Capítulo
11 : El anillo ( segunda parte )
La
Tierra
Apenas llevaba diez minutos con aquel libro entre las manos y ya empezaba
a aburrirse. No es que fuera muy complicado, en realidad era bastante simple,
números, raíces cuadradas, algoritmos, polinomios de más de 5 grados... pan
comido, con echarle un vistazo media hora antes del examen tendría más que
suficiente. El problema era que detestaba estudiar, prefería mil veces antes
dedicar su tiempo a otros menesteres como la esgrima, el ajedrez, las chicas
bonitas... De hecho, le había dedicado tanto tiempo a esto último que había
suspendido el examen de historia, su tía Calice se había enfadado muchísimo
con él y lo había encerrado en su habitación para que en el próximo examen
sacara la máxima nota.
Pero como él siempre
solía decir, en este mundo había tiempo tanto para la diversión como para
el estudio, bueno, para esto último solo un poquito ( pero, ¡ey! qué la vida
es joven ).
Así que sin pensárselo dos veces, hizo uso de todo su guardarropa
para fabricar una cuerda con la que descolgarse por la ventana ( en los buenos
tiempos bastaba con dos sábanas pero estos pasaron cuando su tía Calice lo
descubrió y trasladó su habitación de la parte más baja del castillo a la
más alta del mismo, con una caída libre de seis metros).
Una vez que estuvo abajo tiró de la cuerda con todas sus
fuerzas para deshacer el nudo y, después, la escondió en unos matorrales junto
con una especie de ancla que le ayudaba a volver a su cuarto sin que nadie
se enterara de su escapada.
Feliz consigo mismo, se adentró en el bosque en busca de
su próxima conquista mientras tarareaba una canción.
****************
La chica tenía dieciséis años, una melena rubia, ojos verdes
y estaba un poco delgada. Su nombre era Cristina.
Cuando Cristina vio acercarse a aquel joven de ojos verdes,
cabello plateado corto y elegante porte, ataviado con un simple pantalón negro
y una camisa blanca desabrochada ( algo vieja ) supo que se metería en problemas.
Por esa razón, se propuso a sí misma que pasara lo que pasara no aceptaría
nada de lo que el príncipe Hiperión le propusiera.
****************
Tras unos cuantos pasos Hiperión llegó a una pequeña aldea
de campesinos en donde fijó su mirada en una chica rubia ( le encantaba el
cabello largo y rubio, lástima que la joven lo tuviera cortado en una melena
) que estaba comprando en el mercado del pueblo. Decidido se acercó hasta
ella quien, al verlo, cambió de rumbo como si estuviera huyendo. El chico
se perdió entre la gente e interceptó a la joven en una esquina, tropezando
( no por accidente precisamente ) y provocando que a ella se le cayera de
las manos todo cuanto llevaba.
-
Oh, lo siento.- se lamentó mientras la ayudaba a recoger.- ¡Soy tan despistado!
-
No... no os preocupéis.- tartamudeó la joven.- Ha sido culpa mía, no miraba
por donde iba. Y ahora, si me disculpáis, tengo prisa.- se apresuró a añadir
ansiosa por desaparecer de su vista.
-
¡No, no os vayáis!.- la tomó del brazo con suavidad.- Dejadme que al menos
os compense por mi estupidez. Os he destrozado los tomates.
-No,
de verdad que no es necesario príncipe Hiperión...
-
Así que me habéis reconocido, ¿es por eso por lo que huíais de mí?
-
¡No, claro que no! ¿Cómo podéis pensar eso?
-
Es lo que parecía pero cualquiera puede equivocarse,¿qué podría temer un ángel
como vos de mí?.- añadió mientras se inclinaba con respecto. Cristina se sonrojó.-
De todas formas aún tenemos un problema, vos conocéis mi nombre pero yo desconozco
el vuestro.
-
Bueno... .- titubeo. No quería darle su nombre.
-
Mi bello ángel.- la tomó de las manos.- No tenéis nada que temer. Os aseguro
que preferiría mil veces antes morir entre espantosos dolores que haceros
daño.- dijo con mucho sentimiento.
Cristina lo miró a los ojos, deseaba creerle pero esa advertencia
aún estaba latente en su mente..
-
Mi hermano me advirtió de vos.- se atrevió a decir por fin.- Dice que sois
un casanova, que conquistáis cuantos corazones se ponen a vuestro alcance
y que después los destrozáis.
