Capítulo
28: El cristal dorado
Palacio de Plutón
Cronos
estaba sentado en mitad de la sala de meditación con los ojos cerrados y el
semblante serio. Hacía apenas unos minutos que acababa de despedir a las scouts
de Urano y Neptuno después de que estas le trajeran la noticia de que Hades,
Zeus y Atlante estaban conspirando en contra del reino, algo de lo que ya
tenía conocimiento desde hacía bastante tiempo.
Como rey de Plutón, poseía la capacidad de vislumbrar el futuro en ciertas ocasiones, don que si bien en su juventud le había parecido una gracia ahora en su vejez lo consideraba una maldición. Para predecir el futuro solo necesitaba concentrarse en un punto y esperar a que las imágenes inundaran su mente, así era como la familia real de Plutón lo había hecho desde siempre, sin embargo, estas imágenes solían pasar muy rápido y apenas daba tiempo a enfocarlas para poder interpretarlas, razón por la que empleaba la esfera de cristal.
Cronos había descubierto que si concentraba su poder en la esfera, las imágenes se proyectaban en ella en vez de en su mente y que con un poco de su poder fluyendo a través de la bola podía lograr que estas imágenes se quedaran grabadas en el objeto y así poder estudiarlas a su antojo.
Había sido este don de predicción lo que Plutón había ofrecido en su día a cambio de su entrada en la alianza y, hasta su reinado, todos sus antecesores habían cumplido al pie de la letra con el acuerdo. Si había algo que amenazara al reino, el rey de Plutón debía hacérselo saber de inmediato al consejo para que este pudiera adoptar las medidas oportunas para evitar la futura catástrofe. Él había sido el único en incumplir el acuerdo, no solo no había informado al consejo sino que además había actuado por su propia cuenta atrayendo males peores.
La primera vez que había utilizado la esfera para canalizar su poder de predicción había sido hacía ya dieciocho años, un año antes de la muerte del rey Helios. Sin embargo, lo que Cronos había visto entonces no tenía nada que ver con lo que sucedió después. En su predicción había visto como la Tierra entraba a formar parte de la alianza y como el mal que se estaba gestando en ella alcanzaba a todo el sistema solar destruyéndolo por completo.
Había querido evitar que eso sucediera impidiendo la entrada del planeta azul en la alianza y, a cambio, lo único que había conseguido había sido la muerte de un buen amigo, todo lo demás seguía igual o peor. Ya fuera por manos de Hades y de la entidad maligna que lo apoyaba o a través de la Tierra, el milenario de plata sería destruido.
Sabía que muchos habían sospechado de él cuando había votado en contra de la incorporación de la Tierra a la alianza, sin embargo, no era la primera vez que el poder de predicción de un rey de Plutón era muy débil y este apenas tenía visiones, razón por la que con el tiempo el asunto se había olvidado y se había extendido la creencia de que su poder visionario era escaso, claro que ellos no conocían la existencia de la esfera de cristal.
¿Cómo la había conseguido? No lo recordaba pero tampoco creía el hecho tuviera importancia alguna.
Tomó la esfera entre sus manos y concentró su poder para intentar, una vez más, ver algo que lo incitara a intervenir, algún indicio de que había algo que pudiera hacer para evitar que el mal siguiera su camino hacia la victoria. Pero nada, no había nada, todo estaba demasiado bien organizado, cualquier movimiento que hiciera tendría un plan de contingencia que evitaría que el Milenario de Plata se salvara de su inminente destrucción.
En ningún momento se le ocurrió pensar que tal vez donde él no veía nada otros sí lo hicieran, que lo más sensato sería poner sobre aviso a la reina como tantos antes que él habían hecho. Tal vez, si hubiera podido recordar que había sido Hades quien le había regalado la esfera de cristal hacía ya veintitrés años las cosas hubieran sido diferentes. Solo, tal vez.
La Tierra
- ¿Qué tal el hombro?.- preguntó Hiperión a su primo mientras tomaba asiento en una cómoda silla de la estancia.- ¿Te sigue doliendo?
