¿Cuánto tiempo puede durar Hitler? [1]
Después de un incendio es
difícil arreglar las cosas de nuevo. Es aun más difícil después de una gran
derrota política determinar el camino de nuevo. A regañadientes, los partidos
admiten que han sido vencidos, en especial si una gran parte de la culpa por la
derrota reside en ellos.
Cuanto mayor es la magnitud de
la derrota, más difícil es para el pensamiento político saltar a nuevas
posiciones, desarrollar una nueva perspectiva y subordinar a ella la dirección
y el ritmo del trabajo posterior. La historia de la ciencia militar, como la
historia de la lucha revolucionaria, registra un gran número de derrotas suplementarias
producto de que la dirección, al no haber valorado la dimensión de la derrota
fundamental, intentaba enmascararla con ataques extemporáneos. En la guerra,
los intentos criminales de este tipo conducen a una destrucción masiva de
fuerzas vivas, ya minadas moralmente por los reveses anteriores. En la lucha
revolucionaria, los elementos más combativos, ya desgajados de las masas por
las derrotas anteriores, caen víctimas de aventuras.
La actual
catástrofe de Alemania es, indudablemente, la mayor derrota de la clase obrera
en la historia. Tanto más urgente, por tanto, se vuelve un cambio estratégico
total, pero tanto más obstinada es, por otra parte, la resistencia de la
burocracia del partido. Ésta etiqueta como «derrotistas» no a quienes trajeron la
derrota ‑‑estaría obligada a nombrarse a sí misma‑, sino a
quienes extraen las conclusiones políticas necesarias del hecho de la derrota.
La lucha que se despliega ahora sobre la cuestión de las perspectivas del
desarrollo político de Alemania tiene una significación excepcional para el destino de Europa y de todo el
mundo.
A este respecto, omitiremos de
nuestra consideración a la socialdemocracia: la repugnante descomposición de
este partido no le deja ninguna posibilidad ni siquiera para maniobras de prestigio
burocrático. Los dirigentes ni siquiera se esfuerzan por aparentar que tienen
ideas o planes. Después de haber perdido por completo sus cabezas
políticamente, su preocupación se dirige a salvarlas físicamente. Esa gente ha
estado preparando su deshonrosa derrota mediante toda su política desde el
comienzo de la guerra imperialista.
Sólo la orientación del partido
comunista tiene ahora interés político. Como organización de masas, está
completamente arruinada. Pero se mantiene el aparato central, que publica
literatura ilegal y en la emigración, que convoca en el exterior congresos
antifascistas y desarrolla planes para la lucha contra la dictadura de los
nazis. Todos los vicios de los estados mayores derrotados encuentran en este
aparato su expresión insuperable.
«Los fascistas son califas por
una hora», escribe el órgano oficial de la Comintern. «Su victoria no es
eterna, y después le seguirá rápidamente la revolución proletaria... La lucha
por la dictadura del proletariado está a la orden del día en Alemania.»
Cediendo terreno constantemente, entregando todas las posiciones, perdiendo a
sus propios adherentes, el aparato sigue reiterando que la oleada antifascista
asciende, que su espíritu se eleva, que es necesario estar preparado para una
insurrección, si no mañana, en algunos meses. La fraseología optimista se ha
convertido en un medio de autoconservación política para el estado mayor
batido. El peligro de un optimismo espurio es tanto mayor cuanto más
profundamente se sumerge en las tinieblas la vida interior del proletariado
alemán: no hay ni sindicatos, ni elecciones parlamentarias, ni obligaciones
como afiliados, ni circulación de periódicos; ningún dato que aparezca,
cualquiera que sea, puede controlar las consecuencias de una política errónea ni
perturbar la ecuanimidad de los dirigentes.
La principal razón para
reafirmar el pronóstico consiste en que Hitler «no cumplirá sus promesas».
¡Como si Mussolini hubiese realizado su fantástico programa para mantenerse en
el poder durante más de diez años! Una revolución no es un castigo automático
para estafadores, sino un fenómeno social complejo que aparece sólo cuando se
dan una serie de condiciones históricas. Las recordaremos una vez más: el
aturdimiento y la división de las clases dominantes; la indignación de la
pequeña burguesía y su pérdida de fe en el orden existente; la actividad
combativa creciente de la clase obrera; por último, una política correcta del
partido revolucionario ‑tales son los prerrequisitos inmediatos para una
revolución. ¿Se dan?