Hiperión enarcó una ceja y después estalló en risotadas
ante la sorprendida joven.
-
Mi ángel, creo que vuestro hermano está mal informado, jamás he roto corazón
alguno y si lo he hecho ha sido sin intención. Lo único que busco es a la
mujer que sea capaz de hacerme completamente feliz y que consiga con su sola
sonrisa borrarme de mi mente la imagen de cualquier otra damisela.
La pregunta es, ¿seréis vos esa mujer?
-
Cristina... .- respondió con timidez.- Mi nombre es Cristina.
-
¡Cristina! ¡Qué hermoso nombre! Al oírlo vienen a mi mente imágenes de fragilidad,
delicadeza... ese nombre parece estar hecho a vuestra medida. Ahora Cristina
¿le permitiríais a vuestro más humilde siervo recompensaros su torpeza acompañándoos
al mercado?.- le ofreció el brazo.
Cristina, que a estas alturas ya había olvidado cualquier
advertencia y cualquier promesa que se hubiera hecho a sí misma, aceptó su
ofrecimiento encantada. Pero es que había que comprenderla, Hiperión sabía a la perfección como encandilar a una mujer.
Área
de prácticas ( la Tierra )
-
Esa estocada más alta, Endymión.
El príncipe asintió con la cabeza y se dispuso a repetir
el último movimiento que había realizado. En esta ocasión consiguió bloquear
la estocada de Diocles y asestarle una en el pecho. Su instructor dio por
finalizada la clase de esgrima y comenzó a recoger su equipo, Endymión lo
imitó.
-
Bien hecho.- le felicitó.- pero la próxima vez procura no traer a las prácticas
a tu club de fans.
Endymión giró la cabeza y miró a la chica pelirroja que
lo observaba escondida tras unos árboles, bajo la mirada avergonzado y susurró
un lo siento que Diocles no se dignó en responder. Cuando Diocles se hubo
marchado y aprovechando que el príncipe se había quedado solo la joven se
acercó a él con pasos apresurados.
-
¡Mi príncipe, habéis estado fabuloso!.- exclamó con verdadera admiración.
-
Beryl, ¿se puede saber cuántas veces te he dicho ya que no vengas a las prácticas?.-
la riñó resignado.
-
Esta vez no ha podido verme, no me he acercado demasiado.- se defendió.
-
¡Pues te ha visto! No sé como demonios lo hace pero siempre se da cuenta,
además, ¿no deberías estar acompañando a mi madre? ¡Para algo eres su dama
de compañía!.- exclamó exasperado, no por la presencia de Beryl sino por la
actitud de su instructor, hiciera lo que hiciera
Diocles no parecía estar nunca satisfecho pese a que el resto de la
corte ( y según Hiperión de la Tierra ) opinaba que no había nadie que manejara
la espada como él.
-
Su majestad la reina me dio el día libre.- se sonrojó.- y pensé que tal vez
podríamos dar un paseo juntos.
-
Ahora no puedo, le prometí a Madison que la acompañaría al lago.
-
Entiendo... .- se apenó la joven.- ¿tal vez otro día?
-
Sí, otro día, nos vemos Beryl.- se despidió el joven.
“Así
que Madison de nuevo” pensó la chica mientras veía marcharse a su príncipe.
“Yo me ocuparé de que no vuelva a molestar”
Se dio media vuelta y se adentró en el bosque rumbo a casa
de su abuela. Cuando llegó, la anciana estaba sentada en el porche, casi parecía
que la hubiera estado esperando.
-¿Problemas
con el príncipe?.- se burló la mujer.
-
No con él, sino con esa estúpida duquesa Madison. Le advertí que no se acercara
a Endymión pero ha hecho oídos sordos a mi advertencia.
-
Mal asunto.- comentó con indiferencia.- ¿y qué piensas hacer al respecto?
-
Ya lo sabes.- se acercó a la anciana con los ojos ávidos de poder.- Quiero
que me enseñes.
-
De eso nada jovencita.- negó con la cabeza mientras se incorporaba con algo
de dificultad y se adentraba en la casa seguida por Beryl.- Aún no es tiempo,
conténtate con que comporta contigo algo de mi sabiduría, no quieras ir demasiado
deprisa.
-
Lo prometiste.-protestó la joven con rabia mal contenida.
-
Sí, lo hice.- la miró a los ojos con severidad.- Pero no dije cuando, de momento
toma este frasco, te servirá para tus propósitos.
