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La nieve golpeaba con fuerza sobre el cristal, impidiéndola ver con toda la claridad que necesitaba y la velocidad que precisaba. No estaban seguros, no todavía. El aire caliente que les mantenía tibios empañaba el parabrisas y se veía obligada a intercalar ésa calefacción que reconfortaba a su hijo con el aire acondicionado. Nick, su pequeño Nick. En cuanto los tramos de la carretera se hacían más claros aprovechaba para mirar a través del espejo retrovisor la pequeña figura dormida que se mullía entre la manta. Sintió de nuevo las lágrimas, cálidas y saldas lágrimas escurriendo sin control por sus mejillas. Quería mantener la esperanza, pero el miedo la paralizaba al mismo tiempo; sentía que no tenían escapatoria y que tarde o temprano él los encontraría y entonces acabaría con ella definitivamente. Por favor, no permitas que se lleve a Nick. No me importa lo que haga conmigo, pero no dejes que haga daño a mi hijo. No dejes que lo encuentre. Rezó con todas sus fuerzas, mientras borraba los senderos de las gotitas que cayeron por sus pómulos con su mano. Aferró el volante con fuerza, como si así reuniera todo el ímpetu que necesitaba.
De repente contempló la señal que dibujaba con letras su destino, lo que esperaba fuera el lugar en donde labrar su futuro y el de su hijo. Sólo quedaban unos pocos kilómetros para llegar. Sólo un poco más, un poco más. El sueño y la desesperación se aliaron contra ella y lo cansada que estaba de luchar amargaba su idea de continuar despierta. Pero tenía que conseguirlo, tenía que hacerlo por Nick. Observó de nuevo la cabecita rubia a través del espejo y por un segundo pensó que ojalá nunca hubiera nacido. De ésa manera nunca tendría que haber sufrido, nunca le habría lastimado, nunca hubiese pasado por aquel calvario. Y ella sería libre para terminar con su tortura. Simplemente habría soltado el volante y habría dejado que el coche hubiese caído por uno de los barrancos que había atravesado cuando se introdujo en las carreteras de montaña. Pero Nick era su fuerza, era lo que la mantenía con ganas de continuar peleando, y lo único que le ataba al mundo y, en el fondo, quién le hacía desear vivir. No defraudaría a su hijo, nunca. Y si tenía que pelear contra el sueño y la desesperación lo haría, porque ser madre era lo único maravilloso que había obtenido de aquel infierno. Era lo único que maravilloso que le había pasado en su vida.
Una sombra atravesó la carretera. Amanda chilló asustada y hundió el pie a fondo en el freno. Sus dedos se aferraron en el volante, hasta que los nudillos se volvieron blancos y las uñas se le clavaron en las palamas de las manos. Las ruedas se bloquearon en ése mismo instante y el coche derrapó en el hielo deslizándose fuera de la carretera. Su última visión fue los grandes ojos de su hijo asustados a través del espejo. Luego, todo fué oscuridad.
William se frotó las manos y sopló en ellas mientras paraba en el último semáforo del pueblo. La calefacción del todoterreno estaba a la máxima potencia y sin embargo sus manos seguían prácticamente congeladas. Las colocó frente al chorro de aire caliente, esperando que aquello diera alguna tregua a sus insensibles dedos. Cuando tampoco pareció funcionar, volvió a frotarse las manos y maldijo entre dientes. El semáforo cambió a verde y aceleró. Echó un rápido vistazo a las últimas calles del municipio. No había nadie en ellas, como era lógico. Aquella tormenta de nieve había pillado desprevenidos a casi todos los habitantes del pueblo. No esperaban nieve hasta al menos dentro de un mes. Por eso era por lo que se dirigía por la carretera que le sacaba de los términos del pueblo. Seguramente el frío y la nieve habrían cogido a más de uno desprevenido sin cadenas y no sería extraño encontrar a alguien atrapado entre el agua en forma de copos blancos o aparcado a un lado de la carretera esperando que alguien pasara y le condujera a su casa. Torció a la izquierda y enfiló la carretera, asegurándose de que las luces largas y anti-niebla estaban activadas. El sonido de la emisora central le distraía. Ésa noche le tocaba hacer la ronda solo. Su compañero Steve había llamado apenas comenzado el turno afirmando que estaba en cama enfermo y le era imposible ir a trabajar. William no terminó de creérselo; era más probable que Steve estuviese con resaca o enredado entre las sábanas con su nueva novia que enfermo. Sonrió. Echaba de menos a su compañero, especialmente en las noches tan frías en las que no ocurría nada emocionante, por norma general. Aunque bueno, realmente poco pasaba en un municipio de poco más de seis mil habitantes. Quizá cerca de siete mil, si contaba con la población de las aldeas de las montañas que lo rodeaban.
