Hab�a una vez una ciudad sin nombre (ninguna ciudad perdida lo tiene). Amanec�a apenas. Las cosas, a la luz matinal, parec�an vistas como a trav�s de un inmenso cristal esmerilado; inciertas, difusas, inconcretas. Con la neblina encima, la ciudad parec�a envuelta en el vaho denso de una gran bestia. El ruido, la gente y las miasmas cotidianas de las calles, las cloacas y los mercados, se desperezaban poco a poco e invad�an con lentitud los sitios de costumbre.
Cuando la bruma se hubo ido y la luz del sol tocaba ya segura los objetos terrestres, �l ya estaba ah�. Nadie le vio llegar, simplemente apareci� como un fantasma nacido del seno de la niebla. Tranquilo, de mirar profundo. Moreno y de rasgos recios, aunque suaves, y eminentemente ind�genas. El pelo, asombrosamente negro y lacio, llegaba en cascada hasta las pobladas cejas y descansaba su peso ligero sobre los hombros anchos y vigorosos.
A pesar de su figura nadie le presto atenci�n. Al verlo cualquiera habria pensado en el hijo de una raza india no conquistada, pero esto no sucedi�. A nadie le import� la cercan�a con la que contemplaba las flores ni el extra�o silbido con que llamaba a los p�jaros, ni el blanco fosforescente del algod�n puro de sus ropas, ni sus suaves sandalias de piel de venado. Despu�s de todo, hay siempre gente rara en los parques: enamorados, vagabundos, mendigos, poetas..., que a fuerza de aparecer por los mismos lugares se vuelven parte normal del paisaje.
Deambul� por los parques y vi� a los ni�os riendo, jugando a la guerra, destripando mariposas, arrancando flores y esparciendo los p�talos por las banquetas en donde eran pisoteados por la muchedumbre indiferente que pasaba.
Vag� por las calles y vi� a los pordioseros tristes extendiendo una mano �vida y vac�a a la que nunca llegaba la limosna esperada y s� de vez en cuando alg�n insulto. Observ� a las prostitutas haciendo el amor entre s� a falta de clientes que hu�an de un placer a precios inalcanzables por la ridiculez de su salario y que prefer�an recordar los viejos ritos de Sodoma en los rincones oscuros o entre los manchones de matorrales altos en los jardines o en las casas abandonadas.
Anduvo por entre las casas de los ricos en las zonas residenciales y descubri� a los veterinarios particulares de los perros y los gatos finos, a las criadas de lujo que prestaban toda clase de servicios a unos amos que se viv�an holgazaneando. Vi� los autos importados, los perfumes caros, las telas ex�ticas, los tapetes orientales, los aparatos electr�nicos inconcebibles y las comidas tra�das de lejanos pa�ses tiradas a la basura por no tener el sabor exacto que se deseaba de ellas.
Se perdi� entre las vecindades y vi� los esqueletos de los borrachos devorados en las noches por las ratas; a los ni�os con la piel del cr�neo comida por los piojos; a los ej�rcitos de pulgas envolviendo la ro�osa piel de los perros hambrientos que esperaban un descuido de las madres para tragarse a los reci�n nacidos. Mir� las peleas callejeras causadas por el alcohol, la pasi�n o el simple deseo de obtener un miserable chorro de agua sucia de la oxidada �nica toma del barrio.
Pase� por las calles c�ntricas y sinti� el punzante mirar fascinado de los pordioseros que miraban a trav�s de los cristales de los restaurantes caros las comilonas incre�bles en las que jam�s participar�an sino con la angustia eterna de sus ojos.
Asisti� a los juicios en los que se indultaba a los culpables y se condenaba a los inocentes. Estuvo en las salas de tortura. Vi� los salones de justicia y las c�maras de la democracia convertidos en burdeles. Se empap� de corrupci�n en las fuentes de las secretar�as de gobierno y oy� las ofertas en las subastas de los cargos p�blicos, los ataudes revendidos y los ni�os secuestrados. Vi� los canales de aguas negras obstruidos con cadaveres de asesinados por las fuerzas del orden y la seguridad p�blicos; a los abuelos echados a puntapi�s de sus casas; a las madres vendiendo a sus hijos; a los curas sobornados por sus fieles y pecando con ellos frente a los altares. Oy� los discursos de la paz y los gritos de las madres pidiendo la liberaci�n de sus hijos presos en la carcel de los que exped�an leyes contra la tortura...
Y sus ojos siguieron viendo mucho m�s.
Mientras, desde lejos, alguien juzgaba utilizando las im�genes que captaban los ojos del enviado, conformando lo que ser�a al final un veredicto. Y �ste fue emitido cuando las l�grimas del enviado acabaron por obstruir la visi�n de la ciudad cuestionada. Un ni�o dijo al verle:"? porque llora, mam�?". Ella se encogi� de hombros y tom�ndolo de la mano sigui� su camino, perdi�ndose entre la selva de desconocidos. Las l�grimas segu�an brotando de los ojos y corriendo por la piel morena del enviado. Cuando la �ltima hizo su recorrido, el enviado comenz� a disolverse lentamente en la atmosfera gris del d�a, haciendo pensar a la gente en un posible truco de faquir.
Y la tierra comenzo su juego . . .