EL INTERREGNO Y LA NUEVA OPOSICION
Lenin muere el 21 de enero de 1924. El problema formal de su sucesión ya está resuelto. El difuso Ríkov se convierte en el nuevo presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Trotsky, que todavía está ausente, será avisado demasiado tarde para poder volver a tiempo. Son los hombres de la troika los encargados de presidir los funerales donde pronuncian discursos en memoria del desaparecido. Stalin, que es el último orador, entona, con cadencia de letanía, los «mandamientos» del difunto. Tal exaltación casi mística, preñada de reminiscencias bíblicas y más próxima a la doctrina impartida por los popes que a las enseñanzas de Marx, reverbera curiosamente en el gran salón donde se celebra el Congreso de los Soviets: de forma definitiva la página se ha vuelto.
Transformación del partido
La campaña de
reclutamiento de obreros industriales decidida por la XIII Conferencia se llevará
a cabo bajo la advocación del jefe muerto. La promoción «Llamada de Lenin»
aporta más de doscientos mil nuevos afiliados que engrosan los efectivos del
partido en más de un 50 por 100. A pesar de su etiqueta, la campaña confirma
una profunda ruptura con los métodos empleados en vida de Lenin. Por una parte
ya no se trata de la ardiente y entusiástica convicción de una serie de obreros
ganados por otros militantes, ni siquiera de la que podrían ostentar los
ambiciosos obligados por la necesidad a probar sus méritos, demostrando su
capacidad y su entrega a la causa, sino de una leva casi oficial que se lleva a
cabo en el ámbito de las fábricas, bajo la presión de los secretarios que, a
este nivel, constituyen la autoridad oficial y no carecen de medios con que
conseguir la afiliación al partido de unos obreros que se preocupan sobre todo
de sus problemas cotidianos y de la necesidad de conservar su trabajo. Por otra
parte, los recién incorporados carecen por completo de instrucción o bien la
poseen en un grado ínfimo ‑ellos son los que integran ese 57 por 100 de
analfabetos al que se refiere Stalin en mayo de 1924‑ por consiguiente,
se encuentran muy apartados de los problemas políticos y son tan inexpertos
como manejables.
En manos del aparato se
convierten en una dócil masa de maniobra que siempre sigue a los dirigentes,
considerablemente alejada del espíritu revolucionario del obrero bolchevique y
que va a aplastar con su número a los militantes rebeldes. Las restricciones
erigidas en los Congresos anteriores son derogadas en su beneficio: los recién
llegados ejercerán plenamente sus derechos de militante, votarán y ocuparán
cargos responsables pudiendo incluso acudir como delegados a los Congresos, sin
tener en cuenta los periodos de prueba que se exigían anteriormente. Cuando se
repara en que el reclutamiento que se opera con la promoción Lenin se lleva a
cabo paralelamente a una depuración que, en esta ocasión, tiene como objeto a
los militantes vinculados con la oposición de los 46, puede apreciarse mucho
mejor la función desempeñada por este alud de nuevos miembros en la
manipulación de las células y organismos responsables por parte del aparato y
del Secretario General. En tales condiciones se comprende perfectamente que
Mólotov asegure: «El futuro desarrollo del partido se basará sin lugar a dudas
en la Llamada de Lenin» [1].
Comienzo del culto de Lenin y supresión de su
testamento
Los discursos luctuosos
y los artículos necrológicos imprimen un nuevo carácter a la etapa que se
inicia. El Congreso de los Soviets, que se convoca con posterioridad a la
muerte de Lenin, cambia el nombre de Petrogrado por el de Leningrado, declara
el 21 de enero día de luctuoso aniversario, decide erigir monumentos a su
memoria en todas las ciudades y asimismo embalsamar su cadáver y situarlo en un
mausoleo, al pie de los muros del Kremlin, con el fin de permitir que se
lleven a cabo peregrinaciones para visitar su momia. Sólo ha de elevarse contra
estas decisiones ‑sorprendentes para unos revolucionarios dada su inspiración
casi religiosa‑ la voz de Krupskaya: «No permitáis que vuestro luto por
Ilich adopte formas de reverencia externa por su persona. No construyáis
monumentos, no deis su nombre a los palacios, no celebréis ceremonia alguna en
su memoria. ¡El daba tan poca importancia a todo ello, le pesaba tanto!.
Recordad la pobreza (...) que aún subsiste en el país. Si queréis honrar la
memoria de Vladimir Ilich, construid guarderías, jardines de infancia,
viviendas, escuelas, bibliotecas, centros médicos, hospitales, asilos para los
mutilados; pero, sobre todo, pongamos todos en práctica sus principios» [2].
Entretanto Zinóviev, que ha adoptado las
funciones de sumo sacerdote, declara: «Lenin ha muerto, el leninismo vive» [3],
mientras el comité central dispone la creación de un nuevo órgano, el Bolshevik, cuyo objeto es el sistemático
resumen del «leninismo» en unos términos simples y accesibles a la mayoría, se
plantea crudamente el problema del testamento que Krúpskaya considera debe ser
puesto en conocimiento del partido cumpliendo así con la voluntad del difunto.
El testamento será leído efectivamente el día 22 de mayo en una sesión del
comité central ampliado para incluir a los militantes más veteranos,
produciendo el efecto de una verdadera bomba. Zinóviev, acto seguido, corre en
auxilio de Stalin al que el documento, dado el clímax de adoración por el
muerto, parece condenar irremisiblemente: «La última voluntad de Ilich
constituye una ley suprema para nosotros (...) mas, al menos sobre un punto
concreto, los temores de Lenin parecen carecer de fundamento. Me refiero a
aquél en el que se refiere a nuestro Secretario General. Todos vosotros habéis
sido testigos de nuestro trabajo en común durante los últimos años, y como yo
mismo, habéis podido comprobar felizmente que los temores de Ilich no se han
confirmado» [4]. Con el
apoyo de Kámenev, propone mantener a Stalin en el puesto del que Lenin quería
apartarle. No surge ningún tipo de oposición: a pesar de Krupskaya que deseaba
que se llevase a cabo la lectura del testamento ante el Congreso ‑consiguiendo
tal propuesta unos 30 votos contra 10‑, el comité central decide
conservar en secreto el «testamento», no comunicando su contenido sino a los
jefes de delegación asistentes al Congreso. Desde el principio hasta el fin de la
sesión Trotsky ha guardado silencio y esta actitud va a convertirle durante
años en cómplice de los falsificadores. Por segunda vez, su abstención salva a
Stalin y a todos aquellos que, al deificar a Lenin y tergiversar sus últimas
voluntades, demuestran inequívocamente que su único propósito es mantenerse en
el poder. De cualquier forma esta actitud aclara su posterior abstención: desde
el punto de vista de Trotsky, el partido sigue siendo el partido y aquellos que
lo dirigen cualesquiera sean sus errores, deben ser tratados con respeto por el
propio interés de la organización.
El XIII Congreso
Una vez alejado el
peligro que supone el testamento, el XIII Congreso, que se inaugura el 23 de
mayo, constituye para los triunfadores del momento una repetición en mayor
escala y con mayor brillantez de la XIII Conferencia. Zinóviev es el primero en
abordar la cuestión del conflicto sobre el nuevo curso durante su largo
discurso inaugural en el que también emprende una nueva arremetida contra la
oposición y una autoglorificación de los dirigentes que han superado la crisis
y desenmascarado la maniobra que tendía a debilitar al partido apuntando al
comité central. Alentado sin duda por el silencio de Trotsky en lo referente al
testamento, afirma rotundamente que la controversia ha demostrado hasta qué
punto «ahora mil veces más que nunca es necesario el monolitismo del partido».
Vuelve a emprender la requisitoria contra Trotsky y llega incluso a exigir a
la oposición que se retracte públicamente y reconozca sus errores: «El paso más
decoroso y digno de un bolchevique que podría dar la oposición, exclama, seria
acudir a la tribuna del Congreso y decir: he cometido un error; el partido
tenía razón» [5].
Tal pretensión, inédita
en la historia del bolchevismo, provoca una cierta desazón entre los delegados.
Krúpskaya, que cuenta con una gran autoridad moral dada su calidad de viuda y
colaboradora de Lenin, subirá posteriormente a la tribuna para calificarla como
«psicológicamente inadmisible». Este último aserto dará pie a Trotsky para
llevar a cabo una réplica simple y digna, generalmente mal interpretada por los
historiadores que creen ver en ella algo más que la afirmación de un militante
disciplinado: «Nada resultaría más fácil que decir ante el partido: “Todas mis críticas,
todas mis declaraciones, todas mis advertencias y todas mis protestas, todo
ello, en fin, no ha sido más que un puro error”. Pero, camaradas, yo no pienso
que así sea. Los ingleses suelen decir “Right or wrong, my country”[6]
Con mucha mayor razón nosotros podemos decir: que esté equivocado o en lo
cierto, sobre ciertas cuestiones y en determinados momentos, es mi partido» y,
acto seguido, repite el principio del que ya estaban impregnadas las páginas de
Nuevo Curso: «En última instancia, el
partido siempre tiene razón porque es el único instrumento que posee la clase
obrera para solucionar sus problemas (...). No se puede tener razón más que
dentro del propio partido y mediante él porque la historia no ha acuñado aún
otro instrumento con que tener razón» [7].
Convencido de su fracaso, se inclina pero no desespera de llegar a convencer.
En realidad insiste en que tiene razón y, retornando todos los argumentos que
han sido desarrollados con anterioridad a la XIII Conferencia, vuelve a
subrayar su independencia respecto a los 46, precisando su hostilidad a la
existencia de grupos en el partido ya que resultaría extremadamente difícil,
en su opinión, no asimilarlos a las fracciones. Preobrazhensky subirá
igualmente a la tribuna para protestar contra el hecho de que la depuración
haya tenido como blanco principal a los oposicionistas y para poner en tela de
juicio ‑Trotsky no lo ha hecho‑ la utilización que el comité
central hace de la promoción «Llamada de Lenin», pues «la pretensión de que tal
entrada de obreros en el partido confirmase y aprobase enteramente nuestra
actividad en materia de política interior, inclusive las perversiones burocráticas,
supondría, cuando menos, la prueba de un optimismo inadmisible» [8].
En diversas resoluciones
el Congreso ratifica las decisiones de la XIII Conferencia y la línea del
comité central, renueva la condena de la oposición a la que, algunos días más
tarde, Bolshevik calificará como
«cuasi‑menchevismo interior, un cuarto de menchevismo mil veces más
peligroso que el menchevismo cien por cien» y que se da precisamente en un
momento en el que se necesita una «unidad bolchevique al cien por cien» [9].
