CAPÍTULO 1
RUSIA ANTES DE LA
REVOLUCION
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, para el
pequeño burgués francés, Rusia era el paraíso de los capitales «los empréstitos
rusos», garantizados por el poder del autócrata, parecían inversiones tan
seguras para los pequeños ahorradores como para los bancos de negocios. En la
actualidad, sabemos hasta qué punto se incurría con ello en un grave error de
apreciación, que sólo disimulaba parcialmente la posterior denuncia de la «mala
fe» de los bolcheviques que, ciertamente, resultaron unos malos pagadores. Por
otra parte la historia conformista y la gran prensa se han complacido desde
entonces en subrayar episódicamente los vicios y las debilidades de la
monarquía zarista: la evocación de la sombra de Rasputin, el pope curandero, el
borracho tarado, la «bestia sensual y astuta», sirve así para explicar el
derrumbamiento del «coloso de pies de barro» al que siempre suelen referirse
los manuales de historia. . Estos puntos de vista tan tradicionalistas como
rutinarios reflejan, no obstante, a su manera, el verdadero estado en que se
encontraba Rusia antes de la Revolución, así como los rasgos profundamente
contradictorios que la caracterizaban: Era un país inmenso, poblado por
campesinos primitivos ‑esos mújiks tan
parecidos a los villanos de nuestra Edad Media‑ pero era también el campo de expansión de un capitalismo moderno
y americanizado, que utilizaba un proletariado muy concentrado en las grandes
fábricas. En el espacio ruso, las grandes fincas de la nobleza y las comunidades
campesinas coexistían con los monopolios industriales y financieros, A este
país de analfabetos pertenecía también una
intelligentsia abierta a todas las corrientes del pensamiento y que ha dado
al mundo algunos de sus más grandes escritores. A principios del siglo XX, Rusia era, por otra parte, el último reducto de la autocracia, convirtiéndose posteriormente
en el primer campo de batalla victorioso de una revolución obrera.
Otro lugar común lo constituye la afirmación de que Rusia,
intermediaria entre Europa y Asia en el mapa, lo es también por el carácter de
todas sus estructuras. De hecho, su doble naturaleza europea y asiática se
trasluce no sólo en la historia sino en la propia vida social rusa. La
civilización rusa, nacida en las lindes del bosque de la zona templada, ha
visto extenderse ante ella tiempos y espacios casi infinitos. Hasta, el siglo
XX la clave de su historia parecía ser la lentitud de su evolución: se explica
así lo atrasado de su economía, su primitiva estructura social y la mediocridad
de su nivel cultural. En el siglo XIX es un mundo inmenso, tan rico en recursos
como detenido en el tiempo, el que, durante la guerra de Crimea, se plantea por
primera vez el parangón con la civilización occidental: el zar Alejandro II
puede entonces, evaluar las debilidades de su imperio y comprender que la mera
inercia es incapaz ya de depararle las gloriosas victorias con las que sueña.
En este sentido, la evolución de Rusia durante el último siglo apenas difiere
de la de los países atrasados, coloniales y semi‑coloniales o «sub‑desarrollados»,
como suele llamárseles en la actualidad. A principios de nuestro siglo, se
enfrenta al mismo problema que preocupa en nuestros días a la mayoría de los
estados africanos, asiáticos o sudamericanos; a saber, que la asimilación por
sociedades más avanzadas provoca el desarrollo simultáneo de fenómenos cuya
sucesión ha sido constatada anteriormente en diferentes circunstancias
históricas y que, por una serie de combinaciones múltiples, suscita un ritmo
de desarrollo e interrelaciones altamente originales. Esta es la ley que los
marxistas -los únicos en haber dado una explicación científica a este proceso‑
llamaron del «desarrollo combinado», que Trotsky definió como «la combinación
de las diferentes etapas del camino, la confusión de distintas fases, la
amalgama de las estructuras arcaicas con las más modernas»[1]
y que, en definitiva, constituye la única explicación seria de la Revolución
rusa. El antiguo régimen cedió así en
pocos meses su lugar a un partido obrero y socialista; este último había sabido
encabezar una revolución que, como lo afirma de nuevo Trotsky, asociaba «la
guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo
burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la
sociedad burguesa» [2].
