CAPÍTULO VIII
LA CRISIS DE 1923
El día 26 de mayo de
1922, Lenin sufre un ataque. Su convalecencia se extiende a lo largo de todo el
verano y hasta el mes de octubre no vuelve a emprender su actividad normal. Por
tanto resulta difícil saber lo que aceptó y respaldó durante este período de
semirretiro. Sin embargo, el último período de su vida política, desde el final
de 1922 hasta los dos primeros meses de 1923, está marcado por su ruptura
personal con Stalin y por el inicio de una lucha contra el aparato, que sólo
habrá de interrumpir la recaída definitiva. Durante mucho tiempo, los únicos
elementos de información de que ha dispuesto el historiador han sido los
aportados por el testimonio de Trotsky acerca de algunos detalles que debían
confirmarse por alguna alusión en los congresos o por el contenido de alguna
declaración. Por supuesto la historiografía estalinista negaba esta versión que
fue empero, definitivamente revalidada por las revelaciones de Jruschov al menos
en sus rasgos generales.
Lenin y la burocracia
Habría resultado asombroso que un hombre de la envergadura intelectual de Lenin no se hubiese apercibido del peligro de degeneración que para el régimen soviético y el partido entrañaba el aislamiento de una revolución victoriosa en un país atrasado. En el período de marzo‑abril de 1918 había escrito: «El elemento de desorganización pequeño‑burguesa (que habrá de manifestarse en mayor o menor medida en toda revolución proletaria y que en nuestra propia revolución debe surgir con gran vigor dado el carácter pequeño‑burgués del país, su atraso y las consecuencias de la guerra reaccionaria) también debe marcar a los soviets con su huella (...). Existe una tendencia pequeño‑burguesa que se propone convertir a los miembros de los soviets en “parlamentarios”, es decir, en burócratas. Hay que combatir dicha tendencia haciendo participar a todos los miembros de los soviets en la dirección de los asuntos» [1]. Consciente de que el principal obstáculo para la aplicación de este remedio estribaba en la incultura de las masas, desde el día siguiente a la toma del poder había redactado el decreto de reorganización de las bibliotecas públicas en el que se preveían los intercambios de libros, su circulación gratuita y la apertura diaria de salas de lectura que deberían permanecer abiertas, incluso los sábados y domingos, hasta las once de la noche. Sin embargo, los efectos de tales medidas no podían ser inmediatos. En 1919, ante el VIII Congreso, afirmaba: «Sabemos perfectamente lo que significa la incultura en Rusia, lo que supone para el poder soviético que, en principio, ha creado una democracia proletaria infinitamente superior a las. demás democracias conocidas (...), sabemos que esta incultura envilece el poder de los soviets y facilita el resurgimiento de la burocracia. Si se cree en las palabras, el Estado Soviético está al alcance de todos los trabajadores; en realidad ‑ninguno de nosotros lo ignora‑ no se halla al alcance de todos ellos y falta mucho para que así sea» [2].
Sus discursos de 1920, 1921 y 1922 están llenos de referencias a la burocracia del aparato estatal y a la herencia del zarismo. Pero el reflujo de las masas y el aletargamiento o asfixia de los soviets no permiten utilizar los remedios propuestos en un principio. Lenin parece haber profundizado en el problema, comprendiendo que la creciente confusión entre el partido y el Estado constituiría el origen de muchos males. Así lo declara sin rodeos en el XI Congreso: «Se han establecido relaciones erróneas entre el partido y las organizaciones soviéticas: en cuanto a ello estamos todos de acuerdo ( ... ). Formalmente resulta muy difícil poner remedio a esto pues nos gobierna un partido único En muchos aspectos la culpa también ha sido mía» [3].
¿Llevó su análisis más
lejos, considerando el posible final, del sistema de partido único? También
esto parece probable pues una de sus notas manuscritas, destinada a un articulo
que redactó durante la celebración del Congreso, menciona en distintas
ocasiones la «legalización» de los mencheviques. No obstante, sigue estando
convencido de la necesidad de obrar con prudencia para no comprometer unos
resultados frágiles aún, con plena conciencia de la inmensidad de las
dificultades. En un informe dirigido al comité central, después de hacer
hincapié en la mala calidad del aparato estatal, añade: «La primera máquina de
vapor era inutilizable ¡No importa! (...) Ahora tenemos la locomotora. Nuestro
aparato estatal es francamente malo. ¡No importa! Ha sido creado, es un inmenso
hallazgo histórico; un Estado de carácter proletario ha sido creado.» Su
conclusión es fiel reflejo de su conciencia de los limites que existen para una
acción que intente mejorar la situación. «Toda la cuestión consiste en separar
firme, clara y saludablemente lo que constituye un mérito histórico mundial de
la revolución rusa, de nuestro intento, desastroso tal vez, de construir
aquello que nunca ha sido creado y que en numerosas ocasiones, deberá volverse
a empezar» [4]. Las
siguientes líneas, referentes a las huelgas de principios de 1922, reflejan,
tal vez en mayor medida aún, el carácter pragmático de su pensamiento en lo
referente a estos problemas fundamentales: «En un Estado proletario de tipo
transitorio como el nuestro, el objetivo final de cualquier acción de la clase
obrera no puede ser sino el fortalecimiento del Estado proletario que ha de
llevar a cabo el propio proletariado mediante la lucha contra las deformaciones
burocráticas de dicho Estado». El partido, los soviets y los sindicatos no deben
pues disimular que «el recurso a la lucha huelguística en un Estado en que el
poder político pertenece en exclusiva al proletariado, puede explicarse y
justificarse únicamente por cierto número de deformaciones burocráticas del
Estado proletario así como por toda una serie de supervivencias capitalistas en
sus instituciones por una parte, y por la falta de desarrollo político y el
retraso cultural de las masas trabajadoras por otra» [5].
De hecho Lenin entiende
que debe consagrar todos sus esfuerzos, con preferencia a cualquier otra
finalidad, a la salvaguarda y perfeccionamiento de la herramienta que, en su
opinión, resulta absolutamente esencial: el partido. Incluso un historiador tan
hostil a Lenin como Schapiro advierte que «parece como si Lenin hubiese
conservado la creencia de que se podía elevar el nivel de sus miembros y poner
un freno a la expansión del arribismo y de la burocracia, desarrollando las
aptitudes del proletariado y su confianza en sí mismo» [6].
A este respecto, las
medidas de 1922, al fijar la duración del período de prueba previo al ingreso
en el partido, en seis meses para los obreros y soldados del Ejército Rojo de
origen obrero y campesino, en doce meses para los campesinos y en dos años para
los restantes estratos sociales, parecen haber sido, en opinión de Lenin,
completamente insuficientes puesto que su propuesta exigía seis meses
únicamente para aquellos obreros que hubiesen trabajado al menos diez meses en
la industria pesada, dieciocho meses para los otros Obreros, dos años para los
ex combatientes y tres años para las restantes categorías sociales. Su gran
preocupación por preservar el capital constituido por la «vieja guardia»
bolchevique, nos permite suponer que las condiciones mínimas que se exigían
para el ejercicio de responsabilidades dentro del partido ‑un año para
ser secretario de célula y tres años para convertirse en secretario de
distrito, pertenecer al partido con anterioridad a la revolución de octubre
para ser secretario regional‑ han contado al menos con su plena
aprobación. En cualquier caso, sus últimos escritos demuestran que en 1923
había permanecido fiel a los principios que había mantenido durante la
construcción del partido, basados en el desarrollo de la conciencia obrera;
asimismo, aconseja apartar de las tareas de dirección a «los obreros que han
desempeñado desde hace tiempo trabajos soviéticos» porque «tienen una
determinada tradición y una determinada mentalidad contra las que sería
conveniente luchar»; también recomienda apoyarse en «los mejores elementos de
nuestro régimen social, es decir, sobre todo en los obreros avanzados y, en
segundo término, en los elementos verdaderamente instruidos de los que se puede
asegurar que nunca creerán en algo que se base en meras promesas y que nunca
pronunciarán ni una sola. palabra contraria a su conciencia» [7].
Estos artículos y
discursos dedicados al tema de la burocracia y del aparato son aprobados por
todos, incluidos los burócratas. No obstante, en la Pravda del 3 de enero de 1923, Sosnovsky describe cómo aquellos
mismos que los ovacionan, no cambian por ello ni un ápice de su práctica:
«Lenin ha subrayado en numerosas ocasiones en qué forma, nos sojuzga el aparato
integrado por los funcionarios de las oficinas cuándo deberíamos ser nosotros
los que deberíamos someterle a él. Y he aquí que todos aplauden a Lenin, los
comisarios, los jefes y los responsables también aplauden de todo corazón pues
están completamente de acuerdo con Lenin. Pero coged a uno de ellos por los
botones de la chaqueta y preguntadle: “¿Acaso el aparato de tu oficina también
se ha adueñado de su jefe? Adoptará sin duda un ademán de persona ofendida: No
es lo mismo. Todo eso es absolutamente cierto pero solamente para el prójimo,
para el vecino. Yo controlo perfectamente mi aparato.”»
Lenin ante el auge del aparato
Desde
su vuelta a la actividad política, después de su primer ataque, Lenin concentra
su atención en el problema de la creciente influencia de la burocracia,
fenómeno que le ha sorprendido durante su progresiva toma de contacto. Al
tiempo que se lamenta de las «mentiras y fanfarronadas comunistas» que «le dan
asco», busca entre sus compañeros de lucha, al aliado y confidente que necesita
para emprender cualquier tipo de ofensiva. Según Trotsky es a él a quien
propone, en el mes de noviembre, la creación de «un bloque contra la burocracia
en general y contra el buró de organización en particular» [8].
El día 14 de diciembre sufre un
segundo ataque que le deja semiparalizado. El día 15 dicta la nota que será
como su «testamento»: el texto, publicado en 1925 gracias a los buenos oficios
de Max Eastman, será denunciado durante largo tiempo como falso por los
dirigentes rusos antes de que su autenticidad sea sensacionalmente confirmada
en 1956 por Jruschov.
En él, Lenin comenta
las cualidades y defectos de los principales dirigentes bolcheviques, prevé la
posibilidad de un conflicto entre
Stalin y Trotsky y recomienda que se intente evitarlo sin sugerir empero
solución alguna.