La «bolchevización» de la Internacional
Según la historia
oficial, el año 1924 marca la «bolchevización» de la Internacional. Esta se
constituyó entre 1919 y 1921, con la perspectiva de unas luchas revolucionarias
inmediatas que, en un breve lapso, pudieran abocar en la toma del poder en
diferentes países. Así se explican las veintiuna condiciones impuestas a los
partidos como previas a su adhesión e igualmente los estatutos que tienden a
constituirla como partido mundial centralizado, como un «partido bolchevique
internacional». Sólo Lenin pareció mostrar entonces cierta inquietud ante tal
rusificación pues esta organización, impuesta artificialmente a unos partidos
que no tenían ni la experiencia ni la tradición de los revolucionarios rusos,
amenazaba con frenar su desarrollo. Los delegados del III Congreso de la
Internacional Comunista no participan de este temor; de hecho tampoco siguieron
a Lenin en el II Congreso cuando, al recordar la enorme influencia de los
socialistas alemanes en la II Internacional, había propuesto que se ubicase la
sede de su ejecutivo en Berlín para disminuir de esta forma la influencia de
los dirigentes rusos.
En realidad, aún en
vida de Lenin, se inicia el proceso contrario. Los partidos comunistas, ya sean
diminutas sectas como el inglés o grandes partidos de tipo social‑demócrata
como el francés o el italiano, no cuentan ni con la experiencia de lucha, ni
con los dirigentes capaces de compararse con los líderes rusos. Tras el
asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, el partido comunista alemán se
divide en diferentes tendencias que se enfrentan violentamente. Su antiguo secretario, Paul Levi, es expulsado por
haber condenado públicamente la insurrección de marzo. Con el fin de
conservarle en el partido y evitar la escisión, Lenin lleva a cabo toda suerte
de esfuerzos e incluso después de su expulsión, al dirigirse a los comunistas
alemanes, escribe que en realidad, «sólo ha perdido la cabeza» [10].
Empero, con Lenin
desaparece de la Internacional la preocupación por educar y asociar a sus
miembros. Zinóviev, con el pretexto de «bolchevizar» a los partidos comunistas
se dispone a convertirlos en organizaciones serviles que dependen totalmente
del Ejecutivo. Alfred Rossmer que fue a la vez testigo y protagonista, escribe
acerca de él: «Suprimía de antemano todo tipo de oposición en el Congreso
mediante los emisarios delegados en las diferentes secciones. En todas partes
se empleaban los más diversos métodos para eliminar las diferencias que podían
surgir; se trataba de una guerra de desgaste en la que los obreros eran
derrotados de antemano por unos funcionarios que, al no dedicarse a otros
menesteres, imponían debates interminables; todos aquellos que habían osado
emitir una crítica y a los que se abrumaba con el peso de la Internacional,
terminaban agotados, por ceder provisionalmente o bien simplemente por irse» [11].
Después de la derrota
de Trotsky, la represión se abate sobre todos aquellos que le han defendido.
Boris Souvarine, uno de los fundadores del movimiento comunista francés, es
expulsado primero de la dirección y más tarde del partido por haber traducido y
publicado Nuevo Curso. Brandler, al
que se ha convertido en único responsable de la derrota alemana, es apartado de
la dirección del partido comunista germano. Los dirigentes comunistas polacos
Warski, Walecki y Vera Kostrzewa son igualmente depurados por haber protestado
contra los ataques de que Trotsky había sido objeto. Durante el V Congreso,
Zinóviev amenaza con «deslomarles». En su respuesta a Stalin del día 3 de julio
de 1924 Vera Kostrzewa acusa: «Nos oponemos a la creación en el seno del
partido de una atmósfera de lucha permanente, de tensión y de encarnizado
enfrentamiento de unos contra otros (...). Estoy firmemente convencida de que,
con vuestro sistema, vais a desacreditar sucesivamente a todos los dirigentes
del partido y temo que, una vez llegado el momento decisivo, el proletariado no
cuente ya con hombres de temple. De esta forma, la dirección de la revolución
podría caer en manos de arribistas, de «jefes de un día» y de «aventureros» [12].
No obstante, la tónica
del V Congreso viene dada por la intervención de la joven militante alemana
Ruth Fischer. Se trata de una mujer elocuente y apasionada pero carente de
cualquier tipo de experiencia de la lucha de clases; es la compañera de Maslow,
militante alemán de origen ruso que ha sido portavoz de la izquierda en 1923;
Zinóviev la ha impuesto como dirigente del partido comunista alemán, en lugar
de la vieja guardia de militantes de la Liga Espartaco que a la sazón han sido
acusados de «derechismo». Ruth Fischer, encarnación de la tendencia «bolchevizante»,
denuncia a Trotsky, Rádek y Brandler como «liquidadores mencheviques» y exige
la conversión de la Internacional en un «partido bolchevique mundial»
monolítico de cuyo seno deberían ser descartados todo tipo de conflictos entre
tendencias. En realidad este programa está ya realizado en sus tres cuartas
partes. La definitiva subordinación a Moscú de los partidos comunistas sólo ha
podido llevarse a cabo porque el partido bolchevique, desde el punto de vista
de los obreros de vanguardia, conserva el aura revolucionaria que le confiere
la victoria de Octubre. Vera Kostrzewa refleja los sentimientos de un gran
número de comunistas cuando, hacia el final de su intervención, afirma
refiriéndose a Zinóviev y Stalin: «Sabéis que nos es imposible luchar contra
vosotros. Si el día de mañana pidieseis a los obreros polacos que eligiesen
entre nosotros y la Internacional Comunista, de sobra sabéis que seriamos los
primeros en aconsejarles que os siguieran a vosotros» [13].
De esta forma la pseudo‑bolchevización, al aniquilar todo espíritu
crítico y todo pensamiento comunista independiente, elimina también cualquier
posibilidad de convertir a los partidos de la Internacional en organizaciones
capaces de desempeñar la función que en Rusia tuvo el partido bolchevique.
Las «lecciones de Octubre» y la segunda campaña
contra Trotsky
A pesar de su actitud
de militante disciplinado que, de momento, se resigna a doblegarse y guardar
silencio, Trotsky sigue suponiendo un problema para la troika. El Bolshevik del día 5 de junio no oculta
su indignación ante el «discurso elástico» pronunciado por aquél en el XIII
Congreso. No obstante, los triunviros tampoco tienen interés alguno en
provocarle y, dado que se resigna a permanecer en silencio ante los problemas
políticos esenciales, persisten en esta línea de conducta. Sin embargo, Trotsky
no está dispuesto a dejarse enterrar bajo un cúmulo de calumnias. La
publicación, prevista desde hace tiempo a cargo de las Ediciones del Estado,
del tercer volumen de sus escritos y discursos que precisamente está dedicado
al año 1917, le ofrece una ocasión para explayarse. Por supuesto, tales textos
son irrefutables por si mismos y colocan a Trotsky en el verdadero lugar que
ocupó durante la revolución, el de primera figura después de Lenin, como él
consentía en ser llamado, ya que no primera junto con la de aquél. Pero, para
el militante y luchador infatigable, la Historia sólo tiene valor si es
explicada y comprendida, es decir, sólo cuando sirve como instrumento de
transformación del mundo. Para el tercer volumen de sus obras Trotsky elabora
un estudio, una especie de denso folleto en el cual, a propósito de Octubre,
retoma las «lecciones» que le parecen esenciales, reagrupando en este trabajo
las ideas principales defendidas por él en lo referente al papel del partido en
la revolución en diversas ocasiones y, fundamentalmente, en el transcurso del
año 1923. Trata así de convertir el terreno sólido e irrefutable, constituido
por el pasado y los textos cuya edición emprenden las Ediciones del Estado, en
un trampolín que sirva a todo el partido para comprender la etapa que acaba de
iniciarse, para enfocar el porvenir.
Las densas páginas del prefacio que lleva por
titulo «Lecciones de Octubre» describen en primer lugar una panorámica de la historia
del partido bolchevique. En ella Trotsky distingue tres períodos: la fase
preparatoria, anterior a 1917, la etapa revolucionaria de 1917 y la era post‑revolucionaria.
Evidentemente considera que la segunda es la época decisiva ‑y ello no
solamente porque Trotsky fue en ella la viva encarnación del bolchevismo como
lo prueba la expresión, que por entonces era de uso corriente, «el partido de
Lenin y Trotsky»‑; para el partido supuso la prueba por excelencia, su justificación histórica. Ahora bien, la
Historia, tal y como aparece en los documentos, escritos y discursos de Trotsky
y los demás dirigentes, revela dos crisis en el seno del partido: una de ellas
en abril, cuando la mayoría de los cuadros dirigentes del bolchevismo que
tendían a la conciliación con los mencheviques y a la integración en la
república democrática se rebelan ante las diatribas con que los fustiga Lenin
al dictar, apoyándose en la vanguardia obrera, una nueva orientación, y la de
Octubre, en la que Zinóviev, Kámenev y parte del estado mayor bolchevique sólo
han de ceder ante Lenin cuando éste consigue el consenso de las amplias masas,
y demuestra con la práctica y la victoria la justeza de su enfoque. Tal
«lección» es a todas luces importante: la autoridad de Lenin. y su conocimiento
de los más profundos movimientos sociales han sido los únicos factores que han
podido convencer, llegada la prueba decisiva, a la vieja guardia bolchevique
que, en la actualidad, se considera a sí misma la conservadora de la tradición.
Trotsky subraya que ni Zinóvíev ni Kámenev ostentan la menor autoridad para
escudarse en el «leninismo», en la medida que, en el curso de una serie de
circunstancias decisivas, sobre todo en vísperas de la toma del poder ‑ese
muro en el que se distingue al albañil de la revolución‑, tomaron
posición en contra de Lenin mientras que él, Trotsky, cuyo pasado no era
bolchevique, le sostenía decididamente.
De octubre del 17 pasa
a octubre del 23; recuerda a grandes rasgos la situación en que se encontraba
Alemania durante el año anterior y las vacilaciones del partido comunista alemán
que deja pasar el momento idóneo y se rinde sin combatir. Aquello mismo que el
Octubre ruso ha demostrado positivamente, lo confirma el Octubre alemán de
forma negativa; sin embargo, son los mismos dirigentes del partido los que
tienen la responsabilidad de dirigir la Internacional, presidida por Zinóviev y
deben asumir la del fracaso de la revolución alemana: cuando se trataba de
funcionar a la perfección y marchar con audacia hacia la toma del poder han
manifestado el mismo reflejo conservador que habían mostrado seis años antes en
Rusia. En unas condiciones objetivas favorables, la clase obrera alemana,
contaba con un partido comunista; sin embargo, ni a nivel nacional ni a escala
de la Internacional tenía una dirección comparable a la de Lenin: ésta y no
otra fue la causa de su derrota.
