CAPITULO III
EL BOLCHEVISMO: EL PARTIDO Y LOS HOMBRES
En las manos de Lenin, el partido se convirtió en un instrumento histórico insuperable. Las decenas de miles de militantes ilegales que, tras las jornadas revolucionarias de febrero de 1917, volvían a tomar contacto, estaban a punto de constituir una organización que las amplias masas obreras y, en menor medida, las campesinas, considerarían como propia. Tal organización iba a dirigir su lucha contra el gobierno provisional, conquistar el poder y conservarlo. Por tanto, a pesar de la lucha entre fracciones y de la represión, Lenin y sus compañeros triunfaron allí donde otros marxistas que, en un principio, gozaban de condiciones más favorables, habían fracasado: por primera vez en toda la existencia de los partidos socialistas, uno de ellos iba a vencer.
Existe toda una
historiografía cuyos sentimientos hacia el bolchevismo oscilan entre la ciega
admiración y la calumnia sistemática, que se obstina en presentarlo como una
nueva ideología, surgida de una pieza, de la inteligencia de Lenin: el
comunismo, revolucionario o estalinista y, en el propio partido bolchevique,
como una organización de tipo completamente nuevo, una especie de precoz III
Internacional que, desde su origen, se enfrenta con el reformismo de la II,
encarnado en Rusia por los mencheviques y, en Alemania, por el partido social ‑demócrata
de Bebel y Kautsky. No obstante, tal concepción no es sino una reconstrucción
artificial de la historia de la organización y de las ideas, un montaje
realizado a posteriori Para todos los mantenedores de dicha tesis, ¿Qué hacer?
constituye la Biblia de un bolchevismo que tiene todas las características
de una nueva corriente, cuando nada permite suponer que haya revestido tal
importancia para los bolcheviques o para el propio discurso intelectual y
teórico de Lenin. Esta obra examina las condiciones rusas, las tendencias de la
clase obrera rusa; de hecho, preconiza una solución específicamente rusa, sin
que sus análisis o conclusiones tengan la pretensión, en aquella época, de
extender su validez a otros países. En el prefacio que, para una colección de
sus artículos y ensayos, redactó Lenin en septiembre de 1907, afirma: «El error
fundamental de los que hoy polemizan contra ¿Qué
hacer?, estriba en la absoluta disociación que establecen entre este
trabajo y un determinado contexto, superado hace tiempo, del desarrollo de
nuestro partido. ¿ Qué hacer? no es
sino un resumen de la táctica y de la
política de organización del grupo de Iskra
entre 1901 y 1902. Nada más que un resumen; ni más ni menos. Solo la
organización que promovió Iskra podía
haber creado un partido social‑demócrata como el existente en la
actualidad, en las circunstancias históricas que atravesó Rusia de 1900 a 1905.
El revolucionario profesional ha cumplido su misión en la historia del
socialismo proletario ruso» [1].
Desde el mes de noviembre de 1905, Lenin había arrojado ya, este anatema
definitivo sobre todos aquellos que reducían su pensamiento a un esquema
mecanicista y abstracto, pretendiendo oponer esquemáticamente la espontaneidad
y la conciencia en los mismos términos del ¿Qué hacer?, como si esta obra tuviese un valor universal y un alcance
eterno: «La clase obrera rusa es instintiva y espontáneamente socialdemócrata
[es decir revolucionaria, P. B.] y más
de diez años de trabajo de los social‑demócratas han contribuido a
transformar dicha espontaneidad en conciencia de clase [2].
¿Qué hacer? insiste igualmente en la absoluta necesidad de organizar
el partido de forma clandestina, haciendo de ello condición indispensable de su
existencia. Sin embargo, tales planteamientos no excluyen la posibilidad de una
acción y de una propaganda legales si las circunstancias históricas así lo
permiten.. Por tanto, una vez que la revolución de 1905 ha aportado a los
obreros la libertad de organización y de expresión para los partidos políticos,
incluidos los socialistas, los bolcheviques no vacilarán en aprovecharse de
ello. No obstante, Lenin considera «liquidadora» la concepción del sector de
mencheviques que aceptan los límites impuestos por el enemigo de clase para
limitar su acción, resignándose a no desarrollarla sino a través de los cauces
legales. En efecto, la nueva ley acota la actividad de los partidos y no
concede a los revolucionarios una libertad de acción y de expresión relativas
sino como contrapartida a la conservación de su absoluto control sobre ellos:
el régimen zarista se limita a tolerar, coaccionado por los acontecimientos,
una serie de libertades que constituyen antes que nada una válvula de
seguridad. «Hacer el juego» y limitarse a lo estrictamente legal, supone
aceptar los controles que el propio régimen ha fijado, proscribiendo a aquel
sector de crítica revolucionaria que considera «subversiva». Sin embargo, no es
cuestión de renunciar, con este pretexto, a la utilización de las facilidades
que otorga la ley, ya que, únicamente la propaganda legal, puede alcanzar a
amplios sectores de obreros. Debe, por tanto ser utilizada al máximo y, esta es
la razón por la que más adelante, Lenin hará del periódico primero y del diario
legal, después la primera preocupación de su grupo en todas las ocasiones en
que tal instrumento resulte viable.
A este respecto, resulta significativo el ejemplo de la Pravda, ya que este diario «obrero», se
constituye, poco antes de la guerra de 1914, en pieza clave del desarrollo del
partido bolchevique. El periódico se lanza después de una campaña de agitación
en las fábricas destinada a conseguir una suscripción pública. La Pravda asume entonces la función que
desempeñó originariamente Iskra para
unos cuantos centenares de lectores, al difundir informaciones y consignas,
que, esta vez, se dirigen a decenas de miles de obreros de vanguardia. Los
corresponsales obreros de la Pravda
son, a la vez, los enlaces del partido y las antenas de que éste dispone para
conocer el estado de ánimo del proletariado: gracias a sus informaciones se
produce una homogeneización de la experiencia obrera que sienta las bases
indispensables de una conciencia colectiva. En un solo año, publica 11.114
«informes de corresponsales», es decir, una media de 41 por número. La Pravda, es, por definición, un diario
obrero y, al estar en gran medida redactado por los propios trabajadores,
ellos sienten que les pertenece: ellos son los que aportan la mayor parte de
las contribuciones que constituyen «el fondo de hierro», creado para hacer
frente a toda las multas y secuestros con que la represión puede golpear al
periódico.
El diario debe indicar,
como la propia ley lo exige, una dirección y unos responsables: no puede
escapar a las demandas y quejas a las que el Estado y los enemigos de clase no
dejan de recurrir en el intento de acabar precisamente con su existencia legal.
De un total de 2.770 números, 110 son objeto de demanda judicial. Las multas
que le fueron impuestas suman unos 7.800 rublos, es decir, una cantidad doble
de la recogida como fondo inicial; se celebran 26 juicios contra el periódico,
y sus redactores son condenados a un total de 472 meses de cárcel [3].
Ciertamente es éste un balance adverso para un periódico que, a pesar de todo,
se esfuerza en no atraer sobre sí la represión, aunque la policía llegue al extremo
de introducir en su comité de redacción a uno de sus agentes, encargado de
crear, con sus artículos, excusas para sancionar a la publicación.
