INTRODUCCIÓN

 

España no ocupó en la obra de Trotsky un lugar comparable al de la Unión Soviética, y, por supuesto, tampoco al de Alemania o siquiera al de Francia. En España residió poco tiempo y en condiciones muy particulares, expulsado de Francia por Irún en septiembre 1916, detenido en Madrid el 9 de noviembre, enviado primero a Cádiz, y luego, a petición propia, a Barcelona, donde embarcó el 25 de diciembre con destino a Nueva York. Nunca volvería, y sólo en el verano de 1936 se planteó una estancia que le hubiera vuelto a sumergir en el torrente de una revolución en marcha, alegría que le fue rehusada. No hablaba el español, antes de su estancia en Méjico, y conseguía, sólo cuando era necesario, leer los periódicos con la ayuda de un diccionario.

Sin embargo, en su calidad de revolucionario profesional, estaba familiarizado con las cosas de España. En 1920, había discutido ampliamente, en el Congreso de la I.C. durante las sesiones y en los pasillos, con el delegado de la C. N. T. española, Ángel Pestaña, anarcosindicalista al que no había conseguido ganar el comunismo. En 1921, hacia lo mismo con los jóvenes delegados que hablan sucedido a Pestaña en la capital de la revolución mundial para el III Congreso Mundial de la Internacional, y había recibido en su despacho y luego invitado a su estado mayor a los catalanes Joaquin Maurín y Andrés Nin.[1] Este último permanecería seguidamente en Moscú en calidad de secretario de la Internacional sindical roja, se convertiría en uno de sus allegados, uno de los pocos para quien haya nunca reservado el título de «amigo», al mismo tiempo que compañero de lucha en las filas de la oposición unificada a partir de 1926, donde asumía con otros la dirección de la «comisión internacional» de la Oposición.

El exilio a Alma‑Ata no interrumpió unas relaciones que continuaron por carta. Expulsado Trotsky de la Unión Soviética, Nin, en tanto que extranjero, conocía pronto la misma suerte y, desde septiembre de 1930, se reanudaban las relaciones epistolares entre los dos hombres. Esta correspondencia iba a ayudar considerablemente a Trotsky a redactar importantes trabajos sobre España, y su interrupción, en 1932, iba a coincidir con una vuelta hacia otros temas. Trotsky volvió sobre España a partir de 1936, esta vez no sólo sin Nin, sino contra él.

Durante el período de exilio de Trotsky, España se está convirtiendo en tierra de revolución y sus masas obreras y campesinas se ponen en movimiento ‑un movimiento que sólo una carnicería sin precedentes en aquella época podrá frenar. Mientras casi por todas partes se hunden regímenes parlamentarios y semiparlamentarios, cuando dictaduras de todo tipo se abren camino en la mayor parte de Europa, España, el 14 de abril de 1931, derroca a la monarquía votando en las elecciones municipales. La revolución española va a continuar durante años, hasta su aplastamiento en febrero de 1939 por las fuerzas contrarrevolucionarias mundiales coaligadas contra ella. Entre tanto, ha permitido a Trotsky alimentar la esperanza de una victoria revolucionaria que piensa podría interrumpir y revocar el curso de degeneración de la Unión Soviética y de la marcha hacia la 2ª Guerra Mundial.

Para Trotsky, en efecto, el teatro español constituye un terreno privilegiado para la verificación de la teoría de la revolución permanente. Desarrollada precozmente en la época del comercio marítimo, la economía española fue sobrepasada a partir del desarrollo de las rutas nordatlánticas y del nacimiento del capitalismo industrial.