La carretera estaba completamente vacía y solo quedaba alumbrada por los faros del todoterreno. La nieve hacía apenas un cuarto de hora que había parado de caer. A juzgar por el estado empañado del asfalto, ningún vehículo había circulado por allí en al menos un par de horas, así que seguramente todo estaría bien y nadie habría quedado atrapado en la tormenta, lo que era un gran alivio. Decidió que, aún así, se dirigiría hasta la primera aldea y allí aprovecharía para dar la vuelta y regresar al pueblo. Estaba bostezando justo cuando la emisorá pronunció su nombre. —Will ¿Algo interesante por ahí? —escuchó el carácteristico uido del walkie-talkie que le inidicaba que su compañero esperaba una respuesta.
—Nada en especial Ray —contestó reduciendo la velocidad —. Creo que vamos a tener una noche de lo más aburrida.
—Genial. Encima de aburrirnos vamos a congelarnos el trasero —se quejó Ray castañeteando los dientes —¿Vuelves a la central o te vas a hacer otra ronda?
—Voy a llegar hasta Pinars y doy la vuelta allí directamente hacia la central—confirmó William
—Te veo en un rato entonces, voy a molestar un poco a Sam y John.
Will se echó a reír. Ray era todo un caso. Manejaba la centralita de policía a la que llegaban todos los avisos del pueblo y de las aldeas de los alrededores; pero cuando no recibía ninguna llamada, se dedicaba a usar la central de avisos para charlar con sus compañeros y, a algunos como a Sam y a John, les llamaba para molestarles. La voz de Sam se escuchó a través de la radio y al cabo de un momento Ray replicó. Si no era aquello, su compañero se dedicaba a contar chistes o a relatar historias, cualquier cosa que hiciera reír a toda la plantilla. Al principio se les hizo raro, pero con el paso del tiempo, se habían acostumbrado a Ray y su manera de emplear la radio policial mientras no recibía ningún aviso.
No pasaron ni dos minutos desde aquello cuando William divisó un coche en un lado de la carretera. Por la posición en la que se encontraba el vehículo, todo parecía indicar que el conductor había perdido el control y se había salido del asfalto.
—Retiro lo dicho —se apresuró a informar a través de la radio, cortando la cháchara insulsa que mantenían Sam y Ray —. Acabo de encontrar un vehículo fuera de la carretera 432, a media altura. Voy a echar un vistazo —comenzó a reducir aún más la velocidad y a encender las luces de emergencia, tanto las del vehículo como las policiales.
—Avisa si necesitas refuerzos —escuchó a través del walkie.
Will paró el todoterreno en el arcén. Se colocó el gorro y los guantes de lana y bajó del coche con la linterna encendida. Las botas se le hundieron en la nieve, al menos diez centímetros. Los cristales del vehículo estaban empañados y desde la distancia a la que estaba no podía ver absolutamente nada. Mientras se acercaba, con paso duro y costoso, fué deslizando la luz de la linterna por sobre el vehículo, observando la parte exterior. Era un Ford Focus de hacía un par de años, como mucho, de color marrón oscuro. No parecía haber demasiados daños, excepto en la parte delantera que estaba un poco hundida.
—El coche está bien aparentemente, voy a ver si hay alguien dentro —informó a través del walkie. Enfocando directamente con la linterna a la ventanilla del conductor, terminó de acercarse y se percató de que había alguien dentro. Dando la vuelta a la linterna, golpeó con ella el cristal.
De repente, el rostro asustado de una mujer se dibujó a través de lo translúcido de la ventanilla. Will contuvo el aliento cuando observó aquel gesto. La mujer parecía perdida, desnorteada y había estado llorando.
—¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda? —preguntó volviéndola a enfocar con la linterna. La mujer se limitó a mirarle aterrada, con los ojos muy abiertos. Parecía haberse quedado petrificada —¿Podría bajar la ventanilla, por favor?