Una economía atrasada
Rusia, hacia el final del siglo XIX ‑su primer censo data de
1897- cuenta con 129 millones de habitantes. En 1914, tiene más de 160. La tasa
de natalidad es de 48 por mil: durante dicho periodo su población aumenta en
más de dos millones por año.
Ahora bien, el 87 %. de los rusos vive en el campo y el 81,5 %, está compuesto por agricultores. Cuando la población aumenta, las parcelas se hacen cada vez más pequeñas: en 1900 su superficie media es inferior en un 55% a la de 1861. El espacio cultivable es, pues, tan exiguo como en Europa. Por añadidura, dicho espacio se cultiva tan extensivamente como en América del Norte y con unos métodos mucho más rudimentarios. El campesino ruso utiliza unas técnicas agrícolas primitivas, en ninguna parte ha superado la rotación trienal de cultivos, privándose de esta forma de un espacio del que podría disponer; además, la presión demográfica le obliga gradualmente a practicar un cultivo continuo que, incluso a corto plazo, resulta completamente devastador. Su pobreza y la urgencia de las necesidades que le han inducido, por lo general, a renunciar a la ganadería, le privan al mismo tiempo del estiércol y de la fuerza de trabajo animal. Sus aperos, sobre todo el arado, son de madera. Los rendimientos agrícolas son bajísimos, equivalen a la cuarta parte de los rendimientos ingleses y a la mitad de los franceses; son sensiblemente comparables a los de la agricultura india. Entre 1861 y 1900, disminuyen una vez más entre un 60 y un 80 acrecentándose ininterrumpidamente el número de campesinos que no poseen caballerías. Durante el invierno de 1891‑92, treinta millones de individuos se ven afectados por el hambre, sucumbiendo 100.000 personas en un área de 500.000 kilómetros cuadrados. Rusia tendría que haber importado entonces el trigo necesario para alimentar a una población cada ve z mayor. Sin embargo, la voluntad de sus gobernantes pretende hacer de ella un país exportador. Los cereales, la mitad de cuya producción está constituida por el trigo, representan, junto con los productos alimenticios, el 50 % de sus exportaciones, y la mayor parte del resto, el 36 %, está constituido por materias primas. Las mismas razones que hacen de Rusia un país de economía agrícola atrasada, la someten a una fuerte dependencia del mercado mundial.
En el campo industrial, este
fenómeno se presenta con idéntica nitidez. La tercera parte de las
importaciones rusas está integrada por productos manufacturados que provienen
de la industria occidental. La industria rusa, que nació en el siglo XVIII del
empeño de «occidentalización» de los zares, empezó en seguida a estancarse como
consecuencia del origen servil de la mano de obra. La «razón de estado» le dio
un nuevo impulso en el siglo XIX. Las reformas sociales de Alejandro II le
abrieron camino: liberada de la cadena de la servidumbre, la mano de obra
campesina pudo, a partir de entonces, afluir a las empresas industriales, en
las que el rendimiento del trabajo «libre» es infinitamente superior al del
trabajo «servil». A pesar de la debilidad del mercado interior, que no
consigue compensar un fuerte proteccionismo, se beneficia de la aportación de
técnicos y capitales extranjeros, que exige, durante la última mitad del
siglo, la construcción de vías de comunicación. Después de 1910, se beneficia
de los pedidos masivos de armamento y, hasta cierto punto, de la extensión del
mercado interior que suscita el desarrollo de las ciudades y de la vida urbana.
En 1912, la industria rusa produce cuatro millones de toneladas de fundición,
nueve millones de toneladas de petróleo, veinte mil toneladas de cobre y las
nueve décimas partes del total mundia1 de platino. De hecho, esta industria,
deseada, alentada, e incluso, en algunos aspectos, creada por el estado
zarista, escapa por completo a su control: son sociedades inglesas las que
manejan la extracción del platino y capitales franceses y belgas los que dominan (con más del 50%) el
conjunto de las inversiones efectuadas en
la industria del Donetz;; por otra parte, la electrotecnia se encuentra en
manos de capitales alemanes En tales condiciones, el comercio exterior se halla
forzosamente subordinado al mercado mundial, dependiendo en alto grado y directamente
de los capitalistas e intermediarios extranjeros. Como lo afirma el profesor
Porta «el capitalismo internacional en conjunto convertía a Rusia, forzando un
poco los términos, en una especie de colonia económica» [3].
