CAPÍTULO VII
LA
CRISIS DE 1921
LOS
COMIENZOS DE LA NEP Y EL AUGE DEL APARATO
El país en el que la revolución proletaria ha alcanzado
su primera victoria y en el que se ha iniciado la construcción del primer
Estado obrero parece llegar, tres años después de estos triunfos, al borde
mismo de la desintegración. Regiones enteras viven en un estado de anarquía
rayando en la barbarie bajo la amenaza de las partidas de bandidos. Toda la
estructura económica parece haberse derrumbado. La industria fabrica, en
cantidad, sólo un 20 por 100 ‑un 13 por 100 en valor‑ de su
producción de anteguerra. La producción de hierro supone un 1,6 por 100, la de
acero un 2,4 por 100. Las producciones de petróleo y de carbón, que son los
sectores menos afectados, no representan más que el 41 por 100 y el 27 por 100
respectivamente de las cifras de anteguerra: en los otros sectores el
porcentaje oscila entre un 0 y un 20 por 100. El equipo está prácticamente
destruido: el 60 por 100 de las locomotoras están fuera de uso y el 63 por 100
de las vías férreas son inutilizables. La producción agrícola ha sufrido un
descenso tanto en cantidad como en valor. La superficie cultivada se reduce en
un 16 por 100. En las regiones más ricas los cultivos especializados,
destinados al comercio o a la ganadería, han desaparecido dejando su lugar a
unos cultivos de subsistencias de ínfimo valor. Los intercambios entre las
ciudades y el campo se han visto reducidos al mínimo, a la requisa y al trueque
entre individuos.
No obstante, existe un mercado negro en el que los
precios son entre cuarenta y cincuenta veces más elevados que los precios
legales. El nivel de vida de las poblaciones urbanas es, con mucho, inferior al
mínimo vital estricto. En 1920, los sindicatos opinan que los gastos
absolutamente indispensables representan sumas de dos veces y media a tres
veces superiores a los salarios. Los trabajadores más favorecidos reciben de
1.200 a 1.900 calorías en lugar de las 3.000 que los especialistas consideran necesarias.
Por esta razón las ciudades hambrientas se vacían. En el otoño de 1920, la
población de cuarenta capitales de provincia ha disminuido en un 33 por 100
desde 1917, pasando de 6.400.000 a 4.300.000. En tres años Petrogrado ha
perdido un 57,5 por 100 y Moscú un 44,5 por 100 de su población. Respecto al
número de habitantes de antes de la guerra, la primera ha perdido la mitad y la
segunda la tercera parte de sus habitantes.
De esta forma,, cuatro años después de la revolución,
Rusia representa la paradoja de un Estado obrero, basado en una revolución
proletaria, en el que se asiste, en palabras de Bujarin, a una verdadera
«desintegración del proletariado». Mientras que en 1919, existían tres millones
de obreros industriales, en 1920 ya no hay más de 1.500.000 y en 1921 no
sobrepasan 1.250.000. Además la mayoría dé ellos no están verdaderamente
empleados: el absentismo «normal.» en las empresas se eleva a un 50 por 100, el
obrero percibe un salario que constituye casi un subsidio de paro y los sindicatos
estiman que la mitad de los productos fabricados en determinadas empresas son
inmediatamente vendidos por aquellos mismos que los han producido: lo mismo
ocurre y esto ya es más grave, con las herramientas, el carbón, los clavos y
los bienes de equipo.
La clase obrera, considerablemente reducida en número,
ha sufrido. alteraciones más hondas aun en cuanto a la conciencia. Su
vanguardia, constituida por los militantes de la época clandestina, por los
combatientes de la revolución, por los organizadores de soviets, por la
generación de los cuadros expertos y de los jóvenes entusiastas, ha abandonado
en masa las fábricas al comienzo de la guerra civil: los obreros
revolucionarios ocupan puestos de mando en el Ejército Rojo y en el aparato
estatal, en todos los frentes, de punta a punta del inmenso país. Entre los que
han permanecido, los más activos forman los cuadros sindicales, los más hábiles
han buscado en la miseria general, la solución individual que habría de
permitirles sobrevivir, a ellos y a los suyos: por centenares de miles los
proletarios de las ciudades han restablecido con el campo unos vínculos que
nunca habían dejado de ser fuertes. No existe ya una vanguardia, ni siquiera un
proletariado, en el sentido marxista de la palabra, sino una masa de obreros
desclasados, un subproletariado miserable y semiocioso. La regresión es tan
honda y tan real la recaída en la barbarie que, el año de 1921 habrá de
contemplar la reaparición de una ola de hambre que, si se da crédito a las
informaciones oficiales, afecta a 36 millones de campesinos llegando incluso a
provocar casos de canibalismo.
La crisis de 1921:
Kronstadt
La explosión se produce al principio de 1921. En realidad la crisis se venía incubando desde el final de la guerra civil. Si bien es cierto que, entre los dos males, el Ejército. Blanco y el Ejército Rojo, los campesinos habían considerado el segundo como menor, las requisas, después de la derrota de los Blancos, se les hacen tanto más intolerables cuanto ya no temen una restauración que podría quitarles las tierras; por tanto, el descontento campesino no deja de crecer a partir del mes de septiembre de 1920: se producen levantamientos, en Siberia durante el invierno, viéndose con ello el aprovisionamiento de las ciudades decisivamente amenazado. Majnó y los suyos deben al apoyo de los campesinos ucranianos su capacidad de resistencia en pie de guerra. La crisis del campo se transmite a las ciudades. En Petrogrado, durante largas semanas, el jornal del obrero se reduce a media libra de pan diaria: en febrero se multiplican las huelgas y las manifestaciones.
Esta agitación será el telón de fondo de la rebelión de
Kronstadt. La discusión sobre los sindicatos y la campaña, de Zinóviev a favor
de la «democracia obrera» avivan las brasas. El comité del partido en
Petrogrado, intentando explotar el descontento de los marinos ante la
centralización que imponen los comisarios políticos, exige que le sea confiada
la dirección política de la flota: Zinóviev respalda a los que denuncian la
«dictadura de los comisarios» y, en Kronstadt, todos estos elementos de
agitación encuentran el terreno abonado.
En 1917. la base naval había sido el bastión de los
marineros revolucionarios pero ya no es así. Aquí también la vanguardia ha
sido aspirada por nuevas tareas. Los dirigentes de 1917 ya no se encuentran
allí. El bolchevique Rochal ha sido eliminado por los Blancos en Rumanía, el
anarquista Yarchuk está en la cárcel, Markin ha muerto en el frente del Volga,
Raskólnikov, Dingelstedt y Pankratov están dispersos por todo el país como
comisarios o jefes militares o directores de Chekas. Entre los marineros,
privados de sus cabezas políticas, hay muchos nuevos reclutas. No obstante, aún
cuentan con una tradición, un prestigio y una fuerza. Probablemente sienten la
influencia de las corrientes de oposición. El influjo de los mencheviques,
notable en las fábricas de Petrogrado, no aparece en la flota. Por el
contrario, tanto los anarquistas como los social‑revolucionarios han
acrecentado, sin lugar a dudas, un auditorio que nunca había llegado a
desaparecer por completo y cuya adhesión habrá de reflejarse cuando menos, en
las consignas de los insurgentes. No obstante, resulta imposible atribuir a
cualquier grupo, ni siquiera a una iniciativa deliberada, las primeras manifestaciones
de la oposición política de los marineros, surgidas directamente de la
agitación obrera del mes de febrero.
Los días 24, 25 y 26 de febrero, las fábricas de
Petrogrado se declaran en huelga unas tras otras; las asambleas de huelguistas
exigen que se ponga fin a las requisas, la mejora del aprovisionamiento y la
supresión de las milicias de trabajo, una de las consignas mencheviques.
