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- CAPÍTULO 12 - Primera Parte
Akane paseaba entre los serpenteantes pasillos que formaban las impolutas estanterías de la lujosísima tienda. Estaban repletas de jerséys, camisas y pantalones perfectamente doblados y colocados por colores. De hecho, parecía que un continuo arco iris estuviera reflejándose sobre la ropa. Abrumada, y un poco aburrida, dejó que su vista divagara a través de las enormes cristaleras de los escaparates. Más allá había una pareja de adolescentes, observando con sumo interes y grandes sonrisas los maniquíes que portaban las prendas de la temporada. Se mordió el labio cuando repentinamente una pregunta se le formó en la mente. Con rapidez buscó a Sarah, quién parecía muy entretenida mirándose en un espejo con una falda sobrepuesta a la altura de las caderas. Caminó hasta ella, esquivando un par de estanterías y sin rodeos lanzó su duda.
―¿Qué se le regala a un hombre por Navidad?
―Que ¿Qué se le regala? ―repitió su amiga con voz remota, como si estuvies
saliendo de un trance al mismo tiempo que su vista se enfocaba sobre el
reflejo de Akane ―Los hombres se conforman con cualquier cosa.
―Corrigo mi pregunta ―murmuró cruzándose de brazos, ladeando las caderas y
con una ceja inquisitiva arqueada ―¿Qué se le regala a un hombre que tiene
todo lo que quiere? Y no me digas nada como calcetines, calzoncillos o
corbatas. Eso es lo que todo el mundo regala. ―¿Y has pensado que si todo el mundo lo regala será por algo? ―su voz estaba llena de ironía mientras se giraba y quedaba cara a cara con ella ―¿Y una colonia? O si te quieres gastar más dinero, un perfume.
―La colonia y los perfumes también entran dentro de esos regalos catalogados como 'lo que todo el mundo regala' Sarah ―contestó apoyándose sobre un estante ―. Quisiera ser un poco original, para variar... ―suspiró y dejó que su cabeza se apoyase sobre el brazo que reposaba en la estantería, en un lenguaje corporal que indicaba derrota ―Soy una mala novia. ¡Ni siquiera sé qué regalarle! Y tan solo quedan unas pocas horas para Navidad.
―Relájate Akane, no seas tan catastrofista ―Sarah dejó la falda de cualquier manera encima de unas camisas ―. Vamos a ver, lleváis apenas tres meses juntos, es normal que no lo sepas. Mírame a mí ―se señaló a sí misma dibujando su contorno ―, llevo no se cuantos años con Nico y tampoco sé qué comprarle. Eso sí que es grave, cariño, lo tuyo es totalmente comprensible.
―Precisamete por que no quiero llevar no se cuantos años con alguien sin saber qué regalarle, debería saber ya qué comprarle ―farfulló por encima de su hombro mientras miraba al resto de parejas que deambulaban por la zona ―Lo malo de un hombre con dinero es que siempre va a tener lo que quiera...
―Y lo bueno es que tú estarás ahí para gastárselo ―Sarah cogió un suéter de un estante y comenzó a inspeccionarlo ―. Mira, debería importar poco si te gastas o no mucho dinero, lo que cuenta es el detalle, así que tampoco te vuelvas loca.
―Ya, pero eso estamos aquí,en Ralph Lauren ¿verdad? ―Akane torció los labios ―Para comprarle a Nico un regalo de “lo que importa es el detalle no cuánto te hayas gastado”. ―De repente, Sarah comenzó a carcajearse mientras soltaba el suéter de cualquier manera y caminaba con varias prendas bajo el brazo hacia la caja ―¿De qué te ries?
Cuando llegaron al
mostrador, Sarah procuró calmarse y dejó las ropas sobre la tabla invitando
así al dependiente a que la cobrara. Ladeando sus caderas y apoyándose
contra el vértice de la encimera, comenzó a hablarla lentamente. ―¿Tú te piensas que he venido aquí a comprarle ropa a Nico? ―Y volvió a reír ― ¡Dios mío! La ropa es para mi padre y mi hermano y, si acaso, algún amigo, pero Nico sería el primero en matarnos si se entera de que le he comprado algo en Ralph Lauren.
Iba a contestarla que ya podría ofrecerla su ayuda en vez de intentar consolarla cuando de repente se dió cuenta de algo. Sarah había dicho claramente “matarnos”, segunda persona del plural, y su amiga no confundía así como así los tiempos verbales. Con rapidez, la apretó del brazo y la hizo girarse para quedar frente a frente.
―¡Sarah! ―exclamó con una sonrisa y los ojos muy abiertos ―Repite eso.
―¿El qué? ¿Que va a matarnos? ―elevó los hombros restándole importancia. Y cuando vió el gesto ansioso de Akane por saber, dejó los ojos en blanco y anunció ―Sí, estoy embarazada.
Akane no tardó en reaccionar. Se lanzó a los brazos de su amiga con un grito de júbilo por la noticia y Sarah la incitó a comenzar un baile de saltitos en redondo. Ambas empezaron a reír y a gritar sin importarles quién la mirada o lo que pensaran de ellas. Con un último apretón, se separaron. El dependiente no pudo evitar sonreír, compartiendo su júbilo en silencio.
―¿Desde cuándo lo sabes? ¿Por qué no me lo has dicho?
―Eres la primera a la que se lo digo, de hecho ―contestó ella sacando su tarjeta de crédito ―. ¿Sabes lo raro que es saber que vas a ser madre en un metro cuadrado del baño de mi trabajo? ―Cuando volvió la mirada hacia una Akane expectante, que arqueaba una ceja impaciente, continuó como si nunca hubiera formulado la última pregunta en voz alta ―Me hice el test de embarazo ayer por la mañana.
―¿Y Nico no lo sabe? ¿¡Por qué no se lo has dicho?! ―su voz expresó un tono claro de reproche. No comprendía como Sarah, con una noticia tan magnífica como esa, no había hablado ya con su marido.
Sarah firmó el recibo de la tarjeta de crédito con una amplísima sonrisa en el rostro. Cogió las bolsas y, agarrando del brazo a su amiga y tirando de ella con dirección a la salida, respondió modulando su voz como si Akane fuera una niña pequeña.
―El mejor regalo para un hombre es decirle que va a ser padre. Y ése es mi regalo para Nico ―una sonrisa entre nostálgica y feliz se dibujó en sus labios rosados ―.Sobre todo con las ganas que tiene de serlo... ―empezó a reírse ―Se va a morir del susto. Seguro que me quedo viuda. O eso o huye del país.
―No seas tonta
―salieron de la tienda y comenzaron a caminar sin dirección concreta.
Simplemente paseando y disfrutando del ambiente navideño. Tras unos segundos
de silencio, Akane retomó su preocupación con ironía ―. ¿Eso quiere decir
que voy a tener que quedarme embarazada para acertar con el regalo de Ranma?
―¡Ése sí que se moriría del susto! ―las dos compartieron las risas hasta que Sarah recordó algo. Parándose de golpe en medio de la acera, y haciendo que Akane casi cayera de bruces al suelo, dijo ―¿A Ranma no le gustaba el arte o algo así?
―Sí, le encanta ―murmuro condesgana, antes de abrir muchísimo los ojos y observar fijamente a Sarah ―. Tiene muchos libros en casa, pero ninguno en japonés. Son en inglés...―esperanzada, con una gran idea en mente, le susurró suplicante a su amiga ―¿Me ayudarías?
―No me metas en líos, que de momento parece que le caigo bien ―y reanudó la marcha con una sonrisa.
―¡Oh, venga Sarah! ―comenzó a seguirla, atosigándola, saltando a su lado e intentando colocarse frente a ella ―Tú sabes inglés, podrías decirme de qué artista tiene más libros y buscar algo relacionado con eso... por favor. ¡Sálvame!
―Vaaale. ―dejó los ojos en blanco, como si aquello fuese un tremendo sacrificio para ella ―Pero si nos coge le diré que me extorsionaste.
―Sí, claro. Por supuesto. Seguro que se lo cree...
―¿Qué insinúas? ―una ceja inquisitiva se arqueó sobre los grandes ojos de Sarah. Akane la abrazó, llena de entusiasmo ―Bueno, es igual. Yo ésta tarde puedo acercarme ¿Tenemos vía libre?
―No estoy segura. ¿Por qué no investigo y te llamo a la hora de comer?
Una hora más tarde Akane subía a saltitos los tres escaloncitos del portal. Llamó al ascensor y, mientras esperaba, abrió su buzón que, por cierto, estaba a rebosar. Cuando abrió la puertecilla, la propagando cayó sobre ella, esparciéndose por el suelo. Si no fuera porque el buzón era un objeto inanimado juraría que acababan de escupirle los papeles.