El rostro de la mujer se giró. Will oyó como la voz de la mujer se esparcía por el habitáculo. Fué entonces cuando enfocó a la parte trasera del vehículo y se percató de que había un niño detrás. No se lo pensó dos veces y avisó por radio. Girándose ligeramente, contemplando la carretera habló.
—Soy Will, D6. Necesito refuerzos. Hay una mujer con un niño dentro del vehículo —Hizo una pausa para volver a fijar su mirada sobre la ventanilla. Ella le miraba fijamente —. No parecen estar heridos, pero la mujer presenta síntomas de estar en estado de shock.
—D4. Vamos para allá —fué la respuesta.
Amanda contempló al hombre. Ligeramente aturdida por el golpe, no sabía dónde estaba cuándo despertó. Estaba temblando e intentando contener los sollozos. El golpe en la ventanilla la aterró tanto que pensó en un primer momento que quién estaba al otro lado del cristal era Harry, que les había descubierto. Lo primero que vió fueron unos grandes ojos marrones que no la quitaron la vista de encima; Harry tenía los ojos del mismo color. No fué hasta que pasaron unos segundos cuando se dió cuenta de que aquel no era su marido. Era un policía. Sintió a su corazón palpitando de manera que parecía que iba a salírsele del pecho.
—No pasa nada cariño —le dijo a su hijo, girándose en el asiento para mirarle fijamente, esbozando una sonrisa que pretendió ser tierna —. ¿Te duele algo?
—No... —respondió con su vocecita infantil —. Pero tengo mucho frío.
—No te preocupes —respondió volviendo a posar sus ojos en el hombre —. Pronto estaremos calentitos, te lo prometo.
El policía volvió a agacharse hasta quedar a la altura del cristal y volvió a hablar, ligeramente más despacio de lo normal. —Baje la ventanilla, por favor.
Amanda no esperó a que se lo ordenara otra vez. Aunque algo en el fondo de ella le hacía desconfiar, no tuvo más opciones. La intensa luz la cegó un instante. —¿Se encuentra bien?
—Sí —tartamudeó cuando el aire helado del exterior golpeó su rostro caliente y la hizo temblar, ésta vez de frío.
La linterna voló hacia la parte trasera, mientras Amanda se percataba de que el policía observaba a Nick con ojos curiosos. Después los irises marrones se depositaron en ella con un rastro de preocupación y un poco de escepticismo. —¿Es su hijo? — Ella meneó la cabeza afirmativamente, castañeteando los dientes. Will enarcó una ceja y se fijó mejor en los ojos irritados —¿A dónde se dirigían?
—A Brunell —contestó con un perfecto acento afrancesado —Vamos a casa de una amiga.
—Puedo llevarles —se ofreció con una ligera sonrisa —. No parece que su vehículo vaya a ir mucho más lejos. No se preocupe, mandaremos a una grúa para que lo lleve hasta el pueblo.
Amanda retrocedió en su asiento instintivamente y observó a Nick a través del espejo. Su hijo temblaba ligeramente, mientras sus ojitos azules observaban con curiosidad al policía desde donde estaba. Como si hubiese intuído la mirada de su madre, Nick giró su rostro semi-enterreado en la manta y en sus irises se dibujó una sonrisa. Amanda le devolvió el gesto y sus ojos pasaron a clavarse sobre el hombre.
—Gracias —dijo sin más aceptando la oferta y desabrochándose el cinturón.
El policia se retiró del coche, elevando la linterna y alumbrando una buena porción del terreno. Amanda salió del coche y temerosa, intentando por todos los medios mantenerse lo más alejada del hombre, abrió la puerta trasera y sacó a su hijo en brazos abrigándole mejor, colocándole la manta. El policía se acercó a ellos con intención de cerrar la puerta del coche pero ella, reaccionando instintivamente, se giró con la mano apoyada contra la cabecita de Nick y le dió la espalda al hombre. Como si esperara que éste la golpease.
Will se quedó estupefacto cuando vió la reacción de la mujer. No, no estaba en estado de shock, aquí había algo más. Procuró alejarse un poco, intuyendo que lo que la volvía tan distante era su cercanía.
—¿Llevan equipaje? —preguntó con un tono suave, intentando no asustarla.
Amanda apretó los dientes y abrió los ojos, con sorpresa, parpadeando varias veces. Él no era Harry. No era Harry. No habría ningún golpe.
