CAPÍTULO IV
EL PARTIDO Y LA REVOLUCION
El partido que, en octubre de 1917, tomó el poder en Petrogrado, surgía directamente de la organización que Lenin construyó a principios de siglo. Sin embargo, el partido ha cambiado sustancialmente, transformándose por el influjo de la ola revolucionaria que ha llevado a sus filas a decenas de miles de obreros y soldados, lanzando a millones de hombres a la acción política. La que fue pequeña organización de revolucionarios profesionales, se ha convertido en un gran partido revolucionario de masas; este es el sentido que hay que dar a la gran polémica acerca de la organización que tuvo lugar entre bolcheviques y mencheviques, resolviéndose a favor de los primeros. En realidad, el partido bolchevique, al tomar el poder, dio una solución definitiva a la cuestión teórica de la naturaleza de la revolución en Rusia que, desde 1905, subyacía en los conflictos organizativos entre socialdemócratas.
Los problemas de la revolución
antes de 1905
En
1903, los bolcheviques y los mencheviques no parecen mostrar divergencias más que
en cuanto concierne a la cuestión de los medios que permitiesen alcanzar el fin
supremo, es decir, la conquista del poder por la clase obrera y la instauración
el socialismo. No obstante, la polémica que se origino en el II Congreso,
revela, en definitiva, divergencias más profundas. Karl Marx esperaba que la
revolución se llevase a cabo con anterioridad en los países más avanzados donde
una revolución burguesa, como la francesa de 1789, habría sentado ya las
condiciones de desarrollo del capitalismo al destruir el poder de la
aristocracia rural y del absolutismo. Los primeros discípulos rusos de Marx
consideraron que la tarea revolucionaria inmediata en Rusia era el
derrocamiento de la autocracia zarista y la consiguiente transformación de la
sociedad desde una óptica burguesa y capitalista con la instauración de una
democracia política. Los «marxistas legales», discípulos de Pedro Struve,
llevaron esta tesis hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose entonces el
propio Struve en el apóstol del desarrollo capitalista ruso y uniéndose al
partido cadete y al liberalismo político. Si bien los pertenecientes al equipo
de Iskra aceptaron construir un
partido obrero, las discusiones que siguieron a la escisión constituyeron un
claro exponente de su falta de armonía en cuanto a los objetivos inmediatos que
tal partido debería asignarse. Los mencheviques acusan a los bolcheviques de
abandono de las perspectivas de Marx, de intentar organizar artificialmente una
revolución proletaria por medio de conspiraciones a pesar de que, en una
primera fase, las condiciones objetivas sólo permitan una revolución burguesa.
Los bolcheviques, por su parte, arguyen que los mencheviques se niegan a
organizar y preparar una revolución proletaria, postergándola a un futuro bastante
lejano; esta actitud termina por hacer de ellos los defensores de una especie
de desarrollo histórico espontáneo que habría de conducir automáticamente al
socialismo a través de una serie de «etapas» revolucionarias diferentes,
burguesa‑democrática la primera y proletario‑socialista la segunda,
y, por último, que este fatalismo les hace limitar, en lo inmediato, la acción
de los obreros y de los socialistas en general, al papel de fuerza de apoyo
para la burguesía en su lucha contra la autocracia y en favor de las libertades
democráticas.
De hecho, los argumentos que desarrollan los mencheviques a partir de
la escisión se asemejan cada vez más a los utilizados en Occidente por los
mantenedores del socialismo reformista, habida cuenta de que, paradójicamente,
no existe en Rusia una aristocracia obrera similar a la que, en los países
avanzados, da una base social al reformismo.
La discusión a la luz de la
revolución de 1905
Para
todos los social‑demócratas rusos, la revolución de 1905 ha sido una revolución
burguesa en cuanto a sus principales objetivos, a saber, la elección de una
asamblea constituyente y la instauración de libertades democráticas. Pero
resulta no menos claro que tal revolución burguesa fue llevada a cabo
íntegramente por la clase obrera, con sus instrumentos de clase, sus
manifestaciones callejeras y sus huelgas, fue el resultado de la insurrección
de los obreros de Moscú. A pesar de haberse dado algunos motines de soldados y
de campesinos encuadrados en el ejército, así como de los breves destellos de
algunas revueltas campesinas, en general el campo no se movilizó. El zarismo
conservó, en definitiva, el control del ejército y los campesinos que lo
integraban terminaron por aplastar al movimiento obrero. En cuanto a la
burguesía, desde el momento en que la autocracia hizo las primeras concesiones,
se echó atrás, abandonando la lucha a pesar de que sus aspiraciones distasen
mucho de estar completamente satisfechas. Tanto los mencheviques como los
bolcheviques se lanzaron a la acción revolucionaria con idéntica resolución y
sin ningún tipo de reserva; el líder de uno de los motines más importantes fue
el joven oficial menchevique Antónov‑Ovseienko que encabezó la
insurrección en su propia unidad. Tras de la derrota, unos y otros vuelven a
ponerse de acuerdo en cuanto al análisis básico y a la explicación del fracaso:
la burguesía ha retrocedido por miedo a las masas obreras y la pasividad de los
campesinos ha resultado ser el principal obstáculo y el arma más importante de
la contrarrevolución. Sin embargo, difieren en cuanto a las conclusiones que se
pueden extraer de esta primera experiencia revolucionaria.
Los mencheviques, por su parte, no parecen excesivamente sorprendidos
por el fracaso. Posteriormente, Plejanov ha sancionado como erróneo el recurso
a las armas que tuvo lugar en Moscú. El desarrollo de los acontecimientos, en
definitiva, confirma su conocida opinión de que una revolución socialista cuyo
peso repose únicamente sobre la clase obrera , exige previamente un crecimiento
de las fuerzas productivas a lo largo de una fase de desarrollo capitalista que
sólo puede darse después de una revolución burguesa. Por tanto, es preciso
distinguir las dos etapas por las que habrá de pasar Rusia desde su situación
semi‑feudal a la victoria del socialismo: en primer lugar una revolución
burguesa y democrática que realizará una labor equivalente a la revolución
francesa de 1789 y posteriormente, con vistas a la transformación capitalista
de la sociedad, una revolución socialista encabezada por el proletariado que,
de esta forma, se convertirá en la clase dominante desde el punto de vista
numérico antes de serlo también desde el político. Estas dos fases históricas,
estas dos etapas revolucionarias, estarán forzosamente separadas por un lapso
de tiempo mas o menos largo. Este es el análisis que conduce a un cierto número
de mencheviques a defender la idea de una alianza de los socialistas con la
burguesía liberal en una primera etapa; así se justifica la tendencia que Lenin
llamará «liquidacionista», dado su abandono del intento de construir un
partido obrero al que ya no se considera instrumento indispensable de la
victoria ni siquiera en la primera fase.
Para los bolcheviques la revolución de 1905
ha demostrado que el proletariado era capaz de acabar simultáneamente con sus
dos enemigos, la autocracia y la burguesía, a condición de contar con el apoyo
del campesinado que le faltó en 1905. Lenin manifiesta su acuerdo con los
mencheviques al reconocer la necesidad para Rusia de pasar por la etapa de la
revolución democrático burguesa antes que por la de revolución socialista
proletaria; sin embargo, la experiencia de 1905, en su opinión, demuestra que,
por temor a la clase obrera, la burguesía es incapaz de llevarla a cabo y que
esto sólo puede hacerlo un proletariado que consiga aliarse con el campesinado
hambriento de tierra. La revolución democrático‑burguesa en Rusia no se
hará pues, bajo la dirección de la burguesía como ocurrió en los países
adelantados; sólo podrá llevarse a cabo si es dirigida por una «dictadura
revolucionaria y democrática el proletariado y del campesinado» que «tal vez
ofrecería la posibilidad de levantar a Europa», «ayudándonos en la empresa de
completar la revolución mundial el proletariado socialista europeo al desembarazarse
del yugo que le impone la burguesía» [1].
De esta forma Lenin, al tiempo que mantiene la distinción entre las dos etapas,
introduce en su esquema dos elementos de transición que le permiten situar su
análisis en concordancia con las célebres frases de Marx a propósito de la
«revolución ininterrumpida» [2]:
en determinadas circunstancias, la revolución socialista podría surgir
simultáneamente en Rusia y en Europa, como consecuencia de la revolución
democrático‑burguesa rusa, lo que convierte la construcción de un partido
obrero social‑demócrata ruso en una necesidad insoslayable.
Trotsky
es el único dirigente social‑demócrata destacado que desempeña un papel
importante en la revolución de 1905. A pesar de sus vínculos organizativos con
los mencheviques, se opone de forma radical a sus concepciones teóricas; a esta
época pertenecen los elementos esenciales de su teoría de la «revolución
permanente». Para él, el rasgo más característico de la estructura social rusa
es el desarrollo de una industria capitalista patrocinada por el estado y
basada en los capitales extranjeros. Por tanto existe un proletariado, cuando
todavía no se puede afirmar la existencia de una auténtica burguesía, lo que
supone que, «en un país atrasado económicamente, el proletariado puede hacerse
con el poder antes que en un país capitalista avanzado» [3].
Ahora bien, el desarrollo de la revolución de 1905 ha demostrado, a su vez,
«que, una vez instalado en el poder, el proletariado, por la propia lógica de
la situación, se verá impulsado a administrar la economía como un asunto de
estado» [4],
lo cual supone que la completa realización de la revolución democrático ‑burguesa
por el proletariado implica automáticamente el paso simultáneo a la realización
de la revolución socialista. Las condiciones exigidas por Lenin para la
transición de la primera a la segunda etapa, a saber, el apoyo de los
campesinos en su lucha por la propiedad de la tierra y el desarrollo de la
revolución en los países avanzados, no son ya, para Trotsky, sino meros apéndices
de la victoria final, rechazando así la fórmula de la «dictadura democrática
encabezada por el proletariado y apoyada por el campesinado». La posibilidad de
victoria del socialismo en un solo país le parece tan remota como al propio
Lenin: «Sin el apoyo directo desde el estado, del proletariado europeo, la
clase obrera rusa será incapaz de mantenerse en el poder y de transformar la
transitoria supremacía del proletariado en dictadura duradera» [5].
Desde el punto de vista de los historiadores, el hecho capital de la
historia de la revolución de 1905 es, sin duda alguna, el surgimiento de los
soviets, gracias a los cuales triunfaron en 1917 tanto la revolución proletaria
como el partido bolchevique. Tanto más interesante resulta constatar que los
soviets no fueron organizados por una de las tendencias del movimiento obrero y
que la polémica entre socialistas, después de 1905, parece no reparar en este
punto.
El primer soviet apareció en Ivanovo‑Voznessensk, llamado el
«Manchester ruso»; tuvo su origen en un comité de huelga y en las asambleas que
celebraban diariamente los obreros durante los 72 días que duró el conflicto [6].
La forma de consejo electo de delegados, sometidos al control directo de sus electores
y a la revocabilidad de sus cargos, hizo así su aparición en Rusia; en adelante
iba a ser adoptada en todos los centros obreros. Parece ser que el soviet de
San Petersburgo surgió de la iniciativa de los impresores, empezando en seguida
a ampliar su campo, captándose a los delegados de fábrica que representan a
todos los obreros de la capital, a los representantes de los sindicatos no
obreros y a la diferentes fracciones de la social‑democracia. Este es el
centro que dirige la huelga general, asumiendo, al mismo tiempo, la
responsabilidad de asegurar el orden, regulando lo transportes y otros
servicios públicos cuyo funcionamiento es imprescindible para su propio éxito;
después de la vuelta al trabajo, el soviet impone igualmente la jornada de ocho
horas en las fábricas. También toma la iniciativa de publicar un periódico
diario, Izvestia (Las Noticias),
organiza la lucha contra el impuesto, publica el célebre manifiesto en el que
se advierte a los prestamistas extranjeros que la revolución no pagará los
réditos de los préstamos rusos y, por último, impone, para hacer frente a la
inflación creciente, el pago de los salarios en moneda convertible en oro. Por
otra parte, el soviet de San Petersburgo impulsa y fomenta la organización de
sindicatos y organiza unos grupos obreros de auto‑defensa que reprimen el
intento de pogrom que pretende llevar
a cabo los «Cien Negros» [7].
El ejemplo que ofrece y la publicidad que adquiere su actividad originan la
formación de soviets en todas las grandes capitales: sea cual fuere la ocasión
que permite su creación o su punto de partida local, ya se trate de un comité
de huelga, de un comité de acción o de una asamblea, los soviets de 1905 son
consejos formados por delegados de los trabajadores que se agrupan en torno a los
delegados de fábricas, elegidos por el conjunto de obreros organizados o
independientes y que se componen de representantes cuyos electores pueden
invocar en cualquier momento la revocabilidad de sus mandatos. A corto plazo,
todos ellos acaban funcionando como autoridades revolucionarias que ejercen un
poder antagónico al del Estado, un doble poder de hecho, que se apoya en el
ejercicio de la autoridad de los trabajadores, generalmente represiva para las
otras clases de la sociedad.
