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         Cuando la alarma de su teléfono móvil comenzó a sonar, farfulló una tremenda maldición antes de sentarse en la cama. Por un segundo sintió tentaciones de mandar a freír espárragos al maldito aparato, pero entonces se acordó de dónde estaba. Abrió mucho los ojos y se apresuró a apagar la alarma. Miró a su alrededor y localizó su maleta. Maldición, si no se daba prisa iba a llegar tarde. Mientras corría por la habitación vistiéndose al mismo tiempo como bien podía, fué hasta su ordenador portátil. Lo había dejado encendido toda la noche, conectado a la corriente eléctrica y a internet.

 

         Después de la charla con Katie en el bar del hotel y de la imágen que se formó en su imaginación cuando se quedó sola, no pudo con la tentación. Tuvo que conectarse inmediatamente a la red y buscar más información del grupo. Bueno, eso era una mentira en toda regla. La verdad es que la urgencia venía por saber más cosas de Adam, y lo que había leído, le había gustado. Le había gustado mucho. Y eso la aterraba. Porque si la mitad de todo era cierto, iba a tener un gran problema y no solo porque tuviera las mejores manos que hubiese visto en toda su vida, si no porque entonces comenzaría a fantasear también con él, como hombre.

Moviendo frenéticamente la cabeza de un lado a otro, se apresuró a apagar el ordenador. Tiró del adaptador de la corriente eléctrica y lo enrrolló de cualquier manera, metiéndolo en el maletín que tenía para el portátil, haciendo lo mismo con el ordenador.

 

         Se peinó frente al espejo del cuarto de baño, se colocó bien el sujetador y se lavó la cara. Frotándose los ojos, se encaminó hasta la maleta otra vez. Cogió su cajita de píldoras y se tomó la que le correspondía. Fastidio, estaba a punto de tener la regla. Genial, estupendo, maravilloso. Aquello significaba tener molestias y no soportar la comida al menos durante un par de días. Desganada tiró la caja dentro de la maleta. Farfullando por lo bajo se colgó el maletín del portátil al hombro, comprobó que tenía su teléfono, su PDA y la tarjeta-llave del hotel en los bolsillos del pantalón vaquero. También verificó que llevaba algo de dinero antes de cerrar la puerta y encaminarse hacia el vestíbulo.

Sentado en uno de los asientos de recepción estaba Albert, con todo el equipo preparado. Sharon le saludó levantando una mano, mientras que con la otra tapaba un enorme bostezo. Aún no estaba despierta del todo.

 

          —Buenos días a ti también, aunque no tienes muy buena cara.

 

         —Gracias hombre —contestó ella dejándose caer en el sillón de al lado —. Es genial que te digan eso nada más empezar el día.

 

         —Mejor que te digan eso que no “piérdete” o “fuera de mi cama”

 

Sharon le observó con una ceja arqueada.

 

        —¿A ti te dicen eso? —preguntó con suspicacia

 

        —Solo si me pongo pesado —contestó guiñándola un ojo y con una sonisa —. Ya sabes, en plan pulpo.

 

Sharon rió. Bueno, eso si era una buena forma de comenzar el día.

 

        —Ya... o como cuando os ponéis a rozaros con nuestras piernas como si fueráis perros desesperados.

 

       —Golpe bajo —dijo él, arrullándose más en el asiento y tras unos segundos de silencio apuntó—. Pero si hacemos eso es que estamos desesperados.

 

       —¿Y cuándo no lo estáis? —le sonrió. Albert sonrió y meneó la cabeza, dándola a entender que mejor dejar aquella batalla de sexos para más tarde.

 

       —¿Qué nos toca hacer hoy? —preguntó cerrando los ojos.

 

       —Ni idea. Creo que Katie quiere hacerles unas entrevistas, pero tampoco estoy muy segura —elevó los hombros —. Igual se ha levantado con otra idea. Vete a saber.

