PREFACIO A LA EDICION ESPAÑOLA
Los diez años
transcurridos desde la publicación de la edición francesa de este trabajo no
parecen haber desvirtuado sus conclusiones ni el método seguido en su elaboración.
Permítasenos incluso afirmar lo contrario. La historia del partido comunista
(bolchevique) de la Unión Soviética constituye sin lugar a dudas uno de los
datos clave para la comprensión del mundo contemporáneo pero muchas de las
explicaciones ofrecidas a este respecto desde hace medio siglo chocan contra
una serie de puertas cerradas a piedra y lodo, y ello cuando no se pierden en
los tortuosos laberintos de la razón de estado, caminos estos igualmente
cerrados por barreras no menos infranqueables.
El pasado debe servirnos
para comprender e interpretar el presente y esta convicción es la que nos ha
sugerido la necesidad de lleva a cabo un balance para nuestros lectores
españoles con ocasión de esta nuestra primera edición de «El Partido Bolchevique» en
lengua castellana.
Los acontecimientos que,
desde hace diez años han venido desarrollándose en la Unión Soviética y en los
demás países del Este, constituyen una especie reveladora de la validez de los
análisis que con anterioridad han sido
llevados a cabo a su respecto. E1 estallido a plena luz del día del conflicto
entre los partidos comunistas de China y Rusia, las consecuencias de lo que en
China ha dado en llamarse la «revolución cultural», las polémicas e incluso las
crisis que se producen en el seno de los partidos comunistas de todo el mundo.
grandes o pequeños, legales o clandestinos, ya ocupen el poder o se encuentren
en la oposición, resultaban hasta
cierto punto previsibles para todo aquel que en su análisis histórico hubiese
empleado un método científico. Probablemente el lector de la primera edición de
nuestra obra no se habrá visto sorprendido ni por la crisis interna del partido
comunista checo, y su decisión de enero de 1968 de inaugurar una etapa de
reformas en profundidad ni por el movimiento
de los estudiantes, los obreros y los intelectuales, que se lanzaban a la brecha abierta desde la
cúspide del partido, ni tampoco por la intervención armada del 21 de agosto de
1968 que sancionó, en contra de la manifiesta voluntad del pueblo, la vuelta a
un cierto orden que en honor de la ocasión recibió el apelativo de
”normalización”. Igualmente previsible era la espontánea revuelta de los
obreros de los astilleros de Gdansk y de Szczecin en diciembre de 1970, y el
papel asumido en ella por los comités de huelga transformados en verdaderos
soviets que trataron de igual a igual a los organismos oficiales del partido y
el Estado. Y es que el conocimiento y la comprensión de los mecanismos de la
historia pretérita iluminan las fuerzas que se enfrentan hoy, pone de relieve
la continuidad o bien la resurrección de unas tradiciones profundas o de unas
corrientes reprimidas durante largos años, disimuladas tal vez por la
utilización de un mismo 1éxico o por las continuas referencias a una ideología común
al menos en lo que a los principios se refiere.
En resumen, en nuestra
opinión, este trabajo, publicado en 1962, constituye un instrumento que permite
comprender la crisis por la que atraviesan en nuestros días los partidos y
Estados que se autodenominan socialistas y usufructúan de un modo u otro la
experiencia de la Unión Soviética, y opinamos así porque continuamente se hace
referencia en sus páginas a la acción de unas fuerzas y de unas presiones
sociales que nunca ha n desaparecido por completo y que siguen constituyendo la
estructura, contradictoria a veces, de tales partidos y Estados. Cualquier tipo
de explicación global, ya se refiera al “marxismo-leninismo” concebido como un dogma o bien a su
naturaleza «totalitaria» o «dictatorial»,
resulta de todo punto inoperante a este
respecto, es decir, en cuanto concierne a las realidades contemporáneas de
crisis, desgarramiento, antagonismos y conflictos en el propio seno del
sistema. Incluso la versión que durante varios años defendió el llorado Isaac
Deustcher, aquella que se refería a la posibilidad de una «reforma desde
arriba», avalada durante cierto tiempo por la experiencia jrushoviana, revela
plenamente en la actualidad su impotencia, .a
la hora de interpretar una crisis que se traduce en una serie de
conflictos de carácter puramente revolucionario. De hecho, el tema que aquí se
aborda es tal vez el más difícil que puede plantearse la Historia
contemporánea. En efecto, sobre esta cuestión, nadie puede alardear de
neutralidad ‑y el historiador puede hacerlo tan poco como el político o
el periodista-, todo autor, todo lector, expresan, consciente o
inconscientemente, una serie de apriorismos hostiles o favorables que no son
sino los reflejos de una concepción del mundo que no se siente obligada a tener
en cuenta el imperio de los datos objetivos o la constelación de rigurosas
exigencias que se imponen al trabajo del historiador. Por otra parte, los
acontecimientos cotidianos y 1o que éstos ponen en juego, contribuyen, en tales
cuestiones, a falsear los datos básicos de la propia labor historiadora, aunque
sólo fuese por su contribución, directa o indirectamente, a la deformación,
falsificación, sustracción o supresión de los documentos que integran su
insustituible materia prima.