Tal ataque es
devastador; se apoya con firmeza en la historia y en la realidad contemporáneas
y ello le confiere una consistencia a toda prueba. No obstante, al subrayar el
papel de la dirección a su más alto nivel, minimiza, según muchos militantes,
el propio papel del partido. Por último, al servir de réplica contundente a las
«revelaciones» de la troika acerca del pasado menchevique de Trotsky
constituyéndose a su vez en «revelación» sobre el pasado «conciliador» de
Zinóviev y Kámenev, se asemeja a la liquidación de una querella personal, a la
apertura de todo un paquete de trapos sucios que, en definitiva, terminará por
desacreditar a todos los que de esta forma se empeñan en demoler mutuamente sus
respectivas leyendas de bolcheviques de hierro y fieles lugartenientes de
Lenin.
La aparición del libro
con su prefacio inédito es anunciada por la Pravda
a partir del día 12 de octubre. Como lo subrayan Pierre e Iréne Sorlin en su
minucioso análisis de la prensa, será preciso esperar hasta el día 2 de
noviembre la aparición de un artículo que lleva por título «Cómo no hay que
escribir la historia de Octubre» [14]
en el que se vuelve a hablar de un libro conocido ya por todos los militantes.
A partir del día 12 de noviembre, los periódicos están repletos de cartas y
mociones de protesta de las organizaciones locales, orquestadas a todas luces
por el aparato, lo que explica perfectamente su cantidad, su simultaneidad y el
período de latencia de la reacción que de otra forma resultarían
incomprensibles.
En cualquier caso, la
campaña que se origina revestirá una violencia inusitada. Nos limitaremos a
enumerar someramente los artículos que los dirigentes dedican al prefacio en
cuestión: el 18 de noviembre aparece
«Leninismo o Trotskismo» de Kámenev [15],
el 19 de noviembre «Trotskismo o Leninismo» de Stalin [16],
el 30 de noviembre «Bolchevismo o Trotskismo» cuyo autor es Zinóviev [17].
Todos estos artículos acusan a Trotsky de «revisionismo» y de intento de
«liquidación del leninismo». Más, adelante aparecen los artículos contra. la
teoría de la «revolución permanente». Kámenev toma la iniciativa de nuevo el
día 10 de diciembre, Bujarin, el 12 y, por último, Stalin el día 20, en una de
sus primeras incursiones en la teoría concluye con su particularísimo estilo:
«El abismo que separa al leninismo de la teoría de la “revolución permanente”
desde luego no podrá ser ocultado con ningún tipo de almibarados discursos o de
podrida diplomacia.»
Estas son las grandes
bombas. Pero Trotsky es batido desde todos los flancos, con toda la potencia de
fuego que le confiere al aparato el control de la prensa, la sistemática
utilización de todos los documentos que existen en los archivos y la exhumación
y exhibición, fuera de su contexto, de las fórmulas más agresivas utilizadas en
las numerosas polémicas del pasado; así el lector de Pravda puede informarse simultáneamente de que Lenin llamaba
«cerdo» a Trotsky y de que este último confiaba sus críticas de Lenin al menchevique Chjeidze. Una serie de
textos bien seleccionados y de citas convenientemente recortadas, siempre
pueden conseguir dar la impresión de que Trotsky nunca fue más que un
antibolchevique, adversario irreductible de Lenin. Incluso aquél que no ha
olvidado los acontecimientos de 1917 pude ser convencido. por estas
tergiversaciones: poco importa que también Zinóviev y Kámenev hayan sido
calificados de «amarillos» y Stalin de «polizonte» si no se repite la primera
afirmación y se ignora la segunda. El afiliado medio del partido para el que,
en el mejor de los casos, 1917 no es sino una gloriosa leyenda, admite, no sin
amargura, el papel desempeñado por, el malvado Trotsky, sin creer
verdaderamente en los métodos del bueno de Zinóviev. El discreto Stalin,
resulta en definitiva el menos ensuciado de la troika pues el papel secundario
que desempeñó antes y durante 1917 le permite zafarse del descrédito general
que parece abatirse sobre los protagonistas.
Hacia el final de la
guerra civil, Lenin había rehabilitado definitivamente ‑o al menos eso
creía él‑ a Zinóviev y Kámenev al escribir en La Internacional Comunista: «Justo antes de
la revolución de Octubre e inmediatamente después, cierto número de excelentes
comunistas rusos cometieron un error que sería de todo punto innecesario
recordar en la actualidad ¿Por qué? Porque, a menos que ello resulte
absolutamente indispensable, es absurdo recordar unos errores que han sido
rectificados por completo» [18].
En este momento sólo se eleva una voz cuyo propósito es conservar a todos
aquellos dirigentes valiosos, como hizo Lenin tanto al acoger al «cerdo» de
Trotsky como al conservar a su lado a los «amarillos» Zinóviev y Kámenev. El
día 16 de diciembre, Krúpskaya afirma que «no sabe si el camarada Trotsky es
culpable de todos los pecados mortales de los que se le acusa con obvio
propósito polémico», recuerda su verdadera participación en 1917 y todo cuanto
le debe el partido, no obstante su conclusión es que «cuando un camarada como
Trotsky emprende, de forma inconsciente tal vez, la senda de la revisión del
leninismo, el partido tiene mucho que decir» [19].
Una carta de Trotsky que aparece en la Pravda del día 20 puntualiza que su
libro constituye sencillamente el desarrollo de unas ideas que ya habían sido
manifestadas por él anteriormente y que nunca habían levantado tamaña ola de
ataques [20].
El Secretariado, en
cientos de columnas de prensa, por medio de todos los órganos, escuelas,
instructores, oradores y propagandistas, forja el concepto de «trotskismo».
Desde siempre, Trotsky ha subestimado el papel del partido, defendiendo, a
partir de 1903, unas concepciones que minan sus cimientos y le convierten en el
«portavoz de las influencias pequeño‑burguesas». Al propio tiempo,
siempre ha despreciado el papel del campesinado defendiendo una política que
amenaza con romper la alianza de obreros y campesinos. Todos sus desacuerdos
con Lenin en el pasado, en lo referente al partido durante la anteguerra, a
Brest‑Litovsk y a los sindicatos, pueden deducirse de estos dos errores.
Basándose en tales desviaciones recomienda la planificación, procedimiento
digno de la autocracia, y la industrialización a costa de los campesinos,
esforzándose asimismo por eliminar, desde dentro, a la dirección que ha
conseguido desenmascararle. Así expuesto, el «leninismo» se reduce a una
coartada que sirve para justificar la política actual, el uso de mano de hierro
en el partido y las concesiones de que son objeto los campesinos.
Es preciso educar al
partido. Una resolución del comité central del 17 de enero de 1925 decide
«continuar con la empresa de desvelar el carácter antibolchevique del
trotskismo» e «introducir en los programas de enseñanza política la explicación
de sus características pequeño‑burguesas» [21].
Se adivina incluso la revisión de la historia. A la sazón se le recuerda a
Trotsky que, con sus ataques, ha dado a los «elementos vacilantes y
antisoviéticos» la «señal de reagrupamiento contra la política del partido» y
se le advierte que «la afiliación al partido bolchevique exige una
subordinación efectiva y no meramente verbal a la disciplina, así como una
renuncia total y sin reservas a todo tipo de lucha contra el leninismo», o lo
que es lo mismo, a todo tipo de oposición. Su permanencia en el Comisariado
para la Guerra y en el Comité Revolucionario de la Guerra ya no tiene objeto; a
instancias suyas es liberado de sus responsabilidades. Solamente la oposición
de Stalin, que hace gala de una gran circunspección frente a sus aliados, puede
impedir que Zinoviev y Kámenev consigan su expulsión exigida ya por los jóvenes
comunistas de Leningrado.
Los problemas de la NEP
En realidad la
expulsión de Trotsky del gobierno en 1925 no es más que la última consecuencia de
la derrota de la oposición en 1923. No obstante, las nuevas dificultades van a
originar nuevos conflictos. En 1923 y 1924 la dirección ha apoyado la NEP: las
nuevas oposiciones van a nutrirse del desarrollo de sus efectos.
La Rusia de 1925 ha
salido efectivamente del, período de crisis que habla culminado en el verano de
1923. El país ha vuelto al trabajo, los campos son cultivados, las fábricas
funcionan, los trenes circulan y el comercio es bastante activo. Sin embargo no
es posible hacerse ilusiones. La agricultura sigue estando tan atrasada como
siempre. No se ha creado ningún tipo de industria pesada. La prosperidad del
comercio privado no consigue disimular la mediocridad del nivel de vida
general, a la que contribuye de hecho, puesto que los 900 millones de rublos de
capitales invertidos en el comercio privado producen unos 400 millones de
intereses. La lucha de clases prosigue: ciertamente, el campesino consigue
subsistir junto con su familia pero, en contrapartida, se ve privado de todo
tipo de productos industriales, cuyo precio asciende al doble del de antes de
la guerra, manteniéndose su propia producción al mismo valor mientras
disminuyen también el salario y la ración alimenticia del obrero respecto a.
los valores anteriores a la guerra.
Si surgen enfrentamientos en las ciudades,
entre, por una parte los comerciantes y nepistas enriquecidos, los
administradores y especialistas rojos y los obreros, por otra, estás
contradicciones se reproducen con igual intensidad en el campo. Los verdaderos
beneficiarios de la NEP y de la
reaparición del mercado integran aproximadamente un 3 o un 4 por 100 del censo
campesino, es decir son los ku1aks y agricultores acomodados; estos poseen la
mitad de las tierras sembradas y el 60 por 100 de la maquinaria, son
prácticamente los únicos que se benefician de la venta de los excedentes de sus
cosechas: un 2 por 100 de los kulaks, los más pudientes, producen el 60 por 100
de las mercancías presentes en el mercado. Se ahondan las diferencias entre
ellos y los campesinos medios y pequeños que de ellos dependen: los kulaks
poseen el 75 por 100 de los 7,7 millones de hectáreas de tierras que han sido
alquiladas ilegalmente a los campesinos pobres o medios en busca de nuevas
fuentes de ingresos; ellos son también los patronos de los 3.500.000
asalariados agrícolas y de 1.600.000 de jornaleros que perciben salarios
inferiores en casi un 40 por 100 a los pagados antes de la guerra por los
grandes
propietarios
[22].
El campesino pobre que sigue siendo víctima de la usura ‑ya que paga unas
cifras de intereses por préstamos cuatro veces superior al monto de sus
impuestos‑ depende por completo de ellos, tanto más cuanto que el
partido, por temor a las reacciones de los kulaks, frena u obstaculiza la
formación de los sindicatos de campesinos pobres que habían constituido
precisamente uno de los ejes centrales de la política del comunismo de guerra.
