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Tuvieron que esperar a los cámaras en la puerta del hotel quince minutos más. Los dos hombres, que no superarían los veinticinco años, pidieron disculpas por llegar tarde y echaron la culpa al dichoso tráfico neoyorquino. Justo después se presentaron; Albert, el más alto de los dos, de grandes ojos verdes y pelo castaño, portaba una enorme maleta que Sharon suspuso protegería una cámara de video de miles de dólares. Se mostró muy simpático, dicharachero y sencillo y, al igual que ella, parecía ansioso por ponerse a trabajar cuanto antes.
—Mi novia me ha pedido autógrafos de todos —dijo malhumorado estrechándole la mano. Inmediatamente Sharon supo que ambos se llevarían muy bien, especialmente cuando continuó diciéndole —No te creas que me ha dicho te echaré de menos, te quiero, o algo por el estilo, qué va. Me ha repetido miles de veces “autógrafos, autógrafos” y que le robe un par de calzoncillos al cantante ¿Qué te parece?
El gesto de asco y asombro que dibujó en su rostro cuando acabó la frase fue digno de un actor de oscar. Se carcajeó sin poder evitarlo. Albert se contagió de su risa, mientras se hacía a un lado y se presentaba a Katie. Entonces llegó el turno de Sam, que llevaba colgada del hombro una bolsa negra en donde se podía leer Nikon en el frontal. Sus ojos casi negros y su porte serio le daban un aspecto distante y frío. Sin embargo, cuando estrechó su mano y sonrió levemente a la vez que decía su nombre, Sharon sintió una apaciguada y tranquila calidez.
Realmente eran un equipo equilibrado; dos cabras locas y dos cabras, a secas. A ver quién se atrevía a decir que no eran el equipo perfecto...
Equipo de video y audio propiedad del grupo, grueso cableado, lineas y más lineas de colores recubriendo el suelo, cámaras, maletines, ropa desperdigada, tazas y vasos de papel, camisetas que sobraban, telajes, enormes focos de colores, atrezzo... Sharon estaba realmente impresionada porque nunca imaginó que para grabar un video-clip de tan solo unos cuatro o cinco minutos de duración se precisara a tantísima gente moviéndose de un lado para otro y trabajando sin descanso. Y eso sin contar a estilistas, maquilladores, peluqueros y el resto del equipo que ella no podía ver en aquel ático que parecía una caja de cristal. Excepto por la pared en donde se apilaban los montones de cajones en donde se guardaban equipos electrónicos, monitores, altavoces y otro material tan caro como el oro, y en donde también se colocaron tres cámaras con raíles y mesas de mezclas, el resto del ático estaba rodeado por cristales y absolutamente vacío. Y era realmente grande. En el techo se cincelaban los tragaluces, que vertían rayos de luz solar, creando una neblina dorada en el ambiente y reflejándose en el suelo de parquet, tan brillante que parecía que una capa de agua se había derramado por todo él. Se embebió de la preciosa imágen, de la amplitud y de la tranquilidad que transmitía aquel ático acristalado y repleto de luz dorada. Había escuchado decir a algún operario que aplicarían un filtro digital a las cámaras para que al grabar pareciera que era de noche. Qué tontería, pensó, porque si lo que pretendían eran escenas nocturnas ¿No era más sencillo venir a grabar precisamente de noche? En fin, ella no entendía de eso, pero le parecía una manera estúpida y poco inteligente de gastar energía.
Y allí estaba, flanqueada por miles de aparatejos que le ponían los pelos de punta y gente desconocida. Katie había salido junto con Albert a la caza y captura de los dirijentes del grupo en busca de más información y Sam había enloquecido nada más entrar y ver todas las cámaras de imágen fija, así que la había abandonado a su suerte. Resignada, comenzó a caminar por la zona alfombrada por cables, intentando no enrrollar el pie en alguno de ellos y caerse, con intención de capturar alguna que otra conversación jugosa de los operadores. Tras escuchar mucha palabrería técnica sobre tipos de planos de cámara, observar durante algunos minutos cómo hacían zoom a una zona determinada de las cristaleras y cómo discutían los diseñadores sobre los efectos especiales y temas como “si haces tanto zoom le cortas las alas”, resopló hastiada porque era incapaz de entender nada. Y aún no estaba lo suficientemente confiada como para sentarse entre medias de ellos y preguntar todas sus dudas. Así que decidió que solo observaría la manera en que trabajaban, aprender lo más que pudiera sobre cómo se grababa un video y el ambiente que se respiraba. Después, cuando estuviera en el hotel, redactaría un texto, explicando a grandes rasgos lo que había presenciado durante la grabación y lo que había llamado especialmente su atención.
En algún momento determinado de sus elucubraciones mentales, se había quedado parada en medio de un pasillo de brazos cruzados, golpeando rítmicamente el suelo con su zapato y observando algún punto perdido del brillante suelo de madera, totalmente absorta. Y entonces, le susurraron un grave “Hola” al oído. Sharon se giró tan rápido que a punto estuvo de derramar el vaso de zumo de naranja que había cogido de alguna de las mesas llenas de bebidas, frutas y dulces dispuestas por el catering para todo el equipo. Y casi se atraganta, otra vez con su propia saliva cuando reconoció esos ojos azules. Mierda, qué cerca estaba. La música comenzó a sonar de fondo, provocando algunos gritos que la parecieron tan lejanos como susurros a kilómetros de distancia, ecos perdidos en una gigantesca catedral gótica. Sintió como su cuerpo se estremecía en picores. Ni siquiera sabía qué rascarse primero, si la mano o la nuca o incluso las mejillas. ¡Si hasta los ojos comenzaron a escocerle!
