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- CAPÍTULO 11 - Sexta Parte
Akane le observaba de reojo mientras mantenía sus manos al volante. Ranma estaba silencioso, ausente y evitaba cualquier contacto con ella, tanto en el plano físico como en la palabra. Varias veces había intentado acariciarle la mano, con intención de que sintiera que estaba a su lado, pero él la había retirado incluso antes de que ella hubiera tenido oportunidad de rozarle. Hubo un momento en que sus miradas se cruzaron y Akane sintió tanto dolor por lo que vió en aquellos ojos grises que se limitó a dejarle en calma y no atosigarle. Se sentía perdida y angustiada, por no saber qué le había afectado tanto como para rehuírla. Qué le estaba haciendo tanto daño como para alejarla, para desconfiar de repente de ella, como si fuera una completa extraña o su enemiga. Y eso estaba enfureciéndola. Era ella la insegura en la pareja, ella la que sentía miedo por que él le hiciera daño. Fué ella quién en un principio temía involucrarse con él. ¿Qué demonios había ocurrido para que los papeles se invirtieran tan peligrosamente? ¿Qué había pasado para que él reaccionara tan violentamente? Su paciencia se agotaba a medida que se acercaban al apartamento, porque el desconocimiento carcomía su necesidad de saber. POR QUÉ. Necesitaba que él hablase y decidió darle una pequeña tregua; el tiempo que tardaran en llegar al apartamento. Pero una vez allí, él tendría que explicarse por el bien de la relación. Estaba harta de sus secretos. Harta de que él fuera tan reacio a hablarle del pasado, un pasado que le hacía tanto daño en el presente, y de que tampoco mencionara su trabajo. Estaba segura de que la conversación con Mike había trastocado algún palo del pasado de Ranma y era eso lo que le había desiquilibrado hasta el punto de agredir al prometido o ex-prometido de Diana. Mientras aparcaba, sintió como su corazón se desbocaba. Cada vez estaba más cerca el momento de su enfrentamiento y sin saber muy bien cómo, sentía que podía perderle si no hacía las preguntas correctas y si no presionaba en el punto adecuado. Ni siquiera había apagado el motor del BMW cuando Ranma abrió la puerta y salió del coche dando un portazo. Akane se sobresaltó al escuchar el ruido, suspiró armándose de valor y decisión, y salió tras de él.
Cuando dió el golpe a la puerta tuvo el primer mareo que no pudo controlar. Se dejó caer contra ella, murmurando maldiciones y cerrando fuertemente lo ojos, intentando que todo dejara de darle vueltas. Un revoltijo de sensaciones y emociones se mezclaban dentro de él, desde la furia, la ira y los celos hasta un dolor y un terror casi insoportables. Era como si estuviera perdido, asustado en medio del desierto, sin poder encontrar el camino de regreso. Y los demonios del pasado, ésos recuerdos tan amargos, solo hacían que mezclarse con el presente, devorándole, destrozando todos sus esquemas. Maldita sea, estaba enfurecido consigo mismo por haberse descontrolado, por haber dejado que sus inseguridades se hubieran apoderado de su capacidad para mantenerse a raya. Pero tenía que alejar a aquel desgraciado. Akane se había acercado por su izquierda con gesto sombrío, enrollando la nívea mano alrededor de su brazo y tirando de él. Odiaba que le creyera débil... si ella supiera... Con amargura retiró el brazo, observándola fíjamente. ―Puedo caminar solo ―masculló distante con cargado acento italiano, dirigiéndose con paso decidido y firme hacia el portal.
