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- CAPÍTULO 10 - Segunda Parte
- ¡Vamos jefe! ¡Yo no se nada! – murmuraba el hombre, intentando por todos los medios convencerle – Si supiera algo te lo diría, somos colegas… Ya lo he hecho otras veces ¿Por qué te iba a engañar ahora?
- Pues por que te interesa mantenerte callado, Nagase… - susurró firmando algunos informes sobre el mostrador – De momento vas a conversar un poco con algunos ‘colegas’ míos ¿Eh? – Le dio un golpe en el hombro – Y si no les dices nada, me pensaré el dejarte en libertad y que vuelvas a tu choza – sentenció serio, mirándole fijamente.
Un policía con uniforme sujetó al hombre por el brazo y comenzó a caminar con él, prácticamente arrastrándole.
- ¡No me hagas eso jefe! ¡Si supiera algo lo diría! – Gritaba mientras era introducido en una sala, resistiéndose - ¡No me gusta que me encerréis! ¡Si hubiera visto algo te lo diría!
- ¡¿Quién dijo nada de que hubieras VISTO algo?! – Gritó él en respuesta, firmando otros papeles que le ofrecía la mujer tras el pequeño mostrador
- Eres único… – afirmó riéndose tras el último comentario de él, a la vez que sellaba y colocaba los papeles que acaba de entregarle firmados.
- Gracias, Chiyo. Tú también eres única. Hasta luego – guiñándola un ojo caminó fuera de aquella enorme habitación, atestada de gente.
Bajaba las escaleras de dos en dos despreocupadamente, con las manos en los bolsillos. Cuando llegó a la planta baja, el grito de un compañero interrumpió su salida a la recepción de la entrada principal.
- ¡Inspector! – El hombre, agente de policía, se acercó a la carrera – ¿Tiene un momento?
- Sí, pero tengo un poco de prisa – le hizo una seña para que caminara con él hacia la entrada principal - ¿Qué ocurre?
- Verá, antes hemos detenido a una mujer…
- ¿Y cuál es el problema? – preguntó interrumpiéndole irritado.
- Resulta que la mujer entró y armó un escándalo terrible en medio de la comisaría… Tuvimos que reducirla y la hemos llevado a las celdas, pero es que…
- Eso no es asunto mío – respondió con indiferencia - Si no del comisario, agente… - ahora estaba más que irritado ¿Qué demonios le importaba a él lo que sucedía allí dentro? Ese no era su trabajo. Se paró en la entraba para observarle fijamente, queriendo dar por terminada la absurda conversación – Debe hablar con él, no conmigo.
- Bueno Inspector, creo que este asunto si que le incumbe – Parecía aterrado - Al menos si es verdad lo que la mujer dice…
- ¡Ranma!
- CAPÍTULO 10 -
Segunda Parte
- ¡Vamos jefe! ¡Yo no se nada! – murmuraba el hombre, intentando por todos los medios convencerle – Si supiera algo te lo diría, somos colegas… Ya lo he hecho otras veces ¿Por qué te iba a engañar ahora?
- Pues por que te interesa mantenerte callado, Nagase… - susurró firmando algunos informes sobre el mostrador – De momento vas a conversar un poco con algunos ‘colegas’ míos ¿Eh? – Le dio un golpe en el hombro – Y si no les dices nada, me pensaré el dejarte en libertad y que vuelvas a tu choza – sentenció serio, mirándole fijamente.
Un policía con uniforme sujetó al hombre por el brazo y comenzó a caminar con él, prácticamente arrastrándole.
- ¡No me hagas eso jefe! ¡Si supiera algo lo diría! – Gritaba mientras era introducido en una sala, resistiéndose - ¡No me gusta que me encerréis! ¡Si hubiera visto algo te lo diría!
- ¡¿Quién dijo nada de que hubieras VISTO algo?! – Gritó él en respuesta, firmando otros papeles que le ofrecía la mujer tras el pequeño mostrador
- Eres único… – afirmó riéndose tras el último comentario de él, a la vez que sellaba y colocaba los papeles que acaba de entregarle firmados.
- Gracias, Chiyo. Tú también eres única. Hasta luego – guiñándola un ojo caminó fuera de aquella enorme habitación, atestada de gente.