 

Tras unos minutos más, en los que Sharon no perdió la oportunidad de pronunciar unos cuantos 'Rabos de fresa' porque pensaba que llegaba tarde, aparecieron Katie y Sam. Su amiga se envaró y, sacando su libro de notas, empezó a repartir el trabajo. Mientras que Albert y Katie se iban a encargar de hacer las entrevistas, Sam y ella tendrían que conocer un poco más al equipo que rodeaba a los chicos y también preparar un artículo sobre cómo era un día de rodaje de un video promocional. Según Katie, era lo primero que la MTV iba a publicar en prensa escrita; el rodaje del nuevo video promocional de LS. Más tarde se prepararía la primera parte del documental que se emitiría; cómo rodaban el video, entrevistas con los chicos, anécdotas y conociendo un poco al equipo. Según Katie, no tenían un resultado tal cual de aquella primera parte (o episodio, como iban a llamarse), pues dependían mucho de lo que los chicos se involucraran.

Después de la explicación, Sam y Albert empezaron a caminar fuera del hotel. Sharon, por otro lado, frunció el ceño y sujetó a su amiga del brazo.

 

         —¿Esto es una competición o algo así?

 

         —¿Qué? —exclamó su amiga con los ojo abiertos como platos —¿Por qué dices eso?

 

         —Porque no puedo preparar un artículo redactado si luego vas a emitir lo mismo por televisión.

 

       —¿Por qué no? Es lo que me han pedido los jefes —contestó echando a andar. Sharon se colocó a su lado de brazos cruzados.

 

        —Porque para eso me voy a mi casa —exclamó moviendo las manos exageradamente, mostrando su disguto —. No he venido aquí para transcribir nada y es la sensación que tengo. Si Albert y tu grabáis lo mismo que luego nosotros transportaremos al papel ¿Para qué vale nuestro trabajo? Para eso sencillamente grabar todo y luego me lo das y hago un resumen.

 

Katie frunció los labios un instante.

 

        —¡Vale! Pues hazles tú las entrevistas sobre el rodaje y sal delante de la cámara.

 

        —No quería decir eso, Katie.

 

      —Yo solo hago lo que me dicen, Shaz —murmuró su amiga, posando las mano sobre los hombros de ella, conciliadora —Sé que no querías hacer este trabajo, que estabas totalmente en contra y que te parece mal la parte que te ha correspondido. Pero es lo que los jefes me piden y yo no puedo mandarte otra cosa. Lo único en lo que tienes total libertad es en las entrevistas personales, que serán grabadas únicamente para televisión. Y ahí podrás lucirte todo lo que quieras y más.

 

        —¿Perdona? —A Sharon comenzó a picarle el cuello —¿Me estás diciendo que tendré que hacer las entrevistas personales delante de la cámara?

 

        —¡Claro! —su amiga sonrió, soltándola —¿No te lo había dicho?

 

        —No... —murmuró muy bajito —Yo no quiero salir en televisión —agregó mirando al suelo. De repente se sentía avergonzada. Tenía pánico a las cámaras, algo así como pánico escénico pero delante de una cámara.

 

       —Bueno, pues no salgas, solo grabamos a quien estés entrevistando —dijo sin más —Y ahora, o nos damos prisa, o vamos a llegar tarde. Tienen fama de ser bastante puntuales.

 

       —Sí seguro, puntuales con la hora de Japón —masculló.


 


* * * *

 

 

          Se tuvo que tragar sus últimas palabras. Cinco minutos después de la hora prevista, comenzaron a merodear por allí algunos de los seis. Los primeros en aparecer fueron Ryan y Anthony, quienes la saludaron con mucho ánimo y después comenzaron a mezclarse con la gente del equipo. Y por supuesto, el batería llegaba con sus baquetas. Después llegaron Mark, colgado del teléfono móvil y Bruce, que caminaba con un paso muy lento y venía fumando un cigarillo liado. Era curioso; los dos que parecían siempre enfadados entre ellos y al mismo tiempo los más alocados, llegaban juntos. Los dos más callados y distintos, también. Solo faltaban Mike y Adam; quienes, a juzgar por lo poco que les conocía, no concordaban demasiado. Para su sorpresa, se encontró buscánoles con más entusiasmo de lo que debería. Se regañó a sí misma e intentó buscarse alguna distracción. Ordenó a Sam que comenzara a echar algunas fotografías del ático y del equipo. Tenía que pensar algo en lo que centrarse el primer día. Odiaba no saber exactamente qué hacer y más en lo que respectaba a su trabajo. Le gustaba organizarse y tener un esquema del plan del día, pero con Katie no podía esperar algo así. Ahí estaba ella, entre el montón de cables que recorrían el suelo, esperando que llegase el espíritu santo y la iluminara para saber qué podía hacer. Repasó la habitación con la mirada y encontró algo en lo que podía enfocarse respecto a la grabación de un video promocional;el vestuario. Bien, empezaría por ahí. Acosaría a los estilistas al menos un par de horas y después, volvería a encontrar un nuevo objetivo al que machacar a preguntas. Eso era.

