¿Qué es el Nacionalsocialismo? [1]
Los espíritus ingenuos piensan
que el título de rey reside en el rey mismo, en su capa de armiño y en su
corona, en su carne y en sus huesos. En realidad, el título de rey es una
interrelación entre individuos. El rey es rey sólo porque los intereses y
prejuicios de millones de personas se reflejan a través de su persona. Cuando
el flujo del desarrollo barre esas interrelaciones, el rey parece ser solamente
un hombre gastado, con un labio inferior flácido. Aquel que en otro tiempo se
llamó Alfonso XIII podría hablarnos sobre esto de sus frescas impresiones.
El jefe por la voluntad del
pueblo se diferencia del jefe por la voluntad de Dios en que el primero está
obligado a despejarse el camino o, por lo menos, a ayudar a las circunstancias
para que se lo despejen. Sin embargo, el jefe es siempre una relación entre
individuos, la oferta individual para satisfacer la demanda colectiva. La
controversia sobre la personalidad de Hitler se hace tanto más agria cuanto más
se busca en él mismo el secreto de su triunfo. Entretanto, sería difícil
encontrar otra figura política que sea, en la misma medida, el punto de
convergencia de fuerzas históricas anónimas. No todo pequeño burgués exasperado
podía haberse convertido en Hitler, pero en cada pequeño burgués exasperado hay
una partícula de Hitler.
El rápido
crecimiento del capitalismo alemán antes de la Primera Guerra Mundial no
significó de ningún modo la simple destrucción de las clases medias. Aunque
arruinó algunas capas de la pequeña burguesía, creó otras nuevas: alrededor de
las fábricas, artesanos y tenderos; dentro de las fábricas, técnicos y
ejecutivos. Pero aun cuando se mantenían eincluso crecían numéricamente ‑la vieja y la nueva pequeña
burguesía constituyen poco menos de la mitad de la nación alemana‑ las
clases medias han perdido el último vestigio de independencia. Viven en la
periferia de la gran industria y del sistema bancario, y viven de las migajas
que caen de la mesa de los monopolios y cártels, y de las limosnas de sus
teóricos y políticos profesionales.
La derrota de 1918 levantó un
muro en el camino del imperialismo alemán. La dinámica exterior se convirtió en
dinámica interior. La guerra se convirtió en revolución. La socialdemocracia,
que ayudó a los Hohenzollern a llevar la guerra hasta su trágico final, no
permitió al proletariado llevar la revolución hasta el final. La democracia de
Weimar dedicó catorce años a justificar su propia existencia con interminables
excusas. El partido comunista llamó a los obreros a una nueva revolución, pero
se mostró incapaz de dirigirla. El proletariado alemán atravesó el ascenso y el
hundimiento de la guerra, de la revolución, del parlamentarismo y del
seudobolchevismo. En el momento en que los antiguos partidos de la burguesía se
habían agotado por completo, la fuerza dinámica de la clase obrera también se
encontró minada.
El caos de la posguerra golpeó a
los artesanos, comerciantes y funcionarios no menos cruelmente que a los
obreros. La crisis económica de la agricultura arruinaba al campesinado. La
decadencia de los estratos medios no significaba que se convirtieran en
proletarios, tanto más cuanto que el proletariado mismo estaba arrojando un
ejército gigantesco de parados crónicos. La pauperización de la pequeña
burguesía, apenas disimulada por las corbatas y calcetines de seda sintética,
erosionó todos los credos oficiales y, ante todo, la doctrina del
parlamentarismo democrático.
La multiplicidad de partidos, la
fiebre helada de las elecciones, los interminables cambios de gobierno
agravaban la crisis social mediante un caleidoscopio de combinaciones políticas
estériles. En la atmósfera puesta al rojo vivo por la guerra, la derrota, las
reparaciones, la inflación, la ocupación del Ruhr, la crisis, la necesidad y la
desesperanza, la pequeña burguesía se levantó contra todos los viejos partidos
que la habían embaucado. Los profundos agravios de los pequeños propietarios
siempre próximos a la quiebra, de sus hijos universitarios sin empleos ni
clientes, de sus hijas sin dotes ni pretendientes, exigían orden y mano de hierro.
La bandera del
nacionalsocialismo fue levantada desde el comienzo por los cuadros medios y
subalternos del antiguo ejército. Cubiertos de medallas por sus servicios
señalados, los oficiales, en activo o retirados, no podían entender que su
heroísmo y suS sufrimientos por la patria no sólo se hubieran malogrado, sino
que tampoco les diera un derecho especial al reconocimiento. De ahí su odio a
la revolución y al proletariado. Al mismo tiempo, no querían conformarse a ser
relegados por los banqueros, industriales y ministros a los modestos empleos de
tenderos, ingenieros, empleados de correos y maestros. De ahí su «socialismo».
