Primera parte
LA LUCHA POR EL ENDEREZAMIENTO DEL PCE
Cuando
Trotsky, a su llegada a Prinkipo, se dedica a la
tarea de reunir y seleccionar en todo el mundo los elementos sobre los que
apoyarse para llevar a cabo la lucha contra el «centrismo estalinista» y sus
agentes a la cabeza de la III Internacional,, se ve conducido rápidamente a
poner a España en primera fila de sus preocupaciones, y va a consagrarle una
parte importante de su trabajo en 1930 y 1931.
El
P. C. español no es ciertamente en aquella época la más hermosa flor de la Internacional comunista. El ascenso
revolucionario, en este país neutral, coincidió con la revolución rusa, y el
movimiento de huelga general de agosto de 1917 abrió lo que se ha llamado el
«trienio bolchevique», marcado no sólo por un profundo movimiento de las masas que reviste las formas más
diversas, sino también por la formación de unas corrientes de simpatía consciente por la revolución rusa y la
experiencia bolchevique que atraviesa a todas las antiguas corrientes del movimiento obrero, tanto el partido socialista
y sus juventudes como la central anarcosindicalista de la C. N. T.
Los
militantes ganados al bolchevismo, de origen socialista, como García Quejido,
Lamoneda, Daniel Anguiano, dirigentes de la izquierda del partido, Juan
Andrade, Luis Portela o Luis Garcia Palacios, de las juventudes socialistas, o
Andrés Nin en 1921, secretario del comité nacional de la C.N.T., o de fuente
anarcosindicalista como los otros dirigentes de la C. N. T., Joaquín Maurín,
Hilario Arlandis, Jesús Ibáñez, son militantes de valor, cuya influencia se
ejerce en este periodo más allá de sus propias filas, sensible, por ejemplo, en
la búsqueda de un dirigente de la C.N.T. de la
envergadura de Salvador Seguí[1].
La adhesión ‑momentánea ciertamente‑ de la C.N.T. a la
Internacional comunista en diciembre de. 1919 es la prueba más manifiesta.
Pero
la génesis del partido comunista español se revela larga y difícil, por, como
ha subrayado Guy Hermet, la importancia de la huella anarquista sobre el
movimiento obrero y las posiciones maximalistas adoptadas durante este período
por el partido socialista. El partido comunista sólo se constituirá por etapas,
rompiendo primero las juventudes y constituyendo un partido comunista antes que
los militantes del partido partidarios de la adhesión a la III Internacional.
Cuando los dos partidos comunistas sucesivamente formados se fusionan por fin
después de cerca de dos años de fuertes polémicas, en noviembre de 1921, el
reflujo obrero es ya un hecho desde hace tiempo y las clases dirigentes están
volviendo a tomar la iniciativa. La crisis de la revolución rusa la protesta
general en las filas anarquistas inmediatamente después de la insurrección de
Cronstadt[2],
condujeron a la victoria de los adversarios del bolchevismo en las filas de la
C.N.T. y a la decisión de ésta de desafiliarse de la Internacional comunista en
junio de 1923. Nacido en pleno reflujo, el partido español franquea peor que
los otros la crisis que ve la marcha de la mayor parte de los dirigentes
salidos de la Izquierda socialista en 1923. La instauración, a finales del
mismo año, de la dictadura del general Primo de Rivera, y luego la
«bolchevización» impuesta a la Internacional y a sus partidos por la troika
Zinoviev‑Kamenev-Stalin, consolidando su victoria sobre Trotsky en el
partido bolchevique, acaban por doblegarle. Pasa de unos 4.000 adheridos en 1922
a un máximo de 1.200 a partir de 1924, y no cuenta ‑de forma bastante
formal por otra parte‑ a más de 800 militantes a la caída de la monarquía
en 1931[3].
Por
otra parte, parece asistirse a una verdadera descomposición bajo la dictadura
que reduce al partido a una clandestinidad precaria, que agravan las
iniciativas de Moscú. Los emisarios de la Internacional apartan a la dirección
salida de las juventudes socialistas, y entronizan en su lugar a una nueva
dirección alrededor de un aventurero, el antiguo oficial Óscar Pérez Solís.
Este último, se reconvirtió, en la cárcel, al catolicismo mientras que otro
dirigente del P. C., Ramón Merino García, toma la cabeza del «Sindicato libre»
patronal... En el verano de 1927, la Internacional confía a José Bullejos el
restablecimiento de la situación, algo tanto más necesario a sus ojos ya que se
trata de cerrar el camino del secretario general a Andrés Nin, que mientras
tanto se había convertido en el secretario de la Internacional sindical roja,
pero también se había sumado a la oposición de izquierda, en la que animó la
“comisión internacional”. El reino de Bullejos, en pleno «tercer periodo»
ultraizquierdista de la Internacional, es el de las expulsiones. Al final de la
monarquía, lo que se llama «partido oficial» no tiene de partido más que el
nombre. En Cataluña, la federación catalano‑balear que dirige Joaquín
Maurín se encuentra prácticamente fuera de la organización, sin haber sido sin
embargo formalmente expulsada; coexiste con una disidencia catalanista, el Partít comunista catalá, sólidamente implantado en varias ciudades
industriales como Lérida y Gerona, y en el puerto de Barcelona, entre los
portuarios; las federaciones de Asturias y Levante están en una situación poco
diferente y, con la vuelta de las actividades legales bajo la República, se
multiplican en todo el país las agrupaciones autónomas que de hecho están fuera del partido «oficial».