Llena de determinación, buscó a Sam. Para su tranquilidad le encontró en un rincón hablando con el hombre que había concocido el día anterior; John. Con una sonrisa se acercó hasta ellos dispuesta a entablar una conversación amistosa y cordial antes de indicarle a Sam que tenían trabajo. Pero antes de llegar a su desino, un obstáculo de uno noventa se cruzó en su camino. Lo primero que vió fué su amplio pecho enfundado en aquel tipo de camiseta que parecía vinilo, marcando el torso pecaminosamente y después, como hipnotizada, ansiosa, buscó las manos. Tragó saliva cuando se topó con ellas medio escondidas en los bolsillos de los pantalones negros. Dios, la boca se le hacía agua solo de pensar en verlas completamente. Rabo de Fresa. Practicamente desquiciada comenzó a rascarse el cuello, mientras divagaba por el cuerpo hasta observar el rostro masculino.

 

          ―Buenos días ―murmuró él con aquella voz grave y tranquila

 

        ―Hola ―contestó fríamente, intentando esquivarle y continuar su camino. Solo esperaba que no la tocara, porque como lo hiciera estaba segura de que podría derretirse entre sus manos como un cubito de hielo que acabase de caer en una taza de agua hiriviendo.

 

        ―Siento no haber estado en la reunión de ayer.

 

Sharon le miró con una ceja arqueda.

 

        ―No tienes por qué darme explicaciones ―intentó huír de nuevo, pero por fin sintió una de aquellas grandiosas manos sobre su piel. Dios mio, estaba a punto de entrar en éxtasis solo con el contacto.

 

         ―Lo sé, pero me dijeron que tú serás la que haga las entrevistas personales ―la sujetó por el antebrazo, evitando que huyera de nuevo. Era igual de escurridiza que una serpiente. Y eso le encantaba ―. Y quería comentarte un par de temas de los que no quiero hablar .

 

Sharon apretó los labios, intentando descentrar su atención del roce de las manos de Adam. “Suéltame, suéltame” murmuraba para sí misma, intentando controlar el ardor que quemaba en sus entrañas. “Es un maldito mocoso” se repitió por enésima vez desde que lo conociera.

 

         ―Bueno ―no supo cómo, pero fué capaz de articular unas pocas palabras ―. Pero eso sera mejor que me lo digas cuando las vayamosa hacer. De aquí a entonces se me olvidará ―forcejeó otra vez para soltarse, pero él la apresó con un poco más de fuerza y tiró de ella haciendo que sus miradas se encontraran.

 

        ―¿Por qué huyes de mi? ―preguntó con gesto preocupado, observando el delicado rostro femenino.

Parecía que el tiempo se había parado, que nada existía más allá de ellos dos, que no había cientos de personas moviéndosede un lado a otro a su alrededor.... En ese momento hubo un vacío, en el que, para el uno, solo existía el otro.

 

Sharon sintió como su respiración se paraba de golpe. Como un escalofrío comenzó a recorrerla desde donde Adam la sostenía hasta su espina dorsal. Cómo se filtraba en su interior inevitablemente y después de fundirse y mezclarse con su sangre por todo el cuerpo, escapaba de sus entrañas con un pequeño gemido que se desprendió de sus labios brillantes y entre abiertos.