Durante los dos años pasados,
las clases poseedoras de Alemania se han encontrado en un estado de guerra
cruel y sanguinaria. Ahora, todas ellas ‑aunque con el corazón postrado‑
se someten al fascismo. El antagonismo entre los agrarios y los industriales,
así como entre grupos separados de industriales, no ha desaparecido; pero se
puede estar seguro de que pronto se habrá arreglado.
La pequeña burguesía de Alemania
hervía como un caldero en el último período. Incluso en su delirio
nacionalista, existía un elemento de peligro social. Ahora está unida en torno
a un gobierno que se elevó sobre sus espaldas y la disciplinó mediante una
organización puramente militar que surgió de su seno. Las clases medias se han
convertido en el pilar fundamental del orden. La conclusión es irrefutable: en
lo que respecta a la gran y pequeña burguesía, los prerrequisitos de un éxito
revolucionario han pasado, o, lo que es lo mismo, se han desplazado hasta un
futuro indefinido.
Por lo que toca a la clase
obrera, la situación no es menos clara. Si hace unos cuantos meses se sentía,
por culpa de su dirección, incapaz de defender sus potentes posiciones legales
del asalto de la contrarrevolución, está infinitamente menos preparada para
asaltar las potentes posiciones legales del fascismo. Los factores materiales y
morales han cambiado aguda y profundamente la relación de fuerzas en desventaja
del proletariado. Pero ¿es necesario todavía demostrarlo? No más favorable es
el estado de cosas en el terreno de la dirección: el partido comunista no
existe; su aparato, privado del aire fresco de la crítica, está estrangulado en
una profunda lucha interior. ¿En qué sentido, pues, puede decirse que «la lucha
por la dictadura del proletariado está a la orden del día en Alemania»? ¿Qué se
quiere dar a entender aquí por «día»?
No es difícil barruntar las
explicaciones, sinceras e hipócritas, de nuestro pesimismo, nuestro
escepticismo sobre las fuerzas creadoras de la revolución, etc. ¡Reproches
baratos! Sabemos, no menos que los demás, que el fascismo defiende una causa
históricamente perdida. Sus métodos pueden producir resultados tremendos pero
inestables. Sólo aquellas clases que se han sobrevivido pueden ser abatidas por
la violencia. Pero el proletariado ha sido siempre la principal fuerza productiva
de la sociedad. Puede ser descalabrada durante un tiempo, pero esclavizarla
para siempre es imposible, Hitler promete «reeducar» a los obreros, pero está
obligado a emplear métodos pedagógicos que no se utilizan ni siquiera para
adiestrar a los perros. El fascismo se romperá inevitablemente el pescuezo
contra la hostilidad irreconciliable de los obreros. Pero ¿cómo y cuándo? La
perspicacia histórica general no elimina la cuestión candente de la política:
¿qué hay que hacer ahora y, especialmente, qué no hay que hacer para preparar y
acelerar el aplastamiento del nacionalsocialismo?
Confiar en el inmediato efecto
revolucionador de las represiones fascistas y en la necesidad material es poner
de manifiesto un materialismo vulgar. Ciertamente, «el ser determina la
conciencia». Pero eso no significa en modo alguno una dependencia directa y
mecánica de la conciencia respecto a las circunstancias externas. La existencia
se refleja en la conciencia según las leyes de la conciencia. El mismo hecho
objetivo puede tener un efecto político diferente, a veces opuesto, según la
situación general y los acontecimientos precedentes. Así, en la marcha del
desarrollo de la humanidad, la represión provocó frecuentemente la indignación
revolucionaria. Pero tras el triunfo de la contrarrevolución, no hace más que
frustrar el último destello de protesta. La crisis económica puede acelerar la
explosión revolucionaria, y eso ha ocurrido más de una vez en la historia; pero
si estalla sobre el proletariado después de una grave derrota política, la
crisis sólo puede agravar el proceso de descomposición. Planteémoslo más
concretamente. No esperamos consecuencias revolucionarias inmediatas para
Alemania de la profundización posterior de la crisis industrial.
Sin duda, la historia registra
que una recuperación industrial persistente ha dado con frecuencia ventaja a
las corrientes oportunistas dentro del proletariado. Pero tras un prolongado
período de crisis y reacción, la coyuntura ascendente puede, por el contrario,
elevar el nivel de actividad de los obreros e impulsarlos hacía el camino de la
lucha. Consideramos esta variante como la más plausible en muchos aspectos.