-
No tengo opción.- gruñó mientras tomaba el frasco con ansiedad y se dirigía
a la puerta.
-
Beryl... .- la llamó la anciana en el último momento.- Recuerda que esta será
la última vez que te ayude.
La pelirroja no respondió y salió corriendo del lugar en
busca de su víctima.
*************
Madison estaba frente al espejo de su habitación dándose
los últimos retoques para su cita con Endymión. Mañana tendría que regresar
a casa de su padre y no pensaba marcharse de allí sin antes haberle robado
un beso al príncipe, lo conquistaría a cualquier precio. De pronto, la imagen
en el espejo de una chica pelirroja la hizo girarse enfadada.
-
¡¡¡Beryl, qué demonios haces en mi habitación!!!¡Tu no tienes permiso para
entrar aquí!
-
Te lo advertí.- se limitó a responder la pelirroja.
-
¿Qué? ¡Ah! Te refieres a Endymión.- cambió su tono enfurecido de voz a uno
sarcástico.- Vamos Beryl, sabes perfectamente que una campesina como tu jamás
tendría ninguna oportunidad con él.
-
¡Yo no soy ninguna campesina!.- reclamó ofendida.
-
¿A no? Tal vez, pero aunque no lo fueras alguien tan vulgar como tu nunca
podría igualarse a una belleza como yo.- siguió mirándose en el espejo.- Reconócelo,
has perdido.
-
Eso jamás.- susurró y le lanzó a la duquesa el frasco que le había dado su
abuela.
Al romperse, una intensa humareda rodeó a Madison mientras
Beryl sonreía triunfante. Sin embargo, su sonrisa se desvaneció cuando al
disiparse el humo vio que su rival seguía ahí mirándola desafiante. Algo había
salido mal.
-
¡¿Sé puede saber que te propones?!.- la miró acusadora.
-
.....
-
¡Pues no digas nada sino quieres!.- le gritó.- Me da exactamente igual lo
que pretendieras hacer, estoy harta de ti y voy a librarme de una vez por
todas de tu repugnante presencia, haré que te encierren en el calabozo más
profundo de este palacio.- la amenazó.
-
No te atreverás.- la miró con ira.
-
Ponme a prueba.- se burló.- ¡¡¡Guard....
Pero antes de que pudiera llamarlos Beryl se abalanzó sobre
ella y la golpeó con fuerza en la cabeza. Madison la miró con odio dispuesta
a devolverle el golpe mas no tuvo ocasión. La pelirroja agarró un abrecartas
cercano y se lo clavó en el corazón matándola al instante. Después cayó al
suelo de rodillas y se contempló las manos ensangrentadas. Su rostro adquirió
una expresión burlesca y comenzó a reír como nunca antes lo había hecho en
su vida, dándose a sí misma cierto matiz de locura que solo la inteligencia
de su mirada desmentía.
“Tengo
que deshacerme del cadáver” pensó.
Pero antes de que le diera tiempo a planear nada, una luz
negruzca cubrió el cuerpo de Madison llevándose cualquier rastro de ella y
de cuanto había sucedido en esa habitación. Asombrada, Beryl se giró y se
encontró con la mirada orgullosa de su abuela.
-
Ahora estás preparada.- dijo antes de desaparecer junto con su nieta.
****************
Endymión llevaba esperando a Madison en el jardín de palacio alrededor de diez minutos y comenzaba a impacientarse. Nunca le había gustado que lo hicieran esperar y menos aún que lo hiciera una chica. Como Madison no apareciera en menos de cinco minutos ya podía ir despidiéndose de él, después de todo no le interesaba, la única razón por la que aceptaba salir con ella o con cualquier otra chica que se le acercara ( como la insistente Beryl ) era para que su madre no le recriminara que no tenía ningún interés en buscar a una buena chica que estuviera capacitada para ser su reina.
Mientras saliera con ella su madre lo dejaría en paz, además,
dudaba mucho que existiera una sola mujer en toda la Tierra capaz de hacerlo
volar como decía su primo que se sentía uno cuando se enamoraba ( aunque claro,
esa definición no era muy fiable viniendo de alguien que se enamoraba cada
dos por tres ). De todas maneras tampoco tenía mucha prisa en experimentar
esa sensación, en su opinión las chicas solo causaban problemas y cuanto menos deseos sintieras de complacerlas mucho mejor.
