930, en las condiciones ya conocidas, la cosecha había
ascendido a 835 millones de quintales de cereales, en 1931, es solamente de
700.
En su informe sobre el primer
plan quinquenal, Stalin afirma que la cantidad de trigo almacenada por el
mercado se ha duplicado desde 1927. Ello se debe fundamentalmente al hecho de
que el Gobierno obliga a los campesinos a firmar unos «contratos» draconianos
cuya gestión se halla también en manos de los funcionarios locales ansiosos de
«resultados»: se trata de garantizar al mismo tiempo el avituallamiento mínimo
de las ciudades y las exportaciones de trigo que financian parcialmente la
industrialización. Las zonas rurales padecen en 1932‑33 una terrible ola
de hambre: las estimaciones del número de campesinos muertos de hambre oscilan
entre uno y varios millones. La represión es dura, se aplica la pena de muerte
a los ladrones de cereales. Una nueva ola de detenciones en el campo será
detenida el día 8 de mayo de 1933 por una circular secreta de Stalin y Mólotov
en la que se habla de «saturnales de detenciones» y se fijan para algunas
regiones, los porcentajes máximos de deportación [7].
En las ciudades se instaura el racionamiento; sin embargo la cartilla no
siempre permite conseguir pan. En la primavera de 1932, el secretario regional
de Smolensk notifica a las organizaciones subordinadas a él que ya no será
posible asegurar el suministro de las raciones de los miembros de las células
fabriles y del Ejército Rojo que hasta entonces se habían repartido
contra viento y marea. En el mes de julio, con cartilla o sin ella, el pan
desaparece por completo; un informe de la GPU cita el caso de una enfermera que
gana 40 rublos mensuales y que consigue pan a más de 3 rublos el kilo [8].
La industrialización
La industrialización a ultranza
constituye el segundo hecho decisivo del «gran viraje». Los datos han sido
citados en repetidas ocasiones y el balance resulta impresionante. Jean Bruhat
escribe: «En la industria, el número de obreros ha aumentado (11.599.000 en
1928 y 22.962.800 en 1932). Los antiguos centros han sido reorganizados y se
han creado otros nuevos (Dnieprostroi, Stalinsk). El Ural y el Kuznetzsk han
comenzado a ser explotados. La producción de carbón y de hierro se ha
duplicado, la potencia de las centrales eléctricas se ha quintuplicado y se han
sentado las bases de la industria química (superfosfatos: en 1928, 182.000 toneladas;
en 1932, 612.000). Se han abierto nuevas vías de comunicación (como el canal de
Stalin que une a Moscú con el mar Blanco y el turk‑sib terminado a
principios de 1930) [9].
La U.R.S.S. se transforma en un país industrial: el hecho es tanto más chocante
cuanto, en los mismos años, de resultas de la crisis mundial, la economía
capitalista comienza a declinar. Mientras la producción industrial de los
Estados Unidos disminuye en un 25 por 100 y el Japón, no obstante encontrarse
en plena fase de rearme, no consigue aumentar la suya mas que en un 40 por 100,
el producto industrial de la U.R.S.S. aumenta en un 250 Por 100. Trotsky ha
glosado «el hecho indestructible de que sólo la revolución proletaria ha
permitido que un país atrasado obtenga, en menos de veinte años, resultados sin
precedentes en la Historia (...) el socialismo ha demostrado su derecho a la
victoria, no ya en las páginas de El Capital sino en una arena económica
que cubre la sexta parte del mundo» [10].
Sin embargo una vez más, nada parecía haber sido previsto. El XV Congreso celebrado en diciembre de 1927, todavía subrayaba «el peligro consistente en comprometer demasiado capital en la gran edificación industrial. El plan adoptado preveía un aumento anual decreciente desde un 9 por 100 a un 4 por 100 en cinco años, y el Politburó, un año después corregía esta previsión para fijar una tasa de crecimiento anual del 9 por 100. Las tasas de 15 a 18 por 100 propuestas, con muchas reservas, por la oposición, eran simultáneamente condenadas como meras especulaciones y como expresión de una objetiva voluntad de sabotaje. De hecho, aquí también se impuso la necesidad: tras haberse negado a preparar la aceleración de la industrialización simultáneamente con la lucha para disminuir la influencia del kulak, la dirección del partido se veía arrastrada a la colectivización por su necesidad de abastecer a las ciudades mientras que el paso de la colectivización a la industrialización se debía a un imperioso instinto de conservación. Para mejorar la catastrófica situación de la agricultura era preciso fabricar tractores, máquinas, producir gasolina y abonos. Era necesario fabricar máquinas‑herramientas y, para ello, extraer carbón, producir acero y hierro colado y, como dice Stalin, «crear (...) una industria capaz de reequipar y reorganizar, no solamente la industria en su totalidad, sino también los transportes y la agricultura» [11].