Sin embargo, el centro de
gravedad no reside en la actualidad en la previsión coyuntural. Cambios
sicológicos importantes de masas de millones de individuos exigen intervalos
prolongados: éste debería ser el punto de partida. Una interrupción en la
coyuntura, choques en las filas de las clases poseedoras, complicaciones
internacionales pueden tener y tendrán sus efectos sobre los obreros.
Pero los acontecimientos
externos no pueden anular sencillamente las leyes internas de la conciencia de
las masas, no pueden permitir al proletariado borrar de una vez las
consecuencias de la derrota y empezar de ese modo una nueva página en el libro
de la lucha revolucionaria. Aun cuando, debido a una coyuntura
extraordinariamente favorable de condiciones interiores y exteriores, el
comienzo del cambio se manifestase después de un intervalo excepcionalmente
corto, digamos en un año o dos, la cuestión de cuál debe ser nuestra política
seria la misma durante los próximos doce o veinticuatro meses, mientras la
contrarrevolución todavía haría conquistas ulteriores. Una táctica realista no
puede desarrollarse sin una perspectiva correcta. No puede haber ninguna
perspectiva correcta sin comprender que no es una maduración de la revolución
proletaria lo que tiene lugar ahora en Alemania, sino una profundización de la
contrarrevolución fascista. ¡Y no es lo mismo!
La burocracia, incluida la revolucionaria,
olvida con demasiada facilidad que el proletariado no es sólo un objeto, sino
también un sujeto de la política. Golpeándole la cabeza, los nazis pretenden
convertir a los obreros en homúnculos del racismo. La dirección de la
Comintern, por el contrario, considera que los golpes de Hitler harán a los
obreros comunistas obedientes. Ambos cálculos son erróneos. Los obreros no son
arcilla en manos del alfarero. No comienzan cada vez toda la historia de nuevo.
Odiando y despreciando a los nazis, están inclinados, no obstante, menos que
nada a volver a la política que les condujo a las garras de Hitler. Los obreros
se sienten engañados y traicionados por su propia dirección. No saben qué hay
que hacer, pero saben lo que no hay que hacer. Están indeciblemente afligidos,
y quieren romper el círculo vicioso de confusión, amenazas, mentiras y
fanfarronería, para desviarse, sumergirse, esperar que la tormenta los golpee,
apoyarse en la necesidad de decidir sobre las cuestiones que tienen tras ellos.
Necesitan tiempo para curar las heridas de la desilusión. El nombre
generalizado de este estado es indiferencia política. Las masas caen en una
pasividad irascible. Una parte, y no pequeña, encuentra cobijo en las
organizaciones fascistas. No es permisible, por supuesto, colocar el paso
demostrativo al lado del fascismo de políticos individuales en el mismo plano
que la entrada anónima de obreros en las organizaciones obligatorias de la
dictadura. El primero es una cuestión de carrerismo; la segunda, de disimulo
protector, de resignación al jefe. Sin embargo, el hecho del desplazamiento
masivo de obreros bajo la bandera de la svástica es una evidencia irrefutable
del sentimiento de desamparo que se ha apoderado del proletariado. La reacción
ha penetrado lisamente en los huesos mismos de la clase obrera. Esto no es por
un solo día.
En esta situación general, la
ruidosa burocracia del partido, que nada olvida ni nada aprende, representa un evidente
anacronismo político. Los obreros están asqueados de la infalibilidad oficial.
El vacío se extiende alrededor del aparato. El obrero no quiere, además del
látigo de Hitler, ser fustigado por el látigo del falso optimismo. Quiere la
verdad. La atroz discordancia entre la perspectiva oficial y el verdadero
estado de cosas sólo introduce un elemento adicional de desmoralización en las
filas de los obreros avanzados.
Lo que se llama radicalización
de las masas es un complejo proceso molecular de la conciencia colectiva. Para
volver al camino, los obreros deben comprender ante todo lo que ha pasado. La
radicalización es impensable si la masa no ha asimilado su propia derrota si su
vanguardia, en cualquier caso, no ha vuelto a valorar críticamente el pasado y
se ha elevado por encima de la derrota a un nuevo estadio.
