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Dénes
Martos - Los Atenienses
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El barco y las lágrimas de un verdugo.
El amanecer
Hemos recorrido un largo camino y, al final, estamos otra vez de regreso en la cárcel con Sócrates.
Amanece.
En el Pireo el sol juguetea reflejándose en las aguas del Mediterráneo e ilumina un barco recientemente amarrado al muelle. Es el barco a Delos que ha regresado.
En la ciudad un pequeño grupo de personas comienza a reunirse fuera de la cárcel. Son los discípulos y amigos de Sócrates. Poco a poco su número va aumentando hasta que están todos. Todos menos Platón que sigue enfermo.
El alcalde de la prisión se acerca al grupo para pedirles que esperen porque Los Once han ordenado quitarle los grillos a Sócrates. Es el día de la ejecución. El último día.
Poco después, los discípulos pasan a la celda donde está el Maestro. Xantipa está con él y, ni bien entran los demás, la mujer arma un escándalo. Sócrates lo mira a Critón y le pide que la lleven a su casa.
El último día
Y lo que sigue - si podemos creer al Fedón de Platón - es una larga conversación entre los allí reunidos sobre toda una diversidad de temas: el suicidio, la muerte, la armonía, el más allá, la virtud, la sabiduría... El relato de Platón es muy detallado y, digámoslo con sinceridad, en partes hasta resulta bastante poco creíble. Por supuesto, lo que cuesta creer no es que un condenado a muerte, pocas horas antes de su ejecución, hable de esos temas. Lo poco creíble es que lo haya hecho con la extensión y la enjundia que Platón - quien ni siquiera estaba allí - pone en su boca. Pero no hagamos de esto una cuestión de heurística. Al fin y al cabo, cuando Platón publicó sus obras la mayoría de los testigos que presenciaron los hechos todavía estaba con vida; y si ellos no lo desmintieron en su momento no veo por qué nosotros habríamos de ponernos en preciosistas veinticuatro siglos después.
Lo que Sócrates dijo el último día de su vida puede no haber sido absoluta y exactamente lo que Platón relata. Pero eso no quiere decir que no se hayan tocado esos temas y menos todavía es posible suponer que lo allí expuesto no refleja con fidelidad el verdadero pensamiento de Sócrates.
Permítanme sugerirles que lean el Fedón de Platón. Está lleno de detalles y de cuestiones aparentemente secundarias, pero es una obra para pensar. Es para pensar un rato largo. En algún momento de nuestras vidas, todos nosotros tendremos que plantearnos el hecho de la muerte. Es algo que nos va a tocar. Como suele decir un amigo mío que trabaja en una compañía de seguros: el seguro de vida es la única cobertura con un siniestro garantizado. Ninguno de nosotros escapará de él. En algún momento todos tendremos que hacer un balance de nuestra existencia y preguntarnos si valió la pena. Y no podría decirlo con absoluta certeza, pero me imagino que debe ser terriblemente triste tener que contestar esa pregunta con un "no".
Quizás podamos tener dudas acerca de cómo sigue la historia después de nuestra muerte. Quienes no tenemos la gracia de ser hombres de una fe inconmovible, no podemos evitar esas dudas y solamente nos queda el consuelo del apotegma según el cual la fe estaría justamente en los que dudan. Pero hay algo de lo cual jamás pude tener duda alguna y es que, sea lo que fuere que nos espera después, la última despedida debería ser tal que no tengamos de qué arrepentirnos. Y sé que esto puede sonar muy soberbio porque es obvio de toda obviedad que, a lo largo de la vida, uno comete un montón de macanas de las que no puede sentirse precisamente orgulloso, por decir lo menos. ¿Quién no tiene algún muerto en el ropero? Pero, en el último adiós, creo que no se trata de eso. Se trata del recuento general. Del resumen que podemos llegar a hacer de una vida completa. Quizás no es tanto lo que hicimos sino lo que quedará de todo lo que hicimos y lo que, acaso, no hicimos pero deberíamos haber hecho. Y, en absoluto, quizás hasta es una cuestión de ver si quedará algo que sirva a los que vendrán después. Aunque ese algo no sea más que un buen ejemplo a seguir. Una verdad a considerar. O simplemente el buen recuerdo de una buena persona que dejó detrás de si el cariño con el que se la recuerda.