Mosaico de nacionalidades inacabadas que soportan con impaciencia el yugo de la burocracia castellana, es aún en sus tres cuartas partes un país rural de estructuras medievales, donde millones de campesinos viven en una profunda miseria. Su joven industria, localizada en focos         que parecen pertenecer a otro universo, fue duramente tocada por la crisis mundial. Su burguesía, estrechamente ligada por una parte a la aristocracia de los grandes latifundistas y por otra al capital internacional, es incapaz de llevar a cabo una revolución burguesa [2]* que socavaría necesariamente sus posiciones, destruyendo las de sus aliados. Como en la Rusia de comienzos de siglo, sobre el joven y aun no pulido proletariado, ligado aún al mundo campesino, muy combativo, en condiciones de vida miserables, recaerá la tarea de realizar la revolución burguesa, con siglos de retraso, dando la tierra a los campesinos, aboliendo las servidumbres de tipo feudal, uniendo en el seno de una federación libremente consentida las diferentes nacionalidades, abatiendo esas fortalezas de los   poseedores que son la Iglesia y el ejército. Sin embargo,                           para Trotsky, el proletariado español no realizará esta revolución burguesa en el curso de una etapa particular,                                                     sino solamente al tiempo que comienza por su cuenta la transformación de la sociedad derrocando a la burguesía, realizando en consecuencia las primeras tareas de la revolución socialista y ante todo su propio poder. Pues es       demasiado tarde para que España conozca su 1789. Su única oportunidad de transformación reside en un nuevo Octubre del 17, en la revolución proletaria y la dictadura  del proletariado.

Siempre dispuesto a comparar y establecer relaciones entre los dos países, Trotsky sin embargo no los identifica. España no conoce la coyuntura finalmente favora ble, enorme factor de aceleración de la madurez de las masas campesinas que constituyó la guerra para la revolución rusa: el ritmo del desarrollo de la revolución será más lento. Por otra parte, las ilusiones democráticas son inmensas en un país que no conoce la democracia en su historia, y las consignas de «defensa» o de «conquista» de los derechos democráticos, desde los más elementales a los más avanzados, revisten una importancia particular no sólo para la movilización y la unificación en la lucha del proletariado, sino también para permitir a este último arrastrar tras de sí a las masas campesinas y a la pequeña burguesía de las ciudades. Trotsky se preocupa mucho por tener en cuenta las particularidades españolas, los caracteres específicos de su historia, que se expresan a través de la tradición y las mentalidades: una de ellas es la existencia de una organización sindical de masas, anarcosindicalista, la C. N. T. ‑en la que los comunistas deberán conseguir la mayoría si quieren triunfar‑, de esas decenas de miles de valientes luchadores anarquistas que habrá que convencer antes de ganar la última batalla. Y Trotsky va tan lejos en la preocupación de traducir ‑o, mejor, de transponer‑ a la lengua del país las consignas que en Rusia han constituido la clave de la victoria, que es él, el ruso, quien propone a sus camaradas el renunciar a utilizar la palabra rusa soviet para utilizar juntas revolucionarias, más conforme a la historia y a las reacciones instintivas de los trabajadores del país.

Durante todo el período de la revolución española, Trotsky no deja de señalar la admiración que le merece la abnegación, la iniciativa, la valentía, el espíritu de sacrificio, la imaginación, la inteligencia, el heroísmo del proletariado español, al que coloca por encima del proletariado ruso de 1917 por la manera en que traduce espontáneamente su aspiración a destruir el viejo mundo y a construir uno nuevo. Pero, al mismo tiempo, estigmatiza sin respiro la mediocridad de los dirigentes de sus organizaciones, partidos, sindicatos, la pobreza intelectual de sus teóricos, la vulgar demagogia de sus tribunos. Vuelve sin cesar a lo que a sus ojos es la cuestión crucial: a este admirable proletariado que, por todas sus acciones y aspiraciones, demuestra desde 1931 que tiende sus manos hacia el poder, no le falta desde el principio más que una dirección, un estado mayor que sepa prever y planificar, golpear oportunamente y retroceder en buen orden cuando es necesario, pero que, a través de todos sus avances y retrocesos se haya fijado como objetivo la insurrección y la toma del poder. En una palabra, le hace falta un partido revolucionario, un partido comparable a lo que fue en Rusia, en la revolución, el partido bolchevique.

Ese es el objetivo esencial, la clave de sus análisis, la necesidad de la que se esfuerza en convencer a los militantes españoles. Hasta 1933, se trata de luchar por enderezar el partido comunista español que la Internacional, estalinizada, luego del partido ruso, arrastra en su degeneración; y para ello es necesario una fracción, aunque sea pequeña, pero sólida, unida en torno a un programa justo, que integre la experiencia positiva de Octubre así como la experiencia negativa de los epígonos de Lenin, la de Alemania de 1923 Y de China en 1927, en una palabra un programa bolchevique‑leninista. Sólo una fracción bolchevique‑leninista puede esperar luchar victoriosamente para reunir los trozos dispersos del comunismo en España, reunificar el partido enderezándole y, recíprocamente, reunir tras él en el mismo movimiento a los trabajadores revolucionarios que han sido engañados por las direcciones tradicionales reformista y anarquista.