A este respecto resulta
además altamente significativo el hecho de que la trama básica de condiciones
de investigación acerca de la Unión Soviética, desde la revolución de octubre
de 1917 hasta nuestros días, tanto desde el punto de vista de la ubicación de
documentos como desde el de la mera historiografía, se articule de forma
perfectamente natural en torno a las .fechas que suponen decisivos virajes en
la historia política del país. Así, 1924 supone la muerte de Lenin pero también
el enunciado de las premisas de lo que sería dictadura estaliniana y 1956 marca
el principio de la denuncia del «culto a la personalidad» de Stalin a cargo de
sus lugartenientes de ayer convertidos en sus sucesores.
Después de la revolución,
los primeros años del nuevo régimen presenciaron un enorme esfuerzo dirigido
hacia la publicación de los materiales de la historia para la Historia,
panfletos y artículos, actas y documentos oficiales, memorias y recuerdos,
encuestas, antologías de artículos o de discursos fueron así dados a la luz en
una actividad cuya única limitación fue la mediocridad de los medios materiales
disponibles y las imperiosas presiones primero de la guerra civil y más tarde
de la reconstrucción económica. No obstante esta abundancia, de incalculable
valor para la investigación histórica y la reflexión política , fue tristemente
efímera. A partir de 1924, la política cotidiana de los dirigentes domina
directamente no sólo la elaboración del propio proceso histórico sino también
la mera publicación o al menos la disponibilidad de los documentos más
elementales. A partir de su tercera edición, las obras completas de Lenin
aparecen mutiladas de todas aquellas frases que podían ser interpretadas como
una premonitoria condena de la política de sus sucesores, mientras que la mayor
parte de su correspondencia es ocultada a los investigadores y, naturalmente,
al público en general. Las obras de los autores que han sido anatemizados en el
terreno político como Trotsky, Bujarin, Ziníviev y muchos más son retiradas de la
circulación y su impresión queda terminantemente prohibida, mas no se detiene
en este punto la represión cultural contra los vencidos, también las obras
menos importantes, aquellas que se limitan a mencionar a estos hombres, dando
una visión justa del papel desempeñado realmente por ellos en la fundación del
nuevo régimen, son objeto de idéntico tratamiento. La conclusión para el
estudio es que todo documento proveniente de la Unión Soviética debe ser objeto
de un examen cuidadoso no ya en función de su contenido sino con vistas a la
fecha de su publicación, resultante en casi todos los casos de un cálculo
político basado en los intereses del momento y desprovisto de todo tipo de
interés para la historia política.
En tales condiciones, este
documento, al que es necesario aplicar la duda metódica por principio, pierde
toda significación por sí mismo
convirtiéndose en un mero indicio de un trasfondo que permanece inaccesible. El
trabajo de investigación se torna entonces punto menos que imposible. La situación
se hace todavía más grave a partir de 1930; durante todo el periodo posterior a
esta fecha los documentos oficiales de la U.R.S.S. son prácticamente
inutilizables en su totalidad. Por esta época se produce, como buena prueba de
lo dicho, la somera condena de que Stalin hace objeto al historiador Slutsky,
que se suicidó tras de su expulsión del partido, con el siguiente somero
veredicto que convierte de paso a la historia en un menester impracticable:
«¡Sólo los burócratas incurables y las ratas de biblioteca pueden fiarse de
unos documentos que no son más que papel!» Esta es la tónica general hasta
1956.