Estaba a punto de marcharse cuando la repentina aparición
de Beryl lo hizo detenerse. La joven venía corriendo y parecía muy agitada.
-
Mi príncipe.- se detuvo.- Siento mucho que hayáis tenido que esperar tanto
tiempo pero me resultó imposible venir antes.
-
Que yo recuerde no es a ti a quien esperaba.- respondió gentilmente.
-
Lo sé, en realidad he venido para daros un mensaje. La duquesa Madison ha
tenido que marcharse antes de tiempo y me ha pedido que os lo comunicara.
-
¿Qué se ha marchado?.- preguntó incrédulo.- Pero si fue ella la que insistió
en que nos viéramos antes de su partida.
-
No sé que habrá podido pasar mi príncipe pero tal vez tenga algo que ver con
su compromiso.
-
¿Estaba comprometida?.- dudó.
-
Sí... ¿no lo sabíais? Lo siento... .- fingió sentirse arrepentida.- no era
mi...
-
No hace falta que te disculpes Beryl.- se encogió de hombros.- Tampoco es
que me importe mucho, Madison solo era una amiga lo que pasa es que no me
esperaba que estuviera comprometida, no se comportaba como tal. Beryl... .-
meditó durante unos segundos y sonrió.- te parece que demos ese paseo del
que me hablaste esta mañana.
-
¡Claro que sí alteza!.- exclamó muy contenta.- Será todo un honor.
Endymión la tomó del brazo y juntos se dirigieron hacia
el lago.
Endymión yacía sobre la hierba contemplando el cielo azul,
era su forma de relajarse, sobre todo después del día tan agotador que había
tenido. El tarareo de una canción le indicó que su primo Hiperión ( a quien
estaba esperando) se aproximaba.
-
¡Ey Endy!.- lo llamó sonriente.- ¿Llevas esperando mucho tiempo?
-
El normal tratándose de ti.
-
Y Euclides, ¿no ha llegado todavía?
-Me
dijo que tenía un asunto que solucionar y que se retrasaría un poco así que
ve tomando asiento que esto va para rato.
-
¿Otra pelea?.- preguntó mientras se sentaba al lado de su primo.
-
Eso creo... Por cierto, ¿y esa herida en el labio?
-
¿Esto?.- se tocó el labio inferior.- No es nada, solo un pequeño problema
de celos. Esta mañana conocí a una chica preciosa y la invité a dar una vuelta,
hablamos, reímos e incluso nos besamos una vez.
-
No me digas que esa herida te la hizo cuando te beso.- rió Endymión divertido
ante tal idea.
-
¡Para nada! La herida me la hizo otra chica a la que conocí la semana pasada.
Nos vio a Cristina y a mí acaramelados y se enfadó. Me reclamó que era un
sin vergüenza por engañarla con otra, traté de explicarle que ella y yo solo
éramos amigos, que no teníamos ninguna relación formal y que por tanto éramos
libres para hacer lo que quisiéramos. No debió entenderlo muy bien porque
me abofeteo y después se marchó muy enfadada.
-
¿Y Cristina?
-
Se marchó corriendo, intenté detenerla pero tenías que haber visto como corría.
-
Te lo tienes bien merecido por andar por ahí jugando con el corazón de las
chicas.- lo acusó.
-
¡Ey!.- protestó.- ¡Qué tu no eres ningún santo!
-
Perdona amigo pero yo no voy buscando por todos lados a alguna chica a la
que conquistar para luego romperle el corazón. Son ellas las que me buscan
y que yo sepa pasear con ellas nunca ha sido señal de nada.- se defendió Endymión
molesto por la comparación.
-
Vamos a ver Endy.- movió la cabeza como quien intenta explicar algo complicado
a un niño poco lúcido.- En primer lugar, todas las chicas con las que salgo
saben perfectamente que soy un alma libre, si aceptan tener algo que ver conmigo
lo hacen por su propia cuenta y riesgo.
-
Pues eso, un sinvergüenza.
-
¡Y en segundo lugar!.-hizo callar a Endymión.- Que yo sepa aún no he roto
ningún corazón.
-
¿Y cómo llamas a lo que has hecho con esas dos chicas?.- replicó con ironía.-
¿Efectos colaterales?
-
Ampliación de horizontes.
-
¿Qué?.-inquirió algo desconcertado.