Los
mencheviques, cuya propaganda no tuvo inconveniente en lanzar consignas como
«Estado popular», «autoadministración» o «comuna», sostuvieron la creación de
soviets, desempeñando en ellos un papel nada despreciable. Desde su perspectiva
de revolución burguesa, sin embargo, no pueden considerarlos como órganos de un
poder cuyo ejercicio duradero sea posible. Los mencheviques de San Petersburgo,
influidos por Trotsky, actúan en contradicción con los dirigentes de la
emigración. De hecho, la mayoría de los mencheviques considera a los soviets
como el punto de arranque del partido de masas o de los sindicatos a la
alemana que aspiran a construir y desarrollar según su esquema que supone que
la sociedad rusa habrá de alinearse, según las pautas de la sociedad
capitalista y democrática de Europa occidental.
Hemos visto hasta qué punto los bolcheviques
desconfían de los soviets: algunos no ven en ellos sino el intento de construcción
de un organismo informe e irresponsable que se enfrenta con la autoridad del
partido. Los bolcheviques de San Petersburgo, comienzan por negarse a
participar como tales en el soviet de delegados obreros y para decidirlos será
preciso que se ejerzan el prestigio y la influencia de Trotsky sobre Krasin,
representante del comité central. En general, los que más simpatizan con los
soviets los consideran, en el mejor de los casos, como meros instrumentos
auxiliares del partido, Ni siquiera el propio Lenin parece haberles dado la
importancia y el significado que, en 1917, se verá obligado a reconocerles. De
esta forma, tras la disolución del soviet de San Petersburgo, da la razón a los
bolcheviques que se oponen a la admisión en ellos de los anarquistas: en su
opinión, el soviet no es «ni un parlamento obrero ni un órgano de autogobierno
proletario», se trata sencillamente de una «organización de lucha que se
plantea unos objetivos determinados» [8].
En 1907 admite que sería necesario un estudio científico de la cuestión para
tratar de averiguar si los soviets constituyen en realidad «un poder
revolucionario» [9]. En el mes
de enero de 1917, en una conferencia sobre la revolución de 1905 sólo menciona
a los soviets de pasada, definiéndolos como «órganos de lucha» [10].
Tendrán que pasar algunas semanas antes de que su análisis se modifique por la
influencia de Bujarin, del holandés Pannekoek y sobre todo, del papel
desempeñado por los nuevos soviets rusos.
También respecto a esta cuestión, Trotsky aparece como una figura aislada y precursora. Desde el corazón mismo de la experiencia del soviet de San Petersburgo extrae sus conclusiones, hace balance de su acción y, por último, afirma: «Si duda alguna, en la próxima explosión revolucionaria, se formarán consejos obreros como este en todo el país. Un soviet pan‑ruso de obreros, organizado por un consejo nacional (...) asumirá la dirección (...). El futuro soviet, deducirá de estos cincuenta días todo su programa de acción (...) , cooperación revolucionaria con el ejército, el campesinado y 1os sectores más humildes de las clases medias, abolición del absolutismo y destrucción de su aparato militar, abolición de la policía y del aparato burocrático, jornada de ocho horas, distribución de armas al pueblo y sobre todo a los obreros; transformación de los soviets en órganos revolucionarios de gobierno en las ciudades, formación de soviets campesinos para dirigir, desde el campo, la realización de la reforma agraria; elecciones para la Asamblea Constituyente» [11]. En otra ocasión afirma; «Este plan es más fácil de formular que de aplicar, mas, sí la revolución debe imponerse, el proletariado no puede menos que asumir tal papel. Cumplirá con esta tarea revolucionaria sin parangón en la historia universal» [12].
Tras de haber sido prácticamente el único en afirmar, como lo hizo
ante sus jueces, que el soviet, «organización típica de la revolución»,
considerada como «organización del propio proletariado» se convertiría en el
«órgano de poder de la clase obrera» [13],
Trotsky permanecería apartado de la polémica fundamental de los social‑demócratas
a propósito de la participación en el gobierno provisional que habría de surgir
de una nueva revolución. Los mencheviques se pronuncian en contra de tal
participación, argumentando que es la burguesía la encargada de dirigir la
revolución burguesa y que el papel de los socialistas debe ser permanecer en la
oposición y rehusar cualquier participación en el poder puesto que a ellos
corresponde el fortalecimiento de las posiciones de la clase obrera impidiendo
al mismo tiempo un prematuro compromiso en la lucha por el socialismo. Por su
parte, los bolcheviques afirmaban que, al renunciar a participar en un gobierno
provisional, los social‑demócratas renunciarían al mismo tiempo a la
realización de la revolución democrática. Ciertamente, la Historia parece
burlarse de ellos cuando, en 1917 , son precisamente los mencheviques los que
aceptan la participación en el gobierno provisional, mientras que los
bolcheviques les reprochan tal actitud, como si de una traición se tratara,
ello se debía a, que, en aquella época, la construcción de los soviets se había
convertido en la tarea de obreros y campesinos y este desarrollo revolucionario
espontáneo y tumultuoso, había superado de manera definitiva las viejas
polémicas, con idéntico efecto al que, algunos años antes, había tenido la
guerra.
La guerra: nuevas posiciones
La
guerra de 1914 va a trazar nuevas líneas de demarcación en las posiciones de
los social‑demócratas. Los grandes partidos de la II Internacional, los
socialistas franceses y los social‑demócratas alemanes ‑salvo el
pequeño grupo internacionalista de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht‑,
participan en la santa alianza; en ambos bandos, sostienen la defensa nacional,
supeditan la lucha por el socialismo e incluso cualquier lucha obrera
inmediata, a la necesidad de someter previamente por la fuerza de las armas al
militarismo imperialista del enemigo. De hecho, en los países occidentales, los
partidos socialistas optan por la preservación de los vínculos que les unen a
sus respectivas burguesías, solidarizándose con ellas en el conflicto bélico: la
Internacional, como organización obrera ha entrado en quiebra, puesto que sus
dirigentes, sea cual fuere el país o el sistema de alianzas en el que se hallen
incluidos, colocan su solidaridad nacional con el Estado por encima de la
solidaridad internacional con los obreros de los demás países. En términos
leninistas, durante este proceso, el reformismo se convierte en «social‑chovinismo».
En tales condiciones, no puede por tanto sorprendernos que la corriente
patriótica haya sido menos vigorosa en Rusia que en Occidente: el reformismo no
contaba allí con una base social propia y la declaración de guerra es utilizada
de inmediato y sin ningún pudor por el gobierno zarista para justificar la
prohibición de la prensa obrera de todas las tendencias. Los diputados
bolcheviques y mencheviques de la Duma llegarán a un acuerdo a la hora de votar
contra los créditos militares que sus correligionarios franceses y alemanes han
aceptado de inmediato, por temor a perder en la represión todo aquello que
todavía consideran como sus «conquistas».
La social‑democracia rusa, sin embargo, va a sentir en su propia
carne, todas las divisiones de la social‑democracia internacional, si
bien es distinta la relación de fuerzas, dadas las características específicas de
la sociedad y el movimiento obrero rusos. Pléjanov condena, como si de una
«traición» se tratase, el boicot socialista a los créditos militares,
sosteniendo al propio tiempo el punto de vista de la defensa nacional: al igual
que los socialistas franceses, opina que la derrota del imperialismo alemán,
muralla del capitalismo y del militarismo europeos, propiciará, en definitiva,
una victoria del socialismo, conciliando de esta forma una contradicción que es
sólo aparente y e incidiendo con los socialistas alemanes que, por su parte,
ven en la derrota zarista, bastión de la reacción, una muestra de la posible
victoria del socialismo, conseguida en el país donde el partido es más
fuerte... Junto a él se alinean la mayoría de los mencheviques emigrados, así como
el secretariado extranjero; sin embargo, no consigue arrastrar a la totalidad
de los militantes, pues numerosos mencheviques, que hasta entonces se
encontraban a su derecha, se niegan a adoptar tal actitud patriótica.
Por su parte Lenin, que se ha refugiado en
Suiza tras los problemas surgidos durante su residencia en Austria, redacta un
manifiesto del comité central del partido en el que afirma: «No hay duda alguna
de que el mal menor, desde el punto de vista de la clase obrera y de las masas
trabajadoras de todos los pueblos de Rusia, sería la derrota de la monarquía
zarista que es el más bárbaro y reaccionario de los gobiernos, el que oprime al
mayor número de nacionalidades y a la mayor proporción de la población de
Europa y Asia» [14]. Al reparar
en el hundimiento de la II Internacional, el comité central bolchevique,
retomando los principios que le han servido para construir su organización y
con el fin de proponérselos a todos los socialistas, declara: «Que los
oportunistas preserven las organizaciones legales al precio de traicionar sus
convicciones; los social-demócratas, en cambio, utilizarán su espíritu
organizativo y sus vínculos con la clase obrera para crear las formas de lucha
legales, tendentes al socialismo y a la mayor cohesión proletaria , que
corresponden a la crisis. Crearán tales formas de lucha ilegal no ya para
combatir junto con la burguesía patriotera de su país, sino para luchar codo
con codo con la clase obrera de todos los países. La Internacional proletaria
no ha sucumbido ni lo hará. Las masas obreras crearán una nueva Internacional
pese a todas las dificultades» [15].
En el mes de febrero de 1915, se celebra en Berna una conferencia de grupos
bolcheviques emigrados en la que participan algunos recién llegados de Rusia
como Bujarin y Piatakov, dicha
conferencia se inclina por «la conversión de la guerra imperialista en
guerra civil».
De esta forma y por iniciativa de los bolcheviques que se oponen al
«defensismo» de los partidos de la II Internacional, surge una corriente
«derrotista», partidaria de la construcción de una III Internacional. La
capitulación de la II Internacional frente a la guerra ha creado las
condiciones de una escisión definitiva del movimiento obrero mundial. Sin
embargo, serán necesarios algunos meses aún para que los nuevos principios y
tomas de postura triunfen, dentro de la nueva relación tanto de las fuerzas
como de los prejuicios y de los antiguos puntos de vista.
En
primer lugar, dentro de la emigración rusa, se escalonan múltiples posiciones,
entre el defensismo de Pléjanov y el derrotismo de Lenin. Tanto Mártov como muchos otros mencheviques se niegan a
admitir que la victoria de los Habsburgos o de los Hohenzollern constituya un
factor más o menos favorable para la causa del socialismo que la de los Romanov.
Denuncian el carácter imperialista de la guerra, el terrible séquito de atroces
sufrimientos que supone para los trabajadores de todos los países y afirman que
los socialistas deben acabar con la guerra mediante la lucha por una paz
democrática y sin anexiones; sobre esta base, prosiguen, puede reconstruirse la
unidad de los socialistas de todos los países, cuya condición previa ha de ser
la negativa a apoyar los créditos de guerra en los países beligerantes.
Por
entonces, Trotsky está muy cerca de Mártov. Desde el verano de 1914, comienza a
atacar violentamente a los social‑demócratas alemanes y franceses con un
folleto que lleva por título «La
Internacional y la guerra».En él afirma. «En las presentes condiciones
históricas, el proletariado no tiene interés alguno en defender una “patria”
nacional anacrónica que se ha convertido en el principal obstáculo al
desarrollo econmico. Por el contrario, desea crear una nueva patria más
poderosa y estable, los Estados Unidos republicanos de Europa, como base de los
Estados Unidos del mundo. En la práctica, al callejón sin salida imperialista
del capitalismo, el proletariado sólo puede enfrentar, como programa del
momento, la organización socialista de la economía mundial» [16].
Los mencheviques internacionalistas de Mártov y los amigos de Trotsky van a
encontrarse, junto con algunos antiguos bolcheviques, en Nashe Slovo, el periódico ruso que se edita en París bajo la
dirección de Antónov‑Ovseienko.
Las posturas se definen a través de las polémicas. Desde noviembre de
1914, Trotsky afirma: «El socialismo reformista no tiene ningún futuro porque
se ha convertido en parte integrante del antiguo orden y en cómplice de sus
crímenes. Aquellos que esperen reconstruir la antigua Internacional, suponiendo
que sus dirigentes pudieran hacer olvidar su traición al internacionalismo con
una mutua amnistía, están obstaculizando de hecho el resurgimiento del
movimiento obrero » [17].