La sentía detrás de él, caminando a cierta distancia, seguramente desconcertada por su actitud. Lo estaba pagando con ella, joder, otra de las cosas por las que estaba machacándose. Ella no tenía la culpa de nada, absolutamente de nada, y no era como Mei. Pero Mike tampoco era su hermano, ni alguien con quien tuviera la mínima confianza necesaria para sentirse traicionado, y aún así, en cuanto el muy cerdo le dijo cómo se sentía respecto a ella, cuando le escuchó decir aquello, todos sus recuerdos se dispararon, pasando por su mente como una película, pero no eran ni Mei ni su hermano los que estaban en la cama, eran él y Akane, SU Akane. No iba a permitirlo, jamás. Se apoyó contra la pared de mármol, apretando las mandíbulas, esperando a que ella abriera el portal. Subió por las escaleritas hasta el ascensor, luchando contra su indisciplinado equilibrio que pretendía derrumbarle al suelo. Akane se mantuvo a su lado todo el tiempo, vigilándole, pero sin entrometerse en su particular guerra. Le abrió la puerta del montacargas y le dejó pasar primero.
―No deberías haber bebido tanto... ―susurró a su lado, con suavísima voz.
Ranma le lanzó una mirada austera y se abstuvo de contestar. Y ella se enfureció más por su hostilidad. Quería estrangularle. Pero no, no podía hacer eso, porque era el alcohol el que estaba nublándole el juicio. El alcohol y la conversación con Mike. Se sintió terriblemente mal por haberle metido en todo ese lío. El único inocente de todo aquello parecía estar sufriendo más que ninguno de los involucrados. ¡Mierda, qué injusto! Introdujo la llave en la cerradura y, cuando abrió, le volvió a ceder el paso. Kira se lanzó hacia él moviendo el rabo, jadeando felizmente y Ranma la alejó, murmurándole algo que ella no llegó a entender. Le observó caminar directamente hacia la cocina, aunque eso sí, con pasos indecisos. Akane se guardó las llaves en el bolsillo mientras cerraba la puerta y después le siguió lentamente. Cuando llegó al umbral Ranma estaba al otro lado de la cocina apoyado contra la encimera y frotándose los ojos, en una actitud impotente y cansada. ―¿Vas a contarme lo que te ha pasado? ―preguntó en voz baja y calma, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza, sustribándola sobre el marco. ―No me ha pasado nada ―contestó con voz agria. ¿Es que nunca podría deshacerse de ésos recuerdos? ¿Nunca estaría tranquilo? ―Si no te ha pasado nada ¿Puedes explicarme por qué le has pegado? Su voz tranquila y pausada le estaba exasperando. Esperaba que le gritara y le recriminara por atacar a aquel desgraciado pero una vez más le sorprendió, guardando la calma y hablándole como una tres cuartos de psicóloga que intentaba sonsacarle información. Ranma maldijo en italiano y llevó su cabeza hacia atrás, observando el blancuzco techo con desinterés. Después sonrió. Se estaba ahogando, por toda la carga que llevaba encima. Pero maldita sea, ella no debía saber, pero al mismo tiempo él necesitaba que supiera. Suspiró y sonrió amargamente. Su psique estaba destrozada y descontrolada y cada vez le resultaba más complicado contenerse. Por eso, en cuanto Akane le urgaba donde sabía que debía acosarle, él terminaba diciendo todo lo que necesitaba decir y lo que se suponía no debía decir. Por su seguridad y la de los suyos. ―No lo sé ―dijo finalmente, sin mirarla. ―Sí que lo sabes ―murmuró Akane despegándose del marco de la puerta y dando un paso hacia él. “Agóbiale, satúrale, fatígale” se decía a sí misma y decidió que eso haría. Echando