Este proceso aún no ha empezado.
La prensa del aparato está obligada a admitir, entre dos alaridos optimistas,
que los nazis no sólo continúan reforzando su posición en los pueblos,
arrojando a los comunistas y poniendo al rojo vivo el odio de los campesinos
hacia los obreros, sino que también en la industria prosigue la eliminación de
los obreros comunistas que quedaban, sin que, por otra parte, se presente
ninguna resistencia. No hay nada inesperado en todo esto. El bando derrotado
sufre las consecuencias de la derrota.
Frente a estos hechos, la
burocracia, en busca de un apoyo para su perspectiva optimista, se lanza de su
subjetivismo innato a un fatalismo total. Aunque el estado de ánimo de las
masas decaiga, aseguran, el hitlerismo reventará de cualquier modo como
resultado de sus propias contradicciones. Sólo ayer se consideraba que todos
los partidos en Alemania ‑desde los nazis hasta los socialdemócratas‑
eran sólo variedades de fascismo y llevaban a cabo el mismo programa. Ahora
todas las esperanzas se dirigen a las contradicciones en el interior del campo
gobernante.
Los nuevos errores de previsión
política no son menos toscos que los antiguos. La «oposición» a los nazis de
los viejos partidos capitalistas no es otra cosa que la resistencia instintiva
del enfermo a quien un ejército barbero‑cirujano va a extraer los dientes
podridos. La policía, por ejemplo, ha ocupado todas las sedes del Partido
Nacionalista Alemán. Los acontecimientos se suceden según el plan. El conflicto
entre Hugenberg y Hitler no será más que un episodio en el camino de concentrar
todo el poder en las manos de Hitler. Para realizar su tarea, el fascismo debe
fusionarse con el aparato estatal.
Es muy probable que muchos
miembros de las tropas fascistas ya estén descontentos: ni siquiera se les dejó
saquear a gusto. Pero no importa cuán agudas formas pueda adoptar este
descontento, no puede convertirse en un factor político serio. El aparato
gubernamental aplastará uno a una a los pretorianos díscolos, reorganizará los
destacamentos infieles, corromperá a sus cumbres. El apaciguamiento de las
masas de la pequeña burguesía, hablando en general, es absolutamente
inevitable. Pero tendrá lugar en diferentes momentos y con formas distintas. En
algunos casos, llamaradas de descontento pueden preceder el retorno a los bajos
fondos de los estratos inferiores traicionados por el fascismo. Esperar una
iniciativa revolucionaria independiente de esta procedencia está en todos los casos
fuera de cuestión.
Los comités de fábrica
nacionalsocialistas dependen infinitamente menos de los obreros que los comités
del fábrica reformistas en su momento. Cierto, en la atmósfera de recuperación
incipiente, incluso los comités de fábrica fascistas pueden convertirse en
puntos de apoyo para el avance de la clase obrera. El 9 de enero de 1905, las
organizaciones obreras creadas por la Ockrana zarista se volvieron
durante un día en fermento de la revolución. Pero justamente ahora, cuando los
obreros alemanes atraviesan una penosa descomposición y decepción, es absurdo
esperar que se comprometan en una lucha seria bajo la dirección de los
burócratas fascistas. Los comités de fábrica serán elegidos desde arriba y
adiestrados como instrumentos para la traición y represión de los obreros.
¡No al autoengaño! Una derrota
encubierta con ilusiones significa la ruina. La salvación reside en la
claridad. Sólo una crítica despiadada de todos los errores y faltas puede
preparar la gran revancha.
Se puede considerar probado por
la experiencia que el fascismo alemán actúa a un ritmo más rápido que el
fascismo italiano no sólo porque Hitler puede tomar ventaja de la experiencia
de Mussolini, sino principalmente a causa de la superior estructura social de
Alemania y de la mayor agudeza de sus contradicciones. Se puede concluir de
esto que el nacionalsocialismo en el poder se desgastará más pronto que su
precursor italiano. Pero aun degenerando y descomponiéndose, el
nacionalsocialismo no puede caer por sí mismo. Tiene que ser derrocado. El
cambio del régimen político en la Alemania actual no puede realizarse sin una
insurrección. Ciertamente, para tal insurrección no existe en la actualidad
ninguna expectativa directa e inmediata; pero no importa cuán tortuoso sea el
sendero que tome el desarrollo, conducirá inevitablemente a que la insurrección
se abra camino.