Durante los días
siguientes va a sufrir un verdadero shock
al conocer los acontecimientos que se han producido en Georgia. En 1921 el
Ejército Rojo entró en Georgia para sostener una «insurrección» bolchevique. La
resistencia a la dominación rusa siempre había sido intensa en dicha región, y
en esta ocasión se traduce en un fuerte sentimiento nacionalista entre los
comunistas georgianos. Durante el verano de 1922 , estos se alzan contra el
proyecto de Stalin, comisario para las Nacionalidades, que se propone
constituir una República Federal que comprenda Georgia, Armenia y Azerbaiyán,
destinada a adherirse a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con el
mismo titulo que la RSFSR, Bielorusia y Ucrania. El día 15 de septiembre, el
comité central del partido comunista georgiano toma postura contra el proyecto
sostenido por Ordzhonikidze, secretario del buró regional de Transcaucasia. La
protesta que Budu Mdivani, dirigente del partido comunista georgiano, eleva
ante Lenin suscita un primer choque entre Stalin y Lenin, acusando éste a aquel
de haberse mostrado «demasiado apresurado».
A mediados de octubre,
sin embargo, cuando el comité central del partido ruso aprueba el plan de
Stalin, los comunistas georgianos, haciendo caso omiso del llamamiento a la
disciplina que les ha dirigido Lenin, se niegan a someterse. Ordzhónikidze,
instalado en Tiflis, emprende entonces la tarea de romper su resistencia con
los métodos característicos del aparato, obligando al comité central georgiano
a dimitir. La operación, inspirada posiblemente por Stalin, de quien
Ordzhonikidze es una mera prolongación, se lleva a cabo sin mayores problemas
por el recurso a la represión policíaca y a la violencia. Los llamamientos de
los comunistas georgianos suscitan la constitución de una comisión de
investigación presidida por Dzherzhinsky que dará el visto bueno a la acción
desencadenada por Ordzhonikidze. Desplazados por el buró de organización y
separados de su partido, los dirigentes georgianos consiguen no obstante tomar
contacto con Lenin y presentarle un abrumador informe de la actividad
desplegada contra ellos en Georgia por Stalin y Ordzhonikidze.
Lenin descubre entonces
súbitamente la verdadera importancia de los daños y se lo reprocha a sí mismo
en unos términos nada habituales en él: «Creo que soy enormemente culpable ante
los trabajadores de Rusia, por no haber intervenido lo bastante radicalmente,
lo bastante vigorosamente en este asunto». Las «fuerzas poderosas que desvían
al Estado soviético de su camino deben ser denunciadas: surgen de un aparato
que nos es completamente extraño y que representa una mescolanza de
supervivencias burguesas y zaristas» al que «sólo recubre un cierto barniz
soviético» y que hunde de nuevo al país en un «lodazal de opresión». Contra
Stalin, al que se refiere de forma inequívoca en la discusión de la cuestión
georgiana, emplea palabras muy duras: «El georgiano que contempla con desdén
este aspecto del asunto, que profiere despreciativas acusaciones de «social‑nacionalismo»
(cuando él mismo no sólo es un verdadero y auténtico «social‑nacionalista»
sino, por añadidura, un brutal polizonte gran‑ruso), ese georgiano, en
realidad lo que hace es atacar a la solidaridad de clase proletaria» [9].
Estas líneas son
dictadas el día 30 de diciembre. El 4 de enero, añade a su testamento la
posdata acerca de Stalin, en la que denuncia su brutalidad, recomendando su
alejamiento del secretariado. Más adelante saca este debate a la luz pública
tratando, en un artículo aparecido en la Pravda
del 23 de enero, las «deficiencias de la Inspección Obrera y Campesina», el
departamento de Stalin, al que ya había reprochado, en una carta escrita en
septiembre de 1921, su política de intentar «coger» o «desenmascarar» a las
personas en lugar de «mejorarlas». El día 6 de febrero aparecerá un nuevo
artículo sobre la cuestión ‑el último artículo de Lenin‑ que lleva
por título: «Más vale menos pero mejor». En él descarga un alud de críticas
sobre Stalin al que sigue sin nombrar: «Cuando interviene el aparato de Estado
las cosas se vuelven repugnantes», «no hay peor institución que la Inspección».
Hay que acabar con «la burocracia, no sólo en las instituciones soviéticas,
sino también en las pertenecientes al partido». Para todos los lectores
informados de la Pravda, esto supone
una verdadera bomba: Lenin denuncia públicamente a Stalin. Trotsky es el único
que ha suministrado un relato de las muy lógicas vacilaciones del Politburó a
la hora de publicar este articulo. Al parecer Kuíbyshev llegó incluso a
proponer que no se imprimiese más que un solo ejemplar con el fin de engañar al
enfermo [10]. Pero, para
ello, no cuenta con la complicidad de sus próximos, y el artículo sale a la
luz. Entretanto, Lenin prosigue sus ataques: el relato de Jruschov ha
confirmado y precisado el relato, que dos años más tarde había de referir
Kámenev a Trotsky, del incidente ocurrido entre Stalin y Krupskaya que obliga a
Lenin a enviar, en la noche del 5 al 6 de marzo, una carta de ruptura a Stalin.
El día 9 sufre un tercer ataque que le priva por completo del uso de la
palabra. El partido bolchevique se ve así privado de. su cabeza en el momento
en que más iba a necesitarla: el país está quebrantado por una grave crisis
económica, Alemania está a punto de presenciar el estallido de su tan esperada
revolución. Lenin agoniza.
La crisis económica: las tijeras
Los primeros resultados
de la NEP han sido positivos. El organismo económico ha vuelto a ponerse en
marcha. La agricultura, liberada de la esclavitud de las requisas, se
desarrolla. Si bien el campesino pobre vive mal, el kulak dispone ahora de
importantes excedentes, alcanzando la cosecha de trigo de 1922 las tres cuartas
partes de la obtenida antes de la guerra. Las ciudades vuelven a la vida.
Petrogrado, cuya población había disminuido hasta alcanzar 740.000 habitantes
en 1920, llega a los 860.000 habitantes en 1923 y, muy pronto al millón.
También la industria se recupera: las naves industriales abandonadas cuyos
cristales estaban rotos, cuya maquinaria había sido robada pieza por pieza y
cuyas chimeneas permanecían apagadas, recobran vida. En 1922, la producción
sólo representa la cuarta parte de la de antes de la guerra pero aumenta en un
46 por 100 respecto al año anterior. Este resurgir supone un gran estímulo, una
prueba de la vitalidad y del dinamismo del sistema en opinión de muchos rusos;
al presentarse después de los años negros, para muchos representa una conquista
de incalculable valor, la aurora de una nueva era. No obstante, el cuadro no
carece de sombras.
Los
progresos de la industria estatal son mucho menos notorios que los del pequeño
artesano y la industria privada. Los avances de la industria pesada son lentos
si se comparan con los de la industria ligera. El alza de precios en esta
última rama parece tender a privar al consumidor campesino de una parte
sustancial de su beneficio. Además, y por encima de los otros efectos, este
crecimiento tiene importantes consecuencias sociales. En primer lugar la NEP
ocasiona una nueva depresión relativa del nivel de vida del proletariado
industrial que inicialmente se ha beneficiado de ella como consumidor. Por otra
parte, los cuadros técnicos de la pujante industria, administradores e
ingenieros, reclutados entre los especialistas de extracción burguesa y
preocupados tan sólo por el rendimiento y la productividad, cobran una
importancia que inquieta a los sindicatos. A partir del otoño de 1922, la
subida de los precios industriales suscita la extensión del paro; los 500.000
parados de entonces aumentan hasta alcanzar la cifra de 1.250.000 en el verano
de 1923. La libertad económica provoca una creciente diferenciación de los
salarios que son más elevados en la industria de bienes de consumo que en el
sector estatal. Los «industriales rojos» padecen la presión del partido que se
opera en el sentido de disminuir sus gastos generales y aumentar la
productividad, siendo sus primeros efectos concretos precisamente la extensión
del paro y el estancamiento de los salarios.
En la primavera y el
verano de 1923 la crisis se agrava continuamente. Trotsky, en la presentación
de un diagrama al XII Congreso, la denominará «crisis de las tijeras» pues, en
efecto, las curvas representativas de los precios industriales y agrícolas,
tras su intersección en el otoño de 1922, no dejan de separarse. Hacia el final
del verano de 1923, los precios industriales alcanzan cotas de hasta el 180 por
100 y el 190 por 100 del nivel de anteguerra mientras que los precios agrícolas
se estabilizan en torno a un 50 por 100. El incremento de la productividad,
único medio para disminuir los precios industriales, implica la concentración
de empresas y el aumento del paro: en el esquema de la NEP, los intereses a
largo plazo de la economía infligen a los obreros nuevos padecimientos. El
problema que se plantea es el de saber si debe ser mantenida íntegramente ‑lo
que supone la postergación del restablecimiento de la industria pesada, la
acción sobre los precios para presionarlos a la baja y la prosecución de la
política de conciliación con los campesinos mediante el desarrollo de la
exportación y de las exenciones fiscales‑ o bien si, por el contrario,
debe ser conseguida mediante una ayuda a la industria. En el Politburó, la
mayoría opta por la primera solución, la del statu quo, en tanto Trotsky se pronuncia a favor del inicio de una
planificación que ante todo atienda al desarrollo de la industria pesada. Esta
discordancia que se hallaba en estado latente desde el mes de marzo en el XII
Congreso, no verá la luz pública hasta el otoño de 1923.
El fracaso de la revolución alemana
El año 1923 presencia
en Alemania la aparición de una situación revolucionaria sin precedentes en un
país avanzado. La crisis se debe a las «reparaciones» que Alemania debe a los
Aliados, la ocupación del Rühr por las tropas francesas y la política de las
altas esferas del capitalismo alemán, que provocan una catastrófica inflación.
El marco se hunde: la libra esterlina se cotiza a 50.000 marcos en enero, a
250.000 en febrero, a 500.000 en junio y a más de 5 millones en agosto. Todo el
edificio social se conmueve hasta sus últimos cimientos: los perceptores de
rentas fijas se arruinan irremisiblemente, la pequeña burguesía se hunde en la
miseria, los obreros, que pueden defenderse mejor, ven no obstante, como
desciende ininterrumpidamente su nivel de vida.
Esta catástrofe
económica origina una importante marea política. El poder financiero del
partido social‑demócrata y de los sindicatos se desvanece con la
inflación. Su influencia, basada en la «aristocracia» que integran los obreros
mejor pagados, se volatiliza. El Estado se derrumba: ya no tiene con qué pagar
a sus funcionarios, ni siquiera a sus fuerzas represivas. En el ínterin, los
poseedores de capitales invertidos en maquinaria o en divisas extranjeras
perciben unos beneficios fabulosos, los campesinos almacenan sus productos y
las ciudades están hambrientas. En la, calle proliferan los motines, las peleas
y las manifestaciones como expresión del odio general hacia los imperialistas
extranjeros y hacia los capitalistas que se benefician de la crisis. Las altas
finanzas y el ejército subvencionan a los grupos de extrema derecha cuyo
programa e ideología son, aparentemente, anticapitalistas, entre ellos al
partido nazi de Adolf Hitler. La revolución se yergue amenazante, con mayor
intensidad aún que la de 1918‑19.
