NOTAS DE PRENSA
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Breve contacto con el país de los bosteros
(Por Eduardo Blaustein)
No es sólo el hecho de que uno sea hincha de River lo que lo autorice a perorar sobre la capacidad de sedimentación que tiene el barrio de La Boca. Los propios vecinos de La Boca al remar, los urbanistas, Quinquela Martín, las autoridades municipales, Defensa Civil y no pocos historiadores, también pueden aportar alguna cosa. Es como si se bajara del OVNI que lo transporta a uno desde el planeta cuya civilización tiene un millón de años. Ésa es la distancia que media entre la cultura del riverplatense y el objeto de la sonrisa, La Boca. El Samovar de Rasputín es un establecimiento en el que se expenden comidas, enclavado en un vértice de la Vuelta de Rocha. Ni caro ni barato, sólo confuso, el boliche ofrece unos cuantos platos, la posibilidad de alguna picada y aparentemente una única posibilidad tan necia como la historia de Boca Juniors: spaghettis a la anchoa. El restaurante o bar o cantina es un largo pasillo que más se parece a un desván o bien, para frivolizar esta discusión, a alguna cachumbrosa tienda de antigüedades de Samarkanda. Sólo que en Samarkanda, en la puerta de la tienda de antigüedades no podría haber una foto en la que el dueño aparece posando con Eric Clapton. Ese es el primer indicio de lo que pretende el barrio de La Boca con este sitio: vulnerar cualquier proposición, cualquier sistema lógico o mínima razonabilidad. Porque la foto de Eric Clapton, con o sin el dueño del bar, se repite en ese lugar atestado de íconos y recién cuando pasa la confusión inicial y uno encuentra la pancarta enorme que dice: "Clapton is God, La Boca", sólo entonces el visitante puede especular un segundo: acaso El Samovar de Rasputín sea una nueva iglesia consagrada al culto de Eric Clapton y todos los demás sean semidioses: Mick Jagger y Keith Richards que aparecen jovensísimos ante el micrófono; Proust, Kafka y Rimbaud en retratos que se preguntan qué hago yo aquí; Olmedo en el papel del manosanta; el ayatollah Komeini en el de La amenaza ya fue; Zully Moreno y Arturo de Córdoba dirigidos por Luis César Amadori en Dios se lo pague. En medio de tantas imágenes y de programas de teatro, referencias orientalistas y del afiche de un esquiador que de pronto se corre hacia un costado para abrirle paso al mozo que viene desde la cocina de dos por dos, en medio de todo eso, sobre una cornisa, de traje y corbata, un hombre ensaya viejos tangos con su bandoneón y acompaña a otro que los canta. Goyeneche, Troilo, alguien dijo alguna vez que el tango se entiende a los 30 y parece que es cierto. ¿Puede ser Nostagias, maestro? El Samovar de Rasputín no es aquel bar amargo de los dromedarios angulosos que decía Julián Centeya y aquí va un paréntesis que uno, como riverplatense que es, debe aceptar: este sitio sedimentario se hace realmente digno de conocer. Los pálidos bosteros tienen al Mono Navarro Montoya y a Simón y a Batistuta, porqué no reconocerles esto otro. El vino no es malo, la picada tampoco y cuando llegan los spaghetti suben al escenario, a la cornisa, cuatro chabones, y se nota a la legua que es la primera vez que tocarán juntos en público, si es que se lo puede llamar así.. Por la pinta, cada cual debiera pertenecer a un grupo distinto. El cantante, mezcla de Pichuqui Mendizábal y Cuchuflito, roza los 40 y parece dueño de una zapatería. El bajo, munido de una nariz de Discepolín. El guitarrista solista, vestido con camisa militr Mango, con cara de ser el más recio en barra brava. Y el batero, cuya barba y sonrisa del Partido Intransigente, se congelaran en el '83. Que nadie pregunte aquí de dónde sacaron el repertorio. Son esas canciones melódicas perdidas entre los transistores de la radio entre los 60 y los 70, cosas del tipo de Víctor Manuel o de Camilo Sesto. En realidad no queda nada claro excepto el comentario introductorio de Pichuqui: "Que sea lo que Dios quiera", ciertos falsetes ocultos entre la flema, un tema de Los Beatles del año '65 y una versión de "Popotitos" que a uno le recuerda cierta prueba a la que fue sometido en un garage de Barcelona para integrar un grupo muy parecido a éste. Por esa época ya no llegaban por carta las tablas de posición recortadas de Clarín. Maradona estaba con hepatitis y los insoportables forofos del Barsa lo trataban como a un argentino. En La Boca -hoy- hay pintadas que dicen "Diego volvé". Cuando con mi mujer pagamos la cuenta y subimos al plato volador, de regreso a casa, me quedé meditando ante los controles. Realmente, el barrio de los bosteros tiene sus historias. Argentina se va desmoronando lenta pero insegura hacia su agujero negro y hacia allí se dirige con todos sus tesoros: con todo lo que supo crear y aprender del mundo, el tango, Clapton, Rimbaud, Jagger, el Mahareshi, la última tribu de hippies del planeta aferrada a Parque Centenario, los plomeros anarquistas que hasta hace algún tiempo todavía tenían su local en La Boca. Las pintadas a favor de Duhalde debe de ser un truco astuto para ocultar la verdad. Según versiones, El Samovar de Rasputín es uno de los laboratorios clandestinos donde todavía se amasija la pasta de lo que está por venir y no llega. Ayer fui a la cancha. Borrelli y el pibe Vázquez no anduvieron bien. Los bosteros contra Racing tampoco. Pero ya nos vamos a ver dentro de dos domingos. Ya les vamos a romper el culito. Ma qué laboratorio ni ocho cuartos. (La nota apareció en Página 12 en el año 1989 - el original que proveyó "Napo" está recortado y no tiene el día exacto. Sólo la anotación "Página 12 - 1989" y, al costado del autor de la nota, una flechita, de puño y letra de "Napo" sale hacia el margen y dice "GALLINA"... |