Bajaba las escaleras de dos en dos despreocupadamente, con las manos en los bolsillos. Cuando llegó a la planta baja, el grito de un compañero interrumpió su salida a la recepción de la entrada principal.
- ¡Inspector! – El hombre, agente de policía, se acercó a la carrera – ¿Tiene un momento?
- Sí, pero tengo un poco de prisa – le hizo una seña para que caminara con él hacia la entrada principal - ¿Qué ocurre?
- Verá, antes hemos detenido a una mujer…
- ¿Y cuál es el problema? – preguntó interrumpiéndole irritado.
- Resulta que la mujer entró y armó un escándalo terrible en medio de la comisaría… Tuvimos que reducirla y la hemos llevado a las celdas, pero es que…
- Eso no es asunto mío – respondió con indiferencia - Si no del comisario, agente… - ahora estaba más que irritado ¿Qué demonios le importaba a él lo que sucedía allí dentro? Ese no era su trabajo. Se paró en la entraba para observarle fijamente, queriendo dar por terminada la absurda conversación – Debe hablar con él, no conmigo.
- Bueno Inspector, creo que este asunto si que le incumbe – Parecía aterrado - Al menos si es verdad lo que la mujer dice…
- ¡Ranma!
Se congeló, literalmente. Abrió los ojos como platos, sintió un escalofrío recorrerle la espalda y observó al agente de policía que permanecía estático frente a él. Se giró despacio, como no queriendo creer que aquella voz fuera la que era, puesto que había sonado demasiado familiar para su gusto. Y la vio. Y quiso que la tierra le tragase. Se llevo la mano a la frente, cerrando los ojos con pesadumbre, y la otra a la cadera. Respiró hondo, una, dos, tres veces…
- ¡Gracias a Dios! – dijo ella al llegar frente a él
- Inspector, si me permite… - balbuceó el hombre
- Sí, sí… váyase agente… - ordenó sin siquiera mirarle. El hombre tardó dos segundos en desaparecer. Cuando empezó a escuchar la voz de Sarah – Para, para, no me lo digas. – Levantó la mano, indicando que dejase de hablar - Akane está detenida ¿Es eso? – Sarah asintió con la cabeza - ¡Mierda! ¡Joder! - La agarró del brazo y la arrastró por el pasillo de muy mal humor – Aguarda un momento, no me lo cuentes todavía – y se metieron en una habitación, insonorizada y vacía – Habla – ordenó cerrando la puerta con un golpe seco
- ¡Se puso como loca! – Explicaba casi trabándose, mientras gesticulaba con las manos - Intenté que se calmara pero no pude. ¡Tiene un genio del demonio! Cuando te vio llegar se quedó paralizada. No podía creérselo, ni yo tampoco por cierto, y cuando salió de esa especie de shock, estalló y echó a correr. La paró un guardia en la entrada y le dijo que no podía ir por donde tú y los otros os habíais metido. Pero ella insistió y gritó al policía que se acostaba contigo. – Recordándolo, y viendo el gesto que se dibujo en ese instante en la cara de Ranma, se echó a reír sin querer - Y antes de que me diera cuenta la tenían esposada y se la llevaban… ¡Por Dios! Ha sido totalmente surrealista… - Él estaba asimilando, caminando tranquilamente de un lado a otro. De repente, Sarah se enfadó y le espetó con todo el mal genio que hervía en su estómago - ¿Y tú desde cuando coño eres policía? ¿Por qué no se lo habías dicho?
- No se lo había dicho por que no podía decírselo – dijo pacientemente, buscando al mismo tiempo una forma de resolver el problema – No pertenezco al cuerpo tradicional, no puedo ir pregonando que soy policía. Esperaba el momento adecuado para explicárselo. ¡Joder! ¿No teníais otro día para salir a arreglar papeles? – Preguntó acusador, dando un golpe en la puerta - ¡Hace un frío de tres pares de cojones ahí fuera! ¿A quién se le ocurre hacer cola hoy?
- Pues a nosotras – contestó Sarah, levantando los hombros. Silencio - ¿Qué vamos a hacer? Está detenida… - susurró con angustia.
Él clavó su penetrante y exótica mirada azul-grisácea sobre ella. Y ella se quedó sin respiración. En un par de segundos, ambos estaban riéndose a carcajada limpia. A Sarah empezaron a saltársele las lágrimas.