Una estructura social primitiva
La sociedad rusa anterior a la revolución está constituida
fundamentalmente por los mujiks. Alejandro
II los ha liberado de la servidumbre asignándoles parte de las tierras que
cultivaban y que ahora deben comprar: la comunidad campesina, o Mir,
debe supervisar la periódica redistribución de ellas para que quede
garantizada su igualdad. Sin embargo , la presión demográfica disminuye su
extensión. El impuesto que debe pagarse al zar y la anualidad necesaria para
comprar la parcela pesan intensamente sobre la explotación agraria. En estas
condiciones se encuentran aproximadamente cien millones de campesinos, que se
reparten el 60 % de la superficie cultivable, perteneciendo el resto a la
corona, a un pequeño sector de la burguesía urbana y, en su mayor parte, a la
nobleza campesina. Tras haber defendido el mír
como institución tradicional que garantiza el conservadurismo del mujik, el gobierno zarista decide
«fragmentarlo» con las reformas de Stolypin: tres millones y medio de campesinos
eran propietarios en 1,906, en 1.913 son ya cinco millones y sus tierras ocupan
un sexto de la superficie total. Como la población no ha dejado de aumentar, el
hambre de tierra no ha disminuido. Dada la situación de la técnica, se
necesitan de seis a doce hectáreas para la estricta manutención de una familia
campesina. Sin embargo, el 15% de los ..campesinos carecen por completo de
tierra., el 20% posee menos de doce
hectáreas y solo el 35 % posee terreno suficiente para asegurar su subsistencia.
Teniendo en cuenta el pago debido a los usureros y las malas cosechas, de un 40
a un 50 % de las familias campesinas tienen ingresos inferiores a lo que puede
entenderse como «mínimo vital». Por añadidura, suelen endeudarse por años al
verse obligadas a vender su cosecha a los recios más bajos, dada su falta de
reservas y dependen continuamente de un mal año o de un acreedor exigente. La
minoría de campesinos acomodados, o ku1aks,
no representa más del 12 % del total. Por último 140.000 familias nobles poseen
la cuarta parte de las tierras. En los inicios del siglo XX, se observa una
clara tendencia a la disminución de las propiedades nobiliarias, que, en la
mayoría de los casos, redunda así siempre en beneficio del kulak, intermediario entre el propietario noble y los aparceros o
braceros que contrata.
La inmensa mayoría, por lo menos un 80% de los campesinos son analfabetos, y la influencia de los sacerdotes rurales, de los popes mediocres, ignorantes y a veces deshonestos, se hace notar en la supervivencia del oscurantismo. Desde hace siglos, el mujik vive al borde mismo del hambre, sumido en una resignación supersticiosa: inclina su espalda humildemente y se siente infinitamente pequeño ante la omnipotencia de Dios y del Zar. No obstante, en ocasiones, el miedo y la humillación se transforman en cólera, de forma que la historia agraria rusa constituye una sucesión de alzamientos campesinos breves pero salvajes, todos ellos reprimidos ferozmente. A principios de siglo, la necesidad de tierra crece al mismo ritmo que el número de bocas que hay que alimentar. El mujik puede ignorar las propiedades de la aristocracia tanto menos cuanto que, a menudo, se ve obligado a trabajar en ellas: su lucha por la tierra será, por tanto, uno de los más poderosos motores de la revolución de 1917.