En el Yser y en Verdún, habían aprendido a arriesgar su vida y la de los demás,
y a hablar el lenguaje de mando, que intimidaba poderosamente a los pequeños
burgueses de la retaguardia. De este modo, esos individuos se convirtieron en
dirigentes.
Al comienzo de su carrera
política, Hitler resistió sólo a causa de su gran temperamento, de una voz más
fuerte que la de los otros, y una mediocridad intelectual mucho más
autosuficiente. No puso en marcha ningún programa acabado, si se descarta la
sed de venganza del soldado. Hitler empezó con ofensas y quejas sobre los
términos de Versalles, el elevado coste de la vida, la falta de respeto hacia
el digno oficial retirado, y las intrigas de los banqueros y periodistas del
credo de Moisés. El país estaba lleno de gente arruinada, anegada, con
cicatrices y heridas recientes. Todos ellos querían aporrear la mesa con su
puño. Hitler podía hacerlo mejor que los demás. Ciertamente, no sabía cómo
curar el mal. Pero sus arengas resonaban a veces como órdenes, a veces como
ruegos dirigidos a un destino inexorable. Las clases condenadas, como los
enfermos incurables, no se cansan de hacer variaciones sobre sus quejas ni de
escuchar consuelo. Todos los discursos de Hitler armonizaban con este tono. Un
sentimentalismo informe, una ausencia de pensamiento disciplinado, una
ignorancia pareja a una erudición desordenada: todos estos menos se convirtieron
en más. Le proporcionaron la posibilidad de unificar todos a los tipos de
descontento en el crisol de mendigo del nacionalsocialismo, y de dirigir a la
masa en la dirección en que aquélla le empujaba. En la memoria del agitador se
conservaba, de entre todas sus primeras improvisaciones, aquello que había
encontrado aprobación. Sus ideas políticas fueron fruto de una acústica
oratoria. Así es como se realizó la selección de consignas. Así es como se
consolidó el programa. Así es como de la materia prima tomó forma el «jefe».
Mussolini, desde el comienzo
mismo, reaccionó más conscientemente ante los materiales sociales que Hitler,
mucho más próximo al misticismo policiaco de Metternich que al álgebra política
de Maquiavelo. Intelectualmente, Mussolini es más audaz y más cínico. Puede
decirse que el ateo romano sólo utiliza la religión de la misma forma que la
policía y los tribunales, en tanto que su colega berlinés cree realmente en la
infalibilidad de la Iglesia de Roma. Durante la época en que el futuro dictador
italiano consideraba a Marx como «nuestro común maestro inmortal», defendía, no
sin habilidad, la teoría que contempla en la vida de la sociedad contemporánea
ante todo la acción recíproca de dos clases, la burguesía y el proletariado.
Ciertamente, escribía Mussolini en 1914, entre ellas hay numerosas capas
intermedias que aparentemente constituyen «un tejido conjuntivo del colectivo
humano»; pero «durante los periodos de crisis, las clases intermedias gravitan,
según sus ideas e intereses, hacia una u otra de las clases fundamentales».
¡Una muy importante generalización! Igual que la medicina científica
proporciona no sólo la posibilidad de curar al enfermo, sino de enviar al sano
a reunirse con sus antepasados por el camino más corto, así el análisis científico
de las relaciones de clase, predestinado por su creador a la movilización del
proletariado, permitió a Mussolini, después de haber saltado al campo opuesto,
movilizar a las clases medias contra el proletariado. Hitler realizó la misma
proeza al traducir la metodología del fascismo al lenguaje del misticismo
alemán.
Las hogueras en que arde la
impía literatura del marxismo iluminan radiantemente la naturaleza de clase del
nacionalsocialismo. Aun cuando los nazis actuaban como partido y no como poder
estatal, no pudieron acercarse en absoluto a la clase obrera. Por otra parte,
la gran burguesía, incluso aquélla que apoyó a Hitler financieramente, no los
considera como su partido. El «renacimiento» nacional descansa por completo en
las clases medias, la parte más atrasada de la nación, el pesado lastre de la
historia. El arte político consiste en fundir la unidad de la pequeña burguesía
mediante su hostilidad común hacia el proletariado. ¿Qué hay que hacer para
mejorar las cosas? Ante todo, aplastar a los que están abajo. Impotente ante el
gran capital, la pequeña burguesía espera reconquistar en el futuro su dignidad
social con la ruina de los obreros.
