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- CAPÍTULO 09 -
Alexander la soltó en cuanto ella terminó de sollozar aquellas palabras, tan rápido como si quemase. Se irguió, con los ojos muy abiertos ante la repentina confesión. Se quedó quieto, tanto como si se tratase de una escultura marmórea, como si al realizar un solo movimiento más, Elizabeth pudiera resquebrajarse ante sus ojos como una muñeca de la más fina porcelana. ¡Dios Santo! ¿Qué había estado a punto de hacer? ¿Qué demonios estaba haciendo? Saltó de la cama, alejándose de ella. Aterrorizado por ser consciente de lo que estuvo a punto de provocar, Alexander caminó de un lado a otro, frente a la cama, sin atreverse si quiera a hablarla. Su prometida quedó tumbada en el lecho, ladeándose, llorando desconsoladamente. Como desearía poder tocarla, abrazarla, pedirle miles de perdones que ella aceptaría y protegerla de cualquiera que intentara hacerla daño. ¡Pero era él quien acababa de lastimarla! ¡Era él quién había reaccionado como una bestia descontrolada! Respiró audiblemente. ¿Qué decirle a tu futura esposa? ¿Cómo explicarle que estás obsesionado con ella? ¿Cómo explicarle que la necesitas cerca, que odias imaginarla en brazos de otro hombre o que matarías a cualquiera que osase tocarla simplemente por miedo a pederla? Cómo explicarla que tu reacción violenta se debe a la ceguera de tus sentidos, a un remolino incontrolable de celos que fuiste incapaz de aplacar. Como explicarla que siempre la protegerás, porque la quieres, cuando tú mismo has estado a punto de hacerle el máximo de los daños. Su comportamiento irracional no tenía excusa ninguna y era consciente de ello. ¿Cómo arreglarlo? ¿Cómo hacerla entender que no quería hacerlo, que quería asustarla porque la necesidad de saber estaba a punto de consumirle? Pero hubiese preferido no saberlo. ¡Maldita sea! ¡Robert había abusado de ella siendo una niña! ¡Iba a descuartizar a ése mal nacido! ¡Iba a hacerle pagar por el daño que la había hecho! Y también iba a hacerse pagar a sí mismo por lo que estuvo a punto de hacer.
―Elizabeth, yo...
―¡Vete al infierno! ―gritó ella, amortiguando el sonido desgarrado de
su voz sobre el colchón. ―¡Dios! Lo siento tanto... ―proclamó ambiguo. Se sentó a su lado e intentó acariciarla pero, tan pronto como ella reconoció su contacto, lo rechazó ―Esto es una locura, lo sé, pero no... ―bufó ―...no puedo imaginarte con otro hombre. No soporto imaginarte con cualquier otro que no sea yo. ¡Maldición! ―se levantó de la cama furioso consigo mismo, y comenzó a caminar de un lado a otro del dormitorio ―¡No tengo excusa para lo que he estado a punto de hacer, lo se! ―se paró frente al enorme ventanal, por el que se filtraba los tenues azulados de la neblina de la noche. A lo lejos, en las caballerizas, aún había luz ―¡Ni mi obsesión contigo ni mi deseo por ti justifican mi reacción! ¡Al diablo conmigo! ―y una idea sobre protectora le hizo caminar hacia la salida ―No creo que puedas perdonar lo que he estado a punto de hacer ―susurró con determinación, parando su marcha un instante frente a ella aún sobre el lecho ―Ahora, tengo que resolver un asunto con nuestro querido amigo Robert ―con desprecio, llegando y abriendo la puerta del dormitorio y, cuando la candaba, rugió el nombre de su hermano mayor.
Aterrada por la posibilidad de que Alexander hiciera algo que diera a conocer la auténtica naturaleza de lo ocurrido con Fitz-James, se levantó rápidamente y corrió fuera del dormitorio.