 

        ―Yo no...no... ―maldito cerebro. Estaba más pendiente de fantasear con él que de articular palabras en contra suya. Como si de repente un flashazo la iluminara, e intentando por todos los medios librarse de él, agitó la cabeza y dijo enfurruñada con un deje ofendido― ¡Yo no huyo de nadie! ¡Eres tú el que solo hace que perseguirme! ―agitada, consiguió soltarse con un manotazo y, envalentonada le gritó―¡Vaya donde vaya, apareces! ¡Eso se llama acoso!

Adam no necesitó mirar a su alrededor para saber que todo el mundo en el ático había oído las últimas palabras de Sharon. Ni tampoco necesitaba que nadie le dijera que ambos eran el centro de todas las miradas.

 

          ―En realidad sería acoso si te arrinconase contra las paredes insinuándome, te humillara, te insultara, te vejara o intentara meterme en tu cama. Pero de momento no he hecho nada de eso.

 

         ―¡Rabo de fresa! ¡No quise decir eso! Simplemente...―abrumada y terriblemente avergonzada se tapó el rostro con las manos, mientras su nuca picaba con desesperación y su voz se cortaba en seco, mientras su cerebro se preparaba para la huída ―Además ¿Qué se supone que estás haciendo ahora? ¡Hablarme como si fuese tonta, explicándome el significado de una palabra que conozco de sobra! ―agitó sus manos, acusándole con un dedo índice bien estirado hacia sus narices ―¡Humillarme! ¡Todos nos miran y...y... ―rascándose desquiciadamente la mano y con los ojos escociendo de la rabia ya no pudo contenerse ―¡Joder! ―exclamó apartándole de un empujón y caminando rápidamente fuera del ático con la cabeza gacha. “Huye, huye, huye. Haz las maletas y lárgate. No vas a poder soportarlo”

 

        ―¿Rabo de fresa? ―murmuró sorprendido ¿Qué clase de expresión era aquella? Por unos segundos se quedó estático en el sitio, pestañeando rápidamente, como si intentase encontrarle algún sentido a ésa oración. Entonces levantó la vista y observó a parte del equipo mirándole fijamente, espectante. Cuando elevó una ceja y su gesto se transformó en una muestra de impaciencia, todos volvieron a su trabajo como movidos por resortes. Y él se apresuró a salir en busca de la pequeña figura femenina que le atormentaba el pensamiento.



 

           Oh no, lo último a lo que estaba dispuesta era a sufrir aquello otra vez. Con los brazos cruzados y los hombros encogidos, caminó entre toda la gente que se movía por el pasillo, con dirección al ascensor. Sí, estaba decidida, iba a marcharse. Se acabó. Le daba igual que su jefe la echara una buen charla cuando regresase por haber dejado su puesto. Le daba igual si la despedían. Bueno, eso quizá no. Pero aún así, se iba a ir. Primero no había querido aquel trabajo por nada, se había visto obligada prácticamente, había ido por hacer un favor a su jefe y a su amiga, pero ya no lo soportaba. No iba a soportarlo otra vez. Apretó el botón del ascensor con más énfasis del necesario y se hizo daño en la uña. Maldiciendo mentalmente se llevó el dedo a la boca y lo mordió ligeramente.

Prepotente y arrogante crío. ¡Desde que había llegado la había estado siguiendo en cada jornada! Vale que solo habían sido dos o tres días pero... ¡Había invadido prácticamente su espacio personal en cada ocasión! Y el muy cretino la había dejado delante de todos como una completa idiota. ¡Al diablo con él y sus manos maravillosas!

Cuando las puertas del ascensor se abrieron un poco, dejó filtrar su cuerpo en el montacargas. Antes incluso de llegar a introducirse del todo, ya estaba apretando el botón de la planta baja. La dichosa campanita sonó mientras las puertas volvían a cerrarse. Y justo cuando estaban a punto de golpearse la una contra la otra, una mano se introdujo entre ellas haciéndolas retroceder.

 

           ―No te vas a ninguna parte ―escuchó su voz grave y por primera vez profundamente seria. Y entonces vió aquellos ojos azules ultramar, muy oscuros y llenos de una mirada preocupada.


 

          Si algo sabía identificar Adam en una persona, era el miedo. Por desgracia conocía demasiado bien ésa sensación por sí mismo. Había impregnado su vida desde que tenía uso de razón. Su vida y la de su familia... Y estaba cansado de sentirlo, de presenciarlo... y sabía que iba a torturarse siempre si no aclaraba la situación con aquella mujer.