Las estadísticas que permiten evaluar el número de obreros son muy
ambiguas, dado que una gran masa de hombres, tal vez de tres millones, oscila
permanentemente entre el trabajo industrial y las labores campesinas. Se trata
de una verdadera mano de obra flotante, que pasa años, o a veces solamente
meses o semanas, trabajando en la ciudad, sin abandonar por ello el ámbito
familiar y social campesino. Los obreros propiamente dichos son aproximadamente
un millón y medio en 1900 y tres millones en 1912. Salvo, tal vez, en San
Petersburgo, son muy escasos los que no son hijos de campesinos o no tienen ya
parientes cercanos en el campo a los
que deban ayudar o de los que recibir algún socorro cuando están parados. Por
lo general se asemejan mucho a ellos por su nivel cultural y por su mentalidad;
son analfabetos y supersticiosos y están sometidos a condiciones laborales
sumamente duras. En la práctica, no se aplican las leyes que limitan la
duración de la jornada de trabajo a once horas y media en 1897 y a diez horas
en 1906. Los salarios son bajísimos, muy inferiores a los que se pagan en.
Europa o en América. Suelen abonarse a menudo en especie, al menos en parte,
proporcionando este sistema al patrón unos beneficios sustanciales y lo mismo
ocurre con la generalización de las gravosas multas que castigan las faltas a
la disciplina laboral y disminuyen los salarios como media en un 30 o 40 por
100. Sin embargo, tales proporciones varían mucho de una región a otra, e
incluso de una ciudad a otra.
Los obreros forman, no obstante, una fuerza mucho más peligrosa que la
infinitamente más numerosa masa campesina. Están muy unidos, ya que los
salarios son uniformemente bajos y, escasean los privilegiados; se agrupan en
grandes fábricas: en 1911, el 54 por 100 de los obreros rusos trabajan en
fábricas que utilizan más de 500 asalariados, mientras que la cifra
correspondiente en los Estados Unidos es de un 31 por 100; el 40 por 100 se
encuentra en fábricas que utilizan de 50 a 500 asalariados; sólo un porcentaje
inferior al 12 por 100 trabaja en fábricas de menos de 50 obreros. Por
oposición al campesino, encerrado en un ámbito limitado, los obreros tienen
movilidad, pasan de una fábrica, de una ciudad o de un oficio a otro y cuentan
con un horizonte más amplio. Por su concentración, sus condiciones de trabajo y
de vida, por lo moderno de las máquinas que utiliza y por su actividad social,
la clase obrera constituye un. proletariado moderno cuya espontaneidad le
conduce más fácilmente a la revuelta y a la lucha violenta que a la negociación
o al regateo, mucho más frustrado pero también mucho más combativo que el de
los países de Europa Occidental, fuertemente vinculado al mundo rural y muy
solidario aún, por carecer de una auténtica «aristocracia obrera» de
especialistas.
La oligarquía financiera está constituida, por unas cuantas familias
que controlan la actividad industrial. La crisis de 1901‑1903 ha
acelerado el proceso de concentración, poniendo a la industria en manos de
los monopolios. Por ejemplo, en la metalurgia, la sociedad comercial Prodamet, fundada en 1903 y que se ha
convertido en un verdadero trust del acero,que controla las treinta empresas
más importantes, el 70 por 100 del capital y más del 80 por 100 de la
producción, utilizando el 33 por 100 de la mano de obra. En los últimos años de
la preguerra, dicha sociedad está presidida por Putilov, que se halla
igualmente al frente del consejo de administración del Banco Ruso‑Asiático,
dominado por capitales franceses (60 por 100); se trata de una personalidad
fuertemente vinculada al grupo Schneider y que mantiene estrechas relaciones
comerciales con los Krupp. En las empresas textiles, los capitalistas rusos
cuentan por lo general con la mayoría; sin embargo, en la generalidad de los
casos, las empresas industriales están controladas por los bancos y estos, a su
vez, por los capitales extranjeros. Estos últimos constituyen el 42,6 por 100
de los dieciocho mayores bancos: el «Credit Lyonnais», el Banco alemán del
comercio de la industria y la «Societé Genérale» belga son los verdaderos
directores del crédito y, por ende, de
la industria rusa [4].