La situación, empero, ha sufrido un cambio radical. Los pequeños grupos de oposición de 1918‑19, divididos y sin cohesión, han dado paso a un poderoso partido comunista que, a principios del año, cuenta con más de 200.000 miembros localizados en los centros obreros y cuya influencia se traduce por un número de electores veinte veces superior al de sus militantes. Cuenta también con un sólido aparato y con el apoyo técnico y financiero de la Internacional Comunista. A partir de la crisis de 1921, ha adoptado una nueva línea en el sentido de la «conquista de las masas». A partir del inicio de la crisis, sus progresos son fulgurantes: en el sindicato metalúrgico de Berlín, los candidatos comunistas recibirán el doble de votos que los social ‑demócratas, frente a la décima parte conseguida el año anterior. No obstante, la dirección, profundamente dividida, vacila.
En primavera, la mayoría del partido adopta una
línea prudente, inspirada por Rádek, cuyo mayor interés es romper el bloqueo
diplomático de la U. R. S. S. y cuya fe en la victoria revolucionaria es
bastante débil: los comunistas tienden
la mano a los nazis para llevar a cabo un frente anti‑imperialista. La
izquierda del partido, de gran
influencia en el Rühr, presiona en favor de la acción revolucionaria mientras
la dirección se muestra
contemporizadora.
El día 10 de julio la huelga de los impresores
del Banco Nacional desencadena una huelga general espontánea que barre al
gobierno Cuno. La burguesía alemana Se vuelve hacia los Aliados en petición de
ayuda.
La Komintern
y los dirigentes bolcheviques empiezan a interesarse por la situación
alemana. Se convoca a la dirección del partido comunista alemán en Moscú.
Durante todo el verano se llevan a cabo preparativos febriles de la «toma del
poder» cuya posibilidad real ha terminado por aceptar el secretario Brandler.
Los alemanes solicitan la presencia de Trotsky para dirigir la insurrección,
pero Zinóviev se opone a ello. Piatakov y Rádek salen para Alemania con todo un
equipo de técnicos. Se organizan destacamentos de «guardias rojos» a los que se
conoce como «centurias proletarias», comienza el acopio de armas. Los
responsables cuentan con que los comités de fábrica y los comités de acción de
parados y mujeres desempeñen el papel de soviets. En Sajonia y Turingia, los
comunistas entran a formar parte de gobiernos encabezados por socialdemócratas
de izquierda con el fin de transformar aquellos laender en bastiones de la revolución: Brandler pasa así a
convertirse en ministro del gobierno sajón del doctor Zeigner. Entre tanto, y
por temor a acciones prematuras, los militantes frenan la impaciencia de las
masas alemanas, suspendiendo todo tipo de acción que no sea la mera
conspiración. Este plan minucioso fracasa: al no haberse podido convencer a los
comités de fábrica en la conferencia celebrada en Chemnitz, la dirección
renuncia a la insurrección el día 21 de octubre. El momento idóneo ya ha
pasado. Como ha de escribir Trotsky, «las esperanzas de las masas se convierten
en desilusión como resultado de la pasividad del partido, en el momento preciso
en que el enemigo supera su pánico y se aprovecha de tal desilusión» [11].
La Reichswehr
restablece el orden en Sajonia y aplasta la insurrección de Hamburgo. Merced a
la ayuda americana, la Alemania capitalista va a recobrarse: toda posibilidad
de éxito revolucionario próximo se desvanece definitivamente. La dirección rusa
y, sobre todo Zinóviev, son altamente responsables de esta derrota, pues
Brandler no ha dado ni un paso sin consultar previamente con ella. No obstante,
la dirección de la Internacional descarga la responsabilidad sobre él,
denunciándole y apoyando su eliminación de la dirección del partido comunista
alemán. Ni Stalin que recomendaba «frenar a los alemanes» en lugar de
«impulsarlos» [12], ni
Zinóviev, presidente de la Komintern, aceptan asumir la responsabilidad de sus
errores.
Las consecuencias de
estos acontecimientos sobre la evolución política en Rusia son
extraordinariamente dramáticas: durante el verano de 1923, el partido se
estremece con un gran fervor internacionalista y revolucionario. La victoria
del Octubre alemán es festejada de antemano en múltiples pancartas, carteles y
artículos. La joven generación saborea el entusiasmo revolucionario y se
apasiona por él [13]. El partido
parece renacer con el empuje de las jóvenes fuerzas que así se movilizan, y la
conmoción resultante habrá de traducirse en el fervor con que se llevarán a
cabo las discusiones del invierno siguiente. Por otra parte, la derrota sin
lucha de los comunistas alemanes condena –y esta vez por mucho tiempo‑ a
la revolución rusa al aislamiento. La desilusión que se produce, tras de la
presentación de la victoria revolucionaria como cierta e inmediata por parte de
los dirigentes rusos, supondrá en lo sucesivo un grave lastre para la moral, la
confianza y la actividad de los militantes. Este sentimiento general va a
constituir un factor determinante en el conflicto cuya explosión a la vista de
todos habla sido demorada por la anhelante espera de los acontecimientos.
La maduración de la crisis
La postración de Lenin
ha aplazado un enfrentamiento entre él y Stalin, encarnación del aparato, que
en abril parecía inevitable. Trotsky que, el día 6 de marzo, ha recibido de
manos de Fotieva, la secretaria de Lenin, la carta acerca de la cuestión nacional
que éste último había dictado los días 30 y 31 de diciembre de 1922, no ha
iniciado la lucha que pensaba entablar junto con Lenin. A Kámenev le dice en
marzo que se opone a iniciar en el Congreso cualquier tipo de lucha cuyo objeto
sea promover cambios en la organización. Está a favor del mantenimiento del
statu quo, contra la sustitución de Stalin, contra la expulsión de
Ordzhonikidze y, en general., contra cualquier tipo de sanción, Espera que
Stalin se excuse, que cambie de actitud como manifestación de su buena
voluntad, que abandone sus intrigas y que inicie una «honrada cooperación» [14].
Se puede especular
indefinidamente sobre esta sorprendente actitud que supone a la vez un retroceso y un abandono del bloque acordado
con Lenin. ¿Se trata tal vez de un cierto temor a aparecer descaradamente como
delfín? ¿Es acaso un deseo de contar con todas las bazas con vistas a un
próximo restablecimiento de Lenin? ¿De un prurito, de no enconar aún más unas
relaciones que, desde hace cierto tiempo, resultan bastante poco cordiales con
algunos viejos‑bolcheviques que le consideran como un intruso, envidian
su popularidad y su prestigio y temen tanto su poder como jefe del Ejército
Rojo como los sarcasmos de su talante cáustico? ¿Complejo de inferioridad,
vacilación propia de su carácter? Sin duda nunca conoceremos la respuesta ya
que, desde luego, las explicaciones que ofrece en su autobiografía no resultan
nada convincentes. Sólo hay un hecho cierto: la retirada no le servirá de nada
pues parece haber subestimado a su adversario.
Stalin,
que acaba de salir de una situación embarazosa gracias a la abstención de
Trotsky sobre el asunto georgiano durante el XII Congreso, volverá a restaurar
el equilibrio sometiendo al partido a una presión que probablemente sólo podría
haber aliviado Trotsky durante la primavera de 1923. Efectivamente, en esta
fecha, Bujarin parece haber dado pruebas de una honda preocupación por los
riesgos de degeneración interna de la revolución victoriosa. En un discurso que
pronuncia en Petrogrado, sobre el tema «Revolución proletaria y cultura»,
subraya que la incultura del proletariado (considerablemente inferior en este
campo a la burguesía, mientras que ésta, durante su propia revolución, era
infinitamente superior a las clases feudales a las que derrotaba), hace que los
fallos de la revolución proletaria sean inevitables y superiores en importancia
a los de la anterior revolución burguesa. Por ello, la degeneración, a su vez,
constituye un peligro muy real. En primer lugar, puede originarse en la
inevitable utilización de los elementos, políticamente hostiles pero
técnicamente capacitados, que ocupan puestos de responsabilidad, su acción
amenaza con «llenar poco a poco las formas soviéticas con un contenido burgués
y liquidacionista fatal para la revolución». Por otra parte, la composición
proletaria del aparato no parece constituir una garantía suficiente contra tal
evolución: «Ni siquiera un origen proletario, ni las manos mas callosas, ni
otras cualidades tan significativas como éstas, constituyen una garantía
suficiente contra la transformación de los elementos proletarios privilegiados
en una nueva clase» [15].
Sin embargo, de estas reflexiones comunes a los dos dirigentes no va a surgir
una alianza Trotsky‑Bujarin.
Las diferencias han
cristalizado en el Politburó en lo referente a la discusión de la política
inmediata, durante la discusión de la crisis de las tijeras. Stalin, Zinóviev y
Kamenev .se manifiestan a favor del statu quo, oponiéndose a los proyectos de
industrialización y planificación que propone Trotsky. Esta alianza, a la que
pronto empezará a llamarse la troika, va a sellarse en torno a la defensa del
aparato que ha sido atacado vehementemente en el congreso por varios delegados
y a la común hostilidad hacia Trotsky, que no conseguirá desarmarles dada su
negativa a poner en cuestión una situación que muchos de sus amigos consideran
intolerable.
Preobrazhensky denuncia
la no aplicación de las principales resoluciones del X Congreso, inclusive de
aquella que se refiere a la democracia interna, al agravamiento de las
prácticas autoritarias y a la suplantación a todos los niveles, del sistema de
elección por el de recomendación. Vladimir Kossior ataca a la «pandilla» del
secretario general, a la metódica persecución (que se realiza mediante el
expediente de los cambios de destino) de todos aquellos militantes que se
atreven a expresar críticas y a la sistemática opción por la docilidad en lugar
de la capacidad, en la elección de responsables. Lutovínov comenta irónicamente
la pontifical infalibilidad de que hace gala la dirección, con su «pretensión
de salvar al partido sin contar con sus militantes». Budu Mdivani y Majaradze,
que han sido derrotados en el Congreso Georgiano celebrado en marzo, denuncian
el chovinismo gran‑ruso del aparato manipulado por Stalin y
Ordzhonikidzé. Bujarin califica de chovinista, en lo referente a las
nacionalidades, la política de Stalin y subraya el prejuicio manifestado
respecto a los georgianos, a los que acusan de desviacionismo todos aquellos
delegados cuya única fuente de información está constituida por el aparato. En
nombre de la delegación ucraniana, Rakovsky se refiere a una cierta política de
«rusificación» de las minorías y afirma que Stalin, sobre este punto, reinicia
la tradición zarista. También invoca la autoridad de Lenin y su carta ‑que
aún no ha sido publicada‑ sobre la cuestión nacional, para estigmatizar
la concepción centralizadora que Stalin ha impuesto en la Constitución de la
U.R.S.S.