En su opinión, la tarea inmediata es «reunir las fuerzas de la III
Internacional». Por su parte, Rosa Luxemburgo acaba de adoptar una postura
análoga: el ala revolucionaria de la social-democracia alemana se organiza en
la ilegalidad. No obstante, Mártov está preocupado por la evolución de Trotsky
y no cree que la nueva Internacional pueda aspirar a un papel, que no sea el de
secta impotente. En el mes de febrero de 1915, Trotsky narra, en las páginas de
Nashe Slovo, sus desacuerdos con los mencheviques y su ruptura, en 1913, con el
bloque de Agosto. Nashe Slovo, se convierte
en el núcleo mismo del internacionalismo socialista, situado en la encrucijada
de todas las corrientes internacionalistas rusas: en torno de Antónov‑Ovseienko,
de Trotsky y de Mártov se encuentran antiguos bolcheviques otzovistas como
Manuilsky, antiguos conciliadores como Sokólnikov, militantes que han roto con
el menchevismo como Chicherin y Alejandra Kolontai., amigos de Trotsky cómo
Yoffe, internacionalistas cosmopolitas entre los que se cuentan el búlgaro‑rumano
de educación francesa Christian Rakovsky, Sobelsoön, llamado Karl Rádek,
oriundo de la Galitzia, medio polaco, medio alemán ‑y también la
italo-rumana Angélica Balabanova.
Trotsky presiona a Mártov para que rompa con los «social‑chovinistas». Lenin acusa a Trotsky de querer preservar los vínculos que le unen a ellos. En el mes de julio, Trotsky escribe que los bolcheviques constituyen el núcleo del internacionalismo ruso. Mártov rompe entonces con él y abandona el periódico. En el mes de septiembre, treinta y ocho delegados de doce países, incluidos los de las naciones beligerantes., se reúnen en la localidad suiza de Zimmerwald. En esta ocasión, Lenin defiende la tesis derrotista: transformación de la guerra imperialista en guerra civil y constitución de una nueva Internacional. La mayoría, que es más pacifista que revolucionaria, no le sigue; se adopta empero, por unanimidad, un manifiesto redactado por Trotsky, en el que se lleva a cabo un llamamiento a todos los trabajadores para poner fin a la guerra. En 1915, cuando los diputados bolcheviques se encuentran encarcelados, los mencheviques aceptan participar en la Santa Alianza y su líder Chjeidze parece retractarse de los acuerdos tomados en Zimmerwald. Vera Zasúlich y Potrésov, los viejos jefes mencheviques, apoyan a Pléjanov. Trotsky sigue titubeando y se pregunta, en mayo de 1916, si los revolucionarios «que no cuentan con el apoyo de las masas» no se ven, por ello, «obligados a constituir durante un cierto período el ala izquierda de su Internacional » [18].
Lenin y Trotsky siguen polemizando en torno al «derrotismo », en el
que Trotsky no encuentra ninguna ventaja decisiva, aparte de las acusaciones de
sabotaje que se hacen aquellos que están firmemente dispuestos a proseguir la
lucha revolucionaria sin preocuparse del resultado de la guerra; también
discuten a propósito de los «Estados Unidos de Europa», consigna que Lenin
considera contemporizadora, y que corre el riesgo de frenar la lucha
revolucionaria que se lleva a cabo en cada país, al implicar, aparentemente,
que la revolución no puede triunfar más que simultáneamente en todos los países
de Europa. Como ha demostrado Isaac Deutscher, las diferencias entre los dos
hombres son mínimas y se alimentan fundamentalmente de la desconfianza surgida
de las antiguas querellas. El diario ruso de Nueva York Novy Mir, en el que,
junto con Trotsky, colaboran la ex menchevique Kolontai, el bolchevique Bujarin
y el revolucionario ruso‑americano Volodarsky, constituye, a principios
de 1917, un fiel exponente de esta fusión de todos los internacionalistas rusos
–incluidos los bolcheviques‑, que los «periodistas» van a convertir en
consigna fundamental, y que Bujarin, en oposición a Lenin, quiere transformar
en primera piedra para la edificación de una nueva Internacional.
Las fuerzas socialistas en Rusia
Durante
cierto tiempo, todas las organizaciones socialdemócratas parecieron
desaparecer. La tendencia patriótica parece arrastrar incluso a revolucionarios
profesionales como el obrero Voroshilov, que se enrola en el ejército zarista
llegando a, ser suboficial. Los bolcheviques y los mencheviques
internacionalistas son perseguidos con dureza. Los defensistas evitan poner en
peligro con su actividad la Unión Sagrada que preconizan. En el mes de
noviembre de 1914, el partido bolchevique es decapitado por la detención, en
una conferencia, de sus delegados y del buró ruso del comité central. Todos
ellos son juzgados, condenados y deportados. Kámenev, ante el tribunal,
mantiene una actitud firmemente internacionalista, mas no abandona su
solidaridad con el derrotismo tal como lo define el manifiesto del comité
central.
Hasta la primavera de 1916, Lenin y Zinóviev no consiguen desde Suiza,
restablecer el contacto con lo poco que ha quedado de la organización. En torno
a Shliapnikov se ha reconstruido un «buró ruso» y éste, a su vez, ha
restablecido personalmente el enlace con el obrero Zalutsky y con el estudiante
Skriabin, alías Mólotov. Empiezan a publicarse algunos periódicos ilegalmente
en Petrogrado, Moscú y Jarkov. El metalúrgico Lutovinov consigue, en enero de
1917, reagrupar a los militantes de la región del Donetz y organizar una
conferencia regional. Las condiciones de trabajo son extremadamente precarias:
cada vez que en Moscú se consigue reconstruir una dirección ésta es
inmediatamente desarticulada y detenidos sus miembros. Cuando el movimiento
obrero empieza a rehacerse a partir de 1916, los grupos proletarios que se
constituyen suelen ser autónomos: así ocurre en Moscú con el de la Tverskaia,
con el comité del partido del radio de Pressnia y, en Petrogrado, con la
organización inter‑radios que sostiene el principio de la reconstrucción
de un partido abierto a todos los internacionalistas. Esta última organización,
resueltamente adversa al defensismo menchevique pero enemiga igualmente de los
principios organizativos de los bolcheviques, ha conseguido establecer, durante
unos meses un precario contacto con Trotsky y la redacción de Nashe Slovo. En conjunto siguen siendo
muy escasas las posibilidades de acción; serán precisos tres años de matanzas
en las trincheras, de sufrimientos en la retaguardia y de irrefrenable ira
popular para que con la revolución de febrero y la irrupción. de las masas,
hasta entonces pasivas, en la calle, los reagrupamientos que se habían estado
gestando en la emigración tomen cuerpo en Rusia.
La revolución de febrero
Con el año 1917 se inicia una
nueva era. La guerra ha agudizado en
todos los países las contradicciones, afectando profundamente a la estructura
política y a la económica. La prolongación de la matanza suscita sentimientos de
rebeldía. Los jóvenes se sublevan contra la guerra, azote de su generación, que
todos los días engulle a centenares de ellos, y éste es, asimismo el
sentimiento de las familias a las que mutila. En Alemania, en Francia, en
Rusia, en todos los países beligerantes,
aparecen los primeros síntomas de una agitación revolucionaria: como el propio
Lenin había previsto, el séquito de sufrimientos que acompaña a la guerra
imperialista parece poner al orden del día su transformación en guerra civil,
incluso cuando la lucha se inicia bajo el pabellón del pacifismo.
El imperio zarista, como se ha repetido en
numerosas ocasiones, constituye «el más débil de los eslabones de la cadena del
imperialismo». Desde 1916 empieza a dar indicios de debilidad. El zar,
desacreditado por el favor con que la zarina distingue al canallesco Rasputín,
pero convencido, no obstante, de su autoridad, se convierte en un personaje
discutido hasta en las más altas esferas de la burocracia y del ejército.
Durante los dos primero años de la guerra, ésta no ha reportado más que
desastres militares: a partir de 1916, sus exigencias contribuyen a
desorganizar toda la actividad económica. Los transportes, que operan con un
material utilizado muy por encima de su resistencia, son cada vez más inseguros.
Escasean los víveres, tanto para la población urbana como para los ejércitos.
Los precios emprenden un ascenso vertiginoso. El invierno de 1916‑17
asesta de hecho al régimen un golpe mortal. La disciplina se relaja entre la
tropa desmoralizada cuyas bajas se distribuyen por igual entre las causadas por
el frío y el hambre las que provoca el fuego enemigo. El descontento cunde en
las fábricas y barrios obreros de las grandes ciudades. Por último, en el mes
de febrero, estalla la crisis: el día 13, 20.000 obreros paran el trabajo en
celebración del segundo aniversario del proceso de los diputados bolcheviques;
el día 16 se raciona el pan; se agotan los «stocks» de carbón y el día 18 se
despide a los obreros de la fábrica Putilov; el día 19 varias panaderías son
asaltadas. El día 23 las obreras textiles de Petrogrado inician las primeras
manifestaciones callejeras para conmemorar el día internacional de la mujer. La
huelga se generaliza espontáneamente el día 24, imponiéndose, en las algaradas,
los gritos antigubernamentales y pacifistas junto con las reivindicaciones
referentes al abastecimiento de víveres. Suenan los primeros disparos.. El día
25 aparecen, entre los soldados, que ese día disparan al aire, los primeros
indicios de simpatía por los manifestantes. Durante toda la jornada del 26 se
producen motines en los diferentes regimientos de guarnición en la capital. Por
último, el día 27 la insurrección obrera y la sublevación de los soldados se
unen: la bandera roja ondea sobre el Palacio de Invierno.
Mientras
se organizan las elecciones en el soviet de Petrogrado, los diputados
pertenecientes a la oposición liberal constituyen, urgentemente un «gobierno
provisional». El zar abdica. Durante los días siguientes, el movimiento
revolucionario se extiende. Mientras tanto, los decretos del gobierno
provisional confieren una base legal al desmantelamiento del antiguo régimen,
liberando a los presos políticos, otorgando la amnistía, concediendo la
igualdad de derechos, incluidos los de las nacionalidades, y la libertad
sindical, anunciando igualmente la Próxima convocatoria de una Asamblea
Constituyente. Por su parte, el soviet de Petrogrado, que ha organizado sus
propias comisiones de barrio, una, comisión de abastecimientos y otra militar,
lanza, presionado por los obreros y por los soldados, el famoso Prikaz n.º 1, que ha de constituir el instrumento de la
desintegración del ejército y la debacle final de toda disciplina; de esta
forma, durante las semanas siguientes, el gobierno provisional pierde la única
fuerza de la que habría podido disponer. Los
problemas decisivos, inclusive el de la atribución del poder, se plantean
con posterioridad a aquél que ha originado la insurrección, la guerra.
Los bolcheviques y el doble
poder
La revolución de febrero de 1917, la llamada «insurrección anónima», ha sido un levantamiento espontáneo de las masas, sorprendiendo a todos los socialistas, incluso a los bolcheviques, cuyo papel, como organización, fue nulo durante su puesta en funcionamiento, a pesar de que sus militantes desempeñasen individualmente una importante labor en las fábricas y las calles como agitadores y organizadores. El 26 de febrero, el buró ruso, encabezado por Shliapníkov, recomendaba todavía a los obreros actuar con prudencia: sin embargo, algunos días después, se crea de hecho una situación de doble poder. Por un lado, se encuentra el gobierno provisional, integrado por parlamentarios representantes de la burguesía, cuyo empeño es reparar los daños sufridos por el aparato de estado zarista, al tiempo que se esfuerzan en construir uno nuevo y en encauzar la revolución; frente a ellos, se hallan los soviets, auténticos parlamentos de diputados obreros que han sido elegidos en las fábricas y en los barrios de las ciudades, depositarios de la voluntad de los trabajadores que los nombran y renuevan sus cargos. Desde estos dos órganos de poder se afrontan dos concepciones de la democracia, la representativa y la directa, y detrás de ellas, dos clases, la burguesía y el proletariado a los que la caída del zarismo dejaba de pronto frente a frente.
Sin embargo, el choque aún va a tardar en
producirse. Los mencheviques y los S. R. ostentan la mayoría en los primeros
soviets y en el primer congreso pan‑ruso. En conformidad con sus análisis,
no intentan luchar por el poder. En su opinión, sólo un poder burgués puede
ocupar el lugar del zarismo, convocar elecciones para una Asamblea
Constituyente y negociar una paz democrática sin anexiones. A su ver, los
soviets han sido el instrumento obrero de la revolución democrático ‑burguesa
y, en la república burguesa deben seguir constituyendo posiciones de la clase
obrera. Sin embargo, no consideran en absoluto la posibilidad de exigir un
poder que la clase obrera aún no está capacitada para ejercer y que, según
ellos, deberá exigir posteriormente para sí, conforme al planteamiento de una
revolución espontánea que los socialistas deben cuidarse mucho de «forzar».
Lenin resumirá tajantemente tal actitud al afirmar que equivale de hecho a una
«entrega voluntaria del poder de estado a la burguesía y a su gobierno
provisional».
