Y la tierra comenz� su juego ...
El bamboleo empez� muy suavemente y aument� hasta que el aire moribundo de la tarde se ensuci� con los crujidos del suelo, las quejas de las moles cuadrangulares de los edificios y los berridos del gusano disperso de la gente. La soberbia de los rascacielos hubo de rendirse ante la violencia del golpe r�tmico de la tierra y no tard� en morder el polvo del suelo conmovido. Los que no quedaron atrapados echaron a correr atropelladamente hacia las explanadas y los espacios abiertos alejados de construcciones altas, sinti�ndose a salvo hasta que el cielo, al principio insolentemente azul, se visti� de negro y comenz� a deshacerse en mortal lluvia de esferas de hielo. No hubo una sola gota de agua l�quida. Algunos prefirieron morir aplastados refugi�ndose en los amenazantes huecos a ser aniquilados por las heladas catapultas descendentes. El suelo se fue cubriendo de escombros, de cad�veres sangrantes apedreados por el granizo y de hielo que al caer llen� el ambiente con un ruido semejante al del choque de mil bolas de billar y que inund� con prontitud plazas, calles y todo sitio posible de inundarse en aquel valle rodeado de monta�as que, convulsionado en el fondo, daba la impresi�n de una irregular cazuela en la que se cocinara una espesa y blanca sopa de ruinas a fuego lento.
Dur� algunas horas as�. Despu�s, la calma y el silencio llegaron poco a poco. De la sacudida s�lo quedaron en pie averiados edificios bajos, de estatura disminuida por el nivel blanco del hielo precipitado, que ya hab�a cesado de caer. A pesar de todo a�n se escuchaba alg�n gemido; y sin hacer mucho caso de esto, todo parec�a en paz. Sin embargo, a�n faltaba.
Lleg� la noche. Una llovizna ligera y terca comenz� a caer. Hubo un ligero espasmo, seguido de un instante de tranquilidad y despu�s, justo en el centro del manto blanco que cubr�a el valle, se fractur� la tierra y el animal aprisionado en el coraz�n candente del planeta surgi� con un grito humeante de lava y ceniza. El granizo se hizo l�quido y vapor en un instante. La tierra cobr� una animaci�n endemoniada. Alrededor de la grieta fue creciendo un cono perfecto coronado de fuego. Tal era la violencia de su v�mito que en un breve tiempo adquiri� un tama�o y peso colosales. El resplandor de sus pirotecnias pudo haber sido visto hasta los rincones mas lejanos del pa�s de no haber sido por la densa cortina de ceniza y llovizna que cubri� todo. Luego, con la misma rapid�z con que naci�, el fuego se apag� sin m�s.
Ante tanto peso y con semejante agitaci�n, el lago doblegado que se escond�a bajo la ciudad ascendi� por todas las heridas abiertas de la tierra, y lo que fuera una urbe inmensa se fue hundiendo lentamente en la turbulencia de las aguas renacientes. Solo una peque�a parte del ef�mero engendro de fuego qued� fuera del agua, como p�stuma se�al de un monstruo vencedor sobre un monstruo vencido.
El resto de la noche bast� para que la ceniza dispersa en el agua y en el aire hallara reposo, igual que la tierra.
Al amanecer el lago ausente estaba otra vez en su sitio, tranquilo, reposado y sereno; y no habia ning�n vestigio de aquellos que le doblegaran por siglos. La atm�sfera era extraordinariamente di�fana y el cielo de un dulce azul.
Quienes se dirigieron a la ciudad y no le hallaron desandaron su camino sin saber con certeza lo ocurrido. Y de Aztl�n, el Lugar de las Garzas, partieron nuevos emisarios a repetir la leyenda... a reintentar el sue�o...