CAPITULO XI
LA OPOSICION DE DERECHA
Mientras se desarrolla el conflicto político, en segundo plano prosigue la lenta transformación del partido. El censo de enero de 1927 arroja una proporción de un 30 por 100 de obreros, 10 por 100 de campesinos, 8 por 100 de militares y un 38’5 por 100 de funcionarios. Un informe del mes de enero de 1928, dirigido al comité central, revela que, sobre 638.000 miembros del partido que en 1927 hablan sido clasificados como «obreros», 184.000 en realidad son funcionarios: así prosigue el proceso que en el informe se denomina «el éxodo de la clase obrera hacia el aparato estatal». El aparato, en el sentido estricto de la palabra, se ha duplicado desde 1924 y se pueden evaluar en unos 30.000 los apparatchiki funcionarios permanentes del partido, cuyo auge se debe en mayor medida al reflujo de las masas que a la iniciativa de Stalin, como se ha solido comentar en numerosas ocasiones, pero que, por sus métodos y su estado de ánimo se limitan a crear una serie de cuadros a imagen y semejanza suya, completamente diferentes de los bolcheviques de los tiempos heroicos.
En este sentido la derrota de la
oposición de izquierda se convierte de hecho en la del espíritu bolchevique,
encarnado en la persona de los últimos mantenedores del entusiasmo
revolucionario. No obstante, la urgencia con que se ha tratado de eliminarla
indica la complejidad de las nuevas relaciones sociales y políticas. El aparato
extrae su omnipotencia del papel de árbitro al que parece abocarle el conflicto
que se agudiza progresivamente en el seno del partido entre una serie de
fuerzas sociales antagónicas. No obstante, la coalición en que se ha apoyado la
lucha contra el ala proletaria revolucionaria dista mucho de ser homogénea,.
En realidad reúne a unos elementos con diferentes objetivos que se han aliado
provisionalmente para hacer frente a un peligro común, pero cuya decisión de
saldar cuentas después de la victoria parece evidente. A partir de 1926,
Trotsky distinguía tres grupos en el interior de la dirección: el de los
burócratas sindicales, representado por Tomsky, el de la derecha pura que
refleja a la presión de la masa campesina y cuya encarnación eran Bujarin y
Rikov, y por último el que representaba al aparato, el «centro», encabezado
por Stalin y Kirov [1]. La derrota
de la oposición conjunta acelera el estallido del conflicto latente pues el
centro no puede tolerar una situación que le convierte en rehén de la derecha.
La presión de los acontecimientos y en particular la de las decisiones
económicas obliga al aparato a iniciar, desde el día siguiente al XV Congreso,
una batalla contra la derecha. Respecto a esta última hay que admitir que,
entre la presión del campesinado y el temor a las aventuras consustancial a
cualquier facción burócrata, también expresa aunque de manera un tanto
deformada y más vaga que la oposición conjunta, los ecos del tiempo en que el
partido bolchevique extraía su fuerza de las discusiones y de su voluntaria
disciplina.
Contra la oposición que auguraba
las peores catástrofes y evocaba e peligro de restauración capitalista
originado por el progreso el campesino rico y por la lentitud del desarrollo
industrial, la dirección había mantenido en el XV Congreso la línea preconizada
por Bujarin desde 1924. En esta ocasión, Stalin se había burlado
insistentemente de los «miedosos» que, a pesar de saber que la NEP Implica el
fortalecimiento de los kulaks. «palidecen de miedo y piden socorro gritando:
¡Al asesino! ¡Policía!» en cuanto «los kulaks asoman la nariz por un rincón»...
La situación no obstante, distaba mucho de ser satisfactoria puesto que, hacia
finales del año, las informaciones oficiales admitían la existencia de
1.700.000 parados, cuando cerca de medio millón de personas
trabajaban exclusivamente en la contabilidad de la industria estatal. El hambre
vuelve a hacer aparición en las ciudades. Cuando la superficie sembrada alcanza
el máximo desde el final de la guerra, cuando las cosechas de 1925, 1926 y 1927
se cuentan entre las mejores que ha conocido el país, las entregas de granos de
1927 son menos de la mitad de las de 1926.
En los comienzos de] invierno de
1927 se producen los primeros incidentes entre los encargados de la recogida
del grano y los campesinos que exigen, infructuosamente, el alza del precio del
trigo. Hacia el final del año las dificultades se multiplican: los campesinos
ricos que pueden permitirse el lujo de esperar, cansados de vender su cosecha
sin poder obtener en contrapartida productos industriales, almacenan sus
excedentes a la expectativa del alza de precios. A principios de enero es
preciso rendirse a la evidencia: la cantidad de trigo entrada en el mercado
disminuye esta vez en un 25 por 100. Durante los meses siguientes las ciudades
se ven amenazadas por la carestía tanto más cuanto los responsables locales del
partido y de los soviets, educados al son de la cantinela de la «subestimación
trotskista del campesinado», temen recurrir a unas medidas coercitivas que
correrían el riesgo de depararles la gravísima acusación de haber contribuido a
«romper la alianza de obreros y campesinos».
El día 6 de enero, ante la
gravedad de la situación en las ciudades,
el Politburó toma una serie de «medidas de urgencia» que se comunican al
partido pero que no son publicadas; la más radical de todas ellas es la orden
de aplicar inmediatamente a los kulaks que retienen el grano, el artículo 107 del Código Penal, en el que se prevé la
incautación de los stocks de los especuladores y se dispone, con el fin de facilitar
la localización, que de la totalidad del trigo requisado será distribuida una
cuarta parte a los campesinos pobres del pueblo. A pesar de ello, los
resultados son insignificantes y se hace necesaria una verdadera movilización. El día 15 de febrero, al
reproducir un informe de Stalin, el editorial de Pravda, anuncia en su
título a la vez la crisis y el viraje: «El kulak levanta la cabeza». Se adoptan
entonces una serie de medidas de
Urgencia, esta vez de forma pública y oficial: incautación de los stock, en
aplicación del artículo 107, préstamos forzosos a los que se bautiza como
«leyes de autoimposición». refuerzo del congelamiento de precios, vigilancia
del precio del pan y prohibición de la compra y venta directas en los pueblos.
El articulo denuncia la aparición en el partido y en el aparato del Estado «de
ciertos elementos extraños al partido que no distinguen las clases en el ámbito
rural, no comprenden el fundamento de nuestra política de clases, intentan
llevar a cabo su trabajo sin ofender a nadie en las aldeas, viviendo en paz con
el kulak y, en, general, preservando su popularidad entre todos los sectores
del pueblo». Se trata de un verdadero llamamiento a la lucha emitido desde el
propio partido contra esa misma «ideología kulak» que la oposición conjunta
habla denunciado hacia años, pero cuya existencia real habla sido negada una y
otra vez. Se inicia la batalla del trigo y, en esta ocasión, se lleva a cabo
sin miramientos; más de diez mil militantes de las ciudades son movilizados y
enviados al campo para poner fin a la «campaña de acaparamiento». Por
añadidura, en las regiones donde se produce la retención de grano, el aparato
del partido y de las cooperativas sufre una honda depuración.
En el campo se producen
infinidad de incidentes: Bujarin referirá posteriormente a Kámenev que, en seis
meses, ha habido que reprimir ciento cincuenta rebeliones campesinas. El uso de
la fuerza para llevar a cabo la recolección del trigo, el temor al hambre de
las ciudades y los clamores de alarma de la dirección parecen resucitar, tanto
en el campo, como en las ciudades, el comunismo de guerra. Los jóvenes obreros
comunistas que han sido movilizados se lanzan a la lucha con la consigna de
alimentar a sus hermanos y acabar con el enemigo de clase. Los campesinos
medios temen la ofensiva tanto como el kulak: todo el campo está en pie de
guerra.