Algunos oradores solicitan con bastante frecuencia que se limiten los poderes
de la Cheka. El día 24, el soviet constituye un comité de defensa de tres
miembros, dirigido por Lashévich, que proclama el estado de sitio, da en cada
fábrica, plenos poderes a otros comités de tres, los troiki, y emite un
llamamiento dirigido a los cadetes en pro del mantenimiento del orden en las
calles. Algunos delegados de los marineros de Kronstadt han participado en
todas las reuniones de las principales fábricas, informando posteriormente de
ellas a sus compañeros de la ciudadela. Probablemente es una de estas reuniones
la que se celebra, el día 28 de febrero a bordo del acorazado Petropavlosk, con la asistencia de los
comisarios de la flota. Esta adopta una resolución de quince puntos, que exige
la reelección de los soviets por escrutinio secreto tras de una campaña
electoral libre, libertad de prensa y de reunión para los partidos anarquistas
y socialistas y para los sindicatos obreros y campesinos, así como la
convocatoria de una conferencia independiente ‑el día 10 de marzo como
límite‑, de los obreros, soldados y marinos de Petrogrado, Kronstadt y
toda la región; la liberación de todos los presos políticos pertenecientes a
partidos socialistas y de todas aquellas personas que han sido detenidas por su
participación en movimientos obreros o campesinos, la elección de una comisión
que se encargue de la revisión de los expedientes de todos los detenidos, la
abolición de las secciones políticas de educación y agitación, la igualdad en
las raciones alimenticias de todos los trabajadores, la disolución de los
destacamentos encargados de los registros y de la requisa de los cereales y
asimismo la de todas las unidades comunistas, el derecho para todos los
campesinos a disponer de sus tierras y de su ganado y, por último, la libertad
de producción para todos aquellos artesanos que no utilicen asalariados [1].
En esta fecha, nada permite aún considerar este programa como revolucionario.
En cualquier caso, el Comité de Defensa de Petrogrado no lo hace así y envía a
Kronstadt dos oradores, el presidente del ejecutivo Kalinin, que ya ha sabido controlar
varias huelgas en Petrogrado, y el comisario de la flota, Kuzmín.
El día 1 de marzo, los dos dirigentes se dirigen, en la
plaza del Ancora, a un auditorio integrado por unos seis mil marineros,
soldados y campesinos, bajo la presidencia del comunista Vassiliev, dirigente
del soviet de Kronstadt. Son interrumpidos con mucha frecuencia y no logran
convencer a la asamblea que, por una mayoría aplastante, adopta la resolución
del Petropavlosk y, más adelante, decide, por unanimidad, reunir una conferencia
de delegados encargados de presidir unas nuevas elecciones en el soviet [2].
Es en esta conferencia celebrada el día siguiente donde
estallan los primeros incidentes serios: a Kuzmin, que ha proclamado la voluntad
del partido comunista de no dejarse expulsar del poder en el momento de mayor
peligro, se le acusa de haber amenazado a los revolucionarios de Kronstadt. Por
aclamación se decide su arresto y el de Vassiliev. Al correr el rumor de que
los comunistas de la escuela del partido se dirigen a la sala de reuniones, la
conferencia termina en plena confusión no sin designar antes, por aclamación
también, un comité de cinco miembros que más adelante será ampliado mediante la
cooptación de diez más, constituyéndose en Comité Militar Revolucionario
dirigido por el marinero Petrichenko. En lo sucesivo la rebelión se lleva a
cabo contra aquellos a los que los de Kronstadt llaman los «usurpadores
comunistas» y la «comisariocracia»: al parecer este movimiento arrastra
tras sí a la mayoría de los comunistas
de Kronstadt [3].
La situación se hace extraordinariamente grave para el
gobierno bolchevique. A pesar de que ningún dirigente parece haber creído en la
influencia de los guardias blancos en los comienzos del motín, la propaganda
describe inmediatamente el movimiento como una rebelión de los oficiales
blancos, dirigida por uno de ellos, el general Kozlovsky. Este último, antiguo
oficial del ejército zarista que en la actualidad sirve al Ejército Rojo, es el
jefe de la artillería de Kronstadt, desempeñando después del 4 de marzo un
puesto en el Comité de Defensa de la ciudad, mas en modo alguno parece haber
sido inspirador del movimiento. No obstante, la experiencia de la guerra civil
ha mostrado que los levantamientos populares espontáneos contra el régimen
soviético han terminado siempre, a pesar del carácter democrático de sus
reivindicaciones iniciales, por caer en manos de los reaccionarios y de los
monárquicos. Desde el día 3 de marzo, los delegados de Kronstadt intentan
alcanzar Oranienbaum y ganarse a la V Escuadrilla aérea: si lo hubiesen
conseguido Petrogrado habría caído en pocas horas [4].
El secretario del partido de Petrogrado, Sergio Zorin, descubre los
preparativos de un jefe de regimiento que está a punto de pasarse al bando de
los rebeldes y que, antes de su fusilamiento, declara: «Esperaba esta hora
desde hace años. Os detesto, asesinos de Rusia» [5].
A pesar de los llamamientos de los facciosos a una «tercera revolución», lo que
evidentemente les distancia de los mantenedores de la Constituyente, los
emigrantes blancos multiplican sus avances y sus ofrecimientos de servicios
que, por otra parte serán rechazados. Petrichenko se niega a recibir a Chernov
hasta tanto la situación sea aclarada [6].
Miliukov, el líder de los «cadetes», escribe que los rebeldes han hallado el
camino justo para acabar con el régimen al lanzar ‑lo que no es cierto‑
la consigna de «soviets sin comunistas».
Lenin asegura: «No quieren guardias blancos pero tampoco
quieren nuestro régimen»[7]
. Al parecer lo que más teme es que los marinos puedan desempeñar el papel de
caballo de Troya. Kronstadt es una posición estratégica vital y dispone de una
importante artillería pesada. La isla está bloqueada por el hielo pero, si la
insurrección se prolonga, después del deshielo puede constituir la cabeza de
puente de una intervención extranjera en las puertas mismas de Petrogrado. Son
los rebeldes los primeros en iniciar las hostilidades los días 2 y 3 de marzo.
El primer propósito del gobierno parece haber sido el de negociar pero, tras de
algunos días de combate y de intensa propaganda impresa y radiofónica, se
decide a emplear la fuerza.
Las noticias del país
no son nada alentadoras. Víctor Serge afirma que por aquellas fechas existen
más de cincuenta focos de alzamientos campesinos. El social‑revolucionario
Antónov ha reunido en la región de Tambov un ejército campesino de 50.000
hombres que el Ejército Rojo tardará varios meses en reducir. Majnó sigue
controlando Ucrania. Todos estos movimientos podrían extenderse con fulgurante
rapidez si Kronstadt resistiese durante algún tiempo; por doquier, este es el
caso de Saratov, los campesinos atacan las ciudades para acabar con los
comunistas. En el horizonte se perfila para los bolcheviques el Terror Blanco y
el enemigo puede aprovechar el descontento popular para volver a poner el pie
en Rusia. En consecuencia toman la decisión de «cortar por lo sano».
En el X Congreso, Lenin
afirma: «Aquí tenemos una manifestación del democratismo pequeño‑burgués
que reclama la libertad de comercio y clama contra la dictadura del
proletariado. Pero los elementos sin partido han servido de estribo, de
escalón, de pasarela a los guardias blancos» [8].
Las proclamas de los bolcheviques acentúan el carácter de «conjuración contrarrevolucionaria
de signo monárquico inspirada por el jefe de la artillería Kozlovsky», «del que
los marinos no se han apercibido», como dice Radek [9].