Los nazis califican su golpe con
el nombre usurpado de revolución. En realidad, en Alemania lo mismo que en
Italia, el fascismo deja intocado el sistema social. Tomado en sí mismo, el
golpe de Hitler no tiene derecho siquiera al nombre de contrarrevolución. Pero
no se puede considerar como un acontecimiento aislado; es la conclusión de un
ciclo de golpes que empezaron en Alemania en 1918. La revolución de Noviembre,
que dio el poder a los soviets obreros y campesinos, fue proletaria en su
tendencia fundamental. Pero el partido que estaba al frente del proletariado
devolvió el poder a la burguesía. En este sentido, la socialdemocracia abrió la
era de la contrarrevolución antes de que la revolución pudiera acabar su labor.
Sin embargo, en tanto la burguesía dependía de la socialdemocracia, y,
consecuentemente, de los obreros, el régimen conservó elementos de compromiso.
A pesar de que la situación interior e internacional no dejaba al capitalismo
alemán más lugar para concesiones. Mientras la socialdemocracia salvaba a la
burguesía de la revolución proletaria, el fascismo vino a su vez a liberar a la
burguesía de la socialdemocracia. El golpe de Hitler es sólo el eslabón final
de la cadena de cambios contrarrevolucionarios.
La pequeña burguesía es hostil a
la idea de desarrollo, puesto que el desarrollo avanza contra ella; el progreso
no le ha traído más que deudas irredimibles. El nacionalsocialismo no sólo
rechaza el marxismo, sino también al darwinismo. Los nazis reniegan del
materialismo porque las victorias de la tecnología sobre la naturaleza han
significado el triunfo del gran capital sobre el pequeño. Los dirigentes del
movimiento eliminan el «intelectualismo» porque ellos mismos poseen
inteligencias de segundo y tercer orden, y, sobre todo, porque su papel
histórico no les permite llevar ni una sola idea hasta su conclusión. La
pequeña burguesía necesita una autoridad superior, que esté por encima de lo
material y de la historia, y que esté a salvo de la competencia, de la
inflación, de las crisis y de las subastas. A la evolución, al pensamiento
materialista y al racionalismo ‑‑de los siglos veinte, diecinueve y
dieciocho‑, se contrapone en su mente el idealismo nacional como la
fuente de inspiración heroica. La nación de Hitler es una sombra mitológica de
la pequeña burguesía misma, un delirio patético de un Reich milenario.
Para elevarla por encima de la
historia, a la nación se le da el apoyo de la raza. La historia se contempla
como la emanación de la raza. Las cualidades de la raza son construidas sin
relación con las condiciones sociales cambiantes. Al rechazar el «pensamiento
económico» como ruin, el nacionalsocialismo desciende un escalón más abajo: del
materialismo económico recurre al materialismo zoológico.
La teoría de la raza, creada
especialmente, parece, para algunos pretenciosos autodidactas que buscan una
llave universal para todos los secretos de la vida, particularmente lúgubre a
la luz de la historia de las ideas. Para crear la religión de la pura sangre
alemana, Hitler se vio obligado a tomar prestadas de segunda mano las ideas
racistas de un francés, el conde Gobineau, diplomático y escritor diletante.
Hitler encontró la metodología política confeccionada en Italía, donde
Mussolini había tornado prestado ampliamente de la teoría marxista de la lucha
de clases. El marxismo mismo es fruto de la unión de la filosofía alemana, la
historia francesa y la economía inglesa. Si se investiga retrospectivamente la
genealogía de las ideas, incluso de las más reaccionarias y estúpidas, no queda
en pie ni rastro de racismo.
La enorme indigencia de la
filosofía nacionalsocialista no impidió, por supuesto, a las ciencias
académicas entrar en pos de Hitler con todas las velas desplegadas, una vez que
su victoria fue suficientemente palpable. Para la mayoría de la canalla
profesoril, los años del régimen de Weimar fueron tiempo de desorden e
inquietud. Historiadores, economistas, juristas y filósofos se perdieron en
conjeturas sobre cuál de los criterios de verdad enfrentados era cierto, es
decir, cuál de los dos campos resultaría al final dueño de la situación. La
dictadura fascista disipa las dudas de los Faustos y las vacilaciones de los
Hamlets de las tribunas de la universidad. Saliendo del crepúsculo de la
relatividad parlamentaria, el conocimiento retorna de nuevo al reino de los
absolutos. Einstein ha sido obligado a buscar refugio fuera de las fronteras de
Alemania.
