Serena Tsukino era una joven hermosa de diecisiete años que lo tenía
todo en la vida, o casi todo. Pertenecía a una de las familias más ricas de
Tokio, los Tsukino, propietarios de una importante firma de ropa de alta costura
y poseedores del 45% de las acciones de la gran multinacional Yubansi, que
fabricaba desde pequeños videos domésticos hasta las últimas novedades en
memoria y procesadores.
Estudiaba en la escuela Juban en donde era muy popular y querida, lo cual era algo normal dado que Serena era muy hermosa, tenía el cabello largo y dorado y unos profundos ojos azules que a veces parecían brillar como estrellas, además, era muy dulce y con un gran corazón aunque, todo sea dicho, también tenía su carácter. Cuando se enfadaba lo mejor era estar a diez metros de distancia de ella, cuanto más lejos mejor.
Por otro lado, amigos no le faltaban. Sus mejores amigas eran Minako Aino, Amy Mizumo y Hotaru Tomoe. A Minako y Amy las había conocido en la escuela, hacía ya diez años, a Hotaru la conocía desde que tenía uso de razón. La joven era tres años más pequeña que Serena y era hija del jardinero, un hombre entrado en años que había trabajado con su padre desde que era pequeña. Hotaru era algo tímida y extraña, no gustaba demasiado de compañía y tenía una facilidad sorprendente para las matemáticas. No obstante, con Serena había trabado amistad casi al instante de conocerla convirtiéndose en su mejor amiga junto con Haruka Tenou.
Haruka Tenou tenía veintidós años. Era la hija de uno de
los clientes más importantes de su padre, rubia de pelo corto, ojos azules
y un carácter de los mil demonios. La chica parecía estar siempre de mal humor,
era arisca y distante pero lo cierto era que eso no era más que una tapadera,
por dentro era cálida, estaba llena de hermosos ideales y cuando le tomaba
cariño a alguien era capaz de hacer cualquier cosa por proteger a esa persona.
Quería a Hotaru y a Serena como si fueran sus hermanas pequeñas, gesto que
era correspondido por ambas. Sin embargo, desde hacía cuatro largos años Serena
no la había visto, no desde que Haruka se había marchado al extranjero para
poder hacer realidad su sueño, correr en la Formula 1.
Como vemos Serena lo tenía todo en la vida: belleza, dinero y amigos. Pero le faltaba algo, le faltaba el amor de su familia. Era hija única, su madre había muerto al darle a luz y su padre era un hombre arisco y frío que jamás había sentido el menor interés en su hija. Jamás había pasado una sola Navidad con ella y por supuesto, menos aún, un cumpleaños. Por esa razón, Serena supo nada más llegar a su casa después de la escuela que algo no iba bien.
Se había pasado toda la mañana recibiendo
felicitaciones y regalos por su dieciochoavo cumpleaños y, cuando terminaron
las clases, salió disparada a casa para prepararlo todo para la fiesta de
celebración que pensaba dar el sábado en su casa ( o sea dentro de tres días
). Haruka siempre le había dicho que el día más importante para una chica
era el día de su dieciochoavo cumpleaños, pues esa fecha marcaba el comienzo de una nueva etapa en la
vida de toda chica. Unas cuantas lágrimas rodaron por el rostro de la joven
al recordar esas palabras y que justo una semana después de su fiesta de cumpleaños
Haruka se había marchado.
Con una gran rapidez se las enjuago
mientras pensaba que al igual que Haruka ella también haría que ese día fuera
inolvidable, aunque su padre no estuviera con ella para compartirlo.
Feliz abrió la puerta de su casa y
entró. Nada más hacerlo el mayordomo le informó de que su padre la esperaba
en el despacho con otro hombre.
Extrañada de que su padre estuviera
en casa ( creía recordar que no volvería de su viaje de negocios hasta dentro
de una semana ) se dirigió al despacho y llamó a la puerta.
-
Adelante.
-
Padre.- habló Serena con suavidad.- Henry me ha dicho que querías hablar conmigo.
-
Es cierto. Quiero que conozcas a alguien.
-
¿A quién?.- preguntó la joven extrañada.