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EL SAMOVAR DE RASPUTÍN Un lugar para el blues en La Boca Los banquetes de blues sólo pueden vivirse en El Samovar de Rasputín, Del Valle Iberlucea 1251 (y Caminito), donde todos los jóvenes músicos y enamorados del blues se reúnen a partir de las 23 para protagonizar zapadas, cenar y extender la noche hasta altas horas de la madrugada. Sin citas previas ni formalismos, la gente del Samovar sabe que los jueves por la noche el que quiere toma una guitarra y elige un blues para el resto. Con este convenio, los tradicionales del lugar ya no se sorprenden cuando ven entrar "a los grandes". Cuentan que por ahí pasaron desde Taj Mahal cuando vino a la Argentina, Moris, Pappo, "Pajarito" Zaguri, Skay (de los Redonditos de Ricota), el ex Manal Javier Martínez, hasta el rey de la bailanta, Riki Maravilla. El nombre de "Banquetes de Blues" se eligió porque "se come, se bebe y se toca" explica simplemente Napo (el dueño), quien destaca que "el Samovar es la reserva ecológica del Blues". (9 de Agosto de 1992 en Noticias Buenos Aires)
Singig the blues By Bruno MarcopulosEVEN if in recent times the numbers of shows in large stadiums and theatres might prove the contrary, live music and good performances also take place in small bars and cafes. Blues, like jazz, is especially dear to the closed atmosphere of a joint and even the best rock usually starts in a beat up garage far away from those large, tacky arenas where they end up making the big dough. On Thursday at the Samovar de Rasputín a blues bar facing the Lezama Park in San Telmo, it was no beginner climbing on to the small stage facing the crammed rows of red clothes tables, it was Javier Martínez. If the word legend wasn't by now so worn out it would be the perfect word to describe Martínez, the founder of the blues band Manal in the hectic seventies. Sitting behind the Peral drum kit wearing a lumberjack shirt, the long grey haired Martínez presented his oun Blues Band and just ploughed through with a set of classics. It was in many ways an incredible performance with Martínez' gravelly voice booming over more hard cut than ever as the drove his band hiding behing the drums. Vintage Blues improes as the years move on, and Martínez seems to be settling in at the Samovar, he's billed there every Thursday of the month, finding a place to offer his raw music. And if anybody in the audience was betting on a nice, clean cut, honey pie kind of blues they were in the wrong place: the best thing about Martínez sound is its rough (I mean rough) edges. Arguably there has never been a better blues song written in Argentina than Manal's Avellaneda Blues, with its unique lyrics, and that's the number Martínez chose to end his first appearance at the Samovar. Describing a full circle the Manal sound has gone the full way and is about to turn into the Javier Martínez Blues Band. This was no sad revival of the Manal years but rather the group's musical coming of age and finding a place in the nuew blues scene. And Manal's former bass player Alejandro Medina was close at hand. He might be finding it hard not to jump on stage andy Thursday to join Martínez. Everyday, they say, everyday you might get the blues but surely Javier Martínez band proved that Thursday at the Samovar is the bluest day of the week in Buenos Aires. (Buenos Aires Herald, Thursday, March 18, 1993) - Cuando El Samovar estaba en San Telmo |
El Samovar en Libros
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Las páginas 182 y 183 del libro Mesas de Buenos Aires, de Ediciones Lariviere (Buenos Aires, 1995) están dedicadas a El Samovar de Rasputín. |
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Sergio Varela, en su libro Cafés Especiales, (Ed. Distal, 1997), entre el mosaico de aguafuertes y relatos le dedica a El Samovar varias páginas con el título "Blues local", entremezclando la historia de La Boca y El Samovar hasta que "el cambalache devino en versión contemporánea de las primitivas pulperías, hasta llegar a convertirse en un generoso reducto, gutural como un grito de gol, donde van a celebrar su insomnio los polizontes de la madrugada: ojo de buey para que las almas a la deriva avisoren y se aferren a su ondulante table de blues." . |
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