Los bolcheviques, el poder y la
conciliación
Las
primeras tomas de posición de los bolcheviques son bastante indecisas. Su primer manifiesto público del 26 de febrero, redactado
por Shliapníkov, Zalutsky y Mólotov, al igual que los primeros números de la Pravda, denuncian al gobierno
provisional, constituido por «capitalistas y grandes terratenientes », reclaman
un «gobierno provisional revolucionario», la convocatoria por parte del soviet
de una Constituyente, elegida por sufragio universal y cuya misión sería sentar
las bases de una «república democrática». No obstante, Mólotov se encuentra en
minoría en el comité de Petrogrado cuando presenta una moción en la que se pide
que se califique de «contra‑revolucionario» al gobierno provisional: por
el contrario, el comité propone apoyar al gobierno «mientras sus actos
correspondan a los intereses del proletariado y de las amplias masas
democráticas del pueblo». La Pravda
ha vuelto a aparecer el día 5 de marzo, exigiendo que se entablen «negociaciones
con los proletarios de los países extranjeros para poner fin a la matanza», se
trata obviamente, de un punto de vista inequívocamente «internacionalista» y
sensiblemente diferente de la tesis derrotista desarrollada por Lenin desde
1914, y adoptada por el comité central emigrado.
El
día 13 de marzo, los dirigentes deportados, liberados por el gobierno
provisional, llegan a Petrogrado: Muránov, Kámenev y Stalin. vuelven a tomar la
dirección de la organización bolchevique. En la línea de Pravda se produce un giro radical a partir del momento en que
Stalin se hace cargo de su dirección. Los bolcheviques adoptan en lo sucesivo
la tesis de los mencheviques según la cual es preciso que los revolucionarios
rusos prosigan la guerra para defender sus recientes conquistas democráticas de
la agresión del imperialismo alemán. Kámenev redacta varios artículos
abiertamente defensistas, en los que puede leerse que «un pueblo libre responde
con balas a las balas». Hacia el final del mes, una conferencia bolchevique
adopta esta línea a pesar de algunas resistencias, aceptando la propuesta de
Stalin que afirma que la función de los soviets es «sostener al gobierno
provisional en su política durante todo el tiempo en que siga su camino de
satisfacción de las reivindicaciones obreras» [19].
De hecho, tales posturas sólo difieren de las sustentadas por los mencheviques
en cuestiones de matiz, pues estos son igualmente partidarios de un «apoyo
condicional». En tales condiciones, no puede extrañarnos que la propia
conferencia del 1 de abril, a propuesta de Kámenev y Stalin, acepte considerar
la reunificación de todos los social‑demócratas que les propone, en
nombre del comité de organización, el menchevique Tsereteli. La vieja tesis
conciliadora parece imponerse.
De
hecho, esta actitud de los bolcheviques está dictada obviamente por su antiguo
análisis de las tareas que una revolución debe realizar: Febrero ha marcado el
comienzo de la revolución burguesa y, como explica Stalin, es el momento de
«consolidar las conquistas democrático‑burguesas», objetivo que sólo
puede alcanzar un gobierno burgués al que se preste ayuda condicional,
controlado por tanto por el mismo proletariado que se ha agrupado en los soviets.
Con este proceder dan la razón a Trotsky que, después de 1905, había
pronosticado que su concepción de una revolución por etapas diferenciadas
acarrearía «en el proletariado una autolimitación burguesa‑democrática» [20].
Sin embargo, hay una minoría de metalúrgicos, encabezada por Shliapníkov, que
pronto será secundado por Kolontai, que se resiste a adoptar esta postura. Su
tesis de que los soviets constituyen ya un embrión de poder revolucionario,
converge en esté punto con las posturas que mantiene la organización inter‑radios.
Las tesis de abril
El retorno de Lenin, el día 3 de abril, va a alterar
profundamente la situación en las filas bolcheviques y, más adelante, en el
propio proceso revolucionario. Desde que recibió las primeras noticias de
Rusia, Lenin estuvo muy alarmado por los indicios de conciliación que observaba
en la política bolchevique. Desde Zurich dirige cuatro cartas a la Pravda –las llamadas «Cartas
desde lejos»‑ en las que afirma
que es preciso constituir una milicia obrera cuya misión habrá de ser la de
convertirse en el órgano ejecutivo del soviet, además hay que preparar de
inmediato la revolución proletaria, denunciar los tratados de alianza con los
imperialistas, negarse en rotundo a caer en la trampa del «patriotismo» y
tratar de conseguir la metamorfosis de la guerra imperialista en guerra civil.
Sólo la primera de las cuatro cartas será publicada, pues los dirigentes
bolcheviques, asustados por el carácter radical de este punto de vista
prefieren suponer que Lenin está mal informado. La única solución que le resta
es tratar de volver a Rusia por cualquier medio para convencer a sus
compañeros. Los Aliados le niegan todo tipo de visado de tránsito, recurre
entonces a la negociación con la embajada alemana, por medio del socialista
suizo Platten: Lenin y sus compañeros atravesarán Alemania en un vagón
«extraterritorializado», comprometiéndose a intentar obtener, en contrapartida,
la entrega de un número igual de prisioneros alemanes. Con esta concesión, el
Estado Mayor alemán cree introducir en Rusia un nuevo elemento de
desorganización de la defensa que terminará por facilitar su victoria militar,
cuando en realidad lo que hace es permitir involuntariamente el retorno y el
triunfo de un hombre que ha dirigido todos sus esfuerzos a la destrucción de
los imperialistas.
El marinero bolchevique Raskólnikov ha relatado
en sus memorias, como Lenin, cuando acababa de entrar en el vagón de
ferrocarril que le esperaba en la frontera rusa, emprendió una acalorada diatriba
contra Kámenev y las tesis defensistas de sus artículos en Pravda. El día 3, en la estación de Petrogrado, vuelve a fijar su
postura, esta vez en público. Le recibe una delegación del soviet de Petrogrado
presidida por Chjeidze, que pronuncia un discurso de bienvenida en el que
afirma que hay que «defender a la revolución de todo ataque que pudiera
producirse tanto en el interior como en el exterior». Volviendo la espalda a
los dignatarios oficiales, Lenin se dirige entonces a la muchedumbre, compuesta
por obreros y soldados, que ha acudido a esperarle y saluda en ella a los
representantes de «la revolución rusa victoriosa, vanguardia de la revolución
proletaria mundial» [21].
Luego se une a sus amigos bolcheviques
y comienza a desarrollar su feroz critica de la política menchevique que
pretende defender las conquistas de febrero al tiempo que mantiene una lucha
supuestamente patriótica en alianza con los rapaces imperialistas. Dichas tesis
abruman al equipo dirigente, cuyo análisis y orientación contradicen punto por
punto. Este análisis aparecerá el día 7 del abril en la Pravda, firmado por Lenin y con el título: «De las tareas del
proletariado en la presente revolución.»
Adoptando tácitamente la tesis de la revolución permanente afirma: «El
rasgo más característico de la situación actual en Rusia consiste en la
transición de la primera etapa de la revolución, que entregó el poder a la
burguesía, dada la insuficiencia tanto de la organización como de la conciencia
proletarias, a su segunda etapa, que ha de poner el poder en manos del
proletariado y de los sectores más pobres del campesinado» [22].
Califica de «ineptitud» y de «evidente irrisión» las exigencias de la Pravda que pide a un gobierno
capitalista que renuncie a las anexiones, cuando resulta «imposible terminar la
guerra con una paz verdaderamente democrática si antes no se vence al
capitalismo». El propósito del partido bolchevique, minoritario en el seno de
la clase obrera y de los soviets, debe ser explicar a las masas que «el soviet
de diputados obreros es la única forma posible de gobierno revolucionario» y
que el objetivo de su lucha es construir «no una república parlamentaria sino
una república de soviets de obreros, de campesinos pobres y de campesinos, de
todo el país, desde la base a la cima» [23].
Los bolcheviques no se ganarán a las masas, afirma, sino «explicando
pacientemente, con perseverancia, sistemáticamente» su política: «No queremos
que las masas nos crean sin más garantía que nuestra palabra. No somos
charlatanes, queremos que sea la experiencia la que consiga que las masas
salgan de su error» [24].
La misión de los bolcheviques es «estimular de forma real tanto la conciencia
de las masas como su iniciativa local, audaz y decidida,‑ estimular la
realización espontánea, el desarrollo y consolidación de las libertades
democráticas, del principio de posesión de todas las tierras por todo el
pueblo» [25]. De esta
iniciativa revolucionaria habrá de
surgir la experiencia que dará a los bolcheviques la mayoría en los soviets:
entonces habrá llegado el momento en que los soviets podrán tomar el poder y
aplicar las primeras medidas recomendadas por el programa bolchevique,
nacionalización de la tierra, y los bancos, control soviético de la producción
y, de la distribución. La última de las tesis de Lenin se refiere al partido
cuyo nombre y programa propone cambiar; «ya es tiempo de quitarse la camisa
sucia», afirma al sugerir cambiar la etiqueta de «social‑demócrata» por
la de «comunista», ya que, según él, en el momento presente se trata de «crear
un partido comunista proletario » «cuyas bases han sido sentadas ya por los
mejores elementos del bolchevismo » [26].
De esta forma, sobre todos los puntos
decisivos, a saber, la línea a seguir respecto a la guerra, al gobierno
provisional y a la propia concepción del partido, Lenin se opone a la política
aplicada por los bolcheviques hasta su llegada. Esto es lo que obliga a Kámenev
a escribir en Pravda que «tales tesis
no representan sino la opinión personal de Lenin». Al recordar las decisiones
adoptadas anteriormente, afirma: «Aquellas resoluciones siguen siendo la
plataforma en que nos basamos y las defenderemos tanto contra la desintegradora
del “hasta el final revolucionario” como contra la crítica del camarada Lenin.
El esquema general de Lenin nos parece inadmisible porque considera que la
revolución democrático‑burguesa ha terminado ya y plantea la necesidad de
transformarla inmediatamente en revolución socialista».
La
discusión que se inicia de esta forma brutal va a proseguir durante algunos
días. De un lado se encuentran Kámenev, Ríkov y Noguin, a los que Lenin llama
«viejos bolcheviques» no sin cáustica ironía, que le acusan de haber adoptado
las tesis de la revolución permanente. En el otro bando se agrupan Lenin,
Zinóviev y Bujarin. Stalin, al parecer, adoptó inmediatamente las tesis de
Lenin. La conferencia nacional que se reúne el 24 de abril, agrupa 149
delegados elegidos por 79.000 miembros de los que 15.000 son de Petrogrado.
Contra Lenin, Kámenev afirma: «Es prematuro afirmar que la democracia burguesa
ha agotado todas sus posibilidades» cuando «las tareas democrático‑burguesas
siguen inconclusas». Al mismo tiempo sostiene que los soviets de obreros y
soldados constituyen «un bloque de fuerzas pequeño‑burguesas y proletarias»,
también opina que «si la revolución democrático‑burguesa hubiera
terminado, dicho bloque (...) no tendría ya un objetivo cierto y entonces el
proletariado tendría que luchar contra el bloque pequeño‑burgués». Su
conclusión es: «Si adoptáramos el punto de vista de Lenin, nos veríamos desprovistos
de tareas políticas, nos convertiríamos en teóricos, en propagandistas,
publicaríamos, sin duda, excelentes estudios sobre la futura revolución
socialista, pero permaneceríamos al margen de la realidad viva como militantes
políticos y como partido político definido» [27].
En consecuencia, Kámenev propone conservar la línea adoptada en el mes de marzo
y «vigilar atentamente, desde los soviets, al gobierno provisional». Ríkov
consagra su intervención al problema de la, revolución socialista: «¿De dónde,
se pregunta, surgirá el sol de la revolución socialista ?» y responde: «A
juzgar por la situación en conjunto y por el nivel pequeño‑burgués de
Rusia, la iniciativa de la revolución socialista no nos pertenece. No contamos
con fuerza suficiente ni con las necesarias condiciones objetivas. Se nos
plantea el problema de la revolución proletaria mas no debemos sobrestimar
nuestras fuerzas. Ante nosotros se alzan gigantescas tareas revolucionarias,
pero su realización no nos llevará más allá del ámbito del sistema burgués» [28].
En
el ínterin, la situación política ha experimentado una rápida evolución. Unos
días antes de la conferencia del partido, una declaración del «cadete»
Miliukov, Ministro de Asuntos Exteriores, afirma que el gobierno provisional
está decidido a respetar todos los compromisos contraídos con los aliados,
asegurando que «todo el pueblo aspira a proseguir la guerra mundial hasta la
victoria final», tal declaración provoca manifestaciones populares los días 20
y 21 de abril y origina una crisis ministerial que no será resuelta hasta el
día 5 de mayo. La radicalización de las masas y la resuelta actitud de los
soldados que, en parte, se niegan a cargar contra los manifestantes corroboran
los argumentos de Lenin en tan gran medida como la declaración defensista del
ministro cadete. Desarrolla entonces sus argumentos contra los «viejos
bolcheviques», afirmando que «la revolución burguesa ha concluido en Rusia y la
burguesía conserva el poder en sus manos», pero la lucha por la tierra, el pan
y la paz no podrá ser llevada a cabo mas que con el acceso de los soviets al
poder, estos sabrán «mucho mejor, de forma más práctica y más segura como
encaminarse hacia el socialismo». La dictadura democrática del proletariado y
del campesinado es una antigua fórmula que los «viejos‑bolcheviques» han
«aprendido ineptamente en lugar de analizar la originalidad de la nueva y
apasionante realidad». Asimismo, recuerda a Kámenev la frase de Goethe: «Gris
es la teoría, amigo mío, y verde el árbol de la vida» [29].