 

         ―¡Lárgate! ―chilló ella, arrinconándose contra la pared ―¡Déjame en paz!

 

        ―No hasta que me escuches y aclaremos un par de cosas.

 

Las puertas se cerraron. La nuca de Sharon volvió a picar desesperadamente.

 

       ―¡¿Pero qué parte no entiendes?! No quiero saber nada de ti, no quiero que te acerques a mi. Me da igual lo que pienses, lo que hagas o dejes de hacer. Te lo dije, solo quiero un trato profesional... ¡Qué de todo eso no entiendes!

 

        ―¿Por qué estás tan asustada? ―preguntó de sopetón, golpeando con el puño el botón de parada. La vió palidecer y dejar de rascarse de repente.

 

Por tu culpa, imbécil. Porque haces que mis hormonas se revolucionen y me asusta no poder controlarlas. Porque no quiero que me gustes aunque ya lo haces ¡Porque soy una completa imbécil que desaprovecha las oportunidades porque le aterra arriesgarse y cambiar su vida aburrida y rutianaria” gritó alguna neurona rebelde en su cabeza, haciéndola ver la verdad de golpe. Y el subconsciente se apresuró a agregar “Porque no quiero que me suceda otra vez”

 

          ―No te acerques... ―susurró ella, clavando sus ojos muy abiertos en él, como si le retara ―Vuelve a poner esto en marcha o empezaré a gritar.

 

         ―Sharon, sólo quiero saber por qué...

 

        ―¡¿Y quién eres tú para pedirme explicaciones?! ―le interrumpió ―¡Maldito persistente! ¿No tienes nada mejor que hacer?

 

Adam se tensó y se irguió todo lo que pudo, dejándose apoyar contra las puertas. Quizá ella tenía razón y tendría que preocuparse un poco más de sus asuntos y dejar a los demás que se ocupasen de los suyos. Una punzada. Llevó su mano derecha a su oreja e hizo un ligero vacío, frotándola suavemente.


 

           ―Soy alguien a quien le gustaría conocerte un poco mejor. Te lo dije ― farfulló con raspado acento alemán, mientras retiraba la mano de su oreja y volvía a poner en marcha el ascensor ―. No andé con rodeos. El primer día que te vi te dije que me gustabas ―murmuró dándola la espalda ―. Y sinceramente, que me mandaras al infierno me cuadraría siempre y cuando demostraras que verdaderamente no te intereso o que al menos no lo hacen mis manos ―las erres tajantes y gravemente marcadas ―. He notado que cuando estás nerviosa te rascas la nuca o las manos. Deja de hacer eso cuando yo esté cerca y te dejaré en paz.

 

          ―¿Y por qué yo de entre todas las mortales? ―había notado un pinchacito en su interior, como si pudiese confiar en él. La neurona rebelde otra vez.

 

         ―¿Y por qué yo de entre todos los mortales? ―respondió sarcástico. Levantó las manos, como si un policía le hubiera dado la órden, mostrándoselas a Sharon ―¿O por qué ellas?

 

        ―Contéstame o me marcho ―exigió, aún pegada a la pared.

 

       ―Me gusta tu mirada y cómo me miras―respondió elevando los hombros ―. Y cómo giras la cabeza cuando lees o cuando estás pendiente de algo que te explican. Me gusta cómo caminas. Me gusta tu cuerpo y tu cara. Y tu voz tiene una modulación que me recuerda a una tríada menor.


 

         El timbre anunció la llegada a la planta baja del ascensor. Adam se limitó a echarse a un lado y apoyarse contra la pared, dejándola paso y deseando que no pasara por su lado y saliera de allí. Y Sharon se quedó estupefacta porque él hubiese dicho ésas cosas, porque él se hubiese fijado en ésas cosas. Porque él se hubiese fijado en ella de esa manera... Y ahí estaba removiéndose el debate interno; corazón versus razón. ¿A quién hacer caso? Sentía como si un reloj gigante estuviera marcándola los segundos dentro del cuerpo, agitándola al ritmo de sus latidos. ¿Salir, marcharse, huír? ¿Quedarse, quedarse, quedarse?

