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        Amanda tiró el auricular del teléfono contra la encimera. Sus mejillas llenas de lágrimas, sus manos temblando. Volvía el miedo, el terror, el pánico. La voz del otro lado gritaba enfurecida, rabiosa, llena de odio y posesión. No. No sucedería otra vez.

 

          Corrió lo más rápido que pudo. Atravesó la cocina, el salón y subió las escaleras al segundo piso tropezándose y golpeándose las rodillas. Dolió, pero no tanto como dolería. Se deslizó por el larguísimo pasillo oscuro cojeando ligeramente y llegó a su dormitorio. Traspasó el umbral y giró hacia la izquierda, hasta su coqueta, y tiró del último cajón, en el que tenía guardados todos sus pijamas de invierno. Lo hizo con tanta vehemencia que se escurrió de los carriles y cayó al suelo, esparciendo las prendas sobre la moqueta. Eso la puso aún más nerviosa e inconscientemente se cubrió la cabeza, quedándose totalmente inmóvil durante unos segundos. Esperando los gritos, el golpe, la bofetada, el puñetazo, la patada. Pero no llegaba. No llegaba. Entonces recordó que él no estaba, que él venía, que debía escapar. Se arrodilló en el suelo a pesar de sus magulladuras y buscó un sobre de color marrón. 'Su sobre, su salvación'. Palpando sobre las prendas algodonosas, notó como sus manos temblaban más que antes y cómo sus ojos se empañaban impidiéndola ver. Furiosa consigo misma, arrastró sus agitados dedos por sobre sus párpados, desterrando a las lágrimas vidriosas, intentando ahuyentar a su propio terror. 'Cálmate, cálmate'. Pero el pánico se apoderaba de ella, porque no localizaba su sobre, su única salvación. Levantó cada una de las prendas, las agitó, las desgarró. Nada. Gimoteó y sollozó desesperada. Tiró del cajón superior, el de su ropa interior, removiéndola, sacándola y lazándola por la habitación, desordenándola completamente. Cuando estuvo vació, llevó su mano al fondo del cajón, tanteándo y... ahí estaba. ¡Ahí estaba! Rasgó la parte superior y comprobó que su contenido estaba dentro. Apresó los papeles en su pecho, arrullándolos y, suspirando aliviada, lo guardó dentro de su sostén, al lado de su corazón. Y sonrió, porque aún había esperanza, porque estaba decidida a hacerlo.

 

          Se levantó con rapidez hacia el armario, lo abrió de par en par y cogió una enorme bolsa negra de deporte con unas pocas ropas suyas al fondo. Deprisa, deprisa. La cogió por un extremo y corrió de nuevo por el ennegrecido pasillo, hasta el final. Llegando frente a la puerta blanca, en donde las letras de suave madera y colorines escribían Nick, sintió como sus pulsaciones se paraban un instante. Era por él por quién lo hacía, él no merecía una vida así. Abrió de golpe la lámina lacada en blanco y se introdujo en el dormitorio moviéndose aún con más prestez que antes.

 

          —¡Nick! —chilló en susurros mientras rebuscaba en el armario de puertas de colores de la habitación infantil —Nick, cariño ¡Arriba! ¡Levanta!

 

Terminó de guardar todas las pequeñas ropas de abrigo, las prendas interiores, calcetines, gorritos, guantes, zapatillas y zapatos que cupieron en la bolsa hasta llenarla. Cerrándo la cemallera miró hacia la cama y al pequeño bulto que yacía enredado entre las sábanas y el edredón nórdico. Soltó el zurrón en el suelo y corrió hacia el niño.

 

          —Nick, mi vida —cogió a su hijo somnoliento y le envolvió en las mantas —Tenemos que irnos, cariño. Despierta —Lo apoyó sobre una de sus caderas y con la otra mano recogió la bolsa —Despierta Nick, vamos cielo. Necesito que me ayudes.

 

          —Mami... tengo sueño... —murmuró con su vocecita dormida —¿Dónde vamos?

 

Amanda bajó las escaleras con cuidado de no pisar el pico de la manta que arrastraba por el suelo. Su respiración agitada golpeaba en la cabecita rubia de su hijo, quién se aferraba fuertemente a su cuello. A pesar de dificultarle la tarea, la reconfortaba tantísimo sentir los bracitos de su pequeño, que el miedo se ahogaba en el valor que ebullía en su interior por salvar a su hijo.