En tales condiciones, la libertad de expresión
del periódico se ve seriamente entorpecida; al someterse a la ley, le resulta
imposible lanzar las consignas que considera correctas, sobre todo cuando éstas
se refieren a los obreros y campesinos que se encuentran en el ejército. El
periódico debe mantenerse contra viento y marea dentro de los estrictos limites
fijados por la 1ey si no quiere correr el riesgo de verse silenciado
definitivamente por los secuestros, condenas y múltiples sanciones económicas
que pueden abatirse sobre él. Los panfletos, folletos y periódicos ilegales
sirven para difundir el resto de las consignas y para dar las explicaciones
necesarias, pero prohibidas, que, por atentar contra la «seguridad» del Estado,
no pueden publicarse sino en medios de expresión ilegales. En las condiciones
políticas de la Rusia zarista, tanto más que en el ámbito liberal de las
democracias occidentales, resulta absurdo mezclar ambas opciones. Un periódico
legal puede ser prohibido, secuestrado, perseguido y sancionado. Un militante «legal», es siempre un individuo
conocido por la policía y ésta puede detenerle y poner fin a su actividad con
cualquier pretexto. Si toda la organización fuera pública y legal, la policía
conocería tanto a sus militantes como sus principales mecanismos, y el Estado
podría así, en cualquier momento, poner fuera de la ley algunas de sus actividades
o incluso el conjunto de su funcionamiento. Por ello, resulta de todo punto
imprescindible que el partido obrero disponga de militantes, recursos,
imprentas, periódicos y locales clandestinos que, eventualmente, puedan tomar
el relevo del «sector legal» durante un periodo de reacción, al tiempo que su
propio carácter ilegal les permite zafarse de las limitaciones que exigiría la
actividad pública. El carácter autocrático del Estado ruso y la arbitraria
omnipotencia de la policía fueron pues, los auténticos responsables de que los
social‑demócratas rusos construyesen su partido en torno a un núcleo
clandestino; las «libertades democráticas» no tienen aun tradición suficiente,
en 1912, como para parecer normales y eternas, haciendo olvidar a los revolucionarios
a qué precio tuvieron que conquistarlas y cuan fácilmente podían perderlas.
Sin embargo, la
ilegalidad no es un fin en sí. El verdadero problema estriba en la
construcción, utilizando al máximo todas las posibilidades, de un partido
obrero social-demócrata, es decir, de una porción consciente de la vanguardia
que, armada con el conocimiento de las leyes del desarrollo social, haga
progresar entre los obreros la conciencia de clase, los organice y los conduzca
a la batalla, cualesquiera sean las condiciones generales que va a revestir la
lucha. Tales planeamientos son los que mantienen los bolcheviques, tras el
período de boicot, cuando se disponen a participar regularmente en las
elecciones, a pesar de que el trucaje de las leyes electorales sea escandaloso.
Su objetivo no es en modo alguno una victoria parlamentaria sino ‑y los
recuerdos de Badaiev nos lo confirman‑ la utilización de la publicidad
que, cara la propagación de las ideas socialistas y a la construcción el
partido, proporciona la tribuna parlamentaria.
Llegados a este punto, resulta indispensable establecer la comparación entre el partido social‑demócrata ruso y el alemán, aferrado a su legalidad, a sus importantes conquistas, a sus cuarenta y tres diarios, a sus revistas, a sus escuelas, a sus universidades, a sus fondos de solidaridad, a sus «casas del pueblo» y a sus diputados, aunque, en definitiva, todas esas realizaciones contribuyen a aprisionarlo. En efecto, el miedo a una represión que podría poner en peligro las mejoras conseguidas convierte el partido social‑demócrata alemán en el rehén voluntario de las clases poseedoras; él mismo limita la acción de sus juventudes y prohibe a Karl Liebknecht que lleve a cabo cualquier tipo de propaganda antimilitarista «ilegal», aunque ningún socialista se atreva a negar la necesidad de tal propaganda en la Alemania de Guillermo II, pues ello podría encolerizar a la burguesía y desatar una nueva ola de represión policíaca.
Sin embargo, la crisis de 1914 revelará de forma
inequívoca el abismo que separa a ambas organizaciones en cuanto a las
actitudes que adoptan hacia sus respectivos gobiernos, enfrentados por la
guerra. Con anterioridad a esta fecha, Lenin ha manifestado su acuerdo, en determinados
puntos, con la crítica que lleva a cabo la izquierda alemana y sobre todo Rosa
Luxemburgo; sin embargo, existen entre ellos diferencias suficientemente
numerosas e importantes como para demostrar que, en aquella época, no existía
una fracción coherente de la izquierda en la social‑democracia
internacional: sólo el análisis histórico de aquella época puede enfrentar una
tendencia revolucionaria Lenin‑Luxemburgo al reformismo de Bebel y
Kautsky. El partido social‑demócrata alemán, antes de 1914, constituye a
los ojos de Lenin y de los bolcheviques, el partido obrero por excelencia, el
modelo que pretenden construir en Rusia, habida cuenta de las condiciones
especificas del país. Lenin, tras desmentir de forma clara y categórica la
interpretación inversa de sus intenciones, repetirá en diferentes ocasiones: «
¿Dónde y cuándo he pretendido yo haber creado una nueva tendencia en la socialdemocracia
internacional distinta de la línea de Bebel y Kautsky? ¿Dónde y cuándo se han
manifestado diferencias entre Bebel y Kaustky, por una parte, y yo por otra?» [4]. El
viejo bolchevique Shliapnikov afirma que, en la propaganda llevada a cabo en el
campo obrero, los bolcheviques se referían continuamente a los social‑demócratas
alemanes como modelos. Piatnitsky ha descrito su admiración de bolchevique
emigrado ante el funcionamiento de la organización socialdemócrata alemana y narra su asombro ante las
críticas que, en privado, se formulaban delante de él, sobre determinados
aspectos de su política. Tanto mayor fue el rencor de los bolcheviques después
del mes de agosto de 1914, cuando se vieron obligados a reconsiderar su
apreciación de la línea Bebel-Kautsky y a admitir que Rosa Luxemburgo, a la que
Lenin consideró desde entonces como «la representante del marxismo más
auténtico», había sido más lúcida que ellos sobre este punto. No obstante,
Lenin llegó a dudar de la autenticidad del número de Vorwärts que publicaba la declaración emitida por la fracción
social‑demócrata del Reichstag al votar los créditos de guerra y
consideró incluso la hipótesis de que se tratase de una falsificación llevada a
cabo por el estado mayor alemán...
Tras
su vuelta, en abril de 1917, durante la conferencia del partido bolchevique,
Lenin será el único en votar a favor de su moción de abandono del término
«social‑demócrata» en el nombre del partido: ciertamente, tal actitud es
la prueba de que no temía quedarse aislado en su propia organización, pero
también de que, antes de 1914, no había deseado ni preparado una ruptura con la
II Internacional y los grandes partidos que la integraban. Su actitud demuestra
igualmente hasta qué punto, tres años después de agosto de 1914, se encontraba
muy por delante de sus propios camaradas respecto a esta cuestión.
Un partido no monolítico
Asimismo
y cualesquiera hayan sido las responsabilidades de Lenin y de su fracción en la
escisión de 1903, hemos visto que no la habían deseado, ni preparado, ni
previsto, que les había sorprendido intensamente y que, sin ceder en sus
principios, no por ello dejaron de trabajar para conseguir una reunificación,
que, ciertamente, esperaban colocar bajo su pabellón, pero que, sin lugar a
dudas, no podía dar origen sino a un partido más amplio y menos homogéneo, que
el constituido durante todos aquellos años por la fracción «dura» de los
bolcheviques,
Desde
1894, Lenin afirmaba en su polémica con el populista Mijailovsky: «Es
rigurosamente cierto que no existe entre los marxistas completa unanimidad.
Esta falta de unanimidad no revela la debilidad sino la fuerza de los social-demócratas
rusos. El consenso de aquellos que se satisfacen con la unánime aceptación de
«verdades reconfortantes», esa tierna y conmovedora unanimidad, ha sido
sustituida por las divergencias entre personas que necesitan una explicación de
la organización económica real, de la
organización económica actua1 de Rusia,
un análisis de su verdadera evolución
económica, de su evolución política y de la del resto le sus superestructuras» [5].
La voluntad de reunificación de que hace gala inmediatamente antes de 1905, se
explica tanto por la confianza que deposita en sus propias tesis, como por la
convicción de que los inevitables conflictos que surgen entre social‑demócratas
pueden solucionarse en el seno de un partido que sea como la sede de todos
ellos: «Las divergencias de opinión en el interior de los partidos políticos o
entre ellos, escribe Lenin en julio de 1905, se solucionan por lo general, no
solamente con las polémicas, sino también con el desarrollo de la propia vida
política. En particular, las divergencias a propósito de la táctica de un
partido, suelen liquidarse de facto por la adhesión de los mantenedores de
tesis erróneas a la línea correcta, ya que el propio curso de los
acontecimientos quita a dichas tesis su contenido su interés» [6].