- No demasiado.- respondió Endymión sin emoción alguna.
Hiperión lo miró preocupado.
- ¿Tía Calice fue muy dura contigo?
- No demasiado.- repitió en el mismo tono de voz.- Solo me dijo que era una vergüenza para el reino y para ella, que era un irresponsable y un egoísta que solo pensaba en mi mismo y jamás en el bienestar de la Tierra y que no merecía ser el príncipe heredero al trono.
- ¿Solo eso?.- suspiró aliviado.- Entonces no es para tanto, ha habido amenazas peores.
- Olvidaba decirte que desde hoy ambos estamos desheredados, que se nos han retirado todos nuestros privilegios como príncipes de la Tierra y que a partir de mañana nos trasladaremos a la zona militar en donde viviremos a partir de ahora y comenzaremos nuestro entrenamiento para unirnos al ejército de la Tierra y así hacer algo de provecho por el planeta aparte de conspirar en contra de la reina y el rey y traicionar la confianza que todos los habitantes de la Tierra tienen depositada en nosotros.
- Oh, vaya.- tragó saliva Hiperión a quien no le apetecía para nada ingresar en el ejército. Había oído que trabajaban muy duro y que apenas tenían tiempo para dedicarse a cuestiones del corazón, algo sin lo que Hiperión era incapaz de concebir la vida humana.- Parece que esta vez si que hemos logrado sacarla de sus casillas.
- Aún no he terminado.- indicó el pelinegro mientras se incorporaba un poco de la cama sobre la que estaba tumbado y le dirigía a su primo una mirada irónica.- Por supuesto, para agradecerle a la reina de este planeta su extrema generosidad para con la escoria del mundo donaremos todo nuestro salario a las arcas reales y nos quedaremos con lo estrictamente necesario para alimentarnos.- Hiperión palideció al oírlo.- Palabras textuales de mi madre.
- Oh, vaya.- repitió de nuevo.- En ese caso creo que lo único que podemos hacer es largarnos de aquí y comenzar una nueva vida lejos de tía Calice.
Endymión le dirigió una mirada de reproche que expresaba bastante bien su opinión al respecto.
- No te preocupes, Endy.- se encogió de hombros como si tal cosa.- En cuanto se le pase el enfado volvemos. Puede que tarde un par de años ( >.< demasiado optimista el pobre ) pero el exilio es mucho mejor que la vida sin amor.
- No estoy tan seguro.- suspiró el príncipe de la Tierra.- Pero de todas formas me es indiferente lo que haga o deje de hacer, como si quiere encerrarnos en prisión y dejarnos morir de hambre y sed, me da lo mismo.- sonriendo a su primo con tristeza.- Tienes razón en decir que la vida sin amor no es vida… .- contrayendo el rostro en una mueca de dolor mientras se tocaba ligeramente el hombro.- … ojalá la estocada que me produjo esta herida hubiera sido más certera.
- No es para tanto, Endy.- intentó Hiperión restarle importancia al asunto muy preocupado por la actitud abatida y decaída de su primo.- Volverás a enamorarte.
- No.- respondió con seguridad.- Eso no sucederá jamás.
- Bueno, también decías que jamás te enamorarías de nadie y ya ves lo que ha pasado.- acercó la silla a la cama y se inclinó hacia su primo.- ¿Por qué mejor no me cuentas que sucedió antes de que llegara tía Calice? Me muero de la curiosidad.
Hiperión esperó ansioso a que su primo empezara a contarle todo lo que había pasado desde que entrara a la habitación hasta que se diera la voz de alarma de que había un intruso en palacio. Cierto que estaba preocupado por él pero también sentía mucha curiosidad por saber quien era el tipo que había conseguido abrirse paso hasta la habitación de la prisionera arrasando en su camino con cualquier soldado que intentara detenerlo y que además había conseguido herir a Endymión con la espada.
Eso y también saber qué tal le había ido con Serena y cómo habían conseguido escapar de allí la princesa y el intruso sin que nadie se diera cuenta de nada después de todo el jaleo que se había armado ( en especial él, que se suponía que era quien tenía que ayudar a Serena a salir de palacio y conducirla hasta donde se supusiera que estaba su transporte hacia la Luna ).