No obstante no
es ésta la menor de las contradicciones de la U.R.S.S. bajo Stalin: la super‑industrialización
propuesta por la oposición, había sido descartada por el aparato dirigente por
ser realizable únicamente a expensas de la explotación y el despojo del
campesinado. Resulta empero, que tal explotación y pillaje, realizados con el
apelativo de colectivización, son los factores que obligan a recurrir a ellos
en las mas ínfimas condiciones, en plena etapa de caos económico y trastornos
sociales. Ya que, como en los tiempos del comunismo de guerra, la guerra civil
que se desarrolla en el campo perturba el funcionamiento normal de la
industria. No sólo las materias primas no llegan de forma regular a las
factorías, sino que, además, el mercado de tipo capitalista que constituía la
base de la NEP y servía de motor al edificio económico desde 1921, queda
suprimido de un plumazo. Los obreros que poseen una pequeña parcela de tierra
en el campo ‑el 30 por 100 de los mineros según Trud, el órgano de
los sindicatos- abandonan la ciudad y su puesto de trabajo para no ser
expropiados. En general, el racionamiento, la desnutrición y las catastróficas condiciones de
vida provocadas por la crisis de la agricultura, influyen sobre la estabilidad
de la mano de obra y sobre rendimiento y la calidad de la fabricación. La
colectivización, en opinión de los marxistas, exigía como condición previa la industrialización.
La inversión de este proceso condena al régimen a una industrialización forzada
en las peores condiciones. El hecho de que, a pesar de todo, tras el callejón
sin salida en el que los sucesivos zig‑zags de su dirección hablan
introducido al partido, la
industrialización haya ofrecido los resultados previstos, prueba
inequívocamentee que Preobrazhensky tenía razón al menos cuando afirmaba que el
sistema económico en conjunto, la nacionalización de los instrumentos de
crédito y de los medios de producción e intercambio y el monopolio del comercio
exterior, constituían en si mismos un decisivo elemento de progreso,
susceptible de imponerse, a pesar de los errores y de la acción negativa de
dirigentes y responsables.
En realidad, como se ha venido
señalando en numerosas ocasiones, el
esquema de Preobrazhensky fue precisamente el que pareció imponerse en la
concepción estaliniana de la planificación
y de la construcción socialista. No obstante, entre ésta y la tesis del
economista y técnico de la oposición, existe
la diferencia de que Preobrazhensky, consciente de las contradicciones creadas por el desarrollo industrial, había
considerado el libre juego de la democracia interna, el normal funcionamiento de los sindicatos y el derecho
de huelga, así como la democracia dentro del partido, como medios para corregir las implicaciones sociales de la
«dura ley del bronce de la acumulación socialista originaria». En
contraposición a esta tesis, la industrialización de la era estaliniana se
lleva a cabo dentro de la máxima atención
ejercida por el Estado en favor del libre juego de la ley de acumulación, para
reducir todas las contradicciones, y, particularmente, aquellas que nacen de
las necesidades materiales y culturales de los trabajadores. Por una curiosa
inversión de los términos, los teóricos de la industrialización estalinista,
caracterizada por el sometimiento máximo
de los hombres a las leyes económicas de
la sociedad de transición, son los mismos que afirman la función «teleológica»,
incluso voluntarista de la economía. Uno de ellos, Strumilin es el autor de una
fórmula, popularizada por Stalin, en la que afirma: «Nuestra tarea no es
estudiar la economía sino transformarla. No estamos atados por ninguna ley. No
hay fortaleza que los bolcheviques no puedan tomar. La cuestión de las tasas de
crecimiento depende de los seres humanos» [12].
Dos juicios importantes servirán
para fijar las posiciones de los comunistas que habían condenado el ritmo
demasiado alto de industrialización: junto al historiador menchevique Sujánov y
al viejo marxólogo Riazánov son condenados, en el «proceso de los mencheviques»
de marzo de 1931, todos aquellos que piensen que «no todo es posible ni
siquiera cuando el Comité Central lo quiere». Este acontecimiento sirve igualmente
de aviso a los escasos técnicos de origen burgués: de hecho, las principales
realizaciones técnicas de esta época han sido llevadas a cabo bajo la dirección
de ingenieros extranjeros, como el americano Hugh L. Cooper en el Niágara, los
ingenieros de Austin y Henry Ford en la fábrica de automóviles de Nijni‑Novgorod
y el americano Clader en la fábrica de tractores de Stalingrado.
La condición obrera
La
primera característica económica de la política de industrialización es el
retorno a una política financiera de inflación. Desde los 1,7 mil millones de
rublos de principios de 1928 la suma
total de los billetes en circulación aumenta hasta dos mil millones en. 1929, a
2,8 mil millones en 1930 a 4,3 mil millones en 1931, a 5,5 mil millones en
1932, a 8,4 mil millones en 1933 y vuelve
a bajar a 7,7 en 1934 para ascender de nuevo a 7,9 mil millones en 1935: el
rublo en este año sólo alcanza la cuarta
parte de su valor de 1924, en la Bolsa de Paris. Para colmar los enormes
déficits presupuestarios provocados por los gastos de la industrialización
-cinco mil millones de rublos en 1.929#8209;1930 frente a los mil millones del
bienio 1926‑27 y los 85.000 millones de rublos de inversión total
previstos en el primer plan quinquenal‑
la inflación, como había previsto Preobrazhensky, detrae de hecho un gravoso
impuesto sobre el trabajo de los
obreros y campesinos, pero también, como había anunciado Bujarin, al sustituir
los valores ficticios por
valores reales, priva a la planificación de cualquier tipo de contabilidad
exacta al mismo tiempo que da la impresión de que el «manejo del rublo» es el
único medio de que se dispone para dirigir la economía.