Habían pasado cuatro
años en los que ella jamás había dejado notar que él la había agredido
porque sabía los problemas que aquello traería a su familia, sabía la
reputación que Escocia y sus gentes tenían para la mayoría de los nobles
ingleses y conocía a la perfección que siempre, a ojos de todos excepto de
los suyos, ella habría sido la culpable de aquel abuso. Gracias a su fuerza,
a su determinación y sus ganas de vivir, había conseguido enmascarar lo
ocurrido y no había permitido que ése pasaje de su vida hubiera trastornado
su forma de comportarse ante los hombres o afectado a su sexualidad. ―¡Alexander no! ―gritó llegando hasta él, aferrándole del brazo, suplicándole ―¡No, por favor! ¡No digas nada, no hagas nada!
Él la observaba con el ceño fruncido, con la mirada turbia, con sus irises del color de los mares embravecidos del norte. Glaciares.
―¿Por qué? ―masculló, contemplando el precioso rostro de Elizabeth bañado en lágrimas. Jamás podría perdonarse por haberla lastimado de aquella manera, nunca.
―No quiero que nadie lo sepa ¡Por favor! ―su voz temblorosa, atragantada.
―¿Por qué? ―volvió a preguntar, sin comprender su insistencia.
Elizabeth descendió la mirada hasta el suelo, avergonzada por su cobardía. Porque esa era la verdad. Sentía miedo al preveer los conflictos que podrían provocarse entre las familias, y ahora, los Sackville también participaban del asunto. No, todo estaba bien, ella estaba bien. Su alma necesitaba esa parcela de su vida tranquila, calmada, olvidada.
―Por favor Alec―elevó sus pupilas hacia él ―Yo olvido lo que acabas de hacer, si tu olvidas lo que te he dicho. Por favor... ―aquello le ofendió, a juzgar por cómo se desprendió de su suave agarre.
El silencio se hizo audible entre ellos, por unos instantes que parecieron eternos.
―Si se te acerca, le mato ―declaró―Y ninguno de los dos va a olvidar nada. Eso no sería sincero ―su mirada se desplazó hacia la figura de Charles, su hermano, que se aproximaba a ellos con mal gesto. De nuevo, volvió a posar sus pupilas sobre ella y se atrevió a tomarla de las manos, para sorpresa de su prometida, y a suplicarla angustiado -Necesito contarte algo.
―¿Te has vuelto loco? ―exclamó Charles, acercándose ―¡Enide estaba durmiendo y con tus bramidos de histérico la has despertado!
Alexander le ignoró, intento otorgarle más confidencialidad al momento.
―Necesito que escuches por qué me he comportado así contigo, aunque no tienes por qué perdonarme. Solo necesito que intentes comprender el por qué, ghràid ―Elizabeth asintió levemente, confundida ―Reúnete conmigo en la biblioteca en unos minutos ―susurró soltando delicadamente sus manos. Su mirada azulina, sumergida en una marea de profunda y agónica tristeza viró hasta Charles.
―¿Qué demonios haces gritando como un loco? ―reprochó el mayor de los Sackville, golpeando la espalda de su hermano, en un gesto fraternal pero no por eso menos rudo.
―Tranquilo, Charlie. Además es la hora de cenar, Enide tendría que despertarse de todos modos.
―¡Sí desgraciado, pero no tiene por qué despertarse aterrada!
―Ven conmigo ―sugirió Alexander pasando su mano por sobre los hombros de su hermano ―Tenemos que comprar otro pura sangre.
―¿¡Tenemos?! ¿Cómo que tenemos?―exclamó Charles subrayando el
'tenemos' con voz agitada. Elizabeth los observó alejándose por el pasillo, discutiendo, hasta que ambos hermanos se perdieron de su vista. Fué entonces cuando corrió hasta su dormitorio presa de los nervios y la angustia.
************
La biblioteca tan solo estaba iluminada por la chimenea prendida. De los gruesos y enroscados leños secos brotaba el cálido fuego que vertía una gama de dorados, bronces y anaranjados en sus cercanías. Alexander permanecía en un completo silencio, sentado en un cómodo sillón de respaldo alto, observando con fijeza el oleaje de las llamas y escuchando su susurrante crepitar. Siempre le había relajado contemplar el movimiento de las lenguas del fuego; cada una de ellas era única, imprevisible, y dibujaba formas abstractas que permanecían en sus ojos aunque los cerrara. La copa de whiskey yacía apoyada sobre el vértice de madera del fino brazo del asiento, ondeándose el líquido al compás de los movimientos de su mano. Era la tercera que tomaba y sabía que no sería la última de la noche. Escuchó el ligero rechinar de la puerta, abriéndose tímida, lentamente. La esperanza alimentaba el alivio que sentía en su interior; porque Elizabeth había acudido a su llamado. Ella le brindaba una oportunidad para explicarse y éso la hacía aún más especial de lo que ya era para él. Era algo más por lo que admirar y obsesionarse con su prometida.
