NÚMERO
(VII)

III
1.
Melanie, lo que voy a decirte ahora no permanecerá siempre en
secreto. Podrás publicarlo en 1858.
2. Los
sacerdotes, ministros de mi Hijo, los sacerdotes, por su mala vida,
por sus irreverencias y su impiedad al celebrar los santos
misterios, por amor del dinero, por amor del honor y de los
placeres, los sacerdotes se han transformado en cloacas de impureza.
Sí, los sacerdotes reclaman venganza, y la venganza está suspendida
sobre sus cabezas. ¡Desdicha de los sacerdotes y las personas
consagradas a Dios que por sus infidelidades y su mala vida
crucifican de nuevo a mi Hijo! Los pecados de las personas
consagradas a Dios claman al cielo, y llaman la venganza, y he aquí
que la venganza está a sus puertas, pues no hay más nadie para
implorar misericordia y perdón para el pueblo; no hay más almas
generosas, no hay más personas dignas de ofrecer la Víctima sin
mancha al Eterno en favor del mundo.
3.
Dios va a golpear de una manera sin ejemplo.
4.
¡Desdichados los habitantes de la tierra! Dios va a agotar su
cólera, y nadie podrá sustraerse a tantos males reunidos.
5. Los
jefes, los conductores del pueblo de Dios, han descuidado la oración
y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias; se
han convertido en esas estrellas errantes que el viejo diablo
arrastrará con su cola para hacerlos perecer. Dios permitirá a la
antigua serpiente poner divisiones entre los que reinan, en todas
las sociedades y en toda las familias; se sufrirán penas físicas y
morales; Dios abandonará los hombres a sí mismos y enviará castigos
que se sucederán durante más de treinta y cinco años.
6. La
sociedad está en la víspera de las plagas más terribles y de los más
grandes acontecimientos; hay que esperar ser gobernado por una vara
de hierro y beber el cáliz de la cólera de Dios.
7. Que
el Vicario de mi Hijo, el Soberano Pontífice Pío IX, no salga más de
Roma después del año 1859; pero que sea firme y generoso, que
combata con las armas de la fe y del amor; yo estaré con él.
8. Que
desconfíe de Napoleón; su corazón es doble y cuando querrá ser a la
vez Papa y emperador, enseguida Dios se retirará de él; él es esa
águila que, queriendo siempre elevarse, caerá sobre la espada con
que deseaba servirse para obligar a los pueblos a elevarle.
9.
Italia será castigada por su ambición al querer sacudirse el yugo
del Señor de los Señores; también ella será entregada a la guerra,
la sangre correrá por todas partes; las iglesias serán cerradas o
profanadas; los sacerdotes, los religiosos serán expulsados; se los
hará morir y morir de una muerte cruel. Muchos abandonarán la Fe y
será grande el número de los sacerdotes y religiosos que se
apartarán de la verdadera religión; entre estas personas habrá
incluso Obispos.
10.
Que el Papa se cuide de los hacedores de milagros pues ha llegado el
tiempo en que los prodigios más asombrosos tendrán lugar sobre la
tierra y en los aires.
11. En
el año 1864, Lucifer con un gran número de demonios serán soltados
del infierno: abolirán la fe poco a poco, incluso en las personas
consagradas a Dios; los cegarán de tal manera, que, a menos de una
gracia particular, estas personas tomarán el espíritu de esos
ángeles malos; muchas casas religiosas perderán enteramente la fe y
perderán muchas almas.
12.
Los malos libros abundarán sobre la tierra y los espíritus de las
tinieblas extenderán en todas partes un relajamiento universal para
todo lo que concierne al servicio de Dios; tendrán un gran poder
sobre la naturaleza; habrá iglesias para servir a estos espíritus.
De un lado a otro serán transportadas personas por estos malos
espíritus e incluso sacerdotes, pues ellos no se habrán conducido
según el buen espíritu del Evangelio, que es espíritu de humildad,
de caridad y de celo por la gloria de Dios. Se resucitará a muertos
y a justos [es decir que esos muertos tomarán la figura de almas
justas que han vivido sobre la tierra, con el fin de seducir mejor a
los hombres; éstos que se dicen muertos resucitados, que no serán
sino el demonio bajo sus figuras, predicarán otro Evangelio
contrario al del verdadero Cristo-Jesús, negando la existencia del
cielo o aún las almas de los condenados. Todas estas almas parecerán
unidas a sus cuerpos] (nota de Melanie). Habrá en todas partes
prodigios extraordinarios puesto que la verdadera fe se ha
extinguido y la falsa luz ilumina al mundo. Desdichados los
Príncipes de la Iglesia que sólo se hayan ocupado en acumular
riquezas sobre riquezas, en salvaguardar su autoridad y en dominar
con orgullo.