los hombros para atrás, tomó aire profundamente y le gritó ― ¡¿Qué te dijo Mike?! ¿¡Qué te dijo para provocarte así?! ―caminó hasta quedarse a su lado ―¡Casi le ahogas, maldita sea! ¡No me vengas con que no lo sabes! ―Ranma se negaba a mirarla y pese que conocía los riesgos sobre el contacto físico en un momento asói, le cogió por la mandíbula y le obligó a que posara sus ojos sobre ella ―¿Por qué le pegaste? ―susurró, antes de gritárselo a la cara ―¿¡Por qué le pegaste Ranma?! ―¡Porque tenía que alejarle! ―masticó, con la mirada turbia. Estaba harto de todo. Estaba harto de la presión, harto de los demonios que no le dejaban mantener una maldita relación normal, que siempre acababan destrozadas por su culpa. Harto de tener que explicarse contínuamente por todo, de mentir para proteger y de tener que proteger. Akane deslizó la mano por su cuello, mirándole de hito en hito y le susurró un 'Por qué' con el ceño fruncido. Él la ignoró, contemplando su rostro. Y le gritó otra vez. Y también estaba harto de eso ―¿Sabes por qué? ―la cogió de los hombros, intimidándola ―¡¡Porque no quiero estar jugándome la vida o medio muerto en vete a saber qué mierda de rincón del mundo mientras tú te estás tirando a ese cabrón a mis espaldas!! Los ojos y la boca de Akane se abrieron sorprendidos. Sintió que los latidos de su corazón se disparaban. Otra vez. Otra vez volvía a atormentarse por lo mismo. Otra vez su hermano y Mei desestructurándolo todo. Y lo que más le dolía es que, ésas palabra no eran para ella, eran para Mei. Y le impactó “jugándome la vida o medio muerto”, provocándola escalofríos y un gran temor ante lo que desconocía de él. A todo lo que no era capaz de llegar, a todo lo que Ranma debía enfrentarse sólo. Todo eso que debía padecer en su 'trabajo', que guardaba dentro y que no podía desechar. Todo el mundo tiene un límite y Akane temía que él estuviera llegando al suyo. Sus manos intentaron acariciarle, consolarle, pero él se retiró de inmediato.
Ranma tardó un segundo en darse cuenta de lo que había dicho y de a quién se lo había dicho. Cerró los ojos y la soltó. De nuevo las imágenes de ellos, en la cama, se esbozaban en su mente. Maldita sea, maldita sea. De repente la cocina se le quedaba pequeña, claustrofóbica. ¿Por qué le había dicho eso a ella? ¿Por qué? Tenía una explicación coherente de por qué le pegó a ése cerdo, pero no tenía excusa ninguna por la que acusarla, porque ni siquiera había sido contra él. Porque había dicho un claro “mientras tú te estás tirando”. Sintió como las manos de ella intentaron tocarle de nuevo. No lo soportaría. Se retiró e intentó largarse de allí. Necesitaba aire, huir. Estar solo y pensar, aclararse, o al menos intentarlo. Akane le vió moverse fuera de la cocina. Asustada corrió tras de él, llamándole. ―Espera Ranma ―iba directo a la puerta de salida ―Ranma, espera, espera... ―intentó sujetarle por el brazo pero se zafó. Preocupada y enfadada por todo lo que aún le dañaba aquella parte de su pasado y por que, sea como fuera, ella ayudó de algún modo a que algo le hiciera revivirlo de ésa forma tan intensa y desesperada. Se colocó delante de él y le empujó sobre el pecho, intentado retenerle ―Sé que no era para mi ―dijo con voz quebrada, volviéndole a refrenarle. Ranma se detuvo, incapaz de mirarla ―Sé que eso era para Mei, sé que era para Mei. Está bien, no pasa nada, lo entiendo ―se agachó, buscando sus ojos azules y suplicó acercándosele ―Mírame, háblame ―volvió a acariciarle ―Ranma, háblame, por favor...