El timbre de llegada reverberó en el aire y se encaminó hacia el montacargas mientras buscaba la correspondencia valiosa. Era imposible encontrarla entre tanto papel, así que se dió por vencida. Ya lo buscaría tranquilamente en casa. Cuando pulsó el botón del sexto, se apoyó contra la pared y suspiró observando las luces artificiales del techo. Estaba hecha un lío. Era incapaz de comprender como para algunas cosas su relación parecía de años y sin embargo para otras, como comprar un simple regalo de Navidad, parecía realmente lo que era, una relación de apenas tres meses. ¿Por qué había tanta diferencia? ¿Quizá era debido a que su relación estaba muy centrada en el aspecto sentimental? ¿Quizá porque siempre, o en general, sus conversaciones estaban muy centradas en aspectos importantes de ambos como personas? ¿O porque apenas tenían conversaciones de esas que tiene la mayoría de la gente, en la que simplemente hablan del tiempo, o de asuntos superficiales o materialistas? Al pensar en ello, Akane se dió cuenta de algo ¿Y si el hecho de que su relación fuera tan intensa, a todos esos niveles, conseguía que se debilitara antes el amor y la atracción que sentían uno por el otro? ¿Y si no era bueno que siempre que hablaran fuera de algo trascendental en sus vidas? Como la conversación de la noche anterior... La duda se instauró en su estómago, haciendo que sintiera como si miles de mariposas estuvieran aleteando dentro de ella. Era miedo. Estaba sintiedo miedo. El ascensor se le venía encima de una forma claustrofóbica que nunca antes había sentido. Y lo que era peor, los ojos comenzaban a escocerla.
Cuando las puertas se abrieron corrió al descansillo, tomando aire entrecortadamente. Agachada de cuclillas en medio del pasillo, peleando por volver a tomar el control de su respiración, contempló la puerta que daba al apartamento de Ranma. ¿Qué importaba si no estaba segura de qué regalarle por Navidad? Había cosas mucho más importantes por las que preocuparse, aunque no podía evitar sentirse un poco culpable.
Sí, su relación era intensa, quizá demasiado pero ¿Podían evitarlo? Ranma era intenso en sí mismo. No solo por su caracter, su forma de ser y un físico impresionante que le acompañaba, era intenso por lo que él era, por su profesión. Intenso por toda su vida, desde los diecisiete años. No, no podía cambiar eso. No podía cambiar la forma en la que estaban juntos, la manera en que su relación se desarrollaba de esa manera tan natural y veloz. Simplemente tenía que aceptarlo. Pero era tan complicado... Levantándose despacio y frotándose la cara, se envalentonó y dedició que, por unos instantes, dejaría de pensar en ello. Aún tenía tiempo para encontrar un buen regalo de Navidad, así que intentaría calmarse. Con pasos tímidos, se dirigió hacia la puerta del apartamento de Ranma, jugueteando con las llaves entre sus dedos.
Ranma no podía creer lo que tenía sobre la mesa. Con el aliento contenido en la garganta y un nudo en el estómago, enredó sus manos entre el pelo y apoyó sus codos en las rodillas, en una pose entre derrota e incredulidad. No podía ser. Aquello no estaba sucediendo.
Pasó minutos completamente estático, en aquella posición. Y, de repente, e levantó de un salto, con la madíbula rígida y los puños cerrados. Caminó de un lado a otro del salón, intentando pensar con frialdad. Y, de repente, se detuvo en seco frente a la puerta que daba al pasillo, mirando desde allí la puerta de entrada al apartamento, como abstraído.
Kira estaba allí, observándole y vigilante, siempre alerta, atenta, esperando sus órdenes. ¡Eso era! Recogió los papeles de la mesa y los guardó en aquel odioso sobre marrón sin remitente. Cerrándolo lo puso en la estantería más alta del muebe, sobre los libros. Akane no llegaría allí, ni tampoco tenía por qué buscar nada tan arriba. Cuando estuvo seguro de que no se veía nada desde el suelo, se dirigió hacia su teléfono móvil y contactó con Naomi.
―Pásame con seguridad ―fué su escueta exigencia.
Akane meneó las llaves entre sus dedos antes de introducirlas en la cerradura. No sabía muy bien cómo pero había adquirido aquella manía repentina. Quizá fuera una manera insconciente de avisar a Kira de que llegaba. Una vez que giró la llave, empujó con suavidad la puerta. Lo primero que vió fué el hocico de la pastor alemán asomando por la rendija que formaba la apertura de la puerta.
―Si no te quitas de detrás de la puerta no voy a poder pasar ―dijo con voz mimosa y una gran sonrisa en el rostro ―. Vamos Kira, aparta.
La perra no tardó en obedecer y por fin Akane pudo pasar dentro y ver a una Kira juguetona que movía la cola, jadeaba con nerviosismo y que no paraba de moverse intentando llamar su atención. Sonrió al verla tan contenta. Una de las primeras cosas que le enseñaron en la carrera, en teoría de aprendizaje animal, es que una de las particularidades del ser humano era que podían expresar emociones con el rostro mientras que los animales no. Pero después de observar a Kira durante aquellos meses decidió que era más bien una mentira o que se estaba volviendo loca, porque en más de una ocasión parecía que la pastor alemán la estaba sonriendo de felicidad. Tal como en aquel mismísimo momento. Como si se tratara de un costoso ritual , Akane se agachó y dejó que Kira se acercara, la empujara invitándola a que la acariciara y le diera algunos cuantos lametones como bienvenida. Mientras sus manos se deslizaban por el frondoso pelo canela y negro del lomo de la pastor alemán, que ahora yacía tumbada a sus pies, Ranma apareció en el quicio de la puerta que daba al saloncito.
―Dos ―dijo observándola fijamente.
Akane le saludó vocalizando en silencio, mientras continuaba atareada con el animal. Ranma frunció el entrecejo en un vano intento por regañar a su pareja. No era la primera vez que la advertía de que estaba mal educando a Kira. Ella simplemente apretó los labios y elevó los hombros. Y él, casi rendido, meneó la cabeza suspirando audiblemente. Ninguno de los dos tenía remedio, decidieron en silencio respecto al otro.
―Si, eso es ―continuó conversando con el teléfono ―.Bien, gracias.
Inmediatamente Akane se irguió, dejando a la pastor alemán tumbada boca arriba y esperando más caricias. Saltó por encima de la perra y se acercó a él.
―Hola Tiziano ―murmuró sobre sus labios ―¿Va todo bien?
―Se podría decir que... ―la cogió por la cintura, pegándola a su cuerpo, y la besó casi con ansiedad ―...ahora va todo bien ―para su sorpresa Akane empezó a reírse, aunque intentaba disimularlo apretando fuertemente los labios. Ranma arqueó una ceja inquisitiva, intentando comprender qué había dicho tan gracioso ―¿Qué te pasa?
―No sé si decírtelo ―caturreó intentando apartarse de él.
―¿Decirme qué? ―y el forcejeó con ella no dejándola escapar.
―Prométeme que no te vas a enfadar... ―Ranma intentó reprochar pero Akane, muy veloz, se apresuró a acallarle ―. Prométemelo.
―Estoy seguro de que voy a arrepentirme... ―suspiró ―Prometido.
―Kira acaba de lamerme toda la cara ―Él la soltó antes de que pudiera terminar de decir “Kira”. Akane casi se cayó al suelo, por la fuerza que estaba haciendo al intentar separarse de él. Y no pudo contener la carcaja al verle el rostro completamente blanco y aquellos ojos azules prácticamente redondos por la impresión.
―Creo que podría dejarte dormir en el suelo con ella. A este ritmo seguro que te iba a gustar más que dormir conmigo ―le dijo con tono seco caminando hacia el baño.
Ella se rió aún con más fuerza mientras le miraba caminar completamente rígido por el pasillo seguido de una Kira con trancos sigilosos y el rabo gacho. Y Ranma, en respuesta a su divertimento, gruñó por lo bajo.
Akane se apresuró a la cocina para lavarse la cara. Una vez con el rostro empapado y recién aclarado, estiró el brazo para coger un par de servilletas de papel con las que secarse. Mientras lo hacía, se encaminó hacia el saloncito. De fondo escuchó el grifo de la ducha abrirse. Volvió a sonreír. ¿Quién la iba a decir a ella que él sería tan infinitamente pulcro? Aunque claro, pensó, tras las experiencias que había vivido entendía que de algún modo se comportara de esa manera cuando estaba en su casa.
Se dejó caer en el sofá, relajándose completamente. Se sentía tan cómoda allí... Como si se tratara de su propio apartamento. Era una sensación extraña y nueva para ella porque normalmente la costaba bastante adaptarse a nuevos lugares. Dejó que su mirada vagara por el techo blancuzco, para después observar la estantería repleta de libros en tantos idiomas distintos. Recorrió los estantes intentando localizar el patrón que Ranma seguía para colocar sus libros. Tras unos minutos se percató de que estaban ordenados por colecciones. No estaba segura si dentro de aquella clasificación estarían colocados por autor, su vista no alcanzaba a diferenciar los nombre, pero tenía la sensación de que así era.