13. El
Vicario de mi Hijo tendrá mucho que sufrir, pues, por un tiempo, la
Iglesia será librada a grandes persecuciones; esto será el tiempo de
las tinieblas; la Iglesia tendrá una crisis terrible.
14.
Olvidada la santa fe de Dios, cada individuo querrá guiarse por sí
mismo y ser superior a sus semejantes. Se abolirán los poderes
civiles y eclesiásticos, todo orden y toda justicia serán
pisoteados; sólo se verán homicidios, odio, celos, mentira y
discordia, sin amor por la patria ni por la familia.
15. El
Santo Padre sufrirá mucho. Yo estaré con él hasta el fin para
recibir su sacrificio.
16.
Los malvados atentarán muchas veces contra su vida sin poder
dañarle; pero ni él ni su sucesor... verán el triunfo de la Iglesia
de Dios.
17.
Los gobiernos civiles tendrán todos un mismo designio, que será
abolir y hacer desaparecer todo principio religioso para hacer lugar
al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda clase de
vicios.
18. En
el año 1865 se verá la abominación en los lugares santos; en los
conventos, las flores de la Iglesia se pudrirán y el demonio se hará
como rey de los corazones. Que los que están a la cabeza de las
comunidades religiosas tengan cuidado con las personas que deben
recibir, pues el demonio hará uso de toda su malicia para introducir
en las órdenes religiosas personas entregadas al pecado, ya que los
desórdenes y el amor de los placeres carnales serán extendidos por
toda la tierra.
19.
Francia, Italia, España e Inglaterra estarán en guerra; la sangre
correrá en las calles, el francés combatirá con el francés, el
italiano con el italiano; luego habrá una guerra general que será
espantosa. Por un tiempo Dios no se acordará de Francia ni de
Italia, puesto que el Evangelio de Jesucristo no se conoce ya más.
Los malvados desplegarán toda su malicia; se matará, se masacrará
mutuamente hasta en las casas.
20. Al
primer golpe del rayo de su espada las montañas y la tierra entera
temblarán de pavor puesto que los desórdenes y los crímenes de los
hombres traspasan la bóveda de los cielos. París será quemada y
Marsella será engullida por el mar, muchas grandes ciudades serán
sacudidas y engullidas por terremotos: se creerá que todo está
perdido; sólo se verán homicidios, sólo se oirán estrépito de armas
y blasfemias. Los justos sufrirán mucho; sus oraciones, sus
penitencias y sus lágrimas subirán hasta el Cielo y todo el pueblo
de Dios pedirá perdón y misericordia, y pedirá mi ayuda y mi
intercesión. Entonces Jesucristo, por un acto de su justicia y de su
misericordia, ordenará a sus ángeles que todos sus enemigos sean
ejecutados. De pronto, los perseguidores de la Iglesia de Jesucristo
y todos los hombres entregados al pecado perecerán, y la tierra será
como un desierto. Entonces se hará la paz, la reconciliación de Dios
con los hombres, Jesucristo será servido, adorado y glorificado; en
todas partes florecerá la caridad. Los nuevos reyes serán el brazo
derecho de la Santa Iglesia que será fuerte, humilde, piadosa,
pobre, celosa e imitadora de las virtudes de Jesucristo. El
Evangelio será predicado en todas partes, y los hombres harán
grandes progresos en la fe, porque habrá unidad entre los obreros de
Jesucristo y los hombres vivirán en el temor de Dios.
21.
Esta paz entre los hombres no será larga; veinticinco años de
abundantes cosechas les harán olvidar que los pecados de los hombres
son causa de todas las aflicciones que acontecen sobre la tierra.
22. Un
precursor del anticristo con sus ejércitos de varias naciones
combatirá contra el verdadero Cristo, el único Salvador del mundo;
derramará mucha sangre y querrá aniquilar el culto de Dios para
hacerse tener como un Dios.
