Capítulo
6 : Encuentros
Aquella mañana se había levantado más temprano de lo normal, la Luna
aún brillaba en el cielo y, al contemplarla, se preguntó si la gente que la
habitaba todavía estaría durmiendo. Cuando era más pequeño su abuela les había
contado a su hermana y a él que además de la Tierra existían otros planetas,
nueve en total, que conformaban algo llamado el sistema solar y que en todos
ellos vivían personas. Al parecer los habitantes de la Luna eran los que mandaban
al resto.
Recordó que se sintió muy impresionado y maravillado cuando
lo supo y que le preguntó a su abuela si algún día podrían ir a la Luna para
conocer a esa gente pero esta le respondió que eso jamás sería posible porque
la Tierra y el resto del sistema solar estaban peleados y existía una ley
que determinaba la muerte de cualquier terrícola que se atreviera a pisar
suelo lunar. En la Tierra también existía otra ley similar que había sido
establecida como respuesta a la otra. Además, también se había prohibido hablar
del Mileno de Plata por lo que él no debía contarle a nadie nada de lo que
su abuela le decía o la castigarían.
Suspiró, en verdad le hubiera gustado ir a la Luna pero
mientras los reyes de la Tierra no hicieran nada por arreglar la situación
no podría visitarla. A veces, en la soledad de su cuarto, había soñado que
él se convertía en rey de la Tierra y que creaba un gran ejército con el que
sometía a todo el sistema solar y así podía ir a donde quisiera siempre que
lo deseara. Pero solo era eso, un sueño.
-
¡¡¡Áyax!!!.- le llamó de repente una joven pelirroja que acababa de entrar
a su habitación.- Vistete de una vez por todas, no quiero llegar tarde por
tu culpa.- le regañó la joven.
-
¡¡Pues vete sin mí!!.- respondió enojado.- No me necesitas para nada, además,
yo no quiero ir.
- ¡¡Me importa un pimiento que no quieras ir!!.-gritó la pelirroja mientras le lanzaba a la cara algo de ropa.- La abuela ha dicho que o vamos los dos o no nos lleva a ninguno así que más te vale que para cuando vuelva estés vestido sino quieres que te dé una buena zurra.
-
No lo haré.- respondió lleno de ira.
-
¿Qué has dicho?
-
Qué no lo haré, no me vestiré y tu no puedes obligarme. Si tantas ganas tienes
de formar parte de la corte real entra como sirvienta, yo no estoy dispuesto
a ser tu pelele.
-
Eso lo veremos estúpido niñato.- contestó la chica con rabia mal disimulada
y antes de que Áyax pudiera salir de la habitación lo agarró de un brazo y
comenzó a pegarle con todas sus fuerzas en el trasero.
Al chico le dolió pero era demasiado orgulloso para llorar
o quejarse así que no le quedó más remedio que contentarse con pensar en todo
lo que le haría a su siniestra hermana cuando creciera y fuera más fuerte
que ella.
-
¡¡Ya basta!!.- ordenó una voz de repente.
Inmediatamente la joven soltó a su hermano y bajó la mirada
todo lo contrario a lo que hizo el chico quien la miró con expresión de triunfo.
-
¡Se puede saber que estabais haciendo!.- exigió saber la recién llagada, una
mujer que no aparentaba tener más de cincuenta años pero que en realidad había
pasado ya de los sesenta.
-
¡Ha sido ella abuela! Me ha pegado porque no quería ir con ella al palacio
real.
-
¿Es eso cierto Beryl?
La aludida no respondió, sabía que dijera lo que dijera
no saldría bien parada. Nunca había podido mentirle a su abuela porque esta
siempre la descubría, parecía como si pudiera leer sus pensamientos.
-
Entiendo... Y tu Áyax, ¿por qué demonios te has negado a acompañarla?.- preguntó
concentrando su intensa mirada gris en él.