Sócrates dejó mucho de eso. Nos dejó su filosofía que Platón recopiló y amplió. Nos dejó, en realidad, toda una escuela de pensamiento. Algo que, si queremos, podemos incorporar a nuestro conocimiento y desarrollarlo hasta nuevos límites. Pero también nos dejó el ejemplo de su conducta. Nos mostró cómo un hombre enfrenta la muerte a manos de sus semejantes cuando está completamente seguro de no merecer ese tratamiento. Nos mostró que no es nada fácil matar a una persona que no teme morir.
Porque, otra vez: ¿cómo puede un hombre defenderse cuando sabe que está condenado de antemano? ¿Cómo se mata a un hombre que no tiene miedo a morir?
El ejemplo de Sócrates nos da algunas respuestas. Y la respuesta a la primer pregunta es: de ninguna manera. Sencillamente ni siquiera tiene sentido tomarse el trabajo de intentarlo. No tiene ningún sentido demostrar una inocencia que a todo el mundo le consta pero que nadie quiere admitir ni conceder. Y la respuesta a la segunda es igual de simple: con injusticia. No hay otra forma. Porque un hombre que no teme morir está en paz con su conciencia. Y una persona que está en paz con su conciencia es una buena persona. Y matar a una buena persona es injusto. No hay escapatoria.
Por eso, cuando Apolodoro, deshecho en lágrimas le dice al Maestro: "Lo que más me cuesta, Sócrates, es verte morir injustamente", Sócrates le acaricia la cabeza con cariño y le pregunta sonriendo: "Mi querido Apolodoro, ¿acaso hubieras preferido verme morir con justicia?"
Una sentencia injusta no ultraja al condenado; deshonra por siempre sólo a quienes imponen la condena.
Con lo que una de las grandes lecciones de esta historia es que no deberíamos entusiasmarnos tanto con nuestro Derecho y con la Justicia de los hombres. La ley y las estructuras jurídicas que hemos creado son increíblemente frágiles. Somos muy malos jueces, por más que a muchos les cueste admitirlo. Y especialmente somos pésimos jueces cuando hay cuestiones políticas de por medio. Prácticamente no hay un solo gran hombre en toda la Historia Universal que no haya estado preso alguna vez, o que no haya terminado ajusticiado o que, por lo menos, no haya sido desterrado o apartado y olvidado por sus contemporáneos. Admitámoslo: somos muy malos jueces. Pericles estaba completamente equivocado.
El atardecer
En la cárcel ya todo está en semipenumbra.
Atardece
Se acerca la hora final. Una vez que el sol se haya puesto el reo deberá beber la cicuta. Sócrates está diciendo:
"Pues bien, amigos (...) justo es pensar también en que, si el alma es inmortal, requiere cuidado no en atención a ese tiempo en que transcurre lo que llamamos vida, sino en atención a todo el tiempo. Y ahora sí que el peligro tiene las trazas de ser terrible, si alguien se descuidara de ella. Pues si la muerte fuera la liberación de todo, sería una gran suerte para los males cuando mueren el liberarse a la vez del cuerpo y de su propia maldad juntamente con el alma. Pero desde el momento en que ésta se muestra inmortal, no le queda otra salvación y escape de males que el hacerse lo mejor y más sensata posible. Pues vase el alma al Hades sin llevar consigo otro equipaje que su educación y crianza, cosas que, según se dice, son las que más ayudan o dañan al finado desde el comienzo mismo de su viaje hacia allá".