En el plano de la política, el
racismo es una variedad superficial y altisonante de chovinismo asociado a la
frenología. Así como la nobleza arruinada busca consuelo en la aristocracia de
su sangre, la pequeña burguesía pauperizada se embriaga con cuentos sobre las
superioridades especiales de su raza. Es digno de atención el hecho de que los
dirigentes del nacionalsocialismo no son nativos de Alemania, sino originarios
de Austria, como el mismo Hitler; de las antiguas provincias bálticas del
imperio del zar, como Rosenberg; y de los países coloniales, como Hess, que es
el suplente actual de Hitler en la dirección del partido. Fue preciso un
estrépito bárbaro de nacionalismo en los límites de la civilización para imbuir
en sus «líderes» las ideas que más tarde hallaron respuesta en los corazones de
las clases más bárbaras de Alemania.
La individualidad y la clase ‑‑el
liberalismo y el marxismo‑ son el mal. La nación, el bien. Pero en el
umbral de la propiedad privada, esta filosofía se convierte en su opuesta. La
salvación reside sólo en la propiedad privada individual. La idea de la
propiedad nacional es el fruto del bolchevismo. Divinizando la nación, la
pequeña burguesía no quiere ,entregarle nada. Por el contrario, espera que la
nación le regale la propiedad y le proteja del obrero y del alguacil.
Desgraciadamente, el Tercer Reich no va a regalar nada a la pequeña burguesía,
excepto nuevos impuestos.
En la esfera de la economía
moderna, internacional en sus lazos y anónima en sus métodos, el principio de
la raza parece desenterrado de un cementerio medieval. Los nazis realizan
concesiones por adelantado; la pureza de la raza, que tiene que ser certificada
en el reino de espíritu. por un pasaporte, tiene que ser demostrada en la
esfera de la economía mediante la eficacia. Bajo las condiciones actuales, esto
significa la capacidad competitiva. Por la puerta trasera, el racismo vuelve al
liberalismo económico, desprendido de las libertades políticas.
El racionalismo en economía
desciende en la práctica a las explosiones impotentes aunque brutales del
antisemitismo. Los nazis apartan del sistema económico moderno al usurero o al
capital bancario porque es el espíritu del mal; y, como es bien sabido, es
precisamente en esta esfera donde la burguesía judía ocupa una posición
importante. Inclinándose ante el capitalismo en su conjunto, la pequeña
burguesía declara la guerra contra el mal espíritu del lucro en forma de judío
polaco, con un largo caftán, y por lo general sin un céntimo en su bolsillo. El
progrom se vuelve la evidencia suprema de la superioridad racial.
El programa con que el
nacionalsocialismo llegó al poder recuerda mucho ‑¡ay!‑ el almacén
judío de una provincia retirada. ¡Aquí encuentras todo lo que buscas, a bajo
precio y de calidad aún más baja! Recuerdos de los días «felices» de la libre
competencia, y evocaciones nebulosas de la estabilidad de la sociedad sin
clases; esperanzas en el renacimiento del imperio colonial, sueños de una
economía autárquica; frases sobre el retorno de la ley romana a la germánica, y
proclamaciones sobre una moratoria americana una hostilidad envidiosa hacia la
desigualdad en la persona del propietario de un coche, y un temor animal a la
igualdad en la persona de un obrero con gorra y sin cuello duro; el desenfreno del nacionalismo, y el temor a los
acreedores mundiales... todo el rechazo del pensamiento político internacional
han ido a llenar el tesoro espiritual del nuevo mesianismo germánico.
El fascismo ha hecho accesible
la política a los bajos fondos de la sociedad. En la actualidad, no sólo en los
hogares campesinos, sino también en los rascacielos urbanos, viven
conjuntamente los siglos veinte y diez o trece. Cien millones de personas
utilizan la electricidad y todavía creen en el poder mágico de gestos y
exorcismos. El papa de Roma siembra por la radio la milagrosa transformación
del agua en vino. Los astros del cine van a los mediums. Los aviadores que
pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre utilizan amuletos
en sus ropas. ¡Qué reservas inagotables de oscurantismo, ignorancia y barbarie!
La desesperación los ha puesto en pie, el fascismo les ha dado una bandera.
Todo lo que debía de haberse eliminado del organismo nacional en forma de
excremento cultural en el curso del desarrollo normal de la sociedad lo arroja
por la boca ahora la sociedad capitalista vomita la barbarie no digerida. Tal
es la fisiología del nacionalsocialismo.