¿Hablar? ¿Qué podía decirle? ¿Lo siento? No era suficiente. ¿Confesarse con ella? Akane no tenía por qué compartir sus problemas. Pero tampoco tenía por qué aguantar sus inseguridades y sus dolencias y él no dejaba de hacerla partícipe. Pero por nada del mundo se arrepentía de haber golpeado a aquel desgraciado y de haberle dejado muy claro que Akane era suya. Intocable. Sabía que debería irse y desfogarse, pero de repente se sentía pesado e incapaz de moverse. Todo se estaba complicando y ella no tenía ni idea de hasta qué punto. No solos los recuerdos de la traición le perseguían. No. Ranma estaba aterrado y confuso por primera vez desde que llegó a Japón. Planteándose por primera vez en su vida hacia que lado dejar caer la balanza. Qué debía arriesgar; su vida con ella o su trabajo. Por que si las noticias que habían llegado hasta él se cumplían... ¡Maldita sea! Apretó las mandíbulas frustrado y enfadado. Elevó la mirada y recorrió aquel cuerpo de mujer contorneado entre las sombras. Su Akane preocupada por él, armándose de paciencia, intentando que se desahogara. Pero no debía... no debía... La apresó entre sus brazos, provocándole un gemido sorpresivo, tan desesperado como si fuese la última vez que pudiera tocarla, verla, sentirla y tenerla. Enterró el rostro en su cuello, absorviendo ése aroma a dulce que siempre se desprendía de ella. Era una sensación tan angustiosa, tan conflictiva... era una manera cobarde de huír del problema, pero también era la única manera juiciosa de mantenerla alejada del peligro. Suspiró. Mentira. Era mentira y lo sabía perfectamente. Ranma la apretó más contra sí, intentando controlar su garganta estrangulada. Maldito fuera. Estar con él era en sí mismo el peligro. Que ella compartiese su vida con él, que se preocupara por él, que permaneciese a su lado, era arriesgar su vida sin saberlo. ¿Por qué entonces no podía contarle lo que hacía? ¡Maldición! ¿Por qué tenían que ser así las malditas normas? ¿De qué le sirvieron? ¡Absurdo, ilógico! Él era su sentencia de muerte. Si querían hacerle daño, si querían obtener información de él, solo debían averigüar quién era ella y le tendrían de rodillas en el suelo. Estaba harto de atragantarse con sus problemas, con su trabajo. De asfixiarse cada vez que tenía que mentir en lo que hacía, de ocultar lo que le habían hecho, a las personas que estaban a su lado... Nunca olvidaría Turquía. Nunca olvidaría aquellos meses, ni su regreso de aquel viaje, ni las preguntas que tuvo que evitar, ni lo que padeció, ni lo que tuvo que callar. Y jamás olvidaría la traición de su hermano.
―Lo siento ―susurró sobre el corto cabello. Sintió como cogió aire para interrumpirle y Ranma cerro su abrazo, acercándola ―Cállate y escucha―ordenó con impaciencia ―. En el fondo estoy asustado, Dama ―la confesión la hizo tensarse ―. Tengo miedo de fallarte, de que te hagan daño por mi culpa y de perderte... Me aterra pensar que me marcharé y que cuando vuelva tú no estarás ―suspiró angustiado y relajó su agarre. Con cuidado deslizó la mano por la espalda femenina, despacio ―Nunca hablé con Mei de lo que pasó ni tampoco con mi hermano, simplemente huí del problema y dejé muchos cabos sueltos en Italia. Mi situación tampoco era muy buena cuando me sucedió aquello así que me afectó más de lo que quizá me habría afectado en otro estado. Me persigue vaya donde vaya y esté con quién esté ―Un beso suave sobre el sedoso oscuro y cabello capeado. Apoyó la mejilla contra la cabeza de ella ―. No siento haberle pegado a Mike, pero si siento y mucho cómo me he comportado ésta noche contigo y de haberte dicho... ―Lo dejó en el aire, atragantado.
―Ésta bien... ―mumuró ella, con una voz tan fina que parecía que iba a romperse en cualquier instante ―no tienes que disculparte conmigo.