La «ley del bronce de la
acumulación socialista originaria», dentro del ámbito del poder absoluto del aparato
y de la dictadura del Secretario General, se traduce por tanto en una baja de
salarios reales que se puede cifrar en un 40 por 100. No obstante, las
necesidades de la industrialización a marchas forzadas implican igualmente una
lucha contra la nivelación de los salarios que habla prevalecido hasta 1927 a
través de todos los avatares y cuyo último defensor oficial habla sido Tomsky
desde los sindicatos. En su conferencia del día 4 de febrero de 1931, Stalin
traza las nuevas directivas para los dirigentes de la industria: «En una serie
de empresas las tasas de salarios están fijados de forma tal, que casi
desaparece la diferencia entre el trabajo cualificado y el no‑cualificado,
entre el trabajo penoso y el fácil (...) No se puede tolerar que un especialista
de la siderurgia perciba el mismo salario que un barrendero. No se puede
tolerar que un mecánico de ferrocarril gane lo mismo que un copista» [13].
Un reglamento del 20 de
septiembre del mismo año eleva a ocho, en lugar de siete, las categorías de los
obreros de la industria, y aumenta el coeficiente de jerarquización desde 2,8 a
3,7. El discurso de Stalin del 23 de junio de 1931, rehabilita a la «intelligentsia» y a los cuadros
técnicos. En 1932 se generaliza la práctica de un salario a destajo con una
prima progresiva para aquellos que sobrepasen las medias previstas. En 1933, el
75 por 100 de los obreros son pagados a destajo; allí donde no puede aplicarse
este sistema, una serie de primas, administradas por los capataces, desempeñan
el papel de suplementos progresivos. Según Maurice Dobb, por estas fechas el 20
por 100 de los asalariados reciben, el 40,3 por 100 del total de salarios [14].
En principio la gama cubre desde un 1 a un 3,13, mas las primas ofrecidas a los
trabajadores de primera fila pueden representar salarios tres o cuatro veces
superiores al máximo percibido por los obreros especializados corrientes. El
«movimiento Stajanov» de los héroes del trabajo, está orientado a aumentar el
rendimiento mediante la «emulación socialista» y la superación de los récords
productivos, se refleja en una nueva diferenciación de los salarios. El informe
elevado por Kuíbysliev a la comisión del plan en enero de 15,135, indica que el
salario medio asciende a 149 rublos y 3 kopeks mensuales. No obstante, muchas mujeres
ganan de 70 a 90 rublos, los peones perciben entre 100 y 120, los especialistas
entre 150 y 200, los profesionales de 250 a 400 rublos, los salarios de los
stajanovistas varían entre 500 y 2.000 rublos. Los sueldos de los ingenieros
oscilan entre 400 y 800 rublos y los de los altos funcionarios o
administradores entre 5.000 y 10.000. Los especialistas más privilegiados
pueden ganar entre ochenta y cien veces más que un peón. Por estas fechas, el
precio de la carne de vaca es de 6 a 8 rublos el kilo, el cerdo cuesta entre 9
y 12 rublos, la mantequilla oscila entre 14 y 18 y el café entre 40 y 50. La
inmensa mayoría de los trabajadores se ve así obligada a trabajar a un ritmo
que se acelera continuamente (ya que los récords de producción de los stajanovistas,
realizados en condiciones óptimas, sirven de pretexto para aumentar los baremos
de productividad exigidos) contentándose con un salario muy bajo.
Simultáneamente, empieza a desgajarse de la masa una aristocracia obrera que
ostenta una posición privilegiada por los salarios que percibe y por la
consideración de que disfruta.
Al mismo tiempo, la ley se hace
extremadamente rigurosa para el ámbito de
lo que se conoce como «disciplina del trabajo». El Código del Trabajo de 1922
prescribía en el caso de rescisión
del contrato de trabajo, una notificación anticipada de siete días para los sueldos mensuales o bimensuales y de
veinticuatro horas en el caso de los salarios pagados por semanas. Un decreto
del Consejo de Comisarios del Pueblo del 6 de septiembre de 1930, equipara la
rescisión a una ruptura unilateral, es
decir una infracción de la disciplina. Una circular del día 23 de septiembre
castiga al infractor con el retiro definitivo
de todo seguro de paro y, en caso de reincidencia, con la retención de la
cartilla de racionamiento. Un cierto número
de nuevos decretos, en el mes de diciembre, prohíbe la concesión de cualquier
tipo de trabajo a los «perturbadores» obreros que hayan abandonado la empresa
en la que trabajan sin notificación previa y a los que hayan rescindido un
contrato más de una vez en doce meses o hayan sido despedidos por «ausencia
injustificada». A este concepto de «ausencia injustificada» se le dará un
sentido cada vez más amplio. Según el Código de Trabajo, ésta se producía en el
caso de ausencia no justificada, de tres días consecutivos o bien de seis días
en total durante un mes. Un decreto del día 15 de noviembre de 1932, obliga al
director a despedir a un obrero por un solo día de ausencia no justificada, con
retirada accesoria de la cartilla de racionamiento y expulsión de la vivienda
si ésta pertenece a la empresa; una circular de aplicación del decreto con
fecha de 26 de noviembre precisa además que la expulsión de la familia del
responsable debe llevarse a cabo incluso cuando no exista la posibilidad de ser
instalada en otra parte, «en cualquier época del año» y «sin provisión alguna
de medios de transporte». Por su parte, la ley del 27 de junio de 1933 extiende
la expulsión de la vivienda ocupada a cualquier obrero delincuente que ocupe
una casa propiedad de cualquier tipo de cooperativa de construcción o de
vivienda diferente de la empresa en la que trabaja.