La sesión del comité central del
mes de abril, tras comprobar que con las requisas se ha conseguido atajar el
mal, condena «las deformaciones y excesos cometidos en la base por los órganos
del partido y los soviets» anula la prohibición de la compra y venta libre,
prohíbe toda incautación que no se opere como aplicación del articulo 107,
suprime la distribución obligatoria del préstamo, así como, los piquetes que
vigilan la circulación del trigo. Asimismo, al tiempo que reconoce que su
política fiscal se ha mostrado impotente para obstaculizar el desarrollo del
poder económico de los kulaks, que «ejercen en la actualidad una considerable
influencia sobre el mercado», el comité central refuta la acusación de haber
querido implantar nuevamente las «levas» del comunismo de guerra. Stalin
afirma: «La NEP es la base de nuestra política económica y seguirá siéndolo
durante un largo periodo histórico». Rikov reconoce que la crisis del trigo ha
sorprendido a la dirección del partido; no obstante, el fortalecimiento de la
disciplina y la movilización de las fuerzas económicas indican que algunos
tratan de proseguir una política que vuelve la espalda a la NEP.
A finales de abril, la crisis
del trigo parece experimentar un nuevo auge. El día 26, Pravda emite un llamamiento para que no se abandone la «presión de
clase» ejercida sobre los kulaks; asimismo se restauran las medidas de
urgencia. Poco tiempo después la prensa orquesta el descubrimiento de un
supuesto «sabotaje» en las minas del Donetz para seguir manteniendo la alarma y
poner en guardia a los trabajadores contra «las nuevas formas y métodos que
adopta la lucha de la burguesía contra el Estado proletario y la industrialización
socialista».
De hecho, el viraje a la
izquierda que se ha producido durante la crisis del trigo constituye el ensayo
general de un viraje político de gran alcance. A finales de mayo, durante un discurso
público, Stalin bosqueja los grandes rasgos de una política que ha dejado de
ser la aprobada en el XV Congreso, sobre todo en lo referente a la afirmación
de que, en el plano agrícola, «la solución estriba en la transición de las
granjas campesinas individuales a las granjas colectivas» y que, en ninguna
circunstancia se puede «retrasar el desarrollo de la industria pesada,
convirtiendo a la industria ligera, cuya salida fundamental es el mercado
campesino, en la base de la industria en conjunto» [2].
La sesión del comité central de julio de 1928 presenciará el primer choque,
fuera del Politburó, entre Stalin y sus adversarios de la derecha, Bujarin,
Ríkov y Tomsky, es decir, el prólogo del último gran conflicto semipúblico que
surge en el seno del partido.
Las posiciones de la derecha
tienen en Bujarin un portavoz elocuente. La experiencia de los años
transcurridos desde su primera gran polémica con Preobrazhensky no le ha dejado
indiferente y, en esta ocasión, defiende una política derechista, convenientemente
corregida, desde los organismos dirigentes y en algunos artículos, sobre todo
en el llamado «Notas de un economista», aparecido el 10 de septiembre de 1928
en la Pravda. Como polemista
incorregible, empieza por subrayar el creciente contraste entre la necesidad
que experimentan las masas de «llegar hasta el fondo de los asuntos» y «el
alimento espiritual que se las ofrece, completamente crudo o bien insípido y
sin calentar» [3]. El partido,
en pleno empirismo, siempre camina con retraso respecto a los acontecimientos,
a la manera de uno de esos mujiks que sólo se santigua cuando truena. El
objetivo que se propone Bujarin es la investigación que permita actuar sobre
las leyes generales de desarrollo de la sociedad de transición «en los países
de población pequeño‑burguesa, retrógrada con una periferia hostil» [4].
Apunta los progresos experimentados por la producción, así como la periódica
reproducción de unas «crisis» de tipo especial que sólo aparentemente pueden
semejarse a las experimentadas por el capitalismo, ya que presentan unas
características inversas entre las cuales destaca la «carestía de mercancías»
por oposición a su superproducción. De ello concluye que es posible «determinar
para una sociedad que se encuentre en el período de transición los esquemas de
la reproducción, es decir, las condiciones en que se opera una exacta
coordinación de las diferentes esferas de la producción entre sí o, en otros
términos, establecer las condiciones de un equilibrio económico dinámico. En
esto consiste esencialmente la empresa de elaborar un plan para la economía
nacional que se asemeje cada vez más a un balance de toda la economía, de un
plan diseñado conscientemente que constituya
al mismo tiempo un pronóstico
y una directiva» [5].
Este análisis lleva a Bujarin a
pensar que las crisis no son en modo alguno inevitables en la sociedad de
transición. Efectivamente, por una parte reflejan la tendencia socialista de la
nueva economía cuyo impulso viene dado por el aumento de las necesidades, no
revelando por tanto ningún tipo de antagonismo fundamental. Por otra parte las
crisis agudas son un simple resultado de la relativa anarquía, es decir, de la
relativa falta de un plan de conjunto, inevitable en la medida en que la
política de la NEP se basa en la existencia de «pequeñas economías» y que la
producción individual de trigo constituye un «factor anárquico». De todo esto
deduce: «Para obtener el mejor tipo de reproducción social y sistemático
crecimiento del socialismo, lo que supone una relación de las fuerzas de clase
más ventajosa para el proletariado, es preciso esforzarse en encontrar la
combinación más justa de los elementos de base de la economía nacional,
equilibrarlos, disponer de ellos en la forma más juiciosa posible, es preciso
influir activamente en el proceso económico y en el de la lucha de clases» [6].
Con esta perspectiva el problema
planteado a la sazón por las relaciones entre la ciudad y el campo podría ser
estudiado a la luz de sus relaciones en el ámbito capitalista. La historia
demuestra que la fuerza y la amplitud del desarrollo industrial han alcanzado
su máximo en los Estados Unidos donde no existían antes ni relaciones feudales
ni renta de la tierra, constituyendo además los granjeros acomodados un buen
mercado para la industria. También afirma, como refutación de las tesis
trotskistas ‑que según él supondrían la inclusión de la agricultura
dentro de la categoría a la que pertenecía la Rusia prerrevolucionaria‑,
que aquella debe ser enfocada como perteneciente a la categoría «americana»:
«El ritmo máximo de desarrollo industrial no se conseguirá arrancando todos los
años la mayor cantidad posible de recursos al campesinado para invertirlos en
la industria. El ritmo permanente óptimo
se obtendrá a partir de una combinación en la que la industria crezca
apoyándose en una economía en rápido crecimiento» [7].
En otras palabras, sigue
opinando que «el desarrollo de la industria depende del desarrollo
capitalista», haciendo hincapié al mismo tiempo en que «el desarrollo de la
agricultura depende de la industria, es decir, que la agricultura sin
tractores, sin abonos químicos y sin electrificación está abocada al
estancamiento»: «La industria es la palanca principal de la transformación
radical de la agricultura » [8].
Este es el ángulo desde el que enfoca la crisis del trigo, preparada por la
estabilidad de la economía de los cereales, y cuyas principales manifestaciones
han sido la creciente desproporción entre los precios del trigo y los de los
otros cultivos técnicos, el aumento de los ingresos campesinos de origen no
agrícola, los insuficientes suministros de productos industriales para el campo
y la creciente influencia económica del kulak. El mantenimiento obligatorio de
precios bajos para el trigo suscita forzosamente el estancamiento y, más
adelante, la regresión de la economía del trigo. La política de «presión» es la
responsable directa de la crisis del trigo y, por ende, de las consecuencias de
la industrialización. Al desarrollo de la agricultura o del cultivo de trigo no
cabe enfrentar el de la industria: «En este caso la verdad se encuentra en el
justo medio» [9].
En su respuesta al esbozo
elaborado por Stalin, Bujarin subraya que el punto de vista que exige el
aumento de la producción coincide de forma efectiva con aquel que preconiza la
«sustitución de clase», es decir la progresiva sustitución de los elementos
capitalistas de la agricultura por la colectivización de las explotaciones
individuales de campesinos pobres y medios y la transición a la gran empresa.