Él no tardó en aparecer por la puerta. Con unos pantalones negros, por supuesto de Calvin Klein, el torso desnudo y frotándose el pelo con una toalla blanca.
―¿Contenta? ―preguntó disimulando enfado.
―Muchísimo ―dijo sentándose de lado en el sofá, permitiéndole más sitio a él
―Especialmente con las vistas que tengo ahora...―murmuró jugetona.
―¿Ah sí? Pues conformate solo con las vistas pequeña viciosa ―igual que ella, se dejó caer en el sofá ―No esperes conseguir nada más de mi después de lo que acabas de hacerme.
―¿En serio? ―con movimientos sutiles Akane se pegó a él, a su costado, y comenzó a susurrarle provocativamente ―¿No voy a poder conseguir nada? ―Ranma negó con un gruñido ―Pues vaya... Hoy que me había puesto ese conjunto de ropa interior que tanto te gusta... ―Los refrescantes ojos azules se clavaron sobre sus ojos terracota. Akane afirmó suvamente con la cabeza.
―¿Cuál? ―preguntó él al mismo tiempo que arrastraba la mirada sobre el menudo cuerpo de ella imaginándola con las prendas.
―El de color café... ―murmuró con tono sensual―casi transparente...con esos ribetes blancos... ―de repente se levantó ―Pero bueno, como no parece que tengas muchas ganas de... ―y no pudo terminar la frase. Ranma la cogió de la cintura y la colocó sobre sus rodillas.
―Cuidado. Yo solo he dicho que no ibas a conseguir nada de mí, no que no quisiera ver ése conjunto ―su vista se deslizo de arriba abajo por el torso de Akane. Sus pupilas ligeramente dilatadas y sus irises raspándola la piel por encima de la ropa.
―Pero ¿Lo uno no lleva a lo otro? ―al mismo tiempo que decía aquello se acarició los labios en una pose infantil.
―No ―contestó rotundo ―. Quítate la ropa, molesta.
―Ni lo sueñes... ―e intentó zafarse de él.
Akane forcejeó contra sus manos, que la tenían prisionera por las caderas. Se movió y meneó de todas las formas posibles, incluso intentó morderle en varias ocasiones. Pero no servía de nada. A pesar de su lucha, entre risas, y de todos su intentos por soltarse, en un instante y sin saber muy bien cómo yacía tumbada boca abajo sobre el sofá.
―¡Ranma, estate quieto! ―gritó con un falso tono de reproche.
Hasta Akane llegó el sonido de la grave carcajada que él ahogó en su garganta. Sintió parte de su peso sobre su cuerpo y entonces un roce de sus labios sobre su lóbulo. Ella ahogó un gemido, especialmente cuando le escuchó decir lo siguiente.
―Y si me estoy quieto ¿Qué me das a cambio? ―murmuró sensual, rozando las
partes más íntimas de su cuerpo sobre los glúteos de ella acompañando sus
movimiento con suaves caricias en la espalda femenina.
―Te ofrecería... sexo ―respondió Akane aguantando la respiración y procurando controlar su excitación ―. Pero antes me dijiste que no iba a conseguir nada de ti...
―Tengo derecho a cambiar de opinión ―se levantó despacio y con suma
delicadeza la cogió en brazos con ternura, como si se tratase de un bebé
dormido al que temiera despertar. Ella enrolló sus brazos alrededor del
fuerte cuello masculino y se arrulló contra su amplio pecho ―. No se te
ocurra dormirte... ―advirtió él, áspero. ―Veo que tienes apetito ―se removió en sus brazos mientras la llevaba al dormitorio. Intentó morderle el cuello pero él se retiró con rapidez, como si lo hubiese presentido. Akane se separó ligeramente y miró directamente a aquellos ojos brillantes. Ahí estaba esa mirada que adoraba. Ésa que la exigía de una manera primitiva “sexo, ahora”. Era tan tenue el cambio, tan sútil... pero lo suficiente para que ella se percatase de su necesidad. Volvió a recostarse contra su hombro y dejó que su aliento se esparciera por la piel del cuello masculino ―Yo también tengo hambre de ti...
No fué salvaje, ni primitivo, como solía anunciar su mirada. Fué tierno, cariñoso, lento y angustioso. Angustioso porque su amante la torturó haciéndola desearle más. Controló cada una de sus respiraciones, de sus gestos y quejidos, Akane lo sabía, y a cada instante en que parecía alcanzar la plenitud él se detenía, murmurándole al oído palabras tiernas, casi poesía. Fué magnifíco de una manera extremista. A pesar del sufrimiento que padeció al quedarse a las puertas del máximo goce, ella comprendió que al hacerlo de esa manera aletargada, consiguió disfrutar mucho más de la plenitud de su orgasmo. Ahora yacían abrazados, enredados sus cuerpos desnudos entre sí y entre las frescas sábanas. Las respiraciones eran lentas, tibias y sus cuerpos aún desprendían el calor de la exquisita experiencia.
―Vas a acabar conmigo ―susurró él más distraído que consciente de lo que decía.
Akane se sorprendió al oírle porque el tono de su voz era una mezcla de diversión y hastío. Como si se hubiesen mezclado un blanco y un negro formando un gris en el que no se sabe cuál de los dos colores es el que predomina.
―¿Por qué dices eso? ―se levantó ligeramente, apoyándose mejor sobre su definido torso. ―Porque es la verdad ―su respuesta fue sincera y muy clara. Tan clara que Akane, ahora en su conocimiento de su pasado, temió que aquello implicara algo más de lo que aparentaba.
Ranma observó su carita dulce, su piel suave, limpia y brillante. Aquellos grandes ojos marrones que, con el brillo del placer, se habían tornado más claros, hasta casi el color de la miel. Entonces las delineadas cejas se juntaron en un ceño y su rostro se tornó curioso. Él se apresuró a aclarar.
―Eres como la mejor de las drogas ―Ella le golpeó el pecho con los labios fruncios―. Espera y escucha ―tomó su pequeña y delicada mano en la suya y la obligó a colocarla sobre su pecho, en donde los latidos aún feroces del corazón palpitaban ―. Te enganchas a ella y te deja en ése estado tan hilarante de constante abstracción del mundo y excitación, que nunca puedes dejar de desearla. Y cuando no puedes tomarla surge la ansiedad, el síndrome de abstinencia, y eso es lo que me pasa contigo Dama. ―Hizo una pausa mientras se regocijaba en contemplar su preciosa sonrisa y el ligero rubor en sus pálidas mejillas ―. Acabas enfermo, desquiciado y desesperado cuando no puedes tomarla.
―Me encanta que me digas esas cosas ―susurró dándole un fuerte y sonoro beso en los labios ―. Pero me fastidia que no se me ocurran a mi ―y le volvió a golpear suavemente con el puño en el pecho ―. ¿Ahora qué puedo decirte yo?
―No hace falta que me digas nada ―enredó sus dedos en el corto y sedoso pelo negro ―. Las drogas no necesitan hacer ni decir nada para que las desees. Solo tienen que estar ahí, cerca de ti, tentándote...
Se hizo un silencio entre ellos. Pero uno de esos cómodos silencios que solo puedes tener con alguien con quien verdaderamente te comprometas, con quien estés absolutamente cómodo. Y Akane estaba en la gloria en aquellos momentos. Pero tras ése paréntesis, se acordó de que tenía que encontrarle un regalo y de que no tenía demasiado tiempo para hacerlo.
―¿Tienes planes para esta tarde? ―preguntó intentando sonar casual.
―Tengo que hacer algunas cosas, sí. Seguramente llegaré tarde ¿Por qué?
―Nada, por saber ―y en su fuero interno gritó de alegría ―. Yo me pasaré por la librería de Sam, para ver cómo lleva todo. Y luego volveré a casa para terminar un par de cosas que tengo que entregarle a mi editor.
Ranma asintió con
un gruñido y se recolocó en la cama, de lado, atrayéndola más hacia sí.
Akane volvió a arrullarse contra él y pensó en la posibilidadde quedarse de
aquella manera toda la vida. ¿Para qué ir a trabajar, salir a la calle, o
cualquiera de las otras muchas tareas cotidianas pudiendo estar con la
persona que amas todo el día en la cama, acariciándole, saciándote,
descansado? Entonces, de pronto, se le ocurrió algo. ―Oiga señor obseso sexual ¿Cuántos hijos quiere tener usted?
―Hace poco decías que no estabas preparada para tener hijos. ¿No me tienes ninguna sorpresa, verdad? ―dijo con tono divertido.