Sólo le faltaba a este cuadro de
normas la creación de la carta obligatoria de trabajo que ya había sido
propuesta en distintas ocasiones. Por fin, se decide su institución con un
decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo y del Ejecutivo de los Soviets
fechado el 27 de diciembre de 1932: en primer lugar, su obligatoriedad se
refiere a las «personas que no participan en la producción», pero se extiende
posteriormente a todos los asalariados que en lo sucesivo quedan obligados a
presentarla en el momento de la contratación. Por su parte, la dirección de la
empresa debe consignar en ella todas las faltas cometidas por el titular y las
sanciones adoptadas contra él. No da derecho a residir más que en la localidad
en que ha sido extendida. La comisión que la otorga puede también denegar su
concesión, es decir oponerse a cualquier tipo de desplazamiento. Al producirse
en un momento en el que la dirección de la fábrica dispone de poderes
prácticamente ilimitados para sancionar las ausencias y en el que las raciones
alimenticias son pagadas en especie, como parte del salario, la institución de
la carta de trabajo remata el proceso de encadenamiento del obrero a la
empresa, sometiéndole a una estructura administrativa que, a su vez, se ve
estrechamente vinculada al aparato del partido. La sujeción es tan fuerte que,
en 1935, se niega a los sindicatos sometidos también a un intenso control, el
derecho. de discusión de las normas de trabajo fijadas por las direcciones de
las empresas [15].
El partido ante el gran viraje
Naturalmente, resulta difícil
saber cuales fueron las reacciones de los miembros del partido ante una línea
política en cuya elaboración no habían participado, pero que todos ellos
estaban obligados a defender pública o privadamente. Muchos oposicionistas
guardan silencio sin duda por prudencia. No se manifiesta ninguna discrepancia
públicamente y por ello resulta imprescindible recurrir al testimonio único que
constituyen los archivos de Smolensk para recobrar la huella de las corrientes
de opinión divergentes expresadas en las células o ante las Comisiones de
Control, en particular cuando se inició, tras la XVI Conferencia del partido
celebrada en abril de 1929, la sistemática depuración de los desviacionistas de
derecha. En la región rural y primitiva de Smolensk, donde la industrialización
apenas si ha comenzado, los documentos disponibles traducen una verdadera oposición
por parte de los militantes, exponente indudable de un descontento aún mayor en
el conjunto de la estructura social.
Las propias células de fábrica
reflejan efectivamente el descontento reinante en el campo. En una fábrica de
Duminitchy, un responsable sindical, organizador de los obreros agrícolas, ha
constituido en el partido un grupo clandestino de catorce miembros cuyo
programa está basado en «la defensa de los campesinos» [16].
Un comunista que trabaja como obrero en una fábrica de Liudinovsk, parece haber
afirmado estar de acuerdo con Bujarin: «No hay que acelerar la colectivización,
lo que hay que hacer es dejar medrar al kulak para quitarle después sus
excedentes de cereales» [17].
Otros se lamentan de que los koljoses y los sovjoses no producen apenas, pero
cuestan mucho, reclamando simultáneamente la libertad de mercado. La Comisión
de Control explica: «Un numero importante de obreros y campesinos que poseen explotaciones de tipo kulak
en el campo, están introduciendo en la industria una mentalidad pequeño‑burguesa
y kulak» [18]. Los signos
de malestar son más numerosos aun en las células rurales. La comisión afirma
que «en muchos casos los comunistas no participan en la construcción de los
koljoses y que los miembros del partido adoptan a veces una aptitud negativa» [19].
En Dubrovsk algunos miembros del partido opinan que resulta prematuro crear
koljoses pues nada ha sido preparado: se encuentran a la expectativa de la
actitud que adopten los campesinos. Otros dicen que los koljoses no son más que
«batallones disciplinarios». En el pueblo de Zolyi, los campesinos pobres han
creado un koljos en el que no ha ingresado ningún comunista y al que el
secretario de la célula local ha negado su apoyo. Un campesino comunista ha
respondido a la Comisión de Control que «sin el partido todo marcharía mucho
mejor» [20].
Naturalmente, la Comisión deduce que los comunistas de las zonas rurales
«sufren la influencia de elementos kulaks y pequeño‑burgueses deslizándose
con frecuencia hacia las posiciones de los desviacionistas de derecha» [21].
La depuración pone en evidencia
en las células fabriles, vigorosas secuelas de la oposición conjunta. Un obrero
de una fábrica textil de Smolensk, vinculado con anterioridad a. la oposición,
ha protestado contra el exilio de Trotsky, afirmando: «No siempre puede creerse
lo que dice la prensa del partido» [22].
Un ferroviario de Smolensk ataca insistentemente la teoría de la construcción
del socialismo en un solo país [23].
El obrero Parfenov, etiquetado como «trotskista» por los autores del informe,
dice que la «condición obrera empeora; los obreros viven en condiciones
miserables mientras que sus «superiores» disfrutan de pisos confortables; todas
las dificultades provienen de una política incorrecta». La Comisión añade que
«durante la encuesta, Parfenov era apoyado por los otros obreros que decían:
«Parfenov tiene razón». Como era de esperar todos estos obreros son expulsados
[24].
La depuración de 1929‑30
en la región de Smolensk afectará a 4.804 miembros del partido, un 13 por 100
del total, del cual el 17,6 por 100 está compuesto por campesinos y el 11,4 por
100 por obreros fabriles. Las células rurales sufren la represión más
intensamente que las células obreras mientras que las células administrativas
apenas. son afectadas. Resulta difícil saber si ésta ha sido la proporción
extendida al conjunto del país. Sin embargo, resulta indudable que los archivos
de Smolensk dan una idea bastante clara de la forma en que se exteriorizó la
resistencia de los campesinos y obreros rusos en el seno del partido y asimismo
de la presión a la que este se vio sometido por parte del aparato.