No obstante, subraya: «Se trata de un problema formidable que es preciso
resolver en función del auge de las explotaciones individuales lo que exige
grandes inversiones y una nueva tecnología, pero también nuevos cuadros» [10].
Al rechazar las perspectivas de aceleración del ritmo de la industrialización,
propone simplemente estabilizarle en el presente período de restauración.
En una crítica feroz de los
métodos empleados ‑«no se puede construir una fábrica de hoy con los
ladrillos del mañana»‑, hace igualmente hincapié en la enorme magnitud
cobrada por los gastos improductivos en la duración de los ciclos de
producción, doce veces superior a los de la industria americana, y en el
despilfarro de materias primas que oscila entre vez y media y dos veces la
cantidad empleada por aquella para una misma producción. Estos son los factores
sobre los que hay que actuar para ahorrar recursos, manteniendo con ello el
ritmo de industrialización sin empeorar de forma grave la condición de los
trabajadores. Para ello, resulta imprescindible aprender, elevar el nivel
cultural, formar ingenieros y estadísticos. Su conclusión adquiere el eco de
una profecía: «En los poros de nuestro gigantesco aparato se han alojado
elementos de degeneración burocrática absolutamente indiferentes a las
necesidades de la masa, a su vida y a sus intereses tanto materiales como
culturales (...). Los funcionarios están dispuestos a elaborar cualquier tipo
de plan» [11].
De esta forma,
en una de sus últimas manifestaciones públicas, Bujarin, invocando la ciencia
económica acuñada por Marx, condena todas las concepciones autoritarias de la
planificación. Cualquier tipo de intento para crear nuevos recursos económicos,
ya sea voluntariamente o por militarización, en su opinión no puede abocar más
que a una edificación estatal extraña al espíritu del socialismo, viendo en
ella el principal factor de la degeneración que habla presentido desde 1918. En
1928, recuerda lo que habla declarado
en 1922 al rebatir la idea de una
economía cuya dirección se encontrase por entero en manos del proletariado: «Si
se encarga de esta tarea, se ve obligado a poner en funcionamiento un aparato
administrativo colosal. Para cumplir las funciones económicas asignadas a los
pequeños productores, campesinos pobres, etc.... necesita demasiados empleados
y administradores. El intento de sustituir a todas estas gentes sencillas por
burócratas (chinovniki), origina un
aparato tan colosal que los gastos necesarios para mantenerle son infinitamente
más importantes que los gastos improductivos que se deducen de las condiciones
anárquicas en que se lleva a cabo la producción en pequeña escala; esta forma
de administración global, el aparato del Estado proletario en su totalidad, en
definitiva, no solamente no ofrece ningún tipo de facilidades sino que, por
añadidura, sólo sirve para obstaculizar el desarrollo de las fuerzas productivas. Conduce directamente al
objetivo opuesto del que se planteaba y esta es la razón de que el proletariado
experimente una imperiosa necesidad de destruirlo. (...) Si el proletariado no
lo hace, otras fuerzas serán las encargadas de poner punto final a su dominio »
[12].
La crítica de Bujarin, que de
hecho se opone por completo a la elaborada por la oposición conjunta tanto en
sus premisas como en su análisis inmediato, le conduce a un estudio del Estado
y del papel de la democracia obrera. Sus «Notas de un Economista» concluían ya
con una confesión que era también un llamamiento: «Estamos excesivamente
supercentralizados. ¿No podríamos dar algunos pasos en dirección al Estado‑comuna
de Lenin? ». Con ocasión del quinto aniversario de la muerte de Lenin, analiza
sus últimos artículos en un trabajo que lleva por título «El testamento
político de Lenin». En él afirma que
el Estado obrero «constituye una etapa perfectamente definida de la transición
hacia el Estado-comuna, del que desgraciadamente aún nos encontramos muy, muy
lejos». Ante este problema Lenin intenta encontrar posibles catalizadores y
afirma: «Debernos volvernos hacia la remota fuente histórica de la dictadura;
sin duda la más remota es la constituida por los obreros avanzados» [13].
Algunos días más tarde, Bujarin ha de escribir que la «participación de las
masas debe ser la garantía fundamental contra una posible burocratización del
grupo de cuadros» [14].
Las oposiciones en la encrucijada
Por todo lo anterior no puede
sorprendernos que, desde diferentes bandos y, sobre todo desde el ocupado por
los propios protagonistas, se haya considerado la viabilidad de un acercamiento
entre la derecha y la izquierda, que hubiera sido facilitado por las amistosas
relaciones personales mantenidas, incluso cuando la lucha entre facciones
alcanzó su mayor virulencia, entre Trotsky y Bujarin.
No obstante, la primera reacción
de la oposición de izquierda ante el «viraje» está impregnada de ironía;
Trotsky afirma: «Nos enteramos de lo que sabíamos desde hace tiempo, es decir
de la existencia dentro del partido (...) de una fuerte ala derecha que
presiona en favor de una neoNEP, o lo que es lo mismo, tiende hacia la
restauración del capitalismo por etapas» [15].
Preobrazhensky subraya que el viraje confirma el análisis llevado a cabo por la
oposición y viene a determinar inequívocamente la bancarrota de la dirección; a
pesar de ello, las necesarias medidas de urgencia resultan insuficientes,
haciéndose notar la necesidad de una serie de intervenciones estatales que
tienden a la reducción del consumo inmediato y a la satisfacción de la demanda
campesina de productos industriales. Stalin, no obstante, parece decidido a
aplicar de inmediato también este capítulo del programa de la oposición.
Desvanecida la primera impresión
de satisfacción de su amor propio, los oposicionistas pasan a plantearse una
serie de preguntas: Si el «viraje a la izquierda» es definitivo ¿no se ha
llegado demasiado lejos al denunciar a Stalin como «protector del kulak»?
Trotsky opina que es necesario prestar a la nueva política de Stalin un «apoyo
crítico», el llamado a los obreros, a la lucha de clases, facilita la campaña
en favor de la democracia interna mientras que el debilitamiento del kulak
libera las fuerzas proletarias. Sin embargo, las nuevas perspectivas empiezan
desde entonces a dividir a la oposición: Piatakov capitula y es imitado
enseguida por el zinovievista Safárov que les dice a todos los que permanecen
irreductibles: «¡Ahora todo se va a hacer sin nosotros!» [16].
El bando de los absolutamente irreconciliables, integrado por los decemistas
que consideran que el Estado está en manos de los nepistas y de los kulaks, se
niega a aceptar que la nueva línea de izquierda vaya a perdurar: su influencia
se hace sentir entre los jóvenes trostkistas que demuestran menos sensibilidad
a los problemas de política económica que a la eliminación de todo tipo de
libertad de expresión. Por otra parte los más veteranos vacilan. Preobrazhensky
considera que Stalin emprende una nueva política presionado por el ineluctable
principio de necesidad que rige las «leyes objetivas». Todas sus hipótesis
parecen haberse confirmado. Un nuevo viraje a la derecha parece imposible pues
provocarla tal explosión de elementos pro‑capitalistas que Stalin e
incluso el propio Bujarin se verían obligados a volver a la política aprobada
en enero para afrontarlo. Por ello, Preobrazhensky propone a la oposición que
ésta solicite una autorización para celebrar una asamblea legal donde discutir
la situación y fijar una nueva línea. En cuanto a él, se inclina por una
alianza con el centro que, en su opinión, «refleja la política proletaria
correcta como podría hacerlo un espejo deformador» [17].
Su propuesta es rechazada. No obstante, sus ideas se propagan y reciben el
refuerzo de Rádek. Este último, abrumado por la derrota y la deportación,
primero se mostró desolado: «No puedo creer -le escribió a Sosnovsky- que toda
la obra de Lenin y toda la obra de la revolución sólo hayan dejado tras de sí a
5.000 comunistas en toda Rusia» [18].