—Si antes quiero verte, antes te encuentro... —le dijo con una sonrisa. Ésa sonrisa sútil, lenta, cargada de significado. Y ni siquiera disimuló el vistazo de arriba abajo que le lanzó con aquellos irises cobaltos.
Y ella, furiosa con él por su descaro, le imitó. Sus ojos areniscos cayeron hacia abajo con una rapidez vertigionsa, con intención de observarle a poder ser con desprecio. Y le contempló desde las botas negras de largos cordones y hebillas plateadas, pasando por los impecables pantalones de cuero negros que se ajustaban demasiado bien a unas piernas fascinantemente formadas, el cinturón de enorme hebilla plateada que se anuadaba en sus caderas justo encima de... ¡Rabo de fresa! ¡Era igual que en las fotos! Sintió como sus ojos se abrieron involuntariamente de golpe y tuvo que rascarse la mano con urgencia. Humillantemente azorada, lo sabía sentía sus mejillas arder descontroladas, prosiguió su estudio. La camiseta negra de lycra, o vinilo no estaba segura, se pegaba a su torso como una segunda piel, ligeramente brillante, dejando que sus trabajados, pero no en exceso, músculos se marcaran con precisión. Un gran colgante argentado sostenido por un cordón de plata, hecho un nudo a un lado, caía sobre los marcados abdominales superiores. Sharon se armó de valor para mirarle a la cara e intentar mostrarse indiferente, pero a juzgar por la sonrisa de él, parecía haberse dado cuenta de sus malas dotes de actriz. Frunció el entrecejo, clavándo sus pupilas sobre las suyas coronadas por agua. Vale, sí, estaba bueno. Muy bueno. Era un macizorro en toda regla que estaba pegado a ella y al que cada vez sentía más cerca. Pero alguna neurona gritó “¡Niño!” y de repente toda su fascinación se esfumó. Bueno, eso quería creer ella por supuesto, porque lo cierto es que en el fondo el resto de sus neurónas estaban peleándose con la atontada, argumentando que ojalá todos los “niños” estuvieran de aquella manera.
—¿Y tu novia? ¿No anda por aquí para controlar con quién te juntas? —murmuró con voz neutral, intentando quitárselo de encima cuanto antes y dándole la espalda para reafirmar su rechazo. Como no se marchara pronto iba a desgarrarse la piel de la mano.
—Ando buscándola —contestó alegre. A Adam no le importó que se mostrara tan arisca, le encantaban los retos, lo difícil, lo que la mayoría encontraba imposible o raro era lo que más le fascinaba. Que ella se mostrara tan brava solo conseguía incitarle más, darle más motivos para perseguirla. Con un rápido vistazo a su alrededor se cercioró de que nadie estaba pendiente de su conversación. Cruzando sus manos a la espalda y agravando ténuemente la voz, se acercó hasta poder susurrarle a un lado del cuello, muy cerca del oído —¿Te gustaría controlarme?
Tragó pesadamente. Ni siquiera se molestó en darle el gusto de que viera su rostro petrificado y coloreado en rosa. Carraspeó agriamente, dejó el vaso de zumo sobre uno de los cajones y paró de rascarse la mano. Se cruzó de brazos, como protegiéndose. Quiso empujarle para apartarle del camino, pero como no se atrevía a tocarle, simplemente se giró y se encaminó hacia la impecable zona en donde grabarían y que no se había decidido a pisar antes. Pero estaba tan enfadada consigo misma, se sentía tan ofendida, que no le importaba un rabo de fresa lo que todos pudieran gritarle por pasar por el brillante suelo y por delante de todas las cámaras. Pisó con más fuerza cuando algún operario le gritó que se apartara de ahí y que qué demonios estaba haciendo, mientras cruzaba todo el ático. No importaba, con tal de no tocarle, daba igual lo que le dijeran. Lo importante era llegar al otro extremo sana y salva y con el juicio recobrado.
Adam la observó con detenimiento mientras caminaba con la cabeza gacha y con los mechones de brillante cabello castaño cubriéndole el rostro. Ni siquiera prestó atención a lo que los chicos estaban gritándole mientras destrozaba todas las pruebas de los planos. Sonrió. Le gustaba que fuera lo suficientemente decidida como para meterse por medio de todo el mundo para alejarse, sin importarle lo que éstos le dijeran. Requisito imprescindible que buscaba en una mujer, dado el tipo de vida que llevaba. Frunció un poco los ojos. Lo que no le gustaba tanto es que huyera despavorida de él, sobre todo siendo la segunda vez que se veían. Tendría que fijarse mejor en ella y encontrar algún punto en común por el que pudiera acercársele sin que escapara de su lado. Alguien le palmeó en la espalda con fuerza. Anthony.