-
Ampliación de horizontes.- repitió con naturalidad.- Las chicas con las que
salgo deben entender que no puedo escoger a una de ellas porque todas tienen
algo especial que me gusta, simplemente tienen que comprender que las quiero
a todas por igual.
-
¿Ha... hablas en serio?
-
Por supuesto.- asintió.- Mañana las buscaré, hablaré con las dos e iremos
los tres juntos a dar un paseo.
-
No me lo puedo creer y encima lo dices como si verdaderamente te tragaras
tu propio cuento.- comentó Endy con los ojos bien abiertos.
-
¡¡No es ningún cuento!!.-exclamó indignado.- Lo que pasa es que tienes la
mente muy cerrada... mira, por ahí viene Euclides, ya verás como él si lo
entiende. ¡¡Euclides!!.- lo llamó.-
¿Verdad que tú si… argggg… .- se retorció de dolor.- mi estómago.
-
No te acerques a Cristina.- lo amenazó Euclides al mismo tiempo que tomaba
asiento al lado de Endymión.
-
Sí, sí, creo que está muy de acuerdo contigo.-se burló el príncipe de la Tierra.
-
Muy... gra... gracioso... como a ti... no te duele...
-
Y a todo esto, ¿ a ti desde cuando te importa lo que Hiperión haga o deje
de hacer? Más aún ¿desde cuando te preocupas por el bienestar de alguna chica?.-
preguntó Endymión extrañado.
-
Es mi hermana.- respondió con su habitual tono frío.
-
¡Tu hermana!.-exclamó Hiperión sorprendido.- ¿Pero desde cuando tienes hermana?
-
Desde que nació.- se limitó a decir.
-¡Y
se puede saber por qué demonios no nos lo dijiste antes!
-
No preguntasteis.
-
¿Qué?
-
Déjalo Hiperión.- se entrometió su primo.- Euclides nunca tendrá remedio.
-
Claro y por eso... ¡espera un momento! Si tú eres su hermano entonces eres
tu quien le dijo a Cristina que yo era un sinvergüenza y un casanova.- puso
semblante de filósofo.- ¡Pero quien demonios te crees que eres para ir hablando
mal de mí!¡Haré que te arrepientas!
Y se abalanzó sobre Euclides que permanecía impasible. Afortunadamente, Endymión logró detenerlo antes de que alcanzara su objetivo.
-
¡Hiperión! Estate quieto de una buena vez, no ves que vas a ser el único que
salga perdiendo.- intentaba razonar con su primo.- Además, solo ha dicho la
verdad.
Hiperión dejó de debatirse entre los brazos de su primo
y se quedó paralizado con cara de mártir.
-
Tener amigos para esto.- se quejó muy compungido mientras volvía a sentarse.
-
¿Y a ti cómo te fue en la pelea?.- ignoró el príncipe a su primo.
-
No recuerdo haberte dicho nunca que tuviera una pelea.
-¿A
no? Entonces por qué te retrasaste?
-
Porque tenía un asunto que resolver.
-
¡Eso ya lo sé!
-
Me han dicho que te han visto con Beryl.-cambió drásticamente de tema sin
variar la expresión de su rostro.
-
¡Con Beryl!.- se le iluminó la cara a Hiperión.- ¡Cuenta!
-
Tu no estabas deprimido.- masculló Endymión por lo bajo. No le apetecía para
nada hablar de ese tema.
-
Eso es cosa del pasado, ahora lo que importa es tu cita con Beryl, a ver,
no habías quedado con Madison.
-
¡Serás cotilla!.- lo acusó Endymión.- Además, ¿tu no estabas castigado?, deberías
volver a tu habitación antes de que mi madre se dé cuenta.
-
En primer lugar, no soy un cotilla solo me preocupo por mis amigos y en segundo
lugar tía Calice ya debe haberse dado cuenta así que cuanto más tarde vuelva
más tarde me volverá a castigar.- expuso con aire de sabelotodo.
-
Madison no vino y por eso me fui con Beryl.-se rindió el joven.- Dimos una
vuelta y ya está.
-
No me gusta Beryl.- se entrometió Euclides.-
Mejor aléjate de ella.
-¡No
interrumpas Euclides! Vamos a ver Endymión, repasa tu historia que no te creo
nada.
El príncipe de la Tierra enrojeció.
-
Tal vez haya omitido algo...
-
¿El qué?
-
Quémebeso ( qué me beso ).- respondió apresuradamente.
-
¡Qué te beso!
