Poemas_2
Poemas 2
(Segunda parte)


Primera parte

El dulce milagro



�Qu� es esto? �Prodigio! Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
Mi amante bes�me las manos, y en ellas,
�Oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Y voy por la senda voceando el encanto
y de dicha alterno sonrisa con llanto,
y bajo el milagro de mi encantamiento
se aroman de rosas las alas del viento.

Y murmura al verme la gente que pasa:
-�No veis que est� loca? Tornadla a su casa.
�Dice que en las manos le han nacido rosas
y las va agitando como mariposas!

�Ah, pobre la gente que nunca comprende
un milagro de �stos y que s�lo entiende,
que no nacen rosas m�s que en los rosales!
�Y que no hay m�s trigo que el de los trigales!

Que requiere l�neas y color y forma
y que s�lo admite realidad por norma.
Que cuando uno dice: -voy con la dulzura,
de inmediato buscan a la criatura.

Que me digan loca, que en celda me encierren,
que con siete llaves la puerta me cierren,
que junto a la puerta pongan un lebrel,
carcelero rudo, carcelero fiel.

Cantar� lo mismo: -Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
�Y toda mi celda tendr� la fragancia,
de un inmenso ramo de rosas de Francia!

Juana de Ibarbourou
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La hora



T�mame ahora que a�n es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

T�mame ahora que a�n es sombr�a
esta taciturna cabellera m�a.

Ahora, que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.

Despu�s... �ah, yo s�
que ya nada de eso m�s tarde tendr�!

Que entonces in�til ser� tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

�T�mame ahora que a�n es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no m�s tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no ma�ana. Oh, amante, �no ves
que en la enredadera crecer� cipr�s?

Juana de Ibarbourou
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Proverbios y cantares



Nunca persegu� la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canci�n;
yo amo los mundos sutiles,
ingr�vidos y gentiles
como pompas de jab�n.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
s�bitamente y quebrarse.


		II

�Para qu� llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jes�s, sobre el mar.


		III

A quien nos justifica nuestra desconfianza
llamamos enemigo, ladr�n de una esperanza.
Jam�s perdona el necio si ve la nuez vac�a
que dio a cascar al diente de la sabidur�a.


		IV

Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender.


		V

Ni vale nada el fruto
cogido sin saz�n...
Ni aunque te elogie un bruto
ha de tener raz�n.


		VI

De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad.


		VII

Yo he visto garras fieras en las pulidas manos;
conozco grajos m�licos y l�ricos marranos...
El m�s truh�n se lleva la mano al coraz�n,
y el bruto m�s espeso se carga de raz�n.


		VIII

En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta
�qui�n te podr� responder?


		IX

El hombre, a quien el hambre de la rapi�a acucia,
de ing�nita malicia y natural astucia,
form� la inteligencia y acapar� la tierra.
�Y a�n la verdad proclama! �Supremo ardid de guerra!


		X

La envidia de la virtud
hizo a Ca�n criminal.
�Gloria a Ca�n! Hoy el vicio
es lo que se envidia m�s.


		XI

La mano del piadoso nos quita siempre honor;
mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador.

Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;
escudo, espada y maza llevar bajo la frente;
porque el valor honrado de todas armas viste:
no s�lo para, hiere, y m�s que aguarda, embiste.

Que la piqueta arruine y el l�tigo flagele;
la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste,
y que el buril burile, y que el cincel cincele,
la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste.


		XII

�Ojos que a la luz se abrieron
un d�a para, despu�s,
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!


		XIII

Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuesti�n de medida:
un poco m�s, algo menos...


		XIV

Virtud es la alegr�a que alivia el coraz�n
m�s grave y desarruga el ce�o de Cat�n.
El bueno es el que guarda, cual venta del camino,
para el sediento el agua, para el borracho el vino.


		XV

Cantad conmigo a coro: Saber, nada sabemos,
de arcano mar venimos, a ignota mar iremos...
Y entre los dos misterios est� el enigma grave;
tres arcas cierra una desconocida llave.
La luz nada ilumina y el sabio nada ense�a.
�Qu� dice la palabra? �Qu� el agua de la pe�a?


		XVI

El hombre es por natura la bestia parad�jica,
un animal absurdo que necesita l�gica.
Cre� de nada un mundo y, su obra terminada,
"Ya estoy en el secreto -se dijo-, todo es nada."


		XVII

El hombre s�lo es rico en hipocres�a.
En sus diez mil disfraces para enga�ar conf�a;
y con la doble llave que guarda su mansi�n
para la ajena hace ganz�a de ladr�n.


		XVIII

�Ah, cuando yo era ni�o
so�aba con los h�roes de la Il�ada!
�yax era m�s fuerte que Diomedes,
H�ctor, m�s fuerte que Ayax,
y Aquiles el m�s fuerte; porque era
el m�s fuerte...�Inocencias de la infancia!
�Ah, cuando yo era ni�o
so�aba con los h�roes de la Il�ada!


		XIX

El casca-nueces-vac�as,
Col�n de cien vanidades,
vive de supercher�as
que vende como verdades.


		XX

�Teresa, alma de fuego
Juan de la Cruz, esp�ritu de llama,
por aqu� hay mucho fr�o, padres, nuestros
corazoncitos de Jes�s se apagan!


		XXI

Ayer so�� que ve�a
a Dios y que a Dios hablaba;
y so�� que Dios me o�a...
Despu�s so�� que so�aba.


		XXII

Cosas de hombres y mujeres,
los amor�os de ayer,
casi los tengo olvidados,
si fueron alguna vez.


		XXIII

No extra��is, dulces amigos,
que est� mi frente arrugada:
yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entra�as.


		XXIV

De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa.
Nunca extra��is que un bruto
se descuerne luchando por la idea.


		XXV

Las abejas de las flores
sacan miel, y melod�a
del amor, los ruise�ores:
Dante y yo -perd�n, se�ores-,
trocamos -perd�n, Luc�a-,
el amor en Teolog�a.


		XXVI

Poned sobre los campos
un carbonero, un sabio y un poeta.
Ver�is c�mo el poeta admira y calla,
el sabio mira y piensa...
Seguramente, el carbonero busca
las moras o las setas.
Llevadlos al teatro
y s�lo el carbonero no bosteza.
Quien prefiere lo vivo a lo pintado
es el hombre que piensa, canta o sue�a.
El carbonero tiene
llena de fantas�as la cabeza.


		XXVII

�D�nde est� la utilidad
de nuestras utilidades?
Volvamos a la verdad:
vanidad de vanidades.


		XXVIII

Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sue�os lucha con Dios;
y despierto, con el mar.


		XXIX

Caminante, son tus huellas
el camino y nada m�s;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atr�s
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.


		XXX

El que espera desespera,
dice la voz popular.
�Qu� verdad tan verdadera!
La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al rev�s.


		XXXI

Coraz�n, ayer sonoro,
�ya no suena
tu monedilla de oro?
Tu alcanc�a,
antes que el tiempo la rompa,
�se ir� quedando vac�a?
Confiemos
en que no ser� verdad
nada de lo que sabemos.