-
A uno de mis mejores amigos.-respondió señalando al hombre que lo acompañaba.-
Serena te presentó a Jonathan Chiba, es el padre de tu prometido, te casas
en tres días.
En aquel momento la joven no supo que
decir, tan solo se quedó allí parada, en silencio, sin escuchar una sola palabra
del tal Jonathan que se había acercado a ella para saludarla. Su padre tenía
los ojos fijos en ella y la miraba de una forma extraña que Serena no supo
interpretar. Ni siquiera recordaba exactamente cuando aquel desconocido se
había levantado de su asiento y se había despedido de su padre y de ella para
marcharse, dejándolos a ellos dos solos. Lo que si recordaba fue la discusión
que mantuvo con su padre instantes después, cuando se recuperó de la impresión.
-
No dices nada Serena, te has quedado callada.- comentó su padre mientras se
sentaba sobre el escritorio y encendía un cigarro.- Esperaba que al menos
me dieras las gracias.
-
¿Las gracias?.- susurró la joven.- ¡¡¡Acabas de decirme que me caso dentro
de tres días con un completo desconocido y pretendes que te dé las gracias!!!
Estás loco.
-
¡Más respeto jovencita!.- exigió el hombre mientras se acercaba a ella enfadado.-
Aunque no te guste sigo siendo tu padre.
-
Lo siento.- se disculpó la joven bajando la mirada.
-
Así está mejor.- sonrió mientras se acercaba a un armario y sacaba de allí
unos papeles.- El nombre del chico es Darien Chiba, creo recordar que tiene
veintidós años. No lo conozco en persona
pero Jonathan dice que es un buen chico. Toma, aquí tienes una foto suya.-
dijo ofreciéndosela a su hija quien la rechazó girando la cabeza hacia otro
lado.- ¿No la quieres?
-
No.
-
Como quieras. Toma, necesito que firmes estos papeles antes de la boda.
-
¿De qué son?
-
Oh, nada importante. Como tienes dieciocho años tienes que dar tu consentimiento
para casarte ( Darien ya lo ha hecho )
-
No.
-
No, ¿qué?
-
¡No los firmaré!.- exclamó clavando su mirada azul en la de su padre.- No
pienso casarme con alguien a quien ni siquiera conozco y tu no puedes obligarme.
-
Escucha jovencita.- habló el hombre con un peligroso tono de voz.- Necesito
que tu y ese chico os caséis y no pienso dejar que por una niñería lo arruines
todo.
-
¿Una niñería? Estás hablando de mi vida.- lo acusó la chica.
-
Tu vida me pertenece, eres mi hija y harás lo que te diga.
-
Pero... pero... ¡por qué tengo que casarme! ¡Tu nunca te has preocupado por
mí! ¡Nunca te he importado!.- gritó furiosa.- ¡Qué te importa a ti que me
case o deje de hacerlo!
-
Es muy fácil... Jonathan Chiba posee el 40% de las acciones de Yubansi, si
consiguiera que me las vendiera obtendría el 85% y tendría mayoría absoluta
para dirigir la multinacional a mi antojo. Sin embargo, Jonathan no quiere
venderlas, según él forman parte de la herencia de su hijo y la única forma
en la que aceptaría deshacerse de ellas sería si de alguna forma a su muerte
estas volvieran a manos de su hijo. Pues bien, hemos acordado que me venderá
las acciones si te casas con su hijo, de esa forma a mi muerte toda mi fortuna
y esas acciones serían para ti y de alguna forma volverían a Darien que además
se convertiría en el hombre más rico de Japón. Es un trato justo.
-
Todo esto es por un tonto negocio.- susurró Serena casi al borde del llanto.-
¡Me has vendido por unas acciones!.- exclamó llena de dolor.- Yo... yo...
siempre supe que no te importaba pero yo... yo nunca imagine que fueras capaz
de venderme.
-
Escucha Serena, sé que ahora mismo te parezco un ser despreciable pero con
el paso del tiempo me lo agradecerás. No solo te he solucionado la vida y
te he vuelto aún más rica y poderosa de lo que jamás podrás soñar sino que
además me he preocupado de que el chico no sea un monstruo. ¿Qué más quieres?