No existe, por tanto, una verdadera burguesía rusa, sino –y es esta
una característica común a todos los países atrasados‑ una oligarquía que
integra, en idéntica dependencia del imperialismo extranjero, a la vez a
capitalistas y propietarios; estos mismos, se encuentran a su vez, en la
cúspide del aparato estatal. En 1.906, veinte dignatarios del Consejo del
Imperio poseen 176.000 hectáreas de tierras cultivables, es decir, una media de
8.000 por familia. Como afirma el profesor Portal, «la alta administración se
reclutaba, en conjunto, entre la aristocracia campesina» [5].
Asimismo, los trabajos de Liáschenko han mostrado la compenetración existente
entre las más altas esferas de la burocracia y aristocracia, por una parte, y
de las sociedades industriales y bancarias por otra: los grandes duques son
accionistas de los ferrocarriles y los ministros y altos dignatarios pasan al
servicio de los bancos cuando abandonan las tareas estatales si es que no se
dedican a trabajar para ellos desde sus cargos oficiales. Los rasgos más
característicos de la burguesía rusa son, por tanto, su pequeñez, su conexión
con la aristocracia campesina y su debilidad económica respecto de la burguesía
mundial de que depende. Entre la oligarquía y la masa de obreros y campesinos
se intercala un verdadero mosaico de clases medias; pequeño‑burgueses de
las ciudades, kulaks campesinos, la intelligentsia
de las profesiones liberales, de la enseñanza y, hasta cierto punto, de las
capas inferiores de la burocracia. Estos sectores sociales, privilegiados
respecto a la masa por sus posibilidades de acceso a la cultura, pero apartados
de la decisión política por la autocracia, sienten la influencia de diversas
corrientes y se hallan a merced de influjos contradictorios sin poder aspirar,
por falta de base, a un papel independiente, ante el que, por añadidura, suelen
retroceder, dadas sus contradicciones.
La autocracia
El Estado zarista es también producto del desarrollo combinado, y
resultado de la lenta evolución. rusa. Se ha mantenido, frente a una Europa en
plena expansión económica, a base de monopolizar la mayor parte del patrimonio
público, vigilando atentamente a las clases poseedoras, cuya formación la ha
reglamentado y a las que gobierna mediante una especie de despotismo oriental.
En el siglo XVII, doblega a la nobleza ofreciéndole en contrapartida a la clase
campesina encadenada por la institución servil. El estado es el primero en
fomentar la industria, iniciando la modernización con las reformas de 1861 y
abriendo camino, con la abolición de la servidumbre, a las nuevas
transformaciones económicas y sociales. Al disponer de una rígida jerarquía de
funcionarios tan sumisos como arrogantes y tan serviles como corruptos así como
de una moderna policía muy al tanto de los métodos de vigilancia, soborno y
provocación parece ostentar una solidez a toda prueba y constituir una muralla
inexpugnable contra toda subversión, e incluso contra toda liberalización. Sin
embargo, hacia el final del siglo XIX se acentúa la contradicción entre las
necesidades del desarrollo económico, la expansión industrial, la libre
concurrencia y las exigencias que plantea el crecimiento del mercado interior, por
una parte, y las formas políticas que obstaculizan cualquier control sobre el
gobierno por arte de aquellos que podían considerarlo indispensable para su
actividad económica. La autocracia zarista ejerce una verdadera tutela sobre la
vida económica y social del país, justificando sus métodos de coerción con una
ideología paternalista basada en la gracia de Dios. Por ejemplo, una circular
de 1897 a propósito de la inspección laboral amenazaba con sanciones a aquellos
directores de fábrica que satisficieran las reivindicaciones de los
huelguistas. Convencido del carácter sagrado, no sólo de sus funciones, sino
del conjunto de la estructura social, el zar Nicolás II cree realizar su misión
divina al prohibir a sus súbditos todo tipo de iniciativa, sin esperar de ellos
otra cosa que no sea la sumisión al orden establecido; frente al estallido
revolucionario, se revelará impotente e indeciso. Tras establecer un brillante
paralelismo entre 1917 y 1789, y entre Luis XVI y Nicolás II, Trotsky dice
refiriéndose a este último: «Sus infortunios provenían de una contradicción
entre los viejos puntos de vista que había heredado de sus antepasados y las
nuevas condiciones históricas en que se hallaba colocado» [6].
