- CAPÍTULO 3 -

Primera Parte

 

 

Akane tenía que hacer su visita periódica y anual a su ginecóloga. Había retrasado tres veces la cita, y sinceramente le daba vergüenza hacerlo una vez más. Tenía que ir a la otra punta de la ciudad, así que debería coger el metro y supondría una hora como mínimo.

Parada frente a la enorme estantería del salón, intentaba decidir qué libro coger para ir entretenida durante el pésimo y largo trayecto. Claro, debía ser alguno que no hubiese leído en mucho tiempo o del cuál recordase lo menos posible. Eso era algo complicado, la lectura era uno de sus vicios y devoraba libros prácticamente a la velocidad de la luz. Era socia de diferentes Clubs de Lectura. Revistas mensuales llegaban a su buzón con futuras publicaciones, avance de ediciones, descuentos en librearías… Definitivamente debía apuntar en su lista de la compra del mes “Libros” y tendría que revisar la correspondencia.

Un clásico, esos eran los libros de los cuales menos recordaba, salvando alguna excepción que otra. Estiró el brazo y extrajo ‘McBeth’.

 

Con su libro en la mano, las llaves y el móvil en los bolsillos del vaquero salió de casa. Estaba relajada, por ahora. Hacía una semana que no había vuelto a ver a su vecino así que su virginidad regenerada durante los dos últimos años seguiría intacta durante algún tiempo más. Llamó al ascensor. Las puertas se abrieron y en ese mismo instante otra puerta también estaba en el mismo proceso.

Akane prefirió ni mirar. Se introdujo velozmente en el ascensor, le dio al botón de la planta baja con vehemencia y esperó a que el maldito ‘montacargas’ se diese prisa por una sola vez en lo que llevaba viviendo allí. Las puertas comenzaron a cerrarse, lo que la alivió. Y suspiró, aunque tuvo que tragarse la mitad del aliento por que una mano pasó frente al sensor de la puerta y éstas se abrieron nuevamente. Se acabó el relax. De vuelta los nervios. Solo esperaba que sus hormonas no la jugasen una mala pasada, por que ya de por sí ir al ginecólogo no es que fuera una de las cosas que más le agradasen en el mundo, pero seguro que ir con recientes flujos vaginales la harían pasar tal vergüenza que no volvería allí en mucho, pero que mucho tiempo.

 

         - Hola – dijo él con una sonrisa.

 

Akane pensó que al menos podría ser menos simpático. De esa manera le sería más fácil ignorarlo.

 

         - Hola – respondió ella también con una sonrisa. Agarró el libro con las dos manos y lo puso frente a su estómago.

 

         - Buen ejemplar.

 

         - ¿Disculpe? – la había pillado desprevenida. ¿Acaso se refería a ella con eso de ‘buen ejemplar’? ¿Qué se creía? “Sigue así y me olvidaré de ti en un par de días” se dijo así misma.

 

         - El libro – lo señaló con un casi inapreciable movimiento de cejas -. Es una obra muy buena, como no podía ser de otra manera.

 

Ella bajó su vista hacia el libro. Después rió.

 

         - Oh si, sin duda – movía la cabeza afirmativamente – Magnífico autor, magnífica novela. Suele ser así – se golpeó mentalmente. Quizá se estaba pasando de lista.

 

         - No, no siempre es así. Hay autores que crean una obra buena y el resto son pésimas, aburridas y repetitivas. Salvo excepciones – habían llegado a la planta baja. Él la cedió el paso, como un caballero – Y por favor, tutéame. No tengo muchos más años que tú.

 

Akane se giró a mirarle. Era encantador, atractivo, corrección condenadamente atractivo y parecía gustarle Shakespeare y la lectura. Esos eran dos puntos extras a su bono-cuenta de “Las diez razones de por qué Akane va a enamorarse de ti”.

 

         - Tiene ra… – hizo una mueca – TieneS razón – recalcó la S para indicarle que había captado y aceptado la idea del tuteo. Él salió del ascensor – …con lo de Shakespeare como una excepción – ambos anduvieron hacia la puerta de salida. Bajaron los escalones juntos, él la abrió la puerta – Gracias. Y, respecto a los años… supongo que también llevarás razón. – Empezó a caminar, con dirección a la parada de metro que se encontraba a tres manzanas más allá.