23. La
tierra será golpeada por toda clase de plagas (además de la peste y
el hambre, que serán generales); habrá guerras hasta la última
guerra, que será hecha por los diez reyes del anticristo, que
tendrán todos un mismo designio, y serán los únicos que gobernarán
el mundo. Antes que esto acontezca habrá una especie de falsa paz en
el mundo; sólo se pensará en divertirse; los malvados se entregarán
a toda clase de pecados, pero los hijos de la Santa Iglesia, los
hijos de la fe, mis verdaderos imitadores, crecerán en el amor de
Dios y en las virtudes que me son más queridas. Dichosas las almas
humildes conducidas por el Espíritu Santo. Yo combatiré con ellas
hasta que lleguen a la plenitud del tiempo.
24. La
naturaleza reclama venganza para los hombres, y, esperando lo que
debe ocurrir a la tierra manchada de crímenes, se estremece de
pavor.
25.
Tiembla, tierra, temblad vosotros, los que hacéis profesión de
servir a Jesucristo y que por dentro os adoráis a vosotros mismos;
pues Dios va a entregaros a su enemigo, puesto que los lugares
santos se hallan en la corrupción; muchos conventos no son más las
casas de Dios sino el pasto de Asmodeo y los suyos.
26.
Será durante este tiempo que nacerá el anticristo, de una religiosa
hebrea, de una falsa virgen que tendrá comunicación con la antigua
serpiente, el señor de la impureza; su padre será Ev.; al nacer
vomitará blasfemias, tendrá dientes; será, en una palabra, el diablo
encarnado; lanzará gritos terribles, hará prodigios, sólo se
alimentará de impurezas. Tendrá hermanos que, aunque no sean
demonios encarnados como él, serán hijos del mal; a los doce años se
señalarán por sus valientes victorias, pronto estará cada uno a la
cabeza de ejércitos asistidos por legiones del infierno.
27.
Las estaciones se alterarán, la tierra sólo producirá malos frutos,
los astros perderán sus movimientos regulares, la luna sólo
reflejará una débil luz rojiza; el agua y el fuego darán al orbe de
la tierra movimientos convulsivos y horribles terremotos que
engullirán montañas, ciudades, etc.
28. Roma
perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo.
29.
Los demonios del aire con el anticristo harán grandes prodigios
sobre la tierra y en los aires, y los hombres se pervertirán cada
vez más. Dios cuidará de sus fieles servidores y de los hombres de
buena voluntad; el Evangelio será predicado en todas partes, ¡Todos
los pueblos y todas las naciones tendrán conocimiento de la verdad!
30. Yo
dirijo un apremiante llamado a la tierra; llamo a los verdaderos
discípulos de Dios viviente y reinante en los cielos; llamo a los
verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre, el único y verdadero
Salvador de los hombres; llamo a mis hijos, mis verdaderos devotos,
aquellos que se han entregado a mí para que los conduzca a mi Hijo
divino, aquellos que, por así decir, llevo en mis brazos; aquellos
que han vivido de mi espíritu; llamo en fin a los apóstoles de los
últimos tiempos, los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido
en desprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la
humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la
mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el
sufrimiento y desconocidos del mundo. Es tiempo de que salgan y
vengan a iluminar la tierra. Id y mostraos como mis hijos queridos,
yo estoy con vosotros y en vosotros con tal vuestra fe sea la luz
que os ilumine en estos días de infortunio. Que vuestro celo os haga
como hambrientos de la gloria y del honor de Jesucristo. Combatid,
hijos de la luz, vosotros, los pocos que veis, pues he aquí el
tiempo de los tiempos, el fin de los fines.
31. La
Iglesia será eclipsada, el mundo se hallará en la consternación.
Pero he aquí a Enoch y Elias llenos del Espíritu de Dios; ellos
predicarán con la fuerza de Dios, y los hombres de buena voluntad
creerán en Dios, y muchas almas serán consoladas; harán grandes
progresos por virtud del Espíritu Santo y condenarán los errores
diabólicos del anticristo.
32.
¡Desdichados los habitantes de la tierra! habrá guerras sangrientas
y hambres, pestes y enfermedades contagiosas; habrá lluvias de un
espantoso granizo de animales, truenos que sacudirán las ciudades,
terremotos que engullirán países; se oirán voces en los aires, los
hombres se darán de golpes con su cabeza en los muros; llamarán a la
muerte y, por otro lado, la muerte hará su suplicio, la sangre
correrá por todas partes. ¿Quién podrá vencer si Dios no disminuye
el tiempo de la prueba? Por la sangre, las lágrimas y las oraciones
de los justos Dios se dejará doblegar; Enoch y Elias serán matados;
Roma pagana desaparecerá; el fuego del cielo caerá y consumirá tres
ciudades; todo el universo será sacudido de terror, y muchos se
dejarán seducir porque no han adorado al verdadero Cristo viviente
entre ellos. Es el momento; el sol se oscurece; sólo la fe vivirá.