-
Bueno... es que... .- tragó saliva. “Maldición” pensó, “¿por qué
siempre se quedaba sin palabras cuando su abuela le reñía”
-
Así que no tenías ninguna buena razón para negarte, ¿eh?.- afirmó más que
preguntó con un extraño brillo en los ojos.- ¡¡Escuchadme bien par de mocosos!!¡¡Cuantas
veces tendré que decíroslo!! ¡¡Podéis engañar, mentir, odiar, pegar, torturar
y matar a cualquier ser humano que queráis
excepto a vosotros mismos!! Debéis toleraros y apoyaros el uno al otro
de forma incondicional porque cuando yo me haya ido será la única ayuda que
tengáis. ¿Entendéis?
Ambos jóvenes bajaron la mirada.
-
Áyax, si tu hermana te pide ayuda, hazlo sin rechistar porque puede que en
el futuro tu necesites de la suya. Y tu Beryl, no vuelvas a golpear nunca
más a tu hermano, recuerda que si lo haces él te responderá de la misma forma
en el futuro. Tienes 10 años y él ocho y puede que ahora tu seas más fuerte
pero dentro de unos años la situación se invertirá, ¿qué harás entonces?.
– se detuvo durante unos segundos para ver si alguno rechistaba.- Bien...
entonces ¿qué haréis a partir de ahora?
-
Me vestiré y ayudaré a Beryl y nunca más volveré a negarle mi ayuda ni la
odiaré.- respondió Áyax.
-
¿Y tu Beryl?
-
Le pediré perdón a Áyax y nunca más volveré a pegarle ni a tratarlo mal y
si alguna vez quiero pegar a alguien me aseguraré primero que ese alguien
jamás pueda pagarme con la misma moneda.
La anciana sonrió satisfecha. Sabía que en el fondo Beryl
y Áyax se odiaban y que eso no cambiaría nunca, lo único que ella hacía era
ocultar ese odio pero este hecho no parecía importarle como si en el fondo
fuera lo que quería.
Una mujer joven entró a la habitación del joven príncipe
Endymión y corrió las cortinas como le habían ordenado. Después, trajo una
bandeja con leche y chocolate, la dejó en una mesita y despertó al príncipe
avisándole que debía desayunar y vestirse para comenzar su entrenamiento con
el instructor Diocles.
Endymión se incorporó y tomó su vaso de leche pero en cuanto
la sirvienta se hubo marchado, lo dejó en su sitio y volvió a meterse en la
cama. No es que no le gustará dar clase, en realidad le encantaba aprender
cosas nuevas era solo que se sentía terriblemente cansado. El día anterior
estuvo celebrando su cumpleaños y
se acostó tarde pese a que su madre le había advertido que no lo hiciera porque
al día siguiente ( es decir, hoy ) comenzarían sus clases de esgrima. Había
cumplido ocho años y debía empezar a entrenar para desarrollar sus habilidades
mágicas y físicas y convertirse ( además de en un gran rey ) en un gran guerrero.
Pero como a él lo de ser un gran guerrero ni le iba ni le
venía ( total, cuando fuera rey tendría todo un ejército para él solo ) permaneció
en la cama y dejó que el sueño volviera a invadirlo, hasta que...
-
¡¡¡¡¡ENDYMIÓN!!!!!.- gritó alguien a pleno pulmón.
Y lo siguiente que sintió fue como le caía encima un pesado
bulto que lo despertó totalmente y casi lo dejó sin respiración.
No había que ser un genio para saber quien era ese pesado
bulto.
-
Ñññññññññ.... ¡¡¡Se puede saber qué haces!!!.- le gritó muy enojado al chico
que se revolvía entre sus sabanas.- ¡¡Casi me matas!!
-
No exageres Endy.- respondió una risueña cara que surgió de entre las sábanas
de la cama real.- Solo ha sido un golpecito de nada. Anda, levántate, que
vamos a llegar tarde.- lo apremió mientras le estiraba de la manga de su pijama.
-
¿Tarde? Desde cuando te gusta ir a clase.- se burló de su amigo.