A este respecto,
manifiesta una gran confianza en cuanto a la ulterior evolución de los
mencheviques, al escribir a fínales de 1906: «Los camaradas mencheviques
pasarán por el purgatorio de las alianzas con los oportunistas burgueses, pero
terminarán por volver a la socialdemocracia revolucionaria» [7].
Según afirma Krúpskaya, en 1910, «Vladimir Illich no dudaba en absoluto de que
los bolcheviques se harían con la mayoría en el seno del partido y que este
terminaría por adoptar la línea trazada por ellos, sin embargo, era necesario
que tal decisión afectase al partido entero y no solamente a su fracción» [8].
La conferencia de Praga de 1912 condenará únicamente a los liquidadores,
enemigos del trabajo ilegal. La colaboración con los «mencheviques del
partido», se explica por tanto, no sólo como una maniobra táctica, sino también
como reflejo de la convicción, expresada desde 1906, de que «hasta la
revolución social, la social-democracia presentará inevitablemente un ala
oportunista y un ala revolucionaria» [9].
Esta es la postura que defiende Inés Armand en Bruselas: con la única salvedad
de los liquidadores, todo social‑demócrata tiene lugar en un partido
donde, en Rusia como en Occidente, deben coexistir elementos revolucionarios y
reformistas, pues sólo la revolución, en su calidad de expresión definitiva del
«desarrollo de la vida política», podrá separarles nítidamente.
El régimen del partido
Desde la época de
Stalin, la mayoría de los historiadores y comentaristas, insisten sobre el
régimen autoritario y fuertemente centralizado del partido bolchevique, y
suelen ver en ello la clave de la evolución de Rusia durante más de 30 años. En
lo referente a la fuerte centralización del partido, ciertamente no faltan
citas con que poder cimentar sus tesis. No obstante, las referencias de sentido
opuesto son igualmente abundantes: en boca de Lenin, como en la de muchos otros
personajes, pueden ponerse muchas concepciones insólitas, sin más que utilizar
frases separadas de su contexto. En realidad, el propósito fundamental de Lenin
fue construir un partido de acción y, desde este punto de vista, ni su organización,
ni su naturaleza, ni su desarrollo, ni su propio régimen interno podían ser
concebidos con independencia de las condiciones políticas generales, del grado
de libertades públicas existente y de la relación de fuerzas entre la clase
obrera, el Estado y las clases poseedoras.
Entre
1904 y 1905, en su polémica con los mencheviques, cuando todos los socialistas
se encuentran aún en la clandestinidad, Lenin afirma: «Nosotros también estamos
a favor de la democracia cuando ésta es verdaderamente posible. En la
actualidad no sería más que una farsa, y eso, no lo deseamos, pues queremos un,
partido serio, capaz de vencer a1 zarismo y a la burguesía. Forzados a la
acción clandestina, nos es imposible realizar la democracia formal dentro del
Partido. (...) Todos los obreros conscientes de la necesidad de acabar con la
autocracia y de luchar contra la burguesía, saben perfectamente que, para
vencer al zarismo, necesitamos en este momento un partido clandestino,
centralizado, revolucionario y fundido en un solo bloque. Bajo la autocracia,
con sus salvajes represiones, adoptar el sistema de elecciones, es decir, la
democracia, significaría, sencillamente ayudar al zarismo a acabar con nuestra
organización» [10]. Asimismo
en La bonita jaula no alimenta al pájaro,
precisa: «El obrero consciente comprende que la democracia no es un fin en
sí, sino un instrumento para la liberación de la clase obrera. Damos al partido
la estructura que mejor responde a las necesidades de la lucha en este momento.
Lo que necesitamos hoy es una jerarquía y un riguroso centralismo» [11].
En el III Congreso, cuando el movimiento revolucionario crece a ojos vistas,
insiste: «En condiciones de libertad política, nuestro partido podrá basarse
por completo en el principio de elección y de hecho así lo haremos. ( ... ).
Incluso bajo el absolutismo, el principio de elección habría podido aplicarse
mucho más ampliamente» [12].
La conferencia de Tammerförs decide aplicar íntegramente a la organización del
partido los principios del «centralismo democrático» y «los más amplios cauces
de electividad, confiriendo a los organismos electos plenos pode es para la
dirección ideológica y práctica; también aprueba la aplicación del principio de
revocabilidad de los mandatos así como el que les exige absoluta publicidad y
rigurosa información de su actividad». En el prefacio de Doce años, Lenin, a propósito de la polémica sobre ¿Qué hacer, ? recuerda que «a pesar de
la escisión, el partido ha utilizado el momentáneo fulgor de libertad para
introducir en su organización pública una estructura democrática, dotada de un
sistema de elección así como una representación en el congreso proporcional al
número de militantes organizados» [13].
Según los bolcheviques,
el «régimen interno» es un reflejo, en el partido, de las condiciones generales
de la lucha de clases; sin embargo, también constituye un factor autónomo.
Lenin se plantea este problema en su propia fracción, al enfrentarse con los Komitetchiki, que, según el testimonio de Krúpskaya, no admiten
ningún tipo de democracia interna y se niegan a cualquier innovación, por su
impotencia para adaptarse a unas condiciones nuevas: son hostiles a
introducirse en los comités de obreros pues creen que en su seno no van a poder
trabajar, pretenden controlar minuciosamente toda la actividad y mantener una
centralización y jerarquía rígidas. Lenin les recuerda que «no es el partido el
que existe en función del comité, sino éste en función del partido». «A menudo
pienso que las nueve décimas partes de los bolcheviques son profundamente
formalistas. Es preciso reclutar sin miedo jóvenes con mayor amplitud de
criterio y olvidar todas las prácticas embarazosas, el respeto por los grados,
etcétera. (...) Hay que dar a cada comité de base, sin poner demasiadas
condiciones, derecho a redactar octavillas y a repartirlas. Si cometieron algún
error, no tendría demasiada importancia, lo corregiríamos «amablemente» en Vpériod. El propio curso de los
acontecimientos enseña con nuestro
mismo espíritu» [14].
Krúpskaya refiere que Lenin no se inquietó demasiado por no haber sido
escuchado por los komitetchiki: «Sabía que la revolución
estaba en marcha y que obligaría al partido a admitir a los obreros en sus
comités» [15].
La
clandestinidad es evidentemente favorable al centralismo autoritario en la
medida que la elección no tiene sentido más que entre hombres que se conocen y
pueden controlarse mutuamente. No obstante, sus efectos se amortiguan pues
contribuye a hacer menos tensas las relaciones entre los diferentes grados de
la jerarquía, dejando a los comités locales un importante margen de iniciativa.
Los grupos que distribuyen panfletos llamando a la huelga y convocando una
manifestación el 15 de noviembre de 1912 en San Petersburgo, están integrados
por social‑demócratas vinculados a la fracción bolchevique; pero, si nos
atenemos al testimonio de Badaiev, en esta ocasión no se advirtió a ningún
organismo responsable del centro o de la capital ni a ningún miembro del grupo
parlamentario [16]. Los
dirigentes bolcheviques tardaron varios días en saber quién había asumido la
responsabilidad de tales consignas; sin embargo, apoyaron la huelga, a pesar de
que, en su opinión, estaba muy mal preparada, dada la popularidad que había
alcanzado entre los obreros. Tales incidentes se dan con harta frecuencia.
Piatnitsky, por ejemplo, que desempeña desde hace años importantes funciones en
el aparato clandestino, no puede, en 1914, conseguir la dirección de un
responsable bolchevique en Samara, ciudad en la que ha encontrado trabajo. De
hecho, allí bolcheviques y mencheviques se han fusionado; entonces, tras
conseguir el contacto por sus propios medios, Piatnitsky tomará la iniciativa
de reorganizarles de forma independiente, convenciéndoles con la mera
utilización de sus informaciones personales y sin ninguna clase de «mandato» [17].