33. He
aquí el tiempo; el abismo se abre. He aquí el rey de los reyes de
las tinieblas. He aquí a la bestia con sus súbditos, diciéndose
salvador del mundo. Se elevará con orgullo en los aires para ir
hasta el cielo; será ahogado por el soplo de San Miguel Arcángel.
Caerá, y la tierra, que desde hace tres días estará en continuas
evoluciones, abrirá su seno lleno de fuego, él será sumergido para
siempre con todos los suyos en los abismos eternos del infierno.
Entonces el agua y el fuego purificarán la tierra y consumirán todas
las obras del orgullo de los hombres y todo será renovado: Dios será
servido y glorificado.
IV
Enseguida
la Santa Virgen me dio, también en francés, la Regla de una nueva
Orden religiosa.
Después
de darme la Regla de esta nueva Orden religiosa, la Santa Virgen
continuó así su Discurso:
"Si
ellos se convierten, las piedras y las rocas se transformarán en
trigo, las papas se encontrarán sembradas en los campos. ¿Hacéis
bien vuestra oración, hijos míos?".
Respondimos los dos:
"¡Oh! no,
Señora, no muy bien".
"¡Ah!
hijos míos, hay que hacerla bien, por la noche y por la mañana.
Cuando no podáis hacer mejor, decid un Pater y un Ave María; y,
cuando tengáis tiempo y podáis hacerla mejor, diréis más.
Sólo van
algunas mujeres un poco ancianas a Misa; los demás trabajan en
domingo todo el verano. Y en el invierno, cuando no saben qué hacer
sólo van a Misa para burlarse de la religión. En Cuaresma van a la
carnicería como perros.
"¿No
habéis visto el trigo hechado a perder, hijos míos?".
Los dos
contestamos: —"¡Oh! no, Señora".
La Santa
Virgen dijo dirigiéndose a Maximin: "Pero tú, hijo mío, tú debes
haberlo visto con tu padre una vez cerca de Con. El hombre del
terreno dijo a tu padre: "Venid a ver como mi trigo se arruina".
Vosotros fuisteis. Tu padre tomó dos o tres espigas en su mano, las
frotó, y cayeron hechas polvo. Luego, al volver, cuando no estabais
a más de media hora de Corps, tu padre te dio un pedazo de pan
diciéndote: Toma, hijo mío, come este año pues no sé quién comerá el
año próximo si el trigo se hecha a perder".
Maximin
respondió: —"Es verdad, Señora, no lo recordaba".
La
Santísima Virgen ha terminado su discurso en francés: "Y bien, hijos
míos, vosotros lo transmitiréis a todo mi pueblo".
La
Bellísima Señora atravesó el arroyo y, a dos pasos del arroyo, sin
volverse hacia nosotros que la seguíamos (pues ella atraía con su
esplendor y más aún por su bondad que me embriagaba, que parecía
fundirme el corazón) nos dijo todavía:
"Y bien,
hijos míos, vosotros lo transmitiréis a todo mi pueblo".
Luego
ella continuó marchando hasta el lugar adonde yo había subido para
mirar donde estaban mis vacas. Sus pies sólo tocaban la punta de la
hierba sin doblarla. Al llegar a la pequeña altura, la Bella Señora
se detuvo y yo me ubiqué rápidamente frente a ella para contemplarla
bien, muy bien, y para tratar de saber qué camino se inclinaba a
seguir; pues yo estaba decidida, había olvidado mis vacas y los
patrones con quienes estaba de servicio; yo me había entregado para
siempre y sin condición a Mi Señora; sí, no quería jamás dejarla,
jamás; la seguía sin pensarlo más, y en la disposición de servirla
mientras viviera.
Con Mi
Señora, yo creía haber olvidado el paraíso; sólo tenía el
pensamiento de servirla bien en todo y creía que hubiese podido
hacer todo lo que ella me hubiese dicho, pues me parecía que Ella
tenía mucho poder. Me contemplaba con una tierna bondad que me
atraía hacia ella; hubiese querido arrojarme a sus brazos con los
ojos cerrados. Ella no me ha dado el tiempo para hacerlo. Se elevó
insensiblemente de la tierra hasta una altura de cerca de un metro y
algo más, y quedándose así suspendida en el aire un brevísimo
instante, Mi Bella Señora miró el cielo, luego la tierra a su
derecha y a su izquierda, luego me miró con ojos tan dulces, tan
amables y tan buenos, que yo creía que me atraía a su interior y me
parecía que mi corazón se abría al suyo.