El día 5 de marzo, como jefe del Ejército Rojo, Trotsky exige a los amotinados
que se rindan incondicionalmente y estos se niegan a hacerlo. Tujachevsky
prepara entonces el asalto con tropas selectas: chekistas y alumnos de la
escuela de oficiales del Ejército Rojo. Las operaciones se llevan a cabo con la
mayor rapidez pues el tiempo apremia ya que el deshielo inminente podría aislar
a la fortaleza de la tierra firme. El precio en vidas humanas va a ser elevado
pues los asaltantes inician el ataque por el hielo, bajo el fuego de los
cañones de Kronstadt. El ataque se inicia el día 7 de marzo y concluye el día
17. Un cierto número de dirigentes rebeldes consigue escapar -entre ellos
Petrichenko que huye al extranjero-, pero la represión es dura. De los
insurrectos de Kronstadt unos serán fusilados en las calles y los restantes,
cuyo número se eleva a centenares, serán ejecutados, según Serge, meses más
tarde «en pequeñas tandas» [10].
La insurrección es aplastada. El Thermidor que Lenin
temía ha tenido lugar efectivamente pero los bolcheviques han vencido a los
thermidorianos. Las huellas, empero, siguen siendo profundas. El programa de
los rebeldes despertaba no pocos ecos del programa de la revolución de 1917
cuya punta de lanza había sido Kronstadt, y las reivindicaciones que incluía
correspondían a las aspiraciones de buen número de obreros y campesinos, cansados
del sacrificio, exhaustos, destrozados y hambrientos. «Hemos llegado demasiado
lejos» dirá Lenin. Sin embargo el partido ha respaldado la acción: los
militantes delegados al X Congreso, incluso los pertenecientes a la oposición
obrera, han intervenido en el ataque y en la represión. Lutovínov,
lugarteniente de Schliapnikov, que se encontraba en Berlín, ha condenado
categóricamente la insurrección, aprobando la intervención del ejército ruso.
No obstante, resulta claro que se han creado nuevas relaciones entre el partido
y los obreros: « ¿Acaso debemos ceder ante unos trabajadores cuyas fuerzas
físicas y su paciencia están agotadas y que están menos informados que nosotros
respecto a sus propios intereses generales? » se preguntaba Rádek unos días
antes en una alocución a los alumnos de la Academia militar del Ejercito Rojo,
concluyendo así: «El partido opina que no puede ceder, que debe imponer su
voluntad de victoria a los traba adores fatigados dispuestos a abandonar» [11].
Por primera vez, en nombre de «su mayor conciencia», el partido que hasta
entonces los dirigía, sabiéndoles convencer, había combatido, con las armas en
la mano, contra unos trabajadores que se habían expresado libremente, de un
modo reaccionario en su opinión. La lírica armonía de 1917 pertenecía ya al
pasado.
La insurrección y la represión de Kronstadt pondrían fin
igualmente al sueño de Mühsam y otros sobre la unificación de marxistas y
libertarios. Tras el fracaso de los intentos de mediación de los anarquistas
americanos Emma Goldman y Alejandro Berkman, Kronstadt se convertirá en el
símbolo de la hostilidad irreductible que, en lo sucesivo, existirá siempre
entre estas dos corrientes del movimiento obrero.
La NEP
Ciertamente el azar no es la razón de que la
insurrección de Kronstadt coincida con la adopción, en el X Congreso del
partido, de un giro radical en materia de política económica que recibe la
apelación de Nueva Política Económica o, más familiarmente, de NEP.
Contrariamente a las afirmaciones superficiales que se han prodigado con cierta
frecuencia, no es Kronstadt el factor determinante en la adopción de la NEP,
antes bien, han sido las mismas dificultades las que han originado a la vez los
desórdenes y el giro. Las raíces de los acontecimientos de marzo de 1921 deben
situarse a la vez entre las consecuencias de la guerra civil y en el final de
las luchas. En el peor de los casos, se puede considerar que el giro de la NEP
ha sido iniciado demasiado tarde y que la insurrección de Kronstadt ha supuesto
la sanción de ese retraso inútil: la mayoría de las reivindicaciones económicas
de los amotinados figuraban en el proyecto elaborado por el comité central
comunista durante los primeros meses de 1921 como medidas inevitables dada la
nueva situación.
La NEP se caracteriza por la supresión de las medidas de
requisa, sustituidas por un impuesto progresivo en especie, por el
restablecimiento de la libertad de comercio y la reaparición de un mercado, por
la vuelta a la economía monetaria, por la tolerancia de la pequeña y mediana industria
privada por la petición, bajo control estatal, de inversiones extranjeras. Se
trata de un esfuerzo para salir del círculo vicioso que supone el comunismo de
guerra y, en cierto modo, constituye la inversa de éste puesto que, en lugar de
partir de la necesidad de tomar del campo cuanto se requiera para alimentar a
las ciudades, arranca de la necesidad de alentar al campesino para que
suministre los productos de su trabajo con el fin de promover una política de
productividad industrial necesaria para el sostenimiento del mercado. Los
historiadores se han complacido en subrayar las dos tendencias, contradictorias
que adoptan las explicaciones de los dirigentes comunistas, considerando unos
la NEP como un refugio temporal mientras que otras la conciben como
reactivación, tras el rodeo impuesto por la guerra, de la política económica
esbozada en 1917. Pues, en efecto, tenía el doble objetivo de aglutinar a las
masas campesinas y de desarrollar, junto con la industria, las bases económicas
y sociales del, nuevo régimen. La NEP se imponía también como consecuencia del
fracaso de la revolución europea. En el X Congreso, Lenin lo explica así: «Una
revolución socialista puede vencer definitivamente en un país como el nuestro
si se dan dos condiciones. En primer lugar si, en el momento oportuno, es
apoyada por una revolución socialista en uno o varios países avanzados. Hemos
trabajado mucho para que se cumpliera esa primera condición .(...). Mas todavía
estamos lejos de su realización. La otra (...) es un compromiso entre el
proletariado que ejerce su dictadura o tiene entre sus manos el poder de Estado
y la mayoría de la población campesina» [12].
Efectivamente es el aislamiento de la revolución rusa el
factor que conduce a los dirigentes bolcheviques a promover la NEP y no la
adopción de la NEP la que los aparta del objetivo de la revolución europea. En
efecto, el mes de marzo de 1921 no es únicamente el mes de Kronstadt y del X
Congreso si no también el del fracaso de la huelga revolucionaria en Alemania.
Preparada apresuradamente, pobremente organizada, impuesta al comité central
del partido alemán por el húngaro Bela Kun, emisario de Zinóviev, al que se
utiliza tal vez con la esperanza de que un éxito revolucionario ahorraría el
giro que supuso la NEP, el fracaso de esta iniciativa constituye la obvia
demostración de que es preciso abandonar tanto la táctica ofensiva como las
perspectivas revolucionarias a corto plazo. El capitalismo europeo ha conseguido
estabilizarse y los comunistas deben ajustar su táctica a esta situación. Lenin
y Trotsky, que en un principio se enfrentan prácticamente solos a una mayoría
hostil, consiguen por último convencer a los delegados del III Congreso de la
Internacional. El informe de Trotsky concluye así: «La Historia ha otorgado a
la burguesía una tregua durante la cual podrá respirar (...). El triunfo del
proletariado al día siguiente de la guerra había constituido una posibilidad
histórica pero, de hecho, no se ha realizado Debemos aprovechar este período de
estabilización relativa para extender nuestra influencia sobre la clase obrera
y ganar a su mayoría antes de que se produzcan. acontecimientos decisivos» [13].
Los partidos comunistas, antes de tomar el poder, deben «conquistar a las
masas»: esta es la tarea a la que los llama la Internacional Comunista a partir
de 1921.