		XXXII

�Oh fe del meditabundo!
�Oh fe despu�s del pensar!
S�lo si viene un coraz�n al mundo
rebosa el vaso humano y se hincha el mar.


		XXXIII

So�� a Dios como una fragua
de fuego, que ablanda el hierro,
como un forjador de espadas,
como un bru�idor de aceros,
que iba firmando en las hojas
de luz: Libertad. - Imperio.


		XXXIV

Yo amo a Jes�s, que nos dijo:
Cielo y tierra pasar�n.
Cuando cielo y tierra pasen
mi palabra quedar�.
�Cu�l fue, Jes�s, tu palabra?
�Amor? �Perd�n? �Caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: Velad.


		XXXV

Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con ca�a o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime t�: �Cu�l es mejor?
�Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?


		XXXVI

Fe empirista. Ni somos ni seremos.
Todo nuestro vivir es emprestado.
Nada trajimos; nada llevaremos.


		XXXVII

�Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.


		XXXVIII

�Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro.


		XXXIX

Dicen que el ave divina,
trocada en pobre gallina,
por obra de las tijeras
de aquel sabio profesor
(fue Kant un esquilador
de las aves altaneras;
toda su filosof�a,
un sport de cetrer�a),
dicen que quiere saltar
las tapias del corral�n,
y volar
otra vez, hacia Plat�n.
�Hurra! �Sea!
�Feliz ser� quien lo vea!


		XL

 S�, cada uno y todos sobre la tierra iguales:
el �mnibus que arrastran dos pencos matalones,
por el camino, a tumbos, hacia las estaciones,
el �mnibus completo de viajeros banales,
y en medio un hombre mudo, hipocondr�aco, austero,
a quien se cuentan cosas y a quien se ofrece vino...
Y all�, cuando se llegue, �descender� un viajero
no m�s? �O habr�nse todos quedado en el camino?


		XLI

Bueno es saber que los vasos
nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qu� sirve la sed.


		XLII

�Dices que nada se pierde?
Si esta copa de cristal
se me rompe, nunca en ella
beber�, nunca jam�s.


		XLIII

Dices que nada se pierde
y acaso dices verdad,
pero todo lo perdemos
y todo nos perder�.


		XLIV

 Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.


		XLV

Morir... �Caer como gota
de mar en el mar inmenso?
�O ser lo que nunca he sido:
uno, sin sombra y sin sue�o,
un solitario que avanza
sin camino y sin espejo?


		XLVI

Anoche so�� que o�a
a Dios, grit�ndome: �Alerta!
Luego era Dios quien dorm�a,
y yo gritaba: �Despierta!


		XLVII

Cuatro cosas tiene el hombre
que no sirven en la mar:
ancla, gobernalle y remos,
y miedo de naufragar.


		XLVIII

Mirando mi calavera
un nuevo Hamlet dir�:
He aqu� un lindo f�sil de una
careta de carnaval.


		XLIX

Ya noto, al paso que me torno viejo,
que en el inmenso espejo,
donde orgulloso me miraba un d�a,
era el azogue lo que yo pon�a.
Al espejo del fondo de mi casa
una mano fatal
va rayendo el azogue, y todo pasa
por �l como la luz por el cristal.


		L

-Nuestro espa�ol bosteza.
�Es hambre? �sue�o? �Hast�o?
Doctor, �tendr� el est�mago vac�o?
-El vac�o es m�s bien en la cabeza.


		LI

 Luz del alma, luz divina,
faro, antorcha, estrella, sol...
Un hombre a tientas camina;
lleva a la espalda un farol.


		LII

Discutiendo est�n dos mozos
si a la fiesta del lugar
ir�n por la carretera
o campo traviesa ir�n.
Discutiendo y disputando
empiezan a pelear.
Ya con las trancas de pino
furiosos golpes se dan;
ya se tiran de las barbas,
ya se las quieren pelar.
Ha pasado un carretero,
que va cantando un cantar:
�Romero, para ir a Roma,
lo que importa es caminar;
a Roma por todas partes,
por todas partes se va�.


		LIII

Ya hay un espa�ol que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una Espa�a que muere
y otra Espa�a que bosteza.
Espa�olito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Espa�as
ha de helarte el coraz�n.


Antonio Machado.
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Versos sencillos



(La rosa blanca, La ni�a de Guatemala, etc.)
		I

Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma,
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
y hacia todas partes voy:
arte soy entre las artes,
en los montes, monte soy.

Yo s� los nombres extra�os
de las yerbas y las flores,
y de mortales enga�os,
y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
llover sobre mi cabeza
los rayos de lumbre pura
de la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
de las mujeres hermosas:
y salir de los escombros,
volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
con el pu�al al costado,
sin decir jam�s el nombre
de aquella que lo ha matado.

R�pida, como un reflejo,
dos veces vi el alma, dos:
cuando muri� el pobre viejo,
cuando ella me dijo adi�s.

Tembl� una vez, �en la reja,
a la entrada de la vi�a�
cuando la b�rbara abeja
pic� en la frente a mi ni�a.

Goc� una vez, de tal suerte
que goc� cual nunca: �cuando
la sentencia de mi muerte
ley� el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a trav�s
de las tierras y la mar,
y no es un suspiro, �es
que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
tome la joya mejor,
tomo a un amigo sincero
y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al �guila herida
volar al azul sereno,
y morir en su guarida
la v�bora del veneno.

Yo s� bien que cuando el mundo
cede, l�vido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
de horror y j�bilo yerta,
sobre la estrella apagada
que cay� frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
la pena que me lo hiere:
el hijo de un pueblo esclavo
vive por �l, calla, y muere.

Todo es hermoso y constante,
todo es m�sica y raz�n,
y todo, como el diamante,
antes que luz es carb�n.

Yo s� que al necio se entierra
con gran lujo y con gran llanto,
y que no hay fruta en la tierra
como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
la pompa del rimador:
cuelgo de un �rbol marchito
mi muceta de doctor.

		II

Yo s� de Egipto y Nigricia,
y de Persia y Xenophonte;
y prefiero la caricia
del aire fresco del monte.

Yo s� de las historias viejas
del hombre y de sus rencillas;
y prefiero las abejas
volando en las campanillas.

Yo s� del canto del viento
en las ramas vocingleras:
nadie me diga que miento,
que lo prefiero de veras.

Yo s� de un gamo aterrado
que vuelve al redil, y expira,
y de un coraz�n cansado
que muere oscuro y sin ira.


		III

Odio la m�scara y vicio
del corredor de mi hotel:
me vuelvo al manso bullicio
de mi monte de laurel.

Con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar:
el arroyo de la sierra
me complace m�s que el mar

Denle al vano el oro tierno
que arde y brilla en el crisol:
a m� denme el bosque eterno
cuando rompe en �l el sol.

Yo he visto el oro hecho tierra
barbullendo en la redoma:
prefiero estar en la sierra
cuando vuela una paloma.

Busca el obispo de Espa�a
pilares para su altar;
�en mi templo, en la monta�a,
el �lamo es el pilar!