Una de las críticas que
más a menudo se han hecho al sistema de organización de los bolcheviques, era
que favorecía la acción devastadora de los agentes provocadores de la policía
que conseguían introducirse en la organización. Algunos ejemplos son claro
exponente de dicha tesis: el médico Jitomirsky es agente de la Ojrana cuando, en 1907, se le encarga de
establecer el enlace entre Rusia y la emigración. En 1910, los periódicos
impresos en Suiza o Alemania, llegan con toda regularidad a las manos de la
policía: el responsable de su transporte, Matvéi, lleva años al servicio de la
policía secreta. No obstante, es preciso admitir que los provocadores de la
policía conocían perfectamente la forma de entrar en el partido y que el
sistema represivo ruso era responsable, en mayor medida que el funcionamiento
del partido, de la utilización por parte de la policía de unos militantes que
gozaban de la confianza de sus camaradas y que, por lo general, habían aceptado
en la cárcel desempeñar el papel de confidentes.
El
ejemplo más significativo lo constituye sin duda Malinovsky. Se trata de un
militante obrero, secretario del sindicato de los metalúrgicos de San
Petersburgo desde 1906 hasta 1909, buen orador y buen organizador, que entra al
servicio de la policía en 1910, tal vez para evitar el cumplimiento de una
sentencia que le había sido impuesta anteriormente por un delito común. Se une
a los bolcheviques en 1911, su actividad como militante le hace tan popular que
se presenta a las elecciones de diputados para la Duma y resulta elegido,
contribuyendo además, desde este cargo, a organizar la escisión de la fracción
social‑demócrata. Durante todo este tiempo continúa informando
regularmente al jefe de la policía, revelando los seudónimos, los locales y las
reuniones previstas. Malinovsky es el responsable de la detención de Ríkov y
Noguin, antes de la conferencia de Praga, y de la de Svérdlov y Stalin en 1914.
Lenin le ha propuesto como miembro del comité central en 1912 y, hasta el
final, le defiende de las acusaciones de los mencheviques, incluso después de
su inexplicable dimisión como diputado en mayo de 1914. Sólo los archivos de la
Ojrana darán, tras de la victoria revolucionaria
de 1917, una completa información de su actividad. Después de haber sido hecho
prisionero en la guerra, volvió a Rusia por su propia voluntad. Una vez allí
fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado.
Con independencia del
aspecto espectacular de la aventura, hay que reconocer que las estructuras, los
métodos y los principios de acción de la organización la protegían, hasta
cierto punto, de la actividad de un agente de tal envergadura. Lenin, con su
testimonio en el juicio, contribuirá no poco a llevar el asunto a sus justos
límites al declarar: «Desde el punto de vista de la Ojrana, valía la pena no escatimar ningún medio para introducir a
Malinovsky en la Duma y en el comité central. Cuando lo consiguió, Malinovsky
se transformó en uno de los eslabones de la larga cadena que unía nuestra base
legal con los dos grandes órganos representativos de las masas del partido, la Pravda y la fracción social‑demócrata
de la Duma. El provocador debía mantener esos dos organismos para conservar
nuestra confianza. Malinovsky podía provocar la caída y, de hecho así lo hizo,
de numerosos camaradas. Sin embargo, no fue capaz ni de detener, ni de
controlar, ni de dirigir la actividad del partido, cuya importancia crecía sin
cesar, extendiendo su influencia sobre las masas, sobre decenas y centenas de
miles de individuos». Lenin concluye entonces: «No me sorprendería en absoluto
que uno de los motivos del abandono de Malinovsky, hubiese sido que de hecho,
estaba más vinculado a la Pravda
legal y a la fracción parlamentaria, que llevaban a cabo un trabajo
revolucionario, de lo que la Ojrana
estaba dispuesta a tolerarle» [18].
La originalidad del partido bolchevique
La originalidad del
partido bolchevique no reside ni en una determinada concepción ideológica, ni
en un régimen particularmente centralizado. La social‑democracia alemana
en aquellas fechas está tan centralizada y tiene una organización tan estricta
como la del partido ruso; Piatnitsky, especialista en organización del aparato
ruso, describe admirativamente la organización socialista de Leipzig y el
funcionamiento semi‑clandestino de los núcleos dirigentes a los que los
militantes llaman, en su «argot», «carbonerías». La «disciplina de fracción» ‑la
Fraktionzwang‑ se aplica, con
el máximo rigor, a todos los niveles de actividad del partido alemán, más
severamente, si cabe, que en el partido ruso, con consecuencia de la legalidad
y del poder financiero del aparato que no deja lugar alguno a la iniciativa
personal. La crisis de 1914 servirá para desvelar la raíz de las diferencias
entre los dos partidos: la social‑democracia alemana vota los créditos
militares y apoya a su gobierno en la guerra, mientras los bolcheviques hacen
llamamientos tendentes a transformar la guerra imperialista en guerra civil. La
social‑democracia alemana, al adaptarse al régimen político y social, se
ha convertido en un partido reformista, mientras que el partido bolchevique, al
permanecer irremisiblemente hostil a él, ha mantenido sus perspectivas y su
política revolucionarias.
La primera razón de que
exista tal diferencia es, en primer lugar, que los social‑demócratas
rusos vivían y militaban en un contexto social infinitamente más explosivo que
el de Europa Occidental: el desarrollo combinado de la sociedad rusa había
convertido al proletariado industrial en una clase social fundamentalmente
revolucionaria; a esta característica se refiere Deutscher al afirmar
acertadamente: «La clase obrera rusa de 1917 era una de las maravillas de la
historia. Pequeña en número, joven, inexperta y carente de toda educación, era,
no obstante, rica en pasión política, en generosidad, en idealismo y ostentaba
singulares aptitudes para el heroísmo. Poseía el don de soñar con el futuro y
de morir heroicamente en la lucha» [19].
El bolchevique
Preobrazhensky llevó a cabo igualmente un penetrante análisis de este fenómeno:
«La vanguardia de nuestra clase obrera, escribió, es el producto del
capitalismo europeo que, al aparecer en un país nuevo, ha construido en él
centenares de empresas formidables, organizadas según los últimos
perfeccionamientos de la técnica occidental».
Bajo los zares, no hay
posibilidad alguna de que los militantes obreros lleven una existencia
tranquila en la sociedad rusa. Los sindicatos son disueltos en cuanto cobran una
existencia real y los mencheviques más «legalistas», incluso los liquidadores,
reciben de la policía golpes tan duros como los bolcheviques más extremistas.
En el sistema, no hay lugar para los burócratas, ni siquiera para los honrados
desertores, ya que, el militante que deseara abandonar la lucha, no tendría
para ganarse la vida otra solución que la de convertirse en soplón de la
policía. La integración es imposible sin capitulación abierta: el reformismo,
que, en Occidente, había surgido como estado de ánimo antes de materializarse
como tendencia en el seno de las organizaciones obreras y, más adelante, como
sector privilegiado, no tiene en Rusia ningún arraigo. Las condiciones en que
se da la lucha política y social convierten a los militantes en una elite
generosa, valiente y pura. Deben multiplicarse los ardides e iniciativas para
salvaguardar a la organización y conservar el contacto con los obreros. Ninguna
rutina puede consolidarse y resulta de todo punto imprescindible saber
aprovechar las oportunidades.
La acción obrera
Todas las memorias de
los militantes bolcheviques, al referirse al período anterior a 1914, dan mucha
importancia a la llamada «campaña de los seguros» que se inició a raíz e la
promulgación de la ley de 23 de julio de 1912 sobre el seguro de enfermedad. El
partido pone de relieve todos los puntos débiles del texto legal, con el fin de
movilizar a los obreros que, en primer lugar, conseguirán el derecho a tener
asambleas sobre las cuestiones de seguridad social, más adelante el de elegir
delegados que los representen en la administración de los fondos y, por último,
la enmienda del texto en lo concerniente a las condiciones que deben reunir los
beneficiarios. Esta será la única ocasión que tuvieron los militantes de
intervenir legalmente en las asambleas obreras, llevando a cabo, en todas las
fábricas, una acción concertada.
Para una agitación de
tipo sindicalista, en la que el bolchevique pueda dirigirse al conjunto de los
obreros, se necesita toda una serie de circunstancias favorables que, a veces,
él mismo se esfuerza en crear. Shliapníkov, obrero de una fábrica de San
Petersburgo, lleva a cabo en su taller una campaña a favor de la «igualdad en
la retribución de los obreros de 1a misma profesión o que ejecuten idéntico trabajo,
medido por el número de piezas» [20].