En realidad, la noticia de que un grupo de hombres muy bien entrenados estaban atacando el palacio real y acabando salvajemente con la vida de todos los valientes soldados que intentaban cortarles el paso ( -.- qué exagerados ) había llegado justo en el momento en que tía Calice terminaba de darle su sermón interminable de casi una hora sobre responsabilidad y obediencia a la autoridad. La reina había deducido al instante que se trataba de un intento de rescate por parte de la Luna y no había perdido ni un segundo en salir corriendo seguida por Diocles hacia la habitación de la prisionera después de haberle dado órdenes al soldado de que la acompañarán él y todo su pelotón. Hiperión había aprovechado la oportunidad y los había seguido muy interesado en lo que pudiera estar pasando.
Ni falta decir que cuando la reina se encontró con que todos los guardias que custodiaban la habitación de la princesa de la Luna estaban gravemente heridos y que su hijo se encontraba allí SOLO, maquillado y en ropa interior ( en la herida ni se fijó ) estalló hecha una furia exigiéndole a su hijo que le dijera que demonios había pasado y que estaba haciendo allí en esas condiciones tan deplorables y vergonzosas. Endymión, que parecía estar como ido, ni siquiera se dio cuenta de la presencia de su madre y de los soldados hasta que ésta, harta de que la ignorara, le dio un sonoro bofetón y le repitió la pregunta. El príncipe se limitó a negar con la cabeza y a bajar el rostro totalmente abatido por lo que la reina dedujo que era cómplice del rescate.
Ordenó a Diocles que se ocupara de devolver la calma a palacio y a un soldado que trajera algo de ropa para su hijo. En cuanto Endymión estuvo vestido decentemente, la reina cerró la puerta de la habitación de un portazo quedándose a solas con su hijo; sus gritos y amenazas resonaron por todo el palacio. Además, la actitud indiferente de Endymión ante sus reclamos solo consiguió que la reina se enojara mucho más hasta el punto de que cuando llamó a unos soldados para que encerraran al príncipe en su habitación ni siquiera había notado que estaba herido en el hombro. Y si no llega a ser por Hiperión, la herida aún estaría sangrando.
- Endy.- habló Hiperión luego de un rato de esperar inútilmente que su primo le contara lo que había sucedido.- Entiendo como te sientes pero pensaba que ya tenías asumido que no volverías a ver a Serena, tu mismo dijiste que no te importaba con tal de que ella estuviera a salvo.
- Déjame solo.- pidió el príncipe.
- ¿Con la depresión que tienes encima?.- puso mala cara Hiperión.- Ni hablar, no vaya a ser que te tires por la ventana y me quede sin saber que fue lo que pasó.
- Quiero estar solo.- repitió Endymión con dureza.- Lárgate.
- Si me voy es para no volver jamás a palacio y en ese caso tendrías que acompañarme.- se cruzó de brazos.- Y puesto que no pareces estar muy dispuesto a moverte de aquí, yo tampoco.
- No te lo repetiré una vez más, Hiperión.- se incorporó un poco.- Déjame solo.
- He dicho que….
- ¡¡Qué te largues!!.- lo agarró de la camisa y le gritó con furia.- ¡¡No necesito que nadie me consuele!!
La reacción del príncipe de la Tierra dejó a Hiperión sin habla y si Endymión no lo hubiera saltado después de un rato aún seguiría agarrado de la camisa y paralizado. Sabía que su primo lo estaba pasando verdaderamente mal pero en esas condiciones dudaba mucho que nada de lo que hiciera o dijese pudiera ayudarlo en algo. Lo mejor sería dejarlo solo durante un rato y volver más tarde.
Se dirigió hacia la puerta y salió de la habitación no sin antes darse la vuelta y forzar una sonrisa.
- Si vas a suicidarte espera al menos a que a tía Calice se le pase el enojo.-dijo.- no me gustaría tener que enfrentarla yo solo.