Y la alfombra es puro helecho,
y los muros abedul,
y la luz viene del techo
del techo de cielo azul.

El obispo, por la noche,
sale, despacio, a cantar:
monta, callado, en su coche,
que es la pi�a de un pinar.

Las jacas de su carroza
son dos p�jaros azules:
y canta el aire y retoza,
y cantan los abedules.

Duermo en mi cama de roca
mi sue�o dulce y profundo:
roza una abeja mi boca
y crece en mi cuerpo el mundo.

Brillan las grandes molduras
al fuego de la ma�ana,
que ti�e las colgaduras
de rosa, violeta y grana.

El clar�n, solo en el monte,
canta al primer arrebol:
la gasa del horizonte
prende, de un aliento, el sol.

�D�ganle al obispo ciego,
al viejo obispo de Espa�a
que venga, que venga luego,
a mi templo, a la monta�a!

		IV

Yo visitar� anhelante
los rincones donde a solas
estuvimos yo y mi amante
retozando con las olas.

Solos los dos estuvimos,
solos, con la compa��a
de dos p�jaros que vimos
meterse en la gruta umbr�a.

Y ella, clavando los ojos,
en la pareja ligera,
deshizo los lirios rojos
que le dio la jardinera.

La madreselva olorosa
cogi� con sus manos ella,
y una madama graciosa,
y un jazm�n como una estrella.

Yo quise, diestro y gal�n,
abrirle su quitasol;
y ella me dijo: "�Qu� af�n!
�Si hoy me gusta ver el sol!"

"Nunca m�s altos he visto
estos nobles robledales:
aqu� debe estar el Cristo,
porque est�n las catedrales."

"Ya s� d�nde ha de venir
mi ni�a a la comuni�n;
de blanco la he de vestir
con un gran sombrero al�n."

Despu�s, del calor al peso,
entramos por el camino,
y nos d�bamos un beso
en cuanto sonaba un trino.

�Volver�, cual quien no existe,
al lago mudo y helado:
clavar� la quilla triste:
posar� el remo callado!

		V

Si ves un monte de espumas,
es mi verso lo que ves:
mi verso es un monte, y es
un abanico de plumas.

Mi verso es como un pu�al
que por el pu�o echa flor:
mi verso es un surtidor
que da un agua de coral.

Mi verso es de un verde claro
y de un carm�n encendido:
mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo.

Mi verso al valiente agrada:
mi verso, breve y sincero,
es del vigor del acero
con que se funde la espada.

		VI

Si quieren que de este mundo
lleve una memoria grata,
llevar�, padre profundo,
tu cabellera de plata.

Si quieren, por gran favor,
que lleve m�s, llevar�
la copia que hizo el pintor
de la hermana que ador�.

Si quieren que a la otra vida
me lleve todo un tesoro,
�llevo la trenza escondida
que guardo en mi caja de oro!

		VII

Para Arag�n, en Espa�a,
tengo yo en mi coraz�n
un lugar todo Arag�n,
franco, fiero, fiel, sin sa�a.

Si quiere un tonto saber
por qu� lo tengo, le digo
que all� tuve un buen amigo,
que all� quise a una mujer.

All�, en la vega florida,
la de la heroica defensa,
por mantener lo que piensa
juega la gente la vida.

Y si un alcalde lo aprieta
o lo enoja un rey cazurro,
calza la manta el baturro
y muere con su escopeta.

Quiero a la tierra amarilla
que ba�a el Ebro lodoso:
quiero el Pilar azuloso
de Lanuza y de Padilla.

Estimo a quien de un rev�s
echa por tierra a un tirano:
lo estimo, si es un cubano;
lo estimo, si aragon�s.

Amo los patios sombr�os
con escaleras bordadas;
amo las naves calladas
y los conventos vac�os.

Amo la tierra florida,
musulmana o espa�ola,
donde rompi� su corola
la poca flor de mi vida.

		VIII

Yo tengo un amigo muerto
que suele venirme a ver:
mi amigo se sienta, y canta;
canta en voz que ha de doler.

En un ave de dos alas
bogo por el cielo azul:
un ala del ave es negra,
otra de oro Carib�.

El coraz�n es un loco
que no sabe de un color:
o es su amor de dos colores,
o dice que no es amor.

Hay una loca m�s fiera
que el coraz�n infeliz:
la que le chup� la sangre
y se ech� luego a re�r.

Coraz�n que lleva rota
el ancla fiel del hogar,
va como barca perdida,
que no sabe a d�nde va.

En cuanto llega a esta angustia
rompe el muerto a maldecir:
le amanso el cr�neo: lo acuesto:
acuesto el muerto a dormir.

		IX

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la ni�a de Guatemala,
la que se muri� de amor.

Eran de lirio los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazm�n; la enterramos
en una caja de seda.

...Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor:
�l volvi�, volvi� casado:
ella se muri� de amor.

Iban carg�ndola en andas
obispos y embajadores:
detr�s iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores.

...Ella, por volverlo a ver,
sali� a verlo al mirador:
�l volvi� con su mujer:
ella se muri� de amor.

Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente �la frente
que m�s he amado en mi vida!

Se entr� de tarde en el r�o,
la sac� muerta el doctor:
dicen que muri� de fr�o:
yo s� que muri� de amor.

All�, en la b�veda helada,
la pusieron en dos bancos:
bes� su mano afilada,
bes� sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llam� el enterrador:
�Nunca m�s he vuelto a ver
a la que muri� de amor!

		X

El alma tr�mula y sola
padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
la bailarina espa�ola.

Han hecho bien en quitar
el bander�n de la acera;
porque si est� la bandera,
no s�, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
soberbia y p�lida llega:
�C�mo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
y una capa carmes�:
�Lo mismo que un alhel�
que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
ceja de mora traidora:
y la mirada, de mora,
y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz,
y sale en bata y mant�n,
La Virgen de la Asunci�n
bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Cr�zase al hombre la manta:
en arco el brazo levanta:
mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
el tablado zalamera,
como si la tabla fuera
tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
en las llamas de los ojos,
y el manto de flecos rojos
se va en el aire meciendo.

S�bito, de un salto arranca:
h�rtase, se quiebra, gira:
abre en dos la cachemira,
ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
la boca abierta provoca;
es un rosa la boca:
lentamente taconea.

Recoge, de un d�bil giro,
el manto de flecos rojos:
se va, cerrando los ojos,
se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la espa�ola;
es blanco y rojo el mant�n:
�Vuelve, fosca a su rinc�n,
el alma tr�mula y sola!

		XI

Yo tengo un paje muy fiel
que me cuida y que me gru�e,
y al salir, me limpia y bru�e
mi corona de laurel.

Yo tengo un paje ejemplar
que no come, que no duerme,
y que se acurruca a verme
trabajar, y sollozar.

Salgo, y el vil se desliza
y en mi bolsillo aparece;
vuelvo, y el terco me ofrece
una taza de ceniza.

Si duermo, al rayar el d�a
se sienta junto a mi cama:
si escribo, sangre derrama
mi paje en la escriban�a.