 

         ―Adam... ―empezó a decir, con una picazón de arrepentimiento y llena de dudas.

 

       ―Cena conmigo ésta noche ―interrumpió él, clavándo los irises azules en ella ―. Los chicos y el equipo van a salir, pero yo voy a quedarme en el hotel. Pedimos algo para cenar, vemos una película, hablamos... cualquier cosa. Dame una oportuidad.

 

Sonaba casi desesperado. ¿Qué demonios le pasaba al mundo? ¿Uno de los hombres más deseados del planeta sonaba desesperado porque ella pasara un rato con él? ¿Porque le diera una especie de oportunidad o algo así? ¿¡Y ella estaba pensando en rechazarle?!  Se sacudió la cabeza. Vale, estaba aún dormida, segura. Eso era un sueño y punto.

Las puertas del ascensor se cerraron. Eso significaba que había perdido su oportunidad para marcharse.

 

         ―Vale ―dijo con un suspiro atragantado ―. Sí. Bien. ―y se quedó sin más palabras. ¿Qué más podía decir? Se había jurado declararle la guerra. Se suponía que no le gustaba ése tipo de gente; rica, famosa y prepotente. Se suponía que... Maldición, había supuesto tantas cosas que prácticamente había eliminado la posibilidad de estar equivocada.

 

Pasaron unos segundos de incómodo silencio. Y ninguno de los dos se movió de su posición.

 

         ―¿Y qué es eso de 'Rabo de Fresa'? ―preguntó Adam con un tono jovial y curioso. Silencio, hasta que la escuchó farfullar algo ―¿Sharon?

 

        ―No lo estropees ¿Quieres? ―Silencio. Pero estaba ahogándose de preocupación ―Oye, hemos dado un poco de espectáculo antes y...

 

       ―No te preocupes por eso. Déjamelo a mi ―cuando las puertas se abrieron en la última planta, lo primero que Adam vió fué a la tal Katie prácticamente echando chispas. Girándose con una tenue sonrisa hacia la mujer que no se podía quitar de la cabeza desde que la viese por primera vez, la recomendó justo antes de salir de espaldas del ascensor y echar a correr por el pasillo―. Aunque quizá deberías preocuparte por tu jefa...


 


 

         Aguantó el sermón de Katie con un porte erguido y ciertamente distante. Sabía que su amiga tenía todo el derecho de regañarla, gritarla e incluso zarandearla un poco. Al fin y al cabo, si Adam no pareciera tan obsesionado con ella y hubiese reaccionado de otra manera, lo más probable es que el documental para la cadena se hubiera cancelado. Y la única culpable sería ella, por ponerse tan histérica. Lo reconocía, sí, histérica era la palabra exacta. Había perdido completamente el control cuando le había puesto las manos encima; había mezclado partes de su experiencia pasada con su presente. Había confundido todo y se había asustado. Eso era todo, que no era poco.

          Después de haber pedido disculpas a su amiga, alegando que no se encontraba muy bien porque tenía algunas preocupaciones familiares, haber indagado toda la tarde en el área de estilismo y haber recogido muchos datos interesantes y haber aprendido un poquito más sobre la vida del espectáculo, se sentía completamente agotada.

Hacia el final de la tarde, se sentó en una esquina del ático, mientras seguían rodando, y repasó todas sus notas. En un lado había garabateado un pequeño esquema de cómo era el proceso de selección de la ropa para cada uno de los chicos del grupo, en qué se basaban para seleccionar un color u otro, el material, etc... Después había un listado de las marcas que solían vestir (no tenía muy claro para qué apuntaba aquello, pero bien, ahí estaba) y tras aquello unos quince folios por las dos caras repletos de palabrejas con su letra más pequeña. No escribía tanto en tan poco tiempo desde la universidad. Anonadada observando los papeles, no percibió la llegada de su acompañante.

 

        ―Hola ―murmuró una voz grave, quebrada.

 

Sharon levantó la cabeza y se quedó impactada cuando observó al chico. Abrió mucho los ojos. ¡Era el hermano de Adam! Un poco aturdida contestó al jovencito, que era prácticamente una réplica adolescente de su hermano mayor.