El viraje a la izquierda levanta su moral: los estalinistas, en el fondo,
vienen a ser la retaguardia del proletariado cuya vanguardia es la oposición.
En consecuencia, él también se inclina por un acercamiento. A duras penas
consigue Trotsky preservar la unidad de la oposición, y ello sólo porque la
sesión del comité central celebrada en julio parece imprimir un nuevo cambio de
rumbo hacia la derecha, poniendo fin al «viraje hacia la izquierda». Este es el
momento que aprovecha Bujarin para, valiéndose de Sokólnikov como mediador,
ponerse en contacto con Kámenev y, gracias a él, con los oposicionistas de
Leningrado. En su opinión la política de Stalin lleva al país a la guerra
civil: «Es un intrigante sin principios que todo lo supedita a sus ansias de
poder. (...) Ha hecho un cierto número de concesiones para poder degollarnos
mejor (...) Sólo conoce la venganza y la puñalada por la espalda». Pálido y
tembloroso, aterrado por la GPU, repite una y otra vez: «¡El nos asesinará! Es
un nuevo Gengis Khan, nos estrangulará». Su intención al ir a ver a Kámenev es
evitar lo que, según él, seria un error fatal: los partidarios de Zinóviev y los
de Trotsky no deben en modo alguno aliarse con Stalin. «Nuestras discrepancias
con Stalin son muchísimo más graves que las antiguas diferencias que hemos
tenido con ustedes». En todo caso no se trata de ideas, pues, según Bujarin,
Stalin parece no tenerlas. «Altera sus teorías según la necesidad que
experimente en determinado momento de eliminar a uno u otro». De lo que se
trata es de salvar el partido, el socialismo y la vida de todos sus adversarios
pues, a su manera, Stalin había adoptado las tesis de Preobrazhensky acerca de
la acumulación socialista originaria. De ellas parece haber deducido que,
cuanto mayor sea el progreso del socialismo tanto más fuerte se hará la
resistencia popular. Bujarin afirma: «Esto significa un Estado policíaco, mas
nada podrá detener a Stalin (...); ahogará las rebeliones en sangre y nos
denunciará como defensores del kulak» y añade: «La raíz del mal se halla en la
completa fusión de partido y Estado» [19].
Para convencer a Kámenev, lleva a cabo una completa descripción de las fuerzas
en presencia. Stalin «tiene» a Voroshilov y a Kalinin; Ordzhonikidze le detesta
y no se moverá, Tomsky, durante una borrachera, le ha dicho que los obreros
terminarían por matarle; Andréiev, los dirigentes de Leningrado y Yágoda, el
jefe supremo de la GPU, están dispuestos a luchar contra él.
Kámenev le escucha y escribe a
Zinóviev aconsejándole que no responda con demasiada avidez a las propuestas
que Stalin va a hacerle sin duda de un momento a otro. Simultáneamente le
suplica a Trotsky que dé algún paso en el sentido de la reconciliación con
Stalin. Trotsky se niega. A la hora de enjuiciar la política de Stalin es
preciso considerar no sólo lo que hace sino también cómo lo hace. Por tanto, él
no propiciará ningún tipo de componenda burocrática ni aceptará la
reintegración en el partido si no se restablece por completo la democracia
interna y con la condición de que la dirección del partido sea elegida por
escrutinio secreto. Su respuesta, dirigida a Bujarin, se encuentra en una carta‑circular
fechada el día 12 de septiembre: las divergencias siguen siendo igualmente
importantes, pero puede considerarse la posibilidad de colaborar en lo
referente a un punto especifico, a saber la restauración de la democracia
interna, declarándose dispuestos, si Bujarin y Ríkov lo aceptan, a luchar junto
con ellos por un Congreso preparado y elegido democráticamente.
La mayoría de
los oposicionistas protestan ante esta actitud, negándose a admitir la
posibilidad de una alianza con la derecha contra el centro precisamente en el
momento en que éste parece orientarse hacia la izquierda. ¿No seria esto la
repetición de lo ocurrido precisamente durante Thermidor? Como, por su parte,
los aliados de Bujarin no iniciarán siquiera los prolegómenos de una posible
lucha en común, apelando a una opinión pública del partido como hicieron
Zinóviev, Kámenev y Trotsky en 1926, Stalin podrá manejar a su antojo la
hostilidad mutua de ambas oposiciones para golpear alternativamente a una y
otra. La oposición de izquierda entra en crisis. Los «conciliadores»
Preobrazhensky y Rádek son imitados enseguida por Smilgá, Serebriakov e Iván
Smirnov: todos ellos suplican a Trotsky que abandone las actitudes
grandilocuentes y rompa su altivo aislamiento. No obstante, Trotsky se niega,
convencido de que el tiempo trabaja en favor suyo ‑tras un año de
represión han sido deportados 8.000 oposicionistas, es decir el doble de los
miembros con que contaba la oposición conjunta hacia finales de 1927‑, en
su actitud es apoyado por Rakovsky, Sosnovsky y los elementos más jóvenes de la
oposición: uno tras otro, los conciliadores hacen causa común y le abandonan.
La correspondencia mantenida entre los exiliados permite seguir de cerca el
proceso de desintegración acelerada que experimenta por entonces lo que constituyó
el núcleo de la oposición. En 1928, tras la capitulación de Safárov, Sosnovsky
le escribe a Ilya Vardin, que ha seguido los pasos del primero: «Le he rogado a
Vaganian que le cuente un detalle ritual de los funerales judíos. Cuando se va
a sacar el cadáver de la sinagoga para ser llevado al cementerio, un acólito se
inclina sobre el difunto, le llama por su nombre y le dice: «Entérate bien de
que estás muerto. He aquí una excelente tradición» [20]
Algunos meses más tarde, en una carta que será interceptada por la GPU y que
posteriormente será publicada por Yaroslavsky, Solnzev escribe: «Reina el
pánico y la confusión, se buscan soluciones individuales». Acusa a
Preobrazhensky, Rádek y Smilgá de haber cometido una «traición inaudita» y deja
traslucir que «I.N. (Smirnov) emprende el camino de la liquidación» [21].
Trotsky, que contempla los acontecimientos con mayor perspectiva, vuelve la
página a finales de julio de 1929 al escribir: «La capitulación de Rádek,
Preobrazhensky y Smilgá constituye en cierto modo un hecho político relevante.
Demuestra hasta qué punto se ha desgastado la gran generación heroica de
revolucionarios a la que correspondió pasar por la guerra y por la revolución
de Octubre. Tres viejos revolucionarios pertenecientes a la elite se tachan
así, por su propia voluntad, del mundo de los vivos» [22].
La batalla preliminar
La ofensiva contra la derecha se
inicia en el mes de junio en el seno del partido: la oposición alimenta una agitación
obrera provocada por la insuficiencia de alimentos, sus miembros se multiplican
en el campo merced a los vínculos personales que siguen teniendo los obreros
con los aldeanos. Los obreros de dos fábricas de Moscú protestan contra las
medidas de excepción. Uglanov, secretario del partido en Moscú, critica
públicamente la nueva línea. En Leningrado, Kirov se enfrenta con una situación
al confrontarse en el comité del partido con Slepkov, discípulo de Bujarin.
Frumkin, Comisario del Pueblo para las Finanzas, protesta contra los métodos
coactivos empleados en la requisa de cereales y recomienda un esfuerzo
financiero máximo que ayude a los campesinos pobres que ingresan en las granjas
colectivas. Stalin entonces, hace de él su chivo expiatorio, acusándole de
ceder ante la presión ejercida por los kulaks.