 

          —Es una sorpresa —susurró intentando acotar una voz dulce y alegre —Ya verás como te gusta... —cambiándose la bolsa de mano, sujetándola con la misma con la que abrazaba a su hijo, abrió el cajón del mueble de la entradita y cogió las llaves del coche. Tiró del pomo de la puerta de entrada y corrió por el camino empedregado que cruzaba el nevado jardín, hasta llegar al vehículo.

 

         —Hace frío —se quejó Nick, temblando y castañeteando lo dientes.

 

        —Lo sé, hijo —dejando la bolsa en el suelo abrió la puerta de atrás del coche —. Pero ahora vas a estar muy calentito, ya lo verás—Acomodó dulcemente al pequeño en su silla, esmerándose a gran velocidad en arroparle con las mantas y, por último, le abrochó el cinturón de seguridad. Los grandes ojos azules de su hijo la observaban con desconcierto —. Quiero que te quedes aquí ¿Vale? Mamá vuelve ahora.

 

           Nick afirmó con la cabeza y escondió las manitas bajo las mantas. Amanda cerró la puerta y corrió dentro de la casa otra vez. Deprisa, deprisa. Cuando llegó hasta el salón, el lúgubre salón en donde tantas veces había yacido inconsciente, se encaminó hacia la enorme estantería repleta de libros. Sus ojos se movieron con desesperada avidez hasta que sus pupilas localizaron el que buscaba. Camuflado en 'La Ilíada' de Homero se encontraba en realidad una compilación de fotografías de Nick; desde su naciminento hasta el mes anterior. A él no le gusta que haya retratos de la familia. A él no le gusta fotografiar a su hijo. Sintió alivio por haber tenido la prudencia de haber creado ése álbum hacía tan solo una semana. Echó un último vistazo, entre las penumbras, al delicado salón de ensueño, en donde tantas veces había simulado ser feliz, ser perfecta. Apretó los labios, por un momento enfadada por haber llegado hasta ése punto, pero el miedo a ser descubierta la hizo dejar de pensar en ése tormentoso pasado. El que estaba dispuesta a dejar atrás, para siempre. Volvió a correr fuera de la casa. Huír, Huír, se reberveraba en su inconsciente. “Tenéis que huír”. Se resbaló en una de las piedras heladas del camino y a punto estuvo de caer, pero consiguió mantener el equilibrio en el último momento y proseguir hasta llegar al coche. Cogió la bolsa deportiva negra, abrió la puerta del conductor y la tiró dentro, en el lado del co-piloto, junto con el libro. Golpeó la puerta con fuerza, echó el seguro y metió la llave en el contacto. El motor, frío, hizo varios amagos de no arrancar y destrozar su plan. Su huída, su salvación. La barbilla comenzó a temblarle. No, ahora, no. Contempló a través del espejo retrovisor a su pequeño Nick, embutido en sus suaves mantas blancas y azules.

 

           —No te preocupes cariño, el coche arrancará —decía desviando su vista y observando el cuadro de luces. Pero ella sabía que ése mensaje era para sí misma, porque necesitaba escucharlo para no hundirse en las tinieblas que pretendían devorarla.

 

Si, mami” había contestado su hijo en un suave murmullo. Amanda volvió a enfocar sus pupilas a través del espejo, para intentar que Nick viera su maquillada sonrisa tranquilizadora. Pero lo que sus ojos encontraron fueron una mirada azul profundo, la mirada de su hijo, madura, llena de apoyo y determinación.

 

            Volvió a empujar la llave en el contacto y el coche arrancó. Las cálidas lágrimas de felicidad se derramaron por sus mejillas frías sin control, mezclándose con el aliento de su risa agradecida.

Dió marcha atrás hasta llegar a la calzada salinada, enderezó el volante, puso primera y aceleró a fondo. A través del reflectante, contempló por última vez lo que había sido su residencia durante los últimos ocho años. Lo que había sido un infierno para ella por siete. Una pesadilla, para Nick.

No. Nunca más regresaría. Nunca, jamás. Porque si volvía allí, sería para morir.


 

         La puerta de la casa, había quedado abierta.

 

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