Y
mientras mi corazón se fundía en una dulce dilatación, la bella
figura de Mi Buena Señora desaparecía poco a poco; me parecía que la
luz en movimiento se multiplicaba, o bien se condensaba en torno a
la Santísima Virgen para impedirme verla más tiempo. Así la luz
tomaba el lugar de las partes del cuerpo que desaparecían a mis
ojos; o bien parecía que el cuerpo de Mi Señora se cambiaba en luz,
fundiéndose. Así la luz en forma de globo se elevaba dulcemente en
dirección recta.
No puedo
decir si el volumen de luz disminuía a medida que ella se elevaba o
si era el alejamiento lo que hacía que yo viese disminuir la luz a
medida que ella se elevaba; lo que sé es que me quedé con la cabeza
levantada y los ojos fijos en la luz, aún después que esta luz, que
iba siempre alejándose y disminuyendo de volumen, terminó por
desaparecer. Mis ojos se apartan del firmamento, miro en torno mío,
veo a Maximin que me miraba y le digo: "Memin, debe ser el buen Dios
de mi padre o la Santa Virgen, o alguna gran santa" y Maximin,
haciendo un gesto con su mano en el aire dijo: "¡Ah! si lo hubiese
sabido!".
V
Al
anochecer del 19 de setiembre, nos retiramos un poco más temprano
que de costumbre. Al llegar a casa de mis patrones me ocupé en atar
mis vacas y en poner todo en orden en el establo. No había terminado
aún, cuando mi patrona vino llorando y me dijo: ¿Por qué, hija mía,
no vienes a decirme lo que os ha ocurrido en la montaña? (Maximin,
no habiendo encontrado a sus amos, que no habían vuelto aún de su
trabajo, había venido a casa de los míos, y les había contado todo
lo que había visto y oído). Le contesté: "Sí, yo quería decírselo,
pero antes deseaba terminar mi trabajo". Un momento después entré en
la casa, y mi patrona me dijo: "Cuéntame lo que has visto; el pastor
de Bruite (era el sobrenombre de Pierre Selme, patrón de Maximin) me
ha contado todo".
Comienzo,
y hacia la mitad del relato, mi patrón llega de sus campos. Mi
patrona, que lloraba al oír las quejas y las amenazas de nuestra
tierna Madre dijo: "¡Ah!, vosotros queríais ir a juntar el trigo
mañana; dejadlo, venid a oír lo que ha ocurrido hoy a esta niña y al
pastor de Selme". Y dirigiéndose a mí, dice: "Comienza de nuevo todo
lo que me has dicho". Yo empiezo de nuevo, y cuando hube terminado,
mi patrón dice: "Es la Santa Virgen, o si no una gran santa que ha
venido de parte de Dios; pero es como si Dios hubiese venido él
mismo. Hay que hacer todo lo que esta Santa ha dicho. ¿Cómo haréis
para decir aquello a todo su pueblo? Le respondí: "Vosotros me
diréis como debo hacerlo, y yo lo haré". Enseguida, mirando a su
madre, a su esposa y a su hermano, agregó: "Hay que pensar en ello".
Luego, cada uno se retiró a sus asuntos.
Era
después de la cena. Maximin y sus patrones vinieron a casa de los
míos a contar lo que Maximin les había dicho, y para saber qué había
que hacer. "Pues" —dijeron— "nos parece que es la Santa Virgen, que
ha sido enviada por Dios; las palabras que ha dicho lo hacen creer.
Y ella les ha dicho que los transmitieran a todo su pueblo; quizá
estos niños tendrán que recorrer el mundo entero para hacer saber
que es necesario que todo el mundo observe los mandamientos de Dios,
si no nos van a ocurrir grandes desgracias "Después de un momento de
silencio, mi patrón, dirigiéndose a Maximin y a mí, dijo: "¿Sabéis
vosotros lo que debéis hacer, hijos míos? Mañana, levantaos
temprano, id los dos a ver al señor Cura, y contadle todo lo que
habéis visto y oído; decidle bien como ha sido la cosa; él os dirá
lo que tenéis que hacer".