La
oposición de izquierda ‑los partidarios de Trotsky‑ cuenta con
militantes individuales, intelectuales o miembros del aparato venido a ella
sobre la base de su acuerdo con las posiciones de la oposición de izquierda
rusa. Es el caso, en la Unión Soviética, de Andrés Nin; en Francia de Julián
Gómez («Gorkin»), que milita en el P.C.F. y colabora en la prensa comunista y
procomunista, principalmente Monde de Barbusse, y que será
expulsado en 1927; en España el de hombres como Juan Andrade. . Como
organización, nace en Bélgica en el seno de los «grupos comunistas» organizados
alrededor de los P. C. belga y luxemburgués, donde la oposición de izquierda,
con Van Overstraeten en Bélgica y Reiland en Luxemburgo, tiene en esta época,
sólidas posiciones.[4] Los grupos
comunistas de Luxemburgo, que dirige un pintor de la construcción, Francisco
García Lavid, que milita bajo el nombre de Henri Lacroix, toman posición desde
1929 por la defensa de los opositores rusos deportados[5]:
con Garcia Lavid, uno de los animadores del grupo es un obrero comunista,
Gregorio Ibarrondo, que trabajó varios años en la Unión Soviética antes de
buscar y encontrar trabajo en Bélgica, donde milita bajo el nombre de Máximo
Carnicero. Los grupos comunistas de Bélgica y Luxemburgo se unen abiertamente a
la posición trotskysta tomando posición en octubre de 1929 sobre el conflicto
ruso‑chino.[6] En esta
época se toman los primeros contactos con España, sobre todo Bilbao, donde el
viejo comunista Fernando Salvatierra está perseguido por la policía[7],
con Asturias y Madrid, donde los opositores buscan el contacto con Andrade, que
ha reunido algunos militantes alrededor de él. En febrero de 1930, en Lieja, es
fundada oficialmente la oposición de izquierda española, y se lleva a cabo la
unión con Gorkin que hasta entonces había actuado independientemente. La
oposición de izquierda lucha por la «reorganización» del P.C.F., crea una
comisión «de difusión y propaganda», estudia la aparición de un boletín[8].
En las semanas siguientes sus principales militantes, principalmente F. García
Lavid, vuelven a España[9].
Los meses siguientes, su actividad se despliega en los principales centros
industriales, se establece un plan y se anuncia la publicación de un mensual Contra
la Corriente, en Valencia,[10]
prohibido por el gobernador. El órgano del P.C.E. clandestino, Bandera
Roja, desencadena contra los trotskystas
violentos ataques, haciendo público el nombre de Francisco García Lavid, loque
equivale a una denuncia.[11]
En la segunda mitad de 1930, la Oposición recibe el refuerzo de peso de la
llegada a Cataluña de Andrés Nin, expulsado de la Unión Soviética, con quien
Trotsky recomienza una apretada correspondencia. Los arrestos que alcanzan a
militantes de la Oposición muestran los progresos de esta última: Carnicero y
Lacroix son detenidos, luego, en Bilbao, la militante Estefama Ordozgoiti,
luego Justo Solazdbal y otro cuadro comunista, Pedro Garcia Lavid.[12]
En diciembre son arrestados por sus actividades politícas de opositores, en
Barcelona, Andrés Nin, y en Valencia otro cuadro comunista, José Soriano.[13]
Pedro García Lavid es condenado a tres años de prisión, Estaban Bilbao es
deportado[14]. Esta
represión y las dificultades políticas nacidas de la particular situación del
movimiento comunista español, disperso alrededor de un «partido oficial»
esquelético explican la lentitud de los progresos de organización de la
Oposición, que no consigue en 1930 realizar su primer objetivo, la aparición de
un boletín.
Como
lo señala la correspondencia entre Trotsky y Nin a partir de la salida de la
Unión Soviética de este último, hay otras dificultades, de orden político.
Andrés Nin., después de varios años, vuelve a relacionarse con la situación
española y, fijado en Barcelona, vuelve a encontrar a su camarada de los años
veinte, Joaquín Maurín, a quien le une una sólida amistad personal y a quien
estima profundamente. Nin se fija como objetivo convencer a Maurín y ganarle a
la oposición de izquierda. La tarea le parece tanto más interesante en la
medida en que Maurín,. personalidad brillante, que goza de una indudable
popularidad entre los trabajadores catalanes, se encuentra a la cabeza de la
federación catalano‑balear, que constituye en Cataluña el único grupo
comunista realmente existente: la lucha por ganar a los militantes del partido,
los militantes comunistas, pasa, a sus ojos, al menos en Cataluña, por la lucha
por la Federación, con ella, en su seno. Trotsky no está opuesto a un trabajo
de «fracción» en el interior de la Federación, pero plantea bastantes reservas
hacia Maurín, que le parece más bien ligado, en el plano internacional, a la
oposición de derecha que inspira Bujarin. Sobre todo, está interesado en que la
Oposición ‑en cualquier organización en que actúen sus militantes‑
tenga su propia fisonomía, es decir, que esté organizada como fracción.* con su
propia disciplina y su órgano público de expresión. Pero, en este terreno, Nin
vacila, tarda en organizar la fracción, e incluso a unirse, en la práctica, a
la acción que han comenzado antes de su llegada Garcia Lavid y sus compañeros.
En
relación a la fragmentación de los comunistas españoles, Trotsky sugiere una
orientación que Nin aprueba totalmente: en España, la lucha por el
«enderezamiento» pasa por la «unificación» del partido de los trozos dispersos
por la política irresponsable de los dirigentes estalinistas. Las cartas de
Trotsky llegan en enero de 1931 a la cárcel de la que Nin está detenido con
Maurín y otros dirigentes de la federación: alimentan ricas discusiones y
consiguen el asentimiento de los «maurinistas»[15].
Prácticamente incorporado al estado mayor de la federación catalana, Andrés Nin
no siente sin duda la necesidad de construir esta «fracción» bolchevique‑leninista
que constituiría, para él, en Cataluña, un rodeo, mientras
piensa poder influenciar directamente a Maurín y sus compañeros. Trotsky se
impacienta, se irrita por el «tiempo perdido», por las oscilaciones de Maurin,
que por otra parte lleva a cabo negociaciones secretas con Humbert‑Droz,
emisario de la Internacional comunista que intenta recuperarle[16].