- Esto solo le puede pasar a ella… … no puedo creerlo… - decía Ranma recuperando el aliento aún entre medias risas - ¡Vaya forma más estúpida de ganarse antecedentes!
Cuando Sarah escuchó la palabra antecedentes, se le esfumó la risa de sopetón. Eso no tenía ninguna gracia. Se le quedó mirando fijamente, esperando que se diese por enterado; la risotada había tocado fondo.
- ¿Vas a hacer algo o te vas a quedar aquí riéndote todo el día? – frunció el ceño. Y eso no le gustaba en absoluto. Intentaba evitaba que le salieran arrugas.
- Ya voy, tranquila – se apoyó en la puerta - ¿Pudiste escuchar los cargos por los que la detuvieron?
- Alteración del orden público y desobediencia a la autoridad.
- Vale, eso puede tener fácil arreglo… - abrió la puerta, meneando la cabeza - ¿Reconocerías al policía que la detuvo?
- ¡Pues claro! – Dijo saliendo de la habitación - ¡Soy mayor, pero no estoy ciega! – se cruzó de brazos
- ¿Tú, mayor? – Pasó un brazo por sus hombros y fue caminando con ella – Si no fuera por que estás casada, me fugaría contigo – agregó divertido, guiñándola un ojos – Ya tengo a la leona encerrada, así que por mi parte no habría problema…
- ¡Estás empezando a caerme de la misma forma que me caen mis ovarios cuando les da por tener la regla! – continuó con la broma, con un cierto deje de sarcasmo y dándole un codazo en las costillas. Akane tenía suerte, sin duda alguna.
Sarah estaba comenzando a tener un ligero ápice de arrepentimiento por no morderse las uñas. Hacía casi quince minutos que Ranma se había metido en el despacho del comisario para, según sus propias palabras, sacar a Akane sin cargo alguno. Ella no hacía otra cosa que caminar de un lado a otro del pasillo frente a la puerta. Tenía la sensación de que todo el cuerpo la picaba. No estaba demasiado segura de por qué se encontraba en ese estado de nervios. Él no pararía, ni permitiría que Akane se quedase allí y mucho menos que le abrieran un expediente delictivo. Pasaron unos eternos dos minutos más y finalmente, la puerta se abrió. Sarah se giró como un resorte, de brazos cruzados y de nuevo con ese ceño fruncido que se había empeñado, sin siquiera preguntarla, en permanecer así durante casi toda esa mañana.
- ¿Qué, qué, qué? – Sarah se plantó frente a él, casi dando saltitos, mientras éste cerraba la puerta - ¿Qué pasa?
- Ya está – dijo enrollando unos papeles que llevaba en la mano izquierda – Ahora solo nos queda encontrar al policía y que firme estos papeles – Ranma empezó a caminar y ella tras de él
- ¿Pero sin ningún cargo? ¿Cómo demonios lo has conseguido? – Preguntó anonadada – Y ¿Estás seguro de que el policía los firmará?
- Sin cargos. Por suerte el Comisario me debía un pequeño favor. Y no… – Salieron hacía el pasillo de entrada de la comisaría - No estoy seguro de que los firme pero… - Ranma sujetó la puerta para que Sarah saliera y guiñándola un ojo susurró - … es cuestión de convencerle.
Ranma caminó con el policía hacia el final y rincón de una sala. Ella tuvo que esperar de nuevo. En esta ocasión en una habitación paralela separada por unas enormes puertas de cristal. Para colmo aquel habitáculo tenía un color blanco enfermizo en las paredes. Parecía un hospital. El estómago empezaba a revolvérsele. Se prometió que, después de aquel día, estaría bastante tiempo sin poner un solo pie en una comisaría.
No tenía ni la más remota idea de qué era lo que estaban hablando, pero ahora existía la ventaja de que, podía observar todos los movimientos de los dos hombres. Suponía que, con el corporativismo y los favores que se propinaban bien sabidamente los cuerpos de seguridad del país, no habría mayores problemas para que, por un accidente tan sumamente estúpido, aquel agente de policía firmase los impresos. El paso más complicado había sido que el comisario hubiese hecho la vista gorda. Una vez que esa barrera era superada, Sarah sabía que lo demás era pan comido para Ranma.