-
Sí, lo hizo y ahora no sé como decirle sin hacerle daño que no me interesa.
-
Solo díselo.- comentó Euclides.
-
No es tan fácil.- protestó el príncipe de la Tierra.- De alguna forma fui
yo quien la alentó aceptando salir con ella y ahora no puedo coger y quitármela
de encima como si fuera un juguete. Empiezo a pensar que estaba equivocado
y que no debí hacer caso a chicas que no me interesaban solo para que mi madre
me dejara en paz.
-
Pues sigue saliendo con ella, Beryl no es precisamente un monstruo.-sugirió
Hiperión.
-
¡Pero es que no quiero tener nada que ver con ella!.- protestó.
-
Vale, vale, ya entendí... pues entonces.- reflexionó.- sal con ella algún
tiempo más y haz algo que la moleste. No tardará ni dos días en dejarte.
-
Pues hasta ahora todo lo que he hecho le ha parecido maravilloso aunque...
¡ay!
-
¿Ay? Vas a hacerte el flojo para desilusionarla.- hizo una mueca.- No me parece
que esa sea la mejor forma, quedarías como un imbécil.
-
¡No! Ay porque me ha caído algo en la cabeza.
-
¿Del cielo?.- puso cara de incredulidad.
-
¡ Y qué sé yo!
-
¿Te refieres a esto?.- le mostró Euclides un anillo de oro con una esmeralda.
-
Puede ser.- lo cogió.- ¿Dónde lo encontraste?
-
En el suelo.
-
Tiene algo escrito... “Serenity, mi Serena”... bonita inscripción.- y se lo
guardó.
-
¡Eh! ¿Por qué te lo guardas tu? Fue Euclides quien lo encontró.
-
Sí, pero fue a mí a quien golpeó. De seguro que me sale un chichón.
-
Sí, muy seguro.-replicó con cara de pocos amigos pero ni él ni Euclides le
llevaron la contraria, después de todo solo era un anillo
y ellos tenían centenares por ser quienes eran ( bueno, Euclides no,
pero él pasaba siempre de todo )
-
Bueno, ya se nos ha hecho muy tarde.- se incorporó.- Será mejor que nos pongamos
en marcha o no llegaremos nunca.
Hiperión asintió y siguió a su primo hacia el bosque sin
embargo Euclides se quedó sentado mirando fijamente un punto en la lejanía.
-
¿Y a ti qué té pasa?.- preguntó Hiperión.- ¿Vienes o no?
-
Mirad allí.- les indicó con el dedo.
Los dos príncipes fijaron la mirada en el punto del bosque
que su amigo les había indicado pero no vieron nada. Endymión estaba a punto
de decir algo cuando una extraña luz de colores llamó su atención. La luz
resplandeció durante unos segundos y después desapareció.
-
¿Qué... qué ha sido eso?.- preguntó.
-
Averigüémoslo.- se puso en camino Hiperión seguido de Euclides.
-
¡Esperad! No me parece una buena idea, no sabemos que pueda ser.
-
Pues por eso vamos, para averiguarlo. No irás a decirme que le tienes miedo
a unas inofensivas luces.- se burló su primo.
-
No es a las luces a las que le tengo miedo sino a tus ideas.- murmuró Endymión
pero aún así fue detrás de los otros dos.
Cuando llegaron a la parte del bosque en la que supuestamente
había tenido lugar el fenómeno Hiperión se puso a buscar como un poseso algo
fuera de lo común mientras Euclides lo ayudaba pues pese a su aparente indiferencia
ante la vida era casi tan curioso como su amigo. Mientras tanto, Endymión
se limitó a obsérvalos apoyado en un árbol cuando un ruido justo en el sentido
contrario hacia donde se dirigían sus amigos llamó su atención.
Con cautela se dirigió hacia el lugar de donde procedía
el sonido y lo que vio al llegar lo dejó sin habla y le paralizó el corazón.
Delante de él se encontraba la criatura más bella que había visto en toda
su vida. Tenía unos hermosos ojos azul cielo y un largo cabello dorado recogido
en dos moños, su piel era blanca como la nieve y sus labios rojos como el
fuego, sus movimientos frágiles y delicados. Al verla, olvidó por completo
las ideas que había esgrimido durante toda su vida sobre el amor y las mujeres,
en aquel momento, Endymión supo lo que era el amor a primera vista.
- ¿Quién eres tu?.- fue lo único que atinó a decir.