—En el maletero —murmuró contra el cabello de su hijo, acariciándole la cabeza con intención de tranquilizarle, pero realmente era ella la que estaba reconfortándose así misma con el calorcito que desprendía su cuerpecito. Entonces sintió como Nick se removía entre sus brazos y buscaba al policía con la mirada —Todo va bien, cariño —susurró al aire.
—Ya lo sé —contestó siguiendo con sus ojos azules el recorrido que hacía el hombre.
El golpe que dió la puerta del maletero al cerrarse provocó que Amanda diese un brinco en el sitio. Aferró más fuerte a Nick contra sí y sus ojos se abrieron como platos. El sonido era el mismo que el de la puerta del coche de Harry cuando llegaba a casa malhumorado. Y siempre sucedía algo cuando aquel ruido se esparcía en el jardín. SIEMPRE. El sonido de otro vehículo y las luces blancas y azules destellaron en la oscuridad de la carretera. Amanda desvió su mirada hacia allí, para encontrar que otro coche de policía paraba tras el todoterreno del hombre que les estaba atendiendo.
—Buenas noches —dijeron los dos hombres al mismo tiempo, bajando del vehículo y aproximándose.
—Voy a llevarles al pueblo —dijo Will a sus compañeros.
—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó el más alto de los dos recién llegados. Amanda afirmó con la cabeza mientras agachaba la mirada al suelo y clavaba sus pupilas en sus zapatos.
—Habrá que llamar a la grúa para sacarlo.
—Seguramente Martin esté disponible —dijo el otro, que murmuró a continuación al walkie de su hombro solicitando la grúa.
—Nosotros nos quedamos aquí con el coche, vete con ellos antes de que se congelen.
—Bien —contestó Will. Mirando de nuevo a la mujer, dijo —Vamos al pueblo.
Amanda caminó con mucha dificultad a través de la nieve y, cuando llegó al asfalto, tuvo mucho cuidado en cada una de sus pisadas, por si había hielo que la hiciese resbalar. Cuando llegaron hasta el todoterreno el policía abrió la puerta trasera del vehículo e introdujo la bolsa del equipaje de Nick en el asiento. El hombre caminó hasta la puerta del co-piloto y la dejó abierta para ambos. Ella observó con reservas el asiento del coche patrulla y sus ojos se desviaron desde ello hasta el rostro del hombre varias veces.
—Vamos, mamá —susurró su hijo sobre su mejilla. Amanda clavó sus pupilas sobre la carita de su hijo. Por un instante le pareció que aquellos ojos azules estaban llenos de sabiduría.
—Sí, claro cariño.
Llevaban cinco minutos de camino. Will no había vuelto a preguntar nada. Se limitó a conducir, reduciendo muchas veces la velocidad. El peligro que había ahora eran las placas de hielo que iban a formarse por la nieve que comenzaba a derretirse. Así que se concentró en la carretera e ignoró a la mujer y al niño por unos minutos. Hasta que el pequeño se dirigió a él.
—Hola, soy Nick. ¿Cómo te llamas?
Amanda abrió mucho los ojos y volvió a apretar a su hijo contra su pecho. Su vista se clavó sobre el hombre, esperando...esperando... desde luego no una sonrisa.
—Yo soy Will —contestó alegremente —Encantado de conocerte Nick.
Por el rabillo del ojo se percató de cómo la madre parecía de nuevo aterrada. El niño miró hacia la carretera unos segundos y después fijó sus grandes ojos azules de nuevo en él.
—Eres muy alto ¿sabes?
—Nick... —reprendió Amanda con mucha ternura, esperando que el hombre no se enfadara.
—¿Cuántos años tienes, Nick? —Will aminoró la marcha cuando distinguió las luces de la grúa que iba a recoger el vehículo.
—Todos estos —contestó sacando la manita de entre la manta y estirando los cinco dedos de su mano derecha —¿Y tú?
—Nick, para... —susurró ella sobre la cabecita.
—Está bien, no importa —se apresuró a cortarla el policía, desviando un segundo la vista de la carretera y girando su rostro para ofrecer una sonrisa a ambos —. Me gusta hablar con los niños —le guiñó un ojo al pequeño y, tras una pausa continuó su conversación con Nick —Yo soy muy, muy viejo...
—¿Cuánto de viejo? —preguntó con la curiosidad desprediéndose de su voz.
—¿Sabes cuánto son veintinueve?
—Mmm... —Nick agachó la mirada y miró sus manitas, como si ellas guardaran la respuesta. Cuando no supo cuánto era, miró a su madre —¿Cuánto son vensenueve, mami?