-
¡¡¡Qué!!! ¡Cómo puedes decir eso!.- exclamó
espantado mientras salía de la cama y ponía pose de ofendido.- ¡¡Odio las
clases!! No puede haber mayor tortura en este mundo que el que te obliguen
a estar ocho horas sentado, sin moverte y escuchando a un carcamal que no
sabe ni el día en el que está. ¡Antes la muerte que someterme a esa tortura!
.-terminó su discurso con una mano en el pecho y semblante solemne.
-
¿A sí? Entonces por qué no te saltas ni una.
-
Porque si lo hago no me dan de comer.- respondió con cara de desgraciado.-
Siento tener que decirte esto Endy, mi gran amigo,
mi casi primo...
-
Somos primos...- interrumpió el príncipe con una gran gota de sudor.
-
No me interrumpas.- se enfadó el chico como si le hubieran hecho la peor jugarreta
de su vida.
-
Ayyyy.- suspiró Endy.
-
Bien como iba diciendo siento mucho tener que decirte esto pero como tu mejor
amigo me veo en la necesidad de abrirte los ojos y hacerte ver la realidad:
Endy... .- le coloca las manos en los hombros
y lo mira con pena.- tus padres son ... de la Luna.
-
¡¡¡¿¿¿¿????!!!!
-
Sí, sí, sé que es difícil de aceptar.- intentó consolar a su
primo mientras daba vueltas por la habitación.- pero todas las pruebas
apuntan hacía ello.
-
¿Qué... qué... pruebas?.-consiguió preguntar.
-
Pues las pruebas... nos obligan a ir a clase, nos dejan sin comer si no obedecemos,
tu madre tiene un genio de los mil demonios ( o sino pregúntaselo a mi trasero
y todo porque le quemé sus rosas preferidas por accidente ), tu padre siempre
está fuera en misiones extrañas y, como esas, muchas otras cosas.
-
¿Y eso que tiene que ver para que sean de la Luna?
-
Pero si está muy claro, todos los que se comportan de forma malvada son de
la Luna, lo dice todo el mundo.
-
¡¡¡Ya es suficiente Hiperión!!! Mis padres ni son malvados ni son de la Luna.
Además, en la Luna no vive nadie.
-
Eso no es lo que decía aquel anciano del puesto de caramelos.
-
Estaba loco.
-
¿A sí? Entonces porque desapareció misteriosamente cuando tu padre se enteró
de que iba diciendo que la Luna estaba habitada por gente malvada.
-
Hiperión....- trató de calmarse. Su primo conseguía sacarle de sus casillas
con sus extrañas historias de extraterrestres.- No desapareció, se ahogó en
un río.
-
Ah... es verdad... lo había olvidado.- comentó contrariado.- Pero da lo mismo
eso no cambia la situación.
-
Hiperión....- lo amenazó Endymión con el puño.
-
Vale, vale, ya me calló.- rectificó el joven ante la amenaza palpable.-
Ay que ver, no se te puede decir nada.
-
No, si son tonterías.- comentó el príncipe un poco más calmado.-Además, aún
no me has dicho por qué tienes tantas ganas de ir a clase hoy.
-
Fácil, con la esgrima se liga más.- respondió con una gran sonrisa mientras
Endymión bajaba la cabeza en señal de resignación.
Endymión supo desde un principio que las clases de esgrima, magia,
artes marciales y arco no iban a ser nada fáciles si tenían como
instructor a Diocles. Y no se equivocó, fueron mil veces peor.
Diocles tenía los ojos verdes y el cabello de color azul. No lo conocía
muy bien pero sabía que había sido
( y aún lo era ) amigo de su madre
desde antes que él naciera. Esto, que podía ser considerado como una ventaja
por sus compañeros, en realidad era un castigo porque él había oído como su
madre le decía al entrenador que tratara a su hijo como a todos los demás
lo cual se traducía en que lo tratara aún más duramente ( si es que eso era
posible ). A Endymión le hubiera gustado que su madre fuera más cariñosa con
él porque el que no lo fuera le hacía sentir que no lo quería ( lo cual no
era cierto porque la reina Calice lo adoraba ).