Luego de una larga exposición acerca del reino de Hades y de lo que a un hombre le espera después de la muerte, Critón le pregunta a Sócrates cómo deberán sepultarlo. Y Sócrates le responde que lo hagan como mejor les parezca porque, de cualquier forma, no será a él a quien inhumen sino tan sólo a su cuerpo. Él piensa estar ya en otro lado para cuando llegue ese momento. Dicho lo cual se levanta para lavarse.
Y vienen después sus mujeres y sus hijos. Habla con ellos. Se despide y ordena que se retiren. Lo que sigue no es un espectáculo para mujeres y niños.
Porque lo que sigue es el verdugo que entra para dar la orden de suministrar el veneno.
Y lo que viene ahora es casi increíble.
Ese servidor de Los Once, que ya le ha transmitido esa misma orden a muchos condenados a muerte, que ya debe estar harto y cansado de todo el siniestro ceremonial, enfrenta a Sócrates para decirle: "... no te censuraré a ti lo que censuro a los demás, que se irritan contra mí y me maldicen cuando les transmito la orden de beber el veneno que me dan los magistrados. Pero tú, lo he reconocido en otras ocasiones durante todo este tiempo, eres el hombre más noble, de mayor mansedumbre y el mejor de los que han llegado aquí, y ahora también bien sé que no estás enojado conmigo, sino con los que sabes que son los culpables. Así que ahora, puesto que conoces el mensaje que te traigo, ¡salud!, e intenta soportar con la mayor resignación lo necesario".
Dicho lo cual, el hombre no puede soportar el peso de su amargura y rompe a llorar retirándose entre lágrimas.
Por favor, imagínenlo durante tan sólo un segundo: un verdugo que se echa a llorar ante la persona que le ordenaron ajusticiar. ¿Alguien me puede mencionar un caso igual en toda la Historia Universal?
Critón todavía trata de intervenir señalando que el sol aún no se ha puesto; que todavía queda tiempo; que otros, en la misma situación, todavía comieron, bebieron y hasta hicieron el amor antes de beber la cicuta.
Pero Sócrates no tiene ningún interés en estirar las cosas. No tiene ninguna intención de hacer el ridículo tratando de prolongar una vida que ya no es vida porque el momento de poner el punto final es inminente y no podrá posponerse. Así lo expresa y así lo comprenden todos.
La noche
"Al oírle, Critón hizo una señal con la cabeza a un esclavo que estaba a su lado. Salió éste, y despues de un largo rato regresó con el que debía darle el veneno, que traía triturado en una copa. Al verle, Sócrates le preguntó:
-Y bien, buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué debo hacer?
-Nada más que beberlo y pasearte - le respondió - hasta que se te pongan las piernas pesadas, y luego tumbarte. Así hará su efecto.
Y, a la vez que dijo esto, tendió la copa a Sócrates.
La tomó éste con gran tranquilidad (...) sin el más leve temblor y sin alterarse en lo más mínimo ni en su color ni en su semblante, miró al individuo de reojo como un toro, según tenía por costumbre, y le dijo:
-¿Qué dices de esta bebida con respecto a hacer una libación a alguna divinidad? ¿Se puede o no?
-Tan sólo trituramos, Sócrates - le respondió - la cantidad que juzgamos precisa para beber.
-Me doy cuenta - contestó -. Pero al menos es posible, y también se debe, suplicar a los dioses que resulte feliz mi emigración del aquí al más allá. Esto es lo que suplico: ¡que así sea!
Y después de decir estas palabras, lo bebió conteniendo la respiración, sin repugnancia y sin dificultad."
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
El sol se ocultó detrás de las montañas y se hizo de noche.
Mientras las estrellas en el cielo parpadeaban mirándolo todo con esa fría indiferencia que otorgan la lejanía y millones de años de experiencia, el barquero Caronte y su fiel perro Cerbero recibían a un nuevo pasajero conducido hasta allí por Hermes, el mensajero de los dioses.