Lenin se burla ferozmente de las propuestas de control de los soviets sobre el
gobierno, exclamando: «Para controlar hay que tener el poder. Nada supone el control cuando son los
controlados los que poseen los cañones. Controladnos, dicen los capitalistas,
que saben que, en la actualidad, nada puede negarse al pueblo. Mas, sin el
poder, el control no es más que un concepto pequeño‑burgués que dificulta
la marcha y el desarrollo de la revolución rusa» [30].
Por último, Lenin parece triunfar en cuanto se refiere a los puntos fundamentales, oponiéndose alternativamente a mayorías de diferente importancia: sobre la cuestión de la guerra consigue, salvo 7 abstenciones, la unanimidad de la conferencia, en la resolución de «iniciar un trabajo prolongado» con el fin de «transferir a los soviets el poder del estado» consigue 122 votos a favor, 3 en contra y 8 abstenciones; sin embargo, en la resolución en que se afirma la, necesidad de emprender la vía de la revolución socialista, sólo reúne 71 de un quórum de 118. En las resoluciones que se refieren al partido es vencido, siendo el único en votar a favor de su moción de abandono del nombre de «social‑demócratas»; a pesar de su advertencia de que la «unidad con los defensistas supondría una traición», la conferencia acepta la constitución de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el estudio de las condiciones de unificación en los términos en que, hacia un mes, había sido defendida por Stalin. A pesar de los viejos bolcheviques, aferrados a antiguos análisis, Lenin ha conseguido «enderezar» al partido; su victoria, empero, dista mucho de ser total, ya que, de los ocho camaradas que, como él, han sido elegidos para formar parte del comité central, uno de ellos, Stalin, ha adoptado sus tesis a última hora, cuatro más, Kámenev, Noguín, Miliutin y Fedorov, son miembros de la oposición de viejos bolcheviques y sólo Zinóviev, Svérdlov y el jovencísimo Smilgá han apoyado a Lenin desde la apertura de la discusión.
Sin embargo, bastarán algunas semanas para que el desarrollo del
movimiento revolucionario y la lucha por la mayoría que llevan a cabo los
bolcheviques dentro de los soviets, arrastren al partido en su totalidad a
aceptar sin reservas las tesis que Lenin desarrollará, semanas más tarde en El Estado y la revolución, obra en la
que considera a los soviets como un «poder del mismo tipo que la Comuna de
París», originada no ya por «una ley discutida y votada previamente en un
Parlamento, sino por una iniciativa de las masas que surge desde abajo, por una
«usurpación directa» [31],
constituyéndose así una teoría que será la base misma de la acción de los
bolcheviques durante los meses siguientes así como del triunfo de la
revolución.
La
conferencia de abril provoca la partida de la extrema derecha constituida por
los defensistas Voitinsky y Goldenberg, acelerando el proceso de unificación
con los mencheviques internacionalistas. Numerosas organizaciones social‑democratas
autónomas se habían integrado ya con anterioridad a esta fecha, en el partido
bolchevique. Sin embargo, en Petrogrado, la organización inter‑radios
había permanecido apartada. Este grupo, vinculado con Trotsky, había tomado
postura a favor del poder soviético, mas el giro de la Pravda, tras de la vuelta de Kámenev y Stalin, le había disuadido
de emprender la fusión de manera inmediata a pesar de estar resuelto a ella
desde principios del mes de marzo [32].
No obstante, el problema vuelve a plantearse tras de la victoria de las tesis
de Lenin en el partido bolchevique. Después de un largo periplo desde el Canadá
a Escandinavia, Trotsky ha regresado a Rusia el 5 de mayo. De inmediato se
integra en la organización inter‑radios, donde militan numerosos
mencheviques internacionalistas, Yureniev y Karajan, antiguos bolcheviques y,
en general, los militantes que se han visto vinculados a él desde hace varios
años: Joffe, Manuilsky, Uritsky, de la Pravda
y Pokrovsky, Riazánov y Lunacharsky de Nashe
Slovo.
Al día siguiente de su llegada, toma postura ante el soviet de Petrogrado tan inequívocamente como lo había hecho Lenin y en el mismo sentido que él, anunciando que la revolución «ha abierto una nueva era, una era de sangre y fuego, una lucha que no es ya de nación contra nación, sino de clases sufrientes y oprimidas contra sus gobernantes». Afirmando que los socialistas deben luchar para dar «todo el poder a los soviets», concluye, «¡Viva la revolución rusa, prologo de la revolución mundial!» [33]. El día 7 de mayo, en una recepción organizada por la organización ínter‑radios y los bolcheviques en su honor, afirma haber abandonado definitivamente su viejo sueño de unificación de todos los socialistas, declarando que la nueva Internacional no puede construirse sino a partir de una ruptura total con el. social‑chovinismo. A partir del día 10 vuelve a encontrarse con Lenin.
En
lo sucesivo los dos hombres se ven separados por muy pocas diferencias y lo
saben. Lenin tiene prisa en integrar a Trotsky y a sus compañeros en el
partido. De hecho ya ha propuesto a Trotsky como redactor jefe de la Pravda pero su iniciativa no ha sido
secundada. No obstante, le pide que se integre en el partido y ofrece, sin
condiciones, cargos de responsabilidad en la dirección de la organización y en
la redacción de la Pravda a Trotsky y
a sus amigos. El amor propio y algunas reticencias, que tal vez pesan más en
sus compañeros que en él mismo, retienen a Trotsky. Sin duda el recuerdo de las
viejas querellas está más grabado en su memoria que en la de Lenin, a pesar de
que éstas estén ampliamente superadas. Subraya que el partido bolchevique se ha
«desbolchevizado». que ha adquirido un punto de vista internacional y que ya
nada les separa, mas ésta es precisamente la razón que le lleva a desear el
cambio de etiqueta. «No puedo considerarme como un bolchevique» afirma.
Desearía que se celebrase un congreso fundacional y que se diese un nuevo
nombre a un nuevo partido, que se enterrase el pasado de forma definitiva.
Lenin no puede aceptar hacer tamaña concesión al amor propio de Trotsky: él
está orgulloso del partido y de su tradición, tiende a salvaguardar también el
amor propio de los bolcheviques veteranos que ya ha sido considerablemente
vejado durante las discusiones de abril y que le reprochan su alianza con
Trotsky al que siguen considerando como un enemigo personal. Tras de haber
impuesto sus tesis, resultaría excesivo querer imponer un hombre: los
bolcheviques seguirán siendo bolcheviques y Trotsky acudirá por si mismo ya que
sus reservas son un tanto derisorias.
Durante
las semanas siguientes, efectivamente, Trotsky se convierte sin proponérselo,
frente a las masas de las que es el orador preferido, en un auténtico
bolchevique. Tras las manifestaciones armadas de julio es detenido y
encarcelado junto con buena parte de los bolcheviques, antiguos y modernos, a
los que el segundo gobierno provisional, en el que participan los mencheviques,
ha acusado a la vez de ser agentes alemanes y de haber preparado una
insurrección armada. Ni él, ni Lenin, que ha pasado a la clandestinidad,
participan en el VI Congreso que comienza el 26 de julio y se autodenomina
«Congreso de Unificación». Los delegados participantes han sido elegidos por
170.000 militantes de los que 40.000 pertenecen a la ciudad de Petrogrado. El
partido bolchevique de 1917, el partido revolucionario cuya constitución pedía
Lenin en abril, en torno a los «mejores elementos del bolchevismo», ha nacido
de la confluencia, en el seno de la corriente bolchevique, de las pequeñas
corrientes revolucionarias independientes que integran tanto la organización
inter‑radios como las numerosas organizaciones social‑demócratas
internacionalistas que, hasta entonces, habían permanecido al margen del
partido de Lenin.
De esta forma cristaliza la concepción del
partido que Lenin defiende desde hace años: la fracción bolchevique, como él lo
esperaba, ha conseguido imponer su concepción del partido obrero y atraer a
ella a los demás revolucionarios. Esta es la historia tal como la han visto y
vivido los contemporáneos. Más de diez años habrán de transcurrir para que
empiece a ser deformada sistemáticamente. En 1931, al explicar lo que para los
bolcheviques había supuesto la constitución del partido en 1917, Karl Radek
recordaba que había «acogido a lo mejor del movimiento obrero» y que, como si
hubiese surgido directamente de la fracción de 1903, no debían olvidarse las
corrientes y arroyos» que, en 1917 se habían vertido en él. Sin embargo, como
esta realidad histórica era inadmisible para el pequeño grupo de hombres que,
con Stalin, se habían adueñado del poder, no se escatimó, desde entonces ningún
medio para borrarla. Al volver a escribir la historia en nombre de las
exigencias de la política estalinista, Kaganóvich exclamó: «Es preciso que
Rádek comprenda que la teoría de los arroyuelos sienta las bases de la libertad
de grupos y facciones. Si se tolera un “arroyuelo” habrá que ofrecerle la
posibilidad de contar con una “corriente” (...) Nuestro partido no es un
depósito de aguas turbias, sino un río tan poderoso que no puede admitir
arroyuelo alguno, pues cuenta con todas las posibilidades para arrastrar
cuantos obstáculos se encuentren en su cauce» [34].
En realidad, los acontecimientos posteriores al VI
Congreso, constituyen una prueba fehaciente de la bondad de aquella teoría: la
fuerza del partido unificado viene de la fusión total de las diferentes
corrientes, al menos en tan gran medida como la diversidad de itinerarios que
les han llevado, a través de una serie de años. de lucha ideológica, a la lucha
común en pro de la revolución proletaria. La dirección elegida en agosto es
fiel reflejo de la relación de fuerzas. Lenin es elegido miembro del comité
central con 133 votos sobre 134 votantes, le sigue Zinóviev con 132 y Trotsky y
Kámenev con 131. De los 21 miembros 16 pertenecen a la fracción bolchevique,
que incluye al letón Reizin y al polaco Dzerzhínsky. Miliutin, Ríkov, Stalin,
Svérdlov, Bubnov, Muránov y Shaumián son los típicos komitetchíki que han estado tantos años encarcelados o deportados
como en la clandestinidad y que sólo han pasado breves temporadas en el
extranjero. Kámenev, Zinóviev, Noguín, Bujarin, Sokólnikov y Artem‑Sergueiev
han pasado períodos en el extranjero, compartiendo a veces con Lenin, las
responsabilidades de la emigración. La mayoría de ellos ha chocado en algún
momento con él: Ríkov cuando en 1905 se erigió en portavoz de los komitetchiki, Noguín y Sokólnikov, junto con Ríkov una
vez más, en 1910 como conciliadores, Bujarin y Dzerzhínsky, durante la guerra en
lo referente a la cuestión nacional, Muránov, Kámenev, Ríkov, Stalin y Miliutin en el período de marzo‑abril.
Otros han tenido más complejos itinerarios personales en la fracción o al
margen de ella: Krestinsky, viejo‑bolchevique, trabajó durante la guerra
con los mencheviques de izquierda de Máximo Gorki, Sokó1nikov, también
veterano, ha sido conciliador y, posteriormente, durante la guerra, colaborador
de Nashe Slovo, antes de volver a
Suiza con Lenin. Kolontai, vieja militante, fue menchevique a partir de 1903,
empezó a aproximarse a los bolcheviques en 1914 y se unió a ellos en 1915. Por
último Trotsky, al igual que Uritsky y el miembro suplente Yoffe, los veteranos
de la Pravda vienesa, nunca han sido
bolcheviques. El partido bolchevique protagonista de octubre, que para el mundo
entero habrá de ser «el partido de Lenin y Trotsky», acaba de nacer: como lo
afirma Robert V. Daniels, «la nueva dirección lo era todo salvo un grupo de
disciplinados papanatas» [35].
Tal y como aparece entonces, representa ya perfectamente la imagen del joven
pero ya curtido partido: Lenin, con 47 años, es el decano del comité central
del que once miembros cuentan entre 30 y 40 años y tres menos de 30 años. Su
benjamín Iván Smilgá, tiene 25 años, es militante bolchevique desde 1907.
