Corazones Generosos/ Testimonios
Sergio Sotelo
Revista LA NACION 21/11/04
La revista fue parte de un operativo de ablación e implante cardíaco junto a un equipo de la Fundación Favaloro. Aquí, la crónica de una experiencia apasionante y desmitificadora, en la que se entrecruzan la vida y la muerte.
Acomodado en una de las siete plazas de la aeronave del "Royal Class", el doctor Alejandro Bertolotti aprovecha los prolegómenos, antes del despegue, para poner a su equipo al tanto de los detalles. "Tenemos un donante de 19 años. Sexo masculino. Ayer a las 18 entró en erreme..", dice el cirujano, con la misma parcimonia con la que un contestador automático daría a los automovilistas información de servicios sobre el estado de las rutas. Sus 4 compañeros lo escuchan con idéntica flema. Con un aplomo tan llamativo que, si hubiese una cámara de video registrando la escena, después, con la ayuda de un montajista hábil, se podría recomponer toda la película para hacerla parecer una excursión de recreo personalizada por unos señores que inexplicablemente van vestidos como médicos.
En el interior de la avioneta, que desde hace unos minutos sobrevuela la ciudad de Buenos Aires, el único elemento inquietante es una heladera azul y blanca que descansa sobre el piso. Nadie del equipo médico de la Fundación Favaloro le dedica mayor atención, acostumbrado como está el grupo –se supone- a subir intempestivamente a un avión cargando una heladera a cuestas. Sin embargo, para alguien que por primera vez asiste a un operativo de transplante, la simple presencia de ese objeto tiene algo perturbador.
…y piensa que, por más persuadido que esté uno de que el operativo que recién comienza está avalado por cientos de experiencias exitosos, resulta bastante difícil imaginar que a la vuelta de unas horas, cuando este mismo avión este regresando de la ciudad de Córdoba, la heladera contendrá entre hielos una víscera viva de unos 400 gramos. Un corazón sin dueño.
De la mano de esa extrañeza inicial llega la curiosidad. Por eso, en cuanto salta la ocasión, el periodista pregunta.
El doctor deja su voz en el aire; y por primera vez la tarde de Octubre, el tiempo, se convierte en una sombra acechante. Tictac. Tictac. Tictac.
La primera llamada
Como si hubiese un guionista empeñado en que el climax de la situación aumente aún más, de repente las turbulencias zarandean la nave. Al hilo de la conversación van saliendo algunos de los pormenores que, sin apenas variaciones, suelen rodear este tipo de operativos. Bertolotti alude al aviso telefónico que sobre de las 11 de la mañana recibió del INCUCAI, la entidad pública que la Argentina coordina y fiscaliza las actividades relacionadas con el transplante de órganos. Alude al primer cotejo de informaciones que la fundación Favaloro realizaron para determinar si existía compatibilidad entre el eventual donante y el receptor. Al tráfago de las llamadas al Hospital Municipal de Córdoba que comenzó a partir del establecimiento de esa primera comunicación. Se refiere a la decisión de internar al paciente que, de acuerdo a la lista de espera que maneja el INCUCAI, tenía preferencia para recibir el corazón. Y alude por último a las acciones quirúrgicas y de anestecia que, a partir de este instante, el equipo volante y la Fundación Favaloro deberán coordinar para que el corazón del jóven accidentado no esté sin sangre más tiempo del conveniente.
Son las 18.20 hs. cuando el avión de "Royal Class" hace tierra en el aeropuerto de Córdoba. Bertolotti telefonéa a Buenos Aires para notificar el aterrizaje. Una segunda llamada del cirujano pone en guardia a sus colegas del Hospital cordobés. El equipo descarga la heladera y un par de maletas con el instrumental de quirófano, y se dirije con celeridad hacia la furgoneta que está aguardando a pie de vista. Dentro del vehículo hacemos sitio a otro equipo llegado también de Capital Federal, venido en su caso para extraer del mismo donante el páncreas y los riñones. "Ahora, en la cabeza de uno está la incógnita de ver lo que se va a encontrar", comenta el doctor Bertolotti, responsable hasta la fecha de más de una veintena de transplantes. "Esa es la única ansiedad: poder pararse delante del paciente y comprobar que todo corresponde con la composición del lugar que uno se había hecho por teléfono…"
Durante el trayecto en furgoneta, se le pregunta al cirujano si no siente vértigo al pensar que la vida de otro está en sus manos. Solo después de unos segundos agregará que, aunque la inmediatez de la muerte podría otorgar "algo de mágico" al trabajo que hace su equipo, en realidad el buen final de esta historia depende exclusivamente de razones positivas. "Detrás de todo esto no hay mucho misterio: solo ciencia y mucho conociemiento"
El pasillo de urgencias del Hospital Municipal de Córdoba huele tanto a desinfectante que se diría que alguien ha ido derramando por los suelos botellas de amoníaco. En una de las habitaciones, tendido sobre la cama, hay un jóven espigado al que la legislación sobe transplantes ha convertido en alguien sin nombre. Tan anónimo como lo será más tarde en el quirófano de Buenos Aires el receptor del corazón.