El día 4 de junio, el comité
central se reúne en Moscú. Kalinin, Mólotov y Mikoyán informan, acentuando la
necesidad de preservar la alianza con el campesino medio, admitiendo que las
medidas de excepción han sido meramente circunstanciales y aceptando la
posibilidad de un alza del precio del trigo. La discusión parece estar en manos
de los derechistas: Stetsky y Sokólnikov exigen concesiones para los campesinos
y subida de precios; Uglanov describe el descontento popular, Rikov protesta
contra la diferenciación establecida entre «excesos» y medidas de excepción.
Éste último acusa a Kaganóvich, que acaba de anunciar la necesidad de una
«lucha cruel» contra el kulak, de constituirse en el apóstol de la violencia
por la violencia. Stalin describe la política del momento como una nueva etapa
de la NEP, como una ofensiva. Al tiempo que acusa a los adversarios presentes
de la colectivización de no ser «ni marxistas ni leninistas sino filósofos
campesinos con los ojos puestos en el pasado», denuncia como «desviación kulak»
al grupo de los que pretenden que el comité central se vuelva de espaldas a la
NEP. La intervención de Bujarin es grave y prudente. Teme que se produzca un
alzamiento unánime del campesinado encabezado por los kulaks; contra Stalin,
subraya que los precios constituyen uno de los instrumentos decisivos con que
cuenta el gobierno para presionar a los campesinos individualmente. La ofensiva
contra los kulaks debe ser completada con una serie de medidas de política
fiscal: el objetivo esencial debe ser no provocar el descontento de los
campesinos medios, pues ello reforzarla la postura de los kulaks. Una
resolución de compromiso, tomada por unanimidad, resalta que las medidas de
urgencia han obtenido un buen resultado y decide derogarlas, prohíbe igualmente
los registros y requisas y, sobre todo, autoriza un aumento del 20 por 100 en
el precio del pan. La impresión general es la de un triunfo de la derecha:
Trotsky se refiere entonces a la «Última fase del Thermidor».
El VI Congreso de la Komintern
El VI Congreso de la
Internacional Comunista que se celebra. en Moscú durante los meses de verano
refleja no obstante un importante retroceso de Bujarin que sigue siendo el
presidente de una organización cuyo control se escapa progresivamente de sus
manos. La Komintern constituye en definitiva un práctico campo de prueba para
los grupos que se encuentran en el partido ruso: la línea seguida por los
partidos comunistas extranjeros desde 1923 no es más que el reflejo de las
oscilaciones de la política rusa. A este respecto, la política derechista del
periodo 1925‑27 ha constituido un escandaloso fracaso: el asunto del
Comité Anglo‑ruso y la derrota china son buena prueba de ello. Stalin,
que en un principio se ha negado a reconocerlo así, no puede seguir durante
mucho tiempo en esta actitud. A partir de la mitad de 1927 parece notarse un
nuevo giro: como le ocurrió a Brandler en 1924, Chen Tu‑hsiu se
convierte en responsable de una política que ha sido aplicada por orden del
ejecutivo, es decir del Politburó del partido comunista ruso. Ya se ha apuntado
más arriba como Lominadze y Neuman lanzaron en pleno reflujo aquella misma
política de ofensiva, combatida por la dirección Stalin‑Bujarin cuando
era preconizada por la oposición en pleno auge de la actividad revolucionaria
de las masas obreras y campesinos.
Indudablemente, tal actitud es
fiel reflejo del empirismo de Stalin, de su cortedad de perspectivas en los
asuntos internacionales y de la improvisación característica de lo que Trotsky
llama «zig‑zags burocráticos». Sin embargo no debe despreciarse otra
tendencia latente en esta política, a saber la que consiste en retomar en
beneficio propio los puntos principales del programa de la oposición, aunque
sólo sea para negar su existencia. A finales del año 1927, tras la insurrección
de Cantón, la dirección de la Internacional puede permitirse proclamar
abiertamente que ha encauzado al partido chino dentro del camino de la
revolución soviética. En este caso el interés político a corto plazo del
aparato coincide con sus tendencias básicas. Hasta 1927, a la política
derechista de la U.R.S.S. había correspondido la política derechista de alianza
sin perspectivas con los partidos social‑demócratas. Cuando se produjo el
viraje a la izquierda de los inicios de 1928 la Komintern lo reprodujo al
abandonar la táctica de frente único. Temiendo el desarrollo de corrientes
oposicionistas en los partidos extranjeros, la dirección del partido comunista
ruso se dispone, con un mecanismo que en lo sucesivo será clásico, a utilizar
el descontento auténtico que experimentan muchos obreros de vanguardia para
enfrentarlo con los dirigentes rebeldes a su autoridad, golpeando a los
derechistas con argumentos de izquierda y privando al mismo tiempo a la
izquierda del factor emocional que constituye la denuncia de los compromisos
con la «social ‑democracia traidora».
Cuando se reúne, en febrero en
1928, el IX comité ejecutivo de la Komintern, todo él está imbuido de las
directivas de la lucha contra la oposición, derrotada por doquier aunque a
veces el margen haya sido mínimo ‑como en Bélgica, donde el secretario
general Van Overstraeten y la mayoría del comité central habían condenado las
decisiones adoptadas en el XV Congreso‑, pero existente y viva en todas
las secciones.
Bujarin es el encargado de
presentar el informe principal. Éste se apoya en un análisis de las fuerzas
mundiales que distingue tres períodos distintos a partir de 1917. Al periodo de
aguda crisis revolucionaria que abarca hasta 1923, sigue una segunda etapa
caracterizada por la reconstrucción capitalista y por una relativa
estabilización. En 1927 se inicia «el tercer período» en el que se desarrolla
una nueva etapa de edificación socialista a la que viene aparejada a una
intensificación del peligro de guerra. Tal «cambio objetivo», según Bujarin,
obliga a los comunistas a describir un «brusco viraje» cuyo «eje político es el
cambio de actitud respecto a los partidos social‑demócratas»,
caracterizado por la limitación de la política de «frente único» a los
elementos «de base». Visiblemente incómodo en su justificación de un viraje
sectario con el que, en el fondo no está de acuerdo en absoluto, Bujarin se
esfuerza torpemente en atenuar su alcance al orientar todo el esfuerzo político
de la Internacional únicamente contra el trotskismo, al que llama «uno de los
más innobles instrumentos empleados por la social‑democracia
internacional en su lucha contra los comunistas para arrebatarles su influencia
sobre las amplias masas obreras». En consecuencia, llega a afirmar que se trata
de un «viraje general (...), de un paso hacia la izquierda que se da en
dirección al esfuerzo general de la lucha contra la social‑democracia de
derecha y muy especialmente contra la de izquierda». Al admitir que el tercer
periodo provocará, como reacción a la ofensiva burguesa, una radicalización
obrera, él se esfuerza por convertir el trotskismo en el único peligro al mismo
tiempo que sigue afirmando la existencia de una amenaza a la derecha, lo cual le
lleva a nuevas acrobacias dialécticas: «No es exacto el planteamiento de la
cuestión según el cual, por una parte debemos luchar contra el trotskismo y por
otra contra los peligros de la derecha. (...) Ello supondría que los
trotskistas representan algún tipo de desviación de izquierda que coexistiría
con un cierto número de desviaciones de derecha. (...). En casi todos los
países el eje del trotskismo está constituido por las desviaciones derechistas»
[23].
No obstante, su flexibilidad no
es óbice para que le sean dirigidas buen número de críticas: sus conclusiones
son consideradas insuficientes, sobre todo por la delegación rusa que presenta
una larga serie de enmiendas. Se le reprocha su excesiva valoración, de las
posibilidades de desarrollo capitalista, su desprecio por la amenaza de la
derecha y particularmente por las tendencias conciliadoras respecto a la social‑democracia
de izquierda, denunciada por Thaelmann como «el más peligroso de los enemigos
del movimiento obrero» [24].