En fin, que por ese lado el joven príncipe sabía lo que le esperaba
lo que ni en sueños imaginó fue que sus compañeros de entrenamiento no lo
soportaran ( y él que siempre
se había considerado simpático, guapo y fuerte, vamos que arrogancia
le sobraba ).
El grupo de alumnos estaba formado por cuatro personas: Hiperión, Endymión,
Euclides y Amadeus.
Hiperión era su primo. Su padre era Tiresias, el hermano de su madre, a quien habían condenado a muerte por asesinato aunque ni Endymión ni su primo tenían aún muy claro a quien había matado. La esposa de Tiresias estaba embarazada cuando este murió lo que provocó que se volviera loca de dolor e intentara suicidarse. Afortunadamente lograron detenerla a tiempo pero la joven sufrió una hemorragia interna que le provocó la muerte; fue un auténtico milagro que los médicos consiguieran que el bebe ( al que le faltaba poco para nacer ) sobreviviera. Calice se sintió culpable por lo que pasó y decidió educar al hijo de su hermano como si del suyo propio se tratase, de forma que Endymión y Hiperión habían crecido juntos y pese a lo diferente de su personalidad ( Endymión era una persona muy sensata y tranquila y Hiperión estaba medio loco ) se habían hecho buenos amigos. Por ese lado no había nada que temer.
Luego estaba Euclides. Era hijo del mejor amigo de su padre ( un capitán
de tropas ) por lo que a pesar de que este no estaba muy bien situado económicamente
se le había permitido que su hijo fuera entrenado por el mejor. Tenía el cabello
y los ojos de color verde con destellos azulados y llevaba el pelo corto y
de punta.
Este chico ( que era un año mayor que Endy ) no es que hubiera
tratado al príncipe particularmente mal o con desprecio era simplemente que
no lo había tratado. De las dos o tres veces que Hiperión y él se habían acercado
para hablarle este no se había dignado en contestar, se había limitado a mirarles
con frialdad y desconfianza y a seguir con el entrenamiento como si fuera
lo único que le importaba.
Y por último estaba Amadeus, el verdadero culpable de que Endymión se sintiera no querido por sus compañeros. Este joven ( dos años mayor que el príncipe ) era hijo de un poderoso noble que tenía una gran influencia entre la nobleza gracias a la cual había conseguido que su hijo mayor fuera entrenado en palacio junto con los dos príncipes. Tenía los ojos de color rojo y un largo cabello verde claro con mechones rojos que llevaba recogido en una coleta baja. Era muy alto y rápido y especialmente violento y arrogante ( ¡¡¡Sí!!! Aún más arrogante que Endy aunque pueda parecer mentira ).
Por lo visto no había asimilado muy bien que su mejor amigo
no hubiera sido aceptado en el grupo porque un insignificante e ignorante
hijo de soldado le hubiera quitado el puesto. Así que lo primero que hizo
cuando Diocles ( después de presentarse y tenerles durante más de dos horas
dándole estocadas al aire para ensayar los movimientos básicos de la esgrima
) les dio un breve descanso de apenas cinco minutillos fue ir a buscar a Euclides.
Lo había llamado de todo: insecto, ignorante, mosquito, campesino... pero
aquel joven ni corto ni perezoso no le había hecho el menor caso ignorándole
totalmente y haciendo que Amadeus estallase de rabia.
Endy al ver tal escena se había sentido obligado a echarle
una mano a su extraño compañero lo que le había valido que Amadeus la tomase
con él y lo despreciara por ( según sus propias palabras ) preferir ser
amigo de un vulgar campesino sin seso
antes que de él, un respetable y venerado
miembro de la nobleza ( habría que ver en donde había oído esto último
). El caso es que habían terminado pegándose patadas y puñetazos ante la mirada
de impasibilidad de Euclides y los gritos de ánimo de Hiperión.