La repercusión social del gran viraje
La colocación de semejante
argolla en torno al cuello de la clase obrera ha servido naturalmente como
argumento contundente a los adalides de las tesis liberales para afirmar que
las realizaciones económicas del régimen no podían explicarse más que como
forzosa consecuencia una coacción tan feroz como inhumana, de un sistema
totalitario cuyos medios de presión solo eran comparables a los utilizados por
los faraones que también lograron levantar inmensas pirámides. Jean Bruhat,
tímido defensor del estalinismo recientemente desestalinizado, consigue
expresar parte de la verdad al apuntar que la mayoría de los obreros fabriles,
recién llegados del campo, «experimentaba ciertas dificultades al adaptarse a
la disciplina de la fábrica, es decir a un ritmo de trabajo que no permite
negligencias ni fantasías»; sin duda ello puede justificar ciertas prácticas
coactivas, que por otra parte no menciona, limitándose a citar el deterioro
sufrido por las máquinas en «sus manos inexpertas» y las «sistemáticas campañas
emprendidas contra el despilfarro» [25].
Esta era la consecuencia casi inevitable de la voluntad de construir en el más
breve plazo posible, una industria moderna con obreros cuya instrucción, estado
de ánimo, cultura y capacidad técnicas arrastraban siglos de retraso; resultado
también de la teoría del «socialismo en un solo país», de la victoria
revolucionaria conseguida en un país atrasado y del fracaso exterior que la
condenaba al aislamiento. El drama estribaba menos en la propia coacción que en
el hecho de proyectarse ésta sobre millones de hombres para los cuales constituía
una norma de vida social inmemorial y
a los que apenas había llegado durante su primera infancia el ardiente aliento
de Octubre.
No obstante, los comentaristas
sistemáticamente anticomunistas se condenan a no comprender en absoluto la profundidad
de tales transformaciones económicas y de sus repercusiones sociales a largo
plazo ‑con independencia incluso de la propia política de los dirigentes‑
si se limitan a explicarlas por un sistema perfeccionado de pura coacción. Sin
temor a la acusación de fabricar paradojas, puede afirmarse que la propia
creación de una aristocracia obrera privilegiada constituía un elemento de
progreso por las posibilidades de desarrollo cultural que proporcionaba a una
minoría cuya aparición, de momento, es decir durante un lapso de varios años,
contribuía sin lugar a dudas a dividir al proletariado, pero constituía
igualmente un catalizador, naturalmente exiguo, mas enormemente nuevo de
actividad y, en definitiva, de conciencia.
Es indudable que tanto la
industrialización como la colectivización han ejercido sobre las capas más
educadas y progresivas del proletariado y fundamentalmente sobre la joven
generación obrera, un fascinante atractivo. Para los miembros del Komsomol que
se prestaban voluntariamente a construir koljoses o a sentar las bases de los
grandes complejos industriales del Este se trataba de un exaltante aspecto de
la lucha para dominar la naturaleza y transformar el mundo, era una
prolongación del combate de sus mayores llevada esta vez al terreno concreto de
la fabricación de fundición, acero y cemento, de toda una serie de instrumentos
de dominio de la naturaleza, suponía un aspecto más del empeño revolucionario
cuyo objeto es vencer a las fuerzas hostiles, a lo desconocida, a la ignorancia
y a la miseria que mantienen subyugado al hombre para domesticarles mediante la
ciencia, la técnica y la máquina. En este sentido, las invitaciones de Stalin a
despreciar la «palabrería» y los «chismes» encaminándose decididamente hacia el
frente de la edificación» serán bien asimiladas por una vanguardia cuya
imaginación y entusiasmo creador se ven inflamados por ellas. La necesidad de
abnegación y espíritu de sacrificio, la generosidad y los sueños de la
vanguardia obrera de 1917, vuelven a resucitar entre todos los pioneros de la
de la construcción socialista ‑incluso entre los miembros jóvenes de la
GPU que aceptan su ingrata misión‑; todos ellos parecen unirse para
sentar las bases de una sociedad más humana y más fraternal.
Los miembros más conscientes de
esta falange, los comunistas de la guerra civil a los que las necesidades y
albures de sus destinos han mantenido al margen del aparato y de las luchas
internas, también participan de este sentimiento general si bien tal vez lo
hacen con mayor lucidez critica. Barmine resume su psicología con las
siguientes palabras: «La mano de Stalin gobernaba con dureza. La limitada
inteligencia de Stalin costaba cara. Sus métodos autoritarios también. Pero, a
pesar de una serie de dificultades que aparentemente resultaban insuperables, a
pesar de que cada nueva primavera pareciese conmover los cimientos del régimen,
la energía implacable de Stalin suministraba a la U.R.S.S. un nuevo equipo
industrial. Tras unos años más de sacrificios los resultados de aquel esfuerzo
colosal, a. veces inhumano, se materializarían en un acrecentamiento del
bienestar y la riqueza. En nuestra adhesión a Stalin existía pues, a pesar, de
todo, un firme entusiasmo del que a veces llegaban a participar los
elementos oposicionistas» [26].