―No, es solo que... ―por un momento dudó de qué manera decirlo ―¿No te has dado cuenta de que casi nunca hablamos del futuro? Normalmente nos contamos cosas del pasado, del dia a día, donde hemos ido, o donde vamos a ir, siempre de un futuro excesivamente cercano ―Akane levantó el rostro y le miró fijamente ―. Pero nunca del futuro a largo plazo. Y aunque ambos sabemos... ―no lo dijo, no quería que él se presionara aún más por su trabajo, así que continuó como si ya lo hubiera dicho ―, bueno... me gustaría hablar de ése futuro.
Ranma la contempló unos segundos en silencio. Por un momento se asustó. De algún modo le daba miedo hacer planes a largo plazo porque nunca sabría si estaría allí para entonces. Bueno, cualquiera podría dejar de existir en cualquier instante de su vida, pero si lo contemplaba como porcentajes desde luego él tenía mucho más que el resto de la gente de no estar para vivir hasta entonces. Pero ella se merecía planificar un futuro, ilusionarse con sus proyectos... Si él no volvía a ella, sus proyectos siempre se podrían cumplir al fin y al cabo con otra persona. Lo único que Ranma tenía que hacer era procurar no emocionarse o entusiasmarse con la idea de poder tener ese futuro. Nohasta que estuviera alejado de lo que hacía.
―¿Cuántos quieres tú? ―respondió evasivo.
―¡Yo pregunté primero! ―Akane se irguió, colocándose sobre él, con una amplia sonrisa en los labios que le iluminó el rostro de alegría.
―Supongo que dos estaría bien ―arqueó una ceja, esperando la respuesta femenina ―¿Y tú?
―Prefiero tres ―dejó que sus dientes resbalaran por su labio inferior y, con mirada maliciosa, continuó ―Ya te estoy imaginando al cuidado de tres niños. Me encantará verte hacer de papá. Seguro que los críos se te dan fatal ―alegó frunciendo la nariz en un gesto pícaro.
―¡Ah! Asi que lo que quieres es reírte de mi ¿eh? ―llevó las manos a su estrecha cintura y comenzó a hacerla cosquillas. Inmediatamente ella comenzó a removerse, a carcajearse y a rodar por la cama―Pues para tu información señorita, los críos se me dan bastante bien... ―él se colocó de nuevo sobre ella y continuó haciéndola cosquillas por todas las partes del cuerpo en donde sabía que las tenía. Akane continuó removiéndose y, pataleando, intentó zafarse de él ―Mis hermanos siempre... ―Fue entonces cuando se le cortó la respiración ―¡Joder! ―rugió ladeándose y curvándose como si fuera un bebé.
Akane paró de reír al instante y le vió caer hacia el otro lado de la cama, dándola la espalda. Abrió muchísimo los ojos y se llevó la mano a la boca. Ella también dejó de respirar por unos segundos mientras le observaba.
―No...no me...no me digas qué... ―tartamudeó.
―¡Acabas de quedarte sin hijos! ―gritó entre dolorido, enfadado y divertido.
En ese mismo instante Kira apareció en la puerta del dormitorio corriendo, con las orejas gachas, asomando los dientes y gruñendo. Ranma apresuró una órden a la pastor alemán que se sentó en el quicio y miró directamente a Akane como si se hubiese convertido en su mayor enemiga. Sin embargo, ella ignoró el intento de ataque-defensa de la perra, porque le preocupaba mucho más cerciorarse de cómo se encontraba él y hacerle saber que no lo había hecho a drede.
―¡Por Dios! ―rápidamente se acercó gateando hasta él, quedándose arrodillada, y le acarició el brazo como si tratara de consolarlo ―Lo siento, lo siento... ―repetía realmente apurada ―Oh cariño, lo siento mucho... Perdona, lo siento.
―No vuelvas a sacar el tema de los hijos... ―masculló él más tranquilo, colocándose boca arriba ―...no me ha gustado nada la experiencia.
―Perdón ―dijo otra vez, tapándose los labios con ambas manos ―De verdad que lo siento ―Intentaba contener la risa, pero cada vez le resultaba más dificil. Y comenzaron a escapársele unos ruiditos delatores.
―Sí ríete ―contestó con pesadez y, cuando se creyó capaz, se levantó aún con molestias, y caminó lentamente hacia el armario ―. Veremos si te hace tanta gracia cuando te digan que soy estéril por culpa de un rodillazo.
No podía evitarlo. La carcajada explotó en su garganta y se dejó caer sobre el colchón otra vez. Intentando acallar el ruido de su risa hundió la cara en la almohada que desprendía un ligero aroma a la colonia de él. Tras emborracharse de ése olor y conseguir calmarse y respirar con normalidad, reptó hasta quedarse cruzada sobre la cama. Cuando se acomodó en aquella posición le observó vestirse con uno de esos trajes italianos que tan bien le sentaban. Se recreó en recorrer toda la parte trasera del cuerpo masculino, gozando de la visión de los músculos marcados y tonificados, la espalda ancha, las caderas estrechas, las piernas largas y aquel trasero de oscar. Y cuando terminó de recorrer aquellos ciento ochenta y seis centímetros desde atrás, fijó sus pupilas en los espejos de las puertas correderas del armario y contempló la delantera. Desde allí arrastró la mirada de abajo arriba hasta finalmente encontrar sus irises azules, casi plateados, en el reflejo. Ranma la sonrió, contemplando su rostro a través del reflectante, mientras se colocaba la camisa por dentro de los pantalones oscuros.
―¿Así que quieres tres hijos, uhm? ―preguntó él al mismo tiempo que seleccionaba de la percha, con mucho esmero, una corbata apropiada.
―Sí. Me gustan los niños, aunque a veces no lo parezca ―estiró el brazo y apoyó la cabeza en el, ladeándose completamente ―. Además vosotros sóis tres hermanos y en mi casa también somos tres. ¿Vamos a romper la tradición?
―Bueno mi hermana tiene dos hijos y parece no querer más y... ―hizo una pausa cuando colocó la prenda alrededor del cuello y la anudaba acontinuación ―...mi hermano tiene uno y otro en camino y tampoco parecen tener ganas de ir a por otro. Así que no te preocupes que nosotros no seremos los que la rompamos ―cuando finalizó, le sacó la lengua a Akane y después descolgó la americana y se la puso prácticamente con un solo movimiento.
―Ahora porque tienes que irte ―continuó con tono juguetón ―, pero que sepas
que ésta conversación no ha terminado. Y además... ―Mientras él se acercaba
a la cama Akane se levantó y se arrodilló al borde del colchón ―...nos queda
hablar de la casa.
―¡Mira por donde me acabas de recordar algo! ―enredó sus manos entre el corto cabello negro azulado y expuso con tono serio y afectado, como si estuviera dando una conferencia―¿Y si tiramos el muro que separa nuestros apartamentos?
Akane se quedó
congelada. Lo último que hubiera esperado era que Ranma la propusiera
aquello. Pestañeó pesadamente, no dando crédito a lo que acababa de
escuchar. ―¿Cómo?
―Bueno prácticamente ya vivimos juntos. Cuando vengo de trabajar si no estás aquí voy a tu apartamento y nos quedamos allí, o entonces tú vienes al mío. ―arqueó una ceja y acompaño su gesto de una sonrisa que pretendía ser inocente ―. Así que creo que tirando ese tabique se acabó tener que salir de casa y caminar por el descansillo de la escalera cada vez que tengamos que ir al otro apartamento. Además, los dos ganaríamos espacio.
No sabía qué decir. Lo que proponía de alguna manera tenía sentido pero aquel muro era lo único que les separaba de una unión formal a ojos de todos. Bueno, realmente vivían juntos porque pasaban el día en uno de los dos apartamentos, pero para Akane ése tabique de ahí era una especie de freno a su desenfreno en aquella relación. La cuestión era ¿Quería seguir frenándose o lanzarse a la aventura? Si seguía con aquel ritmo estaba segura de que terminaría firmando los papeles de matrimonio muy pronto y ¿Estaba preparada?
―Ya pero... yo no tengo dinero para una obra así ―se excusó intentando al mismo tiempo aclarar sus ideas ―. Además habría que pedir permiso a la comunidad y...
―Yo tengo dinero ―dijo rápidamente ―. Y los permisos de obra y todo lo demás corre de mi cuenta ―aclaró enmarcándole el rostro con las manos ―Piensa que si me pasara algo tendrías un apartamento gigante.
No, no es que Ranma estuviese pensando en un futuro a largo plazo. Muy al contrario, estaba buscando la manera más cómoda de estar con ella, para vivir el presente a su lado todo el tiempo del que dispusiese. Quería a toda costa derribar ese muro.