El monopolio del
partido
A pesar de suponer una liberación en el campo económico,
el giro de la NEP constituye una importante etapa en el monopolio político del
partido bolchevique. La dictadura, que hasta entonces ha podido justificarse
con las necesidades de la lucha militar, permanece e incluso se refuerza en
nombre de otros peligros. El final del comunismo de guerra y la disminución del
control sirven efectivamente para devolver vigor a unas fuerzas locales que
hasta ahora habían estado sujetas e incluso suprimidas: el campesinado
acomodado integrado por los kulaks, la
nueva burguesía que constituyen los
nepistas enriquecidos por la reactivación de los negocios y los
especialistas y técnicos burgueses que trabajan en la industria.
Los dirigentes bolcheviques temen ver a estas fuerzas
temibles aliarse contra el régimen. El partido está cansado y Zinóviev así lo
afirma sin rodeos: «Muchos militantes están mortalmente fatigados, se les exige
una enorme tensión espiritual; sus familias viven en lastimosas condiciones: el
partido y el azar les llevan de un lugar a otro. Naturalmente de ello resulta
un desgaste fisiológica» [14].
Los archivos de Smolensk revelan que, en aquella época, un 17 por 100 de los
miembros del partido padecen de tuberculosis [15].
Decenas de miles de los mejores militantes han muerto: por el contrario, el
final de la guerra civil provoca el flujo de los arribistas y de los
ambiciosos, de todos aquellos para los cuales el carnet supone una especie de
seguro social. La fuerza del partido en 1917 provenía de su vieja guardia y, en
la actualidad, esta elite está diezmada y exhausta, pero también se originaba
en sus vínculos con una clase obrera ardiente y combativa, generosa y
entusiasta. Ya no hay un verdadero proletariado revolucionario y los
proletarios que quedan se apartan del partido y de sus perspectivas históricas
para aferrarse a la búsqueda de una salvación tan individualista como problemática.
¿Cómo iban los bolcheviques a aceptar la libre confrontación de ideas y la
libre elección en los soviets si sabían que las nueve décimas partes de la
población les eran hostiles, cuando pensaban que su derrocamiento conduciría,
en un caos sangriento, a una recaída, aún mayor que la precedente, en la
barbarie y a la vuelta al reino reaccionario de los organizadores de
«pogroms»?. Desde 1917 nunca habían tenido los mencheviques tanta influencia en
las fábricas y en los sindicatos. Por primera vez, representan, al igual que
los anarquistas, una fuerza real entre los obreros. Por ellos no se cumplirán
las premisas de legalización: las organizaciones antagónicas al partido son
prohibidas de hecho ya que no de derecho. El periódico social‑revolucionario
de izquierda desaparece en mayo de 1921: Steinberg consigue escapar pero Kamkov
y Karelin desaparecen en las cárceles, como ya había ocurrido con Spiridovna en
octubre de 1920. En febrero de 1921 todavía existían suficientes anarquistas en
libertad como para asistir al entierro de Kropotkin pero, después de Kronstadt,
son detenidos en masa. Majnó consigue huir a Rumania, Volín, tras una huelga de
hambre, es autorizado para salir al extranjero. A pesar de las promesas de
Kámenev, el viejo Aaron Baron permanece en prisión mientras su mujer es
fusilada en Odessa. En el otoño de 1920, Mártov recibe un pasaporte para
Alemania y se instalará allí. Dan que ha sido detenido después de la rebelión
de Kronstadt será autorizado a emigrar posteriormente. A partir del mes de
febrero de 1921, la revista menchevique Sotsialistícheskii
Véstnik (Correo socialista) aparece en Alemania, a pesar de que durante
varios años aún será distribuida casi libremente en Rusia.
Numerosos antiguos adversarios acuden a las filas
bolcheviques y a menudo son acogidos entusiásticamente: Semenov, tras los pasos
de Blumkin, se une a los servicios secretos donde este antiguo terrorista
ostentaba un cargo. Los mencheviques Martínov, antiguo «economista», Maisky,
Vishinsky y Troyanovsky se integran también. El partido, en virtud de su
monopolio político, se convierte en el único organismo en el que se pueden
expresar las presiones divergentes de las clases y los desacuerdos políticos.
El X Congreso
Estas nuevas condiciones pesan sobre el partido que debe
hacer frente a dos tipos de imperativos contradictorios. Por una parte, si no
quiere perder su carácter de partido comunista, debe admitir su conversión en
campo de batalla de fuerzas sociales antagónicas, como parece exigir su
posición de partido único. Como partido en el poder tampoco puede volver la
espalda a sus propios objetivos y continuar dirigiendo al país sin ningún tipo
de democracia interna como si de un destacamento militar se tratase. Se ve, por
añadidura, obligado a pasar por el tamiz las adhesiones de que es objeto, pero,
al obrar de esta forma también debe precaverse contra el aislamiento que podría
convertirle en una especie de masonería de veteranos, distanciada de las
jóvenes generaciones que, desde hace unos años, se educan en el nuevo régimen.
Por el hecho de enfrentarse con necesidades antagónicas, el partido ha adoptado
soluciones que posteriormente habrán de revelarse como contradictorias e
incluso irreconciliables, en un momento en que la casi totalidad de los
militantes y los dirigentes las han considerado complementarias. Ello explica
que el X Congreso, que fue, antes que nada, para sus contemporáneos el de la
democracia obrera que se trataba de restaurar, se convirtiese durante los años
siguientes en aquel que, con su prohibición de las facciones dentro del partido
anunciaba y preparaba el monolitismo.
Resulta poco probable que la influencia de Zinóviev en
el X Congreso se debiera a los esfuerzos que había desplegado anteriormente. en
su campaña tendente a la restauración de la democracia obrera. Por el
contrario, disfrutaba de una sólida reputación de hombre decidido que,
precisamente, nunca se veía obstaculizado por escrúpulos democráticos y
diversos autores refieren que una de las mejores recetas para obtener un buen
éxito de hilaridad ante un auditorio obrero consistía, por entonces, en
seleccionar un cierto número de citas de Zinóviev acerca de la democracia. No
obstante, resulta significativo que un hombre de estas características haya
escogido precisamente este tema como caballo de batalla. Los incidentes en
torno al Tsektran y el desarrollo de la discusión acerca del papel de los
sindicatos, habían demostrado ampliamente que eran muy numerosos los militantes
y responsables que, como Preobrazhensky, opinaban que «la extensión de las
posibilidades de crítica era precisamente una de las conquistas de la
revolución» [16]. Esta era
la perspectiva desde la que Trotsky había solicitado también que se iniciase
«un debate libre» en el ámbito del partido sobre la cuestión sindical.
El X Congreso tuvo su sesión inaugural el día 8 de
marzo. Todavía tronaban los cañones en Kronstadt. Más de doscientos delegados
abandonarán la sala para participar en el asalto. No puede por tanto
extrañarnos, en tales condiciones, que la segunda jornada haya estado marcada
por una muy seria advertencia de Lenin que declara al referirse a la oposición
obrera: «una desviación ligeramente sindicalista o semianarquista no habría
sido muy grave porque el partido la habría reconocido a tiempo y se habría
preocupado de eliminarla. Pero, cuando tal desviación se produce en el cuadro
de una aplastante mayoría campesina en el país, cuando crece el descontento del
campesinado ante la dictadura proletaria, cuando la crisis de la agricultura
alcanza su límite, cuando la desmovilización del ejército campesino está
liberado a centenares y millares de hombres deshechos que no pueden encontrar
trabajo y no conocen más actividad que la guerra, pasando a alimentar el
bandidaje, ya no es tiempo de discusiones acerca de las desviaciones teóricas.