Al final, Diocles los había separado y los había castigado
a pasar dos horas extras entrenando artes marciales para que aprendieran a
pelearse como hombres y no como bebes ( y todo lo había dicho sin que la expresión
de su rostro variara, ¿acaso sería pariente de Euclides? ).
El resultado había sido que en su primer día de entrenamiento
Endymión ya se había ganado
un enemigo de por vida ( y por ser su mejor amigo, también Hiperión
).
Después de la clase de entrenamiento, totalmente abatido
y destrozado física y síquicamente Hiperión y él se habían dirigido al bosque
a hacer trastadas a ver si así se despejaban un poco.
-
¡¡Auch!!.-se quejaba Hiperión mientras andaba cojeando tras su primo.- ¡Me
duele todo el cuerpo! ¡El entrenador es muy malo! ¡Es un ser despiadado, frío
y sin corazón! ¡Y sus clases son un infierno! Creo que ya no asistiré a ninguna
más.
-
¿ Y qué pasa con lo que decías esta mañana? Creo recordar que era algo sobre
que la esgrima ayuda a ligar.- se burló Endymión que no se encontraba en mejores
condiciones que su primo.
-
Sí, sí, tu ríete de mi inocencia, yo no tengo la culpa que ese tipo que se
hace llamar a sí mismo ser humano haya convertido algo tan elegante y mágico
como la esgrima en una auténtica tortura.- poniéndose derecho y elevando los
brazos al aire.- ¡¡¡Lo odio!!! ¡Me ha amargado la vida! ¡Ojalá que lo manden
a la Luna y que no vuelva nunca más!
-
¡Hiperión!
-
Sí, sí, ya sé que en la Luna no vive nadie. Mejor, así no podrá destrozarle
la vida a nadie más.
-No
creo que sea bueno desearle mal alguno a nadie.- comentó el príncipe de la
Tierra mientras se sentaba en una piedra con algo de dificultad.- No está
bien.
-
¿Lo dices en serio?.- preguntó su amigo escandalizado.- Lo dices en serio
después de que te haya obligado a pasar dos horas extras con ese engreído
de Amadeus.
-
Ha sido culpa nuestra por pelearnos.
Hiperión enarcó una ceja.
-
En claseeeeeee, no me has dejado terminar. La próxima vez que lo vea acabaré
con él.- amenazó tronando los puños.
-
¡Así se habla!.-exclamó emocionado.-¡Eh! ¿Qué es eso?.- cambió de pronto de
tema concentrando su atención en un punto lejano en el bosque.
-
Parece un hombre.-comentó tranquilamente Endymión.
-
Eso ya lo veo pero... ¿por qué se esconde entre los árboles?
-
No digas tonterías, no se está escondiendo.
-
Pues yo creo que sí... ummm... ¡Tengo una idea!
-
¿Qué clase de idea?.-preguntó el príncipe algo atemorizado. Todas las ideas
que se le ocurrían a su primo terminaban ineludiblemente en castigo.
-
¡¡Sigasmole!!
-
¡¡¿Para qué?!! ¡Qué nos importa a nosotros lo que venga a hacer!.- protestó.
-
Endy, me decepcionas.- movió la cabeza de un lado a otro.- Eres el príncipe
de la Tierra, el futuro rey de este planeta. Es tu deber el preocuparte por
su bienestar y, también el mío, como primo y amigo tuyo.
-
¿Y qué tiene que ver todo eso con el hecho de seguir a un completo desconocido?.-intentó
razonar con Hiperión antes de que lo arrastrara a otra de sus locas aventuras.
-
¡Pues todo!.-exclamó exaltado.- Ese hombre actúa de una manera muy extraña.-
Endy enarcó una ceja.- Viste de camuflaje, no
hace mas que mirar para atrás para ver si alguien lo sigue y por si
fuera poco lleva un pendiente con forma de Luna... ¡es un extraterrestre!
-
Espera un momento.- lo interrumpió su primo.- ¿cómo que es un extraterrestre?
-
Por el pendiente.- respondió como si fuera lo más natural del mundo.