Mi paje, hombre de respeto,
al andar casta�etea:
hiela mi paje, y chispea:
mi paje es un esqueleto.

		XII

En el bote iba remando
por el lago seductor
con el sol que era oro puro
y en el alma m�s de un sol.

Y a mis pies vi de repente,
ofendido del hedor,
un pez muerto, un pez hediondo
en el bote remador.

		XIII

Por donde abunda la malva
y da el camino un rodeo,
iba un �ngel de paseo
con una cabeza calva.

Del casta�ar por la zona
la pareja se perd�a:
la calva resplandec�a
lo mismo que una corona.

Sonaba el hacha en lo espeso
y cruz� un ave volando:
pero no se sabe cu�ndo
se dieron el primer beso.

Era rubio el �ngel; era
el de la calva radiosa,
como el tronco a que amorosa
se prende la enredadera.

		XIV

Yo no puedo olvidar nunca
la ma�anita de oto�o
en que le sali� un reto�o
a la pobre rama trunca.

La ma�anita en que, en vano,
junto a la estufa apagada,
una ni�a enamorada
le tendi� al viejo la mano.

		XV

Vino el m�dico amarillo
a darme su medicina,
con una mano cetrina
y la otra mano al bolsillo:

�Yo tengo all� en un rinc�n
un m�dico que no manca
con una mano muy blanca
y otra mano al coraz�n!.

Viene, de blusa y casquete,
el grave del repostero,
a preguntarme si quiero
o M�laga o Pajarete:

�D�ganle a la repostera
que ha tanto tiempo no he visto,
que me tenga un beso listo
al entrar la primavera!

		XVI

En el alf�izar calado
de la ventana moruna,
p�lido como la luna,
medita un enamorado.

P�lida, en su canap�
de seda t�rtola y roja,
Eva, callada, deshoja
una violeta en el t�.

		XVII

Es rubia: el cabello suelto
da m�s luz al ojo moro:
voy, desde entonces, envuelto
en un torbellino de oro.

La abeja estival que zumba
m�s �gil por la flor nueva,
no dice, como antes, "tumba":
"Eva" dice: todo es "Eva".

Bajo, en lo oscuro, al temido
raudal de la catarata:
�y brilla el iris, tendido
sobre las hojas de plata!

Miro, ce�udo, la agreste
pompa del monte irritado:
�y en el alma azul celeste
brota un jacinto rosado!

Voy, por el bosque, a paseo
a la laguna vecina:
y entre las ramas la veo,
y por el agua camina.

La serpiente del jard�n
silba, escupe, y se resbala
por su agujero: el clar�n
me tiende, trinando, el ala.

�Arpa soy, salterio soy
donde vibra el Universo:
vengo del sol, y al sol voy:
soy el amor: soy el verso!

		XVIII

El alfiler de Eva loca
es hecho del oro oscuro
que le sac� un hombre puro
del coraz�n de una roca.

Un p�jaro tentador
le trajo en el pico ayer
un relumbrante alfiler
de pasta y de similor.

Eva se prendi� al oscuro
talle el diamante embustero:
y ech� en el alfiletero
el alfiler de oro puro.

		XIX

Por tus ojos encendidos
Y lo mal puesto de un broche.
pens� que estuviste anoche
jugando a juegos prohibidos.

Te odi� por vil y alevosa:
te odi� con odio de muerte:
n�usea me daba de verte
tan villana y tan hermosa.

Y por la esquela que vi
sin saber c�mo ni cu�ndo.
s� que estuviste llorando
toda la noche por m�.

		XX

Mi amor del aire se azora;
Eva es rubia, falsa es Eva:
viene una nube, y se lleva
mi amor que gime y que llora.

Se lleva mi amor que llora
esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
�Eva me consolar�!

		XXI

Ayer la vi en el sal�n
de los pintores, y ayer
detr�s de aquella mujer
se me salt� el coraz�n.

Sentada en el suelo rudo
est� en el lienzo: dormido
al pie, el esposo rendido:
al seno el ni�o desnudo.

Sobre unas briznas de paja
se ven mendrugos mondados:
le cuelga el manto a los lados,
lo mismo que una mortaja.

No nace en el torvo suelo
ni una viola, ni una espiga:
�muy lejos, la casa amiga,
muy triste y oscuro el cielo!...

�Esa es la hermosa mujer
que me rob� el coraz�n
en el soberbio sal�n
de los pintores de ayer!

		XXII

Estoy en el baile extra�o
de polaina y casaqu�n
que dan, del a�o hacia el fin,
los cazadores del a�o.

Una duquesa violeta
va con un frac colorado:
marca un vizconde pintado
el tiempo en la pandereta.

Y pasan las chupas rojas;
pasan los tules de fuego,
como delante de un ciego
pasan volando las hojas.

		XXIII

Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural:
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar.

No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
yo soy bueno, y como bueno
�morir� de cara al sol!

		XXIV

S� de un pintor atrevido
que sale a pintar contento
sobre la tela del viento
y la espuma del olvido,

Yo s� de un pintor gigante,
el de divinos colores,
puesto a pintarle las flores
a una corbeta mercante.

Yo s� de un pobre pintor
que mira el agua al pintar,
el agua ronca del mar,
con un entra�able amor.

		XXV

Yo pienso, cuando me alegro
como un escolar sencillo,
en el canario amarillo,
�que tiene el ojo tan negro!

Yo quiero, cuando me muera,
sin patria, pero sin amo,
tener en mi tumba un ramo
de flores, �y una bandera!

		XXVI

Yo que vivo, aunque me he muerto,
soy un gran descubridor,
porque anoche he descubierto
la medicina de amor.

Cuando al peso de la cruz
el hombre morir resuelve,
sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
como de un ba�o de luz.

		XXVII

El enemigo brutal
nos pone fuego a la casa:
el sable la calle arrasa,
a la luna tropical.

Pocos salieron ilesos
del sable del espanol:
la calle, al salir el sol,
era un reguero de sesos.

Pasa, entre balas, un coche:
entran, llorando, a una muerta:
llama una mano a la puerta
en lo negro de la noche.

No hay bala que no taladre
el port�n: y la mujer
que llama, me ha dado el ser:
me viene a buscar mi madre.

A la boca de la muerte,
los valientes habaneros
se quitaron los sombreros
ante la matrona fuerte.

Y despu�s que nos besamos
como dos locos, me dijo:
"�vamos pronto, vamos, hijo:
la ni�a est� sola: vamos!"

		XXVIII

Por la tumba del cortijo
donde est� el padre enterrado,
pasa el hijo, de soldado
del invasor: pasa el hijo.

El padre, un bravo en la guerra,
envuelto en su pabell�n
alzase: y de un bofet�n
lo tiende, muerto, por tierra.

El rayo reluce: zumba
el viento por el cortijo:
el padre recoge al hijo,
y se lo lleva a la tumba.

		XXIX

La imagen del rey, por ley,
lleva el papel del Estado:
el ni�o fue fusilado
por los fusiles del rey.

Festejar el santo es ley
del rey: y en la fiesta santa
�la hermana del ni�o canta
ante la imagen del rey!