Debemos decir claramente al Congreso: no permitiremos más discusiones sobre las
desviaciones, es preciso detenerlas (...). El ambiente de controversia se está
haciendo extraordinariamente peligroso, se está convirtiendo en una auténtica amenaza
para la dictadura del proletariado» [17].
Más que nadie, Lenin parece haber comprendido el carácter peligroso de la
situación: intentando justificar la condena de la oposición obrera, emplea unos
argumentos en los que se revela una apreciación extremadamente pesimista: «Si
perecemos, tiene la mayor importancia preservar nuestra línea ideológica y dar
una lección a nuestros sucesores. Nunca debemos olvidarlo, ni siquiera en
circunstancias desesperadas» [18].
No obstante, el peligro también viene indudablemente del
régimen militarizado del partido. Bujarin presenta, en nombre del comité
central, el informe sobre democracia obrera [19].
Empieza por recordar que una de las contradicciones del comunismo de guerra ha
sido, con la introducción en la organización de una «militarización» y de un
«extremo centralismo» ‑absolutamente necesarios por otra parte‑, la
necesidad de «adoptar un aparato extraordinariamente centralizado basado en el
bajísimo nivel cultural de las masas». Tal régimen no es ya ni deseable ni
aplicable. «Es preciso, prosigue, hacer que nuestras fuerzas tiendan a la
democracia obrera, realizándola con la misma energía desplegada durante el
período anterior en militarizar al partido Debe comprenderse por democracia
obrera en el interior del partido una forma de organización que asegure a todos
los miembros una participación activa en la vida del partido, en la discusión
de todas las cuestiones que se plantean en él y en su resolución, así como, una
participación activa en la construcción del partido». Respecto a la espinosa
cuestión de los nombramientos se muestra categórico: «La democracia obrera hace
imposible el sistema de nombramiento pues su principal característica es la
electividad de todos los organismos desde arriba hasta abajo, por su responsabilidad
y por el control al que se los somete». Los métodos de trabajo en la democracia
obrera deben basarse en «amplias discusiones acerca de todas las cuestiones
importantes, en la absoluta libertad de crítica dentro del partido y en la
elaboración colectiva de sus decisiones».
La solución que propone recuerda la definición que del
centralismo democrático daban los estatutos de 1919: «Las decisiones de los
organismos dirigentes deben ser aplicadas con rapidez y exactitud. Al mismo
tiempo, la discusión en el partido de todas las cuestiones controvertidas
dentro de la vida de éste, es enteramente libre hasta que una decisión sea
tomada». Esta discusión debe precisar su significado en el ámbito de la
democracia obrera mediante la búsqueda de un «constante control de la opinión
pública del partido sobre el trabajo de sus órganos dirigentes, así como, de
una constante interacción en la práctica entre estos últimos y la totalidad del
partido y, al mismo tiempo, de una intensificación de la responsabilidad estricta
de los comités apropiados del partido respecto no sólo a los organismos
superiores sino también a los inferiores». El texto que presenta Bujarin parece
merecer el consenso de todos los congresistas pues, en el fondo, responde a una
aspiración general, manifestada no sólo por el ponente y sus aliados sino por
Zinóviev y los suyos y por Schliapníkov y los otros miembros de la oposición.
Se trata de una resolución que se refiere a los
principios, pero que también lleva la marca de la más candente actualidad. En
nombre de. la democracia obrera debe impedirse el acceso a los arribistas, a
los intrigantes y a los enemigos de clase: en lo sucesivo se impondrá a los
aspirantes que no sean de extracción obrera un período de prueba de un año
durante el cual no tendrán derecho a voto. Recogiendo una resolución del VIII
Congreso y mostrando que los dirigentes bolcheviques son conscientes del
peligro de degeneración que implica la perpetuación de los permanentes y la
diferenciación funcional entre obreros y gobernantes de obreros, esta
resolución prevé la sistemática ejecución de la decisión según la cual «los
obreros que han permanecido mucho tiempo al servicio de los soviets o del
partido deben ser empleados en la industria o en la agricultura, en las mismas
condiciones de vida que los otros obreros» [20].
De esta forma el partido demuestra su firme propósito de seguir siendo un
partido obrero a pesar de su carácter dirigente.
No obstante, para los dirigentes bolcheviques resultaba
importante fijar, en función de los peligros inmediatos, los límites de esta
democracia que reclamaban unánimemente. El día 11, Bujarin anuncia su intención
de presentar una moción acerca de la «unidad del partido», que evidentemente se
dirige contra los miembros de la oposición obrera. Por Último, Lenin se encarga
de presentar, el 16 de marzo, Último día del Congreso, dos mociones especiales.
Una de ellas condena el programa de la oposición obrera como una desviación
anarcosindicalista, revelando las tesis que figuran en él acerca del papel de
los sindicatos en la dirección de la industria que resultan «incompatibles con
la pertenencia al partido». La otra atrae la atención sobre lo que llama
«indicios de faccionalismo», «aparición de grupos con sus propios programas y
una cierta tendencia a replegarse sobre sí mismos y a introducir su propia
disciplina de grupo». Pero tal situación deblita al partido y da fuerza a sus
enemigos: la moción recuerda a los militantes que «aquel que lleva a cabo una
crítica» debe «tener en cuenta, en lo que a la forma se refiere, la situación
del partido que está rodeado de enemigos» [21].
Una vez más sobre este punto se refiere al grupo de Shliapníkov y Kolontai,
tanto más claramente cuanto la resolución ordena, bajo pena de expulsión, la
disolución de los grupos constituidos en torno a plataformas particulares. El
artículo 4 precisa que, en todas las discusiones sobre la política del partido,
se prohíbe llevar a cabo «faccionalmente» el debate pues, todas estas
discusiones cuentan con un cauce constituido por la reunión de los organismos
regulares del partido, precisando: «Con este fin, el congreso decide publicar
un boletín de discusión periódico, así como, una serie de publicaciones
especiales». El artículo 7 prevé que, con la aplicación de esta resolución, el
comité central dispondrá del poder de expulsión, incluso de uno de sus
miembros, con tal de que la decisión sea aceptada por una mayoría de al menos
dos tercios; este artículo no será publicado.
Esta resolución estaba abocada a desempeñar un papel
fundamental en la posterior transformación del partido y desaparición
definitiva de la democracia obrera a la que, en un principio, sólo se trataba
de fijar un marco. Sólo veinticinco delegados votaron contra ella. Algunos,
como Karl Rádek, han formulado algunas reservas, mostrando su inquietud
respecto al nuevo poder de expulsión del comité central pero votan a favor de
la resolución, habida cuenta de las amenazas de que es objeto el régimen: «Al
votar a favor de esta resolución, opino que podría volverse contra nosotros no
obstante, la apoyo (...). Que en un momento. de peligro el comité central tome
las medidas más severas contra los mejores camaradas (...). ¡Que se equivoque
incluso! Ello es menos peligroso que la indecisión que se observa en este
momento» [22]. Por otra
parte, la actitud de Lenin resulta tranquilizadora: todo el mundo sabe que
propone una medida puramente circunstancial, justificada por la gravedad de la
situación, se sabe que él opina «que la acción faccional más vigorosa está
justificada ( ... ) si los desacuerdos son verdaderamente muy profundos y si la
corrección de la política errónea del partido o de la clase obrera no puede
conseguirse de otra forma» [23].
Así, cuando Riazánov propone adoptar una enmienda que impida en lo sucesivo que
la elección de miembros del comité central se haga en base a listas de
candidatos partidarios de diferentes plataformas, Lenin le ataca
apasionadamente: «No podemos privar al partido y a los miembros del comité central
del derecho de dirigirse a los militantes si una cuestión fundamental suscita
los desacuerdos (...).No tenemos autoridad para suprimirlo» [24].