Will se percató de que cuando el niño empezó a hablarla, la mujer se relajó. Amanda sonrió y le acarició la cabeza antes de contestarle.
—Se dice veintinueve, mi vida. Y son muchos, no puedes contarlos todavía con las manos.
—Aah... ¿Y cuántos años tienes tú, mami?
—Yo tengo veintiocho —sonriendo, cogió sus manos y le hizo estirar su dedos —Mira, ¿ves todos tus dedos? —Nick asintió. Entonces Amanda estiró sus dedos y los colocó al lado de los de su hijo —Pues todos tus deditos más los míos todavía no son veintiocho.
Nick abrió mucho los ojos mientras observaba las manos con curiosidad, pero dos segundos más tarde perdieron interés para él. Volvió al policía otra vez.
—¿Dónde vamos? —dijo con una gran sonrisa, removiéndose entre los brazos de su madre para escurrirse un poco de la manta.
Las luces de Brunell ya estaban a la vista.
—Vamos a una clínica Nick, para que me digan si tú y tu madre estáis bien —contestó el policía
—¡NO! —gritó Amanda llena de pánico. Nick saltó en sus brazos asustado y el hombre la miró con el ceño fruncido —¡No, por favor! Por favor... Necesitamos... —la boca se le secó de repente mientras prácticamente suplicaba. Si iban a un hospital registrarían sus nombres. Harry les encontraría inmediatamente —...Necesitamos ver a alguien primero. Necesito que me lleve a un sitio, por favor.
Will frunció aún más el ceño. ¿Qué demonios pasaba con aquella mujer? ¿En qué lío estaba metida?
—¿Dónde? —gruñó frenando a la entrada del pueblo y encarándola. Amanda tembló y metió la mano bajo la chaqueta que llevaba. Extrajo con las manos tiritando el pequeño sobre marrón y le tendió un trozo de papel blanco con la dirección. Rezó para que el policía la permitiera ir allí primero.
—Por favor... Necesito ir ahí antes que nada. Después podrá llevarnos al ambulatorio. Pero por favor se lo pido, llévenos ahí primero.
Will releyó el papel una y otra vez, completamente aturdido. No podía creerlo. Era sencillamente imposible. Elevó sus ojos marrones hasta la mujer. La observó fijamente y después al pequeño. Había algo extraño con ella, pero solo se comportaba así cuando se trataba de cualquiera que no fuera su hijo. Frunció el ceño y finalmente dijo.
—Está bien. Pero después iremos al ambulatorio para que la reconozcan, a usted y a su hijo. ¿De acuerdo?
Amanda asintió con una ligera sonrisa en sus labios. Apretó a Nick y le besó en la coronilla. Iban a estar a salvo.
Tras unos minutos callejeando a través del pueblo nevado de montaña, el todoterreno paró frente a una hermosa casita de dos plantas. Las paredes exteriores eran de piedra, con el tejado muy inclinado y de color rojizo muy oscuro, casi marrón. Amanda observó el humo que salía de la chimenea, antes de fijarse en las luces encendidas que se vertían al exterior desde la planta baja. Parecía un lugar tan reconfortante a pesar del frío de la piedra...
—Ésta es la casa —murmuró el policia, saliendo del coche. Dió la vuelta al todoterreno por delante y abrió la puerta a sus acompañantes. Esperó fijando su mirada en los ojos brillantes de la mujer. Ésos ojos tan tristes, vulnerables y llenos de miedo.
—Gracias... —respondió ella, devolviéndole la mirada. Saltó del coche y caminó hacia la puerta de entrada.
—Espere —Will se apresuró a colocarse frente a ella, sin tocarla y sin aproximarse demasiado. Aún así noto como ella se tensaba y sus ojos se abrían como los de un cervatillo asustado —Iré primero.
Amanda frunció el ceño, pero asintió. Sí, era mejor que el policía fuese primero, porque si quién habría la puerta fuera un hombre, saldría corriendo con dirección a ninguna parte, con su hijo en brazos. Tragó pesadamente. Nick se removió y acarició un mechón de su pelo. Ella sintió escalofríos cuando se percató de que él trataba de reconfortarla, de tranquilizarla. Le entraron ganas de llorar. Sólo tenía cinco años... solo cinco.