Y fué cuando terminó esa frase que se decidió a corresponder a su abrazo y se dejó caer contra él. La penumbra les envolvía. Los sonidos de la calle se escuchaban ténues y lejanos. Akane podía ver los ojos brillantes de Kira, quién les observaba fijamente desde el otro lado del pasillo muy quieta. El aroma del almizcle a tabaco, alcohol y perfume de varón le llegó a través de las ropas de ambos. Le envolvió un poco más fuerte cuando le sintió temblar, aunque rápidamente se percató de que aquel movimiento era en realidad un risa amarga que intentaba ser sofocada. Quiso separarse, para observar su rostro, pero se sintió apresada de nuevo entre sus brazos.
―El alcohol siempre me pone agresivo, luego melancólico... ―susurró sobre el cabello capeado ―...y al final acabo llorando en alguna esquina ―Sentir el delicioso cuerpo de mujer cerca de él le reconfortaba, le apaciguaba a pesar de todo. Quería aprenderse de memoria aquella sensación, retenerla, para cuando ella no estuviera cerca, por si nunca volviera a tenerla. Y quería relajarla, porque la percibía tensa. Intentar calmar la tensión, a pesar de la noticia que estaba a punto de darle.
Akane sonrió, percibiendo el cambio de humor en él y quiso que dejara de atormentarse.
―¿Pero tú lloras? ―dijo exagerando el tono de la irónica pregunta ―Imposible ―Y tras unos segundos recordó algo que le había extrañado desde el principio ―. Oye ¿Por qué ni siquiera te tambaleas un poco? ―Entonces Ranma rió y ella sintió las graves vibraciones de su risa contra su cuello, provocándola un escalofrío placentero. Y aún más le recorrió aquella tíbia sensación cuando la besó a un lado de la cabeza con ternura.
Pero no contestó y el silencio volvió a instaurarse entre ellos. Los brillos de los ojos de Kira descendieron lentamente, para terminar apagándose como la llama de una vela, como si supiera lo que venía a continuación. Ranma inhaló con pesadez y con temor. Ahora venía la peor parte, para ella y para él.
―Van a mandarme fuera, Akane ―de nuevo aquel cuerpecito se irguió con precipitación entre sus brazos ―. Y ésta vez no se si...
―No, no ―le interrumpió, aterrada por lo que intuía que seguía en esa oración. ―No lo digas ―Sus ojos del color de las arenas se abrieron mucho, perfilando en la oscuridad las formas de la camisa masculina. Inspiró de nuevo aquella mezcla de aromas. Sus pensamientos se revolvieron de repente y, después de examinar miles de maneras de expresarse a una velocidad pasmosa, solo le quedó un resultado. Consiguió separase de él y hundir su mirada en aquellos ojos plateados. Y la voz brotó con rapidez de su garganta, vertiendo su súplica ―. Tienes que hablarme de lo que haces. Necesito que lo hagas, Ranma. Necesito comprender algunas cosas...
Él la observó durante unos segundos, fijamente, con los cristalinos brillantes y los irises claros. Se retiró despacio, agachando la mirada y cabeceó despacio, accediendo a su petición y cediendo ante su propia necesidad por hablar.
―Está bien ―murmuró con suavidad ―Vete a la cama, ahora iré yo y... hablaremos―cerró los ojos, como si doliera y se acarició las sienes, intentando relajar la tensión ―. Dama, necesito un poco de tiempo para...
―Vale ―su interrupción, tenue, fué acompañada de una caricia sobre el brazo masculino, reconfortante y tranquilizadora ―Tranquilo, te espero allí.
Observó la peqeña silueta femenina caminar hasta el final del oscuro pasillo, torcer y hundirse en la penumbra del dormitorio que ambos compartían. Y él se quedó allí, quieto, como abstraído, contemplando las sombras intentando pensar en qué decir y cómo decirlo. Finalmente, tras unos minutos escuchando el silencio, Ranma se movió con pasos muy lentos y pesados hacia el cuarto de baño. Nunca se acostumbraría a deshacerse del alcohol que ingería.