La más grave consecuencia del aumento del poder del kulak es su capacidad para
interferir en el mercado, amenazando la totalidad del equilibrio económico,
según la lenta o acelerada liquidación de sus excedentes. Sus intereses
inmediatos o, si se prefiere, sus tendencias capitalistas, amenazan a cada paso
con suscitar un choque con el régimen o, al menos, un nuevo retroceso. En 1925,
el descenso de los suministros provoca una crisis de subsistencia, obliga al
gobierno a suspender la exportación de granos y los pedidos de maquinaria y de
materias primas para la industria que ya no puede pagar. De esta forma, el
kulak contribuye a frenar el proceso de industrialización al subordinarlo a sus
propias exigencias. Nadie piensa ya en volver a los métodos utilizados durante
la fase del comunismo de guerra. Sin embargo el problema se plantea con
absoluta nitidez: ¿Debe depender la industrialización de la satisfacción de las
reivindicaciones del campesino acomodado?
Entre otros temas, éste será el objeto central de un
debate de alto nivel teórico que va a enfrentar a dos de las mentes más
preclaras del partido, a sus dos economistas más brillantes, Bujarin y
Preobrazhensky, coautores del ABC del
comunismo y antiguos comunistas de izquierda, cuyos puntos de vista
divergen extraordinariamente a partir de 1923.
La obra de Eugenio Preobrazhensky es todavía hoy
prácticamente desconocida: sólo llegó a aparecer el primer volumen de su
trabajo La Nueva Economía antes de
que cayese sobre él el anatema de las autoridades soviéticas [23].
No obstante, se trata de un ensayo de enorme interés cuyos análisis y
conclusiones suministran los fundamentos indispensables para el estudio del
desarrollo en una economía socialista dentro de un país subdesarrollado. En
general, su tesis afirma que la victoria de la revolución en un país tan
atrasado como aislado, o incluso en un grupo de países que no hayan alcanzado
el desarrollo económico máximo, como podrían ser los Estados Unidos, crea una
situación extremadamente crítica por el hecho de que tal país, después de la
revolución, pierde las ventajas que ofrece el sistema capitalista a la hora del
desarrollo, sin contar, como contrapartida, con la inmediata posibilidad, por
falta de base, de beneficiarse de las ventajas del sistema socialista. De esta
forma, el campesino medio y sobre todo el kulak, liberado de las cargas
fiscales del antiguo régimen, puede permitirse el lujo de disminuir sus
suministros y aumentar sus préstamos al campesino pobre o su propio consumo, ya
que la industria no le ofrece (o sólo lo hace a unos precios prohibitivos)
aquellas mercancías que podían incitarle a vender. Este «periodo de transición»
es muy peligroso dada la inferioridad manifiesta en que se encuentra el país
que ha llevado a término una revolución en competencia con el «capitalismo
monopolista». Esta es la razón de que el mercado ruso permanezca vinculado a
una industria tecnológicamente atrasada pues vende los productos agrícolas al
precio del mercado mundial, pagando por ellos el doble de lo que acumula para invertir. Para Preobrazhensky este es pues «el
periodo más critico del desarrollo del Estado Socialista» y añade: «Constituye
para nosotros una cuestión de vida o muerte atravesar este período de
transición tan rápidamente como sea posible para alcanzar el punto en que el
sistema socialista ofrece todas sus ventajas» [24]:
frente a la amenaza de una alianza entre el kulak ruso y el capitalismo
internacional, señala, los bolcheviques están construyendo el socialismo
«durante una tregua entre dos batallas».
Por tanto, la tarea del
economista consiste en analizar las leyes del desarrollo económico del periodo
de transición, verdaderas «fuerzas objetivas» comparables a las leyes
económicas que rigen el desarrollo capitalista y que pueden operar, como
expresión del sistema, de forma independiente a la conciencia que los hombres
tengan de ellas. La primera es la necesidad que experimenta el sistema
socialista, en su lucha contra el capitalismo de los monopolios, de practicar a
su vez el «monopolismo socialista», es decir, una extraordinaria concentración
del control económico estatal sobre la industria y el comercio exterior; en el
caso ruso, tal política viene impuesta
por la necesidad insoslayable de detener el aumento de la población rural que,
de hecho, facilita el chantaje de los kulaks al Estado al boicotear la
industria, y asimismo por la exigencia de crear con el equipo actual del país,
la «nueva base tecnológica», como condición sine
qua non del desarrollo de la
industria en su totalidad. Este principio exige «la concentración de todas las
grandes empresas del país en manos de un solo trust, es decir, del Estado Obrero»
[25],
con el objeto de llevar a cabo una política de precios, basándose en el
monopolio, que permita convertirlo en «otra forma de gravamen sobre la
producción privada». Este monopolismo tenderá a imponerse inevitablemente
cualesquiera sean las reticencias de los dirigentes a este respecto: «La actual
estructura de nuestra economía nacionalizada suele revelarse más progresiva que
nuestro sistema de dirección económica» [26].
A pesar de las resistencias, el desarrollo de las fuerzas productivas,
promovido por la industria monopolista de Estado se llevará a cabo según las
pautas de lo que Preobrazhensky conoce como «ley de la acumulación socialista
originaria»: «Vivimos bajo el talón. de hierro de la ley de la acumulación
socialista originaria» [27].
Este término ‑que
Preobrazhensky toma de Saprónov y que ya ha sido utilizado por Trotsky en 1922‑
se ha convertido, hasta, cierto punto, en la piedra angular del sistema que se
atribuye a Preobrazhensky y que no siempre ha sido bien interpretado. El autor
lo utiliza como analogía con el de acumulación capitalista primitiva» cuyo
desenvolvimiento, en las primeras etapas del sistema capitalista, había sido
descrito por Marx en la sección octava del libro primero de «El Capital»; este
término viene a reflejar que un país atrasado no puede industrializarse
rápidamente si se basa únicamente en las fuerzas de una industria estatal, sino
que, por añadidura, debe recurrir a una acumulación obtenida a partir de los
fondos que generalmente se destinan a los salarios y rentas del sector privado.
Por tanto, la ley de la acumulación socialista originaria obliga al Estado a
«explotar» ‑en el pleno sentido económico de la palabra, es decir, a
abonar un salario inferior al valor producido‑ al campesinado, dando
prioridad a la industria pesada en los planes y, siguiendo un proceso inverso
al del futuro período socialista, dirigir la economía no ya desde el punto de
vista del consumidor sino desde el del productor.
Naturalmente el funcionamiento de la ley durante el período de transición ‑estimado por Preobrazhensky en unos veinte años en caso de victoria revolucionaria en Europa Occidental‑ arrastra unas consecuencias que entran en contradicción con la tendencia general del desarrollo. La «explotación» del campesinado supone que las rentas de los campesinos han de crecer indefectiblemente con menor rapidez que las de los demás asalariados y este proceso no puede abocar más que en una oposición política que será necesario reducir mediante el desarrollo de explotaciones en régimen de cooperativa y de una política fiscal equilibrada. La centralización de la economía arrastrará la creación de un enorme aparato «monopolista» lleno de tendencias parasitarias que, a su vez, podría frenar el desarrollo general al dar origen a un sector de privilegiados, constituido por administradores y técnicos, que se elevase por encima de los trabajadores. En líneas generales, la economía de transición es fuente de desigualdades sociales ya que los privilegios no pueden desaparecer totalmente más que en el caso de que las fuerzas productivas alcancen su máximo desarrollo y de que se derrumben las distinciones entre trabajo manual e intelectual. El marxista consciente de las «leyes objetivas» tiene pues la obligación de activar este desarrollo mediante la acción política del partido como organización de la clase obrera. Llegado a este punto, Preobrazhensky abandonaba el papel de economista científico para adoptar el de político, militante y líder de la oposición, subrayando que las tendencias parasitarias del aparato monopolista y el predominio del enfoque del productor, dados por su propia lógica interna, deben ser rectificados por una acción obrera que se ejerza desde el punto de vista del consumidor, lo que exige indefectiblemente la existencia de una verdadera democracia obrera y la garantía para el trabajador de disponer de un cierto número de instrumentos de defensa contra el Estado. De manera más general, el conjunto de contradicciones globales conduce a Preobrazhensky a la conclusión: «Nuestro desarrollo hacia el socialismo se enfrenta con la exigencia de acabar precisamente con nuestro aislamiento socialista por una serie de razones que no pertenecen solamente al ámbito político sino al económico, eliminando asimismo la necesidad de buscar en el futuro un apoyo en los recursos materiales de los demás países socialistas» [28].
El enfoque de Bujarin
Bujarin
va a erigirse en adversario principal de la tesis de Preobrazhensky a la que, de
entrada, califica de «monstruosa». La. supuesta ley de la acumulación
socialista originaria que sirve para justificar la explotación del campesinado,
amenaza, según él, con provocar la ruptura de la alianza entre obreros y
campesinos y, en definitiva, sólo conseguiría fomentar, a partir del
proletariado, la aparición de una nueva clase de explotadores originada en la
centralización del aparato económico del Estado. Tal actitud por parte del
antiguo profeta de la revolución europea se debe, como él mismo afirma, a la
quiebra de la mayor parte de sus ilusiones durante el fracaso del comunismo de
guerra. Deutscher dice que Bujarin descubrió súbitamente que «el bolchevismo
permanecía sólo frente al campesinado ruso» y ello le hizo volverse hacia los
campesinos «con el mismo fervor, las mismas esperanzas e idéntica capacidad de
idealización de que había hecho gala al volverse hacia el proletariado europeo»
[29].
Esta sugerente explicación se adapta mucho sin duda al temperamento de Bujarin,
pero sus más hondas motivaciones se originan, probablemente, en un análisis que
se oponía sistemáticamente ‑y esta postura fue compartida por los dos
antagonistas‑ al elaborado por Preobrazbensky.
La quiebra del
comunismo de guerra supone para él una dura lección; como afirma Erlich,
resumiendo su pensamiento, es preferible «alimentar a las gallinas de los
huevos de oro que matarlas». «Al utilizar la iniciativa económica de los
campesinos pequeño‑burgueses e incluso burgueses, es decir, al tolerar la
acumulación privada, los ponemos objetivamente al servicio de la industria
socialista de Estado y de la economía en su conjunto; este es el significado de
la NEP» [30]. Durante la
etapa del comunismo de guerra ya ha sido condenada la concepción totalitaria de
la planificación. En lo sucesivo, afirma de nuevo Bujarin, «ocuparnos los
puestos de mando y controlamos resueltamente las posiciones claves; nuestra
economía estatal se sigue reforzando por diversos caminos, entre los que se
cuenta también la competencia con las secuelas del capital privado, absorbiendo
progresivamente a las unidades económicas atrasadas: se trata, pues, de un
proceso que en sus rasgos esenciales se lleva a cabo a través del mercado» [31].