Castañeteando los dedos, intentaba disimular lo máximo posible las miradas que lanzaba hacia los dos hombres. Precisamente por que la sala en donde estaba se encontraba llena de gente que esperaba su turno para poner denuncias. Aunque, al final, de nada sirvió querer ser discreta ya que, en cuanto observó como Ranma le plantó delante de las narices al policía los papeles y éste agarraba un bolígrafo, pegó un gritó de alegría acompañándolo de un respingo en el asiento, quedando de pie.
Ranma se guardó los papeles en el interior de la americana. Le dio las gracias a su compañero con una palmada de confidencia en el hombro y caminó fuera de la sala. Sarah ya le estaba esperando en el pasillo, con una gran sonrisa de agradecimiento.
- Bueno, ya está – dijo con complacencia – Ahora me toca dejar libre a la fiera… - y en aquellas palabras había un ligero temor - ¿Algún consejo antes de ir directo hacia mi muerte?
Sarah se echó a reír por la alegría y por cómo se planteaba el asunto. Y no era para menos. Conociendo a Akane, seguro que estaría encantada de morderle y arañarle, y no precisamente para provocarle placer.
- Un único consejo, de mujer que es pareja, hacia hombre que lo es – posó sus manos en los amplios hombros de él y con un rostro sereno y una sonrisa de respeto y amistad susurró – Se sincero, claro y directo. Y protégete los Países Bajos…
- ¿No tendrás una coquilla, verdad? – Continuó con el vacile – Gracias por el consejo – acarició una de las manos de Sarah – Si en quince minutos no vuelvo, tienes permiso para descender al infierno y ayudarme a enfrentarme con el diablo…
Sarah rió de nuevo y él se encaminó hacia las escaleras que conducían a la planta baja, los calabozos, las celdas ó el infierno.
Akane no podía creerse que estuviera detenida. Cuando el policía la metió dentro de aquel cubículo rejado, no pudo hacer nada más que sentarse en el suelo acurrucándose, juntando las rodillas hacia su pecho, abrazando sus piernas y apoyando la barbilla sobre ellas. Perdió la vista al frente y se quedó así, ausente, con un poco de frío y esperando a que ocurriese algo por lo que pudiera salir de allí.
Y estaba deseando hacerlo para ajustar cuentas con ese, ese, ese… ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué la había mentido? ¿Por qué ocultarle en qué trabajaba? ¿No confiaba en ella? ¿Era eso? Aunque lo que más la molestaba era ¿Cómo no se había dado cuenta de que las cosas no encajaban? ¿De que había algo extraño? ¿De que la estaba mintiendo? ¿De qué manera y hasta qué punto él conseguía cegarla? No, aquello no podía ser bueno de ninguna forma, ni tendría futuro alguno. Una relación que empieza con mentiras nunca termina bien. ¡¡¡Podría estar con más mujeres y ella no se enteraría jamás!!! Incluso en el tiempo que llevaba con ella. ¡¡Seguro que el muy cerdo tenía amantes por doquier!!
- ¡Mierda! – exclamó en un susurro para evitar llamar la atención del celador quién, por otro lado, no dejaba de pasear y observarla con aires de superioridad e incluso vislumbraba cierta lujuria en las sonrisas que la lanzaba cuando cruzaban miradas. Se levantó de un salto, como un resorte y apretó los puños. Caminando de un lado a otro de la habitación – Mierda, mierda… Joder… Maldito… - susurraba más y más improperios mordiéndose las uñas, sintiéndose herida, humillada… - ¡Dios! ¿Por qué? ¡Maldita sea! - Y con lágrimas a punto de saltársele y derramarse por sus mejillas. Dio una patada a la pared, con rabia - ¡Auch, imbécil! – se auto insultó, al hacerse daño en el pie.
Se frotó los ojos, intentando no llorar. ¡Eso sería lo último que haría por aquel desgraciado mentiroso patológico!! Pero no pudo evitarlo. Estaba enamorada y, aún habiendo sido engañada, temerosa por perderle. Se sentía exageradamente insegura. No podía dejar de sacar conclusiones precipitadas. No podía parar de darse cuenta de que aquello que parecía algo perfecto estuviera, en realidad, lleno de agujeros insinceros. Ella le había entregado la verdad desde el principio y él… él… ¿La había entregado solo mentiras? ¿Qué parte de todo lo que conocía era autentica?