Por su parte, Trotsky
abandona la sala durante la discusión de la cuestión georgiana, guarda silencio
durante las denuncias contra el aparato y aporta su apoyo a la troika al
afirmar la inquebrantable solidaridad del Politburó y del comité central,
respondiendo indirectamente a las críticas con un llamamiento a la disciplina y
a la vigilancia que se asemeja considerablemente al llevado a cabo por
Zinóviev. Una especie de concepto muy particular de la «solidaridad
ministerial» del Politburó le obliga a patrocinar públicamente una política que
él ha combatido, a aceptar su retractación de las propias posturas de Lenin ya
que no se opone ni a la reelección de Stalin como secretario general, ni a la
elección de Kuíbyshev para la presidencia de la Comisión de Control. Con su
renuncia a utilizar las armas de que dispone en una lucha a favor de una
política que considera justa, desarma deliberadamente a aquellos que podrían
apoyarlo, convirtiéndose de esta forma en un rehén en manos de sus
adversarios; por su parte, Bujarin, que en el Congreso se ha alzado contra la
troika cuando Trotsky se ha abstenido, está llamado a convertirse en uno de los
más eficaces aliados de ésta durante los meses siguientes.
Sin lugar a dudas,
Trotsky no tuvo que esperar mucho tiempo para comprender lo vano de su
sacrificio. Repuesto en sus funciones, Stalin vuelve a intensificar su
influencia sobre el aparato secretarial, afirmando de esta forma su autoridad
en un comité central de cuarenta miembros cuya mayoría aplastante apoya a la
troika. Con el pretexto de una supuesta conspiración, ordena la detención del
líder comunista tártaro Sultán‑Galíev, inspirador de un proyecto de
federación soviética de las minorías musulmanas, acusándole de «destruir la
confianza de las nacionalidades, otrora oprimidas, en el proletariado
revolucionario ». Durante el verano la situación económica empeora: ya no se
paga a los asalariados, estalla una serie de huelgas salvajes, tratando
asimismo un pequeño grupo de oposicionistas que se autodenomina Grupo Obrero de
intervenir en este movimiento para asumir su dirección. Sin embargo, la GPU cae
inmediatamente sobre él, bajo la acusación de haber preparado una manifestación
callejera. Miasnikov es detenido en junio y Kuznetsov y veintiocho comunistas
más lo son en septiembre. La GPU reprime igualmente al grupo «Verdad Obrera»
encabezado por el viejo Bogdanov. Todos estos militantes son expulsados del
partido. La gravedad de la situación es tal que Dzherzhinsky declarará en
septiembre ante una subcomisión del comité central: «El debilitamiento de
nuestro partido, la extinción de nuestra vida interior y la sustitución de la
elección por el nombramiento se están convirtiendo en un peligro político » [16].
No obstante, será este
mismo hombre, encargado de la represión contra los grupos obreros de oposición,
el que provocará la abierta ruptura y la entrada de Trotsky en la lucha, al
solicitar al Politburó que se notifique a todos los miembros del partido su
obligación de denunciar a la GPU cualquier actividad oposicionista de la que
entren en conocimiento. Al parece, esta iniciativa fue la que convenció a
Trotsky de la gravedad de la situación. En el mismo momento consigue,
amenazando con su dimisión, evitar el ingreso de Stalin en el Comité
Revolucionario de la Guerra, pero debe aceptar en contrapartida, el
apartamiento de su fiel lugarteniente de la guerra civil Skliansky, llamado el
«Carnot de la revolución rusa» [17]
y su sustitución por dos de los hombres de la troika, Voroshílov y Lashévich.
De esta forma, tras de haber sufrido los primeros ataques del triunvirato, se
decide a entablar un combate que, hasta el momento, sólo había iniciado a
regañadientes y entre bastidores.
Conflicto en el comité central
El
día 8 de octubre, Trotsky dirige al comité central una carta que le constituirá
en jefe de la oposición. Al analizar la moción de Dzherzhinsky, pone de relieve
hasta qué punto ésta revela «un extraordinario deterioro de la situación en el
seno del partido después del XII Congreso». Al tiempo que admite que los
argumentos desarrollados a la sazón en favor de la democracia obrera le han
parecido un tanto exagerados e incluso demagógicos «dada la incompatibilidad
entre una democracia obrera total y el régimen de la dictadura», afirma que, a.
partir del Congreso, «la burocratización del aparato del partido se ha
desarrollado en unas proporciones inauditas merced a la utilización del método
de selección que lleva a cabo el secretariado. Se ha creado una amplia capa de
militantes que al introducirse en el aparato gubernamental del partido, renuncian
por completo a sus propias opiniones dentro de la organización o, al menos, a
su manifestación pública, como si la jerarquía burocrática fuera el ente
encargado de fabricar la opinión del partido y sus decisiones». Una de las
características de este autoritarismo «diez veces superior al de los peores
momentos de la guerra civil», es el papel que desempeña en él «la psicología
del secretario cuya principal característica es su convicción de que él puede
decidirlo todo». El descontento de los militantes que ven frustrados sus
derechos amenaza con provocar «una crisis de gravedad extraordinaria en la
medida en que pueden confundir “viejos‑bolcheviques” con secretariado».
Trotsky concluye con la amenaza de recurrir al partido entero si el comité
central se negase a normalizar la situación [18].
El día 15 de octubre,
cuarenta y seis militantes ‑de los que, al menos algunos, conocían la
iniciativa de Trotsky pero cuya acción era completamente independiente de éste último-
dirigen al comité central una declaración. Entre ellos se encuentran algunos de
los más eminentes bolcheviques y héroes de la guerra civil: Preobrazhensky,
Alsky, Serebriakov, Antónov‑Ovseienko, Iván N. Smirnov, VIadimir Smirnov,
Piatakov, Murálov, Saprónov, Osinsky, Sosnovsky y Vladimir Kossior. A pesar de
su carácter secreto, el texto constituye un claro exponente de la profundidad
de la crisis interna que conduce a un agrupamiento tan extenso de militantes
responsables con vista a una plataforma de lucha por la democracia interna. Las
dificultades económicas provienen del empirismo de la dirección del comité
central: los éxitos han sido obtenidos «en ausencia de la dirección» pero, dada
la carencia de medidas apropiadas y, fundamentalmente, de una política activa
de planificación, se vislumbra una grave crisis económica. Ahora bien, el
fracaso de la dirección se manifiesta en la situación del partido, sometido a
un régimen de dictadura, que ya no constituye un organismo vivo que actúe por
sí mismo. «Asistimos a una progresiva división, prácticamente pública en la
actualidad, del partido, sometido a un régimen dictatorial, entre la jerarquía
del secretariado y el «pueblo apacible», entre los funcionarios y profesionales
del partido nombrados y seleccionados desde arriba, y la masa del partido que
no participa en su vida de grupo». Los congresos y las conferencias se
transforman gradualmente en «asambleas ejecutivas de la jerarquía». «El régimen
que se ha instaurado en el partido es absolutamente intolerable; acaba con
cualquier iniciativa que se de en su seno, la cumbre del aparato cuenta con una
serie de funcionarios asalariados que, en períodos de normalidad, funcionan sin
duda pero que no pueden enfrentarse con una crisis que amenace con provocar una
bancarrota total durante los serios acontecimientos que se avecinan» [19].
La primera respuesta
del Politburó, dirigida a Trotsky, muestra que la dirección se niega a aceptar
la discusión en los términos en que éste la plantea. Al recordar la negativa de
Trotsky a aceptar la vicepresidencia del consejo, el Politburó le acusa de ser
partidario del «todo o nada», atribuyendo su actitud oposicionista a una
ambición sin límites.
La segunda contestación
será dada en la sesión plenaria del comité central y de la Comisión Central de
Control del 25 al 27 de octubre. Trotsky, aquejado de la extraña enfermedad que
ha de apartarle de todos los conflictos decisivos en esta época, está ausente.
Preobrazhensky es el encargado, en nombre de la oposición, de proponer medidas
inmediatas: discusión a todos los niveles de los más importantes problemas
políticos, total libertad de expresión dentro del partido, discusión en la
prensa, retorno a la regla de elección de los responsables, examen de la
situación de los militantes «transferidos» a causa de sus opiniones y de sus
críticas. El comité central responde en términos de disciplina, con la
acusación de fraccionalismo: «El gesto del camarada Trotsky, en un momento
crucial de la experiencia del partido y de la revolución mundial», constituye
«un grave error político, sobre todo porque el ataque dirigido por el camarada
Trotsky al Politburó, ha tomado el carácter objetivo de un acto fraccional que
amenaza con inferir un duro golpe a la unidad del partido y con suscitar una
crisis en su seno». Por añadidura, «ha servido de señal a un grupo
fraccionalista»: la Declaración de los 46 es condenada como un acto de división
«que amenaza con poner al partido en los meses próximos en una situación de
lucha interna, debilitándole precisamente en un momento crucial para la
revolución internacional» [20];
por ello la declaración no será publicada. No obstante, la situación reviste
gravedad suficiente como para que se inicie una discusión en el partido y en su
prensa: una vez más ésta ha de servir de válvula de seguridad.
El debate
La controversia va a
desarrollarse desde noviembre de 1923 a marzo de 1924. Zinóviev es el encargado
de iniciar el debate el día 7 de noviembre en la Pravda. «Desgraciadamente, escribe, la mayoría de las cuestiones
esenciales se arreglan de antemano desde arriba», esta es la razón de que
«resulte necesario en el partido que esa democracia obrera, de la que tanto
hemos hablado, tome más realidad». Ciertamente la centralización es inevitable
pero también sería deseable que se intensificasen las discusiones. No hay nada
decisivo ni tampoco un ápice de agresividad en esta forma apacible de abrir la
polémica.
Las primeras
discusiones giran en torno a las graves críticas que se hacen al funcionamiento
del aparato. Bujarin declara: «Si hiciésemos una encuesta para averiguar
cuántas veces los electores se limitan a responder a estas dos fórmulas que se
pronuncian desde lo alto de una tribuna: «¿Quién está a favor? » y « ¿Quién
está en contra? », pronto descubriríamos que, en su mayor parte, las elecciones
se han transformado en un puro formalismo; no sólo las votaciones se llevan a
cabo sin ninguna discusión previa, sino que, a menudo, sólo se responde en
ellas a la pregunta «¿Quién está en contra? ». Como generalmente suele uno colocarse
en una postura embarazosa al pronunciarse «contra» las autoridades, no resulta
difícil prever cual es el resultado habitual. Esta es la forma en que se llevan
a cabo las elecciones en todas nuestras organizaciones de base Tales métodos
suscitan como es de suponer una gran corriente de descontento. Lo mismo ocurre,
aproximadamente con los mismos matices, en todos los grados de la jerarquía del
partido» [21].