Las cartas de Nin le anuncian noticias contradictorias, que reflejan las dudas
de la dirección de la Federación donde la amistad personal entre Nin y Maurín
no supera, quizá, los prejuicios contra la Oposición, donde existen fuertes
tendencias a la conciliación con la dirección de la I. C. y donde, sobre todo,
los puntos de vista de la oposición de izquierda son considerados como emanados
de una situación que es propiamente rusa, y que por tanto no tiene importancia
para el combate inmediato de los comunistas españoles. La unificación de la
Federación con el Partit Comunista Catalá ‑donde Trotsky entreve la
influencia de la corriente «catalanista» pequeño‑burguesa, a través de la
constitución del «Bloque obrero y campesino» que fracasará en su objetivo
inmediato de ganar a la organización de los pequeños propietarios catalanes de
la Unió de
Rabassaires, parece a Trotsky de mal
augurio en cuanto a su orientación política fundamental: según él, Maurin y los suyos desarrollan puntos de
vista muy próximos a los de la I. C. durante su segundo periodo oportunista, en
una palabra se orientan hacia la política oportunista de la Internacional en
China, hacen «puro kuomintanguismo». Lo escribe, sin rodeos, en una feroz
crítica dirigida a la revista trotskysta francesa La Lutte de classes, justo después de la publicación por esta
última del programa del Bloque obrero y campesino.
Otra
divergencia, que se expresa cada vez más abiertamente en la correspondencia
entre Trotsky y Nin, está latente.
La política preconizada por Nin en Cataluña corre el riesgo, según Trotsky, de comprometer
a la Oposición a los ojos de los obreros comunistas, y, aún más grave, de
desviar a los militantes de la tarea de enderezar el partido español, al que,
actuando así, dan de hecho la espalda. Los militantes trotskystas españoles no
pueden esperar ser tomados en serio en el resto de España, ni en el resto del
mundo, si su principal personalidad, Andrés Nin, se
liga demasiado estrechamente al grupo de Maurin, del que nada garantiza que
esté en una línea de «enderezamiento» del partido, sino que todo indica por el
contrario que no excluye la perspectiva de proclamarse «nuevo partido», en
competencia con el partido oficial.
Nacida
apenas, la oposición española está pues envuelta en serias contradicciones. En
junio de 1930, en una carta de Barcelona a La Verité, Lacroix
escribe que Maurin era en realidad un «estalinista con reservas» y que su grupo
constituía la «fracción más perjudicial para el desarrollo del partido
comunista»[17], en
oposición flagrante con Gorkin que escribía algunos meses antes en el mismo
periódico que la Federación estaba de hecho «con» la oposición de izquierda[18] Las contradicciones parecen superadas
después de la revolución del 14 de abril,[19]
que hace legales las actividades de las organizaciones comunistas.
Algunos
días después, Lacroix escribe a La Verité: «La Oposición existe
bajo la forma de la federación catalana, que es el único grupo comunista
organizado de Cataluña.. La Federación cuenta con varias centenas de miembros.
Nuestros camaradas, entre ellos Andrés Nin, trabajan en esta federación, que no
se sitúa enteramente en el terreno de la plataforma internacional de la
oposición de izquierda, pero que constituye el verdadero núcleo proletario
comunista.»[20] Es una
posición rigurosamente idéntica la que defiende, en lo que concierne a otro
grupo disidente, la agrupación autónoma
de Madrid, el ruso Mill, enviado
por el Secretariado Internacional de la Oposición a España en mayo. En una
carta del 3 de mayo, explica que los militantes de la oposición de izquierda
forman parte de esta agrupación, y precisa: «La agrupación ha
comprendido ‑y, en esto se diferencia de la mayoría de la federación
catalano‑balear‑ que la unidad en España será hecha contra los burócratas de
la Internacional comunista y que no es posible con ellos ningún compromiso.»[21]º
Precisa
que la Oposición aporta su «ayuda total» a esta agrupación de
la que escribe: «¿Es trotskysta? ¿Se adhiere a la Oposición de izquierda? ¡No!
Pero la agrupación desembarazada del
aparato burocrático de la I.C. permite la discusión comunista y la colaboración
de la oposición leninista en su seno.» [22]
Trotsky
considera la posición de Mill como escandalosamente oportunista, pero sin
embargo prosigue la correspondencia y la discusión personal con Nin. El viaje
del representante del S.I. ha tenido al menos, para él, una consecuencia positiva: la constitución, con militantes madrileños,
de una dirección provisional de la Oposición en España ligada a los grupos que
se crean en las provincias y cuyos responsables son Andrés Nin en Cataluña,
José Loredo Aparicio en Asturias, Luis Rastrollo («L. Siem») en Galicia,
Esteban Bilbao en el pais vasco.[23]
La primera consecuencia de esta organización provisional es la aparición, en
Oviedo, de una revista mensual de la Oposición, Comunismo, de brillante
presentación, a la que Trotsky saluda con alegría. El 7 de junio de 1931 se
celebra en Madrid la 2ª Conferencia nacional de la oposición de izquierda que
confirma las decisiones «provisionales» y comienza a estudiar planes para la
publicación de un semanarío.[24]
La exclusión de Gorkin, un mes después, no parece debilitar las posiciones
inicialmente adquiridas, pues hasta entonces se había mantenido al margen de la
actividad de la Oposición española. Sobre todo, la evolución de Maurín y de la
Federación provoca una ruptura entre Nin y Maurin y una polémica pública en la
que Nin se acerca considerablemente a las posiciones defendidas hasta entonces
contra él por Trotsky. Los puntos de
vista defendidos por Maurín en su conferencia del Ateneo de Madrid el 7 de junio, su hostilidad
manifiesta tanto a los «trotskystas» como a los «estalinistas», su toma de
posición «separatista» para Cataluña, su afirmación del «carácter nacional» de
la revolución española, y su llamamiento a una «Convención» que animarían los
«jacobinos» de los partidos republicanos llevan a Nin a dar públicamente una
apreciación severa. Maurín adopta, según él, una orientación política que, «si
le aleja de los estalinistas y de la oposición de izquierda, en revancha le
acerca a la izquierda pequeño‑burguesa». En adelante la polémica entre
las dos organizaciones alcanza una violencia extrema. Arquer, antiguo miembro
del P.C.C. convertido en dirigente del Bloque Obrero y Campesino,