—Te vas a quedar bizco de tanto mirarla —murmuró juguetonamente, pasándole el brazo sobre los hombros —Me suena... —tras unos segundos de silencio, chasqueó los dedos y dijo asombrado —¿No es la del ascensor? —Adam cabeceó afirmativamente y él silbó —Suerte, supongo...
—¿Qué insinúas? —enarcó una ceja y medio sonrió al mirarle.
—Hombre a ver... —se apretujó más contra él, como si quisiera ahogarle —Está buena, pero yo prefiero a las gatitas que no arañan ni muerden. Y a poder ser que no se lancen a los ojos tampoco —elevó los hombros, despreocupado.
—Ésta no se lanza a los ojos... pero posiblemente arañe y muerda.
—Entonces te va a encantar —le soltó y comenzó a caminar hacia las mesas de mezclas que había al fondo —Como a ti te van ésas cosas tan raritas...
Adam le miró por encima del hombro y comenzó a reírse. Anthony siempre encontraba la manera de alegrarle a uno el día con alguno de sus comentarios, los que a veces rozaban la inoportunidad, como esa misma mañana en el ascensor. Meneó la cabeza. Aún recordaba aquella tienda de instrumentos musicales en donde se habían conocido. Anthony andaba en busca de una guitarra y él le echó una mano a la hora de escoger cuál comprar. Desde entonces habían sido inseparables.
Realmente todo el grupo era inseparable, algo de lo que se sentía especialmente orgulloso. Quizá se debía a que eran absolutamente sinceros los unos con los otros y si había algo que decir, se decía a la cara del otro, nunca a espaldas. Todo se debatía, se hablaba con el resto, las decisiones se tomaban en común. Una democracia en extremo, pero que funcionaba. Sí, tenían algunas diferencias, pero siempre terminaban resolviéndose cuando se juntaban a componer, a ensayar o a actuar. A veces habían salido cabreados a un escenario, todos con todos, pero cuando terminaban el concierto y regresaban a bastidores, allí no había pasado nada. Y no porque decidieran hacer oídos sordos al problema, era porque estar allí encima y hacer lo que más les gustaba, les recordaba a todos que habían muchas más cosas en común por las que estar unidos, que las que les diferenciaba y podían separarles.
Buscó con la mirada a Sharon y finalmente encontró a la pequeña figura aplastada contra una pared, de brazos cruzados y mirando con sumo interés el cableado. Se sintió tentado a acercársele de nuevo pero entonces David, el director del video, le reclamó a voz en grito entre toda la gente.
Sharon seguía regañándose por su comportamiento. Le ponía nerviosa, definitivamente. No porque a ella le gustase Adam, no, era saber que tenía ésas manos tan cerca y que podía tocarla en cualquier momento sin ella estar prevenida. No sabría cómo reaccionaría a su contacto, pero por Dios que su cuerpo lo estaba deseando. Suspiró. De acuerdo, dejaría de engañarse. No solo eran sus manos, se percató de que su presencia la imponía. No solo porque era dos cabezas más alto que ella, todo Adam la ponía nerviosa; sus ojos eran de un color azul extraño. Muy brillantes, definitivamente muy azules y su mirada podría desnudarle el alma. ¡Y además, cualquiera se pondría histérica si un tipo te susurra al oído insinuaciones con aquella voz tan sensual! ¡Sobre todo si es el primer día que te ve!
Pegó un pisotón a un cable. ¡Rabo de fresa! ¡Era un mocoso! ¡Y ella supuestamente una mujer a punto de cumplir los treinta! “Ante todo profesionalidad, Sharon” murmuraba su mente, intentando tranquilizarla “Vale te gusta, físicamente es un bombón, pero tu eres adulta y podrás controlarte. Mientras sus manos no se acerquen demasiado, podrás hacerlo”.
Cuando la música comenzó a sonar pegó un salto en el sitio, asustada. Levantó la vista y observó el ático. Algunos focos de luz estaban encendidos y todo el mundo estaba en silencio, mirando hacia las cristaleras. Y ella, curiosa, hizo lo mismo y, al dirigir sus pupilas hasta allí, se topó de nuevo con la visión de aquel mocoso crecidito ataviado de negro, como un demonio, con una gabardina que a poco rozaba el suelo y apoyado contra uno de los cristales. La luz dorada caía directamente sobre él a través de la ventana y los tragaluces. Fulgores de luz que parecían humo de oro, envolviéndole. Y la música solo hacía que acrecentar la magnífica visión. Una visión mágica, espeluznante y poderosamente atrayente. Justo en ése momento, en el que a Sharon se le hizo mágico, Katie enrolló el brazo alrededor del suyo devolviéndola a la realidad. Se pegó mucho a ella y comenzó a murmurar en su oído.
—Nos los van a presentar ahora, cuando hagan el descanso para el almuerzo —su amiga empezó a dar saltitos sobre la punta de sus pies, hablándola muy rápido y excitada—¿No es genial? ¡Voy a comer con ellos! Verás cuando se lo cuente a los del Foro. ¿Y a que no sabes lo que me han dicho? —apuntó con un movimiento de cabeza hacia Adam —¡Que va a tocar el violín de cristal en éste video!