Como se sabe, la pequeña
burguesía es incapaz de una política revolucionaria independiente. Pero la
política y los estados de ánimo de la pequeña burguesía no son en absoluto
indiferentes para el destino del régimen creado con su ayuda. La decepción y el
descontento de las clases intermedias convertirá al nacionalsocialismo, como ya
convirtieron al fascismo italiano, de un movimiento popular en un aparato
policiaco. No importa lo fuerte que pueda ser en sí mismo, el aparato no puede
sustituir la corriente viva de la contrarrevolución que penetra a la sociedad
por todos los poros. La degeneración burocrática del fascismo significa, de ese
modo, el principio de su fin.
En este estadio, sin embargo,
tiene que manifestarse una nueva dificultad. Bajo la influencia de la derrota,
los centros inhibidores del proletariado están hipertrofiados. Los obreros se
vuelven prudentes, desconfiados y expectantes. Aun cuando haya cesado la
erupción volcánica de la reacción, la lava endurecida del Estado fascista
recuerda demasiado amenazadoramente lo que se ha pasado. Tal es la situación
política en la Italia actual. Copiando la terminología de la economía, se puede
decir que la decepción y el descontento de la reacción pequeñoburguesa prepara
el momento en que la aguda crisis del movimiento obrero se convertirá en una
depresión que luego, en una fase determinada, dará paso a una recuperación.
Intentar predecir ahora cómo y cuándo y bajo qué consignas empezará esta
recuperación sería una labor completamente fútil: incluso las fases de un ciclo
económico tienen siempre un carácter
«inesperado»; cuanto más las
fases del desarrollo político.
Para un organismo que acaba de
pasar una grave enfermedad, un tratamiento correcto es especialmente
importante. Respecto a los obreros, sobre los que ha pasado la apisonadora del
fascismo, una táctica aventurista producirá inevitablemente una recaída en la
apatía. Asi., una especulación prematura de stocks conlleva con frecuencia una
reaparición de la crisis. El ejemplo de Italia muestra que un estado de
depresión política, especialmente con una dirección política errónea, puede
durar años. Una política correcta exige que no se le impongan al proletariado líneas
de avance artificiales, sino que las perspectivas y consignas de lucha se
extraigan de la dialéctica viva del movimiento. Estímulos externos favorables
pueden acortar mucho las diferentes fases del proceso: no es necesario en modo
alguno que la depresión dure años como en Italia. Es imposible, sin embargo,
saltarse las fases orgánicas del ascenso de las masas. Acelerar, sin pretender
saltar ¡en eso reside todo el arte de la dirección revolucionaria! Una vez se
quita de encima el peso plomizo del fascismo, el movimiento de la clase obrera
puede tomar, en un período relativamente corto de tiempo, un gran alcance. Sólo
después de eso, el descontento de la pequeña burguesía puede adquirir un
carácter político progresivo y restablecer una situación favorable para la
lucha revolucionaria.
Las clases dominantes tendrán
que hacer frente al otro aspecto de este proceso. Habiendo perdido el apoyo de
la pequeña burguesía, el Estado fascista se convertirá en un aparato de
sujeción en el que no se puede confiar. Los políticas del capital tendrán que
orientarse de nuevo. Las contradicciones entre las clases poseedoras saldrán a
la superficie.
Frente a unas masas que pasan a
la ofensiva, Hitler verá que tiene una retaguardia indigna de confianza. Se
dará de este modo la situación revolucionaria inmediata, que anuncia la última
hora del nacionalsocialismo.
Pero antes de que el
proletariado pueda realizar grandes tareas, debe hacer el balance del pasado.
Su fórmula más general es: los viejos partidos han sucumbido. Una pequeña
minoría de obreros ya dice: es necesario preparar un nuevo partido. La
repugnante debilidad de la socialdemocracia y la irresponsabilidad criminal del
seudobolchevismo oficial arderán en la llama de la lucha. Los señores nazis han
hablado de una raza de guerreros. Sonará la hora en que el fascismo chocará con
una raza invencible de luchadores revolucionarios.
es necesario construir partidos
índice
[1] Escrito el 22 de junio de 1933, fue publicado en The American Mercury., enero de 1934, aunque había sido traducido para Class Struggle, septiembre‑octubre y noviembre de 1933.