ataca en una serie de artículos a los «epígonos del trotskysmo», y reivindica para
el Bloque la paternidad de la consigna de «unificación de los comunistas». El
Bloque abandona la consigna de «juntas revolucionarias » y Arlandis escribe en La
Batalla: «El soviet, o, lo que es lo
mismo, el congreso de todas las organizaciones de la clase obrera, los consejos
obreros, los partidos políticos de la clase obrera, los sindicatos, las
cooperativas y las organizaciones campesinas ... »[25],
y el 2º Congreso del Bloque precisará que
«comités de fábrica y sindicatos podrían transformarse en instrumentos de
poder».[26]"
Los «trotskystas» ‑como los viejos comunistas Molins y Fábrega, F. de
Cabo‑ salen o son excluidos del Bloque en Cataluña. En agosto, en fin,
renunciando a la consigna de congreso de unidad abierto a todos los grupos y
que decida la readmisión de todos los expulsados por motivos políticos, el
Bloque silencia el acuerdo de los opositores de izquierda con este congreso de
unidad, lo convoca con la agrupación de
Madrid sólo, luego pone condiciones que permiten al partido oficial escurrir el
bulto... Pronto, la agrupación autónoma
de Madrid estalla, volviendo una parte de sus dirigentes, con Evaristo Gil, al
partido oficial así como en Cataluña el grupo que animan Hilario Arlandis y Antonio
Sesé, mientras que Luis Palacios se une a la Oposición de izquierda y el núcleo
restante, con Luis Portela, a quien viene a reforzar Gorkin, se acerca a
Maurin. Aunque éste haya rechazado la «denuncia» de los trotskystas que le era
pedida como precio de su eventual readmisión en las filas del partido oficial y
de la Internacional, Nin da sobre su orientación un juicio severo: «No dudamos
de la sinceridad comunista, escribe, de algunos des los dirigentes del Bloque
obrero y campesino y sobre todo de los buenos elementos proletarios de sus
filas, pero el principio menchevique sobre el que se funda su organización les
conducirá inevitablemente por el camino del oportunismo más desenfrenado, con
gran daño para la causa comunista. El que, ya actualmente, mientras se expulsa
sistemáticamente del Bloque obrero y campesino a comunistas indudables ‑como
los de la oposición comunista española y los del grupo Arlandis-Sesé‑,
puedan formar parte de él simpatizantes del Estat Catalá... surrealistas y
masones, debería abrir los ojos a los militantes de buena fe que continúan
creyendo que el bloque obrero y campesino es una organización comunista».[27]
La hipoteca de la federación comunista catalana parece levantada y la Oposición
puede marchar adelante.
Trotsky
estima sin embargo que se ha derrochado un tiempo precioso, a pesar de sus
repetidas advertencias. La situación española es favorable para una penetración
de la oposición de izquierda si ésta sabe a la vez analizar la situación
concreta, comprender el movimiento real de la clase obrera que aspira a la
revolución, y proponerle consignas de «transición» que le permitirán hacer su
experiencia, enfrentarse por si misma a los aparatos tradicionales que se
esfuerzan por frenar su entrada en el camino revolucionario. Incansablemente
Trotsky explica y reexplica la experiencia de la revolución rusa, la necesidad
de realizar el frente único obrero, de luchar, con la clase, porque los
dirigentes socialistas rompan con la burguesía representada en sus partidos «de
izquierda». Pero, al mismo tiempo, pone en guardia a sus camaradas contra las
tentaciones «izquierdistas», la actitud que consistiría en lanzar ultimátums a
la clase, una política que enfrentaría a los comunistas con ella, en lugar de
desarrollarla desde el interior como un fermento. Hay que utilizar, repite, lo
que es progresivo en las ilusiones de la clase obrera para permitirle elevar su
nivel de conciencia ‑no denunciarlas para darles una clase magistral.
Ahora bien, cree que sus camaradas españoles no han sabido mostrarse a la
altura de las circunstancias, que han permanecido, en gran medida, como
comentadores pasivos ante una situación de la que no se sentirían un elemento,
el más vivo y activo, por luchas en el sentido del movimiento de la clase. Se
vuelve, pues, hacia el Secretariado internacional, hacia las demás secciones de
la Oposición internacional, para pedirles no sólo la indispensable ayuda
material sino también su apoyo político. Pronto, se tranquiliza: el ritmo de la
revolución española es finalmente muy lento, y probablemente, su futuro
«Octubre» y su «Febrero» pasado ya, se verán separados por años. Y, además, el
primer impulso ya ha sido dado, la Oposición comienza a dar algunos pasos
adelante, a sumergirse en el combate.
En
efecto, en algunos meses sus progresos son rápidos e incluso espectaculares.
Aunque El Soviet semanal no haya tenido a partir de
mayo de 1932 más que una existencia efímera, reaparece a partir de octubre de
1932. Los éxitos de la propaganda de la oposición comunista española son considerables
y, en febrero de 1932, sus responsables levantan un balance satisfactorio de su
actividad en este terreno en menos de un año, difusión de 18.000 ejemplares de
la revista Comunismo, de 21.000 de El
Soviet, edición de 33.000 folletos, venta de 722 obras de
Trotsky.[28]. Cuando se
reúne la 3ª Conferencia, en marzo de 1932, en presencia de tres delegados de la
Oposición internacional, Naville, Franck y Molinier, los progresos realizados
son notables igualmente en el terreno de la organización. El primitivo núcleo
ha crecido considerablemente y la Oposición se acerca a la cifra de 1.000
militantes organizados. En sus filas se encuentran quizá tantos nombres de
comunistas prestigiosos como en las del Bloque, y, sin duda alguna, más que en
el partido oficial: en Barcelona, Andrés Nin, que fue secretario de la C.N.T. y
luego, de la Internacional sindical roja, militante conocido y estimado en todo
el movimiento obrero, el brillante periodista Narciso Molins y Fábrega, venido
del P.C. a través del Bloque; en Madrid, Juan Andrade, antiguo dirigente de las
juventudes socialistas y del P.C. fundado en 1919, mucho tiempo redactor jefe
de su órgano central hasta su eliminación por el. aparato internacional, Luis
García Palacios, que fue el primer secretario general de las juventudes
comunistas; en Asturias, José Laredo Aparicio, que había llevado a la
Internacional comunista y al bolchevismo a la federación asturiana del P.S.