Aún a pesar de que la amplitud de la gama de salarios no sea demasiado grande,
esta consigna unificadora suele convertirse en el punto de partida de la
agitación bolchevique dentro de la empresa. En una etapa posterior, se trata de
extender la agitación y de intentar poner en marcha determinados movimientos.
Pero, llevar a cabo esta política sin cuadros, sin sede fija de la sección
sindical y sin posibilidad alguna de organizar una asamblea general, es
imposible dentro del marco legal. Sin embargo, hay que dirigirse a los obreros
y esto no es posible más que después de una preparación minuciosa para la que
los bolcheviques cuentan con una técnica muy depurada: salvo excepciones, como
la constituida por la campaña de los seguros, sólo pueden hacerse oír en
mítines relámpago; estos últimos deben ser preparados con todo cuidado; en el
momento preciso, debe atrancarse una puerta durante un descanso, en el comedor,
o una escalera, durante la salida. Los oradores, por cuya seguridad se vela con
estas medidas, deben, sin embargo, estar atentos al aviso de peligro para poder
emprender la huida. La «toma de palabra» suele ser breve, el orador, por lo
general, viene de fuera y, a veces, debe enmascararse con una gorra o un pañuelo
para no ser identificado y denunciado. Los militantes de la fábrica tienen la
misión de preparar el agrupamiento del auditorio y de velar por la seguridad de
su camarada: en estos preparativos, deben multiplicar las precauciones por
temor a los chivatos y tratar en lo posible de no hacerse notar durante la
alocución, al tiempo que mantienen la vigilancia.
Cuando el militante se
encuentra con obreros simpatizantes, es preciso llevar la discusión, que ya
resulta peligrosa, al campo de las ideas. Para ello, deben evitarse los lugares públicos, demasiado concurridos
y generalmente plagados de soplones. Igualmente peligrosa es la reunión que se
realiza en un domicilio privado, pues, cuanto menos conocidas sean las
direcciones de los militantes, menos información tendrá la policía. Esta es la
razón de que las llamadas «reuniones volantes» se hagan en barca los días
festivos, en una obra abandonada o en un almacén a la hora en que permanece
desierto. Si se precisan reuniones con mayor asistencia, se organizan excursiones
al bosque los domingos mientras una serie de vigilantes protegen a la asamblea
de los paseantes indiscretos.
La organización clandestina
El obrero que ingresa
en el partido está ya familiarizado con los métodos clandestinos. En lo
sucesivo, va a sumergirse un poco más en ellos. Su nombre y su dirección sólo
los conoce un responsable, tanto él como sus camaradas, utilizan un nombre de
guerra que ha de cambiarse tantas veces como sea necesario para despistar a la
policía. En la base, en el taller o la fábrica, se encuentra la célula, a la
que también suele llamarse «comité» o «núcleo». Sus efectivos se amplían sólo
por el sistema de consenso unánime a la designación de cada candidato, que
debe ser examinado por todos los miembros antes de ser admitido en la
organización.
Piatnitsky ha descrito
minuciosamente la pirámide del partido en Odesa, antes de 1905: por encima de
los comités de base, existen subradios, radios y por último el comité de
ciudad, cuyos componentes han sido reclutados en su totalidad por el sistema
antes descrito. Cada comité comprende una serie de militantes responsables a
los que se asignan funciones específicas y que no mantienen contacto más que
con sus homólogos del nivel inferior o superior: de esta forma se reducen los
contactos verticales al mínimo con el fin de acrecentar la autonomía y de
evitar que la caída de un individuo aislado provoque una cadena de detenciones
en toda la organización. Mientras ello sea posible, los militantes no deben
verse fuera de las reuniones: sin embargo existen unos días y horas, fijados en
secreto, mediante los cuales y sólo en casos de absoluta necesidad, los
militantes pueden tomar contacto, generalmente en un café, con la apariencia de
un encuentro casual. El comité de Odesa se reúne en domicilios particulares: es
el encargado de controlar a toda la organización y a sus miembros por
intermedio de los radios y subradios, designando además a los oradores que
habrán de tomar la palabra en los mítines de la fábrica y a los responsables de
los grupos de estudio que los militantes deben formar en su entorno [21].
La
organización de Moscú en 1908 es, a la vez, más compleja y más democrática: en
la base, se encuentran las asambleas de fábrica, dirigidas por una comisión
electa, en el nivel superior funcionan algunas subradios y, sobre todo, ocho
radios, dirigidos por un comité elegido por las asambleas de fábrica. Dicho
comité está asesorado por comisiones especializadas: la organización militar
comprende un departamento técnico cuyo responsable sólo es conocido en todo el
partido por el secretario; existe además una sección especial que se encarga de
la propaganda antimilitarista, dirigida a los futuros reclutas, y del contacto
con los obreros movilizados, un departamento para los estudiantes, otro para
conferenciantes y periodistas que se dedica a utilizar sus respectivas
competencias e incluso a crearlas, distribuyendo a unos y otros, según las
necesidades, en los diferentes radios o en determinada comisión de fábrica; por
último el comité cuenta con una comisión financiera [22].
El centro mismo del
partido está constituido por el aparato técnico, cuyas numerosas y delicadas
funciones exigen especialización, competencia y secreto. Es necesario
conseguir pasaportes, elemento fundamental de toda actividad ilegal: los
mejores, naturalmente, son los auténticos, es decir aquellos que corresponden a
una persona viva y honorable; estos son los llamados «de hierro», Sin embargo
la inmensa mayoría de los utilizados por el partido son pasaportes falsos,
fabricados por los propios militantes. Durante la guerra, Shliapníkov posee un
pasaporte a nombre de un ciudadano francés que, de vez en cuando, le hace
merecedor de las atenciones de la policía, deseosa de halagar al súbdito de un
país aliado. Kirilenko ingresa en el ejército con identidad falsa y llega a
ser oficial. Una de las más importantes tareas encomendadas al aparato técnico,
cuyos responsables son Piatnitsky y el georgiano Avelú Enukidze, la constituye
el transporte y la difusión de la literatura que viene del extranjero: los
envíos pasan la aduana en maletas de doble fondo pero también se utilizan redes
de contrabando; los encargados de este trabajo son, o bien contrabandistas
profesionales que reciben una remuneración, o bien militantes o simpatizantes
que han organizado, por su cuenta, una vía de paso, utilizada, si llega el
caso, por diferentes organizaciones políticas clandestinas.
Las imprentas ilegales
son, tal vez, los instrumentos más problemáticos. Hay que instalarlas en un lugar
aislado o bien en uno muy concurrido, generalmente se aprovecha para ello un
sótano, a veces la cueva de una tienda, de forma que las obligadas idas y
venidas no atraigan excesivamente la atención. Es necesario comprar la máquina
y, para ello, aceptar condiciones de pago muy duras, ya que la venta ilegal es
peligrosa también para el comerciante. A veces la máquina debe ser
transportada, pieza por pieza, al lugar indicado. Los impresores miembros del
partido son los encargados de proveer el material barato y los tipos de
imprenta que, durante largos meses, han ido robando por pequeñas cantidades. El
problema del papel, de su compra y de su transporte, suscita enormes
dificultades tanto a la ida como a la vuelta ‑en tales ocasiones,
utilizar una panadería o una frutería como pantalla, facilita no poco la
operación. La circulación del material, impreso en el país o en el extranjero,
constituye una operación de envergadura: suele dejarse la maleta en consigna;
se contrata entonces a un transportista y se le da una dirección falsa, que se
cambia por el camino, para llevarle a un almacén o a un garaje desocupados;
pocos minutos después de haber sido efectuado el porte, todo ha desaparecido.
La
actividad de los partisanos o boiéviki, uno de cuyos líderes parece haber sido
Stalin, había suscitado vivas polémicas en el partido. De hecho, las
«expropiaciones» parecían constituir la parte más esencial de su actividad,
implicando el peligro de una degeneración que desmoralizaría sin duda a
importantes sectores de militantes, amenazando con desacreditar al partido
entero.