En cuanto se hubo marchado, Endymión se dejó caer de nuevo sobre la cama y suspiró con pesar. Sabía que se había sobrepasado con su primo pero es que lo último que le apetecía en ese momento era que alguien que por mucho que lo intentase jamás podría entender realmente como se sentía intentara consolarlo con palabras vanas. El máximo obstáculo con el que Hiperión se había encontrado a la hora de salir con cualquier chica que lo atrajera había sido un hermano o un padre sobreprotector que no deseaba que le partieran el corazón a su pequeña hermana o hija, pero jamás con una imposición tan firme como la de su madre.
Aunque tampoco es que le importara demasiado su opinión, ni la suya ni la de cualquier otro ser humano del mundo ( y en vista de las circunstancias, del universo ).
Había creído que podría seguir con su vida pese al dolor que lo atenazaría para toda la eternidad desde el momento en que ella volviera a su hogar pero no se había dado cuenta de lo equivocado que estaba hasta que no había aparecido su prometido para regresarla de nuevo a casa. En ese momento había comprendido que no solo la perdería para siempre sino que sería otro el que disfrutaría de sus sonrisas, sus caricias, sus palabras de doble filo, su dulzura… y no había podido soportar la idea.
Los celos, la angustia y el dolor de ser incapaz de impedirlo lo habían paralizado por completo hasta el punto de apenas darse cuenta del ataque de Arthur y, seguramente y pese a que su vida había corrido peligro en ese instante, hubiera seguido igual sino hubiera sido por el grito de su amada rogándole a su prometido que parara.
Su voz lo había devuelto a la realidad y había permitido que su instinto de supervivencia aflorara por encima de todo lo demás.
Durante el enfrentamiento, la idea de que alguien pudiera pensar siquiera durante un segundo que podría ser capaz de dañar a la mujer a la que amaba lo había enfurecido y permitido concentrar todos sus sentidos en el duelo pero ni aún así había podido derrotar al selenita lo que muy a pesar suyo y aunque nunca lo reconocería abiertamente había provocado que el chico se ganara su respecto.
Tal vez por eso había aceptado estrechar su mano cuando él se la había ofrecido, por eso y porque sin que se lo propusiera empezaba a pensar que Serena se negaría a volver a su casa y que se quedaría con él a afrontar a su madre por su amor, ¿por qué si no la joven lo estaba defendiendo con tanta vehemencia?
Sin embargo, todas sus ilusiones se habían ido al traste cuando Arthur la había tomado entre sus brazos y, tras algunas caricias, se la había llevado para siempre de su lado sin que la joven hiciera nada por impedírselo. En ese momento todo su mundo se había venido abajo y la cruda realidad lo había golpeado con la fuerza de un huracán dejando solamente un cuerpo sin vida.
Lo único que le quedaba era el soñar que las cosas eran diferentes y que Serena y él podían estar juntos.
Cerró los ojos y se dejó llevar hasta el mundo de los sueños, sin ser consciente de que en el fondo de su corazón aún albergaba la esperanza de que estos se hicieran realidad.
****************
Erios contempló con pesar el cristal dorado, sabía que Hades había vuelto a Erusión, que llegaría al templo en cuestión de segundos y que esta vez no podría hacer nada por impedir que se lo llevara. La fuerza que protegía a Erusión y a la que él debía su existencia se estaba debilitando a causa del mal que se estaba apoderando del planeta. Si las cosas seguían como hasta ahora la gente de la Tierra perdería sus sueños, Erusión dejaría de existir y el cristal dorado sería destruido.
Sin embargo, el guardián del mundo de los sueños sabía que aún quedaba esperanza para Erusión, hacer desaparecer para siempre los sueños de la gente no era algo tan fácil como la entidad maligna que estaba detrás de todo parecía creer, pero el cristal… si Hades se hacía con él lo destruiría para siempre en cuanto hubiera servido a sus propósitos y con su desaparición también desparecería la esencia de su creador. Y eso no podía permitirlo.