El policía se adelantó algunos pasos, haciéndole un gesto con la mano para que le siguiera. Subió los dos escalones de entrada y golpeó la puerta un par de veces. El hombre se apoyó contra el marco de la puerta, ligeramente ladeado, esperando que abrieran. Volvió a llamar.
Amanda se quedó observándole, a una distancia prudencial. Lo suficientemente lejos para huír si lo necesitaba. De repente la puerta se abrió con un ligero crujir.
Will escuchó los pasos acercarse a la entrada. Tomó aire y estiró el cuello ligeramente. La puerta de entrada se abrió, revelando la figura de la mujer.
—¿Cómo es que estás...? —pero no permitió que terminara, porque se ladeó dejándole a la vista la figura de la mujer y el bulto que traía en sus brazos —¡DIOS MIO! —chilló ella. Will abrió mucho los ojos —¡Dios mio! —gimoteó de nuevo y entonces vió como su labio inferior empezó a temblar y las lágrimas se desparramaban por su rostro —Amanda.... Amanda... —dió un paso hacia delante y extendió los brazos —¡Pobrecita mía! Ven aquí...
Amanda empezó a sollozar y corrió hacia la mujer. Y no le importó rozar al hombre entonces. Solo pudo dar gracias mientras se enterraba en los cálidos brazos femeninos que le daban la bienvenida a ella y a su hijo. Tembló. Tembló de alegría, tembló por el miedo que había sentido, tembló simplemente porque encontró el punto de apoyo que había necesitado durante tantos años...
—Ya está, ya está pequeña... —susurraba con inmensa ternura la mujer —Ven, vamos dentro, debéis estar muertos de frío. —rodeó a la figura de Amanda con un brazo y la atrajo hacia sí, conduciéndola al interior de la casa. Elevó la vista sobre su hombro e hizo señas a Will para que las acompañara antes de perderse tras la puerta.
Amanda fué conducida hasta un cómodo sofá frente a una gran chimenea. Con mucho cuidado dejó a Nick a su lado, aún envuelto en la manta, y se sentó mientras las manos de la mujer frotaban sus brazos, calentándola y reconfortándola.
—Voy a prepararos una habitación a ti y al pequeño para que podáis descansar ¿De acuerdo? —la voz era dulce, suave y muy tierna. Amanda asintió mientras las lágrimas seguían brotando inconteniblemente de sus ojos —No te preocupes, tranquila, ya está —las manos de la mujer ahora se deslizaron por sus mejillas borrando los rastros de las gotitas saladas. Era un contacto tan maternal que de nuevo sollozó —Will se quedará aquí hasta que yo termine de prepararos la habitación —Por un momento se había olvidado del policía. Amanda abrió mucho los ojos y rápidamente buscó al hombre en la sala. Estaba sentado en una de las sillas que había alrededor de una mesa camilla que había a la izquierda del salón —.Aquí estáis seguros...
La mujer se levantó del sofá y corrió escaleras arriba bajo la atenta mirada del policía. Amanda no apartó la suya del cuerpo masculino y no pudo remediar sentir la necesidad de tener a Nick más cerca. Pero el niño se había descolgado del sofá y ahora se acercaba al hombre con pasos cortos y un tanto indecisos. El corazón comenzó a latirle fuertemente, la garganta se le secó y el aire se congestionó en sus pulmones. Y creyó que moriría cuando su hijo tocó la pierna del policía. ¡No! ¡No!
Will agachó la mirada para observar al pequeño con una ceja ligeramente arqueada. Estaba justo entre sus piernas y le miraba con curiosidad y un atisbo de gratitud. De repente no le parecieron los ojos de un niño. Pestañeó pesadamente antes de ver la sonrisa que le ofreció el pequeño.
—Vas a proteger a mi mamá ¿verdad? —dijo de repente.
Amanda saltó del sofá y corrió a por Nick. Cogiéndole en volandas y abrazándole desesperada se apresuró a caminar hacia la otra punta de la habitación, cerca de las escaleras que llevaban al segundo piso. Se aplastó contra la pared mientras su pequeño forcejeaba y se quejaba en sus brazos.
Para Will aquello fué la confirmación de lo que sospechaba. La mujer escapaba de un maltratador, sin ninguna duda, y eso le hacía temerle por ser hombre. Por eso no podía acercarse a ella. Por eso estaba siempre esperando que él explotara de alguna manera y le agrediera a ella o a su pequeño. Sintió rabia, mucha rabia. Habían destrozado la vida de aquella mujer, dejándola tan traumatizada que ni siquiera era capaz de distinguir entre su marido y cualquier hombre. Maldijo en su interior. Y a juzgar por el comportamiento tan protector que tenía hacia el pequeño, aquel mal nacido habría hecho daño alguna vez al pequeño. Hijo de puta. Hijo de puta.