Antes de votar estas dos
resoluciones, el Congreso había votado ya la composición del comité central, en
base precisamente a las plataformas que se presentaban a los militantes con
ocasiones de la discusión acerca de los sindicatos. La iniciativa de este
procedimiento había llegado a Petrogrado el día 3 de enero, inspirada a todas
luces por Zinóviev que la había considerado como una forma cómoda de eliminar a
algunos de sus antagonistas y, sobre todo, a los tres secretarios que habían
votado en favor de la plataforma Trotsky‑Bujarin. Trotsky había
protestado contra aquel proceder que, desde su punto de vista, adulteraba la
autenticidad del «debate libre» que se había iniciado, obligando a todos los
candidatos y a todos los participantes en la polémica a comprometerse y, de
hecho, a agruparse respecto a un punto en particular. No obstante, en el comité
central del día 12 de enero, había sido vencido por 8 votos contra 7. De esta
forma, en la composición del comité central se operan cambios importantes. Este
no incluye más que cuatro partidarios de las tesis de Trotsky y Bujarin,
Krestínsky, Preobrazhensky y Serebriakov: ninguno de los tres secretarios es
reelegido, pagando así a todas luces, el liberalismo de que habían hecho gala
respecto a la oposición obrera, condenada actualmente, y su firmeza en la
oposición a los ataques demagógicos de Zinóviev. Andreiev e Iván N. Smirnov,
partidarios de la plataforma Trotsky‑Bujarin, desaparecen también. Todos
ellos son viejos militantes, pilares del comité central durante la guerra civil
y conocidos también por su espíritu independiente. Los que los sustituyen son
también viejos‑bolcheviques; el hecho de que casi todos ellos hayan
tenido anteriormente choques con Trotsky y de que estén vinculados con Stalin
en esta época carece de significación: Mólotov, Yaroslavsky, Ordzhonikidze,
Frunze y, Voroshílov pasan a ser titulares, Kirov y Kuibyshev suplentes.
Zinóviev ocupa el lugar de Bujarin en el Politburó y éste, a su vez, pasa a ser
tercer suplente. Mólotov es elegido «secretario responsable» del comité central
y, en su nuevo cargo, será asistido por Yaroslavsky y Mijailov. A pesar de sus
protestas, Schliapnikov y Kutuzov, miembros de la oposición obrera, son
elegidos a instancias de Lenin.
El auge del aparato
después del X Congreso
En el período de crisis que determinaron los
dificultosos inicios de la NEP, los días siguientes al X Congreso no
presenciaron la realización práctica de la resolución acerca de la democracia
obrera: el nuevo secretariado es más duro que el antiguo. El Tsektran ‑¡Oh
paradoja!‑ se restablece con todas sus prerrogativas y el secretariado
crea además un departamento especial para la «dirección y control de los
transportes». Una conferencia de la fracción en el Congreso de los sindicatos
había aprobado, el día 17 de mayo, una resolución en la que se precisaba que el
partido «debía acometer un esfuerzo especial para aplicar los métodos normales
de la democracia proletaria, particularmente en los sindicatos, donde la
elección de los dirigentes, debía ser encomendada a las propias masas
sindicadas» [25]. A
Riazanov, autor de la propuesta se le prohibe ocupar cualquier tipo de cargo en
los sindicatos y Tomsky, que la ha tolerado, es relevado de su cargo en el
Consejo Central de los sindicatos, a propuesta de una comisión especial
encabezada por Stalin. La mayoría de los círculos de estudios que se fundan a
lo largo del año son disueltos de forma casi inmediata con diferentes
pretextos. Las reacciones son airadas, incluso en los organismos dirigentes;
Sosnovsky, en la Pravda, critica la forma en que el aparato se esfuerza en
suprimir las divergencias: «Cuando los mejores elementos de una organización se
dan cuenta de que los pillos no son molestados mientras que los camaradas que
los han atacado son desplazados de Vologda a Kerch o viceversa, entonces es
cuando, entre los mejores comienzan a extenderse aquellos sentimientos de
desesperanza y de apatía, incluso de cólera, que constituyen la base misma de
todos los grupos «ideológicos» de oposición (...). Sólo cuando aparece un grupo
así empieza el centro a interesarse por la cuestión». Con la afirmación de que
militante comunista es aquel que aporta a su tarea «la fecundidad del espíritu
de creación y sabe, con su ejemplo, arrastrar a las masas», resalta que este
tipo de militante está mal visto, en el momento presente, por las autoridades
del partido dado su «insuficiente respeto por los papeleos burocráticos». Y
acusa: «Al trasponer mecánica y superficialmente la «liquidación de las
intrigas», hemos ahogado el verdadero espíritu comunista, educando solamente a
«hombres‑que‑poseen‑el‑carnet‑del‑partido» [26].
La reacción de este viejo bolchevique en el órgano
central del partido demuestra que la tradición democrática sigue siendo
vigorosa. Cuando el obrero Miasnikov, bolchevique desde 1906, reclama
públicamente la libertad de prensa para todos, incluidos, los monárquicos, Lenin
intenta convencerle en una correspondencia privada. Miasnikov, tras sucesivos
actos de indisciplina, será expulsado pudiendo volver a reintegrarse al cabo de
un año si respeta la disciplina del partido. En el mes de agosto, Schliapnikov
había criticado en una célula, utilizando términos considerados como
inadmisibles, un decreto del Presidium de Economía Nacional y el comité central
le niega a Lenin los dos tercios de votos necesarios para la expulsión que
exige, en aplicación del artículo 7.
La Oposición Obrera, que ha impugnado las decisiones del
partido en la Internacional mediante una carta conocida como la «declaración de
los 22», es acusada de indisciplina grave. Una comisión integrada por
Dzherzhinsky, Stalin y Zinoviev va a exigir, en una moción presentada al XI Congreso,
la expulsión de Schliapnikov, Medvediev y Kolontai pero la propuesta será
rechazada.
No obstante, estas mismas resistencias traslucen una
presión mayor sobre los militantes y una centralización creciente en el partido
cuyo aparato se consolida y crece, a pesar de las resoluciones del X Congreso,
de su peso y de su autoridad. Si el comité central se niega a valerse del
desorbitado privilegio que le permite amputar una minoría, esto se debe
posiblemente y entre otras razones, a que sus miembros sienten disminuir poco a
poco la autoridad no compartida de la que disfrutaban en un principio. El
comité central ya no se reúne más que cada dos meses y sus poderes, en la
practica, son ejercidos por el politburó que, desde 1921, cuenta con siete
miembros.
En el seno de este último organismo aumenta la
influencia de aquellos que controlan el aparato del partido. Esta no deja de
crecer numéricamente, justificándose la multiplicación de los permanentes por
la movilización de los militantes, el control de las organizaciones y la
vigorización de la agitación y de la propaganda. En el mes de agosto de 1922, existen 15.325 responsables permanentes del partido, de los
cuales 5.000 operan a niveles de distrito y fábrica. El secretariado del comité
central termina, en este año, el fichero de los militantes a los que, en
adelante, puede controlar y movilizar. Bajo su égida funciona un departamento
de destinos, el Uchraspred, fundado
en 1920 para asegurar, durante la
guerra civil las transferencias de comunistas a los sectores neurálgicos y
posibilitar su «movilización». Como hemos visto, las necesidades de una acción
rápida le obligan enseguida a intervenir en los nombramientos de los
responsables del partido y a buscar un sustituto para el responsable al que se
ha decidido trasladar. Si bien, cuando se trata de cargos más elevados, se
requiere la intervención del buró de organización, en los niveles más bajos el Uchraspred efectúa de hecho
nombramientos oficiosos por medio de las «recomendaciones» del secretariado del
comité central cuya autoridad, de esta forma, se extiende a todas las regiones:
en 1922‑23, procederá a más de diez mil
nombramientos y traslados de este tipo, entre los que se cuentan los
correspondientes a cuarenta y dos secretarios de comités provinciales y las
asignaciones a importantes cargos del aparato administrativo o económico,
llevadas a cabo al margen de los electores o de los responsables de los comités
competentes. Bajo el secretariado de Krestinsky y de Preobrazhensky han sido
creados departamentos regionales del partido que funcionan como correa de
transmisión entre el secretariado y las organizaciones locales y cuya autoridad
no deja de crecer.