Una vez más, se arrodilló y juntó las manos en oración tratando de comunicarse con los reyes de la Tierra, los únicos que conocían la existencia de Erusión y que podían ayudarle. Y una vez más, no obtuvo respuesta. Para comunicarse con el mundo exterior necesitaba hacerlo a través de los sueños de la gente y los reyes de este planeta estaban demasiado inmersos en sus problemas como para poder tenerlos. Tendría que buscar a otra persona, alguien que pese a las complicaciones que lo rodearan aún tuviera sueños, aún creyera que estos podían hacerse realidad.
Se concentró y a los pocos segundos encontró una luz, brillante, fácil de seguir. Su cuerpo adoptó la forma de un hermoso unicornio y se dirigió hacia ella, hacia la persona que aún conservaba la esperanza de que sus sueños se hicieran realidad.
***********
Era
un día perfecto para ir de excursión, el sol brillaba con fuerza y no había
ni una sola nube en el cielo que amenazara con lluvia. La llanura era extensa
y estaba totalmente cubierta de amapolas, en el centro, un pequeño lago de
agua cristalina completaba el paisaje.
Dos
figuras, la de un hombre y una mujer, caminaban sonrientes y cogidos de la
mano. La mujer traía una cesta de comida y un mantel, era rubia y tenía el
cabello largo y recogido en dos moños, él en cambio tenía el cabello negro
y corto y ambos tenían los ojos azules. Los de ella eran azules como la mañana
y los de él azules como la medianoche. Hacían una linda pareja.
Se
detuvieron a dos metros del lago, montaron su pequeño picnic y se sentaron
a comer. O al menos eso era lo que hacía ella, porque el chico solo la miraba
sonriente y feliz.
En
determinado momento, el joven se levantó
sin que su compañera lo notara y se dirigió al lago en donde se quitó
su camisa y la empapó en agua. Después, se acercó a la joven y la escurrió
encima de ella. La reacción no se hizo esperar.
- ¡Imbécil!.- le gritó con todas sus fuerzas.-
¡¡¿Qué crees qué estas haciendo?!!
- Solo llamar tu atención.- le sonrió mientras
se sentaba a su lado.- No me gusta tener que competir con un helado.
- Exagerado.- le dirigió una mirada ceñuda
para después volver a concentrar toda su atención en el helado que estaba
saboreando.
- Al menos podrías darme un poco.- replicó
molesto.- Ese era el último que quedaba.
La
joven lo miró de reojo y después le extendió el helado para que pudiera probarlo
momento que el chico aprovechó para tomarla de la cintura y besarla en los
labios.
- Mmmm… chocolate .- dijo aún sin soltarla.- mi preferido.
- ¡¡Mira lo que has hecho!!.- exclamó la chica
muy molesta al mismo tiempo que se separaba de él y se ponía de pie.- ¡¡¡Me
has manchado todo el vestido de chocolate!!!.- gimiendo infantilmente.- Y
encima me he quedado sin helado… ¿es qué no podías probarlo como todo el mundo?
- No te preocupes.- se levantó y la cogió en
brazos.- Enseguida lo arreglo.
- ¿Eh?.- inquirió sin entender nada hasta que
se dio cuenta de cuales eran las intenciones del chico y empezó a patalear
y gritar intentando que la soltara inútilmente.
Con
una fuerza sobrehumana el pelinegro la mantuvo sujeta ignorando sus comentarios
hasta que llegó a la orilla del lago y la dejó caer allí con una sonrisa de
oreja a oreja.
- ¡¡¡Te odio!!!.- gritó la chica empapada.-
¡¡¡¿Por qué has tenido que hacerlo?!!! ¡Sabes que no me gustan los lagos!
- El lago no cubre.- respondió.- Por cierto,
¿te he dicho que estás preciosa cuando te enojas?
- ¡¡Yo te mato!!.- gritó histérica mientras
salía del lago dispuesta a darle una buena paliza al chico.
Sin
embargo, en cuanto pisó tierra firme el pelinegro se hizo a un lado, la joven
calló al suelo cuan larga era y, antes de que le diera tiempo a levantarse,
el chico ya la había agarrado de las muñecas y la había inmovilizado.
- Te amo, Serena.- la besó con pasión.
