El
vino llegó a Galicia con los romanos, mas fueron monasterios como Armenteria, Oia, Melón, San Clodio, Oseira, Celanova o San Esteban los responsables de su expansión.
En ellos, los abades de origen francés enseñaban técnicas, adecuaban
variedades e imponían el cultivo de la vid, hasta el punto de que el derecho
foral recoge pagos en unidades de vino. Durante el medievo,
el vino garantizó una absoluta sanidad en una época donde los alimentos
transmitían Pero, entonces
llegó el mildíu; luego, el oídio y, finalmente, la
filoxera, plagas procedentes de América
que causaron grandes daños. La última, de hecho, causó estragos
irreparables y transformó el paisaje de muchas comarcas. La solución también
llegó de América, con la
importación de pies resistentes que sirvieron de porta injertos a las
variedades autóctonas. Todo ello, impulsó unos vinos que, hoy, cuentan con
cinco Denominaciones de Origen: Monterrei, Rías Baixas, Ribeira Sacra, Ribeiro y Valdeorras. Los primeros se
producen en el valle del mismo nombre, en la zona suroriental
de la provincia de
Orense, y gozan de la
diferenciación que les proporcionan la orografía, el clima seco y continental
y la concentración. Son cerca de tres mil hectáreas donde se cultivan las
uvas blancas de verdello, doña branca, monstruosa y verdello louro que ofrecen vinos ligeros,
aromáticos y dorados; y las tintas bastardo, tinta fina, mencía
y araúxa para caldos agradables,
ligeros, equilibrados y de graduación media.
De mayor fama gozan
los vinos albariños, caíños y loureiros producidos en las Rías
Baixas. Las raíces se anclan en los
cenobios y en las comarcas de Salnés, Condado,
Rosal y Soutomaior, asentadas
sobre suelos graníticos, franco arenosos, algo ácidos, poco profundos
y con bajo contenido en materia orgánica. La historia de estos caldos se
mantiene, en su mayor parte, recogida en tierras gallegas, pues sólo la Fiesta Los vinos blancos
destacan por su calidad y por su prestigio internacional. De color amarillo,
limpios, brillantes, con aromas de frutas y flores, persistentes y largos en
el postgusto, los albariños son perfectos para el marisco, las
almendras saladas, los canapés o el queso. No obstante, siguen escaseando los
tintos, apenas esbozados en espléndidas variedades de
jóvenes espadeiros, mencías y sousones. Cada otoño,
una fiesta
La comarca se divide
en cinco subzonas: Chantada, Quiroga-Bibei, Ribeiras do Miño, Amandi y Ribeira do Sil. Son
1.400 hectáreas de viñedo sobre suelos pedregosos, ligeros, orientados
al sur y con un clima atlántico de transición influenciado por los ríos en
los que la uva tinta mencía
alcanza su esplendor. No en vano, los de Ribeira
Sacra están al frente de los tintos gallegos. También se
cultivan las variedades merenzao, brancellao, mouretón y garnacha y las blancas palomino, godello, loureira, treixadura,
doña branca, albariño y torrentés. En total, se producen 45.000
hectolitros de tintos y cinco mil de blancos.
Por su parte, la Denominación
de Origen de Valdeorras elabora
buenos blancos y tintos. Entre ellos, el godello, vinificado
en bodegas de moderna tecnología, se presenta como un espléndido vino
blanco de doce grados, limpio, frutal, redondo, de color amarillo pajizo,
buena estructura en boca, equilibrado y largo. En tintos, los obtenidos de la
uva mencía
enseñorean un color rojo cereza y sabores frutales y persistentes en boca.
Ambos son vinos muy apropiados para acompañar los diversos platos de la
cocina gallega y perfecto ejemplo de la honda tradición vitivinícola de esta
comarca sita en la zona occidental de Orense,
próxima a El Bierzo. Una zona
atlántica con rasgos continentales, suelos pizarrosos y fuertes
pendientes, entre los valles del Sil y del Jares. Por
último, recordar que, a pesar de contar con cinco Denominaciones de
Origen, Galicia es un
mosaico de vinos, pues allí donde el
clima y el suelo lo permiten hay emparrados o viñedos de poda baja. Así, cada
casa de labranza es una bodega; cada paisano, un viticultor; cada otoño, una
fiesta. |