En realidad, la
financiación de las actividades del partido planteaba un grave problema pues
las cotizaciones en ningún momento fueron suficientes. Un informe del comité de
Bakú indica que, en determinados períodos, las aportaciones de los militantes
no cubrieron ni el 3 por 100 de los ingresos. Sin embargo, Yaroslavsky [23]
se refiere a comités locales como el de Ivanovo‑Voznessensk y el de Lodz,
donde las cuotas constituían el 50 por 100 de los ingresos. La mayor parte, por
lo general, proviene de las periódicas suscripciones llevadas a cabo entre los
intelectuales y las profesiones liberales y fiscalizadas por una comisión
financiera especial. De esta forma y, por intermediario de Máximo Gorki, los bolcheviques
percibieron las importantes donaciones de un rico simpatizante y, gracias a la
mediación de Krasin, las ofrecidas, por el industrial Morozov. Uno de los más
violentos conflictos entre mencheviques y bolcheviques surgió, precisamente, de
la disputa que se originó acerca de la donación al partido de una suma enorme,
legada por un estudiante simpatizante que se había suicidado y, una de cuyas
hermanas, albacea testamentario, había contraído matrimonio con el bolchevique
Taratuta [24]. Schapiro
cita entre los más importantes apoyos financieros al estudiante Tijormikov,
compañero de Mólotov en la Universidad de Kazán [25].
Por último, algunas expropiaciones contribuyeron notablemente a llenar las
arcas del partido. No obstante, en la generalidad de los casos, escaseaba el
dinero y los revolucionarios profesionales pasaban a veces varios meses a la
espera de un salario que, según Yaroslavsky, podía oscilar entre 3 y 30 rublos
al mes como máximo [26].
A pesar de la
insistencia con que los bolcheviques subrayaban en su propaganda la necesidad
de la alianza entre obreros y campesinos, el trabajo de organización de los mujiks
apenas si fue iniciado antes de la revolución, salvo en el caso de algunos
núcleos aislados de obreros agrícolas. Ciertos grupos de obreros se limitaron a
difundir de vez en cuando folletos y panfletos en el campo.
El trabajo dirigido a los
estudiantes revistió más amplias proporciones en las ciudades universitarias
pues, en ellas, existían secciones social‑demócratas estudiantiles y
grupos socialistas donde se enfrentaban los estudiantes pertenecientes a las
diferentes fracciones: los bolcheviques estaban introducidos dentro de estos
grupos, que les servían para aumentar sus efectivos, procediendo, siempre que
esto era posible, en la misma forma dentro de los círculos de estudiantes de
enseñanza media. En 1907, un grupo de jóvenes bolcheviques, encabezados por
Bujarin y Sokólnikov, convoca un congreso pan‑ruso de estudiantes social‑demócratas.
Sin embargo, dicha organización desaparece al año siguiente; hasta 1917 no
habrá nuevos intentos de constitución de una organización de juventudes
vinculada a la línea bolchevique. Por entonces, parece imponerse el punto de
vista de Krúpskaya: la compañera de Lenin deseaba que se constituyese una
organización de jóvenes revolucionarios, dirigida por ellos mismos, a pesar del
riesgo que podrían suponer sus errores, lo que, en su opinión, era preferible a
ver a tal organización ahogarse bajo la tutela de una serie de «adultos»
cargados de buenas intenciones. Pero, dada la situación de la juventud rusa,
tal concepción excluía la posibilidad de construir una organización de jóvenes
puramente bolchevique.
Los hombres
No
obstante, el núcleo de la organización bolchevique, la «cohorte de hierro»
compuesta por militantes profesionales, se ha reclutado entre gente muy joven,
obreros o estudiantes, en una época y unas condiciones sociales que,
ciertamente, no permiten una excesiva prolongación de la infancia, sobre todo,
en las familias obreras. Los que renuncian a toda carrera y a toda ambición
que no sea política y colectiva, son jóvenes de menos de veinte años que, de
forma definitiva, emprenden una completa fusión con la lucha obrera. Mijail
Tomsky, litógrafo, que ingresa en el partido a los veinticinco años, es una
excepción en el conjunto, a pesar de los años que ha pasado luchando como
independiente, pues, en efecto, a su edad, la mayoría de sus compañeros llevan
bastantes años de militancia en el partido. El estudiante Piatakov,
perteneciente a una gran familia de la burguesía ucraniana, se hace bolchevique
a los veinte años, después de haber militado durante cierto tiempo en las filas
de los anarquistas. El estudiante Rosenfeld, llamado Kamenev, tiene diecinueve
años cuando ingresa en el partido, este es el caso igualmente del metalúrgico
Schmidt y del mecánico de precisión Iván Nikitich Smirnov. A los dieciocho años
se adhieren el metalúrgico Bakáiev, los estudiantes Bujarin y Krestinsky y el
zapatero Kaganóvich. El empleado Zinóviev y los metalúrgicos Serebriakov y
Lutovínov son bolcheviques desde los diecisiete años. Svérdlov trabaja de
mancebo de una farmacia cuando empieza a militar a los dieciséis años, como el
estudiante Kuibyschev. El zapatero Drobnis y el estudiante Smilgá ingresan en
el partido a los quince años, Piatnitsky lo hace a los catorce. Todos estos
jóvenes, cuando todavía no han pasado de la adolescencia son ya viejos
militantes y cuadros del partido. Svérdlov, a los diecisiete años, dirige la
organización social‑demócrata de Sormovo: la policía zarista, al tratar
de identificarle, le ha puesto el sobrenombre de «El chaval». Sokólnikov, a los
dieciocho años, es ya secretario de uno de los radios de Moscú. Rikov solo
tiene veinticuatro años cuando se convierte, en Londres, en portavoz de los komitetchiki e ingresa en el comité central. Cuando Zinóviev
entra, a su vez, a formar parte del comité central, a los veinticuatro años, ya
es conocido como responsable de los bolcheviques de San Petersburgo y redactor
de Proletario. Kámenev tiene veintidós
años cuando es enviado como delegado a Londres; Svérdlov sólo tiene veinte
cuando acude a la conferencia de Tammerförs. Serebriakov es el organizador y
uno de los veinte delegados de las organizaciones clandestinas rusas que en 1912 acuden a Praga, tiene entonces veinticuatro años.
Estos jóvenes han
acudido en olas sucesivas, siguiendo el ritmo de las huelgas y de los momentos
culminantes del movimiento revolucionario. ‑Los más antiguos empezaron a
militar alrededor de 1898 y se hicieron
bolcheviques a partir de 1903; tras ellos vino la generación de 1905 y años
consecutivos; por último, una tercera avalancha se integra a partir de 1911 y
1912. La vida de estos hombres se
mide por años de presidio, de acción clandestina, de condenas, de deportaciones
y de exilios. Piatnitsky que nació en 1882,
milita desde 1896. Tras ser detenido en 1902, se fuga, se une a la
organización «iskrista» y más adelante emigra. Trabaja en el extranjero hasta
1905. Vuelve a Rusia en este mismo año, se integra en la organización de Odesa
hasta 1906, más adelante en la de Moscú de 1906 a 1908. Es detenido, consigue
de nuevo evadirse, pasa a Alemania y asume allí un importante cargo en el
aparato técnico hasta 1913. Durante este tiempo aprende el oficio de
electricista. Vuelve clandestinamente a Rusia en 1913., encuentra trabajo en
una fábrica y es detenido y deportado de nuevo hasta 1914. Sin embargo, hay
otras biografías todavía más impresionantes: Sergio Mrachkovsky nace en la
cárcel donde se encuentran sus padres, presos políticos, pasa allí su infancia
antes de volver ya adulto y, esta vez, por propia voluntad; Tomsky, en 1917,
tiene treinta y siete años y cuenta en su haber con diez años de prisión o
deportación. Vladimir Miliutin ha sido detenido ocho veces, en cinco ocasiones
ha sido condenado a prisión pasando por dos deportaciones; Drobnis ha purgado
seis años de cárcel y ha sido condenado a muerte tres veces.