—¿Un qué? —preguntó totalmente extrañada, mirando directamente hacia Katie quién solo hacia que mover sus ojos de un lado al otro de la habitación, buscando.
—¡Joder! —ignorando su pregunta intecionadamente pegó un tirón de Sharon haciéndola volverse y señaló con vehemencia a un chico rubio que estaba pegado a Anthony—¿Sabes quién es ése de ahí? ¿Lo sabes, lo sabes?
—Katie, si no dejas de moverte y hablarme como si te hubieras vuelto loca, empezaré a gritar...
La música paró un instante y varias personas se movieron con rapidez de un lado para otro del ático. Sharon vió cómo un hombre con un montón de papeles, que estaba sentado cerca de ellas, se encaminó hasta Adam. Miró de nuevo a su amiga, quién no apartaba la mirada de aquel chico.
—A ver —murmuró haciendo que tenía un gigantesco interés por saberlo —¿Quién es?
—¡El hermano pequeño de Adam! ¡Y aquel otro... —señaló hasta un niño pequeño que estaba subido sobre un cajón al otro lado de Anthony —... es el de Mike! ¿Estarán sus familias aquí? ¿Sus madres a lo mejor? Si están sus madres podríamos hacerles entrevistas y conseguir material jugoso —Se enderezó de golpe —Tengo que averigüarlo... —y sin más, se soltó de ella echando a correr y volviéndole a dejarla sola.
Sharon quedó estupefacta. La segunda vez que era abandonada en menos de una hora, aunque en realidad eran tres si contaba la espantada de Sam. Chasqueó la lengua y se rascó la nuca. Desde luego no era una buena idea que Katie hiciera aquel trabajo. Si hubiese sido otra, y no una fan histérica con sueños de casarse con alguno de ellos, seguramente ahora estaría a su lado organizando sus tareas con total profesionalidad. Murmuró unas cuantas maldiciones camufladas con sus 'rabos de fresa' y se apoyó de nuevo contra la pared. La música volvió a asustarla y a sacarla de su cabilaciones. Ésta vez iba a olvidarse de observar directamentea a Adam, ahora estaría pendiente de la parte técnica. Con sigilo caminó hacia el pasillo de cables que separaba todas las cámaras de las mesas de mezclas de sonido y las de iluminación y todos los enormes cajones negros de transporte. Con curiosidad observó algunos monitores que mostraban el resultado de lo que grababan. Era asombroso lo diferente que se veía allí; los filtros hacían que aquel día tan resplandeciente pareciera una preciosa noche de luna llena y que aquellos fulgores dorados se vieran como ríos plateados. Tenebroso, siniestro y pecaminoso. Sharon exclamó para sus adentros al observar aquel primer plano del rostro de Adam fundido con las angulosas sombras y quedó maravillada. Era increíble. Sin percatarse de lo que hacía, siguió moviéndose hasta colocarse justo al lado de uno de los técnicos que observaba dos monitores con diferentes planos.
—Qué es lo que te gusta, bonita, ¿El cambio, él o las dos cosas? —murmuró el hombre en su oído con tono jocoso.
—El cambio —murmuró maravillada, acuclillándose a su lado —Se ve tan diferente a lo real... —observó al hombre fascinada, con los ojos muy abiertos.
—¿Eres nueva por aquí, verdad? —preguntó con una sonrisa
—Soy de la MTV —contestó emocionada de que alguien por fin la hiciera caso —Sharon Smith —tendió la mano estrechándola con la del hombre —. He venido a...
—Sí, sí lo se —la interrumpió cambiando la vista hacia los monitores—nos lo han comentado ésta mañana por si os veíamos por aquí, para que os écharamos una mano. Por cierto, soy John.
—Encantada John.
La voz de 'corten' se esparció por todo el ático, seguida después de un gritó hacia 'Anthony' quién contestó en el mismo tono impertinente, provocando una risa general. Sharon elevó la mirada imperceptiblemente, y observó a través de los huecos que dejaban los monitores, las cámaras y los técnicos, hacia donde se dirigía Adam. Para su tranquilidad, se encaminó hacia la parte trasera, en donde se encontraba su hermano.
—¿Podría explicarme cómo es el video? ¿De qué trata?—preguntó hambrienta por saber —¿Cuánto tardarán en rodarlo? Siempre pensé que los filtros se aplicaban después de tener la imágen grabada, no en tiempo real ¿Cómo lo hacen?
John empezó a reír.
—¿A qué quieres que te conteste primero? —la guiñó un ojo y se estiró en la silla.
El otro técnico que estaba sentado al lado de John bramó un “a la izquierda”. Sharon contempló los monitores. Ahora aparecía una imágen fija translúcida de Adam y superpuesto el plano actual de Anthony, quién se movía según las directrices que le daba el compañero de John. Sharon entre-cerró los ojos, enfocando su vista hacia donde ahora se encontraba el batería del grupo y del plano que se previsualizaba en los monitores. Sonrió. Estaban intentando casar los rostros.