Akane echó el edredón y las sábanas hacia atrás y se sentó en la cama, apoyándose contra el cabecero y apretujando una almohada entre sus brazos mientras dejaba que su cabeza reposara sobre lo mullido. Su mirada se filtró entre la penumbra del pasillo, o lo que lograba ver desde allí. No tardó mucho en aparecer la silueta obscura de Ranma, encaminandose hacia el cuarto de baño. Akane contuvo el aliento, como si de repente le diera miedo respirar por si desequilibraba más la situación. Cuando la sombra desapareció suspiró, dejando que al aire abandonara sus pulmones con delicadeza. Por una parte no podía evitar sentirse culpable; le había inmiscuido en los asuntos personales de alguien a quién apenas conocía y él había aceptado ayudar sin poner ninguna pega. Pero en algún momento de todo eso hubo ese 'algo' que siempre consigue que la situación se descontrole y, lo que más le preocupaba, era cómo podría afectar a su relación con él. Allí estaba ella, asustada por la información que podría recibir y que ansiaba recibir e intentando protegerse con una simple almohada. “Van a mandarme fuera, Akane. Y ésta vez no se si...” ésas palabras se reverberaban en su mente y le provocaban unos escalofríos terribles. ¿Asustada? No, eso no era suficiente. Aterrada, horrorizada...por unas explicaciones que ella misma había exigido y que necesitaba. La puerta del cuarto de baño se cerró de un golpe. Se oyó el cerrojo y entonces aquel característico y desagradable sonido de una garganta desgarrándose y ahogándose. Dió un brinco en el colchón y corrió hasta llegar a la puerta.
―¡Ranma! ―gritó golpeando con fuerza la madera ―¿Estás bien? ―Aquel sonido volvió a llenar el silencio unos segundos más. Después, toses, carraspeos incómodos. Silencio otra vez. Y, finalmente, el sonido del agua corriendo ―¿Ranma?
―Sí... ―se escuchó la voz afónica del otro lado ―...estoy bien.
―¿No necesitas nada? ―su pregunta fue acompañada de una caricia sobre la puerta, como si así pudiera consolarle.
Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando la escuchó decir aquello. Si ella supiera cuantas veces había estado en una situación parecida y no precisamente por ingerir alcohol... Se observó en el espejo y de repente vió su rostro demacrado, ojeroso, golpeado, atormentado, como lo estuvo después de Turquía... Cerró los ojos fuertemente, borrando aquellos recuerdos, y abrió el grifo de la ducha.
―Estoy bien. Vete a la cama.
Tras una ducha de agua caliente y finalmente fría, se envolvió en el albornoz y caminó hasta la cocina. Lácteos, necesitaba lácteos. De repente el que Akane fuera alérgica a la lactosa le tranquilizó, porque tenía la certeza de que nunca probaría la leche y los yogures que tanto le costaba encontrar. Abrió la nevera y sacó la botella de leche. Era curioso. No se había acostumbrado jamás a la primera parte del proceso de deshacerse del alcohol que había ingerido y que no había digerido, pero a la segunda parte se había aficionado rápidamente. La primera vez que se atrevió a probar un yogur después de haber pasado la primera fase, había ido corriendo de nuevo al cuarto de baño. Con el paso del tiempo, sin embargo, su estómago comenzó a agradecer la ingesta de productos lacteos después de haber expulsado el alcohol que aún permanecía en el estómago. Calmaban la acidez y el malestar estomacal con bastante eficiencia y rapidez. Y eso era precisamente lo que él necesitaba, rapidez. Cuanto antes hablase con Akane, antes se quitaría ese lastre de encima. Y antes comenzaría a cargar con nuevos. ¡Maldita sea! Responsabilidades, responsabilidades y más responsabilidades. Abría unas puertas, se cerraban mil. Cerraba una y se abrían otras mil. Hiciera lo que hiciera siempre se sentía atrapado de alguna manera. Pero lo que le asustaba ahora es que también se sentía perdido y eso era lo más peligroso que podría sucederle, perderse.