Las fuerzas políticas
De hecho, el zar y sus partidarios, la Centuria Negra, que organizaba las matanzas de judíos, así como su policía y sus funcionarios, podían, en el peor de los casos, ganar tiempo con la represión, con el sistemático recurso a la diversión de las fuerzas hostiles, con la «rusificación» de las poblaciones no rusas y con la utilización del chovinismo ruso. La necesidad de tierra de los campesinos los empujaba inexorablemente hacia las fincas de la nobleza, aunque ni siquiera éstas hubieran bastado para satisfacerla. La acción obrera chocaba en sus reivindicaciones, incluso en las más insignificantes, con el poder del zar autócrata, bastión de los capitalistas y guardián del orden. Una «modernización» que hubiese colocado a la sociedad rusa en la misma línea del modelo occidental habría requerido largos decenios de diferenciación social en el medio rural así como la creación, de un amplio mercado interior, que, para su realización habría exigido cuando menos la desaparición de las propiedades nobiliarias y la supresión de las cargas que pesaban sobre los campesinos; tal modernización habría supuesto además un ritmo de industrialización que la propia debilidad del mercado interior hubiera hecho insostenible y que, por otra parte, no interesaba a los capitales extranjeros predominantes. A pesar del ejemplo prusiano, la modernización de la agricultura parecía imposible si no se acompañaba de la industrialización. El imperialismo y la búsqueda de salidas exteriores hubieran podido representar a la vez el papel de diversión y de válvula de seguridad que algunos le asignaban; sin embargo, en un mundo desigualmente, desarrollado, tales ambiciones chocaban con fuertes competencias exteriores –y así lo demostró la absurda guerra contra el Japón‑, que, en definitiva, acrecentaban los peligros e conmoción en el interior.
Sólo así puede comprenderse la extrema debilidad de los liberales
rusos. El movimiento liberal, nacido en el seno de los zemstvos o asambleas de distrito a las que acudían los personajes
notables, no tenía ni podía tener sino un programa político de limitación del
absolutismo monárquico y de adaptación a las nuevas condiciones económicas
merced a la asociación a las responsabilidades políticas de sectores más
amplios de propietarios. El partido constitucional‑demócrata K. D., llamado
«cadete», nacido oficialmente en 1905 y cuyo portavoz y teórico es el
historiador Miliukov, cuenta con una evolución pacifica al estilo occidental
como consecuencia de la liberalización del régimen. Permanece ajeno y en gran
medida hostil a las reivindicaciones más concretas e inmediatas de las masas
campesinas y de los obreros, a quienes sólo preocupa la lucha cotidiana contra
una patronal respaldada por el estado. Seriamente amenazado por el «Cuarto
estamento», este «Estado Llano» renunciará a la lucha, a partir de las primeras
concesiones de la autocracia en 1905, para no desempeñar el papel de aprendiz
de brujo; quiera o no, se ve obligado a aliarse con la oligarquía para hacer
frente a la amenaza común que supone la acción obrera y campesina. Los populistas
o narodniki, esperaron pacientemente,
intentando preparar el. alzamiento campesino que parecían presagiar las luchas
que se llevaban a cabo desde hacia siglos, así como la propia masa de los
mujiks. Los populistas eran conscientes tanto de las particularidades
nacionales como de las tradiciones y, deseosos de permanecer fieles al espíritu
popular en su intento de crear un mundo más justo y mas fraternal, creyeron ver
en el mir y en las prácticas comunales un signo de predestinación del
pueblo ruso, el punto de partida y la base posible de un socialismo de tipo
agrario. Sin embargo, la campaña con la que se dirigieron al pueblo les
decepcionó hondamente: en su esfuerzo propagandístico tomaron conciencia del
inmenso obstáculo que constituía la ignorancia y la apatía de las masas campesinas, así como su
diseminación, que les hizo emprender el camino del terrorismo, forma de acción similar, por otra parte, a las
que, espontáneamente, utiliza la masa rural empobrecida y esclavi zada. Su impotencia para movilizar a los
millones de mujiks con su propaganda, unida a su impaciente deseo de destruir el yugo intolerable de la autocracia, les
llevaron por último, a la exaltación de la acción individual, del valor del
ejemplo y del gesto generoso y del sacrificio de los héroes.
