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LA HISTORIA: Napo y El Samovar de Rasputín |
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Es imposible separar la historia de El Samovar de Rasputín de la propia historia de Napo. Él mismo se ha encargado de contarla en infinidad de notas. "Conocía el Samovar porque conocía todos los locales de la Vuelta de Rocha: con algunos de los dueños nos habíamos criado juntos. Este local era de un húngaro-ruso que se hacía llamar Rasputín. Un loco divino. Por ese entonces yo trabajaba todos el verano en una Disco de Mar del Plata. Antes de ir a la costa había visto el Samovar, que estaba en venta. Cuando volví de esa temporada tenía pensado volverme a Brasil, pero hablé con Rasputín, me tenté y le compré el fondo de comercio con un monton de cosas que había adentro. A partir de ahí me quedé como anclado acá. Vendía antigüedades. Bah, objetos raros. La palabra que lo definiría mejor es "cambalache". El Samovar era un cambalache, había de todo un poco. Alguna vez hice un intento de poner un bar, pero se complicaba mucho: la gente tocaba todos los objetos, había poco lugar para las esas, así que seguí con los cambalaches. Y entre los cambalaches pasaba blues todo el tiempo. A fines de los '80 había mucha gente que me insistía con que abriera un boliche para hacer blues. A mí me parecía un poco complicado: de noche esta cuadra era una boca de lobo. Caminar por acá es casi una aventura. Pensaba: ¿quién va a venir acá a escuchar blues a las doce de la noche? Y más o menos fue así, una locura. Por ese entonces acá venían los Memphis, se sacaban fotos para los discos. Y una noche que estaba en que lo abría o no lo abría, cayó el Ruso Beiserman, agarró la guitarra y se puso a tocar un tema que decía que lo único importante es el blues. |
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Al día siguiente me separé de mi primera mujer: me fui de mi casa con lo puesto y me vine a vivir acá, al Samovar de Rasputín. Me encontré, de golpe, con 31 años, la guitarra, un vaquero, las zapatillas y una camisa. Nada más. Abrí el Samovar como restaurante, aunque todavía no se hacía música de noche. Tocábamos a la tarde. Al tiempo, un poco pinchado por los Memphis, abrimos un jueves para hacer una zapada. No habíamos puesto avisos ni nada y vinieron como treinta personas. El segundo jueves vinieron 70. Pappo incluido. Ahì empezó todo. Yo tocaba algunos temas, atendía las mesas, de todo un poco. A los tres meses, una noche me di vuelta en el escenario y atrás estaban Javier Martínez en la batería y Alejandro Medina en el bajo. No lo podía creer: aprendí a tocar con ellos, arriba del escenario. |
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Después toqué con todos: con Nacho Smilari, con Willy Quiroga, con Rubén Basoalto, con los Memphis, con la Mississippi, con Moris, con Charly García (debe de haber sido la única vez en la vida que Charly tocó blues), con Rinaldo Rafanelli, con los dos Calamaro, con las Blacamblus. Y con todos los pibes que vinieron atrás de ellos. |
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Un día cae Taj Mahal por acá, temprano, y todavía no habían llegado los Memphis, ni Medina ni Martínez, que eran el plantel de músicos para zapar. Estaban los pibes que andaban siempre por acá. Y yo, claro. Nos pusimos a tocar juntos y ésa fue la primera vez que toqué con un blusero negro de verdad. Después toqué con James Cotton, con Hubert Sumlin, con la banda de Koko Taylor, con el baterista y algunos músicos de B.B. King. |
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Con Pappo |
Acá los músicos llegan y lo único que tienen que hacer es subir al escenario, agarrar su instrumento y ponerse a tocar. |
Con Taj Mahal |
Resumiendo la historia, Napo fue mecánico naval, pizzero, coleccionista de objetos raros en un cambalache. Trabajó de todo lo que se pueda imaginar, inclusive en una Disco, tuvo un programa de radio en la que solamente pasaba blues. Hoy está al frente de este clásico de la ciudad: El Samovar de Rasputín.
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LAS MEJORES ANÉCDOTAS contadas por Napo |
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En el ’90 tenía un programa de radio en el que pasaba solamente blues. Muchos de esos blues eran de Clapton. Era un fanático suyo pero no sabía dónde estaba parando en Buenos Aires. Tuve un presentimiento y me fui al Sheraton y justo avisan que está por bajar Clapton de la habitación. Estaba Grimbak en un rincón y empezaron a echar a todos los curiosos, periodistas, plomos como yo. A todos, menos a mí. Yo estaba en un rincón, con una remera con la cara de Clapton y deben haber pensado que era músico o que tenía algo que ver. A mí Grimbak no me conocía personalmente, pero se me acercó y me dijo que en cualquier momento bajaba Clapton. Yo empecé a dar vueltas y cuando me paro delante de un sillón lo veo al tipo sentado ahí. Me quedé duro, empecé a hacer pucheros como los pibes, no podía hablar, estaba totalmente conmocionado. Y entonces me largué a llorar, pero no dos gotas, empecé a llorar como un descontrolado. No podía decir ni una palabra. Clapton se paró, me dio la mano y me dijo que no me hiciera problemas, que si era un sentimiento estaba bien. Me fui y me quedé parado en la puerta, llorando. Cuando se estaba por ir, Clapton desde la ventanilla del auto me hizo una seña como diciendo que volviera, que nos veríamos al día siguiente. Por supuesto, al otro día volví. El manager de Clapton me preguntó si estaba bien, que Eric se había quedado preocupado y que lo esperara porque quería hablar conmigo. Bajó, me lo presentaron y estuvimos charlando un rato. Me invitaron a acompañarlos a Uruguay, a los recitales. Después, cuando aparecí por La Boca, el diariero de la esquina me llamó para mostrarme la nota que hablaba de Clapton terminaba conmigo contando el show. En Uruguay, Clapton me regaló la toalla que hoy guardo como un trofeo en El Samovar. |
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Todo empezó con la visita de Luciano Pavarotti y Juan Manuel Fangio a La Boca. Mientras los dos paseaban por Caminito me acerqué al cantante y lo invité a mi pizzería. Pavarotti fue, decoró cinco porciones de la "Especial Pavarotti" improvisada para él y media hora después, el chofer de Luciano volvía con dos entradas para la función de gala de La Bohème y un pedido: dos de esas pizzas especiales. No podía creerlo. Tuve que alquilar un smoking y yo mismo me fabriqué un moño negro con un poco de raso que encontré en el cambalache. Vi La Bohème junto al fotógrafo y la secretaria de Pavarotti, en su palco. Después, en camarines, me reconoció y me dijo: "Sei un artista". Él, a mí! Casi me muero! |