Tres de los miembros de Favaloro observan la escena de hito en hito, alertando la mirada entre el cuerpo yacente y los electrocardiogramas que en estos momentos está escrutando Bertolotti.
Matar la ansiedad
Tictac. Tictac. Tictac. El reloj de pulsera del interventor de la entrada de urgencias marca las 19.25. Las 19.45. Las 20.40. para matar la ansiedad, el periodista se entretiene reconstruyendo en su cabeza los pasos de la intervención que le han ido detallando los médicos a bordo de la avioneta.
Con el cinturón de seguridad ajustando su cintura, Bertolotti avisa a la anestecista en Buenos Aires para que vaya preparando al receptor. La llamada da paso a otro rato de distención. Son las 23.57 cuando aterrizamos en Aeroparque. A estas alturas, el grupo ya casi se había olvidado de que dentro de la heladera llevaba un corazón detenido. Es un simple comentario lo que lo pone de nuevo en alerta.
- cuidado Juancito- dice a su compañero el piloto, cuando sacan de la compuerta la heladera azul y blanca.
En la avenida del Libertador, las farolas iluminan una medianoche sin tránsito. El remise apura los minutos y los kilómetros. Pendiente de cómo va Bertolotti del teléfono, las explicaciones corren ahora por cuenta del segundo cirujano. "En estos momentos, el receptor ya debería estar en el quirófano", comento Luis Molinari.
El remise toma la rampa del garaje de la Fundación Favaloro en el instante en que, sobre el tablero del auto, un reloj digital marca las 12.23. ya en el ascensor, Bertolotti hace un ademán para sacudirse la tensión.
-La verdadera cuenta regresiva comienza aquí. Ahora sí que siento un reloj que me martillea… -Dice señalando su cabeza.
-¿Cuánto queda?
el quirófano número tres de la Fundación Favaloro está precidido por una gran camilla. Hay una suerte de biombo que aisla la zona de la cabecera. Cuatro figuras con sus gorros y barbijos se arriman alrededor de un bulto cubierto por sábanas azules. Hay una bolsa de solución fisiológica que cuelga de un gancho. Una máquina con una leyenda sobreimpresa en inglés: Intra Aortic Baloom Pump. Desde la vista que ofrece una grada. El fotógrafo va eligiendo el encuadre: un pequeño cuadratín recortado sobre la tela azul, de unos veinte centímetros de lado, en el que se confunden cuatro manos que dan puntadas y pespuntes. Pura orfebrería.
Los pocos minutos que hemos demorado en cambiarnos de ropa han servido al equipo de aguardaba en el quirófano para alojar al corazón en la cavidad torácica del receptor. Desde hace un rato, Bertolotti ha cedido la posta al doctor Roberto Favaloro, quién economiza órdenes.
Sobre la pared, un reloj de esfera marca las 0.55. La 1.05.
Entre en rumrum de las máquinas, algunos de los asistentes anotan con aplicación de cabalistas el misterio de informaciones que van lanzando los monitores. Sin atreverse a preguntar, uno trata de deducir cuál de los artilugios que nos rodean podría ser encargado de mantener con vida al receptor durante el lapso que está viviendo sin corazón. Carmen, la anestecista del teléfono recarga sus jeringas.
Es la 1.13. La 1.25. Alrededor del bulto azul, las manos siguen alternando puntadas. En las pantallas, continúa el mismo misterio de números. Número verdes que titilan. Rojos. Amarillos.
…A la salida del quirófano tres, cuando ya los relojes marcan las 2.45, el comentario de uno de los médicos no ha quitado la palabra de la boca a varios de los presentes.
"Increíble, verdad?", dice una voz que, a fuerza de costumbre debería estar acostumbrada al asombro. Antes de despedirse, el periodista rebobina algunas escenas. Ve los uniformes de color naranja del equipo de Favaloro entrando en el hangar del Aeroparque Jorge Newbery. La heladera sobre el piso de la avioneta. Ve a Bertolotti encomendándose a la ciencia: "Detrás de todo esto no hay misterio…". El vértigo de las imágenes se detiene en un fotograma entrevisto en un pasillo de urgencias del Hospital de Córdoba. Hay un padre abatido que repite: "Era su voluntad, era su voluntad…". Y una mano – una de las manos que ha venido para llevarse los riñones del jóven- que le acaricia el rostro al hombre. Con gratitud.
- Es Usted muy generoso.
Cronología de un operativo
| 16.00 | Llegada al Aeroparque Newbery |
| 17.05 | Primeras explicaciones |
| 18.45 | Examen al donante |
| 22.41 | Rumbo a la Capital Federal |
| 22.52 | Viaje en avión |
| 00.27 | Llegada a la Fundación Favaloro |
| 00.55 | Comienzo del trasplante |
| 01.23 | Evaluación del receptor |
| 01.56 | Conexión del nuevo corazón |
| 02.28 | Realización de registros médicos |
Agradecimientos:
Solange Malvino (4to Com. B)
Victoria Suarez (4to Com. B)
Juan Martin Espindola (5to Com B)
Matías Baez (5to Com. B)