Este mismo afirma que «las tendencias fascistas y los propios gérmenes del
fascismo se encuentran en embrión en la política practicada por los partidos
social‑demócratas de casi todos los países». Uno de los delegados
italianos, Ercoli (Togliatti), tomará la palabra para censurar tales
«generalizaciones excesivas» y acudir en auxilio de Bujarin. «El fascismo,
dice, es un movimiento de masas, un movimiento de la pequeña y media burguesía
dominado por la alta burguesía y por los partidos defensores de los intereses
agrarios. Además, carece de base en una organización tradicional de la clase
obrera. Por el contrario, la social‑democracia es un movimiento que
cuenta con una base obrera y pequeñoburguesa y que extrae su fuerza sobre todo
de una organización que las amplias masas proletarias reconocen como la
tradicional de su clase» [25].
No obstante, la fórmula de Thaelmann es la que se incluye en la resolución, y
Bujarin se limita a subrayar que se trata de tendencias y no de un proceso
completo, apuntando que «no sería razonable meter en el mismo saco a la
social-democracia y al fascismo» [26].
Idéntico conflicto permanece
latente en cuanto se refiere a los problemas específicos de las diferentes
organizaciones. Ercoli replica a las requisitorias ultra‑centralistas de
Thaelmann, Ulbricht y otros, dirigidas a los «saboteadores» derechistas, con
las siguientes palabras: «Como consigna para nuestra actividad de formación de
direcciones de partido podríamos adoptar las últimas palabras de Goethe en su
lecho de muerte: Mehr Licht [27].
La vanguardia obrera no puede luchar en las tinieblas. El estado mayor de
la revolución no puede formarse en una pugna sin principios entre facciones.
Hay formas de lucha que suponen la adopción de determinadas medidas de
organización que, si se aplican irresponsablemente, adquieren un valor
independiente de nuestra voluntad, actuando incluso a espaldas de ella y
suscitando la desunión e incluso la dispersión de las fuerzas directoras de
nuestros partidos» [28].
Bujarin retomará más adelante sus argumentos invocando la autoridad de Lenin.
Sin embargo, en el mes de septiembre, cuando el comité central alemán suspende
a Thaelmann en sus funciones, por pesar sobre él la acusación de haber ocultado
las malversaciones de fondos llevadas a cabo por su amigo Wittorf, secretario de
la organización de Hamburgo, manteniéndole en su cargo a pesar del robo
cometido, el ejecutivo dirigirá una moción de censura a dicho comité central,
consiguiendo la plena rehabilitación de Thaelmann y la expulsión. de todos los
dirigentes alemanes que habían considerado su comportamiento como inadmisible.
En tales
condiciones, parece imposible que la Internacional pueda emitir la menor
crítica en lo referente a la actitud del partido comunista ruso respecto a la
oposición. No obstante, los delegados asistentes al VI Congreso ‑algunos
de ellos acuden por primera vez‑, conseguirán, al conocer la carta
dirigida por Trotsky al ejecutivo, hacerse una idea de su crítica al programa y
de sus tesis generales. Al criticar la escolástica concepción que Bujarin
ostenta sobre la estabilización, Trotsky afirma: «A partir de 1923 no nos
enfrentamos solamente con derrotas del proletariado sino con importantes
errores en la política de la Internacional. (...) La causa fundamental del auge
del capitalismo durante el período de estabilización en el curso de los cinco
últimos años se debe al hecho de que la dirección de la Komintern, en ningún
momento estuvo a la altura de los acontecimientos» [29].
A la vez que subraya el carácter empírico de la línea seguida por la Internacional, calificada
por Trotsky como «centrista», analiza minuciosamente los zig‑zags de una
línea que conduce a desastres sucesivos desde 1923; ello se debe sin duda a su
errónea valoración del esquema de las fuerzas de clase. La estabilización del
capitalismo no fue admitida hasta dieciocho meses después de la derrota
alemana, en el momento en que aparecían los primeros síntomas de un
restablecimiento, frenado en aquella ocasión por una política derechista. El
desastre de la revolución china provocó a su vez un nuevo viraje a la
izquierda precisamente en el momento en que la ofensiva había dejado de ser la
política adecuada. En su crítica del carácter restringido del análisis de
Bujarin, Trotsky afirma que la creciente hegemonía de los Estados Unidos
constituye el hecho dominante así como el factor de estabilización inicial,
pero también el origen de las futuras crisis, pues «una gran crisis en los
Estados Unidos volvería a poner en marcha guerras y revoluciones». La teoría
del «socialismo en un solo país» y la pseudobolchevización que convierte a los
partidos comunistas en dóciles instrumentos de su propio aparato de
funcionarios, implican el riesgo de que, en definitiva, tales partidos sean
incapaces de explotar nuevas situaciones revolucionarias.
Las cartas de los corresponsales
de Trotsky citadas por Deutscher dan prueba del éxito que tuvieron las ideas
del exilado en el Congreso: Ercoli se lamenta por el servilismo de que hacen
gala la mayoría de los delegados, Maurice Thorez declara que no se siente
demasiado convencido por la teoría del «socialismo en un solo país» [30].
Un delegado de la minoría americana, James P. Cannon, se dispone a fundar la
oposición de izquierda en su país [31].
Sea como fuere, los delegados, ya sean de «derecha» o de «izquierda», se sienten
en el Congreso tan impotentes ante las tesis oficiales como Bujarin, que pasa a
apoyar unas posturas que considera catastróficas pero que acepta y defiende
incluso contra sus propias ideas.
La ofensiva contra los enclaves derechistas
En el ínterin se prepara ya la
lucha en el nivel decisivo: el aparato del partido ruso. Slepkov es desplazado
por el secretariado, su traslado a Siberia le deja a Kirov el campo libre en
Leningrado. En Moscú, Uglanov intenta utilizar su propio sector del aparato
contra la política del secretariado. Adoptando la misma táctica que Bujarin,
consigue que el comité de Moscú adopte el texto de una vehemente condena de la
política anti‑kulak cuya responsabilidad hace recaer por entero sobre los
trotskistas. El día 15 de septiembre,
Pravda replica con un llamamiento a la «lucha en dos frentes»; denuncia la
existencia en el seno del partido de una «desviación de derecha» oportunista y
«conciliadora» en lo referente al kulak. La presión ejercida por el aparato central
origina una serie de reacciones en los comités de radio de Moscú que se
caracterizan fundamentalmente por la acusación que se hace a Riutin, el brazo
derecho de Uglanov, de adoptar posturas derechistas. El Secretariado General
aprovecha este estado de ánimo para destituir a Riutin de todos sus cargos «por
falta grave», sin tener en cuenta a Uglanov y subrayando igualmente «el
descontento de los militantes activos» ante la «inconsistencia y las
vacilaciones de ciertos miembros del comité de Moscú en su lucha contra la
desviación de derecha (...), así como su actitud conciliadora» [32].
Ya se ha consumado la derrota de Uglanov: el día 18 ninguna ovación acompaña a
su informe ante el comité de Moscú y Riutin no tiene más remedio que llevar a
cabo una autocrítica. El día 19, Stalin en persona le da el tiro de gracia
denunciando «la desviación de derecha y las tendencias conciliadoras a su
respecto» [33]. El comité
de Moscú decide llevar a cabo una «reorganización»: uno tras otro, los
secretarios de radio critican a Uglanov y exigen su completa autocrítica.
Durante el mes de noviembre
aumenta aún mar s la tensión en las altas esferas. La contienda del comité de
Moscú obliga a Bujarin, Ríkov y Tomsky a reclamar una reorganización del
aparato pero no consiguen que se reúna la comisión que debe ocuparse de ello.
Comprendiendo que de esta forma Stalin gana tiempo continuamente, se deciden a
dar un golpe de efecto y dimiten simultáneamente de sus cargos de presidente
de la Komintern y redactor‑jefe de Pravda,
presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y presidente de los sindicatos.