Para desarrollar la
industria lo primero que hay que hacer es bajar los precios industriales, lo
que ofrece la doble ventaja de impedir que se operen «beneficios
monopolísticos» y de obligar a los industriales rojos a aumentar la
productividad en sus empresas al mismo tiempo que se reactiva la acción del
mercado. El motor de esta revitalización debe ser una creciente demanda
campesina, mas ésta no podrá darse más que si ellos mismos consiguen aumentar
sus ingresos e invertir, operaciones que les son prohibidas al formar parte de
las limitaciones que les impone el Estado soviético: «El sector acomodado del
campesinado y los campesinos medios que aspiran a formar parte de él, tienen en
la actualidad miedo de acumular. Se produce una situación en la que el
campesino no se atreve a utilizar un entramado metálico en el techo de su
vivienda por temor de ser llamado kulak; si, compra una máquina, se las arregla
para ocultársela a los comunistas (...). El campesino acomodado está
descontento porque no le permitimos acumular ni contratar los servicios de
braceros asalariados; por otra parte, los campesinos pobres que padecen del
exceso de población se lamentan de no poder vender su fuerza de trabajo» [32].
Para Bujarin la conclusión lógica es esta: es preciso eliminar todas las
limitaciones de que es objeto el campesino porque el socialismo le atraerá
solamente si le ofrece un incentivo y éste le parece económicamente ventajoso.
El cooperativismo habrá de ser el puente que enlace con las granjas colectivas
y con el socialismo agrario, mas debe ser introducido con gran prudencia, reduciéndose
en primer lugar a la «esfera de la circulación».
El enriquecimiento del
campesino, como condición previa a la reactivación de la industria y al
desarrollo económico, implica evidentemente el riesgo de desarrollo de una
clase social que, en Rusia, representa el último vestigio del capitalismo. Pero
el Estado Obrero podrá, con los instrumentos de que dispone, armonizar el
desarrollo gradual, regularizándolo mediante un impuesto directo y progresivo
y, sobre todo, integrar paso a paso incluso al kulak en el desarrollo de
conjunto, ya que, según Bujarin, «mientras nos vistamos con andrajos el kulak
podrá vencernos en el terreno económico. Mas ello no sucederá si le permitimos
que deposite sus ahorros en nuestros bancos. Le ayudaremos ciertamente, pero él
también nos ayudará» [33].
En una perspectiva a largo plazo, -Bujarin se remite a la futura legitimación
de los «nietos del kulak»‑, al nivelarse socialmente al ámbito campesino
desde arriba y pasar la economía a un grado de tecnología superior, a la
explotación colectiva, el kulak terminara por morir de «eutanasia» según la
expresión de Erlich.
Al basarse en unas
premisas opuestas a las de Preobrazhensky, a saber, prioridad de los problemas
de consumo y mercado y baja de los precios industriales, Bujarin llegaba a una
conclusión completamente diferente, la «construcción del socialismo, incluso
sobre una base tecnológica mediocre»: «Debemos avanzar a pasos pequeños,
pequeñísimos, arrastrando a nuestra zaga el pesado carro campesino» [34].
Este brillante epígono de Marx, en el análisis del período de transición,
retomaba, por una extraña ironía, la tradición populista. Renunciando a todas
sus ilusiones juveniles argüía, frente a Preobrazhensky, que incluso el triunfo
de la revolución a escala mundial plantearla el problema en términos «rusos» y
que su perspectiva a plazo más o menos largo no debía influir en la política
del partido. Sobre todo en lo referente al antagonismo entre las ciudades y el
campo, que se volvía a suscitar violentamente en el verano de 1925, afirmaba su
posición de defensor y, hasta cierto punto, de portavoz de los campesinos, por
el temor de que se destruyesen las condiciones que, en su opinión, resultaban
necesarias para el equilibrio social en que había de basarse el desarrollo
económico.
Todos estos puntos serán explicados más tarde
con toda claridad en su célebre discurso, pronunciado el día 17. de abril en el
teatro Bolchoi de Moscú. En tal ocasión, y después de haber repetido sus
mejores argumentos en favor de la acumulación campesina, afirma: «Debemos decir
a los campesinos, a todos los campesinos: Enriqueceos,
ampliad y desarrollad vuestras granjas y no temáis que se ejerza limitación
alguna sobre vuestra actividad. A pesar de que ello puede parecer paradójico,
debemos fomentar la explotación acomodada para ayudar a los campesinos pobres y
medios» [35]. Tal
afirmación originaría posteriormente un verdadero escándalo y Bujarin terminará
por retractarse formalmente de ella, aunque, en definitiva, tal paso no
alteraba en nada el verdadero fondo de sus convicciones. Sus discípulos del
grupo del Instituto de profesores rojos son igualmente llamados al orden; entre
ellos se cuentan Stetsky que, con idénticos argumentos, ha sugerido la
supresión del monopolio del comercio exterior, Bugushevsky, que a la sazón afirma
que el kulak es ya «un tipo social decrépito del que sólo sobreviven algunos
especímenes» y Slepkov que especula en torno a la extensión de la NEP en una
«neo‑NEP». Pero, al mismo tiempo que critica el extremismo de sus
asertos, la XIV Conferencia emprende la vía que ellos han trazado
autorizando,el alquiler de tierras y la utilización de mano de obra asalariada,
incluyendo en su programa créditos para la provisión de equipo agrícola, una
política de presión de los precios industriales y de liberación de los
agrícolas y una disminución del impuesto sobre la propiedad rústica.. El campo
y los campesinos acomodados han conseguido aparentemente un gran triunfo. La
repulsa de esta política se originará en una ciudad importante: Leningrado.
Nacimiento de la «Nueva Oposición»
Leningrado, la antigua
San Petersburgo, era desde el zarismo el centro más importante del moderno
proletariado industrial: de ella salieron la mayoría de los militantes que
formaron el núcleo del partido en 1917 y que más tarde dieron vida a los
soviets a lo largo y ancho de todo el país, alimentando igualmente los cuadros
del Ejército Rojo. Ciertamente, dadas las condiciones de esta promoción, de
esta verdadera sangría de hombres, la organización del partido en Leningrado no
tiene ni punto de comparación con la que contaba Petrogrado de los años 1917 y
1918. Ha conservado no obstante, unos
rasgos originales que, en parte, justifican su intervención en 1925. Por estas
fechas, en toda la provincia y sobre un total de 50.000 afiliados y 40.000
elementos más sometidos al periodo de prueba, hay un 72 por 100 de obreros frente a solamente un 11 por 100 de
funcionarios. En ninguna otra organización local existe una proporción tan alta
de obreros, además un 36,4 por 100 de ellos pertenece a la rama del metal, es
decir al sector que se muestra tradicionalmente más avanzado. Por tanto, no es
extraño que las teorías de Bujarin hayan suscitado allí una viva oposición. En
aquellos días están cerrados los talleres de construcción y los astilleros
navales, existen varias decenas de miles de parados para los cuales el concepto
de industrialización, de rápida industrialización, constituye una cuestión de
vital interés y no están dispuestos a tolerar, según la breve y excelente
fórmula de Isaac Deutscher, la tesis según la cual había de ser el mujik el
encargado de determinar el ritmo de reconstrucción que se convertiría entonces
en una especie de «paso de tortuga».
Ciertamente el partido
es el feudo de Zinoviev, cuya dureza es de todos conocida y que no chocó en su
liquidación de la oposición de 1923 con
grandes dificultades. No obstante, los propios «activistas» leningradenses se
dan cuenta del descontento que reina entre los obreros a los que dirigen: han
sido mitificados por la propaganda oficial, están orgullosos de ser los
sucesores de la punta de lanza del partido bolchevique y la vanguardia de la
Comuna del Norte, su confianza en si mismos alcanza el punto máximo con la
derrota de la oposición y, naturalmente, no pueden resignarse a aceptar sin
objeciones una línea que reduce al mínimo su papel presente y futuro,
abandonándoles ante el descontento de la base a la que encuadran, es decir,
hundiendo el propio fundamento de su autoridad. Durante el mes de septiembre,
el viejo‑bolchevique Zalutsky, secretario del comité del partido en la
provincia de Leningrado pronuncia un discurso, editado inmediatamente después
en forma de folleto, en el que manifiesta el descontento de los obreros que se
preguntan hasta que punto Octubre ha supuesto el triunfo de una revolución
proletaria, se refiere también al Thermidor de la Revolución francesa y a la
«degeneración» que ha surgido del interior, del propio seno del partido y por
último, compara a Stalin con Bebel, el papa de la social‑democracia
alemana, encarnación, como él, del aparato y árbitro de los conflictos entre
izquierdistas y revisionistas. Frente a la nueva tendencia derechista,
encarnada por Bujarin y sus epígonos del Instituto de profesores rojos, aparece
una nueva izquierda, diferente de la oposición de 1923, poco al tanto de las
posiciones teóricas y los estudios científicos de Preobrazhensky pero
fuertemente ligada con una capa proletaria del partido.
En realidad Zalutsky
por sí mismo es insignificante: se trata de una mera prolongación de Zinóviev y
no ha actuado por iniciativa propia. Ciertamente se ve presionado por la base
de su organización pero también cuenta con el apoyo de su «jefe»; su discurso
es el primer síntoma público de la ruptura que lleva varios meses gestándose
entre los triunviros.
A finales de 1924, el
Secretario General ya había intentado reducir la influencia excluyente que sus
colaboradores Zinóviev y Kámenev ejercían sobre las respectivas organizaciones
de sus feudos en Leningrado y Moscú. El secretario de Moscú, Zelensky, ha sido
destinado al Asia Central y sustituido por Uglanov que viene de Nijni‑Novgorod.
La mayor parte de los historiadores parecen estar de acuerdo en afirmar que
sólo el ataque que supuso Lecciones de
Octubre de Trotsky, pudo restablecer la cohesión en el triunvirato, que
estaba por aquel entonces a punto de disolverse, al obligar a Zinóviev y
Kámenev a diferir la contra‑ofensiva que preparaban como réplica a una
evidente transgresión de su coto cerrado. En cualquier caso, Uglanov pudo
aprovechar tácitamente esta tregua forzosa para «reorganizar» el aparato
regional, colocando a hombres seguros en los diferentes niveles: la,
supervivencia de los violentos rencores contra los burócratas que habían
aplastado a la oposición en Moscú durante la discusión sobre el Nuevo Curso, facilitó su labor; de esta
forma la depuración de los depuradores fue observada, con sorna por los
oposicionistas que vieron en ella una especie de restablecimiento del orden.