 

        ―Ho-hola ―y sonrió.

 

        ―Eres Sharon ¿Verdad? ―dijo acuclillándose frente a ella.

 

         ―Sí ―confirmó cabeceando ―Sharon Smith.

 

Percibió el escrutiño al que estaba siendo sometida por parte del chico. La echó una mirada de arriba abajo, o bueno más bien de lo que pudo llegar a apreciar estando ella sentada cruzada de piernas en el suelo, y finalmente sonrió asintiendo. Eso no la gustó.

 

         ―Me han dicho que te dé esto ―tendió un trozo de papel doblado.

 

         ― ¡Oh! Gracias ―dijo sin más, mirándole fijamente.

 

       ―Nos vemos ―murmuró el muchacho con una sonrisa pícara y guiñándola un ojo mientras se levantaba y desaparecía entre los operarios.


 

          Sharon se quedó observando el papel durante unos segundos, prácticamente petrificada. Sabía perfectamente de quién provenía y era eso, evidentemente, lo que más la revolvía los nervios. Miró de un lado a otro como si esperase que alguien estuviera observándola. Apresuró la mirada alrededor del ático, en busca del dueño de aquel trozo de papel blancuzco. No estaba en ningún lado. Suspiró y, armándose de valor, lo desdobló leyendo:


 

A partir de las siete en mi hotel. Cuando llegues a recepción solo di tu nombre y enseña tu identificación, alguien te acompañará. Y no es que te esté citando en mi hotel porque así tenga más fácil el llevarte a la cama, es más que nada para evitar tener compañía indeseable si estamos en un lugar público. Paparazzi.

Espero verte Sharon,

                                   Adam”


 

         Sus ojos se abrieron mucho ¿En su hotel? ¡Vaya! Con un toque de desesperación se rascó la nuca mientras meditaba lo que se decía en la nota. En realidad Adam tenía sus buenos motivos para citarla en la privacidad de un hotel. Ella se había olvidado por completo de los paparazzis. Al fin y al cabo ella no estaba siendo perseguida por ninguno, más bien ella podría ser considerada uno de ellos. Resopló y descruzó las piernas estirándolas y dejando reposar la cabeza contra la pared. Maldita sea. No quería estar con él demasiado tiempo a solas. Es decir, quería pero al mismo tiempo no quería. ¡Rabo de fresa! ¡Estaba hecha un completo lío!

 

        Se levantó de un salto, estrechando los papeles contra su pecho como si le fuera la vida en ellos. Frunció el entrecejo fastidiada. No podía negar que Adam la atraía, muchísimo. Lo que había leído en Internet sobre él, y en muchos sitios diferentes, le había encantado. Sí, sí, ahora podía sentirse atraída hacia él como hombre y, tal y como había salido tras de ella cuando había huído del ático... Eso había dicho mucho de él y había confirmado mucha de las cosas que se decían en la red de redes. Por Dios, ¿Por qué no podía haberse fijado el maldito crío en Katie? Refunfuñando por lo bajo salió en busca de Sam. No estaba dispuesta a estar mucho más tiempo revoloteando por el ático como una mosca mareada, estrujando a sus neuronas a que se decidieran por qué narices hacer. ¡Rabo de fresa!


 

* * * *
 

         Unas horas más tarde allí estaba, frente a la puerta del hotel más lujoso de toda la ciudad. El edificio se mostraba majetuoso en su exterior, iluminado con luces anaranjadas que le daban un color dorado a toda la fachada. La enorme puerta giratoria brillaba como el oro. Los cristales impecables... Sintió escalofríos. ¿Qué estás haciendo aquí Sharon? Se preguntó rascándose la mano. Había tenido que esperar a que Katie llegase a su habitación y la atosigara para convencerla de que saliera con ella y con los chicos del equipo y de la banda para celebrar el buen trabajo realizado en esos días. Había mentido a su mejor amiga con una excusa barata que no terminó por convencerla y que las dejó a un milímetro de una discusión, para salir a hurtadillas a reunirse con un tipo que había prometido mantener lejos. ¡Qué locura!