 

         - La llevo, te lo aseguro – dijo él, confiado, con ese porte elegante y sutil. Y caminó justo en la dirección opuesta a ella.

 

 

 

 

A la vuelta del ginecólogo, Akane decidió pasar por su librería favorita. Se merecía un premio por haber soportado tan bien a sus rebeldes hormonas, y por supuesto por la tranquilidad con la que se comportó en la consulta.

Conocía al librero, un hombre mayor, de pelo canoso, encantador y antiguo ratón de biblioteca, como ella.

 

         - Buenos días Sam – dijo al entrar por la puerta.

 

         - Hola Akane, hacía mucho que no venías por aquí – el hombre se apoyó en el mostrador, con una amabilísima sonrisa - ¿Dónde has estado?

 

         - Ni yo misma lo se. ¿Tienes algo para mí? – preguntó andando hacia dentro de la librería.

 

         - Puede que sí. Han llegado algunos libros nuevos… - le escuchó decir desde el mostrador.

 

Sam siempre la dejaba entrar y rebuscar entre todos los libros mientras él se mantenía en el mostrador.  Confiaba en ella como si fuese su propia hija ó su nieta, así que, ella tenía plena libertad para mirar y ojear todo lo que quisiera.

Estaba absorta leyendo títulos y más títulos y, de repente, encontró uno que le llamó especialmente la atención “¿Por qué amamos?” Lo cogió de la estantería y leyó la referencia de la parte de atrás. Era un libro de autoayuda, escrito por una reputada psicóloga. Sonrió. Ella podía haber escrito ese libro si hubiera terminado la especialización, pero necesitaba ponerse a trabajar para poder seguir pagando todos sus gastos y seguir sobreviviendo. La parte de especialización de la carrera tuvo que esperar. Y no le fue en absoluto mal.

Lo cogió y fue hacia el mostrador.

 

         - Hoy me llevo este Sam – rebuscó en su bolsillo

 

         - Interesante libro… ¿Te preocupa mucho saber el por qué? - preguntó el hombre inocente y curioso mientras introducía el libro en la pequeña bolsa de color marrón con letras doradas.

 

         - Sí, aunque… - dejó el billete sobre el mostrador y cogió la bolsa con el libro - … me preocupa más encontrar alguien a quién amar. Aunque quizá si comprendo las razones pueda hacer algo de provecho y encontrarlo antes – el hombre sonrió y le devolvió el cambio - ¿Qué opinas? – preguntó divertida

 

         - Es curioso que, una chica tan guapa y dulce como tú aún no haya encontrado a nadie en todo el tiempo que llevas viviendo aquí. Pero todo llega a su momento. Tú no me seas de esas que se desesperan si a los treinta no les ha llegado ¿eh? Eres mucho más inteligente que todas juntas.

 

         - Gracias, Sam – le besó en la mejilla – Me encanta tener a alguien que se preocupe de mi, como lo haces tú.

 

         - Eres como mi nieta, no puedo hacer otra cosa más que preocuparme por ti. – Akane se dirigió hacia la puerta – Y si alguno te hace algo, tú solo dímelo, se acordará de que con mi niña no se juega.

 

         - De acuerdo, lo haré – se despidió con la mano y salió de la librería.

 

Era estupendo haber encontrado ese lugar. Era estupendo saber que había alguien que cuidaba de ella, de algún modo. Akane no habría encontrado todavía a un hombre con el que compartir su vida, pero estaba Sam. Alguien del sexo opuesto con quién hablar de prácticamente todo sin ningún tapujo y alguien que conocía algo que otros no conocían, su gusto por los libros.

 

Al llegar a casa dejó la bolsa con el libro encima de una mesita del salón y miró si tenía algún mensaje en el contestador.

 

Mensaje 1, Sarah: “Oye, necesito hablar contigo. ¿Cuándo te parece que me acerque por tu casa? Llámame con lo que sea. Besos”

 

Recibía a menudo mensajes de ese tipo de Sarah. El problema que tenía es que, desde que se divorció de Nico y luego volvieron, ella tiene complejo de inferioridad. Tiene miedo de que la engañe y no sabe ver que él no quiere a ninguna más que a ella. Eso provoca celos y discusiones más a menudo de lo que les gustaría.