En 1922 se crea, lateralmente al secretariado, la sección de organización y de instrucción que está abocada a constituirse en uno de sus más eficaces instrumentos. Esta dispone de un cuerpo de «instructores responsables» que desempeñan el papel de auténticos directores generales, visitan las organizaciones locales, elaboran informes, controlan la actividad general y seleccionan a los cuadros dirigentes. La sección puede igualmente delegar poderes importantes a unos responsables a los que se conoce como «plenipotenciarios del comité central» y que, en su nombre, disponen de un derecho de veto sobre cualquier decisión emitida por un organismo del partido, instrumento eficaz si lo hay para disciplinar a un comité provincial o local excesivamente díscolo.
Ciertamente, la creación de comisiones de control ha
sido exigida por los diferentes grupos de oposición, precisamente con el objeto
de luchar contra los abusos de autoridad de los responsables del aparato, pues
la oposición obrera ve en ellas una defensa contra la burocracia. Sus miembros
se eligen por un sistema complicado en el que participan las comisiones
provinciales en las organizaciones locales y mediante la comisión central en el
congreso provincial. No obstante, los elegidos carecen de hecho de autoridad
suficiente frente a los representantes del aparato normal. La tarea de depuración
evidentemente les obliga a mantener una intensa colaboración con los servicios
del secretariado que centraliza los datos, acabando la Comisión Central de
Control por dominar a las restantes.
Con posterioridad al X Congreso, la «purga» será
particularmente severa: 136.836 miembros del partido son expulsados, de los
cuales un 11 por 100 es acusado de «indisciplina», un 34 por 100 de
«pasividad», un 25 por 100 de «delitos leves» ‑entre los que se cuentan
la embriaguez y el «carrerismo»‑ y un 9 por 100 de «faltas graves» como
chantaje, corrupción y prevaricación. De esta forma es depurado un gran número
de elementos dudosos, no obstante, como han de afirmar Chliapnikov y sus
compañeros, resulta plausible la suposición de que un cierto número de miembros
de la oposición hayan sido afectados igualmente, o al menos amenazados con la
expulsión, merced a una interpretación, por lo general demasiado estricta, de
la resolución que condena a la oposición obrera. Durante el año 1922 resulta
evidente que el aparato del partido está cobrando un enorme ascendiente sobre
el conjunto de la organización y, por ende, sobre toda la vida del país y que,
en definitiva, se halla en vías de sustituir al propio partido, de la misma
forma que el partido sustituyó a los soviets. Esto resulta particularmente
evidente en la evolución de las comisiones de control que se convierten en un
apéndice de aquella burocracia a la que, en principio debían eliminar. Todavía
más escandaloso resulta el caso de la Inspección Obrera (Rabkrin), en la que Lenin parece haber depositado una gran
confianza. Tal organismo, integrado por una serie de comisiones y destinado en
un principio a garantizar el control de los trabajadores sobre el
funcionamiento del aparato estatal, bajo la dirección de Stalin, comisario de
la Inspección Obrera y Campesina, se ha convertido en un anexo de la Comisión
de Control, que mantiene a su vez una estrecha vinculación no solo con el
secretariado sino también con la antigua Cheka a la que se ha dado el nuevo
nombre de GPU.
Se opera así en el partido una transferencia de
autoridad a todos los niveles: de los congresos o conferencias a los comités,
electos o no, y de los comités a sus secretarios permanentes. La persistencia y
agravamiento de la práctica del nombramiento, contrariamente a las resoluciones
del X Congreso, hace a los secretarios responsables no ya ante la base sino
ante el aparato y el secretariado. Se genera una auténtica jerarquía de
secretarios autónoma que hace gala de un acentuado espíritu de corporación. Sosnovsky
describe de esta forma a aquellos a los que se empieza a llamar apparatchiki, hombres del aparato: «No
son ni fríos ni calientes. Conocen todas las circulares de los comités (...)
realizan todos sus cálculos numéricos con vistas a la acción recomendada,
obligan a toda la actividad del partido a insertarse en el marco matemático de
los informes que han redactado minuciosamente, se muestran satisfechos cuando
todos los puntos se cumplen y pueden poner en conocimiento del centro la
reglamentaria realización de sus prescripciones. En torno a este tipo de
operarios del partido llueve toda una serie de planes, programas,
instrucciones, tesis, encuestas e informes. Sólo están contentos. cuando en su
organización reina la calma, cuando no hay «intrigas», cuando nadie les ataca» [27].
Por encima de los miembros ordinarios, que son simples trabajadores, en el
partido existían ya los responsables en los soviets, en el ejército y en los
sindicatos: ahora existe una capa superior puesto que son los apparatchiki los que abren el acceso a
todas las responsabilidades, las de los departamentos y las de la pirámide de
secretarios.
El partido empero, protesta con ocasión del XI Congreso,
celebrado en ausencia de Lenin que sólo asiste al informe de apertura. El
informe de Zinóviev está plagado de alusiones a las «camarillas» y a los
«grupos» lo cual revela una conciencia del fenómeno oposicionista muy
extendido. Una moción que pide la supresión de las comisiones locales de
control, fuertemente ovacionada, sólo consigue empero 89 votos contra 223. Una
de las resoluciones propuesta a votación parece poner el dedo en la llaga al
afirmar: «Las organizaciones del partido han comenzado a verse recubiertas por
un aparato inmenso (...) que, con su desarrollo progresivo, ha empezado a
realizar incursiones burocráticas y a absorber una parte excesiva de las
fuerzas del partido» [28].
No obstante, este aparato aún parece anónimo y no presenta ningún rostro
conocido. El mismo Congreso aprueba las palabras del presidente de la Comisión
Central de Control que afirma: «Ahora, más que nunca, necesitamos una
disciplina y ello es necesario porque el enemigo no es tan visible como antes.
En cuanto se concede una tregua aparece entre nosotros el deseo de ser
liberados del yugo del partido. Empezamos, a pensar que tal momento ha llegado
pero no es así» [29].
Para el que pronuncia estas palabras nunca llegaría tal
momento pues pertenece al grupo de hombres del aparato cuya influencia está
abocada a crecer incesantemente y que ocupa, ya en 1922, casi todos los puestos
decisivos. Sus nombres son aún poco conocidos: por un lado se encuentra la
pléyade de secretarios de los burós regionales como Yaroslavsky, secretario
general de Siberia en 1.921, secretario del partido en 1922 y más tarde miembro
de la Comisión Central de Control, Lázaro Kaganóvich, secretario del Turquestán
que, en 1922, asciende a responsable de la sección de organización e
instrucción del secretariado, Sergio Kirov, secretario del Azerbaiyán y, más
tarde, suplente, en 1921, del comité central. Estanislao Kossior, sucesor de
Yaroslavsky en Siberia, Mikoyán, secretario del Cáucaso‑Norte que ingresa
en el comité central en 1922. Ordzhonikidze, secretario de Transcaucasia que
se encuentra allí desde 1921, Kuibyshev, secretario del Turquestán, secretario
del partido en 1922 y presidente de la Comisión Central de Control en 1923. Sus
jefes destacados son Mólotov, secretario responsable del partido en 1921, Solz,
presidente en este mismo año de la Comisión Central de Control y, sobre todo,
Stalin, miembro del politburó, comisario de la Inspección Obrera y Campesina y
miembro influyente del buró de organización.