Pero la historia sella en Alemania el destino de la Internacional comunista, cuya política sectaria ha entregado a las bandas nazis el país clave de Europa. La Internacional comunista pasa así del lado del orden burgués, hay que reemplazarla. Y, desde 1933, se consagra a esta tarea en España, la creación de la sección española de la IV Internacional, no 1ogrando sin embargo convencer a su amigo Nin de que para ello hay que ir audazmente al encuentro de las masas cuya vanguardia, constituida espontáneamente bajo el empuje profundo de toda la clase, se reagrupa por el momento tras los «socialistas de izquierda» de Largo Caballero. Pero los trotskistas españoles permanecen tras Nin y se niegan a seguir a Trotsky.

Cuando en 1936, como respuesta al alzamiento de los jefes del ejército, los obreros españoles desencadenan al mismo tiempo revolución armada y guerra civil, no existe a ojos de Trotsky un partido capaz de jugar el papel del partido bolchevique, y él mismo no dispone ni de diez militantes para emprender esta hercúlea tarea en tales condiciones. Es así como, en los últimos años de la revolución española, planteándose en términos de dualidad de poder la fase más aguda del enfrentamiento entre las clases, Trotsky, después de haber sido y continuando siendo aún un buen profeta, se encuentra reducido al papel de comentarista de una historia en la que no tiene ningún medio de influir realmente como pudo creerlo por un instante durante el verano de 1936, cuando los amigos de Nin querían acogerle en la Cataluña alzada.

Peor aún, se ve obligado a dirigir lo más afilado de su critica contra los hombres próximos a él, sus antiguos camaradas de la Oposición española: la ironía se convierte en sarcasmo cuando el hombre que la maneja sufre el deber de desempeñar un papel que no quería y del que tiene conciencia de haber hecho todo lo posible por no tener que jugarlo.

De 1931 a 1939, España no está permanentemente en el centro de sus preocupaciones. Hay el ascenso del nazismo en Alemania, la política criminal dictada al partido comunista alemán por Stalin, la espantosa derrota sin combate que constituye para todo el movimiento obrero la victoria de Hitler: la lucha por la realización del Frente único en Alemania absorbe casi todos sus instantes de 1931 a 1933.

En los años siguientes, consagra sus cuidados a Francia, porque dispone en ella de un instrumento –modesto pero real‑: la organización de los bolcheviques leninistas franceses, sucesivamente Liga Comunista, grupo bolchevique leninista de la S. F. I. 0., Partido Obrero Internacionalista.

En fin ‑y no es evidentemente el fruto de un encuentro inocente del destino‑, en sus tres cuartas partes está preso en Noruega cuando, algunos días después del comienzo de la guerra civil española, Stalin, con los procesos de Moscú, desencadena su ofensiva terrorista para exterminar y desacreditar a los bolcheviques a través de los compañeros viejos bolcheviques de Lenin, contra la amenaza de la construcción de la IV Internacional. Se trata para Trotsky de una tarea sagrada, tarea que en ese momento es el único en poder asumir, la defensa, contra el estalinismo asesino, enterrador de la revolución, de la conquista histórica más preciosa del movimiento revolucionario mundial, el bolchevismo, que Stalin intenta por todos los medios destruir, a través de los hombres que lo han más o menos encarnada al lado de Lenin y a través de Trotsky y sus partidarios, y que desfigura en su propaganda pretendiéndose su sucesor.

El trabajo de Trotsky sobre los problemas de la revolución española se resiente de la preponderancia de   estos combates prioritarios. Sería sin embargo un error creer que España no ha ocupado mas tiempo y atención en la vida de Trotsky del que ocupa en la biografía, que le consagró Isaac Deutscher. A pesar del obstáculo de una documentación insuficiente, a pesar de la imposibilidad de contactos con el país por medio de un militante experimentado capaz de comprender la significación de los movimientos de clase ‑pues nadie reemplaza a Nin a su lado‑ a pesar del carácter insignificante del instrumento de que dispone ‑la minúscula «sección bolchevique‑leninista de España»‑, no abandonó nunca realmente este terreno.