Elizabeth caminó con
las manos entrelazadas sobre el regazo. Observó la silueta de su prometido
y, a medida que se acercaba, distinguía su perfil, teñido de oros y mieles
refulgantes del crepitar del hogar. Nunca imaginó que
él reaccionaría como lo hizo unos minutos antes, pero viéndole allí, tan
tranquilo, tan sosegado, le parecía que lo sucedido había sido una
pesadilla, un mal recuerdo que su mente se había empeñado en recordarla por
creerse enamorada. Él cerró los ojos y dejó que su cabeza se apoyara en el
alto respaldo del sillón. ―Ven ―Su voz grave y pausada la llegó en un susurró embriagador ―Siéntate conmigo, Elizabeth.
Atravesó la
biblioteca tímidamente hasta que llegó al lado del idéntico sillón colocado
frente al que Alexander ocupaba. Con suavidad, recogiendo sus faldas, se
sentó sin apartar la mirada de su prometido, de aquella garganta ruda, de la
nuez enmarcada en un conjunto de músculos poderosos, repletos y en todo su
esplendor. Se había cambiado de ropa, portando una de corte más informal. El
fuego vertía luces y sombras sobre su masculino perfil, confiriéndole un
aspecto tenebroso y sumamente atractivo. Era atrayente, sensual, precioso,
deliciosamente atractivo y ella temía que aquello le nublara el razocinio.
Sus ojos de un azul perlado, almidonados, se abrieron de repente para
contemplarla fijamente. Sus pupilas encobrecidas por el fuego la hicieron
tensarse abruptamente. Su prometido se inclinó hacia delante, apoyando los
codos en sus rodillas, con la copa entre sus manos y moviéndola a un ritmo
imaginario. El líquido dorado vertió sus brillos
sobre el rostro de ella. ―Se me ha ido de las manos ―susurró en gaélico ―Ésta tarde, cuando bajé a calmar a mi madre, la encontré aquí. Me dijo que se rumoreaba en algunos círculos que tú y Robert habiáis mantenido relaciones. Pretende que no nos casemos, eso creo que lo has averiguado por tí misma ―Puntualizó elevando su mirada hasta ella, quién asentía suavemente con cierto gesto decepcionado ―Por eso comenzó a decir otras tantas cosas sobre ti, a faltarte el respeto con tal de salirse con la suya, y a mi me estaba enfureciendo que te tratara de ése modo. Mi madre no conoce a Robert de nada, pero yo sí ―Alexander se levantó y caminó con paso tranquilo hasta la mesita que quedaba detrás del sillón, en donde algunos libros reposaban unos sobre y otros y una botella de cristal contenía el líquido dorado que estaba tomando ―. Discutimos y nos echamos en cara algunas cosas ― Hizo una pausa larga, meditando sobre cómo continuar ―.Normalmente, cuando llego a mi límite, salgo a cabalgar y me relajo. Evito pagar mi furia con alguien que no lo merece ―Vertió el whiskey en la copa y, suavemente, reposó la botella. Tomando un sorbo, caminó de nuevo hasta el sillón, prácticamente dejándose caer sobre él y mirándola fijamente ―, pero en ésta ocasión ha sido muy diferente y en vez de relajarme solo hacía que pensar en tí, con otro hombre que no fuera yo, y eso solo hacía que irritarme cada vez más. No quise creer a mi madre ―suspiró ―, no lo hice cuando me lo contaba, pero una vez que me quedé solo comencé a imaginarte con él y no pude soportarlo. Volví a casa, dispuesto a sonsacarte la verdad como fuera. Tenía que saberlo ―enfatizó lo que seguía, inclinándose hacia ella ―necesitaba oírte decir que no, que Robert nunca te puso una mano encima.