 

Mensaje 2, su Editor Jefe: “Es imposible pillarte en casa. Necesito que te pases por la redacción, tenemos que hablar sobre tu artículo del especial de Navidad. Tráeme una copia sin falta. Mañana a las 11 te espero en mi oficina”

 

Genial. Tenía que llevarle el borrador del artículo y aún le quedaba una cuarta parte. En fin, le llevaría lo que tuviera, a no ser que esa tarde se sintiera más inspirada.

 

Mensaje 3, su Madre: “Hola cariño, ¿Cómo estás? Quería decirte que tu hermana se casa en Mayo, necesitamos saber si vas a venir. Y también si vendrás acompañada. Llámame cielo, te echo de menos. Muchos Besos de parte de papá y míos”

 

Ahí estaba el mensaje que le revolvió el cuerpo. Su hermana, su hermana pequeña se iba a casar y ella aún no había podido conseguir a ningún compañero formal. Y en realidad, el hecho de que su hermana se casase antes que ella no era el motivo o eso pensaba. El motivo era que ellas estaban empezando a creer que era incapaz de atraer a ningún hombre y que jamás sería capaz de atraerlo. Maldita sea, pedían que ya le confirmasen si iba a ir o no acompañada. ¡¡Por el amor de Dios!! Era Septiembre, en nueve meses una pareja podía romper, volver y romper definitivamente. ¿Por qué demonios pedían confirmación?

 

Llamó a Diana. Tenía que contarle lo insultante que había sido el último mensaje. Un tono… Subió las persianas… Dos tonos… Abrió las ventanas de par en par…

 

         - ¿A qué no sabes el mensaje que acabo de escuchar en mi contestador? – gritó – Mi madre acaba de dejarme entrever que jamás seré capaz de estar con ningún hombre – anduvo de un lado para otro, gesticulando grotescamente con la mano que tenía libre- Quiere que la confirme ya si iré con alguien o no a la boda de mi hermana pequeña. Una boda que se hará dentro de nueve meses, ¡Maldición! ¡Nueve Meses! ¡Un embarazo! ¿En qué mundo viven? ¿Cómo puede pedirme que le diga eso? Es un reto, me están retando. Seguramente que mi hermana le ha comido la cabeza y le ha dicho que a la tonta de Akane no la aguanta ningún hombre. Como si lo viera… Y ella, que ni siquiera sabe si sigo siendo virgen o no, va como un perrito faldero y me llama y me deja ese mensaje disfrazándolo con palabras cariñosas y zalameras que en la vida me ha dicho…

 

         - Akane, tranquila. ¿Qué dice exactamente en el mensaje? – lo escuchó, Akane se encargó de eso – No saques las cosas de quicio, no creo que tu madre en ese corto mensaje haya querido decirte tanto. Los preparativos para una boda llevan meses.

 

         - ¡Pero no me digas qué es normal que me pregunte nueve meses antes si iré con alguien!

 

         - Bueno ya… eso quizá es demasiado. ¿Pero de verdad crees que tu madre te ha querido dar a entender que jamás serás capaz de estar con ningún hombre? Tienes veintiocho años, no un trillón.

 

         - Pues para ellas como si los tuviera. – masculló con desprecio y apretando las mandíbulas - La que se casa es mi hermana pequeña, así que puedes imaginártelo. Mi familia es tradicional, no se por qué debería sorprenderme este tipo de cosas. Lo lógico por edad es que me hubiera casado yo antes.

 

         - Mi familia también es tradicional, Akane. Mi madre me deja mensajes en el contestador y te aseguro que ninguno va con esa intención. Creo que tienes un problema cielo, te obsesiona la idea de quedarte sola. 

 

Akane se sentó. Aquello había sido una verdad demasiado grande como para negársela. Ese era su enorme problema, no soportaba la idea de quedarse sola, de estar sin un hombre en su vida, a su lado. Ella que hablaba precisamente sobre los hombres, ella que escribía artículos para ayudar a las parejas, era la misma ella que no podía ayudarse a sí misma. Su mano soportó el peso de su cabeza.

 

         - Lo siento Diana, tengo que colgar – dejó el teléfono en el suelo y se echó en la cama de lado, hacia las ventanas. Se abrazó a la almohada y suspiró. De repente, empezó a llorar.

 

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