—Estaremos tres días grabándolo, si todo sale bien —dijo volviendo a la posición original y atrayendo de nuevo toda la atención de Sharon —Este es el story-board —le entregó un montón de papeles grapados, con viñetas dibujadas como las de un cómic, excepto por la cantidad de tecnicismos anotados a pie de página y a los márgenes —Échale un vistazo y verás de qué trata. De los filtros ahora solo puedo decirte que con la era digital, en cuestión de los que se aplican a iluminación, los podemos previsualizar en tiempo real —chasqueó la lengua —Pero los efectos especiales, de diseño gráfico, si que hay que añadirlos más tarde —se inclinó para coger una botella de agua que había al pie de su silla —Cuando hagamos un descanso, si te interesa, te enseño cómo funcionan los efectos lumínicos, pero ahora tengo que seguir trabajando...
—Vale, gracias John —se puso de pie —¿Puedo llevarme el story-board ahí atrás? —levantó la mano por encima de su hombro y, como si estuviera haciendo auto-stop, señaló hacia los cajones de transporte —Te lo devuelvo en cuanto lo haya leído....
—Claro, sin problemas, tenemos un par más por aquí.
—Gracias de nuevo.
Con una amplia sonrisa de satisfacción Sharon se sentó en uno de los cajones de transporte con las piernas cruzadas, cerca de una ventana. Estuvo varios minutos leyendo el story-board y las anotaciones técnicas a pie de página, observando cuidadosamente los dibujos, las escenas, los planos. Y tras unos minutos de empaparse de la parte visual, prestó especial atención a la historia que narraba el video. Estaba tan entretenida que ni siquiera vió a Adam acercarse hasta que éste se sentó a su lado en el cajón. Sharon intentó ignorarle, procurando concentrarse en vano en los papeles que tenía entre las manos. Imposible. Y para más pesar suyo notó como su pulso se aceleraba progresivamente, con mucha más fuerza, consiguiendo que los papeles se movieran un poco más de lo considerado como normal. Maldita sea ¿Por qué narices la ponía tan nerviosa? La estaba mirando, lo sabía. Podía sentir aquellos ojos azules suyos observándola fijamente y con interés. Cabreada consigo misma y en especial con él, por ponerla en ese estado, le lanzó una mirada de reojo y gruñó fastidiada.
—¿Qué haces aquí?
—¿Quieres que te diga la verdad o que te mienta? —preguntó despreocupado, serio.
—Me da igual —intentó continuar centrándose en el story-board —. De todos modos no voy a saber si me estás tomando el pelo o no...
Durante unos segundos él quedó mudo y Sharon se debatía entre si mirarle interrogativamente o seguir fingiendo que le ignoraba. Finalmente se decidió por observale de reojo.
—Eres bastante curiosa ¿sabes? —dijo por fin Adam, con una ligera sonrisa de satisfacción —Y quizá un poco retorcida. Así que vamos a tener un problema, Sharon.
―¿Disculpa? ―preguntó girando el rostro, mirándole fijamente con los ojos abiertos como platos. Y, de repente, comenzó a pensar que perdería el trabajo.
―Me gustas ―dijo contemplando el esceario en donde unos minutos antes había estado grabando, pensativo.
Sharon dejó de respirar. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y, justo entonces, sus manos se abrieron de improvisto dejando que los papeles cayeran al suelo. Inmediatamente comenzó a rascarse el cuello desesperada. Se fijó en como Adam contemplaba la trayectoria del story-board, como si fuese una de las cosas más interesantes del mundo. ¡Dios! Volvió a quedarse sin aire y sintió que las mejillas le ardían. ¿Qué demonios la ocurría? Si hasta hacía apenas una semana ni siquiera sabía quién narices era.
―No se muy bien como tomarme eso...―murmuró Adam, cuando los papeles cayeon, más para sí mismo que con intenciones de que le escuchara.
―Mira...―comenzó insegura―, yo solo quiero hacer mi trabajo.
―¿Quién te ha dicho que no lo hagas? ―elevó los hombros ―Solo quería que supieras que me gustas y que me pareces una mujer interesante.
―Eh...Gracias... supongo ―Con rapidez se agachó a recoger el sotory-board, para después levantarse con la misma velocidad y recogerse un mechón de pelo tras la oreja ―Pero, oye...
―No me mal interpretes Sharon ―acuñó con sus irises claros fijos en ella ―Me gustaría conocerte un poco mejor. Que nos llevemos bien, como amigos ―saltó del cajón y quedó de pie, muy cerca de ella ―. Al fin y al cabo, si mal no recuerdo, vamos a vernos las caras todos los días durante los próximos tres meses.
Sharon no pudo evitar lanzar una curiosa mirada a los bultos que formaban sus impresionantes manos bajo aquel cuero negro. Se atragantó con sus propia respiración y empezó a toser descontrolada. Maldito fuera aquel mocoso. Estaba convencida de que él estaba interpretando las cosas como no eran. O como a él le gustaría o esperaba que fueran, se dijo. Que ella fuera una más que se rindiera a sus pies, como todas esas adolescentes, y no tan adolescentes, que se derretían con solo escuchar su nombre.
Adam arqueó una ceja y comenzó a reírse divertido. Esa mujer era toda una caja de sorpresas. Nunca estaba seguro de cuál podría ser su siguiente movimiento. Cuando creyó que comenzaría a rascarse alguna parte del cuerpo, resulta que tosía.
―¿Estás bien? ―preguntó intentando contener la carcajada.