De julio a octubre
Las
jornadas de julio han supuesto un giro decisivo. Los obreros de Petrogrado,
contra la voluntad de los dirigentes bolcheviques, han iniciado una serie de
manifestaciones armadas que el partido consideraba prematuras. No obstante, la
influencia de los militantes ha evitado la derrota al permitir una retirada
ordenada: las manifestaciones no se han convertido en una insurrección que
habría condenado al aislamiento a una posible «Comuna» petrogradense. Sin
embargo, el gobierno no de a de explotar la situación y golpea duramente a los
bolcheviques: por todas partes, los locales del partido son asaltados, su
prensa es prohibida, las detenciones prosiguen. Los bolcheviques no corren el
riesgo de ser sorprendidos, cuentan con locales, con material y con el hábito
del funcionamiento en la
clandestinidad. La Pravda desaparece
pero es sustituida por una gran cantidad de hojas clandestinas y, enseguida,
por un periódico «legal», de distinto nombre. Trotsky, Kámenev y otros son
detenidos, mas numerosos militantes, provistos de documentación falsa, pasan a
la clandestinidad, zafándose de la detención merced a la utilización de redes clandestinas que han sido preservadas
desde febrero y a las nuevas posibilidades de acción ilegal que han abierto las
responsabilidades que muchos de los militantes ostentan en los soviets. El
comité central decide preservar a Lenin de la represión: pasará a Finlandia, en
donde se esconderá, bajo una falsa identidad, hasta el mes de octubre. Mientras
tanto, la prensa burguesa intenta abrumar de calumnias a los bolcheviques; con
falsos documentos les acusa de haber recibido oro de los alemanes, insiste
acerca de la leyenda del «vagón blindado», pidiendo la cabeza de los traidores.
El partido sufre una serie de golpes graves pero la organización sobrevive y
continúa su actividad como deslumbradora confirmación de las tesis de Lenin
sobre la necesidad en todas las circunstancias, de estar preparados para las
tareas del trabajo ilegal.
Los
ministros burgueses han suscitado una crisis ministerial. El día 23 de julio,
el laborista Kerensky ‑Compañero de viaje burgués de los S. R.‑
forma un nuevo gobierno provisional en el que los ministros «socialistas» se
encuentran en mayoría. En su opinión, el objetivo es consolidar el nuevo
régimen en primer lugar manteniéndose en la guerra. Al mismo tiempo es preciso
reforzar el Estado; se restablece la pena de muerte como prerrogativa de los
tribunales militares, vuelve a funcionar la censura, el ministro del Interior
tiene de nuevo autoridad para prohibir periódicos, y para efectuar detenciones
sin orden judicial.
Sin embargo, la propaganda de los conciliadores no seduce ni a los
obreros, que han sido testigos de la represión de los bolcheviques, ni a los burgueses
que desearían una acción más seria. La crisis económica empeora: los
industriales llevan a cabo un verdadero sabotaje, tanto para preservar sus
propiedades como para mostrar las consecuencias de la «anarquía
revolucionaria», a la que. desean endosar la responsabilidad de la miseria
reinante. La caída del rublo continúa y se acelera: en octubre su valor se
reduce al 10 por 100 del de 1914. Las empresas cierran, siguen produciéndose
lock‑outs, que dejan sin trabajo a centenares de miles de obreros hambrientos
que, inevitablemente, adoptan las consignas de «control obrero» y
nacionalización, difundidas a partir de julio por los bolcheviques.
Lo
fundamental, no obstante, es el movimiento que, con algunos meses de retraso,
comienza a conmover el campo. Desde el mes de febrero, los gobiernos
provisionales en los que se encontraban los ministros S. R., tradicionales
defensores de los intereses del campesino, habían multiplicado las promesas de
reforma agraria, manifestándose incapaces de todo punto de llevarlas a la
práctica. Los bolcheviques que, gracias al ejército, han multiplicado sus
contactos con los campesinos, llaman a la acción directa, a la ocupación de las
tierras: a partir de la cosecha se inicia una auténtica revolución agraria, el
pueblo quema las mansiones, las cosechas son incautadas y las tierras
ocupadas, primero bajo la dirección de los comités agrarios y, más adelante,
bajo la de los soviets campesinos. El gobierno primero exhorta a la paciencia,
al respeto del orden y de la propiedad, más adelante recurre a los odiados
cosacos para reprimir a los campesinos rebeldes; a partir de entonces, los
bolcheviques carecen de verdaderos impedimentos para demostrar a los campesinos
que ellos son sus únicos amigos.
A primeros de agosto, Kerensky convoca una Conferencia de Estado, es decir, una especie de sucedáneo del Parlamento. que agrupa a los representantes de organizaciones políticas, sociales, económicas y culturales de todo el país: de ella espera conseguir un nuevo compromiso, el «armisticio entre el capital y el trabajo». Los bolcheviques la boicotean y las fuerzas contrarrevolucionarias, que consideran que la misión de los conciliadores ha concluido, aprovechan para agruparse. Los industriales y los generales llegan a un acuerdo: ha llegado el momento de asestar un golpe definitivo al movimiento revolucionario. El encargado de darlo es Kornilov, el generalísimo de Kerensky, «supremo salvador»: el día 25 de agosto envía contra la capital a una división de cosacos con mandos de su confianza. La impotencia de Kerensky, al que abandonan los ministros burgueses en cuanto habla de destituir al generalísimo, unida a la complicidad de los aliados, salta de esta forma a la vista de todos. No obstante, el golpe de estado sólo tarda unos días en venirse abajo. Los ferroviarios se niegan a hacer circular los trenes. Los propios soldados, en cuanto se enteran de la tarea que se les va a encargar, se amotinan y los oficiales se encuentran solos, bastante satisfechos empero de no haber sido ejecutados por sus propios hombres. En el momento decisivo, los bolcheviques han salido de su semi‑clandestinidad, pronunciando un llamamiento a la resistencia dentro de los soviets, que son los únicos organismos que logran capear el temporal de aquella semana, en que los últimos restos del aparato estatal parecían estar desvaneciéndose. Los marineros de Kronstadt acuden en auxilio de la capital y empiezan por abrir las puertas de las prisiones para liberar a los militantes bolcheviques detenidos durante el mes de julio, encabezados por Trotsky. Por doquier se constituyen destacamentos de guardias rojos, organizados por los bolcheviques; en los regimientos proliferan los soviets de soldados que dan caza a los kornilovistas e infieren a la oficialidad una serie de golpes mortales.
Por tanto, el golpe
de estado, sirve fundamentalmente para invertir por completo la situación a
favor de los bolcheviques que, en lo sucesivo, se beneficiarán de la aureola de
prestigio que les da su victoria sobre Kornilov. El día 31 de agosto, el soviet
de Petrogrado vota una resolución, presentada por su fracción bolchevique, que
reclama todo el poder para los soviets. El espíritu de esta votación se ve
solemnemente confirmado el día 9 de septiembre por una condena terminante de la
política de coalición con los representantes de la burguesía en el seno de los
gobiernos provisionales; los mencheviques, a partir de entonces, navegan contra
la corriente pues, uno tras otro, los soviets de las grandes ciudades ‑el
de Moscú el día 5 de septiembre y más tarde los de Kiev, Saratov e Ivanovo‑Voznessensk‑
alinean su postura con la del soviet de la capital que, el día 23 de
septiembre, eleva a Trotsky a la presidencia. A partir de entonces estaba claro
que el II Congreso de los soviets, cuya inauguración estaba prevista para el
día 20 de octubre, había de exigir el poder, condenando al mismo tiempo, la
alianza de mencheviques y S. R. con los ministros burgueses. Frente a esta
perspectiva, el comité ejecutivo pan‑ruso de los soviets, presidido por
el menchevique Tsereteli, trata de ensanchar la base de la coalición a la que
apoya, mediante la convocatoria, en base al modelo de la Conferencia de Estado,
de una Conferencia Democrática que, a su vez, designa un Parlamento
provisional.
El problema de la insurrección
Desde su retiro en Finlandia, Lenin ha
tardado poco en comprender hasta qué punto la situación ha cambiado
radicalmente: el día 3 de septiembre, en un proyecto de resolución, se refiere
a «la rapidez de huracán, tan increíble» con que se desarrollan los
acontecimientos. Todos los esfuerzos de los bolcheviques, escribe, deben
«tender a no demorarse en el curso de los acontecimientos, para poder guiar lo
mejor posible a obreros y trabajadores». Asimismo opina que tal «fase crítica
conduce inevitablemente a la clase obrera ‑tal vez a una velocidad
peligrosa‑ a una situación en la que, como consecuencia de una serie de
acontecimientos que no dependen de ella, se verá obligada a afrontar, en un
combate decisivo, a la burguesía contrarrevolucionaria, para conquistar el
poder» [36].
El día 13 de septiembre, considera que el momento decisivo ha llegado y dirige
al comité central dos cartas que deben ser discutidas en su reunión del día 15.
«Tras de haber conseguido la mayoría en los soviets de las dos capitales, los
bolcheviques pueden y deben tomar el poder.» Presiona al comité central para
que someta la cuestión al órgano que, de hecho, constituye su congreso, es
decir, el conjunto de sus delegados en la Conferencia Democrática, «voz unánime
de aquellos que se encuentran en contacto con los obreros y soldados, con las
masas» [37].
Lenin afirma igualmente: «La Historia jamás nos perdonará si no tomamos el
poder ahora» [38]. Los
bolcheviques deben presentar su programa, el de los obreros y campesinos rusos,
en la Conferencia Democrática y después, «lanzar a toda la fracción en las
fábricas y cuarteles». Una vez concentrada en ellos, «seremos capaces de
decidir cual es el momento en el que, hay que desencadenar la insurrección» [39].
Ahora
bien, Lenin está separado de la mayoría de los dirigentes bolcheviques por una
distancia igual a la que mediaba entre ellos durante el mes de abril. El día 30
de agosto la Pravda, dirigida por
Stalin, ha publicado un articulo de Zinóviev que: lleva por titulo «Lo que no
hay que hacer», en él recuerda la suerte de la Comuna de París y pone en
guardia contra todo intento prematuro de tomar el poder por la fuerza. Esta es
la opinión. que el partido ostentaba en julio, pero Lenin consideraba que la
situación se había modificado considerablemente. Sin embargo, sus cartas no
lograron convencer al comité central. Kámenev se pronuncia en contra de las
propuestas de Lenin y exige que el partido tome medidas contra cualquier
intento de insurrección. Trotsky es partidario de la insurrección, pero piensa
que esta debe ser decidida por el congreso pan‑ruso de los soviets. Por
ultimo, la mayoría de los miembros del comité central se inclina por la postura
de Kámenev que propone que sean quemadas las cartas de Lenin, dejándolas sin
contestación.
A partir de entonces Lenin inicia la batalla. Sabe que ha convencido
plenamente a Smilgá, presidente del soviet regional del ejército, de la armada
y de los obreros de Finlandia: empieza a conspirar con él contra la mayoría del
comité central, le utiliza para «hacer propaganda dentro del partido »en
Petrogrado y en Moscú, examina con él los más diversos planes para poner en
marcha la insurrección y bombardea al comité central con una serie de cartas
vehementes que denuncian los «titubeos» y «vacilaciones» de los dirigentes. El
comité central decide, entre tanto, por la mayoría mínima de 9 votos contra 8,
seguir a Trotsky y Stalin que han propuesto boicotear el Parlamento provisional
que ha de surgir de la Conferencia Democrática, pero la fracción bolchevique en
ésta acepta la postura de Ríkov y Kámenev que se oponen a la insurrección y son
partidarios de la participación en el Parlamento provisional. El día 23, Lenin
escribe al Comité Central: «Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, camarada
Trotsky! La moción de boicot ha sido rechazada por la fracción bolchevique, de
la Conferencia Democrática ¡Viva el boicot! ». Exige la convocatoria de un
congreso extraordinario del partido que discuta la cuestión del boicot y afirma
que en ningún caso puede aceptar el partido la participación: «Hay que
conseguir que las masas discutan la
cuestión. Es necesario que los obreros conscientes se hagan cargo del asunto,
provoquen el debate y presionen a los «medios dirigentes» [40].
El día 29 de septiembre, en una carta dirigida al comité central, afirma que
considera inadmisible que no se haya respondido a sus cartas y mas aun, que la Pravda censure sus artículos, pues ello
reviste toda la apariencia de «una delicada alusión al amordazamiento y una
invitación a retirarse». También escribe: «Debo presentar mi dimisión del comité central y así lo hago,
reservándome el derecho de hacer propaganda en
las filas del partido y en el congreso,
pues mi más profunda
convicción es que, si esperamos al congreso de los soviets y dejamos escapar la
ocasión ahora, provocaremos la derrota de la revolución» [41].
Vuelve a la carga el 1 de octubre: «esperar es un crimen» [42].
La
mayoría del comité central duda, conmovido por la discusión y, por fin, decide
pedir a Lenin que haga un viaje clandestino a Petrogrado para discutir con él
el problema de la insurrección. Por otra parte, durante los días siguientes, la
situación se modifica dentro del propio partido: Trotsky logra convencer a los
delegados bolcheviques del Parlamento provisional de que deben boicotearlo tras
una abierta declaración de beligerancia en la sesión inaugural: abandonarán la
sala una vez que él, en nombre de
todos, haya exclamado « ¡La revolución está en peligro! ¡Todo el poder a los
soviets!». Los bolcheviques de Moscú, representados por Lómov, exigen que se
decida la insurrección. El día 9, Trotsky consigue que el soviet de Petrogrado
resuelva la formación del comité militar revolucionario, llamado a constituirse
en estado mayor de la insurrección. El 10 de octubre, Lenin, disfrazado y afeitado,
llega a Petrogrado, discute apasionadamente y consigue por fin que, por 10
votos contra 2, se acepte una resolución en favor de la insurrección que está
ya «indefectible y completamente madura», invitando a «todas las organizaciones
del partido a estudiar y discutir todas las cuestiones de carácter práctico en
función de dicha directiva».