El 20 de
setiembre, al día siguiente de la aparición, partí temprano con
Maximin. Al llegar a la parroquia, llamo a la puerta. La sirvienta
del señor Cura vino a abrir, y preguntó qué queríamos. Yo le dije
(en francés, yo, que jamás lo había hablado): "Quisiéramos hablar al
señor Cura". "¿Y qué queréis decirle?" nos preguntó. "Quisiéramos
decirle, señorita, que ayer fuimos a cuidar nuestras vacas en la
montaña de Baisses, y, que después de haber comido, etc. etc. Le
contamos una buena parte del discurso de la Santísima Virgen.
Entonces sonó la campana de la Iglesia, era el último toque que
llamaba a Misa. El señor Perrin, cura de la Salette, que nos había
oído, abrió ruidosamente la puerta; lloraba, se golpeaba el pecho.
Nos dijo: "Hijos míos, estamos perdidos, Dios nos va a castigar.
¡Ah! ¡Dios mío, es la Santa Virgen quien se os ha aparecido!". Y
entonces se fue a decir la Santa Misa. Nos miramos con Maximin y la
sirvienta; luego Maximin me dijo: "Yo me voy a casa de mi padre, a
Corps". Y nos separamos.
Como no
había recibido de mis patrones la orden de marcharme enseguida,
después de haber hablado al señor Cura, creí no hacer mal en asistir
a Misa. Fui entonces a la iglesia. La misa comienza, y después del
primer Evangelio, el señor Cura se vuelve hacia el pueblo y procura
relatar a sus feligreses la aparición que acababa de ocurrir, el día
de la víspera, en una de sus montañas; y los exhorta a no trabajar
más el Domingo. Su voz se entrecortaba con sollozos, y todo el
pueblo estaba conmovido. Después de la santa Misa me marché a casa
de mis señores. El señor Peytard, que es hoy todavía alcalde de la
Salette, fue allá a preguntarme acerca de la aparición; y, después
de haberse asegurado de la verdad de lo que le decía, se marchó
convencido.
Yo
permanecí al servicio de mis señores hasta la fiesta de Todos los
Santos. Luego fui colocada como pensionista en casa de las
religiosas de la Providencia, en mi provincia, en Corps.
VI
La
Santísima Virgen era muy alta y bien proporcionada; parecía ser tan
ingrávida que se la hubiese movido con un soplo; sin embargo,
permanecía inmóvil y bien plantada. Su fisonomía era majestuosa,
imponente, pero no imponente como son los señores de aquí abajo.
Ella imponía un temor respetuoso. Al mismo tiempo que Su Majestad
imponía respeto imbuido de amor, atraía hacia sí. Su mirada era
dulce y penetrante; sus ojos parecían hablar con los míos, pero la
conversación venía de un sentimiento vivo y profundo de amor hacia
esa belleza encantadora que me fundía. La dulzura de su mirada, su
aire de bondad incomprehensible hacía comprender y sentir que ella
atraía a Sí, y que deseaba entregarse; era una expresión de amor que
no puede expresarse con la lengua de la carne ni con las letras del
alfabeto.
El
vestido de la Santísima Virgen era blanco plateado, muy brillante,
no tenía nada de material: estaba compuesto de luz y de
gloria, cambiante y centelleante. No hay expresión ni comparación
que pueda darse sobre la tierra.
La Santa
Virgen era toda bella y toda formada de amor; contemplándola, yo
languidecía por fundirme en ella. En su ropaje, como en su persona,
todo respiraba la majestad, el esplendor, la magnificencia de una
Reina incomparable. Parecía blanca, inmaculada, cristalina,
resplandeciente, celeste, fresca, nueva como una Virgen; parecía que
la palabra Amor se escapaba de sus labios argentados y todo
puros. Me parecía una buena Madre, llena de bondad, de amabilidad,
de amor por nosotros, de compasión, de misericordia.
La corona
de rosas que tenía sobre la cabeza era tan bella, tan brillante, que
no puede uno darse una idea de ella; las rosas de distintos colores
no eran de la tierra; era un conjunto de flores lo que ceñía la
cabeza de la Santísima Virgen en forma de corona; pero las rosas se
intercambiaban o se reemplazaban; además, del corazón de cada rosa
salía una luz tan bella que arrebataba, y hacía a las rosas de una
belleza esplendente. De la corona de rosas se elevaban como ramas de
oro y una cantidad de otras florecillas entremezcladas con
brillantes.