Sharon elevó una mano en señal de distancia cuando él comenzó a acercarse y movió la cabeza de manera negativa sugiriéndole muy directamente que no se le ocurriera dar un paso más. Ya estaba harta. Iba a dejarle las cosas claras para evitar malos entendidos.
―Sí, pero guardemos las distancias ¿quieres? No estoy interesada en conocerte más de lo estrictamente profesional ―Terminó de recuperar el aire y colocó las páginas del story-board ―.Así que, te pediría por favor que nos limitasemos a eso. Cuando tenga que hacerte unas preguntas, tu respondes si quieres y punto. ―Perfecto, ya lo había dicho ―Ahora si me disculpas, me marcho. Tengo que hacer algunas cosas antes de la presentación oficial y supongo que tú también tendrás que hacer... ―movió las manos en el aire, agobiada, señalando la nada ―...las cosas que hagas.
Y como una flecha se giró y caminó con rapidez fuera del apartamento vacío. Esquivó cables, personas, cajones, mesas, casi sin mirar por donde iba. Sus piernas simplemente se movían a toda velocidad fuera de allí y, cuando salió por fin, infló los mofletes y abrió mucho los ojos, sorprendida por lo que acababa de hacer. Que no era más ni menos que dejar a uno de los hombres más deseados del planeta con la palabra en la boca, después de practicamente haberle regañado como a un crío. Se apoyó contra una de las paredes del pasillo, reposando la cabeza contra ella, suspirando aliviada. Al fin libre de aquel calor, de la necesidad de rascarse y de que algo dentro de sí se removiera cuando él andaba cerca. Cerró los ojos. Estaba segura de que eran las manos. Quizá si pudiera tocarlas, acariciarlas... dejaría de ponerse tan nerviosa. O, por Dios, eso esperaba.
Un par de horas más tarde, estaban "los cuatro de la MTV" reunidos en el pasillo. Katie revisaba las fotografías que acababa de tomar Sam y éste, totalmente excitado por la experiencia de haberse visto rodeado de tantísimo equipo audio-visual, le mostraba con enorme entusiasmo el resultado a su jefa. Albert, por el contrario, parecía bastante tranquilo medio recostado en uno de los sillones azul marino que se esparcían en fila a lo largo de la pared. Y Sharon, medio hundida en el asiento, leía sus mensajes en el teléfono móvil y comprobaba su correo electrónico. La espera para la presentación oficial estaba haciendose interminable. Llevaban allí veinte minutos, solos, aburridos y sin nada que hacer por el momento. De repente, una de las puertas se abrió. Un hombre menudo de unos cuarenta años y con el pelo cano apareció con rapidez y se encaminó hacia ellos. Katie y Sam dejaron de revisar las fotografías y contemplaron al hombrecillo, mientras que Sharon y Albert se incorporaron mejor en sus asientos, esperando que ése fuera por fin quién les introduciría a la banda.
―Disculpad la tardanza, pero hemos tenido que resolver algunos asuntos de última hora ―se apresuró a decir el recién llegado ―. Me llamo Simon y soy el responsable de publicidad de Liquid Steel ―lanzó la mano directamente hacia Katie, quién se la estrechó con firmeza y se presentó con entusiasmo contenido. Después prosiguió con el saludo hacia los demás ―. Los chicos están listos para conocerles, así que si son tan amables de acompañarme...
Una enorme y alargada mesa de reuniones, rodeada por cómodos sillones de cuero, era lo único que les esperaba en la sala. Simon les indicó sus asientos y les pidió que tuvieran un poco más de paciencia mientras desaparecía tras una puerta. Sharon bufó dejándose caer en el sillón, estaba más que harta de perder tiempo. ¿Es que acaso sus horas y sus minutos valían menos que la de aquellos riachones caprichosos? Impaciente se reclinó ligeramente sobre la amplisima mesa y comenzó a tamborilear con sus uñas sobre la madera. No debería haberse dejado embacuar para realizar aquel trabajo. No, no debería. Pero cuando estaba a punto de quejarse en voz alta hacia sus compañeros, la puerta se abrió otra vez revelando las figuras de Mike y Ryan acompañados de Simon. Katie se puso de pie de un salto demostrando su entusiasmo, seguida de Sam y Albert quienes lo hicieron más despacio. Sharon fue la última en levantarse y fue la primera en ser presentada a aquellos dos. Tuvo que reconocer en su fuero interno que no parecían malos chicos y que, de hecho, se mostraron muy simpáticos. Pero también se advirtió que no eran más que las presentaciones. Seguro que cuando comenzara a pasar el tiempo se descubrirían como lo que eran; ricos, famosos y creyéndose superiores al resto de mortales. Los demás componentes no tardaron demasiado en aparecer y presentarse del mismo modo jovial y natural que los dos anteriores.
Un momento, allí estaban todos excepto Adam. Sharon suspiró aliviada. Era mucho mejor que aquel mocoso no estuviera, así podría concentrarse y no tener los nervios a flor de piel durante toda la reunión. Sin embargo, notó que Katie parecía un poco desilusionada por su ausencia, aunque rápidamente se recobró gracias a que Mike se sentó frente a ella.