Los
dos adversarios de esta resolución son Zinóviev y Kámenev que, desde el día
siguiente apelan contra la decisión del comité central en su «Carta acerca del
momento actual», dirigida a las principales organizaciones del partido.
«Estamos firmemente convencidos, escriben en ella, que en la actualidad
convocar una insurrección armada supone jugarse a una sola carta no solamente
la suerte de nuestro partido sino también la de la revolución rusa e
internacional. No hay duda alguna de que existen situaciones históricas en las
que una clase oprimida debe reconocer que vale más dirigirse hacia la derrota
que rendirse sin lucha. ¿Acaso se encuentra la clase obrera rusa hoy en una
situación similar? ¡No, cien mil veces no. (...) En tanto en cuanto dependa de
nosotros la elección, podemos y debemos limitarnos en la actualidad a una
postura defensiva. Las masas no desean luchar (...) Las masas de soldados nos
apoyan (...) por nuestra consigna de paz (...) Si nos viéramos obligados a
iniciar una guerra revolucionaria (...) nos abandonarían de inmediato» [43].
A su ver el mayor peligro lo constituye la sobreestimación de las fuerzas
proletarias ya que el proletariado internacional no está dispuesto para apoyar
la revolución rusa.
Sin embargo los preparativos continúan: el día 11 los delegados
bolcheviques que acuden al congreso desde la zona norte son convocados en
Petrogrado: a partir del día 13, los navíos de la armada, controlados por Smilgá,
ponen su radio a disposición de la propaganda bolchevique, haciendo un
llamamiento a los delegados para que se reúnan antes de la fecha prevista. El
día 16 de octubre, se reúne un comité central ampliado que ratifica por 19
votos contra 2 y 4 abstenciones, la decisión del día 10, rechazando, después
una moción de Zinóviev que propone la suspensión de los preparativos de la
insurrección hasta que se celebre la reunión del Congreso de los Soviets. Esa
misma tarde Kámenev presenta su dimisión como miembro del comité central.
El día 17 de octubre, el periódico menchevique Nóvaya Zhizn, dirigido por Máximo Gorki,
publica una información referente a la «Carta acerca del momento actual». Al
día siguiente, cuando en el cuartel general del soviet de Petrogrado. el
Instituto Smolny, se celebra una conferencia ilegal de delegados de
regimientos, destinada a conocer exactamente el estado de las fuerzas militares
con que cuenta la insurrección, Zinóviev y Kámenev responden al periódico de
Gorki, aprovechando para desarrollar,
públicamente en esta ocasión, sus argumentos contra la insurrección, dejando no
obstante entrever, con una frase de doble sentido, que el partido no se ha
pronunciado aún de forma. definitiva. Se trata de una grave indisciplina:
Trotsky acaba de ser nombrado delegado ante la guarnición de la fortaleza de
Pedro y Pablo, cuya actitud es vacilante, con el fin de convencerla para que se
una al bando de los insurrectos, su intento se ve coronado por el éxito. Lenin,
en dos cartas, una dirigida a todos los miembros del partido y otra al comité,
central, reacciona muy violentamnente;
en ellas llama a Zinóviev y Kamenev «esquiroles», y exige su expulsión
del partido. Más adelante, envía a Rabotchii Put ‑la nueva Pravda‑ un artículo encendidamente
polémico contra los adversarios de la insurrección, sin nombrar a Zinóviev y
Kamenev. Al haberse visto Trotsky obligado a desmentir que se hubiera decidido
la insurrección, Zinóviev y Kámenev utilizan tal declaración para encubrir su
comportamiento.
El
día 20 de octubre, Rabotchii Put publica
simultáneamente la continuación del. articulo de Lenin, la declaración de
Zinóviev en la que se refiere al mentís de Trotsky y una nota de la redacción,
escrita por Stalin en términos conciliadores, que parece implicar un cierto
rechazo de la actitud de Lenin: «La aspereza del tono del camarada Lenin no
altera el hecho de que permanecemos todos de acuerdo en cuanto a los puntos
fundamentales ». Esa misma tarde, en la, sesión del comité central en la que
Svérdlov lee la carta de Lenin, Trotsky ataca violentamente a Stalin por su
nota conciliadora. Stalin ofrece entonces su dimisión y, más adelante, aboga
por la conciliación, pidiendo al comité central que se niegue a aceptar la
dimisión presentada por Kámenev. En definitiva. la dimisión de Kámenev se
acepta por 5 votos contra 4: Zinóviev y él son conminados, por resolución del
comité, a no volver a tomar posición públicamente contra, las decisiones del
partido.
La insurrección
La
decisión sobre la insurrección, se desarrolla por tanto prácticamente a la
vista de todos, en un ambiente ultrademocrático, que desmiente eficazmente la
pertinaz leyenda de un partido
bolchevique de robots. A pesar de la designación por parte del comité central
de un buró político que ha de encargarse de supervisar los preparativos, éstos
se llevan a cabo bajo la dirección del comité militar revolucionario. El 22 de
octubre, la tripulación bolchevique del crucero Aurora, recibe la orden de permanecer en el mismo lugar, cuando el
gobierno provisional, por su parte ha ordenado que leve anclas. El día 23, el
comité envía sus delegados a todas las unidades militares, cuyos representantes
acaban de publicar un comunicado en el que afirman no reconocer la autoridad
del gobierno provisional. Durante la noche, el gobierno se decide a actuar,
prohibe la prensa bolchevique, clausura sus imprentas y llama a Petrogrado a
todos los cadetes de la academia. El comité militar revolucionario envía
entonces un destacamento que abre de nuevo la imprenta de la Pravda. Durante la jornada del 24, en
los cuarteles, se distribuyen armas a todos los destacamentos obreros; durante
la tarde, los marineros de Kronstadt acuden a Petrogrado; de Smolny, sede del
comité, parten los destacamentos que van a ocupar todos los puntos estratégicos
de la capital. Veinticuatro horas más tarde caerá el Palacio de Invierno, tras
de algunas salvas, disparadas por el Aurora.
La insurrección ha triunfado.
En el seno del partido bolchevique, la polémica parece haberse extinguido con el comienzo de la acción: Kamenev que ha dimitido el día 20 del comité central, participa no obstante en su reunión del 24; pasa la noche del 24 al 25 en Smolny, al lado de Trotsky, encargado de dirigir la insurrección: Lenin ha de unirse enseguida a ellos. Cuando, en la tarde del 25 de octubre se inaugura el congreso de los soviets, Kamenev es propuesto para ocupar la presidencia en representación del partido bolchevique.
En realidad, antes incluso de que el congreso proceda a efectuar la
votación, que ha de dar a la insurrección el refrendo revolucionario esperado
por los dirigentes bolcheviques, el desarrollo del movimiento de masas es, una
vez más, el encargado de eliminar las divergencias. En todo el país se discute
en asambleas de obreros, de campesinos y de soldados, en ellas se argumenta, se
ataca o se defiende la decisión de la insurrección. John Reed ha escrito uno de
estos debates, celebrado en el regimiento motorizado de ametralladoras. En él,
el bolchevique Kirilenko, acaba de dar fin a un violento duelo oratorio, que le
ha enfrentado con los adversarios mencheviques y S. R. de la insurrección. Los
soldados asistentes votan: unos cincuenta se sitúan a la derecha de la tribuna,
lo que equivale a condenar la insurrección, pero varios centenares de ellos se
aglomeran a la izquierda aprobándola. El periodista americano concluye:
«Imaginémonos esta lucha repetida en cada uno de los cuarteles de la ciudad, de
toda la región, en todo el frente, en toda Rusia. Imaginémonos a todos los
Krilenko faltos de sueño que vigilan cada regimiento, que saltan de un lugar a
otro, discutiendo, amenazando,
suplicando. Imaginemos esta misma escena repetida en todos los locales
sindicales, en las fábrica, en las aldeas, a bordo de los barcos; pensemos en
los cientos de miles de rusos, obreros, campesinos, soldados y marineros que
contemplan a los oradores, esforzándose intensamente por comprender, y tomar
luego una decisión reflexionando con agudeza y decidiendo por fin con tan
pasmosa unanimidad. Así era la Revolución rusa» [44].
El II Congreso y el problema de la coalición.
De los 650 diputados del congreso pan‑ruso
de los soviets, 390 son bolcheviques, 150 S. R. aproximadamente votarán con
ellos. El presidium del nuevo comité ejecutivo comprende 14 bolcheviques de un total
de 25 miembros. Al lado de los dirigentes del partido, los miembros del comité
central Lenin, Trotsky, Zinóviev, Kámenev, Rikov, Noguin y Kolontai, figuran
veteranos militantes como Riazánov, Lunacharsky, Murálov, al que Trotsky llama
Muránov, el letón Stutchka, y los dirigentes de la insurrección como Antónov‑Ovseienko,
del comité militar revolucionario, Krilenko y el jovencísimo Skliansky. Durante
la discusión llegan noticias exaltantes: la caída del Palacio de Invierno, el
paso al bando revolucionario de las tropas enviadas por Kerensky precisamente
para destruirlo. La minoría, compuesta por mencheviques del ala derecha y S.
R., abandona la sala. El congreso aprueba la insurrección, vota los célebres decretos que inician el
régimen soviético y ratifica por aclamación al nuevo gobierno de «comisarios
del pueblo» ‑apelación que ha sido propuesta a última hora por Trotsky y
que ha sido adoptada entusiásticamente por Lenin- que ha presentado el comité
central bolchevique: está compuesto por 15 miembros, todos ellos bolcheviques,
de los cuales 4 son obreros. Posteriormente designa un comité ejecutivo que
comprende 71 bolcheviques y 29 S. R. disidentes, partidarios de colaborar en el
poder con los bolcheviques y pertenecientes al ala izquierda de su partido. La
sesión se levanta después de quince horas de debate en dos días. La hoja parece
haber sido vuelta definitivamente.
No
obstante, la polémica que se ha desarrollado en el partido antes de la
insurrección vuelve a suscitarse inmediatamente después de la victoria. Los
delegados asistentes al II Congreso han votado al favor de una resolución,
presentada por el menchevique internacionalista Mártov y apoyada por el
bolchevique Lunacharsky, que solicita que el consejo de comisarios del pueblo
comprenda representantes de otros partidos socialistas.. En opinión de muchos
militantes, incluidos los bolcheviques, el consejo de comisarios netamente
bolchevique no puede ser sino una solución provisional, la única solución es un
gobierno de coalición de los partidos socialistas. El comité ejecutivo del Vikhjel, sindicato de los ferroviarios,
retoma, algunos días más tarde, la consigna de coalición y, para dar más peso a
su aserto, amenaza con cortar las comunicaciones del gobierno si éste no
emprende de inmediato la formación de un gobierno socialista de coalición.
El
día 29 de octubre, el comité central, del que están ausentes Lenin, Trotsky y
Stalin y, más tarde, el comité ejecutivo del congreso de los soviets, acepta
negociar. Una delegación, encabezada por Kámenev, acepta la invitación de los
ferroviarios tomando contacto con los representantes de los mencheviques y de
los S. R. . Estos últimos, alentados entre bastidores por los diplomáticos
aliados, si se da crédito al testimonio de Jacques Sadoul, exigen que los guardias
rojos sean desarmados, que se constituya un gobierno de coalición que no
incluya ni a Lenin ni a Trotsky y que, en principio respondería no ante los
soviets sino ante «las amplias masas de la democracia revolucionaria», fórmula
esta que ciertamente resulta demasiado omnicomprensiva para no caer en la
ambigüedad. Los parlamentarios del ejecutivo de los soviets, inclusive los
bolcheviques Riazánov y Kámenev. aceptan que la discusión se inicie con estas
bases, firmando con sus interlocutores un llamamiento en pro del alto‑el‑fuego,
cuando ya se están enfrentando los cosacos del general Krasnov, en su avance
hacia Petrogrado, con los guardias rojos de Trotsky. A su vuelta, Trotsky les
acusa ante el comité central de haber considerado e incluso preparado una
condena de la insurrección así como de haber sido burlados por sus adversarios.
Lenin llega aún más lejos y propone la inmediata ruptura de las negociaciones.
Riazánov y Lunacharsky declaran estar conformes con la eliminación de Lenin y
Trotsky del gobierno si dicha condición es indispensable para la constitución
de una coalición de todos los socialistas. El comité central rechaza esta
postura y vota a favor de Trotsky que propone proseguir las negociaciones en
base a la búsqueda de condiciones que habrán de garantizar al partido
bolchevique, una cierta preponderancia en el seno de la coalición con los
partidos socialistas que se han opuesto al poder ostentado por los soviets a
condición de que acepten reconocer éste como un hecho consumado, asumiendo sus
responsabilidades al respecto.