Todo
formaba una bellísima diadema, que brillaba ella sola más que
nuestro sol de la tierra.
La Santa
Virgen tenía una hermosísima Cruz suspendida de su cuello. Esta Cruz
parecía ser dorada —digo dorada por no decir una placa de
oro; pues he visto algunas veces objetos dorados con diversos tonos
de oro, lo que a mis ojos hacía un efecto más bello que una simple
placa de oro—. Sobre esta Cruz toda brillante de luz, estaba un
Cristo, estaba Nuestro Señor, los brazos extendidos sobre la Cruz.
Casi en las extremidades de la Cruz, había de un lado un martillo,
del otro una tenaza. El Cristo era de color carne natural, pero
brillaba con gran esplendor; y la luz que salía de todo su cuerpo
parecía como dardos muy brillantes que hendían mi corazón con el
deseo de fundirme en él. A veces el Cristo parecía estar muerto:
tenía la cabeza inclinada y el cuerpo estaba como abatido, comopor
caerse, si no hubiese sido retenido por los clavos que lo retenían a
la Cruz.
Yo tenía
por ello una viva compasión y hubiese querido repetir al mundo
entero su amor desconocido, y filtrar en las almas de los mortales
el amor más extremado, y el reconocimiento más vivo u un Dios que no
tenía necesidad alguna de nosotros para ser lo que es, lo que era y
lo que será siempre y que, sin embargo, ¡oh amor incomprehensible al
hombre! se ha hecho carne y ha querido morir, sí, morir, para
escribir mejor en nuestras almas y en nuestra memoria el amor
enloquecido que tiene por nosotros. ¡Oh! ¡Qué desdichada soy al
hallarme tan pobre de expresiones para decir el amor, sí, el amor de
nuestro buen Salvador por nosotros pero, por otro lado, ¡Qué
dichosos somos de poder sentir mejor lo que no podemos expresar!
Otras
veces el Cristo parecía vivo, tenía la cabeza erguida, los ojos
abiertos, y parecía estar sobre la Cruz por su propia voluntad. A
veces también parecía hablar, parecía querer mostrarnos que estaba
en la Cruz por nosotros, por amor a nosotros, para atraernos a su
amor; mostrarnos que él tiene siempre un amor nuevo por nosotros,
que su amor del principio y del año 33 es siempre el de hoy, y que
permanecerá siempre.
I.a Santa
Virgen lloraba casi todo el tiempo que me habló. Sus lágrimas
corrían una a una, lentamente, hasta sus rodillas; luego,
desaparecían como centellas de luz. Eran brillantes y llenas de
amor. Hubiese querido consolarla, y que Ella no llorase más. Pero me
parecía que tuviese necesidad de mostrar sus lágrimas para mostrar
mejor su amor olvidado por los hombres. Hubiese querido arrojarme en
sus brazos y decirle: "¡Mi buena Madre, no lloréis más! quiero
amaros por todos los hombres de la tierra". Pero me parecía que Ella
me decía: "¡Hay tantos de ellos que no me conocen!".
Yo estaba
entre la muerte y la vida, viendo por un lado tanto amor, tanto
deseo de ser amada, y por otro tanta frialdad, tanta indiferencia...
¡Oh! Madre mía, toda Madre, toda bella y toda amable, amor mío,
corazón de mi corazón!
Las
lágrimas de nuestra tierna Madre, lejos de amenguar su aire de
Majestad, de Reina y de Señora, parecían, por el contrario,
embellecerla, hacerla más amable, más bella, más poderosa, más llena
de amor, más maternal, más encantadora; y yo hubiese comido sus
lágrimas, que hacían saltar mi corazón de compasión y de amor. Ver
llorar a una Madre, y a una tal Madre, sin tomar todos los medios
imaginables para consolarla, para cambiar sus dolores en gozo ¿puede
eso comprenderse? ¡Oh Madre más que buena! Vos habéis sido formada
de todas las prerrogativas de que Dios es capaz; vos habéis como
agotado el poder de Dios; vos sois buena, y buena aún como la bondad
de Dios mismo. Dios se ha engrandecido al formaros como su obra
maestra terrestre y celestial.
La
Santísima Virgen tenía un delantal amarillo. ¡Qué digo amarillo!
Tenía un delantal más brillante que muchos soles juntos. No era una
tela material; era un compuesto de gloria, y esta gloria era
centelleante y de una belleza arrebatadora. Todo en la Santísima
Virgen me llevaba fuertemente, y como deslizándome, a adorar
y a amar a mi Jesús en todos los estados de su vida mortal.