Elizabeth le escuchaba atentamente apreciando las modulaciones en su voz, la susurrante intensidad que le concedía a cada palabra, a cada oración. Observaba aquella mirada tan penetrante, ligeramente vidriosa, repleta de resquicios de arrepentimiento. Quiso llorar por verle tan afligido, pero no podía hacerlo, debía mantenerse firme.
―Pero entonces te ví con Charles acariciándote como yo lo deseo más que nada en el mundo. Acariciándote como yo creía que Robert lo había hecho y como tú le habías permitido ―Alexander dejó la copa en el suelo, se acercó hasta ella y se arrodilló en el suelo, tomándola las manos sobre el regazo. Elizabeth empezó a temblar, en una mezcla de pánico, lástima, compasión y ternura. Emocionada porque él estaba rebajándose por ella ―Entonces la envidia me nubló la vista y ya no pude controlarme hasta que me gritaste aquello. Y conozco demasiado bien a Robert como para saber que, por desgracia, no mientes ―Sintió las frágiles extremidades de su prometida temblar. Tomó aire y se sintió quemar por dentro de rabia ―Nunca permitiré que te vuelvan a hacer daño y si eso significa alejarme de ti y perder la oportunidad de conocerte, así será ―Aventuró una de sus manos hasta la mejilla de ella, deleitándose en el placer que le provocaba acariciar aquella piel tersa y suave como la seda. Elizabeth le observó fijamente, con los labios entreabiertos y con aquellas esmeraldas brillantes, cristalinas y acuosas ―. No dejo de pensar en ti, esté donde esté y con quién esté. Jamás volveré a dudar de ti, ghráid y necesito que me des una nueva oportunidad. No pido tu perdón. Solo te pido que no te vayas, que me dejes tenerte a mi lado. Que confíes en mí.
Temblaba llena de
impotencia, porque quería ser fuerte ante él y no venirse abajo, pero de
nuevo los amargos recuerdos de Robert la torturaban mientras Alexander, su
prometido, permanecía arrodillado tomándola de las manos con una ternura y calidez
desmesurada, acariciándole la mejilla, confortándola como ningún hombre
antes lo había hecho. ¿Por qué tenía que haber hecho eso? ¿Por qué no podía
haber sido como ésos ingleses fríos y distantes, que por portar un título
superior al suyo la trataban como si fuera ella quién tenía que pedir
disculpas? ¿Por qué Alexander tenía que ser tan humano, tan sencillo, tan
sincero? Todas las preguntas se arremolinaron en su cabeza y sintió el fuego
de las lágrimas quemándola los ojos. Sollozó, volvió a temblar. Y empezaron
a verterse sobre sus mejillas las gotitas saladas, formando caudalosos ríos
transparentes.
―No vuelvas a asustarme así, por favor ―sollozó entrecortadamente,
con la voz lastimosa. Sintió como su prometido se erguía frente a ella,
tomándola entre sus brazos tierna y suavemente, como si sintiera que aquel
contacto pudiera lastimarla. Elizabeth lloró con más intensidad y se agarró
a él como si la vida le fuera en ello -Nunca, nunca vuelvas a hacerme eso,
nunca, nunca... ―Lo prometo ―susurró acariciándole la cabeza y la larga y brillante melena que caía en tirabuzones ―No te haré daño, gráidh. Jamás te obligaré a nada que no quieras.
Elizabeth se desahogó en sus brazos. Lloró, tembló, susurró frases que no llegó a comprender y le arrancó miles de promesas de nunca agredirla o forzarla. Y estaba dispuesto a cumplir cada una de ellas. Sentía debilidad por ella y haría todo lo que estuviera en sus manos para que siempre fuera feliz a su lado.
Tras unos minutos
más, su prometida comenzó a tranquilizarse. Los delgados brazos de ella se
relajaron del agarre que mantenían en su cuello, sus sollozos cada vez eran
más distantes y silenciosos y, poco a poco, volvió a respirar con
normalidad. Pero no se separó de él y Alexander no pudo estar más agradecido
de que no huyera. ―¿Puedo contarte algo personal, gràidh? ―Susurró con la voz caramelizada, chocando su aliento contra su oído. Elizabeth sintió un escalofrío placentero y se abrazó más a él ―Algo que sólo quiero que tú sepas y que también ha influído en mi modo de actuar.