Deberías estar contenta.
-
¡Eso es mentira! Tu no te preocupas por nadie, solo de ti mismo. ¡Me has vendido
y quieres que lo acepte como si nada! ¡Pues no! ¡No lo haré!¡No me importa
lo que hagas, no pienso casarme con ese hombre!
-
Estás colmando mi paciencia Serena. Vas a
casarte y punto porque si no lo haces hoy mismo te marchas de esta casa.-
la amenazó.
-
Haz lo que quieras.-respondió la joven con desprecio.- No te necesito para
nada, puedo arreglármelas muy bien yo solita, es lo que he estado haciendo
todos estos años.
-
¿Eso piensas?.- sonrió el señor Tsukino con cierto matiz irónico.- Mi niña
creo que no estas pensando con la cabeza, ¿ de verdad crees que podrías sobrevivir
ni tan siquiera una semana ahí fuera, sin dinero, sin un techo bajo el que
dormir? Estas muy equivocada.- susurró mientras volvía a sentarse sobre el
escritorio.- Pero como veo que estás decidida a salirte con la tuya te pondré
las cosas más fáciles. Si no aceptas, no solo tu saldrás por esa puerta desheredada
sino que tu querida amiga Hotaru y su padre te seguirán. Creo recordar que
el señor Tomoe está enfermo, ya ni siquiera puede hacer su trabajo, sino lo
he despedido ha sido por darte el capricho. Pero ten por seguro que si no
te casas con Darien Chiba eso será lo primero que haga y sinceramente no creo
que en su estado físico y a su edad
encuentre otro empleo. ¿De qué crees que vivirá? ¿De su hija? Solo tiene catorce
años y la chica no sirve para nada aunque claro... siempre podría venderla.-
comentó a mala idea.
-
Eres un ser despreciable... .- lo acusó Serena apretando los puños. Tenía
los ojos enrojecidos tratando de no llorar y las palmas de sus manos sangraban
un poco a causa de la presión ejercida por sus uñas.
-
Aquí tienes los papeles. Firmarlos para dar tu consentimiento.- le acercó
unas hojas y una pluma.
Serena cogió lo que su padre, el señor
Kenji, le ofrecía y firmó con manos temblorosas. Lo siguiente que sintió fue
un fuerte dolor en la mejilla al ser abofeteada por su padre.
-
Eso es para que nunca jamás vuelvas a atreverte a llevarme la contraria y
menos aún a insultarme. Ahora vete de aquí. Nos veremos en la boda.
Serena levantó la cabeza y con altivez
abandonó la habitación ante la divertida sonrisa de aquel hombre. En cuanto
hubo salido de allí se fue corriendo a su habitación y cerró la puerta con
llave, dando rienda suelta, solo en aquel momento, a todo el dolor que llevaba
en su corazón.
***************
-
¿Estas seguro de esto, Darien?.- preguntó el señor Chiba tomando asiento al
lado de su hijo.- No tienes por que casarte sino quieres, encontraremos otra
solución.
-
¿Qué solución padre? Esas acciones son lo único que nos queda y si continuamos
perdiendo dinero con la empresa como hasta ahora no nos quedará más remedio
que venderlas para pagar nuestras deudas. Ya he despedido a ese bastado de
Eduard, en cuanto tengamos la dote de la boda podremos pagar todo lo que debemos
y con la venta de las acciones al señor Tsukino tendremos dinero más que suficiente
para levantar de nuevo la empresa. Esta vez yo me haré cargo de ella y te
prometo padre que conseguiré que todo vuelva a ir bien.
Además.- le sonrió a su padre.- las
acciones volverán a mi tarde o temprano. Es lo que querías ¿no?. Que al menos
pudiera quedarme con el legado de mama si las cosas no se arreglan.
-
Sé que tienes razón.- suspiró Jonathan.- es solo que casarte con alguien a
quien no conoces... no sé, siempre he considerado que el amor es algo muy
importante en el matrimonio.
-
Siempre puedo divorciarme... de todas formas.- comentó mientras miraba una
foto de una chica rubia.- es muy bonita.