—¿Will?
Cuando escuchó su nombre elevó la mirada hacia las escaleras y negó suavemente con la cabeza. Regresó sus pupilas a la mujer. El niño se quejaba entre sus brazos, pero con mucho cuidado, como si supiera que si lo hacía bruscamente su madre se pondría aún más nerviosa.
—¿Amanda? Amanda... —susurró la mujer tocando el brazo de la muchacha, quién saltó ante su contacto y la miró con ojos desorbitados —. Ven, ven conmigo. Ya tenéis la habitación preparada.
Will se levantó de la silla cuando desaparecieron de su vista y comenzó a caminar de un lado a otro del salón como si se tratase de un tigre enjaulado. Cuando, al cabo de un tiempo que le pareció eterno, percibió la figura que descendía de las escaleras se apresuró a gritar en susurros.
—¿Qué está pasando aquí? —y se plantó delante de ella en dos zancadas.
—Shsh, calla —Céline se frotó las manos visiblemente nerviosa —Ven a la cocina.
Cuando llegaron allí la mujer cerró la puerta con suavidad y le instó a que
se sentara en un taburete que había bajo la mesa en donde cada mañana
desyunaban. Will se dejó prácticamente caer, demostrando así su mal humor.
Algo metálico golpeó la madera del taburete cuando se sentó.
—Empieza —exigió él, cruzándose de brazos.
—Will... —suspiró —ella y ése niño necesitan nuestra ayuda.
—Eso me lo he imaginado yo solo, maman —espetó él, impaciente por saber.
—Es la hija de Marié Walters. ¿Te acuerdas de ella? —su hijo pareció dudar un instante y después cabeceó afrimativamente —Su madre me llamó cuando Amanda apenas comenzó la relación con el que ahora es su marido. Estaba muy preocupada porque había visto cosas raras en el chico, pero ella estaba tan enamorada que incluso se volvió en contra de sus padres. Llevan años sin hablarse —tomó un sorbo de aire —Yo... —sollozó. La gran mano de su hijo atrapó las suyas, ofreciéndola con aquel gesto un claro “Lo sé, no lo digas. Sigue” —Sabía que en algún momento Amanda huiría, así que le dije a Marié que le diera nuestra dirección a la chica, solo por si la necesitaba en algún momento. Y... y ha necesitado venir a nosotros...
Su madre rompió a llorar.
—Está bien maman, está bien... —susurró conciliador.
—Dios mío Will ¿Has visto como está? ¿Has visto lo que le han hecho a esa pobre chica? —la cara de su madre se enterró entre sus manos, mientras seguía sollozando y lamentándose.
Sí, había visto lo que le habían hecho. Y esperaba nunca encontrarse con el cabrón que la había despojado de toda dignidad y que se había atrevido a rozar tan solo al pequeño Nick. Él sabía muy bien lo que era aquello. Sus ojos marrones se deslizaron por la figura de su madre. Hacía mucho tiempo que no la veía tan desvalida... La llegada de Amanda y de su hijo iba a cambiar sus vidas, del todo, completamente, volvería todo del revés. Pero si algo tenía claro Will, es que haría todo lo que estuviese en su mano para proteger a una mujer que huía de su maltratador.
—Maman, tengo que volver a la ronda... —susurró fastidiadio dejando que fluyera su acento francés cuando le reclamaron por el walkie—Toma una tila y vete a dormir. Mañana por la mañana hablaremos más tranquilos ¿De acuerdo?
Will se levantó y besó tiernamente la cabeza de la mujer ofreciéndola un sutil apretón en el hombro, transmitiéndola todo su apoyo.
—Sí, vale... —su madré sorbió y se limpió las lágrimas con las manos, intentando ofrecerle una sonrisa llena de orgullo.
Cuando su hijo desapareció tras la puerta de la cocina, Céline volvió a romper en sollozos. La respiración borbotaba al ritmo de las lágrimas. Su pecho se contrajo mientras las memorias revolvían sus entrañas. Santo Dios. Amanda era una calca exacta de lo que ella había sido hacía veinticuatro años.
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