-
¿Y cómo sabes que lleva un pendiente con forma de Luna? Está muy lejos.
-
......
-
¡Te lo has inventado!.- lo acusó.
-
¿Qué mas da? Date prisa que se nos escapa.
Y antes de que Endymión tuviera tiempo de rechistar, Hiperión
ya lo había agarrado del brazo y arrastrado a otra de sus fatídicas aventuras.
“Hubiera preferido ir a tirar piedras al lago” pensó
Endy resignado.
El caso es que después de estar dos horas siguiendo al hombre y haciendo
auténticas acrobacias para que no los descubrieran, Hiperión comenzó a cansarse.
Entre el entrenamiento de la mañana y la travesía de la tarde comenzaba a
sentir que sus músculos se atrofiaban ( y eso que solo tenía ocho años). Además,
aquel hombre parecía estas más perdido que otra cosa porque lo único que había
hecho durante esas dos horas había sido andar en círculos y darle golpecitos
cada dos por tres a los árboles que se iba encontrando en su camino.
Hiperión y Endymión estaban a punto de marcharse cuando
ocurrió algo que los detuvo.
Cuando aquel desconocido dio tres golpecitos sobre la corteza
de un roble muy antiguo el árbol comenzó a emitir una luz dorada y en donde
antes no había nada apareció un espejo con marco de oro.
De la impresión los chicos se quedaron paralizados y, justo
cuando el hombre iba a coger el espejo, se dio cuenta de su presencia. Se
giró y unos ojos que no eran humanos los miraron con enojo y crueldad. El
ser sonrió y al hacerlo sus manos se convirtieron en unas repugnantes y peligrosas
garras.
Con gran rapidez se dirigió corriendo hacia los pequeños
quienes se mantuvieron quietos ( aunque ya habían salido de su estado de parálisis
) y en el último momento Hiperión cogió unas cuantas piedras y se las lanzó
al monstruo mientras Endymión se abalanzaba sobre él y lo derribaba para luego
salir corriendo detrás de su primo.
Aquel ser se incorporó y al buscar a los mocosos con la
mirada se percató de algo que lo hizo palidecer. Una de las piedras que había
lanzado uno de los chicos había chocado con el espejo que yacía ahora en el
suelo roto en mil pedazos.
Totalmente enfurecido se juró a sí mismo que no descansaría
hasta acabar con esos dos entrometidos, sin embargo, antes de que pudiera
ejecutar su venganza, una luz violeta lo cubrió y lo destruyó.
-
¿Qué... qué ha sido eso?.- inquirió Hiperión mientras recuperaba el aliento.-
Era... era... un monstruo, ¿no?
-
Sí... .-respondió Endymión.- ¿Has visto el espejo?¿De dónde habrá salido?
-
No lo sé, pero... .- miró a su mejor amigo con una mueca de complicidad.-
ha sido emocionante.
-
Es cierto.- rió Endymión.- y aún estamos vivos.
-
Para que luego digas que mis suposiciones siempre son locuras.- comentó Hiperión
mientras se cruzaba de brazos y se hacía el ofendido.
-
No me hagas hablar.
Y ambos estallaron en carcajadas, hasta que...
-
¡Espera un momento!.- dejó de reír el príncipe de la Tierra muy preocupado.-
¡No encuentro el anillo del sello real!.- exclamó
mientras rebuscaba en sus bolsillos.
-
¡¿Cómo que no lo encuentras?!.- se asustó Hiperión.- ¡Tus padres nos mataran
si no lo encuentras!
-
¡Pues no! ¡No lo encuentro! Se me debió caer mientras huíamos del monstruo.
Y de pronto una voz que no habían escuchado en toda su corta
vida dijo: “Buscáis esto”
************
Áyax se encontraba en la orilla del lago que había al lado
de su casa. Estaba tirando guijarros al agua procurando dar a los patos que
nadaban tranquilamente por el lago: así era más divertido.