Trotsky confiere idéntico sentido a su análisis sobre este período concluyendo
que la burocracia sólo ha podido vencer «gracias al apoyo del proletariado»,
pero que esta victoria «no podía aumentar el peso específico del proletariado»
[27].
Una vez más, los socialistas habrían de enfrentarse al problema. de distinguir
lo que se hacía del cómo se hacía.
El año 1929, primero del gran
viraje, determina también el comienzo del crecimiento de la GPU. Ésta, que ha
nacido de la extensión de la checa, especializada en la represión de las acciones
contrarrevolucionarias y en la vigilancia de las fronteras, al conjunto de la
Unión Soviética, cuenta con sus propios destacamentos militares, con el derecho
de registro y detención y con el de conservar a los detenidos durante un máximo
de tres meses. No obstante, hasta 1929, su papel es bastante limitado, a pesar
de su creciente intervención en la vida interna del partido. Durante el periodo
de la NEP su campo de acción apenas sobrepasa la vigilancia de las antiguas
oposiciones, reducidas en número. Sin embargo, a partir de los años 30 todo
cambia pues la lucha contra la derecha convierte a todos los elementos
independientes de tipo capitalista en contrarrevolucionarios en potencia. La
GPU debe vigilar a los nepistas y a
los centenares de miles de pequeñas empresas industriales y comerciales cuya
liquidación definitiva se está gestando. Pero fundamentalmente debe enfrentarse
a la ingente tarea de dirección práctica de la llamada «deskulakización».
A partir del final de 1929. las
circulares del secretariado anuncian un reclutamiento masivo de militantes
comunistas por. parte de la policía secreta y encargan a las autoridades
regionales y locales la búsqueda de voluntarios aptos para este tipo de trabajo
[28].
En consecuencia, sus efectivos van a crecer desmesuradamente al mismo tiempo.
que su poderío económico puesto que a su cargo se encuentra el destino de los
millones de kulaks, o seudo‑kulaks que han sido deportados junto con sus
familias y que son utilizados en trabajos de infraestructura para las grandes
obras que, de esta forma, pasan a depender igualmente de ella. La transición al
terreno económico del «frente» de. la lucha provoca la ampliación de su campo
de acción: la GPU vigila y «aísla» a los contrarrevolucionarios de la
industria, desde el ingeniero «saboteador» hasta el obrero «perturbador»,
incluyendo al administrador liberal que tolera que «se relaje la disciplina»;
son también funcionarios de la GPU los que deciden la concesión o denegación de
las cartas de trabajo, contribuyendo intensamente la red de la policía.
secreta, paralelamente a la estructura del partido (con la que por otra parte
suele chocar), a estrechar el cerco en el que toda la sociedad parece verse
aprisionada, y ello tanto más cuanto es el Secretario General del partido quien
la controla por sí mismo, directamente.
La jurisdicción militar
excepcional que se otorga al «tribunal» de la GPU se convierte en un medio para
aniquilar a las diferentes oposiciones sin darles una publicidad indeseable; de
esta forma la GPU ya no envía a los tribunales mas que a los elementos más
insignificantes, recibiendo además la responsabilidad de todos los condenados a
más de tres años de cárcel sea cual fuere su delito.
Tanto los métodos empleados como
la concentración de la autoridad en manos de unos especialistas cuya función es
dirigir y reprimir, contribuyen a fortalecer las tendencias nacidas en estos
años de miseria de la pobreza general, Al analizar en un cuadro de conjunto las
causas del surgimiento de la burocracia, Trotsky escribe: «La autoridad
burocrática se basa en la carestía de los artículos de consumo y en la lucha
contra las consecuencias de este fenómeno. Cuando hay mercancías suficientes en
los almacenes, los compradores pueden acudir en cualquier momento. Cuando hay
pocas mercancías los compradores no tienen más remedio que hacer cola a la
puerta. En cuanto la cola se hace demasiado larga, la presencia de un agente de
policía es imprescindible para mantener el orden» [29].
Sólo una combinación excepcional
de circunstancias históricas puede permitir que un repartidor que dispone de la
fuerza se vea obligado a perjudicarse personalmente en la distribución. En la
U.R.S.S. de Stalin donde los «cuadros deciden todo», resulta perfectamente
evidente que debe concederse prioridad, en lo referente a las necesidades más
inmediatas, a aquellos «ciudadanos» que el Estado considere más indispensables
para su propio mantenimiento y sus conquistas. Los archivos de Smolensk nos han
dado la lista de aquellos que, en los años más negros, recibieron el privilegio
desorbitado de no morir en la ola de hambre que se abate sobre todos.
Efectivamente, una circular secreta de 1934 incluye la lista de los
responsables que deben recibir prioritariamente de los almacenes centrales sus
raciones alimenticias y que, por ende, parecen ser los únicos a los que el
régimen otorga derecho a existir; ellos son los secretarios e instructores de
cada comité de radio, el secretario de las Juventudes Comunistas, el redactor‑jefe
del periódico, el director y los instructores de las secciones políticas de los
sovjoses y de las estaciones de maquinaria y tractores, el presidente, el
vicepresidente y el secretario del consejo de administración del koljos, el
presidente de la comisión del Plan, los directores de los departamentos
financieros, de agricultura, de sanidad, de educación, de distribución de
víveres para cada circunscripción, el jefe de la sección correspondiente del
Comisariado del Pueblo para asuntos interiores, la NKVD (nuevo nombre de la
GPU), el fiscal, los inspectores y jueces, el administrador de la Banca del
Estado y de la Caja de Ahorros, los agrónomos y veterinarios más antiguos y
todas aquellas personas a las que el comité de radio considere igualmente
«indispensables» [30].