Para él la España de los años treinta constituye un verdadero laboratorio de experiencia revolucionaria del proletariado y de la vanguardia: no es por azar si la palabra «lecciones» aparece tan a menudo en su pluma y principalmente en el título de los artículos. Las lecciones de España son lecciones crueles, que cuestan al proletariado español infinitos sufrimientos y centenas de miles de vidas. Pero son lecciones preciosas que permiten arrancar sus máscaras de «revolucionarios» a los representantes de la burocracia estalinista y a esos agentes de la burguesía que son en definitiva, una vez despojados de sus frases, los dirigentes anarquistas convertidos en ministros. Lecciones fructuosas para el proletariado en su conjunto, y también y ante todo para su vanguardia, los revolucionarios, los bolcheviques‑leninistas de todo el mundo que luchan por construir la IV Internacional. Pues los hombres a los que Trotsky critica con tanto rigor, a los que a veces, en la pasión que le anima por la causa proletaria, califica de «criminales» o de «traidores», sus antiguos camaradas de la Oposición internacional los Andrade, Molins, su amigo Andrés Nin, que están a la cabeza del P. O. U. M.,[3] no son ni estalinistas, ni reformistas ni anarquistas. Son revolucionarios que se consideran marxistas conscientes, se esfuerzan por pensar y actuar como marxistas, quieren hacer de su partido un partido bolchevique y llevar al proletariado español a la victoria a fin de dar un nuevo impulso a la rueda de la revolución mundial. Con diferencias de apreciación de los hombres y de las cosas de España, con divergencias sobre los ritmos y los mejores caminos, tienen en definitiva el mismo objetivo que él, la revolución mundial. Ahora bien, no sólo no avanzan en este camino, sino que, según Trotsky, acaban por convertirse en un obstáculo en este camino, un obstáculo suplementario para la creación de la IV Internacional en España.

Es el hilo del pensamiento de Trotsky. Y fue ciertamente uno de los dramas más dolorosos de los últimos años de su vida la obligación que se imponía de dirigir su critica más implacable contra quienes continuaba teniendo como compañeros de armas y que tenían como enemigos a sus mortales enemigos, en particular contra Andrés Nin al que continuaba teniendo por amigo y del que iba a escribir finalmente ‑en el momento en que, dos años antes que él, el dirigentes español caía bajo los golpes de asesinos ‑armados por la misma mano‑ que era un «viejo revolucionario incorruptible», un epitafio del que el viejo luchador no era pródigo en esta época de claudicaciones y di pretendidas confesiones, mientras que, según la expresión de Victor Serge, era «medianoche en el siglo».

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

TOMO PRIMERO



[1] Joaquín Maurín había nacido en Bonanza, pueblecito de la provincia de Huesca pero situado en una zona de influencia lingüística catalano‑parlante. En realidad, tanto su presencia en Cataluña desde su más temprana actividad política, como su toma de posición respecto al problema de las nacionalidades, justifican el poder mencionarle como «catalán», pero ésta no parece ser la idea del autor.

[2] Sobre la existencia de la Revolución Burguesa aplicada a España, se ha abierto un debate de difícil resolución. Recordemos que Josep Fontana, en Cambio económico y actitud política (Ariel quincenal) insiste en la reforma agraria liberal como liquidadora del régimen señorial. La interpretación de que en España no se había realizado la Revolución burguesa, parte a menudo de la equivocada idea de que para su realización es necesario una toma de poder según el modelo francés. La historia de la Revolución burguesa es la de la continua afirmación del modo de producción capitalista.

[3] Nin, Andrade y Molins, provenían de la I.C.E. (Izquierda Comunista Española) en que se había convertido la Oposición de Izquierdas trotskysta, que al constituirse el P.O.U.M., ofreció sobre todo una importante base teórica al nuevo partido, mientras su base de militantes la ofreció el B.O.C., cuyo líder, Joaquín Maurín, fue también el secretario general del P.O.U.M. y «cabeza» del mismo hasta su detención en Galicia por los sublevados a principios de la Guerra Civil.

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