Se sentía impotente, humillado y todo porque por fin sabía
quien era él y no podía vengarse de ellos. ¡Cómo los odiaba! ¡Ojalá nunca
hubiera obedecido a su abuela! ¡Ojalá nunca hubiera ido al palacio! ¡Ojalá
nunca lo hubiera visto! Así, ahora no se sentiría tan mal, con esas horribles
palabras resonando en su cabeza una y otra vez. “Es él” Es él”
Su abuela le había dicho que no se preocupara, que llegaría el día
en que podría vengarse de él, pero ese día aún estaba muy lejos y él no quería
esperar más, quería vengarse ya, ¡ahora! ¿Pero cómo?
La solución vino por sí sola cuando un extraño resplandor
dorado oculto entre los árboles llamó su atención y se acercó para ver qué
era. Fue entonces cuando lo vio, cuando vio a la persona a la que más odiaba
en el mundo acompañada de su mejor amigo.
************
-
¿Buscáis esto?.- preguntó un chico rubio, de ojos marrones y que aparentaba
tener su misma edad.
-
¡Eso es mío!.- reclamó Endymión.- Devuélvemelo.
-
No.
-
¿No? ¿Por qué no?.- preguntó el príncipe de la Tierra.
-
Porque será más divertido ver como
os castigan por perderlo.
-
¡Pero qué dices!.- exclamó Hiperión enojado.- ¿Acaso no sabes con quienes
tratas?
-
Lo sé, por eso lo hago.- respondió el desconocido con chispas en los ojos.-
Y quiero que cuando estéis encerrados en vuestras lujosas habitaciones
recordéis mi nombre: Áyax.
- Solo te lo diremos una vez
más.- advirtió Hiperión.-devuélvenoslo o atente a las consecuencias.
-
¿Y que vais a hacerme? ¿Pegarme?.-se burló.- estáis demasiado cansados.
-
Eso lo veremos.- respondió Endymión mientras se lanzaba contra Áyax.
Pero cuando se acercó a él, Áyax lo esquivó, lo golpeó y
lo empujó contra Hiperión provocando que ambos cayeran al suelo.
-
Ja, ja, ja... Sois patéticos.- se rió con desprecio Áyax.- Nos veremos otro
día.
Y se dio media vuelta para volver a su casa pero justo cuando
daba el primer paso vio pasar delante de sus ojos un puño que impactó en su
estómago y le hizo retorcerse de dolor.
-
Os lo debía.- dijo el recién llegado al mismo tiempo que le quitaba a Áyax
el sello y se lo devolvía a Endymión.- Pero esta será la primera y última
vez que os ayude.
Y se marchó.
- ¿Ese... ese... era Euclides?.- consiguió articular Hiperión.
-
Ajá.-respondió Endymión igual de sorprendido.
-
¡Es el décimo demonio que falla! Hasta cuando tendré que esperar a qué encuentres
ese maldito cristal dorado.- gritaba un hombre de facciones fuertes mientras
paseaba de un lado a otro de la oscura habitación en la que se encontraba.
-
La paciencia es un don.- le contestó la persona que lo acompañaba.
-
¡Llevo esperando ocho años desde que acabaste con Helios!¿Cuánto tiempo más
necesitas?
-
El que haga falta. Sin el cristal dorado no podrás derrotar a Serenity y hacerte
con el control del milenario de plata.
-
Solo dime cuánto.- lo miró amenazante.
-
¡No te atrevas a amenazarme!.- respondió el aludido irritado.- Si quieres
atacar ya, hazlo, pero no cuentes conmigo.
-
Está bien.- se resignó el otro malhumorado.- Esperaré lo que haga falta pero
mas te vale que nuestro plan no falle cuando lo encontremos o... .-clavó su
fiera mirada en su aliado.- yo mismo me encargaré de acabar contigo.
Y dicho esto despareció en la oscuridad.
-
Por supuesto que sí mi querido amigo.- sonrió diabólicamente al mismo tiempo
que una sombra negra lo cubría.- tarde o temprano lo encontraré y, cuando
eso ocurra, mi plan no fallará.