La
joven se resistió un poco al principio pero al final terminó cediendo y respondiendo
al beso con igual desenfreno.
- Yo también te amo, Endy.- dijo ella una vez
que el beso se hubo roto.- Pero ya deja de meterte conmigo, ¿quieres?.- se
quejó con una mueca.
- ¿Más que a Arthur?.- inquirió dudoso e ignorando
la petición de su amada.
- Un billón de veces más.- le sonrió.
Endymión cerró los ojos y rozó sus labios con suavidad varias veces prolongando cada vez más el contacto hasta que el roce terminó convirtiéndose en un apasionado beso. Dejó de sujetarla por las muñecas y llevó sus manos hasta sus pechos tratando de desatar el lazo que mantenía cerrado el vestido de la joven para poder acariciarlos a su antojo.
Estaba a punto de lograrlo cuando Serena
rompió el beso y le retiró las manos de su cuerpo, sonrojada y sonriendo levemente.
- Aquí no.- dijo
con la respiración agitada.- Alguien podría vernos.
- No hay nadie.-
respondió mientras intentaba volver a su tarea.- Y estaba pensando que ya
iba siendo hora de aumentar la familia, ¿no crees?.- le guiñó un ojo picaronamente.
- Aún más.- rió ella.-
No creo que a tu madre le haga muy feliz la idea.
- ¿Bromeas? Seguro
que le encanta.
- ¡¡¡¡Papa!!!!¡¡¡¡¡Mama!!!!!.-
gritó alguien de pronto interrumpiendo a la pareja.
- Olvida lo que te
he dicho.- suspiró Endymión.- Creo que ya tengo bastante con esos cuatro.
Serena rió por el comentario y ambos
se pusieron de pie para recibir a sus hijos: Serenity de 7 años, Calice de
6 y Helios y Endy de 4.
- Ya sabía yo que
os encontraría aquí.- gruñó la reina Calice.-Siempre planeando como aumentar
la camada.- miró a Serena reprobatoriamente.
La joven se dio cuenta en ese momento
que aún tenía la parte delantera del vestido desabrochada y se apresuró a
hacer de nuevo el lazo con las mejillas sonrojadas.
- ¿Qué hace aquí,
madre?.- preguntó el pelinegro.- Quedamos en que padre y tu llevaríais a los
niños a la feria.
- Ha surgido un imprevisto.-
respondió.- Así que aquí os lo dejó.
- Pero madre….- trató
de protestar el chico.
La reina no le hizo el mínimo caso,
se dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso a palacio. Endymión suspiró
resignado y después se giró hacia Serena que se entretenía jugando con Helios
y Endy mientras Calice y Serenity corrían felices por la llanura. El joven
estaba por unirse a ellos cuando una luz que surgía del centro del lago llamó
su atención.
- ¿Qué es eso, papa?.-
lo tomó de la mano la pequeña Serenity.
Endymión estaba por responder cuando
la luz empezó a tomar la forma de un hermoso unicornio.
- ¡¡Es Pegaso!!.-
exclamaron a dúo Endy y Helios.- Viene a jugar con nosotros.
Al instante, los cuatro niños corrieron
hacia la aparición seguidos por Serena que parecía tan feliz como ellos de
la presencia del unicornio. Endymión lo contempló sin saber que pensar y entonces
notó que Pegaso ( como lo habían bautizado sus hijos ) tenía la mirada fija
en él. Frunció el ceño extrañado y en ese momento una potente luz dorada surgió
del cuerno del unicornio y se introdujo dentro de él.
En
el mundo real el cuerpo del príncipe de la Tierra brilló durante unos segundos
y después volvió a su estado inicial.
En
sus sueños, Pegaso se había marchado y Serena, sus hijos y él corrían felices
por la llanura.
**************
- ¡¡¡Por fin!!!.- exclamó Hades con gozo.- ¡¡¡El
cristal dorado es mío!!!
Su
siniestra risa resonó por todo el palacio de oro mientras Erios lo contemplaba
impotente en un rincón, con la mirada bajada y una ligera sonrisa de alivio
en sus labios.