Ellos son los que, a principios del siglo XX, inspiran la creación del
partido socialista‑revolucionario, continuador del populismo por su fe en
el papel revolucionario deparado al campesinado en. su conjunto y en el
terrorismo político considerado como forma de acción. Los que pronto han de ser
social‑revolucionarios ‑conocidos familiarmente como s.r.‑
matizan sus tesis bajo el influjo del desarrollo económico, aceptando incluir
al proletariado industrial. entre las fuerzas revolucionarias, y admitiendo que
la diferenciación que se opera en las filas del campesinado provoca el
surgimiento de reflejos políticos divergentes. El «socialismo constructivo»
que, a principios de siglo, defiende Victor Chernov, personaje familiarizado
con el socialismo occidental, prevé dos fases necesariamente sucesivas de la
revolución. El programa de los s. r., al distinguir entre reivindicaciones
mínimas y reivindicaciones máximas, facilitará por ello la aproximación de
éstos al «socialismo populista» de los
sectores pequeño‑burgueses. Sólo
una segunda etapa revolucionaria podrá realizar e1 socialismo agrario con el mír
como base. La tarea inmediata es la construcción de una república democrática.
La inmensa mayoría de la intelligenisia y
un importante sector de la pequeña burguesía integran los cuadros de este
partido cuya base es campesina. No puede por tanto extrañarnos que, en sus
filas, se encuentren codo con codo nacionalistas exaltados, demócratas
avanzados, revolucionarios campesinos próximos a los libertarios y liberales en
busca de apoyo popular.
Sin embargo, la misma evolución que contribuye a modernizar las tesis populistas, sirve al propio tiempo para fortalecer 1a oposición de sus adversarios en el seno del movimiento revolucionario. El marxismo se extiende por toda Rusia en la época del desarrollo de la gran industria y del crecimiento del proletariado. Su más importante exponente será Jorge Pléjanov, antiguo populista que, en 1881 y con el nombre de «La emancipación del trabajo», funda el primer grupo marxista ruso. El mismo traduce y difunde en lengua rusa las principales obras de Marx y Engels y, sobre todo, inicia la lucha ideológica contra los populistas, sentando así las bases de la victoria posterior de los social‑demócratas sobre los s. r..Al refutar la convicción populista de que la economía y la sociedad rusas se benefician de un desarrollo tan original como privilegiado que les daría acceso al socialismo sin necesidad de pasar por una fase de capitalismo industrial, Pléjanov se empeña en demostrar que, por el contrario, el desarrollo capitalista es una etapa insoslayable, que, gracias a la generación del proletariado, permitirá en un último estadio derrocar al sistema y asegurar la victoria del socialismo por el desarrollo de las fuerzas productivas. La idea fundamental de los social‑demócratas será que el proletariado, por su concentración, sus condiciones de trabajo que favorecen la conciencia de clase y la organización, habrá de desempeñar, a pesar de su poca importancia numérica, el papel de vanguardia que se niegan a atribuir a la informe masa campesina atomizada por el incipiente desarrollo capitalista. Pléjanov, en su polémica, ataca con especial vehemencia la concepción de los populistas sobre la función de los individuos en la historia: afirma que sólo pueden desempeñar un papel decisivo cuando su acción se ejerce en el mismo sentido del desarrollo objetivo de las fuerzas económicas y sociales, condenando por ende cualquier práctica. terrorista que se apoye en la idea de despertar a una masa campesina históricamente condenada a no ser sino una retaguardia revolucionaria.