- Akane…
Se dio la vuelta sin pensar, asustada por la voz que interrumpía su exaltada meditación. Cuando le vio allí, parado tras las rejas, se giró limpiando rápida y nerviosamente sus lágrimas. Caminó con rapidez a sentarse de nuevo en el suelo, hundiendo su rostro entre las rodillas como una niña pequeña acobardada, que no quería enfrentarse a su problema. Su ira y enfado para con él, se habían convertido en un deplorable e inestable estado emocional. Convirtiéndola en completa vulnerabilidad y fragilidad.
Ranma la observó unos segundos desde su posición. Ella estaba llorando y aunque le parecía una reacción algo exagerada, podía intentar comprenderla. Conocía lo desconfiada que era Akane y también la inseguridad que la invadía en algunos aspectos de su vida en contraposición con lo decidida que era para otras muchas. Ahora él se había convertido en una decepción, un adversario, un rival para ella. Tendría que serle claro desde el principio, llamar las cosas por su nombre, no adornar nada. Debía ganarse su confianza de nuevo, traspasar aquel muro que a ciencia cierta sabía que ella había levantado entre los dos. Y lo mejor para ello era abordar el tema desde el principio y aclarar todos los puntos. No quería perderla por nada del mundo. Pero sentía como si ya lo hubiera hecho.
Se introdujo despacio en la celda, cerró la puerta y caminó hacia su preciosa dama, poniéndose de cuclillas frente a ella.
- Tengo mucho que explicar – afirmó con dulzura – Dama, mírame – acercó su mano hacia los brazos de ella pero Akane rechazó el contacto, haciendo un movimiento brusco – Quiero que me mires mientras hablo contigo…
- ¡VETE AL INFIERNO! – Gritó levantando el rostro, sin mirarle, con las mejillas sonrosadas - ¡¡ERES UN MALDITO MENTIROSO!! ¡¡NO QUIERO SABER NADA DE TI!! – y volvió a esconderse entre su pecho y sus rodillas.
El celador apareció corriendo frente a la celda, alarmado por los gritos. Ranma levantó la mano hacia él, indicándole que todo estaba bien, sin dejar de observar la reacción y posición reacia y huidiza de Akane. Al comprobar que todo estaba en orden el hombre desapareció de allí tan rápidamente como se había presentado.
- Akane – Prosiguió con un talante más frío, más distante - Estoy dispuesto a contestar a todas las preguntas que tengas y soportar todos los gritos y reprimendas que sean necesarios. Pero ahora no - Esperó unos prudentes segundos, deseando escucharla decir algo, aunque fuera un insulto. La indiferencia era algo que jamás había soportado. - Tengo que seguir trabajando, Dama. – Ella movió la cabeza - Ya sabes, en parte a lo que me dedico realmente… Pero, si quiero que conozcas toda la verdad… y me gustaría que me dejaras explicártelo antes de que tomes ninguna decisión respecto a nosotros… - Aclaró su garganta, haciendo que ella se percatase de lo incómodo que se encontraba - No puedo hacerlo ni aquí, ni ahora – metió la mano dentro de la americana y sacó unos papeles – Tienes que firmar esto… – los dejó en el suelo, entre medias de los dos y sacó un bolígrafo de su bolsillo – Y podrás volver a casa. – En ese instante ella levantó la mirada y la clavó sobre sus ojos azules – Tranquila, sales sin cargos…
Él sonrió de medio lado, con resignada amargura, desviando la vista hacia el suelo. Akane le observó unos segundos más, anonadada por que acababa de librarse de una mancha en su expediente policial, y después enfocó sus pupilas sobre los papeles. Se movió, poniéndose de rodillas, para coger el bolígrafo y firmar el impreso. Leyó algunas partes del documento legal. Aparecían sus datos personales, algunos detalles de la denuncia finalmente no presentada por el agente que la detuvo y, entre todos esos datos leyó tal cual “D. Saotome Ranma T., Inspector de la subdivisión 433 ****** refuta junto con el Comisario al cargo Don…” lo demás no tuvo importancia. Elevó la mirada de nuevo hacia él, reflejando sorpresa.
- ¿Por qué hay asteriscos? – preguntó en un susurró. Más bien inclinando la cuestión hacia sí misma.