El fascismo alemán, como el
italiano, se elevó al poder sobre las espaldas de la pequeña burguesía, que se
convirtió en un ariete contra las organizaciones de la clase obrera y las
instituciones de la democracia. Pero el fascismo en el poder es, menos que
nada, el gobierno de la pequeña burguesía. Por el contrario, es la dictadura
más despiadada del capital monopolista. Mussolini tiene razón: las clases
medias son incapaces de políticas independientes. Durante períodos de grandes
crisis son llamadas a seguir hasta el absurdo la política de una de las dos
clases fundamentales. El fascismo logró ponerlas al servicio del capital.
Consignas tales como el control estatal de los trusts y la supresión de los
ingresos no provenientes del trabajo fueron arrojadas por la borda
inmediatamente después de la toma del poder. En su lugar, el particularismo de
las «tierras» alemanas, que se apoyaba en las peculiaridades de la pequeña
burguesía, dejó paso al centralismo capitalista‑policiaco. Cualquier
éxito de la política interior o exterior del nacionalsocialismo significará
inevitablemente el ulterior aplastamiento del pequeño capital por el grande.
El programa de las ilusiones
pequeñoburguesas no puede descartarse; está sencillamente desgarrado de la
realidad y disuelto en actos rituales. La unificación de todas las clases se
reduce al trabajo obligatorio semisimbólico y a la confiscación del Primero de
Mayo en «beneficio del pueblo». El mantenimiento de la escritura gótica contra
la latina es una venganza simbólica por el yugo del mercado mundial. La
dependencia de los banqueros internacionales, entre ellos numerosos judíos, no
disminuye ni un ápice, por lo que está prohibido matar animales según el ritual
talmúdico. Si el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, las
avenidas del Tercer Reich están empedradas de símbolos.
Al reducir el programa de las
ilusiones pequeñoburguesas a una pura mascarada burocrática, el
nacionalsocialismo se eleva por encima de la nación como la peor forma de
imperialismo. Son absolutamente vanas las esperanzas de que el gobierno de
Hitler caerá hoy o mañana, víctima de su incoherencia interna. Los nazis
necesitaban un programa para tomar el poder; pero el poder no sirve en modo
alguno a Hitler para realizar el programa. Sus tareas le son asignadas por el
capital monopolista. La concentración compulsiva de todas las fuerzas y recursos
del pueblo en interés del imperialismo ‑la verdadera misión histórica de
la dictadura fascista‑ significa la preparación para la guerra; y esta
tarea, a su vez, no tolera ninguna resistencia interna y conduce a una
posterior concentración mecánica de poder. El fascismo no puede ser reformado
ni apartado del servicio. Sólo puede ser derrocado. La órbita política del
régimen descansa en la alternativa: guerra o revolución.
Postscriptum
Se aproxima el primer
aniversario de la dictadura nazi. Todas las tendencias del régimen han tenido
tiempo de asumir un carácter claro y preciso. La revolución «socialista»
presentada a las masas pequeñoburguesas como complemento necesario a la
revolución nacional está condenada y liquidada oficialmente. La fraternidad de
las clases encontró su punto culminante en el hecho de que, un día
especialmente señalado por el gobierno, los poseedores renuncian a los
entremeses y al postre en favor de los no poseedores. La lucha contra el paro
se reduce a dividir por dos la semirración de hambre. El resto es tarea de la
estadística uniforme. La autarquía «planificada» es simplemente una nueva fase
de la desintegración económica.
Cuanto más impotente es el
régimen policiaco de los nazis en el terreno de la economía nacional, más obligada
se ve a desplazar sus esfuerzos al terreno de la política exterior. Esto
corresponde plenamente a la dinámica interna del capitalismo alemán, agresivo
de pies a cabeza. El viraje repentino de los dirigentes nazis a declaraciones
de paz sólo puede embaucar a los sumos bobalicones. ¿Qué otro método queda a
disposición de Hitler sino trasladar la responsabilidad de los aprietos
interiores a los enemigos externos y acumular bajo la prensa de la dictadura la
fuerza explosiva del nacionalismo? Esta parte del programa, subrayada
abiertamente incluso antes de la toma del poder por los nazis, está ahora
llevándose a cabo con una lógica inflexible a los ojos de todo el mundo. La
fecha de la nueva catástrofe europea la determinará el tiempo necesario para el
armamento de Alemania. No es cuestión de meses, pero tampoco de décadas.
Pasarán, no obstante, algunos años antes de que Europa se sumerja de nuevo en
una guerra, a menos que las fuerzas internas de Alemania se anticipen a Hitler
a tiempo.
Cuánto
tiempo puede durar Hitler
índice
[1] Escrito el 10 de junio de 1933, se tradujo a varios idiomas y fue publicado por primera vez en The Modern Thinker, octubre de 1933. El Postscriptum está fechado el 2 de noviembre de 1933.