antes de ser, como Andrade, alcanzado por la pretendida «bolchevización»; en
Valencia el viejo dirigente comunista obrero José Soriano; en Bilbao, Esteban
Bilbao, uno de los cuadros de la organización comunista regional ‑una de
las pocas de España‑ desde hacía diez años. En varias localidades existen
grupos comunistas fundados y dirigidos por militantes de la oposición de
izquierda, mientras que el partido oficial no ha podido implantarse, y, por
otra parte, los opositores obligan a menudo a los responsables a la discusión
pública. La oposición de izquierdas cuenta en sus filas con intelectuales de
valor, auténticos escritores comunistas, teóricos, como Molins y Fábrega y
Andrade, ya reconocidos como tales, también además con Esteban Bilbao, y, un
poco más joven, brillante escritor de sólida formación marxista, Enrique
Fernández Sendón, que utiliza el transparente seudónimo de «Fersen». Cuenta
también con sólidos núcleos obreros, en Madrid, donde Francisco García Lavid no
se contenta con ser el infatigable secretario general de la pequeña
organización, sino que además es elegido, con otros opositores comunistas, a la
dirección del sindicato C.N.T. de pintores de la construcción,[29]
en El Astillero, en la provincia de Santander, donde se contarán en 1931, en
las municipales, 73 votos en las urnas por... Trotsky[30]
y donde el organizador político y sindical de los obreros del petróleo, Eusebio
Cortezón, es uno de los dirigentes nacionales de la Oposición; en Llerena, en
la provincia de Badajoz, alrededor de Luis Rastrollo, animador y organizador de
la Casa del Pueblo, y del dirigente Félix Galán, en Gijón, con Emilio García,
militante reconocido de la C.N.T., a pesar de su calidad de comunista, y
secretario del Ateneo obrero de la gran ciudad industrial asturiana. Ninguna
sección de la oposición de izquierda internacional ha llegado hasta entonces a
reunir tantos militantes de valor, ni siquiera a alimentar tan grandes
esperanzas a corto plazo. Sin embargo, en la 3ª Conferencia que constata estos
considerables progresos, se dibuja ya una nueva crisis que va a enfrentar
contra Trotsky a la mayoría de la Oposición española reagrupada esta vez
alrededor de Andrés Nin.
Su
origen es esta vez extranjero al contexto español, y el conflicto entre Trotsky
y Nin, que conducirá a la ruptura, no está ligado a los acontecimientos de
España más que de rebote. En efecto, desde 1930 ha aparecido en el seno de la
organización francesa de la oposición de izquierda, la Ligue
Communiste, el conflicto sobre los «métodos» que enfrenta a
una parte de los dirigentes contra Raymond Molinier, calificado de «aventurero»
e «irresponsable». En primera fila de sus adversarios, Alfred Rosmer, viejo
compañero y amigo personal de Trotsky, no consigue convencer a éste último de
retirar a Molinier el apoyo que le da. Abandona entonces sus responsabilidades,
retirándose de la Ligue, sin unirse sin embargo a los militantes que, a la
cabeza de la «Gauche Communiste», eligieron la escisión y el ataque desde el
exterior.[31] Rosmer y
Nin están unidos personalmente por los años de colaboración en los primeros
años de la Internacional sindical roja, por itinerarios idénticos y una
comunidad de temperamento y reacción. Trotsky, ansioso por conocer la opinión
de Nin sobre el conflicto, de utilizar quizá su amistad con Rosmer para retener
a este último, se irrita por una actitud que le parece provenir de una neutralidad
inadmisible, por la aparición en Comunismo de
textos de Rosmer, inquietado porque Nin no haya hablado por si mismo de un
viaje efectuado a España por Rosmer. Sin embargo las cosas parecen arreglarse
cuando Molinier, a su vez, pasa algunos días en España, siempre emprendedor y
eficaz: su dinamismo seduce a Nin, pero, sin duda, más aún la ayuda financiera
que aporta para la publicación de El Soviet, su promesa de continuarla a fin de equilibrar las precarias finanzas de
este semanal de la oposición comunista en un país tan pobre, en plena crisis
económica: Molinier no mantiene sus promesas y El Soviet desaparece. Nin le ataca entonces con tanto mayor vigor, denuncia su irresponsabilidad y hace conocer en la
Oposición internacional esta nueva «hazaña» de Molinier, uniendo con ello su
voz al concierto que se eleva contra el dirigente francés, tanto en el interior
como al exterior de la Oposición, en grupos como la Gauche Communiste de Claude
Naville, que se reclama de Rosmer, o la organización alemana de Landau, antiguo
miembro, él también, del primer secretariado internacional de la oposición de
izquierda.
El
«asunto Rosmer» se duplica pronto con un «asunto Mill». Este último, militante del
P.C. de origen ucraniano, joven y poco experimentado, debió a su conocimiento
del ruso el ser puesto en el Secretariado internacional ‑que componen
además, Frank y el italiano «Suzo», seudónimo del viejo compañero de Gramsci,
antiguo miembro del secretariado del P.C.I. clandestino, Alfonso Leonetti.
Cuando Mill fue enviado a España, poco después de la proclamación de la
República, redactó cartas, publicadas en La Verité,[32]
que escandalizaron a Trotsky por la
confusión que mantenían, según él, entre oposiciones de «derecha» y de
«izquierda». Ahora bien, Mill, miembro del «grupo de lengua judía» había
apoyado a Molinier al comienzo de la crisis en la Ligue francesa; pero,
empleado por éste en su actividad profesional, cambia rápidamente de opinión y,
en agosto de 1931, en nombre del «grupo» se dirige a Rosmer para pedirle su
«intervención activa[33]»
en la lucha contra Molinier. [34]2
Los opositores españoles ‑en primer
lugar Nin‑, están de todo corazón con Rosmer y se sienten solidarios de
Mill. En la lucha fraccional que se desencadena en toda la Oposición
internacional, se levantan contra la «fracción Molinier» a la que apoya
Trotsky, y protestan contra el proyecto de transferir a Berlín el Secretariado Internacional a fin de hacer participar en
él a tiempo completo, a Markin ‑Léon Sedoc, el hijo de Trotsky‑ a
quien consideran como el hombre de la fracción Trotsky‑Molinier y que
debe tomar el lugar de Mill como especialista de las cuestiones rusas. Trotsky
considera que, sin haberlo expresado claramente y sin haber llevado sobre esta
cuestión, una verdadera discusión política, Nin se ha unido de hecho a la
coalición de los que le combaten y cuya única base de unidad reside en la
hostilidad a sus «métodos» y al papel jugado por Raymond Molinier.