		XXX

El rayo surca, sangriento,
el l�brego nubarr�n:
echa el barco, ciento a ciento,
los negros por el port�n.

El viento, fiero, quebraba
los alm�cigos copudos;
andaba la hilera, andaba,
de los esclavos desnudos.

El temporal sacud�a
los barracones henchidos:
una madre con su cr�a
pasaba, dando alaridos.

Rojo, como en el desierto,
sali� el sol al horizonte:
y alumbr� a un esclavo muerto,
colgado a un seibo del monte.

Un ni�o lo vio: tembl�
de pasi�n por los que gimen:
�y, al pie del muerto, jur�
lavar con su vida el crimen!

		XXXI

Para modelo de un dios
el pintor lo envi� a pedir: 
�para eso no! �para ir,
Patria, a servirte los dos!

Bien estar� en la pintura
el hijo que amo y bendigo:
�mejor en la ceja oscura,
cara a cara al enemigo!

Es rubio, es fuerte, es garz�n
de nobleza natural:
�hijo, por la luz natal!
�hijo, por el pabell�n!

Vamos, pues, hijo viril:
vamos los dos: si yo muero,
me besas: si t�... �prefiero
verte muerto a verte vil!

		XXXII

En el negro callej�n
donde en tinieblas paseo,
alzo los ojos, y veo
la iglesia, erguida, a un rinc�n.

�Ser� misterio? �ser�
revelaci�n y poder?
�Ser�, rodilla, el deber
de postrarse? �qu� ser�?

Tiembla la noche: en la parra
muerde el gusano el reto�o;
grazna, llamando al oto�o,
la hueca y hosca cigarra.

Graznan dos: atento al d�o
alzo los ojos, y veo
que la iglesia del paseo
tiene la forma de un b�ho.

		XXXIII

De mi desdicha espantosa
siento, oh estrellas, que muero:
yo quiero vivir, yo quiero
ver a una mujer hermosa.

El cabello, como un casco,
le corona el rostro bello:
brilla su negro cabello
como un sable de Damasco.

�Aqu�lla?... Pues pon la hiel
del mundo entero en un haz,
y t�llala en cuerpo, y �haz
un alma entera de hiel!

�Esta?... Pues esta infeliz
lleva escarpines rosados,
y los labios colorados,
y la cara de barniz.

El alma l�gubre grita:
"�mujer, maldita mujer!"
�no s� yo qui�n pueda ser
entre las dos la maldita!

		XXXIV

�Penas! �qui�n osa decir
que tengo yo penas? Luego,
despu�s del rayo, y del fuego,
tendr� tiempo de sufrir.

Yo s� de un pesar profundo
entre las penas sin nombres:
�la esclavitud de los hombres
es la gran pena del mundo!

Hay montes, y hay que subir
los montes altos; �despu�s
veremos, alma, qui�n es
quien te me ha puesto al morir!

		XXXV

�Qu� importa que tu pu�al
se me clave en el ri��n?
�Tengo mis versos, que son
m�s fuertes que tu pu�al!

�Qu� importa que este dolor 
seque el mar, y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
nace al lado del dolor.

		XXXVI

Ya s�: de carne se puede
hacer una flor: se puede,
con el poder del cari�o,
hacer un cielo,� �y un ni�o!

De carne se hace tambi�n
el alacr�n; y tambi�n
el gusano de la rosa,
y la lechuza espantosa.

		XXXVII

Aqu� est� el pecho, mujer,
que ya s� que lo herir�s;
�m�s grande debiera ser,
para que lo hirieses m�s!

Porque noto, alma torcida,
que en mi pecho milagroso,
mientras m�s honda la herida,
es mi canto m�s hermoso.

		XXXVIII

�Del tirano? Del tirano
di todo, �di m�s!, y clava
con furia de mano esclava
sobre su oprobio al tirano.

�Del error? Pues del error
di el antro, di las veredas
oscuras: di cuanto puedas
del tirano y del error.

�De mujer? Bien puede ser
que mueras de su mordida;
�Pero no manches tu vida
diciendo mal de mujer!

		XXXIX

Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que arranca
el coraz�n con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo:
cultivo la rosa blanca.

		XL

Pinta mi amigo el pintor
sus angelones dorados,
en nubes arrodillados,
con soles alrededor.

P�nteme con sus pinceles
los angelitos medrosos
que me trajeron, piadosos,
sus dos ramos de claveles.

		XLI

Cuando me vino el honor
de la tierra generosa,
no pens� en Blanca ni en Rosa
ni en lo grande del favor.

Pens� en el pobre artillero
que est� en la tumba, callado:
pens� en mi padre, el soldado:
pens� en mi padre, el obrero.

Cuando lleg� la pomposa
carta, en su noble cubierta,
pens� en la tumba desierta,
no pens� en Blanca ni en Rosa.

		XLII

En el extra�o bazar
del amor, junto a la mar,
la perla triste y sin par
le toc� por suerte a Agar.

Agar, de tanto tenerla
al pecho, de tanto verla
Agar, lleg� a aborrecerla:
maj�, tir� al mar la perla.

Y cuando Agar, venenosa
de in�til furia, y llorosa,
pidi� al mar la perla hermosa,
dijo la mar borrascosa:

"�Qu� hiciste, torpe, qu� hiciste
de la perla que tuviste?
la majaste, me la diste:
yo guardo la perla triste".

		XLIII

Mucho, se�ora, dar�a
por tender sobre tu espalda
tu cabellera brav�a,
tu cabellera de gualda:
despacio la tender�a,
callado la besar�a.

Por sobre la oreja fina
baja lujoso el cabello,
los mismo que una cortina
que se levanta hacia el cuello.
la oreja es obra divina
de porcelana de China.

Mucho, se�ora, te diera
por desenredar el nudo
de tu roja cabellera
sobre tu cuello desnudo:
muy despacio la esparciera,
hilo por hilo la abriera.

		XLIV

Tiene el leopardo un abrigo
en su monte seco y pardo:
yo tengo m�s que el leopardo,
porque tengo un buen amigo.

Duerme, como un juguete,
la mushma en su cojinete
de arce del Jap�n: yo digo:
�No hay coj�n como un amigo.�

Tiene el conde su abolengo,
tiene la aurora el mendigo,
tiene ala el ave: �yo tengo
all� en M�xico un amigo!

Tiene el se�or presidente
un jard�n con una fuente,
y un tesoro en oro y trigo:
tengo m�s, tengo un amigo.

		XLV

Sue�o con claustros de m�rmol
donde en silencio divino
los h�roes, de pie, reposan:
�de noche, a la luz del alma,
hablo con ellos: de noche!
est�n en fila: paseo
entre las filas: las manos
de piedra les beso: abren
los ojos de piedra: mueven
los labios de piedra: tiemblan
las barbas de piedra: empu�an
la espada de piedra: lloran:
�vibra la espada en la vaina!
mudo, les beso la mano.