―Lamento que Adam no esté aquí y él también me ha pedido que les trasmitiese sus disculpas―se apresuró a comentar Simon tomando asiento a la cabecera de la mesa―, pero ha tenido que marcharse por un asunto familiar ―abriendo una carpeta llena de folios y libritos que les repartió a los cuatro continuó ―. Bueno, éste el libro de la gira para el staff. Ahí aparecen todos los lugares adónde vamos a ir, alojamientos, horarios, lugares de reunión, citas con otros medios, apariciones en radio y televisión, prensa, conciertos, etc.
Sharon pudo leer en la portada del tomo "LS; Gira Mundial. El gran libro de las mentiras". Un chiste, supuso. Lo abrió hojeándolo por encima, hasta que encontró el día en el que estaban. Al parecer, el grupo tenía todo el dia para continuar rodando el video promocional hasta las diez de la noche. A partir de ahí, se ofrecía una lista de los alojamientos. Observándolo con cuidado se percató de que no todo el equipo que estaba detrás del grupo se hospedaban en los mismos sitios. Curiosa, quiso saber dónde estarían ellos y dónde Sam, Albert, Katie y ella. Si se suponía que comenzaban a grabar un documental, tendrían que estar lo más cerca posible de los seis. Frunció los labios mientras revisaba linea por linea. Estaba dispuesta a reclamar en el caso de que el alojamiento estuviera lo suficientemente lejos para entorpecer su trabajo. No iba a permitirlo de ninguna de las maneras. Si hacia algo, lo hacía bien. Y si era un documental, era un documental, con todo lo que eso conllevaba. De repente, Sharon escuchó la voz de Katie y en ese mismo instante dejó de observar el libro.
―La idea que tenemos es enfocar este documental estrictamente a lo profesional, por supuesto. Queremos dar a conocer a todo el mundo cómo trabajáis en la composición de las canciones, cómo las grabáis, cómo preparáis los conciertos y todo lo demás. Aunque habíamos pensado en tratar también algunos temas más personales ―Katie clavó la mirada en Mike mientras pronunciaba 'personales'. Y él se limitó a desviar sus preciosos ojos verdes hacia Simon ―, pero sin llegar al aspecto más íntimo ―y Katie, con una sonrisa forzada que raspaba cierta desilusión también la dirigió hacia el responsable de publicidad ―. No se si me explico.
―Depende de a qué te refieras por personal y a qué por íntimo ―masculló Anthony recostado de lado en el sillón, balanceándose ligeramente de lado a lado ―Si vas a preguntarme cuál es mi comida favorita, te la digo. Pero si vas a preguntarme con quién me acosté anoche, olvídalo ―y acompañó a sus palabras con una sonrisa muy agradable.
Katie sonrió también, sabiendo como sabía de qué manera de ser era Anthony. Sin embargo, Sharon quiso decirle un par de cosas bien dichas. Le molestaba profundamente que la tomaran a broma.
―A personal me refiero exacatmente a lo que has dicho ―contestó su amiga cruzando las manos por sobre la mesa, dando a entender con su lenguaje corporal la seguridad con la que decía aquello―. De todos modos, siempre podemos acordar de qué temas preferís no hablar antes de que nos pongamos manos a la obra.
―Eso sería lo más razonable ―intervino Simon
―Y es exactamente lo que se hará ―acuñó sorpresivamente Mike mirando a Katie, dejando a Simon con la palabra en la boca. Y ésta, no pudo evitar ruborizarse ligeramente.
―Entonces, creo que sería adecuado que nos entregaséis una lista con los temas que preferís no tratar ―muy sútil, pero lo suficiente obvio para que los cinco chicos se percataran, Katie lanzó sus ojos a la silla vacía en la que se hubiera sentado Adam. Posiblemente era él quién querría descartar más temas ―. Si os parece bien...
La reunión se demoró algunos minutos más en los que Katie cerró algunos puntos más respecto al proceso de elaboración del documental. Sharon, por su parte, pasó el mayor tiempo divagando y otro tanto observando cómo los cinco chicos se movían, miraban, asentían o negaban. Cuando la junta terminó, Albert y Sam se perdieron con los chicos durante la comida. Los dos habían congeniado rápidamente con el grupo, especialmente con Antony y Ryan. Mientras tanto Sharon y Katie exploraron el mundo de los técnicos, mezclándose entre ellos, conociéndoles y dándose a conocer. Después de la comida el rodaje se reanudó. A pesar de que estaba previsto que Adam continuará rodando por la tarde, debido al imprevisto, fueron Anthony, Ryan y Mike los que grabaron modificando así la agenda que tenían para los siguientes dos días. Mark y Bruce se introdujeron más tarde en escena con sus papeles correspondientes.
Ya por la noche, en el vestíbulo del hotel en donde se hospedarían durante los tres próximos días, Albert y Sam se despidieron de ellas y se marcharon a sus habitaciones con cierto agotamiento mostrándose en sus rostro. Katie y Sharon, sin embargo, aprovecharon para conversar a solas en la cafetería sobre lo acontecido en el día y programarse para la mañana siguiente.