- Eso es lo que tengo que explicarte… - volvió a sonreírla. Al menos se había calmado, lo que le daba una pequeña esperanza – Firma, Dama – insistió.
Ella lo hizo en ese mismo instante, con la ligera sospecha de que, aquellos asteriscos significaban algo importante. Tan importante como para no poder reflejarse en un documento legal y que pertenecería a un círculo cerrado policial.
– Bien, vamos – Ranma se levantó y la ayudó – Sarah te está esperando arriba… – Sacó las llaves de la celda y caminó hacia la puerta. Metiendo la mano entre un par de barrotes introdujo la llave en la cerradura y abrió - … Llegaré a casa sobre las tres – susurró de forma informativa, indicándola que sería entonces cuando resolvería todas sus dudas.
No hablaron nada más mientras caminaron fuera de las celdas. Ni tampoco mientras él la condujo hasta la sala en donde Sarah se encontraba, esperándola con impaciencia.
- ¡En vaya lío más tonto te has ido a meter! – dijo con una sonrisa, abrazándola con ternura. Mientras lo hacía, dirigió una mirada interrogativa hacia él “¿Has hablado con ella?” preguntaban sus irises. Ranma elevó los hombros, apretando las mandíbulas y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.
- Acompáñala a casa ¿Quieres Sarah? – su tono era frío y al mismo tiempo denotando confusión.
- Puedo ir sola – escupió Akane con rencor. Él la miró fijamente – No soy una niña pequeña…
- ¿Seguro? – contestó en un tono similar. Ignorando esos preciosos ojos avellana, volvió a posar su glaciar mirada sobre la amiga de ésta, esperando que le confirmara que le obedecería.
Sarah afirmó a escondidas de Akane. No estaba segura de si era un buen momento para soltar alguno de sus comentarios “corta tensiones”. Estaba convencida de que terminarían asesinándose el uno al otro si seguían mucho tiempo cara a cara.
- Tienes que firmar esto Sarah – indicó extendiéndole de nuevo aquellos informes que dejaban libre a una Akane que permanecía ausente, inundada por sus pensamientos.
Estaba dándose cuenta de lo injusta que estaba siendo y de lo extremo de su comportamiento. Todo el mundo era inocente hasta que se demostrase lo contrario. Pero ella en cambio, ya había elaborado su sentencia y no era, en absoluto, favorable para él. “Estás siendo increíblemente injusta” se repetía sin cesar “No le dejas explicarse y ya le estás intentando sacar de tu vida” Y en la guerra disputada entre su mente y su corazón, éste último argumentaba “Me ha engañado, me ha hecho daño” Y su mente respondía “¿No eras tú quién le quería? Yo fui quién no se fiaba de él, te lo advertí. Tú le dejaste entrar, tú te mostraste tal cual eres ¿Y ahora me dices que yo no puedo dejarle explicarse, cuando tiene todo el derecho?” Y su otra rojiza y pequeña conciencia “Es que yo no quiero escucharle. No ahora” Y la razón se imponía “Pero yo sí quiero hacerlo. Yo sí necesito oír lo que tiene que decir. Y tú también”
Cuando Sarah firmó, Ranma arrancó dos copias del impreso – Una es para Akane, la otra consérvala tú – uno de los cuatro papeles que formaban al completo el informe legal, fue arrancado, doblado y guardado en el bolsillo de su pantalón…
- ¡Ranma! – un hombre de una complexión similar a la de él se asomó por la puerta – Tenemos que… - observó a las dos mujeres. Akane le miró fijamente con curiosidad - …irnos… - finalizó con extrema precaución.
- Voy – se agachó, buscando el contacto visual con ella – Te veré luego ¿De acuerdo? – Su Dama se limitó a echarle dos miradas rápidas, afianzando así lo enfadada y confundida que estaba – Ti Amo, Donna… - susurró, acariciándole la mejilla con delicadeza y extrema suavidad. Después vocalizó un “gracias” hacia Sarah y se encaminó fuera de la sala. Y, cuando estaba a punto de salirse del plano…
- ¡Ranma! – Gritó ella con impaciencia – Ten… cuidado… - susurró, sorprendida por su propio impulso.
Él, sencillamente, se limitó a sonreír, agradeciendo esas últimas palabras. Justo antes de desaparecer por la puerta.
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