La mayoría de las
restantes contribuciones publicadas en la tribuna de discusión de la Pravda están en un primer momento muy
por debajo de esta posición y se limitan a la crítica, sin generalizaciones, de
determinados aspectos o manifestaciones del burocratismo. No obstante, con la
intervención de Preobrazhensky del día 28 de noviembre el tono cambia; en su
articulo, ataca a aquellos de los «camaradas, incluso entre los más
responsables, que se ríen con sorna de la democracia en el seno del partido
según fue definida en el X Congreso». En su opinión, «el partido que, en el X
Congreso, decidió sustituir los métodos militares por los métodos democráticos,
ha iniciado de hecho un camino diametralmente opuesto (...), lo que tal vez
resultaba inevitable en la primera fase de la NEP (...), la aplicación de la
resolución del X Congreso no sólo es posible sino indispensable. Este paso a la
democracia no se ha efectuado a su debido tiempo. El automatismo de la rutina,
adquirida al parecer de forma irrevocable, domina por completo la vida del
partido: ha sido legitimado». invocando los recuerdos del partido en la época
en que Lenin lo dirigía, afirma: «Resulta característico que, en la época en
que estábamos rodeados de frentes, la vida del partido revelase mucha más
vitalidad y la independencia de las organizaciones fuera mucho mayor. En el momento
en que han aparecido no sólo las condiciones objetivas para la reanimación de
la vida del partido y su adaptación a las nuevas tareas sino que, por
añadidura, existe una verdadera necesidad para él de obrar de esta forma,
resulta que no sólo no hemos avanzado ni un paso respecto al período del
comunismo de guerra sino que, por el contrario, hemos intensificado el
burocratismo, la petrificación y el número de cuestiones que se deciden a
priori desde arriba; hemos acentuado la división del partido que se había
iniciado durante el período de guerra, entre aquellos que toman las decisiones
y cargan con la responsabilidad y las masas que aplican estas decisiones del
partido en cuya elaboración .no han tomado parte».
Esta
intervención nos permite situar mejor los límites de la discusión. El día 1 de
diciembre, Zinóviev, al referirse a la privación del derecho de voto para
aquellos militantes que se hallen en el período de prueba de dos años, declara:
«Desde el punto de vista de la democracia obrera en abstracto, es esta una parodia
de democracia. Más, desde el punto de vista de los intereses fundamentales de
la revolución, desde el punto de vista del mayor bien de la revolución,, a
nuestro parecer resultaba indispensable reservar el derecho de voto sólo a
aquellos que puedan ser los genuinos guardianes del partido (...). El bien de
la revolución es la ley suprema. Todo revolucionario dice: ¡Al diablo con los
principios de la democracia “pura”»! El día 2 de diciembre Stalin, a su vez,
precisa: «Es necesario poner límites a la discusión, impedir que el partido,
que constituye una unidad combatiente del proletariado, se convierta en un club
de discusiones.»
Al mismo tiempo que se desarrolla esta discusión, el Politburó se esfuerza en encontrar un terreno de entendimiento con Trotsky con vistas a una toma de postura unánime de la dirección. El día 5 de diciembre, adopta una resolución que es el fruto de unas discusiones celebradas en régimen de subcomisión entre Stalin, Kámenev y Trotsky y que parece anunciar un nuevo curso. En ella se reconoce que las contradicciones objetivas de la fase de transición se manifiestan en un cierto número de tendencias negativas que es preciso combatir. Así «las profundas diferencias en la situación material de los miembros del partido en relación con sus diferentes funciones y los fenómenos que reciben la calificación de “excesos”, como el auge de las relaciones con los elementos burgueses y su influencia ideológica, la estrechez de miras que debe distinguirse de la necesaria especialización y la aparición, por ende, del debilitamiento de los vínculos entre los comunistas de los diferentes sectores laborales; un cierto peligro de perder de vista la perspectiva de la construcción socialista en su conjunto y la de la revolución mundial (...); la burocratización de los aparatos del partido y el desarrollo de una amenaza de divorcio entre el partido y las masas». «El partido, afirma la resolución, debe emprender una seria modificación de su política en el sentido de una aplicación metódica y estricta de la democracia obrera», lo que «implica para todos los camaradas la libertad de examinar y discutir públicamente los principales problemas del partido, así como, la elección de los funcionarios y órganos colegiados desde abajo». En el capítulo de medidas prácticas recomienda «la aplicación integral de la elección a los funcionarios y, en particular, a los secretarios de célula», la decisión «de someter ‑a menos que lo impidan circunstancias excepcionales- todas las decisiones esenciales de la política del partido al examen de las células», un esfuerzo para formar cuadros, la obligación, extensiva a todos los organismos, de informar detalladamente y, por último, el reclutamiento de «un flujo de nuevos obreros de la industria» [22].
Tal vez con menos
precisión, estos principios recogen los enunciados en la resolución del X
Congreso, no obstante, a las medidas recomendadas van aparejadas numerosas
restricciones: resulta evidente que la resolución no es mas que una concesión a
un descontento demasiado evidente. El recordatorio de la prohibición de las
facciones que sobrevino tras el rechazo por el comité central de las propuestas
de Preobrazhensky y la condena de la Declaración de los 46, considerada como
fraccionalista, constituye un fiel exponente de las intenciones de los autores.
No
obstante, Trotsky vota a favor de esta ambigua resolución que no aporta más que
una cobertura a la dirección. Más tarde habrá de justificar su voto afirmando
que, desde su punto de vista, el texto «desplaza el centro de gravedad hacia la
faceta de la actividad, de la independencia crítica y de la auto‑administración
del partido» [23]. En
realidad, él sabe perfectamente que su interpretación y que la aplicación que
desearía dar a la resolución difieren profundamente de la concepción que de
ella tiene la troika: el día 2 de diciembre, ante los comunistas de Krássnaya
Pressnia, Stalin ha reconocido la existencia de un cierto malestar cuyo origen
se encuentra, en su opinión, en las «supervivencias del comunismo de guerra»,
bajo la forma de «secuelas militaristas en la mente de los trabajadores» [24].
En
una carta dirigida a la organización del partido de Krássnaya Pressnia,
publicada el día 10 de diciembre, Trotsky ofrece su propia interpretación de la
resolución del 5 de diciembre. Al tiempo que recuerda que el peligro de
burocratización emana del aparato «constituido inevitablemente por los
camaradas más expertos y más meritorios», expresa sus temores de que la «vieja
guardia» pueda «inmovilizarse, convirtiéndose insensiblemente en la más acabada
manifestación de burocratismo». Recordando el precedente, constituido por la
degeneración de los dirigentes de la II Internacional, a pesar de ser estos
«discípulos directos de Marx y de Engels», afirma que este peligro existe para
la vieja generación de bolcheviques rusos. «Es la juventud la que más
vigorosamente reacciona contra el burocratismo». y, en su nombre, exige
confianza y un cambio de métodos. «Nuestra juventud no debe limitarse a repetir
nuestras fórmulas. Debe conquistarlas, asimilarlas, formarse su propia opinión,
su propia fisonomía, y, asimismo, ser capaz de luchar por sus objetivos con el
valor que confiere una profunda convicción y una gran independencia de
criterio. ¡Fuera del partido la pasiva obediencia que obliga a seguir
mecánicamente el paso que marcan los jefes! ¡Fuera del partido la
impersonalidad, el servilismo y el carrerismo! El bolchevique no sólo es un
hombre disciplinado sino también un hombre que, en cada caso y sobre cualquier
cuestión, se forma una opinión sólida y la defiende valerosamente, no solamente
frente a sus enemigos sino en el propio seno de su partido».
La
carta de Trotsky contiene una franca llamada a la lucha: «Antes de la
publicación de la decisión del comité central acerca del “nuevo curso”, el mero
hecho de apuntar la necesidad de una modificación del régimen interior del
partido era considerado por los funcionarios instalados en el aparato como una
herejía, una manifestación del espíritu escisionista y una lesión a la
disciplina; en la actualidad, los burócratas están dispuestos formalmente a
levantar acta del “nuevo curso”, es decir, prácticamente
a enterrarlo (...). Ante todo, es preciso apartar de los
cargos dirigentes a aquellos que desde la primera expresión de protesta o de
objeción, blanden contra los críticos el rayo de las sanciones. El “nuevo
curso” debe tener como primer resultado el de convencer a todos de que, en lo
sucesivo, nadie se atreverá a someter al terror al partido» [25].
Esta
vez el conflicto se plantea entre el aparato por una parte y Trotsky y los 46
por otra. No obstante, la situación es compleja, ya que la oposición, en su
enfrentamiento con el aparato, se apoya en los argumentos de Trotsky, alegando
que la resolución del día 5 de diciembre que ha votado de acuerdo con la troika
sólo es una maniobra de diversión. Preobrazhensky y sus camaradas elaboran una
resolución en la que proponen la elección de responsables a todos los niveles,
una nueva formulación de la prohibición de las facciones que permita una
auténtica democracia interna y el restablecimiento de la antigua regla según la
cual es la célula la que, en primer lugar, debe pronunciarse en lo referente a
las sanciones disciplinarias.
La asamblea de los
militantes de Moscú tiene lugar el día 11 de diciembre. Kámenev no hace en ella
gala de excesiva combatividad. Subraya la necesidad de la democracia obrera en
la que sólo la elección de los responsables puede garantizar la libertad de
discusión. Al mismo tiempo que admite que la democracia obrera ilimitada
comprende el «derecho de grupo», justifica la oposición del comité central al
ejercicio de este derecho por el hecho de que el partido es el que ejercita el
poder: en los partidos comunistas extranjeros existen los grupos porque «no
consiguen eliminar ciertas supervivencias social‑demócratas en su lucha
contra el poder». No menciona a Trostky pero ataca a Preobrazhensky, que ha
denunciado la existencia de la troika, desafiándole a que cite un sólo
documento que emane de ella. Finaliza su intervención solicitando a los
militantes que «voten por la confianza en el comité central» [26].
Las intervenciones
posteriores son más interesantes. Krilenko analiza el concepto de facción que
no es sino un «grupo diferenciado ligado por una disciplina especial». A su
ver, la concepción defendida por Kámenev confunde «facción y grupo», «reduce
toda democracia en el partido al derecho de intervención individual de
camaradas aislados». lo que conduce a «suprimir la democracia obrera en el
partido». Afirma además: «El derecho de unirse en torno a determinadas
plataformas supone una prerrogativa intangible de la democracia interna del
partido, sin la cual ésta se convierte en una frase hueca» [27].