Akane le golpeó en el hombro reprochándole lo que acababa de decirla y frunció el ceño enfadada.
―No digas eso ni en broma ―gruñó separándose de él ―. Y no quiero deberte dinero.
Si algo podía dañar a una pareja era el dinero. Akane lo sabía perfectamente. Gracias a su antigua relación aprendió que los bienes materiales y el deber dinero a la otra parte eran dos cosas que podían marcar la diferencia cuando se rompía la relación. No es que ella pensase que su relación con Ranma iba a terminar, pero el futuro era incierto y nunca se sabía lo que podía ocurrir. Lo que tenía claro era que no tenía ninguna intención de deberle dinero ninguno. Su mente estaba realmente hecha un lío. Un auténtico caos. Sus esquemas se estaban cayendo de golpe y eso la hacía vulnerable. No quería tomar una decisión precipitada pero tampoco quería perder la oportunidad por sus miedos o inseguridades.
―Bueno, siempre puedes devolvérmelo a plazos ―dijo él, percatándose de las dudas de su pareja ―. Sabes que el dinero no es problema para mí Dama.
―Lo sé, pero para mí sí. ―contestó mirando hacia la terraza ―Y no quiero estar debiéndote nada. Si se hace es con la condición de que lo paguemos a medias.
―¿Quieres que redacte un contrato? ―un atisbo de alegría se pudo distinguir en su voz.
―¡No puedo decidirlo ahora! ―chilló con una media sonrisa de incredulidad. ¡Parecía estar ansioso de repente! ―. Necesito pensarlo un poco ―se estiró y le besó en los labios ―. Vete ya, que seguro que llegarás tarde. Lo hablamos esta noche ¿vale?
―Cómo quieras... ―Ranma la cogió por la cintura y la pegó a él, besándola en respuesta con ansia y necesidad ―. Pórtate bien ―murmuró sobre su boca al mismo tiempo que la daba un cachete en el trasero.
Akane esperó unos minutos más estirada sobre la cama. Tirar el muro... ¡Y se lo estaba pensando! En otro tiempo jamás hubiera dudado, pero ahora lo estaba haciendo con todas las de la ley. Era un paso muy grande en su relación, pero también era cierto que si se encontraba tan bien junto a él ¿Por qué no hacerlo? Meneó la cabeza, como desechando la idea. Ahora tenía algo más importante que hacer y era quedar con Sarah. Además tenía que ir a visitar a Sam, así que no podía perder el tiempo divagando. Se levantó e hizo la cama deprisa. Caminó hasta la cocina dando pequeños saltos y allí se preparó una ensalda con un poco de jamón. Después de comer a prisa y corriendo fué hasta el sofá y buscó su teléfono móvil. Un tono, dos tonos, tres tonos...
―¡¿Has visto la hora que es?! ―exclamó Sarah fingiendo estar enfadada ―Ya creía que no me ibas a llamar.
―Lo siento, pero Ranma me ha tentretenido ―se mordió el labio que dibujaba una sonrisa pícara.
―Oh, claro, por supuesto. Tu actor porno particular ha estado filmando una película contigo. Bueno qué ¿A qué hora me paso por tu casa?
Cuando llegó al lugar en donde antes estaba la librería Akane quedó estupefacta. Las obras iban rapídisimo. Allí no quedaba ni rastro de la pequeña librería que estaba siempre repleta de libros por todas partes, apilados en el suelo o a los lados de las estanterías. Se eregía allí un enorme local en donde sus escaparates prácticamente ocupaba media manzana. Sam había decidido colocar grandes cristaleras, que estaban tintadas de blanco para que nadie pudiera ver el interior, con los marcos de madera de los escaparates pintados de un verde oscuro y con una puerta de hierro del mismo color verdoso para entrar. Akane estaba realmente sorprendida, porque no esperaba un cambio tan radical y moderno. Caminó hasta la puerta y dio un par de golpes sobre el cristal. Intentó ver algo a través de esas pequeñas rendijas que dejaban las brochas al pintar, pero no consiguió ver nada. Se separó del cristal y volvió a contemplar la fachada. Esperó un instante y volvió a llamar. Nada. ¿Quizá no habría llegado Sam todavía? Sacó su teléfono móvil y llamó a su querido librero, quién contestó al segundo tono.
―¿Diga? ―se escuchó su vocecilla.
―¡Hola Sam! ―exclamó Akane con mucha alegría ―¿Dónde estás? ―¡Hola cariño! Pues estoy en la librería ¿Por qué?
Akane puso su mano libre en jarras, ladeando sus caderas y arqueando una ceja. Miró directamente hacia los cristales blancuzcos con un brillo acusador en sus ojos como si pudiera atravesa el vidrio y posar directamente sus ojos avellanas sobre los de Sam.
―Porque yo estoy aquí fuera y no me abres....
―¡Oh, lo siento! ―Se escuhó un golpe seco, como si algo se el hubiese caído de las manos ―Espera un minuto que ahora mismo voy ―respondió Sam con prepocupación, cortando después la comunicación.
Cuando la puerta se abrió y el hombre apareció en el quicio a Akane se le iluminó el rostro con una gran sonrisa. Con entusiasmo desbordado se abrazó a Sam y él correspondió con una ternura desemesurada, como solo un familiar lo haría.
―Siento no haber podido venir antes ―se apresuró a disculparse al mismo tiempo que se despegaba de aquel cuerpecillo.
―No te preocupes. Imagino que tu novio te mantiene muy ocupada ―le guiñó un ojo con complicidad y, agarrándola por la cintura la invitó a pasar ―. Todavía no hay nada colocado y está todo hecho un desastre. Así que ten cuidado no te tropieces.
―¡Madre mía Sam, ésto está muy cambiado! ―exclamó contemplando la amplitud
del local ―¿Qué has hecho con mi librería? ―se quejó frunciendo el ceño.
―Renovarse o morir ―murmuró con cierta pena observando el local vacío ―. La
gente ya no busca una librería familiar, de las de antes, ahora quieren una
gran superficie repleta de estanterías con los libros colocados con la
portada al frente. Mucha luz, mucho espacio y poco libro. Eso era una queja en toda regla, pensó Akane con tristeza. Y no le faltaba razón. Pero a los verdaderos amantes de la lectura les importaba poco cómo fuera el local. Es más, por lo general, adoraban los espacios pequeños repletos de libros por todas partes.
―Tienes razón ―dijo pasando su brazo por encima de los hombros de Sam,
confortándole ―. Pero tú no debes precuparte ahora por esa gente. Les vas a
dar parte de lo que quieren ¿No?. Ahora tienes que mirarlo de ésta manera;
tienes muchísimo más espacio para rellenar con pilas de libros ―El hombre
sonrió ―. Y siempre puedes tener un trocito de la librería parecida a la
antigua, para los nostálgicos ―Sam se carcajeó y apretó un poco mása Akane
contra sí. Ella lecorrespondió y susurró confidente ―Sabes que a tu
clientela fiel nos importa muy poco el aspecto. Buscamos a un librero como
tú, que lea, que sepa de lo que habla y que nos recomiende buenos libros. ―Lo sé cariño. Fue por eso por lo que decidí abrir horizontes ―suspiró y, como si saliera de un trance exclamó al mismo tiempo que se encaminaba hacia un pequeño mostrador ―¿Qué tal te va con ese hombre misterioso al que aún no me has presentado?
―Mmm ¿Hay algo mejor que magnífico? ―Sam negó con la cabeza al mismo tiempo que dibujaba una sonrisa ―Perfecto, quizá ―alegó Akane elevando los hombros y acercándose al tablero―.Tan perfecto que parece mentira. Seguro que en cualquier momento me despierto.
―Entonces sigue dormida. El mundo real es completamente aburrido e imperfecto. ―de repente, los mofletes del hombre se colorearon con timidez y, con un susurro dijo ―. Oye, necesitaría que me hicieras un favor...
―Pide por esa boca y veremos lo que puedo hacer.
―¿Podrías venir a la innauguración de la librería? ―juguetó con sus manos ―Sé que es abusar de tu amistad y permíteme que te lo diga así, no te ofendas, pero serías un buen reclamo para los clientes...
Akane rió con fuerza. Parecía increíble que de repente Sam se hubiese vuelto tan tímido, como si apenas la conociera de nada, cuando llevaban años siendo amigos.La ternura la invadió, porque de alguna manera parecía indefenso, un tanto perdido y asustado con su nuevo proyecto.
―¿Es que no pensabas invitarme? ―dijo con malicia, cruzándose de brazos.
―Sí, sí, sí ―tartamudeó ―a ver si me entiendes...
―Sam ―Akane le tocó el brazo y le sonrió con dulzura ―. Por supuesto que estaré aquí, bien como anónima o bien como reclamo. No me lo pedería por nada.
―¡Gracias cariño! ―exclamó aliviado ―Eres un gran apoyo.