El primer conflicto
serio surge en 1923, cuando Stalin, apoyado por la mayoría, niega a Zinóviev y
Kámenev la expulsión de Trotsky del Politburó. En esta ocasión Zinóviev llega a acusar a Stalin de ser «medio trotskista», desencadenando
simultáneamente la organización de juventudes de Leningrado una campaña contra
Trotsky y contra la dirección nacional que concluye con la expulsión de su
responsable adulto Safárov. En la Internacional, feudo de Zinóviev, se gestan
nuevos enfrentamientos. Stalin sostiene a Thaelmann en Alemania, partidario de
la presentación de una candidatura únicamente comunista en las elecciones para
la presidencia del Reich, contra la postura de Maslow y Ruth Fischer,
protegidos de Zinóviev, que desearían enfrentar al mariscal Hinderiburg una
alianza electoral con los social‑dernócratas. Maslow y Ruth Fischer son
vencidos y eliminados de la dirección. El control de la Komintern parece con,
ello escapársele de las manos a Zinóviev.
Las situaciones
conflictivas se multiplican a partir de la primavera de 1925: en el Politburó,
Zinóviev y Kámenev se oponen a la presentación en la XIV Conferencia de una
resolución, elaborada por Stalin, en la que se afirma la posibilidad de
«construcción del socialismo en un sólo país», en franca oposición a la
teoría de la «revolución permanente» de
Trotsky. Se concluye entonces un compromiso. No obstante, la crisis económica
origina nuevas fricciones: Zinóviev y Kámenev critican abiertamente la línea
defendida por Bujarin y a su presión se deben seguramente las sucesivas
condenas de sus tesis más escandalosamente derechistas.
Cuando el debate
todavía no ha salido a la luz pública ni ha sido reconocido oficialmente,
Zinóviev lo inicia con una serie de discursos y folletos. Durante el mes de
septiembre de 1925, publica una voluminosa antología que lleva por titulo El leninismo. Tras dedicar algunos
centenares de páginas al «trotskismo» y a las ya tópicas acusaciones, examina
los problemas planteados por la NEP. Se introduce hábilmente en su análisis
partiendo de la obra reciente del emigrado blanco Ustríalov, del que Lenin
solía decir que, al clamar su «verdad de clase», desvelaba a los bolcheviques
los peligros que les amenazaban. En un libro Bajo el signo de la revolución, editado en Manchuria, Ustrialov,
tras haber analizado la situación en Rusia «donde, en todo el pueblo, renovado
pero fatigado igualmente por la tempestad, se despierta una voluntad de paz, de
trabajo y de sumisión», escribía: «¡Propietarios, enriquecéos! Consigna de
vida, consigna de salud, genial grito interior», concluyendo: «La consigna de
desarrollo e individualismo es tan sana como el campo laborioso, inevitable
como la propia vida, imperiosa como la Historia» [36].
De esta forma los argumentos de este hábil «enemigo de clase» le permiten a
Zinóviev afirmar que el peligro principal puede venir «del debilitamiento de la
dictadura del proletariado como consecuencia de las influencias
pequeño-burguesas y antiproletarias que se ejercen sobre el aparato estatal,
sobre la economía e incluso sobre el propio partido» en un país en el que la
población pequeño‑burguesa predomina y el capitalismo renace parcialmente
dado que «los pequeño‑burgueses y la nueva burguesía siguen vinculados
por miles de ligaduras a la burguesía internacional» [37],
donde el Estado está fuertemente impregnado de burocratismo y la gran industria
no ha recuperado aún el nivel de 1913, flotando, además, por encima de todo
este panorama de conjunto el bloqueo capitalista.
Más adelante,
apoyándose en numerosas citas de Lenin y analizando la NEP como una retirada
estratégica en la cual la marcha hacia el socialismo se lleva acabo mediante la
construcción de un capitalismo de Estado, Zinóviev hace hincapié en el hecho de
que la «lucha de clases prosigue durante la dictadura del proletariado y sobre
todo durante la NEP fundamentalmente en el campo. Ahora bien, existe una
certeza: «Los kulaks son enemigos del poder soviético», infinitamente más
peligrosos que los nepistas puesto que «el 3 por 100 de kulaks del campo
constituye una fuerza enorme». En este punto, el ataque contra Bujarin y sus discípulos
se vuelve más directo aún: «En el momento actual intentar hacer creer que el
kulak no existe, acuñar frases como «el kulak no es peligroso», significa
sugerir que (...) ¡no consideramos al kulak como un enemigo!» «En lo referente
al kulak no se puede tolerar ni el menor vestigio de duda» [38].
Un capítulo, construido enteramente con citas de Lenin, demuestra por último la
irreductible hostilidad del fundador del bolchevismo hacia la idea de que el
socialismo pudiera realizarse en un solo país: es preciso luchar contra la
«ideología política burguesa y pequeño‑burguesa vinculada a la época de
la NEP y a la necesidad de aumentar el bienestar en el país» porque ésta es
contraria a la empresa de los comunistas que consiste en consolidar la victoria
en su propio país, abriendo, al mismo tiempo, camino a los obreros de los
restantes países [39].
Los días 19 y 20 de
septiembre aparece en Pravda un
artículo más claro aún, a pesar de los cortes impuestos por el Politburó,
donde, bajo el, título «La Filosofía de una época» y siguiendo la misma línea
de polémica con Ustrialov, afirma: «El desarrollo de la NEP, al mismo tiempo
que el retraso de la revolución, implica, entre otros peligros, el de
degeneración». Al evocar la lucha obrera revolucionaria escribe: «¿En nombre de
qué se levantaron durante las trascendentales jornadas de Octubre la clase
obrera y en su pos las amplias masas populares? ¿En nombre de que siguieron a
Lenin en la línea de fuego? ¿En nombre de qué fueron arrastradas por nuestra
bandera durante los primeros años? Fue en nombre de la igualdad.(...) El pueblo
en su totalidad sueña hoy con la igualdad (...) Esta es la piedra angular de la
filosofía de nuestra época». Afirmando «para ser los auténticos portavoces del
pueblo debemos encabezar su lucha en pro de la igualdad» [40],
Zinóviev dejaba claro, frente a Bujarin, erigido en representante de los
kulaks, que él estaba dispuesto a ser el de los obreros.
La batalla anterior al Congreso
El conflicto que, en un principio se vio
limitado a los cenáculos del partido, al ser llevado al terreno teórico por
Zinóviev, va a seguir el habitual proceso de gestación entre bastidores antes
de estallar ante la opinión pública. Tras la toma de postura de Zalutsky, el
secretariado le releva de sus funciones obteniendo, inesperadamente la
aprobación del comité regional. En su lugar, Stalin sitúa a Kómarov, uno de sus
leales. El grupo de Zinóviev reacciona al verse así amenazado en su propio
bastión: el comité regional rechaza el candidato enviado por el secretariado y
el propio Kómarov solicita la anulación del nombramiento ante la oposición que
éste suscita. Para precaverse contra nuevas sorpresas, Zinóviev inicia una
severa depuración del aparato en Leningrado, eliminando sin ningún tipo de
vacilaciones a todo aquél que le parece partidario del secretariado. Los
protagonistas se vigilan: al morir Frunze, comisario para la Guerra, será
reemplazado por Voroshílov, uno de los hombres de Stalin, dándosele por adjunto
a Lashévich, leal a Zinóviev. En la sesión de octubre del comité central, la
lucha se encona considerablemente: ambos clanes se acusan mutuamente de
intentar transgredir las decisiones tomadas en la Conferencia de abril.
Zinóviev, Kámenev, Sokólnikov y Krúpskaya exigen que se celebre una discusión
acerca del problema campesino: la mayoría se niega a ello violando una larga
tradición, pero de conformidad con el precedente introducido en el
enfrentamiento con Trotsky. El conflicto es casi público. ya que la Pravda de Leningrado multiplica sus
ataques en lo referente a la cuestión campesina, al tiempo que las Juventudes
publican un Libro azul en el que se
recogen una serie de artículos comentados de Bujarin, Stetsky, Bugushevsky y
otros que sirven para ilustrar lo que llaman la «desviación kulak».
De hecho, los miembros de la troika luchan
valiéndose de intermediarios, la prensa y las asambleas de Leningrado y Moscú
se intercambian acusaciones mutuas y emiten mociones de censura mientras cada
uno de los secretariados regionales se apresura a eliminar de los cargos
responsables a todo sospechoso de tibieza respecto a sus propias tesis:
Leningrado afirma que el partido debe preservar «el máximo de democracia
interna». Moscú se pregunta irónicamente sobre lo que Leningrado puede entender
por ello y Leningrado responde que bien lo sabe Moscú. Leningrado ‑¿Puede
decirse que se trata de un intento serio de disminuir el poder del aparato?‑
propone que se recluten masivamente proletarios hasta que estos lleguen a
integrar el 90 por 100 del partido. Moscú clama entonces que es ésta una
desviación del leninismo y una pretensión de debilitar a la vanguardia. Las
afirmaciones de Leningrado acerca del «peligro kulak» y el capitalismo de
Estado, atribuidas a Zinóviev, son calificadas por Moscú de «alienación, separatismo,
alaridos histéricos y falta de confianza propia de intelectuales»: Leningrado
replica defendiendo firmemente su carácter proletario y, cuando Leningrado
protesta contra los increíbles métodos que se emplean para aplastarle, Moscú le
acusa a su vez de querer acabar con el aparato, de haberse aliado con Trotsky
que, por su parte, permanece en silencio, burlándose en privado del triste
espectáculo que ofrecen estas dos organizaciones del mismo partido obrero
votando una contra otra una serie de resoluciones, siempre unánimes, incapaces
por completo de aportar ni un solo oposicionista, aunque fuera aislado, como
prueba del carácter democrático de sus debates. En efecto, los vencedores de
ayer, dispuestos a luchar entre ellos, tienen en común idéntica eficacia en
cuanto a la «organización» y el mismo «realismo». Esta es la razón por la que
se puede dar crédito a la versión de Stalin que afirma que, en vísperas del
congreso, ofreció un compromiso concretado en la concesión de sendos cargos en
el secretariado y en el comité de redacción de Pravda a dos leningradenses. No obstante, Zinóviev se niega a
aceptarlo, convencido sin duda de que bastante ha perdido ya en este juego
desde la muerte de Lenin.