Las
dificultades políticas propias al trabajo español vienen a agravar esta
discrepancia. La coalición en el poder de los republicanos burgueses y
socialistas, detrás del gobierno de Manuel Azaña, revela rápidamente su
verdadero rostro, y el miedo a las masas obreras y campesinas que inspira toda
su política. La desenfrenada política de colaboración de clases de los
socialistas, la política aventurerista-putchista de los anarquistas, que
arrastran tras ellos a la C.N.T., dejan teóricamente un lugar importante para
una actividad comunista seria, que intente adaptarse al movimiento de la clase
obrera y empujarle adelante, desde su interior, El ultimatismo del P.C.
oficial, su concepción del «frente único por la base» dan la espalda a esta
política, y Trotsky aún espera que sus camaradas españoles van a poder utilizar
esta coyuntura para la construcción de la oposición de izquierda. Pero el
impulso inicial se ha reducido rápidamente. Las querellas grupusculares sobre
el «congreso de unidad» son capitalizadas por el partido oficial: obligado a
renunciar a recuperar a Maurin ‑que no acepta la versión de Moscú sobre
el «trotskysmo» y se niega a suscribir su condena‑, consigue sin embargo
explotar en parte en su provecho a la corriente unitaria atrayendo a sus filas,
con Hilario Arlandis y Evaristo Gil, al grupo de «oposición obrera» del Bloque
obrero y campesino, la mayoría de los elementos que constituían en Madrid la
agrupación autónoma. En 1932, en parte quizá bajo el impulso de las críticas de
la oposición de izquierda, y en cualquier caso, para responder a un serio
malestar en las filas del partido, la Internacional comunista anuncia un
«giro», esboza una política que rompe con el sectarismo y el ultimatismo de los
primeros meses de la República: pronto se ve que sirve en realidad sobre todo
para eliminar, en las personas de José Bullejos y Adame, a una dirección en
parte desacreditada y más de una vez rebelde, a fin de entronizar en su lugar a
gentes más jóvenes, más dóciles, sin lazos con el pasado del movimiento ni con
el movimiento de masas, los Jesús Hernández, Pasionaria..., que aceptarán sin
rechistar las posiciones mas sectarias y aventureristas, y son en España los
incondicionales de Stalin. La orientación hacia el comunismo de varios
elementos de la C.N.T. que rechazan a la vez el oportunismo de Pestaña y el
putchismo de la FAI beneficia también al partido comunista oficial, que utiliza
el «comité de reconstrucción» creado a partir de sus propias posiciones en el
proletariado de Sevilla, alrededor de militantes como José Díaz, para fundar
una central sindical escisionista ‑una central más‑, la
Confederación General del Trabajo Unitaria, C.G.T.U., que se ímplanta además en
Madrid y en Asturias. El P. C. no logra conseguirlo en Cataluña, donde el
Bloque de Maurín le hace pantalla, pero en otras partes constituye una fuerza,
si no aún muy sustancial, al menos cuatro o cinco veces superior en número e
infinitamente superior en medios materiales a la de la Oposición que, por su
parte, sigue sin mantener la publicación regular de su semanario, en un período
en que la ayuda material de la Internacional comunista permite al P. C. oficial
publicar un diario.
El
impacto del P. C. oficial está sin embargo lejos de ser considerable en la
clase obrera. Además, estrechamente sometido a las directrices de la I.C., de
la que depende totalmente para su actividad, vacuna preventivamente a sus
militantes contra el «trotskysmo», al que les hace considerar como su enemigo
principal, contra los socialistas, bautizados «social‑fascistas», o los
anarquistas a los que trata de «anarco‑fascistas». En estas condiciones
no tiene nada de extraño que numerosos militantes españoles de la Oposición
española ‑y Nin, aparentemente está entre ellos‑, hayan considerado
como una tarea inútil, un rodeo nefasto, la concentración de sus fuerzas en el
«enderezamiento» de un partido construido enteramente fuera y a veces también
contra el movimiento de la clase obrera, de este aparato que le es exterior, y
que ciertamente es el organismo menos susceptible de ser enderezado por
«trotskystas». Así pues, es muy grande la tentación de asumir una política
«independiente» ‑o al menos más independiente‑, de tener por
suficientes sus propias posiciones, a fin de llevar ellos mismos a la practica
la política que proponen al partido sin esperar su «enderezamiento», de ganar
directamente los militantes obreros españoles que buscan un camino
revolucionario y que el «comunismo oficial» desvía del comunismo.