―Aunque no se a quién voy a reclamar yo, pero bueno... ― De repente se acordó de algo ―Ahora necesito que tú me hagas un favor a mi... ¿No tendrás por un casual algún libro de arte italiano, verdad?
―Uhm ―comenzó a rascarse la barbilla, pensativo ―Déjame ver si encuentro algo en los pedidos que he recibido ésta mañana...
―Yo, mientras tanto, iré a por unos cafés. ¿Con leche, verdad?
Después de pasar una magnífica media tarde con Sam en la librería, y de llevar consigo un enorme libro de arte italiano, Akane caminaba otra vez a prisa y corriendo hacia su apartamento. No se había percatado de la hora que era y prácticamente llegaba tarde a su encuentro con Sarah.
Entre la entusiasta conversación del hombre sobre sus planes y proyectos para el local y sus explicaciones sobre qué tenía preparado para el día de la innauguración el día veintitrés, se pasó el tiempo más rápido de lo que ambos hubieran querido. Akane le había prometido volver más a menudo por allí y, por supuesto, Sam había demostrado muchísimo interés e insistido hasta la hartura por conocer a Ranma. Ella se lo debía. Y de alguna manera se castigó mentalmente por no haberles presentado antes.
Cuando llegó a la acera de su apartamento buscó entre los coches el de su amiga. Al parecer aún no había llegado, o eso esperaba. Subió las escaleras del portal de dos en dos y esperó al ascensor dando saltitos. Estaba histérica. Ranma la había confirmado que ése día llegaría tarde, pero ya eran las siete, Sarah no había llegado y Akane no estaba muy segura de qué quería decir él con tarde. Bien podrían ser las nueve, o las diez, o bien podría ser las siete y media, ocho... Meneó la cabeza de lado a lado sacudiéndose la ansiedad mientras entraba en el ascensor. Calma, se dijo, te dará tiempo.
Al llegar al sexto por un instante dudó en qué apartamento entrar. Finalmente corrió al suyo con la idea de esconder el libro. Quería estudiarlo detenidamente antes de viajar al país de la bota. No estaba disupuesta a hacer el ridículo delante de su suegra y tal y como Ranma la había descrito era una apasionada por las artes. Akane no podía simplemente llegar allí sin un mínimo conocimiento de la materia y, además, ya no lo hacía por su suegra, si no por ella misma y, para qué negarlo, porque le gustaría saber más de una de las aficiones de su pareja. Era curioso, pensó. Porque algo que jamás la había atraído especialmente ahora le resultaba llamativo y todo por estar enamorada.
Abrió la puerta del apartamento y se introdujo hasta su habitación. Mientras que daba vueltas por su dormitorio pensando en un buen lugar para esconderlo, se le ocurrió al mismo tiempo que el amor era capaz de mover montañas, y voluntades, como la fé. Una comparación un tanto extraña de imprevisto, pero no se alejaba demasiado de la realidad. El amor, se dijo a la vez que metía el libro en una caja de botas que había debajo de la cama, es igual que la fé: principalmente ciego, un sentimiento en el que depositas tu confianza y tus esperanzas para una vida futura en la que tu pareja forma parte indudablemente de ella y en la que ambos gozaréis de un amor incondicional. El amor romántico que todo el mundo espera vivir... Con Dios, con la fé, era similar; ciego, porque nunca le ves, depositas tu confianza y tus esperanzas en un ente invisible esperando que él te guíe, te ayude, esté a tu lado en los buenos momentos y que te dé fuerza en los malos. E incluso esperas que esté cercano a ti un futuro mucho más lejano que escapa de tus manos; depositas tus esperanzas en él más allá de la muerte. Realmente el amor y la fé tenían más cosas en común que cualquier otro sentimiento ó emoción humana. Podría decirse que estaban intrínsecamente relacionados puesto que para poder amar debías tener fé en la otra persona. No por nada las relacionas amorosas se basaban en un pacto en común en el que la confianza era necesaria. Y no siempre, ni en el caso del amor ni tampoco en el de la fé, la confianza estaba cien por cien asegurada. De hecho son constantes los momentos de duda.
Llamaron a la puerta. Perfecto, ahí estaba Sarah. Corrió hacia la entrada y casi sin mirar, cogió del aparador las llaves del apartamento de Ranma. Abrió la puerta, salió fuera y cerró con un portazo. Ni siquiera saludo a su amiga antes de instigarla:
―¡Corre! ―dijo cogiéndola de la mano y tirando de ella ―Seguro que Ranma
está a punto de llegar. ―Eso. Ni un 'hola', ni 'qué tal, cómo te va'... ―su voz simulaba ofensa anes de cmabiar a un tono juguetón ―¿No decías que hoy volvía tarde del trabajo?
―Te he visto ésta mañana. No creo que la situación haya cambiado demasiado ―murmuró Akane remarcando la evidencia, introduciendo la llave en la cerradura ―. Y con Ranma nunca se sabe. Para él tarde un día pueden ser las once de la noche y otro las seis de la tarde. Adivina a qué tarde se refiere hoy.
―Bueno, cuando una está embarazada nunca se sabe... Y tarde es tarde para todo el mundo. Lo que pasa es que tu actor porno está un poco desajustado con tanto ajetreo que tiene por las noches―dejó caer, con los brazos cruzados y con la vista perdida en el techo. De repente frunció el ceño ― ¿Tenéis goteras?
Akane se rió y empujó la puerta. Sarah era todo un caso y sabía muy bien como calmarla cuando estaba histérica. Una buena dosis de risa era lo que necesitaba en esos momentos, porque estaba a punto de explotar. Quería sorprenderle. Necesitaba sorprenderle y de nada serviría si era él quién las sorprendía a ellas in fraganti. Las dos corrieron hasta el dormitorio agarradas de las manos. De fondo escuchaban a Kira ladrar en el balcón y moverse nerviosa golpeando el cristal. Sarah no tardó en observar fijamente la habitación. Era todo un lujo para un apartamento. Limpia, impoluta más bien. Todo perfectamente ordenado. Todo colocado con aromnía y los muebles elegidos con un gusto que muy pocos tenían. Aunque también estaba el factor de que pocos se podrían permitir ese tipo de muebles...
―Tu hombre es toda una joya... ―murmuró Sarah sorprendida, sin dejar de deslizar sus ojos por todo el habitáculo.
―¡Sarah! ―espetó Akane urgiéndola a la vez que miraba hacia la puerta del dormitorio como si esperara encontrarlo ahí de un momento a otro ―. Los libros están ahí, encima de la cama ―señaló con el dedo estirado, como si fuera imposible reconocerlos ―Voy a echar la llave a la puerta, ahora vengo.
Antes de correr hacia la puerta Akane se apresuró a acercarse a Kira. La pastor alemán estaba completamente histérica; seguro que había detectado a la intrusa y no parecía hacerle ninguna gracia que estuviese allí. Deslizó la cortina y, a través del cristal, habló con dulzura a la perra.
―Ya, Kira, tranquila ―se acuclilló y puso su mano estirada contra el vidrio
―. No pasa nada ―la perra pegó su morro hacia donde Akane había colocado su
extremidad superior derecha, como si intentase lamerla ―. Todo está bien
¿vale? Eso es, calma cielo ―finalmente el animal se agazapó y se recostó en
el suelo ―Quién diría que esta mañana casi me comes ¿eh? ―murmuró divertida,
con una sonrisa. Después de aquello se dirigió a la puerta y, tal y como le había dicho a su amiga, echó la doble llave para ganar tiempo en caso de que Ranma decidiera aparecer. Satisfecha giró en redondo y fué hacia la habitación. Al llegar allí, vió a Sarah descalza, subida encima de la cama, con un gran libro entre las manos.
―Ten cuidado no vayas a caerte ―dijo con ligera preocupación en la voz. Sarah dejó los ojos en blanco un instante y contempló el techo como si suplicara al cielo y se armara de paciencia. Después volvió a hojear el libro.
―Estoy embarazada Akane, no es como si fuera a caer al suelo y explotar.
―Nunca se sabe ―masculló con un deje de duda ―. Y se llaman granadas ―aclaró asomándose al pasillo con el oído alerta.
―Es increíble. Este hombre le da a todo; gays, lesbianas, heterosexuales...
Ahora fué el turno de Akane para contemplar el techo y pedir paciencia o un psiquiatra... Rió. Menos mal que estaban hablando de arte.
―¿Encuentras algo o no? ―espetó con prisa.
―Ya te he dicho que le da a todo... ―en ese instante Akane la interrumpió con un fuerte 'shshsh' ―¿Qué pasa? ―preguntó curiosa.
―Suena el ascensor ―contestó con medio cuerpo fuera del dormitorio, observando fijamente el pasillo vacío con el oído aún más fino que antes.