La moral de estos
hombres es de una solidez a toda prueba: ofrecen lo mejor de ellos mismos, con
el convencimiento de que sólo de esta forma, pueden expresar todas las
posibilidades que hierven en sus jóvenes inteligencias. Sverdlov, clandestino
desde los diecinueve años y enviado por el partido para organizar a los
obreros de Kostroma en el Norte, escribe a un amigo: «A veces añoro Nijni‑Novgorod,
pero, en definitiva, estoy contento de haber partido, porque allí no hubiese
podido abrir las alas que creo poseer. En Novgorod he aprendido a trabajar y he
llegado aquí en posesión de una experiencia: cuento con un amplio campo de
acción donde emplear mis fuerzas» [27].
Preobrazhensky, principal líder del partido ilegal del Ural durante el periodo
de reacción, es detenido y juzgado. Cuando Kerensky, su abogado, intenta negar
los cargos que se le imputan, se pone en pie de un salto, le desautoriza,
afirma sus convicciones y reivindica la responsabilidad de su acción
revolucionaria. Naturalmente resulta condenado: sólo después de la victoria de
la revolución, descubrirá el partido que este hombre, revolucionario profesional
desde los dieciocho años, es un economista de enorme valía.
Los revolucionarios
estudian: algunos, como Piatakov, que escribe un ensayo sobre Spengler, durante
el periodo en que la policía le acosa en Ucrania, en 1918, o como Bujarin, son
relevantes intelectuales. Los otros, aunque menos brillantes, estudian también
siempre que pueden, ya que el partido es una escuela, y esto no sólo en sentido
figurado. En sus filas se suele aprender a leer y, cada militante, se convierte
en jefe de estudios de un grupo en el que se educa y se discute. Los
adversarios del bolchevismo suelen burlarse de este gusto por los libros que,
en determinados momentos, convierte al partido en una especie de «club de
sociología»; sin embargo, a la preparación de la conferencia de Praga
contribuye con toda clase de garantías de efectividad la escuela de cuadros de
Longjumeau, integrada por varias decenas de militantes que escuchan y discuten
cuarenta y cinco lecciones de Lenin, treinta de las cuales versan sobre
economía política y diez sobre la cuestión agraria, además, se imparten clases
de historia del partido ruso, de historia del movimiento obrero occidental, de
derecho, de literatura y de técnica periodística. Naturalmente, no todos los
bolcheviques son pozos de ciencia, pero su cultura los eleva muy por encima del
nivel medio de las masas; en sus filas se cuentan algunos de los intelectuales
más brillantes de nuestra época. Sin duda alguna, el partido educa y, de todas
formas, el revolucionario profesional dista mucho de ser el precoz burócrata
descrito por los detractores del bolchevismo.
Trotsky, que conocía
bien a estos hombres y llevó su mismo tipo de vida, a pesar de no ser
bolchevique aún, escribió respecto a ellos: «La juventud de la generación
revolucionaria coincidía con la del movimiento obrero. Era el momento de los
hombres de 18 a 30 años. Los revolucionarios de mayor edad eran contados con
los dedos de la mano y parecían ancianos. El movimiento desconocía por completo
el arribismo, se nutría de su fe en el futuro y su espíritu de sacrificio. No
existía rutina alguna, ni fórmulas convencionales, ni gestos teatrales, ni
procedimientos retóricos. El patetismo que empezaba a surgir era tímido y
torpe. Incluso palabras como «comité» y «partido», resultaban nuevas aún,
conservando su aureola y despertando en los jóvenes unas resonancias vibrantes
y conmovedoras. El que ingresaba en la organización sabía que la prisión y la
deportación le esperaban, dentro de unos meses. El pundonor del militante se
cifraba en resistir el mayor tiempo posible sin ser detenido, en comportarse
dignamente ante la policía, en secundar cuanto se pudiese a los camaradas
detenidos, en leer el mayor número de libros en la cárcel, en evadirse cuanto
antes de la deportación para ir al extranjero y hacer allí provisión de
conocimientos, con el fin de volver y reanudar el trabajo revolucionario. Los
revolucionarios creían en aquello que enseñaban, ninguna otra razón podría
haberles llevado, de no ser así, a emprender su vía crucis» [28].
Ciertamente, nada puede explicar mejor las
victorias del bolchevismo y, sobre todo, su conquista, lenta al principio, más
tarde fulminante, de aquellos a los que Bujarin denomina el «segundo círculo
concéntrico del partido», los obreros revolucionarios, que constituyen sus
antenas y sus palancas, como organizadores de los sindicatos y comités del
partido, como focos de resistencia y centro de iniciativas; son líderes y
educadores infatigables, merced a cuya acción pudo integrarse el partido con
la clase y dirigirla. La historia ha olvidado los nombres de casi todos ellos:
Lenin los llama cuadros «a la Kayúrov», por el nombre del obrero que le esconde
en 1917 durante unos días y en el que siempre depositará su confianza. Sin la
existencia de estos hombres, resulta imposible comprender el «milagro»
bolchevique.
Lenin
Cualquier estudio del partido bolchevique
resultaría incompleto si no incluyese la descripción de aquel que lo fundó y
encabezó hasta su muerte. Ciertamente, Lenin se identifica en cierto modo con
el partido: pero, sin embargo, sus características personales rompen tal
analogía. En primer lugar, él es prácticamente el único representante de su
generación, pues sus primeros compañeros en la lucha, Plejanov, mayor que él y
Mártov, de su misma edad, dirigen a los mencheviques. Sus lugartenientes de la
primera época, Krasin y Bogdanov, se han distanciado. En el momento de la
conferencia de Praga, los más antiguos de sus colaboradores inmediatos,
Zinóviev, Kamenev, Svérdlov y Noguín, tienen todos ellos menos de treinta años.
Lenin cuenta entonces cuarenta y dos años; entre los bolcheviques, es el único
en pertenecer a la generación anterior a Iskra,
es decir a la de los pioneros del marxismo ruso. Los hombres jóvenes de la
dirección bolchevique son, ante todo, sus discípulos.
No es este el lugar
adecuado para abordar un análisis de la capacidad intelectual de Lenin, de su
cultura, de su enorme potencial de trabajo, de la agilidad de sus
razonamientos, de la lucidez de su análisis y de la hondura de sus perspectivas.
Limitémonos a subrayar que, convencido como estaba de la necesidad del partido
como instrumento de la historia, emprendió apasionadamente su construcción y
consolidación durante todo el período que precedió al estallido de 1917
apoyándose para ello, en las perspectivas y datos que ofrecía el propio
movimiento de masas, al tiempo que hacía gala de una excepcional confianza en
la solidez de su propio análisis e intuición. Completamente convencido de que
los conflictos ideológicos resultan inevitables, Lenin afirma, en una carta
dirigida a Krasin, que «constituye una completa utopía, esperar una solidaridad
absoluta dentro del comité central o entre sus miembros». Lucha para convencer,
tan seguro e estar en lo cierto como de que el propio desarrollo político de
los acontecimientos será la mejor confirmación de sus tesis. Esta es la razón
de que termine por aceptar, sin demasiado resentimiento, una derrota que
considera puramente provisional, como la sufrida frente a los komitetchiki en el congreso de 1905, en vísperas de una revolución
de la que espera la destrucción de todas las rutinas. Hacia el final del mismo
año, cede, ante el impulso de los militantes que desean una reunificación,
prematura en su opinión, limitando de antemano las posibles pérdidas por la
concentración de su esfuerzo en conseguir, dentro del partido unificado, que la
elección de miembros del comité central se haga según el principio de
representación proporcional de las tendencias. Entre 1906 y 1910, redobla su
acción para convencer a los disidentes de su fracción, dejando, por último, que
ellos mismos tomen la iniciativa de la ruptura. En 1910, se inclina ante la
política de los «conciliadores», defendida por Dubrovinsky , al que considera
como elemento de gran valía y al que espera convencer rápidamente por la
experiencia.