El XIV Congreso
No obstante, éste es un
error estratégico, si se tiene en cuenta el bando en que se encuentra Zinóviev
desde 1922 y que constituye también el terreno en el que Stalin piensa
afrontarlo. En el Congreso no puede sobrevenir sorpresa alguna. Exceptuando a
los delegados de Leningrado, cuidadosamente seleccionados por el aparato de
Zinóviev, todos los demás han sido escogidos de la misma forma entre los leales
al secretariado: todo está ya decidido de antemano. No obstante, Stalin no
desea que se produzca la ruptura. Es preciso que la opinión pública, los
«tranquilos patriarcas» del partido atribuyan la ruptura de la unidad y la
iniciativa del ataque a sus adversarios. Es necesario que sean Zinóviev y
Kámenev los que abandonen; de esta forma el equipo que constituye la dirección
será el que continúe sin ellos muy a su pesar. Desde la propia inauguración, en
su informe político, se refiere a toda una serie de cuestiones polémicas sin
mencionar ni un solo nombre, expresando al mismo tiempo su anhelo de que se
llegue a un acuerdo. En su intento de conciliación llega incluso a evitar
referirse al comportamiento de los leningradenses. Pero tal vez Zinóviev creía
aún en el valor de los programas y de los manifiestos y se disponía a entablar
la polémica cuando ni siquiera había sido abierta la discusión. Para ello
solicita y obtiene del Congreso la presentación, como miembro del comité
central y del Politburó de un contra‑informe político: tal uso, que
antaño había sido habitual en el partido, no había sido utilizado ni una sola
vez desde 1918.
Minoritario en lo sucesivo,
se ve obligado a referirse a esa «democracia obrera» que pretende reivindicar.
Denuncia el hecho de que «todo sea mascado previamente por el comité central,
listo para ser llevado a la boca del partido», afirma también que no es lícito
hablar de democracia cuando no todos los camaradas tienen la posibilidad de
pronunciarse. Mas, para él, este terreno está completamente plagado de trampas
y, cuando declara que el partido se encuentra en un estado de «semi‑sitio»,
el Congreso se alborota y pregunta: « ¿Y Trotsky? ». Responde a ello que, en
1923, las condiciones aún no habían madurado: «1926 no es ni 1921 ni 1923:
contamos en la actualidad con un tipo de trabajadores completamente diferente,
con mayor actividad entre las masas, con otras consignas». Es preciso liquidar
este pasado: «Sin permitir la existencia de fracciones y manteniendo nuestra
antigua postura a este respecto, deberíamos delegar en el comité central para
que incluya en el trabajo del partido a todos los grupos que se formaron
anteriormente en él, dándoles la posibilidad de trabajar bajo la dirección del
comité central». El comité central debe ser reorganizado «desde el mismo punto
de vista que un buró político con plenos poderes y de un secretariado de
funcionarios que esté subordinado a él» [41].
Inmediatamente después de estas afirmaciones se desencadena la tormenta.
La discusión que tiene lugar durante el XIV Congreso,
resulta muy interesante para la comprensión de los problemas del partido en
esta época. No se dice nada nuevo respecto al problema kulak y el Congreso
mantendrá la «línea», a pesar de que el rechazo de una resolución Chanin‑Sokólnikov,
en la que subraya que el factor decisivo del desarrollo económico reside en la
capacidad de mejora agrícola y en la integración en el mercado mundial, haya
permitido que más tarde los historiadores oficiales le hayan llamado «Congreso
de la Industrialización». Lo más importante es que muchos de los que han
contribuido al aplastamiento de la Oposición son precisamente los encargados de
plantear algunos de los problemas que aquella había desvelado, que sean
criticados, precisamente por aquellos que los habían iniciado, los métodos
empleados en la lucha contra Trotsky, Preobrazhensky y sus compañeros y, por último, que se plantee por vez primera el
problema de la autoridad y de la función de Stalin.
Zinóviev confirma la
existencia del testamento de Lenin y las circunstancias que han rodeado su
ocultación. Recuerda la advertencia contra Stalin para demostrar que, en la
actualidad, el peligro se concreta en la alianza del kulak, del nepista y del
burócrata. Reconoce su participación junto con Stalin en el «golpe de Estado»
que ha provocado en las Juventudes la destitución y el exilio de los dirigentes
electos. Refiere igualmente en qué forma los miembros de Politburó,
incluyéndose él mismo, han constituido una verdadera fracción por medio de la
sistemática convocatoria de unas reuniones de las que Trotsky, regularmente
reelegido, estaba ausente y que se celebraban con el fin de aplicar la
«disciplina» de grupo en las reuniones oficiales, lo que de hecho constituía un
caso de expulsión dentro del partido [42].
Yaroslavsky replicará más adelante a esta acusación que habría sido estúpido
reprocharle a la mayoría que se constituyese en fracción pues, por el hecho de
serlo, no lo necesitaba. Otros delegados se refieren a las condiciones que
impone el aparato a los militantes: los oposicionistas, dice Avilov-Globov,
guardan silencio «por temor a ser enviados a Murmansk o al Turquestán». «Estos
traslados, declara Krupskaya, suscitan en el partido la imposibilidad de hablar
sincera y abiertamente. Si redactamos resoluciones a propósito de la democracia
interna y al mismo tiempo creamos unas condiciones tales que todo miembro del
partido pueda ser transferido a otro cargo por haber expresado abiertamente su
opinión, todas las buenas intenciones acerca de la democracia interna se
convertirán en meras frases sobre el papel».
La intervención de la
viuda de Lenin contribuye a elevar considerablemente el nivel del debate: ésta
es una de las últimas ocasiones en las que un Congreso bolchevique aceptará oír
a alguien que le recuerde cual era el verdadero ideario de Lenin. Esta vez,
Krupskaya protesta enardecidamente contra el abuso de llamamientos a la
autoridad del «leninismo»: «Pienso que carece de objeto clamar aquí que esto o
aquello es el verdadero leninismo. He vuelto a leer hace poco los primeros
capítulos de El Estado y la Revolución (...) El escribía: “Ha habido casos en la Historia en los que las
enseñanzas de los grandes revolucionarios han sido adulteradas tras de su
muerte. Han sido convertidos en iconos inofensivos, pero al honrar su nombre,
se ha achatado también la punta revolucionaria de su doctrina”. En mi opinión,
esta cita llena de amargura nos obliga a no esconder tal o cual concepción
personal con la etiqueta del leninismo pero también considero que todas estas
cuestiones deben ser examinadas en su verdadera esencia. (...) Para nosotros,
como marxistas, la verdad es aquello que se adapta a la realidad. Vladimir
Ilich solia decir: “la doctrina de Marx es invencible porque es verdadera.
(...) La misión de nuestro Congreso debe ser buscar y hallar la línea justa”.
(...) Bujarin ha dicho aquí mismo y con mucho énfasis que lo que decida el
Congreso será lo justo. Todo bolchevique considera las decisiones del Congreso
vinculantes mas no debemos adoptar el punto de vista de aquel jurista inglés
que solía tomar al pie de la letra el proverbio que afirma que el Parlamento
puede decidir cualquier cosa, incluso convertir a un hombre en mujer». El
Congreso, que hasta entonces escuchaba impresionado, rugirá de indignación ante
el crimen de lesa‑majestad contra su concepción de la historia del
bolchevismo que comete la que, desde los tiempos de Iskra, había sido una pieza
clave de la organización, al afirmar: «De nada sirve consolarse pensando que la
mayoría siempre tiene razón. En la historia de nuestro partido ha habido
Congresos en los que la mayoría estaba equivocada. Recordemos por ejemplo el
Congreso de Estocolmo» [43].
Además, a las acusaciones que se acumulan contra ella, Krúpskaya añade el mayor
delito, recordar los méritos de Trotsky y la amistad que le profesaba Lenin,
denunciando los inadmisibles métodos empleados en la polémica contra él.
Resulta significativo
que una parte de la discusión ‑precisamente la más violenta‑ haya
girado en torno a la figura de Stalin, al que por primera vez se denuncia como
el deus ex machina del aparato, como
la encarnación de las fuerzas que conducen a la degeneración. Sokólnikov denuncia
la situación que, con independencia de la personalidad de Stalin, suscita (a
partir del momento en que un mismo hombre es miembro del Politburó y jefe del
Secretariado) que «las divergencias políticas puedan traducirse de un modo u
otro en medidas organizativas». Lanza entonces el reto: «Si el camarada Stalin
quiere ser tan digno de confianza como Lenin, que la merezca» [44].
Kámenev, a pesar del tumulto que se ha originado, afirma clara y
valerosamente: «Porque se lo he dicho en más de una ocasión y personalmente a
Stalin y porque en más de una ocasión lo he repetido ante los delegados del
partido, lo afirmo ante el Congreso: he llegado a convencerme de que el
camarada Stalin no puede cumplir la función de unificar al estado mayor
bolchevique (...) Nos oponemos resueltamente a la teoría del jefe único en la
dirección ¡Nos oponemos a la creación de un “caudillo!”» [45].
Si bien Tomsky, el amigo de Bujarin, replica inmediatamente con la afirmación
de que no existe ni existirá nunca un «sistema de jefes», los hombres de Stalin
se apresuran a salir al paso de tal afirmación y Kuibyshev afirma en una
declaración de capital importancia: «En nombre de la Comisión Central de
Control yo declaro que el camarada Stalin, como Secretario general de nuestro
partido, es precisamente el tipo. de persona que, junto con la mayoría del
comité central y con el apoyo de éste, ha sido capaz de reunir a su alrededor a
las mejores fuerzas del partido y de ponerlas a trabajar. (...) Basándose en la
experiencia real, el exacto conocimiento de nuestra dirección yo declaro, en
nombre de la Comisión Central de Control, que esta dirección y este Secretario
General son precisamente los que el partido necesita para ir de victoria en
victoria» [46].
Stalin y los suyos
entendían, que la consecución de tales victorias debía llevarse a cabo bajo el
lema de la construcción del socialismo en un solo país. Zinóviev aportaba a la
discusión un compacto haz de citas de Lenin y un análisis de conjunto que
concluía con las siguientes palabras: «La victoria final del socialismo es
imposible en un solo país. (...) Habrá de decidirse a escala internacional».
Por su parte Stalin sólo puede echar mano a una sola cita, susceptible de ser
utilizada en cualquier contexto, pero también tiene una imperturbable confianza
en las generalizaciones y en la influencia del razonamiento de corte
escolástico sobre las asambleas de funcionarios: «Resulta imposible saber lo
que se está construyendo. No puede darse ni un solo paso sin saber la
orientación general del movimiento ( ... ) ¿Estamos construyendo el socialismo
dando por descontada la victoria de la revolución socialista o bien estamos
trabajando al azar, a ciegas, «preparándole el terreno a la democracia
burguesa» mientras esperamos la consumación de la revolución socialista
internacional?» [47]. Por otra
parte, Bujarin, con mayor agudeza intelectual, haciendo uso de la aborrecida
alternativa que constituye la revolución permanente, acosa a Zinóviev, que
termina por aceptar que el socialismo puede ser construido en un solo país a
pesar de que sólo la acción a escala mundial pueda perfeccionarle.