―Sí, claro que puedes. Siempre puedes... ―contestó afónica por la llantina. Estaba rebosante de felicidad, porque había arreglado las cosas con él y porque aún permanecían abrazados, envueltos en una ternura y en una calidez sumamente protectora y reconfortante. Era una absoluta locura, lo sabía, especialmente después de lo que él había intentado hacer en el dormitorio, pero amaba a ése hombre.
Alexander llenó sus pulmones, se sintió como un niño acorralado, perdido y solo. Se aferró aquel cuerpo perfecto de mujer, a aquella curvas delineadas y cinceladas para ser admiradas con absoluta devoción. Aspiró el afrutado aroma de Elizabeth, esa fragancia suave de melocotón que le hechizaba. Se asustó, porque en sus pensamientos, en sus inseguridades renacidas, se sentía fuera de lugar, como si nada le perteneciera, como si no tuviera derechos sobre todas sus posesiones. Y, de alguna manera así era realmente y necesitaba que ella, su futura esposa, lo supiera. Estaba aterrado, pero debía hacerlo.
―Está bien... ―murmuró para sí mismo, ofreciéndose unos ánimos que ni siquiera tenía ―Elizabeth ―susurró solemne, alejándose de ella lo suficiente para observar sus mentoladas esmeraldas. Deslizó sus manos por sus hombros y tomó las de su prometida con tibieza. ― ... Gráidh... ―Apoyó su frente en la de ella, cerrando los ojos, intentando acercarse lo más posible para ver su reacción, pero con miedo a que alguien más pudiera escucharle ―Robert Fitz-James ―Ahora fué el turno de Alexander para temblar. Tras unos segundos de silencio en el que la duda le apretó el alma, abrió sus mares turbios y busco las piedras preciosas de Elizabeth ―...es mi hermano.
************
Elizabeth sintió
como sus ojos se abrían, cómo su respiración se quebraba, cómo su cuerpo
temblaba y cómo, de repente, se petrificó. No podía moverse, por más que lo
intentara. Tuvo la sensación de que todo daba vueltas mientras en su mente
se repetían una y otra vez las últimas palabras dichas por su prometido.
Impactada por el anuncio, desvió la vista de aquel rostro que la cautivaba,
y contempló sus manos entre lazadas sobre su regazo. Tras unos silenciosos
segundos, en los que divagó sobre cómo era posible que ambos compartieran
lazos de sangre, siguió sin comprenderlo. Los Duques de Dorsetshire
parecían completamente enamorados y jamás se escuchó nada a cerca de un
engaño. Entonces, sería posible que... Sus pupilas se deslizaron rápidamente
hacia los irises del color del mar que no la quitaban la vista de encima.
Aterrada, intentando encontrar una respuesta. ¿Podía ser que Adrianne
hubiera corrido la misma suerte que ella? ¡Dios mío! Él podría ser el fruto
de aquel abuso y parecía ser consciente de ello. ¡Su pobre Alexander! ¡Debía
ser terrible! ―Tu hermano...―susurró al aire con voz rota, desamparada ―Robert es...tu hermano ―las manos de Alexander apretaron las suyas con más fuerza, en un intento por reconfortarla ―. ¿Tú....tú madre... ―continuó con voz temblorosa. Sus ojos a punto de derramar lágrimas ―...el padre de Robert...él... él obligó a...