�Hablo con ellos, de noche!
est�n en fila: paseo
entre las filas: lloroso
me abrazo a un m�rmol: "�Oh m�rmol,
dicen que beben tus hijos
su propia sangre en las copas
venenosas de sus due�os!
�Que hablan la lengua podrida
de sus rufianes! �Que comen
juntos el pan del oprobio,
en la mesa ensangrentada!
�Que pierden en lengua in�til
el �ltimo fuego! �Dicen,
oh m�rmol, m�rmol dormido,
que ya se ha muerto tu raza!"
Echame en tierra de un bote
el h�roe que abrazo: me ase
del cuello: barre la tierra
con mi cabeza: levanta
el brazo, �EI brazo le luce
lo mismo que un sol! : resuena
la piedra: buscan el cinto
las manos blancas: �del soclo
saltan los hombres de m�rmol!

		XLVI

Vierte, coraz�n, tu pena
donde no se llegue a ver,
por soberbia, y por no ser
motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,
porque cuando siento el pecho
ya muy cargado y deshecho,
parto la carga contigo.

T� me sufres, t� aposentas
en tu regazo amoroso,
todo mi ardor doloroso,
todas mis ansias y afrentas.

T�, porque yo pueda en calma
amar y hacer bien, consientes
en enturbiar tus corrientes
en cuanto me agobia el alma.

T�, porque yo cruce fiero
la tierra, y sin odio y puro,
te arrastras, p�lido y duro,
mi amoroso compa�ero.

Mi vida as� se encamina
al cielo limpia y serena,
y t� me cargas mi pena
con tu paciencia divina.

Y porque mi cruel costumbre
de echarme en ti te desv�a
de tu dichosa armon�a
y natural mansedumbre.

Porque mis penas arrojo
sobre tu seno, y lo azotan,
y tu corriente alborotan,
y ac� l�vido, all� rojo,

Blanco all� como la muerte,
ora arremetes y ruges,
ora con el peso crujes
de un dolor m�s que t� fuerte.

�Habr�, como me aconseja
un coraz�n mal nacido,
de dejar en el olvido
a aquel que nunca me deja?

�Verso, nos hablan de un Dios
a d�nde van los difuntos:
verso, o nos condenan juntos,
o nos salvamos los dos!


Jos� Mart�.
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B�squeda espacial

		

	

Antes de haber nacido, cuando apenas
en las galaxias era calofr�o,
o sed en rotaci�n por el vac�o,
o sangre sin la c�rcel de las venas;

antes de ser en t�nica de arenas
un angustiado palpitar sombr�o,
antes, mucho antes que este cuerpo m�o
supiera de esperanzas y de penas:

ya buscaba tu nombre, tu semblante,
el disperso latir de tu vivencia,
tu mirada en las nubes esparcida;

porque, desde el asomo delirante
de mis instintos ciegos, tu existencia
era ya por mis ansias presentida.

		II

�Cu�ntas transmutaciones has pasado?
�cu�ntos siglos de luz, cu�ntos colores,
nebulosas, crep�sculos y flores
para llegar a ser, has transitado? 

�En qu� constelaciones has brillado?
�Despu�s de cu�ntas muertes y dolores,
de huracanes, rel�mpagos y albores
la forma corporal has conquistado?

No puedo concebir mi pensamiento
esa edad atmosf�rica que hicimos
en giratoria espera; mas yo siento

que milenios de lumbres anduvimos
esperanzados en el firmamento,
hasta unir este amor con que existimos.

El�as Nandino.
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Metamorfosis



Era un cautivo beso enamorado
de una mano de nieve que ten�a
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de una ave en agon�a.
Y sucedi� que un d�a,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acerc� tanto a la prisi�n del beso,
que ya no pudo m�s el pobre preso
y se escap�; mas, con voluble giro, 
huy� la mano hasta el conf�n lejano,
y el beso, que volaba tras la mano,
rompiendo el aire, se volvi� suspiro.

Luis G. Urbina.
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La canci�n desesperada



Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
El r�o anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba.
�Es la hora de partir, oh abandonado!

Sobre mi coraz�n llueven fr�as corolas.
�Oh sentina de escombros, feroz cueva de n�ufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
De ti alzaron las alas los p�jaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejan�a.
Como el mar, como el tiempo. �Todo en ti fue naufragio!

Era la alegre hora del asalto y el beso.
La hora del estupor que ard�a como un faro.

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor, �todo en ti fue naufragio!

En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
Descubridor perdido, �todo en ti fue naufragio!

Te ce�iste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumb� la tristeza, �todo en ti fue naufragio!

Hice retroceder la muralla de sombra,
anduve m�s all� del deseo y del acto.

Oh carne, carne m�a, mujer que am� y perd�,
a ti en esta hora h�meda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura,
y el infinito olvido te triz� como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas,
y all�, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y t� fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas, y t� fuiste el milagro.

�Ah mujer, no s� c�mo pudiste contenerme
en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el m�s terrible y corto,
el m�s revuelto y ebrio, el m�s tirante y �vido.

Cementerio de besos, a�n hay fuego en tus tumbas,
a�n los racimos arden picoteados de p�jaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la c�pula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina.
Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ese fue mi destino y en �l viaj� mi anhelo,
y en �l cay� mi anhelo, �todo en ti fue naufragio!

Oh sentina de escombros, en ti todo ca�a,
qu� dolor no exprimiste, qu� olas no te ahogaron.

De tumbo en tumbo a�n llameaste y cantaste
de pie como un marino en la proa de un barco.

A�n floreciste en cantos, a�n rompiste en corrientes.
Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

P�lido buzo ciego, desventurado hondero,
descubridor perdido, �todo en ti fue naufragio!

Es la hora de partir, la dura y fr�a hora
que la noche sujeta a todo horario.

El cintur�n ruidoso del mar ci�e la costa.
Surgen fr�as estrellas, emigran negros p�jaros.

Abandonado como los muelles en el alba.
S�lo la sombra tr�mula se retuerce en mis manos.

Ah m�s all� de todo. Ah m�s all� de todo.

Es la hora de partir. �Oh abandonado!


Pablo Neruda.
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Poema 15



Me gustas cuando callas porque est�s como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas est�n llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma m�a.
Mariposa de sue�o, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancol�a.

Me gustas cuando callas y est�s como distante.
Y est�s como quej�ndote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
d�jame que me calle con el silencio tuyo.

D�jame que te hable tambi�n con tu silencio
claro como una l�mpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque est�s como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.


Pablo Neruda.
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Poema 20



Puedo escribir los versos m�s tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche est� estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos m�s tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella tambi�n me quiso.

En las noches como �sta la tuve entre mis brazos.
La bes� tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo tambi�n la quer�a.
C�mo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos m�s tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

O�r la noche inmensa, m�s inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el roc�o.

Qu� importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche est� estrellada y ella no est� conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi coraz�n la busca, y ella no est� conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos �rboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cu�nto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su o�do.

De otro. Ser� de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como �sta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque �ste sea el �ltimo dolor que ella me causa,
y �stos sean los �ltimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda.
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El d�a que me quieras

			

El d�a que me quieras tendr� m�s luz que junio;
la noche que me quieras ser� de plenilunio,
con notas de Beethoven vibrando en cada rayo
sus inefables cosas,
y habr� juntas m�s rosas
que en todo el mes de mayo.