La
Santísima Virgen tenía dos cadenas, una un poco más ancha que la
otra. De la más angosta estaba suspendida la Cruz que mencioné
anteriormente. Estas cadenas (pues hay que darle el nombre de
cadenas), eran como rayos de gloria de un gran esplendor cambiante y
centelleante.
Los
zapatos (pues zapatos hay que decir), eran blancos, pero de un
blanco plateado, brillante, había rosas a su alrededor. Estas rosas
eran de un belleza esplendorosa, y del corazón de cada rosa salía
una llama de luz muy bella y muy agradable de ver. Sobre los zapatos
había una hebilla de oro, no del oro de la tierra, sino, por cierto,
del oro del paraíso.
La visión
de la Santísima Virgen era ella misma un paraíso perfecto. Ella
tenía en sí todo lo que podía satisfacer, pues la tierra había sido
olvidada.
La Santa Virgen estaba
rodeada de dos luces. La primera luz, más cerca de la Santísima
Virgen, llegaba hasta nosotros; brillaba con un esplendor muy bello
y centelleante. La segunda luz se extendía un poco más en torno de
la Bella Señora, y nosotros nos encontrábamos en ella; era inmóvil
(es decir que no centelleaba) pero sí mucho más brillante que
nuestro sol de la tierra. Todas estas luces no hacían mal a los
ojos, y de ningún modo fatigaban a la vista.
Además de
todas estas luces, de todo este esplendor, salían todavía grupos o
haces de luces, o rayos de luz, del Cuerpo de la Santa Virgen, de
sus vestidos, de todas partes.
La voz de
la Bella Señora era dulce; encantada, arrebataba, hacía bien al
corazón; saciaba, allanaba todo obstáculo, calmaba, apaciguaba con
dulzura. Me parecía que siempre hubiese querido comer de su bella
voz, y mi corazón parecía danzar o querer ir a su encuentro para
fundirse en ella.
Los ojos
de la Santísima Virgen, nuestra tierna Madre, no pueden describirse
con una lengua humana. Para hablar de ellos haría falta un serafín,
haría falta más; haría falta el lenguaje de Dios mismo, del Dios que
ha formado la Virgen Inmaculada, obra maestra de su omnipotencia.
Los ojos
de la Augusta María parecían mil y mil veces más bellos que los
brillantes, los diamantes y las piedras preciosas más exquisitas;
brillaban como dos soles; eran dulces como la dulzura misma, claros
como un espejo. En sus ojos se veía el paraíso, atraían a Ella,
parecía que Ella quería entregarse y atraer. Cuanto más la
contemplaba yo, más quería verla; cuanto más la veía, más la amaba,
y la amaba con todas mis fuerzas.
Los ojos
de la Bella Inmaculada eran como la puerta de Dios, de donde se veía
todo lo que puede embriagar al alma. Cuando mis ojos se encontraban
con los de la Madre de Dios y mía, experimentaba en mi interior una
feliz revolución de amor y de protestas de amarla y de fundirme de
amor.
Mirándome, nuestros ojos se hablaban a su manera, y yo la amaba
tanto, que hubiese querido abrazarla en el medio de sus ojos, que
enternecían mi alma y parecían atraerla, y hacerla fundir con la
suya. Sus ojos implantaron un dulce temblor en todo mi ser; y yo
temía hacer el menor movimiento que pudiese serle desagradable en lo
más mínimo.
Esta sola
visión de los ojos de la más pura de las Vírgenes hubiese bastado
para ser el Cielo de un bienaventurado, hubiese bastado para hacer
entrar un alma en la plenitud de las voluntades del Altísimo, entre
todos los acontecimientos que ocurren en el curso de la vida mortal;
hubiese bastado para hacerla realizar continuos actos de alabanza,
de agradecimiento, de reparación y de expiación. Esta sola visión
concentra el alma en Dios y la convierte como en una muerta-viva,
que considera sólo como diversiones de niños todas las cosas de la
tierra, aun las cosas que parecen más serias; sólo querría oír
hablar de Dios y de lo que concierne a su Gloria.
Él pecado es el
único mal que Ella ve sobre la tierra. Moriría de dolor por ello, si
Dios no la sostuviera. Amén.
MARÍA de la Cruz, Víctima de Jesús,
nacida Mélanie Calvat,
Pastora de la Salette.
Castellamare, 21 de
noviembre de 1878.


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