Su actitud supone una verdadera bofetada para Stalin, que precisamente acaba de
desmentir en Moscú la existencia de divergencias reales en el Politburó; por
esta razón acepta la negociación y sus tres oponentes se avienen a reconsiderar
su dimisión a cambio del voto unánime de una resolución que dé prioridad a la
agricultura sobre la industria pesada. El Politburó, por tanto, comparece unido
ante el comité central que condena, una vez más por unanimidad, la «desviación
de derecha» cuyas vinculaciones con la de izquierda ha demostrado Stalin en su
informe. Los jefes del ala derecha aprueban así la campaña del aparato contra
sus ideas y sus partidarios. Ríkov llega incluso a amenazar a éstos con una
serie de medidas que sobrepasan el ámbito de la campaña ideológica si la
oposición de derecha se atreve a «tomar forma». El reducto de la derecha en
Moscú es eliminado oficialmente: Uglanov pierde el secretariado y es sustituido
por Mólotov al que asiste Bauman.
Prosigue de hecho la ofensiva
del «centro». En pleno corazón de la batalla contra los derechistas de Moscú,
el comité central, ha adoptado el día 19 de octubre un documento en el que se
define una nueva política industrial. «Como consecuencia de nuestro atraso
técnico, nos resulta imposible desarrollar la, industria a un ritmo que no sólo
nos permita no quedarnos a la zaga de los países capitalistas sino que los
alcance y sobrepase sin que sea necesario la utilización de todos los recursos
y fuerzas del país, sin una gran perseverancia y una férrea disciplina en las
filas del proletariado» [34].
Las vacilaciones de determinadas capas de la clase obrera y de ciertos sectores
del partido son calificadas como «huída ante las dificultades». El consejo de
economía, emprende un proyecto de plan quinquenal para la industria. A partir
de entonces el choque con el segundo reducto de los derechistas, los
sindicatos, presididos por Tomsky, es inevitable.
Tomsky es un burócrata enérgico ‑el
«Gompers del Estado soviético» [35]
le llama Trotsky‑ y está firmemente decidido a que los sindicatos
conserven su función general de defensa de los intereses obreros pues ello
constituye también el fundamento de su poder personal y el elemento
indispensable desde su punto de vista, de la organización soviética. Ahora
bien, la nueva línea limita la función de los sindicatos a la mera lucha en
favor del aumento de los rendimientos y de la producción. A partir de junio, el
comité central ha criticado numerosos «abusos burocráticos» en la actividad del
aparato sindical, emitiendo llamamientos dirigidos a las «fracciones»
sindicales del partido para que estas trabajen en su corrección: de esta forma,
el partido puede intervenir directamente en los sindicatos con independencia de
Tomsky. A partir de la sustitución de Uglanov, la Pravda se lanza al ataque contra todos los derechistas de los
sindicatos, reprochándoles su resistencia a la autocrítica y su negativa a la
política de movilización de masas cara a la construcción socialista. En el
Congreso pan‑ruso de los sindicatos, celebrado a finales de diciembre,
Tomsky admite la existencia de ciertas insuficiencias pero también propone la
renovación de los esfuerzos tendentes a conseguir un alza general de los
salarios obreros. No obstante, la fracción sindical del partido presenta una
resolución en la que se condena a los derechistas y se reclama una
industrialización acelerada, rechazando la concepción «puramente obrera» de los
sindicatos, cuya misión ha de ser «movilizar a las masas» para «superar las
dificultades propias del período de reconstrucción» [36].
Es aceptada por una mayoría aplastante. A esta condena tácita de Tomsky sigue
la elección, entre los nuevos dirigentes, de cinco miembros importantes del
partido, Kaganóvich, Kuibyshev, Ordzhonikidze, Rudzutak y Zhdánov. Tomsky será
reelegido para la presidencia pero, al escapársele el control de la organización,
se negará a recobrar sus funciones.
La derecha con ello ve
confirmarse su derrota y se dispone de inmediato a. apoyar una medida que
constituye una grave amenaza. Trotsky, que ha sido conminado a renunciar a todo
tipo de actividad política, se niega el día 16 de diciembre a llevar a cabo lo
que, en su opinión, supondría una auténtica «abjuración», el abandono de la
lucha en la que está empeñado desde hace treinta y tres años. En contra de los
tres jefes de la derecha, a pesar de los esfuerzos desesperados de Bujarin y de
la oposición de otro miembro del Politburó que posiblemente era Kuibyshev,
Stalin consigue que se apruebe la expulsión de Trotsky del territorio de la
U.R.S.S. Según las actas de la sesión, tal y como más tarde fueron publicadas
por Trotsky, Stalin declaró: «Trotsky debe ser exilado en el extranjero: 1º)
Porque mientras permanezca en el país., es capaz de dirigir ideológicamente a
la oposición cuya fuerza numérica aumenta incesantemente; 2º) Para poder ser
desacreditado ante las masas como cómplice de la burguesía a partir del momento
en que se encuentre en un país burgués; 3º) Para poder desacreditarle ante el
proletariado mundial pues, sin lugar a dudas, la social‑democracia
utilizará su exilio contra la U.R.S.S., corriendo en auxilio de Trotsky,
«víctima del terror bolchevique»; 4º) Si Trotsky ataca a la dirección haciendo
revelaciones podremos acusarle de traición. Todas estas razones aconsejan su
exilio» [37]. La GPU le
detiene el 22 de enero junto con toda su familia y le expulsa a Turquía; para
el viejo revolucionario comienza el último viaje por el «planeta sin visado».
El día 23, Pravda anuncia ciento cincuenta nuevas detenciones por «actividad
trotskista; entre los detenidos se encuentran Budu Mdivani, Drobnis, Pankratov
y Voronsky.
La liquidación política de los derechistas
Como apunta R. V. Daniels, «la
historia de la oposición de derecha ofrece el singular espectáculo de un grupo
político primero derrotado y más tarde atacado» [38].
Efectivamente, hasta el mes de enero de 1929, se ha mantenido en el Politburó
la ficción de la unanimidad, incluso ante el comité central. Sin embargo, en
febrero de 1929, Stalin pide a la Comisión de Control que inicie una
investigación a propósito de las conversaciones sostenidas entre Bujarin y
Kámenev, reveladas por unos panfletos editados por el grupo trotskista de
Moscú. Bujarin acepta el reto. Reconoce su participación en tal hecho y
emprende un contra‑ataque en el Politburó. Al tiempo que niega haber
llevado a cabo cualquier tipo de actividad fraccional, ataca ferozmente al
burocratismo de un aparato cuyo Secretario General es también su señor absoluto
y en donde ningún secretariado regional ha sido elegido. Denuncia la nueva
política económica como una «explotación militar‑feudal del campesinado»
que se encubre con las apariencias de un tributo; exige la reducción del ritmo
previsto para la industrialización y el mantenimiento de un mercado libre. El y
sus dos correligionario s presentan de nuevo su dimisión. Al ser acusados de
romper la unidad de la dirección y de infligir un serio golpe a la del partido,
terminan por retirarla, Ríkov el primero, negándose de todas formas a reconocer
los errores que se les imputan. El día 27 de febrero, Mólotov amenaza, sin
nombrar a nadie en concreto, desde las páginas de Pravda: «La teoría de la integración pacifica del kulak en el
socialismo supone en la práctica el abandono de toda ofensiva contra él;
conduce a la emancipación de los elementos capitalistas y, por último, al
restablecimiento del poder de la burguesía».