El Congreso se clausura con la adopción de los informes de Stalin y Mólotov que son aprobados por 559 votos contra 65. Se altera la composición del comité central: de los partidarios de Zinóviev, cuatro, entre los cuales se encuentra Zalustsky, no son reelegidos; Lashévich pasa a ser suplente, once suplentes desaparecen. Entre los titulares surgen dieciséis hombres nuevos y veintitrés apparatchiki desconocidos entre los suplentes, muchos de ellos inician entonces una brillante carrera: Gamárnik, Postishev, Unslicht, Lominadze y Andrés Zhdánov.
El aplastamiento del aparato de Leningrado
A pesar de su
abrumadora derrota, ya que a lo largo de todo el Congreso permanecieron con las
mismas fuerzas con las que contaban en un principio, los leningradenses no
habían llegado aún a su total desarticulación. Al recordar las disensiones con
Trotsky, Stalin, en su discurso de clausura, se atribuía el papel de campeón de
la unidad: «No estuvimos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kámenev porque
sabíamos perfectamente que el sistema de amputación supone un buen número de
riesgos para el partido, que la mutilación y la efusión de sangre ‑porque
ellos pedían sangre‑ es peligrosa y contagiosa. Un día se expulsa a uno,
al día siguiente a otro, dos días después a un tercero. ¿Quiénes permanecerían
entonces en el partido?» Asimismo, al interpelar a los dirigentes de
Leningrado, preguntaba: «¿Pedís acaso la sangre de Bujarin? Pues no os la
daremos ¡Sabedlo!» [48].
Pero también adoptaba un tono amenazante: «No debemos distraernos con las
discusiones. Somos un partido que está gobernando, no lo olvidéis». Ciertamente
es este un lenguaje que entienden a la perfección los funcionarios que se
enfrentan con las dificultades cotidianas.
Stalin había hablado de
represalias y éstas no tardan en llegar. Al día siguiente del Congreso, llega a
Leningrado una delegación del secretariado, encabezada por Mólotov, y en la que
se cuentan Voroshílov, Kírov, Kalinin, Stetsky y otros responsables de la más
alta categoría: el comité provincial es acusado de haber falseado la elección
al eliminar los votos del radio de Viborg, de bien sabida hostilidad por
Zinóviev; la delegación es acusada igualmente de no haber respetado el voto de
la conferencia provincial acerca de la unidad del partido. Así, mediante la
multiplicación de las reuniones de los comités a todos los niveles, el asedio a
los secretarios y el manejo alternativo del «látigo» y las promesas, es decir,
la promoción dentro del aparato o el traslado al Turquestán, y haciendo
gravitar sobre los obreros la amenaza de despido, los hombres del Secretario
General liquidan en pocos días el aparato construido por Zinóviev; sus
elementos, desorientados ‑Zinóviev estaba persuadido de que se trataba de
una posición inatacable‑ se limitan en lo inmediato a tratar de reducir
los daños a escala personal. Por añadidura, muchos de estos responsables son
verdaderos caciques cuya caída o humillación es contemplada por los obreros con
mal disimulada satisfacción. Las airadas protestas de Zinóviev por la violación
de la democracia que tal incursión supone sólo despiertan hilaridad; ya en los
días del Congreso Mikoyan le había atacado duramente: «Cuando Zinóviev cuenta
con la mayoría se manifiesta a favor de una disciplina férrea y de la
obediencia, mas cuando no la tiene se manifiesta en contra de ellas».
Víctor Serge asistió al desarrollo de esta
operación cuya duración fue de quince días, llevando a cabo posteriormente una
amarga descripción del ambiente que la rodeó y de los argumentos de los
emisarios, basados todos ellos en la violencia, el miedo y el respeto
fetichista: «Su éxito estaba asegurado de antemano por el bajísimo nivel
cultural del auditorio y por la dependencia material de los comités» [49].
Las Juventudes Comunistas resisten más tenazmente que los comités locales: su
comité regional consigue rechazar una resolución en la que se aprobaban las
decisiones del Congreso y emitir un llamamiento en favor de la convocatoria de
un Congreso extraordinario antes de ser disuelto por los enviados del
secretariado. En el Congreso de marzo, seis de los miembros del comité central
del Konsomol siguen defendiendo las tesis de la oposición y Katalinov, utiliza
la expresión de lucha del «estalinismo» contra el «leninismo» [50].
Según la confesión del propio historiador oficial Yaroslavsky, también resultó
extraordinariamente difícil conquistar a las células de fábrica. No obstante,
se consiguió este objetivo y Mólotov pudo anunciar el día 20 de enero al comité
central que, de los 72.907 miembros del partido ‑el 85 por 100 del total‑
que habían sido consultados personalmente, 70.389 ‑un 96,3 por 100‑,
se hablan mostrado en desacuerdo con la oposición y sólo 2.244 ‑un 3,2 por
100‑ a favor. El reino de Zinóviev, que a la sazón perdía incluso su
cargo de presidente del soviet de Leningrado, había tocado a su fin. Sergio Kirov, apparatchik que venia del Azerbaiyán, tomaba por aquel entonces
las riendas del aparato de la Comuna del norte en cuyo secretariado iba a
permanecer hasta su muerte.
El «socialismo en un solo país»
Vencedor gracias a, su
aparato, Stalin puede en lo sucesivo jugar a ser un teórico. Su nuevo libro
sobre Las cuestiones del leninismo retoma
la afirmación acerca de la
posibilidad de construcción del socialismo en un solo país definida como «la
posibilidad de resolver las contradicciones entre proletariado y los campesinos
con las fuerzas interiores de nuestro país, la posibilidad de que el
proletariado tome el poder y lo utilice para edificar la sociedad socialista
completa en nuestro país, contando con la simpatía y el apoyo de los
proletarios de los demás países, pero sin que previamente triunfe en estos
países la revolución proletaria» [51].
Rechazando como «anti‑leninista»
la afirmación según la cual el estado atrasado de la sociedad rusa podría
constituir un obstáculo insalvable para la construcción del socialismo
solamente en la U.R.S.S., Stalin termina por reducir las dificultades a una
sola, a saber, la amenaza del mundo capitalista que pesa sobre el país.
De esta forma, en 1926,
basándose en el aislamiento de la Rusia revolucionaria como consecuencia del
fracaso de la revolución mundial, aparecen, en forma de teoría, las
justificaciones de lo que durante años habrá de ser la Rusia de Stalin. No obstante, por estas fechas aún militaban
en el partido todos los bolcheviques de derecha y de izquierda a los que se
trataba de convencer de que el régimen instituido era de hecho el «socialismo»
y la «dictadura del proletariado», como todos ellos lo habían deseado, como
Lenin los había explicado y por los cuales habían hecho la revolución.
[1] Citado por Carr, Interregnum, pág. 356.
[2] Pravda, 30 de enero de 1924.
[3] Ibídem.
[4] Daniels, Conscience, pág. 239, según Bajanov.
[5] Citado por Carr, Interregnum, pág. 361.
[6] Acertado o equivocado, mi pais (N. del T.).
[7] Bull. Com. nº 77, 1924, págs. 639‑642.
[8] Citado por Daniels, Conscience, pág. 238.
[9] Bolchevik, 5 de junio del 24, citado por Sorlin, op. cit., pág. 162.
[10] «Lettre aux camarades allemands», Bull. Com. nº 57, 1921 pág. 960.
[11] Rosmer, op. cit., págs. 287‑288.
[12] Citado por K. S. Karol, Visa pour la Pologne, págs. 45‑46.
[13] Ibídem. pág. 46.
[14] Cahiers du bolchevisme nº 1, 1924, págs. 12‑13.
[15] Ibidem, nº 5, págs. 296‑312 y nº 6, págs. 375‑395.
[16] Ibídem, nº 7, págs. 450‑463.
[17] Ibídem, nº 7, págs. 464‑471 y nº 8, págs. 529‑543.
[18] Int. Com. 20 de diciembre de 1921.
[19] Carta de Krúpskaya, Corr. ínt. nº 1, 7 de enero de 1925, páginas 4‑5
[20] Cahiers du bolchevísme nº 12, págs. 751‑753
[21] Ibídem, nº 12, págs. 753‑759.
[22] Victor Serge, Vers l’industrialisatión, págs. 486‑487.
[23] Esta obra fue editada por primera vez en castellano en 1968 a cargo de la Editora Nacional Cubana, cuya versión ha sido reformada por Ediciones Ariel en 1970 publicándola en su colección Demos (Biblioteca de ciencia económica) (N. del T.).
[24] Citado por Deutscher, El profeta desarmado, pág. 223.
[25] Citado por Erlich, Soviet industrialisalion debate, pág. 49
[26] Ibídem, pág. 59.
[27]
Deutscher,
El profeta desarmado, pág. 227.
(Desde la 1ª edición han aparecido tanto en francés como en castellano sendas
reediciones de la obra de Preobrazhensky. Ed. Ariel, Barcelona, 1970.)
[28] Erlich,
op. cit., pág. 59.
[29] Deutscher, El profeta desarmado, pag. 219
[30] Erlich,
op. cit., pág. 10.
[31] Ibídem.
[32] Esfich, op. cit., pág. 10.
[33] Deutscher, El profeta desarmado, pág. 229
[34] Ibídem, pág. 226.
[35] Citado por Carr, Socialism in one country, t. 1. ‑ pág. 258.
[36] Citado por Zinoviev, Le léninisme, pág. 186.
[37] Ibídem, pág. 189.
[38] Citado por Zinóviev, Le léninisme, pág. 233.
[39] Ibídem, pág. 290.
[40] Citado por Carr, Socialism ..., t. 1, pág. 301.
[41] Citado por Carr, Socialism ..., t. 1. pág. 301.
[42] Bull. Com. nº 12, 1926, págs. 178‑180.
[43] Bull. Com. nº 12, 1926, págs. 181‑183.
[44] Citado por Daniels, Conscience, pág. 268.
[45] Citado por Carr, Socialism, t. 1, pág. 138.
[46] Citado por Carr, Socialism, t. 1, pág. 146.
[47] Citado por Yaroslavski, op. cit., pág. 425.
[48] Citado por
P. I. Sorlin, págs. 203‑204.
[49] Serge,
Mémoires, pág. 209.
[50] Fisher,
Pattern for soviet youth, pág. 120.
[51]
J.
Stalin, pág. 179 de Cuestiones de leninismo. Ediciones en Lenguas Extranjeras,
4ª edición, Moscú, 1947,