Se apoyó en la
encimera, pensativo, mientras bebía directamente de la embocadura de
cristal. ¿Cómo empezar? ¿Por dónde? ¿Por el mismísimo principio, con tan
solo diecisiete años? ¿Por el final? ¿Por el presente? ¿O por el futuro? No,
no podía empezar por “el futuro”, porque ni siquiera estaba seguro de que
tuviera uno...¿El principio de todo? Quizá esa sería una buena manera. Dejó
la botella a un lado, sobre la encimera. No, el principio tampoco era un
buen comienzo. La mejor posibilidad era explicarle qué hacía ahora...
De nuevo caminó despacio, con pasos aletargados. La cabeza le dolía ligeramente, pero no estaba seguro de si era por el alcohol o por la presión a la que estaba sometido. Cuando apareció en el marco de la puerta, su mirada se posó sobre la silueta a contraluz que se abrazaba a sí misma sobre el colchón. La luz de la calle penetraba por la cristalera de la terraza, dibujando su pequeño contorno con una aureola plateada. Místico.
―Pareces un fantasma... ―murmuró ella con un toque infantil ―¿Estás mejor?
Cabeceó afirmativamente y se acercó a la cama, con la cabeza gacha. Carraspeó cuando llegó al borde del colchón, sentándose a continuación de espaldas a ella.
―Soy de la interpol ―confesó de repente ―¿Recuerdas que te dije que trabajaba para el servicio de inteligencia? ―Akane asintió con un gorgoteo ―Pues trabajo para el servicio secreto de inteligencia de la interpol ―Con pesadez, se giró recostándose en la cama. Ella se movió arrodillándose al lado de su costado. Sentía su mirada fijamente sobre él, curiosa y paciente ―. Y por eso me mandan de una punta a otra del mundo, desaparezco mucho tiempo, me mantengo incomunicado... ―Y suspiró agriamente ―Y a veces, muere gente.
―Muere... ¿gente?
―Akane ladeó la cabeza y frunció los labios ―Te refieres a que... ―tragó con
pesadez y observó su perfil con más detenimiento ―¿Has matado a... gente? ―Y
él afirmó sin mirarla y después sus ojos plateados la observaron llenos de
miedo. ―Eso cambia tu percepción sobre mí ¿verdad? ―su voz, ronca, gastada. ¿Se alejaría de él o le entendería? Ella le miraba con desconcierto, aturdida. Sus pupilas dilatadas fijas en él ―Siempre lo hice en defensa propia ―Se apresuró a especificar.
Akane se dejó resbalar entre las sábanas, acomodándose a su lado con suavidad. Apoyó el codo sobre la almohada y reposó la cabeza sobre su mano. La luz que se filtraba a través del cristal se vertió sobre el cuerpo semidesnudo de su amante, delineando con difumino los músculos visibles a través del entre abierto albornoz. Se imaginaba que su trabajo estaba involucrado en asuntos turbios, como la muerte de personas, inocentes o culpables ella ahí ya no entraba, pero una cosa era que se lo imaginara y otra distinta era oirlo de sus labios. Pero Akane no quería saber solamente eso, quería comprender qué era lo que tanto le trastornaba. El interruptor que se pulsaba en momentos determinados y que le hacían desmoronarse, descontrolarse. Ella no quería ser una carga para él, quería ser su bálsamo, su alivio...
―¿Eso es lo que más te afecta de tu trabajo? ―preguntó declamando pausadamente. Y le vió observarla desconcertado ―¿Qué más haces? ¿Qué haces cuando estás fuera tanto tiempo? ¿En qué consiste ser... ―se colocó más cerca, para reafirmar que no le rechazaba y siguió preguntando con entusiasmo― ...un agente del servicio de inteligencia de la interpol? ¿Es como en las películas?