Sin embargo, el
historiador dispone de algunas fuentes documentales. Para el periodo que va de
1917 hasta 1939 cuenta con los importantes archivos de León Trotsky que fueron
depositados en Amsterdam y Harvard tras su expulsión de la Unión Soviética; se
trata de una serie de documentos, densos y continuos hasta 1928, que empiezan
a serlo menos posteriormente; no obstante, 1a mayor parte de la correspondencia
está vedada a la investigación hasta 1980. Los documentos más esenciales de
estos archivos han sido reproducidos en las principales obras de Trotsky y en la prensa «trotskista» internacional.
Hasta 1939, el historiador podía contar además con otros datos de valor: los
aportados en los escritos de Victor Serge, si bien estas informaciones debían
ser contrastadas cuidadosamente pues el escritor había reproducido sus
informaciones de memoria al haberle sido incautados sus archivos en Moscú, y
las memorias del veterano comunista yugoslavo Anton Ciliga, que consiguió escapar de un campo de
concentración donde tuvo ocasión de recoger un sinnúmero de confidencias
personales y de interpretaciones de los grandes acontecimientos de la historia
de la U.R..S.S.. Asimismo, el estudioso
puede contar con las informaciones vertidas en las publicaciones mencheviques
como CourrierSocialiste del historiador Boris Nikolayevsky, al que debemos la
publicación de la misteriosa «Carta de un viejo bolchevique», repleta de
informaciones inéditas sobre el período anterior e inmediatamente posterior al
asesinato de Kirov.
A partir de 1945 el investigador ya no dispone de
fuentes como estas, perfectamente utilizables a pesar del compromiso político
de sus detentadores o autores. El lugar ocupado por estos testimonios de los
grandes protagonistas queda ocupado por un verdadera avalancha de relatos,
memorias, e informes que emanan en general de «personas desplazadas», es decir
de una serie de ciudadanos soviéticos que se negaron a ser repatriados a su
país de origen al finalizar la guerra. La materia de análisis es pues
abundante, excesiva incluso puesto que su origen la hace sospechosa en la
generalidad de los casos. En efecto, los testimonios directos son elaborados a
posteriori y las encuestas son realizadas por una serie de especialistas de la
acción psicológica, cuya preocupación fundamental no es, sin duda, la
consecución. de la verdad histórica. Al propio tiempo se crea una verdadera
«industria» de supuestas memorias susceptibles de convertirse, merced a la
acción de unos falsificadores habilidosos,
en una pingüe fuente de ingresos: a este respecto podríamos evocar la
aventura de un gran especialista anglosajón en historia soviética que sin duda
no habrá olvidado todavía la confusión que le hizo tomar por auténticas ciertas
falsas memorias de1 comisario del pueblo Maxim Litvinov. Por otra parte, de todo el conjunto de materiales recogido
de esta forma, sólo se publican los documentos que se consideran rentables, es
decir, vendibles, ya sea en el plano puramente comercial –lo sensacional‑
como en el político ‑el más burdo esquematismo. De todo el alud
documental de la posguerra sólo puede citarse una excepción de gran
importancia: los archivos de la organización del partido de la región de
Smolensk, recogidos primero por el ejército alemán en 1941 y pasados en 1945 a
las manos del ejército americano; en base a ellos, el historiador americano
Merle Fainsod ha escrito un estudio que constituye una ventana abierta sobre los mecanismos del poder y de la vida cotidiana en la Unión Soviética
sin precedentes para ningún otro país.
En cuanto a la
historiografía, su destino parece coincidir de forma natural con el de los
documentos. Hasta 1956 ‑a partir la muerte de Lenin‑, la historiografía
soviética no es sino la versión, manipulada por añadidura, de la historia del
país conforme a lo que en todo momento quieren hacer creer sobre ella los dirigentes, se trata de una
justificación de su política, la pasada o la actual, es decir, de una especie
de artificio político‑policíaco opuesto objetivamente a la realidad. Sin
duda, el investigador puede, con algún fruto, estudiar las diferentes versiones
y comparar las sucesivas ediciones para tomar nota de las contradicciones y
supresiones con el fin de ofrecer una interpretación política de la situación
durante el período de la publicación,, pero eso es todo... Semejante quehacer
sólo puede engendrar una serie de mitos, efímeros algunos y duraderos los más,
carentes todos ellos de una verdadera ligazón con la realidad histórica y
válidos únicamente a la hora de conocer las necesidades políticas de los hombres que detentaban el poder en la coyuntura de su
elaboración.