        Cuando entró en el recibidor le dieron ganas de echar a correr. Ella no pintaba nada allí. Estaba tan fuera de lugar... Las grandes alfombras, las mesas de madera brillantes a un lado en un saloncito, los amplios sofás y sillones de colores claros impecables, las enormes lámparas de techo de lágrimas de cristal, la majestuosidad de la escalera de mármol que podía apreciar al fondo...Oro y brillantes. Sabía que estaba parada allí en medio, con la boca abierta y rascándose la mano como una loca desesperada. Por un momento se preguntó como alguien no se aproximaba para sacarla de allí a empujones por la imágen de mujer loca-perdida que estaría dando. Intentando recuperarse del impacto, se irguió y buscó el mostrador de recepción. Con la mejor de sus sonrisas se dirigió al muchacho magnificamente uniformado .

 

          ―Buenas noches ―murmuró acaramelando la voz. ¿Por qué demonios estaba haciendo aquello?

 

         ―Buenas noches señorita.

 

         ―Erm... ―resopló con un deje de hastío ―Soy Sharon Smith ―Bien, ya lo había dicho. Dejó su documentación sobre la encimera de mármol y se obligó a mostrar su mejor sonrisa mientras los nervios la devoraban el estómago.

 

         ―¡Oh, sí, por supuesto! Un momento, por favor.

 

        El muchacho se perdió tras una puerta. A los pocos segundos otro hombre salió de la sala, seguido del mismo chico que se dirigió al otro lado del mostrador. Sharon pestañeó extrañada; seguro que aquel hombre era el jefe de la plantilla. El hombre recién llegado la sonrió y le tendió la mano.

 

          ―Buenas noches señorita Smith, si fuera tan amable de acompañarme, por favor.


 

        Iba tan absorta observando la decoración del hotel que en menos de lo que se esperaba estaba frente a la puerta de una habitación. El hombre la tendió una llave magnética con una sonrisa y se marchó no sin desearle una feliz estancia. Bien, ya estaba allí... Era mejor no pensarlo tanto. Si removía demasiado sus pensamientos saldría corriendo de allí y estaba convencida de que tarde o temprano se arrepentiría. Además, ¡Rabo de fresa! Tenía que tocar esas manos al menos una vez en su vida.

         Siguiendo un impulso pasó la llave por la ranura y la puerta se abrió. Empujó y entró dentro de la suite. La música se esparcía por la majestuosa y despampanante habitación; Janet Jackson, pudo reconocer. Echó la cabeza hacia delante asomándose, como si así pudiera vislumbrar al causante de un ligero dolor de cabeza. Su cerebro estaba completamente revuelto y sus hormonas lo estaban aún más. Y ni qué hablar de sus nervios...

 

         ―¿¡Hola?! ―exclamó al aire. Esperaba que pudiera oírla, porque ella no pensaba moverse de allí hasta que él no apareciese. Bueno...si tardaba más de cinco minutos pensaba a echar a correr despavorida fuera del hotel.

 

         De repente Adam apareció por el otro extremo de la habitación, con el teléfono móvil pegado a la oreja izquierda. Cuando la vió, la lanzó una profunda mirada azul llena de asombro y sorpresa mientras que en su rostro se desdibujaba una sonrisa muy alegre.

 

        Sharon se quedó sin respiración en ese mismo instante. Completamente seria, y notando como sus ojos se abrían ligeramente más de los normal mientras le contemplaba, consiguió de alguna forma, que aún intentaba comprender, devolverle el saludo con la mano.

 

        Rabo de fresa, rabo de fresa... No se había sentido así de... así de... ¡Por Dios, estaba excitada! Lo comprendió de golpe. Aquel maldito mocoso... con aquellas malditas manos, con aquellos malditos ojos y ésa maldita mirada. Y la magnífica sonrisa ... ¡Conseguía excitarla! De acuerdo, las manos lo hicieron desde el primer momento que las vió, el problema radicaba ahora en que ¡Todo él al completo la excitaba! ¡Adam en sí mismo! ¡Todo el hombre! ¡Todo el maldito hombre! ¡Estaba perdida!


 

 

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