Las fuentes cristalinas
ir�n por las laderas 
saltando cristalinas
el d�a que me quieras.

El d�a que me quieras, los sotos escondidos
resonar�n arpegios nunca jam�s o�dos.
Extasis de tus ojos, todas las primaveras
que hubo y habr� en el mundo ser�n cuando me quieras.

Cogidas de la mano cual rubias hermanitas,
luciendo golas c�ndidas, ir�n las margaritas
por los montes y praderas,
delante de tus pasos, el d�a que me quieras...
y si deshojas una, te dir� su inocente
postrer p�talo blanco: �Apasionadamente!
Al reventar el alba del d�a que me quieras,
y en el estanque, nido de g�rmenes ignotos,
florecer�n las m�sticas corolas de los lotos.

El d�a que me quieras ser� cada celaje
ala maravillosa, cada arrebol miraje
de "Las Mil y una Noche", cada brisa un cantar,
cada �rbol una lira, cada monte un altar.

El d�a que me quieras, para nosotros dos
cabr� en un solo beso la beatitud de Dios.

Amado Nervo.
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En paz



Artifex vitae, artifex sui

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando plant� rosales cosech� siempre rosas.

... Cierto, a mis lozan�as va a seguir el invierno:
�m�s t� no dijiste que mayo fuese eterno!
Hall� sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tan s�lo noches buenas,
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Am�, fui amado, el sol acarici� mi faz.
�Vida, nada me debes! �Vida, estamos en paz!

Amado Nervo.
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Gratia Plena

	

Todo en ella encantaba, todo en ella atra�a:
su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
El ingenio de Francia de su boca flu�a.
Era llena de gracia, como el Avemar�a;
�quien la vio no la pudo ya jam�s olvidar!

Ingenua como el agua, di�fana como el d�a,
rubia y nevada como Margarita sin par,
al influjo de su alma celeste amanec�a...
Era llena de gracia, como el Avemar�a;
�quien la vio no la pudo ya jam�s olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la invest�a
de no s� qu� prestigio lejano y singular,
m�s que muchas princesas, princesa parec�a:
era llena de gracia, como el Avemar�a;
�quien la vio no la pudo ya jam�s olvidar!

Yo goc� el privilegio de encontrarla en mi v�a
dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar.
Y cadencias arcanas hall� mi poes�a.
Era llena de gracia, como el Avemar�a;
�quien la vio no la pudo ya jam�s olvidar!

!Cu�nto, cu�nto la quise! �Diez a�os fue m�a;
pero flores tan bellas nunca pueden durar!
Era llena de gracia, como el Avemar�a,
y a la fuente de gracia, de donde proced�a,
�se volvi�... como gota que se vuelve a la mar!

Amado Nervo.
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Silencio



As� como del fondo de la m�sica
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra m�sica enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las peque�as mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz
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Acabar con todo



Dame, llama invisible, espada fr�a,
tu persistente c�lera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.

Arde, sombr�o, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.

Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre est�riles pe�as.

Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de ra�ces heladas y sedientas.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas p�treas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.

Octavio Paz
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Definici�n del amor



  Es hielo abrazador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un so�ado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

  Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

  Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

  Este es el ni�o, Amor, �ste es su abismo.
�Mirad cu�l amistad tendr� con nada
el que en todo es contrario de s� mismo!

Francisco de Quevedo.
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Un d�a te querr�



Un d�a te querr�... Un d�a: �cu�ndo?
No lo s�, ni me importa, todav�a.
Tan segura de amarte estoy, un d�a,
que ni anhelo ni busco, voy andando.

Mi mano que la espera va ahuecando
hoy reposa indolente, blanda y fr�a.
Un d�a te querr�... Hoy s�lo ans�a
encerrarse en la tuya, descansando.

Mi amor sabe aguardar. No es impaciente:
su deseo es arroyo, y no torrente
que hacia ti, con certeza, sigue andando.

Y una tarde cualquiera y diferente
me ha de dar a tu amor, serenamente.

Un d�a te amar�: �qu� importa cu�ndo?

Julia Prilutzky Farny.
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Despu�s de todo



Despu�s de todo -pero despu�s de todo-
s�lo se trata de acostarnos juntos,
se trata de la carne,
de los cuerpos desnudos,
l�mpara de la muerte en el mundo.

Gloria degollada, sobreviviente
del tiempo sordomudo
mezquina paga de los que mueren juntos.

A la miseria del placer, eternidad,
condenaste la b�squeda, al injusto
fracaso encadenaste sed,
clavaste el coraz�n a un muro.

Se trata de mi cuerpo al que bendigo,
contra el que lucho,
el que ha de darme todo
en un silencio robusto
y el que se muere y mata a menudo.

Soledad, m�rcame con tu pie desnudo.
Aprieta mi coraz�n como las uvas
y ll�name la boca con su licor maduro.

Jaime Sabines.
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Entresuelo



Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sue�o, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y m�s all� la niebla, la ma�ana.
Hay �rboles helados, tierra seca,
peces fijos id�nticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aqu�, no hay mujer. Me falta.
Mi coraz�n desde hace d�as quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es �spera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pez�n a pez�n cien labios y una hora,
de pupila a pupila un coraz�n, dos l�grimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el �ltimo vuelo de la �ltima ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es precioso querer. Yo ya lo s�. La quiero.
�Es tan dura, tan tibia, tan clara!

Esta noche me falta.
Sube un viol�n desde la calle hasta mi cama.
Ayer mir� dos ni�os que ante un escaparate
de maniqu�es desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocup� tres a�os,
hoy s� que es una m�quina.
Ning�n adi�s mejor que el de todos los d�as 
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.

Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.

Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.

Jaime Sabines.
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Por qu� me quit� del vicio


		
No es por hacerles desaigre...
Es que ya no soy del vicio...
Astedes mi lo perdonen,
pero es qui hace m�s de cinco
a�os que no tomo copas,
onqui ande con los amigos...
�Que si no me cuadran?...�Harto!
Pa' qu� he di hacerme el santito;
si he sido rete borracho...
�Como pocos lo haigan sido!
Perora s� ya no tomo,
�manque me lleven lo pingos!

Dende antes que me casara
encomenc� con el vicio,
y luego ya de casado,
tambi�n le tup� macizo...
�Pobrecita de mi vieja!
�Sempre tan guena conmigo...!
�Por m�s que l'ice sofrir
nunca me perdi� el cari�o!
Era una santa la pobre
y yo con ella un endino.
Nom�s porque no sofriera
llegu� a quitarme del vicio,
pero poco dur� el gusto...
la de malas se nos vino
y una noche redepente,
qued� com'un pajarito...
Dicen que ju� el coraz�n...
�Yo no s� lo que haiga sido!,
pero sento en la concencia
que jue mi vicio cochino
el qu'hizo que nos dejara
solitos a m� y a m'hijo,
un chilpayate de ocho a�os
que quedaba guerfanito
a l'ed� en que hace m�s falta
�la madre con su cari�o!