De esta forma y frente al populismo, se define en gran medida el
pensamiento marxista ruso. En muchos aspectos podía parecer, a los ojos de un
observador de su época, más moderado éste que aquél: acepta la inminencia de un
desarrollo capitalista al que algunos de sus componentes, los «marxistas
legales», llegarán a apoyar en la práctica, a pesar de las resistencias obreras
que suscita; así mismo condena el terrorismo individual que parecía ser la más
extremista de las formas de acción revolucionarias. Sus perspectivas
fundamentalmente parecen abarcar un plazo mucho más largo. Los s. r. partiendo
del estado presente del país y de una determinada concepción de su pasado, preconizan la acción directa,
revolucionaria e inmediata. Por su parte, los social‑demócratas plantean
sus principios de acción en virtud de un análisis histórico: la revolución que
preparan se sitúa en un futuro más alejado, más allá de una etapa burguesa y
capitalista de paso obligado para la sociedad rusa. En definitiva, estos
últimos parecen constituir por muchos aspectos una amenaza menos inmediata para
el régimen.
En realidad, por encima del radicalismo de sus consignas y de sus
formas de lucha, los s. r. no tienen más objetivo que el de una democracia
política que a todas luces carece de bases objetivas. Los social‑demócratas,
por una parte, preconizan y preparan una revolución social, es decir que, a
corto plazo, apelan a la organización y a la acción obreras, a la movilización
por la tierra de los campesinos pobres: al comportarse de esta forma, desde un
principio, ponen en cuestión el equilibrio de la sociedad del mañana,
contribuyendo a aumentar as contradicciones reales. Por otra parte, sus perspectivas
no son estrictamente rusas, sino internacionales, lo cual aumenta su influencia
en un imperio que oprime a numerosas nacionalidades diferentes: sus
planteamientos no se basan en la supuesta predestinación de un «pueblo», sino
en el lugar ocupado en el proceso productivo por una clase que, en todos los
países occidentales, crece con la revolución industrial. La Historia mostrará
en seguida que su aparente moderación no hace sino disimular unos objetivos
revolucionarios infinitamente más radicales: en la situación actual, por encima
de las apariencias y de las tradiciones, distinguen perfectamente lo que ha
quedado desfasado de lo que está naciendo. En el seno de las contradicciones
del presente, los marxistas analizan el sistema de fuerzas que se está creando
con el fin de preparar el porvenir.
Sin embargo, a principios de siglo, el movimiento social‑demócrata
ruso es el único que no ha conseguido fundar un auténtico partido obrero. Tras
las brillantes polémicas que encabezó Plejanov, sus discípulos y sus compañeros
se plantean el problema práctico de la siguiente forma: por la importancia
misma de los obstáculos que la autocracia opone a cualquier organización
incluso a niveles mínimos, los socialdemócratas de Rusia, más aún que sus
correligionarios de Occidente, van a dedicar, como marxistas consecuentes, toda
su atención a crear el instrumento que les servirá para transformar un mundo
al que, siguiendo a Marx, no se trata ya de interpretar. El joven Uliánov ‑Lenin‑
es el que mejor define esta búsqueda cuando, tras de una corta experiencia de
organización, escribe en la emigración su folleto sobre Las tareas de los social‑demócratas. «No perdamos un tiempo
valiosisímo, afirma en su conclusión. Los social‑demócratas rusos deben
aportar un esfuerzo inmenso para satisfacer las necesidades del proletariado
que está despertando, para organizar el movimiento obrero, fortalecer los
grupos revolucionarios, su vinculación recíproca, suministrar a los obreros
literatura de propaganda y de agitación, unir a los círculos obreros y a los
grupos social‑demócratas dispersos por todos los rincones de Rusia en un
solo partido obrero social‑demócrata»
[7].
En la búsqueda de su instrumento histórico, en la construcción de su partido
será donde, por primera vez, pondrán a prueba los marxistas rusos tanto sus
fuerzas como sus métodos.
[1] Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Ed Ruedo Ibérico, t. I, pág. 9.
[2] Trotsky, ibídem, t. I, pág.
50.
[3] Portal, La Russie de 1894 a 1914, pág. 34
[4] Liáschenko, History of the national
economy of the U. S. S. R.., 678‑708.
[5] Portal, Op. cit., pág. 23.
[6] Trotsky, op. cit., t. I, pág. 89.
[7] Lenin,. Oeuvres choisies, t, I.. pág, 170.