No obstante, sobre las cuestiones que considera fundamentales, se mantiene en la más absoluta intransigencia -a su ver, el trabajo ilegal constituye una de las piedras de toque que confirman la naturaleza revolucionaria de la acción emprendida‑, de vez en cuando, llega a un acuerdo o se retracta, y no sólo cuando, por encontrarse en minoría, debe dar ejemplo de la disciplina que exige cuando cuenta con la mayoría. Su objetivo no es tener razón solo, sino fabricar el instrumento que le permitirá intervenir en la lucha de clases y tener razón a escala histórica, «a escala de millones», como gusta repetir: para conservar su fracción, compuesta por esos hombres cuidadosamente elegidos durante años, sabe esperar e incluso doblegarse; sin embargo, jamás oculta que no vacilaría ni un momento en empezar de nuevo si sus adversarios insistiesen en poner lo esencial en tela de juicio. En la polémica ideológica o táctica, parece interesarse particularmente por la exacerbación de las diferencias, forzando las contradicciones hasta el límite, revelando los contrastes y esquematizando e incluso caricaturizando el punto de vista de su oponente. Son estos los métodos de un luchador que busca la victoria y no el compromiso, que quiere llegar a desmontar el mecanismo del pensamiento de su antagonista para reducir los problemas a unos elementos que sean comprendidos con facilidad por todo el mundo. Sin embargo, nunca pierde de vista la necesidad de conservar la colaboración, en la empresa común, de aquel con quien está manteniendo el duelo dialéctico. Durante la guerra, Bujarin y él no llegaban a un acuerdo respecto al problema del estado; Lenin le pide entonces que no publique ningún trabajo sobre esta cuestión para no acentuar los desacuerdos sobre unos extremos que, en su opinión, ni uno ni otro han estudiado suficientemente. Lenin argumenta siempre, cediendo a veces, pero jamás renuncia a convencer al final, pues sólo así ‑a pesar de lo que hayan podido alegar sus detractores‑ obtuvo sus victorias y se convirtió en jefe indiscutible de la fracción, construida con sus propias manos y cuyos hombres escogió y educó personalmente. Por otra parte, tal actitud le parece perfectamente normal, como lo demuestran las palabras que dirige a los que se preocupan por los conflictos surgidos entre compañeros de armas: «Que los sentimentales se lamenten y giman: ¡Más conflictos! ¡Más diferencias internas! ¡Aun más polémicas! Nosotros respondemos: jamás se ha formado una social‑democracia revolucionaria sin continuo surgimiento de nuevas luchas» [29]. Por ello, la inmensa autoridad que posee sobre sus compañeros, no es la del sacerdote ni la del oficial, sino la del pedagogo y la del camarada, la del maestro y la del veterano ‑familiarmente se le suele llamar «El viejo»‑ cuya integridad y perspicacia se admira y cuyos conocimientos y experiencia son muy estimados; por otra parte, es evidente su huella en la historia reciente y todo el mundo ve en él al constructor de la fracción y del partido. Su influencia se basa en la vigorosa fuerza de sus ideas, de su temple de luchador de su genio polémico, antes que en el conformismo o en e acatamiento de una severa disciplina. Todos sus compañeros, de Krasin a Bujarin, manifestarán hasta que punto supone para ellos un verdadero problema de conciencia enfrentarse con él. Sin embargo, no reparan en hacerlo pues se trata de un deber, él mismo lo afirma, «el primero de los deberes de un revolucionario» es criticar a sus dirigentes: los discípulos no serían por tanto dignos de su maestro si no se atreviesen a combatir su punto de vista cuando piensan que está equivocado. Además, un partido revolucionario no se construye con robots. Esta es la opinión de Lenin cuando escribe a Bujarin que, si prescindiesen de las personas inteligentes pero poco disciplinadas y no conservasen más que a los imbéciles disciplinados, el partido se iría a pique. He aquí el motivo de que, tanto la historia del partido, como la de la fracción, no sean, desde 1903, sino una larga sucesión de conflictos ideológicos que Lenin supera sucesivamente merced a un prolongado alarde de paciencia. A este respecto, resulta extremadamente difícil separar el estudio de la personalidad de Lenin del de su fracción, cuya unidad de criterio surge de la discusión, casi permanente, que se opera, tanto sobre las cuestiones fundamentales como a propósito de la táctica a seguir en cada momento.
Por otra parte, el éxito en la empresa de
organización, se explica por la capacidad de Lenin para agrupar, mediante la
lucha en el campo de las ideas, a elementos tan dispares, a caracteres tan
opuestos y a personalidades tan contradictorias como Zinóviev, Stalin, Kámenev, Svérdlov,,
Preobrazhensky y Bujarin: «el ejército de hierro» que pretendía ser ‑y de
hecho fue‑ el partido bolchevique, surgía, no sólo de aquel «maravilloso
proletariado» al que se refería Deutscher, sino también de la mente del hombre
que había escogido este medio para construirlo.
Mas esto explica
igualmente la soledad de Lenin. En última instancia ningún militante del
partido se encuentra a la altura de las capacidades de su líder: sin duda Lenin
cuenta con auxiliares y discípulos, colaboradores y compañeros a la vez, pero,
salvo la excepción de Trotsky ‑cuya propia personalidad es tal vez
suficientemente aclaratoria del hecho de no haber sido bolchevique y del de no
haber aceptado la hegemonía de Lenin hasta 1917‑ no establecerá con nadie
una camaradería de igual a igual. Esta es una de las razones de que, más
adelante, los viejos bolcheviques le consideren insustituible, y esto, a pesar
de que, como dijo Preobrazensky, no era tanto «timonel como cemento de la
masa». Si, como Bujarin, admitimos que las victorias del partido se debían
tanto a su «solidez marxista» como a su «flexibilidad táctica» ‑esta era
la opinión de los viejos bolcheviques‑, tendremos que reconocer asimismo
que, bajo esta doble faceta, Lenin era el único motor y que, con el tiempo,
escarmentados por sus sucesivas derrotas, sus adversarios bolcheviques habían
aprendido a ceder ante él. Este es el momento en que la etapa revolucionaria,
al sumergirle en esa historia en la que son protagonistas «millones y
millones», le priva definitivamente de la posibilidad de formar la generación
de los que tal vez hubieran podido medirse con él victoriosamente. En cualquier
caso, esta es la hipótesis que sugiere la historia del partido hasta la muerte
de Lenin, muerte que hizo posible que, de su pensamiento antidogmático por
excelencia, naciese el dogma del «leninismo», que terminará por suplantar al
propio espíritu «bolchevique» que había sabido crear.
[1] Citado
por Brian Pearce: «Building the bolshevik
party», en Labour Review, nº 1, 1960, pp. 28‑29.
[2] Citado por Pearce, ibídem, pág. 27.
[3] Yaroslaysky, Histoire du P. C. de l’U.R.S.S., pág. 197.
[4] Lenin,
Oeuvres Choisies, t. 1, pág. 464.
[5] Lenin,
Selected Works, vol, IX, pág. 92
[6] Lenin, Sochineníya, 3ª ed., vol. VIII, págs. 13‑15.
[7] Ibídem, vol. X, pág. 170.
[8] Krúpskaya, Ma vie avec Lénine, pág. 142.
[9] Citado por Trotsky, Ecrits, t. 1, pág. 322.
[10] Citado por
Zinóviev. Histoire du P. C. R., págs.
103‑104
[11] Ibídem, págs. 105‑106.
[12] Citado
por John Daniels, Labour Review nº 2,
1957, pág, 48
[13] Citado por Brian Pearce, op, cit, pág. 29.
[14] Citado por John Daniels, op. cit., pág, 48.
[15] Krúpskaya, op. cit., pág. 77.
[16] Badaiev, Les bolcheviks au Parlement tsariste, pág, 49.
[17] Piatnitsky, Souvenirs d' un, bolchevik, pág. 148
[18] Badaiev,
op. Cit., pág 215.
[19] Deutscher. El profeta armado
[20] Shliapníkov, «A la veille de 1917», Bull. com., dic. 1923, página 598
[21] Piatnitsky,
op. cit., págs. 100‑101.
[22] ibídem, págs. 136‑138.
[23] Yaroslavsky,
op. cit., pág. 163.
[24] Schapiro,
The Communist Party Of The Soviet Union,
págs. 107‑108
[25] Ibídem, pág. 130.
[26] Yaroslavsky,
op. cit., pág. 164.
[27] Citado por Bobrovskaia, Le premier président de la république du travail, pág. 14.
[28] Trotsky, Stalin, pág. 73.
[29] Lenin, Sochineniya, 3ª ed., vol, XII, pág. 393