―Entonces ―comenzó Katie terminando de darle un sorbo al martini. Apoyó la cabeza en una su mano izquierda y con la otra jugueteaba con un bolígrafo azul―, mañana por la mañana a primera hora continúan el rodaje. Después descanso para comer ―e iba ayudando a su vista sobre el librito del sequipo marcando con un puntito a cada lado de la linea que leía ―y por la tarde de nuevo al rodaje. ¿Te parece bien hacerles algunas entrevistas en los descansos? ―preguntó lanzando su mirada sobre Sharon.
―Ni idea ―contestó extasiada. De alguna manera se sentía perdida y un poco frustrada. Realmente no sabía nada de ellos y no podía hacerles preguntas sin ni siquiera conocer una pizca de cada uno ―. Mira Katie, tengo que ponerme un poco al día ―se irguió en el alto taburete cogiendo su vaso de tubo con coca-cola―. Me siento muy insegura delante de ellos porque no tengo ni idea de nada. Antes de salir de viaje solo me dió tiempo a escuchar sus dos discos y a leer un poco por encima las biografías que encontré en una página de fans. Pero tampoco las presté mucha atención que digamos... ―hablaba sin parar, gesticulando con las manos, demostrando con su cuerpo lo ansiosa que estaba ―. Necesito conocer un poco más los inicios del grupo y un poco de la historia de cada uno para saber qué narices preguntarles. Sobre todo en las entrevistas personales.
―A ver, para el carro. Olvídate de las entrevistas personales porque no las haremos hasta.... ―consultó el librito, pasando las hojas con rapidez y después lo confirmó en su propia agenda electrónica―La semana que viene. Así que tienes tiempo para prepararte en condiciones. Ahora nos preocupa lo que haremos mañana.
―La semana que viene, ya.... ―farfulló como si aquello significase tener todo el tiempo del mundo ―. Y... ¿Qué se supone que les preguntaremos en los descansos?
―Había pensado en que nos dieran su visión sobre el video, qué les parece, qué tal se lo están pasando...
―Vamos, lo obvio ―Sharon volvió a coger su coca-cola y darle un buen trago. La burbujas de gas le hicieron cosquillas en la garganta ―. No se qué es lo que quieres que hablemos. Las entrevistas de los descansos podemos improvisarlas ―Pegó un saltito y se bajo del taburete ―Mira, mejor. Como yo no necesito estar allí, porque la que queda delante de la cámara eres tú, me quedo en el hotel y voy informándome un poco y preparando las entrevistas personales. ―Estaba deseando marcharse, ducharse y meterse en la cama. Y creyó que con aquello lo conseguiría.
Katie frunició los ojos y perfiló una extraña sonrisa. Su amiga, por el contrario abrió un poquito más de lo normal sus párpados.
―Si no te conociera, diría que lo que te pasa es que intentas evitarles. Especialmente a alguno de ellos... ―Katie dió en el clavo. Lo supo en cuanto observó como Sharon dejaba sus labios ligeramente entreabiertos y desvió la mirada hacia la barra del bar ―Así que... ¿No me equivoco?
―No digas tonterías. ¿Por qué iba yo a a evitar a ninguno de esos mocosos? ―y se sentó de nuevo en el taburete, con un deje de fastidio.
―No lo sé... ―con toda la picardía se llevó la copa de martini a los labios y, antes de beber un tragito, dijo ―Quizá porque alguno de esos mocosos tiene unas manos que te encantaría sentir sobre tu cuerpo ― Y ahí estaba la respuesta, la mano de su amiga se deslizó impulsivamente hacia su nuca ―¿Quién es?
Sharon la miró de refilón. ¡Rabo de fresa! Ése era uno de los inconvenientes de trabajar con tu mejor amiga, hicieras lo que hicieras siempre sabía el por qué lo hacías así y no de otra manera. Y podía atacarte por donde le viniera en gana.
―No pienso decirte nada―contestó enfurruñada, jugueteando con el vaso y los hielos que aún quedaban por derretirse en su interior ―. Y olvídate de eso porque ninguno tiene mejores manos que Brad Pitt.
―Ya, seguro ―ahora fué el turno de Katie para saltar del taburete. Con el libro bajo el brazo y su PDA en el bolsillo, comenzó a caminar para marcharse a su habitación―. Pues, ¿Sabes qué? Juraría que te sentiste aliviada cuando Adam no apareció en la reunión ―Sharon se giró en su asiento y la miró, allí de pie, tan alta, tan rubia y tan preciosa, con aquel gesto pícaro y sabihondo que tanto odiaba ―. Así que, supongo que de momento es él quien lleva más puntos para ser “tu mocoso” ―le sacó la lengua y se perdió tras la puerta de cristales.
Sharon se quedó aturdida unos instantes. ¿Tanto se había notado? ¿O solo se había percatado su amiga porque la conocía demasiado bien? Dejó los ojos en blanco, extasiada. Daba igual, fuera como fuese ya estaba hecho. Si se había notado bien y si no, pues mejor. Ahora lo único que tenía en la cabeza, mejor dicho lo único que quería tener, era una ducha caliente y una cama amplia y cómoda para hundirse en los brazos de morfeo. Pero aquellos ojos azules y el eco de ésa voz grave y profunda vagaban en su memoria como un recuerdo borroso que quería convertirse en una imagen cristalina.
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