Kalinin, presidente del ejecutivo, admite sin ambages que el aparato no desea
la democracia: «En la situación actual, ningún comunista puede admitir la
democracia completa (...). ¿Quién sufre de la ausencia de democracia? No es la
clase obrera sino el propio partido, ahora bien, en el seno del partido existe
muy poca gente que no tenga nada que ver con el aparato, que no participe de su
compleja labor (...).. ¿Quién va a beneficiarse más de nuestra democracia? En
mi opinión todos aquellos a los que no abruma el trabajo. Los que estén libres
de obligaciones podrán aprovecharse enteramente de la democracia, mas aquellos
sobrecargados de trabajo no podrán hacerlo» [28].
De los restantes oradores que han pedido la palabra sólo Yaroslavsky emprende
un vivo ataque contra Trotsky. Saprónov y Preobrazhensky sostienen los puntos
de vista de la oposición, reclamando expresamente la libertad de grupos en cuyo
apoyo Rádek invoca la autoridad de Lenin.
La resolución propuesta
por Preobrazhensky no es aceptada por un pequeño margen pero el ambiente de la
reunión parece indicar que la oposición se encuentra en una situación muy
favorable. El día 15 de diciembre, Stalin lanza desde la Pravda la primera ofensiva ad
hominem: cuando se incluye entre los
viejos bolcheviques Trostky parece hacer gala de una memoria particularmente
corta; la degeneración amenaza con sobrevenir pero su origen no ha de buscarse
en la «vieja guardia» sino, entre los «mencheviques infiltrados en nuestro
partido que no han podido desembarazarse de sus costumbres oportunistas». Acusa
a Trotsky de «duplicidad» pues su carta del día 10 constituía un apoyo a la
oposición de los 46 al comité central, cuya resolución había votado él mismo.
Frente a los jóvenes practica una «baja demagogia».
El tono de la polémica aumenta de grado con la asamblea organizada el día 15 por los militantes de Petrogrado. Zinóviev vuelve a citar la revelación que ha hecho Bujarin durante un mitin en Moscú, acerca de los contactos que se habían entablado en 1918 entre los comunistas de izquierda y los socialrevolucionarios de izquierda, para discutir una posible victoria sobre la mayoría a la que había de seguir un gobierno encabezado por Piatakov. La mención de este hecho tiene un doble objetivo: por una parte el de demostrar que «la lucha de dos facciones en un partido que ostenta el poder contiene el germen de dos gobiernos» y, por otra, el de subrayar que un gran número de los 46 fueron en 1918 «comunistas de izquierda» y adversarios de Lenin. Tocando el fondo del problema afirma: «El burocratismo debe ser desplazado, pero aquellos que quieren restarle importancia al aparato del partido deben ser firmemente llamados a la reintegración en sus deberes pues nuestro aparato es el brazo derecho del partido». Al analizar la actitud de Trotsky afirma agresivamente: «El trotskismo constituye una tendencia bien definida en el movimiento obrero», pero añade «cualesquiera sean nuestras actuales divergencias respecto a estas cuestiones, Trotsky es Trotsky y sigue siendo uno de nuestros dirigentes más autorizados. En cualquier caso, su colaboración en el Politburó del comité central y en otros organismos resulta indispensable» [29].
En el ínterin, la
discusión prosigue en las columnas de Pravda
y el tono sigue subiendo, su responsable, Konstantinov, es destituido por haber
protestado el día 16 de diciembre al escribir: «la calumnia y las acusaciones
infundadas se han convertido en las armas de discusión de numerosos camaradas;
es preciso evitar esto». Su sucesor no resulta más dócil a las directivas del
comité central y será, a su vez, destituido. El día 21, Zinóviev ataca un texto
de Trotsky que lleva por título Nuevo
Curso y que circula ampliamente entre las filas del partido: en su opinión
Trotsky sostiene al comité central como «la cuerda puede sostener al ahorcado»
y manifiesta, en realidad, «una resistencia a la línea (...). El error
fundamental del camarada Trotsky consiste en que manifiesta un cierto resurgir
de antiguas ideas al admitir la legitimidad de tendencias divergentes».
Posteriormente concluye una larga descripción del «trotskismo» con la
afirmación: «Todo el comité central, tan unido ‑o tal vez más aún‑
como en los tiempos de Vladímir Ilich, opina que el camarada Trotsky comete, en
la actualidad, un error político radical. »
El nuevo curso[30]
El texto que ha dado
origen a la diatriba de Zinóviev aparece por fin en la Pravda de los días 28 y 29 de diciembre. Se trata de un trabajo
poco polémico a pesar de algunas feroces puntadas; contiene un análisis
minucioso y muy matizado de la situación política dentro del aparato de Estado
y en el partido, un estudio de los orígenes del burocratismo y un esbozo del
«nuevo curso» que debe tomar el partido. En efecto, para Trotsky la discusión
que se desarrolla marca una etapa del desarrollo del partido, su transición a
«una fase histórica superior». En su opinión, todo transcurre como si «la masa
de los comunistas» dijese a los dirigentes: «Camaradas, contáis con la
experiencia anterior a Octubre que a la mayoría de nosotros nos falta, mas,
bajo vuestra dirección, hemos adquirido después de Octubre, una gran
experiencia cuya importancia es cada vez mayor y deseamos, no sólo ser
dirigidos por vosotros sino también participar con vosotros en la dirección del
proletariado. Y lo deseamos no solamente porque este es un derecho que nos
pertenece sino, porque resulta de todo punto necesario para el progreso de la
clase obrera» [31]. El
estallido de descontento que conmueve al partido proviene de una larga
evolución anterior, acelerada por la crisis económica y por la espera de la
revolución alemana, factores ambos que han hecho aparecer «con particular
nitidez el hecho de que desde determinado punto de vista, el partido vive en
dos niveles: el nivel superior en el que se toman las decisiones y el inferior
en el que se limitan a conocer las decisiones» [32].
El «burocratismo» que la resolución del comité central acaba de reconocer no es
un rasgo fortuito sino un «fenómeno general» de mayor importancia que una
simple secuela: «el burocratismo del período de guerra era ínfimo en
comparación con el que se ha desarrollado en tiempos de paz, cuando el aparato
(...) seguía obstinado en pensar y decidir por el partido» [33].
De esta situación se deduce un doble peligro de degeneración, entre los
jóvenes, a los que se excluye de la participación en la actividad general y
entre la «vieja guardia». «Para ver en esta advertencia que se basa en la
previsión marxista objetiva, un “ultraje” o un “atentado”, verdaderamente hay
que hacer gala de toda la irritable susceptibilidad y de toda la altivez de
unos consumados burócratas» [34].
Trotsky sigue
analizando la composición social del partido en donde los militantes que
trabajan en una fábrica no llegan a integrar ni una sexta parte de sus miembros
pues la mayoría de ellos está localizada en los diferentes aparatos de
dirección. Ahora bien, «los presidentes de los comités regionales o los
comisarios de división, sea cual fuere su origen, representan a un determinado
tipo social» [35]. Dicho de
otra forma, «el origen del burocratismo reside en la creciente concentración de
la atención y de las fuerzas del partido en las instituciones y aparatos
gubernamentales y en la lentitud del desarrollo de la industria» [36]
lo cual no permite considerar, en un plazo breve, una alteración de la
composición social del partido. Por tanto, el burocratismo constituye «un
fenómeno esencialmente nuevo, que se deduce de las nuevas tareas, de las nuevas
funciones y de las nuevas dificultades del partido» [37].
Al prevalecer los «métodos del aparato», la administración sustituye a la
dirección, «reviste un carácter de organización pura y, con frecuencia,
degenera en el dirigismo». El «secretario» vive de las diarias preocupaciones
del aparato de Estado, «pierde de vista las líneas maestras» y, «cuando cree
mover a los demás resulta él mismo accionado por su propio aparato» [38].
No obstante, en el Estado
soviético ruso, donde «el partido comunista se ve obligado a monopolizar la
dirección de la vida política», resulta por supuesto deseable evitar en el
partido los «agrupamientos estables (...) que puedan revestir la forma de
facciones organizadas», pero, al mismo tiempo, resulta imposible evitar «las
divergencias de enfoque en un partido que integra a medio millón de hombres» [39]
y la experiencia demuestra que «en modo alguno basta con declarar que los
grupos y facciones son un mal para evitar su aparición» [40].
Las diversas oposiciones de 1917, resueltas con la toma del poder, las de 1918,
que se extinguieron con la firma del tratado de paz, y las de 1921, que
finalizaron con el giro que imprimió la NEP, demuestran que las facciones se
superan con una política justa: la resolución del X Congreso que las pone fuera
de la ley, a este respecto, sólo puede tener un «carácter auxiliar» en el
ámbito de una verdadera democracia obrera. Efectivamente, existen facciones en
el partido y la más peligrosa de ellas es la que nutre a las restantes, es
decir, la «facción burocrática conservadora» de cuyas filas se elevan «voces
provocadoras» y en la que se «registra el pasado» para buscar en él «todo
aquello que pueda enconar más la discusión» [41],
aquella en la que se pone en peligro la unidad del partido con la pretensión de
oponer ésta a la necesidad de democracia.
Respondiendo
a Zinóviev, Trotsky afirma que «sería monstruoso creer que el partido romperá
por sí mismo o permitirá a cualquiera romper su aparato». Sin embargo, «desea
renovarlo y le recuerda que se trata de su aparato., elegido por él y del que
no debe separarse» [42].
Como ya lo apuntó Lenin, el burocratismo constituye un fenómeno social cuya
causa remota, en Rusia, estriba en «la necesidad de crear y sostener un aparato
estatal que aúne los intereses del proletariado y del campesinado en perfecta
armonía económica» y de esa armonía aún se encuentra el régimen muy lejos; este
proceso se complica además con el hecho de que las amplias masas carecen de
cultura. «Evidentemente, el partido no puede evadirse de las condiciones
sociales y culturales» existentes, pero, como «organización voluntaria», puede
salvaguardarse mejor si sabe adelantarse al peligro. Los llamamientos a la
tradición no consiguen conjurarlo: «Cuanto más se encierra en sí mismo el
aparato del partido tanto más se impregna del sentimiento de su importancia
intrínseca, menos rápidamente reacciona a las necesidades que emanan de la base
y tanto más se inclina a enfrentar la tradición formal con las nuevas
necesidades y tareas; y, si existe algo capaz de dar un golpe mortal a la vida
espiritual del partido y a la formación doctrinal de la juventud, esto es la
transformación del leninismo, método que exige en su aplicación, iniciativa,
pensamiento crítico y coraje ideológico, en un dogma que para su interpretación
necesite intérpretes designados irrevocablemente » [43].