En la corta travesía por el Styx, Sócrates, quizás acariciando distraídamente la cabeza de Cerbero, pasea su mirada por el Hades buscando a la Isla de los Bienaventurados. Él sabe que ése es su destino final. Lo supo siempre. Lo supo cuando Melito lo llevó ante el Arconte Rey para formalizar esa acusación absurda. Lo supo cuando habló delante del tribunal para defenderse, cuando escuchó su condena, cuando le dictaron la sentencia. Lo supo durante todo el tiempo que esperó en la cárcel a que regresara el barco a Delos. Y lo supo, seguramente, cuando alzó aquella copa envenenada pidiéndole a los dioses una feliz emigración del aquí al más allá. Siempre supo que su última morada sería esa isla.
La gran pregunta que constantemente me ha martillado el cerebro mientras escribía todo esto es: ¿cómo hizo para saberlo? ¿Cómo podía estar tan seguro? Aún admitiendo algún margen de duda que, por otra parte, tampoco dejó de expresar - porque quizás es casi imposible que una persona inteligente no retenga al menos algún margen de duda - todo su comportamiento indica que estaba profundamente convencido del destino de su alma.
Una pequeña parte de la explicación quizás esté en un comentario que le hizo a Cebes cuando, todavía en la cárcel, la conversación rozó el tema del suicidio. En esa oportunidad Sócrates dijo: "... lo que se dice en los misterios sobre esto, es que los hombres estamos en una especie de presidio, y que no debe liberarse uno a sí mismo ni evadirse de él, me parece algo grandioso y de difícil interpretación. Pero lo que sí me parece Cebes, que se dice con razón es que los dioses son quienes cuidan de nosotros ..."
Ése me parece un hermoso pensamiento digno de guardar: Dios cuida de nosotros. Lo aceptemos, o no. Nos demos cuenta de ello, o no. Lo admitamos, o no.
En un momento muy triste de mi vida, un buen sacerdote me enseñó algo que no voy a olvidar jamás: hay cosas que Dios hace y hay cosas que Dios permite. Y si uno piensa eso hasta el final, puede ser que termine reconociendo la imposibilidad de entender por qué hace algunas cosas y por qué permite otras pero, curiosamente, es un enorme consuelo saber que - sean cuales fueren sus inescrutables motivos - Dios nunca se hace el distraído; Dios nunca mira para otro lado.
Hay una muy antigua bendición irlandesa que dice más o menos así: "
Que los caminos se alcen a tu encuentro;
que los vientos soplen siempre a tu espalda;
que el sol brille, cálido, sobre tu rostro;
que las lluvias caigan suavemente sobre tus campos
y, hasta que volvamos a encontrarnos amigo mío,
que Dios te sostenga en la palma de su mano". [23]
Quisiera despedirme con eso. De alguna manera, Dios siempre nos sostiene en la palma de su mano.
Y cuando una persona puede decir, como dijo Sócrates, con absoluta tranquilidad de espíritu: "...no tengo conciencia de haber hecho nunca voluntariamente mal a nadie... ", cuando una persona puede morir sabiendo que eso es verdad; en ese caso también puede saber que Dios no lo dejará caer de la palma de su mano sino que, en el momento preciso, lo depositará con infinito cariño sobre la Isla de los Bienaventurados.
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En cuanto a nuestra historia, cuentan que, poco después de la muerte de Sócrates, un muchacho espartano se dirigió a Atenas con gran entusiasmo por conocer al Maestro. Sin embargo, ni bien llegó a la ciudad y preguntó por él, le informaron que había muerto. Indagó, pues, por su tumba y fue hasta ella.
Dicen que estuvo hablando, entre lágrimas, con la estela del sepulcro hasta que, caída la noche, se acostó sobre la tumba y se durmió.
Ni bien despuntó el alba, besó el polvo del lugar y, en silencio, regresó a Esparta.
Atenas había perdido todo interés para él.
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* * * * * * * * * * * ** * * * * * * * * * * *
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Notas:
23)- May
the road rise to meet you,
May the wind be always at your back,
May the sun shine warm upon your face,
The rains fall soft upon your fields and,
And until we meet again, my friend,
May God hold you in the palm of His hand.
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Dénes
Martos - Los Atenienses
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