Todos estos responsables son bolcheviques veteranos pero
forman un grupo característico. Les unen numerosos vínculos personales.
Kaganóvich, Mólotov y Mikoyán han ejercido en el mismo momento cargos
importantes en Nijni‑Novgorod, destino en el que han sido sustituidos por
un joven apparatchik, Andrés Zhdánov.
Ordzhonikidze y Stalin, ambos georgianos, son amigos desde los tiempos de la
clandestinidad y Kuibyshev ha intimado con Stalin durante la guerra civil.
Stalin, Mólotov y Solz estaban juntos en el comité de redacción de la Pravda
antes de la guerra. Todos ellos tienen además en común un mismo estado de
ánimo, así como una determinada concepción de la existencia y de la acción que
los distinguen de los otros bolcheviques: entre ellos no hay ningún teórico,
ningún tribuno, ni siquiera un dirigente de masas de origen obrero; todos ellos
son hombres hábiles, eficaces y pacientes, organizadores discretos, personajes
de despacho y de aparato, prudentes, rutinarios, trabajadores, obstinados y
conscientes de su importancia, gentes de orden en definitiva. Stalin es el que
los aglutina y los integra; a su alrededor comienza a constituirse una facción que
no proclama su nombre pero que actúa y extiende su influencia.
En 1922 todo está ya preparado para que se inicie el
reino de los administradores: lo único que falta es «the right man in the right
place», Stalin en el cargo de secretario general, desde donde, en lo sucesivo,
podrá reunir todos los hilos tejidos durante los años precedentes, encarnando
el nuevo poder del aparato. Esto ocurrirá después del XI Congreso. ¿Puede
darse crédito a la versión, referida en las memorias de uno de los delegados,
según la cual la candidatura de Iván Smirnov contaba con la unanimidad pero
Lenin se opuso a su nombramiento por considerarle insustituible en Siberia?
¿Puede creerse la afirmación de que Lenin se tomó veinticuatro horas de
reflexión antes de proponer a Stalin [30]?
¿Resulta plausible una intervención en este sentido de Zinóviev que, por aquel
entonces, se aproximaba al georgiano, como consecuencia de la hostilidad que
ambos sentían hacia Trotsky, viendo en Smirnov un amigo personal de éste? Estas
son puras conjeturas. El hecho es que el pequeño recuadro de la Pravda del 4 de
abril de 1922 que anuncia el nombramiento de Stalin como secretario general,
abría un nuevo período en la historia de los bolcheviques y de todo el pueblo
ruso. No obstante, este hecho pasó casi desapercibido: en el XI Congreso sólo
Preobrazhensky había preguntado cómo un solo hombre, en un régimen soviético y
en el seno de un partido obrero, podía acumular en sus manos funciones y
poderes de tal envergadura.
Con la NEP acababa de iniciarse una nueva era de la
revolución rusa; en ella se abandonaba para siempre el heroico entusiasmo de
los años apocalípticos. En el lento restablecimiento económico, paciente
reconstrucción que había de permitir el giro de 1921, sonaban aún unas palabras
de Lenin que, ciertamente, cerraban un capítulo: «Transportados por la ola de
entusiasmo, nosotros, los que habíamos despertado el fervor popular ‑primero
político y luego militar‑, contábamos con poder realizar directamente, a
favor de este entusiasmo, tareas económicas tan grandiosas como las tareas
políticas generales o como las empresas militares. Contábamos ‑o tal vez
fuera más exacto decir que opinábamos sin suficiente reflexión‑ con poder
organizar a la manera comunista, mediante las órdenes expresas del Estado
proletario, en un país de campesinos pobres, la completa producción y
repartición de los productos por el Estado. La vida nos ha mostrado nuestro
error No es apoyándonos directamente sobre el entusiasmo, sino mediante el
entusiasmo provocado por la gran revolución, jugando con el interés y el
beneficio individual, aplicando el principio del rendimiento comercial, como
debemos construir, en un país de campesinos pobres, sólidas pasarelas que
conduzcan al socialismo pasando por el capitalismo de Estado» [31].
Algunos años más tarde el afectivo y apasionado Bujarin,
definiría, a su vez, los nuevos sentimientos que le había inspirado el giro:
«En el ardor de la autocrítica, las ilusiones del período infantil se
destruyen, desvaneciéndose sin dejar huellas; las relaciones reales emergen en
toda su sobria desnudez y la política proletaria adquiere el carácter ‑tal
vez menos emocional pero más seguro‑ de una política que se ciñe de cerca
a la realidad y que la modifica también. Desde este punto de vista, el paso a la
NEP supone el hundimiento de nuestras ilusiones» [32].
En estas condiciones, completamente diferentes, se
inicia un nuevo período que resulta
más gris y rutinario, que contiene menos heroísmo y menos poesía. Los apparatchiki ciertamente surgen en el
buen momento. No obstante, ninguno de los que les han visto medrar, chocando
con ellos, cree que su victoria sea posible. ¿Acaso podrían quitarle a Lenin
unos burócratas la dirección de su partido?
[1] Texto íntegro en la págs. 22‑23 del estudio «The Kronstadt Rising» de George Katkov, aparecido en el número 6 de los St Antony's Papers, Soviet Affairs; se trata sin duda del más completo y reciente análisis del tema. En francés puede consultarse, aparte del libro de Volin, La commune de Kronstadt por Ida Mett (Spartacus), obra en la que se expresa el mismo punto de vista, así como el dossier publicado en 1959 en el nº 14 de la revista Arguments
[2] Katkov,
op. cit., pág. 28.
[3] Ibídem, págs. 29‑32.
[4] Ibídem,pág 32
[5] Serge,
Mémoires d'un révolutionnaire.
[6] Katkov,
op. cit., pág. 42.
[7] Citado por Schapiro, C. P.S. U., pág, 205.
[8] Discurso pronunciado ante el V Congreso, Bull. Com., nº 15, 14 de abril de 1921, pág. 243.
[9] Rádek, «Kronstadt», Bull. Com., nº 19, 12 de mayo de 1921, pág. 322.
[10] Serge, Mémoíres., pág. 130.
[11] Citado por Barmine, op. cit., págs. 143‑144.
[12] Citado por Carr, La Revolución
bolchevique, t. II, págs. 289‑290.
[13] Trotsky, The first five years of the I.C. ;págs. 219-226.
[14] Citado por Souvarine, Staline, pág. 298.
[15] Fainsod,
Smolensk under soviet ride, pág. 45.
[16] Citado por Schapiro, Les bolcheviks et I'opposition, pág. 222.
[17] Lenin, Selected Works, vol. 9, pág.
92.
[18]. Citado por R. V. Daniels, Conscience, pág. 147.
[19] Informe y resolución, cf. Bull. Com. nº
24, 9 de julio de 1921, págs. 401‑405
[20] Ibídem, pág. 403.
[21] Citado por Schapiro, Les bolcheviks
et I'opposition, págs. 262‑63
[22] Ibídem, pág. 264.
[23] Citado
por John Daniels, Labour Review n.o 2,
1957, pág. 47.
[24] Citado por R. V. Daniels, Conscience, pág. 150.
[25] Citado por Schapiro, op. cit., pág. 268.
[26] Sosnovski,
Taten und Menschen pág. 153.
[27] Ibídem, pág. 152.
[28] Citado por Daniels, Conscience, pág, 166.
[29] Ibídem, pág. 165.
[30] Ibídem, pág. 170.
[31] Lenin,, Obras Escogidas, t. III, pág. 917.
[32] Bujarin, Bolshevick, nº 2, abril de 1924, pág. 1.