En la sesión del comité central
y de la Comisión de Control correspondiente al mes de abril, los ataques de
Stalin, Mólotov y Kaganóvich se dirigen, abiertamente esta vez, contra los tres
derechistas que se encuentran en clara minoría. Para evitar una condena
pública, aceptan votar resoluciones en favor de un plan quinquenal para la
industria, contentándose con pedir que se obre con prudencia y advirtiendo del
peligro de una «abolición de la NEP»: En consecuencia, el comité central les
condena por haber «disimulado su verdadera postura». Stalin pronuncia una
auténtica requisitoria contra Bujarin, le acusa de defender la «integración de
los capitalistas en el socialismo», conceptos que «aletargan a la clase obrera,
disminuyen la voluntad de movilización de las fuerzas revolucionarias y
facilitan la ofensiva de los elementos capitalistas». «El plan de Bujarin, exclama,
tiende a frenar el desarrollo de la industria y a derribar las nuevas fórmulas
de alianza entre obreros y campesinos». Seguidamente, Bujarin se lamenta de la
«degradación cívica» a la que le somete el partido criticándole en público
cuando se ve obligado a callar; Stalin le pregunta entonces con toda seriedad
por qué razón se ha mantenido al margen de la lucha contra la desviación de
derecha: «¿Acaso el grupo de Bujarin no comprende que renunciar a la lucha
contra la desviación de derecha significa traicionar a la clase obrera,
traicionar a la Revolución?» Y concluye: «El partido exige que emprendáis al
lado de todos los miembros del comité central de nuestro partido una lucha
decidida contra la desviación de derecha y el espíritu de conciliación. (...) O
bien hacéis lo que el partido exige de vosotros, y el partido se congratulará
de ello, o bien no lo hacéis y en ese caso la responsabilidad será sólo
vuestra» [39].
El conflicto sigue sin ver la
luz pública. En la XVI Conferencia Ríkov defiende el plan quinquenal mientras
Kuibyshev amenaza a los «elementos pequeño‑burgueses», «derrotistas» y
faltos de confianza». En el Politburó, Uglanov es sustituido por Bauman. En
junio, Tomsky es eliminado de la dirección de los sindicatos y sustituido por
Chvernik. El dia 3 de julio, Bujarin es relevado de la presidencia de la
Komintern y expulsado del ejecutivo; la operación ha sido facilitada por la
alianza de última hora de Ercoli‑Togliatti con la facción estalinista.
Tal medida no será hecha pública
hasta el 21 de agosto, fecha que determina el comienzo de la sistemática
denuncia de los «errores» de Bujarin. En la sesión de noviembre del comité
central, Uglanov reniega de sus errores. Los tres dirigentes encausados
intentan convencer al auditorio de que, en realidad, se han limitado a defender
un método de aproximación diferente a una política con la que están
completamente de acuerdo: se les condena entonces por esta «maniobra
fraccional» y Bujarin es expulsado del Politburó. Por último, el día 26 de
noviembre, capitulan en toda regla: «A lo largo de los últimos dieciocho meses
han existido, entre nosotros y la mayoría del comité central del partido una
serie de divergencias acerca de cuestiones políticas y tácticas. Hemos
presentado nuestros puntos de vista en una serie de documentos y de
declaraciones ante la sesión plenaria y otras sesiones del comité central del
partido y de la Comisión Central de Control. Creemos que nuestro deber es
declarar que, en esta discusión, el partido y el comité central tenían razón.
Nuestros enfoques, presentados en documentos conocidos por todos, se han
revelado erróneos. Al reconocer nuestros errores, nos comprometemos, por
nuestra parte, a hacer todos los esfuerzos necesarios para emprender, junto con
la totalidad del partido, una lucha decidida contra todas las desviaciones de
la línea general y en particular contra las desviaciones derechistas y la
tendencia conciliadora con el fin de poder superar todas las dificultades y
garantizar con ello la más rápida victoria de la edificación socialista» [40].
De esta forma pasa el más
brillante de los teóricos bolcheviques a engrosar la cohorte de «almas muertas»
que unos meses antes, habían formado los miembros del grupo de los
conciliadores de la oposición de izquierda, Preobrazhensky, Rádek y Smilgá. Con
este episodio se sella la larga agonía del partido bolchevique. Trotsky, desde
el exterior, y algunos irreconciliables como Rakovsky, Sosnovsky y Solnzev,
desde Siberia, siguen defendiendo las ideas que integran el legado bolchevique
pero que no tienen ya vigencia alguna en el partido que se supone debía
heredarlo. Se cierra así todo un período histórico y se inicia uno nuevo cuando
el día 27 de diciembre, Stalin, en un articulo titulado «Al diablo con la NEP»,
anuncia lo que será el «gran viraje». Para los hombres que habían encabezado la
primera revolución proletaria victoriosa, este viraje iba a constituir la
primera etapa de un camino que les conduciría a una muerte ignominiosa u
oscura.
[1] Cf. inter alia, Plataforma de la posición de izquierda, páginas 30‑3 1, (ed. francesa).
[2] Corr. Int. N.º 54, 9 de junio del 28, págs. 642‑644.
[3] «Notes d’un économiste», Corr.Int. n.º 126, 20 de octubre de 1928, pág. 1369
[4] Ibídem, pág. 1370.
[5] Ibídem, pág. 1371
[6] Ibídem
[7] Ibídem, pág. 1372.
[8] Ibídem.
[9] Corr. Int. n.º 127, 24 de octubre de 1928, pág. 1388.
[10] Ibídem, n.º 128, 27 de octubre de 1928, pág. 1407.
[11] Ibídem n.º 131, 31 de octubre de 1928, pág, 1440
[12] Pravda, 12 de septiembre de 1928, citado por Daniels, Conscience, pág. 255.
[13] Pravda, 24 de enero de 1, 929, citado por Daniels, ibídem.
[14] Citado por Daniels, Conscience, pág. 356.
[15] Trotsky, L’Internationale communiste aprés Lénine, pág. 74
[16] Citado por Deutscher, El profeta desarmado, pág. 377.
[17] «Acerca del viraje hacia la izquierda», archivos de Trotsky, citados por Deutscher, El profeta desarmado, pág. 377.
[18] Citado por Deutscher, op. cit. pág. 386.
[19] Serge. Víe et mort de Leon Trotsky, págs. 213‑214.
[20] Sosnovski, «Lettres d’exil», Lutte de classes n.º 17, enero de 1930, pág. 71.
[21] Corr. Int. n.º 102, 9 de octubre de 1929, pág. 1415
[22] Reproducidos en Les crimes de Staline, pág. 265.
[23] Informe emitido por Bujarin ante el IX ejecutivo, Corr. Int. n.º 18, 27 de febrero de 1928, págs. 231‑239, Discurso de clausura, Corr. Int. n.º 27, 15 de marzo de 1928, pág. 357. Informe ante el VI Congreso, numero especial 72, 1 de agosto de 1928, págs. 833‑847, y en particular págs. 840, 841 y 843.
[24] Corr. Int. n.º 84, 16 de agosto de 1928, pág. 887.
[25] Corr. Int. n.º 89, 22 de agosto de 1928, pág. 949..
[26] Ibídem
[27] Más luz (N. del T.).
[28] Corr. Int. n.º 89, 22 de agosto de 1928, pág. 950
[29] Trotsky, L’I.C. aprés Lénine, págs. 34‑35.
[30] Deutscher, El profeta desarmado, pág. 406.
[31] Cannon, History of american trotskysm, págs. 49‑50.
[32] Citado por Daniels, Conscience, pág. 339
[33] Corr. Int. n.º 312, 3 de noviembre de 1928, págs. 1454‑1457
[34] Citado por Daniels, Conscience, pág. 352
[35] Samuel Gompers (1850‑1924): Activista y fundador de los sindicatos americanos (N. del T.).
[36] Corr. Int. n.º 1, 5 de enero de 1929, págs. 4‑5.
[37] Bulletei Oppoztsii, julio de 1929, reproducido por N. Sedova en Fourth International n.º 1, 1942, pág. 11.
[38] Daniels, Conscience, pág. 362.
[39] Stalin, Qucstions de léninisme, t. 1, págs. 225‑274.
[40] Corr. Int. n.º 18, 30 de noviembre de 1929, pág. 1578.