Es
esta tendencia profunda, aunque no siempre claramente expresada, la que se encuentra
indudablemente en el origen de la crisis que cristaliza a partir de la 3ª
conferencia de la oposición comunista española en marzo de 1932[35],
aunque los desacuerdos se den sobre un conjunto de puntos. El primero tiene que ver con las relaciones
de la Oposición española con la Gauche Communiste francesa, el «grupo Rosmer» y
los elementos reunidos por Landau. Parece claro que Michel Collinet, delegado
de la Gauche Communiste llegado a Madrid unos días antes de la celebración de
la conferencia, se haya reunido con Lacroix y Nin, y haya sido invitado para
representar a la «Oposición francesa» en la conferencia. La llegada de tres
delegados del Secretariado internacional, Raymond Molinier, Pierre Frank y
Naville, hace saltar el conflicto. No pueden admitir la presencia ni,
sobretodo, la representación, en pie de igualdad, de un grupo excluido de la
Oposición internacional. Los dirigentes españoles retroceden, y Collinet se
contenta con asistir como observador a la conferencia, pero la lectura del
mensaje ‑y de los reproches‑ del S.I., así como la invitación que
hacen sus delegados de votar una resolución aprobando la ruptura efectuada a
nivel internacional con los «grupos» de Rosmer y Landau, son el pretexto de los
inevitables incidentes. Como respecta a sus exigencias, la conferencia estima
que no está suficientemente informada para tomar sobre este asunto la posición
que le piden los representantes del Secretariado Internacional. Este rasguño va
a envenenarse rápidamente. La segunda divergencia aparece a propósito de la
táctica electoral, y, a través de las posiciones circunstanciales, traduce las
divergencias latentes sobre la apreciación del papel del Bloque obrero y
campesino de Maurin y la de las perspectivas de la lucha por el enderezamiento
del partido oficial. En la 2º
conferencia, en junio de 1931, a pesar y
contra la opinión de Henri Lacroix y Esteban Bilbao, había hecho rechazar una
moción que preveía que, en un primer tiempo, se dirigirían propuestas de frente
único por parte de la oposición a todos los grupos comunistas, y que, en un
segundo, independientemente de la respuesta –incluso negativa, como era
probable‑ del partido oficial, la Oposición sostendría en todas partes a
los candidatos de este último. Apoyándose precisamente en el ejemplo de Cataluña
‑donde el P.C. oficial no teíla más que una existencia teórica‑ Nin
había hecho decidir por la Conferencia el apoyo de la Oposición a las
candidaturas «presentadas por los grupos de base», es decir, un eventual apoyo
a los candidatos del Bloque, lo que constituía ya evidentemente un serio
obstáculo a la línea de lucha por el « enderezamiento ». En la 3ª conferencia,
dando un paso más, Fersen propone el avanzar en «una acción política más
independiente» una posición que los delegados catalanes, con Nin, completan
reclamando 1a. Intervención independiente de la oposición de izquierda en las
elecciones. Andrade, esta vez, así como Lacroix, consideran esta actitud como
una «ruptura con la línea política de la Oposición». Pero Fersen y Nin
triunfan; aparece entonces claramente que esta decisión plantea el riesgo, en
las próximas elecciones, de conducir a la oposición de izquierda a abandonar su
actitud de oposición hacia el P.C. para levantarse como elemento de
alternativa, «nuevo partido» de alguna manera escisionista, contrariamente a lo
que todas las demás escisiones por otra parte defienden, y en oposición a la
actitud de «enderezamiento» de la Internacional. Otro índice de este
deslizamiento de la mayoría de la Oposición española hacia «la acción política
independiente» aparece sin duda alguna en la decisión ‑tomada por
unanimidad en la conferencia‑ de rechazar el adoptar, a imagen de las
otras secciones, el titulo de «Sección española de la oposición de izquierda
(Bolcheviques‑leninistas)», que le parece exótico... Aún más grave, la 3ª
conferencia decide, con la misma unanimidad, llamarse en adelante Izquierda
Comunista Española (I.C.E.), mientras que este mismo titulo es el elegido para
su organización disidente por los elementos que han abandonado en Francia la
Ligue Communiste reclamándose de Rosmer[36]
y que se han hecho representar por Collinet en esta conferencia.
La
elección del nuevo nombre, la acogida hecha a Collinet, el rechazo a condenar a
Rosmer y Landau, la propuesta de una conferencia internacional que oiría a
grupos y militantes expulsados de la Oposición Internacional, todas estas
iniciativas de la dirección española, a las que están asociados tanto Nin como
Lacroix, inquietan a Trotsky y al S.I., pues les parecen el indicio de un
cambio político, el signo del comienzo de una batalla política contra ellos.
Lacroix, cuyo particular temperamento estuvo en el origen de bastantes
dificultades en la organización española, pide ser descargado de sus funciones
de secretario general por «razones de salud». Nin le reemplaza sin que haya
habido discusión política sobre los problemas planteados: en adelante las
nuevas y viejas divergencias van a cristalizarse alrededor de su persona. Desde
su entrada en funciones, el nuevo comité ejecutivo, en una declaración
particular, debe defenderse contra la interpretación hecha por el S.I. de las
decisiones de la 3ª conferencia: reafirma su acuerdo con las decisiones
respecto a Landau y Rosmer, y niega formalmente que la elección del titulo de
«Izquierda Comunista» tenga una significación política que permita ligar a la
Oposición española a los disidentes, franceses que se reclaman de Rosmer.
Pero
el conflicto que se esbozaba en marzo entre «oposicionistas» y partidarios de
la «acción independiente» no acaba de extinguirse. En Madrid, dos militantes,
Arlen y Vela ‑que desde hacía varios meses estaban en correspondencia con
Trotsky‑ levantan la bandera de la fidelidad al combate por el
«enderezamiento» del P.C. y, sobre todo, Lacroix acusa a la nueva dirección de orientarse en la práctica hacia la
constitución de un «nuevo partido». Negándose a inclinarse ante las decisiones
del ejecutivo, transferido de Madrid a Barcelona, se lanza a una actividad
fraccional, publicando su propio boletin y buscando en una desmedida autocrítica
el medio de obtener el apoyo de Trotsky:[37]
Este último se inquieta de las circunstancias de la explosión de la crisis
española tanto como de la ausencia de sus camaradas españoles en la conferencia
organizada con ocasión de su viaje a Copenhague. Tampoco está dispuesto a dar
un cheque en blanco a Lacroix. Tomando sus distancias en relación a la crisis,
hace publicar los principales extractos de su correspondencia con Nin. El
ejecutivo protesta, considerando que eso es dar un apoyo indirecto a Lacroix; [38] pero, mediante una carta a Lacroix, Trotsky afirma su negativa a tomar
partido. De hecho, el conflicto en el seno de la Oposición española condujo
sobre todo a envenenar las ya malas relaciones entre sus dirigentes y el
Secretariado Internacional. Nin y sus partidarios se indignan de que el S.I.
mantenga una aparente igualdad de trato entre la dirección elegida en la 3ª
conferencia y el grupo de militantes
alrededor de Lacroix [39]
que no tiene más que una voz consultiva.
Pero las resoluciones de compromiso penosamente elaboradas no son aplicadas por
ninguno de los adversarios. Finalmente, el grupo Lacroix estalla. Aislado, el
antiguo secretario general, expulsado por «malversación de fondos», intenta
reintegrarse en el partido comunista; luego, al precio de una penosa
autocrítica, consigue que le admitan en las filas socialistas.[40]
Su abandono es doloroso para todos, pues había sido el alma de la Oposición en
sus comienzos. Afectó particularmente a Trotsky, en la medida en que Lacroix se
había presentado desde el comienzo de la crisis como su incondicional
partidario, en la medida también que parece haber querido utilizar la crisis
para hacer prevalecer, contra Nin, sus posiciones en las cuestiones que les
oponen. Las acusaciones lanzadas por el C.E. de la Izquierda Comunista contra
el S.I. y sus maniobras «fraccionales» con el grupo de Arlen y Vela,[41]la
negativa de la dirección internacional al hacer conocer a todas las secciones
la posición de la sección española, han minado la confianza de numerosos militantes y comprometido
seriamente unas relaciones internacionales que ya estaban lejos de ser
excelentes. La aventura de Lacroix da fe de una grave crisis; parece anunciar
ya una escisión entre los trotskystas españoles y el resto de la organización
internacional.