Comparada con la
historiografía soviética, la anglo‑sajona ilumina ampliamente la etapa que nos
ocupa. Ciertamente dispone de muchos menos materiales de primera mano pero en
cambio se beneficia de una gran flexibilidad en la organización de sus tareas.
Durante los últimos años algunas universidades han comprado, pagando su peso en
oro, todos los documentos a los que podían acceder, han alquilado los servicios
de los más eminentes investigadores emigrados y formado valiosos equipo de trabajo. En general la
información básica que sustentan las obras de estos historiadores es de una
solidez a toda prueba y aun en nuestros días es considerada como un caudal
enormemente valioso por el propio investigador o estudiante soviético que no
ha tenido este material a su disposición. No obstante, su interpretación
de los hechos suele a menudo ser discutible, y ello en primer lugar porque los
emigrados tienen una tendencia inevitable a escribir la historia dejándose guiar por su rencor, pero también porque
dan prueba en ciertas ocasiones de una cierta sensibilidad a las exigencias de
la competencia en el mercado, que les
suele llevar a ciertos excesos de audacia en la interpretación y a una serie de
afirmaciones perentorias en lo referente a algunas cuestiones susceptibles tal
vez de una mayor prudencia y circunspección. Además, esta historiografía, como
la anterior, responde casi siempre a una serie de objetivos que perturban su
rigor científico en la medida misma en que se trata no ya de analizar una realidad histórica de difícil aprehensión,
compleja y contradictoria, sino de justificar la superioridad de un sistema
sobre otro o de sancionar la victoria de una ideología o de un bando; es esta
pues, en definitiva, una concepción tan dogmática como la precedente y a
manera de reverso de la misma medalla, tan estéril como ella, incluso cuando
llega a unas conclusiones perfectamente utilizables cuando la honradez de
ciertos historiadores les permite ofrecer, a falta de una autentica interpretación, los materiales fundamentales
sobre los que tal interpretación debería basarse. Este es el caso sobre todo de
la obra de Edward Hallett Carr, su monumental Historia de la Rusia
Soviética, cuyos siete primeros volúmenes
han sido publicados. ¿ Qué decir de la historiografía francesa sobre este tema
durante los últimos años? En general destaca por su mediocridad como
consecuencia de una prudente tradición en materia de investigación histórica
que ha !venido prescindiendo sistemáticamente de los temas demasiado recientes
o excesivamente polémicos; pero no es esta la única razón de estas
limitaciones, pues también tiene una considerable influencia la prudencia
comercial necesaria donde existe un poderoso partido comunista mantenedor de
una determinada versión de la historia de la U. R. S. S. y del partido
bolchevique.
Hasta aquí la tónica
general de hace no demasiados años, pero
los datos básicos del trabajo histórico se han visto brutalmente influidos por
lo que ha dado en llamarse la «desestalinización,». Y ello no sólo por el número y la importancia de
las «revelaciones» de Nikíta Jruschov y sus lugartenientes como se apresuró a
vocear en sus titulares la prensa de todo el mundo. De hecho no hubo entonces
ninguna verdadera revelación en el sentido estricto sino una serie de confirmaciones
de gran importan cia ciertamente. A
favor de este proceso se publicaron las Cartas de Lenin cuya existencia habla
ya sido afirmada por Trotsky cuando el régimen de Stalin negaba que hubieran
sido siquiera redactadas. De esta forma el texto de la «Carta al Congreso»,
conocida con el nombre de Testamento de Lenin, divulgada años antes en Occidente por el americano Max Eastman y
confirmado en su autenticidad por Trotsky, en la actualidad ha sido sacado a la
luz por los epígonos de Stalin. Asimismo las «rehabilitaciones» que empiezan a
producirse a partir de 1956 ofrecen, por medio de las biografías de los
personajes históricos a los que se refieren, un valioso cúmulo de datos a la historia económica, social y
política e incluso a la puramente fáctica. Los discursos de Jruschov ante el XX
y el XXII Congresos confirman y dan peso y consistencia a los análisis de
Trotsky acerca de los orígenes del terror de la década de los treinta así como
a la hipótesis, formulada desde 1935 por él, de que la pista dejada por los
asesinos de Kirov conducía directamente a Stalin y a su camarilla cuando este
crimen había sido ya imputado a los «trotskistas», desencadenando una tremenda
ola de persecuciones. A su vez, un articulo de Iván Shumián, publicado con
ocasión del XXX aniversario del XVII Congreso, ha confirmado rotundamente que
por entonces se produjo en la cúspide del partido una conspiración cuyo objetivo
era instalar a Kirov en el lugar de Stalin, corroborando pues, en lo más
esencial, lo que ya habla afirmado la famosa «Carta de un viejo bolchevique»
muchos años antes. El fin de las represalias contra las familias ha permitido
que se desvelasen igualmente algunos secretos: por ejemplo, Nikolayevsky, sin
poner en peligro a los supervivientes de la familia de Bujarin, ha podido
revelar en las páginas del Courrier Socíaliste que había sido él mismo quien había redactado la «Carta» basándose
para ello en las informaciones que le había dado Bujarin personalmente durante
una estancia en París.