―Bueno es normal ―colocó el libro en la estantería y fijó su vista en algún otro más ―. Tenéis ascensor y cuando la gente lo coge, suena. ¿Qué hay de raro?
―¿Qué hay de raro? ―gritó de repente irguiéndose como una bara y mirándola con los ojos abiertos como platos ―¡Que viene al sexto! ―exclamó aún más enérgica y con el rostro pálido ―¡Bájate, bájate!
Las dos se miraron fijamente durante un segundo antes de ponerse en acción. Sarah se apresuró a saltar de la cama con ayuda de Akane, quién la sujetó de la mano para evitar que perdiera el equilibrio. Se calzó los zapatos de tacón casi a la vez. Un segundo más tarde las dos corrían por el pasillo a toda velocidad, tratando de escapar del apartamento antesde que él llegase. Pero, en cuanto aparecieron en el recibidor, Ranma entraba en el apartamento. Sus miradas se encontraron. Akane simplemente deseó que la tierra la tragase. O al menos que su enfado se quedase atragantado en su esófago y dejara de pugnar por salir en un grito de histeria.
Con un pie dentro del piso y otro fuera, él las contempló con curiosidad. Parpadeó y arqueó una ceja extrañado. Las dos habían aparecido en frente suya acaloradas y jadeantes. Movió la cabeza de un lado a otro, como si quisiera borrar una visión de su mente, relajó los músculos de su rostro quedando inxpresivo y dió un paso atrás para comprobar que estaba entrando en su apartamento. En efecto, la letra era la suya, no se había equivocado. Volvió a su posición anterior y desvió su mirada de la una a la otra, con una ceja inquisitiva que dejaba claramente entrever un “¿Qué estáis haciendo aquí?”.
Akane se moridó el labio inferior. Sabía que Ranma podía estar pensando miles de cosas, pero seguramente ninguna buen, a juzgar por su mirada clava en esos instantes en ella. Taladrando sus defensas. Estaba a punto de explicarle todo cuando Sarah se adelantó.
―¡Hola Ranma! ―exclamó un poco más fuerte de lo normal ―¿Cuáles son tus artistas favoritos?
Por un instante él se descolocó más de lo que aún estaba. Apretó un poco más fuerte el pomo de la puerta de entrada y metió los dos pies en el apartamento, irguiéndose totalmente. Sus ojos azules se clavaron en Sarah cuano contestó.
―Kano Eitoku, Salvador Dalí, Antoni Gaudí, Miguel Ángel, Monet.
―¡Adiós Ranma! ―le interrumpió antes de que pudiera continuar. Se despegó de Akane y echó a correr fuera de allí.
Ranma se apretó contra la puerta de entrada cuando Sarah se deslizó por su lado como si fuera una mancha en el aire, empujándole ligeramente, y se introducía en el ascensor como si la persiguieran mil demonios. Cuando la puerta del montacargas se cerró con fuerza, la carcajada femenina estalló en el cubículo, haciéndola resonar hasta donde estaban.
Él rió con un
toque de extrañeza, más contagiado que por que le apeteciera. Entonces, sus
irises azules se clavaron en aquellos ojos terracota que tenían por dueña a
su preciosa Dama, que en aquellos instantes parecía esculpida en
porcelana. ―¿Y bien? ―dijo introduciéndose con lentitud en el apartamento, con sus pupilas clavadas en ella. Con movimientos fluidos y sencillos, casi felinos, como si al moverse de forma más natural pudiera alterarla.
Akane le contempló mientras su pareja se apoyaba contra la puerta, ahora
cerrada. ¿Qué le iba a decir? No podía descubrirse, aunque casi lo habían
hecho, especialmente con la pregunta de su amiga. Aún así, le observó unos
instantes y pudo distinguir en el fondo de su mirada un toque pícaro
mezclado con la desconfianza. Sabía que él tenía su propia teoría de qué
acababa de pasar allí, el asunto era qué era lo que el creía que había
sucedido. Le conocía y en esos instantes Ranma maquinaba un pensamiento con
cierta maldad. ―Nada ―contestó ella y justo después se atrevió a preguntarle con voz amortiguada―¿Qué.... qué habías pensando tú?
―En que os lo estabáis montando en mi dormitorio y os había pillado escapando de la escena del crimen ―murmuró con un deje divertido, esperando que ella se relajara. Podía sentir su tensión desde allí, a dos metros de ella. Lo que no lograba entender era qué la tenía al borde de la histeria.
Akane abrió mucho
los ojos y dejó que su boca formara una O mayúscula perfecta. Su rostro
pálido brilló en tonos sonrosados cuando la imágen se le formó en la mente.
Después sus labios se fruncieron, introduciéndole un reproche que estaba a
punto de brotar de su garganta. Pero Ranma la interrumpió, transformando su
voz. ―Akane ―la llamó, atrayendo su atención ―¿Qué estabáis haciendo aquí? ― preguntó a continuación mostrando su imapaciencia con en el tono hosco y profundo en el que habló.
―Nosotras... no... ―Ranma arqueó la ceja, nuevamente, y sus ojos brillaron impacientes y espectantes. Dios ¿Por qué era tan mala para mentir? ―¡Vale! ―estalló de golpe, llevando los brazos al cielo y después dejándoles caer contra sus caderas ―¿Quieres que te lo diga? Pues muy bien ―se puso en jarras ―. Le dije a Sarah que viniera porque necesitaba ayuda con esos libros que tienes encima de la cama para hacerte tu regalo de Navidad ―le señaló con el dedo, acusándole ―. No sabía qué narices podía comprarte, porque tienes todo lo que quieres, así que es bastante complicado elegirte un regalo ―masculló estrangulada, con los brazos cruzados ― Y ¡Hala! Ahora que consigo tener una idea...
―¡PARA! ―gritó él haciéndola callar de golpe, asustándola. Lamentaba haberlo hecho pero era la única manera de que se quedase en silencio ―Porque si sigues, al final terminarás diciéndome cuál es el regalo.
―Ya qué más da, si sabes lo que es ―frunció los labios y agachó la mirada, disgustada.
Ranma sonrió. Era inocente en muchas maneras. Quizá demasiado. O quizá el poco inocente era él, ya no estaba seguro del todo. Con la sonrisa dibujada en sus labios, caminó hasta ella con paso tranquilo. Acarició sus hombros y deslizó las yemas de sus dedos sobre sus clavículas y su fino cuello, provocándola escalofríos, para finalmente terminar enmarcando su rostro.
―No tengo la menor idea de qué es lo que pretendes regalarme Dama ―susurró con dulzura ―. Solo sé con qué esta relacionado y hay tantas posibilidades que me volvería loco antes de averiguar qué es ―Akane elevó los ojos un instante, pero rápidamente desvió su vista, como avergonzada. Ranma apretó un poco más fuerte sus manos sobre sus mandibulas y la obligó a mirarle ―. Akane no tengo la menor idea, creéme.
―Quería sorprenderte... ―murmuró como si fuera una niña. De alguna manera sentía como si hubiera fracasado.
―Ven aquí ―la rodeó con sus brazos y la atrapó entre ellos, aprisionándola contra su pecho ―. Y vas a sorprenderme Dama ―besó su cabello negro, liso, sedoso, con un suave perfume a frutas. Se quedaron unos instantes así, en silencio, abrazados. Akane se removió y se amoldó mejor a su cuerpo. Cuando finalizó la escuchó suspirar y se le removieron las entrañas de placer. Haciendo una mueca, se retiró suavemente del cuerpo femenino que ponía por las nubes su testosterona―Uhm ―masculló ―Me muero de hambre... ―cogió su pequeña mano entre la suya y la dirigió hacia la cocina.
―No creo que encuentres mucho para comer ―se apresuró a aclarar Akane cuando
traspasaban el quicio de la puerta. Fue en ese instante cuando Ranma la
soltó. Parecía como si quisiera asegurarse de que ella llegaba allí con él
―. Tenemos que hacer la compra.
―¿Tienes planes mañana por la mañana? ―preguntó con medio cuerpo dentro del frigorífico ―Podríamos ir ―con dos manzanas en la mano, apareció de nuevo todos sus ceinto ocehtna y sesis centímetros, frente a Akane. En un gesto descuidado, empujó la puerta del refrigerador con el pie para cerrarla y dejó las frutas en la encimera.
―Mañana no puedo, tengo que hacer algunas cosas ―contestó sentándose en la mesa de centro, balanceando las piernas en el aire ―Mi editor está como loco ―distraída, comenzó a acariciar las finísimas betas de la madera con sus dedos ―¿Te dije que ahora me quiere volver a cambiar de sección?
Ranma rebuscaba en los cajones un cuchillo apropiado para comerse las frutas cuando la escuchó decir aquello. Sorprendido se giró despacio y la observó fijamente un par de segundos antes de preguntar.