No
obstante la minoría bolchevique no se resigna, pues cree que la resolución del
comité central impedirá de hecho cualquier tipo de coalición. Kamenev, que
sigue presidiendo el comité ejecutivo de los soviets, propone la dimisión del
consejo de comisarios del pueblo exclusivamente bolchevique presidido por Lenin
y la oportuna constitución, en su lugar, de un gobierno de coalición.
Volodarsky opone a esta moción la que ha sido adoptada por el comité central.
Durante la votación, numerosos comisarios del pueblo como Rikov, Noguín,
Lunacharsky, Miliutin, Teodorovich, así como algunos responsables del partido
como Zinóviev, Lozovsky y Riazánov votan en contra de la resolución presentada
por su propio partido. Al día siguiente, otro bolchevique, Larin, presenta al
ejecutivo una moción acerca de la libertad de prensa, censurando la represión
gubernamental contra la prensa derechista y la prohibición de los periódicos
que llaman a la insurrección armada contra el gobierno bolchevique. La moción
es rechazada con una mayoría de sólo dos votos. Lozovsky y Riazánov han votado
una vez más contra el gobierno. Conminados para que se sometan a la disciplina,
parte de los miembros de la oposición dimiten aparatosamente de sus
responsabilidades para protestar contra la «catastrófica política del comité
central» y contra «el mantenimiento de un gobierno puramente bolchevique por
medio del terror político» [45].
Lenin. en una proclama que se difunde por todo el país, les da el nombre de
desertores. En su opinión no puede haber ningún tipo de vacilación: si la
oposición no acepta las decisiones de la mayoría debe abandonar el partido.
Afirma: «La escisión será un hecho enormemente lamentable. No obstante, una
escisión honrada y franca es, en la actualidad, preferible con mucho al
sabotaje interior y al no cumplimiento de nuestras propias resoluciones» [46].
No habrá escisión en definitiva,
La oposición es condenada por el conjunto de los militantes y por los mismos
mítines de obreros y soldados que aprobaron la insurrección. Por otra parte,
enseguida aparece con extrema claridad la evidencia de que los mencheviques y
los dirigentes S. R. nunca han pensado sino en plantear a los bolcheviques la
alternativa entre el suicidio político que supondría la eliminación de Lenin y
Trotsky, y la negativa a constituir una
coalición que justificaría entonces una lucha contra ellos con todos los medios
a su alcance. Parte de los S. R. se niegan a seguir a la mayoría de sus dirigentes
por el camino que conduce a la lucha armada contra el régimen soviético: el
nuevo partido que integran los S. R. de izquierda, al darse cuenta de que los
mencheviques y S. R. se niegan en realidad a formar parte de la coalición,
acepta compartir el poder con los bolcheviques delegando a algunos de sus
miembros en el consejo de comisarios del pueblo. De los miembros de la
oposición, Zinóviev es el primero en volver, y reconsiderar su dimisión. El día
21 de noviembre escribe: «Nuestro derecho y nuestro deber es advertir al
partido de sus propios errores. Sin embargo permanecemos con el partido.
Preferimos cometer errores con millones de obreros y de soldados y morir con
ellos antes que separarnos de ellos en esta hora decisiva de la historia. No
habrá, no puede haber, una escisión en el partido» [47].
Kámenev, Miliutín, Ríkov y Noguin siguen su ejemplo el 12 de diciembre,
esperando un poco más de tiempo antes de asumir sus responsabilidades. Kámenev,
sustituido por Svérdlov en la presidencia del ejecutivo de los soviets, será
enviado a Europa Occidental. El único en mantener su postura será Lozovsky, que
será finalmente expulsado, fundando un efímero «Partido Socialista Obrero».
No
habrá crisis en las filas del partido bolchevique cuando se plantee el problema
de la Asamblea Constituyente cuya mayoría pertenece a los S. R. de derechas,
por haber sido designados los candidatos antes de la escisión. Bujarin propone
entonces una desautorización de los diputados derechistas y la proclamación de
una convención revolucionaria, ante esta postura el politburó bolchevique
manifiesta cierta vacilación. No obstante Lenin conseguirá imponer fácilmente
su punto de vista: al haber rechazado la Constituyente una «declaración de los
derechos del pueblo trabajador y explotado» que retomaba en lo esencial las
decisiones del II Congreso de los soviets, probando así su deseo de poner en
cuestión tanto la propia revolución como el nuevo poder soviético, es disuelta
por los guardias rojos el 19 de enero. Ningún bolchevique ha de protestar
contra la disolución de una asamblea cuya elección, en su momento, había sido
una de las principales consignas de agitación empleadas por el partido. Las
tesis de abril habían triunfado por tanto de forma, definitiva.
La fisonomía del partido
victorioso
En lo sucesivo, el partido bolchevique ha de soportar la parte más
esencial de las responsabilidades del nuevo régimen. En todo el mundo, los
especialistas se preguntan ¿,Acaso van a perdurar estos energúmenos? Lenin
responde: «La burguesía sólo reconoce que un estado es fuerte cuando, haciendo
uso de todo el poder del aparato gubernamental, consigue movilizar a las masas
en el sentido deseado por los gobiernos burgueses. Nuestra concepción de la
fuerza es diferente. Para nosotros lo que da su fuerza a un estado es la
conciencia de las masas. El estado es fuerte cuando las masas saben todo,
pueden juzgar sobre cualquier cosa y actúan siempre con perfecta conciencia» [48].
Los bolcheviques tienen fe en el futuro porque creen ser una mera vanguardia de
la revolución mundial, pero también porque saben que su fusión con los
elementos activos de la clase obrera es tan absoluta que resulta imposible
discernir si ha sido el partido el que los ha integrado o si han sido ellos los
que se han adueñado del partido para convertirle en su organización. Esta es la
opinión que ya en el mes de julio ha sido expresada por Volodarsky en los
siguientes términos: «En las fábricas disfrutamos de una influencia formidable,
ilimitada. El trabajo del partido es realizado principalmente por los propios
obreros. La organización ha surgido de la base y esta es la razón de que
pensemos que no se dislocará» [49].
En
efecto, ningún argumento es más eficaz a la hora de desmentir abiertamente la
tenaz. leyenda del partido bolchevique monolítico y burocratizado, que el relato
de estas luchas políticas, de estos conflictos ideológicos, de estas
indisciplinas públicas y reiteradas que, en definitiva nunca son sancionadas.
Son las masas revolucionarias las que sancionan las decisiones que, por otra
parte, habían sugerido con sus iniciativas: Lenin, que ha sido el primero en
estigmatizar a Kámenev y Zinóviev, llamándolos «cobardes» y «desertores», en el
calor de la acción, una vez superada esta etapa, es igualmente el primero en
manifestar su vehemente anhelo de conservarlos en el partido, donde se les
necesita pues ocupan un lugar que haría difícil su inmediata sustitución. A
finales de 1917, el partido tolera más que nunca los desacuerdos e incluso la
indisciplina, en la medida que la pasión y la tensión de las jornadas revolucionarias
los justifican y en cuanto que, cuando el acuerdo sobre el objetivo de
revolución socialista resulta fundamental, aquel que se refiera a los medios a
emplear no puede resultar más que de la discusión y de la convicción.
En realidad, la postura de los conciliadores
tenía su fundamento en la antigua teoría de las distintas etapas de la
revolución que sólo fue abandonada después del triunfo de las tesis de abril;
la ruptura con ella no podía llevarse a cabo en sólo unas pocas semanas, al
menos en la mente de aquellos que la habían desarrollado y esta es la
explicación de la actitud de Zinóviev y Kámeney. Ciertamente, basándose en sus
escritos de noviembre de 1917, resulta fácil sugerir, como hace Robert Daniels,
que los adversarios bolcheviques del monopolio bolchevique del poder, habían
presentido el peligro de degeneración implícito en un partido que se
identificase con el Estado. De hecho resulta imposible ir más allá de la
aseveración de Deutscher: «La historia habría de justificar tal presentimiento
a pesar de que, cuando sobrevino, careciese aparentemente de base» [50].
En realidad, ni Lenin ni Trotsky ni los otros
dirigentes bolcheviques preveían ni deseaban, en aquella fecha, un monopolio
bolchevique del poder. Lenin había efectuado un llamamiento para que se
intentase «la última oportunidad de garantizar un desarrollo pacífico de la
revolución, la pacifica elección de los diputados del pueblo, la lucha pacífica
de los partidos en el seno de los soviets, la puesta a prueba en la práctica
del programa de los diferentes partidos y la pacífica transición del poder de
un partido a otro » [51].
Inmediatamente después de la revolución, el comité central declaraba aún: «En
Rusia ha sido conquistado el. Poder soviético y el paso del gobierno de un
partido soviético a otro queda asegurado sin ninguna revolución por la simple
renovación de los diputados en los soviets» [52].
No obstante, en aquel momento, los mencheviques habían abandonado la sala de
sesiones del II Congreso de los soviets donde se encontraban en completa
minoría; los S. R. y ellos se negaban a aceptar la oferta bolchevique de
gestión mancomunada en los soviets: unos consideraban la lucha armada al lado
de los jefes militares de la oligarquía y de los Aliados, mientras que los
otros se preparaban a tomar posiciones por encima de la confusión imperante.
Si,
años más tarde, los soviets han de verse reducidos a una mera concha vacía
frente al todopoderoso aparato bolchevique, será porque, fundamentalmente, en
la época en que los soviets aun eran organismos vivos, el partido bolchevique
había sido el único en defender su poder mientras que los mencheviques y social‑revolucionarios,
leales oponentes o colaboradores de la república burguesa, se habían negado a
desempeñar este papel en la república soviética de consejos de obreros,
campesinos y soldados.
[1] Lenin, Obras Escogidas, Ed. Progreso t. 1, pág. 535-536.
[2] lbidem, pág. 540.
[3] Trotsky, 1905, Resultados y Perspectivas, Ed. Ruedo Ibérico, t II, pág. 171
[4] lbidem, pág. 199.
[5] Ibídem, pág. 237.
[6] Anweiler, Die Rätebewegung in Russland, págs. 49‑52.
[7] Ibídem, págs. 53‑58.
[8] Ibídem, pág. 100.
[9] Ibídem, pág. 103.
[10] Ibídem, pág. 103.
[11] Trotsky, Historia del Soviet (Istoria Sovieta Rabóchij Deputátov), citada por Deutscher, El profeta armado págs. 145‑146.
[12] Ibídem,
[13] Trotsky, «Discurso ante el tribunal, 19 de septiembre de 1906», citado por Fourth International, marzo de 1942. pág. 85.
[14] Cahiers du bolchevisme nº 24, agosto de 1925, pág. 1511
[15] Ibídem, pág. 1512
[16] Citado por Deutscher, op, cit:., pág, 203.
[17] Ibidem. pág 205.
[18] Ibídem. pág. 221.
[19] Citado por E. H. Carr, t. 1, pág. 92.
[20] Trotsky, 1905.
[21] Citado por Carr. op. cit. 1, págs. 94‑95.
[22] Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXIV, pág. 12.
[23] Ibídem. pág. 13.
[24] Ibídem, pág. 15.
[25] Lenin. Oeuvres choisies, t. II, pág. 23
[26] Ibídem, pág. 15.
[27] Yaroslavsky,, op. cit., pág. 262.
[28] Ibídem, pág. 263.
[29] Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXIV, pág. 35
[30] Yaroslavsky, op. cit,., pág. 263.
[31] Lenin. 0euvres Complétes, t. XXIV. págs.28‑29.
[32] Según Shlniapníkov. (N. dc1 T.)
[33] Deutscher. op. cit., pág. 238.
[34] Kaganóvitch, «Discurso pronunciado en el Instituto de profesores rojos», Corr. Int. n.º 114, 23 de diciembre de 1931, pág. 1260.
[35] R.V. Daniels, The
conscience of revolution, pág. 49.
[36] Lenin, Oeuvres Complétes, t. XXV, pág. 243.
[37] Ibídem, t. XXVI, págs. 10-12.
[38] Ibídem, pág. 12.
[39] Ibídem, pág. 18.
[40] Ibídem, pág. 51.
[41] Ibídem, págs.
78‑79.
[42] Ibídem, pág. 139.
[43] Bunyan y Fisher, The bolshevik revolution, págs. 59‑62.
[44] Reed, op. cit., pág. 153.
[45] Bunyan y Fisher. op. cit. pág. 204.
[46] Lenin, 0euvres Complétes, t. XXVI. pág. 293.
[47] Pravda, 21 de noviembre de 1917, citado por Serge. El año I de la revolución rusa, Ed. Siglo XXI pág. 104.
[48] Lenin. Oeuvres Choisíes, t. II, pág. 150.
[49] Citado por Trotsky, Histoire, t. III, pág. 364,
[50] Deutscher, op. cit., pág. 310..
[51] Lenin, Oeuvres Choisies., t. II, pág. 150
[52] Ibídem, pág. 282.