De esta forma, en torno al
«gendarme» que surge de la necesidad de repartir entre un número reducido los
productos indispensables de los que carece la mayoría, se consolida una capa de
privilegiados. La diferenciación social se injerta definitivamente sobre la
diferenciación funcional. El derecho a vivir mejor ‑o menos mal‑
acompaña al de dirigir o mandar. El incremento de la producción, en la medida
en que el reparto concierne a una minoría privilegiada e incontrolada, no
tiende a la nivelación y al aumento del nivel de vida de todos, por el
contrario, profundiza las diferencias entre la masa amorfa, respecto a la cual
se da por descontado que la propia necesidad la servirá de estimulo, y el
sector de los repartidores. Los almacenes de lujo ‑liuks‑
hacen su aparición en el preciso momento en que la prensa comienza a denunciar
diariamente los robos de comestibles y en que se aplica la pena de muerte a
todo «hurto que atente contra la propiedad socialista»; naturalmente, no hay
lugar para los trabajadores en las casas de reposo que se convierten en el
paraíso con el que se recompensa a los privilegiados, funcionarios o
stajanovistas.
Klaus Mehnert
relata así la forma en que, en 1932, se informó de la supresión del máximo
comunista de salarios, por boca de un joven ingeniero comunista al que había
conocido cuando era estudiante y vivía en una «comuna». El joven declara: «No
puede exigirse nada a unas personas que trabajan día y noche y cargan con
pesadas responsabilidades si
no se les facilita además la vida exterior dentro de lo posible. (...) Durante
toda mi vida me he reventado trabajando. Al mismo tiempo que el trabajo de la
fábrica, la escuela de perfeccionamiento para obreros, luego la escuela
superior. No hacía otra cosa. Trabajaba dieciocho horas diarias, sin fiestas,
sin vacaciones. (...) En la actualidad soy el ingeniero-jefe de la empresa. He
realizado un invento que representa un gran ahorro para el Estado: es justo y
razonable que yo pueda hacer mis compras en almacenes especiales y que tenga la
perspectiva de disfrutar dentro de poco de una vivienda de tres habitaciones en
un edificio nuevo». En cuanto a la «comuna», se trata de «una grande y noble
idea que ciertamente verá la luz algún día», pero, dadas las condiciones de la
economía rusa, resulta «una utopía, un rabioso deseo de nivelación llevado al
limite, una desviación izquierdista de inspiración pequeño‑burguesa y
trotskista» [31].
Los
privilegios y la necesidad que experimentan aquellos que los disfrutan de justificarlos, defenderlos y acrecentarlos, no
son fenómenos nuevos: no obstante, en este terreno, la situación evoluciona muy rápidamente con el gran viraje. Es la
colectivización, como hemos visto, la que contribuye en mayor medida a aumentar desmesuradamente las atribuciones y los
efectivos de la GPU. El control de los koljoses requiere centenares de miles de funcionarios, al igual que la
distribución de los productos agrícolas por los organismos del Estado y las
cooperativas. La industrialización se opera en
el mismo sentido. La acentuación de la necesidad de construir prioritariamente
la industria pesada para poder equipar a
la agricultura y a las industrias fabricantes de productos de consumo, no es
solo un slogan propagandístico, también supone
un medio para justificar la apropiación por parte de la burocracia de la mayor parte de los productos de consumo, así
como el reconocimiento del origen de su nuevo poder y de su diversificación: A partir de 1931, comienzan a formarse los
cuadros de la nueva intelligentsia
soviética. Menos de la mitad de los
diplomados del período abarcado por los dos primeros planes quinquenales son de
origen obrero y campe sino; no
obstante, en 1936 el partido cuenta en sus filas con el 97 por 100 de los
administradores fabriles, el 82 por 100 de los directores de obras y el 40 por 100 de los
ingenieros‑jefes del país. El núcleo dirigente del aparato se va
consolidando a medida que aumenta el poder del Estado al que controla: se torna
más denso tras su alianza con los nuevos privilegiados que extraen su fuerza de
las realizaciones y de las conquistas de la construcción. A todos los niveles y
en todos los campos la burocracia engendra burocracia. Los ejemplos aportados
continuamente por los dirigentes convencen menos de su buena voluntad en la
lucha contra las manifestaciones del «burocratismo» que del auge cobrado por un
morbo que hunde sus raíces en los métodos arbitrarios e incontrolados de
dirección y en la desigualdad del reparto social. Durante el XVII Congreso,
Kaganóvich ha de ofrecer una incuestionable prueba de lo dicho al indicar que la
fábrica de vagones de Moscú tiene 601 administrativos de los cuales 367 se
hallan repartidos en catorce servicios centrales y los 234 restantes trabajan
en los diferentes talleres, todo ello referido a una empresa que emplea a 3.832
obreros es decir que la proporción de burócratas asciende en este caso a un 16
por 100 [32].