No obstante, esta
revolución en materia documental apenas si ha tenido fruto en la propia U.R.S.S.
quedando tan limitada la «revolución historiográfica» como la propia
«desestalinización», tras algunos efímeros intentos ‑prohibidos casi
inmediatamente‑ como el del historiador Burázhalov que intentó precisar
el papel verdaderamente desempeñado por Stalin en 1917. El balance de esta
escaramuza resalta en sus grandes líneas la pobreza persistente: sustitución de
nuevas versiones que siguen siendo parciales y carecen de una reelaboración del
contexto histórico en su conjunto, nuevas supresiones de hombres y de hechos
que hacen de la trama general algo incomprensible –pues la «eliminación» de
Stalin es tan absurda como la de Trotsky- ; desprecio de unos documentos que se
consideran «des/asados» por el mero hecho de ser antiguos, persistencia de
mutilaciones, cortes y falsificaciones inclusive, una vez más, en las propias obras
de Lenin, mantenimiento de archivos cerrados, negativa a la publicación de todo
tipo de memorias o trabajos históricos que se consideren susceptibles de
adquirir nuevas resonancias en el momento presente o de nutrir intelectualmente
a una oposición al régimen. El resultado de todas estas restricciones es la
circulación bajo cuerda, en forma de samizdat, de abundante literatura histórica que, al traspasar las fronteras
resulta en definitiva mejor conocida por los extranjeros que por los propios
soviéticos, como lo prueba, por no dar más que un ejemplo, el éxito obtenido en
Occidente por la obra de Roy Medvedev, auténtica «summa» acerca de El
Estalinismo, que todavía no ha sido
publicada en el país donde fue escrita.
En consecuencia, ha sido
la historiografía occidental la que ha recogido todos los beneficios de la
«desestalinización» es decir, de la relativa apertura de las fuentes
documentales y de la fehaciente contrastación de unas fuentes que hasta la
fecha han sido discutibles. Isaac Deutscher, al que apenas se conocía por su Stalin, obra en la que se
esforzaba en justificar la presencia del dictador por la existencia de un
«principio de necesidad» y en la que llegaba a sostener la tesis del «complot
de los generales» de 1937, se hace sensible a las nuevas corrientes, .y se
convierte en el insigne biógrafo de... Trotsky. Los autores anglo‑sajones
como Schapiro, Robert V. Daniels y los franceses como Pierre Sorlin, Jean‑Jacques
Marie, F. X. Coquin y Marc Ferro, en lo sucesivo dejan de vacilar en la
consideración de determinados documentos de dudosa autenticidad hasta la fecha
y pasan a utilizar todos aquellos de los que disponen, basando sobre ellos
diferentes interpretaciones acordes con su s respectivas ideas políticas o filosóficas; es indiscutible que todos
ellos han llevado a cabo una enorme aportación al fondo de nuestro conocimiento
histórico precisamente en el momento en el que una moda novísima volvía a poner
a disposición de los lectores los escritos protagonistas de la historia rusa
del último medio siglo que durante
mucho tiempo habían sido prácticamente inaccesibles.