Me sent� disesperado
de verme solo con m'hijo...
�Pobrecita criatura!
�Mal cuidado, mal vestido!
sempre solo... ricordando
al �ngel que 'b�a perdido...
Antonces pa' no pensar
golg� a darle al vicio
porque poni�ndome chuco
me jallaba m�s tranquilo,
y cuando ya estaba briago
y casi juera de juicio
�parece que mi dejunta
'taba all� junto conmigo!

Al salir del trabajo,
m'iba yo con los amigos.
Y aluego ya a medios chiles
mercaba yo harto refino,
y regresaba a mi casa
'onde mi aguardaba m'hijo.
Y all�...�duro!, trago y trago
 hasta ponerme bien p�timo...
�Y aistaba la tarugada!
Ya indiantes les he dicho
luegito v�a a mi vieja
que llegaba a hablar conmigo
y encomenzaba a decirme
cosas de mucho cari�o,
y yo a contestar con ella
como si juera dialtiro,
cierto lo questaba viendo,
y en tan mientras que m'hijo
si abrazaba a m� asustado
dici�ndome el pobre ni�o:
�'Onde est� mi mamacita?...
Dime 'onde est� papacito...
�Es verd� que ti est� hablando?
�C�mo yo no la deviso?...
 "Pos qu� no la ve, tarugo...
�Vaya que li haga cari�os!"
Y el pobrecito lloraba
y pelaba sus ojitos
buscando ritiasustado
a aquella a quien tanto quiso.

Una nochi, al rigresar
d'estarle dando al oficio,
llego y al abrir la puerta
�Ay Jes�s lo que deviso!
Hecho bolas sobre el suelo
'taba tirado m'hijo
risa y risa como un loco,
y pegando chicos gritos...
"�Qu� ti pasa?...�Qu� sucede?...
�Ti has guelto loco dialtiro?"...
Pero entonces, en la mesa
vide el frasco del refino
que yo 'b�a dejado lleno,
interamente vac�o...
luego, luego me d� cuenta
y me puse retemuino;
�Qui has hecho, izcuintle malvado!
�Ya bebites el refino!...
�Pa' qui aprendas a ser gueno
voy a romperte el hocico!...
Y aluego con harto susto...
que l'hizo volver al juicio,
y con una voz de angustia
que no he di olvidar, me dijo:
 "No me puegues papacito,
ju� por ver a mi mamita
como cuando habla contigo!
�Ju� pa' que ella me besara
y m'hiciera hartos cari�os!...
........................................
Desde entonces ya no tomo,
onqui ande con los amigos
No es por hacerles desaigre,
pero ya no soy del vicio...
Y cuando quiero rajarme
porque sento el gusanito
de tomarme una copa,
nom�s mi acuerdo de m'hijo
y entonces si,� ya no tomo
manque me lleven los pingos!...

Carlos Rivas Larrauri.
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No pasa del corredor�



Si ustedes me lo permiten 
escribir� en espa�ol, 
porque hoy no me da la gana 
de hacer versos en "folklore".

Y si no me lo permiten,
conc�danme su perd�n
y sin m�s contemplaciones
doblen la hoja y... se acab�.

Pero como yo les debo
dar alguna explicaci�n
del motivo que me obliga
a escribir en espa�ol,
o en algo que se parezca
a ese idioma encantador
(no vaya a venir alguno
y diga que es presunci�n
llamar lengua castellana
a �sta en que escribiendo estoy),
voy a explicarles a ustedes 
la causa por la que yo 
hoy escribo estas cuartillas 
en mal romance espa�ol.

Imag�nense que anoche 
un amigo me pidi� 
que fuera en su compa��a 
a cierta amable reuni�n; 
y yo, que soy complaciente, 
no quise decir que no 
y fui a donde me llevaba mi amigo; 
pero, por Dios puedo jurarles 
a ustedes que no imaginaba yo 
la plancha que iba a tirarme 
en la famosa reuni�n, 
por causa de una se�ora 
que me tild� de impostor 
en el preciso momento 
en que alguien me present� 
dici�ndole que yo era Rivas Larrauri, 
el autor de aquellas rimas vern�culas
de "grata" recordaci�n 
(lo de "grata" lo dijo �l, 
no vayan a creer que yo).

Y es que la buena se�ora, 
en su inocente candor, 
no quiere admitir la idea, 
ni jur�ndolo por Dios,
de que pueda quien escribe
esas "cosas" de "folklore", 
vestir de gente decente 
y hablar "casi" en espa�ol.

La muy... ingenua pensaba 
que este humilde servidor, 
en vez de usar un "plumaje" 
cortado a la perfecci�n 
(esto es para que Mart�nez, 
mi sastre, con esta flor 
me cobre un poquito menos 
en la pr�xima ocasi�n), 
vistiera de rigurosa mezclilla 
un buen "overol"; 
y en lugar del "Borsalino", 
del "Stetson" o del "Dobbs",
un sombrero de petate 
o un gorrito muy... "folklore". 
Mucho menos conceb�a 
que pudiera hablarle yo 
sin decir "dialtiro", "ansina", 
"me cuadra", "no li aunque" y "pos."

Y como s� que la duda 
dialtiro se le qued�, 
pos he querido prebarle 
que tambi�n en espa�ol 
echa verso, si. se ofrece, 
su g�en cuate y servidor...

Pero... �caray! si ora caigo 
en que ya se mi olvid� 
qu'encomenc� en castellano
y ya rigres� al "folklore".

�Lo que preba mesmamente 
que tiene muncha raz�n 
la si�ora que no cr�iba 
ni de relajo que yo 
juera persona decente 
y qui hablara en espa�ol...!
Y preba tambi�n, de plano, 
qu'en cualesquera ocasi�n 
"�el que nace pa maceta, 
no pasa del corredor...!

Carlos Rivas Larrauri.
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Ayer te bes� en los labios


Ayer te bes� en los labios.
Te bes� en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que dur� m�s que un rel�mpago,
que un milagro, m�s.
El tiempo
despu�s de d�rtelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo hab�a querido antes.
Se empez�, se acab� en �l.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-�ad�nde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso m�s
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando m�s lejos.


Pedro Salinas.
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T� me quieres blanca


T� me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de n�car.
que sea azucena
sobre todas, casta.
de perfume tenue.
corola cerrada

Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
ni una margarita
se diga mi hermana.
t� me quieres n�vea,
t� me quieres blanca,
t� me quieres alba.

T� que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
t� que en el banquete
cubierto de p�mpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
t� que en los jardines
negros del Enga�o
vestido de rojo
corriste al Estrago.

T� que el esqueleto
conservas intacto
no s� todav�a
por cu�les milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
�me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
vete a la monta�a;
l�mpiate la boca;
vive en las caba�as;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con ra�z amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua;
habla con los p�jaros
y l�vate al alba.
y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se qued� enredada,
entonces, buen hombre,
pret�ndeme blanca,
pret�ndeme n�vea,
pret�ndeme casta.


Alfonsina Storni.
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