―No ―desgarrado por la necesidad de consolarla, de protegerla y de
hacerla saber, acunó tiernamente con sus manos el precioso rostro de
Elizabeth ―. Él no la forzó. Soy un bastardo consentido ―ella dibujó un
gesto asombrado con una pizca de terror y compasión. Alexander sonrió
tranquilizadoramente―Ven ―la tomó de las manos con suavidad y tiró de ella
del mismo modo. Anduvo de espaldas hasta el gran sillón que quedaba frente
al de su prometida y se sentó. Elizabeth quedó unos instantes de pie, para,
después, con cierta timidez, aceptar sentarse en su regazo, permitiéndole
que la acunara en sus brazos. Él aspiró el fragante aroma a melocotón de su
rizado y brillante cabello cuando su prometida apoyó la cabeza en su hombro
y escondió el rostro en su cuello. Alexander se permitió sentirla, y
sostenerla como si fuera un tesoro ―. No siempre se llevaron bien ―susurró
calmado ―. Después de que mi hermano Charles naciera, parece que ellos se
distanciaron. No puedo decirte el motivo porque no lo se ―con suavidad
comenzó a acariciar la cabeza y el cabello de Elizabeth ―. Solo se que mi
madre mantuvo relaciones con el padre de Robert durante algún tiempo y de
ellas llegué yo ―la mujer entre sus brazos intentó elevar el rostro hacia
él, pero la obligó a permanecer como estaba, porque no soportaría que viera
su mirada empañada en una mezcla de ira y decepción. Sin dejar de acariciar
el sedoso cabellos y alternándolo con caricias a la suave piel del rostro
femenino, apoyó su mejilla sobre la cabeza de su prometida, mientras hundía
sus pupilas en el fuego del hogar ―. Mucho después de mi nacimiento también
las han mantenido, pero, por fortuna, no ha habido más hijos que pudieran
traer complicaciones ―respiró con fuerza cuando sintió como las delicadas
manos de Elizabeth comenzaban un baile de ternura sobre su cuello y sus
hombros ―. Creo que mi padre, Charles ―se apresuró a aclarar tras un
carraspeo ―, no sabe nada de esto. Al menos, nunca ha hecho o dicho nada que
me hiciera creer que él lo sabía.
―¿Estás seguro de que eres su hijo? ―susurró cerca de la nuez
masculina ―¿Cómo puedes saberlo? ―, la cuál se movió a causa de una risa
ahogada en la garganta de su prometido. ―Una noche, de madrugada, cuando tenía catorce años, los Fitz-James se hospedaron aquí. Volvía de una de mis escapadas nocturnas y les descubrí en el despacho de mi padre en una situación comprometida ―ahora sí que Elizabeth fue lo suficientemente rápida como para erguirse y contemplarle fijamente, con aquellas esmeraldas cargadas de un almizcle preocupado y agrio. Alexander deslizó un tirabuzón cobrizo tras la oreja de su prometida, mientras dibujaba una sonrisa conciliadora ―. Ellos no se dieron cuenta pero, a partir de entonces, comencé a percatarme de ciertas cosas. El color de mi pelo, de mis ojos, mis rasgos..., tan distinto de mi madre, de mi “padre”, de mis hermanos y mis parientes cercanos. Hice preguntas a cada una de las personas que han trabajado desde siempre en ésta casa ―Sonrió con un desliz de amargura mientras puntualizaba ―. Ellos saben mucho más de lo que nosotros creemos, gràidh ―hundió las manos en la cabellera cobriza por los destellos del fuego ―. Solo recibí evasivas por su parte, lo que no les comprometía en absoluto pero a mi me daba las respuestas que necesitaba. Más tarde, observé a Lord Fitz-James padre y no me quedó ninguna duda ―Acercándola un poco más hacia sí y girando a ambos para que la luz del fuego bañara todo su rostro, prosiguió ―¿Ves ésta pequeña mancha verdosa en mi ojo derecho? ―con el dedo índice señaló aproximadamente dónde se encontraba lo que ella debería apreciar. Elizabeth afirmó lentamente, después de mantener sus pupilas algunos segundos sobre sus irises azules en aquel lugar ―No es algo muy común ―apuntó con una sonrisa afectada ―Él también la tiene ―tras unos segundos de silenció continuó ―. Y mi carácter... ―Apartó su vista del rostro femenino, porque no podía soportar recordar lo que a punto estuvo de hacerle a ella, y de lo que su hermano la había hecho. Y le quemaba muy dentro saber que compartían la misma sangre, la misma sangre envenenada por la ira ciega ―Soy demasiado parecido a ellos, tanto que incluso he estado a punto de...
―No... ―susurró ella interrumpiéndole, tomando las mejillas del
hombre entre sus manos con ínfima ternura ―...si lo crees así, si crees que
eres como ellos, entonces serás como ellos. Y tú eres una persona totalmente
diferente.