Fue en el seno de estas
nuevas condiciones decididamente favorables cuando decidimos emprender la tarea
de escribir la historia del partido bolchevique: un estudio que considerase los
hechos en todo su espesor, sus contradicciones, su luz y sus sombras, sus hechos
ciertos y sus incertidumbres, la vida y la muerte de hombres y cosas y no ya
una historia en blanco y negro de buenos y malos, con «hijos del pueblo» y
«víboras lúbricas». Salvo en forma de alusión o de ilustración, nadie debe
esperar encontrar aquí ese cliché que presenta a los bolcheviques como unos
hombres‑con‑el‑cuchillo‑entre-los-dientes o con la no menos
proverbial máscara de asesinos de niños, pero tampoco hallará el lector de
estas páginas la versión que les presenta como un ejército de arcángeles
infalibles e hiperlúcidos que todo lo
habían previsto, que todo lo habían preparado, que eran capaces de realizarlo
todo. No pensamos que ni el movimiento comunista, ni su organización ni sus
partidos constituyen, dentro de la Historia, una privilegiada categoría que
pueda escapar a sus leyes. No creemos que exista una esencia del «comunismo» y
menos aún que ésta pueda ser «buena» o «mala». Muy al contrario, opinamos que
el comunismo ‑su partido y su Estado‑ no son más que fenómenos
humanos, nacidos en un contexto preciso que, a su vez les ha influido y
modificado y que, como contrapartida, han recibido su influencia, modificándose
a su vez ellos mismos por su influjo de manera profunda. De los partidos
pensamos ‑al igual que Valéry opinaba respecto de las civilizaciones‑
que son mortales, que el partido de Lenin murió bajo Stalin y que tras la muerte de éste, no ha resucitado
si bien aún puede renacer y erguirse
ante la caricatura que lleva su nombre y, por último, que tendrá que luchar
duramente si quiere sobrevivir...Tales afirmaciones parecen corroborarse con la
crisis generalizada de los partidos comunistas, con el desconcierto que se
trasluce tras los enfrentamientos ideológicos entre los diferentes partidos y
en su propio seno, y con la serie de conflictos que se producen en el ámbito
socialista con una ferocidad creciente: los «partidos» ‑incluidos los
partidos comunistas‑ no son omnipotentes instrumentos de la Historia sino
meros fenómenos históricos y, como tales, contingentes.
Así pues, al apartar cualquier tipo de prejuicio exterior al tema de nuestra investigación, lo que inevitablemente nos habría obligado a suprimir algunos hechos para hacer hincapié sobre otros, hemos tratado ante todo de reconstruir un movimiento histórico adoptando como punto de vista general la única hipótesis metodológica verdaderamente fecunda para un trabajo histórico, a saber, la de considerar el hecho tan obvio y tan olvidado de que nada estaba realmente «escrito» de antemano, que sin embargo, tal movimiento resultaba históricamente necesario y que el nacimiento del partido bolchevique no era ni un accidente ni un mero fruto del azar, pero también que su victoria o su derrota en 1917, su pleno y fecundo desarrollo o su posterior degeneración estaban en ambos casos hondamente arraigados en las realidades de la época. En otras palabras, hemos trabajado guiados por la certidumbre de que, tanto antes como después de 1917, en la Unión Soviética se enfrentaron una serie de fuerzas sociales, económicas y políticas, antagónicas y contradictorias , en un escenario común y casi siempre bajo un pabellón idéntico, dando como resultado una serie de conflictos cuya solución no estaba determinada de antemano.
A estas alturas resulta tal vez innecesario precisar que tal actitud por parte del historiador implica una gran dosis de simpatía por su tema, la comprensión, e incluso a veces el amor, por todos aquellos que intentan hacer o rehacer la historia, cambiando el mundo y la vida, llegando a compartir a posteriori su convicción de combatientes de que todo es posible y de que son los hombres los dueños de su propia historia a condición de que se dé en ellos la consciencia de que bien pudiera ocurrir que resultase una historia diferente de la que ellos habían querido.
Esta fue, esta es aún
nuestra postura y, por ello queremos advertir a nuestros lectores: el
historiador no es ni un censor ni un juez, simplemente trata de devolverle un
hálito de vida al pasado humano y no de reconstruir unos mecanismos inhumanos.
Mutilará la vida todo aquel que, en sus páginas, no deje arder la pasión, que
consumió a otros hombres, florecer la esperanza o llorar la decepción, todo
aquel que no siga creyendo, como el viejo bolchevique Preobrazhensky, hace
tiempo asesinado por los suyos, que poco importa que perezca el sembrador con
tal de que algún día la cosecha madure.
P. B.
Grenoble, 27 de noviembre de 1972