La
situación general va a decidir las cosas de otra manera. 1933 vio en efecto la
victoria de Hitler en Alemania, una terrible derrota sin combate para el
proletariado, resultado de la política ultraizquierdista llevada por el partido
alemán y la Internacional comunista que hicieron de la socialdemocracia,
rebautizada por ellos «social‑fascismo» el adversario nº 1. La ausencia
de reacción seria en las filas del partido ruso y de la Internacional,
inmediatamente después del acontecimiento, el silencio de las filas comunistas,
militarizadas, ante los frutos desastrosos de una política catastrófica,
conducen a Trotsky a considerar que la victoria de Hitler ha marcado la
bancarrota del estalinismo, su «4 de agosto de 1914», a proclamar el paso de la
Internacional comunista del lado del orden burgués, y de la necesidad, para los
«bolcheviques‑leninistas», luego del fracaso de sus esfuerzos por
enderezar la de consagrarse a la construcción de una nueva internacional, la
IVª
Asi
desaparece una enorme divergencia potencial. Los partidarios de la «acción
independiente» en España, Andrés Nin a la cabeza, están satisfechos. En la
preconferencia, Fersen, representando a la Izquierda comunista española, afirma
incluso: «La orientación que ahora ha adoptado resueltamente la organización
internacional prueba la justeza de la orientación tomada anteriormente por la
sección española»[42].
Pero Trotsky está lejos de compartir este punto de vista. En efecto, según él,
es la experiencia vivida, en este caso la victoria de Hitler sus consecuencias,
lo que justifica el giro hacia la construcción de partidos revolucionarios
nuevos y de la IV Internacional: las divergencias de principio subsisten en
realidad entre Nin y él, agravadas en adelante por las consecuencias de la lucha fraccional de
1932‑33 y una creciente desconfianza recíproca.
[1] G. Hermet: «Les communistes en Espagne», p. 19
[2] Entre grandes
convulsiones, a causa de la resistencia de los campesinos contra las requisas,
el hambre, y la nueva política económica (N.E.P.) aprobada en el Congreso del
P.C. soviético, que hipotecaba la sociedad comunista para más tarde, los marineros
de Kronstadt, orgullo de la revolución, se levantaron bajo premisas libertarias
contra los bolcheviques en marzo de 1921, siendo aplastados por el poder de la
nueva sociedad.
[3] . Ibidem, pp. 29‑39.
[4] . H. Lacroix, «Algunas consideraciones sobre la Oposición comunista». Comunismo, nº 5, octubre 1931, p. 33
[5] La Verité, 18 octubre 1929
[6] Ibidem
[7] Ibidem, 20 diciembre 1929.
[8] H. Lacroix, op. cit., p. 34
[9] Su primera carta desde Espafia, en La Verité del 2 de enero de 1931, está expedida en Barcelona
[10] La Verité, 19 septiembres 1930.
[11] La Verité del 30 de mayo de 1930 anuncia su primer número para el 1.0 de junio
[12] Lacroix, op. cit., p. 35, y La Verité, 9 mayo 1930, 20 junio, agosto 1930.
[13] La Verité, 19 y 26 de diciembre de 1930.
[14] Lacroix, op. cit., p. 35
[15] N. Molins y Fábrega, «Una línea politica: el B.O.C.», Comunismo, n.º 8, enero 1932.
[16] J. Humbert‑Droz, Mémoires, t. II, De Lénine a Staline, p. 457
[17] La Verité, 13 junio 1930.
[18] Ibidem, 27 febrero 1931
[19] Utilizar el término de «revolución» para definir el advenimiento de la República, parece más que, exagerado, desacertado, cuando la República no llegó por la movilización en la calle de las capas trabajadoras y populares, sino tras unas elecciones. Más de un autor ‑Poulantzas‑ se ha referido, por el contrario, a la misma como una carta que la burguesía juega para frenar precisamente la Revolución de la clase obrera, y abrir así un período constituyente más apto para realizar reformas «inaplazables».
[20] Ibidem, 24 marzo 1931
[21] Ibidem, 8 mayo 1931
[22] 21. Ibidem, 22 mayo 1931
[23] Comunismo, n.º 3, agosto 1931, p. 56
[24] Ibidem, pp. 56 y sigs.
[25] La Batalla, 31 julio 1931.
[26] Citado por Molins y Fábrega, op. cit. (nº 15), p. 25
[27] Nín, «Los errores de Maurín», La Verité, 15 agosto 1931
[28] La lutte de classes, 1932, pp. 19‑30.
[29] La Verité, 10 agosto 1931
[30] Ibidem, 15 agosto 1931
[31] C. Gras, Rosmer y el movimiento revolucionario internacional.
[32] La Verité, 8 mayo 1931 (carta firmada Obin),
[33] Bulletin intefleur de la Ligue, n.º 4, 1931.
[34] mayo 1931 (carta firmada Mill).
[35] Actas de la conferencia en Comunismo, nº 11, abril 1932, PP. 30 y ss
[36] Comunismo nº 11, abril 1932.
[37] Boletín interior de la I.C.E., nº 2, 15 julio 1933
[38] Resolución del 31 de marzo de 1933.
[39] «El asunto Lacroix», Boletín, nº 2, 15 julio 1933.
[40] Declaración de la izquierda comunista en el asunto Lacroix, Comunismo, n.º 29, octubre 1933
[41] Carta del C.E. de la I.C.E., Boletín, n.º, 2, 1933
[42]. Declaración del delegado de la I.C.E. (Fersen) en la preconferencia, Butellin interieur de la O.C.G., nº 2‑3, abril 1933