―¿Otra vez? ―por fin encontró el cuchillo. Cerró el cajón, se apoyó contra la encimera, pudiendo ver así a Akane frente a frente, y cortó un pedazo de rojiza manzana, llevándoselo a la boca con la hoja afilada atravesada y empujándolo con el pulgar.
―Sí, ahora quiere que tenga una especie de consultorio ―salió de la
ensoñación de las betas y dió una palmada al mismo en que se erguía en su
posición, estirándose ―. A este ritmo de cambiarme de una sección a otra de
la revista va a volverme loca... Además, quiere que haga una promoción o
algo así.
―¿Cómo? ―preguntó con los ojos ligeramente más abiertos de lo normal. ―Sí, darle un poco de publicidad al consultorio dentro de la propia revista ―resopló, hnbdiedo su mirada en aquellos ojos azules que se tornaban plateados cuando el fulgor de la hoja del cuchillo los iluminaba ―. Tengo que reunirme con él para que me explique todo, pero ni siquiera hemos fijado la fecha de la cita.
Durante unos segundos se sumieron en silencio, mirándose fijamente el uno al otro, como si esperaran en cualquier momento que la otra parte dijeraalgo. Ranma se llevó un nuevo pedazo de manzana a los labios.
―Parece que la idea no te hace mucha ilusión ―murmuró finalmente, rompiendo la intimidad y la intensidad de aquel silencio.
Akane hizo una mueca.
―No es que no me haga ilusión, es que eso significa más responsabilidad y... ―de un saltito bajó de la mesa y caminó balanceándose de un lado a otro, como si fuese incapaz de mantener el equilibrio, hasta llegar al lado de su pareja ―.Estamos hablando de problemas que tiene la gente y ... y ellos esperan que yo les ofrezca una solución y... ―bufó, haciendo que su flequillo se moviese ―... no se si estoy preparada para asumir esa responsabilidad ―finalizó sujetándose la cabeza con las manos.
―Ahora no pienses en ello, Dama. Además no puedes hacerte responsable
de lo que pasa en las vidas de otras personas ―dijo sabiendo que era
exactamente lo que Akane tendía a hacer. De algún modo le recordó a él.
Apuntándola con la punta del cuchillo, dijo ―. Estás perfectamente
capacitada para aceptar esa responsabilidad, Akane. Si eres capaz de
mantenerme equilibrado a mí, imagínate dar consejos a personasa las que ni
siquiera tienes cara a cara ―retirando el cuchillo, volvió a cortar otro
trozo y a llevárselo a la boca ―. Pero no te ahogues antes de empezar. ―Vaaale, lo intentaré ―susurró entre angustiada y relajada.
De nuevo el silencio. Íntimo y reconfertante silencio, en el que tan solo se escuchaba el murmurllo del motor del frigorífico y las masticaciones de Ranma. Ella le observó, como si se tratase de una visión. El movimiento parsimonioso y rítmico de su mandíbula, los músculos que recubrían sus pómulos estirándose y contrayéndose. Sus ojos lapislázuli mirando al frente, a la nada, distraído. Reverberó en su mente la voz masculino, ésa voz que siempre le parecía que tenía un trasfondo hipnótico y la emborrachaba de tranquilidad. Y el brillante y plateado cuchillo acercándose a sus labios, sin llegar a rozarlos. Ése arma que en sus manos podía ser letal. Por un instante le imaginó usándolo para defenderse y le aterró la idea de hasta qué punto él podría ser mortífero y dar muerte a otros hombres. Y aún más la horrorizó imaginarle bañado en sangre, en su propia sangre, herido, perdido, solo. Borró rápidamente aquellas imágenes de su cabeza. Dios Santo, estaban hablando de su trabajo y ella no podía dejar de pensar en el de su pareja. No podía quitarse de la cabeza el poder perderle. Como el dijo ésa misma mañana, Ranma era como la mejor de las drogas y ella era desesperadamente adicta.
―¿Has pensado en lo que te dije ésta mañana? ―tragó con pesadez ―Sobre lo
del muro ―aclaró cuando notó que ella no contestaba. ―Ranma... ―protestó con dulzura― No, aún no lo he pensado. Me parece una buena idea pero, tengo que organizarme. Dame un poco más de tiempo ―le vió asentir, con tranquilidad, sin enfado o disguso porque ella le pidiera espacio en ese aspecto.
―¿Fuiste a ver a Sam? ―dijo él de repente, con sus pupilas fijas en los azulejos.
―¡Sí! ―Akane se irguió, dando un saltito de alegría ―Deberías ver cómo está dejando la librería. Antes era... como una isla y ahora es todo un continente ―sonrió ―.Voy a echar de menos aquellas estanterías repletas de libros, las tomos apilados a los lados y los saltos y acrobacias que habia que hacer para llegar a ciertos rincones del local. Y a Sam se le ve tan asustado, tan perdido y tan indefenso... ―finalizó con ternura y con cierta cancioncela en su voz.
―Voy a empezar a ponerme celoso ―gruñó con una ceja arqueada y mirándola
intensamente ―Sam por aquí, Sam por allá... ―recibió un golpecito de
reproche en el bíceps y ambos sonrieron ante aquello. ―No seas tonto ―Akane se separó de él, caminando hacia el marco de la puerta ―Me ha invitado a la innauguración de la librería el día veintitrés. Dice que soy un buen reclamo ―elevó los hombros, girándose y apoyándose en el quicio ―Pero un buen reclamo no sé de qué.
―Uhm... ―masticando el último trozo de manzana, Ranma arrastró los ojos por el cuerpo de ella, deslizándo sus irises sobre las torneadas piernas femeninas, las redondeadas caderas, la cintura estrecha, los pechos firmes y redondeados, sus brazos ligeros y niveos, sus hombros aterciopelados y sensualmente marcados, el cuello fino y finalmente su hermoso rostro que reflejaba una inocencia infantil mezclado con la picardía y sensualidad de la adultez―Pues si no lo sabes tú... ―dejó el cuchillo sobre la encimera. Después de observarla de aquella manera y de desearla con tantas ganas, estuvo a punto de clavar la hoja afilada en la tabla y saltar sobre ella como si se tratara de un animal de presa. Consiguió refrenar sus primitivos deseos al verla sonreír y ruborizarse tenuemente ―¿Quieres que te acompañe a la innauguración?
El rostro de Akane se congeló por la sorpresa. Quería invitarle, por supuesto, deseaba que los dos hombres más importantes en ese momento de su vida se conocieran. Pero no sabía cómo pedírselo. Sobre todo por que era más que probable que ella, como invitada para atraer la atención del publico, despertaría muhca espectación y la gente son solo se fijaría en ella, sino que también lo harían en su acompañante. Ranma le había explicado que debía pasar lo más desapercibido posible en los lugares públicos, aunque Akane le había rebatido que eso era complicado dado su espectacular físico, y aquel día en la librería no es que fuese a ser ignorado precisamente. Pero a pesar de eso, su rostro se iluminó de felicidad, porque no había cosa que más desease en esos momentos que Ranma la acompañara y que él se hubiese ofrecido a hacerlo decía mucho de él. Simplemente se sentía demasiado afortunada...
―¿Estás seguro? ―preguntó ella de todas formas ―Habrá mucha gente y...
―Tranquila ―interrumpió ―,no tienes que preocuparte por eso ―se apoyó de lado contra la encimera y se cruzó de brazos, esperando su respuesta.
―¡Por supuesto que quiero que me acompañes! ―chilló lanzándose a sus brazos y fundiéndose en el abrazo que recibió ―¡Gracias, gracias! ―le susurró al oído.
―De nada ―su voz estaba cargada de diversión pero al mismo tiempo de complicidad. Sus manos estrecharon la cintura femínea y acarició su espalda con ternura. Hundió el rostro en su cuello y aspiró el aroma que desprendía ―Mmmm... Hueles a hierbabuena. Dan ganas de morderte.
―¿Ah si? ―Y ahí estaba de nuevo. El apetito sexual masculino devorándola con las palabras, acorralándo a su propio deseo. Incitándola y haciéndola anhelanrle hasta que sus entrañas se derritiesen. Sintió como aquellos cálidos y húmedos labios comenzaban a recorrerla el cuello, mezclando el calor con la frescura y provocándola escalofríos de placer ―¿ Y no vas a hacerlo? ―susurró con la voz entrecortada.
Ranma se separó un poco y colocó su frente contra la de ella. La temperatura de su cuerpo se había elevado. Y sus ojos plateados, con un brillo y una mirada en la que Akane podría ahogarse, hundirse y perderse para siempre, emanaban deseo y necesidad de ella.
―No... ―masticó moviendo casi inapreciablemente su cabeza ―Voy a devorarte de dentro a afuera donna...
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