Las
estimaciones se van haciendo cada vez más difíciles, pues las estadísticas
oficiales reducen progresivamente el
número de categorías sociales disimulando bajo la etiqueta de «obreros» o
«empleados» a los sectores encargados de supervisar y repartir. Basándose en
los datos oficiales que arrojan un total de 55.000 personas empleadas en los
despachos centrales del partido y del Estado, a los que deben añadirse los
funcionarios del ejército, la armada, las repúblicas y sus cuadros políticos y
sindicales más 17.000 directores de empresa y 250.000 cuadros administrativos y
técnicos ‑que deberán multiplicarse por tres dada la simetría del aparato
del partido, el del Estado y la estructura sindical‑, 860.000
«especialistas» de los cuales 480.000 se encuentran en la industria y por
último un millón de dirigentes koljosianos, Trotsky evalúa en cinco millones de
personas, incluidas las respectivas familias, «la categoría social que ‑sin
llevar a cabo ningún tipo de trabajo productivo directo- ordena, administra,
dirige y distribuye las recompensas», asimismo, cifra en unos dos millones la
«reserva» del partido y los sindicatos y entre cinco y seis millones la aristocracia obrera que comparte con
las dos primeras categorías los favores oficiales [33].
Esta capa social, camuflada en
las estadísticas, pero portavoz paradójico de todo un pueblo, dista mucho de
ser homogénea. En su propio seno existe un abismo entre los obreros de primera
fila, a los que sus compañeros de fábrica conocen como los «mil», y los
millonarios del régimen ya sean artistas o escritores, técnicos o científicos.
Entre aquellos a los que el pueblo llano conoce como tchinoviki y los cada vez más distantes sovbur,
los burgueses soviéticos, se levanta toda una pirámide de grados de poder,
disponibilidades y consideración social. En resumen: entre el presidente de un
soviet campesino o un secretario de comité de radio y los jerarcas del partido
o los altos dignatarios del Estado existe la misma distancia social que entre
un notable del campo británico y un banquero de la City o un jefe de servicio
ministerial. No obstante, unos y otros están vinculados por una fuerte
solidaridad: sea cual fuere su origen social, ya sean bolcheviques aburguesados,
mencheviques adheridos o simples burgueses, jóvenes lobos de afilados
colmillos, tecnócratas de mente cuadriculada o concienzudos chupatintas, todos
ellos cierran sus filas y defienden su autoridad y sus privilegios contra todo
tipo de control que pueda ejercer la masa «poco consciente» a la que dirigen y
administran.
Pero
lo fundamental es que a cualquier nivel, sea cual fuere el sector laboral en
que se encuentren, su carrera, su seguridad, su propia vida dependen de unos
superiores jerárquicos omnipotentes. Los hilos de la pirámide burocrática se
reúnen en la cumbre, es decir, en la mano de Stalin, árbitro y jefe supremo
cuya autoridad se ha edificado sobre las contradicciones sociales que han ido
desgarrando al veterano partido revolucionario. Como jefe de los burócratas, él
es el que los castiga, los recompensa y los protege y ésta es precisamente la
imagen de «padre del pueblo» que difunden los especialistas del agip‑prop
y los instructores políticos por fábricas y koljoses, en periódicos y escuelas.
Todavía no se han cumplido los veinte años del triunfo de la revolución sobre
la tierra rusa cuando la voz de los obreros y campesinos, que han vuelto a ser
menores de edad como en tiempos de los zares «protectores», no puede oírse más que en los «dossiers»
secretos y en los informes de la GPU y de las Comisiones de Control. Llegará,
sin embargo, a ser suficientemente fuerte como para animar indirectamente,
durante varios años, el sueño de nuevos «complots» y «revoluciones palaciegas»,
obligando por último al régimen a una auténtica matanza de sus cuadros de
origen revolucionario que alcanzaría amplitud suficiente para que, incluso los
mantenedores de la tesis de la «tercera revolución», no puedan negarle su
función de auténtica contrarrevolución.
[1] Lenin, Oeuvres complétes, t. 29,
pág. 215.
[2] Deutscher, Stalin, Ed. Era, pág. 304
[3] Stalin, op.
cit., t. II, págs. 11‑19.
[4] Fainsod, Smolensk, págs. 242‑246
[5] Serge, Mémoires., pág.
241
[6] M. Fischer, My lives in Russia, págs. 49‑51.
[7] Fainsod, Smolensk, pág. 263.
[8] Ibídem, págs. 259‑262.
[9] Bruhat, Histoire de l’U.R.S.S., pág. 87.
[10] Trotsky, De la Révolution, pág. 449.
[11] Stalin, op. cit., t.
II, pág. 44‑45.
[12] Citado por Daniels, Conscíence, pág. 349.
[13] Stalin, op. cit., t. 11, págs. 44‑45
[14] Dobb, El desarrollo de la economía soviética desde 1917, página 456.
[15] Schwarz, Les ouvriers en l’Union Soviétique, págs. 127‑135.
[16] Fainsod, Smolensk, pág. 212.
[17] Ibídem, págs. 211‑212.
[18] Ibídem, pág. 212.
[19] Ibídem, pág. 214.
[20] Ibídem, pág. 212.
[21] Ibídem, pág. 215
[22] Ibídem, pág. 215
[23] Ibídem.
[24] Ibídem
[25] Bruhat, op. cit., pág. 82.
[26] Barmine, op. cit., pág. 268
[27] Trotsky, Stalin, pág. 528.
[28] Faínsod, Smolensk, págs. 158‑161
[29] Trotsky, De la Révolution, pág. 515
[30] Fainsod, Smolensk, pág. 118.
[31] Mebnert, L'homme soviétique, págs.
65‑66.
[32] Fainsod, How Russia, pág. 541.
[33] Trotsky, De la Révolutión, págs. 531‑532.