La batalla de la XIII Conferencía
La publicación de Nuevo Curso
señala el punto álgido de la controversia que coincide con el final de la libre
discusión.: en lo sucesivo, el secretario general controla de cerca la Pravda que Bujarin ha utilizado para
responder inmediatamente a Trotsky, acusándole de «desviaciones» y de
«oposición al leninismo». Ya no volverán a intervenir los oposicionistas salvo
en contadas ocasiones y ello, rodeados por toda una serie de artículos de los
que son autores los partidarios de la línea del comité central. El Nuevo Curso tendrá como única réplica la
suspensión de la recepción de opiniones referentes a la polémica. De hecho, el
éxito de Trotsky y de los 46 ha parecido tan enorme en Moscú que el propio
Trotsky, el día 10 de diciembre, escribía que la capital «había tomado la
iniciativa de la revisión de la línea del partido». El peligro también ha sido
tenido en cuenta por el aparato y, en adelante, va a asegurarse el éxito en la
discusión con sus métodos característicos, con el uso de los poderes de que
dispone y de los que precisamente se le quiere privar.
El derecho de nombramiento le permite aislar a Trotsky y decapitar a la oposición. La designación de
muchos de sus amigos para altos cargos diplomáticos no es efecto del azar: el traslado de Yoffe a China y, más tarde el de
Krestinsky a Alemania no despiertan sospechas. Mas, cuando Christian Rakovsky es nombrado embajador en París en el
verano de 1923, resulta evidente que esta es la forma que utiliza el aparato para deshacerse de uno de
los portavoces de las resistencias nacionales al XII Congreso, de un íntimo
amigo de Trotsky, de un adversario de Stalin y de uno de los más destacados
líderes de una oposición que busca la forma de agruparse. Dado su alejamiento
de Rusia, Rakovsky no ha firmado la declaración de los 46, pero, merced a la
influencia que en él ejercen sus amigos, el partido ucraniano se convierte a
finales del año en un bastión de la oposición. Chubar, sucesor de Rakovsky en
la presidencia del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania y Kaganóvich,
encargado del secretariado, se encargan de su «reorganización»; Kotziubinsky,
combatiente clandestino de 1918 y portavoz de la oposición, es trasladado a
Viena. Las células del Ejército Rojo, en su mayoría, votan a favor de las tesis
de la oposición. El responsable político del ejército, Antónov‑Ovseienko,
es destituido por haber lanzado una circular acerca de la democracia obrera,
acorde con las decisiones del Congreso, sin haberla sometido previamente a la
aprobación del comité central. Bubnov, su sustituto, ha firmado también la
Declaración de los 46 pero, en esta ocasión, reniega de ella; de esta forma
Stalin consigue matar dos pájaros de un tiro.
A pesar de que las
Juventudes Comunistas no participan en la discusión, la mayoría de sus
militantes, miembros del partido, se encuentran en el bando de la oposición y,
por ello, quince miembros electos de su comité central son, no solamente
relevados de sus funciones en la organización por el secretariado del partido
con absoluto desprecio de los estatutos sino que, por añadidura, son enviados a
desempeñar «misiones» a una serie de localidades apartadas, con lo cual los
partidarios de la troika se alzan con la mayoría. Trotsky publica como apéndice
al Nuevo Curso, una carta de los
dirigentes de las juventudes, simpatizantes todos ellos de la oposición:
Fedorov y Dalin, miembros del comité central, Andrés Chojín, Alejandro
Bezimensky y Dugashev, tres de los seis miembros del primer Presidium de las
Juventudes en 1918 y dos antiguos secretarios de Moscú, mantienen sus posturas.
El caso de estos
últimos es excepcional; tanto en Moscú como en Petrogrado, responsables y
militantes son desplazados y destinados a lugares que distan centenares y
millares de kilómetros, la simple amenaza hace que más de un oposicionista se
doblegue y precipita la decisión de muchos vacilantes. Dado que la oposición,
de la que Trotsky oficialmente no forma parte, no se organiza como facción para
evitar incurrir en la acusación de indisciplina, el aparato consigue aislar con
facilidad a los delegados que la representan, eliminándolos posteriormente con
el sistema de elecciones a distintos niveles: de esta forma, en Moscú, los
partidarios de la oposición cuentan con la mayoría en las células, pero ésta se
reduce a un 36 por 100 en las conferencias de distrito y a un 18 por 100 en la
conferencia provincial donde Preobrazhensky sólo consigue 61 votos frente a los
325 de Kámenev. A pesar de que la oposición haya sido mayoritaria ‑tal
vez por la diáspora que se inflige a sus cuadros- en localidades como Riazan‑Penza,
Kaluga, Simbirsk y Cheliabinsk, a pesar de contar con la mayoría al menos en un
tercio de las células del Ejército Rojo y en la casi totalidad de las células
estudiantiles, la Conferencia Nacional sólo acogerá a tres de sus delegados.
Naturalmente, semejante
reducción en la representación de la oposición sólo ha podido operarse merced a
las manipulaciones del aparato. La lucha concluye, para ella, con un grave
fracaso respecto a sus esperanzas iniciales. Ciertamente ha conseguido
imponerse entre los jóvenes y, especialmente, entre los estudiantes ‑que
a la sazón representaban una elite intelectual y militante de directa
ascendencia obrera‑, confirmando el pronóstico de Trotsky, mas ha
fracasado en su esfuerzo principal, dirigido a los obreros del partido ya que,
en Moscú, que es donde cuenta con más votos, sólo obtiene la mayoría en 67
células de fábrica de un total de 346. Para explicar este fracaso se han
propuesto diferentes interpretaciones, poniendo de relieve la ausencia, en la
plataforma de los 46, de todo tipo de referencias al interés inmediato de los
obreros, a la que se añade una muy probable impopularidad de Trotsky en ciertos
sectores del proletariado desde que tuvo lugar la discusión acerca de los
sindicatos. No puede dejarse de lado ninguno de estos elementos ‑Stalin
sabía lo que hacía cuando llamaba a Trotsky «patriarca de los burócratas»‑,
no obstante, ninguno de ellos resulta más satisfactorio que las explicaciones
simplistas que se limitan a acentuar la habilidad de Stalin en la maniobra
política o los métodos demagógicos de Zinóviev. Parece que E. H. Carr se
aproxima considerablemente a la verdad al escribir: «La incapacidad de la
oposición para basarse en el proletariado era un síntoma, no sólo de la
debilidad de aquélla sino también de la de la clase obrera» [44].
Posiblemente en este
sentimiento de la indefectibilidad de la derrota a corto plazo la mejor
explicación de la abstención de Trotsky durante la última fase de la batalla.
Postrado por la misteriosa enfermedad que no deja de aquejarle durante estos
años, no participa en ninguna de las discusiones del partido, aparte de las del
Politburó, dejando a Preobrazhensky, Piatakov y otros hombres capacitados y
brillantes pero carentes de su envergadura, la misión de defender unas tesis
que son tan suyas como de los 46. El día 21 de diciembre acata el dictamen de
los médicos del Kremlin que le recomiendan un alejamiento de Moscú y una cura
de reposo de dos meses a orillas del mar Negro. Indudablemente esta actitud por
su parte contribuye a debilitar a la oposición pero, en cualquier caso, resulta
difícil explicarla y las hipótesis que se sugieren a dicho efecto resultan poco
convincentes, habida cuenta del temple de luchador de Trotsky, cuando sugieren
cierta vacilación por su parte acerca de la necesidad de la lucha o bien un
retroceso ante sus posibles consecuencias. Resulta más verosímil considerar
como posible explicación de su comportamiento, un cierto descorazonamiento ante
los imprevistos desarrollos políticos que se inician, una especie de
sentimiento de impotencia frente a un aparato cuyas ambiciones y eficacia eran
imprevisibles y, asimismo, una necesidad de tregua, de tiempo muerto, para
llevar a cabo un nuevo análisis de la situación.
La XIII Conferencia
No puede asegurarse que
la intervención de Trotsky, con toda su fuerza, hubiera podido modificar el
curso de los acontecimientos durante las semanas de intensa discusión que se
iniciaron a mediados de diciembre puesto que su semiparálisis política no es,
en el fondo, sino la lógica consecuencia de su negativa a luchar, tomada a raíz
de la enfermedad de Lenin, de su casi involuntaria intervención de octubre y de
su táctica de compromiso con el Politburó al votarse la resolución del día 5 de
diciembre. En todo caso, algunas semanas antes de la conferencia, la suerte
está echada: en lo sucesivo, la prensa no volverá a publicar más artículos de
la oposición, los responsables, sin embargo, toman una y otra vez la palabra
desde sus columnas, afirmando su resolución de imprimir al partido un «nuevo
curso», a pesar de las maniobras de los «desviacionistas», de los
«antileninistas», de los «mencheviques» y de los «pequeño‑burgueses»,
enmascarados con el disfraz del «trotskismo». El folleto Nuevo Curso, que recopila las principales intervenciones de
Trotsky, será publicado demasiado tarde para poder ser útil a la discusión y
constituirá, más que un instrumento de la oposición, una manifestación de la
solidaridad ideológica de Trotsky con ella. Los más destacados miembros del
grupo de los 46 serán, pues, los que continuarán, desde dentro del partido, la
lucha que se ha iniciado simultáneamente pero que hasta la fecha no ha sido
llevada en común.
Los debates de la
conferencia se desarrollarán normalmente. En la discusión acerca de los
problemas económicos, Preobrazhensky interviene para hacer hincapié en el
crecimiento alarmante del capital comercial e industrial privado. Piatakov, con
gran brillantez, retoma las tesis comunes a Trotsky y a los cuarenta y seis: el
desarrollo de la industria plantea problemas que resultaría absurdo limitar a
una discusión acerca de la tasa de crecimiento ya que el verdadero problema es
cómo dirigirlo. El instrumento existe: es el plan estatal (Gosplan) que, en
principio, debe permitir la eliminación del empirismo en materia económica y,
basándose en una concepción global, perfeccionar y precisar los objetivos
conforme a las condiciones y a los recursos. Sería un error creer que la
industria estatal debe adaptarse al mercado de manera espontánea, con el
pretexto de que éste último se desarrolla así. Sólo la planificación permitirá
adaptar la industria a la conquista del mercado: sin ella, la nacionalización
se convertiría en un obstáculo para el desarrollo económico. Mólotov, Kámenev y
Mikoyán califican irónicamente de utopías estos proyectos de planificación de
la industria con una perspectiva de varios años, acusando a la oposición de
querer imponer en materia económica concepciones centralizadoras y burocráticas
y ‑eterna acusación contra Trotsky y sus correligionarios‑ de
sacrificar al campesino para desarrollar la industria. El resultado de la
votación es obvio.