―Elizabeth he intentado forzarte ―masculló él, cargado de amargura y
arrepentimiento. Para su sorpresa, ella negó con vehemencia. ―Si fueras como ellos, jamás te habrías arrodillado ante mi y nunca hubieras pedido disculpas incluso por algo que no ha pasado ―sonrió suave, dulcemente, llenando aquella carencia de seguridad que se restregaba por el rostro del hombre ―Te has puesto furioso cuando creíste que tu hermano me había tenido, pensando que yo no puse objeciones de ningún tipo, cuando contigo solo hacía que huir. Y tú, y yo también, sabemos como es Robert con las mujeres ¿Verdad? ―Alexander la contemplaba entre fascinado y ciertamente aturdido ― Y pensaste que me ofrecí a él, aún no teniendo ningún enlace, sabiendo cómo era y que, sin embargo, contigo, mi prometido ―y sus labios llenaron aquellas palabra con cariño, con amor ―mó fear, quién no iba con ninguna mala intención y con quién tengo un compromiso, iba a resistirme todo lo posible, a jugar contigo, mientras tu ardías en deseos por tenerme. No podías comprender por qué le había dejado a él y no a ti ―Derramó sus manos por su cuello, enredando sus dedos en aquel cabello largo y negro como la noche ―. No quiero que pienses nunca más en lo que ha sucedido en ése dormitorio, ni tampoco que imagines lo que hubiera sucedido ¿Está bien? ―Él asintió, conmovido, mirándola fijamente ―Deseo que todo sea como antes del incidente. Incidente que los dos vamos a olvidar desde ahora ―Alexander volvió a asentir ―Que vuelvan los juegos, las inofensivas y estimulantes peleas verbales, las persecuciones... ―Ambos rieron con éso y, como atraídos por un imán, juntaron sus frentes, reafirmando la intimidad del momento con un pequeño gesto de cercanía. Y después de un instante, en el que solo el crepitar del fuego y sus lentas respiraciones podían escucharse, cerró sus ojos y habló bajo, con voz suplicante y temblorosa ―Actúa conmigo como si nunca hubieras sabido nada de lo que sucedió con Robert.
―No puedo hacer eso, gràidh. Nunca podré olvidar lo que él te ha hecho ―susurró, acariciándola la espalda, contorneando su silueta, saboreando aquella fragancia de melocotón ―No quiero hacerte daño.
―No vas a hacerme daño... ―sus irises esmeraldas se enfocaron con
dificultad sobre los deliciosos mares fijados sobre ella, con una mirada tan
intensa que la hizo temblar ―Pero haremos algo ―colocó las manos
entrelazadas tras el poderoso cuello de su prometido, queriendo apretarse
aún más contra él. Y, a continuación, arrulló sobre sus boca entre abierta
―Si te llamo por tu segundo nombre, es que quiero que te detengas.
―De acuerdo ―contestó él acalorándose por su cercanía. Anhelaba besar aquellos labios jugosos, a aquella mujer extraordinaria, su prometida, su futura esposa, quién era capaz de comprender una reacción desorbitada y que él mismo castigaba con vehemencia ―¿Puedo besarte? ―Escuchó la suave y coqueta sonrisa femenina.
―Claro que puedes ―canturreó en respuesta, acercándose un poco más hacia él ―Pero espero que no me pidas permiso siempre que quieras hacerlo.
―Nunca lo he hecho antes de ésta noche ―su voz, cargada de divertimento ―y hemos acordado que nos comportaremos como si no hubiera sucedido lo de hoy ¿verdad? ―ella se estremeció entre sus brazos cuando sintió como la aferraba con necesidad sobre su cuerpo, cuando ésas últimas palabras fueron pronunciadas en un ronroneo erótico, justo antes de que él se apoderara de sus rugosos labios y los arrullara junto a los suyos, devorándolos, en un baile de cálida humedad y una guerra entre sus lenguas.
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* gràidh > Amor, amante (en gaélico escocés) | *Mo bhean > Mi esposa, esposa mía. | *Mo féar > Mi esposo |
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