Ranma rió y con un rápido movimiento la colocó sobre su cuerpo, envolviéndola con sus brazos. Siempre le estaría agradecido por aquella manera tan normal de tomarse sus anormales confesiones, por ser paciente con él y por ir más allá de las palabras, leyendo sus gestos, su mirada, ver en su interior. Akane gimoteó fingiendo un quejido, para a continuación acomodarse, amoldarse en él, sobre las formas varoniles a las que era tan adicta. Cuando la risa dejó de retumbar en el pecho masculino, pudo oír su corazón, latiendo despacio, calmado, relajado. Y, tras unos segundos, ambos se acompasaron.
―No es como en las películas... ―susurró cerca de su oído, intimamemente ―. En el mundo real no siempre gana el bueno ―un beso en los cortos cabellos, suave ―. ¿En qué consiste? Uhm, nos dedicamos al crimen internacional. Terrorismo, drogas, mafias, ya sabes ―esperó a que ella hiciera un gesto, un sonido, que le invitara a continuar hablando. Se limitó a removerse encima de él ―Mi trabajo consiste en infiltrarme en los grupos que estemos investigando en ese momento para conseguir información.
―¡Eso es muy
peligroso! ―gritó repentinamente asustada, intuyendo todo lo que aquello
implicaba. Elevando la mitad de su cuerpo, observando sus irises exóticos.
Sintió un roce en la espalda, una caricia que parecía un susurro. ―Lo sé. Y es peligroso para mi y es peligroso para todo aquel que me importe... ―deslizó su mano por toda la espalda de ella, para acabar masajeando su cuello ―. Y si te pasase algo...
―Si me pasase algo no sería culpa tuya, Ranma ―se apresuró a aclarar, dejándose de nuevo reposar sobre él y hundiendo el rostro en el hueco de su garganta. Su afán de protección le llegó al alma pero también se percató de su tendencía a culparse por cosas de las que él no era responsable. Hacía suyas las responsabilidades de los demás, en un intento por ayudar, y finalmente el único que pagaba las consecuencias emocionales, era él. Akane se sintió orgullosa de que fuera así, tan bondadoso de alguna manera, tan desinteresado. Ahora comprendía mejor algunas cosas, pero también estaba muy preocupada por su psique. Y, con voz firme, dijo ―. Sería mi culpa. Solo mía. Yo he decidido estar contigo, aún sabiendo a lo que te dedicas ―le acarició los brazos, dibujando con la yema de los dedos el contorno de sus bíceps ―...aún conociendo los riesgos, he estado y voy a estar a tu lado. Y tú no tienes por qué cargar con esa responsabilidad también.
—Siempre me sentiría responsable, Dama —susurró ciertamente melancólico perdiendo la vista en el techo blancuzco. Tras unos segundos, advirtió —. Podría irme y no volver...
—¡Basta! —se quejó enfadada, interrumpiéndole abruptamente, golpeándole en el pecho —No quiero que me hables de lo que podría pasar o de lo que no podria pasar. Mi cabeza por sí misma es muy capaz de imaginarse cientos de cosas. Quiero que me hables de lo que has hecho, de lo que te ha pasado...—fue un murmullo, acompañado de una caricia al rostro del hombre, enmarcándolo con sus pequeñas manos llenas de ternura —. Quiero que me cuentes qué sucede en tu 'otra' vida que te trastorna tanto ésta. Ranma sonrió con un almizcle de sentimientos; alivio, felicidad, gratitud...Porque ella era exactamente lo que necesitaba para equilibrarse.
—Está bien —un suspiro en el que reunió fuerzas y, entonces, comenzó a relatar su historia. Sin mentiras, pero ocultando. Transparente y translúcido al mismo tiempo —. Cuando tenía diecisiete años...
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