La discusión acerca de
los problemas del partido es introducida por Stalin que admite la existencia de
un cierto burocratismo, reflejo, según él, de la presión ejercida por la
burocracia del Estado sobre el partido, acrecentada por el ínfimo nivel
cultural del país y por las supervivencias psicológicas del comunismo de
guerra. Al recordar las discusiones, llevadas a cabo por una subcomisión,
acerca de la resolución sobre la democracia obrera declara: «Recuerdo cómo
chocamos con Trotsky en lo referente a grupos y fracciones. Trotsky no se
oponía a la prohibición de las fracciones pero defendía resueltamente la tesis
de la admisión de grupos en el partido. Esta es la postura de la oposición.
Estas personas no parecen comprender que, si se admite la libertad de grupos se
abre la puerta a gentes como Miasnikov, permitiéndoles engañar al partido al
presentar a una fracción como si fuese un grupo, ya que: ¿Cuál es la diferencia
entre un grupo y una fracción? Se trata sólo de una diferencia de aspecto Si
admitiésemos los grupos, acabaríamos con el partido, transformaríamos una
organización monolítica y compacta en una alianza de, grupos y fracciones que
negociarían entre ellos alianzas y coaliciones temporales. Esto no sería ya un
partido sino el fin del partido» [45].
En su opinión, la burocratización real ha servido a Trotsky de pretexto para
intervenir, violando la disciplina, con un punto de vista «anarco‑menchevique»
y para intentar alzar al partido contra su aparato, a los jóvenes contra los
viejos y a los estudiantes contra los obreros. Es preciso consolidar la unidad
del partido, fortificarla contra cualquier amenaza y, para demostrar la
determinación de los bolcheviques, incluir en la resolución final el punto 7 de
la del X Congreso que prohibe las fracciones y confiere al comité central los
ya citados poderes de expulsión.
Preobrazhensky
interviene en nombre de la oposición, vuelve a esgrimir todos los argumentos que
ya han sido presentados, recuerda la intensa vida del partido en los tiempos de
la democracia obrera, protesta contra la sistemática exhumación de antiguas
querellas y contra la identificación del «leninismo» con las tesis de los
burócratas.
La réplica de Stalin es
más contundente que su informe: el X Congreso ha aprobado por votación la
prohibición de las fracciones, en la época en que Lenin se encontraba aún a la
cabeza del partido, el período de prueba mínimo que se exige a los responsables
y que, de hecho, impide su elección, ha sido fijado en el XI Congreso, cuando
Lenin ostentaba aún la dirección. Lo que Preobrazhensky y sus compañeros piden
en realidad es la «modificación de una línea de conducta del partido
íntimamente vinculada con el leninismo». Al responder a Preobrazhensky,
manifiesta con toda claridad el verdadero trasfondo de su pensamiento en el
tratamiento de un punto determinado, lo que en aquella época resulta suficientemente
extraño, como para merecer ser mencionado. «De hecho, exclama: ¿Cuál es la
conclusión para Preobrazhensky? No pide ni más ni menos que devolver a la vida
del partido el carácter que tenía en 1917 y 1918. En aquella época, el partido,
dividido en grupos y fracciones, era presa de las luchas intestinas en un
momento crítico de su historia en el que se encontraba emplazado ante un
problema de vida o muerte (...). Preobrazhensky nos presenta la vida del
partido en 1917 y 1918 con unos colores ideales. Pero demasiado conocemos este
período de la vida del partido en el que las dificultades llegaban incluso a
provocar graves crisis ¿Acaso Preobrazhensky está pensando en restablecer esta
«situación ideal» de nuestro partido? » [46].
En realidad el partido está amenazado por una coalición heterogénea que
comprende desde Trotsky «el patriarca de los burócratas» hasta los
«antileninistas de siempre», es decir, los Preobrazhensky y los Saprónov.
La resolución final
apunta que el partido ha sufrido el asalto de un reagrupamiento de pequeños
círculos, nacidos de las antiguas oposiciones y que se apoya en la actividad
«fraccionalista» de Trotsky. La oposición se ha «dado la consigna de destruir
el aparato del partido intentando desplazar a su seno el centro de gravedad que
constituye la lucha contra la burocracia del Estado». Sus tesis son condenadas
por constituir un «abandono del leninismo» que «refleja objetivamente la
presión ejercida por la pequeña burguesía». Fija como remedios a la
burocratización, que se acepta como problema real, el rápido reclutamiento de
cien mil obreros de fábrica, la reducción del número de estudiantes miembros
del partido y la mejora de la educación de los militantes mediante la
sistemática enseñanza del «leninismo», el aumento de la disciplina y una mayor
severidad en la represión de las «actividades fraccionalistas» [47].
En definitiva, la
troika ha conseguido una total victoria política; por otra parte el aparato ha
resistido el primer embate serio. ¿Cuál es la opinión al respecto de los
militantes del partido? Sin duda para un gran número de ellos, no existe problema
alguno: el partido subsiste después de superar una crisis pasajera. Algunos de
ellos están confusos ante los ataques que han lanzado algunos viejos‑bolcheviques
contra Trotsky, encarnación, junto con Lenin, del partido desde 1917. Los más
cínicos y los más desmoralizados han tomado nota de los tantos marcados en la
lucha por el poder que se ha desarrollado ante sus ojos. Muchos apparatchiki como Kalinin, tienen la
conciencia tranquila, han pensado que Trotsky había herido al partido por la
espalda y que el partido había sabido defenderse.
Entre los partidarios
de la oposición corren vientos de desmoralización. Algunos militantes se
suicidan como Lutovinov, viejo‑bolchevique que fue líder de la Oposición
Obrera, o Eugenia Bosch, militante desde antes de la guerra y organizadora del
partido ucraniano en la clandestinidad durante la guerra civil; como Glazman,
uno de los secretarios de Trotsky y como otros militantes menos conocidos.
Otros pagan con el empeoramiento de su situación material su compromiso que les
hace objeto de destitución o traslado; algunos se prometen a sí mismos ser más
prudentes en lo sucesivo. Para el núcleo de los que siguen persuadidos de haber
tenido razón frente al partido, ya no es cuestión de resistir después de la
votación llevada a cabo por la conferencia, pues son militantes disciplinados.
Sin embargo, la batalla política que acaba de desarrollarse ha iluminado
plenamente los progresos y el verdadero alcance de la degeneración cuyos
primeros síntomas habían señalado. Por primera vez en toda la historia del
partido, la lucha no ha tenido como centro principal, ideas o problemas
tácticos sino cuestiones personales. Asimismo, por primera vez, el aparato ha
intervenido abiertamente imponiendo con la amenaza e incluso con la fuerza su
disciplina de voto. No obstante, a todos los oposicionistas les resta una
esperanza: el restablecimiento de Lenin cuya personalidad y autoridad pueden
invertir la aún precaria situación de un partido que todavía se estremece,
después de los conflictos sobrevenidos entre los protagonistas de la polémica
acerca del «nuevo curso».
[1] Lenin, Obras Completas, t. 27, pág. 283.
[2] Ibídem, t. 29, pág. 177
[3] Obras Escogidas, t. II, pág. 979.
[4] Ibídem, t. II, pág. 975.
[5] Ibídem, t. 11, pág. 929.
[6] Schapiro, Les bolcheviks et I'opposition, pág. 278.
[7] Lenin, Obras Escogidas, t. II, pág. 979
[8] Trotsky, Ma Vie, t. III, págs. 200 y sgs.
[9] Estas notas, cuya existencia habla sido revelada por Trotsky, no fueron publicadas hasta después del XX Congreso. Cf. Lenin, 0bras Completas, t. 36, págs. 620‑623.
[10] Trotsky, La Revolución desfigurada, en De la Revolución, pág. 164.
[11] Trotsky, «Lecciones de Octubre», pág. 335.
[12] Cf'. texto íntegro en Trotsky, Stalin, págs, 479‑480.
[13] Ruth
Fischer, Stalin and german comunism, pág 312
[14] Trotsky, Ma Vie, t. III, págs. 209 y siguientes.
[15] L. Revo, “La révolution et la culture”, Bull. Com. nº 2, 1924.
[16] Citado por Kámenev, Pravda, 13 de diciembre de 1923.
[17] Lázaro Carnot (1753‑1823), matemático francés y miembro del Comité de Salud Pública. Creó los catorce ejércitos de la República y se le conocía como el «organizador de la victoria»(N. del T.).
[18] El texto integro de la carta de Trotsky se desconoce y no se encuentra en los archivos de Harvard. No obstante pueden encontrarse amplios extractos de ella en el libro de Eastman, Depuis la mort de Lénine, Anexo IV, págs. 192‑194.
[19] Texto íntegro traducido del ruso al inglés en Carr, Interregnum, págs. 367‑373.
[20] Citado por Daniels, Conscience, págs. 219‑220.
[21] Informe taquigráfico del XIII Congreso, pág. 154, citado por Eastman, op. cit., págs. 51‑52.
[22] Corr. Int. nº 5, 24 de enero del 24, págs. 42‑45.
[23] Trotsky, De la Révolutión, pág. 27.
[24] Bull. Com. nº 5, 1924, págs. 138‑141.
[25] Trotsky, De la Revolutión, pág. 86.
[26] Bull. Com. nº 5, 1924, págs. 135‑138.
[27] Bull. Com. nºo 1, 1924, pág. 7.
[28] Ibídem, pág. 6.
[29] Bull. Com. n.o 8, 1924, págs. 222‑228
[30] Aunque el
sentido correcto es el de Nuevo Rumbo se
adopta en el título de esta obra la apelación Nuevo Curso por resultar más fácil su identificación en las
bibliografías extranjeras ya que dicha obra de Trotsky permanece inédita en
castellano (N. del T.)
[31] Trotsky, De la Révohition, pág. 32.
[32] Ibídem, pág. 33
[33] Ibídem, pág. 34
[34]. Ibídem, pág. 36.
[35] Ibídem, pág. 38
[36] Ibídem, pág. 38.
[37] Ibídem, pág. 49.
[38] Ibídem, pág. 41.
[39] Ibídem, pág. 42.
[40] Ibídem, pág. 44.
[41] Ibídem, pág. 49.
[42] Ibídem, pág. 49.
[43] Ibídem, pág. 61.
[44] Carr, Interregnum, pág. 328.
[45] Acta taquigráfica, citada por Leites y Bernaut, Ritual of Liquidation, pág. 64.
[46] Corr. Int. nº 8, 1924, pág. 70.
[47] Resolución de la XIII Conferencia, Bull. Com. nº 9, 1924, página 238.